Paisajes de la mente – 3 novelas psicológicas clásicas - Brontë Emily - E-Book

Paisajes de la mente – 3 novelas psicológicas clásicas E-Book

Brontë Emily

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Beschreibung

En 'Paisajes de la mente – 3 novelas psicológicas clásicas', el lector se embarca en un viaje literario a través de la exploración de las profundidades de la psique humana. El volumen destaca por su diversidad de estilos literarios, desde el simbolismo oscuro hasta el análisis introspectivo. Esta antología reúne obras icónicas que exhiben un enfoque incisivo sobre la complejidad de la mente, explorando temas de identidad, el conflicto interno y la alienación. Cada pieza de la colección se articula con precisión, desplegando un impresionante mosaico de emociones y cuestionamientos universales. Los autores seleccionados, Emily Brontë, Joseph Conrad y Franz Kafka, son figuras prominentes cuyos trabajos han desafiado las convenciones literarias de sus épocas. Emily Brontë, conocida por su estilo gótico, infunde la colección con una atmósfera etérea y a menudo tormentosa. Joseph Conrad, con su penetrante enfoque psicológico, añade una dimensión de introspección y análisis del subconsciente. Por último, Kafka, maestro del existencialismo y el absurdo, contribuye con su aguda percepción sobre la condición humana. Juntos, sus narrativas intersectan con movimientos literarios significativos, destacando su habilidad única para explorar las sombras de la mente. Recomendar 'Paisajes de la mente' es invitar al lector a un diálogo literario con tres de los autores más influyentes de la literatura clásica. Este compendio no solo permite disfrutar de una rica variedad de perspectivas y estilos, sino que también proporciona una valiosa oportunidad educativa. Ofrece un espacio para reflexionar sobre las múltiples facetas de la experiencia humana y el papel del individuo en su entorno psicosocial. Aquellos que buscan una profunda inmersión en las intricaciones del yo encontrarán en estas novelas un recurso inigualable para enriquecer su comprensión del mundo interior. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción unifica los hilos argumentales, explicando por qué estos autores y textos tan diversos se encuentran en una misma recopilación. - El Contexto Histórico examina las corrientes culturales e intelectuales que moldearon estas obras, aportando una visión sobre las épocas compartidas (o divergentes) que influyeron en cada escritor. - Un Análisis colectivo destaca temas comunes, variaciones estilísticas y cruces significativos en tono y técnica, uniendo a escritores de diferentes orígenes. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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Emily Brontë, Joseph Conrad, Franz Kafka

Paisajes de la mente – 3 novelas psicológicas clásicas

Edición enriquecida. Cumbres Borrascosas, El corazón de las tinieblas, El castillo
En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura.
Introducción, estudios y comentarios de Carlos Mendoza
Editado y publicado por e-artnow Collections, 2026
EAN 4066339988460

Índice

Introducción
Contexto Histórico
Paisajes de la mente – 3 novelas psicológicas clásicas
Análisis
Reflexión

Introducción

Índice

Visión curatorial

Esta colección reúne Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, El castillo de Franz Kafka y El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad para explorar cómo la novela psicológica desentraña los impulsos que gobiernan la conducta humana. Aunque proceden de sensibilidades distintas, comparten una búsqueda rigurosa de la interioridad: pasión irreductible, alienación frente a estructuras impenetrables y examen de la culpa y el deseo. Al colocarlas en conversación, se dibuja un mapa de tensiones entre individuo y mundo, emoción y poder, lucidez y sombra. El objetivo es ofrecer un recorrido comparativo que haga visible el espesor ético y estético de estas obras.

El hilo conductor es la representación del yo asediado: el yo movido por afectos extremos, el yo perdido en un sistema inescrutable, el yo que se mira en la oscuridad para medir su límite moral. Desde esa premisa, la colección propone pensar la mente como paisaje, con zonas de tormenta, círculos de espera y ríos de ambivalencia. El diseño curatorial traza un arco que va del desbordamiento íntimo a la confrontación con la autoridad y, finalmente, al examen de la conciencia en situaciones límite. La intención es exhibir contrastes y continuidades sin reducir las singularidades de cada novela.

Se eligieron estas tres novelas para enfatizar la variedad de estrategias formales que configuran la psicología narrativa. Una voz intensamente afectiva, una mirada que convierte el procedimiento en enigma y un relato que vuelve la percepción un problema ético revelan que la interioridad no es un dato sino una construcción. La colección busca visibilizar cómo el punto de vista y la atmósfera modelan el juicio moral del lector, y cómo la tensión entre relato y experiencia desestabiliza certezas. Desde esa perspectiva, se privilegia el examen de escenas mentales antes que la mera acumulación de acontecimientos.

A diferencia de su circulación por separado, la agrupación permite lecturas en espejo y ritmos de contraste. Se plantea una secuencia que potencia relaciones temáticas y formales, subrayando inflexiones del género que podrían pasar desapercibidas en un acercamiento aislado. El conjunto privilegia conexiones transversales: intensidades afectivas que encuentran su contrapunto en opacidades burocráticas y en incertidumbres éticas. Esta organización, pensada como itinerario crítico de la interioridad, ordena la experiencia de lectura para que el diálogo entre las obras emerja con nitidez y continuidad. Con ello se refuerza un arco común sin diluir las diferencias.

Interacción temática y estética

Los textos dialogan mediante espacios que funcionan como proyecciones de la mente: un entorno áspero donde el afecto deja marcas indelebles, una fortaleza inaccesible que convierte la espera en destino, un trayecto que encarna la atracción de la oscuridad. Esos escenarios, sin necesidad de explicitar reglas externas, revelan cómo los personajes interpretan signos ambiguos y producen sentidos inestables. La circulación de rumores, la opacidad de las motivaciones y la ansiedad por el reconocimiento articulan un coro psicológico que atraviesa las tres novelas. El orden del volumen invita a comparar ritmos, densidades y grados de incertidumbre.

Se repiten motivos que, sin agotarse, cambian de registro: la puerta cerrada como frontera emocional, la voz que duda de sí misma, el deseo que se vuelve norma destructiva, el poder que se oculta tras procedimientos. También comparecen símbolos elementales —viento, piedra, niebla, noche— que en cada caso asumen funciones psicológicas distintas. El gótico pasional de Emily Brontë, la alegoría administrativa de Franz Kafka y la oscura introspección de Joseph Conrad generan tensiones productivas. El lector percibe vibraciones cruzadas entre intensidad lírica, ironía sobria y conciencia culpable, cada una modulada por decisiones de focalización y tono.

