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A través de fragmentos, frases truncas, imágenes variadas, el autor nos entrega una novela donde la verdad es múltiple, y la suma de pequeños recuerdos no suele culminar en la totalidad de la memoria. ¿Cómo continuar cuando se ha perdido todo? Esta es la pregunta clave que el protagonista, Andrés Klauss, deberá responder a lo largo de todo el relato. Una novela que es un collage con diferentes colores y cada uno con una referencia real: el rojo de la sangre, el gris del cemento, el negro de la noche… El amor, la tragedia, el suspenso y la desmemoria son piezas claves en este rompecabezas que se llama Recuerdos enfrentados: La vida del señor Klauss.
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Seitenzahl: 249
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Fuentes, Daniel Marcos Sebastián
Recuerdos enfrentados : la vida del señor Klauss / Daniel Marcos Sebastián Fuentes. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
276 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-714-4
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Fuentes, Daniel Marcos Sebastián
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Recuerdos enfrentadosLa vida del señor Klauss
Daniel M. S. Fuentes
La mente es un lugar
lleno de misterios.
La mentira y la verdad
se acusan mutuamente
de un crimen indiscutible:
las certezas han muerto.
Primera voz
Tengo treinta y ocho años. Mi nombre es Andrés Klauss. Tengo un número de DNI que termina en par. Vivo en una ciudad que tiene dos millones de habitantes. Eso me parece, la cantidad, digo, porque no me apoyo en ningún documento.
La gente les da mucha importancia a los documentos, a las palabras escritas. A mí se me hace cuento eso de los documentos. Solo son trocitos de verdad congeladas, nada más. Sensaciones. Borrones de la vida.
Lo que cuentan los documentos no es lo que en realidad ocurrió, sino lo que a alguien se le ocurrió escribir. Es decir: lo que conocemos es la mirada de una persona atravesada por sus miedos, deseos, dolores y conflictos.
Esto lo digo porque algo de eso es mi vida: una mirada que se busca a sí misma.
22/8/2015
Andresín:
Tenés que llevar la ropa a lavar y después retirar el cheque del banco que está en la calle Colón al 1564. A la noche (22:30 h) llamá a Sonia, tu prima, por el alquiler de tu casa de Barrio Las Rosas. El número de tu prima es 4576xxx.
Viviana, tu hermanita
Mi casa está plagada de estas notas, papeles de la memoria. La que dice ser mi hermana me cuenta: “Llevás mucho tiempo así, sin memoria”. Por eso mis notas están dirigidas a mí mismo, porque se me hace muy difícil saber: saber qué tengo que hacer, a dónde tengo que ir, quiénes son los que me rodean, qué me pasó en la vida, por qué no me acuerdo de nada ni de nadie.
A veces sueño que soy una sombra repitiendo gestos que otro realiza.
El accidente
Noche de junio. La luna señala con su luz cuerpos dispersos en la ruta. Vestimentas teñidas de rojo, automóviles retorcidos. Huellas de frenadas, un camión volcado, dos automóviles destrozados. Uno en un cañadón a la derecha casi irreconocible, un manojo de hierros retorcidos; otro abajo del camión. Lo único identificable son sus ruedas traseras que asoman bajo el acoplado.
Ahora la luna acaricia zonas dentro de los vehículos. En el camión, sangre en los vidrios, el cuerpo de un hombre volcado hacia delante con el rostro incrustado en el volante, sus piernas giradas hacia fuera, papeles desparramados. Cerca del auto del cañadón, dos personas, un hombre y una mujer, arrojadas fuera del coche en posiciones extrañas imposibles, brazos que caen a los lados, cabezas de ojos abiertos manchados de un color rojo opaco, piernas sin calzado y pantalones rasgados. En el vehículo bajo el camión, dos personas adultas y una niña, la mujer como acompañante caída hacia la derecha, la nena debajo en el piso de atrás con su cabeza bajo el asiento del hombre, y este con la cabeza tirada hacia atrás, su pie derecho incrustado entre el pedal de freno y el acelerador.
