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Olvidar es imposible es una crónica atrapante, metódica, con la exhaustividad de quien movió cielo y tierra para encontrar la verdad. Y aquí cuenta por primera vez, y en carne viva, su odisea. Sergio Maldonado hace un relato pormenorizado de los 78 dramáticos días en los que su hermano Santiago estuvo desaparecido y su vida cambió para siempre. La búsqueda, las mentiras, la violencia estatal, la deshumanización, las operaciones de periodistas cómplices del poder, los relatos absurdos tejidos adrede para entorpecer el acceso a la verdad, el encarnizamiento de los trolls, el destrato de la Justicia, los infinitos pasillos de la impunidad. Pero, así como la causa Maldonado expone los horrores de una sistemática injusticia que busca tergiversar los hechos y cubrir la verdad, también deja en claro la solidaridad, las redes de contención que se tejen para dar cobijo y para acompañar, y la grandeza de la humanidad de personas comunes que entienden la pena ajena como propia y, desde el lugar que pueden, ayudan. Esta es la historia de Sergio. Un hombre que sigue clamando, donde sea que vaya, para quien quiera oír y para quien no, el nombre de Santiago. "Sumergirse en estas páginas es abrir el corazón y las entrañas" (Alejandro Bercovich). "La búsqueda infructuosa de una familia que antepuso el puro dolor la pura dignidad" (Ana María Careaga). "Santiago le dejó otra vida a Sergio y dos mundos. Uno donde está la crueldad, y lo peor y más bajo de los seres humanos. Y también el otro, donde aparece lo mejor, lo excelso, lo más puro y maravilloso de las personas que lo ayudan a seguir creyendo" (Pedro Saborido).
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Seitenzahl: 399
Veröffentlichungsjahr: 2025
Dónde está Santiago Maldonado
Nadie elige lo que le toca en la vida
En carne viva
PRIMERA PARTE - La persona que amas puede desaparecer
1 - La inocencia
2 - La incertidumbre crece
3 - La realidad supera a la ficción
4 - Cómo plantar un cuerpo
5 - La puesta en escena de la aparición
6 - No hay final feliz; no hay final
7 -Termina el año, comienza una nueva vida
SEGUNDA PARTE - En la tierra está el paraíso y el infierno
8 - Nada de lo que fuimos desaparece
9 - El final es en donde partí
Agradecimientos
ANEXO
La hipótesis de la desaparición forzada
Cover
Maldonado, Sergio
Olvidar es imposible : Santiago, mi hermano / Sergio Maldonado ; Prólogo de Ana
María Careaga ; Alejandro Bercovich ; Pedro Saborido. - 1a ed. - Ciudad Autónoma
de Buenos Aires : Marea, 2025.
Libro digital, EPUB - (Historia Urgente ; 119)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-823-087-0
1. Derechos Humanos. 2. Literatura Testimonial. 3. Fuerzas de Seguridad. I. Careaga,
Ana María, prolog. II. Bercovich, Alejandro , prolog. III. Saborido, Pedro, prolog.
IV. Título.
CDD A860
Dirección editorial: Constanza Brunet
Coordinación editorial: Víctor Sabanes
Edición: Debret Viana
Comunicación: Verónica Abdala
Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez
Foto de tapa: Sebastián Miquel. Sergio Maldonado en Plaza de Mayo,
1° de octubre de 2017.
© 2025 Sergio Maldonado
© 2025 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-823-087-0
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio
o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
Dedicado a Santiago;
voy a seguir siempre luchando por Memoria, Verdad y Justicia.
Dónde está Santiago Maldonado
por Ana María Careaga
¿Dónde está Santiago Maldonado?
La pregunta por esa ausencia que reactualizaba dramáticamente la figura de la desaparición de personas se reproducía simultánea y progresivamente por variados y diversos escenarios, en donde algo de aquella escena mortífera nos retrotraía a lo peor.
¿Dónde está Santiago Maldonado?
Se leía en los pizarrones de las aulas, en las que, cuando se pasaba lista, iba a haber un alumno ausente.
¿Dónde está Santiago Maldonado?
Se escuchaba en los parlantes de aeropuertos que convocaban a un pasajero que no estaba.
¿Dónde está Santiago Maldonado?
Se convocaba en salas de espera de instituciones de salud, a un paciente que no podía acudir a ese llamado.
Y su figura que interpelaba a una sociedad azorada alzó vuelo, se multiplicó, e intrépidamente se deslizó en cada uno de los lugares en donde su ausencia se hacía dolorosamente presente. En todo el país: en las canchas, en los recitales, en muros y calles. Y también en el proceso electoral, para denunciarle al conteo de la democracia, el peligro de un significante vaciado de contenido. Trascendió fronteras, increpó consulados y embajadas, para decirle al mundo acerca de la desaparición y para sumergirse así, indefectiblemente, en esa profunda herida que no cesaba de cicatrizar.
Porque eso es la desaparición: lo que no cesa de no inscribirse. Lo que insiste, aquello que, en tanto imprescriptible, perpetúa el dolor, y pone al descubierto –con toda esa metodología infame– lo peor del ser humano cuando para defender lo propio mansilla las acciones solidarias de la gente noble.
Porque Santiago era eso, noble, cualidad que seguramente estaba rodeada de muchas otras. Pero con la que, desde su mochila solidaria, estuvo donde consideró que debía estar, optó por acompañar a los que, frente a la desigualdad de fuerzas, cuando se enfrenta la necesidad con el poder, quedan en estado de desamparo y exclusión.
Luego, lo que ya conocemos, la ignominia, artera, acabó con su vida. Su cuerpo apareció en ese río sacudido por la persecución y la rapiña. Desaparición seguida de muerte.
¿Y la justicia? La justicia también sin aparecer, porque no se actuó en la causa desde un primer momento como debía actuarse, porque no se preservaron las pruebas, porque la labor del ministerio público fiscal se pareció más a una defensa que a una acusación, porque a eso apuntan con estos procedimientos, a que todo sea arduo, difícil, penoso. Porque el poder no es ajeno, ni pasivo, es cómplice y es activo en esa complicidad. Porque las autoridades, de todo rango, encargadas de promover la investigación y observar su cumplimiento, fueron desde un principio las que apañaron a las fuerzas represivas. “No vamos a tirar ningún gendarme por la ventana”, dijeron. Para defender lo indefendible. Para defender a los “dueños de la tierra”, a los latifundistas, a los herederos del poder genocida que exterminó a los pueblos originarios. Eso era lo que lo conmovía a Santiago en su impronta solidaria.
