Reconquista (Legítima defensa) - Dean Onimo - E-Book

Reconquista (Legítima defensa) E-Book

Dean Onimo

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Beschreibung

Un atentado terrorista en el lugar equivocado. Una inesperada víctima inocente. Una venganza implacable, brutal despiadada. "Con el dedo indice accionó el detonador abriendo de par en par las puertas del infierno. Y los muertos, como los huevos, se contaron por decenas" MI PAÍS MI CASA MIS REGLAS LEGÍTIMA DEFENSA

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Letrame Editorial.

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Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-18090-52-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

.

—Seis meses —sentenció el eminente oncólogo.

—Nueve como mucho —añadió.

—Siendo optimistas —matizó.

—Si sigues el tratamiento a rajatabla —concluyó, mirando a su interlocutor directamente a los ojos e intentando adivinar sus pensamientos.

Expresó el inesperado diagnóstico con un tono de voz que discurría por registros de baja intensidad.

Mensaje directo.

Aunque suene fatalista.

Así, sin rodeos ni filtros con los que amortiguar el impacto emocional.

Hay situaciones en las que es preciso medir, edulcorar o incluso disfrazar las palabras.

Otras sin embargo, a menudo las más traumáticas, exigen un lenguaje sincero.

Quitar la tirita de golpe.

El doctor sabía por experiencia que su paciente poseía una capacidad extraordinaria para normalizar situaciones extremas.

Mantenían una estrecha relación de amistad desde los tiempos en los que compartieron pupitre en el internado católico.

Y, en efecto, el ilustre galeno no iba muy desencaminado en su dictamen, porque la primera idea que asaltó a Rodrigo Díaz al escuchar la sentencia condenatoria era que el banco del karma le había retirado el crédito.

Unilateralmente.

Sin preaviso.

Y sin venir a cuento.

—Vaya mierda —pensó para sus adentros.

Entonces, pasados unos instantes, comprendió de golpe la gravedad de la situación a la que se enfrentaba.

Sentado frente a su matasanos de cabecera preferido, según solía referirse al ilustre profesor en medicina oncológica, visiblemente consternado y con el aire perplejo de quien no comprende nada de lo que está sucediendo a su alrededor, respiró hondo al tiempo que paseaba una mirada desvalida por la estancia.

De gustos espartanos, el diáfano despacho de dimensiones más que respetables del anfitrión era el fiel reflejo de su personalidad.

Paredes blancas y suelo enlosado con grandes baldosas cuadradas de mármol de Carrara también blanco.

En una esquina, un perchero giratorio de madera curvada de finales del siglo XIX y estilo Art Nouveau.

Un auténtico Thonet.

Una joya de coleccionista.

Sobre la mesa de cristal que presidía la estancia, un ordenador de diseño, un par de fotos encuadradas en marcos de plata maciza en los que aparecía rodeado de su esposa y sus dos hijos, y poco más, a no ser el jarrón, también de cristal tallado, en el que parecía a punto de fenecer de aburrimiento una solitaria rosa roja.

En el hilo musical sonaba el Adagio for Strings de Samuel Barber.

A pesar de todo, Rodrigo pensó que la manera de notificarle el diagnóstico por parte del famoso catedrático era sin duda claramente mejorable.

—Vaya, vaya, Fernando, tan diplomático como siempre. No sé por qué será que no me extraña —comentó de pasada—. Todo un detalle por tu parte haber elegido como banda sonora para la ocasión un Adagio en lugar de un Réquiem —apostilló, regodeándose en el dramatismo como arma defensiva ante el letal veredicto.

El aludido no captó el sarcasmo del comentario.

Guardó silencio.

Rodrigo, por su parte, apretó los puños y la mandíbula en un acto inconsciente.

No deja de resultar irónico escuchar de labios de tu amigo, uno de los mejores expertos mundiales en la materia, tu inminente condena a muerte.

Tampoco es algo que suele ocurrir todos los días.

Sintió una inesperada punzada en el corazón.

Permaneció en silencio mirando al vacío.

El galeno se preguntó en qué estaría pensando.

La respuesta no tardó en llegar.

—¿Siendo optimistas? —preguntó el paciente, interrumpiendo el paréntesis dubitativo—. ¿En serio? ¿Te parece que existe margen para el optimismo? —insistió, lanzando una mirada de recriminación al tiempo que mostraba la sonrisa petrificada de alguien a quien vienen de desvelar la fecha de caducidad de su paso por este mundo.

Como si se tratara de un vulgar producto perecedero apilado en la estantería de cualquier supermercado de barrio.

Ante la inesperada pregunta, el doctor arqueó las cejas desconcertado.

No supo qué responder.

Como suele ocurrir con los genios, le costaba diferenciar entre ironía refinada y civilizada seriedad.

Aunque intuía que en este caso en concreto cualquier atisbo de humor estaba fuera de lugar.

Algunas personas, ante el mínimo contratiempo, se abalanzan en busca del botiquín más cercano para atiborrarse de antidepresivos o se aíslan del mundo para lamerse las heridas.

Este no era el caso de Rodrigo.

—Bueno, veamos el lado positivo —reflexionó en voz alta el recién sentenciado—. La primera certeza que te ofrecen al nacer es que algún día tendrás que morir. Que te digan cuándo ocurrirá te quita un gran peso de encima —recalcó—. Resulta hasta cierto punto placentero poder disponer del tiempo suficiente para redactar tu propio obituario —prosiguió—, ello te permite destacar tus logros y obviar tus fracasos —remató, al tiempo que se ponía en pie para acercarse a la ventana de cristales tintados que ocupaba uno de los laterales del despacho.

Al otro lado de la cristalera pudo recrearse la vista con un precioso jardín en el centro del cual una fuente expulsaba chorros intermitentes de agua por la boca de un dragón esculpido en mármol.

Un número indeterminado de pájaros de diverso plumaje, piando melódicamente, poblaban los árboles que rodeaban la fuente.

Permaneció absorto durante unos minutos admirando la bucólica imagen que se extendía ante sus ojos.

A Fernando, sin embargo, esos instantes le parecieron una eternidad.

—Hablemos de los pasos a seguir. Ya sabes, medicación, dieta y fecha de ingreso —enumeró el doctor, tratando de romper el incómodo silencio.

Sin embargo, en su fuero interno y conociendo muy bien a su paciente, Rodrigo desde siempre había sido individualista, terco, desobediente e indisciplinado, intuía que por desgracia este último no lograría superar el semestre de vida.

