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Remite: Ana: Ana es una excelente estudiante, pero ser la primera de la clase no constituye un pasaporte a la felicidad. Los problemas de comunicación con sus padres y los complejos respecto a su aspecto físico, llevan a Ana a aislarse del mundo y escribir cartas a destinatarios y lugares desconocidos. Sus mensajes de náufraga llevan una sola referencia: "Remite: Ana". Con este único dato, el jefe del departamento de devoluciones de la central de Correos inicia una investigación en busca de la remitente misteriosa que se interpone en el buen funcionamiento de su servicio. Ajena a estas maniobras, Ana sigue escribiendo cartas, a la vez que descubre una forma distinta de ver el mundo y de contemplarse a sí misma.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es
© Ana García-Castellano
ISBN: 9788416873357
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!
A modo de prólogo
1. Querido amigo
2. Sin remitente
3. El remite de violetas
4. Amaturus, amatura, amaturum
5. Las Cosas Claras
6. El día D
7. El príncipe Majid-Bed-Kalim
8. Teshoo Lama y el Templo de la Verdad
9. Para entregar a Remite Ana
A MODO DE PRóLOGO
CARTA ABIERTA A ANA
Querida Ana:
Hace casi veinte años que enviaste tu primera carta a un destinatario inventado y con un solo dato en el reverso: Remite Ana.
Desde entonces, muchas cosas han cambiado que te sorprenderían. La moneda con que pagarías tus sellos no serían pesetas, sino euros; los planes de estudios, que han convertido la EGB y el BUP en ESO y Bachiller, de los que prácticamente ha desaparecido el Latín como materia obligatoria, para incluir asignaturas que seguramente desconocerías, como la Cultura Audiovisual o la Economía de la Empresa.
También han cambiado mucho las causas por las que luchar.
Seguramente el motivo que te llevó a una marcha de protesta para defender la montaña, se habría transformado ahora en una reivindicación de carácter social con implicaciones globales. Sin duda hoy te habrías sentado indignada en la Puerta del Sol junto a Nacho Guardiola.
También la forma de relacionarse ha cambiado. Tanto, que las cartas color violeta se habrían desvanecido, para viajar a través de la red en ciento cuarenta caracteres. Y “Remiteana” Sería no un reverso de un sobre, sino tu login.
Berta y Manu habrían solucionado su problema generacional poniendo distancia con una beca “Erasmus” que les llevara a estu-diar a Italia, Francia o Dinamarca…
Sin embargo, hay algo que permanece. La tenaz rebeldía de la adolescencia, el desmedido sentimiento de soledad, de no ser comprendida en un mundo que se rechaza, pero al que sin remedio se pertenece. La necesidad imperiosa de cambiarlo, la búsqueda de ese “alter ego” que ayude a encontrarse con una misma, que nos haga sentir que no estamos solas, que el mundo tiene ese punto de apoyo donde situar la palanca que da sentido a nuestra vida.
Hoy, tus lectores llevarán tus misivas en un libro electrónico. Ignoro en qué soporte aparecerán tus palabras ante los que te lean dentro de veinte años.
Ya ves, las formas han cambiado y seguirán cambiando, pero en tus cartas de ayer, en los whatsapps o los twitter de hoy, la búsqueda de esa “dirección postal” que nos conduce a Shalimur, siempre permanece.
Pero sea cuales sean las formas de comunicación, estoy segura, siempre seguiremos en contacto.
Un abrazo,
La autora.
Ana se levantó aquella mañana –una mañana sin fecha, desprovista de presagios– y miró por la ventana las sábanas que fosforecían casi ingrávidas en el patio. El sol, prisionero en el cuadrilátero angosto, reverberaba sobre las piezas de tela blanca, invadiéndolo todo con su luz cegadora. Sin embargo, aquel día nada era capaz de iluminar el cuarto de Ana. Una oscura soledad había tomado por sorpresa la colcha de retales de colores y el armario de pino con pomos negros, y se había enseñoreado de la estantería repleta de libros, que aún tenía por leer, del pequeño escritorio y de las fotos clavadas con chinchetas en el corcho de la pared.
