Papá Goriot - Honoré de Balzac - E-Book

Papá Goriot E-Book

Honore de Balzac

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Beschreibung

Basada en personajes reales. En la pensión de la viuda Vauquer en París , vive el viejo Goriot, un comerciante que hizo fortuna y solo vive por la felicidad y el amor que le tiene a sus dos hijas, Delphine y Anastasie, consentidas, superfluas e insensibles. Ambas casadas, una con un noble francés y la otra con un banquero, y ambas han echado de casa a su padre y se avergüenzan de que las vean con él en público; pero no sienten el mismo pudor cada vez que necesitan pedirle dinero. Los compañeros de Goriot en la pensión no saben nada de él ni de sus hijas, le desprecian y se ríen del pobre señor, hasta que llega Eugène de Rastignac, un joven estudiante al que su familia (campesinos humildes de familia noble) han enviado a París con el esfuerzo de sus ahorros. Eugène es ambicioso, piensa en triunfar, que París se rinda a sus pies. Cuando conoce las hijas de Goriot, Eugène empieza a comprender la grandeza y la locura de un hombre que lo ha dado todo por amor (sus padres también lo han hecho por él), pero también que triunfar como él anhela en ese París corrupto e inmoral no es compatible con los altos conceptos de honor y justicia que su juventud y romanticismo le hacen llevar por bandera.

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Seitenzahl: 491

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Papá Goriot
Honoré de Balzac
José María Pemán
Century Carroggio
Derechos de autor © 2024 Century Publishers s.l.
Reservados todos los derechos.Presentación de José María Pemán.Introducción de Francisco J. Cobielles.Traducción de José María Claramunda.Portada: Retrato de Laure de Balzac, siglo XIX.Isbn:978-84-7254-546-5
Contenido
Página del título
Derechos de autor
PRESENTACIÓN
Introducción
PAPA GORIOT
PRESENTACIÓN
Hablando de Balzac
por
José M.ª  Pemán
de la Real Academia Española
Honoré Balzac es algo más que un gran novelista: probablemente el mayor de la literatura universal, después de Cervantes y antes que Tolstoi y Dostoievski.
Bastaría para darse cuenta de la profundidad cultural de su obra, el nombre que se atrevió a dar al conjunto de sus novelas, escritas con talante y ánimo de absoluta continuidad: La Comedia humana. Se ve con claridad que aspiraba a mucho más que a ser folletinista de novelas por entregas. No es que la concepción de la novelística sometida a un ritmo de «entregas» sea, por sí misma, algo inferior y sospechoso de superficialidad. El Mr. Pickwick de Charles Dickens llegó a los lectores de Londres por «entregas» semanales, y resultó la máxima novela del que fue el máximo novelista británico... Aparte de que el concepto de «entrega» como novela arreada y empujada por una necesidad económica y unas exigencias de los lectores, existía también en Balzac. No dio sus novelas por «entregas» al público: pero sí las dio con ese modo funcional de creación fragmentada y de entregas sucesivas a la imprenta o la revista que las iba publicando.
En cualquier caso Balzac pertenecía de modo egregio a una de las dos grandes líneas de la literatura francesa. Hay la línea crítica y enjuta de Montaigne, Lafontaine, Voltaire, Valéry: y hay la línea ancha y torrencial de Rabelais, Pascal, Bossuet, Chateaubriand… y Balzac. Su conmemoración centenaria coincidió con el homenaje que, por otra fecha jubilar, tributó Francia a Paul Valéry: en esa ocasión, en una conferencia en París, parangoné a uno y otro. Valéry es tan intelectual y racionalista, que sólo le interesa el pensamiento puro, y lo recorta y aísla como una piedra preciosa, desdeñando el engarce y no ocupándose de tapar las junturas. Balzac, en cambio, es tan vital y exuberante, que a todo le da continuidad orgánica. Por eso Balzac escribe «novelas y ríos» y Valéry hace charquitos de filosofía.
Stefan Zweig creía que Balzac tenía «la cara de su pueblo». Como Lutero, con su cabeza vital y cuadrada, tiene la cara de Alemania; como Tolstoi, con su melena entre mística y campesina, tiene la cara de Rusia. A Balzac se le hubiera podido ver cenando una bouillabaisse en el muelle de Marsella, o empujando un carrito en una vereda de las Landas.
Hay que tener en cuenta que, de un modo general, el ser humano va de la complicación a la sencillez, y no al revés como creen muchos. Lo más primitivo que se contó o escribió en cada lengua suelen ser poemas en verso. Hasta la filosofía era explicada en verso por Parménides y la física-cosmológica por Lucrecio, y la agricultura por Virgilio. En el principio fue el Poema. Fue la prosa la que hubo que aprender después. Se empieza por la canción, se termina por el telegrama urgente.
Pero, entonces, ¿los delgados: los Richelieu, los Valéry, los De Gaulle? Estos son «la otra Francia»: la enjuta y sutil que dirige y mete en perfiles a la Francia glotona y sensual de los Balzac. Los Balzac tienden de tal modo a diluirse en ancha vitalidad, que los enjutos tienen que estar creando cada día formas rigidísimas para contenerla. La Corte y la Retórica son la rienda y la silla precisas para esos potros cerreros que se llaman Rabelais o Balzac.
***
Por eso, en Francia, en cuanto afloja la tensión directiva se recae en el desorden vital. En cuanto Boileau se distrae un poco, Rabelais, Balzac, Céline, Aragon o Sartre pronuncian le mot de Cambronne.
Porque la literatura y otras muchas cosas se han tenido siempre que hacer en Francia de arriba abajo. Las incitaciones literarias han venido siempre de lo alto: Corte, castillo feudal, monasterio o Academia. En España es todo lo contrario. Por eso, la literatura española es expresiva de lo que es su pueblo, y la francesa, de lo que son sus selecciones. Lope escribe así porque así era España. Bossuet habla así porque así era Luis XIV. Racine compone así porque así era madame de Montespan.
Y Balzac narra y describe así, porque así era la burguesía que en función angular sirvió de modelo y de cliente a La Comedia humana.
La burguesía fue la ganadora de la Revolución francesa, que no fue todavía, ni por asomo, una revolución proletaria. La burguesía francesa, después de tan doloroso parto, para no defraudar tan tormentoso nacimiento, organizó su vida económica o suntuosa: su enriquecimiento y su prestigio. La burguesía se creó su propia profesión laboral: el comercio; su prestigio: la Legión de honor; su grandeur: Napoleón, De Gaulle; su poeta: Víctor Hugo... y su novelista, Honoré de Balzac: el Alighieri de La Comedia humana.
* * *
Ortega insinuó alguna vez que debería intentarse escribir un «Goethe sin Weimar». También podría intentarse un Bossuet... sin Luis XIV. Nos encontraríamos casi con Castelar. O un Racine... sin Saint-Cyr. Nos encontraríamos casi con Calderón. La Corte tenía categoría de principio retórico. La timidez academicista de los clásicos franceses no es típica del espíritu francés. Es el paso comedido de quien entra en un salón. El estilo de sus grandes clásicos mira de reojo al Rey. Bossuet se lima y contiene hasta el máximo en las piezas que llevan la notación preché devant le Roi: «predicado delante del Rey».
Pero en los tiempos de Balzac, ya no se habla de Corte. La Comedia humana es la novela escrita para una burguesía que saborea los lujos y fiestas de la Monarquía, pero sintiéndose, tanto como admiradora de ella, su simuladora y sustituta.
