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Sae espera con sus dos pequeños a que su marido vuelva del trabajo cuando se entera de un terrible desastre: el derrumbe de un enorme rascacielos donde él trabaja como ingeniero. Pasan minutos, horas, días y no aparece. Circulan especulaciones sobre el terrorismo norcoreano y la inestabilidad estructural como posibles causas del derrumbe de la Torre. Nadie lo ha visto pero las cosas no cuadran. Jae estaba trabajando en una piscina en el último piso, pero los informes indican que estaba en otro proyecto en el sótano. El gobierno está involucrado y los contratistas han desaparecido. Sae conoció a Jae cuando eran estudiantes en una protesta antigubernamental, y ha confiado en él como su guía y sostén. Ahora ella está preocupada y desconfía de todos. Sae decide dejar a los niños con su madre y descubrir la verdad sobre lo que ocurrió. Su investigación la lleva a un club de lujo donde la dueña, Myonghee, no solo ofrece alcohol y compañía sino que también recaba información de todo empresario borracho que revela secretos corporativos. Sae duda sobre si conoce realmente a la persona que ama cuando avanza su investigación. ¿Puede el poder moldear la verdad?
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Seitenzahl: 402
Veröffentlichungsjahr: 2025
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oculto en los escomrbos
Hannah Michell
Traducción: Susana Sáenz
Título original: Excavations
Edición original: Folio Literary Management, LLC Derechos de traducción gestionados por International Editors’ Co.
@2023 Hannah MichellSe han hecho valer los derechos morales del autor.
© 2025 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2025 Motus Thriller
www.motus-thriller.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-19767-61-5
PORTADILLA
LEGALES
EL DERRUMBE
SEIS AÑOS ANTES
VEINTICUATRO HORAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
DOS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
TREINTA Y SEIS HORAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
TRES DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
CUATRO DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
SIETE DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
OCHO DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
DIEZ DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
ONCE DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
DOCE DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTIÚN DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTIDOS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTITRÉS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTICUATRO DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTISÉIS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
TREINTA Y TRES DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
TREINTA Y SEIS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
TREINTA Y OCHO DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
CUARENTA DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
CUARENTA Y DOS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
CUARENTA Y CINCO DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
CUARENTA Y SEIS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE (A. M.)
CUARENTA Y SEIS DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE (P. M.)
CUARENTA Y SIETE DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
CUARENTA Y OCHO DÍAS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTIDOS AÑOS DESPUÉS DEL DERRUMBE
VEINTICUATRO AÑOS DESPUÉS DEL DERRUMBE
EL DERRUMBE
UNA SEMANA DESPUÉS
TRES MESES MÁS TARDE
SI TE HA GUSTADO ESTA NOVELA...
HANNAH MITCHELL
MANIFIESTO MOTUS
1992
Jae era un hombre de palabra y le había prometido a Sae que llegaría a casa a las seis en punto. Sae miró el reloj de cuco verde de la cocina, esperando que el pajarito anunciara la hora. La última media hora antes de su regreso era la más dura. Faltaba muy poco y, sin embargo, se hacía muy pesada la espera. Los niños se estaban cansando y sus movimientos descoordinados se volvían cada vez más frenéticos en el pequeño apartamento.
Imaginó que Jae cruzaba las barreras, a punto de entrar en el metro, yendo hacia ellos. Unas horas antes, cuando Sae se reencontró con los niños, se había sentido feliz de verlos. Mientras esperaba en la verja de la guardería, los observó jugando en el patio sin que notaran su presencia. Luego, llegaba el momento que ella tanto adoraba, cuando la veían y, dando grititos de alegría, se lanzaban a sus brazos.
Le costaba acostumbrarse a ser llamada mamá por alguien: esa forma de invisibilizar su nombre la hacía sentir un poco extraña. Sin embargo, en esos encuentros con su hijo más pequeño, Hoon-min, cuando se abrazaban, ella se sentía viva y poderosa, como un capitán que rescata a los tripulantes de un barco que naufraga, sentimiento que duraba solo unos instantes, antes de que se le crisparan los nervios con el correr de las horas y ella comenzara a mirar el reloj a la espera de la llegada del padre.
Los niños tenían hambre, pero ella quería esperar a Jae. Durante semanas, su trabajo de ingeniero lo había mantenido en la obra de la construcción de la Torre Aspiración casi todo el día. Esta noche, había prometido llegar temprano para que pudieran cenar juntos, aunque ya eran las seis y cuarto, y no había ni rastro de él. Ella se sentía como una tetera llena a punto de hervir, y el llanto de Hoon-min era la llama que amenazaba con hacerla desbordar. Después de confirmar que los niños no hubieran desconectado nuevamente el teléfono de la pared, preparó arroz y algas, sin sentir culpa por estar ofreciéndoles una comida tan pobre. “No es que sea así todos los días”, diría Jae. Él sabía cómo apaciguarla. Sintió que se ablandaba pensando en eso, así que se esforzó por mantenerse enfadada.
A eso de las siete, Sae no tuvo más remedio que aceptar que Jae no llegaría a tiempo. Pensó en dejarle un mensaje en su busca, pero seguramente él llamaría en cualquier momento, con la excusa de que lo habían retenido en la Torre con algún tema. Entonces, se hizo cargo de las tareas de la noche, y comenzó a prepararles el baño a los niños, les pidió que dejaran de jugar con sus penes, que no la salpicaran con agua ni se echaran agua en los ojos. Por supuesto, no le hicieron caso. Seung-min quería salir del agua. Dijo que tenía mucho calor. Hoon-min quería quedarse. Ella respiró profundamente, empezó a sentir que su paciencia se iba extinguiendo como una débil llama. Se sentó en un banco bajo, con la espalda contra los azulejos mojados mientras ellos lo salpicaban todo. Cuando comenzó a incomodarle la espalda, les anunció que era momento de salir y, como era de esperar, la ignoraron.
—¡Vamos! ¡A salir del agua! —les gritó.
La severidad de su voz los detuvo al instante. Obedientes, salieron de la bañera y la miraron con asombro. Sae se giró; ya se sentía arrepentida. Le disgustaba quitarles la alegría, pero estaba agotada, y ellos tenían que irse a la cama.
