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El instituto St. Vincent, donde los secretos acechan y nadie está a salvo Hace mucho que Casey Tresscott no tiene control sobre su vida. Tras el accidente de coche en el que casi muere, su familia no deja de vigilarla y preocuparse de manera excesiva por ella; sus compañeras en el instituto se ríen en su cara y se burlan de las pastillas que debe tomar. Mientras tanto, las hermanas que dirigen el instituto miran para otro lado. Sin embargo, ahora que sale con Fenn Bishop, todo le da igual, pues ha encontrado en él un refugio y alguien en quien confiar. Excepto que Fenn esconde un peligroso secreto: sabe cosas de la noche del accidente que no le ha contado a nadie, ni siquiera a Casey. Pensaba que lo mejor era callárselas, pero cuando la verdad se abre paso entre las mentiras que le ha contado y en las que ella cree con fe ciega, su relación se tambalea y amenaza con hacerse añicos. Porque Casey está harta de que la gente se aproveche de ella. La esperada secuela de Misfit de Elle Kennedy, la autora best seller de Kiss Me y El efecto Graham
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Seitenzahl: 553
Veröffentlichungsjahr: 2026
Casey
Fenn: ¿Cómo te va el día, guapa?
Una estúpida sonrisa invade mi cara y está a punto de partírmela en dos. Casi me repugna lo que un absurdo mensaje de FennBishop le hace a mi pulso. He notado cómo el móvil me vibraba en el bolsillo durante la clase de francés, con una sucesión rápida de media docena de mensajes, pero no he podido echarles un vistazo, o me habrían confiscado el teléfono. Así que permanecí ahí, deseando que sonara la campana. Ahora, entre clases, estoy de pie ante mi taquilla y leo los mensajes, que me recuerdan que este sitio no es la vida real. Nadie en el St. Vincent me conoce. Los rumores y los cuchicheos que resuenan a mi alrededor cada vez que camino por el pasillo no importan. Sé la verdad, y Fenn también.
Eso es lo único que importa.
El vértigo se intensifica mientras echo un vistazo al resto de sus mensajes. Ha hecho lo mismo desde el día en que nos hicimos amigos. Me da los buenos días, pregunta cómo estoy y me envía estúpidos memes porque sabe que hace un tiempo que no sonrío.
Todavía me parece surrealista. Fenn fue un desconocido para mí durante mucho tiempo; solo otro chico mayor con el que mi hermana salía de vez en cuando. Y, entonces, el accidente de coche puso mi mundo entero patas arriba, y ahí estuvo él, con su sonrisa fácil y un hombro fuerte sobre el que llorar. Se hizo amigo mío por la sencilla razón de que yo necesitaba a alguien, y decidí que sería él.
Y, sin ningún motivo, lo dejé entrar.
De camino a mi clase de audiovisuales, tecleo una respuesta rápida.
Yo: Bueno, ya sabes. La mierda de siempre.
Fenn: ¿Quieres saltarte la última hora? Te recogeré.
Yo:Sloane te mataría.
Fenn y yo no hemos hecho público lo nuestro. Al menos, no en lo que concierne a mi familia. Mi padre y mi hermana apenas toleran que seamos amigos, así que no imagino cómo reaccionarían al descubrir que Fenn y yo salimos de manera oficial; la verdad es que no sé quién perdería más los papeles. La última vez que Sloane lo pilló conmigo, básicamente le dijo que haría que lo asesinaran si se atrevía a tocarme. Y papá, bueno, si no tuviera que aclararlo en la junta directiva, ya habría construido un foso alrededor de nuestra casa. No estoy segura de si lo pensó bien cuando decidió aceptar el puesto de director en un internado solo para chicos en el medio de la nada y llevarse a sus dos hijas adolescentes. Sloane y yo estábamos destinadas a enamorarnos de un par de los delincuentes de papá.
Fenn: Valdrá la pena.
Yo: Eso dices ahora.
Fenn: Nah. Pondría a prueba la ira de Sloane cualquier día de la semana.
El corazón me da un vuelco de la alegría. Eso se le da muy bien. O tal vez es muy fácil impresionarme. Fenn me lanza un piropo cualquiera y me derrito. Tengo náuseas. Últimamente se ha convertido en la mejor parte de mi día.
Yo: ¿Nos vemos después de clase?
Fenn: No puedo esperar. ¿En el lugar de siempre?
Yo: Sí. Te escribo cuando llegue a casa.
Aún sonrío mientras entro en clase y me siento en la penúltima fila. Ni siquiera la mirada severa de la hermana Patricia mina mi buen humor. Aunque, por supuesto, frunce el ceño al verme sonreír. Todo en este estúpido centro está mal visto. El St. Vincent lo dirige un grupo de monjas superestrictas y terroríficas que ven a las chicas como tuteladas más que como estudiantes. Las mañanas empiezan con quince minutos en la capilla. Cada clase tiene los asientos asignados. Mi profesora de introducción al cálculo, la hermana MaryAlice, incluso se golpea el muslo con una regla de madera mientras se pasea, lista para golpearte en la muñeca si no resuelves las ecuaciones lo bastante rápido.
Odio este sitio.
—Eh, Casey. —Ainsley choca contra mi mesa cuando se acerca—. ¿Hoy te has acordado de tomarte las medicinas? Supongo que lo harás a la hora del almuerzo para ingerirlas con comida.
Y, así, mi buen humor desaparece.
Rechino los dientes y finjo que no me doy cuenta de cómo sonríe ante la idea de pasar otra hora completa molestándome. Imagino que de pequeña era una de esas niñas que desmiembran a sus muñecas y les cortan el pelo. De las que lanzan piedras a las ardillas para oírlas gritar.
Qué suerte la mía por haberme convertido en su nuevo juguete favorito.
Se dice que, cuando una persona se enfrenta a un desafío en apariencia insalvable, tiende a crecerse para alcanzar su máximo potencial o a retroceder para escapar del problema. En mi caso, estoy atrapada en la indecisión. Ni lucho ni huyo, sino que aguanto el tirón. Cierro los ojos y trago. Si soy sincera, sin embargo, me parece que nunca he formado parte del equipo de la lucha. Antes de cambiarme al St. Vincent desde la Academia Ballard, creo que habría estado en el lado de la huida, así que supongo que ahora he avanzado un paso.
Ainsley se desliza en su silla, detrás de mí, y me da un toquecito en un hombro.
—¿Qué? —espeto mientras me vuelvo.
Ella me mira, inexpresiva.
—¿Qué? No he hecho nada.
—Señoritas. —La hermana Patricia nos reprende desde la parte delantera del aula, donde prepara el vídeo para la clase de hoy. Ya es octubre, y no creo que nos haya enseñado nada desde que ha empezado el curso. Lo único que hacemos es ver películas, por lo general musicales, que empiezo a pensar que proceden de su colección personal.
—Te imaginas cosas —añade Ainsley—. Será mejor que aumentes la dosis.
A su lado, su mejor amiga, Bree, se ríe.
—Sí, eso.
La morena mastica un chicle de forma sonora, y luego, tras atragantarse con él, se echa a toser. En general, no juzgo a las personas con bajos cocientes intelectuales, pero BreeAtwood es ese tipo de tonta por la que uno siente pena de verdad.
Unos minutos más tarde, la clase empieza. Y por clase me refiero a que nos quedamos sentadas en el aula a oscuras y vemos una conversión defectuosa de VHS a DVD de una producción del West End de Los miserables mientras la hermana Patricia, sentada a su escritorio, articula cada frase con los labios.
