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Atrévete a sumergirte en lo desconocido en compañía de Manu y Jorge, dos controladores aéreos que tendrán que enfrentarse a un terror nunca visto y que pondrá a prueba todo lo que creían saber sobre la realidad. La Oscuridad te atrapará y te llevará de la mano de los protagonistas durante un viaje indescriptible.
OPINIONES DE LOS LECTORES:
«Imposible parar de leerlo».
«Te engancha desde el principio».
«Una historia muy original, en un clima misterioso y apocalíptico».
«La atmósfera te envuelve».
«Una forma de narrar con todo lujo de detalles que no deja indiferente».
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Veröffentlichungsjahr: 2020
Capítulo 1
La oscuridad comenzaba a envolver el mundo, poco a poco, como cada día cuando el crepúsculo empezaba a ceder ante la presión de la noche y se acercaba la hora de regresar a casa.
Era su momento preferido del día, ese momento en el que la noche parecía apoderarse del mundo y todo sucumbía ante la inminente llegada de las tinieblas.
―Bueno, una vez más y nos vamos a casa; por hoy ya habremos terminado ―dijo Jorge, mientras se frotaba las manos de forma ansiosa.
Era el último vuelo del día, un vuelo nacional con destino Madrid. Tenía previsto el despegue a las nueve de la noche. Pura rutina, algo que se hacía a diario con los ojos cerrados.
En la torre de control aéreo reinaba la tranquilidad. El Airbus A-320 de Iberia ocupaba su lugar en la solitaria pista del pequeño aeropuerto. El pasaje al completo había embarcado con absoluta normalidad y no se había producido ningún incidente reseñable. Nada hacía presagiar nada anormal; exceptuando el típico despistado que, cuando ya se encuentra en la puerta de embarque, no recuerda dónde ha guardado su documentación. Esa es la típica situación que pone de los nervios al resto de los pasajeros que esperan pacientemente en la cola.
El cielo estaba claro y despejado y, aunque ya estaba anocheciendo, la temperatura ambiente era bastante agradable; sobre todo si teníamos en cuenta la época del año en la que nos encontrábamos.
La pantalla del radar brillaba impoluta, tanto que daba la impresión de encontrarse apagada. Tan solo el pitido rítmico que emitía cada cinco segundos parecía indicar que todavía estaba encendido, como si le insuflaran vida en cada pitido, despertándola del coma. Ni siquiera la leve brisa que se había levantado desde hacía unos minutos quebraba la tranquilidad que reinaba en el ambiente.
Todo transcurría con absoluta e inalterable monotonía.
Manu se levantó de la silla, esa silla azul con respaldo anatómico en la que pasaba más horas que en su propia casa, estiró sus casi ciento noventa centímetros de estatura enfundados en una camiseta azul en la que podía leerse: «Aterriza como puedas», situado justo encima de la silueta de un avión hecho un nudo, y se acercó al enorme ventanal que ocupaba todo el frente de la torre de control, desde donde podía observarse la pista de aterrizaje con una nitidez inigualable, mientras se frotaba la cabeza de manera instintiva, como si fuera un tic nervioso. Llevaba la cabeza siempre rapada «al uno», y le gustaba frotársela en actitud pensativa cuando se aburría.
―¿Viste ayer el partido? ―preguntó de forma mecánica, casi como si fuera una pregunta retórica lanzada al aire. Sabía que Jorge no se perdía un solo partido, era una de sus mayores pasiones.
―Claro, acaso crees que me lo habría perdido sin una razón justificada. Pero esta vez sí que me estoy planteando dejar de ver los partidos ―puntualizó Jorge, moviendo la mano con desdén mientras dirigía su mirada hacia otro lado.
―Eso no te lo crees ni tú ―interrumpió Manu, con tono burlesco.
―No me jodas. Este ha sido, simple y llanamente, otro partido más en el que nos han robado dos puntos por la puta cara. Eso es lo que hay, ni más ni menos ―dijo con hastío, emitiendo un profundo suspiro―. ¿Sabes una cosa? ―preguntó de forma retórica―. Estoy harto de ver esta farsa. Para ver semejante esperpento me paso a la lucha libre; así, por lo menos, ya sabes a qué te estás exponiendo.
―Sabes perfectamente que a los equipos pequeños es fácil pitarles un penalti en contra ―respondió Manu, sin dejar de mirar a través de la cristalera―. Está claro que si la misma jugada se da en otros campos, no es penalti. Pero nosotros somos un equipo pequeño, es lo que hay. No nos queda más remedio que aguantarnos.
―¿Aguantarnos? Esa me parece una actitud muy derrotista.
―Y lo es. Es más, si lo piensas bien, es triste que ahora tengamos que conformarnos con luchar siempre por no descender. Joder… ¡Con lo que nosotros hemos sido! Recuerdo los tiempos en los que peleábamos por ganar ligas, vencíamos a los equipos grandes y hasta jugábamos la puñetera Champions League. Joder… ―gimió Manu, en un largo suspiro que recordaba al bufido de un gato―. ¡Qué buenos tiempos! Pero nuestra época de gloria ya ha pasado. ―Suspiró de nuevo, esta vez con amargura―. Hace ya tanto tiempo… nos estamos haciendo viejos. Qué mierda, tío, ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que todo eso pasó hace unas semanas, y ya han pasado casi veinte años desde que ganamos La Liga.
