Salida Alternativa - Romina Blasquez - E-Book

Salida Alternativa E-Book

Romina Blasquez

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Beschreibung

¿En quién se puede confiar? Clara es una mujer joven, romántica, tímida y reservada. Lleva una vida tranquila, ordenada, y sobre todo, una rutina bien definida. Pero todo va a cambiar la noche en que su novio, Tomás, desaparece en circunstancias extrañas. Esta situación hace que la vida de Clara de un giro por completo. A partir de allí, emprenderá un camino de dudas y sospechas, que la llevarán a enfrentarse a momentos de vida o muerte.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Blasquez, Romina Vanesa

Salida alternativa : una búsqueda a través del misterio / Romina Vanesa Blasquez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

160 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-811-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Suspenso. 3. Psicodrama. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Blasquez, Romina Vanesa

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Gracias a mi gran amor, Braian Cardenas, y mi amiga incondicional, Cynthia Leguizamón, por acompañarme en este camino de inspiración.

Salida alternativa

Romina Vanesa Blasquez

Capítulo 1

Siete de la mañana, la alarma sonaba, un sonido que aturdía en medio de la tenue oscuridad, en un cuarto donde las cortinas impedían el paso de la minúscula luz del día iniciado. La cama era un lugar de refugio, el calor corporal y el peso de las frazadas invitaban a no salir al abrazador frío de junio. Nuevamente aquel sonido, pero esta vez fue interrumpido por un mensaje entrante, aún con los ojos cerrados trató de alcanzar el teléfono, sintió el frío que recorría su piel. La luz del teléfono impactó sobre sus ojos, apenas los pudo abrir, al leer aquel mensaje inmediatamente una sonrisa se escapó.

Tomy: Buen día, amor, que tengas un lindo día. Te amo siempre.

Lo leyó dos o tres veces y su corazón se aceleraba, eran de esos mensajes que cambiaban toda una mañana, hasta un día por completo. Aún sin salir de la cama contestó con la sonrisa intacta, apoyó el celular en su pecho y se acurrucó un poco más por algunos minutos, la hora pasaba y pensaba que debía levantarse.

Intentó salir de la cama, esta tenía un magnetismo que no la soltaba, contó «uno, dos, tres...» acto seguido se destapó con tal velocidad que el frío entró inmediatamente en contacto con su cuerpo aún cálido, ahora no tenía más excusas, debía levantarse de una vez. Se sentó en la cama por unos segundos, con su pijama favorito puesto, una remera larga color negra, con la imagen de alguna banda de rock de los años 1980, se puso las pantuflas que la aguardaban al costado de la cama. Suspiró mientras se estiraba, miró a su alrededor como buscando las fuerzas suficientes para comenzar, al pararse puso música en el celular y lo dejó apoyado en la mesa de luz.

Sonaba de fondo Take on me, de A-ha. Abrió las cortinas para dejar entrar la luz del día; el cuerpo le pesaba, se dirigió al baño que estaba a pocos metros. Se lavó la cara con agua tibia y al secarse se miró al espejo, sus ojos marrones con una intensa mirada denotaban su personalidad dulce, pero fuerte, hicieron contacto consigo misma por unos minutos. En silencio y con gran seriedad se quedó contemplando por un corto periodo que parecía eterno, se sonrió y se dijo a sí misma en voz alta.

—¡Cómo odias las mañanas!, ¿no? —se rio.

Cepilló su largo pelo negro, era tan lacio y sedoso que le llegaba hasta la cintura. No dejaba de sonreír, algo que siempre la gente destacaba de ella, esa sonrisa dulce y cálida. Su piel era tan blanca que parecía porcelana, con un poco de color rosa en las mejillas, algo sutil. Permaneció en el baño algunos minutos más, la música dejó de sonar por unos segundos y de pronto el silencio fue interrumpido por una nueva canción: Funky town de Lipps inc. Su cuerpo, de manera instintiva, comenzó a moverse mientras retocaba un sutil maquillaje. Al finalizar se observó unos segundos más al espejo y se guiñó un ojo.