—¿Hermana Patricia? —llama Ainsley.
—¿Qué ocurre? —La monja, molesta, mira hacia nosotras.
—¿No deberíamos dejar las luces encendidas?
La hermana Patricia suspira con un ojo fijo en el televisor.
—Silencio, señorita Fisck.
—Es que no creo que sea una buena idea estar atrapadas en la oscuridad con una estudiante inestable.
Me trago un suspiro cansado. Pocos días después de mi traslado al St. Vincent, Ainsley ya había convencido al colegio entero de que yo era una enferma mental. Que estaba a un mal día de acabar con una camisa de fuerza.
No es que no se me haya pasado por la cabeza. No recuerdo qué ocurrió el día del accidente, así que, en un sentido cuántico, supongo que podría haber pasado cualquier cosa. Básicamente, soy el gato de Schrödinger dentro de una caja de veneno. Pero ¿qué es más plausible? ¿Que yo fuera el objetivo de un conductor fantasma o que, para llamar la atención, me pusiera hasta arriba en el baile de fin de curso y lanzara el coche al lago? Solo puedes quejarte del hombre del saco hasta que te ves forzado a creer que todo está en tu cabeza. Quizá estoy loca. Tal vez sí tuve una crisis aquella noche y simplemente no lo recuerdo.
La hermana Patricia frunce el ceño en respuesta, pero sigue centrada en la película. Hasta las monjas conocen los rumores, y estoy segura de que más de una los cree. Casi me sorprende que no me hayan agarrado a la salida del baño para llevarme a la fuerza a una capilla y realizarme un exorcismo improvisado.
—No quiero ser mala —dice Ainsley con inocencia fingida—. La oscuridad y los sonidos fuertes pueden ser un detonante, ¿verdad, Casey?
La ignoro y miro al suelo, muy concentrada en las marcas negras de los zapatos y el patrón de puntos de los azulejos. Ainsley se ha comportado así desde la primera clase del día. En historia, ha sacado a relucir los cordones de mis zapatos. Ya sabes, por si es una buena idea que alguien en mi condición vaya por ahí con ellos. En física, le ha sugerido a nuestra profesora que, tal vez, debería realizar las tareas con ceras de colores, por si me daba por convertir el lápiz en un arma.
—¿Cómo funciona? —continúa—. ¿Oyes voces? ¿Te hablan ahora?
Veo varias sonrisas en la oscuridad. Oigo algunas risitas. Las chicas pueden ser despiadadas. Siempre he conocido la teoría, pero, una vez que te conviertes en un objetivo, es difícil no sentir desilusión. No sentirte decepcionada con tus compañeras. Tal vez sea una anomalía en este mundo, pero siempre he procurado tratar a la gente de la misma forma que me gustaría que me trataran.
La hermana Patricia manda callar a la clase, aunque sin apartar la mirada de la pantalla. Su boca no deja de moverse en silencio.
—Una vez vi un biopic en Netflix —interviene Bree, la compañera inútil, que no encontraría una personalidad propia aunque tropezara con ella—. Trataba sobre una mujer que oía voces a través del microondas.
—Oh, lo conozco —comenta Ainsley—. Estampa su coche contra un autobús público porque cree que es una unidad de vigilancia del Gobierno que la está rastreando.
La esencia de la cuestión es que estoy loca. Que deliro, que soy peligrosa y que estoy a punto de estallar.
Ojalá. Si me ocurriera cualquiera de esas cosas, tal vez tendría el valor para vengarme de estas capullas. Por ahora, he hecho lo más sensato: ignorarlas. Cada día, me preparo para los comentarios sarcásticos y los rumores sin fin. Al principio, Sloane decía que no duraría más que unos días. Ainsley era solo una abusona y pronto se aburriría y seguiría con su vida. Pero su fascinación no se ha disipado y mi determinación se ha marchitado. Con cada asalto implacable, me he vuelto más consciente de mí misma. Me doy pena a mí misma. Estoy enfurruñada por la tristeza de convertirme en la protagonista de un instituto en el que solo la peor parte de mi reputación me precede.
—Casey. Eh, lo olvidaba. —Para ser sincera, su persistencia es casi admirable. Es extraordinario que Ainsley aún no se haya aburrido—. Doy una fiesta esta semana.
No es demasiado inteligente, pero lo que le falta de materia gris lo compensa con pura maldad. Ainsley no me guarda rencor desde hace tiempo. No le robé el novio en tercero. No hay ninguna historia entre nosotras. Solo es una persona podrida por dentro que disfruta de ser una perra.
Endulza el tono.
—Puedes venir si me prometes que no aparcarás en la piscina.
Me centro en el número musical de la pantalla y finjo no escuchar las risitas. Que les den a estas chicas. No necesito su aprobación. Ni su amistad. Aunque me hubieran dado la bienvenida en el St. Vincent y me hubieran recibido con los brazos abiertos en septiembre, no confiaría en ellas. Tenía un gran grupo de amigos en la Academia Ballard y mira cómo acabó. Todos ellos me traicionaron después del accidente. Me sonreían a la cara y se reían de mí a mis espaldas. Hicieron correr rumores sobre la peor noche de mi vida hasta convertirme en el hazmerreír.
Tuve que aprender por las malas que la lealtad es algo raro en el instituto, y ese es el motivo por el que no me interesa hacerme amiga de ninguna de estas chicas, no cuando me demostraron su verdadera personalidad en la puerta de entrada. Solo hay dos personas en las que confío a día de hoy.
Mi hermana.
Y el único chico que siempre sabe cómo hacerme sonreír.
Así que permanezco inmóvil, mirando al frente, mientras cuento los minutos hasta que pueda ver a Fenn.
Casey
Después de clase, me pongo las zapatillas de correr y silbo a Bo y Penny, que apenas pueden esperar a que abra la puerta delantera para salir disparados carretera abajo, hacia el sol que se pone sobre la línea de los árboles. Para ser un par de golden retrievers grandes, tienen el motor de un caballo de carreras y la paciencia de unos niños hasta arriba de cafeína. Corren durante la mayor parte del camino hacia el sendero del bosque, entre las residencias y mi casa, en los límites del campus de Sandover, donde Fenn me espera.
No me canso de la forma en que siempre parece pensativo antes de alzar la cabeza, ni de cómo se le iluminan esos ojos azules. De esa sonrisa avergonzada que me dedica mientras me rodea los hombros con los brazos y me besa la parte de arriba de la cabeza.
—¡Eh! —saluda. Nada más. Pero es la forma en que lo dice lo que lo convierte en nuestro idioma secreto. Todo lo que necesitamos decir, resumido en un único sonido.
—Hola.
Lo abrazo por la espalda y me quedo ahí un rato. Porque, hasta en los días en los que recuerdo llevar la armadura, el instituto es extenuante.
—¿Estás bien? —pregunta Fenn contra mi pelo.
Es casi treinta centímetros más alto que yo, y eso me permite acurrucarme contra su pecho. Debe haberse dejado la americana en la habitación, porque solo lleva la camisa del uniforme de Sandover, con las mangas subidas. Huele de maravilla. El instituto privado no escatima en suavizantes para tejidos de calidad.
—Ajá —respondo—. Das buenos abrazos.
Siento su risa por encima de mi mejilla.
—Ah, ¿sí?
—Mmm.
—Vale. Sírvete.
Le doy un último apretón antes de soltarlo y me cubro los ojos del sol para ver a Bo y Penny, que acosan a un animalillo que se ha subido a un árbol.
—Chicos —los reprendo, y enseguida se alejan del tronco.