―Venga, tío, déjate de monsergas ―Jorge dio un par de saltos moviendo el cuello y los hombros, como intentando activarse―. Si nos damos prisa aún llegamos a tiempo de ver el partido de las diez en el bar mientras tomamos unas cervecitas.
―Creo que voy a tener que pasar. Mañana me toca a mí llevar a los niños al colegio. Y estoy seguro de que, si vamos al bar, nos vamos a liar, como nos pasa siempre, y acabaremos llegando a casa a las dos o tres de la mañana. No quiero levantarme mañana a las siete con un puñetero dolor de cabeza y solo tres o cuatro horas de sueño. Sabes que después me paso todo el día hecho una mierda.
―¡Venga, hombre, no seas carca! El partido empieza a las diez y solo estaremos un rato. Cuando termine nos marchamos... lo prometo ―Jorge mantenía los dedos cruzados detrás de la espalda mientras hablaba―. Además, no querrás ser tú el responsable de que termine pasando la noche en el bar, yo solo, sentado en la barra como un alcohólico, con una cerveza en la mano y la mirada perdida, buscando mujeres que sé perfectamente que no me convienen.
―No me vengas ahora con tu discursito victimista.
―No es victimismo. Sabes de sobra lo que opino de esos tipos solitarios que acaban sentados solos en la barra del bar, con cara de amargados porque no tienen a nadie a su lado para hacerles un poco de compañía. ¡No me jodas, Manu! Eso es lo último que necesito en estos momentos ―bajó la voz hasta que se convirtió en un susurro casi imperceptible y dirigió la mirada hacia el suelo, como si hablara con el cuello de su camisa―. Lo que menos me conviene ahora mismo es irme a casa.
―Vale, vale ―dijo Manu con voz cansada―, pero que conste que lo hago por ti. Y que quede bien claro que solo será un rato, que nos conocemos muy bien.
―¡Eso está hecho! ―exclamó Jorge levantándose de golpe. La silla salió disparada hacia atrás, tropezando contra la consola de radio y emitiendo un eco sordo que resonó con fuerza a lo largo y ancho de la sala de control. Justo en ese preciso instante, el intercomunicador comenzó a sonar.
«Control de pista para india, bravo, cuatro, tres, dos, siete... adelante, control de pista, aquí india, bravo, cuatro, tres, dos, siete... corto».
Manu agarró el intercomunicador con firmeza y apretó el botón rojo que tenía habilitado en la parte inferior para comenzar a hablar.
―Adelante, india, bravo, cuatro, tres, dos, siete, aquí control de pista... cambio.
«India, bravo, cuatro, tres, dos, siete, listo para despegar. Esperamos autorización para iniciar maniobra de despegue... cambio».
―India, bravo, cuatro, tres, dos, siete, pista despejada. Repito, pista despejada, tiene vía libre... cambio.
«Recibido, control. Iniciamos despegue a las dos, uno, uno, cero... cambio y corto».
Jorge volvió a sentarse ante la consola y se reclinó, empujando el respaldo de la silla hacia atrás. Sin darle demasiada importancia, se alborotó el pelo con la mano, dejando caer con gracia su flequillo pelirrojo por delante de los ojos, y comenzó a hablar con cara sonriente.
―¡Chupado! Venga, ya podemos prepararnos para marchar, que todavía llegamos antes de que empiece el partido.
―¡Venga… que ya nos estamos marchando!
―Dudo mucho que a estas horas encontremos una mesa libre, pero seguro que aún pillamos un buen sitio en la barra de la planta baja. ¡Me encanta ver los partidos en pantalla gigante con una Estrella bien fría en la mano y buena compañía a mi lado! Solo espero que todavía quede algo de esa deliciosa tortilla que hace Berta. Me muero de hambre y ya se me está haciendo la boca agua solo con pensar en esa exquisita delicatesen culinaria.
―No cantes victoria ―dijo Manu con una sonrisa sardónica iluminando su cara, mientras se frotaba el estómago con la mano derecha―. No vaya a ser que te entre una cagalera y te pases una hora en el baño. Acuérdate del sándwich de atún que cogiste antes en la máquina expendedora de la terminal. No tenía precisamente buen aspecto, que digamos.
Jorge comenzó a reírse de manera exagerada, abriendo mucho la boca, como haría un actor de teatro en una comedia sarcástica ante un chiste muy malo.
―Ja, ja, ja, me parto de risa contigo, Manu. Venga, acabemos ya con esto y larguémonos de aquí de una puñetera vez, ya estoy hasta los huevos de trabajar. A ver cuándo me toca la lotería y me dedico a la vida contemplativa.
Jorge ya se estaba levantando de la silla cuando el intercomunicador comenzó a sonar de nuevo.
«India, bravo, cuatro, tres, dos, siete en el aire, replegando tren de aterrizaje... corto».
―Ahí lo tienes ―dijo Jorge con aire despreocupado―. Terminemos de cerrar todo esto y larguémonos de aquí.
―No todos los días vamos a tener tanta suer... ―la frase quedó cortada de repente, suspendida en el aire. Sin previo aviso, el intercomunicador comenzó a bramar de manera descontrolada, dejando a Manu con la palabra en la boca.
«Control para India, bravo, cuatro, tres, dos, siete… control para India, bravo, cuatro, tres, dos, siete... ¿Qué coño es eso…? Perdemos visibilidad, no veo nada, control.... control...».
Después, la emisora quedó en silencio de nuevo.