De todo eso nos habla este libro, en el que Sergio Maldonado describe, pormenorizadamente, día por día, la crónica de una injusticia anunciada que acabaría con la vida de su hermano. En un descarnado relato que recorre los detalles de la dimensión jurídica y la degradación política, que cuenta de solidaridades y de soledades, de lealtades y deslealtades, de emociones y afectos compartidos, Sergio nos abre su alma como si al hacerlo se refugiara en ese abrazo colectivo que implicó la respuesta a la pregunta por Santiago. Como si en la intimidad de su diario recreara en esa escritura lo loable de haber sido alojado ese reclamo por una sociedad que interpeló al poder y de ese modo pudiera conjurarse el mal, que también -como nos indica la realidad actual-, tiene su propio estatuto de lo incurable.
Y en esa larga cadena de complicidades, ocupa un lugar destacado en este libro, como lo tuvo en el derrotero de los hechos, la escandalosa y obscena manipulación mediática. El plantado sistemático de pistas falsas y campañas de desprestigio e intimidación hechas de mentiras seriales, operaciones distractivas y provocaciones planificadas, le sumó a este flagelo el corolario de una escena dantesca. Así, Sergio relata pormenorizadamente innumerables situaciones en las que quedaba al descubierto cómo se trataba de mancillar la figura de Santiago, invirtiendo la carga de la prueba, poniendo la sospecha sobre la víctima y su familia, y no investigando a los victimarios. En la velocidad del desarrollo de la información, nos dice el autor, esa campaña de mentiras apuntaba a difamar y tener al mismo tiempo un efecto disciplinador. Todo un discurso armado para deslindar responsabilidades, para aislar y desmoralizar a los familiares, explica Sergio.
En un lenguaje directo que refleja ese registro conciso de cada paso dado, día por día, en la búsqueda de su hermano, pone al descubierto el acrecentamiento de la angustia directamente proporcional al paso del tiempo, a la prolongación de esa ausencia. Desaparición, incertidumbre y la búsqueda infructuosa de una familia que antepuso al puro dolor la pura dignidad.
Frente a la indignidad y a la ignominia de un poder sin límites: una respuesta ética. La única respuesta posible frente a lo que el propio Santiago expresaba de manera muy clara en un texto leído por su hermano: “El dinero genera poder y el poder es respaldado por el verdadero dinero, quedando atrás las relaciones humanas, los sentimientos y la honestidad”.
Y continúa la búsqueda de la verdad, porque tenemos memoria y porque exigimos justicia. ¿Y Santiago? Santiago se quedó en cada uno de nosotros, con sus seres queridos que portaban su fotografía. Germán describe a su hermano como “la libertad, la juventud, la solidaridad, el apoyo mutuo”, ese mismo que generó con su rostro brotando de todos los espacios. “Pensar que no quería que subiésemos ninguna foto y ahora está en todos lados”, recuerda Andrea.
Su imagen creció con esa mirada increpadora, como si ese mismo gesto nos preguntara a nosotros y nosotras dónde estaba. Y la ausencia de ese rostro que se presentificaba por doquier, que podía aparecer en cualquier lado porque no aparecía por ninguno, nos remitía dramáticamente a la tragedia de la desaparición, expresada en esa madre que lo esperó todos los días hasta que la incertidumbre cedió lugar a la certidumbre del peor desenlace.
En la era de la reciclada post verdad, solo la evidencia de lo real del cuerpo se impuso frente a las operaciones del poder. El encuentro con la metodología de la crueldad solo eclipsada por esa noble guardia de honor que durante más de siete horas veló anticipadamente un cuerpo aún sin nombre, pero siempre propio.
En este libro, que Sergio escribe desde lo más profundo de sus determinaciones, pronunciando el nombre y el lazo indestructible: “Santiago Maldonado, mi hermano”, nos dice también que olvidar es imposible. Y así es. Por eso, cuando nos preguntamos Santiago Maldonado, ¿dónde está? Podemos respondernos que entró en nuestras almas desde esa interpelación inquisidora que pareciera indagar el porqué de la condición humana. Aprendimos a quererlo. Las páginas de este libro reflejan eso, frente a esa sensación de vulnerabilidad y desvalimiento que produce la inescrupulosidad sin límite del poder, el valor y la solidaridad del acompañamiento anónimo. Y más también.
Nadie elige lo que le toca en la vida
por Pedro Saborido
Sergio descubrió que era feliz. Antes, seguro. Se había armado una vida con una pareja hermosa y un trabajo que le gustaba y entonces, no lo sufría como trabajo.
Pero Sergio dejó de ser Sergio el día que pasó lo que pasó.
Y algunas veces debe haber pensado ¡en qué quilombo me metió el pendejo este! Después comprobó una y otra vez que el pendejo de su hermano no había hecho ninguna pelotudez. Porque todo lo había pensado y actuado desde lo más genuino de su alma. Porque dejó en murales y canciones donde cuenta todo lo que fue haciendo en una lucha que eligió. Por eso, cualquier enojo que pudiera haber se desvanece cuando aparecen las certezas de una vida que quiso ser así.
Lo que pasa es que ya se fueron dos.
Se fue Santiago. Y se fue el otro Sergio. El de antes. El que podía ir a jugar al futbol con cualquiera, sin que le molestase tanto algún comentario político poco afortunado, o directamente pelotudo. Hoy es otra cosa. El Sergio de ahora se tiene que cuidar de lo que escucha. Porque duele de otra manera.
Obvio que, más de lo que escucha, se tiene que cuidar de lo que dice. Como un malabarista sabe que no se puede distraer nunca.
Porque cada vez que diga algo, no va a poder disfrutar de ese pequeño goce que es hablar sin filtro, de hablar sin pensar lo que se dice.
Aun en la catarsis más justificada. Soltar en una pulsión de animalidad una opinión bestial, una pequeña revancha después de tanto cuidado y cálculo. Un sagrado momento de poder mandar todo a la mierda.
No puede.
Sergio sabe que están esperando que se equivoque para usarlo en su contra. Para deslegitimar todo lo que construyó, todo lo que tuvo que construir, en estos ocho años de su nueva vida.
Ahora es distinto.
