Rossetta - Eliana Sáez Quezada - E-Book

Rossetta E-Book

Eliana Sáez Quezada

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Beschreibung

La Joven Rossetta ha disfrutado de una infancia feliz entre humanos, sin embargo, no pertenece a la tierra... Siendo un bebé, desterrada del paraíso, fue a caer en el peor lugar posible: el infierno, en donde la exponen a los ojos del cielo, para luego, llegada su hora, hacerla regresar. Rossetta es reclamada de vuelta y allí, en el infierno, fuera de la protección de su hogar humano, deberá enfrentarse a la realidad de su existencia.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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© Eliana Sáez Quezada

© Rossetta

ISBN papel: 978-84-685-0305-9

ISBN digital: 978-84-685-0307-3

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La gente caminaba en multitudes y el pequeño Rob seguía a su madre con una protesta interna que sabía que no podía demostrar. El espacio, demasiado pequeño, indigno para alguien como él.

La liviandad del aire en este paisaje extraño produjo en Rob un inesperado anhelo por su hogar, que se iba evaporando mientras crecía su curiosidad de querer conocer este raro espacio lleno de gente que a simple vista mostraban su inutilidad e insignificancia.

Agatha no mostraba ni una señal que le explicase a su hijo la presencia de los dos entre estos seres, mientras Rob apenas toleraba ser rozado por los cuerpos de quienes se le cruzaban. Sosegando su espíritu, Rob abría su mente; niños de todas las edades por todos lados no eran algo a lo que él estaba acostumbrado. Su madre, con postura recta y altiva, disimulaba a la perfección el desagrado de tanto atochamiento de gente, y así siguieron avanzando entre un pasillo angosto para luego ingresar al recinto educacional, donde al centro de un patio techado se escuchaban las primeras gotas de lluvia anunciadas para el día anterior. El ruido del agua sobre el techo atenuaba la voz de la directora que se esmeraba en dar la bienvenida a los estudiantes en este nuevo año escolar, mientras Rob reía irónicamente ante las filas absurdas en las cuales por indicación de su madre él se debía colocar, pensando que era una tamaña estupidez enfilarse como sirviente a la espera de la orden de algún amo, y, para colmo, debía seguir esquivando a los que se empujaban unos con otros. Con la mirada perdida en el sonido de la lluvia, Rob esperaba su destino; como tantos, como todos, a cada día él sabía que debía crecer, y a tan corta edad tenía claro que en la vida no se podía retroceder, por lo que debía seguir adelante con todo, para ser el que no pudiesen aniquilar.

Agatha, rompiendo el silencio, le dice:

—¡Mi querido! Los primeros años de crecimiento son los más importantes.

—Madre. ¿Para qué me traes aquí?

—Te ordeno que no los dañes y, sobre todo, nunca te alejes de esa niña. ¿Entiendes?

Agatha al instante señala con el dedo a una chiquilla que a pocos metros reía colgada del brazo de sus amigas. Rob no necesitó más palabras para marcarla en su mente y, cuando hubo hecho esto, supo que su madre ya no estaba junto a él.

Fue en un microespacio de tiempo en el que por primera vez Rob se sintió crecer, quedando solo y expuesto; se vio obligado a permanecer junto a quienes eran solo juguetes entre el cielo y el infierno.

Con el impulso de la retirada de su madre, Rob avanza sin voltear, pues a su corta edad contaba con la fortaleza para la que lo habían educado. Las órdenes ya estaban dadas, desde que se la señalaron, no la perdió de vista. El primer paso le era difícil, cuestionándose qué tipo de cercanía debía lograr con ella. Mirándola trataba de comprender qué importancia tendría esta niña, cuando lo más llamativo era la cantidad de chicos a su alrededor.

Inmerso en sus pensamientos, Rob no se da cuenta de los muchachos que se aproximan a él.

—¡Hola! Soy Laura y Nelson es mi novio —le dicen.

—Ustedes. ¿Qué hacen aquí? —les pregunta Rob—. Esto no tiene sentido.

