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Michel De Nostradamus

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En el siglo XVI, el sabio francés Michelle De Nostradamus predijo varios eventos futuros en su famoso libro LAS CENTURIAS. Muchas de esas predicciones, escritas en lenguaje cifrado, se han cumplido: la Revolución Francesa, la independencia de los EEUU, el imperio de Napoleón Bonaparte, el vuelo en globo, la Guerra de Secesión de los EEUU, el asesinato de Lincoln, el avión, el submarino, la I Guerra Mundial, el III Reich de Hitler, la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial, la bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, los asesinatos de los hermanos Kennedy, la llegada del hombre a la luna, el ascenso del Ayatollah Khomeini, etc. Todos sus confusos versos solo pudieron ser interpretados correctamente una vez cumplido el evento que profetizaban. Pero, ¿y qué hay de nuestro futuro? ¿Estarán en lo cierto la mayoría de las trágicas interpretaciones de los expertos modernos sobre las cuartetas que aluden a hechos que nos sucederán próximamente? Y si es así, ¿tendremos nosotros la oportunidad de alterar lo que Nostradamus profetizó para nuestra generación hace más de cuatro siglos?

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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En el siglo XVI, el sabio francés Michelle De Nostradamus predijo varios eventos futuros en su famoso libro LAS CENTURIAS. Muchas de esas predicciones, escritas en lenguaje cifrado, se han cumplido: la Revolución Francesa, la independencia de los EEUU, el imperio de Napoleón Bonaparte, el vuelo en globo, la Guerra de Secesión de los EEUU, el asesinato de Lincoln, el avión, el submarino, la I Guerra Mundial, el III Reich de Hitler, la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial, la bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, los asesinatos de los hermanos Kennedy, la llegada del hombre a la luna, el ascenso del Ayatollah Khomeini, etc. Todos sus confusos versos solo pudieron ser interpretados correctamente una vez cumplido el evento que profetizaban. Pero, ¿y qué hay de nuestro futuro? ¿Estarán en lo cierto la mayoría de las trágicas interpretaciones de los expertos modernos sobre las cuartetas que aluden a hechos que nos sucederán próximamente? Y si es así, ¿tendremos nosotros la oportunidad de alterar lo que Nostradamus profetizó para nuestra generación hace más de cuatro siglos?

Michel de Nostradamus

Profecías

Introducción

«Aquí descansan los restos mortales del ilustrísimo Michel Nostradamus, el úni­co hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi di­vina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo.»

Quien dictó estas breves líneas para que fueran grabadas en la grisácea pie­dra de una tumba pretendió encerrar en ellas toda la esencia de una vida que se consumió, de forma. desacostum­brada, entre la realidad y el mito, entre la fe en Dios y la hechicería, entre lo consciente y lo inconsciente.

Nostradamus fue médico y vidente, astrólogo y filósofo, matemático y al­quimista. Este personaje ha sido objeto de estudio, de análisis y de una ininte­rrumpida búsqueda por parte de cuan­tos se han esforzado en descubrir su auténtica personalidad y sobre todo el secreto, mucho más apasionante, que se encierra en sus famosas profecías.

En honor a la verdad, la crítica ra­cionalista niega la existencia de cual­quier «secreto de Nostradamus», redu­ciendo su obra de clarividente a un mero producto de la alucinada imagi­nación de un loco, a una explosión de imágenes, fruto de una alquimia del pensamiento que puede cautivar, pero que no puede satisfacer razonable­mente a quienes la examinen.

Sin embargo, no se puede liquidar con una interpretación tan simplista al autor de las famosas Centurias; no se pueden despachar tan sencilla y cómo­damente los 22 libros de las versiones proféticas de Michel de Nostredame, más conocido por el nombre latino que él mismo se había dado: Nostra­damus.

Aun que todo el mundo haya oído hablar de él y su nombre se cite con frecuencia, ¿cuantos habrán leído, si­quiera por encima, su extraordinario conjunto de profecías? Un número muy reducido, sin que ello deba sorprender lo más mínimo.

Si los textos de Nostradamus pudie­ran ser interpretados de forma inme­diata y precisa; si sus profecías en lugar de encubrirse en un lenguaje enimá­tico estuviesen al alcance de todo el mundo, su obra sería el bestseller más grande de todos los tiempos. ¿Quién de nosotros renúnciaría a satisfacer la curiosidad de conocer su porvenir? ¿Quién prefiere ignorar lo que el des­tino reserva a los hombres?

