Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La monstruosidad está en cada esquina. No te dejes consumir por la desesperación. En las empinadas calles y laberínticos cerros de Valparaíso, se ha cumplido una profecía. Un culto ha convocado a sus aberrantes dioses desde el océano Pacífico, desatando una tormenta sin fin que azota la tierra. Los muertos se levantan de sus tumbas, condenados por la oscuridad que llevaban en su corazón. La humanidad busca refugio en medio del caos, pero la tormenta también despierta a los demonios del pasado. Los pecados capitales emergen para llevarse a los sobrevivientes. Nadie está cuerdo. Nadie está a salvo. Todos tenemos algún secreto que no nos atrevemos a confesar. Una novela inspirada en un videojuego de survival horror.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 277
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Rosa Ventorum
Sello: Nepenthe
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Gianina Villagrán
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: José Canales
Ilustraciones interiores: Gianina Villagrán
Corrección de textos: Francisca Garcia
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
_________________________________
© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-14-8
ISBN digital: 978-956-6386-41-4
__________________________________
Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
¿Quién iba a pensar que esas cadenas de papel desaparecerían de golpe en una noche?
En aquel frío anochecer, la tinta se convirtió en sangre y aquellos muros en cuentos de hadas; el viento decidió abrir las puertas del pandemonio que yacía en nuestras almas, dejando que la niebla, el hielo, la lluvia y la tormenta liberasen el miedo que yacía dormido en nuestros condenados corazones.
Ese frío día de invierno, Anthony Rodríguez se despertó temprano. Era su último día libre, pero su reloj biológico, ya adaptado al ritmo del trabajo, lo había obligado a abrir los ojos. Su habitación estaba oscura y a lo lejos un débil murmullo le recordó que se había dormido con la televisión encendida.
Frunció el ceño, el brillo de la pantalla punzaba en sus ojos, diluyendo lo que quedaba del sueño en su cuerpo, arrastrándolo devuelta a la realidad. Dejó su tibia cama, maldijo para abrir las cortinas y vio el casi negro cielo invernal iluminado por las luces de algunos vehículos y las de los edificios más cercanos. El cielo se veía tan muerto, pero le gustaba mirarlo, había algo en su inmensidad que lo calmaba y le hacía olvidar sus problemas.
Escuchó una puerta abrirse en la habitación de al lado, era su amiga Isabel. Ella y su hermano menor Pablo se habían instalado a vivir en el pequeño departamento de Anthony, tras haber perdido su hogar durante un incendio unos años atrás.
Por la cantidad de ruido en la cocina, al parecer se estaba preparando para ir a trabajar al Hospital en Valparaíso. Oía su rápido andar sobre el suelo y el tintineo de su taza mientras preparaba su desayuno.
—¡Ouch! —la escucho soltar un pequeño grito. Al parecer se había quemado al beber el agua.
Sonrió un poco, le gustaba esa alegría y torpeza.
Aunque también estaba despierto a esa hora, no quería verla, se sentía avergonzado. Se apoyó contra la puerta de su habitación escuchando a Isabel, su teléfono sonó y una voz alegre y coqueta comenzó a hablar. Apretó los puños al notar que estaba hablando con el maldito de su novio y suspiró con rabia para volver a la cama, intentando descansar un poco más antes de volver al Cuartel.
Enfocó su atención en las noticias: hablaban sobre extrañas desapariciones en la región. Se creía que podrían ser secuestros o, en el peor de los casos, algún asesino en serie, un misterio que tenía a varias comisarías y divisiones de Carabineros y la Policía de Investigaciones indagando por toda la región sin hallar respuestas sólidas. Incluso ya se comentaba que la Armada y las Fuerzas Militares se unirían al proceso si esto empeoraba, pero eso no lo sabían los medios.
Los hechos eran extraños. Nada tenía sentido. No había ningún patrón que confirmase alguna de las teorías de los medios, ni la del asesino ni la de los secuestros, aun cuando se habían encontrado restos humanos dispersos en distintas partes de la región. Restos que parecían mutilados por animales salvajes...
—Nos vemos en el trabajo, amor. Chao —escuchó la puerta cerrarse con fuerza casi al mismo tiempo que acabó la llamada.
La voz de Isabel lo apartó de sus pensamientos. Ella había partido, pero seguía presente su corazón. Presente en su piel.
