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Emma siempre ha sabido que la magia corre por sus venas, como el fuego en el bosque que da nombre a su poderoso linaje. Quitral, la familia de brujas más temida y respetada de Chile, ha mantenido su legado oculto durante generaciones. Pero Emma huyó, buscando refugio en la vida mundana, lejos de los susurros y los hechizos. Una tragedia la obliga a regresar al hogar que juró dejar atrás. Emma se enfrentará al peligroso aquelarre de los calcus, la maldición familiar. Despiertan antiguas rivalidades y sentimientos, porque toda magia tiene su precio. No dejes que te consuma la hoguera del pasado.
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Seitenzahl: 566
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Quitral
Sello: Nepenthe
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Javi Zanell
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Camilo Palma
Corrección de textos: Gonzalo Léon
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-40-7
ISBN digital: 978-956-6386-77-3
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Era el vecino de mi misma edad con el que siempre quise jugar, pero mi mamá me lo tenía estrictamente prohibido. Era raro, no era como si mi madre me prohibiera muchas cosas. Era la típica mamá a la moda, de tacones altos, corte pixie y ropa estilosa. Hablaba de libertad con un cigarro en la boca y una copa de vino en la mano. Y, por supuesto, predicaba sobre feminismo: ¿cómo no hablar de feminismo en una familia donde solo las mujeres portaban el don de hacer magia?
Recordaba a Luciano como un niño lindo, de tez ligeramente morena pero que se veía pálida por la falta de sol, pelo negro ondulado, ojos negros y rasgos angulares. De apariencia despistada, desganada, siempre vestía de negro. Parecía como si siempre estuviera enfermo. No entendía por qué tenía un aspecto tan lúgubre a tan corta edad, pero a mi lado más morboso le fascinaba. Mi intriga era tanta que me solía escabullir junto a él durante las tormentas a jugar a las escondidas en el bosque. Era nuestro pequeño ritual secreto.
Un día, pasando por el cementerio, mientras jugábamos se desplomó y convulsionó. Tenía los ojos blancos y espuma salía de su boca. Me asusté, arruiné nuestro pequeño secreto y corrí a contarle todo a mamá. Desde ese día, a pesar de que íbamos juntos al mismo colegio rural, nunca volvimos a vernos ni a dirigirnos la palabra. No podíamos, nuestras familias no lo permitían. De vez en cuando cruzábamos las miradas por los pasillos y un escalofrío recorría mi cuerpo. Algo había cambiado en él, en nosotros. No sabía qué era, pero lo sentía en lo más profundo de mi ser.
Al cumplir la mayoría de edad, decidí irme a estudiar psicología a Santiago, y a vivir un tiempo con mi papá para intentar alejarme de mi maldita herencia materna. Creí que podía dejar los rituales de sangre, los maleficios y al enigmático Luciano en mi pasado, pero una simple llamada cambiaría las cosas radicalmente y me traería de vuelta al camino oscuro del que intentaba huir.
Siempre he pensado que mi vida es un artilugio. Un artilugio que funciona para arreglar constantemente las vidas de los demás: de mi familia, de mis amigos, incluso de extraños. Debía poner límites, pero no era la mejor poniéndolos. Quizás por eso había elegido ser psicóloga. Si estaba destinada a poner mi vida al servicio de los demás, al menos la profesión me permitía cobrar por ello.
—¿Vas a ir a buscar tu diploma? —me preguntó Magnolia, mi mejor amiga en el mundo entero, y quien recientemente se había convertido en mi roomate.
Me encogí de hombros. Yo creo que Magnolia podía notar que estaba algo deprimida. En general podía sentir lo mismo que yo. Estábamos conectadas. Siempre bromeábamos que estábamos destinadas a estar juntas y que nuestro sueño era tender un poco al lesbianismo para poder formar una familia a nuestra pinta. Lamentablemente éramos demasiado heterosexuales para que ese fuera el caso. Nacimos con cuatro días de diferencia: ella en el solsticio de invierno y yo cuatro días después, en vísperas de la noche de San Juan. Desde el día uno fuimos inseparables y, con el paso de los años, ya no podías notar dónde empezaba una y dónde terminaba la otra. Éramos dos partes de un todo, éramos almas gemelas.
—¿Amiga? —volvió a llamarme para que contestara algo. Se puso seria, e incluso dejó de lado las mezcolanzas de hierbas que siempre estaba haciendo, en sus vagos intentos de hacer brujería por su cuenta, a pesar de que no tenía poderes como mis hermanas y yo.
—Creo que no —me limité en contestar. Pude ver que ponía los ojos en blanco.
—Quizás debas ir a terapia.
—Yo soy la terapeuta.
Magnolia rio un poco.
—Ya, pero en serio, ¿qué te preocupa?
—Siento que algo no va bien.
—¿Sentir normal o sentir de…? Tú sabes —dijo mientras señalaba el espacio del entrecejo, refiriéndose a donde debería estar el tercer ojo.
—No estoy segura.
—No me gusta cuando estás así. No solo porque eres mi amiga y no me gusta verte complicada, sino que porque me da miedo que empiecen a pasar cosas esotéricas de nuevo.
—Sabes que lo tengo bien controlado desde hace años.
—Ayer te vi soñar —se apresuró a decir. Y luego abrió los ojos de par en par.
Rara vez se ponía así de tensa. Podía sentir su ansiedad, su boca seca y el nudo que comenzaba a formarse en su garganta.
—¿Cómo sabes eso?
—Estabas jadeando mucho, tenías los ojos blancos y mojaste la cama con tu sudor. Estuve a punto de llamar a tu mamá —musitó. Sabía que Magnolia me había estado mirando raro todo el día, pero había dado por hecho que era porque yo no quería asistir a mi graduación, y ella quería que fuera para que pudiera ayudarme a elegir el outfit perfecto.
—Es verdad —confesé.
—¿Qué soñaste, Emma? —Se acercó a mí y puso su cabeza sobre mi hombro.
—Soñé con Luciano. Pasaron más cosas, pero su imagen es lo que recuerdo. Me dijo un secreto, pero fue como si no lo hubiera escuchado —dije en tono indiferente, intentando quitarle importancia.
—¿Luciano? Pero si no hablas con él desde que tienes nueve años, y él nunca ha viajado más allá de Puerto Montt. Llevas mucho tiempo en Santiago como para recordar su rostro incluso. No tiene sentido.
Magnolia no pudo evitar soltar una risita incrédula y por eso me enojé un poco con ella.
—Lo que no tiene sentido es que haya vuelto a soñar. No ha pasado en años —respondí frustrada. Siempre las cosas se salían de control cuando volvía a soñar. El mundo onírico nunca había sido un buen augurio para mí.
Nos quedamos pegadas un rato mirando al infinito: Magnolia parecía querer decir algo, pero sonó el timbre. Entonces se paró de inmediato a abrir.
—¡Cristóbal! —exclamó animosamente al ver que el último chico al que le estaba metiendo la lengua en la garganta había llegado a nuestra puerta.
—¡Hola hermosa! —respondió Cristóbal, mientras la agarraba a besos y le apretaba el trasero. No me agradaba. Era el típico chico adinerado que se creía cool y superior, pero en realidad era más tonto que una puerta. Me asqueé por la escena y me fui a encerrar a mi pieza. Sabía que en cuanto terminara de besuquearse, Magnolia se daría cuenta de que ya no estaba en la sala y vendría a buscarme para seguir hablando.