En términos morales, las novelas insisten en dilemas sobre responsabilidad, daño y obediencia. Se examina cómo el entorno legitima la violencia simbólica y cómo el vínculo íntimo puede devenir prueba de resistencia o de entrega. Surgen preguntas sobre la posibilidad de conocer al otro y sobre el precio de ese conocimiento. Las estrategias narrativas refuerzan la ambigüedad: relatos enmarcados, voces filtradas y percepciones quebradas hacen del juicio una tarea movediza. El resultado es una cadena de espejos en la que deseo, ley y culpa interactúan, dejando al descubierto la fragilidad de cualquier certeza interior.

Aunque no medie una referencia explícita, pueden rastrearse afinidades que sugieren ecos. La ferocidad afectiva que Emily Brontë organiza en su paisaje se percibe, en otra clave, cuando Joseph Conrad explora el magnetismo de la oscuridad y las fronteras del remordimiento. A su vez, la lógica opaca que Franz Kafka despliega ilumina, por contraste, los modos en que las otras novelas representan la autoridad como experiencia íntima. Estas resonancias no implican dependencia, sino una constelación de problemas compartidos —aislamiento, poder, deseo— que permiten leer cada obra como respuesta parcial a una misma inquietud sobre la conciencia.

Impacto perdurable y recepción crítica

La vigencia de esta colección se explica por su capacidad para articular preguntas que siguen activas: cómo se forma la identidad bajo presión, de qué modo las instituciones y los vínculos reescriben el yo, y qué límites éticos impone la conciencia. En un panorama cultural saturado de relatos veloces, estas novelas ofrecen una atención sostenida a la complejidad psicológica. Su lectura propicia una sensibilidad crítica ante la responsabilidad individual y colectiva. En conjunto, ponen a prueba la resistencia de las categorías morales, mostrando que la comprensión de la mente humana exige admitir zonas de indecisión.

La recepción crítica ha reconocido con amplitud la relevancia de estos títulos dentro de la narrativa moderna, destacando su exploración de voces inestables y su problematización del mal. En debates académicos, se los invoca con frecuencia para examinar poder, deseo y culpa, así como para pensar los límites de la representación psicológica. El interés no se agota en los estudios literarios: sus problemas resuenan en conversaciones filosóficas y sociales sobre autoridad, comunidad y responsabilidad. Reunidas, las novelas revelan un repertorio de herramientas narrativas que continúa ofreciendo marcos analíticos para la lectura de conflictos contemporáneos.

El alcance cultural de estas obras ha sido amplio, con adaptaciones en distintos lenguajes artísticos y apropiaciones que van de la cita alusiva a la reescritura temática. Su iconografía —el paisaje tempestuoso, la fortaleza inalcanzable, la oscuridad que atrae— circula como un vocabulario compartido para representar crisis del yo y formas de dominación. Esas huellas visuales y verbales alimentan debates sobre violencia, agencia y comunidad, y han servido como emblemas de tensiones modernas. La colección realza esa circulación de imágenes y preguntas, mostrando cómo los motivos persisten y se transforman al pasar de un autor a otro.

Persisten, además, como brújulas éticas en contextos cambiantes. Cuando la atención pública se desplaza hacia narrativas que simplifican el conflicto, la densidad introspectiva de estas novelas recupera matices y resiste binarismos. Mientras cambian los marcos ideológicos, sus dispositivos formales siguen interrogando la autoridad, el deseo y la culpa con una lucidez que excede coyunturas. La colección propone, por tanto, un laboratorio de lectura lenta: un espacio para observar cómo el lenguaje modela afectos y decisiones. En ese ejercicio comparativo radica su permanencia, capaz de renovar preguntas y de sostener discusiones fecundas sobre la mente y la responsabilidad.

Contexto Histórico

Índice

Panorama socio-político

Estas tres novelas emergen de paisajes políticos disímiles pero convergentes en su examen de la autoridad. Cumbres Borrascosas se fragua en la Inglaterra rural de inicios de la era victoriana, cuando la industrialización reordena jerarquías y enciende debates sobre propiedad y respetabilidad. El castillo brota de una Europa central sometida a una administración omnipresente y a fronteras inestables, donde el poder se disfraza de trámite. El corazón de las tinieblas nace del apogeo imperial europeo en África central, con economías extractivas y discursos civilizadores en pugna. En conjunto, las obras interrogan cómo las instituciones canalizan pasiones privadas, justifican privilegios y moldean percepciones de pertenencia.

En Cumbres Borrascosas, la topografía social refleja una red de obligaciones legales y consuetudinarias. La pequeña nobleza terrateniente, amenazada por nuevas fortunas comerciales, se atrinchera en títulos, cercamientos y herencias. Reglas de primogenitura y tutela masculina organizan la transmisión de bienes y restringen la agencia femenina, mientras la servidumbre doméstica habita una zona gris de dependencia y negociación. La escuela, la parroquia y la taberna canalizan rumor y disciplina, y la frontera entre respetabilidad y desorden se vigila con celo. La novela expone así cómo la autoridad del linaje y la ley civil imprime su sello en deseos, matrimonios y resentimientos persistentes.

El forastero que irrumpe en Cumbres Borrascosas encarna un tipo social temido en aquel contexto: sujeto a la movilidad, sin apellido avalado pero con hambre de reconocimiento. La Inglaterra en transición veía surgir figuras que desafiaban la etiqueta del campo con prácticas económicas agresivas y una ética de acumulación. Las emociones intensas que recorren la obra ganan espesor cuando se leen como respuesta a cierres de paso, dehesas controladas y deudas imposibles. El hogar se vuelve campo de batalla por el acceso a la tierra y a la respetabilidad, y la violencia íntima aparece como síntoma de un orden en mutación.

El castillo transcurre en una aldea regida por una administración distante que organiza empleos, movilidad y legitimidad mediante expedientes, sellos y mensajeros. Esta maquinaria evoca la consolidación de estados modernos que extendieron su alcance a lo cotidiano, produciendo sujetos que viven a la vez protegidos y sitiados por normas cambiantes. La guerra reciente, las fronteras movedizas y las minorías con lealtades complejas alimentan una atmósfera de sospecha. El protagonista solicita un lugar en ese entramado y recibe respuestas ambiguas que suspenden su condición cívica. El texto registra así la precariedad de quien depende de autorizaciones invisibles para existir socialmente.

Más allá del papeleo, El castillo observa la ética del burócrata y del subordinado. El poder, lejos de un tirano identificable, aparece repartido entre secretarías, celadores y costumbres que nadie recuerda haber elegido. Las mediaciones interminables naturalizan jerarquías y anestesian la compasión. La aldea, mientras tanto, negocia beneficios y humillaciones; la obediencia produce pequeños privilegios y adhesiones afectivas. Esta anatomía de la autoridad describe una política sin grandes discursos, sostenida por hábitos y deseos de pertenecer. En tal clima, la noción de justicia se sustituye por la de trámite correcto, y la dignidad por la de autorización temporal.