Entonces, la ambulancia, la policía y el camión de bomberos.
—¿Adónde vamos primero, señor?
—Repártanse en tres grupos y vayan a los tres lugares al mismo tiempo. —Fue la respuesta rápida del sargento de bomberos.
“Los movimientos deben ser veloces pero no desesperados; precisos pero no tan lentos”, recuerda el bombero voluntario dirigiéndose a cortar los hierros debajo del camión, viendo si no hay algún cortocircuito.
Hubo que cortar hierros con amoladora porque estaban superpuestos unos con otros, y tras ellos se encontraban los cuerpos. Los bomberos y los paramédicos trabajaban juntos, mientras, los policías impedían cualquier inconveniente nuevo en la ruta. La ambulancia aguardaba lo imposible: algún signo de vida.
Eran las nueve de la mañana, cuatros horas trabajando sin descanso y mancomunadamente. El conductor del camión había muerto instantáneamente, solo se lo colocó en la calzada y se lo tapó con una lona. Lo mismo hicieron con los cuerpos del automóvil del cañadón. Del auto bajo el camión tenían esperanzas, el comisario había arrojado una probabilidad de vida al ver detenidamente la posición de los vehículos y las huellas de las frenadas.
Hubo que hacer dos huecos: uno para la parte delantera y otro para la trasera. A las diez y media pudieron terminar de cortar la chapa. Los paramédicos fueron categóricos:
—¡Hay vida, hay vida!
Los tres ocupantes del vehículo estaban con vida, vida desesperante, pero vida al fin. Cuando la rapidez se convierte en urgencia, aflora la rabia. Los policías abriendo paso y la ambulancia al borde de la desesperación se acercaban al hospital donde los aguardaban con todo lo necesario para estos casos.
Fue un solo instante el llegar y entrar en el quirófano, diez, quince segundos para hacer cuarenta metros. Allí se encontraron con una realidad absoluta: pérdida de masa encefálica de la nena, rotura de cuello de la mujer, abundante pérdida de sangre del hombre.
Recuerdo
Está la imagen de vidrios astillados, manchas rojas, ¿es sangre? Y el humo... Hay palabras, sonidos de palabras que se me presentan en sueños: distingo voces, tengo problemas para precisar el sexo de esas voces. ¿Me advierten, me ordenan? ¿Qué cosa me dicen? No logro entender.
Recuerdo un olor a humo y de ruedas quemadas en el asfalto. De ahí me viene eso del olor a humo de goma, olor a ruedas quemadas que a veces me hace doler la garganta.
Suena el teléfono. Atiendo.
—¿Sí?
—Andrés, ¿cómo andás? Te habla Sofía.
—¡La Negra...!
—Sí. La que te insultó de arriba abajo el día de tu cumpleaños, aunque no supe hasta más tarde que era tu cumple. ¿Qué estás haciendo?
—Nada, pensando. ¿Qué pasó?
—Mañana nos juntamos con los chicos de la facu, bah, chicos... los compañeros de la universidad. El Chueco Fernández, Arredondo, Inés Streff, la Gorda Amelia, Arturito y yo. A las 9:30 de la noche en el Rincón Turco. ¿Vas a ir?
—Yo... bueno, está bien. Ahí estaré. ¿Dónde queda?
—Alvear 356, anotalo. Nos vemos. Te esperamos, ¿eh?
—Bárbaro.
Cortó.
Él
No fue porque la querías que empezaste a nombrarla: Eva, Eva, Eva. No. Fue porque, como una espina, se te había atragantado en plena memoria, aunque vos no la tuvieras —a la memoria, digo—. Aunque vos ya te salieras de sí y fueras esto: alguien que no tiene pasado.
Las tres N: nada, nadie, nunca.
Una sombra ya pronto serás,
una sombra lo mismo que yo...
Hablan los que duelen: los puntitos negros de LA MEMORIA
Digamos que era una noche fría. Pongámosle la luna y tres estrellas, varias nubes y llena de árboles la avenida. ¿Te acordás? Digamos que era julio, como solo en la Argentina, como solo en invierno, como solo estabas.
