Operación Tyche - Juan Llopis Climent - E-Book

Operación Tyche E-Book

Juan Llopis Climent

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Beschreibung

Un grupo de turistas navega en un crucero por la costa Adriática. Un descubrimiento inesperado transforma sus tranquilas vacaciones en una trepidante aventura no exenta de peligros. Entonces es cuando la verdadera personalidad de cada uno se revelará y todos ellos se verán arrastrados por la ambición a sumergirse, no solo en el corazón del terreno territorio ucraniano inmerso en la guerra, sino también en las profundidades de la mente humana. Como si de una maldición se tratara, empieza una cuenta atrás para que cada uno de ellos pueda salvar su vida, y también su alma.

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Seitenzahl: 462

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Título original: Operación Týche. La venganza de Ucrania

Primera edición: Mayo 2024

© 2024 Editorial Kolima, Madrid

www.editorialkolima.com

Autor: Juan Llopis

Dirección editorial: Marta Prieto Asirón

Maquetación de cubierta: David Visea

Maquetación: Miriam Sánchez Martínez

ISBN: 978-84-10209-17-6

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares de propiedad intelectual.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70/93 272 04 45).

 

 

 

 

 

A mi mujer, Sara, que, aunque es la gran ausentedel relato, lo vivió en primera persona.

A mis nietos, Hugo y Noa,que en este momento son lo más importante de mi vida.Y, por supuesto, a mi madre, Rosita.

 

 

Aviso legal:

Esta obra es una obra de ficción. Aunque algunos eventos, lugares y personajes pueden estar inspirados en situaciones reales, todas las similitudes son puramente coincidenciales. Los nombres de personas reales, lugares y eventos se utilizan en un contexto ficticio y no pretenden representar la realidad de manera exacta.

Los temas y conflictos abordados en esta novela están basados en problemas contemporáneos que afectan a nuestra sociedad. Sin embargo, la interpretación de estos temas es completamente imaginaria y no debe ser considerada como una representación precisa de los hechos o las opiniones de personas reales.

Cualquier parecido con la realidad es meramente incidental. Los puntos de vista expresados por los personajes no reflejan necesariamente las opiniones del autor ni pretenden promover una agenda política o social específica.

El propósito de esta obra es entretener y estimular la reflexión sobre temas relevantes en nuestro mundo actual. Se recomienda al lector mantener una mente abierta y crítica al interpretar el contenido de esta novela.

ÍNDICE

Prólogo

Preludio

1. «Snorkel»

2. La goleta

3. El Plan Týche

4. Empiezan las sospechas

5. Piel rojiza

6. Sobre el terreno

7. El interrogatorio

8. Emily está peor

9. El comandante

10. La despedida

11. La depresión de Jack

12. El nacimiento de la idea

13. La independencia de Ivanna

14. El consejo de Alejandro

15. Casandra

16. Misso

17. Fabiana

18. La huida

19. Las cartas boca arriba

20. La isla del monasterio

21. El trayecto hacia el encuentro

22. Las órdenes

23. Atravesando Turquía

24. El paso del Bósforo

25. El interrogatorio de los franceses

26. Atracando en Odesa

27. El canto de la gallina

28. Paso de la frontera

29. Reacciones

30. Seguimos por el mar Negro

31. ¿Quién traiciona?

32. La balsa

33. Dirección Moscú

Epílogo

Agradecimientos

PRÓLOGO

Una de las características más notables de la obra de Llopis es su habilidad para crear mundos imaginativos y cautivadores que transportan al lector a realidades alternativas. Sus descripciones detalladas y vívidas no solo hacen que sus historias cobren vida, sino que también invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana y el universo que habitamos. Desde paisajes surrealistas hasta mundos distópicos, Llopis demuestra una versatilidad impresionante en su capacidad para construir escenarios que desafían las convenciones y amplían los límites de la imaginación.

Además, la profundidad psicológica de los personajes en las obras de Llopis es notable. Sus protagonistas están ricamente desarrollados y exhiben una complejidad emocional que les hace irresistiblemente humanos. A través de los mismos, el autor explora temas como el amor, la pérdida, la identidad y la búsqueda de significado en un mundo en constante cambio. Los lectores se encuentran atraídos por la autenticidad y la empatía que Llopis infunde a sus personajes, lo que los convierte en figuras con las que es fácil identificarse y conectar a un nivel emocional profundo.

Otro aspecto destacado de la obra de Juan Llopis es su capacidad para tejer narrativas complejas y provocativas que desafían las convenciones literarias. Sus tramas intrincadas y llenas de giros inesperados mantienen a los lectores en vilo, obligándolos a cuestionar sus propias percepciones y creencias. A través de sus historias, aborda cuestiones fundamentales sobre la condición humana y el mundo que nos rodea, invitando a la reflexión y al debate sobre temas que van desde la ética y la moralidad hasta la naturaleza de la realidad misma.

En esta novela de aventuras en alta mar, las vidas de pasajeros dispares convergen en un remolino de intrigas, pasiones y secretos. Cada personaje lleva consigo su propia carga emocional en este viaje que promete ser inolvidable.

La combinación de un entorno marítimo, un crucero lleno de pasajeros y la intriga de una ojiva nuclear agregan una capa de originalidad y audacia a la trama. Es refrescante ver cómo el autor fusiona elementos dispares para crear una historia única.

La ojiva a bordo del crucero genera una tensión palpable entre los pasajeros. Desde el capitán del barco hasta los turistas comunes, cada personaje tiene su propia historia y motivación, lo que agrega una notable enjundia a la trama.

La presencia de una posible bomba atómica abre la puerta a intrigas y giros inesperados. ¿Cómo llegó la ojiva allí? ¿Qué implicaciones tiene su descubrimiento para los pasajeros y para el mundo en general? Estas preguntas mantienen el interés del lector a lo largo de la historia.

Al situar la historia en el contexto de la guerra de Ucrania, la novela explora temas contemporáneos relevantes, como la geopolítica, el conflicto armado y las implicaciones de la tecnología nuclear en un mundo cada vez más inestable.

En resumen, una novela que combina aventuras en el mar, una ojiva nuclear y el telón de fondo de la guerra de Ucrania tiene el potencial de ser emocionante, relevante y profundamente cautivadora para los lectores que buscan una experiencia de lectura única y estimulante.

Ramón DrakeAbogado, Profesor del I.E.

PRELUDIO

Mi abuela era Natalya Tujachevski, hermana del mariscal de la Unión Soviética Mijail Tujachevski (1893-1937), la única que salvó el pellejo de toda la familia.

Mi tío abuelo era el más brillante de todos los militares que dio el Ejército Rojo. Comunista convencido, pero principalmente militar, hombre arrogante, de gran estatura y porte prusiano, bigote varonil, tenía una mirada de hielo y el temple a prueba de cualquier bomba. Jamás le tembló el pulso ante cualquier decisión que supusiera un bien para su ejército.

Luchó en la Primera Guerra Mundial (1914-1917), en la que destacó por sus dotes estratégicas. Incitó al ataque a los soldados con carros de combate y aviación. Su sistema era parecido al blitzkrieg alemán; creía en la guerra relámpago, por lo que disentía de la de los antiguos generales y sus sistemas de batalla.

