Perdidos en el Iberá - Horacio Eduardo Bruch - E-Book

Perdidos en el Iberá E-Book

Horacio Eduardo Bruch

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Beschreibung

¿De qué pueden ser capaces tres jóvenes con discapacidad motora para recuperar su plenitud? Las circunstancias los empujaron a un submundo en el que, gracias a la solidaridad mutua, las capacidades vigentes y creer en sí mismos, pudieron luchar contra las adversidades mientras trataban de volver a sus lugares y a sus estados normales. Así, entendieron que las discapacidades no están en sus cuerpos, sino en la actitud personal que uno adopta frente al mundo que los rodea. Sin embargo, al final de esta historia, queda la puerta abierta a muchas cosas: si es una novela o fue un hecho de la vida real; si la integración al mundo, a la sociedad tal cual es, puede alcanzarse, o si los miedos seguirán vigentes, como una marca, por el resto de las vidas.

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Seitenzahl: 245

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Casco, Facundo

Perdidos en el Iberá : crónica de nuestro regreso / Facundo Casco ; Alejandra Soledad Satriani ; Horacio Eduardo Bruch. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

224 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-772-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Aventuras. I. Satriani, Alejandra Soledad. II. Bruch, Horacio Eduardo. III. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Perdidos en el Iberá Crónica de nuestro regreso

Alex Facio Brusacas

Índice

Capítulo 1

De periodista a escritor Pág. 9

Capítulo 2

El hombre que no era yo Pág. 27

Capítulo 3

Gustavo era de la pesada Pág. 37

Capítulo 4

La incertidumbre de un viaje Pág. 47

Capítulo 5

Irma, la del tercero Pág. 57

Capítulo 6

El hombre del traje a rayas Pág. 65

Capítulo 7

Asunción era la clave Pág. 75

Capítulo 8

Una alfombra mágica Pág. 85

Capítulo 9

Un vuelo con carga extra Pág. 93

Capítulo 10

El segundo cadáver Pág. 101

Capítulo 11

Un aterrizaje inevitable y fatal Pág. 111

Capítulo 12

Apareció la alfombra mágica Pág. 119

Capítulo 13

La lucha por volver a casa Pág. 127

Capítulo 14

Margarito Tereré Pág. 135

Capítulo 15

Una noche de sobresaltos Pág. 141

Capítulo 16

Refugio seguro Pág. 149

Capítulo 17

La isla de las cuevas Pág. 159

Capítulo 18

Un canal no muy lejos Pág. 167

Capítulo 19

Una pelea ridícula Pág. 177

Capítulo 20

Un puente río abajo Pág. 185

Capítulo 21

Fortachón y la ñatita Pág. 193

Capítulo 22

Entre los esteros y la civilización Pág. 201

Capítulo 23

Tres cadáveres en el gimnasio Pág. 209

Capítulo 24

Veinte años después Pág. 217

Epílogo Pág. 221

Capítulo 1

De periodista a escritor

Debí comenzar hablando sobre los tres cadáveres que vi en el gimnasio de la clínica donde fui internado después de recibir la puñalada trapera más vil y cobarde. Pero, como siempre, me hice el ordenado y preferí intentarlo a partir de cuando empezó toda esta trama que me llevó a involucrarme con varios homicidios y con el narcotráfico.

Para comenzar, diré que no soy escritor y que tomé el nombre de Alex Facio Brusacas para ocultar el mío cuando decidí escribir esta historia. Nunca sospeché que el miedo a enredarme con la muerte me perseguiría por el resto de mis días. Aunque de entrada supe que tendría problemas. ¡Hoy, todavía, hay cuestiones sin resolver!

Trabajaba como periodista en una revista escribiendo crónicas sobre bandas de rock que nunca llegarían a ser famosas. Hasta que, un día, en mi casa, recibí un puntazo que me arrojó contra el respaldo del sillón. Cuando intenté reincorporarme, terminé en el piso y no pude contener el grito que atrajo a mi esposa. Llegó y, al verme, sus cabellos erizados por el cepillo se aplastaron. Masculló la bronca contenida y, con las manos en la cintura, lanzó un reproche que me hizo bajar la cabeza.