Y ella te vio.
—¿Ella me vio?
—Sí, te miré. Suspiré y te miré, y vos dijiste: “Hay suspiros que hacen nacer los ángeles...”.
Y ella te sonrió. Pero claro, hay sonrisas que son más que sonrisas, uno cree ver en ellas plumas, vientos de cariño hechos alma.
La fiesta
Me tomé un colectivo. Me lo había anotado en la mano: el 114. La dirección no, la tenía en la libretita subrayada y todo.
El lugar era una esquina. Cuatro ventanales amplios con muchas flores a los costados le daban un aire, digamos, imponente. La puerta era de una madera oscura con cierto aire Barroco en los dibujos que la adornaban, y gótico en su altura y majestuosidad. Me parece que era de cedro. Tomé el picaporte con decisión y entré.
Miré a la derecha, nadie. A la izquierda, alguien me saludaba con sonrisas. ¿La Negra?
—¡Hola, Andresín! Te estaba esperando.
Saludé con esa sonrisa boba e incómoda por no encontrar nuestro lugar rápidamente. Atiné a preguntarle con urgencia:
—¿Y los demás?
—Están por llegar. Y vos, ¿qué contás, cómo te sentís ahora?
—Bien, un poco inseguro... con todo. Despacio voy viendo quién soy, quién era, quiénes son los que me rodean, los lugares que supuestamente conozco, hasta mis gustos los tengo borrados. Te digo, por ejemplo, no sé si me gusta el asado o la pizza. Tengo un vacío que voy a tener que llenar.
—Despacio, no te apurés. Eso es lo mejor. Te aclaro que le pedimos permiso a Verónica, tu doctora, para este reencuentro. No creas que no nos costó animarnos. Es todo tan... tan forzado esto de “nuevamente conocernos”.
—Me imagino.
Fueron llegando de a poco. En la fiesta no sé si conocí a cuatro. El Chueco Fernández y Arturito me contaron quién era yo y quiénes eran ellos. Sospecho que todo era parte del plan: darme una mano con los recuerdos desaparecidos desde hacía tiempo.
Me dijeron que había estudiado con ellos Antropología, pero que después me dediqué a la investigación sobre el arte y llegué a ser un curador de pintura muy importante, de gran reconocimiento internacional.
—Te bancaron varios tiburones, Andrés —aseguró Arturito.
—No estamos acá para juzgar a nadie, gilún —irrumpió la Negra—, y... sospecho que todavía no le contaron nada de su vida de chico.
—No, nada —aseveró el Chueco y se sentó al lado de la ventana mientras veía pasar a la gente.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Mirá, tuviste una infancia jodida. Llena de peleas con tus viejos, viviendo en varios lugares. Tu viejo era viajante, así que iba agarrando zonas para laburar ahí. Te cuento que tu vieja aguantó cada una...
—¿Van a ordenar los señores? —intervino el mozo.
—¿Parrillada completa? —sugirió la Gorda Amelia.
—Bueno —contestaron al unísono.
—¿Para beber? —continuó el mozo.
—¿Vino o gaseosas? —irrumpió Arturito.
—Y... que traiga dos vinos y dos gaseosas. Tinto y Coca —agregó el Chueco.
—Alguna light, por la dieta que empecé —comentó Inés.
—Bueno, está bien, ya les traigo —dijo el mozo.
Comimos, bebimos. Nos reímos en esas tres horas que duró la reunión. Nos reímos de eso; luego, cuando quisieron tocar los temas del pasado compartido, me hice agua, me deshice. No articulé palabra. Ellos hablando de la facultad, de mis ingeniosas respuestas, de mis amores. ¿Tuve amores, alguien se acercó a mí, yo a alguien? De lo que ellos hicieron con sus vidas, de sus caprichos, de sus modos de ver la vida.
Olía a desconfianza. Me parecía que algo me ocultaban, no querían, ¿no podían decírmelo todo de golpe? Y vino la pregunta:
—¿Por qué perdí la memoria?