—¿Cuánto puedes quedarte? —Fenn se desabrocha la camisa y la coloca en el césped para que me siente.
No puedo evitar resoplar.
—¿Qué? Se llaman modales, Casey.
—Cualquier excusa es buena para quitarte la ropa. —No es que no me guste. Jugar al fútbol le ha proporcionado unos abdominales de infarto. Y no se avergüenza de ello.
—Mis ojos están aquí arriba, cariño. —Me guiña un ojo y se estira a mi lado.
Algo raro ocurre cuando el chico que te gusta te dice que tú a él también. Todo se vuelve muy real. Vívido. ¿Esos hoyuelos a los que no les había prestado suficiente atención antes? Ahora ocupan una cantidad indecente de mis pensamientos. No puedo dejar de mirarle los labios; el inferior es más grueso que el superior. O de darme cuenta de que, cuando se afeita, siempre se deja un pequeño trozo de barba rubia oscura en una esquina de la mandíbula.
Me resulta imposible evitar que mi mirada vague de nuevo hacia su pecho desnudo. Esos músculos esculpidos y la piel bronceada hacen que me escuezan los dedos por las ganas de tocarlo. Trago, aunque tengo la garganta seca, y me obligo a no comérmelo con los ojos. Sloane se refiere a Fenn como el chico de oro, en tono sarcástico, y es difícil no estar de acuerdo con esa afirmación, pero sin el tono despreciativo. Con el pelo rubio, la piel dorada y la complexión alta y musculosa, es la personificación de lo sexy.
Aún no me creo que sea mío.
—No puedo quedarme mucho rato —digo—. Tengo deberes. Y papá está preparando la cena, así que…
—Así que será mejor no perder el tiempo.
Con una risa pícara, me alcanza una mano y tira de mí para sentarme en su regazo. El chillido que suelto es una mezcla entre la sorpresa y el deseo. Se me acelera el pulso cuando Fenn me agarra de la cintura para pegarme a él y presiona sus cálidos labios contra los míos.
Al principio es inocente. Un beso dulce. El delicado roce de sus labios. Mis dedos hallan el camino hacia sus hombros desnudos, continúan por sus firmes abdominales, y siento cómo los músculos se contraen bajo mi caricia. Mi lengua busca la suya mientras enreda las manos en mi pelo y luego las coloca sobre mis mejillas con cuidado.
Sé que me desea. Lo percibo en los suaves gruñidos amortiguados en su pecho. Lo siento cuando me roza la piel de la parte baja de la espalda. Me enderezo, le paso los dedos por el pelo y profundizo el beso mientras respiro con pesadez.
Fenn siempre es el primero en apartarse.
—Me vas a matar —susurra con los ojos pesados.
—No sé a quién tratas de impresionar al mantenernos atrapados en la primera base todo el tiempo.
—¿Atrapados? Maldición. —Me dedica una sonrisa indignada—. Nadie reconoce que me porto bien contigo.
—La verdad es que no.
—Ah, venga ya, Case. Déjame ser un buen tío. —Ahora me ofrece un puchero adorable—. Es todo lo que pido. No tenemos que correr.
—Seguro que eso se lo dices a todas.
—No hagas eso —me pide, y me aparta unos mechones de pelo detrás de la oreja y luego me acaricia el lateral del cuello con las yemas de los dedos—. Estoy aquí contigo. Eso es lo único que me importa.
Es adorable y a la vez un poco exasperante. Las hazañas de Fenn son tristemente célebres en el círculo de los colegios privados. No es que ignore cómo nos relacionábamos antes, y fingir lo contrario es absurdo. Y frustrante, porque él es el más experimentado de los dos y, aun así, insiste en frenar cada vez que lo tiento a ir más allá del jardín delantero.
—Lo sé, y no pretendo acelerar las cosas… —Me deslizo de su regazo y envuelvo la cabeza de Bo cuando se abre camino a empujones bajo mi brazo—. Pero empiezas a crearme complejo.
Frunce el ceño.
—¿Cómo?
—Cada vez que paras, me pregunto si es porque soy… —Siento que se me calientan las mejillas—. No lo sé…, mala en esto, o algo así. Lo que quiero decir es que mi currículum no es muy largo, que digamos.
Incluso antes del accidente, mi padre era un tirano que me prohibía salir con chicos. Y Sloane asustaba a cada chico de Ballard, y también de Sandover, que se me acercaba lo más mínimo.
—¿Tu currículum? —Fenn suena totalmente confundido.
—Sí. En primero, CoreySpaulding me invitó a ir con él al cumpleaños de LisaLesko y al final se enrolló con su prima en la casa para invitados. En segundo, me lie con el mejor amigo de Corey, Brad, pero solo para vengarme de su traición en el cumpleaños de LisaLesko. Y el año pasado, con A. J. Kooper, aunque creo que solo me besó para devolvérsela a LisaLesko por haberlo engañado. —Me detengo a pensar—. Oh, Dios mío. Acabo de darme cuenta de que LisaLesko es el común denominador en mi historial de besos. ¿Qué crees que significa eso?
Fenn me echa un vistazo antes de echarse a reír a carcajadas.
—¿Qué narices ocurre ahora mismo? ¿Adónde quieres llegar?
—Me avisarías si besara mal, ¿verdad?
Parpadea sin dejar de reírse.
—¿En serio?
—En serio.
Fenn se recompone cuando se percata de que no me río.
—¿Estás de broma? Besas bien. De hecho, eres excepcional. Un auténtico fenómeno. —Suspira—. No interpretes mis dudas como que hay algo en ti. Solo trato de hacer las cosas bien. Por una vez.
Lo dice a menudo, y me hace sentir un poco de lástima por él. Sí, ha tenido más rollos de una noche que un motel de carretera, pero no es un mal tipo. En algún momento se convenció de que es indigno de merecer amor.
—Vale.
—De verdad. —Me toma una mano y me besa el interior de la muñeca, lo que hace que me derrita por dentro a la vez que deseo derribarlo. No sé dónde enseñan estas cosas a los chicos, pero ha prestado atención—. No cambiaría nada de ti.
Estoy a punto de estallar por dentro, pero me limito a asentir y a buscar un palo que lanzarle a Penny. No sé si me acostumbraré a él algún día.
—¿En serio solo has besado a tres chicos? —Parece intrigado—. ¿En Ballard no eras animadora?
Me río.
—¿Besar a miles de chicos es un requisito indispensable para ser animadora?
—Bueno, no, pero… —Me mira—. Vale. Es un estereotipo.
Sonrío ante su malhumorada concesión.
—Sí, era animadora —confirmo—. Y, sí, solo he besado a tres chicos.
Era un montón de cosas en la Academia Ballard: animadora, jefa del comité del anuario escolar, lo cual es un honor para una estudiante de primero, y tenía una mejor amiga, GillianCoastes, con quien no he hablado desde primavera.
En Ballard era popular. Aunque con una popularidad distinta a la de mi hermana, a quien los chicos deseaban y las chicas temían. Sloane me picaba al decirme que yo era el tipo de chica insoportable a la que todos los chicos desean y ninguna chica odia, porque era auténtica. Lo que sea que signifique eso. Nunca he sido nada más que yo misma. Y creo que mi hermana me otorgó demasiado reconocimiento con lo de «que todos los chicos desean», ya que solo llamé la atención de tres de ellos.