—¿Dónde está papi?
—No lo sé.
—Quiero a papi.
En ese momento, Hoon-min comenzó a lloriquear. Seung-min salió corriendo, dejando un reguero de agua a su paso mientras se lanzaba sobre la cama tendida en el suelo. Sae se apresuró a ponerles el pijama, apagó la luz y les advirtió que, si no se calmaban, los dejaría durmiendo solos. Las palabras tuvieron el efecto deseado. Cayeron agotados en la cama, y Sae se acostó entre los dos. Dieron varias vueltas, inquietos por el calor. Los niños se le colgaron de los lóbulos de sus orejas. Ella era una suerte de juguete para ellos, su conexión a tierra. La mano de Hoon-min se volvió más pesada cuando se dio vuelta, bostezando y adormecido, y comenzó a tironear de la camiseta de su madre. Con dos años, todavía tenía la costumbre de dormirse mamando, pero ella había resuelto destetarlo. Le tomó la mano y se la apretó. “No”. El ritmo de la respiración de Seung-min cambió, se fue tranquilizando, pero sus ojos se mantuvieron abiertos en un punto fijo en el techo con la pintura agrietada.
Sae oyó un ruido fuera y contuvo la respiración, temiendo que Jae hubiera elegido justo ese momento para llegar a casa. Todo su esfuerzo para calmarlos se perdería si los niños veían a su padre.
Transcurrieron unos minutos. No hubo ruido de pasos, solo los sonidos que emitía la vieja nevera en la cocina, el rumor sordo y apagado del tráfico distante en la autopista y la rítmica respiración de los niños. Habían dejado de moverse, y sus largas pestañas se habían aquietado. Qué milagro, qué belleza era verlos en la oscuridad, dormidos. Lo primero que hacía Jae cuando llegaba tarde a casa era ir a mirar a los niños, acurrucados, durmiendo juntos, como un ladrón que revisa la seguridad de su tesoro robado. A ella le encantaba que él los valorara tanto siempre, que no sintiera, como ella, la ambivalencia de amarlos y de desear apartarse de ellos por momentos, esa contradicción de estar distante y presente a la vez. Quería que crecieran, pero también que siguieran siendo pequeños. La devoción de Jae por los niños era un lazo de unión muy fuerte en su relación; aun así, en esa devoción, ella también presentía el fantasma de una niñez sin cariño: para él, la familia era algo inasible, como un pez que se escurre entre los dedos.
La quietud no era natural en los niños. Sae comenzó a sentir una punzada de ansiedad en el estómago. Tal vez, una premonición. Salió de la habitación para resistir el impulso de despertarlos. Mientras encendía un espiral verde para ahuyentar a los mosquitos, su enfado se fue transformando en inquietud. Eran las ocho y cuarto. Le envió un mensaje a Jae a su busca. No era normal que no llamara. Durante todo el día, el aire tórrido había presagiado un verano implacable. Muy pronto, llegaría la temporada de monzones trayendo a un invitado no deseado, una criatura húmeda que cobraría vida en sus libros, sus sábanas y sus almohadones. Había algo de jactancia en esa pegajosidad, en la forma en que los invitaba a quitarse las capas de vestimenta, empapando todo en las húmedas noches de un calor que no los dejaba dormir y los hacía apartarse el uno del otro. Jae siempre había sido un hombre de pocas palabras, pero desde hacía meses parecía preocupado y distante, inquieto por su proyecto en la Torre Aspiración más taciturno que de costumbre. Hacía poco tiempo, se habían sucedido una serie de cortes de energía nocturnos en la ciudad, cuando ya no había luz para trabajar, y se habían acostumbrado a sentarse en el balcón a compartir una lata de cerveza fría. Sae había sentido entonces que Jae volvía a ella.
Sae salió al balcón y miró el asiento vacío de Jae. Las incontables ventanas de los apartamentos del edificio que los miraban le parecieron como un montón de pantallas en miniatura que proyectaban vidas similares a la suya. Esas escenas eran lo más cercano a las entrevistas que había hecho para su trabajo, cuando recogía testimonios y relatos tumultuosos de la vida bajo la dictadura. Echaba de menos el ritmo de trabajo en el periódico, sintiendo el pulso y la vibración de las últimas noticias, pero había una comodidad reconfortante en la monotonía de sus días en casa con los niños. El sonido del teléfono la sacó de estos pensamientos; atendió de inmediato para que no se despertaran a los niños.
Pero no era Jae. Era Bora, que vivía en el edificio, en un apartamento dos pisos más arriba.
—Solo llamo para confirmar si Jae ya ha llegado a casa. Dijiste que volvería temprano —agregó Bora. Sae se dio cuenta de que estaba comiendo mientras hablaba y frunció el ceño, sorprendida por la formalidad de la llamada.
—¿Qué quieres decir?
Oyó que el cable del teléfono se movía. La voz de Bora sonó un poco más fuerte.
—Ya ha vuelto, ¿verdad?
—No, de hecho, se está retrasando.
Se hizo una pausa. La voz de Bora sonó extraña cuando volvió a hablar.
—Enciende la televisión —dijo despacio—, la noticia está en todas partes.
La tele parpadeaba mostrando la imagen de un coche tumbado en una calle sembrada de escombros. Trabajadores uniformados caminaban en medio de los cristales rotos tapándose la boca con las manos. La cámara giró para mostrar las nubes de polvo y humo que se levantaban.
Un entrevistador envuelto en polvo le acercó el micrófono a un hombre de traje cubierto de tierra: “Se oyó un estruendo, y la mitad del edificio simplemente se desplomó. Nunca había visto algo así. Supe que tenía que salir cuando comencé a oír los ruidos. Era como el gruñido de un animal. Pero hay más —tartamudeó secándose el sudor del rostro con la mano—. Todavía hay gente atrapada dentro”.
La habitación comenzó a girar, y ella se aferró a la mesa de la tele con ambas manos. El auricular del teléfono se deslizó hasta su hombro, y tuvo la sensación de que la presión en los oídos distorsionaba todos los sonidos. Ahora, la voz de Bora se oía a la distancia.
—¿Has tenido noticias de él?
