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En un rincón olvidado del sur de Chile se encuentra la isla de San Millalobo. Un lugar de tradiciones ancestrales y ritos oscuros, donde el eco de una advertencia resuena en sus laderas: "nadie debe escapar". Los aldeanos cazan y queman lagartijas para recibir un nuevo año, como parte de un ritual. Pero las escamas no se queman igual que la piel. En el centro de este caos, tres jóvenes descubrirán la verdad. Un horror que sale a la luz, tan inevitable como la peor de las enfermedades. Las bestias regresan con otro tamaño. Los aldeanos se convierten en reptiles. Un apetito voraz se cierne sobre ellos.
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Seitenzahl: 239
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Reptilia
Sello: Nepenthe
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Carlos Rendón Bejarano
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Felipe Montecinos
Corrección de textos: Felipe Reyes
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6183-55-6
ISBN digital: 978-956-6386-47-6
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Agitando el brazo para alejar las chispas de su chaleco de lana, Gabino miraba absorto la escena con sus ojos pardos y vivaces, pensando en que el solsticio de verano por fin había terminado y una friolera de doscientos cuarenta y tres lagartos ahora se volvían cenizas frente a sus ojos. Todavía era demasiado joven para saber si eso era bueno o malo, pero su mamá le había dicho que mientras más, mejor, ¿y qué argumentos tenía él para decir lo contrario? Si incluso había dado muerte a cinco de ellos.
Un hombre se paró del otro lado de la fogata, llamando la atención con los brazos extendidos hacia los lados.
—Este será un gran año. Uno de los mejores, sin duda alguna. ¡Gracias por ser parte de la caza y quema de este año! —sentenció por fin don Basileo, líder de la comunidad y actual alcalde del pueblo.
En San Millalobo existía una especie de plaga de lagartos desde los tiempos en que vivía el tatarabuelo de la mujer más anciana del pueblo, doña Yota. Todos los años, en la misma fecha, se tributaban los lagartos para un buen comienzo del nuevo ciclo, pero no tardaban en salir de nuevo. Casi como si el fuego no los matara, sino que los regresaba a la tierra y volvían a salir de sus madrigueras al otro lado de la isla, intactos, apenas con la punta de la cola chamuscada. Gabino pensó en esa posibilidad mientras comenzaba a sonar la música del festival.
—¿Vamos a bailar? —lo interrumpió una joven a su lado, apenas un año mayor que él.
—Ni ahí —dijo Gabino—. ¿Te diste cuenta de que faltan lagartos?
—No sé, no me fijé, se prendieron hace rato. ¿Y qué importa el número de lagartos? Lo que importa es que haya, así funciona esta cuestión.
—Sí, pero… no, nada —dijo él mirando fijo la bola de fuego, luego se giró para mirarla a ella—. Bueno, vamos.
No había tantos jóvenes en la isla y eso llamaba la atención de los más ancianos. Se temía que hubiera una pandemia de infertilidad o que quizás la población, al estar tan entrelazada entre sí, se había vuelto genéticamente demasiado similar como para crear nueva vida. Corría el rumor de una mujer que había dado a luz a su propio abuelo, recientemente fallecido. Y, si bien había personas que llegaban a San Millalobo, prácticamente todas, producto de naufragios, no eran suficiente para revitalizar un gen gastado. Desde ahí que la población menor de edad en la isla no superara la veintena. No era de extrañar que entre todos se conocieran e hiciesen cosas juntos regularmente, tal como era el caso de Gabino y su mejor amiga, Ana. Ambos bailando alrededor de las llamas, levantando los brazos, girando sobre sí mismos con los ojos cerrados, con cuidado de no chocar uno contra el otro. Ana había cumplido recién los quince años y comenzaba a pensar en Gabino con mayor frecuencia.
—¡Sin caerse! —gritó ella sin dejar de girar.
—¡Te gustaría! Si te caes es un año entero de mala suerte, ¿sabes?
—¡La única mala suerte es seguir en esta isla! —le gritó al joven, intentando derribarlo—. ¡El que se cae, se queda para siempre acá!
