Páramo herido - Fabio Neri - E-Book

Páramo herido E-Book

Fabio Neri

0,0

Beschreibung

«Maestro y discípulo en el difícil arte de cazar recompensas, Karlo y Lupo llevan casi dos décadas viajando juntos por las vastas superficies de la Patagonia cuando, de pronto, todo cambia. Y el joven Lupo deberá enfrentarse solo, por primera vez, a los desafíos de la supervivencia en un entorno radicalmente hostil. No solo por sus enemigos naturales, los aborígenes: en ese territorio casi de leyenda conviven militares, colonos religiosos, comerciantes, forajidos, aventureras. La vida está íntimamente ligada a la violencia en un país que está naciendo. La civilización no llega sin la barbarie. El Estado debe conquistar siempre un desierto previo. Imaginemos la tradición de la novela de formación, que siempre persigue algún tipo de fantasma; la intemperie existencial de los protagonistas de The Last of Us; el relato metafísico que construye Hernán Díaz en A lo lejos; y los estratos arqueológicos de la mitología de ese apéndice de Chile que se hunde en el frío progresivo del fin del mundo. En esos parámetros se desarrolla esta primera novela memorable, un western patagónico del que no sales indemne. Un viaje al final de la noche, aunque su luz sea la que rodea a un jinete armado mientras avanza hacia su destino. La luz vertical del mediodía». Jorge Carrión   «Fabio Neri presenta el hallazgo increíble de un género, el western patagónico, a través de una novela apasionante cuya lectura es imposible de interrumpir. Sin duda, una de las mejores películas que he visto. Que no haya habido pantalla es otra cosa». Andrés Montero

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 252

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.


Ähnliche


Páramo herido

Fabio Neri

Páramo herido

© Fabio Neri, 2025

© Diseño de la colección: Rosa Lladó - Salon de Thé

Fotografía de cubierta: © Dan Sadgrove. Licencia de uso otorgada a Ned Ediciones

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Ned ediciones, 2025Primera edición: octubre, 2025

Preimpresión: Moelmo SCPwww.moelmo.com

eISBN: 978-84-19407-80-1

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Ned Edicioneswww.nedediciones.com

Para Mónica,y los Hermanos Gutiérrez

El hambre obliga al hombre a comer y la cárcel a trabajar para que no robe su comida. De modo que siempre hallaremos en el fondo un estómago vacío, base de todo esfuerzo. ¡Pero el hombre debe superarse a sí mismo y solo en él encontrar su propia salvación!

Francisco Coloane

Desde que nací conocí la necesidad, mi corazón descalzo se perdió en la ciudad.De mis suelas gastadas de tanto caminar, aprendí de la vida, la calle y su soledad.

Ana Tijoux

CAPÍTULO I

La última canción

En la cima del promontorio dos hombres permanecen tendidos en la tierra, ocultos entre neneos y coirones. Observan con la templanza del cazador a sus presas, que, cuatrocientos metros más abajo, se mueven en la misma dirección que las nubes. El que sostiene el Winchester toma dos cartuchos de la bolsa de piel de guanaco que tiene a su lado. Los inserta en la cámara, pasa el martillo y apunta. Tiene el viento en contra, pero está acostumbrado a esa clase de retos. A esa distancia, podría incluso darle a un niño.

Karlo le recuerda que al niño no.

—No —murmura Lupo, sin apartar la vista del grupo que prosigue su marcha nómada hacia el este. Jamás le dispararía a un inocente, o al menos no en circunstancias normales. Si su vida se viera amenazada dispararía a quien fuera, pero han salido de caza y un grupo de indios como ese no reviste peligro. Ellos, ocultos por la geografía, silenciados por el viento, son el peligro.

Con el ojo inmóvil puesto en el corazón de la presa, aprieta el gatillo. La bala que sale del cañón atraviesa toda la extensión de aire que separa a los cazadores de los indios y rompe el tórax del que lidera la marcha. El segundo disparo golpea cuando la familia aún no reacciona y le vuela la pierna a la mujer que sostiene al niño.

