Nunca digas adiós - Susan Meier - E-Book
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Nunca digas adiós E-Book

Susan Meier

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Beschreibung

¿De verdad sus caminos eran tan diferentes? Seguramente, todas las mujeres de la pequeña ciudad de Wilmore estaban dispuestas a casarse con Tanner McConnell, el apuesto millonario; pero no Bailey Stephenson. Había oído tantos rumores sobre Tanner que solo su nombre la asustaba. Además, a ella le encantaba vivir en Wilmore, mientras que él estaba deseando salir de allí. Y, por último, estaba loca por él... Tanner tenía muy claro que no se casaría en Wilmore. Aun así, no podía evitar que Bailey le hiciera sentir algo que no había experimentado en años. Algo que podría hacer que se replanteara las razones que lo habían llevado a jurar que jamás se volvería a enamorar.

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Seitenzahl: 180

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Linda Susan Meier

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Nunca digas adiós, n.º 2584 - diciembre 2015

Título original: Marrying Money

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicado en español en 2001

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-7290-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

No me puedo creer que esté haciendo esto –murmuró Tanner McConnell mientras aparcaba el Mercedes frente al jardín de la remodelada iglesia de Wilmore, en Virginia.

–¿Qué, cariño?

Descubriendo que su madre lo había oído, Tanner se aclaró la garganta.

–Nada, madre. Me estaba aclarando la voz.

Era una hermosa tarde de junio y, como faltaban quince minutos para que sirvieran la cena, la gente se había reunido en pequeños grupos alrededor de los setos del jardín que rodeaba el edificio de piedra gris. La mayoría de los hombres se tiraban del cuello de la camisa, incómodos con la corbata, mientras sus esposas parecían encantadas con los vestidos de fiesta y los elegantes peinados.

Tanner iba a abrir la puerta para ayudar a su madre a salir, pero su padre se adelantó.

–No te lo creas –dijo Jim McConnell–. Lo que ha dicho es que no se podía creer que lo hubiéramos convencido para venir a esta cena. Ahora cree que está por encima de nosotros –añadió, guiñándole un ojo a su mujer.

Tanner era una réplica de su padre, de ojos verdes y pelo castaño claro, un hombre que seguía estando tan en forma como cuando de pequeño le enseñaba a jugar al fútbol. Jim solía decir que la madre de Tanner, Doris, seguía siendo tan guapa como el día que se conocieron. Y en aquel momento, con el traje de color salmón que había comprado en Nueva York unos meses antes y el cabello oscuro recogido en un elegante moño francés, él opinaba lo mismo. Siempre se había sentido orgulloso de sus padres y de la vida que había vivido. Simplemente, no deseaba vivirla en Wilmore.

–Tú sabes que no es eso –dijo Tanner entonces–. Es que no me apetece ver a Emmalee.

–No sé por qué. Os divorciasteis hace años –sonrió Doris, mientras le colocaba la corbata–. Emmalee está casada con el alcalde y ha seguido adelante con su vida.

–Yo también.

Aunque todo el mundo llevaba el típico traje azul marino o gris, Tanner no se sentía incómodo con el traje italiano de color marrón y la camisa de seda color marfil porque sabía que todos en Wilmore esperaban que se vistiera como correspondía a su estatus.

–En caso de que alguien lo haya olvidado, acabo de vender mi empresa de transportes por una fortuna. Yo he hecho algo más que seguir adelante con mi vida. He subido unos cuantos escalones.

–Lo sabemos, cariño –sonrió su madre, usando su tono más conciliador–. Eres un hombre rico, una exestrella del fútbol universitario que se rompió la rodilla en su primer partido como profesional y usó la compensación económica para montar una empresa de transportes que ahora has vendido por mucho dinero. No se nos ha olvidado quién eres –añadió, como una letanía bien aprendida–. Pero no estás casado.

–Y seguimos esperando nietos –intervino su padre, tomando a su esposa de la mano para acercarse al jardín lleno de gente.

–Ah, ya –suspiró Tanner–. Entonces, es eso. Creéis que esta noche puedo encontrar esposa.

–No hay mejor lugar para encontrarla que en el sitio en el que uno ha nacido –dijo su padre.

–Hay por lo menos quince chicas solteras en Wilmore que serían perfectas para ti –añadió Doris, como si buscar novia fuera como ir de compras y su hijo no debiera sentirse insultado.

