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Admirado por Karl Kraus, Adolf Loos, Arthur Schnitzler…, Peter Altenberg es una especie de leyenda literaria vienesa a medio camino entre el clochard y el genio iluminado. Sus textos —aforismos, poemas en prosa, apuntes teóricos, relatos brevísimos: en definitiva, y en sus palabras, telegramas del alma— son de una gran modernidad, y evidencian que temas como la solidaridad con los más desfavorecidos o la industrialización y la pérdida del espacio natural no son nuevos, sino que entroncan con aquel final del siglo XIX caracterizado por cambios tan radicales como los de ahora. «Los escritos de Altenberg son siempre anotaciones que, justo en el momento de concretarse, dejan de remitir a la figura del autor para despersonalizarse, para ser el diario de cualquiera, de todos, de nadie. Su forma resulta, de entrada, desconcertante, hasta el punto de que una de las inteligencias más brillantes que le fueron contemporáneas, la de Von Hofmannsthal, no supo caracterizarla más que con ciertas reservas y perplejidad: "Es un libro nuevo, una especie de libro".» Antoni Martí Monterde, en el prólogo.
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2022
Primera edición: septiembre de 2022
© De la edición, la traducción y las notas: Adan Kovacsics, 2022
© Del prólogo: Antoni Martí Monterde, 2022
© De esta edición:
H&O Editores
C/ Milà Fontanals, 19, 2º — 08012 Barcelona
Fotografía de la faja: Alamy
Fotografía de la contra: Alamy
Diseño de colección: Silvio García Aguirre
Corrección: María Campos y Marc García García
isbn digital: 978-84-125118-9-5
Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.
Peter Altenberg. Un clochard en el Café Prólogo de Antoni Martí Monterde
Richard Engländer nació y murió en Viena (1859-1919). Peter Altenberg nació en la literatura; como todo seudónimo, convirtiéndose en el único nombre de un escritor. Además, la escritura ¿autobiográfica? de nuestro autor remite a una existencia pseudonímica, una firma que da unidad al relato de una vida cuyo centro de sentido es ya la propia ficcionalización. Incluso cuando peor lo estaba pasando, Altenberg rechazó ofertas de trabajo alegando que estaba demasiado ocupado llevando a cabo su propia existencia. Peter Altenberg es alguien a quien Richard Engländer conoce de toda la vida, pero de quien ya no tiene noticias. Podría pensarse que la adopción de un pseudónimo enlaza todavía en esos años con la tradición panfletista del xviii, con la necesidad política de permanecer en el anonimato o con las intenciones satíricas de buena parte del xix, o sencillamente con la distinción entre nombre ciudadano y nombre de pluma en las instituciones literarias; todas estas explicaciones dan coherencia histórica al uso de pseudónimos, al menos hasta que aparece uno concreto: Stendhal. Pero teniendo en cuenta que en 1883 Richard Engländer fue internado en un sanatorio al habérsele diagnosticado neurastenia gravis; que en diversas ocasiones estuvo ingresado con diagnósticos relacionados con la paranoia, la depresión y el alcoholismo, que Schnitzler tuvo que rescatarlo del psiquiátrico donde lo había ingresado su hermano; que además vivía de hotel en hotel, sin domicilio conocido que no fuese el Café Central; que intentaba cobrar por sus peroratas callejeras; que sin la ayuda de Kraus y Loos seguramente habría muerto mucho antes, de hambre, hasta el punto de que los escritores de Viena y Berlín tuvieron que hacer más de una colecta para echarle una mano; si tenemos en cuenta que todo ello le sucedía en la Viena que estaba descubriendo el psicoanálisis, no parece muy sensato explicar la adopción de un pseudónimo en términos meramente sociales, o como nom de plume. Peter Altenberg —o, sencillamente, P. A., que es como suele presentarse como personaje en sus textos— registra un profundo cambio de estatuto de la pseudonimia, que se extiende como proceso hasta las vanguardias.
Escribir sobre escritores de Café en la Viena de fin-de-siècle exige pedir perdón por la redundancia; la nómina es casi infinita: algunos más ilustres que otros, ejemplos de grafomanía desplegada en miles de páginas o autores de obra mínima, pero igualmente imprescindibles para comprender algo que uno de ellos, Stefan Zweig, supo explicar en sus memorias:
Para comprender esto hay que saber que el café vienés es una institución muy particular que no puede compararse sin más con ninguna similar en el mundo. Es, en realidad, una especie de club democrático al que tiene entrada todo el que consume una tacita de café y donde cada cliente, a cambio de esa pequeña consumición, puede quedarse sentado horas y horas para discutir, escribir, jugar a los naipes; donde puede recibir su correspondencia y, sobre todo, consultar un sinfín de diarios y revistas. (...) Es posible que nada haya contribuido tanto a la agilidad intelectual y a la orientación internacional del austriaco como esa posibilidad de informarse tan ampliamente sobre todos los acontecimientos del mundo en el café, donde a la vez los podía discutir con su círculo de amigos.
Pero todo se justifica cuando se trata de presentar un libro del autor que fue capaz de escribir este poema:
Tienes tus preocupaciones, sea esta, sea aquella... ¡al café!
Por algún motivo, por muy comprensible que sea, ella no puede venir a verte... ¡al café!
Tienes las botas destrozadas... ¡al café!
Tienes un salario de cuatrocientas coronas y gastas quinientas... ¡al café!
Eres un hombre correcto y ahorrador y no te permites ningún lujo... ¡al café!
Eres funcionario y te habría gustado ser médico... ¡al café!
No encuentras a ninguna que armonice contigo... ¡al café!
Te hallas internamente al borde del suicidio... ¡al café!
Odias y desprecias a los seres humanos y, sin embargo, no puedes prescindir de ellos... ¡al café!
Ya no te fían en ningún sitio... ¡al café!
