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Cuando Martin, un chico de 13 años, llega a Normandía a pasar las vacaciones de verano con su familia, no imagina la trepidante aventura que está a punto de vivir. Bajo una intensa tormenta, se topará con Alexander, un muchacho normando que durante la segunda guerra mundial ha atravesado un túnel en el tiempo en busca de ayuda. Tras la fugaz aparición del muchacho, Martin encontrará la llave que le permitirá cruzar hasta aquel tiempo en busca de Alexander. Lo que no sospecha es que se enfrentará a sus más oscuros miedos y a la terrible realidad de una guerra. ¿Qué pasaría si tuvieras el poder de cruzar el tiempo y el espacio?
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2021
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PUNTA DE HOC
María Theresa Benítez
© María Theresa Benítez
© Punta de Hoc
Diciembre de 2021
ISBN papel: 978-84-685-6383-1
ISBN ePub: 978-84-685-6402-9
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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A mis hijos Tadeo y Andrea,
mis más fervientes lectores de todo cuanto he escrito.
Ellos fueron la inspiración para que Punta de Hoc sea leído por ti.
Índice
Prólogo
En memoria de Normandía
1. Un gran viaje
2. Pierre Dimont
3. Pesadillas
4. Punta de Hoc
5. El eje del tiempo
6. El campo de batalla
7. Alexander
8. El bosque de los álamos
9. El acantilado de la muerte
10. Despedidas
11. El regreso
Epílogo
Prólogo
El cielo rojo del amanecer se derretía sobre nosotros, tiñendo de púrpura la tierra que pisábamos. A nuestro alrededor, los disparos y gritos se hacían cada vez más cercanos. Aquel sonido amargo del dolor nos ahogaba el aliento a cada paso y el silbido de las bombas antes de caer nos aceleraba el corazón obligándonos a encogernos. La muerte nos rodeaba por todas partes y el miedo se anudaba a nuestro cuello, impidiéndonos respirar.
—¿Cómo es tu mundo, Martin? —sonó débil la voz de Alexander.
A mi mente llegó el recuerdo de mi casa, mi ciudad, mi colegio, mi familia… «¡mi mundo!», pensé. ¡Qué ironía! Era el mismo mundo que el suyo, solo que, en mi tiempo, vivíamos sin guerra. Y, al mirarlo, vi tanto dolor en aquellos ojos, que incluso sentí remordimientos por lo que podía decirle.
—Pues… es un lugar maravilloso. Mamá siempre nos dice que somos muy afortunados –dije emocionado pensando en mi vida—, y hasta hoy no he sabido cuánta razón tenía al decirlo. Creo que nunca he valorado como ahora lo importante que es pasar una apacible y sencilla tarde de juegos en el parque con mi hermana o mis amigos.
Levanté la mirada y vi que su rostro se había inundado de lágrimas silenciosas.
—Yo tenía dos amigos con los que jugaba cada día… éramos inseparables —dijo con la mirada perdida—, pero hace mucho que no sé nada de ellos. A Paul se lo llevó su familia a Inglaterra huyendo de la invasión y a Mark lo ingresaron en un hospital, malherido, por darle una patada a una granada abandonada…
Su voz se entrecortó y sus labios comenzaron a temblar. Sus ojos, de aquel verde esmeralda como los prados de Normandía, se tornaron grises como campos de cenizas.
—¿En el futuro ya no hay guerra? —preguntó sin fuerzas.
Entonces pensé en las noticias de los últimos años, en las imágenes de guerras lejanas en otros países que aparecían reflejadas en la pantalla del televisor.
—Alemania es ahora un país en paz, pero las guerras siguen en otros países. Siempre aparecen dictadores queriéndose apoderar de una parte del mundo y secuaces que los apoyan, esperando sacar tajada. La crueldad de muchas personas aún perdura a través de los siglos…
Alexander se enjugó el llanto y me miró pensativo.
—¿Saben los niños de tu ciudad lo horrible e inhumana que es la guerra? ¿Lo sabías tú?
Levanté la mirada y contemplé la tierra agujereada de Punta de Hoc. Estaba tan llena de sangre, de muerte, tan herida. Miré a Alexander, tenía el miedo tan metido en el corazón que no creí que pudiera dormir tranquilo ni una noche más en toda su vida. Recordé mi barrio, mis amigos estarían en ese momento durmiendo apaciblemente en sus casas.