Tanner miró a su padre con cara de pocos amigos.

–A mí no me mires con esa cara. Yo pienso lo mismo que tu madre –rio Jim.

Los McConnell saludaron a todo el mundo, pero no se pararon para hablar con nadie en concreto. Cuando llegaron a la puerta de la iglesia, una chica rubia estaba comprobando los nombres de los invitados.

Con un vestido azul de lentejuelas diez centímetros por encima de la rodilla, pendientes, collar y pulseras del mismo azul que el vestido, parecía la presentadora de un concurso de televisión, no una chica que se encarga de las entradas para una cena en un pueblo diminuto en medio de los Apalaches.

–Hola, señor McConnell, señora McConnell… Tanner –sonrió la joven.

La voz de la chica parecía una nana. Cálida, suave y encantadora. Sus ojos eran de color violeta y su pelo rubio estaba recogido en un moño alto, con rizos cayendo a ambos lados de su cara. Parecía una diosa griega y Tanner la miró, hechizado.

–Tanner, ¿recuerdas a Bailey Stephenson? –preguntó su madre–. Es la propietaria del salón de belleza.

Tanner sonrió. Por supuesto… ¿qué otra persona se haría un peinado que parecía una obra de arte?

–Lo siento, no me acuerdo de ti –dijo, estrechando su mano.

De repente, se alegraba mucho de que sus padres hubieran insistido en que acudiera a la cena de celebración que el párroco de Wilmore había organizado para festejar el final de unas inesperadas inundaciones.

Al sentir la suave mano de la joven en la suya, mucho más grande y fuerte, Tanner hubiera podido jurar que su corazón se paraba un momento. Bailey tenía una piel de terciopelo que le recordaba absurdamente que él era un hombre y ella, una mujer.

Un calor inesperado lo recorrió. Hipnotizado, confuso, la miró a los ojos, sin soltar su mano.

Acostumbrado a que las mujeres se tirasen a sus pies, algunas por su dinero, otras por su aspecto físico, había pasado mucho tiempo desde la última vez que Tanner reaccionó de ese modo ante una mujer. Y no solo le gustaba la sensación, quería que durase para siempre.

–Ya me imaginaba que no te acordarías de mí –sonrió Bailey. Pero no era una sonrisa de coqueteo, sino una sonrisa de simpatía, la de una mujer que lo veía como un igual, una persona, no una personalidad.

Tanner se sentía irresistiblemente atraído hacia ella. No había duda. Le gustaba aquella mujer. No solo porque fuera guapa, sino porque sabía que si ella se sintiera atraída por él sería por razones de peso, no por algo superficial.

–Lamento mucho no acordarme.

–Soy un poco más joven que tú. Cuando te fuiste de Wilmore yo estaba en el instituto.

Antes de que Tanner pudiera hacer las cuentas, su padre murmuró una maldición.

–Se me han olvidado las entradas –dijo, buscando en los bolsillos de su chaqueta.

–No importa –dijo la joven, sonriendo–. Sus nombres están en la lista de invitados. Las entradas solo son una formalidad.

–¿Estás segura? –preguntó Doris.

–Claro que sí. Yo soy miembro del comité que ha organizado la cena, ¿recuerda? Pero, si quieren hacer un gesto de buena fe hacia el comité, su hijo podría…

–Haré lo que haga falta –la interrumpió Tanner, encantado de tener una oportunidad de estar cerca de ella.

–Espera un momento –rio Bailey–. Iba a pedirte que te ofrecieras voluntario para el comité de revitalización.

La sonrisa de Tanner desapareció.

–¿Qué?

–Los miembros del comité de restauración de Wilmore, que han estado recaudando fondos para reconstruir lo que las inundaciones habían destrozado, han decidido crear un comité de revitalización. Este pueblo necesita muchos cambios para ponerse a la altura de otros pueblos de Virginia.

Tanner la miró, atónito.

–No entiendo.

–Necesitamos un parque, una escuela de formación profesional, un centro para la tercera edad… –empezó a decir Bailey, contando con los dedos–. Para todo eso hay fondos del estado, pero alguien tiene que encargarse de solicitarlos.

–Pues yo… –empezó a decir Tanner.

–Mi hijo no puede pertenecer a ningún comité –interrumpió su madre, hablando por él como si Tanner no estuviera a su lado–. Sería perfecto porque su experiencia empresarial le iría muy bien al pueblo, pero ahora que ha vendido su negocio, está decidido a instalarse en Florida. Quiere comprar un barco y organizar excursiones para turistas. Una pena, pero no está interesado.

