Renike - Eduany Silva - E-Book

Renike E-Book

Eduany Silva

0,0

Beschreibung

Una voluntaria sale de su zona de confort al interactuar en ambientes menos favorecidos motivada por su sueño de contribuir a un mundo mejor. Sin embargo, durante su camino, se topará de frente no solo con situaciones diametralmente opuestas a la suya, sino que ella misma se dará cuenta de que su vida sufrirá un giro de 180 grados, al descubrir que la ayuda siempre es recíproca y a veces no viene en la forma en que la esperabas. Este libro es un viaje. Un viaje que te llevará hasta África, a Mozambique, pero que también te transportará al interior del alma humana conectando ideas, emociones y acciones, las cuales sobrepasan barreras de lenguaje, culturales, religiosas y filosóficas. Te enseñará que hay lugares, personas y decisiones que crean historias muy difíciles de olvidar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 233

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.


Ähnliche


© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Eduany Silva

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

Ilustradora : Shione Hara

Primera Editora : Yeni Rueda

ISBN: 978-84-1144-548-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para mamá,

por amarme más de lo que se ama ella,

y a las mujeres que han tocado mi vida.

Prólogo

Antes de dar inicio a este prólogo, que no hará justicia a la obra, he de agradecer a Eduany el tiempo y la dedicación que ha depositado tras estas páginas para construir y regalarnos Renike. Con la gran cantidad de obras que ven la luz hoy por hoy, el lector se sentirá tremendamente agradecido por poder leer algo que de verdad es diferente, que se siente verosímil y que no nos deja indiferentes.

Una de las claves que me gustaría resaltar es la veracidad de los personajes. Todos mantienen el decoro continuamente, haciéndolos completamente creíbles y fácilmente imaginables, algo que no es nada sencillo de conseguir. Los diálogos (con algunos en portugués), la diversidad de caracteres, el pasado que no se nos deja ver del todo de la protagonista narradora… Todos estos factores suman a la hora de sumergir al lector en la realidad de cada uno de los personajes que tenemos el placer de conocer.

Por otro lado, otra clave importante que rodea a todos estos grandes personajes es el escenario, el paisaje, el contexto en el que se mueven. Porque no solamente la protagonista viaja para ver mundo, sino también para cambiarlo, y esto la lleva hasta Mozambique. Sus condiciones quedan perfectamente representadas gracias a la autora, que demuestra un gran dominio del contexto político y social de la zona.

Esta mezcla exacta y equilibrada provoca que la trama principal se desarrolle con naturalidad, sin sentirse forzada, con una prosa precisa y armoniosa que lleva al lector a un lado y a otro en pos de seguir leyendo hasta conocer la resolución de aquella.

Por tanto, solo me quedan palabras de agradecimiento y admiración para Eduany por habernos deleitado con esta novela. Muchas gracias por este regalo que nos has hecho. Estoy seguro de que tu novela viajará hasta los rincones más inesperados y que entretendrá y ayudará a quienes la necesiten.

Agradecimientos

Amalia

Toskary

Aldair

Pavòn

Benjamin

Alejandra

Yanny

Yeni

Frida

Araceli

Eufrosina

Pavel

Lucia

Jasmín

Luz

Trine

Elisabeth

Carmen

Laura

Karime

Jonathan

Patrick

Teaghan

Cassidy

Danae

Martin

Diana

Nikki

Ryan

Jess

Jen

Fernanda

Choert

Javier

Juliana C.

Kristel

Alena

Andrea

Renata

Gabriela

Pamela

Camila N.

Sophie P.

Angel

Aaron

Sophie W.

Julie

Camila B.

Amanda

Fran

Cora

Eva

Alaita

Juliana R.