Esa misma soledad la invadía también a ella. Ocurría siempre que sus padres discutían, o, como ayer, «le montaban la bronca a su hermana-la-mayor». Entonces, Ana se encerraba en el cuarto, para escapar a las voces altas y a las discusiones bizantinas que parecían no acabar nunca. Abría el cajón de la izquierda de su escritorio y extraía la carpetita azul, anacrónica y descolorida. Sacaba un par de hojas y escribía algunos versos, o algún relato que remediara tanta soledad, llegada a borbotones.
Esta vez había tomado ya varias cuartillas y las contemplaba absorta, reclinada sobre el escritorio. Eran unas lindas hojas de color violeta, con los sobres a juego, que había traído su madre de la oficina. Habían sobrado de algún pedido para una comunicación especial que al final no se había efectuado. La madre de Ana había decidido aprovechar ese papel, con sus correspondientes sobres, destinándolos a uso particular, es decir, de su familia. A Ana le encantaba el color violeta, por lo que le fascinaba escribir las líneas sinuosas de sus letras sobre el suave tono de la superficie, como estaba haciendo ahora, sin apenas darse cuenta:
Querido amigo:
Se quedó fija en la escritura y repitió para sí: «¿Querido amigo?». Se preguntó qué rostro podrían esconder aquellas dos palabras, pues Ana jamás había tenido un amigo, o al menos un amigo así, tan amigo, al que una pudiera enviarle cartas como la que ella iba a escribir ahora.
Al contrario, estaba acostumbrada a sus compañeros del instituto, que normalmente se reían cuando intentaba leerles las poesías que había escrito. La verdad es que también se reían con los chistes que Ana sabía contar mejor que nadie.
«Qué gracia tiene esta Anita», solían decir, dándose codazos, y luego se despedían en el semáforo de la plaza de Mariano de Cavia, porque iban a acompañar a Irene y Mayte, paseo de Menéndez Pelayo abajo.
...Mayte tiene los ojos azules y el pelo negro, muy rizado. Tiene los labios muy gruesos y los dientes muy blancos, que sabe enseñar divinamente cuando se ríe.
Irene es más alta que Mayte, rubia, con los ojos color de miel, y la piel muy fina; muy fina y muy blanca, como las vírgenes de los cuadros de Fra Angélico (lo hemos estudiado este año).
¡Cómo me gustaría tener los dientes de Mayte! Y la voz de Irene... Porque Irene sabe hablar bajito. Siempre he envidiado a la gente que es capaz de no elevar el tono de voz en las reuniones, ni en el autobús... Cualquier cosa que digan parece que ha de ser importante, solo por la cautela con que lo dicen.
Yo, sin embargo, siempre hablo alto, y me río demasiado. «Ana, es que eres un poco escandalosa», me dice por la noche Berta (Berta es mi hermana-la-mayor), cuando hablamos a oscuras antes de dormirnos. Y entonces a mí me da esa angustia tan rara, y me tapo la cara con la almohada, y deseo no existir por un buen rato. Sobre todo si pienso que Javier Martín, el de 3.° B, ha podido espantarse de mis carcajadas... Claro que entonces es cuando se me ocurren los mejores– relatos... El año pasado gané el concurso de cuentos del instituto... Algún día te enviaré una copia del cuento que voy a presentar este año... Se titula «La última playa», y va de un hombre que lo ha perdido todo, y se sienta en la playa a decidir cuál va a ser su futuro... Piensa en suicidarse y al final... Bueno, pero será mejor que algún día lo leas.
También me gustaría que lo leyese Javier Martín, el de 3.° B, pero la verdad es que el año pasado, cuando le dije que me habían dado el primer premio del concurso de cuentos, se rió un poco y luego me dijo:
–Pues qué bien, ¿no? A lo mejor también sacas matrícula.
Y yo creo que lo dijo con retintín, porque luego, a final de curso, ni siquiera me escuchó cuando le dije que sí, que lo había adivinado, que había sacado matrícula. Pero a Irene la felicitó por su aprobado en ciencias naturales. Le dio un beso fuerte, y la cogió por el hombro...
En esos momentos, a mí... ¡me daban igual todas las matrículas de honor del mundo! Habría deseado suspender todo, a cambio de que Javier Martín, el de 3.° B (entonces estaba en 2.° B), me hubiera consolado pasándome su brazo sobre el hombro...