Ana sabía, o al menos creía con tanto fervor que se transformaba en conocimiento, que fuera de San Millalobo había cosas impresionantes. Su hermano, famoso por ser el único que había conseguido salir de la isla, le había hablado cuando aún era una niña de un mundo brillante y agitado, donde la gente se movía en botes con ruedas, hablaban entre sí, aunque estuviesen a kilómetros de distancia, y nadie conocía de esa isla perdida en el fin de los mares. No sin culpa, pensaba que quizás hubiera sido mejor que aquel festival fracasara y así, de una vez por todas, había una buena razón para que la gente abandonara San Millalobo.
Gabino era un bailarín nato, sus piernas se movían con la gracia de un hombre entrenado para moverse entre árboles, montañas y roqueríos por igual. Aun así, su mente estaba en otra y terminó tropezándose con uno de los palos que habían acumulado para hacer la fogata. Se fue de bruces hacia el fuego, pero Ana lo agarró del brazo justo a tiempo. Durante un segundo, ambos se miraron, sus ojos iluminados por un brillo carmesí y el rostro cubierto de sudor. A su alrededor los adultos seguían bailando con los ojos cerrados y girando sin parar. Olía a tierra y carne quemada. Ellos permanecieron así, estáticos en medio del carnaval, interrumpidos solo por un empujón que le dieron a Ana por la espalda y que los llevó a ambos a caerse, por suerte no contra el fuego. Rodaron por la tierra esquivando los pies ciegos de quienes seguían bailando, mientras la causante del accidente los seguía de cerca, hasta que por fin estuvieron los tres fuera de la ronda.
—Gracias, Ten, muchas gracias —dijo Ana limpiándose el polvo de los pantalones—. Ahora me voy a morir en esta isla.
—Perdón.
—No seas mala con Ten —dijo Gabino, sujetándose el hombro que había sufrido más daño con la caída—. Pensé que no ibas a venir.
—No iba a venir, porque no pude agarrar ni un solo lagarto —respondió la niña.
—Da lo mismo, yo agarré cinco, podemos decir que yo me quedo con dos y tú con tres —sugirió Gabino.
—¿En serio? —dijo Ten con los ojos brillantes, en parte por el brillo de la fogata, pero principalmente por la propuesta de su amigo.
—Obvio.
—Ya, basta —dijo Ana interrumpiéndoles—. Yo agarré cuatro, si quieres te doy los cuatro.
—¿O sea que agarré siete? —exclamó Ten—. ¡Sí! Es un número de buena suerte.
—Sí, ¿por qué no? —respondió Ana mientras terminaba de arreglarse la ropa, tratando de estirarse el poncho sin éxito.
Apartándose un poco de la dupla, Ana se sacó el poncho para verlo más de cerca, pues una textura rugosa le impedía ordenarlo como quería. Pasó sus dedos por la lana, desde el cuello hasta la caída, pasando por las costuras finamente tejidas. Y fue entonces que sus dedos se encontraron con una textura extraña adherida al poncho, como miel o sabia pegada. Incapaz de analizar la masa endurecida solo con el tacto, se acercó a la fogata con el poncho bien estirado en sus manos para ver, por fin, que el origen del problema era una textura escamosa que se había pegado a la prenda. Seguramente en medio de la caída había pasado a llevar algún lagarto o algo por el estilo, lo que no sería tan raro realmente. Con cuidado, usando la uña, comenzó a descascarar el poncho, solo para darse cuenta de que, haciendo tal acto, el dedo había atravesado la tela y ahora su mejor prenda tenía un hoyo de tres centímetros, como si las escamas no se hubieran adherido a la tela, sino transformado en ella. A Ana se le paró el corazón por un instante.
—¡Oye, Ana! —la voz de Gabino la interrumpió—. Vamos a ver si podemos entrar a la iglesia aprovechando que el padre Lancao está borracho, ¿vienes?
—Sí, voy enseguida —dijo Ana imitando su mejor cara, poniéndose el poncho de tal manera que el hoyo pasara desapercibido.