Evitó, no obstante, incidir en las letales consecuencias de la inminente metástasis.

Y aprovechó para sentarse en su butaca favorita.

—Tómate unos días para poner todo en orden y cuando estés preparado podrás volver e instalarte en nuestro mejor aposento —propuso el doctor con una forzada sonrisa, tratando de convencer a su amigo de las bondades de su ofrecimiento.

Algo que por desgracia estaba predestinado al fracaso.

—Ya hablaremos —respondió Rodrigo haciendo un vago gesto con la mano cuyo significado dejaba claro que ya estaba todo dicho—. A propósito —prosiguió, para quitar hierro a una situación no exenta de dramatismo—, tendrás que reconocer conmigo que el primer día de lo que me queda de vida ha comenzado con mal pie —frivolizó, dejando escapar un suspiro resignado.

El galeno guardó silencio.

Y un manto de frustración sobrevoló la sala.

—No pierdas la fe —exhortó el oncólogo, sin cambiar de posición, con los codos apoyados en la mesa de cristal y el mentón reposando sobre sus manos entrelazadas. Titubeó un instante antes de añadir—: Dios no te abandonará en este trance.

—Genial, lo que me faltaba. Ya ha vuelto a darle la vena mística al meapilas —pensó Rodrigo para sí.

Las creencias religiosas de los dos amigos nunca habían discurrido por caminos paralelos, Fernando, continuando con la tradición, era creyente convencido desde su más tierna infancia.

Dios siempre figuraba en lugar preferente en la lista de invitados a la mesa familiar, el hecho de que este último jamás se presentara a la hora de la cena no parecía frustrar las esperanzas de los allí reunidos de que el día menos pensado El Todopoderoso apareciese por la puerta de improviso para compartir con ellos buenas viandas regadas con mejores vinos.

Fernando había sido un buen estudiante católico.

Fiel a sus principios, tras un corto y casto noviazgo, tanto él como su futura esposa se presentaron ante el altar a cual más virgen.

Y a partir de entonces se había convertido en un buen padre y mejor marido.

Por supuesto, el llamado «Silencio de Dios» no era algo que le hiciese dudar de su fe.

Incluso en esas situaciones espeluznantes, pavorosas e inexplicables en las que esperas que el Santísimo te envíe algún mensaje tranquilizador, él continuaba aferrado a sus creencias y eso, a pesar del mutismo recibido por toda respuesta a sus plegarias.

Aleluya.

Por su parte, teniendo en cuenta que la religión en el seno de su familia era un asunto secundario, el mayor aliciente o mejor dicho, el único imán de Rodrigo para asistir a misa los domingos, tenía nombre de mujer.

Magdalena, para ser exactos.

Nombre propicio para una futura pecadora.

Dieciséis años como mucho, según un rápido cálculo del joven enamorado tras un detallado inventario del contenido del sujetador de la beldad.

En la iglesia parroquial, Rodrigo, sentado un par de filas por detrás del objeto de su deseo, fijaba los ojos en las curvas voluptuosas de la chica y no desviaba la mirada hasta que esta última desaparecía de su vista escoltada por su madre.

Una mujer de armas tomar, a quien las miradas lascivas del imberbe jovencito no habían pasado desapercibidas.

Y, de un domingo para otro, de Magdalena nunca más se supo.

Los tres domingos siguientes Rodrigo estuvo buscándola desesperadamente durante toda la ceremonia sin resultado positivo.

Y cuando ella ya no volvió a aparecer por el templo, mientras escuchaba la homilía del sacerdote encaramado en el púlpito, el frustrado y encelado galán pasó del desganado interés inicial mostrado hacia el sermón del clérigo, una repetida y tediosa monserga, a la apatía posterior más absoluta.

Esa misma mañana decidió que, a priori, la Iglesia Católica ya no le ofrecía ningún atractivo, acicate, gancho, reclamo o como quieras llamarlo.

Buscando cualquier excusa a la que poder agarrarse, más tarde explicó a quien quiso oírle que había dejado de asistir a misa cuando comprobó que allí dentro el único que podía beber vino era el cura.

A partir de entonces los caminos religiosos de los dos amigos bifurcaron de un día para otro.

Para Fernando, la congregación de fieles formaba parte sin lugar a dudas de su hábitat natural.

En cuanto a Rodrigo, descubrió que si en la década de los años sesenta del siglo pasado, en Londres despertaban los maravillosos Swinging Sixties, a las costas mediterráneas llegaban las fascinantes primeras suecas.

Y quien dice suecas, dice holandesas, noruegas o danesas.

Un abanico de rubias erótico libidinosas, salaces, emancipadas y de costumbres libertinas se desplegó ante su mirada perpleja.

Y lo más increíble, con la primavera, cada quincena llegaban nuevas remesas ávidas de encamarse con los aborígenes.

Un acontecimiento cósmico.

Que Dios bendiga a las agencias de viajes escandinavas, porque gracias a ellas varias generaciones de habitantes de la cuenca del Mare Nostrum fueron conscientes de que existía otra forma de vida mucho más saludable para la salud mental al norte de los Pirineos.

También es justo reconocer que con tanto trajín y cambio permanente de pareja, a veces las valkirias dejaban tras de sí una estela de enfermedades venéreas que tardaban meses en curarse.

Sarna con gusto no pica.

El Erotismo con E mayúscula llamó a su puerta y él, cuando descubrió quién era, solícito, se echó a un lado, dijo con una sonrisa bobalicona en los labios: «adelante» y le facilitó la entrada a su hogar sin pensárselo dos veces.

Entre la soporífera misa matinal de los domingos y los tórridos atardeceres del resto de la semana con las suecas, él optó por lo seguro.

Las suecas.

Ya se sabe que si a cualquier edad la carne es débil, a los quince años la flaqueza alcanza límites insospechados.

Una época de la vida en la que, con las hormonas descontroladas, puedes encontrar estímulo sexual hasta en las páginas del listín telefónico.

En cuanto a lo concerniente a este último punto, los dos amigos también discrepaban a menudo manteniendo posturas antagónicas.

Por ejemplo, ya desde niños cuando fantaseaban sobre cómo sería la chica de sus sueños, Fernando se la imaginaba siempre vestida y Rodrigo siempre desnuda.