La Negra intervino rápidamente, peleando contra respuestas inadecuadas que los demás harían.
—Mirá, Andrés... tuviste un accidente. Muy feo. Estabas casado con Eva. Tenías una nena: Amanda. Vos te salvaste, aunque la memoria... lo estás viviendo, ¿no? Ellas murieron casi en el acto.
—¿Sufrieron? —musité.
—No. Estaban casi en coma cuando las llevaron al hospital.
—¿Fotos de ellas no hay?
—Verónica, tu doctora, nos sugirió no mostrártelas hasta que estuvieras más recuperado, más estable.
Tomé aire. Bajé la vista. Sentí un dolor. Algo como de boca seca, como de vista cansada. No sé si estaba sufriendo por el hecho que había pasado o porque la memoria estaba atravesando las habitaciones llenas de telarañas de a poco. Me agarró un poco de frío. Alguien me puso una mano en el hombro. No recuerdo quién fue. Me incorporé. Insistí en pagar mi parte para irme. Mentí que tenía sueño. Hicieron que me creían, pero no me dejaron pagar. La Negra me preguntó si quería que me acompañara a casa. Le dije:
—No, ya te brindaste demasiado para ayudarme en todo esto.
—Fue muy poquito para todo lo que te falta. Fijate en los números de tus contactos en el celular. Creo que nos tenés a todos. Mañana te llamo. ¿Te acompaño afuera a tomar un taxi?
—Bueno, dale. Chau a todos. Nos vemos.
Saludaron todos, me aplaudieron haciendo gestos de una alegría simulada. Quizá me veían mal, pero me querían hacer creer lo contrario. Los saludé con un abrazo. A uno por uno. Inés fue la que me susurró al oído: “Para lo que sea, en donde sea, contá conmigo”. Sonreí.
Afuera estaba bastante frío. Sofía, la amigable Sofía, me tenía de la mano. Me miraba a los ojos. Luego, cuando el taxi estaba por detenerse, me abrazó y me dio un beso en la boca. Le respondí muy suavemente. Estaba recordando el acto de besar.
—Me gustaría que también te acordaras de lo nuestro —me murmuró al invitarme a subir al taxi.
La miré fijamente, extrañado. No supe qué responderle, no estaba en condiciones psicológicas estables como para decirle algo. Ella insistió en el llamado que haría al día siguiente. Le respondí “está bien”, contestó “nos vemos”.
Sofía. ¿Qué misterios encerrará su nombre? ¿Habremos tenido un romance? ¿Antes del accidente, cuando yo estaba con Eva? ¿Cuando éramos jóvenes?
—¿A dónde, jefe? —irrumpió el taxista.
—San Cristóbal 2359. Barrio Los Molinos —contesté sin dudarlo.
Fue casi inconsciente: me preguntó dónde tenía que ir y le respondí rápidamente, sin siquiera dejar una pausa entre su pregunta y mi respuesta. ¿Me estaría recuperando?
Recuperación
Siento que estoy acostado. Sobre mis pies hay sábanas que aprietan. Abro los ojos. Todo blanco. ¿Dónde estoy? Huelo profundamente, entrecierro los ojos. Alcohol, desinfectante. Escucho un ruidito rítmico. Miro hacia mi derecha. Hay mucha claridad. ¿Eso es el sol? Sí. Levanto la vista. Un sachet de suero. ¿Estoy en un hospital?
Siento que me duele todo: las piernas, los brazos, el pecho, la espalda. En mi cara me duelen los ojos, los labios y pómulos.
Me quiero dar vuelta, toso. Siento que me duele más la espalda. Tengo sueño. Me duermo.
Me despierto. Es como si se me partiera la cabeza en mil pedazos. ¡Qué dolor! ¿Habrá pasado mucho tiempo? ¿Hay sol aún? No. Todo está oscuro afuera. Adentro hay iluminación artificial. ¿Y estas mujeres quiénes son? ¿Vienen hacia mí? Me miran preocupadas. Gritan: “¡Doctora, doctora, se despertó, se despertó!”, una se queda mirándome con ojos nublados, como llorosos. Ahora vienen más a mi lado y me observan. Nadie dice nada. De atrás, creo, viene una frase: “Por fin, pobrecito”.