Me tiré en mi cama: abrí el celular y busqué el Instagram de Luciano Apoleo. Era primera vez que lo psicopateaba por redes. Se me aceleró el corazón y la sangre subió a mis mejillas. Podía parecer una estupidez, pero a pesar de los años distanciados seguía teniendo una obsesión poco sana con él. Me cautivó ver su versión de adulto joven, aunque fuera en fotografías.
La información que obtuve de su perfil era que había estudiado derecho en Puerto Montt. Ahora tenía una fina barba cuidada, un físico envidiable, y siempre aparecía impecablemente vestido en las fotos. Se veía pretencioso, sarcástico y miraba a todos con aire de superioridad. Probablemente su personalidad no había cambiado en nada desde la última vez que había hablado con él. Aunque hubiera sido solo un niño por esos años, siempre habló como si hubiera sido un viejo tradicionalista a punto de jubilarse. Estaba en su esencia ser alguien agrio, y no me sorprendía que aún se vistiera completamente de negro, ya que era prácticamente el sello de todos los sucios calcus como él. De pronto Magnolia abrió la puerta de par en par.
—¿Qué estás viendo? —Se me tiró encima y me quitó el celular. Al parecer ya había terminado de besuquearse con Cristóbal. Me dedicó una mirada confidente, cuando se dio cuenta de que estaba viendo la cuenta de Luciano.
—Ni una palabra a mi mamá —amenacé.
—No podría contarle esto. Nos mataría a ambas, ¿acaso tienes deseos de morir? ¿Has tenido pensamientos suicidas? —dijo entre risas.
Me encogí de hombros, no estaba del mejor humor.
—¿Dónde está Cristobal? —le pregunté para cambiar de tema. —Lo deje jugando LoL en el sillón.
—No sé cómo te gusta —alegué.
—¿Y qué? A ti te gusta la única persona en el mundo que te prohíben ver desde los siete años y no te juzgo.
Touché, tenía un punto. Me quedé quieta y callada unos segundos hasta que un impulso eléctrico revoloteó por todo mi cuerpo. Pude sentir entonces que me ponía pálida. Magnolia conocía bien esa expresión, así quedio vueltas por la habitación. La sensación empeoró, me hiperventilé y mi cuerpo no paraba de temblar.
—¡Mi bolso! —grité antes de que perdiera el control por completo.
Magnolia me aventó mi bolso, y me apresuré a sacar un bisturí que siempre guardaba en caso de emergencia. Me bajé el buzo que tenía puesto para dejar al descubierto mis muslos, y me corté un poco ahí para concentrarme en el dolor y no en las conexiones místicas que el universo estaba tratando de hacer conmigo. Estaba funcionando y finalmente me calmé. Pude notar que mi amiga había cerrado los ojos. A pesar de ser enfermera, y que tenía conocimiento que este era mi sistema para evitar usar la magia, no soportaba verme infligiéndome daño. Si mis consultantes supieran que me autolesiono reirían ante la ironía, pero ningún libro de psicoanálisis enseña cómo lidiar con impulsos mágicos, así que por lo pronto esto era lo único que funcionaba para controlarme y estaba en paz con eso.
—Iré por unas gasas —se limitó a decir Magnolia después de un largo rato en silencio.
—No es necesario, ya paró el sangrado —la tranquilicé y luego me subí los pantalones y le sonreí para suavizar la situación.
—No me gustan estos episodios.
—A mí tampoco, pero ya pasó.
—Son cada vez más frecuentes. Quizás deberías hacerle caso a tu mamá. Quizás no es natural ni sano para ti contener tus poderes.
—Ha funcionado por años, no veo por qué fallaría ahora. —Mi teléfono empezó a sonar. Era mamá—. Hablando del rey de Roma. —Le mostré el celular a Magnolia y ella me hizo una mueca.
—¿Aló mamá?
—Lo sentiste, ¿verdad? —me dijo con prisa.
—No sé de qué me hablas. —Era verdad que no había alcanzado a percibir nada.
—Emma, basta de juegos. Ya tuviste suficiente tiempo de vacaciones. Necesito que te tomes el primer avión directo a Chiloé.
—¿Qué pasó? —Mi intuición me decía que mi peor miedo estaba a punto de hacerse realidad.
—Tu abuela Leli murió. El ritual comenzará mañana. Conoces las reglas, no puedes faltar —explicó con una frialdad sorprendente ante la muerte de su propia madre, para luego cortarme el teléfono sin más.
Me estremecí por dentro. La muerte de mi abuela significaba que el espíritu de la Quintrala elegiría una nueva matriarca en el aquelarre, y esperaba que esa no fuera yo. Lo iba a arruinar todo, siempre fui la oveja negra de la familia y había estado años totalmente retirada de las canchas.
—Tranquila, sabes que casi nunca se salta una generación. —Magnolia había escuchado la conversación. Ahora intentaba calmarme. No le contesté, me quedé ensimismada un rato. La sensación de electricidad volvió de manera tan repentina y tan fuerte que ni siquiera alcancé a contenerla. Súbitamente me sangró la nariz—. Ay no… —se lamentó Magnolia.
Escuchamos un fuerte golpe desde la sala. Ambas corrimos. Cristóbal se había desplomado en el suelo. Su piel estaba gris, y desde su boca, ojos y oídos salían secreciones negras. Ambas sabíamos que él estaba totalmente muerto. Que lo había matado y no había nada que pudiéramos hacer para ayudarlo.
—Amiga yo… —esbocé una disculpa.
—¡No de nuevo! —se quejó.
Magnolia y yo habíamos pasado ya un par de horas bajo la lluvia en una zanja del Cerro Chena enterrando el cuerpo putrefacto de Cristóbal. En Santiago solo llovía doce de los 365 días del año, y resultó ser este el día que se largaba a llover. Si bien no estaba contenta de estar toda empapada y embarrada, intentaba no quejarme mucho. La visibilidad era baja, y nadie andaba paseando por las laderas del cerro. Para los santiaguinos experimentar un poco de precipitaciones era algo muy cercano al apocalipsis. Las clases tendían a cancelarse si las calles se inundaban, lo cual era frecuente si llovía y todos querían volver a sus casas lo antes posible para llegar a ver el matinal y a los periodistas usando botas de agua, transmitiendo desde las zonas más afectadas y vulnerables de la ciudad. Por todo esto era un buen día para deshacerse de un cadáver sin ser vistos.
—Amiga, creo que deberías echarles un pequeño hechizo de amnesia a los papás de Cristóbal —rompió el silencio Magnolia, mientras se sacaba sus AirPods y los metía rápidamente en su impermeable para que no se mojaran.
—¡De ninguna manera!
—No es cualquier persona. Su familia tiene dinero. Pronto empezarán a buscarlo —explicó nerviosa.
—No puedo usar magia. Lo siento, pero básicamente le estás pidiendo a una adicta en recuperación que se pegue una pequeña línea de cocaína. Que no pasa nada. No gracias.
—Emma, sus papás no tardarán en culparme por su desaparición. Deben saber que iba a verme. Me lo debes —suplicó.
—No empieces a sacar en cara deudas o culpas. Si murió, sabes bien que la Quintrala lo quería muerto por algún motivo. No mata a blancas palomas, solo a hombres que han cometido crímenes.