No se equivocaba en una cosa: en Ballard, le caía bien a casi todo el mundo. Hasta que el molino de los rumores empezó a girar y me convirtió en una loca y, de pronto, me marginaron. Y sé a ciencia cierta que Gillian y mi anterior grupo de amigos aún hablan en susurros de mí. A veces lo veo en las redes sociales, en estúpidos comentarios sobre mí en publicaciones de otra gente. Es vergonzoso.
—No pretendo cambiar de tema —dice Fenn—, pero ¿has notado a Sloane algo rara? Porque RJ empieza a preocuparme.
Pienso en ello. Estaba menos parlanchina de lo habitual de camino a casa después de clase. Pero no le he dado importancia, porque significaba que podía saltarme el informe diario sobre cada una de las personas que me han tratado mal hoy. Para saber qué culo debe patear. Qué neumáticos hay que reventar. Mi hermana mayor es mi principal protectora, incluso cuando no necesito que me defiendan. Para ser sincera, le permitiría colocar bolsas llenas de caca de perro en llamas en todas las taquillas del campus si eso cambiara las cosas, pero, por muy intimidante que sea Sloane, no hay ninguna máquina, inventada por un hombre o una mujer, que detenga los engranajes de los rumores de instituto.
Sin embargo, no sé si, en general, definiría su comportamiento como extraño o si lo achacaría a que está enamorada. Desde que volvió con RJ ha estado algo obsesionada, deambula envuelta en el aura opaca de una neblina de amor. Me alegro por ella, pero da un poco de miedo. Sloane rehuía la idea del amor. Ahora se dedica a repartirlo por ahí, como si participara en un fraude piramidal de marketing puerta a puerta.
—Ha estado bastante distraída esta semana —respondo—. Lo único que hace es escribirle a RJ. Si no la conociera, pensaría que se preparan para largarse juntos.
Fenn se encoge de hombros.
—Si pasa, tendría nuestra habitación solo para mí, así que…
—Diría que es lo normal en una relación que acaba de empezar, pero no hay nada normal en Sloane últimamente, de modo que yo qué sé. Supongo que están en su propia burbuja.
—Sí, bueno, me alegro por ellos, pero RJ tiene que superarlo.
La preocupación de Fenn es algo adorable. Acaba de arreglar las cosas con su hermanastro, y tengo la sensación de que se siente un poco celoso. Hambriento de atención, quizá.
—No sé cómo describirlo —añade—. Cada vez que lo miro, me da la sensación de que trata de encontrar la manera de decirme que mi abuela ha muerto o algo parecido.
Ajá.
—Vale, es un poco raro. ¿Puede que solo sea su cara?
RJ es un chico majo, pero tiene fuertes tendencias antisociales. Una especie de cara de póker. Para un tipo extrovertido como Fenn, debe ser un completo alienígena.
—Hace un par de días, entré en nuestra habitación después de un entrenamiento y lo pillé al teléfono. Supongo que hablaba con Sloane. Sin embargo, me miró como un ciervo ante unos faros y luego apartó la mirada. Es una tontería, pero juraría que es la misma mirada que veía cada vez que alguien hablaba de la enfermedad de mi madre. Cuando todos temían contarme lo mal que iban las cosas.
—Lo siento. —Le tomo una mano y la entrelazo con la mía antes de llevármela al regazo. Sé lo que es perder a tu madre, aunque la mía no falleció por una larga enfermedad. Murió de repente, sin previo aviso. Un extraño ahogamiento que nadie vio venir. Y yo solo tenía cinco años, era lo bastante pequeña para no recordar demasiado de aquellos días. Solo breves momentos. Destellos del funeral, de que siempre había alguien en nuestra casa durante los siguientes días, mientras mi hermana y yo intentábamos asimilar el concepto de la muerte y la terrible idea de que mamá no volvería.
—Mi padre ya no estaba en ese punto —explica Fenn en tono ausente, mientras dibuja círculos en mi piel con el pulgar—. Por supuesto, estuvo a su lado cada segundo, pero yo era invisible para él. Sabía que ella tardaría en irse, así que se cerró en banda por completo.
El silencio se instala entre nosotros. Siento cómo la tristeza mana de él y desearía hacer que se sintiera mejor. Pienso en mi propia pérdida, en el inmenso agujero que quedó en mi vida después de la muerte de mi madre. Apenas la recuerdo, lo que hace que sea peor todavía. Ni siquiera tengo una colección de recuerdos cálidos y maravillosos a la que acudir cada vez que la echo de menos.
Utilizo un truco para sobrellevarlo, aunque es un poco vergonzoso. Aun así, me muerdo el labio y decido compartirlo, porque no soporto ver sufrir a Fenn.
—Yo a veces le hablo —admito con timidez—. A mi madre.
—Ah, ¿sí?
—Sé que es una tontería.
—No lo es.
Me encojo de hombros porque, por absurdo que parezca, no puedo evitarlo.
—Cuando me siento desbordada o asustada, o incluso cuando estoy muy feliz, imagino que me escucha, que está en algún lugar de mi habitación, y le hablo.
—¿Qué le cuentas?
—Cualquier cosa. Todo. Por ejemplo, cuando de pronto me di cuenta de que quería ser veterinaria, se lo conté a ella antes que a mi padre o a Sloane. —Una sonrisa amarga me tira de los labios—. Sé que debí imaginármelo, pero juraría que ese día sentí su presencia. Que estaba orgullosa de mí por haber escogido mi camino.
Fenn me rodea un hombro con un brazo y me acerca a él.
—Ojalá pudiera hacer eso. No he sentido a mi madre en mucho tiempo. Todo se quedó vacío cuando se fue. Nada más.
Se me cierra la garganta y me duele el corazón al reconocer su dolor. Apoyo la cabeza en su hombro desnudo y, una vez más, desearía ofrecerle algo más que tópicos y absurdos consejos para calmarlo. La muerte de su madre aún lo persigue. Siempre está ahí. Cuando cree que nadie lo mira. En la forma en que, sin decir una palabra, sabe cómo me siento cuando pienso en mi propia madre. En las mil maneras en las que se odia a sí mismo, incluso aunque crea que yo no me doy cuenta.
Al menos, me deja verlo. Soy una de las pocas personas a quienes se lo muestra, y lo agradezco. Requiere valentía mostrarse un poco vulnerable.
—Hola —dice, y me da una ligera sacudida.
—Hola. —Percibo la sonrisa en su voz. Estoy segura de que, cuando eche la cabeza hacia atrás, sus labios se habrán curvado en una sonrisa juguetona.
—¿Qué te parece si tenemos una cita de verdad? —pregunta en voz baja.
Se me detiene el corazón por un momento.
—¿Y cómo es una cita de verdad?
—¿Qué opinas de los pícnics? El sábado por la tarde podemos ir a pasear a los perros y buscar un lugar bonito donde sentarnos.
Me cuesta imaginar a FennBishop brincando por el bosque con una cesta de pícnic, pero pagaría por ver qué se le ocurre.
—Me parece perfecto.
Fenn
Últimamente, mi hermanastro está sumido en un trance perpetuo. Era habitual que no alejara la mirada de la pantalla del ordenador, pero, al menos de vez en cuando, murmuraba una respuesta en una conversación. Ahora no consigo sacarle más que un gruñido mientras nos preparamos para ir a clase. Desde que se ha despertado, no ha levantado la vista del móvil.
—Tío. —Lanzo una pelota de tenis al otro lado del dormitorio, que le pasa volando junto a la cabeza y luego se estrella con un golpe seco en la pared.
RJ se gira en la silla de escritorio.
—Tío, ¿qué cojones?
—¿Has escuchado algo de lo que he dicho en los últimos diez minutos?