—No —respondí sin dudar—. Hemos crecido en un país sin guerra y vivimos tranquilos.
Alexander miró nostálgico a la lejanía como si quisiera buscar en sus recuerdos la imagen de años atrás, cuando corría feliz por aquel paraje junto a sus amigos. Aquel lugar tan bello donde había crecido agonizaba ahora en un mar de guerra y dolor. De repente, se volvió hacia mí cogiéndome por los hombros.
—Martin, cuando regreses cuéntales lo que es la guerra —me pidió—. Háblales del horror que estás viviendo.
Lo miré sorprendido y asustado. Aquella petición se me antojó muy grande para mí, pero era incapaz de negarle nada en aquel instante.
—Lo haré, Alexander. Lo haré —le aseguré decidido.
—¿Lo entiendes? –preguntó con ojos suplicantes—. ¡Solo así sabrán lo maravillosa que es una vida sin fusiles! Tienen que saber lo afortunados que son —dijo con un atisbo de sonrisa en su ya demacrado rostro.
Asentí con la cabeza mientras oíamos los gritos de varios soldados que habían caído tras la explosión de una granada. Aquellos gritos de dolor volvieron a hacernos temblar a ambos.
—No lo olvides Martin —me dijo atropellado mientras me agarraba fuerte del brazo—. Habla por mí, por mi padre, por mis amigos, por todos los que has conocido, por la sangre que nos rodea… ¡Por mi madre! —repetía angustiado mientras se le volvían a llenar de lágrimas aquellos ojos tan verdes—. ¡Recuérdalo, Martin! ¡Cuéntales lo que has vivido! ¡Tienes que contarlo!
Entonces, escuché el sonido de disparos acercándose a nosotros tan rápido, que algunas balas casi rozaron mi oído y grité asustado mientras caía de bruces contra el suelo. Grité tan fuerte como pude…
—¡Martin! ¡Martin, despierta hijo, has vuelto a tener otra pesadilla!
Cuando abrí los ojos, solo recordaba a mi amigo mirándome suplicante y repitiendo aquellas palabras:
—Cuéntalo, Martin. Cuéntales lo que has vivido…
Sin poder apartar aquella imagen de mi cabeza, me giré hacia mi madre con los ojos anegados en lágrimas y me refugié entre sus brazos llorando.
En memoria de Normandía
Hace frío. El viento sopla con fuerza anunciando la llegada del invierno. Tras los cristales, contemplo el macetero de piedra caliza que coloqué en el alféizar de mi ventana y que sembré de lavandas hasta el extremo de rebosarlo. Todas ellas se inclinan obligadas de un lado a otro, zarandeadas por la fuerza del vendaval.
Me gusta el olor de la lavanda. Me llena de recuerdos. Era el perfume favorito de mi amigo Alexander y, desde que lo conocí, también el mío.
Hace meses que terminó el verano y aún sigo teniendo pesadillas. En mi habitación, cuando la noche cae en brazos del silencio, regresa siempre a mis oídos el horrible cántico de muerte de las ametralladoras disparando contra los cuerpos que a duras penas escalaban el difícil acantilado y, en ocasiones, hasta siento que el suelo vibra bajo mis pies con la caída de cada una de las bombas, y oigo los gritos, los lamentos de los que caían bajo el fuego, y el espantoso olor a quemado. Ese insoportable sabor a rancio y a metálico que quedaba flotando en el ambiente.
Jamás olvidaré estas últimas vacaciones. No podría. Sé que el viento susurrará su recuerdo en mi alma, como un eco lejano y constante cada día de mi vida.
Nada me parece igual desde que he regresado al hogar con mis padres y mi hermana. Ahora me gusta pararme a mirarlos mientras deambulan por la casa y oír el sonido de sus voces… y, más que nunca, siento que es adorable estar junto a ellos y saborear su maravillosa compañía. Sin el devastador sonido de las bombas que ensordecen hasta las entrañas. Sin cañones ni fusiles que destruyan el apacible momento de reunir a la familia en torno a la mesa, para disfrutar de un sabroso plato guisado por las dulces manos de mi madre o de mi padre.
Me siento tan distinto, como si el mundo entero hubiese cambiado a mi alrededor. Y es que nada vuelve a ser igual después de haber vivido una guerra. Nada.