—Te dije que al niño no —espeta Karlo.

—No le pegué al niño —se defiende Lupo, recargando el Winchester.

Los dos últimos disparos despedazan a un hombre y esparcen a los que quedan, todos en dirección a las colinas que se extienden hacia el oeste como animales dormidos. La imagen de los salvajes corriendo es satisfactoria, pero al mismo tiempo supone un problema: ya no volverán a hacer esa ruta, y ellos tendrán que moverse más al norte si quieren seguir cazando.

Se levantan del suelo y bajan trotando hasta el llano donde quedaron las cosas que los indios abandonaron. El niño llora; en la huida no alcanzaron a recogerlo.

—Tápalo con algo, pa que no se enfríe —dice Karlo, revisando los bártulos y los cuerpos—. Tehuelches —murmura, inclinándose sobre uno de ellos, sacando el filo de la vaina—. Tal como decías, chiquillo, eran tehuelches —anuncia subiendo la voz, y enseguida agarra la oreja de uno, la tira hasta que la ve ponerse blanca y, con la destreza madura en sus manos, la cercena de un corte. Limpia la hoja en la bombacha y echa la oreja en una bolsita de cuero que le cuelga del cuello.

Lupo toma una piel de guanaco, pero Karlo lo detiene:

—No, tápalo con otra cosa.

—¿Con qué cosa?

—Ve vos, ese cuero lo llevamos.

Lupo mira alrededor: lo único que hay aparte de charcos de sangre y tierra revuelta son cadáveres. De modo que arrastra el de la mujer, al cual Karlo ya le arrancó ambas orejas, lo estira al lado del niño, que todavía llora, y le pasa el brazo por encima. La imagen es extrañamente tranquilizadora.

No hablan de la matanza esa noche junto al fuego. Sus zapatos y rostros se tiñen del naranja tembloroso que emana de la fogata. Alrededor están los trastos sucios de una cena rápida —carne de guanaco, embutido, un tacho de café vacío—, y los bultos en los que traen más abrigos. Detrás de ellos, los caballos descansan junto al carromato que compraron hace ya tanto tiempo y que, agitado por el viento, suena como el velamen de un barco.

Karlo saca un cigarro, chupa el papel, aprieta la punta y se lo entrega a Lupo. El muchacho lo enciende con el fierro que usa para remover las brasas. La primera calada siempre le sabe a tierra.

Las interacciones nocturnas entre ambos han sido así desde siempre. No se miran ni tampoco miran la oscuridad adyacente, el baldío inmenso del páramo. Solo atraviesan con pensamientos diurnos las soledades de la noche, los recuerdos que ambos acumulan de los casi diecisiete años que llevan juntos trashumando la Patagonia, desde Río Gallegos a Ushuaia, desde Puerto Natales a Punta Arenas. Esa memoria conjunta que, en total, es un solo silencio. Lupo tiene diecinueve. Karlo nunca ha revelado su edad, pero deben de ser cincuenta o sesenta. Su voz es ronca, como si arrastrara arena y piedras. Su cara luce grietas profundas.

Lupo mira la bolsa que le cuelga del cuello. Aquellos indios eran tehuelches y el precio que les darán será suficiente para pasar las siguientes dos semanas, mientras persiguen la huella de otras comunidades. Deberán pensar mejor su desplazamiento: en época de vientos es fácil perder los rastros.

—Vamos a tener que rumbear al norte, viejo —dice entonces, pasándole el cigarro encendido—. Hacia Pali Aike, a la frontera con Argentina —añade.

—Esa es tierra de Alberts y ese perro carroñero no nos gusta —contesta Karlo, soltando una nube de humo.

—Dicen que allá, además de cazar indios, se pueden cazar recompensas, usted sabe.

—Quiénes lo dicen.

—La misma gente de Menéndez, el chico Urquiza, lo conoce.

—Ese hijo de puta nunca ha matado a nadie.