El corazón de las tinieblas se sitúa durante la expansión más agresiva del comercio europeo en un río africano estratégico. Empresas concesionarias explotan mano de obra local, mientras los centros metropolitanos proclaman misiones civilizadoras y recogen beneficios. La navegación a vapor y los puestos avanzados articulan una geografía de extracción que vacía el interior y concentra poder en contadores, capitanes y agentes. La combinación de codicia, distancia y opacidad informativa genera abusos normalizados. En el relato, los silencios, la niebla y el rumor funcionan como extensiones políticas: todo queda permitido donde no hay testigos, y la conciencia titubea ante mandatos contradictorios.

Corrientes intelectuales y estéticas

Cumbres Borrascosas hereda del romanticismo la exaltación del paisaje y la intensidad afectiva, pero subvierte su gramática al insertar esas fuerzas en una arquitectura narrativa de encuadres, diarios y voces que se contradicen. El gótico rural sustituye castillos por granjas inhóspitas, y los elementos atmosféricos operan como correlatos psíquicos. La novela explora cómo el deseo y el rencor organizan espacios, objetos y tiempos, y adopta una prosa que alterna lirismo con registro documental. Ese vaivén anticipa preocupaciones psicológicas modernas: el yo se narra a sí mismo mediante máscaras, y la verdad aparece como efecto de posición, no como dato transparente.

La obra dialoga con debates culturales sobre educación sentimental, moral doméstica y lectura femenina. La circulación de novelas por bibliotecas de suscripción creó públicos nuevos y expectativas normativas que Cumbres Borrascosas desafía con personajes difíciles de moralizar. Las limitaciones impuestas a escritoras influyeron en estrategias de enunciación, con identidades autorales cuidadosamente veladas y una atención incisiva a las coerciones del hogar. A la vez, el gusto victoriano por el cuadro de costumbres se ve tensionado por escenas que exponen pulsiones no domesticadas. El resultado es una estética híbrida: familiar en sus escenarios y radical en su anatomía de la intimidad.

El castillo encarna una modernidad literaria que privilegia la indeterminación y la economía verbal. La sintaxis, precisa y febril, convierte lo cotidiano en ritual, y el espacio administrativo adquiere rasgos de parábola. La novela desmonta el realismo de superficie para exponer procedimientos: cómo un oficio define a un sujeto, cómo una carta altera destinos, cómo el rumor sustituye a la ley. El efecto no es fantástico, sino reglado por una lógica propia que el lector aprende a descifrar. Esa lógica describe una subjetividad acosada por tareas sin objetivo claro, en la que la atención y el cansancio son categorías estéticas.

La obra también dialoga con interrogantes filosóficas sobre libertad, culpa y sentido en sociedades complejas. El protagonista intenta constituirse éticamente a partir de su trabajo, pero tropieza con un sistema que disuelve causalidades. La pregunta por la trascendencia se traslada a oficinas, pasillos y tabernas, donde el rito administrativo sustituye antiguos absolutos. El tono sobrio resiste interpretaciones cerradas y obliga a pensar la metáfora como método, no como adorno. El castillo funciona así como laboratorio de lectura: obliga a ponderar qué es una prueba, qué cuenta como testimonio y por qué los sujetos necesitan creer en una autoridad remota.

El corazón de las tinieblas ensaya una prosa impresionista que privilegia luces, brumas y silencios sobre la descripción lineal. El relato enmarcado instala distancia crítica: una voz recuerda otra voz, y la experiencia se filtra por capas de memoria y autojustificación. Esta técnica hace visible la fabricación de las historias imperiales, que dependen de metáforas y omisiones tanto como de mapas. El viaje se vuelve introspección: observar el río equivale a examinar la mirada que observa. La obra amplía el repertorio narrativo con una temporalidad ondulante y una ética del testimonio que asume la insuficiencia de toda declaración concluyente.

Las tres novelas responden a transformaciones cognitivas y tecnológicas. La expansión del ferrocarril, el telégrafo y las oficinas produce nuevas velocidades, retrasos y esperas que reconfiguran la experiencia del tiempo; de ahí la insistencia en cartas perdidas, recados y citas incumplidas. Paralelamente, discursos emergentes sobre la mente y la emoción legitiman explorar motivos opacos y reacciones desproporcionadas. En literatura, rivalizan realismo moral, gótico emocional y modernismo autorreflexivo; la antología reúne sus tensiones. Estas corrientes alientan técnicas de focalización, duda y montaje que desafían al lector a reconstruir causas, detectar mentiras piadosas y medir las cargas éticas de cada mirada.

Legado y reevaluación a través del tiempo

La recepción de Cumbres Borrascosas transitó del escándalo moral a la consagración canónica. Lectores decimonónicos denunciaron sus pasiones y su violencia doméstica; generaciones posteriores la reivindicaron como estudio de la agencia femenina en un régimen de propiedad excluyente. La crítica social ha destacado cómo la novela desenmascara el sentimentalismo que encubre dominación. Ediciones cuidadosas han atendido dialectos y registros que antes se corregían. Adaptaciones escénicas y audiovisuales han ido de la exaltación romántica a lecturas centradas en trauma y dependencia, revelando su plasticidad. Hoy se discuten la responsabilidad de narradores y la ética del deseo frente a instituciones coercitivas.

El castillo, publicado de manera inconclusa, se convirtió en emblema de una sensibilidad que experimentó la expansión y el derrumbe de órdenes políticos en el siglo XX. Durante las guerras y sus secuelas, lectores vieron en la novela el espejo de trámites que deciden destinos y de fronteras que niegan identidad. Más tarde, en contextos de burocracias hipertrofiadas o secretas, el texto fue leído como advertencia sobre sistemas que sustituyen la ley por la administración. Estudios recientes subrayan su precisión cómica y su atención al detalle social, además de su capacidad para pensar el trabajo como problema ético y ontológico.

El corazón de las tinieblas ha suscitado discusiones intensas sobre representación y violencia. Lecturas antiimperiales detectaron la denuncia de la codicia disfrazada de civilización, mientras voces poscoloniales han señalado estereotipos y silencios que perpetúan jerarquías. Esa tensión ha enriquecido la enseñanza de la obra, que se propone junto a materiales históricos para examinar cómo opera la mirada imperial. Adaptaciones cinematográficas trasladaron el argumento a otros territorios y guerras, confirmando su versatilidad y la persistencia de dilemas sobre obediencia, lucro y conciencia. La novela también ha influido en reportajes de conflicto y en escrituras que exploran la ambivalencia moral del testigo.