Esa noche la mayoría de la isla no durmió y, dicen algunos, que tampoco la siguiente. La fiesta de la caza y quema ocurría solo una vez al año, y cada miembro de la comunidad se preparaba de la mejor forma posible para olvidar cualquier problema o diferencia que tuvieran para compartir y aportar a la ofrenda de lagartos, como lo hicieron antes sus padres y así mismo sus abuelos y bisabuelos. El viento frío de la Patagonia, apaciguado por la fogata, parecía inspeccionarlo todo a medida que la noche avanzaba. Vio a doña Yota metiendo la cabeza dentro un árbol en busca de nuevos ingredientes para sus pócimas, vio al padre Lancao arriba de la mesa haciendo como que jugaba a la rayuela, vio a don Basileo quemarse la boca intentando comer una lagartija achicharrada, y vio al trío de jóvenes escabullirse en la iglesia del pueblo y embriagarse con vino y licor de calafate. Desde ese día no volvieron a aparecer lagartos en San Millalobo.
A pesar de su aislamiento y clima duro, San Millalobo era un lugar agradable para vivir. Al ser un pueblo pequeño, los caminos estaban regularmente con gente, hombres y mujeres trabajadores, ancianos y unos cuantos niños. Contaba con un restaurante, un terminal lleno de botes pesqueros, amplias playas, talleres de carpintería, la iglesia que daba de frente a la plaza principal donde la gente iba a pasear y a realizar actividades comunitarias, todo rodeado por un bosque de árboles milenarios que se desplegaban en todas direcciones cubriendo el resto de la isla.
La única escuela de la isla se llamaba El Arrebol. Ahí, los dos profesores, el señor Jaime y la señora Clara, enseñaban a toda la juventud del pueblo, desde el más pequeño que rondaba los seis años, hasta el mayor que estaba cerca de cumplir los dieciocho. Salvo por el hermano de Ana, todos salían de El Arrebol a trabajar en pesca, agricultura o construcción. Por eso mismo, la sensación en clases era más bien la de una academia de verano continua, donde importaba más el juego o el chisme por sobre las calificaciones. Y, justamente por eso, sorprendió tanto a todos que la señora Clara llegara a la escuela indignada por los resultados del último examen.
—Aquí nadie va a surgir si siguen con esa actitud —dijo frente al puñado de jóvenes que tenía al frente—. ¡Ni uno! ¡Ni uno solo pasó la prueba!
Niños y niñas escuchaban en silencio, mirándose el uno al otro de vez en cuando para ver si alguien podía explicar el repentino cambio de ánimo de una normalmente amorosa Clara. La profesora, no obstante, continuó con su discurso durante prácticamente toda la clase, intercalando fórmulas matemáticas con reproches e insultos. Ese día ni Ana ni Ten habían ido a clase, por lo que Gabino estaba sin sus amigas, en silencio y con los ojos fijos en una rama que se veía del otro lado de la ventana, moviéndose con el viento y golpeando el vidrio, produciendo un sonido de garras que le producía escalofríos. Apoyado con la mano en el mentón, Gabino escuchó su nombre del otro lado de la ventana. Con cuidado de que la maestra no lo viera, el joven se apoyó de codos y se acercó al vidrio para espiar hacia afuera, donde solo pudo ver pasto húmedo, el camino que llevaba al centro del pueblo y el árbol y la rama que no dejaba de moverse. Gabino se rascó la cabeza, al mismo tiempo que escuchaba de nuevo su nombre, pero ahora fuerte y claro desde el frente: La profesora Clara golpeó la mesa con una ira inusitada y el “¡joven Gabino!” probablemente pudo ser escuchado hasta el otro extremo de la isla. Los niños miraron atónitos la escena, pero no por el grito ni por el joven que ya había vuelto a su puesto. Todo par de ojos estaba puesto ahora en la maestra que tenía la mano hecha un puño y, a sus pies, los restos de una mesa de clases. Hechos de madera por artesanos del pueblo, los muebles de El Arrebol estaban pensados para durar de por vida si eran bien cuidados, por lo que nadie pudo comprender qué había ocurrido.