Karlo preferiría cortarse la oreja antes de darle la razón a un hombre que nunca ha matado a otro hombre. En su vida, inspirada por la fantasía del darwinismo social, el orden de cosas a las cuales sobrevivir está consolidado en una lista: primero, la especie humana; segundo, la naturaleza, y tercero, la idea de Dios. Y, por lo tanto, también el orden de los suministros necesarios para eso: primero, la pistola; segundo, la astucia, y tercero, el conocimiento. El respeto, a su juicio, se gana en virtud de esas premisas. Vivir de otra manera es indigno, rastrero, incluso para un facineroso como él. Lupo, en cambio, incluso siendo su pupilo, solo conoce un instrumento: el rifle. Y solo un enemigo: el hambre. Todo lo demás es un río en el cual es posible entrar y salir las veces que se quiera, seco o empapado.

—Ya veremos —dice Lupo.

Se tiende sobre la piel de guanaco, apoya la cabeza en el Winchester y le pide a Karlo que le cuente una historia, la que sea, cualquiera de esas mentiras que lo ayudan a quedarse dormido.

—No, muchacho, hoy no.

—No sea jodido. Sílbese una canción, entonces.

—Estoy cansado —dice Karlo, apretándose el pecho con el puño cerrado—. Y encima con este viento del carajo.

—Qué le importa.

Karlo frunce el ceño y escupe a las llamas. Con el índice y el pulgar apaga el cigarro, y se lo guarda en la chaqueta. Acomodándose en el suelo, contrayendo los labios secos, comienza a silbar una melodía suave, cuya escala asciende, se quiebra hasta el silencio y vuelve a comenzar, transitando hacia otros caminos. Lupo sabe que improvisa. Cada noche, la melodía es distinta, y eso, en una ciénaga de sensibilidades, lo acerca a un sentimiento blando, líquido, que no tiene nombre. Los músculos pierden tensión. Un techo invisible los cubre y los protege. Los párpados le pesan.

La música se interrumpe de golpe. Karlo tose unos segundos.

—¿Está bien? —pregunta Lupo, incorporándose apenas.

Karlo asiente, carraspea dos veces, y dice:

—Esta es la última, muchacho.

—¿La última canción?

—No, no —se aclara la garganta—, me refiero a esto.

Con la mano enguantada señala el páramo.

—Mañana no partimos ni a Pali Aike ni a Natales, ni a ningún norte —dice—. Me voy al Lago Blanco a arreglar la casa y a retirarme allá. Estoy viejo, pa mí esto se acabó.

No es desconcierto lo que transmite el rostro de Lupo, sino una extraña lucidez; como si de pronto viera a Karlo por primera vez en la vida.

Su voz suena pequeña cuando dice:

—No me está jodiendo.

—Qué voy a estarte jodiendo, cabro.

—¿Pero una casa, usted, que siempre ha vivido al descampado? —Lupo lo mira con sus ojos azules, lo único vivo en aquella cara lampiña, angulosa y sucia.

—No te voy a obligar a nada —dice Karlo, moviendo la cabeza de un lado a otro, apretándose nuevamente el pecho, como si la decisión le doliera—. Hace rato que vos te las arreglas solo. Vos y ese rifle tuyo.

Extendiendo la mano, Lupo le pide de vuelta el cigarro. Este lo saca de la chaqueta y se lo pasa. Lupo se sienta, toma el fierro, lo calienta en las brasas y quema el tabaco.

—¿Y qué vamos a hacer allá en el Lago Blanco? —pregunta, soltando el humo.

—Qué vas a hacer vos, será.

—Lo mismo que usted.

—Ya te dije yo que me voy a descansar.

—Usted se va a morir pa allá.

—De eso me cansé también: de escaparme de la muerte. Mejor que me encuentre en mi casa, seguro que te importa eso a vos.

Lupo sonríe y Karlo escupe sobre la tierra seca.

—Supongo que tenemos plata pa sobrevivir allá —dice Lupo.

—Algo tenemos.

—Porque ni hablar de saquear, asaltar, matar.

—No, allá va a ser distinto, no necesitamos mucho, podemos pescar, cazar guanacos.

—Qué vida del carajo, viejo. ¿Se siente bien?

—Sí, no tengo nada. Y ya te dije yo que puedes hacer lo que quieras.