Sae inclinó la cabeza hacia el hombro para que no se le cayera el auricular, y lo presionó contra su oído.
—Eso no es… no es… —Sae no podía pronunciar en voz alta las palabras “Torre Aspiración”—. ¿Cuándo sucedió?
—Hace dos horas. ¿Qué pasa?
—Es que… no sé nada de Jae —dijo Sae consternada. Se hizo una pausa.
—Estoy segura de que él está… —comenzó a decir Bora.
Sae intentó decir algo, pero un sonido extraño escapó de su boca.
—Bajo ahora mismo —sentenció Bora.
Sae se quedó sentada con un zumbido sordo en la cabeza, con el auricular aún en la mano. Luego, con mucha calma, marcó el número de la oficina de su marido. Sin respuesta. Dejó otro mensaje en su busca y volvió a mirar la pantalla. Un niño señalaba las ruinas llorando, la gente cubierta de polvo pasaba cojeando ante las cámaras.
En ese momento, el familiar paso de Bora en pantuflas se oyó desde las escaleras antes de que apareciera en la puerta.
—Seguro que está en camino —dijo Bora con una débil sonrisa, sacándose las pantuflas antes de entrar a sentarse con Sae en el suelo. Bora se sentó formalmente sobre sus rodillas como si ya estuvieran en un funeral—. Debe haber una buena explicación de por qué no ha llamado —añadió—. No pienses lo peor.
Pero lo peor ya había entrado inadvertido, un huésped sin invitación que presidía la espera. Las noticias habían concluido, y una telenovela había comenzado sin que nadie la mirara.
—Tengo que ir allí —dijo Sae y se puso de pie. Empezó a sentir que la sangre volvía a correr por sus venas.
Recorrió la habitación, necesitaba moverse. Esperar sin saber nada era una locura, y no podía soportarlo.
—¿No es mejor que esperes aquí? Podría llegar a casa en cualquier momento.
—Oí en las noticias que no hay suficientes voluntarios. —Sae tenía la sensación de que su cuerpo se movía por sí solo sin que ella lo dirigiera—. ¿Te quedas aquí con los niños? Te llamaré para ver cómo están. Mándame un mensaje al busca si te enteras de algo.
Bora asintió, llena de dudas.
Al llegar a la puerta, recordó la forma en que Jae en ocasiones giraba sobre sus talones antes de salir del apartamento y cruzaba la habitación para abrazarla. Como si le preocupara que ella no lo quisiera cuando regresara. Jae. Cerrado e impenetrable. Su sostén. Seguramente, estaría allí ayudando a los que habían quedado atrapados. Era propio de él haberse comprometido en las tareas de los voluntarios y haberse olvidado de llamar.
Jae era un hombre predecible y coherente; nunca se distraía en su regreso a casa, y prefería los recorridos por calles tranquilas a las multitudes en las avenidas, llenas del estruendo de las motocicletas y del murmullo de los vendedores. Amaba la tranquilidad, los sonidos suaves de la intimidad familiar en los callejones residenciales del interior. Ella no podía ir tan rápido como quería por estos pasajes estrechos; esperaba verlo cada vez que llegaba a una esquina.
En la calle principal, Sae pasó junto a los vendedores en las tiendas, que estaban con la vista fija en las pantallas de la televisión, y pudo percibir el susurro rítmico de la ciudad que se replegaba sobre sí misma en cuanto se aproximaba una crisis. En la estación, compró un billete de metro, pasó por los torniquetes y subió al primero que llegó, buscándolo entre la multitud borrosa de rostros mientras el metro arrancaba.
Apretada contra los otros pasajeros, recordó sus viajes de vuelta a casa en autobús cuando eran estudiantes, la forma en que jugaban a que eran completos extraños después de pasar los controles de los oficiales de civil, hasta que él rozaba su cuerpo con el de ella, y ella giraba la mano para que él con la punta del dedo le acariciara la palma. Pensó en la forma en que él había consolado a los estudiantes nuevos durante una protesta violenta. Cómo había tranquilizado a un estudiante de primer año diciéndole: “Van a tener que pasar por encima de mí para hacerte daño. No te preocupes”. Ese recuerdo la serenó. Estaba segura de que lo encontraría cubierto de polvo, agotado y salvando a alguien del desastre.
La estación de metro más próxima a la Torre estaba cerrada, y mientras el vagón rodaba lentamente a la siguiente estación, Sae sintió que su corazón de aceleraba. Varias veces creyó verlo —la correa verde de su reloj, el viejo portafolio de cuero negro que se negaba a desechar—, pero con lo que se encontraba era con el rostro ansioso de un desconocido que la miraba.
En la calle, la zona había sido acordonada para facilitar el acceso de los vehículos de emergencia. Le levantó el ánimo ver una larga cola de gente esperando frente a la cabina telefónica para hacer una llamada. “Es por eso”, pensó, que Jae no había podido comunicarse con ella. Relajó la tensión de las manos y se secó las palmas húmedas en los pantalones cortos. Seguramente, estaba allí de pie en algún lugar de la fila, impaciente, esperando para llamarla. Al acercarse al edificio, sintió el olor del cemento mojado mientras personas con las ropas desgarradas deambulaban a su alrededor. El aire era denso, opacado por el humo, y ella sintió una opresión en el pecho.
Dobló una esquina y, por un instante, los focos le resultaron demasiado intensos y no pudo ver la escena. Las noticias que había visto no la habían preparado para esto: el edificio estaba sobre sus cuatro pilares, pero el interior estaba vacío. Por un instante, se sintió muy aturdida como para hacer algún movimiento. Una enorme columna partida yacía desplomada entre los cables que emergían como si fueran venas. A su alrededor, un páramo de hierros retorcidos y una pila de escombros. Avanzó hacia la polvareda tapándose la boca con el hueco del codo. La multitud avanzaba hacia la columna de humo se alzaba hacia el límite mismo de la escena, donde los rescatistas estaban sacando objetos de entre los escombros —bloques de hormigón, unidades de aire acondicionado, botellas rotas de licor importado— para ver si oían las voces de quienes habían quedado sepultados.