El empleo de un lenguaje esotérico en sus escritos se justifica porque, en el terreno de la profecía más que en cual­quier otro campo, las verdades no son siempre agradables para quien las dice, ni halagadoras para quienes las escu­chan.

Un elemental imperativo de huma­nidad exige que, en este sondear el destino del mundo, se actúe con prudencia y caridad, puesto que no deja de ser un bien, en la gran mayoría de los casos, que el significado preciso de una revelación profética no sea compren­dido hasta que el acontecimiento pre­dicho se haya cumplido. ¿Cómo actua­ríamos con libertad si conociéramos ya nuestro futuro? De ahí la necesidad de emplear un lenguaje sibilino rico en neologismos creados por el autor, va­liéndose de raíces latinas, griegas, espa­ñolas, celtas o provenzales. La obra se presenta como la yuxtaposición de ex­presiones herméticas para no condicio­narnos en nuestro quehacer diario ante la perspectiva del futuro.

Nostradamus subraya la necesidad de tal hermetismo en una carte dirigida al rey de Francia Enrique II: «para con­servar el secreto de estos aconteci­mientos, conviene emplear frases y pa­labras enigmáticas en sí mismas, aun­que cada una responda a un significado concreto».

En otro escrito suyo, después de precisar que las revelaciones conteni­das en sus profecías le fueron comuni­cadas «en el curso de continuas vigilias nocturnos», insiste sobre el origen cós­mico y divino de sus visiones, «visiones que Dios me ha dado a conocer a tra­vés de una revolución cósmica».

Nostradamus se funda en uno de los postulados principales de la antigua doctrina astrológica, según la cual, to­dos los acontecimientos y fenómenos terrestres y, por tanto, la historia de la humanidad, están en relación con los movimientos cíclicos de los astros: «todo está regido y gobernado por el inestimable poder de Dios que se ma­nifiesta no en medio de furores báqui­cos, sino en las relaciones astrológicas».

Ante todo queremos dejar constan­cia de que no aceptaremos la tesis sim­plista sobre la obra de Nostradamus, que dice que solo se trata de aconteci­mientos fácilmente previsibles en el contexto histórico de Francia, pues guerras, conflictos y cataclismos se re­piten en la historia de cualquier na­ción. Nostradamus, vidente del si­glo XVI, predijo hechos muy precisos, como será fácil comprobar más ade­lante, por ejemplo, la trágica muerte del rey Enrique II; la desatinada huida de Luis XVI a Varennes, origen de la gran tragedia del rey; y el nacimiento de Napoleón I (cfr. respectivamente Centurias I, 35; IX, 20; I, 60). Con idéntica precisión, supo describir im­portantes acontecimientos que forman parte de nuestra historia actual: pre­dicciones de hechos que muchos de entre nosotros hen visto realizarse des­de el comienzo del presente siglo y que no pueden ser desmentidos o ser con­siderados fruto de la simple imagina­ción.

Nostradamus, este gran explorador de lo ignoto humano ¿merece o no ser contado entre los grandes sabios que desde los profetas bíblicos hasta nues­tros días hen escrito, con letras de fuego, la historia de los hombres? .

La respuesta a tal interrogante po­drá darla cada uno de nosotros después de haber leído con suma atención sus profecías. Incluso el más escéptico de los lectores tendrá que admitir que el singular documento literario que Nos­tradamus nos legó abre un abismo de hipótesis como ningún otro libro lo hiciera en el curso de los siglos.

No es intención de este libro hacer un estudio pormenorizado de las pro­fecías de Nostradamus sino dar una vi­sion global del método de interpreta­ción de las Centuries para ofrecer al lec­tor la posibilidad de interpretar, por sí mismo, los hechos futuros que predijo tan ilustre vidente.