Su dureza era conocida. En la guerra civil rusa aplastó sin miramientos los levantamientos contra los bolcheviques, tanto en el de Krondstadt como en Tambov. En este último era famosa la conocida orden que dio para eliminar a los campesinos que huyeron a las montañas: «Los bosques donde se esconden los bandidos hay que limpiarlos con gases venenosos, calculando con precisión para que la nube de gases sofocantes se extienda por todo el bosque, destruyendo todo lo que se esconda en él…». (Orden de Tujachevski 0116 del 12 de junio de 1921).

Como muestra de su reconocida crueldad se recuerda lo que él llamaba el «mejor sistema de limpieza para eliminar de cuajo a los enemigos del bolchevismo»: detenía a los representantes del vólosts (zonas administrativas de campesinos) en número de cuarenta. Por el pueblo se colocaban carteles que anunciaban su ejecución en dos horas si no se delataba a todos los contrarrevolucionarios. Pasado este tiempo mataban a los rehenes y volvían a detener a otra cantidad igual con la misma amenaza, y así repetían la acción hasta que, desesperada, la masa de campesinos denunciaba a quien fuera con tal de parar la sangría.

Tujachevski tuvo continuos éxitos militares y lo condecoraron por multitud de hazañas en el campo de batalla. Coleccionaba medallas, hasta el extremo de que no se las podía poner todas en los actos protocolarios del partido. Se convirtió en el jefe del Estado Mayor del Ejército Rojo y mariscal de la Unión Soviética. Escribió libros, más de ciento veinte, para modernizar las Fuerzas Armadas. Sus implementaciones tácticas dieron formidables resultados en la guerra ruso-japonesa.

El éxito de mi tío abuelo fue arrollador, no solo en el ámbito militar, sino también en el personal. Su arrogante presencia hacía que todas las mujeres se enamoraran de él. Era deseado por sus compañeros y admirado por sus soldados.

Pero las envidias en el partido empezaron con Kliment Voroshilov, presidente del Presídium del Sóviet Supremo y primer colaborador de Stalin, que advirtió la excesiva popularidad que estaba adquiriendo Tujachevski. Stalin, que recelaba de todo aquel que sobresaliera dentro del partido, empezó a hacerle la vida difícil al héroe ruso.

A finales de 1930 se produce la Gran Purga, y el 22 de mayo mi tío abuelo es detenido y obligado a declarar, reconociendo su implicación en un complot militar trotskista. A las 24 horas fue sentenciado a muerte y fusilado en el sótano del edificio del Colegio Militar de la Corte Suprema de la URSS. Murió mirando a sus ejecutores y gritando «¡Viva el Ejército Rojo!».

Así empezó la persecución a toda su familia, con una inquina que solo sabía aplicar Stalin. Su mujer fue llevada a un gulag y después ejecutada, como su hermano Nikolay. Su otro hermano, Alexander, su cuñado y demás familiares fueron asesinados de un balazo sin previo juicio, su hija llevada a un orfanato. El resto de familiares terminó sus días en gulags siberianos. Solo se libró su hermana, Natalya, mi abuela, por cambiarse de apellido a Raskov. De ahí mi nombre: Fedor Raskov.

La traición que sufrió mi tío abuelo es motivo suficiente para que dentro de mis genes esté marcada la inquina hacia el gran dictador Stalin y todo lo que representa el Partido Comunista Soviético.

Después de su muerte, mi familia, que quedó oculta gracias al cambio de apellido, se trasladó a Ucrania, a la zona de Leópolis, donde crecí odiando todo lo ruso y formándome como militar. Cuando nuestra querida Ucrania se separó del yugo ruso fui parte de los grupos nacionalistas más extremos, que buscábamos la separación total de las antiguas repúblicas soviéticas.

Y esta es la razón de mi lucha.

1. «SNORKEL»

Todo empezó el tercer día de crucero turístico por el Adriático en el barco «Premiere». Tocaba snorkel, el buceo con tubito para respirar de toda la vida. Los anglicismos lo asedian todo.

El barco solía fondear en una zona de aguas cristalinas. Estaba rodeado por gigantescos bancos de castañuelas, pequeños peces negros que forman grandes cardúmenes desordenados. Estos animales no reaccionan a la aparición del depredador moviéndose en la misma dirección, como hacen la mayoría de los peces, sino que son unos locos desordenados; su movimiento es típicamente browniano, un caos total, sin orden ni concierto. Y en eso radica su éxito. Cualquier pez grande que intente atraparlos se verá sorprendido por la duda continua. Jamás cazará a ninguno.

Cerca de estos grupos de peces suele haber bancos de alevines de la misma especie de un llamativo color azul metálico, todo un espectáculo para la vista.

Aquella mañana, el capitán tomó la decisión de fondear en dos calas más alejadas, donde ya había atracado un yate de gran lujo. Era un magnífico barco de color oscuro; brillaba con ese negro antracita de los coches de alta gama. Parecía un bello fantasma del mar. Sus dueños debían tener mucho dinero, y tal vez mucho gusto. Sin embargo, parecía como si escondiera algo. Nada se advertía en cubierta, sus cristales estaban ahumados, no se veía el interior.

El capitán, que era un hombre prudente, fondeó a una cierta distancia. En el mar existe la territorialidad, y es cierto que los yates más ostentosos suelen marcar el territorio como lobos dominantes. Hay un halo de protección de la intimidad a su alrededor que es directamente proporcional a su tamaño y lujo.

Unos minutos más tarde apareció otro barco, una goleta con dos palos. Se puso en medio de los dos, rasgando toda la prudencia de la que hablábamos. El silencio fue roto por un estridente y molesto reguetón acompañado de risas de un grupo de jovencitas en bikini y chavales con una copa en la mano. Se acabaron la calma y el encanto de la cala. Sin embargo, del yate de lujo no salió nada; no se movieron, ni apareció nadie. Nuestra nave rezumaba tranquilidad veraniega, descanso. La nave oscura representaba riqueza oculta, dinero silencioso, de ese que no quiere llamar la atención, aunque no lo consiga. Los nuevos eran pura juventud desenfrenada, música alta y risas irritantes. Era molesto que a esa temprana hora de la mañana ya buscaran juerga. Todos los de nuestro barco oíamos sorprendidos cómo nuestros vecinos inundaban de música ruidosa aquel paraíso de paz. El barco negro era hermético; sospechábamos que si ya no les gustaba nuestra presencia, mucho menos les gustaría la de nuestros escandalosos vecinos.

Ivanna se encargaba de organizar todas las actividades del día. Ese día tocaba bucear en las cristalinas aguas del Adriático.

–Podéis veg muchos peces cerca de las rocas; hay una profundidad de seis metros. El que tenga pulmones para bajag que lo intente, pero os recomiendo que os quedéis en la superficie, se veg casi lo mismo y no se cogrre ningún peligro –dijo, dejando sentir su acento.

Las recomendaciones eran más propias de una madre clueca que de una animadora de vacaciones.

–Tenéis casi dos horas. Después se preparará un delicioso almuerzo croata.

Todos fuimos a la cubierta inferior, donde estaban las duchas para quitarse la sal y las escaleras para que bajáramos los más mayores. Los jóvenes saltaban desde la borda.