—No sabía que ahora eras una fiel sierva de la señora Quintrala, ¿qué pasó con toda esa charla que tenías sobre el libre albedrío y que su opresión era la razón por la que escapabas de la magia? Claramente no deberías confiar ciegamente en ella, era prácticamente una asesina serial en su época. ¿De cuántos asesinatos la acusaron? ¿Veinte? ¿Treinta?
—Cuarenta —me apresuré a precisar.
Magnolia levantó una ceja.
—¿Te parece acaso una mujer justa y con buen criterio?
—La colonia eran tiempos difíciles, aún más para las mujeres. Además, recuerda que su historia fue escrita por hombres. Hombres que probablemente la despreciaban y le temían. Era extraño ver una mujer con tanto poder, y eso les hería el ego.
—Empiezas a sonar como tu mamá.
Magnolia tenía razón. Estaba defendiendo lo indefendible, y ahora estaba cambiando completamente el discurso: que la brujería no era más que una piedra en el zapato con la que tenía que cargar por herencia y genética familiar, igual que la diabetes. Hacía ya un tiempo que no estaba de acuerdo con la estructura del aquelarre de nuestro árbol genealógico. Me parecía anticuada, opresiva, violenta y sinsentido. El espíritu de mi antepasado, Catalina de los Ríos más conocida como la Quintrala era nuestra guía y fuente de poder. Generación tras generación ella nos fue enseñando a las mujeres las artes de la hechicería, utilizándonos como medio para cobrar un precio en vidas humanas de vez en cuando. Siempre se nos adoctrinó bajo un discurso de que las almas que se llevaba eran sucias. Hombres que habían infligido daño real a alguien, lo peor de la clase humana, básicamente una escoria. No usaban la frase se lo merecían en la familia, pero estaban muy cerca de expresarse de esa forma. Había una fe ciega hacia nuestra fundadora.
Al principio la idolatraba, pero con el tiempo y con la llegada de la adolescencia, la empecé a ver como una suerte de dictadora. Y entonces me rebelé, me convertí en la oveja negra y aprendí a cómo controlar la mayor parte del tiempo los poderes. Lo que aún no podía controlar del todo: que la Quintrala matara a algunos hombres a través mío. Era vergonzoso de admitir, pero no era la primera vez que Magnolia y yo enterramos un cuerpo juntas, tampoco era la primera vez que la víctima era uno de sus intereses amorosos. Realmente Magnolia tenía un pésimo gusto en los hombres, y ella lo admitía sin mucho pudor. ¿Merecían la muerte? Probablemente no, pero no era mi decisión. No aún, al menos.
Magnolia no dejó en ningún momento de clavarme con la mirada mientras divagaba. Sabía que tenía que ceder un poco ante sus deseos y aliviar la tensión que se estaba formando entre nosotras. Era bastante obvio que no era una buena idea enfadarse con quien estabas enterrando un cuerpo en la mitad de un cerro.
—Podemos pedirle a alguien de mi familia que haga el hechizo a distancia en cuanto lleguemos a Chiloé —la tranquilicé mientras le cortaba unos mechones de pelo y le sacaba un par de molares al cuerpo de Cristóbal. Era asqueroso recolectar partes humanas, pero eran necesarios para ejecutar de manera precisa el hechizo. Solo esperaba que los restos pasaran sin problemas la seguridad del aeropuerto, sin que pensaran que era una loca o, peor aún, una asesina serial.
—Gracias —se limitó a decir Magnolia, manteniéndome en un abrazo por atrás.
No quise hablar más del tema, me ponían incómoda los momentos tensos. Prefería que pasaran lo más desapercibidos posibles. Luego de recolectar las partes de Cristóbal lo hice rodar a la fosa que habíamos cavado. Era lo bastante profunda para que no nos trajera problemas. Me puse a tapar el agujero y agradecí que fuera una tarea infinitamente más sencilla que cavarlo. Ya estaba cansada.
—¿Me harías el favor de reservar los pasajes a Chiloé para esta noche? Apenas termine aquí deberíamos irnos a dar una ducha rápida, empacar un par de chalecos e irnos directo al aeropuerto —dije en un tono más apagado del que me hubiera gustado.
Magnolia pudo percibir que algo me molestaba, y no tenía que ver ni con el clima, ni con estar enterrando a Cristóbal. Llevaba varios años sin pisar Chiloé, y estaba en paz con eso. Y es que estar obligada a volver de manera tan repentina hacía estragos en mi salud mental.
—¿Estás nerviosa o triste? Nadie esperaba que este momento llegara tan pronto. Tu abuela murió muy joven, al menos para los de su clase.
En mi familia las mujeres eran muy longevas, era parte de las bendiciones —o maldiciones— de la Quintrala. Envejecemos más lento, y podíamos vivir hasta pasados los 120 años. Mi abuela había muerto a sus precoces 75 años, y eso era anómalo entre nosotras.
—Definitivamente me siento extraña. Ansiosa —admití.
—Lo más probable es que el aquelarre quede a cargo tu mamá o de alguna de tus tías. Creo que tú y tus hermanas estarán a salvo en esta ocasión.
—La posibilidad de quedar a cargo del aquelarre no es lo único que me preocupa. Por un lado, que mi abuela haya muerto tan joven es sospechoso, no creo que haya sido natural. Probablemente estén investigando ese asunto. Y, por otro lado, los calcus estarán esperando como buitres a que estemos debilitadas durante el ritual para hacernos la vida un poco más difícil. Ya estamos hartas de sus bellacadas, maleficios y maldiciones. Son como niños.
—Te preocupa ver a Luciano entonces —dijo de manera picarona.
—No todo se reduce a eso.
—Él está a cargo del negocio ahora, ¿sabías? —Magnolia podía ser una gran detective. Usualmente sabía mucha información de conocidos y no tan conocidos. Le gustaban los chismes, y era un as averiguando cosas a través de las redes sociales.
—¡Ja! ¿Es un maldito vendedor de seguros? —dije incrédula. Luciano siempre había odiado el negocio familiar. Lo encontraba de mala clase.
El linaje de Luciano, los calcus, habían modernizado el uso de la magia, y al igual que la mayoría del mundo, se unieron a la economía capitalista de libre mercado, pero le agregaron un toque algo mafioso que caracterizaba a los brujos: asustaban a los lugareños con lanzarles maldiciones que podían terminar en enfermedades graves y muerte, si es que no pagaban sus impuestos a tiempo por habitar sus tierras. Por otro lado, los calcus también ofrecían protección y celebraban contratos de seguros de vida que rápidamente todos optaron por tomar. Entre el pago de contribuciones y la venta de seguros, en poco tiempo lograron ser dueños de un negocio bastante lucrativo. Lo disfrazaron eso sí con la actividad de venta de leña. Y es que eran lo suficientemente inteligentes para prevenir que el Servicio de Impuestos Internos los investigara por fraude al fisco o algún otro crimen de similar naturaleza.
Nosotras llegamos un poco a cagarles el negocio, o al menos a hacérselo más difícil. Era una de las principales razones por las cuales nos odiaban y siempre intentaban matonearnos para que nos fuéramos de sus tierras. Pero si querían aprovecharse de la economía de mercado, también debían aceptar un poco de competencia, ¿no?
—Dicen que es el mejor. Tiene a casi todo el pueblo pagando altas sumas de dinero. Incluso pueblos aledaños están ahora pagándoles tributos a los Apoleo.