Cedalia

Jenifer

Chiara

Sebastian

Denise

Paige

Grace

Jason

Guchi

Merce

Regina

Olga

Aracel

Angelica

Belmira

Aida

Jiwon

Vanessa

Martha

Queen

Desire

Parte ITransición en Maputo

Viernes, 26 de octubre, 2018

Hace cuatro días que estoy en Maputo. Apenas hoy he podido tomarme unas horas, regaladas por el insomnio, para escribir esta entrada. Prefiero escribir de madrugada: el aire fresco corre por la ventana de esta pequeña habitación y lo callada que es la noche me brinda paz, interrumpida solo por la banda sonora de los grillos. Sé que es mi mala costumbre de agarrar esta libreta como diario o bitácora de viajes; siempre he procurado escribir para poner en orden mis pensamientos y este espacio lo refleja. También, hasta ahora, he procesado mejor todo lo que he vivido desde que llegue a África y creo que es el momento para contarlo. Esta vez me he tomado mayor libertad con mis sentimientos, aunque no me gusta hacerlo porque esos van y vienen de acuerdo al día. Por eso siempre he valorado más mis ideas, porque esas no vuelven una vez que te dejan.

Bob Dylan tenía razón cuando escribió Mozambique. Sí es una tierra mágica con personas alegres que les encanta bailar y puedes encontrar el amor en sus playas; contrastando con la idea que, usualmente, se plantea cuando les cuento a mis amigos dónde me encuentro. Ellos piensan que solo existen niños con barrigas grandes, viviendo en pequeñas aldeas y en estado de hambruna, muchos animales salvajes corriendo por la sabana. No los culpo, es la idea que han sacado de National Geographic. Aunque no es del todo distante: sí estoy en unos de los países más pobres del mundo, sí existen animales salvajes, pero la realidad es más compleja que eso. Poco a poco, con diversas anécdotas de viaje y fotos, les he ofrecido otra imagen del país. Pero algunos aún se pierden dentro de la geografía del extenso continente africano; como una amiga que me envió un mensaje diciéndome que me cuidara del ébola y yo le contesté que gracias, pero esa epidemia se encontraba en auge en el Congo, la ubiqué en el globo terráqueo diciendo que encontrara la isla de Madagascar y a un lado está Mozambique, para darle a entender que no estaba en el mismo lugar.

El lunes llegué en un vuelo nacional —proveniente de Quelimane, capital de la provincia de Zambezia, en el centro de Mozambique— de la aerolínea LAM (Línea Aérea de Mozambique), que solo tiene 4 aeronaves. En otro contexto social, sería una operadora low-cost por sus servicios básicos; sin embargo, aquí el transporte aéreo es un lujo. La mayor parte de la población no puede pagar y, por ende, la empresa no ve la necesidad de invertir en la flotilla. Tras dos horas de vuelo aterricé justo aquí, en la ciudad más grande del país y considerada su vórtice comercial: Maputo.

Esta ciudad representa para mí el cierre de un ciclo, de una aventura; así como las tortugas regresan al lugar que las vio nacer para desovar una nueva generación, así he vuelto al sitio donde comenzó mi travesía personal. En esta aventura he reafirmado mi teoría sobre la vida, que nuestra existencia está regida por tres conceptos: un lugar que te cambie la vida, una persona a la que no podrás olvidar o que te ayudará a descubrirte y una decisión que cambie tu suerte, el punto de no retorno.

Este viaje de regreso lo hago con Roberto, mi compañero de equipo y mejor amigo. Cuando llegamos a la salida del aeropuerto internacional de la ciudad, un sentimiento de nostalgia se apoderó de mí. Estábamos afuera conversando, atentos al vehículo de la ONG que nos recogería. Yo fumaba como de costumbre, Roberto me hacía miradas que ya dejara el vicio —tal como la primera vez que cruzamos esas puertas; teníamos seis meses de haber llegado a Mozambique, «Moz», llamada cariñosamente por los voluntarios— mientras recordábamos lo que nos trajo a estas tierras: una inocente búsqueda de Google, la huida de nuestra rutina de oficinistas, la idea y ganas de buscar algo significativo de la vida, la audacia de embarcarnos a lo desconocido para buscar un cambio de perspectiva. Algo que definitivamente nos sacara de nuestra zona de confort.

