Perdida en la tormenta - Holly Webb - E-Book

Perdida en la tormenta E-Book

Holly Webb

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Beschreibung

La gatita Pelusa está creciendo y la familia de Eli decide comprarle una gatera para que entre y salga de casa cuando le plazca. A Eli no le hace ninguna gracia, porque piensa que Pelusa se puede volver a perder, como en las Navidades pasadas. Y es que Pelusa es una gata muy aventurera que pronto descubrirá las distracciones del jardín de Eli y también lo que esconden los jardines vecinos. Pero como Eli se temía, llega el día en que Pelusa sale por la gatera y no regresa. Hace mucho frío y la nieve lo ha teñido todo de blanco. ¡Pobre, Pelusa! ¿Dónde estará? ¿Se habrá refugiado en algún lugar?

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Seitenzahl: 57

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Perdida enla tormenta

Perdida enla tormenta

Holly Webb

Ilustraciones de Sophy Williams

Título original: Lost in the Storm

Publicado originalmente en Stripes Publishing, un sello de Little Tiger Press

© 2006, Holly Webb

© 2006, Sophy Williams, por las ilustraciones

© 2020, Ricard Vela (La Letra, S.L.), por la traducción

© 2020, Shackleton Books, S.L.

Zanzara es un sello editorial de Shackleton Books, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Ilustración de cubierta: Sophy Williams

Realización editorial: La Letra, S.L.

Diseño de tripa y maquetación: La Letra, S.L.

Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)

Primera edición: septiembre de 2020

ISBN: 978-84-18139-76-5

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Para Tom.

Uno

La gatita Pelusa estaba tumbada de espaldas en su cesta, exhibiendo su tripita afelpada y roncando un poquito. No estaba profundamente dormida, solo adormilada, con las patitas plegadas bajo la barbilla. Su cuerpecito solamente ocupaba un rincón de la cesta. Estaba creciendo, pero no muy rápido. La cesta estaba en una mancha de sol invernal y era deliciosamente confortable. Aquella tarde su intención era pasarse tanto tiempo como fuera posible de esa manera. Después de todo, tenía que conservar las fuerzas para cuando Eli volviera del colegio y quisiera jugar.

La mamá de Eli pasó por allí y Pelusa abrió un ojo con aire pensativo. ¿Había alguna posibilidad de un tentempié? La madre extendió el brazo para acariciarla detrás de las orejas. Al principio no había querido que Eli tuviera un gato. Cuando encontraron a Pelusa en la granja donde había nacido, su madre había comentado que era una gatita sucia y desaliñada, y le dijo a su hija que en lugar de aquel cachorrito podía tener un pez de colores. (En realidad, Pelusa estaba un poco triste por que la niña no tuviera un pez de colores. A ella sí que le habría gustado.) Pero cuando vio cómo se disgustaba su hija, y comprendió que ya era suficientemente mayor para ocuparse de un gatito como Dios manda, cambió de opinión. Y ahora se lo consentía todo, casi tanto como la misma Eli. Pelusa ronroneó como respuesta a su gesto, y agitó las patitas perezosamente. La madre le toqueteó el pelo sedoso de la tripa y se echó a reír. Cogió el paquete de golosinas para gatos de la encimera y Pelusa saltó de la cesta como un muelle para ponerse de puntillas y arañar la puerta de la despensa con las patas delanteras.

—No debería hacerlo —dijo la madre mientras negaba con la cabeza—. Comes demasiadas cosas de estas. La cesta se te quedará pequeña.

Pelusa mordisqueó la golosina con sabor a gambas con delicadeza y la cogió de la mano de la madre para después llevársela a la cesta de un salto. Sabía que la mamá de Eli estaba bromeando. ¡La cesta era enorme! A la gatita le gustaba acurrucarse en uno de sus bordes para parecer un poco más pequeña. La madre tenía la impresión de que la niña y su padre se habían pasado un poco en la tienda de animales.