Andrea, su pareja, también lo sabe. Sus momentos son otros. Ella también está con Sergio andando y luchando. En algo que ni siquiera se sabe qué final va a tener.
El asunto es que no hay lugar para el abandono.
Todo lo que había antes ya no está. Lo que vivió Santiago cambió todo para siempre. Y aun en alguna fantasía de abandonarlo todo, de darle lugar al cansancio, a la resignación, ya no hay posibilidad. Porque no hay nada. La vida es esta. La otra ya no está.
Y no va a aparecer abandonando esta.
Sergio ya se desencantó varias veces. El sueño no es una certeza. Ya no es tan sueño. Así como no se había dado cuenta qué feliz era en su anterior vida, hoy sabe que el sueño de la verdad y la justicia sobre Santiago no tiene ninguna certeza.
Pero sí sabe que buscándolo conoció la impunidad.
Sintió que no era tan así que un hijo de puta por ahí no duerme bien. No está seguro de que siendo hijo de puta algo malo te espera al final del camino. Descubrió un mundo de hijos de puta del que solo encuentra compensación en otra gente. La que lo recibe, lo contiene, lo abraza.
Santiago le dejó otra vida y dos mundos. Uno donde está la crueldad, y lo peor y más bajo de los seres humanos. Y también el otro, donde aparece lo mejor, lo excelso, lo más puro y maravilloso de las personas que lo ayudan a seguir creyendo.
Nadie elige lo que le toca en la vida.
Lo que elige es cómo enfrentarlo.
En carne viva
Por Alejandro Bercovich
El desesperado peregrinar de Sergio Maldonado, primero tras las huellas de su hermano Santiago, y luego en busca de justicia, es también una metamorfosis. La transformación de un tipo común, con sus deseos y sus contradicciones a cuestas, en una víctima icónica de la violencia estatal del siglo xxi. Un viaje tortuoso y desesperante que relata en este libro, en primera persona y en carne viva.
Olvidar es imposible no solo es una denuncia urgente cruzada por reflexiones sobre ese camino, es también una crónica atrapante, metódica, con la exhaustividad de quien movió cielo y tierra para encontrar la verdad. Un diario íntimo. Una catarsis emocional. Por momentos dolorosa, como toda catarsis.
Leerlo es acompañar a Sergio en ese viaje y sentir, también en el propio cuero, la dureza de la mentira propalada desde el poder. Experimentar con él la indignación ante la inmoralidad de funcionarios, policías, gendarmes, fiscales, jueces y comunicadores que corren el límite de lo que uno creía que era capaz de hacer alguien con el solo fin de preservar una pequeña cuota de ese poder. Gritarles sus crímenes a los dueños del paraíso patagónico privatizado, como hacía Osvaldo Bayer.
Lo que más me impactó de este texto no es la crudeza de los hechos ni el peso de las preguntas que siguen sin respuesta, que lamentablemente ya conocía. Tampoco la estremecedora red de impunidad que expone, cuyos vericuetos permanecieron ocultos durante estos años. Es la honestidad intelectual de un relato donde Sergio comparte las dudas que lo asaltaron en tiempo real, a él y a Andrea, su pareja, en el transcurso de esa metamorfosis. Dudas sobre las comunidades mapuches a las que Santiago dedicó sus últimos puños en alto. Dudas sobre sus referentes, sobre los organismos de Derechos Humanos, sobre dirigentes y periodistas que había admirado, incluso sobre sí mismo y sobre su hermano. Dudas que el tipo común razonablemente tenía. Y que en algunos casos todavía anidan en el bicho nuevo en el que terminó por convertirse.
Sumergirse en estas páginas es abrir el corazón y las entrañas. Exponerse a sufrir el mismo aturdimiento que siente un argentino que se entera de pronto que su hermano está desaparecido. A vibrar en otra frecuencia, distinta a la de millones de personas que siguen su vida, como si el mundo no se estuviera desmoronando. Pero también a descubrir la potencia histórica de mujeres como Norita Cortiñas, y entender por qué su lucha y la de sus compañeras parió la democracia que supimos conseguir y funcionó como anticuerpo para lo que pervive de oscuro.
PRIMERA PARTE
La persona que amas puede desaparecer
1 - La inocencia
2 al 11 de agosto de 2017
2 de agosto
Estaba en la oficina, con un cliente que había venido a retirar un pedido. Eran días de mucho trabajo, como cada invierno. Charlábamos sobre las ventajas de vivir en un motor home. Él me contaba de los distintos puntos de Bariloche en donde paraba, en dónde comía y dónde conseguía mejor wi-fi. Yo, le contaba de mi hermano Santiago, un poco elogiando ese estilo de vida.
–Mirá a Santiago –le decía–, anda en bici, solo con su mochila. Hace tatuajes, no se tiene que preocupar por pagar el alquiler, ni los impuestos, vive viajando. No tiene ningún problema. Mientras yo, acá, todos los meses pensando en el negocio, pendiente de vencimientos, de los proveedores y empleados, tratando de conseguir materias primas, etcétera.
Recordé con cierta añoranza los tiempos en que con Andrea tejíamos en telar. Vendíamos chalinas y bufandas en la feria del Centro Cívico. Los viernes y sábados, para ganar un poco más de plata, recorría las calles de Bariloche vendiendo aceitunas con una canasta.
Durante ese lapso, me había sonado un par de veces el teléfono, con llamadas de mi hermano Germán. Me pareció raro, porque él no suele llamar, siempre manda mensajes. Le devolví el llamado. Atendió inmediatamente. Se lo escuchaba preocupado y me preguntó sin preámbulos:
–¿Sabés algo de Santiago? Porque están diciendo que está desaparecido.
–¿Cómo desaparecido? ¿En dónde?
–Un chico llamó a mamá y le contó que Santiago estaba con los mapuches y que lo habían desaparecido.
Quedé desconcertado, no tenía ni idea de que Santiago podría estar con los mapuches y Germán tampoco sabía nada, así que le dije que iba a averiguar. Por más que ya habían intentado contactarlo, intenté comunicarme de nuevo, pero fue imposible.