—¡Andá… a ver… al médico! ¡Y dejate… de… embromar! —dijo.

—La culpa es del sillón —respondí para sacarme la soga del cuello.

—¡Bueno! ¡El sillón va al carpintero, vos al médico, pero no vuelve ninguno sin un certificado! —Me miró, hizo sonar los nudillos y continuó—: ¡Ah! ¡Escuchá bien lo que te digo! ¡No te quiero ver más sentado frente a la bendita computadora!

—Es mi trabajo —cuestioné sin ánimo de pelear.

—¡Me importa un bledo que lo sea! ¡Vos, primero, vas al médico, y después vemos si seguís escribiendo o agarrás la pala!

Llegué hasta la cama y me derrumbé. Miré, con los ojos desbordados, el cielorraso de la habitación. Me dolía lo suficiente. Pero más me dolía que mi esposa tuviera razón. Por eso, al otro día, fui a ver al médico y, ni bien entré, hizo el sarcástico comentario de siempre:

—¡Otra vez te atacaron por la espalda!

—¿Por casualidad usted no se estará viendo con mi esposa? —le pregunté—. Los dos repiten el mismo libreto.

—Si lo hiciéramos, la cuchillada habría sido mortal. No se preocupe —dijo y, después de revisarme, agregó—: Lo mejor es que lo derive a un especialista y, si es posible, que lo internen para una buena rehabilitación. —Giró hacia mí y, haciendo un gesto, agregó—: Así ella consigue un amante con más coraje.

Y me mandó a una dirección.

En menos de una semana, supe que, sin una buena terapia, no podría seguir escribiendo. Así que, de ahí, terminé en una clínica que me recomendaron. Estaba ubicada en Caballito y, con la orden en mano, fui a conocerla. Era un gran edificio de ocho pisos con muchas ventanas. Me extasié contándolas. La mayoría estaba abierta. Para entrar, debí franquear el control de dos agentes de seguridad, quienes me reclamaron una orden de ingreso. Afortunadamente y por deferencia del médico, la tenía en mi poder.

Entré a la recepción y, mientras me presentaba con una carpeta y todos los estudios, un bullicio de gente exaltada irrumpió en la sala de espera. La manifestación, encabezada por tres jóvenes en sillas de ruedas, estaba conformada por lo que supuse que eran padres, madres, hijos, tíos, hermanos y abuelos. Todos llegaron en cortejo y desplegando tanta alharaca que terminaron por desplazarme a un mullido sillón del segundo plano. Nunca nadie podría imaginar que esos tres jóvenes, con quienes me iría encariñando tanto, serían los tres primeros cadáveres que vería en mi vida.

En fin, la turba apabullaba a la señorita de la recepción, y los jóvenes, al ver las puertas del ascensor abiertas, se adelantaron. Los seguí con la vista hasta que desaparecieron. En el mostrador, intentando explicar que no hacía falta un permiso, la rubia recepcionista pedía que se tranquilizaran. Pero el comando familiar insistía. Entonces, todo se desbordó, la joven levantó la voz y dijo:

—¡Escuchen, por favor! ¡Ya están autorizados! ¡Pueden pasar!

Los acompañantes, que por fin atendieron y entendieron, mirándose y en una dislocada formación, comenzaron a subir hasta el piso indicado. Cuando el alboroto se perdió por la escalera, la joven se abocó a concretar mi visita llenando planillas y abriendo cuestionarios hasta completar un protocolo.

Liberado de tantos trámites, subí a una oficina del segundo piso, después al quinto y, por fin, a otro, donde terminaron por acostarme en la cama de una habitación desierta y poco agradable. A pesar de llevar como salvoconducto el pretexto de haber venido solo, cuando la enfermera comenzó a acomodar mis pocas cosas en una mesa de luz, entendí que ese sería mi nuevo domicilio por un tiempo.