—¡Joven Gabino! —gritó de nuevo la docente, ignorando el desastre de la mesa—. ¿¡Dónde se metió!?
—Estoy acá al frente, profesora —respondió con algo de temor.
—¡Miente! ¡Lo quiero aquí de inmediato, se ganó unos reglazos! —la profesora intentó tomar la regla metálica del suelo, pero al tratar de hincarse cayó encima de los restos de la mesa—. ¡No veo! ¡No veo!
Cuando la profesora cayó al suelo, prácticamente todo el salón se acercó a ella para ayudarla a levantarse, debiendo esquivar los palos y clavos que había dejado el escritorio roto. En medio del polvo, la mujer gritó en pánico cuando recuperó parte de su visión solo para encontrar, ocupando el lugar de sus brazos, unas extremidades ajenas, azules y deformes. Ni uno de los niños supo qué hacer o tuvo el valor para acercarse a ver qué tenía la docente, pero en cuestión de segundos llegó al salón el profesor Jaime.
—¿¡Qué ocurrió aquí!?
—¡La profe se desmayó! ¡Se desvaneció de una, así, paf! —gritó un niño haciendo gestos con las manos.
—Clara, Clarita, reacciona —dijo el profesor hincado al lado de quien no solo era su colega, sino también su pareja—. Dale, abre los ojos.
No hubo respuesta. No obstante, Jaime notó los brazos azules e hinchados de Clara, y prefirió levantarla y llevarla con cuidado a la sala de profesores de El Arrebol, no sin antes anunciar la suspensión de clases por el resto de la jornada. A pesar de que Jaime fue lo suficientemente preocupado para encerrarse y que nadie viera el estado de su mujer, los niños se encargaron de que ese día no se hablara de otra cosa en el pueblo. Cada estudiante transmitió la historia a sus respectivas familias, aunque con ciertas variaciones, que iban desde un aliento de fuego hasta que a la profesora no le habían cambiado los brazos, sino que les habían salido otros dos debajo. Mientras más fantástica la historia, mejor, pues si de algo carecía ese pueblo tranquilo era de anécdotas de ese tipo.
Durante la tarde, Ana y Gabino se juntaron a caminar por los roqueríos de la costa de la isla y él no tardó en contarle toda la historia. A su alrededor, prácticamente no había nadie, solo árboles a su izquierda y el mar a su derecha, salpicándoles de vez en cuando agua y espuma. El viento estaba sorpresivamente tranquilo, lo que les permitía ir saltando de roca en roca sin caerse, y entre salto y salto, conversaban sobre la situación de la profesora Clara.
—Pero si es una de las personas más tiernas del pueblo —dijo Ana, trastabillando, pero no cayendo—. Tanto ella como el profe Jaime le han hecho clases a gran parte del pueblo, siempre son los últimos en ir a las zonas de recolección cuando hay un nuevo naufragio, e incluso van a hacer clases a domicilio cuando hace falta. Francamente, deben ser de las personas que mejor me caen en este cochinero.
—¿Y qué pasó, entonces? ¿Se habrá peleado con el señor Jaime? ¿Encontró un lagarto bajo la cama? —dijo Gabino, perdiendo el equilibrio y cayendo de las rocas a la arena.
—Ni idea. ¿Y decías que tenía los brazos azules? —dijo Ana, a lo que Gabino asintió con la cabeza—. ¿Y algo más? ¿Decía que le dolía?
—Creo que estaba asustada, no eran gritos de dolor. Era pánico. Y estaba ciega. O sea, tenía los ojos abiertos, pero no podía verme.
La joven se dejó caer del roquerío a la arena fina, quedando ambos mirando el mar, sentados viendo cómo el sol comenzaba a esconderse y las gaviotas revoloteaban buscando presas en el mar poco profundo.
—Oye, quería decirte algo —murmuró Ana, bajando la mirada.
—¿Qué pasa? No creo que sea mejor que mi historia.