A medida que archivos y variantes textuales se han vuelto accesibles, se han revisado cronologías de redacción, pasajes suprimidos e inconsistencias deliberadas. En Cumbres Borrascosas se valora la compleja orquestación de voces y el papel del cotilleo como archivo popular. En El castillo se discute la puntuación y la segmentación de capítulos, que afectan el ritmo del asedio burocrático. En El corazón de las tinieblas se comparan versiones de revistas y libro para calibrar modulaciones del narrador. Traductores y estudiosos dialogan sobre cómo verter ambigüedades sin domesticarlas, conscientes de que parte del legado reside en preservar zonas de indeterminación.

Hoy, estas novelas ayudan a pensar problemas que atraviesan sociedades globales. Las burocracias digitales replican la opacidad de El castillo; algoritmos deciden accesos como antaño los sellos. La violencia íntima y la desigualdad de género replantean Cumbres Borrascosas como anatomía de relaciones bajo regímenes patrimoniales, útiles para debatir consentimiento, tutela y reparación. La crisis ecológica invita a releer paisaje y extracción en El corazón de las tinieblas, donde el entorno acusa el saqueo. En el aula y fuera de ella, las obras sirven para ejercitar una ética de la lectura: sospechar del narrador, rastrear instituciones y medir el costo humano del poder.

Paisajes de la mente – 3 novelas psicológicas clásicas

Tabla de Contenidos Principal

Paisaje interior: pasiones, obsesiones y la proyección del yo

Cumbres Borrascosas (Emily Brontë)
Una tormenta de pasiones y rencores que convierte los páramos en espejo del alma: la intensidad amorosa y la obsesión de Heathcliff se funden con un paisaje hostil que revela las fuerzas interiores que desgarran a sus protagonistas.

Autoridad, alienación y la búsqueda de sentido en estructuras opacas

El castillo (Franz Kafka)
La lucha de un individuo frente a una burocracia insondable: una atmósfera de absurdo y claustrofobia donde la autoridad es inalcanzable y la búsqueda de reconocimiento se vuelve una prueba de desazón existencial.
El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad)
Un viaje por el río como descenso moral: la exploración del imperialismo y su oscuridad revela cómo las estructuras de poder deshumanizan y generan alienación, mientras la ambigüedad ética de Kurtz desborda todo intento de sentido.

Emily Brontë

Cumbres Borrascosas

Índice
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
CAPÍTULO XXV
CAPÍTULO XXVI
CAPÍTULO XXVII
CAPÍTULO XXVIII
CAPÍTULO XXIX
CAPÍTULO XXX
CAPÍTULO XXXI
CAPÍTULO XXXII
CAPÍTULO XXXIII
CAPÍTULO XXXIV
CAPÍTULO XXXV

CAPÍTULO PRIMERO

He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos hecho una pareja ideal de compañeros. Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que no mostró reparar en la espontánea simpatía que me inspiró. Por el contrario, metió los dedos más profundamente en los bolsillos de su chaleco y sus ojos desaparecieron entre sus párpados cuando me oyó pronunciar mi nombre y preguntarle:
—¿El señor Heathcliff?
Él asintió con la cabeza.
—Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo que mi insistencia en alquilar la «Granja de los Tordos» no le habrá causado molestia.
—Puesto que la casa es mía —respondió apartándose de mí— no hubiese consentido que nadie me molestase sobre ella, si así se me antojaba. Pase.
Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la puerta en confirmación de lo que decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel sujeto, al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo empujase la barrera, él soltó la cadena de la puerta y me precedió, con torvo aspecto, hacia el patio, donde dijo a gritos:
—¡José! ¡Llévate el caballo de este señor y danos vino!
Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué que toda la servidumbre se reducía a él. Por eso entre las baldosas del patio medraban hierbajos y los setos estaban sin recortar, sólo mordisqueadas sus hojas por el ganado.
José era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte. Lanzó un contrariado «¡Dios nos valga!» y, mientras se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad que preferí suponer que impetraba el socorro divino para digerir bien la comida y no con motivo de mi presencia.
A la casa donde vivía el señor Heathcliff se la llamaba «Cumbres Borrascosas» en el dialecto local. El nombre traducía bien los rigores que allí desencadenaba el viento cuando había tempestad. Ventilación no faltaba sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la inclinación de unos pinos cercanos y en el hecho de que los matorrales se doblegaban en un solo sentido, como si se prosternasen ante el sol. El edificio era sólido, de espesos muros a juzgar por lo hondo de las ventanas, y protegidos por grandes guardacantones.
Parándome, miré los ornamentos de la fachada. Sobre la puerta, una inscripción decía «Hareton Earnshaw, 15OO». Aves carniceras de formas extrañas y niños en posturas lascivas enmarcaban la inscripción. Aunque me hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo dueño de la casa, no quise aumentar con esto la impaciencia que parecía evidenciar mientras me miraba desde la puerta como instándome a que entrase de una vez o me marchara.
Por un pasillo llegamos al salón que en la comarca llaman siempre «la casa», y al que no preceden otras piezas. Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi cocina, o mejor dicho no vi signos de que en el enorme larse guisase nada. Pero en un ángulo oscuro se percibía rumor de cacharros. De las paredes no pendían cazuelas ni utensilios de cocina. En un rincón se levantaba un aparador de roble con grandes pilas de platos, sin que faltasen jarras y tazas de plata. Encima del aparador había tortas de avena y perniles curados de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea escopetas viejas, de cañones herrumbrosos y unas pistolas de arzón. Se veían encima del mármol tres tarros de vivo colorido. El suelo era de piedra lisa y blanca. Había sillas de forma antigua, pintadas de verde, con altos respaldos.
En los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus cachorros se escondía bajo el aparador.
Todo era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la región, gente recia, tosca, con calzón corto y polainas. Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante un jarro de cerveza espumeante abundan en el país, mas Heathcliff contrastaba mucho con el ambiente. Por lo moreno, parecía un gitano, pero tenía las maneras y la ropa de un hombre distinguido y, aunque algo descuidado en su indumentaria, su tipo era erguido y gallardo.
Dijeme que muchos le tendrían por soberbio y grosero y que, sin embargo, no debía ser ninguna de ambas cosas. Por instinto imagine su reserva, hija del deseo de ocultar sus sentimientos. Debía saber disimular sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos.
Es probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero mi propio carácter. Quizá él regateara su mano al amigo ocasional, por motivos muy diversos. Tal vez mi carácter sea único.
Mi madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar feliz y lo que me ocurrió el verano último parece dar la razón a mi progenitora, porque, hallándome en una playa donde pasaba un mes, conocí a una mujer bellísima, realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que los ojos hablan, los míos debían delatar mi locura por ella. La joven lo notó y me correspondió con una mirada dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro avergonzado que rectifiqué, que me hundí en mí mismo como un caracol en su concha y que cada mirada de la joven me hacía alejarme más, hasta que ella, probablemente desconcertada por mi actitud y suponiendo haber sufrido un error, persuadió a su madre de que se fuesen.
Esas brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que nadie, no siendo yo mismo, sepa cuánto error hay en ello.
Heathcliff y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra, separándose de sus cachorros, se acercó a mí, fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes. Cuando quise acariciarla emitió un gruñido gutural.
—Déjela —dijo Heathcliff haciendo coro a la perra con otro gruñido y asestándole un puntapié—. No está hecha a caricias ni se la tiene para eso.
Incorporóse, fue hacia una puerta lateral y gritó:
—¡José!
José masculló algo en el fondo de la bodega, mas no apareció. Entonces su amo acudió en su busca. Quedé solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban atentamente. No me moví, temeroso de sus colmillos, pero pensé que la mímica no les molestaría y les hice unas cuantas muecas. Fue una ocurrencia muy desgraciada, porque la señora perra, ofendida sin duda por alguno de mis gestos, se precipitó sobre mis pantalones. La repelí y me di prisa a refugiarme tras de la mesa, acto que puso en acción a todo el ejército canino. Hasta seis demonios en cuatro patas confluyeron desde todos los rincones en el centro de la sala. Mis talones y los faldones de mi levita fueron los más atacados. Quise defenderme con el hurgón de la lumbre, pero no bastó y tuve que pedir auxilio a voz en cuello.
Heathcliff y José subían con desesperada calma. La sala era un infierno de ladridos y gritos, pero ellos no se apresuraban nada en absoluto. Por suerte, una rolliza criada acudió más deprisa, arremangadas las faldas, rojas las mejillas por la cercanía del fogón, desnudos los brazos y en la mano una sartén, merced a cuyos golpes, acompañados por varios denuestos, se calmó en el acto la tempestad. Al entrar Heathcliff, ella, agitada como el océano tras un huracán, campeaba en medio de la habitación.
—¿Qué diablos ocurre? —preguntó mi casero con tono que juzgué intolerable tras tan inhospitalario acontecimiento.
—De diablos es la culpa —respondí—. Los cerdos endemoniados de los Evangelios no debían encerrar más espíritus malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un forastero entre ellos es igual que dejarle entre un rebaño de tigres.
—Nunca se meten con quien no les incomoda —dijo él—. La misión de los perros es vigilar. ¿Un vaso de vino?
—No, gracias.
—¿Le han mordido?
—En ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría hecho al que me mordiera.
—Vaya, vaya —repuso Heathcliff, con una mueca—. No se excite, señor Lockwood, y beba un poco de vino. En esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros ni yo acertamos a recibirles como merecen. ¡Ea, a su salud!
Comprendiendo que sería absurdo formalizarme por la agresión de unos perros feroces, me calmé y correspondí al brindis. Además se me figuró que mi casero se mofaba de mí y no quise darle más razones de irrisión. En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar tan mal a un buen inquilino, y, mostrándose algo menos conciso, empezó a charlar de las ventajas e inconvenientes de la casa que me había arrendado, lo que sin duda le parecía interesante para mí. Opiné que hablaba con buen criterio y resolví decirle que repetiría mi visita al día siguiente. Y, aun cuando él no mostrara ningún entusiasmo al oírlo, he decidido volver. Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que soy, por comparación al dueño de mi casa.