Mientras se abría paso entre los espectadores, en busca de quienes removían los escombros, comenzó a darse cuenta de que había subestimado la escala del desastre: Torre Aspiración en su enormidad era un monstruo caído en tierra. La escena frente a ella era la de una ciudad destrozada por una bomba. Era imposible imaginar que cualquiera que hubiera estado cerca del edificio podía haber salido ileso.
Un grupo de sanitarios la empujó a un lado para pasar.
—Usted no puede estar aquí —sentenció uno de ellos.
—Estoy buscando a alguien —dijo ella. Casi no reconoció el tono débil de su propia voz.
Uno de los voluntarios con las mangas manchadas de sangre se separó del grupo y le hizo una seña con la cabeza en dirección a la estación de metro.
—Hay una zona de espera para los familiares en el gimnasio. Puede ir allí.
Empezó a protestar para decir que Jae estaba entre los voluntarios, pero antes de terminar de hablar, llegó un hombre con un chaleco reflectante a informar que faltaban camillas. Sae rodeó el perímetro, trepando por grandes bloques de hormigón, cristales astillados, consciente de las sirenas en la distancia, las voces urgentes y desconocidas, los cláxones de los coches en las calles vecinas.
Por encima del estruendo, oyó que alguien decía su nombre. Al volverse, vio un rostro familiar. Nunca se había sentido tan feliz de ver a Tae-kyu. Su antiguo colega del periódico Diario Seúl antes de que dejara su trabajo solo unos meses atrás. Tae-kyu era para ella lo más parecido a un padre. En su preocupación por encontrar a Jae, no había pensado en que él podría estar allí.
—Hace falta una crisis nacional para que aparezcas —dijo él gritando sobre el ruido de las máquinas, mientras pisaba unas gafas con la montura torcida. Al acercarse, ella vio que tenía la frente empapada de sudor y cubierta de cenizas. Él miró por encima de su hombro y señaló los escombros—. ¿Alguna vez te habías preguntado cómo se veían sesenta y cinco pisos hechos polvo?
Ella no pudo ni esbozar una sonrisa para sintonizar con el tipo de humor compartido con el que antes habían informado de otros desastres. Él le recordó la altura de la Torre, y ella casi no pudo articular la pregunta.
—¿Creen que pueda haber supervivientes? —preguntó ella.
—Solo en el sótano, donde había un supermercado, y tal vez en los primeros pisos, donde estaban las tiendas de lujo —dijo él—. La mayoría de los pisos superiores tenían oficinas, así que allí abajo debe haber sobre todo mujeres y niños.
Cuando Sae se quedó en silencio, por lo que Tae-kyu continuó hablando.
—Me alegro de verte. Debería haberme imaginado que no te quedarías en tu casa mucho tiempo. ¿Por qué no me comentaste que has encontrado un nuevo trabajo?
Cerca de los pies de Tae-kyu, había un zapato de niño aplastado, pero él no lo vio. Ella reconoció esa expresión vivaz en su rostro: en las crisis era cuando más se le notaba. No sabía cómo decirle por qué estaba allí, y él no parecía interpretar su desasosiego.
—No me digas que te has ido a trabajar con el Times —dijo secándose el sudor del rostro con una pequeña toalla que tenía alrededor del cuello.
—No, yo no…
—Bien —dijo él—. ¿Has oído lo de los saqueos? —Se volvió para mirar al equipo de soldados que dirigían los movimientos de una grúa que estaba levantando una gran masa de cemento del medio de los escombros—. Dicen que podría haber más de tres mil personas atrapadas allí abajo, y hay gente que piensa en excavar a ver si encuentra un bolso de Louis Vuitton. ¿En qué clase de sociedad vivimos? ¿Con saqueadores que están excavando los escombros para llevarse un bolso de un diseñador de lujo? —La miró unos instantes—. No es algo que puedas entender. Nunca has tenido nada de diseño, ¿no es cierto? Venga, estoy bromeando. Un par de meses fuera del trabajo, y ya has perdido el sentido del humor…
Se detuvo de repente como si hubiera visto algo en el suelo. Ella miró hacia abajo y vio que él miraba sus pies: tenía puestas solo las pantuflas que usaba dentro de la casa.
—No es el trabajo lo que te ha traído hasta aquí, ¿verdad? —dijo mirándola desconcertado y poniéndole la mano sobre el hombro después de un momento.
—Es Jae. —Ella desvió la mirada. Jae había estado trabajando en la instalación de una piscina en la terraza de la Torre. No quería ver el rostro de Tae-kyu cuando le dijera esto o verlo analizar las probabilidades. Era más fácil quedarse con la ilusión de un milagro si él no le daba los detalles—. Está trabajando aquí.
Esto pareció afectarlo visiblemente. Tae-kyu carraspeó como si fuera a decir algo, pero el silencio se instaló entre ellos. Sae se retiró el cabello negro de la frente y se despegó la camiseta empapada de sudor de la espalda.
—Él está aquí en algún lugar —dijo ella, echando una mirada a una camilla improvisada que estaban metiendo en una ambulancia—. Tengo que encontrarlo.
La momentánea parálisis de Tae-kyu era enervante; Sae nunca lo había visto quedarse sin palabras. Trató de imaginar en qué se hubieran centrado de haber sido esto una nota periodística para su trabajo.
—¿Tienen idea de cómo sucedió?
La pregunta pareció animarlo, y carraspeó un poco antes de hablar.
—Se especula con que puede haber sido una explosión de gas. O incluso una bomba.
Sae asintió. Percibió de repente que tenía la garganta seca y áspera; pensó en el vuelo de Korean Air que había explotado a manos de terroristas norcoreanos unos años atrás. Tae-kyu se dio cuenta de que su comentario no había sido oportuno.
—Yo no soy ningún experto, pero la forma en que se han dispersado los escombros no parece propia de una explosión. Se hubieran producido más daños en los edificios vecinos. Dicen que podría haber muchos supervivientes. Es solo cuestión de sacarlos de debajo de los escombros.
Acababa de decir estas palabras, cuando se oyó un estruendo seguido de gritos. Los sonidos se apagaron, los taladros se acallaron. Lo que quedaba en pie de la estructura pareció inclinarse hacia un lado, la grúa se fue ladeando con ella, los límites del terreno parecieron levantarse. Algo se quebró con estrépito, y las vigas que aún estaban en pie se sacudieron. Lo que quedó a la vista fue tan solo una nube densa y gris.