La llamé a Andrea, que estaba en casa, le conté lo que estaba pasando y le pedí que buscara información. Mientras yo salía a la calle rumbo al mayorista, me entró un mensaje de la China, mi amiga de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, diciendo que estaba preocupada por Santiago, porque se decía que había desaparecido. Intercambiamos algunos mensajes y ella me amplió el panorama con más información, que había sacado de Red de Comunidades en Conflicto, una página de Facebook. Así que se lo reenvié a Andrea. Dos minutos después estábamos hablando. Había encontrado noticias. Se confirmaba la sospecha de que no se sabía dónde estaba Santiago. Me aconsejó que llamara a Alejandra, una amiga reportera gráfica de Bariloche, que había estado cubriendo noticias sobre la comunidad mapuche y que probablemente supiera algo. Mientras tanto, ella llamaría a las comisarías de la zona.
Terminé de agarrar las cosas que tenía que comprar y llamé a Alejandra. Me confirmó que estaban buscando a una persona, pero que me olvidara, que no era mi hermano, que se trataba de otra persona que debía estar asustada y escondida, y que ya iba a aparecer. Por las dudas, le pedí que me mandara por WhatsApp alguna foto que tuviera de la persona que estaban buscando. Cortamos. Estaba en la caja para pagar cuando miré la foto que me mandó. Era Santiago.
No podía creer que la persona de la foto fuera mi hermano. Me agarró una desesperación que me desbordaba, por no entender qué estaba pasando. La volví a llamar a Alejandra, que no sabía cómo disculparse, y le pedí que averiguara lo que pudiera y que me avisara cuanto antes. Corté con ella y volví a llamar a Andrea. Acordamos dividirnos, yo llamaría a Escuadrones, la unidad de ejecución de Gendarmería de Bariloche, y ella a hospitales y comisarías.
Llegué a mi casa. Eran aproximadamente las 17 horas y no habíamos conseguido ninguna información concreta. Ni en la policía ni en los escuadrones ni en los hospitales sabían nada. Estábamos con Andrea pensando qué hacer cuando me volvió a llamar Alejandra para decirme que miembros de la comunidad mapuche se estaban juntando en la puerta del juzgado de Bariloche porque iban a liberar detenidos de una represión que había ocurrido el 30 de julio por la mañana. Nos subimos a la camioneta e hicimos los catorce kilómetros que separaban nuestra casa del centro de Bariloche, preguntándonos una y otra vez qué estaba pasando; no lográbamos entender la situación.
En la puerta del juzgado había un grupo de gente, serían treinta personas y se respiraba mucho nerviosismo. Nos encontramos con Alejandra y les preguntamos a algunos de los que estaban ahí si sabían algo. Se me acercó una chica, que se presentó como Natalia, y me contó que su hermano, Lucas, había estado con Santiago hacía unos días y que el día anterior, el primero de agosto, había habido un operativo represivo sobre un corte de la ruta 40, a la altura de Cushamen, en las puertas de unas tierras recuperadas, la Pu Lof, en el que había estado Santiago. Mientras la escuchaba trataba de imaginarme la situación, pero era imposible. Su mamá, Claudina Pilquiman, que estaba en El Bolsón, sabía más del tema. Nos propuso ir a verla al otro día. Se me ocurrió, con lo que ya sabía, que podría llamar a un periodista local que conocía para difundir a nivel nacional que estaba buscando a mi hermano. Así lo hice yle dije lo que sabía, que en ese punto era lo que me había contado una de las chicas, pero ella no quería decir su nombre al aire, supongo que por temor. Fue por este motivo que el periodista se negó a decir al aire que Santiago estaba desaparecido, algo que, por supuesto me molestó, porque me conocía y porque, pudiendo ayudar en una situación tan delicada, se negaba.
Les consulté a las personas que esperaban frente al juzgado si tenían un abogado con quien pudiera hablar y me señalaron a una mujer que estaba a unos pocos metros. Se llamaba Marina Schifrin. Me acerqué, le comenté la situación y le pregunté si me podía ayudar. Ella estaba esperando que salieran sus defendidos, y quedamos en juntarnos al día siguiente ahí mismo, en el juzgado. Nos quedamos esperando hasta que se hizo de noche. Nos despedimos de Alejandra y volvimos a nuestra casa.
Llamamos una y otra vez al teléfono de Santiago. No atendía nadie. Mi familia, en 25 de Mayo, me llamaba, desesperada por novedades. La sensación era de completa incertidumbre. Como norte, teníamos el encuentro acordado con la abogada, con la idea de que íbamos a poder aclarar la cuestión y nos iban a decir qué pasaba con Santiago.
Dormimos como pudimos.
3 de agosto
Por la mañana, fui a la puerta del juzgado a la cita concertada con la abogada. Esperé, pero nunca llegó. La llamé varias veces, nunca me atendió. Parado frente al juzgado, solo, sentí esa falta de respuesta como un cachetazo. Sin saber a quién recurrir, echando mano de gente conocida, se me ocurrió llamar a un amigo escribano, Leandro Costa Brutten. Al instante, me dijo que fuera para su estudio.
Andrea se había quedado en casa llamando por teléfono a distintos lugares, rastreando para conseguir información sobre el paradero de Santiago. Cuando llegué a la escribanía, Leandro me dijo que presentáramos ese mismo día un habeas corpus. Me explicó qué era lo que teníamos que presentar en la Justicia para que tomaran a Santiago como un desaparecido y lo empezaran a buscar de manera urgente. Armó el escrito y al mediodía lo teníamos presentado en el juzgado de Bariloche. Esa presentación fue muy importante. Leandro quedó pendiente de la causa y me pasó el nombre de un par de abogados de Esquel. Salí del juzgado para volver a mi casa.
Yendo hacia el auto me encontré con Carlos Carnota, el titiritero, un personaje entrañable de Bariloche, que siempre jugaba conmigo la misma broma de ser “mi padre”, debido al parecido físico que teníamos. Yo venía confundido y apurado, le intenté explicar lo que pasaba, pero él no me entendía y caminaba al lado mío tirando chistes malos, como siempre hacíamos cada vez que nos cruzábamos. Así que me despedí rápido.