A mis padres, esas cosas parece que les dan igual... Pero yo a menudo cambiaría mis notas por una cara bonita y un tipazo de modelo... Sí... A veces pienso que me gustaría ser como Irene, o como Mayte... Las dos son bastante guapas... Pero, para serte sincera (y esto te lo digo a ti, en secreto, porque eres el único amigo que tengo en el mundo), lo que más envidio de ellas es...
Ana se quedó pensativa unos instantes, sin atreverse a seguir escribiendo. Luego, tragándose la vergüenza que le provocaba hacer esta confesión, continuó:
...¡que están tan delgadas!... Y no creas que comen poco, ¡qué va! Al contrario. En el recreo, ellas siempre se comen un bocata de chorizo, mientras yo tengo que hacer el ridículo con mis dos biscotinas (que, siempre, a esas horas, ya están hechas miguitas) y mi horrible loncha de jamón de York...
Ana siguió llenando cuartillas, con la avidez de un náufrago que lanza al mar, dentro de una botella, su última esperanza. Quiso imaginarse que aquella carta era también una botella lanzada a Dios sabe dónde desde el islote solitario de su habitación.
Bueno, creo que voy a dejarte, porque mañana tengo examen de lengua y tengo que repasar. Un abrazo.
Ana
Plasmó su firma debajo de todo el escrito, al final del quinto o sexto folio. Introdujo en el sobre las hojas, dobladas con esmero. Pasó la lengua por el filo engomado y lo cerró, presionando levemente. Volvió el sobre, y se quedó pensativa, mirando la superficie violácea. Chupeteó el bolígrafo Bic unos instantes. Luego, jugó a imaginarse cualquier nombre, cualquier número de una calle cualquiera, para crear un destinatario: «Pablo Cifuentes. Eduardo Dato, 32. 28010 Madrid».
Se sabía esa calle porque era donde vivía el dentista que le había empastado la muela de arriba, pero tuvo que buscar el distrito en la guía de calles de su padre.
Volvió el sobre.
«Remite Ana», escribió después de mordisquear el extremo de su bolígrafo. A los pocos minutos, tras una rápida incursión en el cajoncito de los sellos del despacho de su padre, el buzón engullía indiferente la remesa de palabras que Ana dejaba descansar en su vientre, como una semilla desconocida que haya de germinar sin que nadie lo adivine.
Allí durmió la carta de Ana aquella noche, mientras su autora se removía en la cama, vagando con su pensamiento entre el examen de lengua y el viaje incierto de sus palabras escritas. Al día siguiente, cuando Ana vertía en el papel con membrete de examen todo el saber que había almacenado en su cabeza, el sobre ya había llegado, apretujado con otros cientos de sobres dentro de un saco, a la central de Correos. A partir de ahora seguiría el obligado camino de todas las cartas del mundo: recogida-distribución-reparto. Con riguroso orden, con minuciosa exactitud, sería manipulado, sellado, clasificado y, por último, transportado hasta su destino.
Imposible destino era este.
«La Generación del 98 reúne las siete características que, según Petersen, son rasgos esenciales para la constitución de un grupo generacional. estas son las siguientes:
1. Herencia
2. Fecha de nacimiento
3. Elementos educativos...»
Ana escribía sin parar su papel de examen. El tema era largo, pero lo conocía bien. No lo había estudiado demasiado: le bastaba escuchar ensimismada a Merche Medina cuando explicaba a Baroja, a Machado o a Valle-Inclán. Todos la llamaban la Larguirucha, pero ella prefería llamarla Merche, aunque la cortaba bastante esa seguridad y aplomo de la profesora de lengua.
Al entregarle el examen, Merche, la Larguirucha, le sonrió, y Ana sintió como si le estuviera entregando su carta en mano al mismísimo Pablo Cifuentes, Eduardo Dato, 32, 28010 Madrid.
¿Cuánto habría de esperar para obtener respuesta?
Este pensamiento la distrajo mientras recogía los bolígrafos de la mesa y los libros de la cajonera, para guardarlos en la mochila. En la puerta la esperaban Irene y Mayte.
–¿Qué tal? No era muy difícil, ¿verdad? –Irene le susurraba la pregunta colocándose la mochila a la espalda.
–Un poco largo... ¿Habéis metido lo del «anquilosamiento de la Generación del 98»? Yo me he acordado casi al final y...