Y así, ambos en nuestros veintitantos con las ganas de salir del statu quo, nos embarcamos en un viaje con sentido social. Roberto quería tomarse un descanso de su exitosa carrera corporativa reflejada en su Golden American Express. No poseía apellido ni abolengo ni familia rica, había ganado cada ascenso por su esfuerzo y estudios. Su padre era ganadero a pequeña escala y su madre, repostera. Tenía una hermana que era 6 años menor que él y no se frecuentaban por el exceso de trabajo de su vida en Buenos Aires. En realidad, solo le hacía falta casarse para tener la vida que venden los comerciales, comentario que amigos mayores y jefes sacaban a relucir en cada asado. Un día, lo sorprendí en una llamada de 3 horas y me confesó que su mentor —llamémosle su hada madrina— le dijo que se tomara un año sabático antes de dar el paso definitivo hacia el matrimonio. Roberto tomó el consejo al pie de la letra y se fue al Amazonas para luego enrolarse en el programa de voluntariado.

Yo quería salirme del círculo vicioso de las apariencias, las fiestas con amigos me habían cansado, nuestras conversaciones giraban sobre quién planearía la siguiente fiesta, a qué amiga le habían sido infiel, los chismes familiares y, sobre todo, los planes de negocio para agrandar la cuenta bancaria. Mi apellido materno era conocido en todo Oaxaca, pertenecía a un legado de tres generaciones de una familia chocolatera que también había incursionado en hotelería y política; entonces dudaba constantemente si las personas se acercaban a mí por conocerme o porque ya sabían quién era. Eso me volvió insufrible y muy desconfiada, hasta de mis propios logros. Por ejemplo, el trabajo que tenía lo había conseguido gracias a las amistades de mi madre, así que no sabía si lo hacía bien o si no me podían correr.

Todavía no sé si fue el algoritmo del buscador o algo del destino, pero a los dos nos mandó a la misma oficina filial en Estados Unidos. Hubo días en que no creí que completaríamos el programa de entrenamiento obligatorio para venir a Moz. Fueron seis meses que se sintieron como años y eso nos unió como una familia. Prueba de ello fue el viaje a Wisconsin. En ese entonces éramos cuatro en el equipo, Roberto era el único hombre. Era pleno invierno de enero, a menos 15 grados centígrados. Estuvimos recaudando fondos de 9 a. m. a 5 p. m. en la intemperie, se nos quemaron las manos por el frío a pesar de los guantes y las bolsitas de calor, tuvimos calambres en los pies por estar parados y me puse de mal humor. Ese día, por la mañana, había discutido con Roberto por el couchsurfing que consiguió, no recuerdo exactamente el motivo de la pelea, pero sí que se molestó mucho. Se nos pasó el drama en el transcurso del día y gracias a mis habilidades administrando el presupuesto, terminamos hospedados en un Holiday Inn.

Aunque no reunimos la cantidad que necesitábamos en el evento, nos dimos la libertad de relajarnos en el jacuzzi del hotel. Compramos una botella de vodka y una de Rosé —sabía a jarabe para la tos— que se terminaron nuestras compañeras de equipo. Al despertar me di cuenta que éramos tres en una sola cama, porque la otra la mojó una compañera que se orinó. Por ese y todos los momentos en los que nos hemos ayudado el uno al otro, sobrellevando nuestras dudas, alegrías, tristezas, pero sobre todo por nuestros dramas, mi amistad con Roberto es brutalmente honesta.

Volar de Quelimane a Maputo nos ahorró dos días de viaje por carretera en NAGI, la empresa de autobuses que recorre el país, aunque nunca supe su significado. Es la única donde no dejan subir animales y por ende se le considera de primera clase. Esto lo sé porque cuando llegamos de Massachusetts —al iniciar oficialmente nuestro periodo de voluntariado— tuvimos que movernos por tierra. En esa ocasión tuvimos que salir a las cinco de la madrugada de Maputo para recorrer 3,943 km hacia el norte, yendo justo al centro del país. Fue así como conocimos más de la mitad de la superficie de un territorio de 4,783 km. Observé la tierra de sus planicies color ladrillo, a la cual la vegetación a veces dejaba desnuda. En otros trayectos, los árboles y las montañas rocosas al lado de la vía —que resguardan el Parque Nacional de Gorongoza— nos cubrían del inmenso sol; también observé los pequeños pueblos a orilla de carretera, donde la gente vendía sus verduras en canastas o bajo un plástico. Usualmente eran mujeres y niños quienes corrían al autobús para ofrecer elotes asados sazonados por el polvo de los carros, al igual que las medidas de cacahuetes en latas de sardina. Como el vehículo andaba a poca velocidad, había personas que aprovechaban y compraban por la ventana. Era tanto el meneo del autobús que nos golpeábamos la espalda en una carretera destruida por inmensos hoyos, que terminaron por reventar una llanta. Durante ese viaje hicimos una parada en la ciudad de Chimoio, perteneciente a la provincia de Manica. En las tres horas del transbordo de pasajeros aprovechamos para comer algo y apreciar, a simple vista, el desarrollo económico de una ciudad industrial con carreteras de doble carril totalmente iluminadas y pavimentadas; los centros comerciales en edificios nuevos y la visible contaminación del aire por las fábricas; autos de lujo circulando en sus vías y demasiados comercios en la calle con el bullicio de los transeúntes. Era una ciudad normal, en apariencia, que nos sacaba de la realidad que hace unas horas teníamos. La ciudad no era distinta a ninguna de nuestros países y nos tenía en shock; era un cambio radical entre las diferentes aristas que puede tener Mozambique. Nuestro destino era el distrito de Nicoadala —en la provincia de Zambezia—, cuya ciudad principal es Quelimane.