Manu y Jorge se miraron el uno al otro. Sus caras denotaban lo extraño de la situación que estaban viviendo. Pasaron varios segundos en silencio, aunque para ellos representó una eternidad. De repente, ambos giraron la cabeza a la vez, fijando la mirada en la gran cristalera, desde donde podían ver la pista en toda su extensión; pero ahí afuera no se veía nada, el cielo estaba despejado y la visibilidad era normal. Sus caras giraron al unísono hacia el panel de mandos; pero allí tampoco había nada fuera de lo normal. Todo estaba como debía estar, o al menos eso era lo que reflejaban los instrumentos. Ambos se miraron de nuevo con cara de asombro, sin saber muy bien qué decir o qué hacer.
Tras unos segundos de incertidumbre, Manu se abalanzó sobre el panel de mandos como un depredador sobre una presa desvalida e indefensa. Oprimió el botón del intercomunicador con la palma de la mano, golpeándolo con tanta fuerza que, en ese mismo instante, fue consciente de que le quedaría la marca en la palma de la mano durante varios días; y de que, por supuesto, había roto el botón. Pero ahora no era el momento de pensar en eso, había cosas más importantes de las que preocuparse.
―India, bravo, cuatro, tres, dos, siete; aquí control de pista, responda... India, bravo, cuatro, tres, dos, siete; aquí control, responda… ¡por favor, responded, decid algo! (Lo que sea, por favor)
Nada, ningún sonido audible salió por el altavoz. Solo había frío y aterrador silencio.
Presionó de nuevo el botón, aunque no estaba seguro de que funcionase después del golpe que le había dado.
―India, bravo, cuatro, tres, dos, siete para control; India, bravo, cuatro, tres, dos, siete para control…; respondan, ¿qué ocurre?... ¡Responded! ―gritó muy exaltado.
Esta vez, la voz del piloto se escuchó de nuevo por el altavoz. Se podía sentir el pánico en su tono, trémulo y quebradizo. El mensaje llegaba entrecortado, pero no por ello dejaba de ser aterrador.
«Nos está rodean... nos atrae... los mandos no resp... no… tenemos… visibilidad... control... control... nos atrae... control... conteste control… necesitamos ayuda…».
Todo quedó en silencio de nuevo.
Manu se frotaba los ojos mientras alternaba sus miradas entre el panel de mandos y Jorge.
―Pero... ¿Qué coño...? ¿Qué coño ha sido eso? El radar no indica nada. ¡Nada, joder! Si ni siquiera sale el avión en la puñetera pantalla.
Jorge miraba por el ventanal, incrédulo, con la cara desencajada. Desde donde se encontraba, solo se podían ver ya las luces de la pista, ordenadas en dos pulcras filas, ocultas entre la oscuridad de la noche; una noche oscura y calmada como no recordaba haber visto jamás.
Miró hacia abajo, las manos le temblaban de forma descontrolada, como las de un enfermo que padece párkinson, y no era capaz de articular palabra alguna, era como si sus labios se hubieran quedado pegados.
―¡Venga, espabila, no es momento de entrar en pánico! ―gritó Manu mientras lo zarandeaba, agarrándolo por los hombros con ambas manos.
―Va...va... vale. Vale. Ya estoy aquí de nuevo. Solo necesitaba unos segundos de desconexión ―respiró hondo hasta llenar los pulmones y soltó el aire despacio―. Bien, y ahora… ¿qué…? ¿qué hacemos?
―Seguiré intentando contactar por radio. Mientras tanto, tú puedes llamar a Control Aéreo para informar del incidente.
Jorge comenzó a marcar el número sin mediar palabra. Pero las manos todavía le temblaban de forma muy marcada y hacían casi imposible acertar con los números. Esta era la primera vez que ocurría algo fuera de lo común en su puesto de trabajo. Trabajaban en un aeropuerto pequeño, donde los incidentes más habituales eran pequeños retrasos por motivos técnicos y, raras veces, alguna cancelación inesperada. Lo que acababa de ocurrir era algo que se salía de su esfera de tranquilidad laboral, y eso no le gustaba nada. A él le gustaba tenerlo todo bajo control, lo inesperado le estresaba; y cuando se estresaba no pensaba con claridad y reaccionaba de forma violenta.
Se quedó esperando al teléfono, con el auricular muy pegado a la oreja, oprimiéndolo con fuerza, como si quisiera evitar que entrase aire entre el auricular y su oído. Entonces fue cuando se percató de que el teléfono no estaba dando tono. Estaba desconectado. No había línea.
Volvió a colgar el auricular, lo levantó y lo acercó de nuevo al oído. Seguía sin dar señal. Aun así marcó el número una vez más. Esta vez lo hizo despacio, para no equivocarse, tecla a tecla, intentando controlar el temblor que atenazaba sus manos; pero seguía sin recibir señal alguna. Al otro lado de la línea solo había silencio.
Revisó el cable del teléfono con la vista, desde un extremo al otro, de manera concienzuda, entornando los ojos hasta llegar casi a cerrarlos por completo, como intentando así centrar la vista en lo único importante, apartando lo superficial de su campo de visión. Pero el cable no era el problema; estaba bien, al menos a primera vista. El fallo no provenía del aparato; lo que ocurría, simple y llanamente, era que no había línea.
Descolgó los demás teléfonos que había en la torre de control, uno por uno, de forma metódica. Nada, ninguno daba la más mínima señal de vida, todos estaban muertos.