—Sucios calcus —maldecí mientras terminaba de tapar la fosa. Me aproveché de limpiar el sudor que se acumulaba en mi frente, pero había olvidado que tenía las manos todas embarradas y algo ensangrentadas por haberle extraído los molares a la fuerza al cuerpo de Cristóbal.
Magnolia rio.
—Tienes un poco de… —dijo de forma burlona.
—¡Sí sé! ¿Vas a agendar el vuelo o qué? Me van a matar si llego tarde —refunfuñé.
—Todo listo. Tenemos dos pasajes de ida para ir un ratito al infierno.
—No me hace gracia.
—A mí sí. Extraño a la tía Paula.
Puse los ojos en blanco e intenté tragarme el nudo de la garganta que se me estaba formando al saber que estaba todo listo para volver al lugar al que me prometí jamás regresar.
If you believe in magic, come along with me
We’ll dance until morning ‘til there’s just you and me
And maybe if the music is right.
Magnolia no dejaba de canturrear. Estaba muy animada. En otra oportunidad me hubiera unido a ella a cantar a todo pulmón, pero ahora se hacía difícil. No estaba del mejor humor, ni en mi mejor momento.
I’ll meet you tomorrow sorta late at night
And we’ll go dancing baby, then you’ll see
How the magic’s in the music, and the music’s in me.
Se había pasado todo el vuelo de Santiago hasta Puerto Montt cantando y ahora había migrado el show hasta el auto que habíamos rentado para llegar a Chiloé. Ella manejaba, porque, a pesar de no temerle a jugar con pactos demoníacos ni a enterrar cuerpos putrefactos, me parecía terrible tener que manejar. Así que no podía censurar su espectáculo, no al menos si no quería quedar botada en la mitad de la carretera.
Era de noche, y habíamos logrado tomar el último ferry hasta la isla. Llovía, pero en el sur siempre era así. Al contrario de Santiago, en Chiloé llovía 200 de los 365 días del año. La gente chilota no se preocupaba mucho de la lluvia, era parte de la costumbre y rutina de todos. Yo creo que era una de las características que convenció a mi mamá de mudarnos aquí en su momento. Siempre había sido teatrera y una isla eternamente nublada y húmeda para hacer magia le debió haber parecido de lo más pintoresco. Bueno, eso y que en Chiloé probablemente era el lugar donde más se concentraba la población de brujos del territorio nacional. Era nuestro París para la moda, nuestro San Francisco para la tecnología, o en un ejemplo más local, nuestro Pichilemu para el surf. Chiloé era la capital de la magia.
Particularmente nos dirigimos a Quemchi, una pequeña, aunque no tan ínfima localidad que se caracterizaba por no ser tan turística como Castro y a oler un poco a mierda la mayoría del tiempo. Se le conocía como “la comuna de los mil paisajes”, y aunque no podía negar su belleza escénica, nunca dejé de sentirlo como un lugar infinitamente hostil y ajeno. Ahora, pasando rápidamente por sus calles años después, podía confirmar que mi opinión seguía siendo exactamente la misma.
Magnolia estacionó el auto frente a la vieja casa de madera en la que ambas crecimos y me dieron unas inminentes ganas de vomitar que apenas logré contener. Ella, por su lado, se veía feliz de volver y emocionada de saludar a mi mamá, quien era prácticamente la única figura materna que Magnolia había conocido en su vida. Entramos en silencio con nuestros bolsos en mano. La luz adentro era tenue y el fogón estaba prendido. La casa olía a pan amasado y a cositas dulces, como siempre. Maite, la mayor de mis hermanas, estaba en el sillón grabando un TikTok con las cartas de tarot en mano. Ella era un alma efímera, no muy inteligente, algo amargada pero amante de la atención. Había encontrado cómo ganarse la vida en las redes sociales. Ya había logrado tener algunos auspicios pagados. Era buena en su trabajo porque, a pesar de que sus poderes eran reales, la mayoría de las cosas que hacía eran puras mentiras y simplemente dejaba que el algoritmo hiciera lo suyo. Ser influencer de brujería consistía en un par de cosas que Maite había logrado perfeccionar muy bien con el tiempo: una era verse bien con ropa reveladora y otra saber vender humo. Esto significaba jamás mostrar lo grotesco y hacer de la brujería un show entretenido de ver para las personas: amor, amarre, dinero y prosperidad, eso querían todos. Cosas bonitas. No ver sangre y partes humanas en putrefacción entre cánticos.
Sofía, la hermana de al medio, se encontraba en la mesa leyendo un libro de hechizos. Ella era la hija perfecta que tenía una actitud de mierda. Se teñía el pelo rojo, tenía ojos verdes, pecas y rasgos delicados. Mi abuela la quería mucho porque todo el mundo comentaba que era la viva imagen de la Quintrala y era blanquita en contraste con mamá. Maite y yo que siempre tuvimos una piel mucho más tostada. La Quintralita, le decían de cariño. La tontita, le decía yo. No me llevaba mal con ella, pero definitivamente tampoco nos llevábamos bien. Me dedicó una mirada furtiva y asintió levemente para saludarme.
—¡Hola, babys! Tanto tiempo, ¿cómo va la vida capitalina? —dijo Maite animosamente, deteniendo la grabación y tirándose encima de nosotras para estrangularnos en un abrazo. Me puse algo tensa, pero luego me permití disfrutar del abrazo familiar.
—Ya sabes, haciendo lo mismo de siempre, pero con más calor y menos magia —respondió Magnolia.
—¡Ah, claro! Las profesionales burlándose del negocio familiar —rompió el silencio Sofía con un típico comentario venenoso.
—No empieces —corté de raíz.
Sofía frunció el ceño. Mamá irrumpió en la habitación con un cabernet sauvignon en la mano. Siempre había tenido una energía que paralizaba cualquier ambiente.
—No es una noche para pelear, ¡no me hagan la vida más difícil! —amenazó en tono firme—. Hola chicas. —Se volvió a acariciarle el cabello a Magnolia—. ¿Qué tal el viaje?
—Tranquilo, tía Paula —canturreó sonriente Magnolia.
—¡Qué bueno! Están preparados sus atuendos en sus habitaciones. Sus tías llegarán en media hora, más les vale estar listas.
—¡Ah! Casi lo olvidaba. —Desenvolví los restos de Cristóbal y se los pasé a Maite—. Necesito un hechizo rápido de amnesia para la familia de este sujeto, por favor —dije y luego le dediqué mi mejor sonrisa.
Sofía puso los ojos en blanco.
—¡No! ¿Ahora somos tus brujas personales? ¡Es el colmo!
—No te pregunté a ti. —Intentaba mantener la calma, pero ya quería sacarle los ojos a mi hermana.
—No hay problema, Emmi. Pero para la próxima al menos házmela más fácil y tráeme un dedo o dos. Con tan poquito material se me va a ser más difícil —explicó Maite con buena disposición.
—Gracias —musité. Maite me guiñó un ojo y se retiró con los restos de Cristóbal a su habitación. El nudo de mi garganta se relajó un poco.