—No, pero creo que podría estar relacionado. O tal vez no, no sé, pero déjame contarte.
Gabino, legítimamente interesado, se acercó más a su interlocutora y le hizo una señal con la mano para que hablara. Entonces, Ana comenzó a contarle la experiencia extraña que había vivido en el festival hace ya unos cuantos días, detallando cuanto mejor pudo lo que había pasado con su poncho y la particular estructura escamosa que se había formado dentro de él. Inevitablemente, Gabino esbozó una sonrisa más de una vez mientras escuchaba a su amiga, incapaz de darle importancia a lo que podía ser una prenda sucia y nada más.
—Imposible que haya estado sucio de antes, en ese caso ni me hubiera puesto el poncho, ¿no crees?
—Sí, pero ese día estábamos todos locos y estaban quemándose los lagartos. ¿Y si un pedazo de las escamas fue a parar a tu poncho mientras bailabas?
—¡Te estoy diciendo que estaba pegado, lo juro! —exclamó ella, impotente al saber que efectivamente su historia parecía cuento de ebria.
—¿Y dónde está el poncho ese? —inquirió Gabino.
—Se me quedó en la iglesia cuando nos fuimos a tomar…
—Pfff —el joven se quedó en silencio unos momentos, pero al ver el rostro molesto de su amiga, se dio cuenta de que era importante para ella—. A ver, ¿y a dónde quieres llegar con todo esto?
—Es este pueblo, Gabino, entiende de una vez. Por algo quiero irme, acá hay algo raro. Lo huelo, lo siento, qué se yo. Pero ahora tengo una prueba.
—¿Algo raro con San Millalobo? Pero si acá no pasa nada, nunca. Somos el pueblo más fome de Chile, y lo digo sin ni siquiera conocer el país.
—Son los lagartos —interrumpió Ana—. Esta isla está contaminada con lagartos.
Eran dos pequeñas figuras en una inmensa playa rocosa, dos pequeños puntos teniendo una conversación que bien podría ser resultado de alucinaciones o pura broma entre amigos, pero la expresión de ambos denotaba una preocupación real, una sensación de temor a lo desconocido, como cuando los animales presienten la catástrofe mucho antes de que ocurra. O al menos así lo creía Ana, con una contagiosa seguridad que Gabino no tenía por qué contradecirle. Se formó un largo silencio, apenas interrumpido por el mar precipitándose contra las rocas y los pasos de un hombre detrás de ellos, difuminándose en la oscuridad de los árboles milenarios.
—¿¡Acaso no se dan cuenta!? —gritó Jaime en el consejo de la isla—. Clara desapareció, ¡desapareció! Solo la dejé un par de horas en la sala de profesores…
—Después de lo que hizo, cualquiera desaparece, ¿no? Mira que romper un pupitre y más encima asustar a los niños… ¿Qué se ha imaginado?
La que había levantado la voz era la Nani, dueña del restaurante Mar al Jugo y miembro permanente del consejo. Si bien era parte de ese club exclusivo dadas sus conexiones y carisma, era la que menos influencia tenía debido a su procedencia fuerina, lo que le había valido miradas reticentes e incluso insultos desde que pisó la isla siendo una adolescente.
—¿Qué te has imaginado tú, continentucha? —respondió Jaime, levantándose del asiento.
—Ya, suficiente —exclamó esta vez Basileo, incorporándose también de su asiento e imponiendo autoridad con sus casi dos metros de alto y rostro arrugado—. Vamos a buscar a Clara, que no te quepa duda, Jaime. Por lo pronto, suspenderemos las clases que le correspondían, hasta que la encontremos.
Desde hace unos años Basileo había asumido el cargo de líder y alcalde del pueblo. Inteligente, alto y de expresión constantemente compungida, resultaba un dirigente ideal para un pueblo como ese. Se consideraba a sí mismo un hombre de decisiones importantes, la mayoría con el objetivo de guiar a la comunidad a un bienestar general.