En ningún sitio es preciso, como en Francia, que de arriba venga un total estilo de vida. Se duerme en camas Luis XV, se sienta uno en sillas Luis XVI, se guarda la ropa blanca en consolas Imperio o Consulado. Ese dios rígido, l'Etat, tiene que ser mueblista y tapicero. Si no... En Lafille aux yeux d'or, Balzac describe un gabinete de su gusto, que debe ser exacta copia de la buhardilla que él se decoró para escribir: «El revestimiento de las paredes -dice- era de tejido encarnado, sobre el cual estaba dispuesta muselina de la India, en una especie de estrías como de columnas corintias». Basta. Es la retórica sin Boileau, la elocuencia sin Luis XIV, el mobiliario sin Imperio. El lujo sin buen gusto.
Cuando la señora Hanska, la noble millonaria ucraniana, viene desde su castillo nevado para conocer a su soñado Balzac, su hermano le advierte: «Ya verás. Seguramente pinchará la comida con el cuchillo y se sonará con la servilleta». Cuando al fin lo conoce, para no confesar su derrota y mantener su ilusión, la señora Hanska tiene que agarrarse desesperadamente a la parte fallida de la profecía: «No se suena con la servilleta...» Balzac todavía no. Poco después, Zola, Céline o Aragon se suenan ya con la servilleta.
Sin embargo, su obra se hizo inmortal porque era una vacación de vida en medio de tanta Corte, Retórica y Academia. Aburridos ya de conocer sus frisos y capiteles, el mundo conoció por él el zócalo animal y vivo de Francia. La Comedia humana, con sus inmensos frescos revueltos, es la Capilla Sixtina para los pontificales de la mediocridad burguesa. Miguel Ángel pintó el juicio Final. Balzac, la «materia prima» para el Juicio. Aquel reprodujo la sentencia. Este, la instrucción del sumario.
Leyendo sus páginas se asiste a un proceso histórico, a una transformación cultural y humana, radical y honda. De la lectura de Balzac se sale siempre con el ánimo enriquecido de temas y figuras.
Uno siente que va a cruzarse por la calle con Papá Goriot o con Eugenia Grandet, con César Birotteau...Y no va uno a tener más remedio que quitarse el sombrero para saludarlos. Son «conocidos»: y aquí la palabra «conocimiento» llega mucho más a lo hondo que en su sentido social y protocolario. Uno «conoce» a esos seres, a lo kantiano, en su parte de «fenómeno» social y en su parte de «noúmeno» esencial y filosófico.
Pero le amaron todas las mujeres que tenían maridos aburridos. Fueron por él adúlteras de pensamiento miles de burguesas en miles de trastiendas y reboticas. Su obra es un inmenso apéndice y corrección de erratas a la «Declaración de derechos del hombre». Balzac recordó: ¿y la mujer?
Por eso probablemente se salvó de ser definitivamente «realista» al modo que luego lo fue Zola. Le salvaron las mujeres y el café. Se calcula que La Comedia humana le costó cincuenta mil tazas de este «aceite negro del trabajo».
Leyendo a Balzac se comprende muy bien que está mal dicho que sea «realista» la literatura o el arte español. Es más bien «sincero», con realidad de dentro a fuera. El retrato tremendo del inquisidor Niño de Guevara, por el Greco, podría titularse «Retrato del miedo que el Greco tenía al inquisidor». Y Goya, más que fusilamientos, reyes o señorones, pinta su asco, ira, zumba y burla hacia esos modelos. En España, todas las cosas «le ocurren a uno». Américo Castro ha observado que la nuestra es la única lengua romance que tiene ese modo de expresión: «le amaneció», «nos llovió»; los verbos de la meteorología, conjugados en forma reflexiva.
Balzac, en cambio, se queda fuera de sus anchos frescos humanos. No se compromete con ellos, ni entra en connivencia con ninguna figura. Es verdad que se retrata muchas veces a sí mismo y a sus cosas y sucesos. Pero es que él mismo se quedaba siempre fuera de sí. Por eso necesitaba tener siempre tres o cuatro amantes. Para contarse y novelarse a sí mismo; para poder mentir sobre su verdad.
Estas posturas ideológicas o antropológicas se vislumbran en mil matices de la sintaxis, de la gramática. El español, para anunciar su presencia, dice:
«Soy yo»; todo verbo y pronombre en primera persona. El francés dice: «C'est moi». O sea «es yo», con el verbo en tercera persona y el pronombre en primera. Se objetiva a sí mismo; se hace cosa y realidad contemplada: como diría «es una mesa», «es una casa», el francés dice «es yo», «es Balzac», «es Napoleón».
Pero es un gran servicio a las letras y a la cultura española acercarla a ese creador de grandes zonas de pensamiento y gusto europeo que es Balzac. 
España, por sus diferencias de proceso histórico, es en muchas cosas «diferente». De esa diferencia se ha hecho un slogan turístico y puede hacerse también un slogan cultural y sociológico. En España toda línea y recorte de tipo intelectual y clásico lucha con un vitalismo básico de tono popularista. Los modismos que usa revelan los impulsos y aventuras de su época imperialista y su posterior instauración en un talante popular. Se dijo «fijo en sus trece» para significar una terquedad pareja a la del antipapa Luna, que murió llamándose a sí mismo Benedicto XIII, fijo en la terquedad de su pontificado cismático; y se dijo «vale un Perú» o «se armó la de San Quintín», tomando como medida nuestras glorias de aventuras y guerras, en las Indias o en Europa. Pero luego, extinguida la hora barroca e imperial de España, floreció una fraseología toda ella centrada en lo popular: para medir la universalidad de algo, «en toda tierra de garbanzos» o «en todas partes cuecen habas». Al que se complace en enredar un tema se le advierte que va a «meterse en un berenjenal». Para cambiar de tema: «eso es harina de otro costal». Todo un lenguaje de pobretería y potaje detrás de la vida española, retornada al pueblo desde Goya y Don Ramón de la Cruz.
Todo esto es expresión auténtica del popularismo español. Balzac no pasa más allá de la clase media. En España novela a esos niveles el hercúleo Pérez Galdós; Pío Baroja se queda en la zona media, pero ya empezando a proletarizarse; Pereda un poco más arriba. El exquisito y pulcro, clásico en vida, Don Juan Valera, parecía constituido esencialmente para retratar la clase alta que era la suya y a su expansión internacional; tema ajustado al que fue un humanista y embajador de España en Rusia, Roma, Río de Janeiro y Washington. Pero sus novelas no se salen del perímetro de los pueblos cordobeses de su infancia. Pepita Jiménez y Juanita la Larga son pueblo andaluz retratado en Priego o Cabra.
El testimonio total de una clase y una época lo dio al siglo XIX exclusivamente Balzac.
¿Entonces es que Francia, el país de la Revolución, es, bien mirado, el pueblo menos apto para vivir su propio invento? Su vida y sus letras, ¿son las más explosivas, al serles quitada la retórica y la autoridad, como el champagne es el vino más detonante al descorcharse?
Sin embargo, en el hormiguero de La Comedia humana hay muchas virtudes, rectitudes y solideces arrastradas por el alud de fango. Hay donde clavar estacas y cimientos. El genio latino acabará encontrando un nuevo orden de lo existencial, una nueva retórica del desgarro.
Porque aun en medio de su desorden vital, Balzac mismo suspiró siempre por el orden. El, tan melenudo, se compraba litros de pomada para el pelo. El, tan plebeyo, suspiraba por los salones, y se clavó, entre nombre y apellido, un «de» de personal concesión: «de Balzac». Es lo que llaman los franceses la particule: el «de» que repinta de aristocracia a los burgueses. El, que atropellaba el estilo, como todo narrador de casta -como Pío Baroja o Dickens- aspiró siempre a la Academia. El, tan potro, echaba de menos la silla.