Cuando llegué a casa, Andrea, que no había obtenido ninguna información, me esperaba con una mochila, lista para irnos. Íbamos al encuentro de Natalia, la chica de la comunidad mapuche que habíamos conocido el día anterior frente al juzgado, para ir a El Bolsón a reunirnos con su madre, Claudina. Tenía la esperanza de que a través de ella podría saber qué había pasado con Santiago. Nos encontramos en el centro de El Bolsón, Natalia nos pidió si podíamos llevar a su hermana Ailinco y su hijo hasta la comunidad. Ella se quedaba en El Bolsón. Claudina, que estaba con su camioneta, nos dijo que la siguiéramos. Tenía que pasar a buscar unas personas en el camino y luego nos iba a llevar a un lugar que llamó la Lof Cushamen. Yo no sabía qué era. La seguimos. Levantó a esas dos personas a unos pocos kilómetros de la partida y nos guió hasta la comunidad. En la intersección de la ruta que va hacia El Maitén, habían puesto un control de Gendarmería. Lo pasamos sin que nos detuvieran.Llegamos enseguida. Se veía un terreno grande, con un alambrado del lado que da a la ruta y una tranquera de entrada, pintada de amarillo.
Había varias personas de la comunidad mapuche. Algunas se sacaron las capuchas para hablar con nosotros, otras no. A mí no me importaba quiénes eran, solo quería saber qué había pasado con Santiago. Una de las personas que Claudina había levantado en el camino se presentó como su hijo, Lucas Pilquiman. Nos mostraron el recorrido que había hecho Santiago el primero de agosto con Lucas, en medio de la represión. Estaban las vainas en el piso. En el barro, las huellas de las camionetas Unimog de Gendarmería. Yo miraba todo e intentaba entender. Le pregunté de dónde conocía a Santiago, me contó un par de cosas, pero a mí no me quedó muy claro. Nos contaron que el 1º de agosto los gendarmes habían entrado disparando, que todos salieron corriendo, que habían cruzado el río hacia la otra orilla y que Santiago se había entregado diciendo “ya está, ya está” y que lo habían agarrado los gendarmes, lo habían golpeado y lo habían subido a un vehículo de Gendarmería. Cruzamos el terreno a lo ancho y llegamos hasta la orilla del río Chubut, que corre paralelo a la ruta, unos 100 metros adentro. El agua estaba muy baja y una parte prácticamente seca. La orilla se podía pisar. Nos contaron que en ese lugar ataban los caballos y, al lado, más adentro, sacaban agua. Después, me entregaron una bolsita con un cuello polar que supuestamente había usado Santiago, por si se necesitaba tener una pertenencia de él, en caso de que se rastrillara la zona con perros.
En un primer momento, ellos hablaban de mi hermano como Santiago Peloso, que era como se había presentado.
Pero el periodista Ricardo Bustos, de Esquel, había subido un posteo en Facebook donde aclaraba que se trataba de Santiago Maldonado y no de Santiago Peloso, y aseguraba que la Gendarmería lo había detenido e identificado y estaba a disposición de la justicia de Chubut. Este periodista tenía una postura abiertamente antimapuche, y tildaba a todos de terroristas. Lo que llamaba la atención era cómo podía tener esa información que el resto no manejaba, incluso nuestra familia.
Al lugar llegó también una persona de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Julio Saquero, junto con su compañera, Mabel, a quienes conocimos en ese momento. Como ya había oscurecido, Julio y Mabel se quedaron en la Pu Lof, y Andrea y yo nos fuimos a Esquel, la ciudad más cercana, a buscar un hotel para pasar la noche. Venían con nosotros dos mujeres de la comunidad mapuche. A pocos metros de haber salido hacia Esquel, nos paró el retén de Gendarmería.
No podíamos ver más allá del auto. Era una noche cerrada, muy oscura, en un ambiente inhóspito y desconocido. Me pidieron mi documento y los del auto, me hicieron bajar y abrir el baúl. Sentí mucho miedo, estábamos muy expuestos. En el medio de la nada, sin señal telefónica, nadie sabía que estábamos ahí. Era muy fácil imaginarse lo peor. Me cuestionaron por llevar una pala chica, algo normal cuando viajás en auto en pleno invierno y en lugares en donde nieva. Llamaron por radio, averiguaron datos. Otros gendarmes se burlaron y les hablaron con desprecio y ofensivamente a las mujeres de la comunidad. Cuando por fin me devolvieron los documentos del vehículo, que no sé para qué me los habían pedido, y nos estábamos yendo, uno de ellos gritó:
–¡No los dejen ir!
Me hice el desentendido porque estaba subiendo la ventanilla, arranqué y nos fuimos. La ruta estaba en muy mal estado. Dudaba entre ir rápido o esquivar pozos para no accidentarnos. Tuve la sensación horrible de que te pueden llegar a perseguir en un camino lleno de obstáculos.
Las mujeres de la comunidad, Soraya Maicoño, que se había presentado como la vocera, y Andrea Millañanco, la compañera de Facundo Jones Huala, nos iban contando en el viaje la historia de la comunidad. Nos explicaban la cuestión territorial, del conflicto que había en el lugar, el reclamo y lo que había pasado en la represión.
Yo venía escuchando alguna que otra noticia que salía contra las comunidades mapuches y el conflicto por la apropiación de las tierras por parte de Benetton. En ese contexto intentaba procesar todo, pero la cabeza no me daba más, solo podía pensar en dónde estaba Santiago. Así que les conté cómo era él y cómo era nuestro vínculo y, obviamente, cómo me afectaba su desaparición.
En el control del ingreso a Esquel se había armado una fila de autos. Sucedía siempre porque muy cerca está también el aeropuerto. En ese momento había mucha circulación. De toda la fila, fui el único al que hicieron detenerse al costado. Segunda vez que nos paraban en el camino. Me volvieron a pedir los documentos, incluido el DNI, y una mujer, sin mediar palabras, los tomó y se los llevó adentro del puesto. Al segundo, vino otro policía y me los pidió nuevamente. Le expliqué que ya se los habían llevado. Esperamos un rato, me devolvieron los documentos y nos dejaron seguir.
En Esquel, llevamos a las mujeres a la casa de Elvira, miembro de la APDH, donde iban a quedarse. Aunque era la primera vez que la veíamos, nos invitó a pasar la noche con ella. Allí nos volvieron a contar en más detalle lo que estaba pasando con el reclamo de la Pu Lof, nos hicieron también unos dibujos para graficarnos el lugar y cómo había sido la secuencia de los hechos. Nunca en mis 44 años había escuchado tantas veces las palabras Pu Lof. En mi ignorancia las relacionaba con loft, porque era un lugar amplio y sin divisiones. Creo que pensaba en eso para distraerme un poco y escaparme por un momento de la realidad.