Nostradamus Erudición y videncia

Su vida según Jean Aimes de Chavigny de Beaune

Michel de Nostradamus, el vidente más renombrado y famoso de cuantos han sabido interpretar los astros, nació en Saint Rémy de Provence, sur de Francia, el año de gracia de 1503, un jueves 14 de diciembre, hacia el medio­día. Su padre fue Jaime de Nostre­dame, notario de aquel lugar; su madre fue Renée de Saint Rémy, sus abuelos paternos y maternos eran profundos conocedores de las ciencias matemáti­cas y de la medicina. Como médicos habían vivido el uno en la Corte de René que, además de Conde de Pro­venza, era Rey de Jerusalén y de Sicilia; y el otro, en la Corte de Juan, Duque de Calabria a hijo del antedicho René.

Es necesario demostrar la inexacti­tud de ciertas versiones sobre los orí­genes del gran vidente, formuladas por envidiosos de su celebridad o por quie­nes desconocen la realidad.

La familia de Nostradamus, según algunos, era de origen judío, de la tribu de Isacar, convertidos al cristia­nismo. Y de ahí que atestigüe nuestro autor haber recibido directamente de sus abuelos el conocimiento de las cien­cias matemáticas; y en el prólogo de sus Centurias él mismo afirma que ellos le transmitieron el don de prede­cir el futuro.

Después de la muerte de su bisa­buelo materno, que le había infundido, casi como juego, el gusto por las cien­cias de los astros, Nostradamus fue en­viado a Aviñón para cursar letras y formarse en humanidades.

Desde Aviñón el joven estudiante pasó a Montpellier, donde frecuentó la célebre universidad estudiando en sus aulas medicina, hasta que una grave pestilencia, declarada en las regiones de Narbona, Tolosa y Burdeos, le dio ocasión de poner al servicio de los apestados el fruto de cuanto había aprendido durante sus estudios. Tenía entonces 22 años.

Después de haber ejercido la medi­cina durante cuatro años en aquellas regiones, le pareció oportuno volver a Montpellier para conseguir el título de doctor, que obtuvo al poco tiempo con la admiración y el aplauso de todos.

Pasando por Tolosa, llegó a Agen, ciu­dad situada a orillas del Garona, donde Julio César Scaliger le retuvo junto a sí. Era este hombre un personaje muy erudito y un verdadero mecenas. Nos­tradamus tuvo con él una extraordina­ria amistad que más tarde se tornó en oposición, discordia y divergencia, como suele suceder entre hombres sa­bios, según atestiguan muchos escritos.

En ese período se casó con una jo­ven de la alta sociedad, de la que tuvo dos hijos, un niño y una niña. Murie­ron los tres y Nostradamus tomó la decisión de instalarse definitivamente en Provenza, su tierra natal.

De vuelta a Marsella, se instaló en Aix en Provence, parlamento de la re­gión, donde ejerció durante tres años un cargo público ciudadano. Fue en­tonces, en 1546, cuando la peste azotó terriblemente aquella zona, según des­cribe el señor de Launay en su Teatro del mundo sirviéndose de los relatos que le fueron hechos por el propio vi­dente. Estos hechos han sido confir­mados por la investigación histórica de aquella época.

Desde Aix en Provence llegó a Salon­de Crau, pequeña ciudad que dista de Aix una jornada de camino hasta Avi­ñón y media jornada hasta Marsella. Contrajo segundas nupcias; y fue aquí, en este lugar, donde, previendo los grandes cambios y las trágicas convul­siones que perturbaron luego y revol­vieron a toda Europa, las sangrientas luchas civiles y los desgraciados acon­tecimientos que iban a precipitarse so­bre Francia, comenzó, lleno de una exaltada inspiración a invadido de un frenesí irresistible, la redacción de las Centurias.

Centurias y presagios que él guardó por mucho tiempo en secreto, cre­yendo que la naturaleza insólita del ar­gumento le acarrearía calumnias, envi­dias y ataques muy ofensivos, tal como luego sucedió.

Vencido, al fin, por el deseo de que los hombres sacasen algún provecho de sus predicciones, las dio conocer. El rumor que suscitaron inmediatamente fue grande y corrió su fama de boca en boca, no sólo entre nosotros, sino tam­bién entre los extranjeros que sintie­ron por el vidente y por su obra una extraordinaria admiración. Esta fama impresionó tanto al poderoso Enri­que II, Rey de Francia, que éste, en el año de gracia de 1556, mandó llamar al vidente a la Corte. Después de que re­velara un cierto número de aconteci­mientos importantes que habían de suceder, recibió numerosos presentes y se volvió a su Provenza natal. Algunos años más tarde, concretamente en 1564, visitando Carlos IX las provincias y ha­biendo concedido la paz a las ciudades que contra él se habían rebelado, vino a Salon y no quiso dejar de visitar al profeta e insigne héroe, mostrándose para con él tan generoso, que lo honró con el cargo de consejero y le nombró médico suyo en la Corte.