Como me lo figuraba, me he ido alejando del tema central. Gloria de Balzac es esta de recibir y contener incitaciones lejanas. Desde Ucrania le interesó a la señora Hanska, y desde la provincia, a Zulma Carraud. Casi todos sus amores empezaron por correspondencia... El ser que irradia tanta vitalidad puede estar tranquilo de que se sigue hablando de él cuando ya se está hablando de otra cosa.
José M.ª  Pemán
Introducción
por
Francisco J. Cobielles
Licenciado en Filosofía y Letras
Papá Goriot o El tío Goriot, como más bien hubiera debido traducirse su título, aunque aquí hayamos respetado el usual, fue escrita en 1834. Es una de las más conmovedoras obras de Balzac, de las más representativas y sencillamente patéticas. Incluida en las Escenas de la vida privada, describe la vida de París con todos sus excesos y monstruosidades, y es el más completo y atrevido cuadro de la capital que jamás pintara el escritor.
La composición de esta obra es más amplia y compleja que la de La piel de zapa o Eugenia Grandet; en ella se entrecruzan varios temas importantes: el drama de Goriot, la ambición de Rastignac, las vidas de Vautrin, de Victorine Taillefer, de la vizcondesa de Beauséant... aunque son los dos primeros los que llevan el peso de la trama. Balzac pinta en Goriot el poder destructor de una pasión, como lo hiciera en Grandet con su avaricia. Aquí se trata del amor paterno. El infortunado negociante, llevado por ese ciego amor, ha consentido a sus hijas todos los caprichos; y estas, mal acostumbradas desde la infancia, le han perdido el respeto y el afecto. Aunque, en el fondo, también Goriot se ha mostrado egoísta, incapaz de prever el drama que le acarrearía su conducta. Afirma ser feliz «tan sólo con saber que sus hijas lo son», pero no es cierto: a pesar de que durante sus largos años de permanencia en la pensión ha ocultado sus sentimientos y ha guardado en secreto su tragedia, en el lecho de muerte, cuando ve que esta se aproxima y que sus hijas no han acudido junto a él, no puede evitar que se descubra toda su desesperación y llega a maldecir a las que tanto ha amado.
Junto al drama del pobre anciano, encontramos el de las ambiciones de Rastignac, empeñado en una lucha a muerte «contra ese monstruo, ese París ciego al sufrimiento, indiferente a la desgracia del microcosmos humano». Rastignac, luchador y en constante acción, es el polo opuesto al conformismo de Goriot, a su pasividad. El joven estudiante se propone hacer fortuna a toda costa; y para ello, no encontrando otro medio mejor y siguiendo lo que es habitual en ese mundo, resuelve conquistar a Delphine, una de las hijas de Goriot, casada con un adinerado banquero, y utilizarla como rampa de lanzamiento en la alta sociedad.
Es sumamente interesante seguir el cambio que se opera en Rastignac desde su llegada a París no exento de ingenuidad y de buena fe. Pero en París recibe lecciones muy duras. Su pariente, la vizcondesa de Beauséant, es la primera en abrirle los ojos: «El mundo es infame y perverso», le dice. Y otro tanto le repite insistentemente Vautrin. Al poco tiempo ha descubierto la corrupción que anida en París, y sus sucesivos fracasos y desengaños lo vuelven escéptico, llenan su corazón de desprecio por la humanidad y exacerban sus deseos de hacer fortuna. Su aprendizaje concluirá en lo alto del cementerio del Pere Lachaise, cuando, tras acompañar en solitario el féretro de Goriot, contemple a la ciudad sumergida en el fango; derramará entonces su última lágrima de hombre joven y lanzará su desafío a París: « ¡Ahora nos toca a nosotros!»
Dijimos antes que en las obras de Balzac es frecuente el misterio, el secreto; estas características se dan, sobre todo, en Vautrin, el hábil expresidiario, dotado de una gran inteligencia y capaz de asumir las personalidades más diversas. Aquí le vemos con peluca; en otras novelas aparecerá incluso disfrazado de sacerdote. El misterio rodea siempre a este personaje ingenioso, cínico y burlón, que distrae a los huéspedes de la casa Vauquer y que pretende arrastrar a Rastignac por el camino del crimen. No obstante ese cinismo, Vautrin no deja de parecernos mucho mejor que otros, mejor que sus perseguidores y delatores; entre tantas infamias, su filosofía de la vida se nos antoja justa. Como Rastignac, Vautrin es un rebelde contra la sociedad, el modelo auténtico de los grandes sublevados; en realidad, ambos persiguen el mismo fin: uno a través de las mujeres, otro mediante el asesinato. Y hasta puede decirse que este último camino encierra una cierta nobleza en el riesgo, que está ausente en el otro.
Estos tres personajes, los más destacados de la obra, han sido tomados de la realidad. Balzac tuvo noticia de un suceso que le sirvió de modelo para el drama de Goriot: un padre que, en su lecho de muerte, gritó durante veinte horas pidiendo de beber, mientras sus hijas, aun conscientes de su estado, se hallaban una en el baile y la otra en un espectáculo. También Vautrin existió: es Vidocq, un antiguo forzado cuya aventurera vida lo llevó incluso a convertirse en jefe de la policía de seguridad. En cuanto a Rastignac, muchos han visto en él la fulgurante carrera del político marsellés Adolphe Thiers. Y, por lo menos, de lo que no puede caber ninguna duda es que representa en gran parte al propio Balzac, intérprete de sus ambiciones y sueños.
En el aspecto técnico, Papá Goriot es también una de las mejores obras balzaquianas, representativa en grado sumo de La Comedia humana. La pensión Vauquer es, verdaderamente, una encrucijada de destinos, como expresó André Maurois, síntesis en miniatura del universo humano, de todas sus ambiciones, dramas y miserias. Es una novela desoladora, la más triste de Balzac. El propio autor dijo de ella: «Papá Goriot es una obra bella, pero monstruosamente triste.» Tenía razón.
PAPA GORIOT
AL GRAN E ILUSTRE
GEOFFROY-SAINT-HILAIRE
Como un testimonio de admiración por sus trabajos y su genio.
DE BALZAC
La señora Vauquer, apellidada de soltera De Conflans, es una anciana que desde hace cuarenta años regenta en París una pensión, en la calle Neuve-Sainte-Genevieve, situada entre el Barrio Latino y el de Saint-Marceau. En esta pensión, conocida como «Casa Vauquer», se admite tanto a hombres como a mujeres, jóvenes o ancianos, sin que las malas lenguas hayan tenido nunca oportunidad de criticar las costumbres de tan respetable establecimiento. Claro que desde hacía treinta años nunca se había visto en la pensión a ninguna persona joven, pues para que un hombre joven viviese allí se tenía que dar la circunstancia de que su familia le pasara mensualmente muy poco dinero. Sin embargo, durante el año 1819, época en la que da comienzo este drama, se hospedaba en «Casa Vauquer» una mujer joven, que debía suponerse era pobre. Aunque la palabra drama esté desacreditada por el uso abusivo que se ha hecho de ella en estos tiempos de penosa literatura, resulta necesario emplearla en este caso. No es que esta historia sea dramática en la verdadera acepción de la palabra; pero una vez que el lector haya terminado de leerla, puede muy bien haber derramado algunas lágrimas intra y extra muros. También hay otra cuestión. ¿Será comprendida más allá de los límites de París? Nos permitimos ponerlo en duda. Las particularidades de esta historia, llena de observaciones y colores localistas, hallarán su exacta valoración entre el pie de Montmartre y las alturas de Montrouge, ilustre valle de cascotes, a punto de derribarse continuamente, y de negros arroyos de barro; valle repleto de sufrimientos reales, de alegrías a menudo ficticias, y tan terriblemente agitado que se hace necesario algo realmente exorbitante si se desea llamar la atención durante un cierto espacio de tiempo. Y no obstante, es un lugar donde pueden encontrarse con cierta frecuencia las desdichas con que la acumulación de vicios y virtudes hace grandes y solemnes a las ciudades. Cuando se contemplan estas desgracias, los egoísmos y los intereses propios se detienen, pero la impresión que estos reciben es, en realidad, como una sabrosa fruta rápidamente devorada.