En su «Autobiografía» de Lo que me trae el día, publicado en 1901, la pregunta por el género implica la pregunta por lo que el mismo escritor pueda ser: una pregunta por la mirada, interior y exterior al mismo tiempo; de ahí la propuesta de epitafio que Altenberg apunta al cabo de unos renglones: «Quiero que estas palabras adornen mi lápida: “Amó y vio”». Y sobre todo amó y vio en el Café. Primero, como casi todos los escritores vieneses del momento, en el Griensteidl, hasta que la especulación lo derribó, lanzando a todos sus escritores al destierro, tal como comentó Karl Kraus en su primer artículo publicado en el Wiener Rundschau el año 1896, «DieDemolierte literatur» («La literatura demolida»):
Se recogerán a toda prisa todos los utensilios de la literatura: la falta de talento, la sabiduría precoz, las poses, la megalomanía, las chicas de suburbio, las corbatas, el manierismo, los errores gramaticales, los monóculos, los nervios secretos. No puede quedar nada. Los poetas, dubitativos, son delicadamente acompañados a la puerta. Arrancados de sus rincones en penumbra, temen al día, la luz del cual les ciega, la abundancia de la cual les asfixia. Contra esta luz, un monóculo es bien poca protección; la vida destruirá las muletas de la afectación...
¿Adónde se dirige ahora nuestra joven literatura? ¿Cuál será su próximo Griensteidl?
Entre los afectados por aquel derribo se encontraba Peter Altenberg, que, como tantos más, buscó acomodo en algún otro establecimiento; concretamente, se mudó al Café Central, en el cual se instalaría para siempre, aunque en su caso esto significa simplemente que el Café era el lugar donde solía interrumpirse momentáneamente su vagabundeo, que incluía algunos otros locales diurnos y nocturnos y diversas pensiones que en absoluto constituían un domicilio, papel este reservado más bien a la calle misma y a su mesa del Café de Herrengasse, 1. De hecho, hoy la figura de Altenberg reproducida en cartón piedra da la bienvenida a la entrada del local, como un definitivo y triste exponente de la ciudad como simulacro. Como señala Claudio Magris reflexionando sobre el maniquí que reproduce su figura en una mesita de la entrada del no menos reproducido Café Central de Viena, seguramente Altenberg no se enfadaría ante la visión de tal simulacro: como tantos otros escritores vieneses de la época había comprendido «cuán difícil estaba siendo distinguir la existencia, inclusive la propia, de su imagen reproducida y multiplicada en innumerables copias».1
Karl Kraus le respetaba y admiraba profundamente —a diferencia de los sentimientos que le inspiraban otros habitués de aquel local—. En 1919 Kraus pronunció unas sentidas y significativas palabras en el triste sepelio de Altenberg, muerto como Richard Engländer, sin pseudónimo y en la ruina, libre ya de los filisteos vieneses que, según Kraus, no eran capaces de entrever lo que significaba su condición aparentemente miserable: «Tu disfraz solo se debía al azar de las circunstancias temporales y a la necesidad de ocultarte de ellos». Y en 1923, el gran arquitecto de aquella nueva Viena que se debatía entre demoliciones y construcciones, Adolf Loos, realizó el bello monumento funerario que ennoblece su tumba. Finalmente, en 1932 el mismo Kraus preparó y sufragó una antología de sus escritos que cabe considerar determinante en la evolución de las letras alemanas, especialmente en lo relativo a sus formas breves.
Esta excepcional relación de Kraus con Altenberg se explica porque la prosa de este último constituye la muestra más representativa de ese cruce de palabras públicas —publicadas— con incipientes proyectos literarios que todavía no saben que lo son, porque en realidad nunca llegarán a serlo. La primera publicación de Peter Altenberg, «Crónica de sucesos», muestra claramente el impacto de la lectura de periódicos en la escritura y la articulación del campo literario vienés. Se trata de un relato que vio la luz en el número 3 de la revista Liebelei, el 21 de enero de 1896. El texto comienza de manera tan rotunda como neutra: «Leyó en el café la siguiente noticia en el Extrablatt de fecha 21 de noviembre». A partir de una información periodística sobre una joven desaparecida, el narrador, en tercera persona, se refiere siempre a aquella muchacha como una fijación que le reordena «toda el alma»: la vida real del protagonista queda eclipsada por la existencia de la desaparecida. Simplemente con subrayar su nombre, pronunciarlo aisladamente, ya resultaba suficiente. La expectativa de nuevas informaciones, la inquietud ante la falta de noticias, lo que se comenta en las mesas del Café sobre aquel suceso protagonizado por «una callejera, eso es todo...» —comentarios que el narrador refuta imaginariamente, puesto que «sintió que quedaría muy ridículo si intercediera»— no hacen sino intensificar el deseo, un deseo que sobre todo es de saber más de aquella joven, a quien empieza a visualizar con todo detalle, para quien se inventa toda una historia y con quien, de hecho, comienza a imaginarse su vida. Fantasmagóricamente, la muchacha del Extrablatt empieza a formar parte esencial de su existencia. El hecho de comprar aquel día el diario (a pesar de que había en el Café, donde ya lo había leído, siete ejemplares) resulta una especie de apropiación casi fetichista del único objeto material posible, la noticia, que es desmaterializada, objetivada y desobjetivada en un solo gesto. Aquellas cuatro frases mal contadas de la prensa, cuyo centro inaccesible es un nombre, son arrastradas a múltiples conjeturas sobre el destino de la chica, e imaginaciones sobre quién sería el culpable de su desgracia —«¡El Minotauro “hombre” ha devorado a una virgen!»—, que pone en relación con sus lejanas lecturas sentimentales de la Bibliothèque Rose. «“¡Esa crucecita en el cuello, esos ojos atemorizados!” sorbía cada detalle»; y en cada detalle, el subrayado del periódico crece en la ficcionalización de una verdad que nunca podrá ser, pero que ya es la verdadera existencia del narrador, junto a la desaparecida: «¡Creer es casi ser! ¡Cuando creo en ti, existes!» De la cita objetivante se ha pasado a la cita subjetivante, creadora de un nuevo estado de subjetividad, que pasa del protagonista al narrador, y del narrador al lector, que además se encuentra por primera vez aquel relato en otra publicación periódica.
El narrador concluye distanciándose tanto del suceso como del protagonista para implicar al lector en el punto exacto donde aquella crónica excede lo sucedido: «Johanna H. continuó desaparecida». Nada, así pues, que pueda cerrar el relato, que dé un sentido último a un suceso que sigue sucediendo, sucediéndose como los días, abiertos por el narrador, en una continua transformación sin final de la propia existencia a partir de los recortes del periódico.