Resultaría una tarea excesivamente prolija escribir todo cuanto él predijo, ya en general, ya en particular,y sería superfluo dar el nombre de todos los grandes señores, de los insignes sabios y otros muchos que vinieron de toda la región y de toda Francia para consul­tarle como oráculo. Lo que San Jeró­nimo decía de Tito Livio yo puedo decirlo del gran vidente: cuantos ve­nían a Francia desde fuera no se pro­ponían otro objetivo que ir a visitarle.

Cuando vino a verle Carlos IX, Nos­tradamus, que había sobrepasado los 60 años, estaba muy envejecido y se ha­llaba gravemente debilitado por las do­lencias que le atormentaban desde ha­cía mucho tiempo, especialmente una artritis y la gota minaban constante­mente su salud. Murió el día 2 de julio del año 1566, poco antes de salir el sol, después de una crisis que le duró ocho días y que le causó un acceso de hidro­pesía consecutivo a un ataque agudo de artritis.

Conoció anticipadamente el día de su tránsito y la hora exacta pues él había escrito, de su puño y letra, en las Efemérides de Jean Stadius, estas palabras en latín: Hic prope morn est, es decir: «Mi muerte está próxima».

Sobre su sepulcro se esculpieron las palabras de un epitafio, compuesto a imitación del de Tito Livio, historia­dor romano; epitafio que hoy puede todavía verse en la Iglesia de los Cor­deleros de Salon, en la que, con gran­des honores, fue enterrado el cuerpo de Nostradamus. La inscripción está en latín; traducida dice lo siguiente:

«Aquí descansan los restos mortales del ilustrísimo Michel de Nostrada­mus, el único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi divina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo.»

Murió en Salon de Crau, en Pro­venza, el 2 de julio del año de gracia de 1566, a la edad de sesenta y dos años, seis meses y diecisiete días.

Fulgurante carrera de médico

La familia Nostradamus, estaba firme­mente vinculada a Provenza y sus des­cendientes, en vez de circuncidarse, como judíos, habían sido bautizados, lo cual les había permitido adquirir bas­tantes derechos; sus hijos, por tanto, habían podido dejar las modestas ocu­paciones anejas a la artesanía y a la práctica del pequeño comercio y dedi­carse por completo al cultivo de las artes liberales. En la familia Nostrada­mus la medicina constituía una tradición que se transmitía ininterrumpidamente de padres a hijos: el padre de Jaime, Pierre de Nostredame, había sido médico en Arlés, y sólo la envidia de los drogueros y boticarios de aque­lla ciudad le había obligado a buscar refugio y ayuda fuera de ella, entre los poderosos. Aquéllos, efectiva­mente, no habían podido tolerar que Pierre curase a sus propios pacientes con remedios y medicamentos que él mismo preparaba; y no dudaron, por consiguiente, en denunciarle como fal­sificador y contraveniente de su oficio. Destituido de sus funciones de médico ciudadano, Pierre entro primero al ser­vicio del Duque de Calabria, y luego del rey René d’Anjou, que más tarde le nombró médico personal suyo. El ve­nerable y ya anciano sabio, versado en la ciencia de Esculapio y en aquella otra que deduce de los astros la inter­pretación de los sucesos del mundo, gozó siempre de la máxima confianza del Rey. Fue natural que, cuando el joven Michel tuvo la edad suficiente para escoger su futura profesión, se in­clinase por el estudio de la medicina.

En aquel entonces, para quien vivía en Provenza, Aviñón representaba la ciudad or excelencia, era como la me­ca donde convergían, de todos los rin­cones de la provincia, cuantos aspira­ban a ser alguien, o cuantos deseaban evadirse de la dura brega del campo y hallar en la gran ciudad las comodida­des de la vida fácil. Majestuosamente ceñida por sus altas y torneadas mura­llas, con el Ródano que las acariciaba dulcemente deslizándose bajo sus mag­níficos puentes, Aviñón era una ciudad donde alternaban palacios suntuosos y callejones de mal olor, señoriales calles por donde paseaban elegantes carrozas y pobres tuguriones en los que se hacinaba una humanidad sin rostro.