Al ritmo de la música volvió a la habitación. En una silla colocada en un rincón, la esperaba la ropa de aquel día, se vistió rápidamente; camisa blanca, pantalón negro, con tacos del mismo color, un sobretodo beige y el toque de una bufanda negra que combinaba con todo el conjunto. Se acercó a la ventana y contempló la vista, aunque no era impactante, a ella le gustaba ver desde aquel noveno piso, los edificios pintados por el naranja de los primeros rayos de sol.

Pasó por la cocina, prefirió no desayunar en aquel momento, más bien nunca lo hacía. En la entrada del departamento, la aguardaba un espejo con el cual se miró unos segundos, no muy alta y de contextura robusta. Con una gran sonrisa en su rostro, se levantó los pulgares como dándose la aprobación, aunque era el mismo conjunto de todas las mañanas, el uniforme del trabajo.

Se destacaba por ser ordenada, se sentía cómoda teniendo una rutina pautada, por esta razón repetía todas las mañanas aquellos mismos pasos, con tiempos estrictos, pues no le gustaba llegar tarde a ningún lado, menos al trabajo. Aunque la tildaran de ser previsible, no le interesaba, ella se sentía feliz en lo que ya conocía. No le agradaban los imprevistos y las situaciones nuevas le generaban mucha ansiedad.

Tomó las llaves y su mochila, había llegado la hora de salir. Mientras bajaba por el ascensor, podía percibir todos los sonidos del ambiente, cómo las puertas del edificio se abrían y cerraban, algunas voces que se despedían y lentamente comenzó a oír el aturdidor sonido de los colectivos, autos y el tumulto que suele haber en la ciudad. Ese ruido la abrumaba un poco, hacía menos de seis meses que vivía allí sola, le había costado tomar la decisión de vivir en medio de la capital, donde todo era acelerado y ruidoso.

Toda su vida había transcurrido en una ciudad mucho más pequeña que estaba a tres horas de allí, conocía a todos y la tranquilidad del lugar la hacían dudar de mudarse. Pero las horas de viaje a su trabajo la estaban consumiendo, tenía la sensación que pasaba parte de su vida viajando y no podía realizar otras actividades.

Mientras caminaba hasta la parada del colectivo, se dio cuenta de que sería un día largo, el tráfico estaba más pesado de lo normal, la gente se acumulaba en los colectivos como sardinas y era inevitable en algún punto pensar, que uno no podría subir, se la notaba impaciente, miraba su reloj y el mal humor la invadió. Cuando se acercó otro colectivo, ella estaba detrás de un muchacho, este se detuvo delante de la puerta, dando un paso hacia atrás y con una sonrisa amplia la dejó pasar.

—Gracias —dijo tímidamente.

Una sensación incómoda la invadió, aun así le restó importancia, se acomodó en un pequeño espacio y trató de respirar hondo.

No le gustaba viajar así, sentía que la multitud se duplicaba en tamaño y el aire comenzó a agotarse. «Tranquila... No pasa nada, falta poco» se repitió para sí misma, miró por un hueco que se formaba entre las personas y observó por la ventana «una parada más y se bajan casi todos»volvió a sonreír mientras lo repetía una vez más. Casi como un hecho de premonición, en la siguiente parada la mayoría de las personas se bajaron, dejando asientos libres.  Se acomodó en uno, donde pudo mirar por la ventana y perderse entre sus pensamientos, el viaje estaba llevando más tiempo de lo común, un poco de música haría que todo fuese más llevadero, sacó de su mochila sus auriculares, los conectó a su celular y eligió un tema al azar, o no tanto. Estaba empecinada con Perfect de Ed Sheeran. Una canción que él le había dedicado cuando se conocieron. 

Su mente se transportó al primer día que lo vio. En medio de una reunión en un bar, lo vio a lo lejos, alto, pelo castaño y lacio, ojos marrones, una sonrisa encantadora que inmediatamente se robó su corazón. Recordaba nítidamente caminar hacia él como si fuese un gran imán y al chocar con él, su voz la estremeció, un chico que intimidaba, pero a la vez era atento y dulce con ella.

El timbre del colectivo la llevó de golpe al presente, se había pasado de la parada de donde tenía que bajar. El corazón le latía a mil por horas, salió disparada apenas se abrió la puerta, el reloj marcaba las nueve y diez de la mañana, nueve y treinta entraba al trabajo. Desde la parada tenía que caminar quince minutos, ahora al haberse pasado sería un poco más. Con un ritmo acelerado y un poco fuera de estado físico el cual no cooperaba, las cuadras parecían eternas y al mirar el reloj sabía que llegar tarde era inevitable.