Miró el cielo buscando luces de un nuevo día para vivir e intentar olvidar el dolor.
“Un corazón roto puede ser tan devastador como la misma muerte”, pensaba y se preguntaba cómo había podido ser tan ingenuo para creer que él e Isabel podrían ser algo más que amigos. Ya habían pasado un par de días desde aquel incidente, donde ese frío rayo de esperanza lo ató al abismo de la vergüenza, burlándose de sus sueños. Se sentía débil y devastado. Usado.
Y aquel día parecía restregárselo en la cara: solo, rodeado por un cielo oscuro, una fuerte lluvia y un aire tan frío como el acero. Creía que los ánimos con suerte le servirían para llegar a la ducha, lo cual ya era una buena señal. Se despojó de su pantalón de polar y entró de mala gana. Dejó que el agua ardiente cayese sobre él, esperando que el dolor que tenía en su interior se diluyera.
Pasaron varios minutos hasta que logró sentirse limpio. Cerró el agua, salió de la ducha y comenzó a secarse. Sin ánimos, apartó el cabello pelirrojo de su rostro, para luego secar su piel salpicada de pecas, pensando que le daban un toque infantil para su edad. Caminó un poco, limpió el vapor del espejo y vio como sus odiosos ojos azules, alegres hace un par de días, lo miraban exponiendo toda su frustración, vergüenza y rabia.
—Al final siempre acabamos queriendo a quien más nos daña. ¿O no? —le dijo con rabia a su reflejo tras secarse la cara. Tenía los ojos irritados y le dolía la cabeza. No había logrado dormir bien la noche anterior—. Quizás ella aún tiene algo pendiente con él y por eso cambió de opinión, de seguro es eso... —intentó sonreír y engañar a su reflejo—. Debe ser eso.
Durante años había sido amigo de Isabel, y nunca se dio cuenta de que estaba enamorado de ella hasta que comenzaron a vivir juntos. Ella siempre había estado presente en su vida para acompañarlo y brindarle apoyo, especialmente en aquellos momentos en los que estaba a punto de renunciar a la vida.
Él había querido retribuir su apoyo y no fue hasta el desgraciado incendio que ocurrió en Valparaíso hace unos años, que al fin sintió que podía realmente hacer algo por ella. Sintiendo el amor crecer, pero aceptando la idea de que solo sería su amigo. Hasta que ocurrió el incidente.
El novio de Isabel la había dejado por sorpresa, negándose a darle explicaciones. Simplemente la había sacado de su vida. Y ella, en su desesperada confusión y soledad, buscó consuelo en los brazos de Anthony: el amor de alguien que la amase de verdad. Pero la angustia del deseo acabó por convertirse en una válvula de escape e Isabel buscó en su piel el calor de otro, dejando salir de sus labios palabras de amor y promesas efímeras, cuando dejó caer su despecho sobre el corazón que menos merecía recibirlo.
Tony vio el cielo y comenzó a imaginar su vida con ella tras haberle entregado su cuerpo y su corazón. Comprobó que su esperanza solo era una estrella fugaz.
Al día siguiente Isabel le dijo que había vuelto con su novio, que lo que había sucedido entre ellos había sido un error, que se sentía avergonzada y sepultó aquella noche en sus recuerdos. “Esto te pasa por ser tan ingenuo”, con rabia vio que aún conservaba las marcas de pasión que sus uñas habían dejado sobre su espalda.
Bufó de frustración y salió del baño, azotando la puerta contra la pared. Escuchó cómo vibraban las ventanas, con la lluvia arañando furiosa el edificio y dando una advertencia sobre la desdicha que remecería el mundo de los mortales.
El viento gritaba sobre los árboles, anunciando que aquella semana continuaría tornándose cada vez peor. El teléfono de Anthony comenzó a sonar. Algo extrañado vio que lo llamaban del Cuartel.
Aquel viernes parecía ser el día perfecto para Isabel Rivera. Ya quedaba poco para la hora del almuerzo, y aquella hermosa mujer morena iba apresurada por el pasillo a guardar los exámenes de los pacientes que ya habían sido atendidos.
Sonreía extasiada. Había planeado aprovechar las pausas del trabajo para ver a su novio, el doctor David Letelier. Quería complacerlo por completo ahora que habían vuelto tras su breve separación. Se sentía tan afortunada por la oportunidad de poder continuar a su lado y le demostraría que ella valía la pena para él.