Ahora es una mujer la que se para enfrente, me mira atentamente, dice impostando un poco la voz.
—Le voy a hablar muy lento, quizá le duela un poco la cabeza y los ojos por la luminosidad. —Tiene razón, me duele mucho.
—Mi nombre es Claudia Ferreira. Soy la doctora que lo ha atendido. Acaba de salir de un estado comatoso. Hace mucho tiempo que está en el hospital. Quiero que me diga cómo se siente ahora. Tómese su tiempo para responder. Parpadee una vez si me ha entendido; o sea un sí, y dos si necesita que le explique más, es decir: no.
Parpadeo una vez.
Toso. Me duele la garganta. La doctora aclara.
—Está acá por un accidente que sufrió. Quedó en coma porque perdió mucha sangre. Está débil. Tardará en recuperarse, pero va a estar bien. Seguro que le duele la garganta. Estuvo intubado un tiempo ¿A ver su pulso? —Me toma el pulso ejerciendo un contacto con sus manos sobre mi brazo.
—¿Sabe su nombre?
Pienso. Me entra temor. ¿Quién soy? ¿No me acuerdo? Sé que me dijo que se llamaba Claudia. Y no me preocupó nada. Ahora, en este preciso instante me doy cuenta del problema. No sé casi nada de mí. No sé ni mi nombre.
Parpadeo dos veces.
—¿Perdió la memoria? Bueno. No debe preocuparse, lo más importante es que está vivo. Con una pérdida de sangre como la que tuvo, lo de la memoria es incidental y casi esperable. Vamos a trabajar mucho en eso. Se llama Andrés, Andrés Klauss, tiene treinta y ocho años. Tuvo un accidente muy doloroso para usted, hace tiempo. Hace tres meses que está en estado comatoso. Debemos comenzar una labor muy pautada y continua. Hay que desarrollar la parte física a través de la movilidad de sus miembros y, obviamente, el aspecto psíquico. Vendrán días muy confusos, llenos de bronca también, porque va a querer hacer o expresar alguna cosa y no lo va a poder realizar —sentenció la doctora.
Siento que puedo confiar en ella. Hay algo en su mirada, en el tono de su voz. Ella debe de haber sido puesta por alguien, por “algo”. ¿Me conoce, la conozco?
Las salidas al parque del hospital
Pasa el tiempo. Hace unas semanas que me fui alejando del estado de coma.
Salgo. Hay un olor a mucho alcohol, a aire cristalino, a enfermedad congelada. Mis pasos se acompañan con un tercer pie que es el bastón —me acuerdo del enigma de la Esfinge a Edipo—, y entonces digo en voz alta: Cuatro patas, dos y tres.
Me miran. Deben creer que estoy un poco loco. No entienden ni medio la relación que acabo de hacer. Miro la hora: diez y treinta. ¿A qué hora me levanté? ¿Ocho, siete? No recuerdo bien. Es decir que recuerdo mal. ¿Recordar mal es no recordar? ¿Si está mal no existe? Pero el mal existe, entonces...
Me chistan. Miro. Veo una mano que se agita en un cuerpo a unos cincuenta metros. Viene entrando. Me parece que sonríe. ¿Usaba anteojos antes del accidente? Deben de hacerme falta. Me falta nitidez en la vista. Se me borronean las figuras a lo lejos.
Se me acerca una mujer. Antes de precisarla como mujer se me presentó su perfume. Me sonríe. Está agitada.
—¡Hola, Andy!
—¿Te conozco?
—Soy yo, la Negra Sofía Damer, tu compañera de facultad. ¿No te acordás?
—Te soy sincero, no. No me acuerdo de nada.
—Bueno. Todo llevará tiempo. Tu médica de cabecera me dijo, nos dijo a todos, que es muy inestable tu estado. Que te costará recuperarte, pero lo harás gradualmente. Yo te voy a hacer compañía casi todos los días y voy a tratar de responder a tus preguntas que, me imagino, tenés en abundancia.
