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El billonario ruso Nikolai Shostakovitch les hace una oferta a la anterior tripulación de la nave espacial ILSE. Él financiará un viaje de regreso a la luna helada Encélado. La oferta es demasiado buena como para rechazarla: la expedición tendrá la oportunidad única de recuperar el cuerpo de su médico, Dimitri Marchenko.
Todo el mundo a bordo sabe que su benefactor actúa por motivos puramente personales… pero los verdaderos intereses del magnate y los peligros que convoca van más allá de toda imaginación.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Reclamaciones
Recuperación
Nota Del Autor
La Visita Guiada por los Asteroides
Glosario de Acrónimos
Extracto: El Ascenso de Próxima
Notas
—¡Arriba las manos, viejo!
La víctima, un alienígena gordo, se mantenía sobre dos patas con la espalda contra la pared, obedeciendo la orden con ojos bien abiertos. Con un sonido restallante, levantó sus dos miembros delanteros, cada uno de los cuales tenía cuatro garras afiladas en los extremos. Respiraba con dificultad, y gotas de sudor cubrían la parte del cráneo de la criatura que correspondería a la frente de un ser humano. ¿El sudor del alien estaba provocado por el miedo, o era una consecuencia del aire caliente y húmedo en la nave espacial? ¿O tal vez no era sudor, sino lágrimas? Era obvio que la aterrada criatura estaba buscando una forma de escapar, mientras que los dos tallos que eran sus ojos miraban frenéticamente en todas direcciones.
Marchenko sintió una automática compasión por el ser, y su primer pensamiento fue que probablemente fuera un turista de un sector diferente, aunque el hecho de que hubiera reaccionado a una orden pronunciada en inglés no encajaba en esta teoría.
—¡No te muevas! —gritó el oponente del alien, un chico larguirucho que apenas aparentaba tener dieciocho años.
El joven llevaba un traje espacial ligero y sujetaba un cuchillo de plasma, grande y oxidado, cerca de la cavidad abdominal del alien. Miraba a la criatura de un modo provocador, como si quisiera que su víctima desobedeciera la orden. Usando su mano izquierda, el muchacho cacheó la parte inferior del cuerpo del alienígena, que estaba cubierto por un delgado paño, pero no encontró nada. Luego pasó el cuchillo a su mano izquierda y usó la derecha para examinar el contenedor, a modo de bolsa, que estaba adherido a la cintura de la criatura. Con júbilo, sacó un objeto que parecía una cartera antigua y, en realidad, lo era.
Marchenko sacudió la cabeza.
Con tono de profesor que alabara a un estudiante, el adolescente dijo con excitación:
—Buen trabajo.
Y procedió a mirar dentro de la cartera, sacó las tarjetas de crédito, y las metió en la bolsa de herramientas de su traje espacial. Le echó un breve vistazo al material de la cartera y notó que el cuero estaba gastado, así que la tiró con gesto disgustado.
Marchenko se encogió de hombros cuando vio tanta ignorancia. ¡Vaya puto novato! Esa cartera, con toda probabilidad, se habría vendido en el mercado negro por varios cientos de dólares.
«Ahora ya sería el momento», pensó Marchenko, quien observaba la escena sin que los implicados le vieran. El atraco había iniciado una cuenta atrás, y el larguirucho tenía unos sesenta segundos para finalizar su misión. Marchenko ya oía las pesadas pisadas de las botas de los policías, que indicaban el comienzo de la inevitable persecución. En un momento, los dos oficiales responsables de la seguridad en esta base comercial aparecerían por la esquina.
El atraco había tenido lugar en una calle sin salida que acababa con una valla metálica. El atracador oyó a los oficiales de policía, quienes eran humanos como él. Ni siquiera se dio la vuelta, pero dejó caer el cuchillo, dio tres rápidos pasos, y comenzó a trepar por la valla. Era increíblemente fuerte y ágil, escaló con rapidez, y eso que la valla tenía más de dos metros de altura.
—¡Alto, policía! —gritó uno de sus perseguidores, una vez en inglés y, de nuevo, en un idioma que Marchenko no reconoció.
En ese momento el joven ladrón se dejó caer al otro lado de la valla. Aterrizó en el suelo como un gato y comenzó a correr. Uno de los agentes de policía, el que no había gritado la orden, echó mano a su arma. Apuntó y apretó el gatillo de la pistola láser. Con enorme energía y a la velocidad de la luz, un haz invisible se proyectó silenciosamente desde el cañón. El siguiente sonido fue un golpe y, en ese mismo instante, el chico larguirucho se derrumbó a mitad de zancada al otro lado de la valla, su cuerpo sin vida moviéndose por su impulso.
«Mierda», pensó Marchenko. «Se acabó el juego.»
Para entonces ya había jugado la escena cientos de veces, con diferentes variantes, pero el IA del juego no permitía que el jugador humano tuviera la oportunidad de controlar al criminal. Las inteligencias artificiales se habían vuelto demasiado buenas, y eso a menudo era un problema para los desarrolladores de videojuegos. Este avance frustraba a los jugadores, pero incluso en tareas típicas de consulta el perfeccionismo de las IAs disgustaba a los clientes humanos. ¿Quién quería tener un agente de seguros que fuera más inteligente que Einstein?
Francesca se había dado cuenta rápidamente de que podían ganar dinero gracias a ese problema. ¿Quién mejor que Marchenko, cuya conciencia era tanto humana como digital, para enseñarles a las inteligencias artificiales a comportarse como humanos? Por supuesto que eso no lo anunciarían, ya que su presencia en la Tierra seguía siendo ilegal y solo unos pocos lo sabían. Sin embargo, pronto se corrió la voz de su éxito y, al final, a los clientes no les importaba cómo conseguían su objetivo. El foco de atención principal estaba en su software, en el cual habían empleado mucho dinero y tiempo para desarrollarlo, que finalmente eran capaces de comprender a los usuarios bastante bien sin perder en inteligencia.
La firma de consulta en IA estaba oficialmente operada, controlada, y era propiedad de Francesca. La pareja bien podía usar el dinero que ganaban así. Cada día de la vida de Marchenko, en ilegalidad digital, era caro. Aunque Francesca había ganado un salario durante los dos años de su viaje de ida y vuelta a Encélado, no podía tocar la propiedad de Marchenko porque él estaba considerado como “desaparecido” por las autoridades oficiales. A menudo discutían si deberían declararle muerto. Marchenko decía que no le importaría que ella decidiera hacer justo eso, pero Francesca simplemente no podía.
Su exitoso negocio les permitía pagar con facilidad las tarifas de alquiler desgravables para el poderoso hardware de Marchenko. La combinación de ordenador cuántico y superordenador era tanto su hogar como su terreno de juego. Sus excursiones a internet eran peligrosas, ya que los algoritmos de seguridad podrían notar su presencia. Cuando Marchenko se aventuraba allí, siempre llevaba múltiples disfraces digitales y fingía ser un clásico IA.
Una paloma blanca voló por encima de la escena, una señal que indicaba que Francesca quería hablar con él. Mientras él estaba entrenando IAs, apagaba todos los sensores externos… excepto el botón de llamada de su novia. La idea de un pájaro como su icono había sido de Marchenko, porque él nunca había visto ningún sencillo pájaro blanco en ninguno de los programas que editaba. Marchenko salió del mundo virtual. En realidad, habían pasado una hora y catorce minutos, mientras que él se había pasado semanas dentro del código del programa. Entrenar a los IAs era un proceso largo; había que hacer que intentaran una tarea una y otra vez hasta que encontraran el mejor modo. Marchenko entonces solo tenía que asegurarse de que el modo óptimo no resultara demasiado bueno.