Merche Medina chistó, haciéndolas callar y salir de la clase, hacia el patio, donde continuaron cambiando impresiones, entre una algarabía de nervios liberados. De pronto, Ana notó que Irene contenía un poco la risa, mirando a alguien tras de ella. Se volvió y... lo vio. Allí estaba, Javier Martín, con su chupa de cuero negro y sus Ray Ban, haciéndole burla a las espaldas... Con él estaba Jaime Vega, el «esbirro» de Javier, un pelirrojo que siempre secundaba las gracias de su amigo.
En aquellos momentos habría deseado ser Irene, o Mayte, para soltarle una buena contestación, pero Ana sintió que cualquier palabra que intentara decirle sería recibida con una carcajada... Así es que solo dijo un «ya estamos» en tono conciliador, que la hizo sentirse aún más ridícula, y habría echado a correr sin saber adonde, de no haber intervenido Mayte:
–Anda, vámonos, que es muy tarde –dijo, agarrando su carterona de cuero–. Mañana toca el de geografía, ¿no? Ese sí que es difícil.
–¡Buah! –chascó la lengua Javier Martín–. La geografía de segundo está tirada. Si vierais la de tercero... Esa sí que es difícil...
Con las mochilas a las espaldas, comenzaron a caminar hacia el gran portón de verjas negras. En el camino se les unió Nacho Guardiola, un chaval moreno con muchos granos, que siempre se pegaba a ellas sin esperar a ser invitado. Hablaba poco y reía mucho con los chistes de Ana, y, para escándalo de Irene y Javier, los fines de semana prefería ir a la Casa, de Campo en bici antes que recorrer la ruta del bakalao.
Anduvieron el paseo de María Cristina, hasta despedirse en el semáforo de Mariano de Cavia (la plaza de los Patos, como solían llamarla, por los palmípedos artificiales que mecían sus alas de metal en la fuente del centro de la glorieta). Ana se encaminó avenida del Mediterráneo abajo, acompañada de Nacho Guardiola, que vivía en la misma zona; mientras Irene y Mayte tomaban a la derecha Menéndez Pelayo, bromeando con Javier Martín y su amigo Jaime Vega.
... Y entonces fue cuando Javier le dio la mano a Irene con disimulo. Darse la mano significa de todas todas que una está saliendo con el chico, ¿no? Y dársela delante de las amigas es una forma de hacerlo público y oficial.
Pues eso es lo que más me dolió: que Irene no me hubiera dicho nada antes. En el fondo, yo sabía que Javier Martín estaba quedado con Irene; es normal, vamos, lo de siempre: a todos los chicos les encanta su melena rubia y su cutis blanco, y sus ojos color miel... !¿Por qué a todos los chicos os encantan las melenas rubias y los cutis blancos y los ojos color miel y... ?! ...¡¿Y los... pe... chos grandes y los tipos esbeltos...?!
Porque Irene ya tiene un pecho bien formado... ¡Usa sujetador desde los trece años! Y yo, ya ves, dos te... (bueno, dos de esas) esmirriadillas, y, encima, de lo demás estoy bastante gordita.
¿Es que a ninguno le interesa un chica gordita que traduzca a Cicerón casi de corrido, que lea a Baroja y que gane concursos de cuentos en su instituto?... ¿Y que encima cuente chistes mejor que nadie?
Sinceramente, cuando pienso estas cosas, no entiendo nada, y me entra una gran «decepción existencial», que yo creo que es lo que tenía que sentir Dostoievski, o Miguel Hernández, o Nietzsche (bueno, yo todavía no he dado a Nietzsche, pero, por lo que he oído a mi hermana-la-mayor, cuando habla con sus amigos, y lo que he leído en su libro de filosofía –ella está en COU–, pienso que debía de ser un hombre con profundas «decepciones existenciales» como la mía).
Me gustaría hablar despacio sobre estas cosas, pero no es tan fácil... Al parecer, tratar estos temas resulta un poco pelma...
Espero que a ti no te resulte pelma... No, a ti nunca te parecería pelma leer a Cervantes o a Baroja, ¿verdad?
A Ana le dio un gran vértigo el pensar que su amigo pudiera no entenderla. Pero, si era su amigo –se dijo–, sin duda entendería todas estas «comeduras de tarro» que alteraban tanto su estado de ánimo.