La desmemoria
¿Por qué pensó él que estaría alegre más adelante? ¿Por qué pensó que no utilizaría sus manos nada más que para acariciarla? ¿Por qué no se atrevió a decirle que era una llamita, un haz de luz, un temblor para sus órganos internos; es decir que, cuando la veía, el corazón le daba un vuelco?
Llegaba a verlo con su pelo recogido, su rostro acompañante, su voz de calma y le tomaba el pulso. A veces, una breve palabra que pronunciaba se transformaba solo en sonidos que hacían que su memoria arrasada recomenzara un camino conocido.
Decía, utilizando un nosotros que le provocaba sonrisas:
—¿Cómo andamos esta mañana?
A lo que Andrés respondía:
—Yo bien, usted no sé.
Esa pregunta matinal le llegaba justo para hacerle comprender matices de la vida diaria en las conversaciones cotidianas. Si alguien pregunta cómo andamos, es porque no tiene claro cómo se encuentra él mismo. Le sonaba a una especie de cobardía para expresar los sentimientos, como un sentir plural... como cuando su viejo le hacía sentir pena, rabia o alegría si su equipo de fútbol perdía, empataba o ganaba.
Andrés nunca pudo entender esas derrotas o victorias multitudinarias, iguales sensaciones le brindaba la música del momento, los partidos políticos, los movimientos religiosos y algunas conversaciones que la gente producía como condenada sobre temas estrictamente impuestos por la ideología de turno.
Así se sentía ausente de la masa, señalado como la ovejita negra del rebaño.
Y ahora, sin memoria, viviendo en un presente demasiado absoluto como para no temerle un poco.
Hablan los que duelen: los puntitos negros de lA MEMORIA
Pero te sentías mal, perro apaleado, víctima de tantas situaciones, te lastimaban nada más porque eras vos... ¡pobrecito!
Sin embargo, ni vos te la creías. Todo era una pose, un gesto de ahogado entre terremotos de tristeza. Te quedaba lindo el traje de diferente, el color distinto, la sonrisa áspera y las manos que se distanciaban de la luz. Te quedaba como repulgue a la empanada: un adorno que no era de importancia, porque lo verdaderamente de peso es lo que hay en su interior. Por eso te gustaban las empanadas árabes, porque no tienen repulgue.
Así y todo insistías en el tajo a la carne... por ahí se te olía el impulso suicida como un último recurso de marcar la diferencia frente a la vida.
La visita
Un día la doctora entró a la sala con una plantita en la mano, ¿una Santa Rita? Y te la colocó a escasos centímetros de tu mano.
Abrió la ventana sin decir palabra y se fue. Dudaste entre llamarla y no, entre preguntarle por qué y para qué.
Al rato volvió y te obsequió una sonrisa de mujer que se parecía cada vez más a la remanida sonrisa de los médicos —llena de una “omnipotencia humilde”—, y te espetó a bocajarro:
—Esta plantita es para que el paciente vuelva a entrar en lo cotidiano, eso que algunos llaman vida.
No supiste qué responderle. Intuías un juego, un acto que compensaba lo estrictamente tedioso de la toma de tensión, los latidos del corazón y los reflejos nerviosos. También había preguntas de ambos lados, vale decir.
Traía unas cajas con fotos. Ahora la sesión era de memoria visual, de cómo la pupila retiene huellas del pasado. Así te fue indicando o fijando quién era quién: el tío Joaquín, tu primo el Gordo, la abuela Andrea que murió cuando tenías diecisiete años, tus padres y hermana. Y por ahí la foto de las vacaciones del verano de 1979, cuando fuiste a conocer el mar y tu mamá lloró de la emoción y a vos te agarró diarrea...