CAPÍTULO II

Ayer por la tarde hizo frío y niebla. Primero dudé entre quedarme en casa, junto al fuego, o dirigirme, a través de cenagales y yermos, a «Cumbres Borrascosas».
Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos, ya que el ama de llaves, a la que acepté al alquilar la casa como si fuese una de sus dependencias, no comprende, o no quiere comprender, que deseo comer a las cinco), al subir a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y esforzándose en extinguir las llamas mediante masas de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida.
El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento estremecía de frío todos mis miembros.
Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran vanos, salté la valla, avancé por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos la puerta de la casa, hasta que me dolieron los dedos. Se oía ladrar a los canes.
«Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros semejantes, ¡bellacos! —murmuré mentalmente—. Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas durante el día. Pero no me importa. He de entrar.»
Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara de vinagre de José apareció en una ventana del granero.
—¿Qué quiere usted? —preguntó—. El amo está en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo.
—¿No hay quien abra la puerta?
—Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería inútil.
—¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo?
—¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? —replicó, mientras se retiraba.
Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y llevando al hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un patio embaldosado en el que había un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación donde el día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción de ver a «la señorita», persona de cuya existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me invitara a sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni pronunció una sola palabra.
—¡Qué tiempo tan malo! —comenté—. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.
Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella me correspondió con otra mirada tan fría, que resultaba molesta y desagradable.
—Siéntese —gruñó el joven—. Heathcliff vendrá enseguida.
Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que me reconocía.
—¡Hermoso animal! —empecé—. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora?
—No son míos —dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el propio Heathcliff.
—Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? —continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín con gatitos.
—Serían unos favoritos bastante extravagantes —contestó la joven desdeñosamente.
Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a carraspear, me aproxime al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.
—No debía usted haber salido —dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros pintados que había en la chimenea.
A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiese contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable. Por fortuna para mi sensible corazon, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y una especie de desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos.
Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero se volvió hacia mí con la airada expresion de un avaro a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro.
—No necesito su ayuda —dijo—. Puedo cogerlos yo sola.
—Dispense —me apresuré a contestar.
—¿Está usted invitado a tomar el té? —me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó. Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del tarro.
—Tomaré una taza con mucho gusto —repuse.
—¿Está usted invitado? —repitió.
—No —dije, sonriendo—; pero nadie más indicado que usted para invitarme.
Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con los labios como un niño a punto de llorar.
El joven, durante esta charla, se había puesto un andrajoso gabán, y en aquel momento me miró como si hubiese entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel personaje era un criado o no. Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles que Heathcliff presentaba de pertenecer a una clase superior. Su cabellera castaña estaba desgreñadísima, su bigote crecía descuidadamente y sus manos eran tan toscas como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo que tenía de tratar a la señora eran los de un criado. En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él.
Cinco minutos después, la llegada de Heathcliff alivió un tanto la molesta situación en que me veía situado.
—Como ve, he cumplido mi promesa —dije con acento fingidamente jovial— y temo que el mal tiempo me haga permanecer aquí media hora, si quiere usted albergarme durante ese rato...
—¿Media hora? —repuso, mientras se sacudía los blancos copos que le cubrían la ropa—. ¡Me asombra que haya elegido usted el momento de una nevada para pasear! ¿No sabe que corre el peligro de perderse en los pantanos? Hasta quienes están familiarizados con ellos se extravían a veces. Y le aseguro que no es probable que el tiempo mejore.
—Acaso uno de sus criados pudiera servirme de guía. Se quedaría en la «Grania» hasta mañana. ¿Puede proporcionarme uno?
—No, no me es posible.
—Pues entonces habré de confiar en mis propios medios...
—¡Hum!
—¿Qué? ¿Haces el té o no? —preguntó el joven del abrigo haraposo, separando su mirada de mí, para dirigirla a la mujer.
—¿Le damos a ese señor? —preguntó ella a Heathcliff.
—Vamos, termina, ¿no?
Había hablado de una forma que delataba una naturaleza auténticamente perversa. No sentí desde aquel momento inclinación alguna a considerar a aquel hombre como un individuo extraordinario.
Cuando el té estuvo preparado, Heathcliff dijo:
—Acerque su silla, señor Lockwood.
Todos nos sentamos a la mesa, incluso el burdo joven. Un silencio absoluto reinó mientras comíamos.
Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel nublado, debía ser también quien lo disipase. Aquella taciturnidad que mostraban no debía ser su modo habitual de comportarse. Por lo tanto, comenté:
—Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas solemos formar a veces sobre el prójimo. Mucha gente no podría imaginar que fuese feliz una persona que llevara una vida tan apartada del mundo como la suya, señor Heathcliff. Y, sin embargo, usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que, como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón...
—¿Mi amable esposa? —interrumpió con diabólica sonrisa—. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor?
—Hablo de la señora de Heathcliff —contesté, molesto.
—¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi ángel de la guarda, y custodia «Cumbres Borrascosas». ¿No es eso?
Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla. Debía haberme dado cuenta de la mucha edad que llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa. Él contaba alrededor de cuarenta años, y en esa edad en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone nunca que las muchachas se casen con nosotros por amor. Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto a la joven, no representaba arriba de diecisiete años.
De pronto, como un relámpago, surgió en mí esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado, bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Éstas son las consecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su elección.»
Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto casi repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.
—Esta joven es mi nuera —dijo Heathcliff, en confirmación de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miro con expresión de odio.
—Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted —comenté, volviéndome hacia mi vecino.
Con esto mis palabras acabaron de poner las cosas mal. El joven apretó los puños, con evidente intención de atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal maldición que me concernía, pero de la que tuve a bien no darme por aludido.