Al otro lado de la cristalera solo había oscuridad. Las luces de la pista de aterrizaje eran lo único que se podía vislumbrar entre la negrura, como pequeñas migas luminosas señalando el camino. Allí afuera no había rastro alguno del avión. No había luna, no había estrellas, no había luz más allá de la pista de aterrizaje. Era como si el avión hubiera desaparecido de repente, como un truco de magia de los que ves en un programa de televisión, como si se lo hubiera tragado la tierra. Pero, el hecho más evidente de todos, era que no había manera de contactar con él. No salía en el radar, no había contacto visual en la lejanía y el capitán no había vuelto a contestar a los requerimientos realizados por radio tras ese confuso último mensaje que los había dejado anonadados; e incluso un poco trastornados.
Ya habían pasado al menos diez minutos desde la última vez que contactaron, y seguían sin saber nada de ellos. Además, había que sumar a todo eso el hecho de que los teléfonos no funcionasen. ¿Sería posible que se torcieran más las cosas en ese día de sucesos extraños e incomprensibles? Seguro que sí. Cuando algo va mal, siempre puede ir a peor.
Jorge comenzó a gritar y maldecir mientras golpeaba la base del teléfono con el auricular una y otra vez, en un repentino e inusitado ataque de ira. Su cara presentaba ahora una palidez cadavérica y un reguero de sudor comenzaba a discurrir despacio por sus sienes, en una lenta peregrinación.
Sin dar tiempo a Manu a reaccionar, salió corriendo en dirección a la puerta, la abrió de un fuerte tirón y se precipitó escaleras abajo mientras le gritaba: ―¡Voy a ver a José, él sabrá qué hacer, él siempre sabe qué hacer!
José era el policía que trabajaba en el control de embarque. Era un joven de unos treinta años, delgado y larguirucho, pálido e insípido como la leche desnatada. Y sí, él siempre sabía qué hacer. Era de esas personas que están siempre al día en leyes, noticias, cotilleos y todo lo que le pueda ser útil para la vida diaria. Pero sobre todo, estaba siempre al día de cualquier cosa que pudiera ser útil para su trabajo. Nunca le pillaban en fuera de juego.
Bajó los escalones de dos en dos, e incluso de tres en tres, tropezando en varias ocasiones y trastabillándose continuamente, pero sin llegar a caer al suelo en ningún momento.
Cruzó la zona de embarque más rápido de lo que lo había hecho nunca; lo cual era decir mucho, ya que siempre salía de trabajar corriendo. Para el espectador imparcial, que lo veía desde fuera, daba la impresión de llevar siempre prisa. Aunque, por lo general, no había nada que lo apremiase; simplemente quería marcharse de allí lo antes posible. Aquel era un impulso irrefrenable que salía de su interior y no podía controlar.
En su carrera de obstáculos tropezó con un cartel de Ryanair (un cartel de esos que sirven para comprobar si la maleta cumple con los requisitos para ser considerada equipaje de mano o si tienes que facturarla, con el consiguiente e imprevisto suplemento económico para el viaje, lo que nunca es del agrado de nadie) y se trastabilló por enésima vez. Pero esta vez su pie derecho se cruzó con el izquierdo, tropezando contra sí mismo y cayendo de bruces al suelo. Tuvo que extender ambos brazos para evitar golpearse contra el mostrador que se encontraba justo detrás del cartel, lo cual le habría causado la fractura de varios dientes y, casi seguro, la pérdida del conocimiento.
Se quedó tendido en el suelo, boca arriba, respirando de forma acelerada, con la mirada clavada en los fluorescentes del techo. Esos fluorescentes tenían algo que resultaba hipnótico en ese extraño momento en el que todo parecía estar fuera de control. Eran como un nexo que unía todo lo que ocurría a su alrededor con la realidad cotidiana del mundo. Le daba la impresión de que giraban a su alrededor como una noria fuera de control. Cerró los ojos por un instante, respirando despacio e intentando mantener la calma.
El aeropuerto estaba desierto. Demasiado vacío incluso para ser casi las diez de la noche, hora a la que ya no acostumbraba a verse a casi nadie por allí deambulando. Demasiado tranquilo, demasiado vacío, demasiado oscuro. Presentaba un aspecto tétrico. Aunque no fuese un momento del día en el que por lo general hubiese mucho movimiento, lo que le rodeaba no era normal. Había un silencio extraño que le trasmitía intranquilidad. No se veía a nadie por la terminal. Ni siquiera turistas despistados. Tampoco el típico visitante que se quedaba rezagado del grupo, consultando una guía de la ciudad con aire despreocupado e indiferente mientras el mundo sigue avanzando a su ritmo.
Se incorporó despacio, apoyándose sobre ambas manos, y se quedó sentado en el suelo en actitud pensativa.
Ahora, y solo ahora, una vez que podía pararse a pensar con calma, se daba cuenta hasta qué punto resultaba extraña la situación en la que se encontraba envuelto. No había nadie recogiendo los platos de la cafetería de forma apresurada, mientras mantenía una animada charla con su compañero sobre alguna banalidad del día a día. Tampoco se observaba a ningún trabajador cruzando con prisa la terminal para salir de allí cuanto antes y así llegar a su casa lo antes posible. Ni siquiera se escuchaba el sonido de los últimos vehículos acelerando el motor de forma ansiosa, con el afán de abandonar las instalaciones del aeropuerto carretera abajo sin mirar atrás. Algo no cuadraba en todo lo que le rodeaba, algo no encajaba en todo aquello.