Sería fácil vincular este fragmento más bien a la conocida adoración de Altenberg por el género femenino, una especie de Frauenkult desarrollado en numerosos escritos, y a las múltiples fotografías de jóvenes anotadas por el escritor. Pero, por el momento, lo que interesa subrayar es cómo esa noticia reordena el día, los días del personaje y del narrador mismo. No es diferente la actitud que se convertiría en su poética personal, dando lugar a textos tan fragmentarios como la Vita ipsa (1918) o Lo que me trae el día (1911), por citar dos de los títulos de Altenberg que remiten a la disolución de la idea de obra en su literatura precisamente para recoger claramente la idea de realidad que la hace posible. Y, en esa idea de la propia literatura, son muy abundantes las anotaciones de Altenberg que, bajo el epígrafe «memorias» o «autobiografía», glosan precisamente la prensa. De manera parecida a como los dadaístas plantearon, más tarde, que del recorte de las palabras de un periódico del día, depositadas en una bolsa para luego extraerlas a ciegas, surgiría, merced a esa reordenación azarosa, un poema, y «el poema se parecerá a usted», la escritura del yo de Altenberg en este relato de textura autobiográfica se sustenta por igual en la palabra propia y en la recogida de la prensa.
Pero, además, los escritos de Altenberg son siempre anotaciones que, justo en el momento de concretarse, dejan de remitir al escritor mismo, a la figura del autor, para despersonalizarse, para ser el diario de cualquiera, de todos, de nadie. La forma de los escritos de Altenberg resulta, de entrada, desconcertante, hasta el punto de que una de las inteligencias más brillantes que le fueron contemporáneas, la de Hugo von Hofmannsthal, no supo caracterizarla más que con ciertas reservas y perplejidad: «Es un libro nuevo, una especie de libro», comenzaba su reseña de Como yo lo veo (1896); «no sé de qué clase. Está completamente lleno de pequeñas historias, como una cesta de fruta. (...) Los personajes de esas cien historias hacen las cosas más ordinarias y dicen las cosas más ordinarias, pero el poeta ve los fragmentos de sus destinos modestos con los ojos embriagados de alguien que mira un jardín mientras lo riegan».2 Pocas veces las dudas expresadas por un reseñista han resultado tan acertadas, seguramente en contraste con sus intenciones iniciales; aunque pocos años más tarde, en algunos aspectos, un tal Lord Chandos no se sitúe demasiado lejos del autor reseñado. Quizá deba entenderse como réplica a, entre otros, aquel artículo de Hofmannsthal la anotación que años más tarde Altenberg publicará en Pródromos (1906) bajo el título «Individualidad», que constituye, junto con «Arte» (1903), una especie de poética desdoblada —si es que no hay algo de poética en toda página suya—. Se refiere, de hecho, a la publicación de aquel primer libro: «La auténtica individualidad consiste en ser por adelantado y en solitario aquello que más tarde todos, todos han de ser. La falsa individualidad consiste en ser un capricho casual de la naturaleza, un ciervo blanco o un ternero bicéfalo. ¿A quién le serviría? ¡Formaría parte del museo de curiosidades de la humanidad!»
Hay que tener presente que la primera publicación de Altenberg se dio a iniciativa de Arthur Schnitzler y Karl Kraus, no del propio autor, lo cual añade un matiz de impersonalidad todavía más determinante, al tratarse de una escritura sin proyecto, sin intención de convertirse en obra, pero que sin embargo inicia una carrera literaria de manera brillante. No una carrera decidida por uno mismo, sino dirigida por otros, y además: ¿Hacia dónde? En un escrito autobiográfico, Altenberg lo aclara:
Un día, en el trigesimocuarto año de mi existencia vagabunda, estaba yo sentado en el Café Central, Viena, Herrengasse, en una sala revestida de un papel pintado de fabricación inglesa y de color dorado. En la última edición de la Gaceta, mi mirada se perdía en la fotografía de una chica de quince años desaparecida cuando iba de camino a su clase de piano. Se llamaba Johanna W. Profundamente emocionado, escribí mi bosquejo «Crónica local». Entonces entraron Arthur Schnitzler, Hugo von Hof-mannsthal, Felix Salten, Richard Beer-Hofmann y Hermann Bahr. Arthur Schnitzler me dijo: «¡No sabía que usted escribía! Está escribiendo en una cuartilla y tiene delante un retrato, ¡me parece intrigante!». Y se quedó mi bosquejo. (...) Tiempo más tarde Karl Kraus, también llamado La Antorcha, (...) envió a mi actual editor S. Fischer (...) algunas de mis crónicas, indicándole que yo era una persona muy original, un genio sin igual.
S. Fischer las publicó, y es así como me convertí en Peter Altenberg.
Si en aquel momento, en el Café Central, hubiera estado apuntando los cafés que llevaba meses debiendo, Arthur Schnitzler no se habría interesado por mí. (...) Sin embargo, son todos ellos quienes han “hecho” a Peter Altenberg. ¿Y en que me he convertido?
En un clochard.3
Quizá no sea insensato ver en Altenberg una de las fuentes de inspiración para Stefan Zweig al crear el personaje de Buchmendel, Mendel el de los libros, a quien tampoco se le conocía otro domicilio que su mesa en el Café Gluck.
Independientemente de lo no poco de leyenda que haya en todo esto, lo substancial es que remite a la misma fantasmagoría que sustenta «Crónica de sucesos», que con el giro autobiográfico remite a la escena inicial de un proyecto literario sin proyecto, pero que ocupará cientos de páginas parecidas a estas. El individuo asiste a la irrupción de su propio destino de forma inesperada, inaprehensible, imposible de encerrar en un sentido completo con forma de frase; lo único que puede esperar el escritor sentado en una mesa de un Café es que su destino entre por la puerta, o le sorprenda en las páginas del periódico, o le llegue como una frase entrecortada desde la mesa de al lado; al margen de la vida, el escritor está ya también al margen de sí mismo, en su mesa reservada, y solo del cruce de ambos márgenes surgirá la escritura del día.