En la casa había también otras personas, pero no recuerdo quiénes eran. A medianoche conseguimos un hotel donde hospedarnos.
Ahora tenía un poco más claro qué era lo que estaba pasando, por todo lo que nos habían contado. El 31 de julio y el 1º de agosto las fuerzas de seguridad habían desatado represiones en la Pu Lof, un territorio recuperado por la comunidad mapuche de las tierras que desde la década de 1990 manejaba la Compañía de Tierras del Sud Argentino del magnate italiano Carlo Benetton. El 30 de julio, también había habido una represión en Bariloche. No era la primera vez, en 2016 y 2017 la policía y la empresa, que actuaban mancomunadamente, ya habían protagonizado operativos violentos y represivos contra la comunidad mapuche. El gobierno de Cambiemos, asumido en 2015, había dejado en manos del Ministerio de Seguridad, a cargo de Patricia Bullrich, lo que llamaba la cuestión de la “problemática mapuche”. El gobierno estaba interesado en la venta de los recursos naturales de la zona de la cordillera a las multinacionales, que reclamaban “seguridad jurídica”. Bullrich impulsaba una política represiva, de persecución penal y espionaje a los miembros de las comunidades originarias, y había lanzado también, a través de los medios de comunicación aliados, una campaña de estigmatización que asociaba a los mapuches a un supuesto grupo terrorista “RAM” (Resistencia Ancestral Mapuche). Esos días, entre fines de julio y el comienzo de agosto, el jefe de gabinete del Ministerio de Seguridad, Pablo Noceti, había viajado para reunirse con las fuerzas de seguridad de Chubut y Río Negro, a quienes había dado el respaldo político para actuar bajo la figura de la “flagrancia”, que los autorizaba a reprimir sin orden judicial. Así lo había declarado en una entrevista en Radio Nacional Esquel, en la cual había dicho que “los iba a agarrar en flagrancia”.
4 de agosto
El viernes, temprano, me llamó Víctor Hugo para salir en su programa de radio. La noticia de la desaparición de mi hermano ya estaba circulando en los medios de comunicación y redes sociales.
Andrea recibió el llamado del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), para comentarle que habían hecho una presentación de una medida cautelar por Santiago. No sabíamos de qué se trataba y quedamos en reunirnos con ellos en otro momento. Nosotros estábamos con la cabeza en que teníamos que ir al juzgado. Julio Saquero nos había contado el día anterior que estaba programada una audiencia con el juez. Decidí que teníamos que estar presentes, pero nos parecía increíble que nadie se hubiera comunicado con mi familia para informarnos de dicha audiencia.
Alrededor de las 9 de la mañana, ya estábamos en el juzgado de Esquel, para asistir a la audiencia con el juez Guido Otranto, que estaba a cargo de las denuncias y el habeas corpus que se habían presentado. Fuimos pensando que nos iban a decir que Santiago estaba detenido con alguna causa. Nos presentamos con Andrea en el juzgado y, argumentando que ella no era familiar directo, le prohibieron pasar. No nos pudimos defender, no teníamos un abogado y no sabíamos qué iba a suceder, así que entré solo.
Adentro, en la sala, alrededor de una mesa, que en ese momento sentí inmensa, éramos varias personas. Tiempo después, me sorprendí descubriendo que, en realidad, era un espacio bastante reducido. Incluso estábamos sentados casi apretados el uno al lado del otro. Entendí entonces lo desamparado que estuve en ese momento. En la mesa estaban el juez Guido Otranto, el comandante Méndez, una mujer que, supuse por sus dichos, era la abogada de Gendarmería, y algunos gendarmes. Se encontraba el defensor público Fernando Machado, también Julio Saquero, que ya había presentado la denuncia, y otras personas cuyas identidades yo ignoraba.
Sobre el paradero de Santiago nadie hizo ningún aporte. El comandante Méndez no había llevado el informe de la operación del día 1° de agosto. Es decir, no había información sobre la actuación de Gendarmería. Se excusó diciendo que en medio del operativo él había tenido ganas de ir al baño y, justo cuando se fue, los gendarmes habían reprimido el corte de ruta y entrado sin orden judicial a Cushamen. El resto, con total tranquilidad, negaba saber nada, no podían confirmar la presencia de Santiago en el lugar, decían no haber detenido a nadie y que no sabían quiénes eran las personas que había en el lugar porque estaban encapuchadas.
Yo los miraba ahí sentados, como si no hubieran pasado 72 horas de la desaparición de una persona de la que tenían que ocuparse. Estaban como si nada. La mujer sentada a la mesa, al lado del gendarme, en ningún momento se presentó, se me acercó o se dirigió a mí. Me enteré después que era la fiscal, Silvina Ávila. Sin más, se dio por terminada la audiencia. Le dejé el cuello que me habían entregado en la comunidad mapuche y mis datos al juez Otranto, para que me avisara por si surgía alguna novedad en caso de hacer un rastrillaje. Estaba desorientado. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba Santiago? ¿Cómo debía seguir?
Afuera, Andrea esperaba, acompañada por Mabel Saquero, y también por Lía, Nacho y Celeste, integrantes de la APDH de Esquel. Ellos habían sido de los primeros en llegar a la Pu Lof el 1º de agosto y en las primeras horas empezaron a buscar a Santiago en comisarías y en el escuadrón de Gendarmería de Esquel. La noticia de la desaparición de Santiago se estaba extendiendo por la ciudad y afuera del juzgado, también en algunos medios de televisión y radio locales. Se acercaba gente a preguntarnos sobre el tema. A cada uno le preguntaba el nombre y le comentaba lo que sabíamos. Nos fuimos más confundidos que cuando llegamos, y más angustiados.
Volvimos a la casa de Elvira y nos encontramos nuevamente con las mujeres de la comunidad. Yo había empezado a sentir que conseguir un abogado de Esquel no me inspiraba confianza porque, seguramente, se conocía con todos los involucrados. Si era contra Gendarmería el tema, no lo iba a solucionar alguien que se dedicara a cuestiones de rutina.
A la tarde, volvimos a Bariloche. En la ruta, Andrea me contó que Mabel, la mujer que habíamos conocido en la Pu Lof, le había dado el teléfono de una abogada que le habían recomendado. Estaba en Comodoro Rivadavia. Antes de llegar a El Bolsón, la llamamos. Le comentamos quiénes éramos y quedamos en hablar en profundidad al otro día, porque nos estábamos quedando sin señal. Paramos en El Bolsón, donde había estado viviendo Santiago los meses anteriores. A las siete de la tarde había pautado una nota telefónica con Víctor Hugo Morales en C5N.