Yo tenía mucha experiencia en buceo; lo había hecho prácticamente toda mi vida. A mí me gustaba el buceo autónomo, pero esa vez me daba lo mismo; solo pretendía divertirme y comparar ese ecosistema con el del Mediterráneo de las costas españolas que tanto conocía. Me llamó la atención el que, aunque el agua estaba muy trasparente y no se veía nada de basura, sin embargo había muy poca vida; pocos corales, pocas esponjas y poquísimos peces. El fondo era exactamente igual al de las costas alicantinas, pero triste; no había nada que reseñar, ninguna cosa que sorprendiera. Hice varias inmersiones a seis metros forzando mis ya avejentados pulmones. Al final desistí; era muy aburrido.

Cuando volvía al barco nadando, decepcionado, me fijé en una pared vertical que tenía una oquedad de un relativo tamaño. Me llamó la atención el que la roca pareciera haber sido labrada. Volví sobre mis aletadas e intenté observar esa pared desde otro punto de vista. Se encontraba en un pequeño talud, con un ángulo casi vertical. Gracias a la tremenda transparencia del agua descubrí una puerta… No podía creerlo. Intenté acercarme bajando esos seis metros y vi que era una puerta metálica con su marco, del mismo material, intacto. Tenía un candado muy oxidado, pero la puerta en sí estaba bien mantenida, sin apenas algas ni rizomas adheridos. Subí a coger aire; mi organismo ya protestaba. Una bocanada y otra vez para abajo; el corazón sonaba en el interior como en una caja hueca. Mi nerviosismo por el extraño descubrimiento me tenía totalmente enajenado. Bajé cinco veces, utilizando una técnica que me había enseñado mi amigo Ángel, avezado submarinista; consistía en hiperventilar en la superficie y vaciar totalmente los pulmones, sumergiéndose con poco aire. Al introducirte, la sangre está oxigenada y te mantiene consciente y alerta. Este sistema me permitía bajar más rápido y aguantar más tiempo.

La puerta tenía un picaporte que intenté abrir pero no se movió ni un milímetro. Cansado, me acerqué al barco, subí y, sin poder aguantar la emoción, se lo dije a Pablo.

–¡Pablo! ¡Hay una puerta!

–¿Qué dices? –Me miraba sin prestar mucha atención, como a un niño cuando encuentra una estrella de mar.

–Síí, es increíble. ¡Una puerta cerrada a seis metros!

–¿Una puerta? ¿Dónde? ¿En el casco del barco?

–No, no. En una roca cerca de aquí, en una pared. Una puerta cerrada con un candado.

–Pero ¡qué tonterías dices! ¿Debajo del agua?

–Que sí, créeme, es una puerta perfectamente conservada. Está un poco profunda. Ven, sígueme y te la enseño.

Pablo se puso la máscara con un cierto fastidio; no buceaba bien y le desagradaba tener que llegar a esa profundidad; además, apenas me conocía. Creo que pensó que estaba ante un imbécil que le iba a complicar la vida.

Pablo era consultor financiero, un hombre muy práctico y que no hacía caso de fantasías. Nos habíamos conocido el primer día cuando nos presentaron en la cena del capitán. Éramos un grupo de españoles y él llevaba la voz cantante. Tenía la cabeza rapada, el cuerpo cuidado en gimnasio y era un buen nadador, aunque no le gustaba el buceo; decía que le producía una claustrofobia tremenda. Yo, sin embargo, insistía mucho con la puerta.

Se metió con un cierto escepticismo, aunque también le movía la curiosidad. Nadamos unos diez minutos hasta llegar a la roca. Se la señalé con el dedo y aspiré, llenando bien los pulmones para poder aguantar un rato abajo. Me acompañó. Enseguida vimos la puerta. Me acerqué hasta coger el candado. Lo sacudí con fuerza; se movió, pero nada más. Pablo me miraba bajo el agua. Subimos a respirar y nos quitamos el tubo.

–¡Es cierto! Una puerta de metal. Asombroso, y no parece vieja.

–¿Qué te decía? Será de pescadores.

–¡Qué absurdo! ¿Para qué quieren los pescadores guardar aparejos abajo? No me parece lógico.

Hablábamos en la superficie, tragando agua y agotándonos.

–Volvamos al barco.

Mientras subíamos a la cubierta, sin pensarlo dos veces nos dirigimos a buscar a Ivanna. Nos cruzamos con Alejandro, otro amigo, hombre de pocas palabras, ingeniero industrial.

–Habéis salido del agua como si quemara. ¿Qué os pasa?

–No te lo vas a creer: hemos encontrado una puerta debajo del agua.

–¿Una compuerta?

–No, una simple y normal puerta metálica. Está cerrada y cabe perfectamente una persona por ella.

–No tiene sentido –decía Alejandro, que, como buen ingeniero, era un ser muy racional y lógico. La imaginación, y mucho menos la fantasía, no entraba en sus parámetros.

–Sí –dijo Pablo–, carece de sentido, pero la realidad es que está allí, a seis metros. –Levantó los hombros mojados mientras se los secaba. Pablo, sin palabras, me miró a los ojos; sabíamos que habíamos encontrado algo increíble.

Decidimos esperar a la noche para bajar con una luz potente y ver si podíamos abrir la puerta. Solo sirvió para añadir incertidumbre a nuestro descubrimiento. El candado no estaba oxidado y era imposible de forzar con un simple cuchillo de buceo. Nos metimos los tres en el agua, comentándole a Misso, uno de los marineros del barco, que salió al oír chapotear en la cubierta:

–Nos gusta nadar de noche.

No dijo nada. Estaba acostumbrado a las excentricidades de los pasajeros.

***

Por la mañana, en el desayuno, Pablo, muy serio, propuso:

–Se lo voy a comentar a Ivanna para que se lo diga al capitán. Seguro que es algo común entre los lugareños.

Ivanna se acercó al oír su nombre. Era una mujer joven, de unos veintisiete años, con unos preciosos ojos azules, iguales que el mar de su tierra. Un rizado pelo rubio le caía a borbotones por la espalda. Era una guapa croata que hacía magníficamente bien su trabajo de guía turístico.

–¿Queg desean? Les veo un poco excitados. ¿Cómo puedo ayudagles?

–Juan ha encontrado debajo del agua una puerta metálica cerrada.

–No los engtiendo.

–Sí, es muy raro, pero en el fondo muy simple. Imagínate una puerta en una roca, cerrada con un cerrojo. Bien, pero a seis metros de profundidad.

–¿Y qué quieren que haga yo?

–Solo que se lo traduzcas al capitán. Queremos saber si esto es normal en estas costas.

–Buegno, voy a comentárselo.

El capitán se encontraba en el puente de mando mirando unas cartas marinas. Solo hablaba croata e Ivanna empezó a contarle que nosotros estábamos extrañados por lo que habíamos visto bajo la superficie. Por los gestos que hacía estaba claro que no entendía nada. Me acerqué a Ivanna y se lo volví a explicar, esperando que ella lo tradujera literalmente, mientras miraba fijamente al sorprendido marino.

–Ne, ne –repetía, negando con la cabeza.

–Ivanna, dile que sí, que está a pocos metros del barco. Que venga con nosotros y lo vea buceando.

Ivanna se lo explicó, y nosotros dedujimos que no le gustaba la idea por la cara de rechazo que puso y por la repetición continua de su «ne» acompañado de un «sranje!».

–Ivanna, ¿qué dice?

–Que no.

–Pero repite algo más.

–Sí, que se vayan a la mierda.