La fragmentación de esos telegramas del alma, de esos estallidos —Splitter es un término recurrente en sus escritos— de vida, tiene que ver con esa ficcionalización agrietada continuamente por la realidad. La autobiografía remite ya a la vida de alguien que es consciente de esa fragmentación, y que reconoce el papel de la ficción en la vida cotidiana, hasta el punto de cederle su centro —vacío— de gravedad. En un tiempo en que nada escapa al desvanecimiento de la oposición entre verdad y falsedad, que el propio escritor parta de esa inestabilidad para comenzar —desesperada y lúdicamente— una nueva época de la subjetividad moderna aleja a Altenberg de una lectura meramente bohemia de su trayectoria personal y literaria. El componente cultural judío debe tenerse en cuenta en todas estas consideraciones, como ha señalado, entre otros, Jacques Le Rider, para quien la condición de judío asimilado resulta determinante no solo en Altenberg sino en un vasto conjunto de individuos para los cuales «la condición judía se convierte en una búsqueda, en una interrogación, una invención perpetua. Lo que parecía más bien un siglo sostenido por la Ley más rígida deviene flotante e indeterminado (...). Esta desubstancialización de la identidad del judío asimilado hace de él el prototipo del hombre posmoderno: inestable y solitario, liberado si quiere de las ideologías coercitivas, autónomo, y sin embargo constantemente inquieto en comparación con los otros, acechado por la tentación de abdicar del privilegio de ser un “hombre sin cualidades” para abandonarse a las i-dentificaciones, quizá precipitadas, que se proponen».
Esa totalidad es sustituida, como referencia última de los relatos, por algunos rastros de la realidad, nunca demasiados, de la que parecen haber sido arrancados —no siempre sin violencia—. Es Peter Altenberg quien abre el camino de una nueva comprensión de la importancia de la forma breve o ultrabreve (Kurz- undKürzestgeschichten), como la llamaría Heimito von Doderer, o de las pequeñas historias sin moral, en palabras de Alfred Polgar, que será determinante en la poética de Franz Kafka, Walter Benjamin y Joseph Roth, entre otros, que, sin olvidar el peso del aforismo y el fragmento en el pensamiento y la literatura germánicos, no se limitan a conservar su legado, sino que le aportan nuevas texturas narrativas. En esas formas, la tentación de absoluto cae por su falta de peso, se da por finalizada la pretensión de esperar de las autobiografías y memorias las satisfacciones que la novela decimonónica había deparado a los lectores menos exigentes, y de hecho ya anacrónicos, de aquel momento. El siglo xx ya no podrá ser el siglo de la Novela; podrá serlo de la narración, o de la prosa, sin más. Finalmente, nada más fragmentario que ese propio yo, cuya enunciación ya no tiene nada de anunciación de u-na verdad compacta sobre sí mismo y sobre el mundo, sino que sabe que lo único que podrá alcanzar será el estilo de un instante:
He mirado las musarañas en los bosques, he sido jurista sin haber estudiado derecho, médico sin haber estudiado medicina, librero sin vender libros, amante sin casarme, y, por último, poeta sin escribir poemas. Pues ¿son acaso poemas mis bagatelas? En absoluto. Son extractos. Extractos de la vida. La vida del alma y del día con sus azares y avatares, concentrada en dos o tres páginas, despojada de todo lo superfluo (...). ¡Amo el procedimiento abreviado, el estilo telegráfico del alma!
A la fragmentariedad de la realidad se corresponde la de la escritura, la una y la otra se exigen, se reconocen, se aceptan, se respetan; la fugacidad aforística de la palabra se relaciona con la velocidad a la que se desarrollan los acontecimientos y con la necesidad de una síntesis comprensiva, aunque sea precaria, provisional, que sin embargo se sabe desmentida por la palabra siguiente. A la disolución de la compacidad de la realidad le corresponde también la disolución de fronteras entre los géneros; todo cuanto hace temblar la mirada, todo cuanto hace que el individuo busque su recogimiento, pasa a la mirada escrita y añade el repliegue genérico de la escritura, que se hace más autobiográfica, especialmente en forma dietarística e itinerante, pero sin esperar que a cada página comparezca más sólidamente conformada la individualidad; como en una Bildungsroman al revés, para todo escritor vienés de formas breves, pero especialmente para un clochard como Altenberg, la desaparición fue siempre su Beatrice.
antoni martí monterde
1. Claudio Magris, El Danubio, (1986), trad. cast. de Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama, 1988 (2000); p. 156.
2. Hugo von Hofmannsthal, «Un nouveau livre viennois» [reseña de Wie ich es sehe (1896), de Peter Altenberg], trad. fr. de Albert Kohn en Lettre de Lord Chandos et autres essais, París, Gallimard, 2003; p. 55-56.
3. Peter Altenberg, «Comment je suis devenu Peter Altenberg», recogido en Télégrammes de l’âme, trad. fr. de Catherine Krahmer y Jeanne Heisbourg, Lausanne, éditions de l’Aire, s. f.; pp. 83-85.
IntroducciónAdan Kovacsics, a la edición de 1997
Poco después de la muerte de Peter Altenberg, Thomas Mann confesó, en un texto dedicado a él, su «amor al primer sonido» por Wie ich es sehe (‘Como yo lo veo’), la obra con que Altenberg inició su carrera literaria en 1896. De hecho, Wie ich es sehe no se publicó por iniciativa del autor, sino a instancias de Arthur Schnitzler y Karl Kraus. El libro tuvo un éxito enorme y se reeditó once veces hasta 1919. Desde luego, marcó un hito en la historia de la literatura austríaca, por su estética, por su modernidad, por su compromiso social. Incorporaba elementos de las corrientes literarias europeas del momento (simbolismo, impresionismo), pero manteniendo un tono absolutamente propio y auténtico.