—¿No? No lo sé. Jesús. ¿Qué quieres de mí antes de las ocho de la mañana?
—Entiendo que estés enchochado, pero ¿qué te parece dedicar un poco de tiempo a tus amigos de vez en cuando?
Mierda. Ha sonado muy dependiente. ¿Ha sido dependiente? No sé cómo llevar todo esto de ser hermanos. He sido hijo único toda mi vida. Y ahora tengo a un hermanastro que ha resultado ser más guay de lo que esperaba.
Cuando nos conocimos, cinco segundos antes de la boda de nuestros padres, y estábamos ahí de pie, con nuestros esmóquines, y nos evaluamos, jamás pensé que ese tío me caería bien. Joder, me llevó un par de semanas recordar su nombre. Pero entonces mi padre metió a RJ en Sandover, nos pusieron en la misma habitación y ahora…, bueno, supongo que hemos creado un vínculo. Suena muy ñoño, pero es cierto. Quizá tenemos trasfondos completamente distintos y somos polos opuestos en cuanto al tema de socializar, pero, de algún modo, esta extraña situación familiar funciona.
O, al menos, lo hacía antes de que se enamorara de la puñetera SloaneTresscott. De todas las chicas tras las que podría haber ido, escogió a la hija del director. A la princesa de hielo. A la chica que me arrancaría las pelotas si se enterara de que mi lengua ha estado en la boca de su hermana cada día de esta semana.
—¿Quieres decirme algo o solo quieres que te haga caso? —RJ por fin deja el teléfono y se levanta de la silla de un empujón para empezar a vestirse. Tal como están las cosas, solo tendremos tiempo de tomar un bollo en el comedor antes de que suene el primer timbre.
—Necesito que me eches una mano este fin de semana. El sábado llevaré a Casey de pícnic.
Me mira por encima de un hombro. Creo que capto algo parecido a un mohín antes de que se vuelva hacia su armario.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Necesito que mantengas a Sloane ocupada. —Me siento en el sofá que hay en el centro del amplio dormitorio y me pongo los zapatos—. Sé que no está en el equipo Fenn en lo que a esto respecta, y no quiero que cada cita con Casey acabe en un punto muerto.
—Así que, ¿ha ocurrido? —RJ frunce el ceño mientras se cuelga la bolsa de un hombro. Lleva la corbata alrededor del cuello como si fuera una afirmación en contra del jefe. La verdad es que han pasado dos meses desde que llegó a Sandover y todavía no sabe anudársela sin mi ayuda—. ¿Casey y tú?
La pregunta me resulta extraña, y su actitud, cargada de misterio, me inquieta.
—Sí, ¿y…?
—¿Cuáles son tus intenciones? —pregunta.
—¿Intenciones?
¿Qué narices? Es evidente que no somos expertos a la hora de hablar con franqueza, pero creía que RJ entendería lo que siento por Casey. No es una conquista más. Esta chica es especial.
—¿Sloane te ha convencido para que hagas esto? —pregunto con cautela.
—Solo pregunto —dice, y se encoge de hombros de una forma más mordaz de lo que sus palabras sugieren.
No se equivoca del todo al sospechar. Ni siquiera un poco. Bajo la superficie de lo que sabe de mí, hay un cargamento de culpa que acecha en la oscuridad. Porque soy un capullo por desearla, y uno aún mayor por permitir que esto ocurra contra mi buen juicio. Con cada día que pasa, con cada beso, estoy un poco más cerca de destrozarla. RJ está de pie entre la puerta y yo, una señal no demasiado sutil de la sinceridad de su interés. Le he pedido atención y no saldré de aquí hasta que esté satisfecho.
—Nunca le haría daño —aseguro con la voz ronca. Quiero que sea cierto, y es el mejor tipo de sinceridad que puedo ofrecerle.
RJ me evalúa y hace amago de decir algo, pero me vibra el móvil en el bolsillo. Suelto un suspiro, sorprendido ante el alivio que me provoca haberme librado. Entonces, veo el número de mi padre en la pantalla y maldigo en voz baja.
—Es mi padre —murmuro, y pongo la llamada en altavoz con brusquedad—. ¿Sí?
Habría dejado que fuera al buzón de voz de no haber sido porque, de alguna forma, agradezco el rescate. Este juego de miradas con RJ se había vuelto intenso. No imagino de dónde procede tanto interés, a no ser que Sloane esté más preocupada por nuestra relación de lo que había supuesto. Una parte de mí se pregunta si habrá empezado una campaña para poner a RJ en mi contra mientras Casey y yo sigamos juntos. Sé que lo hace con buena intención, que desea proteger a su hermana pequeña, pero Sloane es despiadada cuando quiere.
—Buenos días —responde mi padre con un estúpido tono alegre, que supongo que se debe a que la madre de RJ está al otro lado de la línea—. ¿Os he pillado antes del desayuno?
—Sí, ¿qué quieres?
En los últimos días me ha llamado más veces que en los últimos años de mi vida. Todo forma parte de su repentina transformación en una imitación de padre de serie de televisión que es a la vez perturbadora e insultante. Desde que Michelle llegó, es como si hubiera descubierto sus sentimientos paternales e intentara compensar una década de negligencia benigna. O, como mínimo, quiere que RJ y su madre crean que trata de ser un mejor padre.
No me lo trago. La gente no cambia de la noche a la mañana. Ni siquiera estoy convencido de que las personas puedan cambiar. Así que no, no creo que mi padre de pronto haya dejado de ser un cabrón egoísta para preocuparse por asuntos tan tontos como la «familia».
¿Dónde estaba el Señor Padre de Familia cuando mamá murió? A mi lado no, eso seguro. Antes de su muerte, estábamos unidos. Nos reíamos juntos e íbamos a navegar. Incluso conseguí que alguna vez jugara a videojuegos conmigo. Solíamos divertirnos juntos.
Entonces, ella se fue, y papá me ignoró por completo. Se encerró en el trabajo y me relegó a un segundo plano. Cuando a veces recordaba que yo existía, se sentía culpable, me daba dinero y se esfumaba de nuevo.
Al final, me acostumbré a estar solo. Es decir, ¿a qué adolescente no le gustaría volverse loco sin consecuencias? No importaba lo que hiciera, las locuras que cometiera, papá ni siquiera pestañeaba. El verano anterior a segundo curso, cuando todavía estudiaba en Ballard, como el setenta y cinco por ciento de los marginados que ahora están en el Sandover, celebré una fiesta en nuestra casa de Greenwich que acabó con basura por todas partes, y en la que la policía se presentó tras una docena de quejas por ruido. Pero a mi padre no pudo importarle menos. Contrató a un servicio de limpieza y luego se marchó a su estudio a cerrar un trato que estaba negociando con una empresa tecnológica de Japón. Cuando me expulsaron de Ballard y de ese internado pijo en Suiza ni siquiera parpadeó. Se limitó a rellenar otro cheque y me mandó a Sandover.
Así que, sea lo que sea esto, la molesta rama de olivo que no deja de sacudir ante mi cara, no me interesa. Perdí el interés hace años.
—Me gustaría hablar de las vacaciones de Navidad —dice papá—. Podríamos hacer un viaje en familia.
—Eh, sí. Creo que es un poco tarde para ir a Disney World, papá.
—Michelle me ha sugerido que vayamos a algún lugar en las montañas. Tal vez a esquiar.
—¿Y a mí qué me importa? Haced lo que queráis. Yo tengo otros planes.