Ese día, en Buenos Aires, Germán participaba de la conferencia de prensa con la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), lo acompañaban otras organizaciones de derechos humanos y familiares. APDH, Rosa Schonfeld (madre de Miguel Bru), Vanesa Orieta (hermana de Luciano Arruga), miembros del Comité por la Libertad de Milagro Sala, del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH) y del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Ya se habían publicado algunas notas y nos habían llamado de algunos programas.
En el centro de El Bolsón se había reunido bastante gente. Estacionamos y nos encontramos con Alejandra, que venía a acompañarnos, y nos acercamos donde estaban las personas reunidas. Había distintas agrupaciones, con banderas y carteles, que pedían por Santiago. Primero, al llegar, nos quedamos al costado, mirando la marcha. Me costaba sumarme. No sentía el valor de hacerlo, no era algo conocido para mí.
Esperamos un rato y nos metimos adentro de la marcha, entre la gente. Algunas personas se acercaban y otras me preguntabanqué había pasado con Santiago, si marchábamos hasta Gendarmería o qué hacíamos. La gente buscaba un referente, alguien que los guiara y yo, por el contrario, sentía vergüenza y timidez. No sabía qué decirles. A todos les dije que sí, que estaba bien, como que me dejaba llevar por la inercia de las demás personas, de su solidaridad y de su necesidad de acompañamiento. Después, decidimos salir de la concentración.
Me sentía extraño, pequeño ante una cosa que sucedía a mi alrededor y que veía como una enormidad. La comunidad mapuche, la Pu Lof, la audiencia, la concentración, sentía que eran escenas de una película en la que de repente me habían metido: me sentía insignificante, como una miniatura ante el resto de las personas que gritaban “¡Aparición con vida de Santiago Maldonado!”. Todo me desbordaba y apabullaba, nunca había tenido esa sensación de ser incapaz de reaccionar ante lo que iba ocurriendo.
Cerca de las 19 horas nos fuimos a un bar, ahí cerca, a hacer una entrevista que estaba programada. Recuerdo a Víctor Hugo diciéndome que el juez Otranto tenía antecedentes de buen juez. Tan poco sabíamos de las personas con las que lidiábamos que eso me tranquilizó. Una tranquilidad que no duró nada. No dimensioné lo que había pasado en la audiencia en el juzgado de Esquel. Desde ese momento, el celular pasó a recibir un llamado detrás de otro y decenas de textos. Llamadas en espera y mensaje tras mensaje, atendimos todo. Emprendimos el regreso a Bariloche después de la entrevista. Andrea se iba ocupando de los celulares mientras yo manejaba. Me leía, respondía, mandaba audios. El único rato que no sonaron fue en un tramo de la ruta donde no hay señal.
En nuestra casa, pasamos la tercera noche de incertidumbre. En la concentración también me habían impactado las consignas. “Con vida lo llevaron, vivo lo queremos”.
¿Cuál sería el motivo para que Santiago no apareciera vivo?
La cabeza no me paraba.
5 de agosto
El teléfono volvió a sonar desde temprano la mañana del sábado. Atendí y respondí todo lo que llegaba. A la hora acordada, llamamos a Verónica Heredia, la abogada que nos había pasado Mabel y con quién habíamos quedado en hablar. Verónica nos atendió muy bien. Le contamos todo lo que había pasado hasta el momento, nos escuchó atentamente. Cuando le conté en particular la audiencia con el juez, se indignó por cómo me habían tratado y cómo habían actuado.
En esa primera llamada, sentí que podía confiar en Verónica y me cayó bien enseguida. Me dio la impresión de que era de esas personas que no se dejaban pasar por encima. Prestó atención a todo lo que le contamos, nos respondió nuestras muchas preguntas y, sobre todo, nos aconsejó y nos orientó. La impresión de que Verónica sabía qué hacer nos trajo tranquilidad. En esa conversación recalcó dos cosas. Una, que nos preparáramos porque nos iba a llamar todo el mundo y que, ante todo, confiáramos en nuestro instinto. Segundo, que esto iba a durar como mínimo diez años. Tuvo razón en ambas.
Lo de los llamados ya estaba ocurriendo. Cuando miré la hora eran las cuatro de la tarde. No habíamos tomado más que un vaso de agua desde la mañana. No parábamos. Cada llamado, cada mensaje, cada nota servía para que apareciera Santiago.
Esa tarde, mi vieja me avisó que el secretario de Seguridad Interior de la Nación, Gerardo Milman, le había pedido que el lunes fuera a Buenos Aires a reunirse con la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Le dije a mi vieja que les pidiera una petición de reunión formal, por escrito, y que les dijera que esa reunión sería solamente si era para entregarnos a Santiago. Milman le respondió con un mensaje que, con tono de ninguneo, decía: “Bueno, nosotros intentamos reunirnos para buscar esclarecer el paradero de su hijo, si no tienen voluntad la respetamos señora. Nosotros seguiremos la búsqueda”. Mi vieja le dijo que se comunicara conmigo, porque el que estaba a cargo era yo. Nunca me llamó.
A todo esto, ni el juez ni la fiscal nos habían contactado para informarnos del resultado del rastrillaje del día anterior en la Pu Lof. Nos comunicamos con el defensor público de Esquel, Fernando Machado, que intervenía en la causa por la presencia de menores en la represión del 1° de agosto. Él nos contó que los perros habían seguido un rastro y habían encontrado un collar y una boina de Santiago, y que el olfato confirmaba que había estado ahí, en el recorrido que nos había marcado la comunidad mapuche, pero de Santiago no había noticias.
Yo ya no dormía. Los momentos en que conseguía conciliar el sueño por la noche no duraban más que unas pocas horas. Me acostaba a las dos o tres de la mañana, pensando, y a las seis ya estaba con alguna nota periodística en la radio o tratando de ver qué era lo que podíamos hacer.
Esa noche tarde estábamos parados en la cocina hablando con Andrea, ella estaba lavando algo en la pileta, de repente se dio vuelta y me miró, justo en ese momento tuve una sensación muy extraña en el cuerpo.
“Alguien me tocó el hombro”, me dijo.
Yo no había sido.