Mientras esperábamos que llegaran al aeropuerto por nosotros y acostumbrados a la espera paciente —debido a la inexistente puntualidad—, recordé que el primer día de los dos —y después de pasar por varias provincias— nos quedamos a dormir en el autobús. Existe una ley en el país que no permite, por seguridad, al transporte público estar en carretera después de las nueve de la noche; supongo que, ante las condiciones de desempleo, es mejor evitar atracos y no correr riesgos.

El autobús se estacionó en algún pueblo a orilla de la carretera, donde la luz proveniente de las cantinas conocidas como barracas nos iluminaba. Cenamos en un take away; pequeños restaurantes tipo fast food, donde la comida ya está hecha y puedes escoger la combinación que quieras en tu plato, aunque no cuentan con suficientes mesas ni baño por lo que tienes que comer en el patio del establecimiento. Tampoco existe variedad en sus platillos: solo tienen pollo frito, papas fritas, frijoles, arroz y algunas legumbres cocidas con sabor amargo que se llaman ralish.

Después de cenar, y por razones obvias, no pudimos dormir, puesto que el autobús tenía sobrecapacidad, empeorada por las personas paradas en los pasillos. El baño no servía y tuve que orinar entre los matorrales mientras Roberto me alumbraba con una linterna. ¡Qué envidia, quisiera poder orinar parada! Los sufrimientos que me hubiese ahorrado en esa ocasión, cuánta ventaja tienen los hombres, ellos jamás entenderán la posición «de aguilita».

La noche refrescó un poco, pero los mosquitos nos comieron vivos a pesar del repelente. Además, durante el día la temperatura sobrepasaba los 42 °C, pues llegamos en el inicio de la estación seca (mayo-octubre); basta recordarlo y me comienza a doler la espalda. Afortunadamente, para el viaje de regreso, la oficina central nos envió los boletos de avión, cosa que usualmente no sucede, pero sin esos viáticos hubiese pensado dos veces antes de comprar el boleto, por lo caro del precio. Milagrosamente, evitamos el suplicio del viaje terrestre. Sabía que no tendría la fuerza psicológica, física ni emocional para volver a viajar de ese modo.

Tras una hora, al fin nos recogieron en el aeropuerto y nos llevaron, una vez más, a las oficinas centrales de Maputo, en las afueras de la ciudad, haciendo un trayecto de dos horas. Ahí, una última vez, nos hospedamos dentro del complejo de viviendas para empleados; donde hay un bungaló para nosotros llamado «Casa de los voluntarios»; son tres habitaciones pequeñas, cada una con dos camas individuales, cubiertas por un mosquitero que está sujetado del techo, una mesa mediana con una silla de madera son los únicos muebles que tiene, por lo que no hay espacio para moverse dentro de ella y un solo baño entero grande. La primera vez que llegas es impresionante ver las paredes de sus tres habitaciones con mensajes escritos y dibujos de los voluntarios que se han hospedado ahí. Tiene toda la vibra a hospital psiquiátrico o cárcel, como en las películas; pero es que es la tradición escribir tu nombre, nacionalidad, año y filial de origen (Estados Unidos, Dinamarca, Inglaterra y China), como si fuese un anuario. Desde ese momento ya me preguntaba dónde escribiría el mío.