—Piénsalo —me presiona, e ignora mi descarada grosería, como si fuera una especie de guerra psicológica—. Mientras tanto, a Michelle y a mí nos gustaría visitaros pronto. Podríamos llevaros a cenar. ¿Qué os parece?
—Paso.
Corto la llamada sin un ápice de remordimiento. Ni siquiera el destello de la desaprobación en los ojos oscuros de RJ hace que me arrepienta. Entiendo que ahora somos hermanastros y que esto también le afecta, pero sería mejor que no se metiera. No puede entender dieciocho años de historia cuando solo hace unos meses que conoce a David, y la mayor parte de ese tiempo lo hemos pasado en esta habitación.
—Eso ha estado mal —comenta mi hermanastro—. Podrías esforzarte un poco.
—Podría, pero no quiero. Créeme, no caigas en su trampa. No se merece que lo defiendas. Y estas conversaciones son mucho más breves cuando no finjo que me importa.
—A lo mejor no es una trampa —señala RJ.
Pongo los ojos en blanco. Por algún desagradable motivo, esta semana ha estado en mi contra con respecto al tema de la reconciliación. Pero no sabe que mi padre, o quien se levantó una mañana y descubrió que era mi padre, había decidido ignorar mi existencia. Al menos, el padre de RJ tuvo la decencia de acabar en prisión.
—Ya te lo he dicho, esta mierda del buen tío es solo eso, mierda. Que os cubra a ti y a tu madre de regalos y planes de viaje. Que trate de ser tu colega. Es falso. Intenta impresionar a tu madre. Quiere quedar bien con ella para que, cuando llegue el divorcio, ella no se quede la mitad de su dinero.
La vacilación crispa el rostro de mi hermanastro.
—¿Qué? —exijo saber.
—Nada… —Juguetea con la punta de la corbata.
—¿Qué? —repito.
—Una parte de mí piensa que este matrimonio va a funcionar —admite al fin.
Me quedo boquiabierto.
—Tío.
—Pues sí.
—¿Desde cuándo?
Se encoge de hombros.
—Parecen felices.
—Acaban de casarse. Claro que ahora son felices. Seguro que él se la ha comido en la encimera de la cocina esta mañana.
RJ palidece.
—Qué asco. Estás hablando de mi madre. Bueno, no digo que dure. Solo que no me sorprendería que lo hiciera.
Niego con la cabeza a modo de reprimenda.
—¿Qué ha pasado con tu cinismo? Era lo que más me gustaba de ti. La culpa de esto la tiene la puñetera Sloane.
—No me molesta ver a mi madre feliz —gruñe de camino a la puerta—. Ajo y agua.
Cuando llegamos al umbral, sin embargo, se detiene y me mira. Vacila otra vez y me bloquea el paso.
Levanto una ceja.
—¿Querías decirme algo más?
Tras un momento de silencio, rompe el contacto visual y sale de la habitación.
—Nada —responde sin siquiera devolverme la mirada—. Olvídalo.
RJ
Sloane está furiosa. Creía que la había visto enfadada antes, pero esto es más que eso. Una alarmante especie de quietud silenciosa que esconde el infierno de la rabia en su interior. Ni siquiera estoy seguro de que respire.
—¿En qué piensas? —pregunto, pero no recibo respuesta.
Hace una hora me ha exigido que fuera a nuestro rincón en el sendero del bosque cubierto de maleza, donde hay un viejo banco entre los arbustos. He venido directo del entrenamiento de natación, después de haberle pedido a Lawson que me cubriera ante el entrenador y de poner una excusa para justificar que tenía que salir antes. No me ha dado una sola pista de a qué se debe esta llamada de emergencia, pero estoy seguro de que está relacionada con la decisión que se ha cernido sobre nosotros durante la última semana.
Y que Fenn vaya a dar ese estúpido paso con Casey nos ha obligado a hacerlo.
Sabíamos que teníamos que hablar con él sobre su papel en el accidente de Casey, pero Sloane no se decide sobre si debe decírselo primero a su hermana. Lo justifica con que ella merece saberlo y que Fenn no debería tener tiempo para prepararse qué decir, pero sospecho que teme las consecuencias de que Casey lo descubra. La aterroriza que caiga en una depresión de nuevo y que, quizá, esta vez no sea capaz de salir de la oscuridad.
Y creo que le preocupa que los sentimientos de Casey hacia Fenn le nublen el juicio sobre qué hacer después. Sé que Sloane quiere entregar la cinta a la Policía. Sin embargo, la idea me provoca náuseas. No puedo chivarme de mi hermanastro.
Pero tampoco puedo ir en contra de mi novia.
Odio estar atrapado en esta encrucijada.
—Al menos, ¿puedes darme una pista? —insisto.
Encima de nosotros, un pájaro u otro animal empuja las copas de los árboles y mi novia se estremece y sale de su hechizo.
—Podría haber muerto —repite Sloane, como si estuviera en medio de una discusión en su cabeza de la que no he estado al tanto—. Fenn la dejó sola con un golpe en la cabeza. Casey podría haberse desangrado. —Retrocede ante la abrumadora imagen que le evoca y echa a andar—. Podría haberla matado, RJ.
—Vale, tal vez —admito con suavidad. Contradecirla ahora sería poner en riesgo mi vida, y no quiero morir esta noche—. Pero también se habría ahogado si Fenn no hubiera estado ahí y la hubiera sacado del coche que se hundía.
Se abalanza sobre mí.
—De modo que te pones de su lado.
—No, te doy otra perspectiva, para que pienses en todo el contexto.
—Que le den a tu contexto.
—Sloane. —Dejo escapar un suspiro—. Aún no sabemos quién es la otra persona del vídeo. La primera que corre por delante de la cámara. No tenemos ni idea de quién es ni de si conducía el coche. Y, a falta de esa información, es fácil querer culpar a la única persona a la que hemos identificado.
Sloane resopla y mueve las manos en el aire.
—No tengo que ser justa. ¡Mi hermana pequeña casi muere y Fenn hace meses que le miente! Es turbio, RJ. ¡Es turbio!
No se equivoca. No pinta bien para mi hermanastro. Y es mala suerte que Fenn fuera el único lo bastante tonto para mostrar el rostro a la cámara del cobertizo para botes. Si supiéramos quién llevó a Casey hasta allí en primer lugar, la decisión de Fenn de huir después de haberla salvado sería una nota a pie de página en todo este calvario. Algo para el epílogo del caso cerrado. En cambio, cómo se comportó esa noche, y cada día desde entonces, hacen que parezca más un sospechoso que un héroe.
—Creo que tienes que decidir a quién darle tu lealtad. —Avanza hacia mí, los ojos grises oscuros le arden como ceniza caliente. Indignada, me clava un dedo en el pecho, lo que me ofendería si lo hubiera hecho cualquier otra persona.
—Sabes que no puedo hacer eso.
Le tomo una mano, y ella la aparta enseguida. Estos días, le he dado una cantidad infinita de manga ancha, teniendo en cuenta las circunstancias. Pero tampoco aceptaré ningún ultimátum.
—Sloane, te quiero, pero de ningún modo escogeré entre mi novia y mi hermanastro. Sí, lo que hizo es jodido, pero, lo siento, no creo que debamos crucificarlo hasta que no conozcamos toda la historia. —Me encojo de hombros—. Llegados a este punto, creo que deberías contárselo a Casey y dejar que ella decida.
—No —responde, claramente insatisfecha por que no esté de acuerdo con alimentar sus planes de venganza. Arquea una ceja a modo de desafío—. Se lo contaré a mi padre e iremos a la policía. Ellos sabrán qué hacer.