Superada la fase de auto descubrimiento, ese amor desinteresado con el que uno suele obsequiarse a sí mismo en la intimidad de la habitación a oscuras o en la soledad del cuarto de baño, para Rodrigo la pérdida de la inocencia fue un puro trámite.

De hecho, un fin de semana en los brazos de una ardiente y descontrolada vikinga marcó el punto de no retorno.

No hubo reproches.

Se despidió de la «señorita inocencia» de manera expeditiva y sus caminos nunca más volvieron a cruzarse.

Fue un hola y adiós.

—¿Qué me dices? —preguntó el galeno, interrumpiendo los pensamientos de su amigo.

—¿Cómo? —articuló el interrogado aterrizando de nuevo en la realidad—. Vamos a ver, Fernando —dijo, retomando su discurso con semblante serio—, después de viajar por los cinco continentes enfrentándome a toda clase de aberraciones y situaciones peligrosas, la experiencia me dice que hoy en día resulta bastante complicado confiar en alguien. De hecho estoy persuadido de que ni siquiera Dios sigue conservando la fe en sí mismo —opinó antes de concluir—, me temo que le han robado la cartera.

—Ya empezamos de nuevo con tus ingeniosidades de tres al cuarto —constató el doctor armándose de paciencia y a quien las salidas de pata de banco de su amigo hacía tiempo que habían dejado de sorprenderle—. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado esta vez? —preguntó incrédulo, lanzándole una mirada de reproche.

—El nuevo inquilino del Vaticano, ¿te suena? —inquirió Rodrigo con una sonrisa burlona en los labios—. ¿Un Papa jesuita y argentino? ¿No te parece algo de lo más sospechoso? —insistió removiendo el cuchillo en la llaga—. Para mí que el diablo ha perpetrado un golpe de Estado en el Paraíso y se ha quedado con las llaves del portón —acabó aseverando, antes de añadir—: ¿Y me pides ahora que tenga fe?

—Otra de tus teorías fantasiosas y como de costumbre, algo que a todas luces no tiene ni pies ni cabeza —exclamó el doctor dando muestras de un ligero desagrado, mientras miraba desconcertado a su interlocutor como si este último acabara de proferir un sacrilegio.

A veces se preguntaba si últimamente su amigo no andaría mal de la cabeza.

—¿Eso es todo lo que se te ocurre para rebatir mis argumentos? —continuó provocando Rodrigo, a quien este tipo de enfrentamientos religiosos con Fernando le recordaban tiempos mejores.

Sin embargo, este último, creyente convencido y al tanto de la deriva irrefrenable hacia el laicismo de su compañero de estudios, siempre se había mostrado reticente a entablar discusiones estériles que no llevaban a ninguna parte.

—Pues poco más hay que añadir al respecto, tú lo has dicho todo —zanjó Fernando evitando con ello prolongar el debate.

—Exacto, ahí lo tienes —dijo Rodrigo, ahondando en la herida. No estaba dispuesto a soltar presa—. Ahora bien —continuó sin que nadie le animara a hacerlo—, imagina a alguien como tú, sin ir más lejos, que se pasa la vida acudiendo a la iglesia para asistir a la Santa Misa cada domingo —prosiguió—, rezando a diario, siendo buena persona, sin cometer ni un solo pecado a lo largo de toda tu existencia y que, cuando mueres y llamas a las puertas del Cielo convencido de que te aguarda la eterna felicidad, resulta que el que te está esperando en la entrada con una sonrisa diabólica es el mismísimo Satanás: «Hola, Fernando, bienvenido a mis dominios, coge una pala y no pares de echar carbón a la caldera. Por la cuenta que te trae no dejes que se apague el fuego». ¿Cómo te sentirías?

—No tiene gracia —respondió el interpelado—, ya sería tiempo de que madures de una vez por todas —aconsejó impertérrito.

A punto estuvo de entrar al trapo de la provocación.

No obstante, decidió pasar por alto las frivolidades de su amigo, teniendo en cuenta la sobredosis emocional que representaba para este último asumir su nueva situación de paciente terminal.

Paradójicamente, lo más irónico del caso era que este no parecía ser tampoco el momento más adecuado para mantener este tipo de debates.

Así y todo, tuvo que reconocer a su pesar que Rodrigo Díaz, con sus inverosímiles ocurrencias, a veces hasta resultaba ingenioso.

No siempre divertido.

Pero ingenioso al fin y al cabo.

Admitió a regañadientes, todo hay que decirlo, que el hecho de que el Santo Padre fuese jesuita y por si esto no fuera suficiente, también argentino, era algo que planteaba algunas preguntas difíciles de responder.

«Tendré que comentarlo con Isabel, a ver qué le parece», pensó para sí, antes de añadir en voz alta:

—Corramos un tupido velo —ofreció el galeno mirando a Rodrigo directamente a los ojos.

Alto el fuego.

Cese temporal de hostilidades.

Firmaron tablas.

El tipo de empate que es del agrado de todas las partes.

Una vez más la sangre no llegó al río.

Rodrigo asintió varias veces con la cabeza, después entrecerró los ojos y a continuación, tras rascarse pensativamente la nariz, fue consciente de que la tensión acumulada se había evaporado poco a poco.

Acto seguido, preguntó intrigado al tiempo que señalaba con el dedo la pared situada al fondo de la sala:

—¿Y esos cuadros?

—Son dos óleos sobre tela de 40 x 40 centímetros que adquirimos el mes pasado. Pensé que sería una buena idea tenerlos colgados ahí mismo para dar una pincelada de color al despacho —ilustró el galeno, inquiriendo a continuación—. ¿Te gustan?

—Mucho, aunque no pensaba que fuese tu estilo.

—¿Por qué lo dices?

—Bueno, mírate y mírame. Convendrás conmigo que corresponden más a mis gustos que a los tuyos.

Sin pronunciar palabra, ambos adoptaron instintivamente la actitud desafiante de dos duelistas buscando los puntos débiles de su rival, mientras se tomaban un tiempo para estudiarse detenidamente el uno al otro.

Eran conscientes de que habían alcanzado una edad en la que tenían muchas más cosas que contar del pasado que del futuro.

Pese a todo, puede que ya no estuvieran en la flor de la juventud, pero tampoco es que fuesen plantas marchitas.

Los dos sobrepasaban por poco el metro ochenta de estatura.

Aunque nacidos el mismo año, once meses separaban su fecha de nacimiento.

Fernando vino al mundo a principios del mes de enero y Rodrigo a mediados de diciembre.