—¡Tengo que llamar a mi familia! —intenté, como último recurso—. No vine preparado para esto.

Pero la voz de la enfermera se propuso aliviarme:

—Quédese tranquilo. La gente de la oficina ya se comunicó, y mañana van a venir con lo necesario. —Tenía el tono de las cordobesas del centro.

Me resigné a aceptar la entrecomillada invitación. Miré por la ventana esperando que desde el edificio de enfrente alguien me viera, se interesara en mí y viniera a visitarme. Pero nada de eso sucedió. La noche comenzó a caer más allá del cemento de las paredes, y yo, pensando que los de enfrente estarían ocupados con sus cuestiones, de a poco, fui renunciando a un pedido de ayuda.

Recorrí la habitación con la vista y, después de darme cuenta de que era igual a todas las habitaciones de otras clínicas, no me quedó más remedio que esperar. Llegó un médico de traje, muy amable, con la carpeta y una serie de preguntas. Después, otra joven de auditoría y, al rato, una mucama con algo que anunció con dos palabras:

—¡La cena!

Nos saludamos. Pero, inmediatamente y después de ver el plato, exclamé:

—¡¿Una pata de pollo con dos verduras y una pera?! ¡Perdóneme! ¡Eso no es una cena!

—No se crea, señor. En una semana, va a desear que todos los días sean jueves.

—¡¿Todos los jueves me traerán esto?!

—Sí, señor.

—¡Esto no es algo que se compare con una cena! —repetí.

—Dentro de poco lo será —insistió.

Cuando terminé la compota bastante desabrida, apareció la enfermera de la noche con una pastilla muy pequeña.

—¿Para qué es? —pregunté.

—Para que la tome, señor —dijo con delicadeza.

Volví a mirar el techo. Mi mente se puso tan blanca como la pintura y terminé por acomodarme en la cama para mansamente dormir.

A las siete y media, la voz de una nueva mucama me despertó pronunciando mi nombre. Acercándome el desayuno, se presentó. Junto a ella, otra, tan solícita como la primera, aseaba la habitación. El día transcurrió con varias visitas, hasta que llegó mi esposa con un bolso lleno de ropa y otros menesteres que distribuyó prolijamente en el placar. Las entrevistas continuaron durante los días siguientes hasta que por fin alguien me comunicó que estaba todo dispuesto para que yo bajara al gimnasio.

En la mañana de ese día, dos camilleros me trasladaron en una silla de ruedas al primer piso y me dejaron en la puerta de un gran salón lleno de distintos aparatos. Era muy espacioso y cómodo. Los demás pacientes, casi siempre acompañados por alguien, realizaban diferentes actividades. Tuve la sensación de que mi cuerpo sucumbiría al primer intento y concluí que este sería un día demasiado ríspido. A los diez minutos de esperar, alguien se presentó:

—Hola. Soy su kinesiólogo —dijo.

—Y yo, supongo, su paciente —respondí.

Me miró, comprendió mi acento, dijo: “Supone bien”, y me llevó a una camilla donde comenzó a movilizarme.

Después de unos largos minutos, me dejó. Miré con quiénes compartiría este espacio todos los días. Había pacientes con distintas dolencias. Reparé en una señora mayor que conversaba con otra. Más allá, otro señor, con una pierna ortopédica, iba y venía saltando una cuerda. En el sector de los aparatos, varios jóvenes y un par de niños alternaban sus rutinas como si compitieran. Otro, con una coraza en las piernas, caminaba dentro de unas paralelas. Varios médicos iban y venían.

Hasta que, enfrentados en el rincón de las actividades lúdicas, reconocí a los tres jóvenes que habían ingresado el mismo día que yo. Hablaban entre ellos. Quien parecía el mayor tenía una barba rala, el cabello largo y de vez en cuando se levantaba, caminaba unos pasos con unas muletas y volvía a la silla. El otro era rubio y por momentos se recogía a garabatear sobre una carpeta. La tercera, una joven de cabellos castaños y largos, era dueña de una belleza especial gracias a la sonrisa que ostentaba. Ella, a diferencia de sus compañeros, prestaba atención a todo. Posiblemente, supuse, también habrían bajado por primera vez al gimnasio. Pero el trato que manejaban con los kinesiólogos y los camilleros me dijo que ya se conocían.