El carro de la civilización, semejante al del ídolo de Jaggernat, apenas retardado por un corazón menos fácil de triturar que los otros, y que fija los radios de su rueda, continúa a pesar de todo su gloriosa marcha. Asimismo diréis vosotros, los que sostenéis este libro con una blanca mano y os hundís en un mullido sofá pensando: «Tal vez esto me divierta.» Después de haber leído los secretos infortunios de Papá Goriot, comeréis seguramente con buen apetito, cargando vuestra sensibilidad en las espaldas del autor, al que tacharéis de exagerado y acusaréis de poeta. Pero sabedlo: este drama no es una ficción ni una novela. All is true, todo es tan verdadero en él que cada cual podrá reconocer los elementos del mismo a su alrededor, e incluso tal vez en su propio corazón.
El edificio en el que se halla instalada la pensión pertenece a la señora Vauquer. Está situado en la parte baja de la calle Neuve-Sainte-Genevieve, en el punto donde el declive desciende hacia la calle de la Arbalete. Se trata de una pendiente tan brusca que raras veces suben o bajan por ella los caballos. Esta circunstancia favorece el silencio que reina en todas esas calles que se aprietan entre la cúpula del Val-de-Grace y la cúpula del Panteón, dos monumentos que cambian incluso las condiciones de la atmósfera, proyectando sobre ella alegres tonos amarillos o convirtiéndolo todo en una zona sombría de severos tonos. En dicho lugar, el suelo está seco, los arroyos no tienen agua ni barro y la hierba crece a lo largo de los muros. El hombre más despreocupado se entristece allí lo mismo que todos los transeúntes que frecuentan el paraje. El ruido de un carruaje se convierte en un pequeño acontecimiento, las casas son tétricas y las murallas huelen a cárcel. Un parisiense extraviado no verá en tal lugar más que pensiones o instituciones, miseria y tedio, vejez que muere, gozosa juventud obligada a trabajar. No hay en París ningún barrio más horrible. Ni más desconocido, digámoslo también. La calle Neuve-Sainte-Genevieve, sobre todo, es como un marco de bronce, que a su vez es el más conveniente para este relato, ante el cual es imprescindible preparar la mente mediante colores pardos e ideas graves, de tal forma que, de peldaño en peldaño, vaya disminuyendo la luz, así como las palabras del guía van expirando a medida que el visitante desciende a las catacumbas. ¡La comparación no puede ser más exacta! ¿Quién puede discernir cuál de estas dos cosas es la más horrible: los cráneos vacíos o los corazones resecos?
La fachada de la pensión da a un pequeño jardín, de tal modo que el edificio forma un ángulo recto con relación a la calle Neuve-Sainte-Genevieve, desde la cual puede verse cortada en profundidad. A todo lo largo de esta fachada, entre la casa y el jardín, se divisa una franja en forma de canalón, como de una toesa de anchura, delante del que discurre una avenida enarenada, adornada en sus flancos con geranios, adelfas y granados, plantado todo ello en grandes jarrones de mayólica azul y blanca. En la puerta de acceso a esta avenida hay un rótulo en el que se lee: «Casa Vauquer.» Y debajo: «Pensión para ambos sexos y demás.» Durante el día, una puerta calada, provista de una ruidosa campanilla, deja ver desde el otro extremo del pavimento, en el muro opuesto al de la calle, una arcada pintada sobre mármol verde por un artista de barrio. A su sombra se levanta una estatua que representa el Amor, pudiéndose leer bajo el zócalo esta inscripción que, medio borrada, recuerda el tiempo al que se remonta tal obra artística por el entusiasmo que atestigua hacia Voltaire, quien regresó a París en 1777:
Seas quien seas, he aquí a tu dueño:
Lo es, lo fue y lo será.
Al caer la noche, la puerta calada es sustituida por una puerta maciza. El pequeño jardín, que es tan largo como la fachada, se encuentra encajonado entre el muro de la calle y el muro medianero de la casa vecina, de donde cuelga un manto de yedra que oculta por completo al edificio y que atrae las miradas de los transeúntes a causa de un efecto que resulta pintoresco en París. Cada uno de estos muros se halla tapizado por algunas parras, cuyos menguados y polvorientos frutos son objeto de los anuales temores de la señora Vauquer, así como de sus conversaciones con los huéspedes.
A lo largo de cada muralla hay también una estrecha avenida que lleva a un grupo de tilos. Entre las dos avenidas laterales hay un parterre de alcachofas flanqueado por árboles frutales y bordeado de acedera, lechugas y perejil. Bajo los tilos hay una mesa redonda pintada de verde y rodeada de asientos. Allí, durante los días caniculares, los huéspedes a los que sus economías se lo permiten, toman café, saboreándolo bajo un calor capaz de empollar huevos.
La fachada, que consta de tres pisos y buhardilla, está construida con morrillos y pintada de ese color amarillo que confiere un carácter innoble a casi todas las casas de París. Las cinco ventanas practicadas en cada piso tienen pequeños cristales y están provistas de celosías. Ninguna de ellas ha sido construida de la misma forma, por lo que todas sus líneas se dan de patadas entre sí. La fachada más corta, que supone la profundidad del edificio, incluye dos ventanas, que en la planta baja tienen como adorno unos barrotes de hierro. Detrás del inmueble hay un patio de unos veinte pies de ancho en el que viven en perfecta armonía cerdos, gallinas y conejos, y al fondo del cual se levanta un cobertizo para guardar la leña. Entre este cobertizo y la ventana de la cocina se cuelga una fresquera, bajo la que caen las grasientas aguas del fregadero de la cocina. Este patio tiene una puerta estrecha que da a la calle Neuve-Sainte-Genevieve, por donde la cocinera echa las basuras de la casa. Esta especie de sentina hay que limpiarla de vez en cuando con grandes cantidades de agua si no se quiere percibir los efectos de una horrible pestilencia.
La planta baja, destinada por completo a la pensión, se compone de una primera pieza iluminada por las dos ventanas de la calle. A ella se entra por una puerta-ventana. Este salón comunica con un comedor que se halla separado de la cocina por la caja de una escalera cuyos peldaños son de madera y ladrillos embadurnados de almagre. Pocas cosas resultan tan tristes como ver este salón amueblado con sillones y sillas tapizados con tela de crin a rayas, alternativamente mates y brillantes. Las paredes están también tapizadas, aunque parcialmente y con papel barnizado, cuyas figuras impresas representan las principales escenas del Telémaco, estando sus figuras pintadas en colores. Un panel, situado entre las dos ventanas enrejadas, muestra a los pensionistas el cuadro del banquete ofrecido por Calipso al hijo de Ulises. Desde hace cuarenta años, esta pintura suscita las bromas de los huéspedes jóvenes, que se creen superiores a su posición, mofándose de la comida a la que la miseria los condena. La chimenea de piedra, cuyo hogar siempre limpio atestigua que sólo se enciende fuego en ella para las grandes ocasiones, está adornada con dos jarrones llenos de flores artificiales que acompañan a un reloj de mármol azulado del peor gusto. Esta primera pieza exhala un olor que prácticamente carece de nombre y al cual habría que denominar en todo caso como «olor de pensión», que se caracteriza siempre por su hedor a cerrado, a moho, a rancio. Por ello, la sala en cuestión produce un cierto frío, una humedad que penetra incluso los vestidos, poseyendo además el sabor de un lugar en el que se ha comido y que apesta a hospicio. Tal vez pudiera describirse adecuadamente si se inventara algún procedimiento para poder valorar los elementos nauseabundos que en ella hayan podido arrojar las atmósferas catarrales y sui generis de cada huésped, joven o anciano. Pues bien, a pesar de tales desventajas, si se compara dicha pieza con el comedor, contiguo a ella, se creerá que aquella es un salón elegante y perfumado.