—Nuestros padres nos trajeron —le responden—. Debemos estar para ella.

—¡Esto cobra más interés! —exclama Rob—. Y cómo planean acercársele.

—¡Simple! —le dice Laura, sonriendo.

Sin darse cuenta del momento en que fue sostenido, Rob es arrastrado de su mano. Y, asombrado, miraba a Nelson, que se mantenía en silencio mientras lo seguía sujetado por la otra mano de Laura.

Rob no supo cómo reaccionar ante la osadía de esta chica de menor cuna, quien sin temor a escarmiento lo deja frente a frente con la niña de coleta. La situación no podía ser mejor, a pesar de no estar a gusto con la presencia de sus coterráneos, Rob decidió permitirles participar junto a él en esta extraña encomienda de sus progenitores.

Laura con impulsividad saluda:

—¡Hola! Nuestros padres nos encargaron que estemos junto a ti. ¿Tendrías algún problema con eso?

Rob se reía para sí mismo, tanto se había demorado en pensar algo tan simple. Ahora, estando tan cerca, trató de buscar algo que destacase a esta niña. Por más que la miró, solo se encontró con una simple humana sin nada de valor.

Rossetta, sorprendida con la llegada de estos niños desconocidos junto a ella, responde sin pensar:

—¡Por supuesto! Podemos ser grandes amigos…

Se nota el pasar de los años.

De adolescentes, los chicos estaban a un paso de convertirse en adultos, cuando ni siquiera tenían plena conciencia de qué significa tener independencia o saber valerse por sí solos.

—¡No puedo seguir así! —se decía Rossetta bajo el sol abrazante de verano. Encandilada, luchaba por ver las sombras moviéndose de su querido Frank—. ¡No! Esto es demasiado —exclamaba, quejándose del calor.

Rossetta sin alternativa se aleja de las canchas, tomando refugio bajo la sombra de un árbol, va tomando conciencia de los bochornos que en los últimos días le eran más recurrentes (todo hormonal según los médicos). Los árboles alrededor del colegio permitían unas sombras extensas, y a pesar de no estar tan cerca como quisiera, Ross aún podía observar a su amor sin ser descubierta. Ya faltaba poco para la graduación del último año escolar, y Rossetta no quería perder estos momentos que significaban la despedida de su gran amor de infancia (un amor que le había sido inaccesible hasta el final), aprovechando cada segundo para grabarlo en su mirada, Ross se cuestionaba lo cobarde que era en su plano amoroso, siempre reprimiéndose, evitando dejarse llevar por impulsos, terminó convirtiendo a Frank en la imagen de su hombre ideal.

—Tendré miedo al rechazo —se decía—, a lo mejor tan solo es eso.

Probablemente esto era lo que la detenía al intentar declararse, pero por otro lado él jamás había demostrado tener algún interés en ella, ni siquiera le regalaba una mirada.

El término de año era una tristeza para todos, la vida los guiaba en direcciones diferentes. Laura y Nelson habían estado con Rossetta desde que tenía memoria, al igual que Rob. Ross sintió una presión en el pecho al pensar en ellos, el único que no le comunicaba su alejamiento era Rob, mientras que sus otros dos amigos terminarían sus estudios en un lugar que de nombre todos desconocían, pero ellos lo contaban como si fuese a la vuelta de la esquina. Rob alardeaba de que tenía la complacencia de sus padres para decidir qué hacer con su vida, lo que a Rossetta molestaba por verlo tan indiferente respecto de su futuro; más que eso, ella se comparaba con él, regañándose por cuestionarlo, cuando ni ella tenía claro qué hacer con su propia vida, pues no encontraba algo que le generara el interés suficiente: «Necesito madurar, qué quiero hacer, esto no me gusta», eran las palabras que se repetía una y otra vez, tratando de pensar en su futuro.

—¡Acaso terminaré siendo un ama de casa! ¡No, en absoluto! —se decía en voz alta—. ¡No es lo que quiero para mí! Mejor seré una solterona y aprovecharé para viajar ¡Waaa, no puedo! Como si mi madre lo fuera a permitir.