Las exigencias de esa mañana fueron muy livianas. No obstante, sentí el cansancio y deseé llegar a mi habitación lo más pronto posible.

Volvieron a llevarme por la tarde con una rutina más exigente. A los pacientes de la mañana se sumaron otros, y las prácticas fueron distintas. Los tres jóvenes ocuparon un espacio entre los aparatos y realizaron sus ejercicios sin dejar de hablar. El rubio era quien más se esforzaba; sobre sus muletas, caminaba junto al de barba alrededor del gimnasio, mientras la joven era asistida por una kinesióloga.

Tuve que reconocer que la mucama de la cena tenía razón. Las comidas siguieron de mal en peor y en menores cantidades. Una sopa vegetariana, un puré y tres pedazos de carne fueron el menú de este día.

—¡Parece comida de hospital! —recriminé por el caldo de verduras.

—Es parecida —dijo la mucama.

—¡¿Cómo que es parecida?! —inquirí—. ¿Cuál es la diferencia?

—Que esta comida está hecha acá —dijo mientras recogía la bandeja—. Y por eso es comida de clínica.

El día siguiente fue sábado y la mayoría de los internados se había ido a sus casas. El fin de semana se transformó en algo desértico. Mi familia no me pudo visitar y debí entretenerme escuchando la radio, caminando por los pasillos o hablando con el personal con el que me cruzaba.

Alguien me sugirió ir a tomar mate con la gente de la guardia y hacia allá fui. Me presenté y comenzamos a charlar. A la segunda vuelta, el señor de seguridad se levantó para hacer una ronda. Después me llamó la atención que a cada hora la repitiera.

—Hay que cuidar que no pase nada —comentó como disculpa en uno de sus regresos.

Entonces, pregunté:

—¿Y qué podría pasar?

—No, nada. Pero tenemos que estar atentos.

El domingo, desde la radio, me llegó el fútbol y por eso la tarde se hizo más ligera.

El lunes por la mañana, cuando el camillero me conducía al gimnasio, me crucé con el guardia del sábado y aproveché para señalarle a mi acompañante:

—¡Qué seguridad que tiene la clínica!

—Ahora, con los pibes que llegaron, hay que tener más cuidado —reconoció—. ¡Es una lucha!

—¿Una lucha? —pregunté.

—No me haga caso. ¡Es una forma de decir! —rectificó y me dejó en la puerta del gimnasio a la espera de que me atendieran. Recorrí con la vista el salón y vi la gente de siempre en los lugares habituales.

Los días siguientes hubieran sido copias del anterior, de no haber sido porque en uno de ellos la joven bella, al pasar junto a mí, me preguntó si yo era escritor.

—No. Soy periodista —respondí—. Pero, además, no voy en ese sentido.

—¿En qué sentido? —volvió a preguntar.

—En el de ser escritor.

—Tal vez yo pueda darle la inspiración que necesita para serlo —me dijo.

La miré y, como deshizo la expresión de su rostro, consideré que no había sido una propuesta. Aunque tampoco atiné a responder.

Esa tarde vino mi esposa. Hablamos, tomamos mate. Me comentó que le habían dicho que mi lesión era más grave de lo que pensaban y que, si quería librarme de la operación, debía hacer caso a lo que me dijeran.

—Tenés una vértebra y un disco comprometidos —acotó.

—¡Y no me digas que se quieren casar! —respondí.

—¡Te estoy hablando en serio! ¡Contestá en serio! ¡Tenés que hacer caso a lo que te indiquen los médicos! —me recomendó con tono de congoja.

—Quedate tranquila —respondí para consolarla—. Acá no tengo otra cosa más que hacer que no sea obedecer a todo el mundo.