Apoyó las manos en el suelo, una a cada lado del cuerpo, y se levantó despacio, con calma; ahora ya no tenía prisa. Era como si de repente todo a su alrededor se moviera a cámara lenta, como en una secuencia de una película. Se acercó a la enorme cristalera que cubría uno de los laterales de la terminal, el que daba directamente a la pista, esa cristalera en la que los niños apoyaban siempre sus pequeñas manos pringosas: primero una mano, (bluf), después la otra mano, (bluf), y después pegaban la nariz contra el cristal, (chof), mientras seguían al avión con la mirada, dejando siempre restos de mocos pegados en el ventanal.
Desde esa posición podía observar a la perfección la pista de aterrizaje en toda su extensión. Y también podía observar los restos verdosos de los mocos de algún crío que todavía continuaban pegados en el cristal, en primer plano. Era imposible no verlos. Por más que quisiera evitarlo, solo podía ver esos mocos. Todo lo demás se veía borroso y en un segundo plano. Tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano con la vista para evitar la distracción que creaban en la imagen, así que limpió un trozo de ventanal con la manga e hizo un tubo con las manos para ver mejor.
La noche estaba oscura, más oscura de que creía haber visto jamás. No podía asegurar si estaba nublado, pero de lo que sí estaba seguro, era de que no se veía ninguna estrella en el cielo. Ni siquiera era capaz de localizar la luna en el firmamento.
Recordaba haber presenciado un eclipse lunar en una ocasión, hacía ya mucho tiempo. Era un recuerdo vago, casi parecía parte de un sueño; lo más probable es que el tiempo transcurrido hubiera modificado el recuerdo, convirtiéndolo en una neblinosa ensoñación. Por aquel entonces era solo un niño, pero el recuerdo había permanecido en su mente durante todo ese tiempo. Quizá tuviera diez años, o incluso menos. Estaba sentado en el jardín trasero de su antigua casa familiar y su madre se encontraba sentada justo a su lado, entretenida, tejiendo de manera distraída. Incluso recordaba que estaba haciendo una bufanda con los colores de su equipo: el blanco y el azul; es curioso cómo pueden recordarse ciertos detalles.
Por aquel entonces debía hacer ya unos dos o tres meses que su padre los había abandonado. Se había marchado sin mirar atrás, sin despedirse siquiera, y nunca había vuelto a verlo. En ese momento se encontraban sentados en silencio, mirando al cielo, sin articular palabra alguna. No sabría decir si era un recuerdo triste, pero de lo que estaba seguro es de que no era un recuerdo feliz. Aquella noche era tan solo una pequeña brecha temporal, borrosa en el océano de sus recuerdos, pero, si algo se le había quedado grabado de aquella noche, era una extraña sensación de oscuridad. Lo único que rompía aquella sensación de oscuridad aquella noche, eran las luces de la ciudad, brillantes en la lejanía: solo una línea de pequeñas luces que cubría de forma tenue y velada el horizonte.
Esta noche se parecía bastante a aquella que permanecía en su recuerdo; pero, aun así, era diferente. La oscuridad que tenía ante sí, que podía ver a través del cristal, era distinta. Esta noche era distinta a cualquiera que él pudiera recordar. Lo que presenciaba ahora mismo no era un eclipse; era solo oscuridad, simple y negra oscuridad.
Salió de su ensoñación y, de repente, se dio cuenta de que estaba en el aeropuerto. Y entonces recordó de golpe que se dirigía al puesto de control fronterizo, donde esperaba encontrar a alguien; aunque no albergaba demasiadas esperanzas de lograrlo. Pero al menos tenía que intentarlo.
Avanzó lentamente en dirección a la puerta de embarque, igual que lo haría un pasajero perezoso que llega con horas de adelanto a coger su vuelo. Observaba con recelo todo lo que le rodeaba. Aunque había estado allí en innumerables ocasiones, nunca le había resultado tan extraño como ahora. Era como si aquella fuera su primera visita al aeropuerto, y todo le resultaba extraño y novedoso a partes iguales.
Por fin llegó a la puerta de embarque. Frente a él se encontraba una pequeña garita de metacrilato, de aproximadamente un metro de ancho por dos de largo, que daba acceso directo al pasillo de embarque. Al estar rodeada de paredes de metacrilato se podía ver perfectamente el interior, y allí no había nadie.
Se quedó paralizado durante un par de minutos, con aire meditabundo, frotándose la cara con ambas manos. Una angustia desoladora parecía adueñarse de su mundo sin pedir permiso. Tras unos instantes de relajación, decidió acercarse a la pequeña oficina que la Policía tenía en el aeropuerto, y que se encontraba a escasos metros de la garita. Era una pequeña oficina situada cerca de la puerta de embarque, donde los Agentes de Policía que trabajaban en el aeropuerto podían realizar los trámites burocráticos pertinentes, hacer inspecciones minuciosas de los equipajes sospechosos, tomarse un descanso durante su turno de trabajo lejos de las miradas curiosas de los pasajeros y de sus preguntas inoportunas, o cualquier otra cosa que pudieran necesitar.
Una puerta metálica de color azul marino, con la palabra «POLICÍA» escrita en el centro en grandes letras de color negro, era lo único que le separaba de esa oficina, donde esperaba encontrar a José.
Tras unos breves segundos de duda, que se mezclaban con la incertidumbre inherente al momento que vivía, pulsó con el dedo índice el timbre del interfono. En el interior se escucharon unos tímidos quejidos que reconoció al instante como el sonido habitual del timbre. Esperó unos interminables segundos, escrutando el interior con ansia, pero no obtuvo respuesta a sus plegarias.