Con la cabeza a dos manos, Rossetta se lamentaba sentada sobre una alfombra de pasto verde, al momento en que es sorprendida con un suave soplido sobre su oreja. La sensación de un cuerpo cubriéndole la espalda la llenó con un escalofrío que la recorrió hasta los pies, sonrojándola; esta sensación le hizo olvidar sus pensamientos, mientras era envuelta en un abrazo cálido y acogedor que la impregnó de un aroma ya conocido.

—¡Rob! —pronunció entre susurros.

Volviendo en sí, Rossetta se da vuelta quedando de frente a él. El rostro de Rob tan cerca al de ella le dio la sensación de que eran uno solo, perpleja sintió ganas de acercársele más, sin reaccionar por primera vez vio a su amigo como hombre. Jamás Rob se le había acercado tan descaradamente. Rossetta hasta sintió perder el sentimiento de verlo como hermano, no podía creer que él precisamente después de tantos años pudiese en ese momento provocarle tal sensación, llenándose de frustración decidió reaccionar.

—¡A qué estás jugando! —le reclamó—. Aguanto tu pesadez, pero no traspases mis límites. ¡Cómo se te ocurre acercarte así!

Con el ceño fruncido, Rossetta muestra la realidad de su enojo. Haciendo un intento por tocarla, Rob siente el rechazo de ella al ver cómo esta lo esquiva; sin detenerse, Rob extiende su mano rozándole el rostro con sus nudillos en un intento por despejarle los ojos, que le eran cubiertos por unos cuantos cabellos negros.

—Perdona, actué así pensando que eras otra —le dijo Rob, queriendo mostrar que el abrazo fue por error.

Con la cálida sensación del cuerpo de Rob aún sobre ella, Rossetta no sabía cómo enfrentar la situación de sentimientos mezclados, pues le era difícil imaginar que, detrás de las atenciones desmedidas por parte de su amigo, había un significado más profundo, como un interés real de él por ella como mujer. La situación de los dos empeoraba con la ofuscación de Rossetta, al ver que en vez de disculparse, Rob gozaba de la situación.

—Confieso. ¡Sabía que eras tú! —le dice Rob, con una postura más seria—. Solo quería molestarte, eso es todo, aunque no puedo negar que me gustó tu reacción.

—¡De qué hablas! ¡Estúpido! Solo estoy aquí para observar a Frank ¡Y de pronto esto! ¡Imagínate hasta dónde llegaron mis pensamientos!

—¿Qué pensamientos? ¡De qué hablas!

—Tienes el descaro de preguntar; nada, olvídalo, solo fue un absurdo.

—Rossetta. ¿Tus sentimientos son solo para él? ¡Acaso no puedes ver a nadie más!

La conversación cada vez más profunda inquietaba a Rossetta, quien callaba evitando responder. Rob, viendo su cara descompuesta, no sentía pesar por ella, más se lamentaba por sí mismo, ante la situación del lamentable error que cometió al fijar sus sentimientos en ella, pero a estas alturas cómo él podría demostrar su querer sin correr el riesgo de perder la cercanía que tenían, considerando que ante todo aún se debía a las instrucciones de su madre.

Rossetta trataba de anular sus pensamientos: «Será que él de pronto gustaba de ella o solo disfrutaba de molestarla como siempre», pensaba sin tener certeza del porqué del cambio de actitud de su amigo. Por supuesto que no quería malinterpretarlo, no podía, debía evitar darle más importancia al asunto. Mientras Rob se aprovechaba del momento para mirarla con ojos más allá que los de un amigo, sintiendo ganas de besarla, decidió intentar, aunque no en este instante, conseguirla para él, mientras decide salir del paso con su simpatía de siempre.

—Oye, boba ¡No te enojes! —le dice Rob, queriendo apaciguarla—. Si tanto gustas de Frank, deberías de acercártele en vez de estarlo mirando a escondidas, eres mucho más hermosa que todas las que corren tras él, y si de imbécil te rechaza, yo puedo consolarte. ¡Acaso no soy más atractivo!