Sofía seguía roja de ira, pero optó por no seguir alegando y por retirarse a su habitación para prepararse para el ritual. Yo miré a Magnolia para que me acompañara a hacer lo mismo y, sin tener que decir nada, me entendió. Yo tomé mi maleta, ella la suya y juntas nos dirigimos hacia lo que fue nuestra habitación de infancia y adolescencia, en el ático del tercer piso. Entramos y un escalofrío invadió mi cuerpo, todo seguía inmaculado, como si nunca nos hubiéramos ido de ahí. Me causó un poco de gracia el ver que nuestro póster de Crepúsculo seguía intacto también, al igual que nuestra pila de hechizos fallidos.
—¿Quieres que te haga un peinado? ¿Quizás algo de maquillaje? Aunque no se vea durante el ritual, supongo que en algún momento te quitarás la máscara —me preguntó Magnolia, mientras peinaba mi pelo con los dedos.
—No puedo creer que estés romantizando el funeral de mi abuela —dije incrédula entre risas.
—No sé, a mí al menos me ayuda verme linda en situaciones tensas. Antes muerta que sencilla, ¿no?
—Está bien, puedes hacerme un maquillaje simple y un peinado.
Magnolia celebró dando saltitos y me indicó que me sentara en una silla. Me intenté concentrar en su ritual de belleza y no en la necesidad que tenía de cortarme para olvidar que podía sentir hasta el más mínimo deje de magia de la casa. Podía sentir que Maite estaba haciendo el hechizo de Cristóbal, y eso me estaba volviendo loca. Mis entrañas mágicas estaban emocionadas de participar y apenas podía contenerlas.
Magnolia trenzó mi cabello y me puso unas flores silvestres que había recogido antes de entrar a la casa. Ella me hizo un maquillaje sencillo, pero había hecho un buen trabajo resaltando mis rasgos naturales. Me puso la camisola blanca que mamá había preparado para mí, y por último me pasó la máscara que debía usar para el ritual. Era un cráneo de alguna de mis antepasadas. Me tapaba la mayoría del rostro, excepto la parte de mis labios.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí —dije, aunque no lo estaba realmente.
—Hasta aquí llego yo.
Asentí. Se despidió con la mano, y susurró la palabra suerte. Me di media vuelta y bajé por las escaleras para llegar a tiempo al ritual familiar.
Cinco figuras esbeltas me esperaban en la sala junto al cadáver de mi abuela. Apenas podía identificar cuáles eran mis tías y cuáles eran mis hermanas, ya que siempre nos veíamos muy similares bajo la luz de las velas, entre cánticos ancestrales y rituales sangrientos. Todas se volvieron a mirar en silencio, me uní a ellas y completé el círculo. Los cánticos comenzaron.
Sanguis familia est,
caro infirma,
anima aeterna.
Repetimos el réquiem varias veces en una voz críptica. En poco tiempo la habitación empezó a temblar, y se sentía cómo las energías ancestrales nos llenaban de poder. Una de mis tías tomó un cuchillo carnicero y lo hundió en la cavidad abdominal de mi difunta abuela. Sus entrañas se abrieron de par en par, la sangre ya estaba negra y coagulada. Todas nos acercamos y agarramos un pedazo de carne para proceder a comerla. Rápidamente nuestras ropas blancas y prístinas comenzaron a teñirse de rojo. Mi boca se invadió de un fuerte sabor a hierro y a carne podrida. Era un sabor que habría hecho vomitar a cualquiera, pero aquí, ebria de poder, se sentía incluso placentero.
Sanguis familia est,
caro infirma,
anima aeterna.
Repetimos una y otra vez, al borde del éxtasis, bailando y disfrutando del ascenso del alma de mi abuela. Súbitamente se escuchó un golpe. Todas nos detuvimos. Sofía se había desplomado en el suelo. La rodeamos, parecía estar dormida plácidamente hasta que abrió los ojos de golpe. Los tenía completamente blancos, y en cuestión de segundos levitó entre nosotras. Teníamos una nueva matriarca. La Quintrala había tomado su decisión, nos gustara o no.
Las velas comenzaban a arder, y Sofía seguía inmersa en un trance. Ella seguía poniéndose al día con la Quintrala, y nosotras debíamos quedarnos a su lado haciéndole vigilia. Nos sentamos a su alrededor. Me hubiera gustado leer las expresiones de mis tías al enterarse de que ninguna de ellas era la elegida, pero aún estábamos cubiertas con las máscaras ceremoniales, así que no podía distinguir mucho. Sabía que una parte de mamá estaba aliviada de no haber sido la nueva matriarca, pero mis tías debían estar de muerte. Probablemente pensaban que después de toda una vida viviendo bajo la sombra de la belleza y la herencia de mi mamá ellas podrían al fin brillar, aun siendo feas, amargadas, solteronas y sin descendencia. Por supuesto no había nada de malo con haber elegido una vida sin hijos, pero para ellas no había sido una elección, y eso las había convertido con el pasar de los años en seres profundamente agrios.
Me concentré en el fuego de las velas y del fogón. Su sonido me relajaba y me hacía entrar en un trance casi tan profundo como el de Sofía. De pronto un estruendo hizo que mi corazón se detuviera unos momentos. Nos paramos instintivamente de golpe rodeando el cuerpo de Sofía.
—¿Por qué no fuimos invitados a esta linda velada?
No podíamos ver de dónde venía la voz, pero era lo suficiente lúgubre y rasposa para saber que pertenecía a un Apoleo.
—¡Lárguense! —exclamó mamá, llena de ira—. ¿Acaso no tienen ni el más mínimo respeto? ¡Mañana podemos seguir con la disputa territorial usual! ¡Hoy déjennos llorar un rato! —Esto último lo dijo en un tono apagado no muy propio de mi madre. Sentí ganas de llorar, era la primera vez que sentía el luto de mi progenitora hacia su madre.
—Me parece que ustedes son las que nos están faltando el respeto. Esperaba que mis vecinas me invitaran un tecito al menos, ya que había tenido la decencia de pasar a dar mis condolencias por su pérdida —dijo una segunda voz.
Seis figuras masculinas se presentaron ante nosotras. Entre ellos estaba Luciano, y eso hizo que me sonrojara y me diera un poco de vergüenza. Tenía mi vestimenta bañada en sangre coagulada y trozos de la carne putrefacta de mi difunta abuela. De haber sabido que extraños irrumpirían en mi casa a la fuerza, me hubiera preocupado de haber sido más limpia durante el ritual y haber logrado estar un poco más digna.
—¡Déjate de estupideces, Samuel! —dijo mi tía Beatriz, refiriéndose al papá de Luciano.
Todas estábamos nerviosas, pero nos mantuvimos alerta. Nada nunca podía ir bien con los calcus, mucho menos cuando aparecían de improviso en nuestra casa.
—Les traemos una ofrenda de paz —dijo Luciano con voz pomposa y rasposa. No había escuchado su voz en años, y debo reconocer que mi corazón latió un poco más rápido de lo normal.
—No queremos nada de ustedes, ¡váyanse estúpidos! —respondió con voz firme Maite. Todas mantuvimos una posición defensiva con el cuerpo de Sofía.
—A caballo regalado… —dijo Andrés, el hermano fornido de Luciano.
—… No se le miran los dientes —completó el dicho el esquelético primo Ezra Apoleo.
La habitación tembló con más fuerza. Sofía se encontraba hablando con la Quintrala así que no teníamos acceso a toda nuestra fuente de poder. La línea se encontraba ocupada. Sabíamos que estábamos vulnerables, pero nunca indefensas.
Alwe.
awün,
trekange.