1986
Sae conoció a Jae el año en que cumplía diecinueve años, durante una manifestación. Lo que comenzó como una pequeña protesta contra el dictador Chun Doo-hwan se extendió como reguero de pólvora de una universidad a otra. Habían enviado helicópteros a la protesta en la Universidad Nacional de Seúl, y la barricada en el vestíbulo central se ocultaba tras una espesa capa de gases lacrimógenos. Sae retrocedió hasta la desierta biblioteca. Se deslizó por los oscuros pasillos de los anaqueles, tocando con sus dedos los libros polvorientos, hasta que se dio cuenta de que no estaba sola. Rodeada del halo de luz de una lámpara, una figura solitaria estaba inclinada sobre un escritorio. Llevaba puesta una camiseta rayada de béisbol, azul y blanca, y tenía una espesa cabellera de rizos negros y salvajes que se alzaban como llamaradas. Se veía imponente como una estatua, como si las protestas del exterior fueran una proyección de una antigua película de guerra. El campus había sido clausurado unas horas antes. Los otros manifestantes, los amigos de Sae, se habían refugiado en las montañas que lo rodeaban. El barullo de los cánticos, los silbidos, los tambores, los tanques se había prolongado durante horas. La idea de que alguien pudiera concentrarse en medio de la manifestación le pareció verdaderamente asombrosa.
—Debemos irnos —sugirió, tocándolo levemente al ver que tenía puestos auriculares. Observó la línea esbelta de su antebrazo hasta el hombro, medio iluminada por la lámpara—. La policía está aquí.
Si la presencia de ella lo había sobresaltado, no lo demostró en absoluto, solo se encogió de hombros.
—Tengo un examen —dijo.
—¿Realmente, puedes estudiar en medio de esto? —La pregunta salió de la boca de Sae con cierto fastidio.
Los estudiantes se habían unido al movimiento en contra del Gobierno por muchas razones: por las fotografías de los cuerpos en las tumbas sin identificar, por la posibilidad de ser arrestados por poseer un libro de poesía, por las torturas a quienes se atrevieran a hablar en contra de la dictadura. Ella entendía a quienes tuvieran demasiado miedo de participar en el movimiento, pero la concentración de él demostraba que lo que sucedía a su alrededor le era indiferente.
Él percibió la acusación en la pregunta que le había hecho.
—No puedo suspender este examen —le respondió.
Se oyó un portazo en la distancia. Se sintieron las vibraciones en el vaso de agua sobre el escritorio junto a una pila de libros. Tenía que seguir huyendo: había escuchado las historias de lo que les hacían a las jóvenes estudiantes en la prisión. Pero se sentía paralizada, como si una fuerza magnética la mantuviera sujeta a ese lugar.
—¿No te interesa lo que está sucediendo?
—¿Es importante que me interese? —respondió él con otra pregunta—. ¿Qué cambiaría?
Ella se ruborizó y sintió que su rostro se enrojecía bajo la bandana.
El estruendo en la escalera se hizo más fuerte. Debía irse.
—No puedo involucrarme —dijo él, pero ella detectó que su tono se iba ablandando.
Resonaban voces al final del corredor. Ella se quedó paralizada sin saber hacia dónde ir hasta que sintió la mano de él sobre su brazo, llevándola hacia la ventana.
—Por aquí —dijo, mientras abría una puerta y la cerraba detrás de ella.
El armario del conserje no era más que un cubículo. Ella se apoyó contra la pared, levantando un poco del polvo que flotaba a través de un pequeño haz de luz que se filtraba por una rendija de vidrio en la puerta. Unos pasos pesados seguidos de conversaciones se oyeron fuera. Controló la respiración y trató de calmar los latidos del corazón, galopando en su pecho. Le pareció que habían pasado horas hasta que oyó unos pasos acercarse a la puerta, y esta se abrió dejando entrar la luz.
—Ya se han ido, ¿estás bien? —dijo él.
El peligro había pasado, y con el alivio, le sobrevino una incontenible necesidad de llorar. Miró hacia el suelo y parpadeó con fuerza hasta que el sentimiento se aquietó. Cuando se recuperó después de unos instantes, se dio cuenta de que él era alto. Tenía el físico, le pareció, de un nadador.
—Pensé que no querías involucrarte —dijo ella bajándose la bandana hasta la barbilla.
—No puedo darme el lujo de suspender este examen, ¿de acuerdo? —agregó él.
La mirada de Sae se dirigió a sus zapatos gastados, con las suelas abiertas en las puntas como una boca sorprendida. Probablemente, estaba en la universidad con una beca. Le dio vergüenza haberle malinterpretado.
—Te deben dar rabia los estudiantes como nosotros, que alteramos las clases —dijo ella.
Él soltó una risa.
—¿Por qué? Es mucho más fácil ser el mejor de la clase cuando los más brillantes de la nación dejan de hacer exámenes para pelear por sus opiniones políticas.
La respuesta le provocó a Sae una sonrisa. El suave aroma a sudor en la nuca de él era reconfortante, el olor a detergente la remitía a una vida más común. El descanso se había convertido en una rareza. Estaba cansada. De correr, de estar en guerra con el poder. De batallar contra su propio miedo.
—No es que tenga miedo —continuó él.
—No tienes que darme ninguna explicación.
—No lo sé —dudó él—. No estoy seguro de cuánta libertad tenemos en la pobreza.
Ese era el tipo de detestable razonamiento que Chun y su predecesor, Park, habían usado para justificar sus ambiciosos objetivos económicos, pero por primera vez, ella pudo ver por qué la visión del dictador de tener un país más rico podía resultar atractiva a un estudiante becado como él. Pensó en el libro que tenía en su mochila; la simple posesión era suficiente para ser arrestada, pero ella lo llevaba consigo todo el tiempo. Es lo que había motivado su búsqueda de la verdad sobre su país. Descubrir un sistema de poder que ocultaba los episodios desagradables de la historia fue lo que agobió a los jóvenes estudiantes. Habían llegado a las mejores instituciones educativas del país para crecer en conocimiento y se cuestionaban qué era en realidad “conocer”. Parte de su rebelión se originaba en el compromiso de reclamar por un pasado más honesto.