Peter Altenberg (pseudónimo de Richard Engländer) nació el 9 de marzo de 1959 en Viena, en el seno de una acomodada familia de comerciantes judíos. Interrumpió en 1880 sus estudios de derecho y de medicina. Todos sus intentos de integrarse en la vida profesional y burguesa fracasaron. La adopción del pseudónimo simbolizó también la ruptura con la familia y con todo tipo de ligazones sociales. Altenberg llevó una vida de bohemio. Sin residencia fija, vivió primero en casa de su hermano Georg Engländer, el encargado de la empresa familiar, y luego en hoteles (hotel London en la Wallnerstrasse, cerca del Café Central, y a partir de 1913 en el Graben-Hotel en la Dorotheergasse). También era cliente habitual de diversos balnearios. Dormía de día y se pasaba las noches en cafés, restaurantes y locales nocturnos. En 1897 su nombre aparece por vez primera en el calendario de literatura de Kürschner, con la siguiente dirección: Viena I, Café Central. Su fascinante figura dio pie a múltiples anécdotas (véase, por ejemplo, la que aparece en los Aufzeichnungen de Hugo von Hofmannsthal).
Era, desde luego, todo un personaje de la vida nocturna vienesa, que tras la hora de cierre solía acabar la noche pronunciando discursos ante los cocheros y prostitutas apostados en alguna céntrica calle de la cuidad. Además, “cobraba” por sus ingeniosas reflexiones en los cafés. De este modo, varios de sus “contertulios” le pagaban cada mes una módica y discreta aportación (por ejemplo, el actor Josef Kainz o el fabricante barón Julius Muhr), a la que se añadían algunas contribuciones de carácter más irregular (de Karl Kraus o Adolf Loos, entre otros).
Hasta 1903 tuvo una vida bastante desahogada económicamente, pues percibía una renta mensual de su hermano. La situación, sin embargo, dio un vuelco a partir de la quiebra de la empresa de Georg Engländer. En varias ocasiones se realizaron colectas públicas (en Berlín y en Viena) para ayudar al escritor.
Desde 1910 sufrió una serie de crisis debido a su alcoholismo y a sus síntomas de depresión maníaca y de paranoia (en 1883, un psiquiatra ya le diagnosticó una neurastenia gravis).Entre 1910 y 1911 permaneció doce meses, con interrupciones, en un sanatorio de Inzersdorf (al sur de Viena). En todo este período es de destacar la figura de su amiga Helga Malmberg, que en aquel entonces tenía unos dieciocho años y lo apoyó hasta la extenuación. Tras una estancia en las montañas de Semmering (entre otoño de 1911 y otoño de 1912), Altenberg fue internado por iniciativa de Georg Engländer en el psiquiátrico de Steinhof (10 de diciembre de 1912), donde permaneció hasta el 28 de abril de 1913. Logró salir gracias a los esfuerzos de Arthur Schnitzler. Ese verano viajó a Venecia con Adolf Loos, donde convivió con este, Bessie Loos y Karl Kraus en el Lido y vio a Ludwig von Ficker y Georg Trakl, que a la sazón se encontraban en Venecia. Sin embargo, siguió consumiendo alcohol en cantidades ingentes, así como somníferos (entre 1912 y 1919 aumentó su dosis diaria de paraldehído de cinco a cuarenta gramos).
Su estado hizo que apenas prestara atención al estallido de la guerra mundial en 1914. Si bien se llenó grotescamente la chaqueta de medallas e insignias en las que podía leerse, por ejemplo, «Dios castigue a Inglaterra», actitud por supuesto criticada por su amigo Karl Kraus, no participó de la euforia bélico-literaria que se desató y en la que cayeron, entre otros, Hermann Bahr, Alfred Kerr, Ganghofer, el propio Hof-mannsthal o Richard Dehmel, quien se alistó voluntario a los cincuenta y un años. El 8 de enero de 1919, poco después del derrumbe definitivo de la monarquía austrohúngara, Peter Altenberg murió en Viena de una pulmonía.
Altenberg fue desde luego uno de los literatos más influyentes de la Viena finisecular. Robert Musil lo consideró «el mejor poeta del fin de siglo» y declaró que, con Baudelaire, Huysmans y Dostoievski, marcó «el tono de la juventud de aquella época». Su influencia fue enorme y puede rastrearse, por ejemplo, en la obra de Thomas Mann (véase Tristán),de Franz Kafka (véase «Informe para la academia», «Un artista del hambre») y de Rilke. Por supuesto, no todo eran luces: Arthur Schnitzler, por ejemplo, trabajó en un drama crítico (inacabado) con la intelectualidad vienesa cuyo personaje central era Altenberg (la idea le vino cuando Erwin Lang, hijo de la feminista Marie Lang, se suicidó por amor a Lina Loos. Se cuenta que Peter Altenberg provocó el suicidio diciéndole al joven: «Muérete, que ella es una diosa»). No obstante, Altenberg cayó más tarde en el olvido, sobre todo en la época del nazismo, cuando sus libros fueron considerados la obra de un «judío decadente, ingenioso y banal». A partir de 1945, sin embargo, ha habido un interés renovado por su obra y su figura, sobre todo en Austria, naturalmente, pero también en otros países como, por ejemplo, Francia y los Estados Unidos.
En su texto de 1919 Thomas Mann contraponía el «puntillismo» que caracterizaba Wie ich es sehe al «espíritu épico». Altenberg buscaba precisamente ese «estilo telegráfico del alma»: «Quiero describir a un ser humano en una frase, una vivencia del alma en una página, un paisaje en una palabra». Toda su obra se basa en textos breves. Estos van desde el aforismo hasta los bosquejos y las narraciones breves que pocas veces superan las dos o tres páginas. Consideraba fotografías sus creaciones: «El artista más grande es la naturaleza, y sus tesoros se pueden conseguir fácilmente con una Kodak en una mano verdaderamente humana y afectuosa». Su «reduccionismo» influyó también en la música, como lo demuestran los Altenberg-Lieder op. 4 (1912) de Alban Berg, un gran admirador suyo, como lo eran también Schönberg y Webern.