El lunes y martes, Roberto y yo estuvimos ocupados siguiendo el protocolo para la conclusión del periodo de servicio: exámenes médicos, un informe sobre nuestro trabajo a presentar y los trámites de visado. Fue la buena reputación que nos ganamos, la que permitió nuestro regreso en avión a Maputo, eso descubrimos al llegar con el director general de los voluntarios. Las cosas se nos hacen más simples ahora que nos vamos, hemos ganado confianza después de nuestros resultados presentados y las buenas recomendaciones de nuestros jefes. Las restricciones han disminuido y por eso, desde que llegamos, nos sentimos con el derecho de tener un día libre una vez terminado el papeleo.

Nos aventuramos el miércoles a utilizar el transporte público de la ciudad, evitando pagar un taxi privado que tiene precios de acuerdo a tu color de piel: entre menos melanina, más cuesta; o peor aún, «la chapa»; una miniván donde caben 24 personas que, sin importar su tamaño, es una lata de sardinas. No la recomiendo a turistas, suelen caer fácilmente ante la buena voluntad de algunos jóvenes que prometen fungir como guías por la ciudad y terminan robándoles sus pertenencias. Por este tipo de incidentes a Maputo se le adjudica la mala fama de ciudad insegura. Sin embargo, tras haber vivido aquí, puedo decir que es tan peligrosa como cualquier otra urbe en Latinoamérica. Al ser de México, y Roberto, de Argentina, tenemos otra manera de medir el riesgo de las ciudades. Bajo estos parámetros, Maputo es segura si tienes los cuidados necesarios. La verdadera razón por la que nosotros le huimos a la Chapa es por la sensación de romper la ley de la física: «Dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio». Por todo esto tomamos la oportunidad de experimentar el enorme autobús de color rojo. Existen dos rutas, de sur a centro y de centro a norte, cada ruta tiene dos camiones que hacen el recorrido en una hora. Dentro del vehículo hay un personal para verificar que pagues al subir y que no haya incidentes. Para nuestra sorpresa resultó muy limpio, seguro y organizado. Obvio porque es nuevo, además cuesta el doble que la Chapa.

En el traslado nos dimos cuenta que el horario del tráfico es a las 7 a. m. —cuando todo mundo entra a trabajar— y a las 5 p. m. —cuando salen—. En la ruta del sur a centro notamos un predominante número de personas mayores y mujeres. Es de mi entender —de acuerdo a las estadísticas que he leído— que el empleo predominante para mujeres pobres en Maputo es la limpieza en casas u oficinas o cuidando niños; este tipo de características me hace pensar en los dichos de mi abuela: «La vida es igual aquí y en China». La mayoría de hombres mayores que predominaban solo hablaban de política, un señor hasta nos empezó a hacer plática para saber qué opinábamos de su gobierno. Lo que nos salvó de contestarle fue que ya habíamos llegado a nuestro destino. Honestamente, hubiese dejado que Roberto contestara por los dos, como lo había hecho cada vez que lo veía con mi mirada de fastidio ante la situación.

Durante el trayecto, reímos al recordar lo estúpidos e ignorantes que fuimos al llegar por primera vez, ya que nos preguntábamos sí tendríamos luz y agua en nuestra casa. Nuestra duda estaba justificada: en el entrenamiento —durante las conferencias con los coordinadores del proyecto— se había ido la luz tres veces, teniendo que reagendar días después. A lo largo del tiempo que hemos pasado aquí, aprendimos que usualmente el país tiene fallas eléctricas los domingos y tres veces al mes de manera alternada, por eso siempre cargamos nuestra batería externa y linternas. También se pierde la señal telefónica e internet una vez al mes —durante casi todo el día—; para mí no fue tan grave al compararlo con la hiperconectividad de Estados Unidos, pero debo admitir que al principio se me hizo un poco difícil. Las carcajadas aumentaron cuando recordamos que los popotes para filtrar agua que trajimos nunca los usamos. El departamento de logística de la filial nos incitó a comprarlos, pues ningún voluntario sabe, en concreto, las condiciones reales del proyecto o de vivienda. Aun con el entrenamiento, estábamos temerosos gracias a los relatos que nuestros compañeros compartían al regresar del servicio. Por ejemplo, alguien me contó que su cuarto de baño era un cerco de varas forrado con bolsas de plástico: estaba mal hecho, era obvio que los vecinos podían verle y por eso solía bañarse solo de noche. Ese día comprendí que esa falta de conocimiento y de seguridad es el principal motor que maneja tus emociones en toda esta aventura.