Mientras decía esto se ponía totalmente colorada y pedía perdón, aunque el capitán seguía mirándome fijamente y repitiendo su negativa. Pablo intervino:

–Solo le estamos pidiendo que se ponga una máscara y vea lo que estamos diciendo. Me molesta su empecinada desaprobación.

Ivanna, queriendo romper la tensa situación, se ofreció a bajar ella a verlo.

–Vale, de acuerdo. No sabía que estábamos dirigidos por un ignorante cabezota.

Ivanna se puso la máscara y el tubito, y, sin pensárselo dos veces, se quitó el vestido. Debajo llevaba un discreto bañador negro que realzaba un fantástico cuerpo.

–Os sigo. Enseñadme esa egtraña puegta.

–Yo también quiero verla –nos dijo Alejandro.

Los cuatro nos deslizamos por el agua y en pocos minutos nos encontrábamos encima del pequeño talud. Allí estaba, en el mismo sitio; no era ningún espejismo, ni el efecto de un sueño momentáneo. La inexplicable puerta hizo que, mientras volvíamos al barco, mi imaginación subiera a la montura de la locura, algo que solía sucederme con mucha frecuencia. Siempre había tenido una mente muy fantasiosa. Yo decía que era un gran cuentista. Mientras aleteaba pensaba que detrás de aquella puerta había un nuevo mundo, un sinuoso camino entre prados soleados y abetos altísimos. Me hacía gracia pensar que era un agujero negro que se tragaría todo el agua de aquel tranquilo mar. También podía ser el paso al futuro o al pasado, una sima del tiempo. Reconozco que disfruté con toda esa fantasía en los cortos minutos de la vuelta.

–En efecto, es una puegta.

Los demás asentíamos mientras nos secábamos y esperábamos a que le trasmitiera la realidad al cabezota del capitán. Ivanna, sin perder un segundo, fue hasta el puente de mando, y, sin dejar que el capitán le diera permiso, le escopetó toda la información en un croata que seguramente a este le costó entender. Nosotros íbamos detrás a una prudencial distancia. Aquel hombre frunció el ceño, mientras que por lo bajo decía el famoso «ne, ne»… Estuvo un rato en silencio, mientras pensaba si aquello le podía traer problemas. Luego llamó a Tomislav, un fornido marinero que hacía las funciones de hombre para todo. Le dio unas breves instrucciones y él se dirigió a Ivanna:

–Gdje su ta vrata.

–Slijedi me, pod vodom –le contestó ella.

Los dos fueron a cubierta, y, después de ponerse la máscara, se echaron al agua. Nosotros nos quedamos mirando sin tomar parte en la acción y esperamos a que volvieran. Estaba claro que el capitán seguía sin fiarse de nuestras palabras. Al rato aparecieron los dos. Tomislav salió del agua exclamando:

–Da, da je istina.

Movió la cabeza afirmativamente y se dirigió a comunicarle la noticia a su jefe. Ivanna iba detrás. La paré diciéndole:

–Queremos saber qué va a hacer el capitán. Al fin y al cabo, yo he sido quien la ha encontrado y quiero participar en la decisión que se vaya a tomar.

Ivanna me miró un poco extrañada. Estaba claro que muchos años de dominación soviética le hacían ser obediente al mando, aunque no fuéramos militares.

Nos sentamos Pablo, Alejandro, Ivanna, el capitán y yo a la mesa donde aquel tenía las cartas navales. Tomislav estaba detrás de su jefe.

Este le comunicó lo que había visto y cruzó con él una serie de comentarios que indudablemente no entendimos. El capitán, sin dar tiempo de que acabara, negaba con la cabeza y ponía cara de pocos amigos.

–Ivanna, quiero que le digas que nosotros estamos interesados en saber qué hay detrás de esa puerta y que, si él no nos da permiso para investigarlo, volveremos con otro barco para hacerlo.

Lo expresé con un cierto tono de ultimátum que pilló con una cierta sorpresa a Ivanna, pero que entendió perfectamente. Durante un rato estuvieron discutiendo sin que nos enteráramos de lo que hablaban. Estaba claro que el asunto ponía nervioso al capitán, pero la insistencia de Ivanna y nuestras caras de no querer dejar pasar el tema le hicieron recapacitar. Callaron durante un instante mientras rumiaba su respuesta.

–U dogovoru. Sici cemo dolje i pokusat otvoriti vrata.

–¿Qué dice?

–Que vamos a averiguar qué hay detrás de la misteriosa puerta.

–¡Bien! –gritamos los tres con evidente alegría.

–Ali samicemo se potopiti. A ti ces cekati na palubi.

–Dice que serán ellos los que se sumerjan y que ustedes esperarán en cubierta.

–Bueno. Al final sabremos lo que hay detrás de todo esto. La verdad es que ya empieza a ser todo un misterio.

Satisfechos, nos dirigimos a la parte trasera del barco, donde había un equipo completo de buceo. Tomislav empezó a montar la botella y el regulador, probó la presión del manómetro, revisó el jacket y preparó todo el dispositivo mientras nosotros observábamos sus movimientos. El resto de pasajeros fueron acercándose y preguntando en sus diferentes idiomas qué es lo que pasaba. Ivanna fue explicando con infinita paciencia lo que había sucedido. Renaud y su mujer, Chloé, una divertida pareja de franceses, mostraron un interés excesivo, bombardeándola con preguntas de todo tipo. Renaud gesticulaba como si sobreactuara; daba la sensación de estar siempre en un escenario y su cara hacía espavientos que contrastaban con la mirada baja y lánguida de Chloé. Eran todo un espectáculo circense. Daban el toque vodevil al crucero. Todos pensábamos que eran actores por lo exagerado de sus reacciones, pero no; nuestro simpático personaje era consultor externo de una famosa compañía de ascensores. Los australianos también metieron baza; Jim y Susan, los millonarios, asomaron sus curiosas cabezas entre el tumulto que formábamos en la popa. Al final los otros australianos, Stevens y Petra, se unieron al alboroto general. Petra preguntaba como una metralleta, con la dificultad añadida de que mezclaba su magistral inglés con su alemán natal. Ivanna, que daba muestras de ser una perfecta diplomática, intentaba responder a la batería de preguntas que salían de todas partes. Para aumentar la ensalada lingüística los dos mejicanos salieron del jacuzzi en el que estaban permanentemente a remojo.

–¿Qué pasó? –dijo José María, mientras Jean Paul encogía los hombros y miraba al compacto grupo, que no paraba de gesticular.

Tomislav, sin hacer caso a nadie, se sumergió en el mar, llevando con él unas grandes tenazas de las que sirven para cortar cadenas.

Aquello parecía un gallinero; todos sabían que algo ocurría, pero el desorden de información era tal que nadie se enteraba de lo que sucedía. Siempre me ha molestado el barullo. Me puse un poco serio y, elevando la voz, dije:

–Señores, por favor, ¡escúchenme!

Milagrosamente todos callaron y, aunque se hablaba en varios idiomas, el inglés chapucero servía de nexo y nos entendíamos todos.

–Ayer encontré debajo del agua algo extraño, y, después de enseñárselo a mis amigos, se lo comunicamos al capitán. Tomislav está bajando para comprobar qué es.

–Algo extraño. ¡Carajo! ¿Qué es algo extraño? –quiso saber Jean Paul con un duro acento mejicano.