—¿En verdad me va a dejar solo?

—En verdad.

La casa del Lago Blanco, piensa Lupo, y vuelve a verla como la vio quince años atrás, la primera y única vez que estuvo allá. La imagen entonces se dibuja ante sus ojos: no es una casa, sino una choza, y el lago Blanco no es blanco, sino azul; el cielo es todo un gran cielo, sin fracturas, y el viento crispa las aguas que, en forma de olas, llegan a la orilla arrastrando piedrecitas grises; acaso hay un ventisquero allá sobre la línea que separa las montañas del cielo. La historia de aquel lugar es difusa, pero Karlo lo quiere como si hubiese pertenecido a su familia, solo que la única familia que ha tenido Karlo es Lupo, y Lupo solo ha estado en la casa del Lago Blanco una vez.

El silencio vuelve a caer sobre ambos, uno a cada lado del fuego, y Lupo cierra los ojos con la imagen de aquella choza que ya debe de haber sido arrasada por el viento.

Es aún de noche cuando un ruido lo despierta. En la oscuridad, lo único que refulge son los restos de brasas que no alcanzaron a apagarse.

Aprieta bien los párpados y se levanta dejando caer la piel de guanaco sobre la tierra. No ve a Karlo por ninguna parte, se habrá ido a dormir al carromato cuando la fatiga los tomó por sorpresa a ambos. El ruido que lo despertó proviene de allí.

Recoge el Winchester y, arrastrando las botas, avanza entre los caballos, pasando la palma de la mano por el pelaje de uno de ellos. Debajo, aunque no pueda verlo, palpita un corazón que debe de ser del tamaño de una damajuana, dos pulmones bestiales que se abren y cierran como fuelles. Pero el ruido no proviene de aquellos enormes animales, sino de quien está dentro del carromato.

Lupo deja el Winchester apoyado a la rueda y entra de un salto, haciendo crujir las tablas.

En la penumbra, logra ver el rostro hinchado de Karlo, dos ojos grandes y blancos como queriendo salirse de sus cuencas. Se aprieta el pecho con el puño cerrado, tirando de la camisa.

—Aquí estoy, viejo, aquí estoy —dice Lupo, sin saber dónde poner sus manos.

Los caballos se inquietan. El muchacho acerca el rostro a los ojos del viejo. Pero Lupo es apenas una sombra para Karlo, aquello que está mirando se encuentra mucho más allá del techo del carromato, o de aquel otro techo que es el cielo. Entonces, Lupo comprende que debe actuar.

Salta de vuelta a la tierra, se pasa el Winchester por la espalda y monta uno de los caballos a pelo, no sabe si el suyo o el de Karlo. Una espoleada poderosa en las ijadas y la figura de ambos se pierde noche adentro.

Lo golpea una y otra vez con ambas botas, sintiendo la tensión de su piel en cada acometida, el aroma que desprende la crin. Punta Arenas está seis kilómetros al sur. Dejó el rebenque en el campamento, de modo que solo puede ayudarse con el azote de la mano. De no necesitarlo para regresar incluso pensaría en cortar el caballo a cuchillazos hasta reventarle los pulmones, con tal de ganar tiempo y ayudar a Karlo. El caballo parece intuir las intenciones de su jinete; las pezuñas desgarran la tierra suelta, tierra que parece ceniza. No se ve nada a más de un metro de distancia, pero confía en el instinto de la bestia. ¿A qué velocidad devora la sangre ese corazón inmenso? ¿A qué velocidad debe estar devorándola el de Karlo ahora, solo, dentro del carromato?

Las farolas de Punta Arenas aparecen cuando el caballo ya no puede mantener el galope. Lupo disminuye la velocidad, se incorpora sobre el lomo y atraviesa a trote la Pampa Chica, donde en verano los indios se instalan a venderles sus productos a la gente de la ciudad. Luego enfila por el Camino de la Pampa, a un costado del hipódromo, con el intenso oleaje del estrecho de Magallanes a la izquierda y las primeras casas a su derecha, casi todas de inmigrantes como los padres de Lupo, casi todas construidas con una fuerza solo posible gracias a la desesperación y la urgencia. El aroma a madera de los aserraderos flota en el aire, lo cual le recuerda, sin saber la razón, la ingratitud con la que la gente de aquella tierra ha tratado a los muchachos como él, alimañas huérfanas sin nada que perder en la vida.