Activó el módulo de habla. Unos meses atrás, habría investigado cuál podría ser la razón para la llamada de Francesca; se le daba fenomenalmente bien hacer eso. Había tenido buenas intenciones, ya que eso ahorraba tiempo que podían pasar atendiendo a temas más importantes. Sin embargo, Francesca le dejó claro lo siniestro que era tener un compañero omnisciente. Desde entonces, Marchenko se reprimió conscientemente de reunir información concerniente a ella y se permitió sorprenderse. Aunque no era muy práctico, era más humano.
—Amy nos ha enviado un mensaje —oyó decir a Francesca.
El espectro de frecuencia de su voz era inusualmente amplio. «Debe de estar excitada», pensó, pero luego se enfadó consigo mismo. Quería evitar este tipo de análisis y confiar en su propia intuición, pero seguía siendo tentador hacerlo.
—¿Y qué ha dicho? —preguntó Marchenko, encendiendo su cámara.
Una luz roja le dijo a su novia que estaba mirándola.
—Ha recibido una extraña oferta y le gustaría hablar con nosotros sobre ello.
—¿Te ha dicho algo más, Francesca?
—No, dijo que tendríamos que reunirnos para discutirlo.
—Si ella cree que es lo bastante importante como para contactar con nosotros, debe de ser algo grande. Por supuesto, deberíamos aceptar su invitación.
—Eso pensaba yo también. Sabía que reaccionarías así, de modo que ya he aceptado ir.
—Ya veo. —En realidad debería estar enfadado con ella, pero Francesca sonrió de un modo tan encantador que no pudo enfadarse—. ¿Cuándo y dónde?
—Nos reuniremos en Tokio dentro de diez días.
—Yo pensaba que se habían mudado a Seattle.
—Están visitando a los padres de Hayato durante unas semanas. Se supone que Sol tiene que conocer a sus abuelos y absorber cultura japonesa.
Cada vez que Francesca mencionaba al hijo de Amy y Hayato, siempre omitía su primer nombre, Dimitri; nombre que le habían dado en honor al sacrificio que Marchenko había hecho para salvar a Francesca y a Martin en Encélado. Ella le dijo una vez a Marchenko que no quería recordarle ese suceso. Pero él pensaba que era más bien Francesca quien no quería pensar en la muerte de su cuerpo por aquel entonces, y que había llevado a su existencia en forma puramente digital.
—Es un largo vuelo. ¿Debería comprarte un billete? ¿Cuándo quieres volar allí? —preguntó Francesca.
Él mismo podía llegar a Tokio a la velocidad de la luz por medio de los cables de fibra óptica transoceánicos. Solo tenía que asegurarse de que nadie notara su excursión en internet. Aún así, una cantidad de datos bastante grande y pesadamente encriptados fluirían por los cables bajo el mar.
—¿Dos días antes? Así podríamos aclimatarnos un poco y buscar un lugar para que te alojes.
—Tal vez Amy puede ayudarnos a encontrar el hardware adecuado.
«Estoy bastante mimado», pensó Marchenko. «No hace mucho tuve que existir en un módulo con una sola memoria, y ahora me quejo por no tener un ordenador cuántico. ¡Problemas del lujo!»
—¿Has dicho algo? —preguntó Francesca.
¿Ahora podía oírle pensar? A veces tenía la impresión de que sí. ¿Era normal cuando dos personas habían estado juntas durante un tiempo?
—No —dijo él. Luego hizo un sonido como si se estuviera aclarando la garganta—. Veamos, dentro de ocho días… eso sería el 24 de diciembre. ¿De verdad te parece bien? ¿Quieres volar ese día?
—Claro. Podemos celebrar la Nochevieja nosotros solos con Ded Moroz1, según la tradición rusa. Esa es una ventaja de no tener hijos.
«Sin hijos.» Esas dos palabras golpearon a Marchenko con inesperada fuerza. Siempre se había sentido demasiado viejo como para tener hijos, aun cuando solo había pasado de los treinta años. Francesca había llegado recientemente a su cincuenta cumpleaños, y era improbable que se quedara embarazada incluso bajo condiciones óptimas. Le dolía no tener esa opción. Francesca sonaba como si no pensara en el tema. Eso era bueno, aunque todavía le resultaba extraño. Tendría que hablar con ella al respecto. Pero no hoy.
Martin se quedó mirando el camino de piedra que se curvaba empinado hacia arriba. «Da un paso, inhala, da un paso, exhala.» ¿Cómo podía haber perdido su buen estado de forma en solo unos minutos? ¿Había sido provocado en realidad, como decía su madre, por pasar tanto tiempo en la cama con Jiaying? «Al menos entonces no estoy comiendo, y parte de ese tiempo debería contar como ejercicio, ¿no?», pensó con ironía. Se limpió el sudor de la frente. Su copiosa sudoración era provocada por algo más que el clima extremadamente cálido para estar a mediados de diciembre. Normalmente habría esperado un metro o más de nieve allí arriba, pero no había nieve. La altitud también era un factor para hacer que se sintiera acalorado. Esa excursión en la montaña le recordó el vértigo que pensaba haber superado ya. Pero gatear por el casco de una nave espacial, en medio del negro e infinito espacio, no era lo mismo que subir un estrecho sendero rocoso, al final del cual le esperaba la gigantesca cruz de la cima de la montaña Kampenwand.
—¡Vamos, vamos! —gritó Jiaying.
Martin miró hacia arriba, usando una mano para proteger sus ojos del sol. Su novia estaba a bastante distancia delante de él, y le esperaba en una especie de meseta por debajo de la cima. Jadeando, subió tras ella. Durante su vuelo a Alemania, él había leído sobre este sendero, así que sabía que lo peor aún estaba por llegar: una parte completamente expuesta, asegurada con cables, que comenzaba más allá de la meseta. ¿Cómo podía contarle a Jiaying que tendría que escalar hasta la cima ella sola? Martin sacudió la cabeza y sabía que no aceptaría ninguna excusa. Jiaying era más estricta que cualquier instructor de la NASA. Esa mentalidad no solo se aplicaba a ella misma, sino también a cualquiera que fuera de excursión con ella. Tal vez debería intentar ver qué pasaría si se negara. «Pero mejor, hoy no», pensó. Iban a reunirse con su madre más tarde, y no quería tener que lidiar con su enfadada novia china.
Martin pensó en intentarlo de todos modos, quizás ella estuviera de buen humor hoy. Antes habían observado la salida del sol juntos desde la terraza del chalé de montaña. Había sido muy romántico, sosteniendo a Jiaying entre sus brazos bajo la tenue luz del amanecer. Notó que ella se sentía muy ligera —como una mariposa— y que casi tenía que sujetarla con más firmeza para que no se la llevara una repentina ráfaga de viento. Así que Martin se abrazó con felicidad a Jiaying, y podría haberse quedado así todo el día, en la terraza con ella, si hubiera dependido de él. Tenía que evitar quemarse con el sol bajo el clima veraniego, a pesar de que era invierno. Se caló la gorra de béisbol, respiró hondo y continuó su camino. Evitó cuidadosamente mirar a derecha o izquierda, donde el abismo y sus miedos le esperaban.
* * *
—Ya era hora —dijo Jiaying cuando él llegó a la meseta, y le dio un puñetazo en el costado.