Realmente había sufrido demasiado cuando él le pidió un tiempo, e Isabel sabía que era su culpa, por haber sido descuidada con la relación, por asfixiarlo o quizás por no dedicarle el tiempo suficiente para complacerlo. Pero ahora que habían vuelto, tras rogarle mil veces por una segunda oportunidad, estaba dispuesta a darlo todo por él. Ese hombre era una persona maravillosa, demasiado bueno para ella, y merecía lo mejor.
“Así que borrón y cuenta nueva”, pensó al recordar el incidente con Anthony.
—Es su culpa por hacerse ilusiones. Era más que claro que yo no soy para alguien como él —murmuró para sí misma, ordenando unos papeles, y cruzó por su mente esa mirada azul haciéndose en pedazos cuando ella le dijo que lo que había sucedido entre ellos había sido un error.
“Rayos”, gruñó molesta, al seguir pensando en el ingenuo de su amigo y aceptando cómo cruelmente se había aprovechado de su corazón. Le dolía saber que había sido una horrible persona. Isabel soltó un ronco suspiro de molestia, estiró su cuerpo y sintió una corriente de placentera relajación viajando sobre sus músculos. Se sentía agotada tras ir de un lado a otro, pero aun así disfrutaba de su trabajo. Aunque tantas horas allí no eran algo bueno para su salud. Si quería seguir con David debía verse perfecta todo el tiempo, comer lo necesario para no preocuparlo y darle el espacio que necesitaba.
—Disculpe —dijo una voz débil y vieja a su espalda—. Señorita, disculpe. Vengo a dejar unos exámenes.
Antes de responder, Christian Ortega, un joven pálido, ojeroso y de cabellos rubios se cruzó delante de ella.
—Buenas tardes señora —dijo el joven, extendiendo su mano—. Permítame mirarlos. —Tomó los papeles y la bolsa con el ceño muy fruncido—. Siga la línea amarilla y podrá entregar esto en el mesón.
La señora le dio las gracias y caminó tambaleándose un poco debido a una notoria cojera.
—Deberías estar más atenta, Isabel. Al menos para dar instrucciones a los pacientes.
—Lo siento, Chris. Lamento estar tan distraída. Es que estoy tan feliz —respondió sonrojada y entre risas, como una adolescente, mientras caminaban por el pasillo.
—¿En serio? —respondió con sarcasmo y enarcó una ceja, pensando que esa felicidad provenía de cierto talentoso doctor imbécil—. Pues espero que esa felicidad no te distraiga tanto. En especial camino a casa.
—Eres un pesado —rio un poco y luego la curiosidad la invadió—. ¿Camino a casa? ¿Por qué lo dices? —Lo miró extrañada.
—¿Isabel, viste las noticias?
—No, últimamente he estado ocupada. ¿Por qué?
Christian suspiró antes de decirle a qué se refería, mientras rogaba al cielo que esa mujer fuese más atenta con lo que ocurría a su alrededor.
—Al parecer, últimamente hay muchas muertes misteriosas en la región. Han aparecido cuerpos reventados desde adentro y otros devorados, en lugares solitarios o incluso en plena carretera. La mayoría son de vagabundos, por lo que no les han dado tanta importancia —relató algo incómodo—. Algunos dicen que deben ser jaurías de perros salvajes o pumas que bajan de la cordillera. Otros creen que incluso puede ser algún asesino en serie, pero aun así nada tiene sentido. Nada calza. Las muertes y los lugares donde han encontrado los cuerpos han sido al azar. —La mirada de Isabel se ensombreció y una sonrisa nerviosa se formó en su boca—. Es por eso que últimamente hay más carabineros haciendo controles de seguridad en las calles cuando es de noche. En fin, todo es tan extraño que parece sacado de una película de terror.
—Suena horrible. Pero no te preocupes, estaré a salvo y en caso de cualquier cosa siempre puedo llamar a Anthony y él aparecerá al instante a rescatarme —contestó entre risas.