—Anda usted muy desacertado —dijo Heathcliff—. Ninguno de los dos tenemos la suerte de ser dueños de la buena hada a quien usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que era mi nuera, debe ser que estaba casada con mi hijo.
—De modo que este joven, es...
—Mi hijo, desde luego, no.
Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle la paternidad de aquel oso.
—Mi nombre es Hareton Earnshaw —gruñó el otro y le aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.
—Creo haberlo respetado —respondí, mientras me reía íntimamente de la dignidad con que había hecho su presentación aquel extraño sujeto.
Él me miró durante tanto tiempo y con tal fijeza, que me hizo experimentar deseos de abofetearle o de echarme a reir en sus propias narices. Comenzaba a sentirme a disgusto en aquel agradable círculo familiar. Tan ingrato ambiente neutralizaba el confortable calor que físicamente me rodeaba, y resolví no volver en mi vida.
Concluida la colación, y en vista de que nadie pronunciaba una palabra, me acerqué a la ventana para ver el tiempo que hacía. El espectáculo era muy desagradable: la noche caía prematuramente y torbellinos de viento y nieve barrían el paisaje.
—Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder volver a casa —exclamé, incapaz de contenerme—. Los caminos deben estar borrados por la nieve, y aunque no lo estuvieran, es imposible ver a un pie de distancia.
—Hareton —dijo Heathcliff—, lleva las ovejas a la entrada del granero, y pon un madero delante. Si pasan la noche en el corral, amanecerán cubiertas de nieve.
—¿Cómo me arreglaré? continué, sintiendo que mi irritación aumentaba.
Pero nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada a mi alrededor y no vi más que a José, que traía comida para los perros, y a la señora Heathcliff que, inclinada sobre el fuego, se entretenía en quemar un paquete de fósforos que habían caído de la repisa de la chimenea al volver a poner el bote de té en su sitio. José, después de vaciar el recipiente en que traía la comida de los animales, gruñó:
—Me maravilla que se quede usted ahí como un pasmarote cuando los demás se han ido... Pero con usted no valen palabras. Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y acabará yéndose al infierno de cabeza, como su madre.
Creí que aquel comentario iba dirigido a mí, y me adelanté hacia el viejo bribón con el firme propósito de darle de puntapiés y obligarle a que se callara. Pero la señora Heathcliff se me adelantó
—¡Viejo hipócrita! ¿No temes que el diablo te lleve cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo pediré al demonio como especial favor si no dejas de provocarme. ¡Y basta! Mira —agregó, sacando un libro de un estante—: Cada vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré maestra en la ciencia oculta. Y, para que te enteres, la vaca roja no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una prueba de la bondad de la Providencia...
—¡Cállese, perversa! —clamó el viejo—. ¡Dios nos libre de todo mal!
—¡Estás condenado, réprobo! Sal de aquí si no quieres que te haga un mal de veras. Voy a modelar muñecos de barro o de cera que os reproduzcan a todos, y al primero que se extralimite... ya verás lo que le haré... Se acordará de mí... Vete... ¡Que te estoy mirando!
Y la linda bruja puso tal expresión de malignidad en sus ojos, que José salió precipitadamente, rezando y temblando, mientras murmuraba:
—¡Malvada, malvada!
Presumí que la joven había querido gastar al viejo una broma lúgubre y, en cuanto nos quedamos solos, quise interesarla en mi cuita.
—Señora Heathcliff —dije con seriedad—: perdone que la moleste. Una mujer con una cara como la de usted tiene necesariamente que ser buena. Indíqueme alguna señal, algún jalón de límite de propiedades que me sirvan para conocer el camino de mi casa. Tengo tanta idea de por donde se va a ella como la que usted pueda tener de por donde se va a Londres.
—Vuélvase por el mismo camino que vino —me contestó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el libro y una bujía—. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro mejor.
—En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve, ¿no le remorderá la conciencia?
—¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarle. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la verja.
—¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese, para conveniencia mía, en una noche como ésta. No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique de palabra o que convenza al señor Heathcliff de que me proporcione un guía.
—¿Un guía? En la casa no hay nadie más que él mismo, Hareton, Zillah, José y yo. ¿A quién elige usted?
—¿No hay mozos en la granja?
—No hay más gente que la que le digo.
—Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana.
—Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver con eso.
—Confío en que esto le sirva de lección para hacerle desistir de dar paseos —gritó la voz de Heathcliff desde la cocina—. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda, tendrá que dormir con Hareton o con José en la misma cama.
—Puedo dormir en este cuarto en una silla —repuse.
—¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero. No permitiré que nadie haga guardia en la plaza cuando yo no estoy de servicio —dijo el miserable.
Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con la salida, y mientras la buscaba, presencié una muestra del modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la familia. Parecía que el joven al principio se sentia inclinado a ayudarme, porque les dijo:
—Le acompañaré hasta el parque.
—Le acompañarás al diablo —exclamó su pariente, señor o lo que fuera—. ¿Quién va a cuidar entonces de los caballos?
—La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos... —dijo la señora Heathcliff con más amabilidad de la que yo esperaba—. Es necesariamente preciso que vaya alguien...
—Pero no lo haré por orden tuya —se apresuró a responder Hareton—. Más valdrá que te calles.
—Bueno, pues entonces, ¡así el espíritu de ese hombre te persiga hasta tu muerte, y así el señor Heathcliff no encuentre otro inquilino para su «Granja» hasta que ésta se caiga a pedazos! —dijo ella con malignidad.
—¡Está echando maldiciones! —murmuró José, hacia quien yo me dirigía en aquel momento.
El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de una linterna. Se la quité y diciéndole que se la devolvería al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas.
—¡Señor, señor, me ha robado la linterna! —gritó el viejo corriendo detrás de mí—. ¡Gruñón, Lobo! ¡Duro con él!
Cuando yo abría la puertecilla a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron a mi garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Mi humillación y mi ira llegaron al paroxismo. Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero no me permitían levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se les antojó. Cuando estuve de pie, conminé a aquellos miserables a que me dejasen salir, haciéndoles responsables de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes que en su desordenada violencia evocaban los del rey Lear.
En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé cómo hubiera terminado todo aquello, a no haber intervenido una persona más serena que yo y más bondadosa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para ver lo que sucedía. Y, suponiendo que alguien me había agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros de su artillería verbal contra el mozo.
—No comprendo, señor Earnshaw —exclamó—, qué resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo. ¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist! No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a curarle. Quieto, quieto...
Mientras hablaba así, me vertió sobre la nuca un recipiente lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a la cocina. El señor Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor después de su explosión de regocijo, nos seguía.
El desmayo que yo sentía como secuela de todo lo sucedido me obligó a aceptar alojamiento entre aquellos muros. Heathcliff mandó a Zillah que me diese un vaso de aguardiente, y entró en una habitación interior. La criada, después de traerme la bebida, que me entonó mucho, me condujo a un dormitorio.