Llamó de nuevo, esta vez con más insistencia, y acompañó la llamada con unos golpes secos de sus nudillos sobre la lámina metálica que lo separaba del interior. Unos golpes rítmicos que repetía siempre que llamaba a una puerta, que hacían de su llamada algo inconfundible, una especie de seña de identidad. Pero tampoco ahora encontró respuesta alguna.
Dándose ya por vencido, y como último recurso, asió la manilla de la puerta y la movió arriba y abajo, una y otra vez, mientras apoyaba la otra mano sobre la fría chapa metálica. Pero la puerta no se abrió, estaba firmemente cerrada con llave.
Estaba claro que allí no había nadie que pudiera ayudarlo, así que se encaminó de nuevo hacia la torre de control. Comenzó a subir las escaleras despacio, cabizbajo, repasando una y otra vez lo que había pasado y, sobre todo, buscando una explicación lógica que calmase su ansiedad.
Nada de lo ocurrido hasta ese momento tenía el menor sentido para una mente racional. El avión desaparecido en extrañas circunstancias, sin dejar rastro alguno que pudiera explicar lo qué había pasado; la extraña quietud que asolaba el lugar, que parecía contagiarse con rapidez; la misteriosa oscuridad que lo cubría todo, como un grueso manto sobre sus cabezas. Era como estar viviendo una pesadilla.
Se pellizcó con la mano derecha en el dorso de la mano izquierda, y percibió el dolor claro y punzante sobre su piel; si era una pesadilla, era la más real que había tenido nunca.
Capítulo 2
Jorge entró por la puerta de la torre de control cabizbajo, con la mirada perdida; no encontraba sentido a nada de lo que estaba pasando a su alrededor.
―¿Has hablado con José? ―preguntó Manu en un forzado tono jovial, como intentando rebajar la tensión que flotaba en el ambiente―. ¿Qué te ha dicho? Supongo que se tratará de algún fallo general en las comunicaciones y que se solucionará en breve ―añadió intentando aportar una visión un poco más opitmista.
Jorge cogió un pañuelo de papel de una caja de cartón con forma de Cubo de Rubik que se encontraba encima de una pequeña alacena, donde guardaban sus efectos personales y algunos utensilios de uso común. Se enjugó el sudor con el pañuelo de papel y comenzó a hablar despacio.
―Ahí abajo no hay nadie ―señalaba con un dedo trémulo en dirección a la puerta, con los ojos muy abiertos y con el tono de voz visiblemente alterado―. No hay absolutamente nadie. Es como si todos se hubieran marchado hace siglos, como entrar en una casa que ha sido abandonada hace años… ¡abandonada a su suerte en medio de la nada!
―Espera, espera… ¿Me estás diciendo que no queda nadie en toda la terminal?
―Nadie. El jodido aeropuerto está completamente vacío. Está desierto. ¡Mierda tío… es jodidamente desolador¡ Es como si hubieran desalojado todo el puñetero aeropuerto por una amenaza de bomba y se hubieran olvidado de nosotros. O lo que es peor, nos hubieran puesto en cuarentena ―en ese momento, Jorge bajo los brazos con resignación―. Pero, para nuestra desgracia, nadie se ha acordado de avisarnos de lo que ocurre. Esto es una locura, Manu, te lo juro. No sé que coño está pasando aquí, pero no me gusta un pelo.
―Todo esto es de locos, tienes razón. El aeropuerto no puede estar vacío, tiene que quedar alguien. Cómo puede ser que no haya nadie ahí abajo, eso es imposible.
―Joder… ¡Te lo estoy diciendo, Manu, ahí no queda nadie! ―Jorge gesticulaba ostensiblemente con las manos mientras hablaba―. Tenemos que bajar al pueblo cuanto antes, aquí nada funciona. Una vez estemos en el pueblo podremos buscar la manera de contactar con alguien y averiguar qué es lo que está pasando aquí. Tiene que haber una explicación lógica, estoy seguro.
―Venga, venga, tranquilo ―Manu subía y bajaba las manos con las palmas hacía abajo, para dar más énfasis a sus argumentos―. Vamos a relajarnos un poco. Estoy seguro de que hay una explicación lógica para todo esto, en eso tienes razón. Solo nos hemos visto superados por una situación que difiere de lo habitual. Una situación a la que no estamos acostumbrados, eso es todo.
―Tiene que haberla... ―replicó Jorge con voz temblorosa. Tiene que haberla. Tiene que haberla. Tiene que haber una explicación lógica.
―Venga, tranquilo. Tan solo nos hemos puesto un poco nerviosos, no pasa nada, es normal. Pero todo tiene su explicación, y pronto la descubriremos y nos reiremos de esto, estoy seguro. Lo primero que tenemos que hacer es contactar con un responsable de Aena y comunicar la incidencia, eso es todo.
Jorge sudaba cada vez más. Brillantes gotas de sudor discurrían por su rostro como pequeñas estrellas fugaces que se extinguían contra el suelo. Miraba directamente a Manu, con la cara desencajada y los ojos saliéndose de sus órbitas. Estaba fuera de sí.
―¡¿La incidencia?, ¿en serio es eso lo único que te preocupa?! ―gesticulaba ostensiblemente con las manos y se ponía cada vez más rojo. Estaba empezando a respirar de forma acelerada y convulsa, y eso no parecía indicar nada bueno―. La puta incidencia, señoras y señores, eso es lo único que preocupa al gran Manu. ¡Hay que joderse! Mira Manu, aquí pasa algo raro, eso es lo único que tengo claro. No, algo raro es decir poco; aquí pasa algo muy, muy raro.