—No debería haberme comido ese trozo de tarta antes —contestó. Pero el pastel de frutas que les habían servido en el chalé Steinlingalm había sido demasiado tentador como para rechazarlo.
—No deberías haber comido tarta durante los últimos meses —dijo Jiaying.
Martin tuvo que reírse cuando ella le dio un pellizco en los michelines sobre sus caderas.
—Oh, bueno, perderé esos tres kilos con rapidez —dijo.
Jiaying le miró sin decir palabra. En vez de hablar, señaló un cartel indicador que había sido pintado sobre una piedra plana.
—Quince minutos más —dijo Jiaying.
Martin asintió. No intentaría convencerla para no acabar la escalada. Jiaying levantó su pequeña mochila y se la colocó sobre los hombros.
—Yo voy a ir delante, ¿vale? —dijo.
Martin volvió a asentir. Tenía miedo de que le fallara la voz. Jiaying caminó despacio hacia la izquierda. Él la siguió y la vio alargar la mano hacia una cadena de hierro que bordeaba el camino que bajaba unos metros. Directamente bajo sus pies estaban las tierras altas bávaras, cuya belleza no pudo admirar porque tuvo que desviar la mirada, ya que de otro modo casi habría caído con toda seguridad. Se concentró más bien en los cordones de sus botas de montaña.
—Despacio y con firmeza —dijo Jiaying.
Solo iba dos pasos por delante de él. Levantó la vista y la vio entrecerrar la mirada, algo que siempre hacía cuando estaba preocupada. Estaba preocupada por él, y un repentino calor le recorrió el cuerpo. En ese instante, a Martin le habría gustado abrazar a Jiaying, aun cuando no podía imaginar un momento menos adecuado que ese.
«Pues vaya», pensó, y pasó el final de la cadena.
El resto de la escalada no estaba asegurado, pero también era menos peligroso. El camino subía y giraba a la derecha, seguido por un corto puente de hierro, y finalmente ya estaban allí.
Martin sintió ganas de soltar un grito triunfante, pero había otros excursionistas allí, mirando el paisaje en silenciosa admiración.
Miró alrededor y vio que la vista era ciertamente arrebatadora. Jiaying se quedó junto a él y la cogió de la mano. Podía ver fértiles tierras verdes hasta el horizonte. El lago Chiemsee brillaba con un color azul oscuro allí abajo, con veleros apareciendo como puntos blancos en su superficie. Olía a verano, algo que Martin apenas podía creer.
—¿Puedes olerlo tú también? ¿No es como verano? —preguntó.
Jiaying sonrió y otra cálida oleada fluyó por el cuerpo de Martin.
—Sí, es… —estaba buscando la palabra alemana—, hierba seca… eh… heno.
—Muy bien. Exacto… heno —respondió Martin.
Jiaying había estado asistiendo a un curso intensivo de alemán durante varios meses e iba mucho más adelantada que Martin, quien estaba estudiando mandarín. Su madre se quedaría sorprendida.
Dejó que su mirada vagara por el amplio paisaje. El horizonte parecía curvarse. Allí arriba podía sentir claramente como si estuviera en una esfera, en este lugar llamado Tierra que no había visto durante mucho tiempo, y que era ciertamente único en el espacio. ¿Cuán estúpido tienes que ser para abandonar un lugar así durante tanto tiempo? ¿Y por qué se daba cuenta justo ahora de esto?
—Vamos —dijo Jiaying—. Tu madre debe estar esperándote. Venga.
—Y a ti también —dijo él.
* * *
El descenso fue incluso peor que la subida para Martin. Dejó que Jiaying fuera primero y se concentró en el pequeño panda que colgaba de la cremallera de su mochila. El panda sonreía. Era posible que se estuviera riendo de él ahora mismo. ¿Cómo podía quejarse tanto, solo porque caería varios cientos de metros si la suela de su bota se resbalara? En algunas zonas tenía que cruzar por roca desnuda suavizada por la corriente de senderistas. Allí no le dio vergüenza deslizarse sentado, incluso aunque los escaladores que venían de la dirección contraria le lanzaban miradas de lástima. Sí, no debería haber ido a esa escalada, pero los otros senderistas no sabían lo duro que era negarle algo a Jiaying. Martin sintió punzadas en el estómago y los músculos de sus muslos temblaban de agotamiento.
Para mayor sorpresa, sin embargo, llegaron al valle antes de lo esperado. El estrecho sendero se convirtió en una amplia carretera de gravilla. Si se resbalara allí, solo acabaría tendido de espaldas. Martin respiró hondo. Abajo podía ver los pocos edificios de Steinlingalm. Los bancos de madera delante de ellos estaban llenos de excursionistas que comían Wurstsalat: tiras de salchichas, cebollas rojas, y pepinillos troceados en una vinagreta. Estaban bebiendo Radler, una mezcla de cerveza y refresco de limón. Notó que su apetito volvía despacio. Se quitó la mochila y la sostuvo en la mano por el tirante. La espalda de su camiseta estaba empapada. Si no se daba una ducha pronto, comenzaría a apestar como una mofeta.
Jiaying señaló al restaurante del chalé de montaña. Sacudió la cabeza y Jiaying sonrió. Ella señaló a la izquierda, donde la estación del funicular estaba oculta tras un risco. Martin asintió y le devolvió la sonrisa. Era maravilloso comprenderse sin palabras. Su madre estaría preparando comida de todas formas… al menos una tarta.
* * *
Media hora más tarde estaban apretados en el teleférico, deslizándose hacia abajo sobre la cima de los árboles. Casi la mitad de la gente a bordo también venía de una excursión agotadora, así que el sistema de ventilación no tenía oportunidad contra el olor colectivo a transpiración. Pero el viaje era corto, y era mejor que bajar la montaña caminando durante otra hora y media.
Jiaying había enlazado su brazo con el de Martin, y este se sujetaba a los raíles de apoyo del techo. Estudió con cuidado a la gente a su alrededor. La mayoría estaban juntos como grupos familiares, y los niños en particular miraban con curiosidad a su acompañante. Turistas del lejano oriente no eran poco comunes allí, pero normalmente viajaban en grupo. ¿Podéis creerlo? Justamente él tenía una hermosa mujer de la lejana China a su lado. Sintió que sus mejillas se ruborizaban.
* * *
El viaje en coche duró unos noventa minutos. El vehículo eléctrico de alquiler zumbaba en modo automático mientras viajaban por la carretera estatal. La madre de Martin vivía en una pequeña aldea, lejos de la ciudad, donde había comprado una casita. Él se preguntaba cuándo había sido su última visita…
«Deben de haber pasado casi tres años ya».
Tras su regreso desde Encélado, su madre le había visitado durante varias semanas en los Estados Unidos, pero él nunca había encontrado el tiempo para visitarla a su vez.
Desde su aborto, Jiaying había estado viajando siguiendo las órdenes del gobierno chino, y él había continuado con su trabajo como analista de sistemas para la NASA.
El acoso de la prensa de las primeras semanas tras el aterrizaje de regreso había hecho la transición hacia una tranquila normalidad agradable. Estos días, los periodistas apenas le pedían entrevistarle, e incluso los estudiantes de periodismo parecían haber perdido interés. Martin se alegraba por ello, aunque al principio se preguntaba si echaría de menos esa excitante época. No era así. A la luz de sus pasadas aventuras, se sorprendió de seguir encontrando emocionante escanear códigos en busca de errores que otros habían cometido.