Christian se molestó ante ese comentario. No por celos. Sino porque le apenaba cómo Isabel usaba y abusaba de la confianza de su amigo. Él tenía más que claro que Tony estaba loco por ella, que daría todo por Isabel sin dudarlo. Le molestaba esa actitud de su amiga. Siempre apoyándose y usando al de turno como si tuviese miedo de enfrentar la vida sola. Christian sabía muy bien que esa actitud dependiente e invasiva había sido lo que había aburrido a su novio, quien había dado el corte final a esa relación una vez que alguien más captó su atención. Algo de lo que al parecer Isabel nunca se enteró, pero que Christian vio con sus propios ojos.
—Isabel, deberías...
“Deberías dejar de aprovecharte de lo que él siente por ti”. El consejo que quiso darle no logró ser escuchado por la mujer, ya que de improviso algo llamó la atención de ambos: la sirena de una ambulancia se escuchaba extremadamente cerca del edificio. Un sonido que aumentaba de forma escalofriante hasta ser ensordecedor. Un bestial sonido metálico fue escuchado en la entrada. Luego un chirrido seguido de otro y varios más. La ambulancia chocó contra un auto, salió disparada contra la fachada del hospital, mientras los restos de metal arañaban las ventanas como si fuesen garras.
Tras el fuerte temblor que causó el accidente, hubo un pequeño silencio antes de que leves gritos de asombro brotasen junto a la morbosa curiosidad de la sala de espera del hospital. Casi todo el personal y varios pacientes corrieron en auxilio de los accidentados. Por otro lado, en la calle, todos miraban pasmados la terrible escena, a la vez que varios grababan con sus celulares el espectáculo, sin ánimo de prestar ayuda, frente a un sonoro y descoordinado carnaval de bocinas inundando el aire, sentenciando que el tránsito se había estancado sin remedio y hasta nuevo aviso.
Christian e Isabel corrieron a la entrada intentando vislumbrar lo ocurrido y buscando maneras de ayudar. El canoso doctor Cárdenas, director del Hospital uno de los médicos de urgencias, pasó corriendo delante de ellos, diciéndoles que sacasen a los curiosos de allí y se acercó al rojo auto chocado para confirmar lo peor: el chófer estaba muerto, con el cuello roto y expuesto como una rama despedazada, de donde la sangre no paraba de emanar. Una expresión de pena y frustración inundó su rostro. Sin embargo, luego lo vieron ir hacia la ambulancia junto a un paramédico de cabello oscuro. El copiloto estaba muerto, al parecer se había dislocado el cuello con la fuerza del choque y colgaba del cinturón de seguridad, con sangre en su boca y un vendaje deshaciéndose en su antebrazo. La mirada de Cárdenas volvió a verse ensombrecida frente aquella visión, pero luego brilló al notar que el chófer de la ambulancia, un hombre de mediana edad, estaba vivo, con un irregular corte en su cuello que no paraba de sangrar.
El doctor hizo una seña, y un par de hombres junto al paramédico corrieron para socorrerlo y sacarlo con sumo cuidado.
—El... paciente no... no... —dijo dando un último suspiro ensangrentado antes de ser sacado del vehículo.
—¡Mierda! —gritó el doctor, que con el paramédico buscaba detener la hemorragia en su cuello—. ¡Vamos! ¡Resiste!
Cárdenas y su acompañante hacían todo lo posible por salvar al hombre. Otro de los acompañantes del doctor fue a abrir la destrozada puerta trasera de la ambulancia. Y tras forzar la puerta a golpes, vio a un convaleciente y al paramédico que lo tenía a su cuidado, moviéndose con dificultad en el fondo de la ambulancia, cubiertos de sangre y soltando gemidos de dolor.
—¡Dios Santo! —gritó al ver el estado en el que se encontraban—. ¡Por la Virgen Santísima, es un milagro que sigan con vida! —dijo con sus ojos llenos de lágrimas de emoción.
Un anciano indigente lo miró con sus ojos vidriosos y caminó rápidamente hacia él entre ininteligibles balbuceos. Su rostro estaba cubierto por una máscara de sangre, y bajo unas vendas se podía ver uno de sus ojos reventado y teñido de oscuridad. Tropezó al llegar a las puertas de la ambulancia y cayó en sus brazos, aferrándose.
—Tranquilo señor, ya vendrán a ayudarle. Todo...