De este modo, siguió escribiendo hasta terminar con una despedida cariñosa. Cuando firmó su carta y la introdujo en el sobre, pensó detenidamente antes de poner un nombre en el anverso. Al fin y al cabo, habían pasado diez días desde el envío de la primera carta, y no había recibido contestación. No tenía certeza de que alguien la hubiera leído...
Ciertamente, la carta había viajado hasta Eduardo Dato, 32, dentro de un carrito como el de ir a la compra, pero de color amarillo huevo. Había sido descargada, junto a otras muchas, que aguardaban destinos diversos. Al parecer, todos los nombres de las cartas tenían su correlativo propietario en la realidad. Todos, excepto Pablo Cifuentes. No existía en el mundo un Pablo Cifuentes que viviera en la calle Eduardo Dato, 32, 28010 Madrid.
El mensaje imposible de Ana había regresado, por tanto, sin desvelarse a nadie, hasta la central de Correos. solo «Remite Ana» en su reverso. Sin más referencias, el sobre fue marcado por un gran tampón, en letras rojas en su frente: «Destino desconocido. Sin remitente».
Luego fue lanzado a un saco, en cuya panza podía leerse, en mayor tamaño, la misma inscripción. Todas las cartas que contenía carecían, igual que la de Ana, de algún dato esencial para llegar a su verdadero destinatario o, en su caso, a su remitente. Habían corrido la misma suerte anónima, y ahora se hacinaban en aquel saco, en espera de que alguien viniera a la central de Correos a reclamarlas.
«Quizás le resulte pelma leer a Baroja. –Ana se encogió de hombros, mientras terminaba de releer la carta que acababa de escribir–. Bien. Pero no por eso voy a dejar de enviarla.»
No entendía qué ocurría, pero un secreto impulso la llevó a inventar un nombre nuevo en su imaginación y una calle desconocida en el mapa callejero de su padre. Esta vez era a Alberto Vázquez a quien el cartero debía encontrar en una calle estrecha, cerca de Cuatro Caminos... calle de los Artistas. Al menos era un hermoso nombre para una calle, pensó.
Sin embargo, a pesar de tener aquel nombre, capaz de presagiar las más fantásticas coincidencias, la calle de los Artistas no contaba entre sus habitantes con ningún Alberto Vázquez. Cuatro días después de que Ana lo depositara en el buzón, el sobre fue devuelto por el portero de la finca al correspondiente empleado de Correos, que llegó, como tenía por costumbre, tirando de su carrito de la compra color amarillo huevo.
–Pues a ver cómo se lo devolvemos a su dueño –dijo el funcionario frunciendo el ceño, cuando leyó el reverso de la carta.
–¿No lleva remite? –El portero alzó los ojos del suelo, que barría en ese momento, sin retirarse el cigarrillo casi apagado entre los labios.
–solo pone «Remite Ana»... –El cartero blandió el sobre color lila en el aire.
–Pues con esos datos...
–Ya ves tú, «Remite Ana». Ni que fuera la reina de Inglaterra.
–Será una bromista, o una chalada de esas... -El portero terminó su frase rezongando hacia el patio, pero el empleado de Correos no la escuchó, pues sabía lo pesados que se ponen algunos porteros cuando se trata de dar conversación, así es que se había marchado, llevándose el carrito repleto aún de cartas, entre ellas la que Ana había lanzado a aquel océano de calles habitadas de anónimos.
Al final de la mañana, un nuevo «Remite Ana» quedaba sin respuesta dentro de un saco enorme que delataba el «Destino desconocido» de todas ellas, junto al rotundo «Sin remitente», que convertía en compañeras de infortunio a todas aquellas misivas dentro de su panza.
Pero lo que empezó como un juego de náufragos, estaba convirtiéndose en una especie de fiebre que no tenía medicina. Algo impulsaba a Ana a escribir cartas y más cartas a nombres sin dueño. Cada tarde, cuando regresaba de clase, se dirigía a su escritorio, sacaba unos folios color lila de su carpetita azul y anacrónica, y comenzaba a inundarlos con retazos de sonrisa o de llanto, o de mirada inquieta y confiada. A diario inventaba un nombre nuevo y un domicilio perdido en el orden perfecto de la guía de calles. A diario sus palabras emprendían un viaje de ida y vuelta sin remedio.