—Es cierto que le llevas ventaja en eso —le responde Rossetta—, pero lo fresco y mujeriego mata todo tu encanto, así que no juegues conmigo, soy consciente de las chicas que te visitan durante las noches.

En ese momento los dos excluyeron al resto del mundo. Rob, mirando el vacío, escucha las últimas palabras de Rossetta, una sorpresa lo detuvo en el tiempo y una suave brisa hicieron eco al tono irónico de Rossetta, en donde Rob se dijo: «Será que ella me observa».

—¡Acaso eso te molesta! —le dice Rob, queriendo solo escuchar la tonalidad de Ross—. ¡Si lo quisieras! Tú podrías ser mi única…

—¿Tu única? De qué hablas —responde Rossetta sin dejarlo terminar.

—¡Nada! No te preocupes, en este instante decidí ser tu Cupido.

Alzando su mano, Rob lanza un grito llamando a Frank para que se les acerque, y Rossetta de inmediato lo intenta detener.

—¡Qué haces! ¡Eres un imbécil! —grita Rossetta reclamando en voz baja, mientras sacude el brazo de Rob impulsivamente.

A Frank en cambio no le tomó mucho tiempo responder.

—No estoy con tiempo, en otro momento hablamos, amigo —dijo.

Rossetta con alivio suelta el brazo de Rob, aunque no está segura de si el alejamiento de Frank era positivo para ella.

—¡De verdad creías que él vendría! —le dice Rob burlándose—, no seas tonta, nada lo saca de su juego. Es un obsesionado. Pero, aun así, no es tarde para que te le declares…

—¡Basta! ¡No te pases! —grita Rossetta, contrariada—. Hoy estás insoportable, mejor nos vemos mañana.

De camino a casa, Rossetta reflexionaba en lo estúpida que era, cómo en todos estos años no había sido capaz de declararse, a la mayoría de sus amigas se les daba bien el conquistar chicos, solo que, para ella, eso no era prioridad. Pasando el tiempo a gusto con sus amigos, Rossetta dejó de lado las conquistas para admirar al chico que más deslumbraba sus ojos, y por el miedo a experimentar el lamento del fin del romance como tantas de sus compañeras, dejó de dar el primer paso que era el confesar su amor. Caminando Rossetta analizaba cómo llevaba su vida, y comparando el estar con sus amigos a pasar el tiempo con un posible novio, la respuesta le era clara: mil veces prefería pasar el tiempo con esos chicos que consideraba parte de su familia.

Rossetta no se dio cuenta cuando de pronto estaba parada frente a la puerta de su casa, solo le quedaba entrar, giró la manilla como siempre, y cuando un par de maletas arrinconadas en el hall de acceso aparecieron ante sus ojos (algo fuera de lo común), esta simple imagen la sacó de la normalidad de su vida. De tamaños distintos y colores opacos, el equipaje claramente no pertenecía a su familia, detenida a pensar quiénes podrían ser sus visitantes, no logró encontrar respuesta. Invadida por la curiosidad decidió escabullirse, su espíritu travieso no la logró contener, y sacándose los zapatos avanzó sin ruido con el hombro pegado a la pared para ocultarse tras las gigantescas plantas de la entrada al living. Ross tan solo asomó un poco de ella para no ser descubierta, pues su día no estaba siendo el ideal de lo esperado, y deseando encontrarse con algo que a ella no le concerniese, decidida y sin incomodar se iba a retirar.