“Todo estará bien”, aquella frase nunca salió de los labios del hombre. El anciano le arrancó la oreja de un mordisco, aferrándose a su cuerpo como una araña a su presa. El hombre luchó maldiciendo y pidiendo ayuda, jalando de su cabello e incluso arañando su arrugada cara con tal de quitárselo de encima. Pero el indigente era increíblemente fuerte. Demasiado fuerte. Separó y expuso la carne de la nuca del hombre con sus uñas.
Christian e Isabel estaban acostumbrados a ver cosas terribles en la sala de emergencias, pero nada como eso. Eso era abominable.
Cárdenas y su paramédico corrieron para apartar al indigente lunático de ese hombre, mientras la demás gente grababa la escena sin moverse, con repulsión y curiosidad, entre gritos de asombro y terror. En el forcejeo, el doctor y su acompañante no se percataron cuando el joven y el supuesto paramédico muerto surgió de las profundidades de la ambulancia ensangrentada, meneándose lentamente como una serpiente antes de saltar y agarrarse del pobre doctor que había querido ayudarlos. Al contrario del indigente, sus dientes se clavaron con total y desesperante lentitud sobre su cuello, abrazándolo con suma posesión y violencia, hasta desangrarse en sus brazos.
Más gritos emergieron entre la multitud expectante, como si fuesen testigos de una retorcida pelea callejera: estaban viendo cómo esos hombres eran devorados por los demás. Los gritos incrementaron cuando de los vehículos emergieron los supuestos muertos: el copiloto con el vendaje, sonriendo con su boca sangrante y el hombre del auto rojo, cuyo cuello roto ahora descansaba sobre uno de sus hombros. Ambos se habían levantado y lanzado sobre el público morboso, destrozando con sus dientes a cuantos alcanzaban, mientras el resto huía presa del pánico y la desesperación.
Isabel sintió vibrar su celular en su bolsillo: era Anthony.
—¿Aló? —se oyeron voces forcejeando y gritando—. Tony, ¿qué está pasando?
—No salgas del hospital.
Isabel oyó un disparo y a alguien cerca de Tony gritar: “¡Dijeron que no les disparen a los civiles, solo deténganlos!”.
—Estoy llamando a escondidas —hubo un pequeño silencio. De fondo se escuchaban gritos—. Isa, todo se fue a la mierda. Iré a buscarte ahora. Estoy a unas cuadras de ti.
—Tony, un hombre mató a otro en la entrada del hospital ¡y otros más están haciendo lo mismo! ¡Dime qué está pasando!
—No lo sé...
Se oyó otro disparo y alguien gritando: “¡Retrocedan!”.
—Pero es peligroso, todos están siendo atacados. No salgas por favor.
—Yo estaré bien —tomó una temerosa pausa—. Yo estaré bien —repitió y su voz se cerró cuando vio con horror cómo uno de los hombres atacados volvía a alzarse para atacar junto al resto: era el doctor Cárdenas.
El doctor se levantó y se lanzó a la persona más cercana: una jovencita que grababa la escena con su celular. El hombre clavó las uñas en sus ojos mientras abría su garganta con los dientes, tiñendo de rojo su bata blanca, sin inmutarse por los inútiles golpes que le daba la chica con su delgado teléfono mientras aullaba, pidiendo ayuda entre llantos.
Tras esa escena, varios de los testigos comenzaron a abandonar la entrada furtivamente. Isabel se sujetó del brazo de Christian, con miedo a quedarse atrás y tironeando su brazo como si fuese una niña pequeña, pidiéndole entrar al edificio con ella mientras hablaba con Tony. Él asintió y la siguió, pensando que lo más seguro era largarse de la entrada.
—No salgas. Escóndete en algún sitio lejos de las ventanas del primer piso. No dejes que nadie te toque, ¿me escuchaste? Al parecer es algo extremadamente contagioso. Busca algo que te sirva de arma, solo por precaución. Si puedes quédate junto a Chris. Iré por ti con Adrián. Y por lo que más quieras... no salgas de allí.
—Estaré en el último piso, cerca de las escaleras de emergencia.
El policía le cortó.
—¡Tony!¡Tony! —una angustia tremenda la inundó—. Mierda... Chris, Tony dijo que algo raro está pasando y que es seguro ir a la parte alta del hospital.