Repitió una y otra vez Andrés. Sus ojos se tornaron negros y las venas debajo de sus ojos se comenzaron a marcar con fuerza. No sabía mucho de su lengua, pero sus conjuros siempre eran oscuros y tenían una conexión muy fuerte con la muerte, o al menos con infligir daño. Al poco rato se empezaron a escuchar algunos pasos erráticos acercándose a las ventanas. Unos seres asquerosamente putrefactos estaban rasgando las entradas. Parecían venir del cementerio que se encontraba a unos metros de nuestro hogar. Eran muertos vivientes que venían directamente a atacarnos. Por supuesto que a los calcus se les ocurriría traer zombies como regalo al funeral de mi abuela. Típico humor Apoleo.
—¡Maite! —gritó mamá para llamar su atención. Mis hermanas y yo éramos el recurso más poderoso de la familia en estos momentos. Al menos éramos las que, al ser jóvenes, teníamos más agilidad y resistencia para el combate, pero Sofía estaba fuera de la ecuación y yo… Bueno, aún en momentos de crisis, mamá respetaba que yo no quisiera hacer magia.
Maite reaccionó e hizo lo que sabía hacer mejor: conectar con la gente. Mi hermana, a pesar de no ser muy brillante, a veces era bastante rápida. En vez de luchar cuerpo a cuerpo con difuntos poseídos por espíritus ancestrales iba directo a la fuente del fenómeno: Andrés. Tomó el cuchillo carnicero que habíamos usado para cortar las entrañas de mi abuela hacía unos momentos, y una vez logró conectar físicamente con Andrés se clavó el cuchillo en distintas partes de su cuerpo. A ella no le causaba mucho daño físico, aunque el dolor sí que lo sentía. La escuchábamos chillar sin control, pero mantenía el ritmo de las cuchilladas para reducir a Andrés. Estaba funcionando. El fornido Andrés se retorcía y desangraba mientras que sus adefesios se tambaleaban y caían en calidad de bulto al suelo.
Los Apoleo se preocuparon y no tardaron en contraatacar. Liderados por Luciano comenzaron a maldecir al unísono:
Alwe,
kümepiwkeche
Kutra.
Luciano parecía estar canalizando con facilidad el poder colectivo. Una electricidad llenó rápidamente la habitación y sentí el peor dolor que he sentido en mi vida. Era como si alguien estuviera desgarrando mi pecho e intentando sacarme el corazón. Todas nos retorcimos de dolor, y Maite apenas estaba logrando mantener la conexión con Andrés. Sabía que la situación ya había escalado al punto de que tenía que tenderle una mano. La abstinencia de magia había llegado a su fin. Sabía que estando en Chiloé, más temprano que tarde me vería en la obligación de usarla. Entonces canalicé las últimas fuerzas que me quedaban y me dejé llevar por las conexiones místicas del universo que llevaban años sin recorrer mis venas con tanta libertad.
Domum praesidio.
Recité un hechizo de protección en un susurro apagado. Cerré los ojos para concentrarme, y casi al instante se escucharon múltiples explosiones. Sentí cómo las ampolletas y vidrios se rompían y que algo viscoso me salpicaba encima. Abrí los ojos.
—Esto no era lo que debía pasar —me dije a mí misma al ver que los adefesios y vidrios de la casa habían estallado sobre nosotros.
Todas nosotras parecíamos estar en una pieza, al igual que los calcus. En momentos que parecieron una eternidad pude sentir cómo todos clavaban su mirada en mí. Sofía había dejado de levitar y había abierto sus ojos de golpe. Los calcus se espantaron y se esfumaron tan rápido que ni siquiera alcanzaron a tirarnos algún comentario sarcástico. Todo era un desastre.
—Bueno… Supongo que voy por la lejía y el trapero —rompió el silencio mamá, haciendo referencia al asqueroso escenario de restos humanos reventados que teníamos en el living.
Nos habíamos quedado toda la madrugada limpiando el cataclismo mágico de la noche anterior. La idea era enterrar a mi abuela al final del rito, pero no quedaba mucho de su cuerpo después que se me pasó un poquito la mano con la magia, así que solo procedimos a cremar sus restos junto con los restos de zombies. Quizás uno de ellos era algún antiguo amante de mi abuela y ella hubiera estado encantada de que sus restos compartieran descanso eterno junto a los de él.
Sofía estaba extraña, no nos ayudó mucho, apenas hizo contacto visual y se fue directo a su habitación. Quizás estaba en shock y aún tenía muchas cosas que procesar. Por mi parte, pude dormir un par de horas hasta que los sonidos de los gallos y los gritos de los vendedores ambulantes del pueblo me despertaron.
Era un día nublado pero luminoso. El sol brillaba tras las nubes y me encandilaba al nivel de dañarme los ojos. Magnolia aún roncaba. Ella sí había podido dormir la noche completa plácidamente. Aún tenía que ponerla al día sobre los acontecimientos de anoche, y sabía que se caería de espalda con las nuevas novedades.
Me levanté de la cama y me percaté de que me sentía completamente derrotada, como si hubiera envejecido un par de años. Fui al baño y miré mi reflejo: tenía unas prominentes ojeras púrpura y mi pelo estaba hecho una maraña con restos pegajosos de Dios sabe qué cosa. Súbitamente sentí unas náuseas explosivas. Las arcadas eran tan violentas que tuve que agarrarme del lavamanos para no caerme. Al principio pensé que estaba teniendo un ataque de ansiedad, pero pronto me di cuenta de que era algo diferente. Vomité sangre a borbotones.
—¡Magnolia! —la alerté entre silbidos ahogados.
Ella se levantó de golpe y casi se resbala con la estela de sangre que ya estaba dejando desde el baño. Me miró y pude ver el momento exacto en el que el color abandonó su rostro. Se puso pálida como nieve y me aventó el basurero del baño para que vomitara ahí.
—¿Qué está pasando? —preguntó desconcertada.
—¡Mi almohada! —dije con dificultad, aferrándome al basurero lleno de vómito y sangre.
Tomó torpemente mi almohada y me la pasó. Agarré mi cartera con dificultad y busqué el bisturí que siempre llevaba conmigo. Rompí la almohada y una culebra salió de su interior. Antes que se escabullera la tomé de la cola y le enterré el bisturí.
Item Ignis, dije con la poca fuerza que me quedaba. La culebra rápidamente se incendió y se hizo ceniza. Automáticamente dejé de vomitar y me recompuse. Me limpié un poco la boca con la manga de mi polerón. Podía ver que el color había vuelto a las mejillas de Magnolia.
—¿Estás bien? —preguntó más tranquila.
—Sí —me limité a decir.
—¿Qué significa esto?
—Pues que alguien me quiere muerta. —Le dediqué una media sonrisa incrédula. Era el último sinsentido que faltaba en mi vida: tener que descubrir quién quería matarme al más puro estilo Clue.
—Aah —dijo serena Magnolia—. ¿Volviste a usar magia? —preguntó extrañada con el ceño fruncido, luego de percatarse de que yo había incendiado la culebra e ignorando por completo lo que le estaba diciendo sobre que alguien había intentado matarme.
—Muchas cosas han pasado desde ayer. Lo bueno es que este hechizo me salió bien, no como el de ayer. Quizás voy mejorando —le expliqué emocionada.
—¿Qué?
—No importa. Pregúntales a mis hermanas. Yo me voy a dar una ducha que me siento asquerosa.