Poco antes de llegar a la plaza Muñoz Gamero, donde el suelo ya es de adoquines, se detiene ante una casa roja de dos pisos. En la fachada hay tres ventanas arqueadas divididas en dos, con los marcos y los postigos blancos, y un balcón cuyas balaustradas se extienden en paralelo a la calle.

Lupo desmonta, se quita el Winchester de la espalda, se aproxima a la puerta de roble y llama sin usar la aldaba, con los puños desnudos y helados por la carrera. Llama de nuevo, esta vez dando culatazos con el rifle, y al cabo de un rato, le abre un hombrecito nervudo, con el rostro cansado, sosteniendo un candelabro. Antes de que pueda reaccionar, Lupo empuja la puerta y lo toma del cuello.

—Agarre su maletín y súbase al caballo —le dice.

El hombre balbucea algo, pero Lupo insiste:

—No le estoy preguntando, doctor —aumenta la presión en el cuello—. Dicen que usted atiende hasta al más miserable de los miserables, así que saque el cuerpo de la casa y súbase al caballo.

Lo suelta, y, diez minutos después, galopan de regreso al lugar donde está Karlo.

Lupo sostiene el Winchester cargado sobre el hombro, apuntando directo a la quijada del doctor.

—Un solo movimiento raro y se me muere aquí mismo, arriba del caballo, y después lo dejo en el páramo, comida pa los indios —grita Lupo, bien tomado de las riendas.

Las noches en esta época todavía son cortas, y por el este, remontando el Estrecho, se avizora el nacimiento del día.

La oscuridad da paso a un azul incómodo para la vista, pero que le permite a Lupo espolear al caballo sin depender enteramente de su instinto. Aparecen los montículos y las rocas; una quebrada seca que sirve de cauce para un pequeño riachuelo; la turba esporádica tiñendo el suelo con manchones negros; los líquenes, las matas, el breñal y los tocones confundiendo sus formas; los huesos de un animal que fue depredado o que halló una muerte apacible; los cipreses encorvados, como hombres cansados de tanto dolor.

Lupo mira a la izquierda, donde las primeras luces aún no llegan, y ve un rebaño de guanacos correr despavoridos hacia el cerro.

Cuando llegan a donde está el carromato, Lupo tira de las riendas, frena en seco, salta del caballo y ayuda al doctor, que, aferrado a su maletín, cae sobre la tierra levantando una nube de polvo.

Las brasas están consumidas, casi no desprenden humo.

Lupo percibe cómo el viento trae consigo algo que no le gusta nada, el aroma agrio de la desgracia.

Caminan juntos hacia el carromato, deja el Winchester apoyado en la rueda y sube junto al doctor. El carromato está estacionado perpendicular a las ráfagas, de tal manera que no se forme corriente dentro. En oposición, la lona debe resistir con rigor las acometidas del viento.

Con una delicadeza exasperante, el doctor deposita el maletín sobre la superficie de madera y extrae de su interior el estetoscopio. Lupo lo mira ponerse las olivas en las orejas, apoyar la campana sobre el pecho desnudo de Karlo.

—¿Puedes prender eso? —el doctor apunta a la lámpara—. Toma —del maletín saca una cajita de fósforos y se lo entrega.