No acabó de decir eso, cuando la masa aterrada y más atacantes comenzaron a correr hacia el edificio, huyendo como hormigas perseguidas por una lupa. Christian la sujetó de la muñeca con fuerza y la arrastró corriendo en dirección a las escaleras de emergencia, alejándose raudamente de la entrada. Evadían empujones y se tropezaron con una elegante figura, una persona a quien Chris no podía ver ni en pintura:
—¡Amor! —gritó Isabel, soltando el agarre de Chris, lanzándose a los brazos de David, que la miraba perplejo—. ¡Están matando gente afuera! Debemos ponernos a salvo, Tony dijo que nos podrá sacar de aquí si nos resguardamos.
—Santo cielo —respondió sorprendido mientras la abrazaba—. Tenemos que ponernos a salvo. Pero antes que nada debemos resguardar el lugar y a los pacientes —sonrió tras soltar un gruñido de molestia al oír el nombre del policía pelirrojo.
Avanzaron juntos y en silencio, pero no acabaron de dar la vuelta al pasillo que daba con las escaleras de emergencia cuando apareció el doctor Cárdenas con una perturbadora expresión de calma, con sus labios y bata bañados en sangre. Los vio y les sonrió, antes de comenzar a correr hacia ellos, soltando un profundo y agónico gemido en el proceso. David se espantó y por instinto apartó a Isabel a un lado para correr y abrir la puerta, desapareciendo escaleras arriba.
Chris lo maldijo en silencio.
—¡Qué esperas! ¡Corre tras él! —gritó a Isabel, al ver que el doctor se aproximaba hacia ellos, pero ella no se movía debido al miedo de lo que veía.
Christian alzó sus puños, dispuesto a luchar contra el descontrolado anciano. Sin embargo, el doctor los ignoró para lanzarse al ataque de una joven que tristemente tropezó contra él.
—Chris, llévate eso —susurró nerviosa, señalando la pared mientras temblaba. Chris vio el pequeño extintor del pasillo ya que el hacha de emergencias no estaba y no dudó en llevárselo.
—Ponte detrás de mí —susurró mientras entraban a la escalera—. Y atenta con todo, por favor.
Antes de cerrar la puerta de las escaleras, ambos vieron con culpa cómo el pobre guardia intentaba salvar al resto de la gente que corría dentro del edificio: gritaba indicaciones antes de desaparecer entre las fauces del indigente y el joven paramédico. Isabel vio la piel del guardia siendo desgarrada con gula, como el envoltorio de un dulce, derramando su sangre en el suelo. Él la miró a los ojos, lloraba mientras era devorado con violencia.
Una imagen que la atormentaría por siempre.
Nota sobre la infección: propagación
Hace unos meses, tras un intento fallido de retomar Valparaíso, fueron encontradas algunas notas que nos pueden enseñar un poco sobre la miseria que cayó en el país.Al parecer, incluso en estos tiempos, fue difícil de creer que algo así estaba sucediendo. El autor de las siguientes notas hablaba sobre la infección como si fuese una especie de castigo divino, lo único que podría darle sentido a la horda de muertos que se esparció sobre la tierra.
Estos son extractos del documento original, aunque gran parte está censurado y hecho cenizas:
“Quien es mordido se convierte en un portador, un ghoul, un cadáver reanimado o como se conoce popularmente en la actualidad: un zombi, esas conocidas bestias antropófagas de mitos y leyendas de continentes lejanos. Pero, a diferencia de estos, los Condenados sufren cambios que van más allá del deterioro natural debido a la putrefacción”.
“La mordida no mata, solo te deja marcado, maldito.
La velocidad de infección varía según la gravedad de la █ █ █ █ █ █ y █ █ █ █ █ súbita. Con casos que van desde unos minutos a varios días e incluso semanas... lo cual acaba siendo peor. Ya que cuando la █ █ █ █ █ █ no mata a la víctima, esta acabará delirando, agonizando lentamente. Comenzando a sufrir alucinaciones e incrementando sus niveles de agresividad. Manifestando su inconsciente, sus más grandes pecados, reprimidos y expuestos, revelando en qué Condenado se convertirá”.
“Solo podemos especular que, de alguna manera, el alma del infectado muta en una █ █ █ █ █ █ █, con la única finalidad de traspasar su maldición a otro humano. O que simplemente la █ █ █ █ █ █ █ gatilla una metamorfosis aberrante sobre la persona.
Sea lo que sea, la muerte refleja la esencia humana misma despojada de su raciocinio”.