Mi nombre es Martin y a mis trece años he sido testigo de una aventura excepcional. Trágica y hermosa al mismo tiempo. Tan increíble que ha cambiado mi vida desde entonces y me ha enseñado el valor de la amistad, de vivir una vida en paz, de la fuerza que posee la unión entre todos los humanos si somos capaces de soltar, de una vez y para siempre, la implacable y eterna lucha entre el bien y el mal.
No sé si me creeréis, yo solo contaré lo que a mí me sucedió. Bueno, a mí y a la persona que conocí a través del agujero en el tiempo. Mi amigo Alexander. Él fue quien me pidió que relatara su historia en mi época y es por él por quien lo haré.
Llevo demasiadas semanas pensando cómo escribir esta increíble aventura, porque sé que a la mayoría de vosotros os sonará a algo inventado por la mente de un niño fantasioso. Y lo entiendo, porque incluso a mí mismo, en ocasiones, me lo sigue pareciendo. Pero no tengo más remedio que hacerlo. Le di mi palabra a un amigo y mi padre me ha enseñado que las personas de honor siempre cumplen su palabra. Siempre. Aunque honor sea una palabra olvidada en el lenguaje de los chicos de mi época.
Será difícil ser capaz de describir los sentimientos y las emociones que me invadieron a cada paso. Por eso os pido que intentéis poneros en la piel de Alexander para entender el dolor y la impotencia que sufrió. Solo a través de sus ojos entenderéis mejor lo que él quería que supierais. Lo que deseaba transmitiros. Puede que os parezca difícil o extraño, pero intentad imaginar que vuestras vidas se vieran de la noche a la mañana destruidas, bombardeadas, separadas de todo lo bello que ahora os rodea. Solo así entenderéis a todos los niños del mundo que sufren una guerra en su infancia. Como le sucedió a Alexander… Y a mí… Y como también podría sucederte a ti.
¿Quién sabe lo que nos tiene deparada la realidad a cada uno?
Yo jamás pensé que viviría una guerra, y menos aún una de un tiempo pasado. Ni imaginaba que se pudiera viajar en el tiempo. Sin embargo, sucedió. Esta es mi historia.
1. Un gran viaje
A finales de mayo, cuando la primavera no había abandonado aún el calendario, el intenso calor derretía el cielo sobre nosotros, golpeando el ambiente del sur de España con su infernal aliento. El verano anunciaba su llegada y mis padres buscaban un lugar al que viajar en vacaciones cuando termináramos la escuela.
Aún recuerdo cuando papá nos reunió en el salón a principios de junio. Llevaba una enorme sonrisa dibujada en su boca y un libreto de viajes en la mano derecha. En la izquierda, traía entrelazados sus dedos con los de mamá, a la que miró con ternura antes de dirigirse a mi hermana y a mí.
—Martin, Eva —dijo mirándonos a los dos con cara de satisfacción—, este año nos gustaría pasar nuestras vacaciones de verano en el noroeste de Francia, en Normandía.
Mi hermana Eva me miró con los ojos muy abiertos y la frente arrugada, mientras papá desplegaba ante nosotros un mapa de Francia.
—Hemos encontrado una casa aquí, junto a Punta de Hoc —dijo señalando con el dedo una zona costera.
Curiosos, mi hermana y yo acercamos la cabeza al mapa al mismo tiempo y tan deprisa que acabamos chocándonos. Algo que a mamá le hizo soltar una enorme carcajada que nos contagió a nosotros también.
—En francés se dice Pointe du Hoc —aclaró papá riéndose aún—, un acantilado situado en medio de las famosas playas del desembarco.
—¿Playas del desembarco? —preguntó mi hermana frotándose el golpe de la frente—. ¿Qué es eso papá?
—¿Recordáis la segunda guerra mundial? —intervino mamá.
Mi hermana puso cara de circunstancias.
—Sí. Era esa en la que encerraban a las personas en una especie de cárceles horribles y las mataban de hambre.
—Sí, cariño —respondió mamá con aire de tristeza—. Se llaman campos de concentración y en ellos fue donde un grupo de humanos con ansia de dominar encerraron a otros humanos de diferente raza porque ellos creían que merecían ser aniquilados.
—Sí, me acuerdo de aquel reportaje espantoso, donde aparecían aquellos cuerpos tan delgados y cómo los acumulaban en montones cuando morían, sin ningún tipo de compasión —dijo Eva dando un repeluco.
Yo la miré sorprendido. Mi hermana es dos años más pequeña que yo, pero siempre ha demostrado un gran interés por aprender y una buena memoria.