Jiaying le puso una mano en el muslo.
—Que paisaje más bonito —dijo en alemán—. Me recuerda un lugar en las montañas de mi hogar que visité de niña.
Martin miró por la ventana.
—En primavera y verano es incluso más bonito —dijo—, porque los árboles no están tan desnudos entonces.
—Entonces volveremos en primavera.
—Tu alemán ya es bastante bueno.
—Gracias.
—Pero no te sorprendas si no puedes entender a nadie en la aldea. No es culpa tuya.
—Lo sé. El dialecto local. Lo sé por China también. Incluso yendo de Pekín hasta Shanghái… pero ¿qué hay de tu madre?
—Ella habla alemán estándar. No te preocupes. No somos de esta zona.
—¿Y cómo son las gentes de por aquí?
—Son amistosos y directos. Quizá sea el entorno rural. Pronto tienes la sensación de que perteneces aquí. Y al mismo tiempo, no es cierto.
—Comprendo. Estoy familiarizada con ello. Eres aceptado, pero de todos modos sigues siendo un forastero. No es diferente en mi país natal.
—Sí, es algo así —dijo Martin—. Normalmente es genial para los visitantes, pero resulta diferente para la gente que vive aquí todo el tiempo.
Miró el mapa en la pantalla de la consola central. Vio que solo quedaban otros diez kilómetros hasta su destino. Delante había un atajo por un camino de tierra que el IA de navegación no conocía. Colocó las manos en el volante.
—Control, voy a hacerme con el volante —dijo.
El software comprobó que estuviera mirando hacia delante y tuviera las manos sobre el volante. Entonces, tras una corta cuenta atrás, pasó a modo manual. Jiaying retiró su mano. Martin esperaba que el atajo no hubiera sido víctima de alguna nueva urbanización. Puso el intermitente y giró a la derecha para entrar en el camino de tierra. La carretera tenía baches, pero los amortiguadores del coche absorbían la mayoría. Cruzaron una vía de tren y llegaron a un pequeño bosque que consistía principalmente de abetos. El sol lanzaba puntos coloreados de luz en la estrecha carretera que ahora estaba dominada por la crecida hierba.
—Cuidado, vía sin salida delante —anunció el IA del sistema de navegación, pero Martin sabía la verdad.
Jiaying volvió a ponerle una mano sobre el muslo.
—¿Por qué no paras por un momento? —preguntó.
Martin la miró a su derecha y luego detuvo el coche. Jiaying sonrió misteriosa y colocó el dedo índice de su mano derecha sobre sus labios.
—Me gustaría besarte una vez más antes de llegar a casa de tu madre —murmuro ella—. Ya sabes lo tímida que soy.
Martin le dedicó una amplia sonrisa.
«Por supuesto, tímida… claro». Martin desabrochó su cinturón de seguridad y se giró hacia ella. Sus labios se encontraron en un prolongado beso.
* * *
—¿Qué habéis estado haciendo en el bosque durante tanto tiempo?
Martin se ruborizó mucho cuando su madre le planteó la pregunta. Se le había olvidado el modo de localización compartida del piloto automático del coche que había activado para que su madre no tuviera que preguntarle repetidas veces cuándo iban a llegar.
—Solo pretendíamos coger unos champiñones para usted, señora Neumaier —respondió Jiaying en un alemán casi perfecto—, pero desgraciadamente no encontramos ninguno por allí.
Su madre se giró hacia ella y sonrió.
—Elizabeth. Por favor, llámame Elizabeth. Me alegro de que estés aquí.
—Yo soy Jiaying. Y también me alegro de conocerla, señora Neumaier. —La china tardó un momento en darse cuenta de su error—. Elizabeth. Por supuesto. La forma alemana de dirigirme a usted de un modo educado no es fácil.
—Nada comparado con el cuidado que tienes que tener en chino —intervino Martin.
Durante la visita a los padres de Jiaying, él había trastabillado con el idioma tanto que su padre, al final, le pidió que hablara en inglés.
Elizabeth abrió sus brazos y abrazó a la novia de su hijo. Jiaying se rindió al afectuoso saludo y luego le llegó el turno a Martin de hacer lo mismo. Al menos su madre no se quejó de que no le hubiera visitado durante tanto tiempo. Probablemente tendría que darle las gracias a la presencia de Jiaying por ello.
—Entrad —dijo su madre mientras abría la puerta principal.
Martin fue el último en pasar al recibidor, y se vio asaltado de inmediato por un olor largamente olvidado. Era extraño. Aunque no había pasado su infancia en esta casa, su nariz le decía que estaba en casa. Olía al famoso perfume cítrico de su madre y al ligero olor a cloro de un fuerte limpiador, mezclado con el aroma de un pastel recién horneado. ¿Podía un aroma tan característico ser empaquetado y acarreado cuando te mudas de una casa a otra, o era algo que ocurría automáticamente?
El recibidor era pequeño. Se quitaron los zapatos.
—¿Queréis zapatillas? —ofreció Elizabeth.
Jiaying sacudió la cabeza.
—No —dijo Martin, pero entonces recordó la excursión que acababa de terminar y el aspecto que tendrían sus calcetines—. En realidad, sí —se corrigió.
Elizabeth señaló hacia abajo, y debajo del perchero para los abrigos estaban sus viejas zapatillas. Ella las había guardado todos esos años. Se las puso, ya que al menos protegerían algo sus pies del mundo exterior.
Del recibidor salían tres puertas.
—Este es el dormitorio —dijo su madre, señalando hacia la derecha—. Ahí atrás está el cuarto de baño. El viaje ha sido largo, ¿verdad?
Jiaying asintió y desapareció detrás de la puerta.
La restante llevaba al salón.
—Ven conmigo, ¿o quieres esperar fuera del cuarto de baño a que salga tu novia?
Martin sacudió la cabeza. Elizabeth abrió la puerta del salón y le invitó a entrar.
—Después de ti —dijo él.
Su madre solo sonrió, así que él cruzó el umbral. La habitación parecía sorprendentemente pequeña, pero tal vez le dio esa impresión por las tres abarrotadas librerías que llegaban desde el suelo hasta el techo. Otra puerta, en el lado estrecho de la sala y que llevaba hacia la cocina, estaba enmarcada por más estanterías. Solo una pared estaba libre de libros, y había una gran ventana que dejaba entrar la luz del día. Era el lado oeste. El sol aún entraba brillando en la habitación aunque ya era casi de noche.
Martin examinó las estanterías y vio sus viejas lecturas favoritas. De niño había leído casi todos los libros de su madre, y solo unos cuantos parecían haber sido añadidos desde entonces.
Su madre le lanzó un movimiento de cabeza casi avergonzado cuando le vio mirando las librerías.
—Sí, apenas compro libros nuevos y he empezado a releer los antiguos. Ha pasado mucho tiempo… Casi no me acuerdo de los argumentos.
Martin sonrió. Esperaba que ella no hubiera dejado de comprar libros por falta de dinero. Se sentía un poco avergonzado por no haberle preguntado nunca por su situación económica, y ahora él ganaba suficiente dinero como para mantenerla fácilmente. Durante su infancia, ella le había comprado cualquier libro por el que él mostrara interés.
Al principio se había sentido fascinado por la arqueología; Schliemann había sido su héroe. Pero Martin pronto aprendió que las excavaciones arqueológicas eran muy diferentes ahora, y cada descubrimiento requería que un gran equipo empleara años de trabajo sistemático. Entonces su madre le había comprado un libro ilustrado sobre el espacio, y se había quedado asombrado por el universo. Ese libro podría haber sido el factor clave para que él acabara trabajando para la NASA.