CAPÍTULO III

Cuando la sirvienta me precedía por las escaleras, me aconsejó que tapase la bujía y procurase no hacer ruido, porque su amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde ella iba a instalarme, y no le agradaba que nadie durmiese en él. Le pregunté los motivos, pero me contestó que sólo llevaba en la casa dos años, y que había visto tantas cosas raras, que ya no le quedaban ganas de curiosidades.
En lo que me concernía, la estupefacción no me dejaba lugar a la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y busqué el lecho. Los muebles se reducían a una percha, una silla y una enorme caja de roble, con aberturas laterales a manera de ventanillas. Me aproximé a tan extraño mueble, y me cercioré de que se trataba de una especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la falta de una habitación separada para cada miembro de la familia. Formaba de por sí una pequeña habitación, y el alféizar de la ventana, contra cuya pared estaba arrimado el lecho, hacía las veces de mesilla.
Hice correr una de las tablas laterales, entré llevando la luz, cerré y sentí la impresión de que me hallaba a cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera de los habitantes de la casa.
Deposité la bujía en el alféizar de la ventana. Había allí, en un ángulo, varios libros polvorientos, y la pared estaba cubierta de escritos que habían sido trazados raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían a un nombre: «Catalina Earnshaw», repetido una vez y otra en letras de toda clase de tamaños. Pero el apellido variaba a veces, y en vez de «Catalina Earnshaw», se leía en algunos sitios «Catalina Heathcliff» o «Catalina Linton».
Sintiéndome muy cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a murmurar: «Catalina Earnshaw, Heathcliff, Linton...» Los ojos se me cerraron, y antes de cinco minutos creí ver alzarse en la oscuridad una multitud de letras blancas, como lívidos espectros. El aire parecía lleno de «Catalinas». Me incorporé, esperando alejar así aquel nombre que acudía a mi cerebro como un intruso, y entonces vi que el pabilo de la bujía había caído sobre uno de los viejos libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse saturando el ambiente de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré a apagarlo, y me senté. Sentía frío y un ligero mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era una vieja Biblia, que olía a apolillado, y sobre una de cuyas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro es de Catalina Earnshaw» y una fecha de veinticinco años atrás. Cerré el volumen, y cogí otro y luego varios más. La biblioteca de Catalina era escogida, y lo estropeados que estaban los tomos demostraba que habían sido muy usados, aunque no siempre para los fines propios de un libro. Los márgenes blancos de cada hoja estaban cubiertos de comentarios manuscritos, algunos de los cuales constituían sentencias aisladas. Otros eran, al parecer, retazos de un diario mal pergeñado por la torpe mano de un niño. Encabezando una página sin imprimir, descubrí, no sin regocijo, una magnífica caricatura de José, diseñada burdamente, pero con enérgicos trazos. Sentí un vivo interés hacia aquella desconocida Catalina, y traté de descifrar los jeroglíficos de su letra.
«¡Qué domingo tan malo! —decía uno de los párrafos—. ¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí...! Hindley le sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff. H. y yo vamos a tener que rebelarnos: esta tarde comenzamos a hacerlo...
»En todo el día no dejó de llover. No pudimos ir a la iglesia, y José nos reunió en el desván. Mientras Hindley y su mujer permanecian abajo sentados junto a la lumbre —estoy segura de que, aunque hiciesen algo más, no por ello dejarían de leer sus Biblias— a Heathcliff, a mí y al desdichado mozo de mulas nos ordenaron que cogiesemos los devocionarios y subiésemos. Nos hicieron sentar en un saco de trigo, y José inició su sermón, que yo esperaba que abreviase a causa del frío que se sentía allí. Pero mi esperanza resultó fallida. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo, mi hermano, al vernos bajar, aún tuvo la desfachatez de decir: “¿Cómo habéis terminado tan pronto?” Durante las tardes de los domingos nos dejan jugar pero cualquier pequeñez, una simple risa, es motivo para que nos pongan castigados en un rincon oscuro.
» “Os olvidáis de que aquí hay un jefe —suele decir el tirano—. Al que me saque de mis casillas, le aplasto. Quiero seriedad y silencio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú? Querida Francisca: tírale de los pelos; le he oído castañetear los dedos”. Francisca le tiró del pelo con todas sus fuerzas. Luego se sentó en las rodillas de su esposo, y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose estupideces. Entonces nosotros nos acomodamos, como Dios nos dio a entender, en el hueco que forma el aparador. Colgué nuestros delantales ante nosotros como si fueran una cortina, pero apenas lo había hecho, cuando llegó José, deshizo mi obra, y pegándome una bofetada, sermoneó:
»“El amo recién enterrado, domingo como es, y las palabras del Evangelio resonando todavía en vuestros oídos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza? Sentaos, niños malos, y leed libros piadosos, que os ayuden a pensar en la salvación de vuestras almas.”
»Mientras nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas unos viejos libros y nos obligó a sentarnos de manera que un rayo de la claridad del hogar nos alumbrase en nuestra lectura. Yo no pude soportar tal ocupación que querían darnos. Cogí el libro y lo arrojé donde estaban los perros, diciendo que tenía odio a los libros piadosos. Heathcliff hizo lo mismo con el suyo, y entonces empezó el jaleo.