Esta sala que oficia de comedor, completamente recubierta de madera, estuvo en otro tiempo pintada de un color que hoy es indefinible, ya que compone un fondo sobre el cual se ha ido acumulando la grasa en sucesivas capas, dibujándose en su superficie extrañas figuras. Sobre los pegajosos bufetes yacen algunas botellas, pilas de platos de porcelana, con gruesos bordes azules, fabricados en Tournai. En un ángulo se ve una caja con compartimientos numerados que sirve para guardar las servilletas, manchadas y vinosas, de cada huésped. También hay en tan inefable comedor algunos de esos muebles indestructibles, proscritos en todas partes, que parecen colocados allí cual desechos de toda una civilización. Igualmente pueden contemplarse diversos objetos, tales como un barómetro de capuchino, cuya figura aparece cuando llueve; grabados execrables que quitan el apetito, todos ellos enmarcados en madera negra barnizada y con bordes dorados; una estufa verde y varios quinqués de Argand, en los que el polvo se combina con el aceite; una larga mesa cubierta con una tela encerada lo suficientemente grasienta como para que cualquier pensionista pueda escribir su nombre en ella sirviéndose del dedo; un calientapiés medio roto con la madera carbonizada, pequeñas esteras de esparto, sillas desvencijadas. Para explicar hasta qué punto tal mobiliario es viejo y está podrido, roído o desvencijado, sería necesario hacer una descripción que disminuiría ostensiblemente el interés de esta historia. El ladrillo rojo del suelo está lleno de pequeñas hondonadas, producidas por el lógico desgaste de los pies. En fin, podría decirse que en tal lugar reina la miseria sin poesía, una miseria económica y concentrada. Si todavía no tiene fango, tiene empero manchas. Y, si en él no se ven andrajos ni agujeros, da la impresión de que pueda descomponerse en cualquier momento a causa de los efectos de la putrefacción.
Podría decirse que esta pieza se halla en todo su apogeo cuando, hacia las siete de la mañana, el gato de la señora Vauquer entra precediendo a su dueña y salta sobre los bufetes, husmea en ellos la leche contenida en varios botes y deja oír su ronroneo matutino. La viuda aparece enseguida tras él, con su gorro, bajo el cual se desliza un mechón de pelo postizo, mientras camina arrastrando sus viejas zapatillas. Su avejentado rostro, grasiento, de cuyo centro brota una nariz como el pico de un loro, sus manos agrietadas, su cuerpo tan parecido al de una rata de iglesia, su busto demasiado pesado y flotante; todo en ella se encuentra en armonía con esta sala que rezuma desdicha, en la que se ha refugiado la especulación, y cuyo ambiente cálidamente fétido es respirado por la señora Vauquer, sin que le produzca ni el menor asomo de desmayo. Su rostro fresco como una primera helada de otoño, sus ojos circundados por gruesas arrugas, su expresión, que pasa de la estereotipada sonrisa de las bailarinas a la amarga mueca de los usureros; en fin, toda su persona podría decirse que representa la pensión, así como que la pensión representa su personalidad. El presidio tampoco puede imaginarse sin su capataz, ya que no pueden concebirse el uno sin el otro. La fofa gordura de esta mujer es, en definitiva, el producto de esta vida, como el tifus es la consecuencia de las exhalaciones de un hospital. Su vestido, confeccionado de tela vieja, resume también el salón, el comedor y el jardín, pregonando la cocina y haciendo presentir a los huéspedes. Cuando la señora Vauquer se encuentra allí, el espectáculo es completo. Tiene alrededor de cincuenta años y se parece a todas las «mujeres que han padecido desgracias». Sus ojos vidriosos le confieren el aire inocente de una mujer de la calle que se hace acompañar para que la paguen mejor, pero que, por otra parte, está dispuesta a todo con tal de hacer más agradable su vida. Sin embargo, es una «buena mujer en el fondo», como dicen los huéspedes, que la creen sin fortuna al oírla gemir y toser igual que ellos. ¿Quién sería el señor Vauquer? Ella nunca habla del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? «En la desgracia», respondía la señora Vauquer. No se había portado bien con ella pues tan sólo le había dejado los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho a no compadecer ningún infortunio, porque, según decía, había sufrido todo lo que es posible sufrir.
Al oír los pasos de la señora, Sylvie, la gorda cocinera, se apresuraba a servir el desayuno a los huéspedes internos. Los externos, por lo general, únicamente se abonaban a la comida del mediodía, que costaba treinta francos mensuales. En la época en que comienza esta historia, los pensionistas internos eran siete. En el primer piso se encontraban los dos mejores apartamentos de la casa. La señora Vauquer ocupaba el menos importante, mientras que el otro lo habitaba la señora Couture, viuda de un comisario de la República francesa, quien tenía consigo a una muchacha llamada Victorine Taillefer, a la que hacía de madre. La pensión de estas dos huéspedes ascendía a mil ochocientos francos. Los dos apartamentos del segundo piso estaban ocupados por un anciano, llamado Poiret, y por un hombre de unos cuarenta años de edad que llevaba una peluca negra, se teñía las patillas y se decía antiguo comerciante, llamado Vautrin. El tercer piso se componía de cuatro habitaciones, dos de las cuales estaban alquiladas a una solterona, la señorita Michonneau, y a un antiguo fabricante de fideos, pastas italianas y almidón, el cual permitía que le llamaran Papá Goriot. Las otras dos piezas estaban reservadas a las aves de paso, a esos desdichados estudiantes que, como el Papá Goriot y la señorita Michonneau, no podían destinar más que cuarenta y cinco francos mensuales a su sustento y alojamiento. Estos pensionistas provisionales no agradaban demasiado a la señora Vauquer, que sólo los admitía cuando no encontraba nada mejor. Según decía, comían demasiado pan.
En la época que da comienzo este relato, una de aquellas dos habitaciones la ocupaba un joven venido de los alrededores de Angouleme para estudiar leyes en París. Su numerosa familia se sometía a las más duras privaciones a fin de poder enviarle mil doscientos francos anuales. Eugéne de Rastignac, que tal era su nombre, se caracterizaba por una personalidad similar a la de todos esos jóvenes que se han forjado en la desgracia, los cuales comprenden desde su infancia las esperanzas que sus padres depositan en ellos, y que se preparan sobre todo para un gran porvenir, calculando de antemano el alcance de sus estudios y tratando incluso de adaptarlos al futuro del movimiento de la sociedad. Sin sus curiosas observaciones y la habilidad con la que supo presentarse en los salones de París, esta historia no poseería los matices de veracidad que sin duda debe a su inteligencia sagaz y a su firme deseo de penetrar los misterios de una situación espantosa, tan cuidadosamente oculta por los que la han creado como por los que padecen los efectos de ella.