Mi esposa se retiró un rato más tarde. Me dediqué a ver si algún vecino de los edificios de enfrente se asomaba. Cené; como era jueves, hubo pollo. Y, después de un rato infructuoso, me dormí.

Al día siguiente, bajé al gimnasio pensando que ese era el último día de la semana. Recordé la charla con mi esposa y me propuse hacer lo mejor de lo que me pidieran. Practiqué las flexiones, ejercité las piernas y me dejé masajear la espalda. Al salir, fue el joven de barba quien se me acercó. Anduvimos a la par por la antesala de los ascensores y, sin más, me preguntó:

—¿Usted no cree que las cosas nos pasan por algo?

—Totalmente de acuerdo, amigo —le respondí—. A mí, por ejemplo, todo me pasa por perejil.

—Se lo digo con toda la formalidad del caso —dijo.

—Entonces, le diré que no. Creo que es mejor saber qué hacer con las cosas que nos pasan y no tanto averiguar cuál fue el motivo.

—Para el caso, es lo mismo. Cuando pasa algo, algo hay que hacer —dijo apuntándome a los ojos. Fue una mirada muy inquisidora.

—Es un tema muy profundo para contestar ya. Deberíamos juntarnos y escribir un tratado —reconocí—. De paso, nos haríamos escritores los dos, como supuso su compañera.

—Bueno. Al menos hay alguien que no pierde el sentido del humor en esta clínica —dijo y se adelantó para abrir la puerta del ascensor—. Yendo al grano, le estamos proponiendo escribir un libro. Pero uno de verdad.

—Algo me insinuó la joven que está con ustedes. ¿Un libro sobre qué? —pregunté.

—¿Le comentaron lo que nos pasó?

—No. Lo único que me comentaron es que los jueves hay pollo —expresé.

—Eso es tan cierto como que pusieron más gente en seguridad. ¿Se dio cuenta?

Lo miré mostrándole que tenía mí atención. Dije: “Sí” y esperé que continuara. Pero no lo hizo. El ascensor se detuvo en un piso. Bajó saludando con la mano y, sin darse vuelta, desapareció.

Como le había pedido a mi esposa algunos libros, aproveché para leer. También fui, para distraerme, a tomar mate con los encargados de la guardia. Hablamos de fútbol y de las familias de cada uno. Escuchamos algunas noticias sobre el récord de gente viajando a Disneylandia, de los importados y algunos programas en televisión. El guardia, entre medio, iba y venía a cada hora. En cada regreso, los diálogos interrumpidos habían sido dados por olvidados.

—¡Por culpa de estas rondas, me pierdo la mitad de los comentarios y los mejores mates! —dijo y lanzó una carcajada.

Entonces pregunté:

—¿Es cierto que aumentaron la seguridad? ¿Sucede algo en particular?

—Creo que es por los chicos que se perdieron en Corrientes —dijo la enfermera que cebaba mate.

—¿Los chicos? ¿Qué chicos?

—¡No se sabe bien! La orden que yo tengo —dijo— es no dejar entrar a nadie extraño. Ni permitir visitas que no hayan sido registradas por teléfono.

La enfermera de la guardia acotó que todo se debía a un cambio de director.

—Es joven y exigente. Quiere que las cosas se hagan como deben ser.

—¡Sea como sea, nunca tuve que caminar tanto! ¡Y siempre termino con los pies en la palangana! —dijo el guardia, masajeándose los gemelos.

—Debería sumarse al gimnasio con nosotros —comenté, y se desató la hilaridad en los demás.

Fuimos seis las personas que pasamos esa tarde del domingo en el perímetro de la guardia: dos enfermeras, una mucama, otra señora que tampoco salió, el guardia y yo. Cada uno atendía, de vez en cuando, sus actividades.