Un par de días antes de Navidad, Eli y su familia habían acabado encontrando a Pelusa después que la gatita se escapara. Había huido de la granja para evitar que un niño horrible la entregara como alimento al pastor alemán de los vecinos. Por suerte, todo había acabado bien.

Sin embargo, habían sido las Navidades con más nieve de los últimos veinte años, así que la niña no pudo salir a comprarle un regalo navideño a Pelusa. Fue a buscarlo cuando se derritió la nieve, y se gastó en juguetes para gatos casi todo el dinero que le había regalado la abuela aquellas navidades. Cuando volvía del colegio, Eli pasaba por una tienda de animales y le gustaba entrar un momento y gastarse su paga semanal en cosas para la gatita, lo que a Pelusa no le molestaba en absoluto, ya que le gustaban mucho esas golosinas para gatos con sabor a gambas…

De pronto, Pelusa levantó las orejas. Oyó que alguien abría la puerta principal. Eli había vuelto del colegio.

—¡Ya estoy en casa! —gritó, y la gata fue brincando hasta la puerta para enroscarse amorosamente alrededor de sus piernas.

También pudo disfrutar de husmear un poco el exterior, hincando el hocico en el quicio de la puerta.

Eli la levantó en brazos con delicadeza.

—¡Eh, Pelusa! ¡No te escapes!

La gatita frotó la cabeza arriba y abajo contra la barbilla de la niña. No estaba intentando fugarse. Pero sería divertido salir y dar una vuelta por ahí. Desde que Eli y su familia la adoptaron, apenas la habían dejado estar fuera, y ser un gato de interior a veces podía resultar un poco aburrido. Eli la sacaba al jardín los fines de semana, pero cuando volvía del colegio ya era demasiado oscuro. A Pelusa le encantaba el jardín, arañar la corteza del árbol, perseguir las hojas y contemplar el comedero para pájaros. Cada vez que salían, deseaba ir a explorar más lejos, pero se daba cuenta de cuánto se preocupaba la niña porque pudiera volver a perderse, así que se quedaba cerca de ella. Aunque creía que era un poco absurdo, ¡como si pudiera perderse solo por explorar el jardín del vecino! Si antes se había extraviado, era solamente porque era demasiado joven. Ahora era un poco mayor, y estaba segura de que sabría encontrar el camino de vuelta.

—¡Te he traído un regalo! —dijo Eli mientras cerraba la puerta de casa.

Llevó a Pelusa hasta la cocina, le dio un abrazo rápido a su madre y se puso a rebuscar en su cartera.

—¿Otra visita a la tienda de animales? —le preguntó mamá, medio enfadada y medio sonriente—. Este gato se va a creer que cada día es Navidad.

La niña se sintió un poco culpable. La tienda de animales estaba de camino a casa y tenía permiso para entrar en ella un momento, siempre que no se entretuviera mucho. A su madre le gustaba saber dónde estaba.

—Ya lo sé. Pero tú dijiste que le hacía falta un collar. Antes no tenían ninguno bonito de verdad, ¡pero mira este!

Y levantó un collar azul precioso.

—¿A que es bonito? Y, mira, hay un espacio para poner su nombre o lo que sea.

Eli se lo abrochó a la gatita alrededor del cuello y Pelusa sacudió la cabeza con energía, como si no estuviera convencida con aquel atuendo.

—Es un poco grande —dijo Eli mientras lo estudiaba cuidadosamente—. Pero supongo que ya lo llenará cuando crezca, ¿no crees? Se ve estupendo.

Del collar colgaba una pequeña chapa redonda y dorada.

—Mira, aquí podemos escribir su nombre o lo que queramos —explicó la niña—. En la tienda pueden hacerlo, pero antes de pedírselo he preferido venir a casa para pensarlo bien. ¿Quizá deberíamos grabar también nuestra dirección, por si acaso se pierde?

Su madre se quedó pensativa durante un momento.