Después de la plática, bajamos del autobús al iniciar las calles del centro histórico. Relajadamente recorrimos a pie las amplias avenidas principales de la ciudad: Mao Tse Tung, Vladimir Lenin, Karl Marx, Kim II Sung, que honran el periodo socialista del país y resultado de los quince años de guerra civil mozambiqueña, posindependencia, entre el partido FRELIMO —que ocupa el poder— y el movimiento opositor RENAMO. Este periodo de incertidumbre y muerte en la guerra civil es perfectamente retratado por el poeta mozambiqueño Mia Couto, en Tierra sonámbula. Con esta cita entendí el sentimiento de los mozambiqueños por la guerra: «Por eso hicieron esta guerra, para envenenar el útero del tiempo, para que el presente diera a luz monstruos en lugar de esperanza […] Porque esta guerra no se hizo para sacarte del país, sino para sacarte el país». Esa novela la tuve que leer tres veces para entender la narrativa, no por el idioma; era muy compleja al describir el entorno social durante aquel tiempo. ¿Qué fue de ese libro? ¿Lo regalé? ¿Lo perdí? ¿Lo llevo en la maleta?

Continuamos por la avenida 24 de julio —que lleva ese nombre en conmemoración de su independencia en 1972—, donde se encuentran los edificios construidos en la época colonial portuguesa. Los pocos que quedan en buenas condiciones reflejan la arquitectura de fachadas rectangulares blancas o de colores pálidos, con balcones y herrería detallada, columnas delgadas, arcadas y azulejos decorativos, por decir lo más obvio a la vista. La mayoría de las construcciones con esas características ahora fungen como oficinas de gobierno, galerías, restaurantes o museos. Esta vez, fueron 8 veces las que Roberto me hizo gestos de fastidio al escuchar mis datos curiosos sobre la historia o arquitectura. Me molesta ir a esos lugares con él porque se aburre rápido y no me deja disfrutar las cosas que me apasionan y que aporta a mi formación de historiadora.

Era fácil notar a simple vista la diversidad religiosa, entre el islam, catolicismo, cristianismo y sus variantes. Las grandes mezquitas reafirman la mezcla de identidad árabe-musulmana con la africana. Me parece interesante que la cercanía de Maputo con Sudáfrica ha ocasionado presión social para imponer un aire occidental en las futuras obras arquitectónicas; lo noto en el nuevo puente colgante financiado por China. La población india se enfocó en construir centros comerciales y eran los que manejaban el comercio antes de la entrada de China. Sin duda, la ciudad de Maputo es un encuentro del presente con un dejo de añoranza al pasado. Se aprecia una convivencia de la población africana con comunidades de diferentes etnias, que se entrelazan en el bullicio del centro comercial. Esto se difumina con la esencia relajada portuguesa que se encuentra a la orilla de la bahía.

Después de recorrer a pie muchas de las calles de la ciudad, decidimos ir al bar por avenida Marginal. No me acuerdo de su nombre, pero se destacaba por tener una vista elevada donde se veía toda la avenida costera. Usualmente no frecuentamos lugares tan caros, pero era una ocasión especial: nuestro último día en Maputo, juntos. Desde la terraza del restaurante se veía un poco de la catedral (a la que no fuimos por lo lejos que nos quedaba), también el puente que une la ciudad y los hoteles de lujo, edificios altos que se encuentran cerca del muelle. Hice un simple bosquejo después de tomarme varias fotos con aquel panorama.