Peter Altenberg se consideró un portavoz del alma femenina. Idealizó a la mujer, y su obra recuerda en muchos momentos la poesía trovadoresca. Sus textos casi siempre iban dirigidos a un público femenino, en el cual contaba con numerosas admiradoras. Su propio seudónimo es, de hecho, un homenaje a la mujer: después del bachillerato, pasó varios veranos en la casa de campo de la familia Lecher en Altenberg, un pueblo sobre el Danubio, no lejos de la frontera con Hungría. Una de las hijas de la familia era Bertha, que tenía a la sazón trece años y a quien sus hermanos humillaban y llamaban Peter. Richard Engländer se enamoró de ella, y hasta el final de su vida, una fotografía de Bertha Lecher colgó sobre su cama. En 1896, cuando publica su primer texto, «Crónica de sucesos», en la revista Liebelei,ya ha adoptado el seudónimo de Peter Altenberg.
Toda la obra de Altenberg está marcada por la simpatía y la identificación con la «mujer joven e indefensa en la sociedad burguesa». El hombre siempre aparece como un ser aburguesado y despreciable, empeñado en lo material y desconocedor del alma de las mujeres, de las que solo pretende aprovecharse sexualmente. Según Altenberg, su misión consistía en salvar el alma y el cuerpo de la mujer del «yugo del placer masculino». Ensalzaba, por tanto, a las adolescentes, más «espirituales» y menos «grasas» que la mujer madura. Su visión se inscribe en una concepción que estaba muy difundida en la vida intelectual de la Viena finisecular: la mujer como más vital, más cercana a la vida, más fuerte y sincera que el hombre (véase Karl Kraus). Esta concepción podía tener una perspectiva positiva o negativa (este otro punto de vista es el que asume Otto Weininger, por ejemplo). De hecho, Egon Friedell comenta que el culto de Altenberg a la mujer es la versión «en positivo de la filosofía de Weininger sobre la mujer». Sin embargo, hemos de recordar que la obra de Altenberg empezó a publicarse a finales del siglo pasado y que Sexo y carácter solo apareció en 1903.
Algunos consideraron sus actitudes de bohemio una pose («El arte es el arte, la vida es la vida, pero vivir artísticamente es el arte de vivir»). Karl Kraus y Adolf Loos, sus amigos y valedores, afirmaban, en cambio, que su figura y sus posturas bufonescas eran auténticas, que su forma de vida era parte esencial de una ética antiburguesa y antiutilitarista, que su máscara era la verdad. Los tres compartían la lucha por la simplicidad y en contra del ringorrango, que era una cruzada no solo estética, sino también, y sobre todo, ética. Los tres veían una misión ética en el arte. Atentos a la crisis del simbolismo y del arte por el arte en el campo de la literatura, tanto Kraus como Altenberg rescatan el lado ético y vital del artista; por otra parte hurgan en la realidad, tratando de desembarazarse de encorsetamientos literarios y eliminar todo cuanto se interpone entre la realidad y la escritura; cada uno a su manera crea una obra cuyos personajes son los de la vida real en la Austria de la época. De los tres, Altenberg era el menos polémico, el más “dulce”; sin embargo, su opción en el arte y en la vida fue del todo radical. Su antimaterialismo tenía tintes metafísicos próximos al platonismo y, al mismo tiempo, rabiosamente concretos: «La materia es demasiado pesada... Solo el esqueleto del ser humano es hermoso... ¡Santa delgadez, fiel guardiana de nuestra movilidad! ¡Ojalá seas el objetivo de las futuras generaciones!».
A pesar de ser un marginado, un “personaje”, un “genio”, era un hombre que siempre se hallaba en el “centro”. Su vida transcurrió en el centro del imperio austrohúngaro (aparte de su estancia en Stuttgart y su viaje a Venecia con los Loos, apenas se alejó de la capital, que fue siempre su ámbito; esto incluye los típicos balnearios y lugares de vacaciones de los capitalinos: Vöslau, Reichenau, Semmering y, un tanto más lejos, Gmunden). Dentro de Viena, toda su vida y su intensa actividad se desarrollaron en el centro mismo de la ciudad. Además, formaba con Karl Kraus y Adolf Loos un trío que también ocupaba el centro del debate y la polémica, por su feroz lucha por la sinceridad, la claridad, en contra de la hipocresía moral, social y política reinante. Algo parecido ocurre en su relación con la sociedad. Bohemio y marginado, prestaba, sin embargo, su atención sobre todo a las clases sociales acomodadas; las capas populares estaban para él representadas por las criadas, cocheros, camareras y camareros que rodeaban al mundo burgués.
Peter Altenberg es un escritor absolutamente moderno, un precursor que articula muchos de los puntos de vista de hoy en día: el interés por el cuerpo, por una vida sana, por una dieta equilibrada, la afirmación de la naturaleza, el rechazo de la industrialización desaforada, el compromiso con los sectores marginados de la sociedad. Al mismo tiempo, manifiesta las contradicciones de una personalidad totalmente urbana e inmersa en la civilización industrial. De hecho, es absolutamente actual, tanto por la forma de su obra como por su contenido.
Obras de Peter Altenberg
Wie ich es sehe (‘Como yo lo veo’, 1896), Was der Tag mir zuträgt (‘Lo que me trae el día’, 1901), Prodromos (1906), Märchen des Lebens (‘Cuentos de la vida’, 1908), Bilderbogen des kleinen Lebens (‘Estampas de la vida humilde’, 1909), Neues Altes (‘Nuevo, viejo’, 1911), Semmering 1912 (1913), Fechsung (‘Cosecha’, 1915), Nachfechsung (‘Segunda cosecha’, 1916), Vita ipsa (1918), Mein Lebensabend (‘El ocaso de mi vida’, 1919), Der Nachlass (‘Papeles póstumos’, ed. de Alfred Polgar, 1925).
La edición más completa en la actualidad es la de Gesammelte Werke in fünf Bänden, Viena-Francfort, 1987 ss. (edición a cargo de W. J. Schweiger). Hasta el momento se han publicado dos tomos de los cinco previstos. La antología más célebre es la publicada por Karl Kraus (Viena, 1932, 530 pp.) La presente edición incluye textos de todas sus obras y está ordenada cronológicamente.