“... lo único que hemos descubierto es que se puede evitar el incremento del número de infectados mientras estos siguen siendo un cadáver. Ya que, en su estado de incubación y antes de transformarse en pesadillas andantes y pensantes, son débiles y vulnerables.
Donde solo queda huir cuando lo que se incubaba en el cuerpo, finalmente abandona su capullo de carne humana”.
“Es por eso que una vez que te muerden, el fuego se convierte en la única cura.
La única sa...”
Las horas pasaban y el caos comenzaba a ramificarse por la ciudad, en completo silencio en algunos lugares y en un carnaval infernal en otros, acompañado por las sirenas de emergencia que sonaban a la distancia, junto a voces ininteligibles y roncas bocinas de diversos vehículos.
—Oh mierda... —maldijo Jeffrey Sainz, mirando la hora en su teléfono y pensando que, de no haber sido por esa sinfonía de destrucción, no habría despertado.
Le dolía la cabeza, por el maldito ruido y el débil rayo de luz que punzaba en su rostro y debido a la resaca que lo mantenía atado a la cama, como un cruel amante que se negaba a dejarlo ir. Las molestas secuelas de su pequeña celebración privada le recordaban que las responsabilidades son responsabilidades. Y que, debido a la hora, con más razón debía mover el trasero lo antes posible. Debía tomar su puto bolso, llevarlo a la jodida policía y sentarse el resto del maldito día a dar explicaciones de mierda. Ya estaba harto de su vida como verdugo criado por el culto de la Rosa de los Vientos, así que esperaba que entregarse a la policía le diese la paz mental que tanto añoraba hace años.
Así que ir y confesar era algo bastante simple, que incluso un niño podía hacer.
El ruido se hacía cada vez más fuerte en las calles. Se oían murmullos en el pasillo del hostal donde había pasado la noche. No les dio importancia. Ordenó la cama, limpió la habitación y tras hacer sus ejercicios diarios se vistió perezosamente para darse una merecida ducha. Sin importar si era tarde, era su maldita rutina e iba a llevarla a cabo.
Dejó libre su húmedo y largo cabello castaño. Se miró al espejo y sonrió al ver la cara de porquería que tenía. Mierda. Su barba amenazaba con crecer lentamente para conquistar su cara si no la cortaba en unos días más. Y sus putas ojeras, Dios... Se veía como una puta con maquillaje barato tras una noche de acción.
—Te ves como la maldita mierda, Jeff, pero como la mejor mierda de la ciudad —se dijo riendo antes de salir de la habitación.
Bajó las escaleras alegremente, mirando los coloridos cuadros con paisajes típicos de los diversos e icónicos cerros de Valparaíso, la mayoría decorado con sus ascensores, unas maquinarias arcaicas, pero con un encanto único, que siempre hacían dar un pequeño viaje en el tiempo al usarlos.
—Buenas tardes, joven —dijo el dueño del hostal al encontrarse con él al final de las escaleras—. Sé que dijo que iba a marcharse hoy en la mañana, pero considero que es mejor que espere —musitó nervioso el rechoncho y calvo anciano.
—¿Hay protestas? —preguntó acomodando su bolso tras su espalda. Cerró bien su chaqueta de aviador negra y acomodó su bufanda roja sobre su tatuado cuello.
—Disturbios violentos —su voz sonaba apagada.
—En fin, es casi lo mismo. Solo es gente en las calles —respondió despreocupado, alzó levemente los hombros, y le entregó la llave de la habitación al señor que lo miraba como un anciano que temía no volver a ver a sus hijos—. No se preocupe, me puedo cuidar solo.
El anciano le sonrió débilmente, pues al ver su fornida e intimidante apariencia le pareció más que claro que era capaz de defenderse.
—En fin, fue un gusto pasar por aquí otra vez —le sonrió antes de partir del lugar.
Tras atravesar el pórtico de la antigua puerta, Jeffrey sintió el frío del invierno acariciar su rostro. Disfrutó de su gélido toque y de la visión de la gris cúpula de nubes que coronaba la ciudad.
Observó extrañado la enorme cantidad de gente que inundaba las cercanías de la Plaza Aníbal Pinto. Para la hora que era, era demasiada, en especial porque la mayoría no parecían ser los típicos vendedores de comida vegana. Algunas personas caminaban como si nada y otros corrían nerviosas de un lado a otro. El tránsito estaba estancado y avanzando de forma lastimera, como un extraño cortejo fúnebre, y el ruido de bocinas inundaba el paisaje, especialmente los autobuses que incrementaban el dolor de cabeza a causa de su resaca.