A pesar de que durante todo el mes de mayo se habían sucedido, sin apenas dar tregua al estudio, los exámenes de la tercera evaluación, Ana se las ingenió para seguir manteniendo puntualmente su diaria correspondencia. A veces esperaba a los recreos para aislarse en el pupitre, cuando la clase quedaba vacía y llegaba desde el pasillo, lejano, el bullicio de media hora de libertad otorgada. Otras veces aprovechaba las horas que les dejaban de estudio para garrapatear los sentimientos que deseaba atrapar en el papel, antes de que se los llevara la preocupación por otros temas.
Y siempre, cada noche, después de estudiar, reservaba un buen rato antes de acostarse para pasar a limpio transcribiendo sobre las hojas violetas lo ya escrito, o para escribir algunas cartas más, de tal modo que por la mañana nunca eran menos de tres los sobres que engullía el buzón de la esquina, camino del instituto.
¡Me han dado el primer premio! ¡He vuelto a ganar el concurso de cuentos! Me lo han comunicado esta mañana. Ha llegado Merche Medina a clase. Todos estábamos muy nerviosos, porque iba a leer las notas finales. Pero antes de empezar, ha dicho muy seria:
–Ana Romero Cid. En el Departamento de Lengua me han dado esto para ti.
Y me ha alargado un sobre con el membrete del instituto. Yo, la verdad es que me imaginaba algo, pero una nunca puede estar segura, y además no es cosa de ir por la vida pensando siempre que te van a dar todos los premios del mundo. El caso es que todos se han vuelto a mirarme mientras lo abría en mi pupitre... ¡Ras!, lo abro. ¡Fris, fras!, desdoblo el papel que iba dentro. Lo leo:
«El Departamento de Lengua de este instituto te comunica que tu cuento “La última playa” ha recibido el primer premio del concurso de cuentos Pablo Alonso Tejada». (Ese tal Pablo fue un catedrático de lengua que hubo en el instituto. Al parecer era un profesor de p.m., y publicó varios libros. La verdad es que mi madre, que estudió en el mismo instituto que yo, dice que ella sí lo conoció, y que era un gran hombre.)
»Dicho premio, consistente en un diploma y un lote de libros, te será entregado el próximo día 21 de junio en el salón de actos del instituto. Enhorabuena. Que no lo dejes.»
Y luego firmaban el jefe del departamento y la directora del instituto. ¡Ha sido impresionante! Yo me he emocionado.
–¿Qué dice, qué dice? –me cuchicheaba Mayte, ansiosa, desde su pupitre.
–¡Que me han dado el primer premio! –le he dicho yo en voz baja.
–¿El primer premio? –Irene se ha echado prácticamente encima de mí, desde la mesa de atrás. Yo he estado a punto de decirle que tenía que contárselo a Javier Martín, pero no le he dicho nada. Al fin y al cabo, sé que se reiría y me soltaría una bordería de esas que me suelta, no sé si porque en el fondo me quiere a mí o porque le caigo un poco gorda. Además, a Irene igual le sienta mal si se lo digo...
Pero yo deseaba en ese momento que Javier Martín, el de 3.° B, estuviera a mi lado, y leyese la carta del departamento conmigo, y me dijera algo así como dicen en las películas, o en la serie de televisión esa, un poco cursi, de los jueves (‘¡Qué bueno es ser joven!, creo que se llama la serie). Algo así como: «¡Siempre supe que eras la mejor!». Y luego que me abrazara fuerte y me besara en los labios... Bueno, un beso flojito. Porque yo nunca he dado un beso a un chico...
Creo que de esto ya te hablaré en la próxima carta... El caso es que Merche, la Larguirucha, ha dicho desde la pizarra:
–¡Bueno, bueno! Se acabó el revuelo. Para el que no se haya enterado, Ana. ha ganado el primer premio del concurso de cuentos... –Luego, dirigiéndose a mí añadió–: Ana, ¿te importaría leernos tu cuento?
Ha sacado el original, que se había traído del Departamento de Lengua, y me lo ha entregado. Yo, muerta de vergüenza (y bastante orgullosa, que todo hay que decirlo), lo he leído... ¡Dios! ¿Por qué no estaba allí Javier Martín, el de 3.° B?
Bueno, ¿qué se le va a hacer? Por la tarde, aprovechando que era viernes, hemos ido a tomar una Coca-Cola al Bejarano (es el bar de enfrente del instituto) para celebrarlo. Javier Martín no ha querido venir, pero se nos ha pegado Nacho Guardiola.