A quienes procedían de una tran­quila ciudad provinciana les parecía muy atractivo poder mezclarse con la inmensa muchedumbre que llenaba ca­lles y plazas hasta estrujarse; en cuanto a diversiones y tentaciones, hábían pro­liferado desde el momento en que un nutrido grupo de aventureros y ham­pones se habían aposentado como en su propia casa, dentro por el libertinaje que reinaba en sus muros.

Nostradamus llegó, pues, a Aviñón y empezó sus estudios con seriedad y tenacidad. El estudio constituía para él una verdadera vocación y aun cuando su edad, porque era todavía muy joven, lo hiciese vulnerable a las seducciones de una vida desordenada y licenciosa, demostró desde el principio una clara tendencia y un verdadero amor a cuan­to era introspección y búsqueda de la verdad, ajeno a cualquier tipo de ambi­ción personal.

En la ciudad de los Papas, el joven Michel alternaba su tiempo ocupado en dos actividades principales: los de­beres escolásticos y la observación del firmamento estrellado que, desde siem­pre, había ejercido en él una extraordi­naria fascinación. La matemática, la astronomía y la astrología le eran ma­terias muy conocidas, hasta tal punto familiares que podía discutir con pro­fundo conocimiento y perfecta compe­tencia ante cualquier auditorio, que siempre quedaba cautivado.

A este primer período de estudio en Aviñón siguió el segundo en Montpe­llier, a donde se trasladó Michel para seguir en su universidad los cursos de medicina.

En el siglo XVI, Montpellier gozaba de extraordinario renombre gracias a su facultad de medicina, conocida den­tro y fuera de los confines de Francia: era lógico, pues, que Nostradamus frecuentase aquella universidad y prolon­gase allí su estancia hasta conseguir su doctorado.

Para ello necesitó tres años que apro­vechó con extraordinaria aplicación; durante los cuales se hizo dueño y señor de los secretos del cuerpo hu­mano, como más tarde se hizo conoce­dor de los del espíritu.

La Naturaleza ejercía sobre él autén­tica fascinación; y así no se conformó con ser médico, sino que decidió pro­fundizar sus propios conocimientos en el campo de la herboristería y de los remedios que de las hierbas y de las plantas pudieran obtenerse.

Empezó entonces a recorrer todo el país de comarca en comarca para estu­diar su flora, deteniéndose, cuando le parecía poder sacar de ello algún pro­vecho, con quienes podían informarle sobre recetas y pociones. No olvide­mos sobre el particular que, en aquel tiempo, mediana y herboristería iban de consuno y representaban el único remedio del que disponían entonces los hombres para oponerse a los trai­dores ataques de la enfermedad que se manifestaba de mil modos distintos.

En la Edad Media y durante el Re­nacimiento, Europa fue devastada en varias ocasiones por la este: «la bestia selvática», como la definió el médico Galeno. En el correr de cuatro siglos desencadenó unos treinta y dos ata­ques contra nuestro continente, entre los que se cuenta el tristemente fa­moso de la «peste negra», que duró dieciséis largos años (1334-1350) y que exterminó 25 millones de europeos, es decir, una cuarta parte de la población total del continente.

Lo mismo que los demás doctores, también actuaba Nostradamus entre la enfurecida peste; pero, a diferencia de sus colegas, prestaba eficacísima ayuda a los desventurados que se debatían entre las garras del terrible morbo. Había en nuestro doctor un algo de taumatúrgico que hacía que, a su paso, se obrase el prodigio de la salud. Él mismo nos ha dejado escritas unas pa­labras relativas al modo como curaba el mal, en un tratado suyo titulado Exce­lente y óptimo opúsculo, necesario para quie­ner deseen conocer varias eficaces recetas.