–Una puerta. Una puerta metálica cerrada con un candado a seis metros de profundidad.

–¡Ándale! Sí que es una chingada. ¡Una puerta!

–Ahora van a intentar romper el candado y veremos qué hay dentro, ¡si es que hay algo!

–Pog favor, les pido que sigan las instrucciones que ogdene el capitán –dijo Ivanna, que sintió la necesidad de sentar las bases de quién era la autoridad en el barco.

–Lo importante es que, por iniciativa de uno de los pasajeros, se ha descubierto algo, y esto ha llamado la atención del que manda. Bien. Pero exijo que todo el pasaje sea informado de lo que se descubra –dijo Stevens, el australiano que se veía que dominaba el control de equipos de personas.

–Yo creo que lo primero es saber qué hay detrás de esa puerta y después nos pondremos a decidir qué hacer. Pero veo ridículo que estemos imaginando actitudes si tal vez no sea más que un armario de aparejos de pesca –espetó Pablo con energía y una cierta lógica. Gemma, que estaba apoyada en su hombro, apretó su brazo, queriendo transmitirle su aprobación. Se miraron y se dieron un fugaz beso, que no pasó desapercibido a nadie.

Volvió a animarse el gallinero. Todos hablaban con todos y sentían que una nueva diversión no programada los unía en el viaje de recreo. Evidentemente se lo tomaban como lo que en ese momento era, una nueva juerga.

Tomislav asomó la cabeza, depositando en la plataforma del barco un candado roto.

–Iza vrata je mala prostorija s vrlo teskim metalnim kutijama. Sto ja radim?

–¿Qué dice? –gritaban todos al unísono, mirando a la pobre Ivanna.

–Quiere hablar con el capitán. Dice que detrás de la puerta hay un túnel lleno de agua, y que no está preparado para meterse dentro.

Yo intervine con decisión y marcando el territorio:

–No sé qué opinión tendrá el capitán, pero queremos saber lo que hay en ese pasadizo. Debemos hacer una inmersión con linternas para ver a dónde lleva esa cueva.

–Pero ¡estáis locos! ¿Acaso sabes bucear en cuevas? –intervino Gemma, la pareja de Pablo, con un indisimulado miedo a que su novio se metiera en aquel agujero.

–Sí –les contesté mirándolos a todos.

–He buceado muchas veces y también me he metido en cavernas submarinas. Tendré precaución, y si no lo veo claro regreso y doy por finalizada la aventura.

Todos asentían con la cabeza. El capitán puso cara de circunstancias y volvió a callar durante un silencio que se me hizo eterno. Estaba claro que era un hombre indeciso y que le costaba dar un paso. Volvió a mover la cabeza negativamente y concluyó:

–Ovo nije nasa stavar. Idemo!

–El capitán dice que esto no es asunto nuestro y que nos vamos –tradujo Ivanna.

–¿Cómo? No. ¡Ni de coña!

–No pensamos hacer eso. Porque lo diga un capitán de un yate de recreo. ¡Ja!

–¡Y unas narices! ¿Quién se cree que es este pinche? Ni que fuéramos un buque de guerra y él un almirante.

–¡Pero, señores! Los clientes somos nosotros y solo nosotros decidimos lo que vamos a hacer.

Cada uno daba su opinión y todos querían conocer ese divertido misterio que se había presentado en sus vacaciones.

La cara de indignación iba extendiéndose entre todos los pasajeros. Estaba claro que no íbamos a dejar que un capitán analfabeto de un yate decidiera arrebatarnos nuestra nueva aventura.

Santiago, que era un abogado canario, se había mantenido prudencialmente retirado de la cubierta inferior, donde el buceador había depositado el candado y donde se estaba gestando un motín de turistas. Abrió la boca y, levantando los brazos, quiso calmar los ánimos.

–Señores, saben que soy abogado y me permito recordarles que en una nave la autoridad, siempre y cuando no nos encontremos en aguas jurisdiccionales de un país, es el capitán.

–Según eso, aquí la autoridad no es este señor, sino el gobernador croata de la isla.

–Bueno, creo que no nos interesa entrar en discusiones jurídicas. Me parece que lo más acertado es mantener una negociación amigable con el capitán.

Este miraba en todas direcciones, sospechando que el pasaje no estaba muy de acuerdo con su opinión. Las manos le temblaban; necesitaba un trago de vodka. Los ojos se le estaban poniendo rojos fruto de una ira contenida y, nerviosamente, giró sobre sus propios talones y se encaminó al puente de mando. De dos zancadas entró y volvió empuñando un arma. Nos quedamos petrificados, incluidos Tomislav y Misso, los dos marineros, que había aparecido al ver cómo el capitán salía del puente de mando maldiciendo.

Ivanna, en un arrojo de valentía, se cruzó delante del histérico personaje, pidiéndole calma. Se echó literalmente en sus brazos, sorprendiéndonos a todos por la familiaridad con la que empezó a hablar y acariciarle la cara, mientras él blandía la pistola, cual energúmeno enajenado. Le hablaba sin parar como si estuviera calmando a una fiera, le susurraba al oído… Él seguía con el arma en alto. La fuerza persuasiva que tiene una pistola es indudable, silencio inmediato, atención máxima, pero se transforma para el que la ha sacado en un bumerán de intenciones. La cabeza, evidentemente trastornada del capitán, empezaba a traslucir arrepentimiento por ese comportamiento inapropiado. El pasado soviético de aquellas latitudes permitía ese abuso de poder sin mayores consecuencias. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora, un fallo de ese calibre representaba una falta imperdonable para cualquier persona. Por la mente de aquel paranoico pasaban toda serie de desastres: lo despedirían de la naviera, posiblemente tendría un juicio, incluso podría recibir una pena de cárcel. Había amenazado a un grupo de turistas que, además, eran sus clientes. Quería que se lo tragara la tierra, que el día volviera a empezar otra vez. No sabía cómo retroceder en el tiempo. Ivanna seguía diciéndole palabras tranquilizadoras y poco a poco le cogió la pistola. Él no se resistió, soltando el arma. Ivanna lo besó en la boca mientras los ojos del hombre dejaban escapar unas lágrimas incontroladas.

El grupo seguía en silencio sin saber bien qué decisión tomar. Estaba claro que entre el capitán y la guía turística existía una relación desconocida para el pasaje. Todos nos mirábamos preocupados por el cariz que habían tomado los acontecimientos. Pero, a la vez, una simple diversión de verano se había transformado en algo oculto que movía a una curiosidad imposible de calmar.

Ivanna le dio la pistola a Misso, que inmediatamente la descargó, guardándose los cartuchos en el bolsillo. El capitán cayó derrumbado y rompió a llorar como un niño. La escena era inaudita: un montón de personas en bañador en la cubierta de un barco, mirando estupefactos cómo el responsable de su seguridad se hundía tras haber quebrantado su confianza en él, máxima autoridad de la nave..

Parecía que el tema de la discusión había perdido fuerza. Pero no, era todo lo contrario. ¿Qué escondía ese túnel? ¿Por qué ese hombre había perdido el control por algo aparentemente banal? ¿O era solo que estaba atravesando una crisis de cualquier tipo? Las venillas de la nariz y su relativa inflamación delataban un posible problema con el alcohol. Estábamos en manos de un hombre problemático. O tal vez es que sabía algo más; acaso tenía miedo, pero no sabía cómo expresarlo. Lo que estaba claro es que entre Ivanna y él existía algo más que una simple relación comercial.