San Millalobo no contaba con un edificio municipal, por lo que el alcalde trabajaba desde su casa. Debido a esto, las reuniones del consejo, a la cual asistían las personalidades más destacadas de la isla, se realizaban en una sala de El Arrebol. Había un ambiente extraño, amarillento, como las luces de un semáforo justo antes de ponerse en rojo. En San Millalobo tampoco había semáforos ni autos.
—Si se me permite cambiar el tema… —dijo el padre Lancao levantando la mano—. Quisiera dar a conocer una situación con la que me encontré hoy por la mañana, saliendo de la iglesia.
Todos le pusieron atención al padre, quien fungía como una especie de brújula moral en el pueblo, un hombre sabio que, a diferencia de la señora Yota u otros veteranos, se veía lo suficientemente cuerdo como para entregar consejos reales. Además, provenía de una familia siempre dedicada a la labor sacerdotal. Corrían rumores de que su túnica era la misma que había usado su padre, el curita Modesto, y su abuelo, el curita Eliseo, antes de él, y llevaba bajo el brazo su inseparable biblia, la única que había en toda la isla. De esta forma, rascándose la barba canosa, el padre relató con parsimonia su encuentro luego de la ceremonia matutina, con nada más y nada menos que un gigantesco reptil que merodeaba cerca del edificio santo. Algunos abrieron la boca, otros fruncieron el ceño y hasta hubo quienes dieron un golpe en la mesa. Todos apuntaban a lo mismo: era imposible que tan pronto hubiese lagartos caminando por San Millalobo, considerando que hace unos días había sido la quema. El padre les aseguró que era cierto, lo juró por Jesucristo, y aquello provocó aún más temor en la gente. Después de todo, lo que describía se alejaba mucho de las pequeñas lagartijas que inundaban la isla y que comenzaban a verse durante el segundo semestre, con la llegada de la primavera.
—¿Está seguro de que la sangre de Cristo no estaba muy fuerte, padre? —ironizó la Nani, ganándose las miradas de desprecio de todos menos del propio Lancao.
—Ojalá así fuera, Nani —respondió, inmune al sarcasmo—. Me morí del susto, no se imaginan. Es lamentable que no hubiera nadie más conmigo, ni siquiera alguno de mis queridos asistentes.
—Madre mía, padre, cuánto habrá sufrido al presenciar algo como eso —se sumó doña Yota, poniéndose del lado de Lancao.
—¿Y si vamos a buscarlo? —sugirió Jaime, con ganas de distraerse de todo el asunto de Clara.
—Con gusto los puedo guiar a donde vi por última vez al reptil —dijo el cura, recibiendo una rápida respuesta afirmativa de todos los presentes.
La reunión se extendió por unos minutos más hasta que el grupo se levantó de sus asientos y salió de El Arrebol en busca de la supuesta criatura, formando un séquito detrás del cura rumbo a la iglesia, frente a la plaza central de San Millalobo. En el camino hablaron de las posibilidades reales de que existiese un lagarto de gran tamaño en la isla, cómo habría llegado y hace cuánto tiempo estaría allí, merodeando entre las casas y los árboles, con tal camuflaje que no había sido atrapado en los festejos. De otro lado, no había registros de un lagarto de ese tamaño (el más grande encontrado hasta ahora medía apenas medio metro de largo, de cola a hocico), y probablemente ni siquiera sería capaz de sobrevivir en un lugar tan frío como ese.
Lejos del templo religioso y más aún de El Arrebol, en lo que podía considerarse la periferia de San Millalobo, se encontraba la casa de Ten. La niña había desarrollado un gusto enorme por la artesanía en madera. A sus cortos 13 años, era capaz de crear maravillosas figuras en lenga, normalmente de animales de la isla, pero también se aventuraba a esbozar seres humanos e incluso siluetas fantásticas, criaturas oníricas que la visitaban de vez en cuando. Como apenas había chicos de su edad, pasaba gran parte del día practicando en el taller de su papá, un pequeño cuchitril que su progenitor prácticamente le había donado ya que él ahora se dedicaba a la pesca. Cuando tenía el cuchillo en mano y se preparaba para bosquejar una nueva figura, escuchó toques en el portón del taller. Era Ana, quien venía con el chisme de haber visto a los adultos del consejo ir en desfile por el pueblo rumbo a la iglesia, provocando que más de un curioso se les uniese. Ten la invitó a sentarse en un banquito que tenía en el taller y, sin dejar de bosquejar con el cuchillo, continuó la conversación.