Diviso a lo lejos la entrada del edificio de su trabajo, cinco minutos tarde, entró corriendo, pero a la vez tratando de disimular. Era secretaria de un consultorio médico, su compañera María la esperaba con una sonrisa.

—¡Clara! Tranquila, no pasa nada, —dijo mientras la saludaba— nadie se dio cuenta de tu ausencia, aún. —Sonrió.

Clara la saludó con un beso en la mejilla mientras se sacaba el abrigo, dejó su mochila en un rincón y se acomodó en su lugar, un café con su alfajor favorito la esperaban sobre el escritorio.

—¡Mar, sos un amor! —Sonrió un poco avergonzada.

María era una mujer joven de veintiocho años, su pelo rubio dorado combinaba perfectamente con sus facciones, ojos color miel, que en los días de sol parecían más claros, en los días lluviosos parecían oscurecerse. Era alta y de contextura grande. Tenía una forma de vida admirable; en el año y miedo que trabajaban juntas, jamás la había visto triste o con un signo de frustración. Siempre era amable con todo el mundo, aunque la tratarán mal y tenía una paciencia que para Clara valía oro, podía estar horas explicando lo mismo a una sola persona.

Siempre le traía algún presente, el desayuno era esencial para ella, conocía bien a Clara y sabía que jamás desayunaba antes de ir al trabajo. Por esta razón, en el escritorio había dos cafés y el alfajor favorito de cada una. Clara no entendía como María estaba en cada detalle, podía saber todo sobre las personas que la rodeaban, jamás le pudo mentir en aquel tiempo que se conocían. Cada vez que llegaba estresada por la universidad o alguna pelea tonta con su madre, María lo sabía o por lo menos notaba en qué estado de humor se encontraba en esos días. Siempre la escuchaba y la aconsejaba, dejaron de ser solo compañeras de trabajo para pasar a ser muy buenas amigas en menos de dos meses. Tal vez era la diferencia de edad, Clara con solo veintidós años solía llevarse mejor con gente mayor. María tenía la capacidad de comprenderla, de respetar sus tiempos y sus libertades.

Clara observó a su alrededor y el lugar lentamente comenzó a llenarse de personas, vio la agenda del día y era evidente que sería un día agotador. Los teléfonos no aguardaron para comenzar a sonar, miró a María y se sonrieron. Atendió el primer llamado y notó como una mujer se acercó a su compañera con la pregunta que se repetía todo el día, “¿Falta mucho para que me atiendan?”.

Entre llamados, personas que entraban y salían del edificio, las horas pasaban. En un momento Clara miró el reloj y era su hora de almorzar. Se sentía agotada, le hizo una seña a María y tomó sus cosas para salir a la calle.

El cielo estaba despejado, el sol se filtraba entre los árboles y los edificios altos, respiró hondo, el aire fresco le aliviaba un poco el dolor de cabeza. Caminó lentamente a la plaza que se encontraba a dos cuadras de allí, le gustaba tomar un poco de sol mientras almorzaba. Pasó frente al café Victoria, es allí donde iba cada vez que llovía, jamás se quedaba en el edificio, sentía que el día de trabajo se hacía eterno si no salía.

Al llegar a la plaza se sentó en el césped, abrió su mochila y sacó un sándwich que había envuelto. Mientras almorzaba llamó a su madre, aprovechaba ese momento para hablar con ella. Clara solía llamarla todos los días desde que se mudó, experimentaba un poco de culpa por no verla seguido, a veces no tenía nada de que hablar con ella y se sentía un poco incómoda con los silencios que se producían. La llamada duró unos pocos minutos, era evidente que no había tema de conversación aun así tenía la sensación de que ya había cumplido. Se recostó en el suelo, miraba el cielo y se dejaba llevar con el sonido del viento ligero, hipnotizada con el movimiento de algunas nubes que se disolvían.

La alarma del celular sonó y no tenía ganas de volver al edificio, suspiró y con desgano se reincorporó. Debía regresar para reemplazar a María.