—¿Cómo podemos celebrar la riqueza que se ha obtenido por medio del trabajo esclavo? ¿La riqueza de un país construida a costa del silencio de quienes se han resistido a las malas prácticas de las empresas debido a la explotación laboral o de quienes han protestado contra la complicidad del silencio? —Ella respiró profundamente y continuó—. ¿Crees realmente que a las grandes corporaciones como Taehan les importa algo de la vida humana?
Se produjo un silencio atronador. Se oyó un helicóptero a cierta distancia y, cuando volvió a mirarlo, lo encontró observando su rostro, como si quisiera descifrar lo que estaba pensando. Él se balanceó de un pie al otro, con las manos en los bolsillos.
—Estás protestando contra la dictadura, ¿no? —dijo finalmente—. ¿Qué tiene que ver esto con el Grupo Taehan?
—Es un ejemplo… —dijo ella encogiéndose de hombros—. El Gobierno y los negocios duermen en la misma cama. Los negocios no son los que cometen los asesinatos, pero están sostenidos por un sistema que los condona.
—Eso no es lo mismo que decir que las compañías son responsables.
—Son cómplices —lo interrumpió ella, dudando de repente de por qué sentía que debía convencerlo de algo en ese momento. Desde fuera, llegaban gritos. El cartel verde de salida más allá de las estanterías había comenzado a parpadear. Levantó su mochila.
—Dijiste que no te querías involucrar —agregó—. Me tengo que ir. Gracias por lo de hace un rato.
Cuando se disponía a partir, sintió la mano de él sobre su muñeca, el aliento cálido sobre su hombro.
—Espera —le dijo.
Fuera, una voz de barítono ladraba mensajes por un megáfono para que los estudiantes se rindieran. Sae sintió que se ruborizaba cuando él se inclinó hacia ella.
—Tienes un poco de pasta dentífrica, aquí —dijo acercándose. Le limpió la mejilla con el pulgar—. Es una señal inequívoca. La policía sabrá al instante que eres una manifestante.
—Ni siquiera sirve —dijo riendo, avergonzada—. El gas lacrimógeno arde como el demonio.
Él continuó observándola, como si quisiera tratar de juntar más información para entender lo que ella estaba pensando.
—Escúchame —le dijo—. Tal vez sea porque soy la clase de tipo que necesita que falte la mitad de los estudiantes para poder aprobar un examen, pero no lo entiendo. Quisiera entenderte mejor, pero no puedo.
Ella asintió y se volvió hacia la oscura escalera. A mitad de camino, se detuvo y abrió el cierre de su mochila. Sacó su ejemplar de ¿Qué es la historia?, garabateó una nota para él en el margen de la portada del segundo capítulo “La sociedad y el individuo”. Si era lo suficientemente curioso como para leer el libro, encontraría su mensaje.
Él seguía de pie junto al escritorio cuando ella volvió.
—Tal vez, esto te ayude —dijo dándole el libro. Él se dio cuenta de que lo estaba poniendo a prueba.
Al volverse hacia la escalera, Sae seguía sintiendo, como marcado a fuego, el suave contacto del pulgar sobre su mejilla.
Quienes esperaban noticias de sus familiares estaban reunidos en el gran gimnasio de una escuela. Había muchas colchonetas en el suelo. Se habían instalado varios ventiladores; las luces se mantenían bajas por el calor. El micrófono central que anunciaba los nombres de quienes habían sido rescatados estaba en silencio.
—Vamos —le dijo Tae-kyu, alcanzándole un rollo de gimbap—. Tienes que comer.
Ella cogió el rollo, pero no hizo ningún ademán de llevarlo a la boca; dejó que la cobertura de alga se abriera y el contenido se desparramara en su regazo.
—Tendrías que pensar en volver a tu casa —le sugirió él.
Sae quitó las verduras derramadas de sus pantalones cortos y con calma fue recogiendo trozos del arroz pegajoso sobre la palma de su mano.
—No voy a ninguna parte.
—El segundo derrumbe hizo que las operaciones de rescate se volvieran más complicadas. Va a llevar más tiempo encontrar a quienes están bajo los escombros.
—Ya lo sé —replicó Sae.
Tae-kyu sabía mejor que nadie cuánto detestaba ella el tono paternalista. Él era el único en Diario Seúl que había cumplido su deseo de que la trataran como un igual y de que le hablaran con respeto.
—No te van a dar una medalla por estar aguantando aquí la espera —le dijo mientras bebía un trago de café de su vaso desechable—. Han pasado veinticuatro horas. ¿No crees que deberías estar con tus hijos? Seguramente, están preocupados por si su madre también ha desaparecido.
—Voy a estirar un poco las piernas y a ver si escucho algo más —comentó ella.
Su mirada se deslizó por las familias que acurrucadas, algunas acunadas en un abrazo, otras sollozando en silencio mientras trataban de dormir. Otros con la mirada fija, perdida. A través de las puertas abiertas del gimnasio, Sae alcanzó a percibir el final de la noche en el cielo y el calor agobiante que comenzaba a adueñarse de la mañana. Un olor a tierra y a yeso flotaba denso en el aire.
Durante la noche, habían llevado un contenedor para utilizar como oficina improvisada en el lugar del siniestro. Sae se acercó a los hombres de traje que estaban de pie fuera.
—Busco a alguien que estaba en el edificio —le dijo a un hombre con casco—. Estaba trabajando para L&S Arquitectos.
—Usted no puede estar aquí —sentenció él—. Debe esperar dentro del gimnasio.
—Lo sé —respondió ella—, pero si pudiera decirme algo… —Su voz se fue apagando.
Esto pareció ablandarlo, y sin otra palabra, entró al contenedor y volvió al instante con una carpeta en las manos. Revisó la lista con el dedo.
—¿Cómo era el nombre de la empresa? —preguntó frunciendo el ceño.
—L&S Arquitectos —dijo ella.
—No veo ninguna empresa L&S aquí. —Siguió revisando y dio la vuelta a varias páginas—. Acabamos de empezar. Tal vez, pueda volver a preguntar dentro de unos días.