–Una pena, desde luego –suspiró Bailey–. Bueno, que lo pasen bien esta noche –añadió, dedicando su atención a un grupo de gente que había tras ellos.

Tanner no quería pertenecer a ningún comité, pero debería haber tenido la oportunidad de decirlo él mismo.

–Muchas gracias, mamá. Podías haber dejado que Bailey me contara cuáles serían las responsabilidades dentro de ese comité.

Si Bailey le contaba cuáles serían sus responsabilidades, al menos podría estar cinco, diez o quince minutos más con ella.

No pensaba perder la oportunidad de conversar con la primera mujer por la que se sentía interesado en diez años.

 

 

Bailey Stephenson observó a Tanner entrar en el salón de actos de la iglesia, decorado con flores rojas y mesas cubiertas con manteles blancos. Mientras tomaba las entradas de los Franklin, se mordió los labios. Había tenido que hacer un esfuerzo para disimular el escalofrío que sintió al estrechar su mano, pero la verdad era que todas las mujeres de Wilmore se sentían atraídas por él.

Ella no era diferente, pero tenía objetivos y ambiciones. Y esas ambiciones no incluían un hombre en su vida.

Al menos, aún no.

Solo tenía veinticinco años. Demasiado joven como para pensar en algo permanente… aunque tampoco pensaba que Tanner McConnell quisiera algo permanente con ella. Desde que rompió con Emmalee años atrás, Tanner no había salido con nadie durante más de un mes. Y las chicas con las que salía no eran de Wilmore, sino de Nueva York. No eran modelos ni actrices, sino chicas de la buena sociedad, hijas de millonarios, presidentes de fundaciones benéficas, políticos… Bailey estaba segura de que Tanner no incluiría a la propietaria de un salón de belleza en Wilmore en esa categoría. Al final, no sería suficientemente buena para él, igual que Emmalee no lo había sido cuando Tanner decidió irse de Wilmore para empezar una nueva vida.

Al menos, eso era lo que decían los rumores.

Además, a ella le daban igual Emmalee, Tanner y su divorcio. Tenía cosas que hacer. No ejercía su carrera de economista porque se había concentrado en crear hermosos peinados para conseguir clientela en el salón de belleza y necesitaba poner en práctica lo que había aprendido en la universidad. Pero el destino le había ofrecido la oportunidad perfecta; cuando ella y los miembros del comité se habían dado cuenta de todo lo que necesitaba Wilmore y lo fácil que sería conseguir fondos, Bailey se había percatado inmediatamente de que aquello era justo lo que necesitaba para no oxidarse. Y también sabía que tenía más que suficiente trabajo como para no aburrirse nunca.

No había sitio para un hombre en su vida.

Mientras charlaba con un grupo de gente, se dio cuenta de que Tanner estaba mirándola. Cuando descubrió que seguía mirándola durante toda la cena, decidió que lo había confundido al no haber caído a sus pies inmediatamente… lo cual era comprensible, porque todas las demás mujeres lo hacían.

Él intentó acercarse cuando la orquesta empezó a tocar y Bailey se escabulló. Pero, cuando Tanner la acorraló, justo en el momento en que la orquesta empezaba a tocar una canción romántica, supo que no había forma de evitar lo inevitable.

–¿Bailas? –le preguntó él, regalándole una sonrisa que habría hecho derretirse a la mitad del género femenino.

A Bailey se le doblaron las rodillas. Tanner McConnell tenía unos brillantes ojos verdes y una piel bronceada que hacía resaltar su precioso pelo castaño claro, con mechas aclaradas por el sol. Tenía la nariz recta y unos dientes perfectos. Era como si, al nacer, los dioses le hubieran regalado los mejores rasgos. Y habían acertado, desde luego.

Bailey no contestó y Tanner dio un paso hacia ella.

–Solo es un baile –insistió. Pero Bailey no pensaba lo mismo.

Cuando lo miró a los ojos, el instinto la advirtió del peligro. Podía enamorarse locamente de aquel hombre, parecía decirle una vocecita en su interior. Cualquier mujer se enamoraría. Y Tanner podría hacerle mucho daño. Ella no era más sofisticada que Emmalee, de modo que él la dejaría después de salir un par de veces. Bailey no estaba interesada en aventuras fugaces y era demasiado ingenua para un hombre como Tanner McConnell.