Echó un vistazo por la ventana. El sol ya estaba muy bajo a esa hora del día, después de todo era invierno. Junto a la ventana había fotos colgadas en la pared. Eran fotos de él, de su hermana, y de los hijos de su hermana, pero ni su madre ni su padre aparecían por ninguna parte. A la izquierda del todo vio retratos de aspecto antiguo de sus tías, quienes habían muerto hacía mucho tiempo, y debajo de ellas una foto de bodas de sus abuelos, que ya estaba bastante descolorida.
«Esto sería una buena idea para un regalo de cumpleaños», pensó; hacía mucho, antes de que él se mudara, había digitalizado todas las fotos de familia. Si imprimiera copias y las hiciera enmarcar, su madre apreciaría el esfuerzo.
Las bisagras de la puerta rechinaron cuando Jiaying entró en la sala. Martin notó que su madre se ponía nerviosa y actuaba muy tensa.
—Sentaos —dijo Elizabeth, señalando hacia la mesa en mitad del salón. Sus gestos parecían como si estuviera intentando pastorear un rebaño de ovejas en un prado. Luego, se giró en redondo y atravesó la puerta entre las estanterías para pasar a la cocina.
—Voy a por el café —les dijo.
Martin se sentó y Jiaying inspeccionó brevemente la habitación, justo como había hecho Martin antes. Se preguntaba qué podría estar pensando su novia. En la mesa vio una tarta marmoleada redonda con un agujero en el centro. Una cubierta metálica la protegía contra las moscas, aunque no había visto ninguna.
—Muy acogedor —dijo Jiaying—. ¿Era así cuando eras niño?
—Los libros, sí —contestó—. Siempre he estado rodeado por montones y montones de libros.
—Eso debe haber sido genial. Nosotros nunca pudimos permitirnos muchos libros, aun cuando eran mucho más baratos en mi país.
Eso era cierto. Incluso durante su propia juventud, los libros se habían convertido en un artículo de lujo, sobre todo en su forma impresa. Pero nunca tuvo esa impresión, porque parecía haber un número infinito de ellos disponible.
—De niño, nunca los consideré un lujo —dijo—. Los libros estaban simplemente allí. Como la hierba que cubría el prado detrás de la casa, o los árboles en el bosque.
Jiaying se sentó y le cogió una mano. La puerta de la cocina se abrió y su madre llevó una cafetera de cristal. Podían oler el café recién hecho.
—¿Alguien quiere leche o azúcar? —preguntó Elizabeth.
—No, gracias —dijo Jiaying con educación.
Martin sacudió la cabeza.
—Ya sabes que no —dijo.
—Bueno, pensé que quizás te gustaría con leche ahora.
Soltó una carcajada ante el comentario de su madre.
—¿Leche? No. Puedes apostar a que nunca lo beberé con leche.
—A muchos chinos no les gusta la leche —añadió Jiaying—. Tal vez seas medio chino.
Su madre sirvió el café. Entonces retiró la cubierta de la tarta y puso un trozo en cada uno de sus platos.
—Gracias —dijo Jiaying con una sonrisa.
—Pastel marmolado —comentó Martin—. Qué nombre más extraño. El color marrón es por el cacao. Pero el mármol no es marrón.
—De niño te gustaba mucho el pastel marmolado, pero solo las partes marrones —dijo Elizabeth.
—Luego tú cogías las partes blancas, que eran las que preferías.
Su madre sonrió. Martin lo entendió de repente. ¿Podía haber sido tan estúpido de niño?
—No preferías las partes blancas de la tarta, ¿verdad?
No recibió respuesta por parte de ella. Elizabeth pinchó un trozo de su pastel con su tenedor y se lo metió en la boca. Le dio un sorbo a su café y masticó mientras miraba a alguna parte, pero Martin no sabía dónde. Sonrió.
—Claro —dijo él—, ya entiendo. Yo habría hecho lo mismo.
—En realidad el pastel marmolado no me gusta tanto —soltó Elizabeth—, pero te ponías siempre muy contento cuando hacíamos uno.
Martin se acordaba de las visitas a sus abuelos. La abuela siempre horneaba una tarta de cerezas con cobertura de natillas. No le gustaban las natillas, pero su madre siempre disfrutaba de ese tipo de tarta. Tomó notal mental de que tendría que encontrar una receta para hacer una y luego conseguir guindas.
El silencio reinó durante varios minutos. No fue un silencio agradable, sino más bien la ausencia de ruido, el tipo de quietud que te deja adormilado. Una mosca zumbaba por algún lugar de la sala. De vez en cuando podía oír un ligero tintineo cuando alguien soltaba la taza del café.
—¿Y qué va a pasar con vosotros dos? Tanto en lo profesional como en lo personal, quiero decir.
Martin había esperado que su madre le preguntara eso, esperando que evitara el tema de los niños. Miró a Jiaying, quien estaba sentada junto a él.
—He vuelto a trabajar en mi oficina en la NASA —dijo él—. No necesito nada más. Jiaying está actualmente viajando por todo el mundo, así que no nos reunimos muy a menudo.
—La agencia espacial china está muy orgullosa de nuestros descubrimientos —dijo Jiaying.
«Bueno, los chinos están orgullosos de su astronauta», pensó Martin, «pero Jiaying nunca lo diría.»
—Por lo tanto, a menudo represento a mi país en conferencias internacionales, ferias de muestras, y otros eventos —continuó diciendo Jiaying.
—¿Y te gusta? —preguntó Elizabeth.
—Sí. Me gusta ser la representante de mi país —explicó su novia.
Ella se lo tomaba en serio, aunque se daba cuenta de que estaba reforzando el poder del aparato del Partido Comunista al hacerlo. Hacía unas semanas, Martin y ella habían discutido ese mismo tema. Jiaying creía que era necesario que ella le diera las gracias a la nación en la que había nacido por financiar su viaje al espacio.
El hecho de que sus padres hubieran sido maltratados era un tema completamente diferente para ella. Aun cuando nunca hubo una acusación oficial, los responsables no escaparon al castigo, y probablemente se pasarían los próximos años en centros de detención. No obstante, Jiaying era una patriota, una actitud que le resultaba extraña a Martin. Él prefería ser su propio representante, pero tampoco era un problema entre ellos. Hablaron sobre ello, entendieron lo que motivaba al otro, y eso fue suficiente.
—Entonces está bien —dijo Elizabeth—. Lo más importante es que disfrutéis de lo que estáis haciendo. Y los dos sois jóvenes y aún os queda mucho tiempo.
Martin se encogió cuando oyó esas palabras. Por aquel entonces cuando su padre quería hacer lo que disfrutaba, investigar con un radiotelescopio gigante, su madre no se había sentido igual. Ella le había planteado a su exmarido un ultimátum, y su padre optó por su carrera y en contra de su familia. Pensativo, Martin limpió una mota de polvo del mantel. «Ese no debería ser el tema hoy.»
—Como probablemente quieres saber si vamos a casarnos… no, no lo tenemos planeado. Y si lo hiciéramos, lo haríamos nosotros solos y todos los demás lo sabrían después.
—Lo entiendo, Martin —dijo su madre—. Tal vez sea mejor así, estar juntos sin presiones externas. ¿Y queréis tener hijos?