—Sí, cuando tragué medio Océano Atlántico. Anduve casi todas las vacaciones tomando pastillas de carbón. Me acuerdo de que mi papá usaba unas patillas a lo Elvis y mi vieja vincha, vincha y vincha. No se la sacaba ni para dormir. De eso estoy seguro: mi vieja, cuando se ponía algo en la cabeza, no se lo sacaba ni un brujo. Igual mi viejo, pero en el sentido de cerrado. A él no había que preguntarle qué le parecía algo, porque te volvía loco. Nada era más lindo, atrapante y organizado que cuando él lo hacía... pero, ¿cuándo lo hacía? Nunca. Y eso te reventaba.
—¿Pero no le decían nada ustedes?
—¿Qué querés que le digamos? “Mirá, papá, sentate y no hagás nada”. Capaz que se bajoneaba y chau, no te hablaba por un mes. De eso me acuerdo bien, de su tortura del silencio. Ese era su castigo impiadoso. Sobre todo para mamá, que era el lenguaje caminando, el deseo de hablar hecho carne. Mamá se enojaba fuerte con papá en esos momentos.
—¿Recordás si conociste a tu papá, en profundidad, digo?
—Me parece que no. Tengo gestos, momentos que compartimos, palabras que dijo, pero todo es borroso. Hubo días, contadísimos, que se provocaba el encuentro. Pero eran chispazos en plena noche, sin ruidos ni nada que se le parezca.
—¿Lo quisiste?
—Sí. Lo quise mucho. Me acuerdo ahora de una vez, una de las últimas veces que lo vi, que me tocó el hombro. Mi viejo era una de esas personas de fobia corporal, rechazo innato a un cuerpo cercano, siempre trataba de estar distante. Ese día me tomó por el hombro y me preguntó: “¿Sos feliz?”. Ah, la puta madre, qué responderle... Me parece que le dije: “Creo que sí, papá, ¿por qué?”. “Nada, quería saberlo”. Eso me desconcertó muchísimo. Fue una de las últimas veces que lo vi.
—Tu mamá, ¿qué te acordás de ella?
—De sus maneras, tonos de voz, miradas que buscaban no sé qué. Me cuesta traerla a la memoria. Recuerdo los roces con papá. Nada bien definido.
—Tené en cuenta, Andrés, que la memoria es sintética, hace recortes. Toma prestado de todo: mentiras, silencios, cosas que se quisieron decir, pero que jamás fueron dichas. Aparte, pensá en tu accidente, en cuánto hay de sepultado. Y puede haber ocurrido que la memoria ya haya hecho su elección: esto sí tiene que guardarse, esto… ¿para qué?, esto en primer plano. Este proceso de selección es sumamente natural, pero en tu caso es...
—… Como si a una computadora la desenchufás sin antes cerrarle los programas.
—Eso, más o menos. Pero más que desenchufarla yo diría que tu memoria es como una computadora que fue arrojada de un décimo piso. Ya hay cosas que no se recuperan, o que se recuperarán en un futuro lejano. Te costará mucho esfuerzo, mucho desgaste. Pero contá conmigo, no lo olvides.
Se levantó de la silla y se retiró mirando su reloj. Quizá había otros pacientes mucho más delicados e importantes que vos. Te pareció, quizá por el movimiento de su delantal blanco, un ave que levantaba vuelo.
Al irse, tocó la plantita y te sonrió. No hacía falta que sonriera, su mirada te daba alegría para enfrentar tus miedos y tu incertidumbre.
Ya no te sentías solo en el hospital.
Un sueño
A veces no sentía las piernas y soñaba que se las había cortado en una guerra. En el sueño Andrés era un soldado raso que debía matar o morir. Enterrado en la trinchera con el casco incrustado en la cabeza, sentía las balas silbar en un ir y venir de muerte. Era una guerra como la Primera Guerra mundial, con cadáveres por todos lados, grandes trincheras bajo un agua marrón, con los pies helados y una gran fiebre que lo consumía día tras día.
Hasta que venía el sargento y le ordenaba correr sin detenerse hasta la línea enemiga. Entonces los silbidos de las balas eran más y más cercanos, el olor a pólvora que hacía vomitar y la gran corrida: las piernas atravesándolo todo, saltando cuerpos caídos, cortándose con alambre de púas, llenas de barro, ensangrentadas. El dolor dentro del pecho, su corazón latía más fuerte que el temblor de las bombas, y la sangre en las sienes y la mirada plena de desesperación...