Volví a la habitación antes de la cena, pero como estaba algo animado decidí comer en una mesa. La coloqué frente a la ventana y observaba distraídamente los departamentos. Todos estaban vacíos, salvo uno: el de un señor en el cuarto piso que tomaba fresco en camiseta. Adentro, una sombra iba y venía. «Debe ser la esposa», pensé. El calor de octubre era agradable y a lo lejos se escucharon los retumbos de una comparsa. “¿Estamos de fiesta?”, pregunté. Y me propuse averiguar dónde se realizaban las murgas de Caballito para ir con mi esposa el fin de semana siguiente.

El lunes amanecí con el desayuno en la mesa.

—¡Vamos, dormilón! ¡Hay que levantarse! ¡Parece que la pasó bien el domingo! —dijo la mucama abriéndose a la confianza.

—No la pasé mal —respondí—. Estuvo entretenido.

Y le comenté algunos momentos.

—Sí. La jefa es muy sociable —opinó y, después de recoger la bandeja, se retiró.

Al momento, entraron la chica de la limpieza y el camillero a buscarme para ir al gimnasio. Con él fui más abierto.

—¿Quiénes son los chicos que se perdieron en Corrientes?

—¡Ah! ¿Le comentaron?

—Solo que unos chicos se perdieron en Corrientes —dije.

—Iban a Paraguay. La avioneta cayó en el Iberá. Pero los rescataron.

Cuando llegamos al gimnasio, acompañando un gesto, dijo.

—Son esos tres, los del rincón. —Eran el de barba, el rubio y la chica con sonrisa de princesa.

Dos días pasaron hasta que, en un nuevo encuentro, el de barba se acercó nuevamente. No es extraño que quienes estamos internados hablemos entre nosotros en cualquier momento. La primera semana lo hice con una profesora de filosofía y con un joven que tenía teñida una franja amarilla en la cabeza. Ya conocía el nombre de casi todos los kinesiólogos y enfermeras. Nos cruzábamos y, casi siempre intercambiábamos algo más que el saludo. En esta semana me ofrecieron, si me parecía mejor, la posibilidad de almorzar en el comedor del octavo piso, cosa que acepté, siempre y cuando me fuera posible elegir los días.

—Sí. Solo tiene que avisar antes —dijo la camarera habitual—. Así le guardamos el lugar y nadie baja a llevarle la comida. ¿Entiende?

—Por supuesto —respondí.

El segundo encuentro con el de barba sobrevino al regreso del gimnasio por la tarde y alrededor de las cinco. Me retiraba porque sentía el cansancio de los miércoles, cuando me alcanzó en el pasillo de los ascensores y se puso a la par.

—¿Cómo anda el tratado sobre las cosas que nos pasan? —preguntó.

—Estoy intentando que pase algo, pero por mi cabeza —respondí acompañando su sonrisa.

—Vi cómo nos miraba el lunes en el gimnasio. ¿Ya sabe lo que nos pasó?

—Sé que estuvieron perdidos en el Iberá —dije.

—¿Solo eso? ¡Para ser periodista, averigua poco usted!

Nuevamente, se adelantó para abrir la puerta. Entramos, él en la silla y yo, que ese día había preferido caminar, me paré a su lado.

—Nos caímos con una avioneta en el Iberá —dijo—. Estuvimos perdidos una semana hasta que pudimos alcanzar el puente en una ruta y regresar. Eso, sin contar los problemas.

—¿Y qué tiene que ver con la seguridad de la clínica? —pregunté.

—Es largo…

—¿Lo de la seguridad?

—¿Usted nunca habla en serio? —ahora preguntaba él, y agregó—: Es largo para que se lo cuente.

Se abrieron las puertas del ascensor y el de barba bajó.

—¿No quiere venir, después de la cena, a mi habitación, así charlamos y le contamos algo más?

—¿Sobre el viaje? —pregunté.

—Sobre lo que tres discapacitados son capaces de hacer para curarse —respondió antes de fundirse con la penumbra del pasillo.

Terminé de cenar. Gracias a unas pequeñas bisuterías que le había encargado a mi esposa para obsequiarles a las mucamas, conseguí una doble porción de flan con dulce de leche. La joven se llevó la bandeja y yo salí rumbo al tercer piso. Al llegar, busqué la habitación, pero estaba vacía. Ahí nomás, una enfermera me dijo que los habían trasladado al sexto.