No es posible hoy, a tantos años de distancia, saber si su medicamento pro­dujo efectos tan maravillosos como para considerar a Nostradamus vence­dor del terrible azote; pero sí es cierto e incontestable este hecho: Nostrada­mus tuvo fama de excelente médico, no sólo por la extraordinaria erudición de su ciencia, sino también por el espí­ritu misionero con que la ejercía. Los africanos, que durante tantos lustros acudieron a Lambaréné, donde el gran doctor blanco Albert Schweitzer Obra­ba tan admirables portentos de cura­ciones físicas y de amor, estarían tal vez en mejores condiciones que noso­tros mismos para entender el gran pro­digio realizado por el vidente. Sus com­patriotas supieron mostrarle su grati­tud, bien merecida por cierto: a su paso, la gente se echaba a sus pies y bendecía su nombre; y esta fama de bienhechor y de salvador le precedía y le acompañaba por toda la Próbenza. Cuando terminó la terrible plaga, can­sada ya de segar miles y miles de vidas humanas, Nostradamus fue honrado con el público reconocimiento y col­mado de honores por quienes, gracias al insigne doctor, se habían salvado.

Pero ni el oro, ni las riquezas, ni la fama podían hacer mella en su ánimo totalmente entregado a la búsqueda de la verdad y a la investigación del miste­rioso arcano de la vida. Transcurrido, pues, algún tiempo, volvió a su retiro, estableciéndose entonces en la ciudad de Aix.

Allí reanudó su labor de médico y, al mismo tiempo, volvió a ocuparse de la herboristería, de la cosmética y de los bálsamos, a preparar jarabes y confitu­ras, esencias y extractos que le asegura­ron la imperecedera gratitud de cuan­tos los utilizaron. La vida se deslizaba tranquila y serenamente y un buen día el doctor Nostradamus tomó por es­posa a una joven doncella. Su casa pudo regocijarse pronto con el naci­miento de dos hijos que vinieron al mundo, uno tras otro en el espacio de pocos meses. Entonces el fuego de la presciencia, el anhelo de escudriñar los secretos de la vida y de la muerte pare­cían en él decisivamente adormecidos. Las enseñanzas que desde su más tierna infancia le habían transmitido los an­cianos de su familia, su capacidad de escrutar el firmamento estelar, con aquella agudísima vista de quien sabe interpretar el camino de los astros y prever, por su curso, los futuros acon­tecimientos del mundo, parecían en aquel entonces momentos lejanos de otra persona.

Una respetabilísima profesión, un vivo amor por el prójimo, una familia que completaba su existencia, parecían un baluarte suficientemente sóhdo pa­ra impedir a su «yo» que reanudase la ruts de las estrellas. Pero nada puede detener ciertas predestinaciones que marcan al hombre. Oponerse al des­tino es imposible, porque equivaldría a torcer el curso de los astros o a detener la impetuosa corriente de los ríos.

Así le ocurrió a Nostradamus que, sin darse cuenta de ello y sin proponér­selo, se vio empujado por los aconteci­mientos a reanudar el camino de las predicciones. De pronto, su vida sufrió un cambio sustancial: la muerte llamó a su puerta y le arrebató de golpe a toda su familia, que tan afectuosa­mente le rodeaba. Cómo y por qué ocurrió esta grave desgracia, nadie ha podido hasta ahora averiguarlo. Pero sabemos que la vida de Nostradamus dio un vuelco definitivo y éste se en­tregó, desde entonces, a una actividad completamente distinta.

Dejó la ciudad de Aix, que desper­taba en su ánimo recuerdos demasiado dolorosos, y se estableció en Salon, alojándose en una casa construida en una plaza tranquila. Aunque seguía ejer­ciendo su profesión de médico, pasaba mucho tiempo en una especie de ex­traña contemplación que a veces pro­vocaba ciertas dudas sobre sus faculta­des mentales. Si no hubiera sido por la fama de excelente médico que le au­reolaba, sus ciudadanos habrían creído que sus potencias y facultades, tan ex­traordinariamente desarrolladas en él, habían disminuido peligrosamente e, incluso, que se habían alterado. Pero, por el contrario, su reputación de as­trólogo y de vidente empezó a crecer de día en día y le situaba en un plano muy diverso ante la gente que tenía contacto con él.

El mago de Salon

La vida del doctor Nostradamus trans­curría tranquila, libre de cualquier de­sorden. Día tras día visitaba a sus en­fermos y les ofrecía el consuelo de su taumatúrgica sabiduría que, al parecer, podía realizar cualquier claw de mila­gros. La gente de Salon se había acos­tumbrado a verle pasar por calles y plazas cubierto con su large capa negra agitada por el viento.