Él se quedó helado y miró a Jiaying. Como siempre, ella sonrió de un modo que él nunca comprendería. ¿Cómo conseguía siempre hacer eso? Incluso después del aborto solo la había visto llorar una sola vez. En una ocasión ella le había explicado que no pensaba en sí misma de un modo demasiado serio. Él era bueno en el arte de reprimir cosas, pero en Jiaying había encontrado a una auténtica maestra.
—Para ser sincera, un niño no encaja en nuestras vidas —dijo—. Yo viajo mucho y aún me gustaría volver al espacio varias veces más. Acabo de cumplir cuarenta, así que podría permanecer en el Cuerpo de Taikonautas al menos otra década.
—Y luego está el tema de la radiación a la que hemos estado expuestos. Dos años en el espacio conlleva un alto riesgo de daño en nuestro material genético —añadió Martin. Eso, les había explicado los médicos, podría haber sido la razón para el aborto. Después, ambos acordaron rápidamente no intentarlo una segunda vez. Con esa decisión, Martin experimentó una extraña sensación de alivio, tal vez debido a su latente miedo a no poder convertirse en buen padre.
Pero el deseo de Jiaying de volver al espacio era más problemático, y Martin no lo compartía en absoluto. Ahora, el rostro de su novia era mucho más valioso para China, por motivos propagandísticos, por lo que su gobierno no consideraría permitirle el regresar al servicio activo. Los viajes espaciales siempre resultaban peligrosos; sería horrible para ellos si su heroína muriera en un accidente. Pero en dos o tres años, el mundo se cansaría de ver la cara de Jiaying. Entonces, como ella ya le había explicado, llegaría el momento de que pusiera sus incuestionables méritos sobre la mesa para que el gobierno no pudiera negarle otro vuelo al espacio. Martin decidió que no pensaría en ello hasta entonces. Quién sabía lo que pasaría en dos años.
—Lo comprendo —dijo Elizabeth con mucha calma. Martin seguía teniendo la impresión de que su madre tenía que esforzarse para ocultar su decepción, pero tal vez estuviera equivocado—. Muchas gracias por ser tan abiertos respecto a todo esto —añadió—. Aunque es probable que pienses diferente, Martin, mi principal preocupación es que los dos seáis felices. Yo tengo un bonito hogar aquí —comentó mientras miraba alrededor—, y no tengo por qué convertirme en abuela otra vez. Creo que las mujeres que quieren ser abuelas tantas veces como sea posible intentan compensar los errores que cometieron al criar a sus propios hijos.
Martin tuvo de repente un mal presentimiento. Sospechaba —o más bien temía— la dirección que tomaría esa conversación. Y no quería hablar de ello.
—Lamento que no podamos darle nietos, señora Neumaier… lo siento, Elizabeth —dijo Jiaying—. Tuve que explicárselo a mis propios padres hace unos meses, y fue mucho más difícil. En nuestra cultura, tener descendencia es muy importante. Mi padre tendrá que aceptar que su rama de la familia morirá, porque no tengo hermanos. Nunca pudimos permitírnoslos.
—Eso es duro —dijo Elizabeth—. Me gustaría conocer a tu familia en alguna ocasión. Eres muy amable, Jiaying, así que debes tener padres muy buenos.
«Qué alivio», pensó Martin. «Parece que a mi madre le gusta Jiaying de verdad. Eso es bueno, así que no me veré pillado entre ellas.»
—Gracias, Elizabeth. Ciertamente se lo contaré a mis padres. Estoy segura de que podremos reunir a las familias de algún modo, y mi madre ya se siente mucho mejor.
—Sigo creyendo que tendrías que volar a Shanghái —dijo Martin—. La madre de Jiaying sufrió mucho durante su secuestro en Guantánamo.
—¿Secuestro? ¿Qué quieres decir? —preguntó Elizabeth.
Jiaying y Martin se miraron sorprendidos. Hasta ahora, parecía que su madre solo conocía la versión oficial de la historia. ¿No le habían contado ya lo que había pasado en realidad?
—Déjeme que le cuente —dijo Jiaying, y Martin se sintió agradecido por ello. Estaba empezando a sentirse cansado. Su cuerpo estaba reaccionando a haberse levantado temprano y toda la excitación de después. Las palabras de Jiaying, mientras contaba la historia que conocía tan bien, le calmaron y le dieron sueño.
Entonces la superficie de la mesa comenzó a parpadear. Lo que Martin había tomado por una mesa de madera era en realidad una gran pantalla, la cual se encendió de pronto. Le dedicó a su madre una mirada sorprendida.
—¿Qué? ¿Te crees que vivo en el culo del mundo aquí? —preguntó.
El coche de alquiler mostraba un mensaje en la pantalla. Su IA pedía permiso para que el IA de la casa desviara una videollamada a la pantalla de la mesa. La llamada estaba marcada como de alta prioridad y procedía de Tokio. Elizabeth lo confirmó de un modo rutinario, tras mirar a Martin para pedirle permiso. Le sorprendió lo experta que era en los aspectos técnicos.
De repente, apareció el rostro de Amy.
—¿Amy?
—Sí, Martin, me alegro de que aún me reconozcas —dijo en tono jocoso—. Te he localizado al fin. Has hecho que fuera muy difícil encontrarte estos últimos días.
—Estamos viajando por Europa. Jiaying y yo no tenemos tiempo libre al mismo tiempo muy a menudo, así que quisimos aprovechar la oportunidad.
—Aún mejor. Si os he encontrado a los dos, puedo hacer esto con una sola llamada. Me gustaría invitaros a una reunión en Tokio.
—Espera un momento, Amy. Tengo que comprobar mi agenda. No sé cuándo tendré tiempo el año que viene…
—No, el año que viene, no —respondió Amy—. Dentro de nueve días, el 26 de diciembre.
Martin miró a Jiaying, quien estaba tan sorprendida como él.
—Entonces debe de ser…
—Sí, lo es. Importante y urgente —dijo Amy—. Por desgracia, no puedo contaros más ahora mismo.
—Vale, estaremos allí —intervino Jiaying—. Por favor, dinos la localización exacta de la reunión.
—Lo descubriréis a su debido tiempo. Estoy deseando reunirme con vosotros.
La pantalla se apagó.
—¿De qué iba todo eso? —preguntó Martin.
—Una petición de Amy —respondió Jiaying—. Siento haber respondido espontáneamente por los dos. Amy nos pidió que nos reuniéramos con ella y no hay más alternativa que hacerlo. Tendremos que volar hasta allí. Ahora tenemos que reservar un vuelo y un hotel.
—Entonces no tendré que preguntaros dónde vais a pasar las navidades —dijo Elizabeth. Su madre sonaba más neutral que decepcionada.
—Sí, viajando —contestó Martin.
Ni siquiera habían mencionado las navidades aún. Las fiestas no significaban nada en realidad para Jiaying, y al mismo Martin solo le gustaban cuando había niños pequeños presentes.
—Ha sido una llamada sorprendente, ¿verdad? —observó su madre.
—Sí que lo ha sido, Elizabeth. Y todavía no sé qué pensar de ello. —Jiaying se frotó la frente suavemente con los dedos.
—Creo que deberíamos irnos entonces —dijo Martin—. ¿Te parece bien?
—Por supuesto, cariño —dijo Elizabeth—. Estoy muy contenta de que hayáis venido. Y si alguna vez estás en una conferencia en el sur de Alemania, Jiaying, me alegraría que pudieras visitarme.
—Te contaré por teléfono lo que Amy quería de nosotros —dijo Martin.
Su madre asintió. Cogió unas servilletas de papel de la cocina y envolvió el resto del pastel con ellas.
—Toma, llévatelo.
—Gracias —dijo él, y sintió un nudo en la garganta. Cuando Martin abrazó a su madre para despedirse, parecía mucho más pequeña y ligera de lo que recordaba. Era como si estuviera desapareciendo gradualmente de este mundo.
El anochecer parecía haber caído ya, aunque solo eran las dos de la tarde. Agua salpicaba contra el parabrisas del jeep, y no estaba claro si procedía de las oscuras nubes de lluvia o de las olas de cresta blanca azotadas por el viento de la derecha. Durante el verano, Ishinomaki era un bonito destino turístico, pero en invierno la húmeda costa del Pacífico podía llegar a ser muy desagradable. Hayato conducía el jeep tras haber pasado a propósito a control manual. A Amy le divertía esta contradicción: un ingeniero que no mostraba ninguna fe por la tecnología. El IA del vehículo probablemente podía reaccionar a cada giro y curva y ráfaga de viento con más rapidez que un humano, pero Hayato se sentía más cómodo confiando en sus propias e instintivas habilidades como conductor.
Dimitri Sol dormía en su asiento de seguridad en la parte de atrás del vehículo. Ni el clima ni las voces japonesas de la radio del coche parecían molestarle. Amy intentó con todas sus fuerzas entender algo del idioma, pero sus habilidades con el japonés seguían sin ser lo suficientemente buenas como para pillar más que una palabra aislada aquí o allá. Apoyó la cabeza contra la ventana y miró el paisaje. Los tres habían estado allí de visita antes, en verano. Le había gustado tanto la zona que accedió a la sugerencia de Hayato de pasar el tiempo entre navidad y año nuevo allí con sus padres. Y era cierto que, si Dimitri Sol iba a crecer siendo bilingüe, tenía que absorber la lengua nativa de su padre lo antes posible. Además, ella podía entender que los padres de Hayato estuvieran deseando ver a su segundo nieto. Hayato, quien tenía una hija adulta, era su único hijo, y sus padres no habían podido verle durante mucho tiempo. El hecho de que él hubiera traído inesperadamente una esposa y un hijo de su largo viaje les recompensaba por su paciencia.
Si no hubiera sido por la llamada de ese tal señor Dushek, podrían estar pasando unos días tranquilos y relajados junto al mar invernal. Por culpa del ruso llegaban tarde a la casa de los padres de Hayato. En Tokio habían intentando investigar a este misterioso hombre. Hayato conocía a unas personas que conocían a otras personas que vendían información. Amy también intentó conseguir detalles sobre Dushek por medio de sus amigos de la NASA. Se decía que el hombre era parte importante del programa espacial ruso, con el que los americanos habían estado lidiando a veces. Ella esperaba recibir algunas llamadas interesantes sobre él esa noche.
—Ya casi estamos allí —dijo Hayato.
—Me alegra oírlo. La tormenta está arreciando.
Hasta entonces habían estado conduciendo a lo largo de la carretera costera. Hayato encendió el intermitente de la derecha y condujo el coche a través de una estrecha calle para entrar en la ciudad. De repente, todo se volvió casi completamente oscuro. Amy no recordaba haber pasado por allí antes, pero su marido parecía conocer el camino.
—Aquí estamos —dijo de pronto. Se giró hacia ella y sonrió.
Amy se sentía confusa. La casa ante la que se habían detenido parecía diferente a la que recordaba del verano.
—Cuidado con la farola —advirtió Hayato.
Amy asintió y abrió la puerta del coche lo suficiente como para deslizarse fuera.
—Maldición.— Hayato rodeó el coche. Levantó las perneras de sus pantalones, pero sus zapatos y calcetines ya estaban empapados—. No importa —dijo—. Voy a coger a Sol.
La puerta principal de la casa se abrió. Un gran paraguas negro salió, bajo el cual se ocultaba un hombre bajo. Amy reconoció de inmediato al padre de Hayato por sus andares de pato. Sostuvo el paraguas sobre ella y le ofreció el brazo con educación.
—Entra, hija —dijo.
Amy se giró hacia Hayato. ¿Podía ayudarle de algún modo?
—Deja a tus dos hombres solos. Ellos se pueden manejar —añadió el padre de Hayato mientras la guiaba hacia la casa.
El paraguas no cabía por la puerta, así que la dejó pasar primero, se dio la vuelta, cerró el paraguas, y la siguió dentro. Luego Hayato entró en el recibidor con Sol entre sus brazos, así que estaban bastante apretados. Amy se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero, y luego se deshizo de los zapatos. El pasillo adyacente estaba cubierto con esterillas de rafia, así que entró descalza. Allí no parecía haber puertas, pero Amy ya sabía que esto era una ilusión. Tetsuyo, el padre de Hayato, deslizó una de las paredes hacia un lado, abriendo otro pasaje.
Entraron en el salón escasamente decorado. El suelo estaba cubierto con el habitual tatami, mientras que una mesita baja con suficiente espacio para seis personas estaba en el centro. El grueso mantel sobre la mesa llegaba hasta el suelo. Ambas paredes laterales tenían armarios empotrados, y la pared frontal tenía una ventana que estaba tapada con estores. La madre de Hayato entró por otra puerta. Primero se inclinó y, luego, abrazó a Amy.
—Es agradable tenerte aquí —dijo en inglés—. ¿Te ha recibido Tetsuyo del modo adecuado? ¿O fue tan arisco como siempre?
—No, su marido fue muy cortés. Nunca le he visto actuar de un modo huraño —respondió Amy.
Mako le dedicó una mirada taimada. Amy se dio cuenta de que era imposible adivinar la edad de la mujer.
—Por favor, toma asiento —dijo entonces su suegra—. Ya he subido la calefacción. Traeré té en un momento.
Amy y Tetsuyo se acuclillaron frente a la mesa. Luego se sentaron y metieron las piernas bajo la mesa mientras estiraban el mantel, que también servía de manta para sus muslos. Amy se relajó. El kotatsu no calentaba toda la habitación, pero el calor generado por el elemento calefactor bajo la mesa se extendía por todo el cuerpo desde las piernas. Mako volvió con una tetera, sirviendo té en tazas de porcelana finas como el papel. También dejó unas galletas sobre la mesa. Luego se sentó también.
—Espero que tuvierais un viaje agradable —dijo ella.
—Sí, pero fue agotador conducir bajo la tormenta. Hayato tuvo que esforzarse al máximo —informó Amy. Luego añadió—: Tienen un gran hijo.
Tetsuyo y su esposa se inclinaron ligeramente.
—Hayato dijo que algo importante había sucedido.
Su marido ya le había contado a Amy que su madre era muy inteligente y muy curiosa. Amy estaba a punto de responder cuando él entró en el salón.
—He dejado que Sol siga durmiendo en la habitación de invitados —dijo Hayato—. De todos modos, no se había despertado de verdad.
Apoyó una mano sobre el hombro de su padre. Su madre se levantó para saludarle.
—Tienes buen aspecto —dijo ella.
—Gracias, estoy bien. —Se sentó con ellos y su madre le sirvió una taza de té.
—Solo estábamos hablando sobre lo que os retuvo en Tokio.
—Sí —dijo Hayato—, fue una extraña llamada telefónica. Me gustaría oír vuestra opinión sobre ese asunto.
Amy sabía que no solo lo decía como un hijo diligente, sino porque seguía valorando el consejo de sus padres a pesar de tener más de cuarenta años.
«Nunca les alcanzaré», le había dicho una vez.
—Por supuesto —respondió Tetsuyo.
—La persona que llamaba se identificó como Dushek —explicó Hayato—. Es un ruso, bastante famoso en los círculos de IT, quien se gana la vida con IAs: inteligencias artificiales. Aún tenemos que comprobar si es de verdad el mismo Dushek. Pero no veo motivos por los que alguien fingiría ser él.
—¿Y qué quería?
—Eso es lo extraño, madre. Se ofreció a financiar otra expedición a Encélado. No, no solo eso. Se ofreció a organizarla para nosotros.
—¿Y por qué deberíais aceptar esta oferta? Después de todo, acabáis de regresar.
—El hombre afirma conocer un modo de salvar a Marchenko.
—¿El médico ruso de la nave espacial por quien Dimitri Sol recibe su nombre?
—Sí, madre, y cuya conciencia trajimos como copia digital.
—Eso nos lo contasteis, sí. En realidad no puedo imaginármelo, pero no importa. ¿Cómo es que ese hombre, Dushek, lo sabe? ¿No es alto secreto?
—Eso es lo que nos asombra…
—¿Y qué es lo otro?
—Sus motivos, madre. Tal expedición cuesta billones de dólares. Muchos billones. ¿Qué conseguiría que sea tan valioso para él?
—Como empresario, no creo que esté actuando por impulso caritativo.
—Sí, y eso es precisamente lo que nos preocupa.
—Supongamos que compruebas su oferta y el hombre dice la verdad, y que realmente puede llevaros a Encélado. ¿Aceptaríais?
—No por nosotros, padre, pero sí por Marchenko, sin pensarlo dos veces. Suponiendo que Marchenko también quiera.
—¿Cuándo vais a preguntarle?
—La semana que viene, el día 26, cuando nos reunamos todos en Tokio.
—¿Alguien notará que toda la tripulación del ILSE va a reunirse con un rico ruso en Tokio? —preguntó Mako, su inflexión claramente indicaba su pregunta.
«Ese es un argumento importante», pensó Amy. «¿Por qué no lo hemos pensado nosotros?» ¿Les estaban vigilando los servicios de inteligencia? Jiaying era un símbolo importante para su país, y debía haber ansiosas agencias súper secretas en los Estados Unidos también. Francesca estaría viajando con un IA ilegal. Si Jiaying participara en un viaje financiado por una empresa privada a Encélado, su país ya no la usaría con propósitos propagandísticos.
Los pensamientos de Hayato parecían estar yendo en una dirección similar.
—Gracias, madre, ese era un punto importante —dijo—. Deberíamos haberlo pensado nosotros solos.
—Si de verdad vais a este viaje —dijo Mako, dedicándole a su hijo una mirada estricta—,no obligaréis a Dimitri Sol a ir con vosotros, ¿verdad? Vuestro hijo es bienvenido en nuestra casa y puede pasar ese tiempo aquí con nosotros.
Amy comenzó a sentir demasiado calor y tuvo que retirar las piernas de debajo de la mesa. Dos años sin Sol; apenas podía imaginárselo. Aún así, la madre de Hayato había sacado un tema crucial. ¿Tenían derecho a privar a su hijo de otra parte de su infancia? ¿No debería crecer en una tierra verde, jugando y niños de su edad, en vez de estar en el oscuro espacio, con herramientas, ordenadores, y solo adultos? Y si era así, ¿sería esta expedición posible sin él?
La primera llamada telefónica se produjo a las cuatro de la mañana y despertó a toda la casa, aun cuando durante el desayuno los padres de Hayato fingieron no haber oído nada. Amy rechazó la llamada y apagó el teléfono, pero Sol estaba completamente despierto. Acercó su camita más a su propio futón. Balbuceaba alegremente mientras jugaba con sus dedos, y ella se quedó dormida otra vez. A las seis de la mañana, Hayato se despertó gracias a un sonido de traqueteo en alguna parte. Su padre siempre se levantaba tan temprano para la sesión de Tai Chi al amanecer en su dojo local, y por supuesto su esposa se levantaba para despedirle. Ella hacía el desayuno mientras él estaba fuera y comían juntos cuando él volvía.
Amy decidió usar el tiempo para trabajar. ¿Quién les habría llamado la noche anterior? Como el código del país era el 1, la llamada debía proceder de los Estados Unidos, su país natal. «¿Tal vez era alguien de la NASA?» Ella devolvió la llamada.
—Meyers al habla —oyó que respondía una voz femenina.
—Sandy, ¿eres tú? Soy Amy.
—¡Vaya sorpresa! ¿Cómo te va?
—Muy bien, ¿y a ti?
Amy odiaba la charla banal, pero era ella quien quería algo de Sandy, no al revés. La mujer con la que estaba hablando era una vieja amiga, y habían viajado juntas a bordo de una cápsula Orión. En algún momento, la familia de Sandy protestó por sus frecuentes ausencias, así que se buscó otro trabajo de vuelta en la Tierra. Amy no estaba segura de quiénes eran los jefes de Sandy ahora. Como todo el mundo lo llevaba en secreto, incluyendo a Sandy, supuso que trabajaba para la NSA o la CIA. Estas agencias habían mantenido su propio y pequeño programa espacial durante una temporada, y la NASA les reservaba capacidad de despegue.
Para llegar a Sandy, Amy había contactado con un amigo mutuo que aún le debía un favor. Para estar seguros, Amy no mencionó ningún detalle. Esperaba que Sandy no se sorprendiera demasiado al saber de ella, y que también sintiera deseos de investigar un poco por ella.
—Tengo una pregunta concerniente a alguien en el programa espacial ruso —comenzó Amy—. No sé por qué, y tampoco importa, pero tengo la sensación de que podrías ayudarme a hallar la respuesta.
—Claro, dime —contestó Sandy.
—Bueno —dijo Amy, respirando hondo—, se trata de alguien llamado Yuri Dushek. ¿Tengo que deletrear el nombre?
—No, no hace falta. Me resulta familiar. Así que no puede ser poco importante. Solo dame un momento.
Amy la oyó teclear en el ordenador.
—Tengo un gran archivo sobre este Dushek. Un tipo interesante. ¿Qué quieres saber específicamente?
—¿Cómo gana la vida?
—¿Por qué? ¿Quieres casarte con él? Parece que todo es completamente legal. Por lo visto, es muy bueno comercializando los hallazgos en su investigación de los IAs. Luego lo vende por todas partes… incluso a países donde no se nos permite exportar. En ese aspecto, tiene algo así como el monopolio, a excepción de dos chinos, quienes ciertamente no son más que testaferros para compañías estatales.
—¿Y qué me dices de las industrias aeronáuticas?
—Bueno, usa sus beneficios para financiar parte del presupuesto espacial ruso, pero él no participa. Más bien parece una afición cara, o tal vez sea un patriota.
—Supongamos que me haya ofrecido pagarme un viaje a la luna. ¿Podría hacerlo con su propia tecnología?
—No, tendría que comprar espacio en la cápsula de un cohete Energía T.
—Comprendo. Es extraño. Entonces quizás haya tentado a la suerte.
—Espera un momento… Hay conexiones con el Grupo RB.
—¿El Grupo RB?
—Antes era una de las principales compañías petroleras. Ahora tiene éxito extrayendo asteroides. Mucho, la verdad. Eso permitiría que Dushek financiara su propia compañía.