Pablo, como buen negociante, quiso aprovechar el momento de debilidad para sugerirle a Ivanna que lo convenciera para entrar en el túnel.

–Como te puedes imaginar, no pensamos irnos de aquí sin saber qué ocurre.

El capitán, vencido, asintió, dando órdenes a sus dos marineros para que se pusieran los equipos de inmersión. Fue obedecido en el acto. Estaba claro que ellos tenían tanta o más curiosidad que nosotros.

Todos estábamos pendientes de los dos marinos. Hasta que salté yo.

–Pero ¡qué locura es esta! ¿Estos hombres han hecho espeleobuceo? –le pregunté a Ivanna. Ella tradujo esta observación mía al capitán. Misso puso cara de miedo contenido y negó con la cabeza. Tomislav movió los hombros delatando que él tampoco había buceado en cuevas pero que no le importaba.

–Creo que lo mejor es que baje yo solo, que sé lo que hay que hacer. Si uno de los marineros entra en pánico dentro de la cueva, lo más probable es que muera ahogado y me lleve a mí por delante. ¡Seamos serios! Para este tipo de inmersiones hay que estar preparado. No sabemos lo largo que es el túnel ni a dónde lleva.

Ivanna le iba traduciendo toda la conversación al capitán. Mientras tanto, el resto de pasajeros asentía apoyando mi proposición.

–El capitán dice que de acuerdo, pero que usted nos tendrá que firmar un documento que diga que ni él, ni la compañía naviera, se hacen responsables de su seguridad, ya que es una decisión que toma libremente y sin ningún tipo de coacción.

–De acuerdo –afirmé, mientras miraba a Santiago, encajándole la responsabilidad de ser mi jurista, responsabilidad que él no había aceptado. De todas formas, y ante mi insistente mirada, asintió con la cabeza.

Ivanna se fue corriendo al puente de mando y trajo una simple hoja en la que escribió dos renglones en croata. Firmé sin pensarlo mucho. Total, si me ahogaba qué más me daba lo que pusiera y lo que hicieran. Me puse el equipo, ante la expectación de todos, y pedí una linterna, un sedal blanco y otra botella, por si acaso.

Una vez en el agua me sumergí a los 6 m profundidad, que para una inmersión con botellas es algo muy sencillo y carece de peligro, aunque había que tener cuidado, ya que desconocía el tiempo que podía estar abajo, y eso sí incrementaba el riesgo. Sin embargo tomé todas las precauciones que merece el espeleobuceo. Nunca había sido un inconsciente, y esa vez no iba a ser la primera. Tras unas pocas brazadas llegué frente a la puerta, la abrí sin ninguna dificultad. Tomislav había roto el candado. Até fuertemente el sedal al mismo picaporte, encendí la linterna, y, arrastrando la segunda botella, me introduje en la boca del lobo.

Había espacio de sobra, la cueva era natural, pero la habían agrandado. Me deslicé intentando no aletear; no había que remover el limo del fondo y convertir la galería en una sopa de lentejas. Ya me ocurrió eso una vez que tuve que pasar por debajo del puerto en Campello; se removió todo el fondo y me hallé sumergido en un caldo blanco en el que no se veía nada. Gracias a Dios llevaba una brújula en el brazo y, utilizando el tubo de bucear como un bastón de ciego, pude atravesar aquel maldito puerto, mientras, a poca distancia pasaban sobre mi cabeza las lanchas motoras del club náutico… Peligrosísimo. En cualquier momento podía haber sido triturado por un motor Mercury. Estas experiencias te hacen aprender mucho. Esto era más sencillo.

Avancé como unos diez metros. La galería torcía hacia la derecha, luego hacia el lado contrario, pero sin mucha dificultad. El arrastrar la botella de seguridad me entorpecía el avance, pero consideré imprescindible tomar esa sencilla precaución. El recorrido, que no superó los veinte metros, me pareció eterno. Pasado este trecho me encontré con un espejo encima de la cabeza, lo que delataba la existencia de una cámara de aire. En efecto. Asomé la cabeza y apunté la luz de la linterna. Allí había una cueva del tamaño de un gran salón. Pese a la oscuridad del lugar, la luz me hizo comprender dónde estaba. La bóveda tendría tres metros de altura, con una superficie plana que sobresalía del agua, como si fuera una mesa. Encima había dos cajas metálicas, del tamaño de un baúl de los que antiguamente llevaban las ricas damas de viaje. Estaban apoyadas contra la pared y totalmente fuera del agua. Me quité la máscara y respiré tranquilo el aire acumulado en la cueva. Durante un rato intenté que la vista se acostumbrara a la penumbra. Mi oído percibió un extraño sonido, como un silbido grave. Apagando la linterna y agudizando el oído pude darme cuenta de que había un pequeño agujero en forma de chimenea por el que salía el aire al exterior. Ese respiradero ayudaba a renovar el ambiente. Seguí mirando con ayuda de la linterna todo el espacio; calculé que tendría unos veinte metros por diez. Era una nave rectangular. En el lado contrario por el que había entrado la superficie estaba plana; allí se encontraban dos cajas situadas encima de ella. Me puse de pie sin ninguna dificultad. Las aletas me estorbaban en el movimiento. Decidí quitármelas, aunque siempre he tenido unos pies muy delicados y cualquier chinita me produce un dolor lacerante. Avancé con pasos vacilantes hasta las dos cajas; intenté moverlas. Imposible. El resto de la habitación no tenía nada reseñable. La oquedad no era natural; había sido trabajada por el hombre. En algunas zonas se podían observar los golpes de la piqueta que habían labrado la piedra. Las cajas estaban cerradas de manera hermética. Todo el borde de las tapas se encontraba rodeado por una goma de silicona. Un sistema estanco.

Para sacar las cajas de la cueva tenía forzosamente que sumergirlas, pero estaba claro que el agua no entraría en su interior. El que las había diseñado tenía prevista esta circunstancia.

Intenté, otra vez, levantar las cajas. Una se podía mover, desde luego haciendo esfuerzo, pero la otra parecía pegada al suelo. Deduje que no debían tener el mismo contenido, aunque exteriormente fueran iguales. Me quedé un rato pensando cómo podría desplazarlas. Recordé que, una vez, para sacar un todoterreno de un pozo de arena del desierto metimos debajo una especie de flotador que luego inflamos, y de esa manera pudo salir de aquel arenal. Lo mismo podría hacer con la caja pesada. Con una palanca metería debajo un rodillo desinflado. Además de moverla me daría flotabilidad en el agua y disminuiría su peso. Una vez tuve las ideas claras, volví hacia el barco por el mismo camino, que ya me empezaba a ser familiar.

Al asomar la cabeza del agua fui recibido por un expectante y compacto grupo de compañeros, que me bombardearon a preguntas.

–¿Qué has visto?

–¿Hay algo?

–¿Por qué has tardado tanto?

Me quité el regulador de la boca y di una bocanada de aire, mientras subía las escaleras del barco. Hice un movimiento con las manos para que me dejaran respirar y descansar un poco antes de dar explicaciones.

–Detrás de la puerta hay un pasadizo.

–Pero, ¿hay algo?

–Concretamente, ¿esconden alguna cosa?

–Dejadme que os explique.