Rodrigo, ancho de hombros, sin una pizca de grasa, con un cuerpo fibroso, gozaba de una excelente forma física a pesar de acercarse inexorablemente a la séptima década de su vida.

Fernando, por el contrario, debía esforzarse a diario para lograr contrarrestar la persistente curvatura de su abdomen.

Tanto el uno como el otro habían tenido indudable éxito en su respectivas profesiones.

Cada cual a su manera había trabajado su estética personal.

Bueno, como saltaba a la vista, uno bastante más que otro.

Rodrigo, pese a la inesperada condena a muerte, lucía un bronceado saludable y vivía al margen de superfluas sofisticaciones.

Por esa misma razón y manteniéndose fiel a sus ideas, vestía de manera informal.

Unos pantalones vaqueros descoloridos Levi’s 501, unas zapatillas embarradas Converse All Star, una camiseta arrugada adquirida en uno de los numerosos establecimientos del grupo Inditex y la joya de la corona, una chaqueta de cuero de Claude Montana.

Esta última, una reliquia icónica con más de treinta años de existencia de la que Rodrigo no se separaba jamás.

Fernando, por su parte, sibarita, siempre elegante, de exquisitas maneras y gustos refinados, lucía un traje impecable de tres piezas confeccionado a medida por uno de los mejores sastres londinenses de Savile Row con el pliegue de los pantalones perfectamente planchado.

El cuello de la camisa almidonado así como una pajarita a juego con el pañuelo que desbordaba del bolsillo superior de la chaqueta completaba su clásica y conservadora indumentaria.

Obviamente, no podían faltar los zapatos Churchs pulcramente lustrados.

Incluso cuando se cubría con la inmaculada bata blanca que colgaba del perchero Thonet y que combinaba a la perfección con las canas que adornaban las sienes de su poblada cabellera, el conjunto resultante le confería el aspecto imperial de un tribuno romano.

Para rizar el rizo, un cordón brillante de seda negra sujetaba las gafas de concha de carey que colgaban de su cuello.

—De acuerdo, tú ganas —concedió el médico al cabo de un momento, dándose por vencido, añadiendo de inmediato una matización esencial—, para qué vamos a engañarnos, es cosa de mi mujer.

—¿Quién es el pintor? —inquirió Rodrigo.

—Se llama Kim en Joong —ilustró el oncólogo.

—¿Coreano?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó estupefacto.

—Hombre, Fernando, por el nombre. ¿Cómo si no?

—Ya veo —convino el doctor antes de aclarar—. Es un sacerdote.

—Un monje, querrás decir —puntualizó Rodrigo.

—No, un sacerdote. Dominico por más señas. Le llaman «el pintor de la luz» —informó Fernando—. Isabel ha entrado en una etapa de misticismo religioso, cosa rara en ella y que, como podrás suponer, a mí me alegra enormemente—.

—Me encantan los cuadros, felicita a Isabel de mi parte —dijo Rodrigo mientras admiraba la caligrafía oriental y el torbellino cromático que configuraba las dos pinturas.

Isabel, la esposa y madre de los hijos del amigo oncólogo.

Cuando Rodrigo les presentó, supo enseguida que los dos eran almas gemelas, hechos el uno para el otro y que estaban predestinados a encontrarse.

Él fue un simple intermediario.

Desde el primer instante, pudo comprobar que ambos habían sentido una mutua e hipnótica atracción.

Con el paso del tiempo Isabel se había convertido en una investigadora de prestigio que no había dudado en arriesgar el patrimonio familiar heredado de sus progenitores para obtener fondos con los que poder investigar enfermedades raras.

Esas que no interesan a las grandes multinacionales farmacéuticas por falta de rentabilidad inmediata.

Isabel y Fernando, contrariamente a sus tocayos los Reyes Católicos, formaban una pareja bien avenida, altamente cualificada y comprometida en salvar el mayor número posible de vidas humanas.

Algo digno de respeto y admiración, que decía mucho a su favor y que por desgracia no suele abundar hoy en día.

Antes de separarse, los dos amigos dedicaron unos instantes a rememorar antiguas vivencias en común.

Puro compromiso social entre personas dotadas de una educación exquisita.

Poco después Rodrigo recuperó su chaqueta del sillón en el que la había depositado al entrar y se dispuso a iniciar una retirada estratégica.

Fernando también se levantó para acompañarle.

Al llegar a la puerta, justo antes de salir, Rodrigo giró sobre sí mismo y sin razón aparente se fundió con Fernando en un fuerte abrazo que sonaba a despedida definitiva.

.

Obviando el flamante ascensor de cristal, Rodrigo decidió bajar por las escaleras.

Cabizbajo, atravesó el inmenso vestíbulo de la clínica.

Al llegar a la calle, indeciso, alzó la mirada al cielo y respiró hondo.

—Un día agradable para pasear —pensó, al tiempo que hurgaba en los bolsillos de sus pantalones en busca de un pañuelo con el que secarse el sudor que manaba de su frente.

Demasiadas emociones enfrentadas.

Para su asombro, notó cómo en algún lugar recóndito del cerebro sus congénitas defensas mentales comenzaban a levantar barreras destinadas a evitar que los traumas se instalaran a vivir en su mente.

Quién le iba a decir al salir de casa esta mañana que su vida sufriría un cambio tan drástico.

Camino de la clínica, recordaba haber deambulado unos minutos entre los tenderetes del mercadillo ecológico que tenía lugar una vez a la semana en la plaza en la que se encontraba su hogar.

Había intercambiado saludos con varios vendedores a los que solía comprar frutas, verduras o miel, así como una gran variedad de quesos artesanales.

Todos productos de proximidad.

Recién traídos de las huertas y vaquerías situadas en los alrededores de la ciudad.

Kilómetro cero.

Algunos de los comerciantes, además, llevando al límite su defensa del medioambiente, acudían pedaleando.

Orgullosos, transportaban su carga en vistosos triciclos eléctricos decorados como los famosos tuktuks y trishaws del sudeste asiático.

También de vuelta a casa, como hacía cada semana, tenía previsto adquirir un batido saludable de verduras recién exprimidas y un par de pasteles vegetarianos.

Parecía que había transcurrido una eternidad desde entonces.

Decidió regresar a su domicilio caminando.

A medida que avanzaba fue contando las palmeras zarandeadas por el viento de levante que bordeaban el paseo marítimo.