—Juro que le meteré todas estas bocinas de mierda por el trasero al maldito hijo de puta que estancó el tránsito —murmuró rabioso al asumir que debería caminar hasta su destino, intentando ignorar el ruido que le perforaba el cráneo.
Avanzó un par de cuadras hasta que alguien chocó contra él y cayó sobre el pequeño puesto de chucherías de un vendedor ambulante. El hombre que cayó se puso de pie y siguió corriendo, hasta quedar frente a un trolebús estancado en el tránsito y golpear su puerta para subir en él.
—¡Ve por donde caminas, imbécil! —le gritó Jeff, ayudando al vendedor a recoger sus cosas.
El hombre que lo golpeó estaba pálido y lo miró asustado, intentando cubrir una fea herida en su muñeca, que no paraba de sangrar por más que la apretase con un miserable pañuelo desechable que se deshacía entre la sangre. Lo vio sentarse asustado en el vehículo, mientras otros pasajeros lo ayudaban. Al menos no estorbará más si está recibiendo ayuda, pensó, mientras miraba el suelo y veía el rastro de sangre que el hombre había dejado en el camino.
“¿Qué mierda le habrá pasado?”, no era su problema, pensó al retomar su camino rumbo a la Policía de Investigaciones.
Atravesó Bellavista y vio que más gente pasaba corriendo a su lado y adelantándose a su camino. Herida y gritando. ¿Más gente herida? Eso ya le estaba pareciendo extraño. Miró hacia atrás y notó cómo los gritos comenzaban a hacerse más fuertes, como si un vagón de carne estuviese por chocar contra él. Algo malo estaba por pasar. Sus instintos se lo decían frente a todas esas extrañas señales.
“Muévete rápido, carajo”, se gritó mentalmente, cuando un sonido más fuerte inundó las calles: el coro de todas las sirenas de emergencia de la ciudad.
Sus sentidos se pusieron en alerta absoluta cuando vio en la acera de enfrente a una mujer abalanzarse sobre un anciano, arrancándole la nariz de un crujiente y húmedo mordisco. Antes de reaccionar, más personas cayeron sobre el anciano hasta sofocar sus gritos de auxilio. La gente en sus vehículos gritaba de sorpresa y terror, y la de las calles buscaba refugiarse en tiendas cercanas o cualquier sitio con las puertas abiertas.
Jeffrey continuó corriendo dispuesto a llegar a su destino, mientras los gritos y bocinas a su espalda se hacían más fuertes y un irritante olor a gases lacrimógenos comenzó a llenar el aire.
“Por la maldita mierda de mi puta vida”, tosió entre risas debido a la extraña situación, ahora que oficialmente su resaca llegaba a niveles bíblicos, pero qué más daba, iba a seguir por ese jodido camino sí o sí. Como si fuese un nuevo reto personal. Y por simple y morbosa curiosidad.
Ya estaba por llegar a la Plaza de la Victoria. Lo que estaba pasando no era una puta protesta ni disturbios violentos: era una maldita masacre.
La plaza estaba repleta de las Fuerzas Especiales de Carabineros desviando vehículos en dirección a Avenida Errázuriz para que se alejaran de la ciudad, e impidiendo el ingreso de más gente. Formaban un muro de contención con hombres y rejas que dejaban pasar solo a las personas que necesitaban ayuda. Reducían a golpes de porras y escudos a los violentos, y realizaban tiros de advertencia al aire, ya que aún no recibían la autorización para hacerlo contra civiles.
A sus espaldas, estaban sus infamemente populares “guanacos”, unos enormes y blindados carros que lanzaban agua a presión contra los ensangrentados atacantes que eran apresados y llevados a los buses retenes de detención, que se sacudían de forma brutal cada vez que introducían a alguien más en ellos.
Cerca del Museo de Historia Natural notó como, entre toda esa confusión, varias personas ignoraban por completo a dos asustados escolares arrinconados por un hombre al que le faltaban los labios, exhibiendo sus encías sangrantes.
Jeff se detuvo en cuanto vio a ese hombre botar al suelo a una jovencita de un fuerte manotazo.