»“¡Señor Hindley, mire! —gritó José—. La señorita Catalina ha roto las tapas de La armadura de salvación y Heathcliff ha golpeado con el pie la primera parte de El camino de perdición. No es posible dejarles seguir siendo así. ¡Oh! El difunto señor les hubiera dado lo que se merecen. ¡Pero cómo nos falta!”
»Hindley se lanzó sobre nosotros, nos cogió a uno por el cuello y a otro por el brazo, y nos echó a la cocina. Allí José nos aseguró que el diablo vendría a buscarnos con toda certeza y nos obligó a sentarnos en distintos lugares, donde hubimos de permanecer, separados, esperando el advenimiento del prometido personaje. Yo cogí este libro y un tintero que había en un estante, y abrí un poco la puerta para tener luz y poder escribir, pero mi compañero, al cabo de veinte minutos, sintió tanta impaciencia, que me propuso apoderarnos del mantón de la criada y, tapándonos con él, ir a dar una vuelta por los pantanos. ¡Qué buena idea! Así, si viene ese malvado viejo, creerá que su amenaza del diablo se ha realizado, y entretanto nosotros estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a pesar del viento y de la lluvia.»
El plan de Catalina debió realizarse, porque el siguiente comentario variaba de tema, y adquiría tono de lamentación.
«¡Qué poco podía yo suponer que Hindley me hiciera llorar tanto! Me duele la cabeza hasta el punto de que no puedo ni ponerla sobre la almohada. ¡Pobre Heathcliff! Hindley le llama vagabundo, y ya no le deja comer con nosotros ni siquiera sentarse a nuestro lado. Dice que no volveremos a jugar juntos, y le amenaza con echarle de casa si le desobedece. Hasta ha censurado a papá por haber tratado a Heathcliff demasiado bien, y jura que volverá a ponerle en el lugar que le corresponde.»
Yo me sentía ya medio dormido, y mis ojos iban del manuscrito de Catalina al texto impreso. Percibí un título grabado en rojo con florituras, que decía: «Setenta veces siete y el primero de los Setenta y uno. Sermón predicado por el reverendo padre Jabes Branderham en la iglesia de Gimmerden Sough.» Y me dormí meditando maquínalmente en lo que diría el reverendo pastor sobre el tema.
Pero la mala calidad del té y la destemplanza que tenía me hicieron pasar una noche horrible. Soñé que era ya por la mañana y que regresaba a mi casa guiado por José. El camino estaba cubierto de nieve, y cada vez que yo daba un tropezón, mi acompañante me amonestaba por no haber tomado un báculo de peregrino, afirmándome que sin tal adminículo nunca conseguiría regresar a mi casa, y enseñándome a la vez jactanciosamente un grueso garrote que él consideraba, al parecer, como báculo. Al principio, me parecía absurdo suponer que me fuera necesaria para entrar en casa semejante cosa. De improviso una idea me iluminó el cerebro. No íbamos a casa, sino que nos dirigíamos a escuchar el sermón del padre Branderham sobre los «Setenta veces siete», en cuyo curso no sé si José, el predicador o yo, debíamos ser sacados a pública vergüenza y privados de la comunión de los fieles.
Llegamos a la iglesia, ante la que yo, en realidad, he pasado dos o tres veces. Está situada en una hondonada entre dos colinas, junto a un pantano, cuyo fango, según voz popular, tiene la propiedad de momificar los cadáveres. El tejado de la iglesia se ha conservado intacto hasta ahora, mas hay pocos clérigos que quieran encargarse de aquel curato, ya que el sueldo es sólo de veinte libras anuales, y la rectoral consiste únicamente en dos habitaciones, sin vislumbre alguno, por ende, de que los fieles contribuyan a las necesidades de su pastor con la adición de un solo penique. Mas en mi sueño una abundante concurrencia escuchaba a Jabes, quien predicaba un sermón dividido en cuatrocientas noventa partes, dedicada cada una a un pecado distinto. Lo que no puedo decir es de dónde había sacado tantos pecados el reverendo. Eran, por supuesto, de los géneros más extravagantes, y tales como yo no hubiera podido figurármelos jamás.
¡Oh, qué pesadilla! Yo me caía de sueño, bostezaba, daba cabezadas, y volvía a despejarme. Me pellizcaba, me frotaba los párpados, me levantaba y me volvía a sentar, y a veces tocaba a José para preguntarle cuándo iba a acabar aquel sermón. Pero tuve que escucharlo hasta el fin. Cuando llegó al «primero de los setenta y uno», acudió a mi cerebro una súbita idea: levantarme y acusar a Jabes Branderham como el cometedor del pecado imperdonable. «Padre —exclamé—: sentado entre estas cuatro paredes he aguantado y perdonado las cuatrocientas novena divisiones de su sermón. Setenta veces siete cogí el sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha obligado usted a volverme a sentar. Una vez más es excesiva. Hermanos de martirio: ¡duro con él! Arrastradle y despedazadle en partículas tan pequeñas, que no vuelvan a encontrarse ni indicios de su existencia!»
«Tú eres el réprobo —gritó Jabes, después de un silencio solemne—: Setenta veces siete te he visto hacer gestos y bostezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y encontré que todo ello merecía perdón. Pero el primer pecado de los setenta y uno ha sido cometido ahora, y esto es imperdonable. Hermanos: ejecutad en él lo que está escrito. ¡Honor a todos los santos!»
Emitida esta orden, los concurrentes enarbolaron sus báculas de peregrino y se arrojaron sobre mí. Al verme desarmado, entablé una lucha con José, que fue el primero en acometerme, para quitarle su garrote. Se cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí cayeron sobre otras cabezas. Todos se apaleaban unos a otros y el templo retumbaba al son de los golpes. Branderham asestaba fuertes puñetazos en el borde del púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron por despertarme.
Comprobé que lo que me había sugerido tal tumulto era la rama de un abeto que batía contra los cristales de la ventana cada vez que la agitaba el viento.
Volví a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas.