REMATE FINAL - Angela Sylvaine - E-Book

REMATE FINAL E-Book

Angela Sylvaine

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Beschreibung

Eden Hills, Minnesota, es conocida por dos cosas: por su centro comercial inspirado en los años ochenta y por las desapariciones de los jóvenes del lugar, algo que lleva desconcertando a las autoridades durante años. Penny, una estudiante de penúltimo curso de secundaria, se ha vuelto escéptica respecto a la postura oficial sobre estas desapariciones, pero mantiene sus dudas en secreto. Acaba de empezar su primer trabajo en una de las tiendas más chulas del centro comercial y no quiere parecer una conspiranoica entre sus amigas, ni espantar a su crush. Sin embargo, cuando una fiesta nocturna en el centro comercial termina en tragedia, Penny no podrá seguir actuando con indiferencia. Un asesino anda suelto y la oscura historia de Eden Hills está a punto de ser revelada.

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Remate final

ANGELA SYLVAINE

REMATE FINAL

Traducido por Roberto Carrasco

Remate final

Título original: Chopping Spree

Primera edición: diciembre 2024

© Angela Sylvaine, 2024

© De la traducción: Roberto Carrasco, 2024

© de esta edición, Dimensiones Ocultas Paperback, 2024

Corrección: Cristóbal Olmedo

Ilustración de cubierta: Dan Firis

ISBN:

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, incluidas la reprografía, tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, la difusión a través de Internet y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

ÍNDICE

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CINCO

CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO OCHO

CAPÍTULO NUEVE

CAPÍTULO DIEZ

CAPÍTULO ONCE

CAPÍTULO DOCE

CAPÍTULO TRECE

EPÍLOGO

¡LISTA DE REPRODUCCIÓN PARA UNA JUERGA EN EL CENTRO COMERCIAL!

Gracias a todas las final girls que nos inspiraron para luchar contra los monstruos.

CAPÍTULO UNO

Paul agarró la ventana, vacilante. Una punzada de culpabilidad le recorrió las entrañas por dejar sola a su madre, por lo mucho que se preocuparía si se levantaba y encontraba su cama vacía. Pero necesitaba un descanso, solo unas horas.

Abrió la ventana y aspiró el aire puro de la noche. Ellie estaba esperándolo.

Una sirena rompió el silencio y se quedó helado, esperando que su madre diera un grito, pero la casa permaneció en silencio y la sirena se fue apagando, alejándose cada vez más del tranquilo vecindario suburbano, donde todas las casas eran idénticas y el césped siempre estaba bien cortado.

Paul salió por la ventana abierta y bajó de un salto, sin poder evitar que los joggers se le engancharan en uno de los rosales con los que su madre había ganado tantos premios en su momento, pero que ahora estaban casi muertos. Una espina le atravesó los pantalones y se le clavó en la parte delantera del muslo, peligrosamente cerca de esa valiosa joya de su anatomía.

—Mierda. —Vio cómo el punto de sangre, que parecía negro bajo la luz de la media luna, crecía hasta alcanzar el tamaño de una moneda de veinticinco centavos. Siseó por el escozor, apretó una muñeca contra la herida y esperó a que la hemorragia remitiera. Tendría que tirar los pantalones a la basura o su madre pensaría que otra vez había estado por ahí metido en peleas.

Cerró la ventana, rezando en silencio para no despertarla. Ella ya había dejado de entrar de puntillas en su habitación por la noche para tocarle el hombro y asegurarse de que estaba allí, de que era real. Últimamente, solo se asomaba; pensaba que él no oía el crujido de la puerta ni sus sollozos ahogados. La hilera de almohadas que había dejado debajo de la colcha bastaría si le hacía una visita.

Desde que su padre se había ido, él era todo lo que tenía. Ahora solo estaban ellos dos, así que tenían que estar juntos, tenían que cuidarse el uno al otro, decía ella. Pero Paul se asfixiaba en aquella casa y la única persona con la que podía hablar lo estaba esperando en el parque.

Palpó la bolsita de terciopelo que llevaba en el bolsillo, tan solo era uno de esos corazoncitos baratos que se encajan a presión y que, probablemente, se estropearía en un mes, pero era lo único que había podido mangar. Cuando terminara la temporada de atletismo, conseguiría un trabajo y le compraría a Ellie algo bonito, algo más parecido a lo que en realidad se merecía.

También le compraría algo a su madre.

Paul cruzó el patio de hierba, que estaba cubierta de rocío, y se escondió tras el árbol junto a la acera. Pasó un coche cuyos faros amenazaron con delatarlo. Esconderse probablemente le hacía parecer mucho más sospechoso de lo que era y desde luego que no necesitaba que uno de los vecinos llamara a la policía.

Enderezó los hombros y caminó con las manos en los bolsillos, pasando de una farola a otra. Solo estaba dando un paseo, no había nada sospechoso. Cruzó la calle. Una manzana más tarde ya estaba en el parque, frente al cual había otro barrio en penumbra. Desde allí podía ver, a lo lejos, la zona infantil, al otro lado del campo de fútbol.

—Ellie, baby… —cantó en voz baja, con un nudo en la garganta de las ganas que tenía de sentir sus brazos rodeándolo. No le importaba si hacía el tonto, solo quería sentir el calor de ella apretada contra su pecho, inhalar el aroma de su champú de lavanda.

Unos neumáticos chirriaron sobre el pavimento y los faros lo iluminaron desde atrás.

Siguió andando, empezó a silbar y se detuvo. «Cálmate, te estás rayando», pensó.

Las luces se apagaron y lo dejaron a oscuras.

Paul miró detrás de él. Había un coche, no, una furgoneta, aparcada en la acera. El motor seguía en marcha. Era blanca y, por lo que podía ver, sin marcas.

Aceleró sus pasos, todavía caminando pero rápido, dirigiéndose hacia la luz de la farola más próxima. «No es nada, será alguien que va para su casa». Pero ¿por qué no aparcaba en la calzada?

Se oyó un portazo; Paul se sobresaltó y empezó a correr. El parque estaba cerca, a medio campo de béisbol de distancia. Una figura de pelo rizado estaba sentada en uno de los columpios, de espaldas a él. Ellie.

Los pasos sonaban por detrás. Lo seguían. Se le aceleró el pulso y se tensó para correr, para batir su mejor marca en las cien yardas. Joder, podría correr una milla completa sin sudar.

El movimiento del columpio llamó su atención; se movía bajo las luces que rodeaban el parque infantil, Ellie arrastraba los pies en la tierra.

Se detuvo. ¿Y si el rarito que lo perseguía en realidad iba tras ella y la atacaba?

Paul se dio la vuelta, flexionando los puños, sintiendo ya la dulce punzada del dolor en los nudillos.

—¿Qué pasa, tío? ¿Me estás siguiendo?

La figura se detuvo y levantó el brazo.

Un arma.

Apenas le dio tiempo a pensar, algo golpeó su pecho, una fuerte puñalada que convirtió el grito que le subía por la garganta en un jadeo ronco. Miró hacia abajo, esperando ver un agujero del que manara sangre, pero allí solo había un cilindro plateado. Dio un manotazo a aquel tubo, incapaz de agarrarlo, los dedos no le respondían.

Su cabeza se agitó y él cayó al suelo con fuerza, las piernas se le retorcieron en una forma torpe al aterrizar en la acera. Pudo girar la cabeza hacia un lado y fijó la mirada en aquel barrio oscuro y silencioso, rezó para que se encendiera al menos una luz… Para que alguien lo llamara, para que alguien viniera a ayudarle.

La persona que le había herido entró en su campo de visión, agazapada a su lado. Llevaba una máscara cubierta de piel, con un hocico largo que gruñía y dientes afilados. Un lobo.

—¿Por qué? —preguntó Paul, sintiendo la lengua hinchada, cubierta de algodón. Consiguió agitar un brazo, pero su atacante lo apartó de un manotazo y se inclinó hacia él.

Le acercó un cuchillo largo y brillante a la cara, de modo que era lo único que podía ver.

—No me hagas usar esto, Paul —dijo una voz profunda.

«Sabe mi nombre». Le pesaba tanto el cuerpo que quería hundirse en el suelo, dejar que se le cerraran los ojos, dormirse. Lo único que quería era su habitación, su cama.

—Mamá —consiguió decir, con la voz entrecortada, antes de que la inconsciencia lo arrastrara.

CAPÍTULO DOS

Cuando entró en el aparcamiento del centro comercial, Penny se quedó atónita por la monstruosidad que era el Eden Hills Fashion Mall: todo un homenaje a los años ochenta y al consumismo. Lucía rótulos en rosa y turquesa y contaba con imponentes arcos de cristal y acero en cada una de las cuatro entradas. A sus ojos de artista, aquel centro comercial —que era el orgullo de su padre— era lo más parecido al infierno.

Penny bajó la visera del asiento del copiloto y se acercó al espejito para comprobarse el maquillaje. Hasta hacía poco, había optado por un look natural, mostrando las pecas que Becca decía que eran su rasgo más bonito. Pero B estaba en otra ciudad con una nueva novia y hacía semanas que no le enviaba mensajes.

Tenía que admitir que le gustaba el efecto ahumado en los ojos. Le hacía sentirse mayor, más sofisticada. Sacó su barra de labios de fresa y se aplicó una gruesa capa, saboreando el olor, que le provocaba antojo de Jolly Ranchers. Frunció los labios y practicó su mejor y más coqueto pestañeo.

—¿Para quién te estás pintando, Penélope? —le preguntó Linda desde el asiento del conductor. El color del Hummer morado combinaba a la perfección con su ridículo traje de doble botonadura.

Penny fulminó a su madrastra con la mirada mientras se guardaba la barra de labios en el bolsillo delantero de los vaqueros.

—¿No puedo ir guapa al trabajo? —Su mente evocaba fantasías en las que se veía a solas en el oscuro almacén con su compañero Dirk, el chico más guapo del instituto. Si Becca podía pasar página, ella también.

Linda aparcó en una plaza reservada para la «Empleada del mes», aunque, por lo que Penny había podido ver, su único trabajo era lucir bien mona y rubia.

Penny salió de un salto, prácticamente torciéndose el tobillo al bajar del tanque que aquella mujer tenía por vehículo.

—Tu padre y yo tenemos planes después de la inauguración. Encuentra a alguien que te lleve a casa, ¿vale?

—No te preocupes. —Dio un portazo y se dirigió hacia la puerta este, sin esperar a Linda. Tres años antes, la verdadera madre de Penny había fallecido en un accidente de coche y, tras ello, su padre perdió todo interés en tener relación con su hija. Lo único que le importaba era el centro comercial, su nueva mujer florero y ganar más. O, al menos, eso había pensado ella hasta hacía poco.

Un viento frío azotaba el ambiente y nubes grises se cernían sobre el horizonte. Los relámpagos parpadeaban a lo lejos y ella se abrochó la chaqueta vaquera mientras observaba el cielo. Odiaba las tormentas eléctricas desde que era niña cuando su padre la asustaba con historias de Zeus, diciendo que enviaba rayos como castigo para los humanos que iban en contra de su voluntad.

Una furgoneta de carga blanca, con los cristales tintados, estaba aparcada en el bordillo, cerca de la entrada, y Penny la rodeó sin acercarse, pues había visto suficientes documentales de asesinos en serie como para saber que una nunca es demasiado cuidadosa con las furgonetas.

Apartándose las ondas cobrizas de la cara, entró en el centro comercial y se abrió paso entre la multitud. El interior se asemejaba a dos hipódromos oblongos apilados el uno sobre el otro, resaltados por adornos luminosos, de neón rosa y turquesa. Unos enormes pilares blancos rodeaban la pista inferior y sostenían el segundo piso, y un par de escaleras mecánicas conectaban las dos plantas en cada extremo. En uno de ellos estaba la zona de restaurantes, de dos plantas, cuyo propietario era su padre, que además era uno de los principales promotores del centro comercial. Había sido idea suya homenajear la buena época de los centros comerciales con aquel diseño.

Desde los altavoces instalados en cada pilar sonaba en bucle música pop de los ochenta. En aquel momento, David Bowie cantaba Fashion; aunque apenas era audible por encima de tanto estruendo, Penny caminaba al ritmo.

Una fuente ovalada se erguía en el atrio central de la primera planta, rodeada de bancos de piedra empotrados, donde los compradores se sentaban a descansar o tomar un tentempié. El pedestal que se elevaba sobre el estanque poco profundo sostenía una estatua de bronce de los fundadores de la ciudad: tres hombres con traje y bombín, uno de los cuales era su tatarabuelo. Observó cómo un niño se encaramaba a la pared exterior de azulejos de la fuente y lanzaba una moneda al aire. La gente creía que si metías una moneda en el sombrero de su tatarabuelo, que lo sostenía inclinado en un aparente saludo, se te concedía un deseo. Penny recordaba haberlo intentado también, apuntando al bombín de su antepasado y pidiendo un deseo con todas sus fuerzas. Pero no se podía pedir que resucitara un muerto.

Linda se apresuró a pasar junto a Penny, con los tacones repiqueteando en el suelo de baldosas, mientras corría hacia Yarn Barn, la última incorporación al centro comercial, situada en la primera planta, pasada la fuente. Una cinta roja con un lazo adornaba la entrada de la tienda y su padre, vestido con su típico traje soso pero bien confeccionado, sostenía unas tijeras que de grandes eran ridículas. Él la miró y ella levantó la mano para saludarlo, por lo que obtuvo a cambio una leve sonrisa y un movimiento de cabeza. Estaban progresando.

Más o menos cuando todo se fue al garete con B, lo oyó hablar con Linda de que le gustaría que Penny fuera más responsable, más fuerte. Eso le dio rabia. Pero luego también dijo que se preocupaba todos los días por ella, que temía perderla como había perdido a su madre. Así que Penny decidió poner de su parte.

Linda se colocó entre su marido y el alcalde Aldrich; probablemente planeaba hablar de lo mucho que le gustaba tejer, aunque, en realidad, el único hobby que tenía era preparar cócteles. El señor Lykoudis, padre de Dirk y propietario de Construcciones Lykoudis, estaba de pie a un lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y un casco de seguridad en la cabeza. Su empresa había construido el centro comercial y prácticamente todo lo demás que tuviera menos de veinte años en Eden Hills.

Un tipo que llevaba una cámara con una luz brillante apuntó al grupo y una mujer se adelantó con un micrófono.

El teléfono de Penny zumbó y en la pantalla se iluminó un selfie de su mejor amiga, Yelena, con los ojos delineados con lápiz negro, muy abiertos, haciendo el paripé de que estaba sufriendo mucho. «¿Dónde estás? Estoy aburridísima☹», decía el mensaje. Penny sonrió satisfecha, respondió: «De camino☺», y se metió el teléfono en el bolsillo trasero.

En un principio, había pensado pedirle a su padre que le consiguiera un trabajo en el centro comercial, pero, después de escuchar aquella conversación con Linda, decidió que quedaría mejor si tomaba la iniciativa y se lo buscaba ella misma. Por suerte, Yelena la recomendó en Threadz y así fue como hacía un mes que había comenzado a trabajar. Su padre había quedado impresionado, parecía estar bajando poco a poco el muro que había levantado entre ellos.

Una mujer se abalanzó sobre ella, haciéndola retroceder y ensuciándole sus nuevas zapatillas canvas rosas.

—¡Tenga más cuidado! —Se agachó para recoger el trozo de papel que se le había caído: un folleto amarillo con la foto de un adolescente sonriente con el pelo revuelto y una sencilla cruz de madera colgada del cuello. El titular rezaba: «¿Me has visto?». Miró cómo se llamaba: «Paul Shockley. Diecisiete años. Visto por última vez hace casi un mes». Era un año mayor que ella y había coincidido con él por ahí, aunque nunca habían hablado.

Levantó la vista cuando la mujer ya se estaba abriendo paso a empujones delante de la cámara. Con el rostro marcado por la desesperación, cogió el micrófono de la reportera y levantó otro de los folletos. Penny rodeó la fuente y se acercó lo suficiente para oír lo que decía:

—Alguien debe saber algo, debe haber visto algo. Es un buen chico. No me dejaría así como así —se le quebró la voz y empezó a sollozar—. Por favor.

El padre de Penny dio un paso al frente, con el rostro arrugado por la compasión. Le pasó el brazo por el hombro y la apartó de la cámara, dirigiéndola hacia un joven agente de policía que había aparecido de la nada, uno que Penny había visto patrullando por el centro comercial para disuadir a la chusma y atrapar a los ladrones ocasionales. El agente Brady… Bradley… algo así. Se llevó a la mujer llorosa.

—Precisamente por eso es tan importante contar con lugares como Eden Hills Fashion Mall —dijo su padre a la cámara—. Proporcionamos empleo remunerado a los jóvenes, les ayudamos a convertirse en miembros sanos y activos de la sociedad… Esperamos que, al proporcionar un sentido de comunidad y propósito para nuestros jóvenes, evitaremos que estos se descarrilen y hacer nuestra parte, tan necesaria, para ayudar a solucionar este problema que es el de las fugas del hogar, que han plagado nuestra gran ciudad.

El periodista replicó:

—¿Qué les diría a los que no creen que todos esos chicos se han escapado de sus casas?

El padre de Penny palideció.

—No entiendo su pregunta.

—Ha habido más de dos docenas de desapariciones en los últimos tres años, todas ellas declaradas fugas, pero los padres de veintidós de esos chicos creen firmemente que sus hijos no se fugaron, que hay algo turbio detrás. ¿Qué tiene que decirles?

Penny sabía que esa era la pregunta que más temía su padre. Tras la desaparición de Agnes Gregory el invierno pasado, el padre de la chica perdió los nervios en la vigilia cuando alguien dijo que lo más seguro era que había huido. Él insistía en que algo malo le había ocurrido a su hija, pero en aquel momento nadie parecía darle la razón. Ahora, sin embargo, mucha gente empezaba a preguntarse si aquel hombre realmente estaba en lo cierto. Incluso Penny había empezado a preguntárselo. Agnes y ella habían coincidido en clase de Literatura Inglesa, nunca la había considerado una mala chica, mucho menos una «descarrilada» y, desde luego, no le había parecido alguien que se levantara y saliera corriendo. Era tranquila y amable y parecía perfectamente feliz con su vida.

Antes de que el padre de Penny pudiera responder al periodista, el alcalde tomó el micrófono.

—Todos sabemos que no hay pruebas de ello —dijo con una sonrisa apaciguadora—. Eden Hills es una buena comunidad y lugares como este centro comercial proporcionan un espacio libre y seguro para que nuestros hijos se reúnan. Y si ellos o sus padres hacen alguna compra y gastan algo de dinero mientras están aquí, mejor que mejor.