Lupo enciende la lámpara y entonces el interior del carromato se ilumina dejando a la vista lo que hay dentro: fardos de paja, cajas de madera en las que guardan las municiones, las medicinas, los alimentos no perecibles como el arroz, las legumbres, incluso una bolsa de café de dos kilos, algo difícil de conseguir pero que Karlo trafica con unos conocidos de Cabo Negro. De los travesaños que sostienen la lona penden restos de guanaco seco, lonjas de charqui, herramientas para el carneo, unas pocas aves enganchadas a espolones pequeños, una caña de pescar desmontada que solo usa Lupo. Tras la figura del doctor, un óleo del porte de un libro retrata un lago entre montañas e inmensas extensiones boscosas. El cuadro era de un marinero galés de esos que Karlo engañaba jugando al póquer o a los juegos de astucia que, incluso borracho, dominaba. ¿Es esa la imagen que Lupo ha alimentado a lo largo de los años? ¿Son esos trazos opacos el olor y la temperatura del Lago Blanco?

Junto al cuadro cuelgan herraduras nuevas, también correas de cuero, rebenques de madera y de fierro, un bozal que, por su tamaño, no le sirve a ninguno de los caballos y cuyos extremos se derraman dentro de una bolsa con heno. Tres baldes están apilados justo detrás del jergón de paja. Apoyado en uno de los baldes, Lupo alcanza a ver el saco de Karlo. De su bolsillo asoma el panfleto con el que el viejo ha creído entender la naturaleza humana, y, por lo tanto, el universo. Jamás, hasta ese entonces, lo ha compartido con él. Es una especie de secreto del cual nunca fue parte. Y empujado por lo irreal del momento, lo toma de la punta, tira, lo sopesa con ambas manos y lo acerca a la luz de la lámpara: «El origen de las especies entendido por el señor Herbert Spencer y explicado por los antropólogos de la Universidad de Chile».

El doctor le echa una mirada mientras ausculta a Karlo.

—Sinsentido —dice.

—¿Cómo?

—Esa lectura es un sinsentido.

Y antes de que Lupo pueda replicar, agrega:

—Este hombre está muerto, muchacho. Lo más probable es que haya sufrido un infarto, algo fulminante. ¿Necesitas que sea más específico?

Lupo lo mira sin moverse.

—Muy bien —continúa el doctor, enrollando el estetoscopio que enseguida mete dentro de las fauces de su maletín—, porque no hay nada más específico que la muerte.

No hay nada más específico que la muerte, mastica Lupo, y apenas reacciona cuando la flecha entra por uno de los extremos del carromato, atraviesa el cuello del doctor y suelta un chorro de sangre sobre el cuerpo exánime de Karlo. Es una muerte específica, la del doctor, así como la muerte de Karlo, y la muerte de Lupo, que se considera hombre muerto, porque no tiene el Winchester a mano y dos indios, uno a cada lado del carromato, lo apuntan con sus arcos. El aroma agrio de la desgracia es el aroma agrio de los indios.

CAPÍTULO II

Tanghe

Un golpe de agua fría despierta a Lupo. La luz del sol, acuosa e imprecisa, le escuece los ojos. Se remueve sobre el barrial en el cual está sentado, pero solo consigue deslizarse un poco y encajar la espalda al poste de madera donde han amarrado sus muñecas. Tira de las cuerdas, pero el nudo es recio y le hiere la piel. La cabeza le palpita como si hubiese tomado aguardiente hasta el hartazgo. Vuelve a tirar de las sogas y solo consigue hundirse un poco más en el barro. Sobre él hay un toldo de tela gris que no alcanza a cubrir aquel amanecer reclinado.

—No trates —un indio aparece frente a él con otro balde—, ahora eres preso nuestro, ahora tú eres nuestro.

Con una amplia parábola le echa otro baldazo de agua fría, pero esta vez deja que el balde continúe la trayectoria y golpee el pómulo de Lupo. Es fuerte para ser un indio. De facciones sorprendentemente occidentales. Algo que repugna a Lupo es el mestizaje, le cuesta tolerar el descuido que lleva a algunos a mezclarse con indios a pesar de haber sido privilegiados con sangre civilizada. Es algo que le quema las entrañas. Hay quien tiene estómago para todo, piensa, y escupe al barro, pero el indio se ha ido.

Desplegado a un costado de una arboleda de lengas, protegido por tres pequeñas colinas, hay un campamento con indios vistiendo sombreros, suspensores, pantalones, cocinando en marmitas, recolectando ramas del breñal que se extiende hacia las colinas. Una tienda alta y robusta, hecha con pieles de guanaco, está montada a más o menos cinco metros de distancia. A su alrededor, otros toldos indios forman un semicírculo en cuyo centro yacen los restos de un fogón apagado.