Se me tensan los hombros. Me lanza la idea como un cuchillo a la garganta; y se me acaba la paciencia. Quiero encontrar una solución tanto como ella, pero culpar a Fenn porque no sabemos quién es el verdadero culpable no es la salida que más me entusiasma.
—No me interpondré en tu camino. —Me siento en el banco y le imploro que baje las armas—. Estás en tu derecho de hacer lo que creas, pero, si vas por esos derroteros, debes comprender que podrías destrozarle la vida a Fenn, quizá incluso arrebatarle su libertad, sin tener todos los detalles. Si aún no estás lista para contárselo a Casey, entonces, al menos, deja que yo hable con Fenn antes de hacer nada. Permite que admita la verdad. Que explique su versión de la historia.
Presiona los labios.
—Sabes que te mentirá.
—No, no lo sé. Creo que será sincero.
Sloane me mira a los ojos un momento, el tiempo suficiente para que el deseo de pegarme se le pase. Por ahora.
Se sienta a mi lado a regañadientes.
—Veamos el vídeo de nuevo —me ordena.
Saco el móvil para volver a ver la grabación de seguridad del cobertizo para botes de la noche del baile. No importa lo mucho que agrandemos la imagen o la ralenticemos, Sloane es incapaz de identificar nada que nos dé una pista de quién es la persona que abandona la escena en cuanto el coche sale de la pantalla y cae al lago. Y observa a Fenn: cómo sale del plano corriendo para sacar a Casey del coche y, después, vuelve para tumbarla en el suelo con delicadeza. Cómo le escribe a Sloane desde el móvil de su hermana, lo que demuestra que esos puñeteros aparatos son resistentes al agua, porque se había sumergido por completo.
—Si no me hubiera escrito, de ningún modo habría pensado en buscar allí —murmura ella.
Casey desapareció del gimnasio, donde se celebraba el baile de la Academia Ballard, y el lago está lejos de ahí Nadie querría recorrer a pie, de noche, ese camino sin conocerlo. Tal como Sloane lo describió, el cobertizo era un lugar al que la gente iba a beber, a fumar, a enrollarse o a participar en cualquier otra actividad ilícita. Es decir, era el último lugar en el que alguien buscaría a una chica como Casey.
—Habríamos tardado horas en encontrarla —añade Sloane, que aún sostiene mi móvil en las manos. Pero siento que su furia helada se descongela.
—Mira, no quiero imaginar qué poseyó a Fenn para dejarla ahí —digo en tono brusco—, ni por qué no ha sido sincero en todo este tiempo, pero parece evidente que, cuando entró al agua, intentaba hacer lo correcto.
Sloane lo piensa un rato con el ceño fruncido. No es de las que perdonan. Mi novia es de esa clase de personas rencorosas que alimentan el resentimiento. No sé si sabe quién sería sin él. Lo entiendo. Perdonarme por cada error que cometí hasta lograr estar con ella le supuso un gran esfuerzo.
Solo necesito que se abra un poco más.
—Te odio —espeta con un resoplido.
—Lo sé.
Le rodeo un muslo con una mano y le doy un ligero apretón, porque siento que su determinación flojea, y me castigará menos si le recuerdo por qué está conmigo.
—Vale. —Suspira con resentimiento—. Sí, si él no hubiera estado allí, ella habría muerto en el coche.
Es ligeramente benévola, teniendo en cuenta que se refiere a un chico al que le encantaría descuartizar con sus propias manos. Aun así, es suficiente.
—Gracias por reconocerlo.
—Vale. Habla con él primero. Intenta averiguar su versión de la historia. —Sloane se levanta y da la conversación por terminada, por el momento. No hay nadie que odie tanto oír «no mates a nadie aún» como SloaneTresscott. Es una luchadora empedernida—. Pero si no es sincero…
Asiento con severidad.
—Lo sé.
Le dará una oportunidad, y solo una. Por su bien, espero que Fenn se agarre a este salvavidas antes de que se convierta en una soga.
Fenn
—¿El señor Swinney? —pregunta Casey, boquiabierta—. ¿El tipo que parece un viejo abrigo de algodón carcomido por las polillas que se ha caído del perchero en el fondo del armario?
Es una descripción apropiada, y la risa casi hace que me atragante con la saliva mientras buscamos una bonita zona sombreada donde colocar la manta de pícnic el sábado por la tarde.
—Es la coartada perfecta —respondo—. Quién lo diría, ¿eh?
El campus del instituto Sandover es engañosamente amplio, pues se extiende decenas de hectáreas más allá de las instalaciones principales. La mayor parte lo ocupa un bosque virgen que la mayoría de nosotros apenas hemos explorado. Hoy nos hemos salido de uno de los senderos y hemos descubierto un claro entre los árboles de hoja perenne. El otoño está en pleno apogeo. En el resto del campus, las hojas empiezan a volverse de una variedad de colores rojos y naranjas y el suelo es ahora crujiente y marrón. Aquí, en cambio, todavía se ve mucho verde.
Nos sentamos y saco algunos aperitivos que he traído. Encontré una pequeña tienda gourmet a una media hora de distancia de aquí y les pagué para que prepararan un pequeño lote de productos y lo llevaran a los dormitorios por la mañana. Lo mejor de todo es que he conseguido que incluyan dos huesos de tuétano crudos de la carnicería de Calden, el pueblecito más cercano a Sandover.
No pierdo el tiempo en lanzarles los huesos a los dos golden retrievers de Casey, que no dejan de salivar. Los perros atrapan sus respectivos huesos y corren a buscar un lugar tranquilo donde atiborrarse. Bien. Eso los mantendrá ocupados un rato.
—Así que, ¿lo seguisteis? —pregunta Casey entre risas.
—Sí, y no fue fácil llegar allí. Aunque, claro, tiene sentido. RJ y yo nos pasamos la noche vagando por el bosque en plena oscuridad. Nos cortamos y tropezamos con las rocas cada pocos pasos.
—Yo me habría muerto de miedo —añade, nerviosa—. Podrías haber dado con su cabaña de la muerte o algo parecido.
—No creas que no se me pasó por la cabeza.
Me cuesta bastante concentrarme en la conversación, y no estoy seguro de que las palabras salgan en el orden adecuado. Casey está preciosa con la luz que se filtra entre los árboles, como un telón de fondo. Me distraigo cuando la brisa hace ondear su pelo rubio cobrizo, y cuando se chupa los dedos después de morder un gajo de naranja. Las cosas más simples tienen extraños efectos en mi cabeza. Lo consideraría una enfermedad si no fuera porque prefiero pasar tiempo con ella antes que hacer cualquier otra cosa.
—Lo realmente divertido fue salir por patas de allí, pensando que nos pillaría un grupo de narcotraficantes armados que nos cortarían los dedos y se los mandarían a nuestros padres.
—Todo eso para que RJ pudiera ver a Sloane. —Casey sonríe para sí misma.
—Es un personaje.
Saco una botella de prosecco de la mochila y dos copas que he robado del comedor. Por alguna estúpida razón, tengo problemas para servirlo, porque me tiemblan los dedos.
—¿Estás bien? —Ella me observa con una preocupación divertida—. Tiemblas mucho.
—Me pones un poco nervioso —confieso.
Casey inclina la cabeza.
—Me cuesta creerlo.
—Es cierto.
Últimamente, me he esforzado por no mentirle. Al menos, no más de lo que ya he hecho, ni más de lo necesario. Estoy probando este camino de total, e incómoda, sinceridad. Más o menos. Es complicado. No lo sé. Supongo que trato de compensar la forma en la que voy a destrozarla.