—¿Por seguridad?

—No. Por pintura —respondió mientras guardaba papeles en varias cajas.

Subí al sexto. Al llegar, reconocí a la jefa de guardia, quien me explicó que el de barba estaba en la habitación seiscientos cinco.

—Es a la vuelta, a mano izquierda.

Lo encontré recostado en la otra cama y esperando a terminaran de preparar la suya.

—Pase. No pensé que vendría —dijo—. ¿Sabe? Antes del accidente, me dedicaba a hacer deportes de alto riesgo. —Y me mostró una revista.

La dejé caer en el respaldo después de hojearla y me pidió que me sentara. Esperamos en silencio. Cuando oímos rodar las otras sillas, dijo:

—Ahí están los demás. Así hablamos todos juntos. Es mejor.

Entraron a la estancia la joven y el rubio. Ella, con su sonrisa, y él, con un bloc de dibujo. Nos saludamos y hablamos de formalidades hasta que se retiró la mucama. Entonces, la joven disparó una pregunta.

—¿Usted me imagina perdida en el Iberá, sin saber qué hacer, a merced de los animales y encomendada por Dios a estos dos amigos?

—No. Tampoco podría imaginarme a un yacaré queriendo comerse a alguien que sonríe siempre —respondí.

—¡Gracias! —dijo, y agregó—: Pero le aseguro que ahora la risa es el desahogo por no haber podido hacerlo en aquellos pantanos.

—Por lo que veo, ustedes quieren que yo escriba sus peripecias en el Iberá.

—Necesitamos que las escriba. Es por nuestra seguridad —dijo el rubio.

—No entiendo. Ustedes reaparecieron después de una catástrofe, o lo que haya sido, ¿y necesitan más precauciones de las acostumbradas?

—Dejemos eso para después. Lo importante es saber si quiere escribir la historia que le queremos contar —dijo el rubio.

—Como querer, quiere; de eso no tengo dudas —replicó la joven—. La cuestión es si se anima a escribirla —dijo mirándome.

—Creo que mi respuesta también es otra: no sé de qué están hablando —dije y, para aclarar, pregunté—: ¿Ustedes quieren que escriba, sin ser escritor, una historia que desconozco, sobre la cual se ha montado una seguridad especial en torno a tres jóvenes que necesitan verla escrita?

—¡Verla publicada! —precisó la joven.

—Bueno, al menos parece que nos está entendiendo —propuso el rubio.

Pensé decirles que debía conocer primero la historia, para ver si la podría escribir. Pero supuse que no la contarían sin que antes yo me comprometiera a hacerlo. Entonces, entendí que, antes que nada, debía saber algo que había comenzado a dar vueltas en mi cabeza y que era, además, el meollo de esa aventura. Y, sin más miramientos, dije:

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Sí. Pregunte —dijo el de barba.

—No voy a conocer su historia si no acepto escribirla, por un lado. Y, por otro, para escribirla, necesitaría conocerla antes —dije y agregué—: O sea, no voy a saber por qué hay tanta seguridad si no conozco la historia, y no puedo conocer la historia por una cuestión de seguridad. ¿Es verdad?

—Complicado, pero cierto —dijo la bella—. ¿Y la pregunta es…? —agregó.

—¿Qué hacemos? Porque se parece al juego del huevo o la gallina.

—Sí. Es cierto —certificó el de barba—. Por eso, vamos a tomar su respuesta como un sí —completó.

Tenía razón. Me había interesado. Al principio, por la intriga que se abría a tanta seguridad. Después, por el hecho de conocer a tres discapacitados que se habían perdido en el pantanal más grande del país, del que, de resultas, habían logrado salvarse. Dialogué con ellos queriendo conocer más sobre el tema, y ahora estoy en la habitación tratando de pensar la historia. «Sí», pensé. Porque no tenía dudas de que realmente quería escribirla.

—Sí —dije.