A continuación, y sin saber la razón exacta, también anotó mentalmente los pasos que separaban una palmera de la siguiente.

Al cabo de un rato, detuvo su caminar y se sentó en uno de los bancos del paseo.

Con la mirada perdida en el horizonte, encendió un cigarrillo mientras trataba de asumir los cambios radicales que se avecinaban en su existencia.

Las risas de un ruidoso grupo de adolescentes al pasar interrumpieron sus reflexiones.

Todos vestían camisetas blancas de la diseñadora británica Katharine Hammett con mensajes escritos en letras enormes en defensa del medioambiente o en contra de la proliferación de residuos plásticos.

Saltaba a la vista que, pese a su juventud, formaban parte de una generación que ya estaba concienciada con la ecología.

Y que provenían de familias adineradas, porque esas vistosas camisetas no resultaban económicas precisamente.

Dos de los chicos, seguramente con la intención de epatar a las jovencitas que les acompañaban, asumiendo más riesgos de los estrictamente necesarios, cabalgaban patinetes tuneados, saltando y caracoleando por encima de cualquier banco, bordillo o barandilla que se cruzase en su camino.

Sin ser conscientes de ello, ponían en peligro con cada acrobacia su integridad física como si fuera algo de lo más normal del mundo.

Inconscientes, con toda la vida por delante, desbordaban alegría de vivir.

Ellas, cosa rara para su edad, reían a mandíbula batiente mostrando sin complejos sus correctores dentales al tiempo que animaban a los chavales a superar sus arriesgadas proezas.

Nuevos tiempos, nuevas actitudes, nuevas maneras de enfocar la existencia.

«Bueno, esto es lo que hay. Supongo que así son las cosas hoy en día. Ni peor, ni mejor que en épocas pasadas, simplemente diferente», pensó para sí Rodrigo en un intento pueril por establecer comparaciones inadecuadas en las que él sin duda tenía todas las de perder.

Entonces, advirtió las miradas furtivas que le lanzaban las jóvenes.

Pensó para sí que no debía de lucir muy buen aspecto teniendo en cuenta que las mocosas le miraban como a alguien recién salido de algún afterhours de mala muerte.

Se limitó a sonreír y se encogió de hombros.

Reanudó la marcha.

Mientras esperaba a que el semáforo pasase a verde, lanzó una ojeada a su alrededor.

Comprobó que había cámaras de vigilancia en las cuatro esquinas de la intersección de las dos avenidas.

Cámaras en las tres sucursales bancarias cercanas.

Más cámaras en la fachada de la farmacia y en los principales establecimientos circundantes.

Cámaras, cámaras y más cámaras.

Alzó la mirada al cielo.

Como si implorara ayuda divina.

Entonces, atónito, acertó a divisar un punto negro que permanecía suspendido en el aire.

—Hay que joderse —se dijo para sí—, ahora también nos espían con drones —prosiguió, al tiempo que arqueaba las cejas—. Estamos rodeados, controlados, vigilados.

Se planteó un urgente cambio de domicilio.

Instalarse en el campo, lejos de las urbes masificadas.

Recluirse en una cabaña al borde de un lago y acabar lo que le quedaba de vida bucólicamente.

De repente, el peculiar sonido que indicaba a los invidentes que el semáforo estaba en verde para los peatones interrumpió sus pensamientos.

Se internó confiado por el paso de cebra.

En el momento en el que atravesaba vio llegar a toda velocidad a dos coches que parecían competir entre ellos.

Tuvieron que frenar haciendo chirriar los neumáticos.

El hedor característico de la goma quemada invadió el ambiente.

Parados uno al lado del otro, al tiempo que hacían rugir sus motores, los conductores kamikazes se lanzaron miradas de desprecio.

Retadoras.

No intercambiaron ni una sola palabra.

Ninguno hizo ademán de apearse, ni siquiera se dignaron a bajar los cristales de las ventanillas de sus respectivos automóviles.

Uno de ellos, con aspecto de psicópata recién escapado de algún manicomio cercano, simplemente le hizo al otro una peineta.

El interpelado, con pinta de majareta loco de atar, respondió con un corte de mangas.

Todo de lo más visual.

Emoticonos de carne y hueso.

Rodrigo continuó su camino.

.

El inconfundible estruendo de la deflagración le cogió por sorpresa en el preciso instante en el que se disponía a doblar la esquina.

Instintivamente se protegió la cabeza con los brazos al tiempo que en un acto reflejo se apoyaba contra la pared del edificio situado a sus espaldas.

Fruto de años de experiencia, de manera espontánea, su cerebro calculó el tipo y la cantidad de explosivo utilizado, la distancia letal que alcanzaría la onda expansiva, así como los daños que sin duda ocasionaría a su paso.

Esperó unos segundos antes de asomar la cabeza.

El espectáculo que pudo observar era dantesco.

Un escenario en ruinas.

Y entonces, el silencio sepulcral que había seguido a la explosión, se rompió de improviso con los aullidos de dolor de los supervivientes.

El caos se apoderó del lugar.

Cuando creía que la pesadilla había tocado fondo, levantó la vista y el corazón le dio un vuelco.

Situó sin ningún género de duda la zona cero del atentado terrorista justo enfrente del edificio en el que habitaba.

Sin pensárselo dos veces, cruzó la plaza a la carrera, sorteando los restos de los tenderetes desperdigados del mercadillo.

Evitó fijar su mirada en los cuerpos mutilados que yacían por doquier.

Tenía otras prioridades.

El pesado portón del inmueble había desaparecido parcialmente.

Divisó algunos trozos al fondo del portal.

Subió las escaleras de dos en dos sin aflojar el ritmo.

Con mano temblorosa logró al tercer intento introducir la llave en la cerradura y abrir la puerta.

De su apartamento diáfano, lo más parecido a un loft neoyorquino, no quedaba nada que se pudiera aprovechar.

El ventanal que daba a la plaza, arrancado de cuajo y los cristales hechos añicos.

Del mobiliario solo quedaban trozos desvencijados esparcidos por todas partes.

Algunas paredes estaban agrietadas.

Lanzó una ojeada a su alrededor y solamente encontró desolación.

Todos los cuadros que colgaban de las paredes, arrasados.

Su extensa colección de vinilos, volatilizada.

Los libros que ocupaban varias estanterías que siempre habían permanecido perfectamente colocados por orden alfabético, también habían volado por los aires.