Bibliografía1
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couffon, Miguel, Peter Altenberg. Érotisme et vie de bohème à Vienne, puf, París, 1999.
friedell, Egon, «Peter Altenberg». En Kleine Porträt-galerie, Múnich, 1953.
lindinger, Michaela, Sonderlinge, Außenseiter, Femmes Fatales. Das “andere” Wien um 1900, Amalthea, Viena, 2015.
mann, Thomas, «Peter Altenberg». En Werke, vol. 12, Francfort, 1968.
nienhaus, Stefan, Das Prosagedicht im Wien der Jahrundert-wende. Altenberg, Hofmannsthal, Polgar. Nueva York, 1986.
rößner, Christian, Der Autor als Literatur. Peter Altenberg in Texten der “klassischen Moderne”, Peter Lang, Frankfurt / M., 2006.
schaefer, Camillo, Peter Altenberg. Ein biographischer Essay. Viena, 1980.
schoenberg, B. Z., «‘‘Woman-Defender’’ and ‘‘Woman-Offender’’: Peter Altenberg and Otto Weininger». En Modern Austrian Literature, 20, 1987, pp. 59-62.
simpson, Josephine, Peter Altenberg. A Neglected Writer of the Viennese Jahrhundertwende, Fráncfort, 1987.
stein, Gerd, Peter Altenberg und Egon Friedell Zum Wiener Impresionismus der Jahrhundertwende. Salzburgo, 1973.
wysocki, Gisela von, Peter Altenberg. Múnich-Viena, 1979.
Adan Kovacsics
1. Actualizada para esta edición.
Páginas escogidas
Como yo lo veo
Nueve y once2
Margueritta estaba cerca de él.
Se apoyaba en él.
Le cogía la mano con sus manitas y la sujetaba con fuerza. A veces la apretaba contra su pecho con suavidad.
Solo tenía once años.
—Margueritta es la filántropa —decía la madre al joven—. Rositta es diferente... Ama la soledad, la naturaleza y los animales. Ahora se ha encariñado con un perro zorrero amarillo, un tal señor Von Bergmann. Ayer tuvo la fortuna de serle presentada. Y hoy lleva los bolsillos llenos de terrones de azúcar para él... pero es un amor desdichado.
—¿Cómo que desdichado?... —saltó la niña—. ¡Lo quiero! No paro de pensar en él... ¡Y eso me colma de felicidad!
Rositta, de nueve años de edad, era pálida y delicada.
Margueritta decía:
—¡Ay, Rositta es una exagerada!...
—¿Por qué? —preguntó la hermana, y palideció.
—¡Sí, una exagerada!... ¡Quiere ser pastora alpina en el monte Patscherkofl y aprender a tocar la cítara!
Rositta:
—¡Es que el hostelero de Igls tocaba la cítara y cantaba tan bonito...! ¡Y ni siquiera se daba cuenta de que cantaba tan bonito!... ¡Estaba ahí sentado y cantaba...!
Margueritta:
—Rosie tiene voz de contralto y ella misma escribe sus canciones. A veces canta por la mañana: «¡Oh, mis montañas, mis montañas!...». ¡Pero la verdad es que es una exagerada!...
La madre dijo:
—Pero si eso no es una canción: «¡Oh, mis montañas!...».
Rosie miró a su hermana, sorprendida, cohibida.
Margit aseguró:
—¡Que sí, que es una canción!... ¡Mamá, tú no lo entiendes! ¡Solo nosotras lo entendemos! Es una canción, ¿no es cierto, señor?...
El joven contestó:
—¡Sí!
Pensó: «Un alma humana hecha sonoridad... ¡una canción!». Sondeó con la mirada ese mundo de dos almas infantiles. Margueritta era el amanecer rosado... solo se podía expresar así. ¿Pero la otra, la pastora del Patscherkofl, la niña pálida y delicada que quería aprender a tocar la cítara y cantaba con voz de contralto: «¡Oh, mis montañas, mis montañas!...»?
Se hizo de noche.
Estaba sentado entre las dos niñas en un banco de la explanada. Margueritta apoyó la cabecita rubia sobre sus rodillas y se durmió. Rosie contemplaba el lago...
Ambas dulces y blancas almas infantiles habían volado hacia él. Pero solo Margueritta lo quería de verdad, y él solo de verdad a ella la quería.
Pero ¿qué quiere decir “de verdad”?
Sobre la otra flotaba el destino. Algo en ella cantaba: «Oh, mis montañas...». No obstante, lo besó con enorme dulzura y dijo:
—Oye, señor Albertito...
“De verdad, de verdad”, sin embargo, ella solo amaba... ¡al señor Von Bergmann, ese ser de pelo amarillo, patitas torcidas y orejas gigantescas! Cuando Von Bergmann pasaba zanqueando, ella sentía un profundo deseo... Allí estaba ella con los terroncitos rechazados, y los tiró al agua... El joven percibió la profundidad.
La madre dijo simplemente:
—Rositta es difícil de tratar. Procuro que duerma mucho. Quiero mantenerla alejada de las excitaciones...
El corazón materno también percibía ese “destino que flota”.
El joven trataba a ambas por igual. Daba besos a las dos, paseaba por la explanada de la mano de las dos, y con las dos remaba lentamente arriba y abajo al atardecer... Y a ambas regaló como despedida, en otoño, sendos broches de oro que representaban unos cencerritos y llevaban grabadas estas palabras: «A orillas del lago».
Al otro día, Rositta cantaba en la ciudad con voz de contralto:
—¡Oh, mis montañas, mis montañas!
Era una canción... ¡una canción, claro que sí!
Margueritta escuchaba y pensaba: «¡Es una poetisa, una cantante!». Luego se limitó a decir:
—Rosie, ¡eres una exagerada!
De diecisiete a treinta
Fui un día al Primer Peluquero de la Corte.
Olía a agua de colonia, a batas de lino recién lavadas y a ligero humo de cigarrillo... Sultan flor, Cigarettes des Princesses égyptiennes.
Sentada a la caja había una muchacha muy joven, de pelo rubio claro ysedoso.
«¡Ay —pensé para mis adentros—, vendrá un conde y te seducirá, preciosa!».
Me miró, con una mirada que decía: «Quienquiera que seas, uno entre miles, te diré que tengo toda una vida por delante, toda una vida... ¿sabes?».