―Venga… relájate un poco, por favor.
―¿Que me relaje? Haz el favor de mirar a tu alrededor. ¿Te parece todo esto normal? Mira a través del cristal. ¿En serio no ves nada extraño? No, claro, no hay nada extraño... porque no hay nada, joder. No hay nadie, no hay nada, todo está demasiado oscuro para ver algo. Todo está demasiado negro… jodidamente negro. ¿A dónde coño se han ido todos? ¿Por qué se han marchado con tanta prisa? Joder… no entiendo nada de nada.
―Venga, hombre, tranquilízate. La gente se ha marchado porque no hay vuelos a estas horas, ya lo sabes. Si no fuera por este embrollo nosotros también estaríamos ya muy lejos de aquí. Venga, respira hondo y relájate. Nos vamos al pueblo, verás como todo tiene una explicación lógica y coherente.
Jorge se sentó en la silla, realizando inspiraciones y expiraciones de forma acelerada, intentando relajarse. Sabía que debía hacerlo despacio, era la única manera de conseguir un poco de tranquilidad, pero no era capaz.
―Vale… dame solo un par de minutos. Es lo único que te pido.
Tras un breve descanso, y con los ánimos ya más calmados, comenzaron a bajar las escaleras que llevaban desde la torre de control a la terminal, y fue entonces cuando Manu comenzó a entender lo que Jorge le había dicho hacía unos instantes. Todo a su alrededor estaba completamente desierto. Allí no había absolutamente nadie. Tan solo había soledad y oscuridad. Daba la impresión de que fuesen las cuatro de la madrugada, pero debían ser todavía las diez y media.
Atravesaron la terminal con el sigilo propio de dos gatos callejeros, haciendo el menor ruido posible y con el corazón latiendo desbocado dentro del pecho, lanzando miradas furtivas a ambos lados de manera intermitente.
Al salir al exterior, el paisaje no cambiaba demasiado en comparación a lo que acababan de ver. Afuera reinaba la calma, y un silencio sepulcral lo invadía todo a su alrededor hasta el punto de resultar molesto.
A escasos metros de la entrada, aparcado en la misma puerta, se encontraba el Toyota de Manu. Era un Corolla Verso, un coche familiar que había adquirido para ajustarse a su ritmo de vida actual.
Se subieron al coche sin demora, no había tiempo que perder en aquel lugar. Manu arrancó el motor antes incluso de haberse acomodado sobre el asiento y comenzó a conducir en dirección al pueblo más cercano. Tenían unos cinco minutos de camino hasta llegar a su destino, así que ese sería un buen momento para repasar todo lo que había ocurrido hasta entonces.
―Vale, recopilemos, hay que tener muy claro lo que vamos a decir. Si nos preguntan algo no puede haber discrepancias entre ambas versiones ―Manu parecía tomar el mando. Se mostraba decidido y conciliador―. Esto es lo que diremos: El Airbus IB-4327 despegó con normalidad a las 21:34 horas. Una vez en el aire, y cuando ya estaba estabilizando el vuelo, el piloto contacta con la Torre de Control y se comunica con nosotros en los términos siguientes: «¿Qué es eso?.... nos rodea...». Después, todo quedó en silencio, no hubo más comunicaciones. ―Jorge escuchaba con atención, sin interrumpir a Manu durante su exposición de los hechos―. El avión desapareció del radar, las comunicaciones se perdieron ―tomó aire para pensar, para descansar un instante. Por un solo segundo, quiso sentir algo de tranquilidad―. Y entonces, todo se fue a la mierda. Ni radar, ni radio, ni teléfono: todo dejó de funcionar.
―Estamos de acuerdo, eso es lo que diremos ―respondió Jorge, sin añadir nada más. Tampoco hacía falta.
La carretera serpenteaba en un leve descenso y solo unas pálidas farolas grises conseguían dar un poco de luz al tenebroso fondo boscoso que los rodeaba. Mientras avanzaban por aquel tétrico sendero, seguían repasando mentalmente todo lo ocurrido, dándole vueltas en la cabeza a todo lo que había acontecido hasta entonces. Revivían una y otra vez los momentos de incertidumbre que habían pasado esa noche, cuando, de repente, las farolas que bordeaban la carretera comenzaron a titilar dando evidentes signos de fragilidad.
Durante unos instantes que les parecieron eternos, la luz y la oscuridad se alternaron a su alrededor, sin que ninguna de las dos consiguiera vencer en esa eterna batalla que libran desde el principio de los tiempos y que parece no tener fin. Pero en cuestión de segundos, sin que tuvieran tiempo de asimilar lo que ocurría, todo a su alrededor se convirtió en oscuridad, y lo único que iluminaba ahora la carretera eran los faros de xenón del Toyota, que arrojaban un chorro de luz azulado hacia el exterior e iluminaban el camino. Lo único que se podía ver era lo que había frente al coche, justo delante. Si querían ver lo que había a los lados del vehículo: nada, solo había oscuridad; si querían ver lo que había detrás, por ejemplo si alguien los seguía: nada, solo había oscuridad; si miraban hacia cualquier otro sitio que no fuera justo delante del coche: solo había oscuridad.
―Joder… ¿Y ahora qué cojones pasa? ―exclamó Manu mientras accionaba el mando que encendía las luces largas para iluminar mejor el camino ante tamaña eventualidad―. Por lo visto, ahora también nos vamos a quedar a oscuras. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Nos van a abducir los alienígenas?