La vajilla antigua ribeteada de oro de veinticuatro quilates adquirida en el curso de uno de sus viajes por tierras asiáticas, en mil pedazos.

Así como el peculiar mueble bodega que mantenía a la temperatura adecuada botellas de vino seleccionadas de las mejores añadas y procedentes de varias denominaciones de origen de prestigio.

Todo ello reposaba diseminado por los suelos, en una mezcla caótica, junto con la ropa contenida en los dos exclusivos armarios comprados a precio de oro en el Rastro de Madrid a un reconocido anticuario.

Como si hubiese pasado un tornado devastador, más propio de otras latitudes, todas sus pertenencias habían desaparecido y lo poco que quedaba de ellas era prácticamente irrecuperable.

Bueno, todo no, recordó que la semana pasada había llevado a enmarcar una copia exacta de 46 x 55 centímetros del cuadro L’origine du monde obra de Gustave Courbert, cuyo original está expuesto en el Museo d’Orsay de París.

Resultaba irónico que El origen del mundo se hubiese salvado de una catástrofe apocalíptica más acorde con el final de los tiempos.

Entonces vio a Mister Miau.

Frente a él, el cuerpo sin vida de su gato reposaba en una esquina de la sala.

Rodrigo se esforzó en mantenerse en pie, todo giraba a su alrededor y le costaba recuperar el aliento.

Le temblaban las piernas.

Hiperventilando, tuvo que apoyarse en la pared para evitar una caída.

Pese a que cerró los ojos con todas sus fuerzas, las imágenes no desaparecieron.

Tras varias tentativas infructuosas decidió abandonar y enfrentarse a ellas de una vez por todas.

Mister Miau era mucho más que su gato.

Era su amigo y confidente.

Formaba parte de su existencia.

Rodrigo, desolado por dentro, no soltó ni una sola lágrima.

Era algo innato en él.

Sufría pero nunca lloraba.

Simplemente contemporizaba con el dolor.

Hasta hoy.

Hasta ahora.

De repente y contra todo pronóstico, las lágrimas brotaron imparables, empañando sus ojos al tiempo que un grito desgarrador emergía de su garganta.

La imagen de Rodrigo Díaz, sentado en el suelo, con las rodillas contra el pecho, el cuerpo inerte de su gato en su regazo y los brazos cruzados en actitud protectora, resultaba particularmente triste y conmovedora.

Rememoró el primer día en que sus vidas se cruzaron.

Cuando una tarde, al volver a casa del trabajo, vio a un gato callejero acurrucado en el rellano de la escalera.

De pelo completamente negro y mirada inteligente.

Parecía muerto de hambre.

Cuando Rodrigo abrió la puerta, en un visto y no visto, el minino ya se había colado en el piso.

Esa misma noche compartieron cena.

Y desde entonces, vivían juntos aunque no revueltos.

Cada cual disponía de su espacio personal e intransferible.

Aunque para ser sinceros, Mister Miau no solía respetar las reglas de convivencia preestablecidas.

Otro partidario incondicional de la teoría según la cual es mejor pedir perdón a posteriori que permiso con antelación.

Era un gato orgulloso, de elegantes andares felinos.

Sus movimientos eran pausados, incluso indolentes, pero ello no impedía que de repente pudiera salir disparado como un resorte para atrapar al vuelo a sus presas favoritas.

Las palomas.

Apestosas ratas con alas, que osaban invadir su territorio y se atrevían a utilizar el balcón como si de un vulgar retrete se tratara.

Después de despedazar a sus trofeos de caza, a menudo empezaba a toser de manera intermitente y al cabo de un rato acababa vomitando, cosa que preocupaba a su dueño sobremanera.

Sin embargo, la veterinaria le había tranquilizado al confirmarle en más de una ocasión que no se trataba de algo grave.

—Todavía le quedan muchos cojines por destripar.

Según ella, ese era el diagnóstico apropiado tras consultar las radiografías y los resultados de los análisis de sangre.

Además de excelente cazador, como buen sibarita, Mister Miau adoraba que le pasasen la mano por el lomo, que deslizasen los dedos por el espinazo, que le rascaran detrás de las orejas y debajo de la barbilla.

No era capaz de disimularlo.

Un ruidoso a la vez que ronco ronroneo delataba su estado de felicidad.

—Chico, jamás serás un buen jugador de póquer, tienes que aprender a camuflar mejor tus alegrías —solía recordarle a menudo Rodrigo.

También es verdad que si alguien tenía la mala idea de intentar tocarle la tripa, en una milésima de segundo el lindo gatito mutaba en feroz pantera de la selva tropical, mostraba los colmillos con un rugido amenazador al tiempo que sacaba a pasear sus garras afiladas.

Y ahora, algún desalmado había acabado con su vida.

Rodrigo, sobreponiéndose al dolor que le embargaba, decidió llevar sus restos al cementerio para darle sepultura en el diminuto jardín de rocalla que se encontraba adosado al panteón familiar.

Al fin y al cabo, para él, su gato formaba parte de la familia.

Incluso más, si cabe, que alguno de sus parientes lejanos.

De los cercanos, ya no quedaba nadie.

Abandonó el apartamento con lo puesto.

Llevaba el cuerpo aún caliente de Mr. Miau bien sujeto bajo el brazo enrollado en un retal de cortina que milagrosamente se había salvado de la quema.

Al salir del portal camino del camposanto, se detuvo un instante y lanzó una ojeada a la plaza.

Había gente depositando ramos de flores y velas encendidas en medio de un silencio respetuoso interrumpido por algún que otro lamento esporádico.

Rodrigo tuvo por cierto que antes del anochecer no tardarían en presentarse grupos de rumanas o búlgaras, nunca lograba distinguirlas, para arramblar con todo y vender las flores a los clientes de las terrazas de bares y restaurantes.

Las velas servirían para iluminar las chozas de los poblados chabolistas en los que malviven hacinados miles de sin papeles con el visto bueno de las autoridades encargadas de controlar la inmigración ilegal que, bien sea de motu propio o por indicación de sus superiores, optaban por mirar hacia otro lado.

Para unos, pillaje y profanación.

Para otros, reciclaje y beneficio.

También observó abochornado la presencia de los primeros «despreciables turistas carroñeros», la mayoría enfermos patológicos adictos a un turismo tétrico, que acudían prestos a satisfacer su curiosidad morbosa y a grabar con sus móviles las imágenes más truculentas para el recuerdo.