Nos quedamos con eso extraño que había pasado. Más tarde me llamó Germán y me dijo que había tenido una sensación extraña, y que a raíz de eso le había hecho una canción de Santiago.
6 de agosto
El domingo a la mañana escribimos un comunicado de la familia con la información que teníamos sobre el rastrillaje del sábado, que había confirmado la presencia de Santiago en el lugar. Como nos había advertido Verónica, también el domingo durante todo el día recibimos muchísimos llamados, tanto para hacer entrevistas como de apoyo. Entre ellos, ese día nos contactó Cristina Fernández. Le contamos lo sucedido y nos pidió permiso para hacer pública la charla que habíamos tenido. Le dije que sí. A partir de este llamado empecé a dimensionar el alcance que el tema estaba teniendo en el país.
Enviamos el flyer a todos nuestros contactos. Entre ellos a Juan Carr, referente principal de Red Solidaria. Andrea se había comunicado vía WhatsApp el 2 de agosto a la noche, y le había enviado la información que teníamos sobre la desaparición de Santiago. Él, muy amablemente, le había contestado el mensaje preguntando cuáles eran los juzgados donde se había hecho la denuncia y qué le parecía a ella que podría haber ocurrido. Nos había pasado un teléfono para que enviáramos la foto de Santiago. Alerta solidaria. Personas perdidas.
Al recibir nuestro flyer nos preguntó si las dos últimas frases, “¡Vivo lo llevaron! ¡Vivo lo queremos!”, las habíamos escrito nosotros.
Nos sorprendió mucho esa pregunta. “Sí, lo decidimos nosotros”, fue nuestra respuesta. Como nos pareció un poco extraño, Andrea decidió llamarlo por teléfono. Nos explicó que quizá era mejor no usar esas palabras para que no fuera muy político y poder llegar a más personas. Le dijimos que le agradecíamos, pero que lo habíamos escrito así y así lo compartimos. Sus palabras no nos cayeron bien y nos generaron más confusión. Nosotros no teníamos que quedar bien con nadie. Éramos una familia buscando a un hermano que había desaparecido en una represión de Gendarmería. Igualmente, él se siguió comunicando con nosotros, preguntando si teníamos alguna novedad, incluso nos envió una fotografía de un chico que llevaba una imagen con el rostro de Santiago en su mochila en la peregrinación a Luján.
Al empezar a ver y hablar con mucha gente de una manera pública, se fueron dando situaciones en las que tenía que aprender cómo manejarme. Esa misma mañana tuve un encuentro con un diputado en la casa de un dirigente local para hacer una nota. Cuando terminamos me pidió si podía sacarnos una foto juntos. No entendía bien por qué alguien quería fotografiarse conmigo, que solo era una persona buscando a un hermano. Le dije que, si quería, me podía sacar una foto a mí con un cartel de la cara de Santiago. Ahí empecé a darme cuenta de que tenía que estar atento a nuevas situaciones como esta.
A la noche teníamos planeado salir para Esquel porque el lunes íbamos a presentar un escrito en el juzgado. Como Verónica no tenía firma en Esquel, nos había contactado con un abogado conocido de ella, Edgardo Manosalva, para que nos ayudara. En el camino a Esquel, nos íbamos a reunir con Claudina Pilquiman en la estación de servicio Petrobras, del centro de El Bolsón. Fuimos para allá. Mientras esperábamos a Claudina, bajé a hablar por teléfono. Estaba todo oscuro. Yo estaba al teléfono, ubicado sobre la vereda del parador, que estaba cerrado. Sobraba el lugar, la playa de la estación estaba vacía. Dos hombres se me acercaron y me pasaron por al lado, bien pegados a mí y hablando fuerte. Justo, donde estaba yo. Una clara intimidación.
Cuando llegó Claudina, estacionó en el playón de la Petrobras y nos subimos a su camioneta. Me contó cosas sobre Santiago, cómo sus hijos lo habían conocido. En un momento me dio un teléfono celular, un Nokia viejito, que solo servía para hacer llamados y que Santiago usaba para comunicarse con mi vieja y mi abuela, era con recarga. Lo habían rescatado del lugar donde había estado viviendo Santiago. Me generó mucho enojo porque no correspondía que me lo entregara a mí, sino al juez. Le pedí que se presentara en el juzgado. Ella se negaba, porque la Justicia y la policía perseguían y hostigaban a los integrantes de la comunidad, tenía miedo de que la inculparan de algo. Decidí que se lo llevaría al juez al día siguiente.
Ni bien salimos de la estación, advertimos la luz de un auto que nos seguía. Yo aceleraba y el auto aceleraba atrás nuestro. Como estábamos llegando a una zona sin señal, nuestra preocupación aumentó, así que aceleramos para llegar rápido a Epuyén, donde estaba la casa de Julio Saquero. Nos recibió y nos quedamos allí a pasar la noche. Ya era de madrugada. En ese momento, vi la repetición del programa de Jorge Lanata, que había salido esa noche por TN con un “informe especial” de la RAM como guerrilla armada y sobre la desaparición de Santiago. Nos enteramos viendo la tele de que el juez Otranto, sin contactarse ni hablar con nosotros, había sacado un comunicado contradiciendo el nuestro, en el que el juzgado ponía en duda que Santiago hubiera estado en el lugar de los hechos. Decidimos que, al otro día, además de presentar el escrito, íbamos a pedir hablar con el juez Otranto. Queríamos que nos explicara sobre los rastrillajes del fin de semana, que nos dijera por qué no nos había informado (nos habíamos enterado gracias al defensor público Fernando Machado), y consultarle por el comunicado que había difundido el juzgado el domingo 6 de agosto.
La casa de Julio era un lugar hermoso, silencioso, en medio del bosque. Yo no podía dormir, estaba intranquilo con la situación vivida. Cuando sentís que te están siguiendo, que te están encima, no podés dejar de pensar en eso, en todo lo malo que te puede pasar.
7 de agosto
Cuando se hizo la mañana, nos fuimos a primera hora al juzgado. Verónica le había mandado un escrito a su colega de Esquel, Edgardo Manosalva, para que nos acompañara a presentarlo. Pedimos después hablar con el juez Otranto. Lejos de cualquier amabilidad, incluso del tono correcto que había tenido la primera vez, y de manera totalmente opuesta al buen trato que merecíamos, nos chocamos con los modales bruscos y soberbios del juez Otranto.