Dos desconocidos sobresaltaban entre la simpleza de la casa de Rossetta, y la joven que reía sutilmente frente a los padres de Ross llamaba sobremanera la atención. Su cabello rojizo que caía sobre su vestido gótico blanco invierno, provocó en Rossetta una nostalgia que le extrañó, pero sobre todo esos ojos castaños que resplandecían ante el color rojo de su cabello, sentía haberlos visto antes, en algún momento esos colores habían estado junto a ella. Rossetta, ensimismada, no lograba recordar cuándo, pero ese rojo en ella le era familiar hasta que de pronto volviendo en sí cedió al olvido. Un acompañante bien parecido que posaba junto a la chica, de vestimenta formal y aire intelectual imponía su presencia tan solo con su porte, aparentando tener unos quince años más que ella, parecían una pareja perfecta, así como se miraban, así como la simetría de sus movimientos, parecían ambos sacados de una película de ciencia ficción.

La imagen visual que Rossetta disfrutaba de observar, en un instante de pronto se esfumó, cuando sin vacilar el joven al que miraba se giró en dirección a ella tan preciso como si supiese de su presencia desde un inicio. Con el corazón acelerado, al sentirse descubierta, Ross dio un paso al centro del corredor, no porque quisiera, sino porque un impulso la llevó a ello y ahora la quería arrastrar hacia más adentro. Logrando detenerse a duras penas, extrañada, Ross miraba su cuerpo desconcertada, asustada, no entendía por qué sus pies actuaban sin su consentimiento, y cuando percibió el sudor en sus manos temblorosas, creyó estar de nuevo en uno de esos bochornos que cada vez cobraban más fuerza, asustada pensó tener algún mal que empeoraba haciéndole perder la cordura.

Una desagradable amargura poseyó la boca de Rossetta inundando su garganta, mientras veía cómo el joven que parado al lado de sus padres, inmutable, no le quitaba la mirada de encima a pesar de lo mal que ella podría estarse viendo, hasta que por fin siente alivio y su malestar se calma, al momento en que este desconocido le esboza una sonrisa acompañada con una leve inclinación de cabeza, reacción que conllevó a que todos la vieran.

Denisse la llamó inmediatamente.

—Rossetta, qué haces. ¡Ven aquí! —sonreía al decirle Denisse—. ¡Es Amalia! Tu prima. ¿La recuerdas?

«¿Una prima?», se preguntó Rossetta, pues ella sabía de una sola de la cual recién se percataba que había olvidado. Leves recuerdos saltaron en ese momento tan vagamente como si no la hubiese conocido jamás, las imágenes apenas querían regresar a Rossetta, y de pronto volvían a su mente el desconsuelo de su madre y la imagen de su cara hinchada cubierta de lágrimas. El llanto de Denisse de ese entonces marcó a Rossetta, tanto que bloqueó ese momento y ese ayer en su vida.

Yendo hacia el tiempo atrás, se vieron Denisse y Jorge obligados y desesperados para encontrar a los padres de Amalia sin lograr resultado, los hermanos de ambos en un momento se esfumaron de la faz de la tierra. Siendo los únicos familiares de su sobrina, Denisse y Jorge exigieron la custodia legal de su sobrina, sin pormenores todo resultaba bien hasta que un desconocido se hizo de Amalia, de la nada y sin ser conocido de nadie, se llevó a la niña con todo el respaldo de la ley. De brazos cruzados quedaron; Denisse cayó en depresión, quedando Jorge encargado del sufrimiento de su mujer, de la casa, su hija, y solventando todo gasto necesario. Estos eran los recuerdos que Rossetta guardaba de su prima, que, con el tiempo y la vida misma, dejaron de estar presentes en su memoria.

Ambas primas de la misma edad tenían semblantes totalmente distintos. Amalia trataba de igual a igual a sus tíos, lo que molestó a Rossetta, en especial, por el tono de autoridad con el que Amalia se les dirigía. La tonalidad del habla pasaba desapercibida a los oídos de Jorge y Denisse, que exteriorizaban la felicidad de volver a ver a su sobrina. Denisse sostenía sus manos evitando toquetear para no atosigar a la hija de su única hermana. Mirando esto, Rossetta se preguntó si era por celos la negatividad que la embargaba, y, si era así, esta debía ser dejada de lado. Ross no sentía más emoción de la que tendría al recibir a un desconocido, incluso le molestaba la presencia de Amalia, en especial le incomodaba cuando esta se la quedaba mirando fijamente, provocando que el inconsciente de Rossetta se pusiese a la defensiva.