Conocimos este sitio en nuestros primeros días gracias a Juliana. Es una tradición que entre voluntarios nos guiemos, ya que siempre hay un equipo residente a la llegada de otro. El equipo de Juliana venía de la filial de Inglaterra; aunque ella y su compañera no armonizaban bien en el trabajo, ya llevaban tres meses de servicio con el proyecto de educación. El coordinador general de voluntarios le encomendó a Juliana ser nuestra host. Una tarde nos llevó a ese lugar para comer pizza y a probar nuestra primera 2M. No sé qué signifiquen las iniciales, pero es la cerveza principal de Mozambique. Era un gesto de bienvenida de Juliana, quien había aceptado encantada ser nuestra guía. Tenía mucho que platicarnos sobre su proyecto, necesitaba alguien con quien compartir sus frustraciones y, sobre todo, quería ayudarnos a que la adaptación fuese fácil.

Con la brisa del mar refrescando la tarde noche, disfrutamos una vez más la experiencia de comer y beber ahí, con la música en vivo de fondo, donde una señorita cantaba en shona (una de las principales lenguas natales mozambiqueñas). La acompañaban dos tambores de diferentes tamaños que tocaba un joven apuesto y musculoso, mientras otro, de complexión flaca, pero muy carismático, hacía sonar una especie de maraca. Era un ritmo que me hizo mover las caderas a pesar de que nunca me ha gustado bailar; porque no a todos los latinos nos gusta bailar, como dicta el cliché. A estas alturas, ya no sé si no me gusta bailar o si son demasiados traumas causados por mis dos pies izquierdos y la falta de ritmo.

Roberto le preguntó al mesero por el nombre de la canción, pero no la recuerdo, y después se me olvidó preguntar de nuevo. El sabor de la pizza de mariscos —hecha al horno de leña—, los choquinhos salteados con mantequilla y el bacalhau assado com camaroes nos sació el hambre que traíamos. Aquellos exquisitos manjares reanimaron las pupilas gustativas de mi boca y bajos los efectos de varios mojitos recordé la voz de Juliana explicándome las reglas tácitas del voluntariado. Entre ellas, la de estar presente en los momentos de buena comida y los lugares que se vuelven mágicos al convivir con amigos, ya que de ahí sacas fuerza para sobrellevar lo demás.

Juliana, a sus treinta y cinco años, tenía un porte elegante. Podía lucir bella y sofisticada con harapos y sin maquillaje. Ella lograba una armonía entre el estilo de sus ropas, que no todas podemos. Su sonrisa blanca seducía con cada carcajada, al igual que su cuerpo voluptuoso. Por esa personalidad encantadora era innegable que fuese brasileña. Para nosotros conversar juntos era como una clase intensiva de portugués, que en ese momento no dominábamos y ella, muy amablemente, nos ayudó a tener la confianza para practicarlo.

Algo que nos sorprendió mucho fue saber que todos llegamos por una búsqueda en internet y una decisión personal. Aunque no entendemos por qué, a pesar de ser los tres de Latinoamérica, solo a mí y a Roberto nos enviaron a Estados Unidos, mientras que a ella le tocó Inglaterra. Yo quería saber qué datos tenía Google para haber tomado esa decisión. ¡Por supuesto que me hubiese ido Inglaterra! Aunque, siendo justa, Juliana tampoco sabía de la existencia de otra opción, pero nos dijo que, si la hubiesen mandado con nosotros, ella desistiría del programa y todos reímos. A nadie le gusta vivir en Gringolandia.

El entrenamiento que recibió antes de venir fue un drama: peleas con su equipo, problemas con la institución, la falta de coordinación en los proyectos y con los demás. Así como nos sucedió a Roberto y a mí. Al parecer no importa dónde te toque, al final es el mismo reality show. Sin embargo, nos encontrábamos celebrando las coincidencias de la vida. Me acuerdo muy bien cuando Roberto le preguntó muy sorprendido —y con un tono sarcástico—: «¡Me estás jodiendo! ¿Qué lleva a una banquera de su categoría a ser voluntaria en África?». Ella comenzó el relato sobre la telenovela que había sido su vida hasta ese momento, relato que me confirmó la supremacía de las telenovelas brasileñas sobre las mexicanas.

Al terminar la narración, Roberto y yo entendimos el motivo de la tristeza en su mirada a pesar de sonreírle al mundo y a nosotros. Fue entonces que, al calor de varios whiskeys