—Bueno, no solo en esa guerra —añadió mamá—. Todas las guerras son horribles cariño, lo que puede llegar a hacer el miedo por la supervivencia en el ser humano es devastador.
—Sí, es algo terrible en la historia de la humanidad. No hay una sola guerra justificada en ningún lugar del mundo —comentó papá.
—Por eso es tan importante que desarrollemos la conciencia —añadió mamá dando un suspiro—. Para que lleguemos a asumir que todos somos parte de una gran familia llamada humanidad donde la Tierra nos incluye a todos en esta realidad que vivimos.
—La vida es un derecho de todos, ¿verdad, mamá? —dijo mi hermana sonriendo a mamá.
Mamá le sonrió y asintió con la cabeza.
—El derecho a una vida digna para todos es algo que solo se comprende desde la conciencia —dijo mamá arqueando las cejas y abriendo los ojos, en un gesto de obviedad.
—Pues esa guerra se ganó —continuó papá señalando de nuevo el mapa— gracias a los países que se unieron, se aliaron —remarcó—, para luchar contra aquel régimen de la sinrazón. Y fue aquí, en las playas normandas, donde decidieron desembarcar sus tropas y comenzar a arrebatar a los soldados nazis sus posiciones de ataque.
—Ninguna guerra se gana… —especificó mamá—. Realmente lo que buscaban estos países al aliarse era encontrar el medio para disolver esa guerra y retornar a la paz. Y, bueno, lo consiguieron en cierto modo.
—Cierto —concluyó papá—. En una guerra nunca hay ganadores…, sino más bien vencidos.
Eva y yo volvimos a mirar el mapa algo más serios, pero esta vez solo bastó un movimiento de ojos.
—Dicen que Normandía es una tierra maravillosa —comentó mamá para animarnos—, y hace tiempo que soñamos con hacer este viaje.
—No solo tendremos playa —intervino papá—, también hay lugares preciosos que visitar, lagos, bosques, castillos, pueblos medievales…
Aquello nos gustó. La sonrisa que se formaba en nuestros rostros lo delataba, y las palmaditas nerviosas que mi hermana comenzó a dar, también.
Mamá y papá se miraron sonrientes.
—¿Os parece bien entonces? —preguntó mamá.
—Sííííí —contestamos los dos alegres.
—Y después de este año, tenemos muchas ganas de viajar, mamá—apostillé.
Mamá me guiñó un ojo de complicidad.
Si hay algo que me gusta de mis padres, son los estupendos viajes que suelen organizar cada año. Les encanta viajar. Algo que han inculcado en nosotros con cariño, ya que, en cada viaje, se han ocupado de transmitirnos el amor y respeto que despierta en ellos el trozo del planeta que visitamos.
Mamá es una gran amante de la vida y es fácil verla con la mirada perdida en un paisaje, tan ensimismada en él, como si leyera un lenguaje invisible escrito en el aire. No sé cómo lo hace, pero allá donde vamos, es capaz de amar esa tierra. Y si nosotros nos sentimos muy extraños como turistas, suele cogernos de los hombros y decirnos al oído una frase tan peculiar que pocos la entenderían: «Oye el murmullo del viento, cierra los ojos y escucha cómo susurra tu nombre… él ya sabe quién eres porque para el planeta no existen fronteras ni países, la tierra es la misma aquí o allí y el viento recorre todo el espacio infinito sin que nadie pueda amurallarlo, por eso allá donde vayas ellos reconocerán tu esencia y ambos te darán la bienvenida como viejos amigos. Siente como si esta tierra y tú formarais parte de una misma historia… la historia de la Tierra. Para ella no eres un extraño. Recuérdalo y ámala, porque eres parte de ella y te lo agradecerá mostrándote sus secretos, te revelará la verdad de su leyenda».
Sé que puede sonar extraño, pero cuando lo intentas de corazón, algo sucede entre esa tierra y tú. De repente ves sus paisajes como si fueran familiares, como si hubieran formado parte de tu vida desde siempre. Ves rincones parecidos a los de tu lugar de origen; observas el mismo cielo, aunque con otro matiz; ves el mismo sol, pero con diferente luz…, y así, de forma misteriosa, el lugar te descubre poco a poco los secretos que guarda. Sus batallas, sus acuerdos, sus reinados, su dolor y su alegría… Como si hubiera formado parte de tu propia vida desde siempre.
—Hecho pues —afirmó sonriente papá.