Lo sabía.
«¡Ay —pensé para mis adentros—, también puede que sea un príncipe!».
Se casó con un cafetero que falleció al cabo de un año.
Tenía ella la constitución de una gacela. La seda y el terciopelo no acrecentaban su belleza... Seguramente, alcanzaba el máximo esplendor desnuda.
El cafetero falleció.
La encontré en la calle con un hijo.
Me miró, con una mirada que decía: «A pesar de todo, tengo toda una vida por delante, toda una vida... ¿sabes?».
Lo sabía.
Un amigo mío padecía de tifus. Rico y soltero, vivía en una villa a la orilla del lago.
Cuando fui a visitarlo, una joven dama de pelo rubio claro y sedoso le estaba poniendo compresas de hielo. Las delicadas manos de la joven habíanquedado totalmente cuarteadas por el agua helada. Me miró: «¡Así es la vida!... ¡Lo amo!... ¡Porque la vida es así!...».
Cuando se curó, el hombre dejó la dama a otro joven rico...
Simplemente la traspasó, así sin más...
Era verano.
Más tarde, ya en otoño, lo embargó el anhelo.
La joven lo había cuidado, había arrimado a él su dulce cuerpo de gacela...
Le escribió: «¡Ven conmigo!...».
Una noche de octubre la vi entrar con él en el maravilloso vestíbulo donde ocho columnas de mármol rojo fulgían...
La saludé.
Me miró: «La vida ha quedado atrás, la vida... ¿sabes?».
Lo sabía.
Fui al Primer Peluquero de la Corte.
Aún olía a agua de colonia, a batas de lino recién lavadas y a ligero humo de cigarrillo... Sultan flor, Cigarettes des Princesses...
Sentada a la caja había una muchacha muy joven de pelo castaño y ondulado.
Me miró, con la mirada grandiosa y triunfante de la juventud... profectio Divae Augustae Victricis...:«Quienquiera que seas, uno entre miles, te diré que tengo toda una vida por delante, toda una vida... ¿sabes?».
Lo sabía.
«Ay —pensé para mis adentros—, vendrá un conde y te seducirá... ¡pero también puede que sea un príncipe!».
La naturaleza
Durante el paseo llevaba puesta la chaqueta de ella. Era de color pardo claro por fuera y de seda violeta por dentro. El perfume de la seda lo embriagaba, lo arrullaba...
Respiraba ese aroma que del esbelto, cálido y ambarino cuerpo de la señorita fluyera a la suave seda: extrait fleur d’Anita...
—¿Por qué se ha puesto usted la chaqueta? —preguntó la señora von E.—. ¿Le divierte? Pero ¿por qué?...
—Lo he hecho por cortesía —respondió él—. Es una chaqueta como otra cualquiera... Y es un gesto que hay que hacer...
Había un columpio en el huerto de los perales junto al pequeño hostal situado a la orilla del lago.
—Colúmpieme... —dijo la señorita.
Ella volaba hacia él, y él tenía entonces la sensación de una enorme proximidad; a veces le tocaba el vestido, y una vez hasta...
—¿Por qué ha columpiado usted a la señorita?... —preguntó la señora von E.—. Es cosa de niños, de las que se ven en los libros de estampas; nunca he visto que lo hicieran adultos...
Él dio la callada por respuesta.
«No deja de ser un estudiante de instituto...», pensó la señora von E.
Un día que yacía con la muchacha en la hierba corta, cálida y seca bajo el sol del atardecer allá sobre la colina, el joven le tocó ligeramente la mano. El viento soplaba tibio. Un pájaro hacía «ji ji ji ji jia...». Al cabo de un tiempo se puso el sol. El viento sopló frío.
—¿Cómo le ha ido...? —preguntó la señora von E. al caballero.
—Oh,ha sido hermoso... Primero hace calor y está todo seco, después baja la temperatura, el sol vespertino nos envía su resplandor, el lago cubierto de franjas color cobreño y color verde botella se torna plomizo, la temperatura baja y los prados empiezan a aromar y a humedecerse...
—Todo un poeta... —dijo la señora von E.
A la noche siguiente, la señora von E. remaba sola en su botecito... Lentamente, bordeaba la orilla...
Ahí apareció la línea gruesa y verde oscuro de los castaños sobre los grises y ciclópeos muros del dique, luego una pequeña villa de madera en que yacía un poeta moribundo, luego una villa grande, de piedra, con candelabros de hierro forjado en que yacían un matrimonio moribundo y dos florecientes niños, y luego el jardín de la duquesa, que había perdido a un hijo a quien nunca había poseído. Los negros avellanos dejaban caer las ramas en el agua. Después venían los prados cubiertos de delgadas hierbas palustres y de dorados dientes de león y venían los juncos con los penachos color pardo claro que crujían. El poeta diría: «Y se susurraban historias, historias...».
Después venían los prados sumidos en un silencio absoluto...
La señora von E., sentada en su botecito en una posición un tanto inclinada, disfrutaba la paz vespertina...
Una velada poética
Ante cada plato había una copa con forma de cáliz y con unas dalias enanas de fúlgido color rojo. Sobre el mantel había un camino de mesa ricamente bordado en seda roja. En dos profundas fuentes rojas había unas naranjas de intenso color rojo, y las pastas secas puestas en el interior delos centros de mesa de plata estaban todas revestidas de un glaseado rojo de frambuesa.
El teniente tenía las solapas rojas; la señorita que ocupaba el lugar a su lado, las mejillas rojas; la novia se sonrojaba cada vez que el novio la besaba; y la pantalla de seda roja de la lámpara inundaba el espacio con un vaho rojo y ardiente. Solo la joven ama de casa estaba pálida. Había puesto toda esa “sinfonía en rojo” en honor de la pareja de novios yse mostraba pálida y nerviosa, como corresponde a toda naturaleza poética.
Después de la cena se sirvió un “clericó” en hermosas copas verdes, yla joven ama de casa reunió a todos en torno y leyó, con acento maravillosamente delicado, un encantador poema que escribiera para la pareja de novios.
Tuvo que recitarlo una segunda vez, y volvió a leerlo con ese tono maravillosamente delicado.