Con la mayor estima y respeto, no dudaban en detenerle pare consultarle los más diversos problemas. Tal era realmente su fama que todos le tenían por un gran sabio en el más completo sentido de la palabra; y así cualquier asunto que se desease aclarar, cual­quier problema clue preocupase, le era expuesto inmediatamente para escu­char sus sabios consejos. Él tenía la res­puesta más exacta y el remedio más apropiado para todos los males.

A partir del año 1555 Nostradamus empezó a escribir sus propios vatici­nios en forma de cuartetas; y puesto que cada libro contenía exactamente cien de estas breves combinaciones mé­tricas de cuatro versos, los llamó Cen­turias.

Tan extendido estaba en aquella épo­ca el arte de la magia que a nadie ate­morizaba la lectura del futuro. Pulu­laban por pueblos y ciudades un sinfín de hábiles vaticinadores de la suerte que hallaban, con suma facilidad, un público dispuesto a escucharles y que Ies entregaba, como recompense, al­guna moneda de oro o de plata, con tal de que se les anunciase sucesos favora­bles y les tranquilizara ante las densas sombras del futuro.

El doctor Nostradamus no pertene­cía a esta abominable ralea de falseado­res charlatanes ni sacaba provecho al­guno de sus predicciones. La luz divina se encendía en él y penetraba en los misterios del futuro; no era, pues, fru­to de improvisadas charlatanerías.

Completamente solo, en el silencio de la noche, Nostradamus se acomo­daba en el sillón, rodeado de los ins­trumentos que utilizaba y de los textos en los que bebía su misteriosa ciencia astronómica.

Se extendía, ante sus penetrantes ojos, la bóveda celeste que él contem­plaba a través de la ventana: aquel fir­mamento estrellado tenía para él pocos secretos y en aquellos innumerables cuerpos celestes leía como en un in­menso libro abierto. Mas no siempre es agradable este privilegio porque ocu­rre, algunas veces, que aquello que está escrito en las misteriosas páginas de los astros no corresponds a Ios deseos y a los intereses de quienes tienen la llave para interpretar sus signos. De esta forma, Nostradamus leyó en la bóveda celeste un futuro doloroso para sí y para sus seres más queridos: la esposa y sus dos hijos serían pronto presas de la muerte y envueltos en las frías tinie­blas de la tumba.

Y cuando se cumplió puntualmente aquel trágico vaticinio, Nostradamus, impotente, se vio obligado a aceptar la decisión de un destino que se le había dado a conocer, pero en el que no podía intervenir para detenerlo.

Entonces su vida se vio bruscamente trastornada y el sabio tuvo que pagar un duro y penoso tributo a la notoria fama de su nombre. Las crónicas de su vida nos dicen que viajó durante mu­cho tiempo por lejanos países.

En el año 1556, poco después de la primera edición de las siete primeras Centurias, Nostradamus se trasladó a Italia, y en Roma fue recibido por el Santo Padre. Durante este viaje se de­tuvo algún tiempo en Turín.

Después de sus viajes por el extran­jero Nostradamus se instaló de nuevo en Salon y reanudó su vida de siempre; sin embargo, su fama había crecido hasta tal punto que príncipes y reyes, ricos y poderosos, acudían a él para in­terrogarle sobre los acontecimientos futuros.

Transcurrieron los años y las profe­cías de Nostradamus se cumplieron con inexorable puntualidad: la conjura de Amboise, el levantamiento de Lyon y la muerte de Francisco I son otros acontecimientos vaticinados por el sa­bio vidente.

En el decurso de los años Nostrada­mus salió con menos frecuencia de Salon, ya que su quebrantada salud no le permitía fatigosos desplazamientos. Por esta razón, quienes deseaban con­sultarle sobre algún tema acudían a él, en Provenza.

El 17 de octubre de 1564, llegó a las puertas de la ciudad donde vivía el mago un lujoso cortejo; cuando los prohombres salieron para presentar su homenaje a los ilustres visitantes, les salió al encuentro el propio rey Car­los IX en persona, que venía a consul­tar al eminente doctor.

Nostradamus murió cristianamente tal como había vivido durante toda su vida.

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