–Es mejor que no. Tengo que ir a la cocina para comprobar que el comité de limpieza lo tiene todo controlado.

Bailey se dio la vuelta, pero él la tomó de la mano.

–Tienes que aprender a delegar.

–¿Cómo?

–Que tienes que aprender a delegar responsabilidades –sonrió Tanner, tirando de ella hacia la pista de baile–. Si eres la directora de ese comité, no está bien que vayas a comprobar su trabajo. Podrían pensar que no confías en ellos –añadió, rodeándola con sus brazos.

–¿No pensarán que me preocupo por ellos y quiero hacer mi trabajo lo mejor posible? –preguntó Bailey, notando que su corazón latía a un ritmo salvaje.

Alto, guapo, masculino, con una sonrisa que era una tortura, Tanner McConnell despertaba sentimientos en ella que seguramente estarían prohibidos en los estados más conservadores.

Él sonrió de nuevo, sin dejar de moverse.

–No. Pensarán que les estás robando la oportunidad de impresionarte.

Bailey inclinó la cabeza hacia un lado, sorprendida. Tanner era un hombre tan guapo que resultaba fácil olvidar su éxito en los negocios.

Algún día, ella también quería tener éxito en los negocios. Si el destino la empujaba hacia Tanner, quizá no era para tener un romance, sino para que aprovechara sus consejos.

–¿Es así como llevas tus empresas?

Él asintió.

–Pon fe en tu gente, muéstrales que confías en ellos y harán cualquier cosa por ti.

–¿De verdad?

–De verdad.

–Eso es muy interesante. Acabo de contratar a una ayudante con mucho talento, pero cada vez que tiene que hacer un moño le da un ataque de nervios.

–¿Un moño?

–Ya sabes, peinados de boda y cosas por el estilo.

–Ah, esos son los factores de éxito en tu negocio.

–Precisamente. Eso es lo que hace que un salón de belleza sea un éxito o un fracaso. Un salón de belleza es como una floristería. Si a una novia le gusta el ramo que creas para ella, todas sus amigas lo comprarán en la misma tienda. Si a una chica le gusta el peinado que le haces para la fiesta del instituto, cuando se case también acudirá a ti.

Tanner asintió, comprensivo, pero Bailey, de repente, se sintió como una tonta. Estaba bailando con el hombre más guapo del mundo y, aunque sabía que hablar de negocios era la mejor forma de no meterse en líos, hablar sobre moños era exagerar un poco.

Nerviosa, se humedeció los labios, pensando en qué podría decir que fuera interesante, pero cuando lo miró se quedó sin habla. Él la llevaba por toda la pista de baile, apenas tocando el suelo con los pies, y se sentía como una princesa. Hipnotizada por los hermosos ojos verdes del hombre, deseaba que aquel momento no terminara nunca. Nunca había deseado algo con tanta fuerza, a pesar de saber que era un error.

Mentalmente, rezaba para que la orquesta no dejara de tocar aquella canción mientras memorizaba los rasgos del hombre, su aroma, el brillo de sus ojos.

Siempre recordaría el calor de las manos de Tanner McConnell en su cintura, la sensación de escalofrío subiendo por sus muslos… recordaría todo aquello porque sabía que cuando la orquesta dejara de tocar haría lo que tenía que hacer.

–Gracias por el baile –dijo cuando terminó la música. Y después, como una quinceañera, salió corriendo hacia la cocina.

Una rápida mirada a las repisas limpias le dijo que el trabajo estaba hecho. Bailey se volvió hacia Ricky Avery, dispuesta a preguntarle si habían guardado la comida en las neveras industriales, pero entonces recordó el consejo de Tanner.

–Todo está perfecto.

El alto y flaco Ricky miró alrededor, satisfecho.

–¿Tú crees?

–Sí –contestó ella, dándole un golpecito en el hombro–. Lo habéis hecho muy bien. Estoy orgullosa de vosotros.

De repente, Ricky parecía mucho más alto.

–Gracias.

–De nada –sonrió Bailey, tomando su bolso del armario–. Adiós. Nos veremos mañana.

–¿Te marchas ya? –preguntó él, sorprendido.

–Ya he tenido suficientes emociones por una noche. Además, mañana tengo que levantarme muy temprano.

–Pero si mañana es domingo.