Magnolia había comenzado a decir algo, pero la ignoré y me fui directo a la ducha. Después de un rato se aburrió y decidió darme mi espacio. Me quedé sola en el tercer piso, y eso me ayudó a relajarme. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto una ducha a pesar de que estuve un buen rato intentando sacar todos los restos brujeriles de mi cabello. Elegí un atuendo que me hacía sentir bien: una falda, unas botas negras, una blusa, un chaleco sin mangas y una elegante gabardina para poder sobrevivir al frío sureño. Me maquillé de manera sutil, pero quería un toque que destacara, y un labial rojo resultaba ser exactamente lo que necesitaba.Me sentía bien, como si volver a hacer magia hubiera sido la pieza que me faltaba para recuperar mi confianza y dejar de ser un robot viviendo en piloto automático. Sentí ganas de ver a Luciano, y luego de un rato de debatir conmigo misma sobre qué hacer decidí salir a buscarlo. Después de todo era una adulta. No se le podía prohibir a una adulta encontrarse con un adulto, ¿no? Estaba el pequeño detalle de que nuestras familias querían matarse mutuamente, pero eso nunca detuvo a Romeo y Julieta, y ellos sí que eran jóvenes. Por supuesto iba a salir de la casa a escondidas a verlo, porque era una mujer adulta empoderada, no una suicida.
Bajé por la enredadera de la ventana para que todos pensaran que seguía en mi habitación, y me dirigí a paso seguro a la casa de los Apoleo. Me escabullí por atrás y vi a Luciano con unos jeans negros, chaqueta de mezclilla y chiporro cortando leña. Extrañamente esta vez no se me aceleró el corazón al verlo.
—¡Oye! —exclamé. Tuve que subir el volumen de mi voz al llamarlo, porque me di cuenta de que tenía los audífonos puestos. Podía percatarme desde fuera que estaba escuchando alguna especie de rock.
Él se dio vuelta y me frunció el ceño.
—¿Me hablas a mí?
Quizás esto no había sido tan buena idea y me encontraba en alguna especie de estado maniático post traumático.
—Sí —me limité a decir.
—No aquí —me cortó. Dejó el hacha a un lado. Estaba sudado y eso lo hacía más sexy ante mis ojos. Me tomó de la mano entre jadeos y me llevó al bosque que muchas veces habíamos visitado de niños. Era como si los años que nos separaron jamás hubieran existido y nuestro pequeño ritual hubiese perdurado en el tiempo.
Nos detuvimos cuando sentimos que ya estábamos lo suficientemente lejos de nuestras propiedades familiares. Nos quedamos mirando como unos tontos un rato. Estábamos tan cerca que su respiración me dejaba atontada.
—¿Me intentaste matar?
Rayos, realmente parecía estar teniendo un brote psicótico.
—Anoche ambos nos intentamos matar, pero no es nada personal. Son negocios —rio un poco, dejando al descubierto una dentadura perfecta y unos filosos caninos.
—¡No! Me refiero a esta mañana en mi habitación.
—¿Qué?
Parecía genuinamente confundido.
—No importa.
Preferí no ahondar más en el tema.
—¿Qué te pasa hoy?
—¡Ja! Resulta que ahora me conoces. No nos hablamos hace más de quince años, Luciano.
—Sí, no fue mi elección, pero considerando los hechos entendí que nuestras familias quisieran separarnos.
—¿Entiendes que nos hayan separado por una tonta disputa territorial?
—¿Ah? ¿De qué hablas, Emmi?
Odiaba que me dijera Emmi, ya no era una niña.
—Nuestras familias no se llevan para nada bien, eso lo entiendo. Pero nosotros podíamos tomar nuestras propias decisiones. Ahora podemos tomar nuestras propias decisiones. Somos seres libres…
Estaba llevando el discurso de autoayuda a otro nivel.
—Emmi, nuestras familias no nos separaron por la disputa territorial —me cortó en seco con su voz melódica y masculina. Me acarició la mejilla, y eso hizo que me estremeciera un poco. Era extraño que se tomara esa clase de libertades conmigo tan rápido, pero lo cierto era que nuestra conexión era embriagadora y evidente.
—¿No? No creo que haya sido porque pensaran que yo te causé el ataque de epilepsia.
Me arrugó el entrecejo.
—¿Qué recuerdas exactamente de ese día?
Me encogí de hombros.
—Nada tan fuera de lo común. Estábamos jugando a escondidas en el bosque, como usualmente lo hacíamos, cerca del cementerio. Tuviste un ataque, me asusté, fui por ayuda y nos descubrieron, así que nunca más nos dejaron siquiera dirigirnos la palabra.
—¿Eso es lo que recuerdas? Emmi… Eso no fue para nada lo que pasó —dijo desconcertado alejándose de mí de golpe.
—¿Qué fue lo que pasó entonces? —pregunté, mientras intentaba llenar el espacio que él había dejado entre nosotros.
—Esto fue una mala idea. Deberías mantener tu distancia conmigo —me detuvo dando un paso hacia atrás con el ceño fruncido, para luego echarse a correr entre los árboles y desaparecer entre la bruma del bosque.
Antes de que su figura se perdiera en la neblina del bosque pude identificar que su mirada se volvía distante, y eso hizo que un sentimiento de infinita vergüenza apretara mi pecho. Quizás me había acercado demasiado rápido a él y lo había asustado. Luciano era introvertido, apuesto y miraba a todos con aires de superioridad. Era un espécimen al que definitivamente no era fácil aproximarse, y me sentía una completa estúpida por pensar que las cosas se darían así tan fáciles, si mi historia y relación con Luciano nunca había sido clara ni mucho menos sencilla.
Me permití dar unas bocanadas de aire fresco para calmarme y diluir la tensión y ansiedad que se estaban acumulando en mi cuerpo. Logré inundar mis pulmones de aire húmedo e inspirar el aroma fresco de un montón de árboles que eran demasiado verdes como para no llamar la atención de mi ya forjada alma santiaguina. Definitivamente estaba en un lugar hermoso, y a la vez solitario, familiar, nostálgico.
A pesar de que Luciano me había dejado mareada con sus revelaciones, ya había logrado bajar mis latidos cardíacos y calmarme un poco. Sin embargo, en mi interior, mi mente parecía seguir en caída libre hacia un estado de locura, o a lo menos parecía ser que nuestro pequeño reencuentro me había dejado al borde de sufrir un ataque de pánico. La calma había durado poco, me hiperventilé y me pregunté un montón de cosas que no parecían tener una respuesta lógica: ¿qué había pasado realmente la noche que nos separamos para nunca más vernos? ¿Por qué había dicho que era una mala idea volver a estar juntos de nuevo? ¿Qué era tan grave como para que nuestras familias le hubieran puesto tanto empeño en separarnos? Él había dicho que la situación no era en lo absoluto como yo la recordaba, y eso me había puesto la piel de gallina, ya que mi memoria era una de las pocas cosas en las que podía confiar. Y por sobre todo estaba el hecho de cómo creer alguna palabra de lo que Luciano me había dicho. Él no dejaba de ser un calcu. Venía de una familia sucia, inmersa en muerte, malas energías y narcisismo. Eran unos expertos mentirosos y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa, con tal de conseguir lo que querían.