–Permitidle hablar; si preguntáis todos a la vez es imposible que nos enteremos de nada –suplicó Santiago, que siempre era la voz más juiciosa de todas.

–Pero explícate bien, que pareces mudo.

–¡Dejadle que hable!

–Detrás de la puerta hay un pasadizo de unos veinte metros. Se puede nadar bien, no es estrecho. El túnel comunica con una cámara que está llena de aire. El aire se intercambia con el exterior por medio de unas chimeneas muy estrechas, que son tuberías talladas en la roca o respiraderos.

–¿Viste algo en la cámara?

–Sí, es una bóveda con una plataforma que está fuera del agua. Allí, en esa superficie, hay dos cajas metálicas cerradas.

–¿Quééé? ¿Dos cajas?

–Sí. Una de ellas pesa mucho, la otra es más liviana.

–¿Las has abierto?

–No. Lo he intentado; pero el cierre es muy fuerte.

–¿Es posible sacarlas?

Por fin una de las preguntas con las que me bombardeaban era inteligente.

–Yo creo que sí, sumergiéndolas en el agua. Las cajas pesarán menos, y si las rodeo con esos cilindros de espuma lograré que sea más fácil transportarlas.

–Necesitarás ayuda para sacarlas.

–No, debo hacerlo solo. Si entramos dos personas nos vamos a molestar en la galería. Podríamos tener un accidente, ya que nadie es experto buceador de cavernas.

Sin pedir más explicaciones me metí otra vez en el agua llevando conmigo dos churrillos de espuma de los que se usan para aprender a nadar, un cabo muy largo y una palanca.

–Quedaos con el extremo del cabo, y cuando yo os dé dos tirones seguidos, tirad de él con fuerza, pero suavemente. Me ayudaréis así a arrastrar las cajas hacia afuera.

Me ajusté la máscara y empecé a respirar por el regulador; despacio me dirigí a la puerta mientras iba soltando el cabo por el túnel. Aparecí en la bóveda. Allí estaban las cajas, como esperándome. Enfoqué la linterna y con tranquilidad salí del agua. Até un extremo del cabo a una de las argollas que tenía la caja, y luego fui dándole vueltas a la misma intercalando el flotador para que quedara muy pegado y no se soltara en el trayecto. Me esmeré en comprobar los nudos, ya que tenía que hacer lazos que oprimieran la espuma contra la caja. Metí la palanca y la arrastré hasta el borde de la superficie y tiré de ella hasta sumergirla. La caja se hundió, tal y como había previsto. El flotador ayudó mucho a trasladarla; no tuve que aplicarle mucha fuerza para moverla. En menos de unos minutos pude atravesar toda la galería. Al llegar a la puerta se me enganchó con el quicio. Pegué unos tirones y noté cómo los que estaban fuera obedecían mis órdenes. El cabo se tensó y la caja se soltó sin dificultad; solo tenía que guiarla a través del agua. Entre Tomislav y Pablo la sacaron. Todos miraban asombrados el extraño bulto.

–¿La abrimos ya?

–No, mejor esperar a sacar la otra.

–¿Son iguales?

–Por fuera sí, pero la otra pesa más.

–¿La podrás sacar igual?

–Yo creo que sí; tendréis que tirar con más fuerza de la maroma, siempre cuando yo os avise.

Dos minutos de descenso y ya estaba buceando otra vez por la galería. Esta vez tenía que sujetar con más fuerza la caja y los flotadores agarrarlos mejor.

Subí a la plataforma y preparé los mejores nudos marineros de que era capaz. La caja era una croqueta de cuerdas y flotadores.

Pegué un tirón, metí la palanca y empezaron a arrastrarla hasta el borde de la superficie. Un empujón más y ya estaba en el agua. Se precipitó hasta el fondo, aunque los flotadores amortiguaron la caída. La idea de los corchos de espuma fue muy efectiva, si no creo que hubiera sido imposible moverla solo una persona. A base de pequeños impulsos atravesó todo el corredor. Tampoco podía hacer mucho esfuerzo, ya que consumía el aire de la bombona y mi respiración no era la apropiada para ejercer mucha fuerza. Aun así todo funcionó sin problemas y no tuvimos grandes inconvenientes para sacarla. Los aguerridos brazos de unos ávidos pasajeros izaron la última caja. Antes de salir del agua volví a la puerta y tomé la precaución de cerrarla, llevarme la palanca y volver a colocar el candado como si no hubiera pasado nada. Evidentemente alguien pasaría por allí y había que dejar la zona del crimen limpia. Salí del agua y allí estaba toda la tripulación, el capitán y los pasajeros rodeando las misteriosas cajas.

–Bueno… ¿Qué? ¿Las abrimos? –dije con una cierta impaciencia.

–Sí, ya va siendo hora de que resolvamos este enigma.

Tomislav, que era el más decidido, y sin consultar al capitán, y al que se le notaba que no hacía buenas migas con su superior, introdujo un destornillador en los cerrojos y luego una palanca. Aquello era imposible de abrir. Estaba a punto de darse por vencido. Misso trajo un pico y pegó un certero golpe en la goma de las juntas, dejando una pequeña abertura por la que metió un destornillador. Lo giró y abrió la tapa. Todos se agolparon para mirar dentro. No había un tesoro de piratas; era algo mucho mejor: grupos de billetes de 50 euros perfectamente alineados y encajados. Ocupaban toda la caja sin dejar ni un solo hueco vacío.

–¡Oooh! –dijeron los pasajeros como si fueran el coro de una iglesia. Nadie se atrevía a decir nada más. Estaba llena de billetes; era una verdadera fortuna.

El capitán, que se encontraba apartado en el puente de mando, bajó tropezándose en las escaleras; había visto los billetes desde lejos. Gritaba dando órdenes a los marineros. Estos cerraron inmediatamente la tapa de la caja. Ivanna comentó:

–El capitán dice que cerremos la caja; no sabemos si nos pueden estar viendo.

–Pero… si no hay ningún barco cerca.

–Nos pueden ver con un satélite.

–¡Ostras! ¡Es verdad! –afirmó Alejandro, mirando hacia el cielo–; deberíamos meter la caja bajo cubierta.

Un mar de brazos voluntarios elevó las cajas como si fueran plumas, introduciéndolas en la antesala del comedor, donde nos reuníamos a conversar.

Todo el grupo en tropel, marineros, capitán, Ivanna y los pasajeros, se apelotonaron alrededor de las dos cajas, esperando que el siguiente golpe certero de Misso abriera la otra. El marino, como si llevará toda la vida haciéndolo, descargó la pesada herramienta, y la tapa cedió de la misma manera.

Esta vez la decepción fue igual que la alegría anterior. No había ningún billete, ni diamantes, ni nada que pareciera un tesoro. Era una especie de proyectil con muchos cables con un borde de una chapa de plomo. Al fondo había unas cápsulas que tenían el símbolo de la radiactividad. La caja estaba pintada por dentro con una especie de pintura que seguramente era de plomo.

Emily metió su preciosa cabeza dentro con intención de descubrir algún brazalete de brillantes o un tesoro de piratas. Lo único que consiguió es que su rubia coleta se enredara entre los cables. Tiró con fuerza, pero no consiguió más que quedar más sujeta. Entró en pánico; sentía como si alguien la estuviera agarrando desde el interior. Jack, que conocía sus arrebatos de terror, como de niña, la besó con cariño y, diciéndole palabras cariñosas al oído, le susurró que se calmara.