Encima de este tercer piso de la pensión había un desván para tender la ropa y dos buhardillas en las que dormían un jornalero, llamado Christophe, y la gorda Sylvie, la cocinera. Además de los siete internos, la señora Vauquer tenía alrededor de siete u ocho estudiantes de Derecho o Medicina y dos o tres hombres que vivían en el barrio, los cuales únicamente estaban abonados para la comida. En la sala destinada a tal efecto cabían unas veinte personas; pero por la mañana sólo la utilizaban los siete huéspedes, cuya reunión durante el desayuno se asemejaba a una comida en familia. Todos ellos bajaban en zapatillas, se permitían observaciones confidenciales acerca del modo de vestir y comentaban el carácter de los externos. También hablaban sobre los acontecimientos de la noche anterior, expresándose con la confianza que sólo proporciona la intimidad. Estos siete huéspedes eran los niños mimados de la señora Vauquer, la cual les dosificaba con precisión de astrónomo sus cuidados y atenciones, de acuerdo con el importe de sus pensiones. No obstante, una misma condición unificaba a todos aquellos seres reunidos por el azar: la miseria.
Los dos inquilinos del segundo piso únicamente pagaban setenta y dos francos al mes. Esta pensión tan barata, que sólo se encuentra en el barrio de Saint-Marcel, entre la Bourbe y la Salpetriere, y de la que constituía una excepción la señora Couture, revela que tales huéspedes debían hallarse bajo el peso de desgracias más o menos manifiestas. Por ello, el espectáculo desolador que ofrecía el interior de aquella casa se acentuaba en la indumentaria de sus ocupantes, igualmente míseros. Los hombres llevaban levitas cuyo color se había vuelto indefinido y calzaban zapatos como los que se arrojan en el rincón de los guardacantones en los barrios elegantes. Y las mujeres vestían invariablemente una ropa gastada, reteñida o desteñida, viejos encajes zurcidos y guantes abrillantados por el uso. Si tal era la indumentaria, aquellas personas mostraban, no obstante, un físico sólidamente constituido, complexiones que habían resistido las tormentas de la vida, con sus rostros fríos y duros, casi diluidos, gastados, como los de las monedas demasiado antiguas. Las bocas, marchitas, podían considerarse armadas de dientes ávidos. Estos seres hacían presentir dramas vividos o en plena actividad. No dramas representados a la luz de las candilejas, sino vivientes y mudos, dramas helados que removían cálidamente el corazón, dramas ininterrumpidos y verdaderos.
La vieja señorita Michonneau llevaba sobre sus fatigados ojos una grasienta visera de tafetán verde, con un borde de alambre de latón que habría asustado a un ángel. Su chal de franjas delgadas y borrosas parecía cubrir un esqueleto, de tan angulosas que eran las formas que ocultaba. ¿Qué ácido existencial habría despojado a aquella criatura de sus gracias femeninas? Porque daba la impresión de haber sido guapa y bien proporcionada. ¿Habría sido el vicio, la pena, la codicia? ¿Había amado en exceso, se había dedicado a la usura o, simplemente, a la prostitución? ¿Acaso expiaba los triunfos de una juventud insolente a la que había sucedido una vejez tan horripilante? Su mirada producía escalofríos y su rostro no abandonaba nunca un cierto gesto amenazador. Tenía la voz estridente de una cigarra que grita en su nido al acercarse el invierno. Decía haberse dedicado a cuidar de un anciano aquejado de una enfermedad en la vejiga, tras haber sido abandonado por sus hijos, que lo creyeron sin recursos. Aquel viejo le había legado mil francos de renta vitalicia, que eran objeto de periódicas disputas entre sus herederos. Aunque el juego de las pasiones hubiera causado estragos en su rostro, se evidenciaban todavía en él los vestigios de una blancura y de una delicadeza que hacían suponer algunos otros restos de belleza en lo de más del cuerpo.
El señor Poiret era una especie de autómata. Al verle caminar como una sombra gris a lo largo de una de las avenidas del Jardín Botánico, con la cabeza cubierta por una vieja gorra, sosteniendo apenas en la mano su bastón de puño de marfil amarillento, dejando flotar su levita que ocultaba deficientemente un pantalón casi vacío, mostrando su sucio chaleco blanco y su corbata mal anudada alrededor de su cuello de pavo, y con las piernas cubiertas por unas medias azules, muchas personas se preguntaban si aquella sombra chinesca podía pertenecer a la audaz raza de hijos de Jafet que mariposean por el bulevar italiano. ¿Qué trabajos habrían podido reducirle a tal estado? ¿Qué pasiones habrían consumido su rostro? ¿A qué habría dedicado su existencia? Tal vez habría sido empleado del Ministerio de Justicia, habiendo trabajado en la oficina donde son enviadas las memorias de gastos oficiales, la cuenta de los suministros de velos negros para los parricidas o del bramante para las cuchillas. Quizá había sido cobrador a la puerta de un matadero, o subinspector de higiene. En fin, aquel hombre parecía haber sido uno de esos asnos de nuestra gran noria social, un pivote alrededor del cual habían girado los infortunios o las suciedades públicas, es decir, uno de esos hombres de los que al verlos comentamos: «También los tipos así son necesarios.» El bello París ignora esos rostros lívidos por los sufrimientos físicos o morales. Pero, París es un verdadero océano en el que, si se echa una sonda, no se llega nunca a conocer su profundidad. Aunque se le recorra, aunque se le describa, por mucho cuidado que se ponga al hacerlo, por muy grande que sea el interés de los exploradores de semejante mar, siempre se hallará en él un paraje virgen, un antro desconocido, unas flores, unas perlas, unos monstruos, algo inaudito y olvidado por los buceadores literarios. La «Casa Vauquer» era precisamente una de esas insólitas monstruosidades.
En ella había dos figuras que formaban un sorprendente contraste con el resto de los huéspedes y clientes habituales. Aunque la señorita Victorine Taillefer tuviera una blancura enfermiza parecida a la de las jóvenes afectadas de clorosis, y aunque se complementara con el sufrimiento general que constituía el fondo de este cuadro, sobre todo por su tristeza habitual y su aire taciturno, su rostro, sin embargo, no estaba avejentado, mientras que sus movimientos y su voz eran más bien ágiles. Aquella joven calamidad parecía un arbusto de hojas amarillentas, recién plantado en un terreno que no le era propicio. Sus cabellos, de un rubio oscuro, y su cintura, excesivamente delgada, expresaban esa gracia que los poetas modernos encuentran en las estatuillas de la Edad Media. Sus ojos grises expresaban una dulzura y una resignación de signo cristiano. Sus vestidos, sencillos y baratos, revelaban formas juveniles. Era bonita por yuxtaposición. De haberse sentido feliz, habría sido encantadora: la felicidad es la poesía de las mujeres, de la misma forma que la toilette es el arte del maquillaje. Si la alegría de un baile hubiera reflejado sus rosados matices sobre aquellas pálidas mejillas, si las dulzuras de una vida elegante hubieran teñido de carmín aquellos pómulos, si el amor hubiera reanimado aquellos ojos tristes, Victorine habría podido competir con las más hermosas jóvenes. Le faltaba lo que crea por segunda vez a la mujer, los trapos y las cartas amorosas. Su historia habría suministrado tema para un libro. Su padre creía tener motivos para no reconocerla, se negaba a tenerla a su lado, no le concedía más que seiscientos francos al año, y había alterado el destino de su fortuna para que fuese a parar íntegra a su hijo. La señora Couture, que era parienta lejana de la madre de Victorine, cuidaba de la huérfana como si fuera hija suya. Desgraciadamente, la viuda del comisario de la República no poseía en el mundo más que su viudedad y su pensión. Cualquier día, por lo tanto, podía ocurrir que dejara a aquella criatura, sin experiencia y sin recursos, a merced del mundo. La buena mujer solía llevar a la muchacha a misa todos los domingos y a confesar cada quince días, con objeto de hacer de ella una joven piadosa. Tenía razón. Los sentimientos religiosos ofrecían en cierto modo un porvenir a aquella pobre niña, que amaba a su padre y que encontraba invariablemente cerrada la puerta de la casa paterna. Su hermano, único mediador en el conflicto, no había ido a verla ni una sola vez en cuatro años. Y tampoco le proporcionaba ninguna ayuda económica. Rogaba a Dios que abriera los ojos de su padre, que ablandase el corazón de su hermano, y rezaba por ellos sin acusarlos. La señora Couture y la señora Vauquer no encontraban en el diccionario bastantes injurias para calificar este inhumano proceder. Cuando ambas mujeres maldecían a aquel millonario infame, Victorine todavía pronunciaba palabras dulces, como si se tratase del canto de una paloma torcaz herida, cuyo grito dolorido expresa aún el temor.