—Eso es absurdo.
Le tiendo una copa que, de algún modo, he conseguido no derramar por encima de la manta.
—Créeme, estás bastante fuera de mi alcance.
—Qué mono eres cuando dices tonterías.
Se ríe de mi comentario, intentando ser amable. Por algún motivo, esta chica está convencida de que soy un buen partido. No sé por qué. A veces, desearía confesarle todos los secretos podridos que la harían salir corriendo.
—Toma, prueba esto. —Casey me pone un taco de queso en la boca y observa mi reacción.
Mastico despacio.
—Oh, es raro.
—¿Verdad? Como el vino tinto.
—¿Cómo lo sabes?
Suelta una risita.
—¿Crees que eres la primera persona que me ofrece alcohol?
No sé por qué me encanta que se burle de mí.
Nunca me he sentido tan feliz como ahora y aquí, con ella. Casey tiene la habilidad de borrar todo lo que nos rodea y de hacerme sentir más ligero. Libre. Feliz. Sin embargo, no es algo ininterrumpido, pues, entre esos momentos puros, me recorre una corriente de temor que me recuerda que solo es cuestión de tiempo que la decepcione o que me convierta en una influencia tóxica que corrompa toda la bondad que la hace tan especial.
Casey no sufre de la apatía y el desencanto malignos a los que los demás hemos sucumbido. No es otra niña rica y hastiada, con el alma fría y vacía. Es optimista y dulce. Amable y generosa. En cierto modo, se las ha ingeniado para mantener todo aquello que a los demás nos han arrebatado, a pesar de las terribles pruebas que ha superado y que habrían paralizado a otros.
Es un poco mi heroína.
Y, si yo no fuera un capullo egoísta, la dejaría antes de romperla.
—¿Qué haces esta noche? —me pregunta mientras saca un minidónut recubierto de azúcar glas de un paquete—. ¿Te meterás en líos?
—Las peleas son esta noche. —Pongo los ojos en blanco—. RJ quiere que vaya con él, ya que, en teoría, tras haber destronado a Duke, debe hacer acto de presencia.
—No imagino a RJ dirigiendo las cosas. Siendo el nuevo Duke.
—Ya somos dos.
Mi hermanastro nunca quiso la responsabilidad ni el poder de ser el jefe de Sandover. Cuando retó a Duke por el liderazgo, peleaba por su propia autonomía contra un sistema corrupto. En otras palabras, quería llevar a cabo sus tretas criminales sin tener que darle una parte al puto DukeJessup. Pero no había tenido en cuenta que la máquina no deja de girar, sin importar quién pilote. Les guste o no.
Casey se apoya en los codos y me lanza una mirada curiosa.
—¿Alguna vez has participado?
—¿Luchado? Sí. Un par de veces.
No soy capaz de leer su reacción, pero espero que esté decepcionada. Es una de esas cosas que deslucen. Participar en la tradición de Sandover en la que los chicos se dan palizas unos a otros cada sábado por la noche no es la característica más atractiva de un potencial novio.
—¿Fue por diversión o…?
—¿Te refieres a si lo hice por diversión? No.
Muchos chicos participan por las risas; otros, para demostrar algo, y a algunos les gusta. Ese no soy yo.
—Quizá sea un defecto, pero las dos veces que he entrado ha sido porque tenía algo que resolver. Una cuenta pendiente o algo así. Para acabar con el conflicto.
No obtengo ningún tipo de placer con la violencia. Sin embargo, a veces el conflicto físico es eficiente. Todo el mundo conoce las normas, y funciona. La mayoría de las veces.
—No te juzgo, pero no te imagino en medio de una pelea —dice, y se muerde el labio, como si le costara formar la imagen en su cabeza—. No con esa carita de ángel. —Me pasa un dedo juguetón, embadurnado de azúcar glas, por una mejilla.
Lo he escuchado toda mi vida. FennellyBishop, el niño bonito. Pero, cuando estoy cara a cara con un tipo que no tiene reparos a la hora de partirme la cara, no me contengo ni un poquito. Algo se desata en mi interior cuando pruebo la sangre. Me vuelvo despiadado. Es como si me desmayara y una parte de mí, reprimida en los más hondo de mi ser, tomara el control. Pero, de nuevo, es una especie de evasión, como si le echara la culpa a otro. Tal vez disfruto dándole una paliza a alguien de vez en cuando. Quizá todos lo hacemos.
—¿Con quién te peleaste? —pregunta—. ¿Los conozco?
—El único al que conocerías es Gabe.
Se queda boquiabierta.
—¿No es tu mejor amigo?
Sonrío.
—No durante esos diez minutos en el ring.
Esa sí que fue una pelea tremenda. Gabe y yo nos conocemos desde párvulos, así que es evidente que nos hemos peleado una o dos veces a lo largo de los años, pero esa noche fue una pelea sangrienta, a puño limpio, que nos dejó a ambos destrozados. Ni siquiera sabría decir quién ganó. Tampoco recuerdo por qué nos pegamos esa noche.
Ah, sí. Me acosté con una chica que le gustaba. Rompí el código de los amigos. Cuando me retó en las peleas, ya me lo esperaba.
—¿Aún no has hablado con él desde que lo mandaron lejos? —pregunta Casey en voz baja.
—No. —Una oleada de tristeza me atraviesa, junto con una pizca de culpa—. Todavía no he descubierto adónde lo han enviado. Los padres de Gabe son estrictos hasta el absurdo, por lo que supongo que probablemente habrán escogido el único colegio militar del que es imposible obtener información.
—Ya. Lucas siempre se queja de lo insoportables que son sus padres. Lo vuelven loco.
La mención a Lucas hace que me erice por dentro, lo cual es una tontería, porque Casey puede tener amigos. Joder, ahora mismo, con toda la gente de Ballard que aún cuchichea sobre ella, a los que se han sumado las chicas del St. Vincent, quiero que tenga la mayor cantidad de amigos posible.
Pero no puedo negar que siento una pizca de celos ante el hecho de que sea tan amiga de Lucas Ciprian.
No es que el chico tenga nada de malo. Es un buen chaval. Gabe sentía debilidad por su hermano pequeño, sobre todo porque su padre siempre los comparaba. Es evidente que Lucas sufre el síndrome de vivir a la sombra de su hermano mayor, y sé que Gabe percibía la envidia que le tenía, porque siempre intentaba reforzar su confianza.
—Al parecer, han empeorado desde que pillaron a Gabe traficando —me cuenta Casey—. El señor Ciprian es más duro con Lucas. Lo llama casi todos los días para aleccionarlo sobre el «trabajo honrado», y para que no siga los pasos de su hermano.
—Quizá Lucas necesita pelear —digo con suavidad—. Deshacerse de parte de la frustración.
—Eh, ¿y si voy esta noche? —sugiere, y se lleva la copa de vino a los labios—. Para ver de qué va todo eso.
Me estremezco ante la idea.
—Mala idea. Las chicas no asisten a las peleas. Créeme, no es el tipo de lugar en el que querrías estar.
—¿Por qué? —Arquea una ceja, combativa—. ¿Porque soy demasiado adorable y frágil?
—Sí, exacto.
—Capullo.
Me río ante el pequeño atisbo de su lado desafiante. Pagaría por ver cómo cree que es rebelarse.
—Si quieres revolcarte un poco en el barro, puedes luchar conmigo. —Entrecierro los ojos, como para desafiarla.
Ella los abre como platos.
—No te atreverías.
Le quito la copa y la pongo a un lado.
—Claro que sí.