Sae asintió mansamente y volvió al gimnasio, sorprendida de repente al ver un rostro familiar. Era la señora Bae, la esposa del socio de Jae. Tenía el cabello sujeto hacia atrás, pero varios mechones se le habían pegado al rostro con el sudor, y tenía la base de maquillaje corrida.
—¿Ha escuchado algo? —le preguntó Sae—. ¿Alguna noticia del señor Bae?
La señora Bae negó con la cabeza. Se veía asustada, sus ojos iban de Sae a la puerta del gimnasio.
—Se había quejado por el calor que hacía en el sótano. Algún problema con los aires acondicionados que no habían funcionado bien toda la semana. —Su mano temblaba mientras se secaba el sudor que, como un pequeño bigote, se le había formado sobre el labio.
—¿En el sótano? ¿Jae estaba con él? —preguntó Sae. Sintió un repentino alivio. El segundo derrumbe le había quitado toda esperanza de encontrar a Jae con vida. Si estaba en el sótano en el momento en que la Torre se desplomó, era más probable que hubiera sobrevivido—. Se suponía que la piscina estaría en el piso superior. ¿No estaban trabajando allí?
—¿Piscina? —La señora Bae frunció el ceño como si no tuviera ni idea de qué hablaba Sae. Entonces, se le cruzó un pensamiento y desvió la mirada. Con sus ojos fijos en el suelo, murmuró—: Sí, la piscina.
Cuando la señora Bae volvió a mirarla un instante, Sae vio la desesperación en sus ojos, como un pájaro atrapado golpeando sus alas contra el cristal. Era esa mirada que Sae había llegado a conocer bien durante sus años de entrevistas realizadas para el periódico a familiares traumatizados. Un silencio gobernado por el miedo.
—Me figuro que eso significa que no pudieron terminar el trabajo —susurró la señora Bae—. Se suponía que nadie lo sabía.
—¿Nadie debía saber lo de la piscina? —preguntó Sae, desconcertada.
Sae quería sacudir a la señora Bae, forzarla a dar alguna explicación para que estos fragmentos formaran algo inteligible. Pero era evidente que la señora Bae estaba entrando en un estado de shock, como si estuviera en un trance, y parecía no escucharla. Entonces, Sae la cogió del brazo y la ayudó a tomar asiento.
—Déjeme traerle un vaso de agua —le dijo con dulzura.
Myong-hee sostenía un cigarrillo entre los labios mientras colocaba las largas varas de lirios en un florero del escritorio en la recepción, descontenta con el arreglo. Song-mi, su chica de más confianza llegaba tarde nuevamente, por tercera noche consecutiva. Andaba en algo, y Myong-hee necesitaba saber en qué. En su línea de trabajo, la ausencia de una chica siempre significaba algo. Si alguna desaparecía durante unas horas, lo más probable era que estuviera sintiendo cómo la vergüenza se escurría entre sus piernas, mientras se aferraba a la cama como si fuera una balsa hasta recuperar la sobriedad. Si pasaba más de un día, tal vez, era que había decidido no volver más al club. Treinta y seis horas, y la chica se había ido para siempre, o estaba muerta, tirada en una zanja con los ojos abiertos, o en camino a estarlo. Durante tres noches seguidas, Song-mi había llegado varias horas después de la apertura del club, sin maquillaje, dudando frente al espejo antes de colocarse a desgano rubor en las mejillas. A diferencia de las otras chicas, no tenía una montaña de deudas, pero trabajaba con la esperanza de cruzarse en alguna cama con un ejecutivo de los medios que se fijara en ella y la convirtiera en una estrella. Si la chica estaba perdiendo su ambición, Myong-hee debía saberlo de inmediato.
Myong-hee se alejó un poco para admirar el resultado de su arreglo floral. Daba lo mismo: no importaba cuántas veces volviera a colocar los tallos, las flores caían desvanecidas, sin vida. Ninguno de los clientes prestaría atención a los lirios, pero para ella, los detalles eran importantes. El club, Myongwolgwan, era un santuario nocturno, un lugar donde los hombres podían relajarse, cortar con todo. Donde podían desahogarse y decir lo que hubieran querido decir a sus jefes y ser perdonados. Todo en la decoración del Myongwolgwan —el antiguo espejo comprado a un vendedor en París, los caros sofás de cuero en los salones de karaoke, los techos con espejos, los reservados tapizados en terciopelo y el pesado mobiliario— había sido elegido con cuidado para recrear una atmósfera de lujo.
Cada salón de karaoke era ligeramente distinto en tamaño y tema para adaptarse a la ocasión del evento que se celebraría entre sus paredes. El más grande, pintado de amarillo pálido, se usaba generalmente para pequeños equipos de un departamento y tenía espacio para diez hombres y la misma cantidad de chicas. Sobre tres paredes, había sofás tapizados con cuero muy fino y suave, donde los hombres comenzaban la noche bebiendo antes de pasar al escenario a bailar y cantar frente a unas enormes pantallas de televisión.
Lejos del florero, Myong-hee comenzó a revisar las habitaciones antes de abrir el club para la noche. Lugares que un momento antes le habían parecido aceptables, de repente, le resultaron inadecuados y desequilibrados: los espejos torcidos, algo de suciedad en un rincón que ella ya había limpiado a conciencia con un trapo. Se puso un par de guantes de goma, revisó los espacios debajo de los sofás y de las mesas de cada habitación. Repasó las superficies con lejía, disfrutando del ardor que provocaba en su nariz. Encontró un calcetín con un agujero. Un paquete de cigarrillos vacío. Un condón rajado. Tendría que recordarles a las chicas que se pusieran firmes en que los hombres no se quitaran los pantalones hasta llegar a las habitaciones privadas en el piso superior. Detrás de un cojín, encontró una fotografía. Una mujer con una cuidada melena, una leve sonrisa, ojos amorosos color almendra. Una esposa o una novia. Alguien que podría encontrar manchas de pintalabios en un cuello. Que no tendría más remedio que aceptar la explicación que su marido le diera. “¿Cómo iba yo a decir que no? Iban todos. Es una cuestión de trabajo. Otra exigencia de la oficina”. Una tarea obligada como en el servicio militar. La mujer de la fotografía se parecía a Song-mi, con su cutis de porcelana y sus grandes ojos. Esa misma calidez que permitía a Song-mi entrar en una conversación más personal y persuadir a los hombres a que hablaran con libertad de cualquier tema.