Amalia embargaba todo con su esencia llamativa, y por quienes la querían era elogiada a más no poder.

—Mi querida —con ojos enlagrimados le decía Denisse—, ni te imaginas la dicha que me haces. ¡No sabes cuánto! Es lo que deseé, tenerte aquí.

—¡Debes quedarte con nosotros! —exigía Jorge—. Eres nuestra familia —le concretaba.

—¡Ross estará encantada! —Denisse asimilaba su dicha en Rossetta—. Serán como hermanas, podrían ser las mejores cómplices.

Rossetta, al escuchar a su madre, quiso detenerla en sus palabras, sintió la necesidad de no sentirse comprometida y se apenada por ello, pero qué podía hacer, si ante la prima que veía no le nacía nada, más le resonaban las palabras «hermanas, cómplices», cuando la realidad es que de forma fantasmal en ellas se notaba el rechazo de una por la otra.

Rossetta quiso decir: «Madre no me incluyas», «tú puedes quererla todo lo que desees, pero a mí esto primero me debe nacer», pero debía comportarse. Además, sus visitas no tenían culpa de su sentir.

—Madre, la atosigas —dijo Ross, calmando sus ansias—. ¡La abrumas con tanta palabra! Ella debe estar cansada. ¿No crees? Su viaje hasta aquí después de tantos años debe haber sido esperado y largo.

—Así es —interrumpe Amalia—. La verdad es que lo que más importa para mí en este instante es presentarme a mi prima. ¡Hola, Rossetta! No te imaginas cuánto te llevo buscando, es un honor por fin encontrarte.

Rossetta escuchando se queda sin responder, cuestionándose su propio comportamiento ante alguien que de verdad está sola, y este rechazo que aún permanecía en ella le molestó en su conciencia, ya que su prima no era responsable del mal cruce de emociones o enfermedad que pudiese estarle aconteciendo. Tratando de equilibrarse, Rossetta se serena y Denisse viéndola ida se queda esperando alguna respuesta de su hija. Sin escucharla decir algo, interfiere.

—Ross, deja de mirar el vacío, no seas maleducada; Amalia espera tus palabras y tú ni siquiera pareces estar en este lugar.

—Tía, no se preocupe —dice Amalia amorosamente, dando a entender que nada complicado ocurría.

Rossetta no sabe cómo salir de su propia actitud, como chica honesta le costaba fingir lo que no sentía, pero su razón tenía que sobrepasar eso, y si bien sabía que no le agradaba la situación, tampoco tenía por qué mentir, su prima a estas alturas le era desconocida, y como tal debía ser tratada, con respeto, por supuesto, ante todo.

—¡Hola! Es bueno que estés aquí —le dice—, has alegrado a mis padres con tu llegada.

—Así lo siento, es un gusto estar aquí, el encontrarte era mi propósito —contesta Amalia.

—Aunque suene divertido, me suena extraño lo que dices, no quiero ser tu propósito, más bien espero que con el tiempo nosotros todos seamos tu opción de vida, o sea no me malinterpretes, lo digo por el hecho de que llegases con el gusto y deseo de estar junto a tu familia.

Amalia sonrió espontáneamente y la palabra familia se entendió distinto en ella, pues si podía considerar a los seres que veía como su familia, eso qué implicaba para ella, nada, tal vez nada, pues eran claramente inferiores a ella, de eso no había duda. Amalia quiere buscar conocer el carácter de Rossetta, pero se ve limitada ante la situación que la contenía, sabiendo que debe esperar, que aún no es el momento, baja la intensidad de las palabras ocultando su verdadera personalidad.

—Eres más que una prima para mí —dijo Amalia con sus ojos profundos clavados en Rossetta—. Al saber que tenemos la misma sangre me llené de euforia, siempre quise una hermana, y me entusiasma imaginar poder tener con alguien las comunes discordias de familia.