Eran muchas las cosas que revoloteaban por mi cabeza, afortunadamente mi formación como terapeuta profesional me permitía contar con las herramientas necesarias para calmar mi inconsciente. Debía caminar, distraerme y dar inspiraciones profundas por la nariz y tirarlas por la boca, una y otra vez, hasta volver a estar en contacto con mi centro. Sabía que debía salir del bosque, pero definitivamente no me haría bien volver a mi casa, mucho menos con Sofía siendo el centro de atención, y yo siendo la paría que terminó de arruinar el funeral de mi abuela.
Inconscientemente me dirigí al pueblo, que parecía ser un lugar más amigable que otros rincones inhóspitos, además conservaba recuerdos relativamente buenos que podría utilizar para lograr enfocarme en pensamientos lindos y positivos que me sacaran del clima de ansiedad que había dejado Luciano. Mis pasos se aceleraron al punto de correr hasta llegar a las calles comerciales del pueblo. Una vez ahí procuré desacelerar un poco el paso para que la gente no pensara que estaba loca y comenzaran a hacer preguntas y a pelearme con mi familia porque la frase pueblo chico, infierno grande era real aquí. Sentía que las miradas de los lugareños se clavaban sobre mí. Era esperable, ya era bastante noticia que la más pequeña de las quitral volviera de su autoexilio capitalino tras la trágica muerte de su abuela. Probablemente tenían apuestas sobre cuánto tiempo duraría mi estancia en la isla, y podría jurar que ya estaba superando las expectativas de la gente. Me limité a ignorarlos lo más que pude, pero si hacía contacto visual con alguien les sonreía por cortesía. Nadie se atrevía a acercarse o a involucrarse mucho conmigo. Después de todo, tampoco podíamos decir qué éramos de las familias más queridas de nuestra localidad; por el contrario, mantenían su distancia. No porque nos respetaran, sino porque nos temían, y estábamos en paz con eso. No necesitábamos mucho más de ellos.
Me alejé de las concurridas calles comerciales hasta llegar a la costanera. El hedor a puerto me tenía media asqueada, pero el día estaba tranquilo y el ritmo del mar me estaba ayudando a calmarme. La brisa cantaba con gracia, pero al rato un jadeo gutural interrumpió mi meditación y se sintió cada vez más cerca de mí al punto de percibir un aliento húmedo y cálido en mi nuca. Me di vuelta. Una viejecita de mirada pérdida, pupilas dilatadas, arrugas prominentes y saliva en su boca, me gruñía y balbuceaba, como si intentara decirme algo. Levantó una de sus manos, que estaba tan arrugada como su rostro. Tenía las uñas largas, mal cuidadas, algunas rotas y llenas de mugre. Se inclinó a acariciar mi rostro. Me dio asco, pero no la detuve, estaba medio paralizada. Ahí se quedó un rato, acariciando mi rostro mientras le caía la baba.
—¿Puedo ayudarla en algo? —atiné a preguntar. Ella no reaccionó—. ¿Está sola? —insistí.
La vieja me arrugó el entrecejo y se largó a llorar, ahogada en gemidos de lamentos que solo podrían escucharse en una película de terror. Me dio pena y le tomé la mano con la que me estaba acariciando el rostro. La vieja ahí se descontroló y, con una fuerza casi sobrehumana, me ahorcó y me enterró sus uñas asquerosas en el cuello. A pesar de que forcejeaba para que me soltara, rápidamente me quedé sin aire. Increíblemente, la vieja me estaba ganando. Una vez más, había subestimado el peligro de la fuerza que tenían las viejas del campo.
Todo me dio vueltas y el entorno se volvía cada vez más negro. Una figura atlética prácticamente tacleó a la viejita y me pude librar lo suficientemente rápido como para no perder el conocimiento. Me esforcé por llenar mis pulmones de aire lo más rápido posible.
—¿Estás bien? —preguntó la voz varonil que me hacía siempre estremecerme por dentro. Luciano me estaba mirando perplejo, mientras me incorporaba lo más rápido posible.
—Sí —me esforcé en decir mientras me secaba la sangre que corría por los rasguños que había dejado la vieja en mi cuello.
—Es increíble el talento que tienes para llamar la atención y meterte en problemas —dijo, entonando una media sonrisa sarcástica—. ¿Nos vimos hace cuánto? ¿Veinte minutos? ¿Media hora? —Agregó entre risitas burlonas.
Fruncí el entrecejo. Él era la razón por la que había terminado en el pueblo. Él mismísimo que me abandonó en medio del bosque y dijo que no quería verme nunca más en la vida, ahora estaba ahí burlándose de mí como si nada hubiera pasado. Entonces la gente copuchenta del pueblo nos rodeó. Entre ellos se abrió el paso, una chica delgada, pelirroja, llena de pecas y ojos verdes. Aunque estaba cambiada, la reconocí de inmediato, era Lucía Castro. Había ido al colegio con nosotros, estábamos todos en el mismo curso: Luciano, Magnolia, Lucía y yo. Incluso podría apostar a que me consideraba su amiga, al menos durante los años escolares.
—¡Perdón, perdón! Estaba trabajando y en cuestión de segundos se me perdió. Nunca sale sola, no sé qué pasó. —Parecía estar avergonzada y se abalanzó a incorporar a la viejita con evidente daño cerebral—. ¿Estás bien, Emma?
—Sí Lu, no te preocupes. No pasó a mayores.
Luciano nos estaba clavando la mirada a las dos, parecía estar incómodo.
—Perdón si mi mamá te causó problemas —dijo y luego bajó la cabeza.
Ahora todo me calzaba. No la había reconocido porque el paso de los años había sido crudo con ella, pero la vieja era Camila Vega, la mamá de Lucía. Me acuerdo que se había vuelto loca cuando éramos chicos. Creo que perdió un hijo o algo así. El papá de Lucía se escapó poco después de que Camila se volviera loca, y entonces Lucía tuvo que aprender a cambiar pañales de adulto a los nueve años y hacerse cargo de ella. Fue una verdadera tragedia de la vida real. Siempre me pareció insólito que ninguna de ellas hubiera terminado en un hogar de acogida, pero supongo que, si tomas en cuenta que el estado chileno es medio inoperante ante casos sociales, con mayor razón brillaron por su ausencia en una isla al culo del mundo. Por supuesto el pueblo se ocupó de que Lucía pudiera terminar el colegio y no se muriera de hambre, pero no era que ella hubiera logrado llegar muy lejos luego de la infancia de mierda que le tocó vivir. Su vida era lo que era nomás. Supongo que algunas personas simplemente tienen mala suerte y no podían hacer mucho al respecto. Aunque quizás el día que se muera su mamá podría tener una vida un poco mejor, o por lo menos algo más de libertad.
—Deberías poder controlarla, ya no eres una niña, Lucía —dijo Luciano con voz dura. Le dediqué una mirada de desaprobación. Luciano podía ser inmensamente bruto a veces—. Lo único que te pedimos a cambio es que la mantengas controlada, y ni eso puedes hacerlo bien. Despabila, que los beneficios por pena tampoco duran para siempre.
—Sabes que hago lo que puedo, Luciano, y no me amenaces. Mira que no te tengo miedo, ni mucho menos respeto. No tengo mucho que perder. —Lucía se acercó amenazante a Luciano, al punto de quedar a solo unos centímetros de distancia—. Y amarra a tu perra. No me gusta que ande suelta por mi pueblo —agregó dirigiéndose hacia mí.