Eugéne de Rastignac poseía un rostro muy meridional, una tez blanca, los cabellos negros y los ojos azules. Sus maneras, su actitud habitual, denotaban al hijo de una familia noble que le había dado una educación primaria a base de múltiples tradiciones de buen gusto. Aunque cuidaba muy bien sus trajes, aunque se preocupaba de gastar del todo durante los días laborables las prendas de vestir que estrenara el año anterior, en algunas ocasiones se las ingeniaba para vestir como un joven elegante. Por lo general llevaba una levita oscura, un mal chaleco, la corbata negra, raída y mal anudada, propia de los estudiantes, un pantalón que armonizaba con todo lo anterior y unas botas remendadas.
Entre unos y otros personajes, Vautrin, el hombre de cuarenta años, el de las patillas teñidas, servía como de transición. Era uno de esos hombres de los que la gente exclama: «¡He ahí un buen mozo!» Sus espaldas eran anchas, tenía el pecho bien desarrollado, sus músculos resaltaban marcadamente y sus manos compactas, cuadradas, ostentaban en las falanges de los dedos ramilletes de vello de un color rubio rojizo. Su rostro, surcado de prematuras arrugas, mostraba ciertos vestigios de dureza que quedaban desmentidos por sus vivas expresiones. Su voz de bajo, en armonía con su carácter alegre, no resultaba en modo alguno, ni en ningún momento, desagradable. Era amable y risueño. Si una cerradura funcionaba mal, la desmontaba enseguida, diciendo: «Esto es cosa mía.» La arreglaba y la volvía a montar. Por lo demás, daba la impresión de conocerlo todo: los barcos, el mar, Francia, el extranjero, los negocios, los hombres, los acontecimientos, las leyes, los hoteles y las prisiones. Era muy servicial. Había prestado dinero a la señora Vauquer en diversas ocasiones, así como también a algunos de los huéspedes. Pero su mirada profunda y resuelta inspiraba tal temor, a pesar de su aire benévolo, que las personas a quienes favorecía es muy posible que hubieran preferido morir antes que dejar de devolver a aquel hombre lo que les había prestado. Por el modo de escupir denotaba una sangre fría imperturbable, que daba la impresión de ser capaz de no retroceder ni siquiera ante el crimen con tal de salir de cualquier situación equívoca. Como si se tratara de un severo juez, sus ojos parecían ir al fondo de todas las cuestiones, de todas las conciencias, de todos los sentimientos. Sus costumbres consistían en salir después de desayunar, regresar para comer, ausentarse toda la tarde y volver hacia la medianoche, a cuyas horas abría la puerta con una ganzúa que le había facilitado la señora Vauquer. Lo cierto es que únicamente el señor Vautrin gozaba de este favor en toda la pensión, si bien era él quien se hallaba en mejores relaciones con la viuda, a la que llamaba mamá, cogiéndola por el talle. Este halago, en el fondo, no era bien interpretado por la gente. La buena señora: Vauquer, por ejemplo, creía que aquello era fácil, pero lo cierto es que únicamente el señor Vautrin tenía unos brazos lo suficientemente largos como para abarcar aquella pesada y vasta circunferencia. Un rasgo de su carácter era el de pagar generosamente quince francos al mes por un suplemento en el postre. Vautrin sabía o adivinaba los asuntos de todas aquellas personas que le rodeaban, pero nadie podía penetrar sus pensamientos ni sus ocupaciones, pues él era menos superficial que aquellos jóvenes arrastrados por el torbellino de la vida parisiense, o que aquellos viejos indiferentes a casi todo. Aunque hubiese prescindido de su aparente benevolencia, su constante complacencia y su alegría, que eran como una barrera entre él y los demás, se habría dejado traslucir la adusta profundidad de su carácter. A veces tenía alguna salida digna de Juvenal, con la que parecía complacerse en burlar las leyes, fustigando a la alta sociedad e intentando convencerla de inconsecuencia consigo misma. En tales momentos, todo hacía suponer que aquel hombre guardaba algún rencor hacia los estamentos sociales, a resultas quizá de algún misterio cuidadosamente oculto en el fondo de su vida.
Tal vez sin saberlo, la señorita Taillefer repartía sus miradas furtivas y sus pensamientos secretos entre aquel cuarentón y el joven estudiante. Pero ninguno de los dos parecían pensar en ella, a pesar de que el azar podía muy bien cambiarlo todo de la noche a la mañana y convertirse en un buen partido.
Ninguna de todas aquellas personas se molestaba en comprobar si las desventuras alegadas por una de ellas eran falsas o verdaderas. Todas mantenían, las unas para con las otras, una indiferencia mezclada con la natural desconfianza que se derivaba de sus problemas respectivos. Como se sabían impotentes para aliviar sus penas, habían acabado por hacerse insensibles a la condolencia. Como viejos cónyuges, no tenían ya nada que decirse. No les quedaban sino las relaciones de una vida mecánica, el juego de unos engranajes sin aceite. Se habían acostumbrado a pasar sin detenerse por delante de un ciego, a escuchar sin emocionarse el relato de una desgracia, y a ver en la muerte la solución de un problema de miseria que los dejaba indiferentes ante la más terrible agonía.
La más feliz de estas almas desoladas era la señora Vauquer, que se hallaba en la presidencia de aquella especie de asilo libre. El pequeño jardín estaba a su disposición y únicamente a ella le parecía un risueño vergel, cuando el silencio y el frío, la sequía y la humedad, lo hacían tan vasto como una estepa. Tan sólo a ella le parecía que aquella casa amarilla y sombría poseía ciertos encantos. Parecía alimentar a sus penados ejerciendo sobre ellos una autoridad respetada. ¿Dónde habrían podido encontrar aquellos pobres seres en París, por el precio a que ella se los daba, unos alimentos sanos, suficientes, y un apartamento que eran libres de convertir, si no en una pieza cómoda y elegante, sí en una habitación limpia y en las debidas condiciones de salubridad? Aunque ella se hubiera permitido una injusticia manifiesta, la verdad es que la víctima la habría soportado sin quejarse.
Aquellas personas, en su conjunto, ofrecían en miniatura todos los elementos de una sociedad completa. Entre los dieciocho comensales había también, como en los colegios, como en cualquier parte del mundo, una pobre criatura rechazada, sobre la que llovían las bromas. Al comenzar el segundo año de estancia allí, esta figura se convirtió para Eugéne de Rastignac en la más destacada de todas aquellas en medio de las cuales estaba condenado a vivir todavía dos años más. Esta figura era la del antiguo fabricante de fideos, Papá Goriot, sobre cuya cabeza se había proyectado toda la luz del cuadro, de aquel escenario, como suelen hacer el pintor o el historiador con sus temas. ¿Por qué azar aquel desprecio mezclado con odio, aquella persecución mezclada con piedad, aquella falta de respeto, habían afectado al más antiguo de los huéspedes? ¿Acaso había dado él lugar a algunos de esos ridículos que la gente perdona menos que los vicios?
Estas preguntas afectan muy de cerca, en el fondo, a las injusticias sociales. Quizá porque sea propio de la naturaleza humana el hacer que lo soporte todo aquel que todo lo sufre por humildad, por debilidad o por indiferencia. Además de que..., ¿acaso no nos gusta demostrar nuestra fuerza a expensas de alguien o de algo?