Y lo qué es aún peor, para compartirlas en las redes sociales como si fuesen trofeos de caza.

Rodrigo Díaz, contrariado, molesto y entristecido abandonó el lugar con la cabeza gacha.

Las escenas impactantes de la masacre abrieron la parrilla de los telediarios y acapararon la totalidad de las portadas de la prensa escrita.

Horas más tarde, haciéndose eco de rumores procedentes del Ministerio del Interior, los medios de comunicación informaron de que el terrorista suicida responsable de la masacre era un conflictivo joven argelino de veintitrés años bien conocido por sus desmanes en el barrio y que solía frecuentar la mezquita situada a escasa distancia del lugar del atentado.

Rodrigo, tomando buena nota de ello, se limitó a levantar acta.

De golpe, con la muerte de Mister Miau, su existencia, que hasta esta mañana había sido perfecta, acabó desmoronándose por completo.

El odio visceral que experimentaba le corroía las entrañas.

Alguien tendría que pagar por ello.

La venganza le pareció la mejor opción para dar una razón de ser a sus últimos meses de vida.

Un semestre bien organizado da para mucho.

Como no esperaba nada positivo de algunos jueces y fiscales, teniendo en cuenta su precedente actitud en situaciones similares y que tampoco confiaba en que las cosas cambiasen en un sistema judicial demasiado politizado y obediente a la voz de su amo, decidió tomarse la justicia por su mano.

Ironías del destino, la historia se volvía a repetir diez siglos más tarde.

Porque, a pesar de no ser conscientes de ello, los autores de la masacre habían declarado la guerra al adversario más peligroso que pueda existir.

Ese que no tiene nada que perder.

Demostrando con ello que no conocían la historia o que en las escuelas coránicas no se la habían explicado como Dios manda.

Por lo que estaban condenados a repetir los mismos errores que condujeron siglos atrás a su expulsión de el Al Ándalus manu militari.

Resulta que Rodrigo, apellidado Díaz de Vivar, era descendiente directo de otro famoso Rodrigo.

Más conocido como el Cid Campeador.

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Ahmed Cheurfi, carnicero halal de tercera generación, vino al mundo a orillas del mar Mediterráneo en la ciudad argelina de Orán, en el epicentro de un barrio en el que abundaban familias formadas por republicanos españoles que se habían visto obligados a huir para salvar la vida ante la inminente victoria de las tropas nacionales comandadas por el general Franco.

Él realizó el viaje en sentido contrario.

En busca de un futuro mejor, desembarcó en el puerto de Alicante procedente de Alger tras una travesía complicada con olas de más de cuatro metros y vientos huracanados que superaban la fuerza seis.

Esto ocurrió a principios del mes de enero del año dos mil dos, pocos días después de la puesta en circulación del Euro, la nueva moneda europea.

Estuvo buscando durante cierto tiempo un lugar donde instalarse.

Finalmente optó por un local espacioso encajonado entre un colmado regentado por tres hermanos tunecinos y un bazar chino en el que todos los empleados pertenecían a la misma familia.

En el locutorio, territorio colombiano situado en la acera de enfrente, el incesante vaivén de gente de todo pelaje así como los oscuros y continuos trapicheos a plena luz del día no parecían extrañar a nadie.

Se trataba de un tramo de calle de no más de noventa metros de largo en el que estaban representados ciudadanos oriundos de cuatro continentes.

Gente diferente, ajenos a las raíces religiosas y culturales europeas.

Las fachadas pintadas, o más bien embadurnadas con todo tipo de reivindicaciones, así como la ropa tendida en las ventanas, dejaba bien a las claras que en este entorno la moda occidental no llevaba las de ganar.

Un territorio multicultural del que, vaya por Dios, la única cultura ausente era la de los nativos del lugar.

El típico cajón de sastre africano.

Todos los colores oscuros.

Ni uno blanco.

Hacía tiempo que todos los antiguos moradores nacionales, blancos, católicos y practicantes, habían emigrado a otras latitudes menos pintorescas.

—Bienvenido al mundo capitalista —saludó el mayor de los tres hermanos tunecinos, al tiempo que le ofrecía un puñado de dátiles, cuando Ahmed se presentó como el nuevo vecino.

Este último agradeció el detalle con una inclinación de cabeza al tiempo que se llevaba la mano al corazón.

Le preguntaron por su nombre y no necesitó deletrearlo.

Desde uno de los balcones que daban a la calle, un adolescente al que se le caía la baba resbalando por el mentón le dirigió una retahíla de gritos en un idioma desconocido entre risas histéricas.

Posiblemente fuese tonto de nacimiento.

O puede que, siendo bebé, resbalase de las manos de su madre y se golpeara la cabeza contra el suelo.

No se paró para averiguarlo.

Las iniciales miradas recelosas de los vecinos mutaron en tolerantes y no tardaron en volverse claramente acogedoras al comprobar que el nuevo carnicero además de buena persona era poco conflictivo.

Con el paso del tiempo se había creado una buena reputación, por lo que la clientela de la carnicería había aumentado exponencialmente.

Por otra parte, bien es verdad que cada mañana en el trayecto comprendido desde su domicilio hasta la carnicería, observaba a veces las miradas de desdén cuando no de desprecio que le lanzaban algunos de los peatones con los que se cruzaba.

Se mentalizó para ignorar las muestras de rechazo y que ello no le afectara más de lo estrictamente necesario.

Ni más ni menos que lo que le ocurre a cualquier europeo cuando pasea por ciudades del continente africano, donde por cada mirada o sonrisa amistosa recibe más de cien rencorosas, agresivas e insultantes.

Nada nuevo bajo el sol.

Eso no tendría por qué ocurrir en un mundo perfecto.

Pero ocurría por la sencilla razón de que este en el que nos ha tocado vivir no lo era.

También había formado una familia de la que se sentía orgulloso.

Su hija de trece años, estudiante modelo, soñaba con ser doctora y poder especializarse en pediatría.

A su hijo, sin embargo, los estudios le agobiaban.

Entrenaba a diario para llegar a ser, según sus propias palabras, el mejor jugador de fútbol del mundo.

Siendo su ídolo, como no podía ser de otra manera, el otrora jugador y ahora famoso entrenador.

Argelino como su padre, por más señas.

La vida de Ahmed transcurría plácidamente en un país que le había permitido realizarse y en el que podía disfrutar de una calidad de vida como en pocos otros lugares del planeta.