―No son solo las farolas. ―Jorge le dio unos ligeros golpecitos en el hombro para llamar su atención sobre algo―. Mira allá, a lo lejos, hacia el horizonte.
―¿Qué ocurre? Está oscuro, como todo.
―Pues eso es lo que más debería sorprenderte. Ahí deberíamos estar viendo el enorme mosaico de luces de la ciudad. Deberían lucir esplendorosas, brillantes, perfectas: como un enorme árbol de navidad; pero, no se ve nada, ha desaparecido toda la luz, todo está apagado. Desde aquí tenemos unas vistas privilegiadas, debería verse todo el horizonte iluminado como un puto y enorme árbol de navidad, joder. Pero ahí tan solo hay jodida oscuridad, negra y jodida oscuridad.
De repente, Manu pisó el freno con todas sus fuerzas mientras giraba el volante, obligando al coche a derrapar lateralmente y acercándose peligrosamente a los árboles que bordeaban la carretera; y que no podían ver. El vehículo continuó la marcha despacio, arrastrándose de forma perezosa durante unos metros, hasta acabar deteniéndose por completo, con los cuatro intermitentes iluminando la oscuridad con su parpadeo incesante, y orientado en dirección contraria a la que se encontraba circulando.
Los ojos de Manu estaban a punto de salirse de sus órbitas. Quedaban enmarcados dentro una cara desencajada, una cara que parecía haber quedado petrificada, mirando hacia el espejo retrovisor con el pavor dibujado en cada resquicio de piel.
Jorge giró la cabeza de inmediato para mirar en la misma dirección que Manu, para ver qué era lo que le perturba de esa manera. Lo hizo despacio, con cautela; aunque no quería ver lo que había detrás del coche, eso que tanto llamaba la atención de Manu, algo le impulsaba a mirar.
Lo que había en el exterior le heló la sangre al instante. A solo unos centímetros de la defensa trasera del coche se encontraba, parado en medio de la carretera e iluminado solo por las luces de freno, un enorme lobo con un oscuro pelaje ralo de color gris y grandes fauces entreabiertas. De sus enormes fauces pendían jirones de espumosas babas blancas que brillaban bajo aquellas luces rojas que le conferían un aire fantasmagórico.
Incluso rodeados como estaban por una oscuridad asfixiante, sintieron la profunda mirada del lobo, inyectada en sangre, que les atravesaba el cuerpo y les helaba el alma. La mirada escondía una astucia e inteligencia superior a lo esperable en un animal irracional como el que les estaba mirando ahora mismo.
El enorme lobo se giró de pronto y, dándoles la espalda, comenzó a aullar levantando la cabeza hacia el cielo, para después perderse en la oscuridad arrastrando la cola con un caminar lento y pesado. Era como si quisiera dejar un mensaje, y, ahora que lo había hecho, podía marcharse tranquilo.
La escena resultaba surrealista. No sabían cómo tomarse todo lo que estaba pasando a su alrededor, pero les parecía una verdadera locura. Todavía tardaron un par de minutos en reaccionar después de que el lobo hubiese abandonado el lugar, ya que ninguno de los dos quería salir del coche antes de cerciorarse de que esa criatura no regresaba para terminar lo que había empezado. El silencio era absoluto, y solo el pitido intermitente que indicaba que la llave seguía en el contacto consiguió quebrarlo por un efímero momento y hacerlos reaccionar.
Jorge abrió la puerta despacio, con temor, con las manos todavía temblando por el susto, y se acercó al lugar donde, hasta hacía tan solo unos instantes, se había encontrado esa bestia con aspecto de lobo.
Manu cogió la linterna que guardaba en la guantera, la que nunca necesitaba pero siempre llevaba en el coche por lo que pudiera pasar, y lo siguió con cautela. Enfocaba el camino de un lado a otro, con una rapidez nerviosa, buscando algo, cualquier cosa, cualquier huella o indicio de aquella bestia inmunda. Pero no había rastro alguno del lobo. Se había perdido en medio de la maleza que rodeaba la carretera, y el bosque era demasiado frondoso y estaba demasiado oscuro para aventurarse en su interior.
Enfocó con la linterna hacia la lejanía, en la dirección que estaban circulando en un primer momento, y comenzó a caminar. Estaba seguro de que no iban a encontrar al lobo, pero había algo más en esa carretera que lo estaba poniendo nervioso. Cuando había dado tan solo un par de pasos, se detuvo de golpe, mirando hacía el frente con semblante intrigado.
―¿Qué se supone que es eso? ―preguntó sin esperar respuesta. Se había topado con algo que no había visto nunca. Algo completamente descabellado que su cerebro no era capaz de asimilar. Solo entonces se percató de que, a partir de ese punto, no podrían continuar avanzando. Y se dio cuenta de que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual que antes.
La carretera desaparecía de golpe en la oscuridad, como si se terminara de repente al llegar a un gran barranco oscuro; pero no era lo único que desaparecía. El haz de luz que emanaba de la linterna también desaparecía a solo unos metros de donde se encontraban. Llegado un punto, era como si la luz fuera absorbida por la oscuridad, como si llegara a un lugar donde un oscuro muro le cortase el paso. Pero allí no había ningún muro, eso lo sabían. Lo único que podían asegurar era que la luz desaparecía: en ese extraño lugar se dirimía la eterna batalla, y la oscuridad vencía a la luz.