–Alguien tendrá que retocar los peinados –explicó ella–. Si todo el mundo se pone una redecilla esta noche, es posible que aguanten, pero seguro que más de una necesitará que le echen una mano para no parecer la Gorgona.

–Pero si tú has organizado la cena… y el baile acaba de empezar –protestó Ricky.

Bailey sonrió como respuesta, pero en ese momento vio a Tanner dirigiéndose a la cocina.

–Lo sé, pero tengo que irme. Hasta mañana.

Salió por la puerta trasera, teniendo cuidado de no perder un zapato. Si lo hubiera perdido, se habría sentido como Cenicienta en el baile. Y ella no era Cenicienta. Ella era la propietaria de un salón de belleza en Wilmore, Virginia, que intentaba llevar un negocio y a la vez echar una mano a sus vecinos. Era una mujer normal y corriente, no una princesa destinada a casarse con un príncipe.

Bailey entró en su coche y cuando estaba arrancando vio a Tanner haciéndole gestos con la mano. Precisamente por eso, salió del aparcamiento como alma que lleva el diablo.

Un baile había sido más que suficiente.

Un recuerdo muy agradable. Nada más.

Capítulo 2

 

Pero Tanner no estaba satisfecho con el recuerdo.

Cuando volvió al salón de actos de la iglesia, iba con el ceño fruncido, su mente trabajando a mil por hora.

–Te ha dado calabazas –le dijo su padre cuando se sentaba a su lado.

Tanner se soltó un poco la corbata, haciendo una mueca.

–Se ha ido a casa. Rick Avery dice que por la mañana tiene que arreglar el peinado de no sé quién.

–Es que es una chica trabajadora –confirmó su madre, tomando un sorbo de martini–. No todo el mundo está retirado, como tú.

–Ya lo sé, mamá.

–Bailey acaba de comprarle el salón de belleza a Flora Mae Houser, que fue la propietaria durante treinta años. Probablemente no te acuerdas de ella, pero Flora… –Tanner miró a su madre con cara de aburrimiento–. Lo siento, cariño. Siempre se me olvida que a mis dos hombres no les interesan nada las historias de Wilmore. Bueno, sigamos hablando de por qué Bailey no quiere saber nada de ti.

–Si no hubiera salido corriendo, juraría que todo esto ha sido idea vuestra –murmuró Tanner, irritado.

No había ninguna otra mujer que lo interesara en el salón de actos. Ninguna se parecía a ella y no le apetecía charlar ni bailar con nadie más. Y sus padres debían haber sabido que Bailey le gustaría al primer vistazo.

–Yo no sé nada –dijo Jim McConnell.

–Yo tampoco –lo secundó Doris–. Nadie puede obligar a Bailey a hacer nada que no quiera hacer. Además, mira a tu alrededor. Hay muchas chicas guapas. Baila con alguna.

–No me apetece –dijo él, levantándose–. Yo también me voy a casa.

Doris sonrió.

–No puedes irte a casa, hijo. Nos has traído tú.

Tanner suspiró. Estaba claro que sus padres no le habían tendido una trampa. Si fuera así, no habrían ido a la cena en su coche. Habrían ido en el suyo propio para que así él pudiera llevar a Bailey a casa. Sus padres no querían que se casara con Bailey Stephenson. Solo querían que se casara.

La madre de Tanner señaló a la gente.

–Ve a bailar con alguien. Eso te pondrá de buen humor.

Tanner no se molestó en decirle que solo le había puesto de buen humor conocer a Bailey. No quería decírselo porque, si no, se metería de cabeza en la trampa. Además, para hablar del efecto que le había causado Bailey tendría que usar palabras como «fascinado», «intrigado», incluso «cautivado». Lo cual era ridículo. Apenas había intercambiado tres palabras con ella. No podía estar interesado en alguien de quien solo conocía el color de sus ojos y su ocupación profesional. Además, estaba claro que ella no quería saber nada de él. No podía estar cautivado por alguien que no estaba interesado en él. No era normal.

Por esa razón, Tanner se levantó de su asiento y decidió bailar con varias chicas. Pero, aunque inteligentes, divertidas y guapas, ninguna de ellas lo intrigaba como Bailey. No sabía qué era lo que lo atraía de ella, pero algo lo atraía. Y no era solo que fuera un reto, ni que oliera muy bien, ni que tuviera una piel muy suave.