Lupo respira, huele la mierda. Supone que es porque está sentado cerca de donde el campamento defeca, el lugar donde suelen dejar a los prisioneros. Hace un esfuerzo por percibir el aroma de la comida, a ver si eso le da algún otro indicio sobre la naturaleza de aquel grupo de criaturas. Cocinan carne. Carne de guanaco con algunas hortalizas para complementar. Los perros merodean las marmitas atraídos por el olor, mean las cajas de aguardiente, de vez en cuando ladran al cielo como queriendo ahuyentar al viento o a las nubes. Donde haya indios habrá perros.

Afina el oído e intenta escuchar las conversaciones, pero es imposible entender lo que dicen. El de los indios es un idioma que suena a gargajos.

Mira hacia las colinas, detrás del campamento, y aunque el contraste del verde sobre el celeste es reparador, se siente abatido y se pregunta dónde estará Karlo. Baja los ojos por la ladera, como si recorriéndola con la mirada pudiera encontrarlo montado en su caballo, escrutándolo con su mirada de piedra; o allí, en la sima, donde el faldeo conecta con el pequeño valle, trotando hacia él, flanqueando la tienda grande, los toldos pequeños, esquivando a todos esos indios, adultos y niños, gruñéndoles a los perros, hasta encarar a Lupo y preguntarle por qué se ha dejado atrapar, cómo es posible que con su oído, con su olfato, con su Winchester, se hubiese dejado capturar por dos o tres salvajes armados solo con arcos. No se puede ser más inepto, habría dicho, y luego habría fustigado a su caballo con el rebenque, alejándose de Lupo en cualquiera de las direcciones, hasta desaparecer.

Pero Karlo ha muerto de manera específica, y su cuerpo debió de ser vandalizado y devorado por los indios. Ahí está, en las marmitas, mezclado con la carne de guanaco, con las hierbas, hirviendo y macerándose.

La sola idea le revuelve a Lupo el estómago.

—Así que tú —escucha, de pronto, a su espalda—. Tú no hablas mucho.

Lupo no puede girarse para ver de quién se trata, pero, por la forma y el tono, supone que es un indio. También está amarrado al poste.

—¿Qué hace un indio prisionero de indios? —pregunta Lupo con aspereza.

—Entonces hablas.

—Dime qué haces amarrado al poste, como yo.

—El doctor.

—Vos fuiste el que atravesó con una flecha al doctor —dice, y enseguida agrega—: Vos mataste y te comiste al doctor.

El indio empuja la espalda contra la de Lupo, lo suficiente como para inclinarlo un poco.

—Soy asesino, como tú, pero con razón.

—Qué sabe un indio de razón —zanja Lupo.

En el margen opuesto del campamento, una reata de caballos rumia el pasto crecido. Entre las bestias Lupo no ve la suya ni la de Karlo, solo alazanes pacíficos. Tal vez sus caballos alcanzaran a escapar a la tentativa de captura, o fueran asesinados ahí mismo, en el campamento. Es posible que los carnearan en el lugar y trajeran las lonjas de carne para meterlas en las marmitas junto a las de los guanacos y las de Karlo.

Karlo.

¿Es posible que Karlo esté muerto? El doctor fue claro, pero Lupo no alcanzó a comprobarlo: poner el índice y el mayor en la yugular, sentir la tensión de la arteria. ¿Y si realmente sus restos están ahora siendo cocinados en esas marmitas? ¿Y si los indios los carnearon como a los caballos? En el mejor de los casos, quemaron el carromato y Karlo y el doctor son ahora poco más que cenizas en el páramo.

Lupo intenta espantar esos pensamientos.

—¿Verdad lo de Segunda Angostura? —pregunta el indio—. ¿Verdad lo de Segunda Angostura?

—¿Qué de Segunda Angostura?

—¿Verdad lo de Karl Falljack?