La noche comenzó a desarrollarse lentamente, con menos clientes de lo habitual. El derrumbe de la Torre dos días antes había afectado el ánimo nacional, y los hombres se apresuraban a volver a casa con sus familias, a las que normalmente ignoraban. Myong-hee había escuchado las noticias en la radio y las había absorbido sin que le afectaran. Tal vez, había existido un tiempo en que esas noticias le hubieran dado la esperanza de que había llegado el momento del ajuste de cuentas para Grupo Taehan Pero ella ya no creía ni en el karma ni en la justicia. No cuando se trataba de dinero.
Había un barullo en lo alto de las escaleras, y un grupo de hombres con olor a sake apareció en la entrada del club. A lo largo de los años, ella había aprendido a asociar ciertas características con los hombres que trabajaban en distintos sectores de la industria. Los ejecutivos se conducían con un aire de autoridad, como si el club fuera una extensión de sus oficinas, un espacio de relax, su derecho adquirido. Los académicos eran los peor vestidos y disimulaban su malestar intelectual por frecuentar estos lugares siendo extremadamente generosos con las chicas, y muy hipócritas, en realidad. Los que estaban en las industrias de servicios eran amables, pero resultaban ser caprichosos y exigentes. Los empleados de menor rango de cualquier industria eran los clientes preferidos de las chicas: nerviosos y poco acostumbrados a este ritual del lugar de trabajo, todavía eran respetuosos y con frecuencia estaban demasiado ebrios para tener sexo.
Reconoció a una figura que emergió de la oscuridad de la escalera y entró al club.
—¡Señor Shim! Me alegro de verlo —exclamó ella con su sonrisa más brillante.
Conocía al señor Shim desde que era empleado de un banco; luego, fue ascendiendo hasta convertirse en un alto ejecutivo en el área de préstamos corporativos. Dándole el brazo, ella condujo al grupo hacia un salón.
—¿Quiénes son estos hombres espléndidos que lo acompañan? —preguntó Myong-hee.
—Son mis inversores más importantes —respondió el señor Shim—. Estaba presumiendo con ellos diciéndoles que usted tiene a las mujeres más bellas de toda la ciudad.
—¡Nos dijo que son las que tienen los pechos más grandes! —bromeó un hombre desconocido de nariz aguileña y manchas en las sienes.
—Es muy amable —dijo Myong-hee, sonriendo.
—Pero parece que usted se ha tomado un descanso —agregó el narigón guiñándole el ojo.
Myong-hee se cubrió la boca mientras reía, y sus ojos se concentraron en el reloj de oro y los gemelos de aspecto caro. Era una actuación que ella podía manejar a la perfección.
—Bueno, ¡yo solo trabajo desde mi escritorio! ¡Alguien tiene que organizar este lugar! Pero ahora que conozco sus preferencias, me aseguraré de enviarle el tipo de chica que le gusta.
—A mí me gusta ella —les dijo a los hombres mientras le daba una palmadita a Myong-hee en el trasero. Myong-hee lo ayudó a quitarse la chaqueta y vio la etiqueta de un diseñador extranjero y el tíquet de la tintorería todavía sujeto al forro interior.
Una vez que los hombres se acomodaron, Myong-hee se escabulló hacia la sala de espera donde las chicas se estaban preparando, descansaban o esperaban a que las llamaran. Era un espacio reducido pero muy bien iluminado, con productos de maquillaje por todas partes, incluso sobre la tele, que emitía la lista de los temas musicales de la semana. El puf que usaba Song-mi estaba aplastado, como ella lo había dejado, en un rincón. Seri enroscó la tapa de su laca para uñas, y Mae cerró su libro y se arregló el cabello cuando Myong-hee se volvió hacia ella.
—El hombre del traje italiano. Es nuevo. Averigua quién es y qué hace.
Después de la calma de la tarde, todo empezó a suceder al mismo tiempo. Varios grupos llegaron simultáneamente. Hombres con el aliento agrio a soja y ajo, con los trajes desprendiendo olor a carne asada. La mayoría eran clientes regulares. Myong-hee se esforzó por demostrarles que los recordaba estando atenta a los detalles más pequeños: sus aperitivos preferidos, el whisky que les gustaba. Ella tenía siempre en mente cuánto querían gastar sus clientes y sabía que no debía cobrarles de más. Cada gesto era deliberado, especialmente escogido para que sus clientes volvieran una y otra vez.
Bien pasada la medianoche, cuando Myong-hee se disponía a hacer un recuento de las existencias de bebidas, llegó el señor Li. Era un empleado muy antiguo del Grupo Taehan, con la mandíbula cuadrada, el cabello grasiento y unos ojos pequeños amigables. Bajó pesadamente por la escalera.
—Señor Li —dijo ella alzando las cejas con sorpresa, una estudiada expresión de alegría—. ¡Qué coincidencia! Estaba pensando en usted. Que inesperada visita en este momento… —Allí, se detuvo, al darse cuenta de que sería un error sacar el tema de una crisis en el trabajo—. ¡Para usted no pasan los días, siempre joven! —lo halagó cambiando de táctica.
A decir verdad, se lo veía demacrado, con un halo de preocupación en un rostro flácido, de mejillas pesadas e hinchadas; la piel del cuello como la de un ave recién desplumada.
—¿Ha venido en busca de compañía o está esperando a alguien? —le preguntó. Había aprendido desde hacía mucho tiempo que nunca debía dar por sentado que conocía las intenciones de un hombre cuando iba a sus salones.
—¿Ha llegado ya el jefe? —preguntó el señor Li.
—No, no sé nada de él —le respondió ella, redirigiendo al señor Li hacia el más lujoso de los salones. Si Yung estaba en camino, era preciso ofrecerle lo mejor.
—Necesitamos un lugar tranquilo para hablar —dijo el señor Li en tono conspirativo—. La oficina está rodeada de periodistas, imposible entrar o salir sin ser acosado.
—Vaya —agregó Myong-hee.