Mantenía el contacto con su lugar de nacimiento conectándose por Internet a varios medios de comunicación argelinos.

Sus diarios de información preferidos eran Echoroukonline y TSA (Tout sur l’Álgerie).

Cumplía con las tradiciones y los preceptos del islamismo si bien nunca adoctrinó a su familia.

Esa posibilidad jamás se le pasó por la mente.

Simplemente no formaba parte de su manera de ser.

También asistía a los rezos en la mezquita con cierta regularidad aunque lejos de compartir el fervor religioso de algunos de sus compatriotas.

Sobre todo desde la aparición de un nuevo imán recién llegado de Arabia Saudita.

Un auténtico fanático de corte yihadista radical.

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Como todos los residentes del barrio, Ahmed había escuchado los ecos lejanos de la explosión.

Sin embargo, concentrado en preparar un pedido para el restaurante marroquí de la esquina, no prestó demasiada atención.

Instantes después los vecinos colombianos del locutorio informaron, gritando a los cuatro vientos, que se trataba de un atentado terrorista.

Con todo y con eso, Ahmed, sin darse por aludido, continuó absorto con su labor.

Lo primero es lo primero.

El sonido ensordecedor de la sirena se aproximó con rapidez inusitada.

Cuando el coche de policía detuvo su marcha tras aparcar directamente sobre la acera delante de la carnicería, Ahmed levantó la mirada intrigado.

Acto seguido comprobó cómo se abría la puerta del copiloto del coche patrulla y una joven policía penetraba a la carrera en el establecimiento.

—¿Es Usted Ahmed Chourfi? —preguntó sin más preámbulos. Ante la respuesta afirmativa, añadió—: Tiene que acompañarnos al hospital. Su hijo ha sufrido un accidente.

El carnicero depositó el cuchillo ensangrentado que llevaba en la mano sobre el mostrador, recuperó la chaqueta que colgaba de un perchero adherido a la pared y abandonó el establecimiento tras los pasos de la agente uniformada.

Al bajar la persiana metálica que cerraba el establecimiento, notó que le temblaban las manos.

—¿Cómo ha ocurrido? —inquirió con voz entrecortada, una vez instalado en el asiento trasero del vehículo policial.

Le costaba controlar los temblores de sus manos sudorosas.

—Ya le informarán cuando lleguemos —respondió el conductor sin apartar la vista del frente.

Resultaba evidente que la joven policía recién salida de la academia no estaba suficientemente preparada para afrontar la magnitud de lo ocurrido.

—¿Mi mujer y mi hija se encuentran bien? —insistió el carnicero.

Sin responder a la pregunta, los dos policías intercambiaron una mirada de conmiseración.

«Pobre hombre», pensaron al unísono.

Tenían orden prioritaria de acompañar a los familiares de los heridos en el atentado.

De los parientes de los fallecidos ya se ocuparían más tarde los psicólogos.

—Mi hijo, ¿dónde está mi hijo? Chourfi, se llama Elyaz Chourfi —informó el carnicero con la voz entrecortada por los jadeos.

La carrera desde la entrada del hospital le había dejado sin aliento.

—En estos momentos está siendo intervenido —informó una de las encargadas de la recepción del complejo hospitalario tras consultar la pantalla de un ordenador situado sobre el mostrador—. Parece que va para rato. Puede tomar asiento —añadió señalando una estancia situada a su derecha.

Ahmed tuvo que permanecer varias horas en la sala de espera sin recibir ninguna explicación.

Cada vez que preguntaba por su familia todo eran excusas.

Paseó de un lado para otro con las manos entrelazadas a la espalda.

Parecía un león enjaulado.

Se desplazó varias veces hasta la máquina expendedora de bebidas.

Bebió algunos botellines de agua mineral.

Se sentó y se levantó en innumerables ocasiones.

Le resultaba imposible quedarse quieto.

A pesar del pánico que le embargaba, consiguió conservar cierta compostura.

Aunque puede que no por mucho tiempo.

Una joven enfermera se acercó para comunicarle el número de la habitación en la que habían ingresado a su hijo.

En todo momento había evitado mantener contacto visual con su interlocutor.

No se sentía con fuerzas suficientes para colorear una auténtica tragedia con mentiras piadosas.

El murmullo amortiguado de las conversaciones que emanaba de las habitaciones situadas a ambos lados del interminable pasillo del hospital, venía acompañado por momentos de algún lamento que se escuchaba con sordina.

Al entrar en la habitación en la que le habían indicado que se encontraba su hijo, Ahmed tuvo que sujetarse al dintel de la puerta.

Una expresión de horrorizado asombro se dibujó en su semblante.

—Hemos hecho todo lo posible para salvarle la vida —informó con cara de circunstancia el único médico que permanecía de pie al lado de la cama en la que yacía el joven—, nos hemos visto obligados a amputarle la pierna derecha —continuó sin levantar la vista del suelo.

Se notaba que hubiera preferido estar en cualquier otro sitio en este momento.

—Deberá llevar una prótesis para tratar de mitigar estéticamente los estragos causados por los explosivos —prosiguió, en un intento desesperado por desdramatizar una situación a todas luces aterradora.

Ahmed se acercó a la cabecera del lecho y tomó delicadamente la mano de su hijo dormido entre las suyas.

Expresar sentimientos en público no formaba parte de su modo de ser.

Pero, a pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, se vio obligado a utilizar la manga de su chaqueta para secarse las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

Pensó que a su vástago le habían arrebatado el futuro, impidiéndole disfrutar de una mínima calidad de vida para el resto de su existencia.

Un precio demasiado alto para alguien tan joven.

—Tardará algún tiempo en despertar —informó el galeno.

Y cuando parecía que las cosas no podían empeorar, entraron en la habitación dos personas que se presentaron como especialistas en psicología catastrófica.

Ahmed tuvo una premonición.

Apretó los puños preparándose para lo peor.

—Vuelvan más tarde —musitó con un hilo de voz.

—Me temo que eso no es posible. Tome asiento por favor —respondió el más joven de los dos.

Estaba convencido de que, aunque parezca mentira, es preferible dar las malas noticias en conjunto antes que informar a los afectados con cuentagotas.

Ahmed se dejó caer en una de las incómodas sillas.

La actitud de los recién llegados no dejaba lugar para la esperanza.

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El centro islámico de la ciudad ayudó en todo lo relativo al entierro de su esposa e hija.