A partir de ese momento el casco se le caía y miraba para abajo. Y veía aterrorizado la mina activada. Pero ya todo era demasiado tarde. Escuchaba la explosión.
Y se despertaba gritando.
Pero ese día una voz conocida le sugirió: “Tranquilo, es solo una pesadilla, hermanito”. ¿Era su hermana, tenía una?
—Soy yo, Viviana, tu hermana, Andrés. No te pongas nervioso. Tenemos meses y meses para hablar y recordar. La vida es lo que es: un montón de cosas que joden continuamente. Te voy a traer algunos conocidos y a lo mejor vas a ir atando cabos...
—... o sargentos.
—Siempre el chiste en la boca. Por eso es que te queremos tanto. Siempre dando alegría a todos.
—¿Soy gracioso naturalmente? ¿Esa es mi personalidad?
—Sí, Andrés. Tenés una gracia para decir las cosas… una vez yo había hecho una torta, una torta de chocolate, me había salido linda, bonita, pero el gusto… ni hablar. Entonces la probaste y le dijiste a Esteban, mi marido: “Listo; si querés divorciarte, esta es tu oportunidad”.
—Ja, ja…
—Todo el día andabas mostrando alegría. Eras como una lucecita que nos hace falta.
—¿Y nunca enojado?
—Sí, pero te duraba muy poco. O no te hacíamos caso.
Hay un instante de silencio en el cual solo se miran. Hay una mirada que dice todo sin palabras. Luego Andrés carraspea y sugiere:
—Me gustaría que estuvieras cerca en estos días, Viviana.
—Ni lo dudes. Acá voy a estar.
Hablan los que duelen: los puntitos negros de la memoria
No eras optimista. Nunca lo fuiste. Sabías exactamente qué era la vida; mejor dicho, tu vida: una escalera que nos conectaba con la muerte, una etapa que escondía sus dolores siempre detrás de la falsa palabra “futuro”.
Nunca fuiste de sonrisa plena. Siempre había, latiendo muy adentro, el dolor, la certeza de que ibas a morir. ¿Hay que hacerse problema en este valle de lágrimas?
Sabías íntimamente la respuesta, de ahí tu supuesto optimismo, tu arrogancia, ese no hacerse problemas por nada.
Desapego. Vivir flotando sobre la realidad. No atarse. Solías escribir por ahí: “Hay que clavar la noche en la mirada, hasta que se haga callo la pupila”. Te atraía esa frase.
Por eso te costaba encajar entre edades parecidas a las tuyas, entre personas que solo se arrastraban, sin siquiera permitirse por un segundo la estupidez y el desamparo.
Encuentros inesperados
Llamaron a tu puerta. Abriste. Se te presentaron dos ojos que te miraban. Te estiraron la mano y te dijeron: “La casa de la Sierra Negra”.
No entendías qué eran esas palabras, por qué te proponía un lugar con ese nombre. Te rascaste un poco la cabeza. Nada ayudaba a que pudieras pescar, rastrear datos, interconectarlos y reforzar el recuerdo.
Era un hombre de tu misma talla, un metro setenta y cinco, que ya lucía algunas canas.
—Soy yo, el Chueco Fernández, tu compañero de siempre, tu amigo... ¿no te acordás?
—Sí, pasá por favor.
Cuando uno pierde la memoria, lo primero que gana es una gran desconfianza hacia todo el mundo. Creés que te engañan. Que todos te están utilizando. Algo así como una autodefensa del cerebro para equilibrar el desastre que hay dentro: hay que aprender todo de nuevo, quién es quién es lo básico. Después viven los recuerdos y las emociones. Por eso es un trabajo de hormiga, como construir todo de nuevo después que un río se desbordó.
Pasó. Mientras él miraba tu casa de arriba abajo, vos lo investigabas. Parecía soltero, de tu misma edad, la barba un tanto crecida, movimientos rápidos. Parecía ser nervioso.