–Emily, tranquila no te muevas, yo te soltaré.

–¡Jack! Cada vez estoy más enredada. Por favor, ¡suéltame!

–Pasadme unas tijeras; le cortaré ese mechón.

–¡Noo! Ni se te ocurra. ¿Es que no eres capaz de soltarme?

–No te muevas. ¡Y cálmate!

Aquello estaba enmarañado de una manera inexplicable. Durante un buen rato, y con una paciencia infinita, Jack le soltó el pelo. Para ello tuvo que empujar la cabeza de Emily contra la máquina. Aunque lo hizo con cuidado, la cara de Emily rozó la maquinaria del artefacto y se hizo un rasguño, del que salió un poco de sangre. Mientras Jack luchaba desesperadamente con el pelo de su mujer, por el rabillo del ojo vio el símbolo de peligro radiactivo que estaba en la tapa de la caja. Por fin la soltó.

–¡Estás loca! Esto tiene pinta de ser algo radiactivo –apuntó, mientras señalaba el símbolo de peligro.

Emily se echó a reír, pero su risa fue cortada por la dura mirada de Jack. Allí había algo peligroso, eso era una certeza. Por todas partes la simbología de advertencia comunicaba que la caja no contenía nada bueno. Alejandro se acercó.

–A ver… Dejadme que mire. Sospecho que esto es radiactivo.

Emily, aunque era una niña risueña, también era una médico seria. La cara le cambió por completo. Con nerviosismo, le comentó a Jack:

–He metido totalmente la cara en esa puñetera caja. Soy una inconsciente. Como sea lo que sospecho, esta misma tarde tendría que sentir síntomas de quemaduras.

Alejandro meneó la cabeza con pesadumbre.

–Desgraciadamente esto tiene pinta de ser una ojiva nuclear.

–Una ojiva nuclear... Si es así, vale una fortuna –comentó Stevens, el australiano, mientras le guiñaba un ojo cómplice a su mujer, la alemana Petra. Esta no tardó en contestar:

–Cierto, pero no sé si os dais cuenta de que esto nos mete en un tremendo problema.

Un silencio sepulcral se produjo en todo el grupo. Pablo rompió la tensión.

–Deberíamos tapar las cajas y tener una reunión todos para decidir a qué nos comprometemos.

Asintieron como un grupo disciplinado, pero la cara de preocupación se iba contagiando de unos a otros, borrando la satisfacción inicial que les había producido el dinero.

Una vez en el salón-comedor, Pablo llevó la voz cantante.

–A ver, Alejandro, ¿cómo sabes que es una ojiva nuclear?

–Pues es pura lógica. En una caja hay dinero, mucho dinero. Y en otra hay algo pesado con símbolos de peligro radiactivo.

–Sí, creo que tiene razón –apuntó Renaud, después de quedar momentáneamente callado, como si rumiara lo siguiente que quería decir.

–Escondido en una zona muy difícil de encontrar. Esto es de un grupo terrorista –afirmó con rotundidad–. La ojiva para lanzar una bomba atómica o una bomba sucia sobre Dios sabe dónde, y el dinero para pagar todo lo necesario para hacerlo.

–Ni que decir tiene –contó Gemma, aportando un punto de cordura– que corremos un grandísimo riesgo. Los que han escondido esto aquí pueden estar vigilando. Desde un satélite o… tal vez las cajas tengan un GPS.

El capitán y su tripulación se mantenían silenciosos atendiendo a todo lo que Ivanna traducía. En un momento dado, el hombre levantó la mano para dirigirse a todos y la miró para que nos lo comunicara en voz alta.

–Lo primero que vamos a hacer es salir de aquí a toda máquina. Lo segundo revisar las cajas por si alguna llevara un localizador. Y por último, si vemos que es posible que nos puedan ubicar, tirar las cajas al mar inmediatamente.

Después de que Ivanna tradujera el mensaje del capitán se produjo un abucheo generalizado entre todos los pasajeros, incluidos los dos marineros. Estaba visto que el capitán era un cobarde que no quería complicaciones, o al menos eso es lo que pensaba todo el mundo. Incluso Ivanna hizo un gesto de disgusto al traducir la orden.

–¡No!, eso sí que no –dije yo–; no hemos llegado tan lejos para salir ahora corriendo con el rabo entre las piernas.

El resto asintió, apoyando mi postura. El capitán empezó a notar que perdía mando y carisma, incluso entre sus hombres. Sentí una mirada de odio contenido en el cogote.

–Además –soltó Petra–, en la primera caja hay mucho dinero. Suficiente para todos, y el que no lo quiera que lo diga ahora.

–¡Sí, sí, cierto! –aclamaron a coro todos los demás.

Nadie dijo nada, ni el capitán que, cabizbajo, rumiaba todo lo que estaba oyendo. Gemma volvió a meter cordura en los exaltados turistas.

–¿Pero qué hacemos con la caja radiactiva?

–En el caso de que sea una ojiva nuclear vale muchísimo más que el dinero de la otra –afirmó Stevens con sus pequeños pero vivarachos ojos, que acompañó con una mueca de Tío Gilito, dejando escapar una risita nerviosa.

–¡Están ustedes locos! ¡Qué pretenden! ¿Vender una bomba atómica? –apuntó Santiago, convencido de que todo aquello era un cuento de la lechera de un grupo de turistas ociosos.

–Sí, claro que sí. Pueden pagar una fortuna por ella. El país que la tenga podrá codearse con los grandes. Solo nueve países en el mundo tienen ojivas. ¿Usted sabe el dinero que podrían darnos por este artefacto?

–Pero podemos estar dándole el poder a un país que quiera dominar a los de su alrededor.

–No, no es así. Hay un equilibrio nuclear en el mundo, que no sería roto por una sola ojiva. Pero para ese país supondría una manera de ser respetado, un excelente marketing. Una posibilidad de ser escuchado.

–Pensemos en España. Durante el régimen franquista estuvo el «proyecto Islero». España quiso hacer bombas atómicas para disuadir a Marruecos de una posible invasión de Ceuta y Melilla –dije yo–. Hasta nuestro propio país podría ser un interlocutor válido, si llegáramos a la persona apropiada.

Estaba claro que un grupo quería luchar para conseguir hacerse con mucho dinero de una manera rápida, y otro, más realista, veía todas las dificultades que había para conseguirlo. Pero, en el fondo, nadie, salvo el capitán, deseaba abandonar el asunto. Todos miraban a su alrededor queriendo detectar ideas o soluciones que nos hicieran ricos de la noche a la mañana y sin jugarnos mucho el pellejo.

–Propongo que de momento nos larguemos de aquí, ya que el peligro de ser detectados es alto, y que rumiemos qué hacer en la cena de esta noche –afirmó Pablo, que normalmente llevaba la voz cantante.

–Sí, creo que es lo mejor –reconocieron todos.

El capitán se puso manos a la obra y levantó el ancla, arrancando motores y alejándose de la bahía. Ivanna aconsejó que siguiera la ruta prevista en el tour para no levantar sospechas. En la cala se quedaron el yate fantasma y la goleta de lujo que albergaba a una familia fiestera, que seguía con la música en alto y brindando alegremente en cubierta.

Alejandro se fue a popa.