—¿No será que van a misa? —dijo distraída.
—No, tonta —respondió Ana con una carcajada—. Las misas son en la mañana, a veces en la noche, pero nunca en las tardes. En las tardes solo hay funerales y casamientos.
—Parece que sabes harto del tema —dijo Ten, sonriendo sin apartar la vista de la madera.
—Claro, si mis papás me obligan a acompañarlos siempre que van. Es lo peor, una cosa más por la que odiar este pueblo.
—¿O sea que nos odias a nosotros también? —Ten hacía pucheros mientras terminaba de dibujar la silueta de un pez.
—No, tú te salvas. Gabino también. Ayer le conté lo que hablamos el otro día, ¿te acuerdas?
—No, perdón…
—Lo del vestido —dijo Ana, apoyando la cabeza con la mano.
—¡Ah, sí!
—El tipo no me creyó nada, de verdad que no lo entiendo, Ten. A veces se ve súper despierto, y otras, es como hablarle a un arbusto. Quiero hablarle de cosas profundas, pero no me escucha o no me entiende.
—¿Y por qué no hablas con los adultos de esas cosas profundas?
—Tú no entiendes nada, niñita.
Ten por fin levantó la vista de su obra para observar con atención a Ana. La notó nerviosa, pálida, su cabello lacio y de tonalidad roja brillante estaba opaco y tomado con indiferencia con un palito de madera. Soltó sus herramientas y acercó su banquito hacia su amiga.
—Yo no sé mucho de esas cosas profundas, pero igual me las puedes contar a mí si te hace sentir mejor, ¿vale? Cuando quieras.
—Gracias Ten…
—Y de todo lo demás puedes hablar con Gabino, si lo que quieres es pasar tiempo con él.
—Yo nunca dije eso.
—Bueno —sonrió.
—En fin, había una cosa más de la que quería hablarte —la expresión de Ana se calmó, mirando fijamente a los ojos miel de Ten—. Es sobre mi hermano.
—¿Tu hermano el innombrable?
Ana asintió.
—Aprovechemos que los adultos no están cerca. ¿Qué pasa con él?
—Bueno, sí sabes que mis papás no se llevaban bien con él, ¿no? Especialmente mi papá. Pero la noche que se fue, Benito ya tenía preparadas unas cartas, una para ellos y una para mí —comenzó a relatar Ana, despertando la imaginación de su amiga—. La de ellos era para abrirla ese mismo día, pero la mía debía recibirla recién iniciando este año, por indicación de mi hermano. ¿Te imaginas? Hasta para escaparse fue raro. No podía creerlo cuando mi mamá me la entregó.
—Pero, ¿por qué te habrá escrito una carta que solo puedes leer después? ¿No es mejor decírtelo? ¿O esperar y dártela cuando puedas leerla?
—¡Qué se yo! Pero es en serio, es su firma, su letra, estoy segura. Ojalá no se hubiera perdido su diario, como para mostrarte pruebas. Igual, la carta solo dice que vaya a la costa al otro lado de la isla, cerca de la zona de recolección del noreste, supuestamente lo recordaré todo en el camino. ¡Seguro planificó desde el principio un reencuentro! O al menos eso quiero creer.
—Mira, de tanto que me has contado y tanto que dicen en el pueblo, yo también quiero conocerlo si de verdad va a estar ahí. Sería como conocer una leyenda, pero de verdad.
Las amigas continuaron hablando largo rato, prácticamente hasta que se hizo de noche y, aun así, tuvieron que dejar temas pendientes para una próxima ocasión. Casi todo el resto de la conversación giró en torno a Benito, el hermano mayor de Ana, a quien ella había visto por última vez hace cuatro años. Si bien