Cuando volvía, deseando dar la noticia en casa, he visto a mi hermana Berta, la mayor, con Mario. Mario es el chico con quien sale. A mis padres no les gusta (bueno, sobre todo a mi madre, porque mi padre pasa de estos temas). A mí no me parece malo; es un poco progre, con barbita y bototas de cuero, de esas que solo se encuentran en el Rastro. Estudia primero de Filosofía Pura en la universidad, y es el que habla mucho de Nietzsche con Berta.
A mí me parece muy simpático, a pesar de que es vegetariano y critica mucho a los que comemos filetes. Pero ni bebe ni fuma, y va en bicicleta a todas partes. Yo creo que todas estas cosas, que a mí me hacen gracia, son las que a mis padres no les gustan (excepto lo del beber y el fumar, pero de nada sirve recordárselo), y lo que a mi hermana más le pirra de él. Por eso, cuando surge el tema «Mario», cualquier cosa que digas puede ser utilizada en tu contra, y la casa de pronto se vuelve un manicomio y se llena de discusiones bizantinas...
Volviendo al principio: me los he encontrado a los dos, a Berta y a él, en la esquina; se han alegrado mucho por lo de mi premio, y me han dicho que pensaban ir al cine, pero preferían que mamá no se enterara.
–Le he dicho a mamá –me ha avisado Berta– que estoy en la biblioteca, con Picu y Elena. Volveré en cuanto acabe la película, de verdad.
Yo he asentido, pero me he quedado preocupada; algo me decía que aquel asunto iba a acabar mal.
En casa no había nadie, así que he aprovechado para ponerme un bocata y bajar a Harpo. Harpo es mi perro; se pronuncia aspirando la h, así: Jarpo, como el mudito de los hermanos Marx. Es de lanas color ceniza, con los ojos azules, casi grises. Algún día te enviaré una foto, para que lo conozcas. Ahora que lo pienso... Igual también te mando una foto mía... No, yo salgo muy mal en las fotos. Mejor te mando una de Harpo y otra de mi hermana. No sé, ya veré.
Hemos dado un largo paseo, por los jardincillos de la colonia de chalets que hay detrás de mi casa... Me gusta pasear por esas callecitas tranquilas y frondosas, mientras pienso que leerás estas palabras que yo escribo.
Al volver a casa, estaba ya mi madre. Mi hermana también había vuelto, y estaba hecha un mar de lágrimas en el cuarto. No ha tenido que darme muchas explicaciones: mi madre los había pillado cogidos de la mano en la parada del autobús... En estos casos, mi hermana y yo tenemos un código para entendernos, porque son momentos en los que sobran las palabras: cualquier pregunta o comentario corre el riesgo de ser intempestivo, y volverse en contra tuya, así que abreviamos con una contraseña:
–¿Torquemada? –pregunto yo.
–Torquemada –responde ella.
Y quiere decir que entendemos todo lo que ocurre.
Yo sé que mi hermana sufre mucho. Yo sufro también. Claro, porque quiero interceder por ella ante mi madre, y es peor. MÍ madre, la pobre, entonces se cree que yo estoy en contra de ella, y dice que somos unas malas hijas, que no la queremos y que vamos a acabar con ella; y mi padre, que no sabe a quién dar la razón, nos grita a las tres. Así que todos nos ponemos a sufrir muchísimo, y no sabemos por qué. Entonces me vuelve esa angustia y ese sentimiento de «decepción existencial», y me vengo a llorar un poco al escritorio, y luego me pongo a escribir, como ahora.
Y es que, al volver a casa, después de celebrar mi premio en el Bejarano, deseaba darles la sorpresa a mis padres, pero, eso, creo que ya te lo he dicho, ¿verdad?
De momento, me despido. Un fuerte abrazo.
Ana
P.D.: Se me olvidaba: Merche Medina nos ha leído las notas. Me ha puesto matrícula. No es tan fantástico como te piensas. He descubierto que a los chicos no les gustan las chicas que sacan matrícula. Eso me ha dicho hoy Mayte, en el Bejarano. Y Nacho Guardiola, que es un patoso, ha dicho con una carcajada: «¡Hombre, si saben contar chistes...!». ¡Qué simple es!...