—Falljack —repite Lupo y escupe al suelo—. No, no es verdad. Eso se lo inventaron los indios, ustedes se lo inventaron.

—¿Por qué lo inventamos?

—No sé, pregúntaselo a tu gente.

Lupo mira hacia la tienda de piel de guanaco. Se ve bien construida: a pesar de sus dimensiones, las costuras entre los cueros están cosidas con firmeza. Las estacas en la fachada son seis, altas y flexibles, posiblemente de la lenga que abunda en la arboleda. No es la madera más resistente, pero es la que tienen más a mano. El que estén instalados en un lugar tan protegido del viento también ayuda a la conservación de las estructuras, y, desde luego, a ocultarse de las miradas indiscretas de los colonos que pudieran alertar a la ley. Aunque la ley en ese lugar es solo una teoría.

—¿Verdad lo de McLennan?

Lupo suelta un soplido.

—No sé de qué hablas.

—Tierra del Fuego, los soldados de McLennan. Cuarenta, dicen.

—Ustedes se matan entre ustedes, siempre se han matado entre ustedes, qué importa lo que les hicimos a los de McLennan.

—No nos matamos entre nosotros, combatimos, combatimos, sí.

—Dime entonces cuál sería la diferencia.

—Hay diferencia —dice el indio, pero enseguida calla.

Lupo advierte el titubeo en su voz, y recuerda una historia que escuchó hace muchos años en Punta Arenas.

Un grupo de mineros húngaros había montado un campamento en los márgenes del río Fuego, en el cabo Peñas o por ahí cerca. Extraían sedimento del lecho y lo lavaban y de vez en cuando daban con alguna pepita de oro. Eran hombres buenos, fuertes y trabajadores, como la mayoría de los húngaros que llegan a estos rincones del mundo. El líder de la expedición se llamaba Umbert, aunque no hay seguridad sobre esto. Los tipos afanaban de sol a sol y pronto los resultados fueron evidentes. A los pocos meses habían extraído casi medio kilo de oro puro, un éxito inesperado y, con todo, la razón por la cual tendrían que quedarse un tiempo más en aquel sitio. Creían haber encontrado el lecho aurífero más rico de Tierra del Fuego. El Ofir de la Patagonia. Nada de lo que habían visto o en lo que habían trabajado más al norte era comparable. Era el descubrimiento más valioso de sus vidas. Estaban satisfechos de poder compartirlo entre ellos después de tantos años trabajando juntos, fracasando juntos.

El problema es que los húngaros son personas confiadas, no se asustan con los indios ni con los matones de Menéndez. Y estos solo andaban con un revólver para salir de apuros. De hecho, salvo Umbert, ninguno sabía dispararlo.

Tuvieron suerte esos primeros meses. El clima fue generoso, tan generoso como el lecho del río. Y hacia la costa, en los acantilados, no era difícil robarles huevos a los cormoranes.

Pero una noche la suerte se les acabó. Mientras comían en silencio alrededor de la fogata, oyeron gritos que provenían del interior de la isla, de ese bosque que se extendía hacia el sur, al borde de las montañas, y al que, hasta entonces, habían evitado entrar. Todos estuvieron de acuerdo en que eran gritos de mujer. Deben de ser onas, dijo uno, y también estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería quedarse en el campamento. Conocían algunas de sus costumbres y sabían que se robaban a las mujeres entre tribus, provocando riñas, incluso pequeñas batallas, en las que era mejor no meterse. Menos con medio kilo de oro bien ganado. Pero los gritos se convirtieron en alaridos y ninguno pudo quedarse tranquilo. Así que Umbert tomó el revólver y fue con dos mineros más a ver qué pasaba. Si encontraban algo se mantendrían al margen, solo ofrecerían ayuda si veían a alguien herido.

En el campamento quedaron los otros tres mineros, despiertos, atentos a la misión de sus compañeros, tan concentrados en eso que no oyeron venir al grupo de indios que los asaltó por la retaguardia, sin misericordia. Les pegaron hasta matarlos, les robaron todo y después huyeron como cucarachas.