—¡Iremos a Normandía! —exclamó mamá con los brazos abiertos.
Y todos nos fundimos en un caluroso abrazo.
Tres semanas después, al término de la escuela a mediados de junio, tomábamos un avión con destino a París donde nos esperaba un coche de alquiler. Era la primera vez que viajábamos a Francia y nos sentíamos felices y nerviosos, como nos sucede siempre que partimos a un nuevo destino.
¿Qué nos tendría reservado este gran viaje? Jamás habría sospechado la respuesta que obtendría horas después, cuando aquella tierra comenzó a desvelar secretos tan horribles que helarían la sangre en mis venas.
2. Pierre Dimont
Yo no conocía Normandía. Jamás habría imaginado sus hermosos paisajes repletos de innumerables flores, que jugaban a arremolinarse sobre prados de mullida hierba. Mis ojos se llenaban de luz al contemplarla desde la ventanilla del coche. ¡Era una tierra tan bella! Por eso me sorprendió tanto cuando papá nos contó la triste realidad que sufrió sesenta años atrás. Me resultaba imposible creer que, sobre aquellos pacíficos prados, tantos hombres perdieran la vida por la fiebre de poder de unos pocos. Al parecer, Normandía había sido una de las puertas por las que la humanidad recuperó su libertad a costa de terribles batallas que los hombres tuvieron que librar entre sus verdes campiñas. Nos habló de un tal día D, como lo llamaron, que señalaba la fecha en la que las tropas aliadas desembarcaron en las playas normandas.
La verdad es que me costaba entender todo aquello. Las conversaciones sobre guerras solían aburrirme demasiado. Recuerdo que al igual que mi hermana, había visto algunos reportajes en la tele que hablaban de los horrores de esa guerra, pero por aquel entonces, yo vivía en mi mundo infantil y seguro, y todo aquello lo veía muy atrás en el tiempo, como si no tuviera nada que ver con mi propia historia. Todo está muy lejano a través de la pantalla de un televisor, donde, además, si no te gusta lo que ves solo tienes que cerrar los ojos o cambiar de canal. Así de sencillo.
No puedes imaginar la guerra. Solo el que la ha vivido, sabe lo que significa.
Así, casi sin darnos cuenta, la noche se nos había echado encima como un manto oscuro antes de que pudiéramos llegar a la posada del señor Pierre Dimont. Su dirección no aparecía en el mapa que nos ofrecieron en la oficina de turismo y, curiosamente, nadie sabía muy bien dónde estaba con exactitud. El clima es muy variable en Normandía, y a esas horas, una enorme tormenta descargaba su furia sobre nosotros impidiéndonos ver con claridad. Así fue como nos perdimos durante horas intentando encontrar la solitaria casa del señor Dimont. Incluso llegamos a pensar que habían engañado a mi padre cuando la reservó. Había tantos caminos y senderos en la zona, que resultaba muy fácil perderse por alguno de ellos durante kilómetros, hasta encontrar otro enlace que nos permitiera retornar. Pero como de una forma fantasmagórica, bajo el reflejo de un descomunal rayo que partió el cielo en dos, la casa apareció en la lejanía al girar en una de las curvas que desembocaban en el límite de Punta de Hoc.
—Allí, Lucas, ¡es esa! —gritó mi madre con fuerza, provocando que yo pegara la frente al cristal de la ventanilla para ver mejor.
Mi padre giró el volante en dirección a la casa.
—Espero que tengas razón —le dijo cansado.
Mi hermana me miró sonriente dando un suspiro de alivio, cansada ya de tantas horas de viaje. Yo le devolví la sonrisa y giré de nuevo la cabeza buscando a lo lejos, a través de la ventanilla, el lugar donde se encontraba aquella casa.
Nunca olvidaré lo que apareció ante mis ojos aquella noche de junio, ni los terribles días que sucedieron a tan cruenta visión. Solo recordarlo me provoca escalofríos.
Entonces yo no sabía lo que era la guerra ni la crueldad que azota las almas de los que las padecen, sobre todo si son niños como yo. Para mí, a mis trece años, la vida había sido muy apacible. Solo tenía que pelear contra la sociedad de consumo para que no volara la paga antes de terminar la semana y procurar estudiar mucho para tener poca competencia en el futuro y optar a puestos de trabajo de alto reconocimiento social. Poca cosa en verdad, ahora lo entiendo, muy poca cosa para lo que, a Alexander, mi amigo normando, le tocó vivir.