Al día siguiente, manifesté que deberíamos hacerlo con un grabador y que nos encontraríamos en la habitación del de barba.

—La semana que viene, comienzan a pintar el sexto piso. A nosotros nos van a pasar al séptimo, y así será más fácil encontrarnos. El rubio y yo estaremos en la misma habitación, y ella ocupará la que sigue. Viviremos todos más cerca —sentenció.

Tenía una semana para armar un bosquejo. Pero no conocía nada de ellos ni de por qué se habían perdido en el Iberá. Creí que darles una señal que los motivara a hablar sería lo mejor. Ellos me preguntarían algo así como: “¿Por dónde quiere empezar?”. Entonces, yo les respondería: “Por el principio”. Pero no fue así. Me hicieron prender el grabador y comenzaron a hablar contándome lo que podemos llamar, sin lugar a dudas, una increíble aventura. Primero, fue el de barba y después, a su turno, lo hicieron el rubio y la joven. Como no querían que se supieran sus nombres, decidí buscarles otros. Así que los llamé el Barba, el Rubio y la Bella. Eran claros y ordenados. Incluso el Rubio, quien desde un principio me había parecido frugal. Así fue que decidí volcar la grabación en el orden en que hablaron y respetando casi textualmente sus relatos. Como ellos no querían dar los nombres, tampoco expuse el mío y me inventé este, que, para un escritor, me pareció original: Alex Facio Brusacas.

Capítulo 2

El hombre que no era yo

Todo empezó un viernes de abril, cuando alguien entró en la habitación para llamarme por el nombre de un hombre que no era yo. Su voz fue un balbuceo muy suave. Yo estaba tan concentrado que apenas podía ver la luz del día que se alejaba. Como las bocinas de la avenida discutían sus derechos de paso, no estuve seguro de haberlo escuchado.

Dos meses llevaba en esa clínica. Había ingresado en febrero y el mundo se me presentaba incierto. Nada existía más allá de la puerta. Ni mis mejores ganas ni la lámpara del velador, me ayudaban para recuperar los tiempos en que la vida se me había presentado llena de sueños y aventuras. Me era difícil apartarme de las sombras que llegaban a mi cama.

Del hombre que me llamó con el nombre de otro hombre, supe que estuvo varios minutos detrás de mí aguardando una respuesta. El mensaje tampoco me resultó claro. Aunque al hombre mi actitud debió decirle que ese era el momento de poner las cosas en claro, y por eso agregó:

—El viaje ya está arreglado. —Lo hizo pausadamente, como para asegurarse de que lo hubiera escuchado. Al darme vuelta y no ver a nadie, hubiese jurado que nadie había estado allí. No obstante, la voz porfiada de la enfermera de la noche me hizo dudar.

—Entró cuando usted descansaba.

—¡No lo vi! —contesté un tanto molesto.

Agregó que el hombre había permanecido varios minutos cerca de la puerta antes de retirarse y que lo hizo prometiendo que volvería. Lo curioso de todo esto fue que la mucama de la cena también me preguntó por él.

—¡No lo vi! —volví a responder. Pero ella agregó un detalle que me hizo dudar:

—Tenía un traje a rayas.

Mi cabeza no pensaba en otra cosa que no fueran mis piernas. Había sufrido un accidente y, después de una larga operación, me internaron en esta clínica. Aquí, sin descuidar un solo día, luchaba en vano para volver a ser lo más parecido a lo que era antes.

Hacía muchos años que salía a volar. Lo hacía casi todos los sábados. Pero el día del accidente fue domingo. Ese día, la avioneta planeaba obediente en el cielo, hasta que, de golpe, se transformó en un espiral desenfrenado y acabó sobre un campo. Quedé allí tirado, como si mi espalda hubiera sido alcanzada por una guadaña. Mi cuerpo estaba enredado entre los restos del avión. Mis ojos se habían clavado en el infinito. En menos de un segundo, miles de hormigas me invadieron las piernas. Solo cuando volví en mí, presentí que jamás podría volver a caminar.