Papá Goriot era un anciano de sesenta y seis años que se había retirado a la casa de la señora Vauquer en el año 1813, después de haber abandonado sus negocios. Primero había tomado el apartamento ocupado ahora por la señora Couture, pagando entonces mil doscientos francos de pensión, como hombre para quien cinco luises más o menos constituían una bagatela.
La señora Vauquer había arreglado las tres habitaciones de aquel apartamento mediante una cantidad previa, con la que pagó, según dicen, el valor de un mal mobiliario compuesto de cortinas de calicó amarillo, sillones de madera barnizada y tapizados con terciopelo de Utrecht, algunas pinturas a la cola y unos papeles pintados que habrían rechazado las tabernas de los suburbios.
Tal vez la despreocupada generosidad con que se dejó atrapar Papá Goriot, que por aquel entonces era llamado respetuosamente «señor Goriot», hizo que se le considerase como un imbécil que no entendía de negocios. Goriot llegó provisto de un guardarropa considerable, el ajuar del negociante que no quiere privarse de nada al retirarse del comercio. La señora Vauquer pudo admirar dieciocho finas camisas, cuya calidad resaltaba aún más debido a que el antiguo fabricante de fideos llevaba en la pechera dos agujas unidas por una cadenilla, cada una de las cuales iba provista de un diamante de gran tamaño. Ordinariamente llevaba un traje azul, poniéndose todos los días un chaleco de piqué blanco, bajo el cual fluctuaba su vientre periforme y prominente, sobre el que rebotaba una cadena de oro guarnecida de dijes. Su petaca, también de oro, ostentaba un medallón lleno de unos pocos cabellos que en apariencia le hacían culpable de algunas aventuras. Cuando su patrona le acusó de ser un tenorio, él se limitó a dejar discurrir por sus labios la alegre sonrisa del burgués que se siente halagado.
Sus armarios se llenaron con numerosas piezas de plata procedentes de su hogar. Los ojos de la viuda se iluminaron cuando le ayudó, complacida, a desembalar y colocar ordenadamente los cucharones, las cucharas, las vinagreras, las salseras, varias fuentes y diversas piezas más o menos bellas que valían cierto número de marcos, y de las que él no quería desprenderse. Estos regalos le recordaban las solemnidades de su vida doméstica.
-Esto -dijo a la señora Vauquer, guardando una fuente y un pequeño tazón cuya tapa representaba dos tortolitas que se daban el pico- es el primer regalo que me hizo mi mujer el día de nuestro aniversario. ¡Pobrecilla! Invirtió en este regalo todas sus economías de soltera. Comprenderá, señora, que preferiría cavar la tierra con mis uñas antes que desprenderme de estos objetos. Gracias a Dios, podré tomar el café en este tazón todas las mañanas, durante el resto de mi vida. No puedo quejarme.
La señora Vauquer había visto muy bien, con sus ojos de urraca, ciertas inscripciones en el libro mayor de su huésped, que sumadas podían representar para el buen Goriot una renta de unos ocho o diez mil francos. A partir de aquel día, la señora Vauquer, apellidada de soltera De Conflans, que por entonces tenía cuarenta y nueve años aunque ella sólo aceptara treinta y nueve, concibió algunos proyectos. Aunque el lagrimal de los ojos de Goriot estuviera hinchado y algo colgante, lo cual le obligaba a secárselos con cierta frecuencia, a ella le pareció de aspecto agradable. Por otra parte, sus mejillas carnosas, salientes, pronosticaban, al igual que su larga nariz cuadrada, ciertas cualidades a las que parecía dar gran importancia la viuda, y que aparecían subrayadas en la cara de plato y la expresión ingenuamente tonta del rostro del buen hombre. Daba la impresión de un ser sólidamente constituido, capaz de gastar toda su inteligencia en sentimientos. Sus cabellos en forma de alas de pichón, que el peluquero iba a empolvarle todas las mañanas, dibujaban cinco puntas sobre su estrecha frente, enmarcando adecuadamente su fisonomía. Aunque de aspecto un tanto provinciano, sabía tomar de un modo elegante su rapé. Lo aspiraba como hombre que estuviera seguro de tener su petaca siempre llena de macuba.
El día en que el señor Goriot se instaló en la pensión, la señora Vauquer se acostó por la noche ardiendo en el fuego del deseo de abandonar el sudario de Vauquer para renacer convertida en una Goriot. Casarse, vender su pensión, dar el brazo a aquella fina flor de la burguesía, convertirse en una dama notable del barrio, pedir limosna para los indigentes, jugar pequeñas partidas el domingo en Choisy y Gentilly, asistir a los espectáculos que quisiera en asiento de palco y sin tener que esperar las entradas de regalo que le proporcionaban algunos de sus huéspedes siempre durante el mes de julio... Soñó con todo el dorado brillo de los buenos hogares parisienses. No había confesado nunca a nadie que poseía cuarenta mil francos, acumulados céntimo a céntimo, por lo que financieramente se consideraba un buen partido. «Por lo demás, también me merezco a ese buen hombre», se dijo, volviéndose del otro lado en la cama, como para asegurarse de los encantos que Sylvie encontraba moldeados cada mañana sobre las sábanas.
Desde aquel día y durante unos tres meses, la viuda Vauquer se aprovechó del peluquero del señor Goriot y dedicó algún dinero a su toilette, todo ello justificado por la necesidad de dotar a su casa de un cierto decoro en armonía con las honorables personas que la frecuentaban. Puso un gran empeño en cambiar el personal de la pensión, con el pretexto de no aceptar en adelante más que a las personas más distinguidas en todos los conceptos. Si se presentaba un extraño, enseguida le mencionaba la preferencia que había dispensado a su establecimiento el señor Goriot, uno de los negociantes más notables y respetables de París. Distribuyó también unos prospectos en los que se podía leer: «Casa Vauquer. Una de las pensiones más antiguas y más apreciadas del Barrio Latino. Se disfruta de una vista de las más agradables del valle des Gobelins (que se divisa desde el tercer piso) y tiene un bonito jardín, a todo lo largo del cual se extiende una avenida de tilos.» En el prospecto se refería también a la buena ventilación y a la tranquilidad que proporcionaba su emplazamiento a la pensión.
Esta publicidad trajo a la calle Neuve-Sainte-Genevieve a la condesa de Ambermesnil, mujer de treinta y cinco años, que disfrutaba de una pensión que se le asignaba en calidad de viuda de un general caído en los campos de batalla.
A partir de entonces, la señora Vauquer cuidó ella misma de la mesa, encendió lumbre en los salones por espacio de casi seis meses y cumplió lo prometido en su anuncio, de tal modo que la condesa, llamándola «querida amiga», aseguró a la señora Vauquer que le proporcionaría dos huéspedes más, la baronesa de Vaumerland y la viuda del coronel conde Picquoiseau, dos de sus mejores amigas, que ahora vivían en el Marais, en una pensión más cara que la «Casa Vauquer», aparte que dichas damas vivirían con más desahogo cuando las Oficinas de la Guerra hubieran terminado su trabajo. Después de comer, las dos viudas subían juntas a la habitación de la señora Vauquer. Allí charlaban durante un rato mientras tomaban licor de grosella y comían algunas golosinas reservadas para el paladar de la dueña. La condesa aprobó los proyectos de su patrona con respecto a Goriot, proyectos excelentes que, por otra parte, ella había adivinado desde el primer día. Lo consideraba un hombre perfecto.
-Ah, querida amiga –le decía-, un hombre sano como mis ojos, un hombre perfectamente conservado que todavía puede dar gran satisfacción a una mujer.