Caminó rápidamente hasta llegar al edificio, al entrar, el lugar estaba vacío.

—¡Increíble! —dijo sorprendida y fue a su puesto.

—¡Sí, como nunca! —María tomó sus cosas—. Almuerzo y regreso, ¿sí?

—Sí, tranquila.

Quedó sola por unos minutos, escuchó como se abrió la puerta del consultorio que estaba a su derecha. Salió de allí un hombre de cuarenta años aproximadamente, alto, pelo oscuro con algunas canas que delataban su edad, se acercó al escritorio de Clara.

—Hola, Clara, día tranquilo. —Observaba a su alrededor.

—Así es, doctor Fernando. —Clara miraba la pantalla de la computadora.

—¿Cuándo vamos por un café? —La miró fijamente.

Clara no respondió, se sentía incómoda, no era la primera vez que aquel hombre la invitaba a tomar un café; su respuesta siempre era la misma. En aquel momento sonó el teléfono y se sintió aliviada.

—Hola, consultorio médico. —Lo miró y sonrió forzosamente.

Notó como se retiró lentamente y la puerta se cerró detrás de él. No sabía cómo decirle que no estaba interesada, cuando se acercaba a ella se sentía incómoda, la forma en que la miraba y cómo le hablaba cada vez que la veía, no podía explicar lo que le hacía sentir.

Una hora más tarde volvió María, nunca le contó lo que pasaba con aquel doctor y esta vez no era la excepción. Observó cómo su compañera se acomodó en su lugar y los teléfonos volvieron a sonar. La tranquilidad del día no duró mucho, la sala de espera comenzó a llenarse de personas nuevamente.

La tarde transcurrió rápidamente, miró el reloj y se aproximaba su hora de salida. Guardó sus pertenencias y se puso su abrigo, esperó unos minutos hasta que volvió María que había ido a llevar unos papeles.

—¿Ya es la hora? —preguntó María sorprendida mientras miraba su reloj.

—¡Así es! —La abrazó—. Nos vemos mañana.

—No llegues tarde. —Se rieron.

Al salir del edificio chocó con un hombre, era el mesero del café Victoria.

—¡Ay! ¡Mil disculpas! —Estaba avergonzada.

—No pasa nada. —El hombre sonrió y continúo su camino.

Clara se puso roja, esas situaciones le daban mucha vergüenza. Su celular sonó distrayendo su atención, con un nuevo mensaje.

Tomy: Mi amor, te espero donde siempre.

Su sonrisa brilló nuevamente. Caminó unas pocas cuadras hasta la parada del colectivo, desde allí hasta la facultad eran veinte minutos. Estudiaba la carrera de Traductor Público, desde pequeña sabía que quería estudiar alguna carrera que involucrara algún idioma. Vivía la facultad tranquilamente, cursaba pocas materias, sabía que era muy pesado trabajar y estudiar, aunque en un momento lo había intentado, el cansancio era tan grande que no lograba rendir ni en el trabajo ni en la facultad.

El colectivo se acercaba al lugar, de lejos aquella universidad era impactante, se veía un edificio rodeado de árboles y un campus verde inmenso. La universidad se destacaba por su color blanco, tres pisos con grandes ventanales y una entrada con un cartel que daba la bienvenida al lugar.

Apenas llegó lo vio, estaba esperando en la entrada debajo de un gran árbol, sus ojos se iluminaron y sintió nuevamente esa sensación de magnetismo que la llevaba justo a sus brazos, corrió como si fuese una adolescente.

—¡Amor! —En puntas de pie lo abrazó y le dio un beso profundo que la hacía sentir viva.

—¿Cómo estás mi vida? —preguntó con una voz grave, pero dulce.

—Bien, normal como siempre, mucha gente enojada, con muchos problemas. —Se encogió de hombros y se acurrucó entre sus brazos—. ¿Vos?

—Bien, nada de otro mundo. Llamado tras llamado. —La abrazó más fuerte y le dio un beso.

Él trabajaba medio tiempo en un call center de una empresa telefónica. Siempre decía que era momentáneo, le servía para mantener su carrera de diseñador gráfico y ahorrar. Le contaba a Clara que quería tener su estudio propio. Pensaba en grande, él sabía que le iba muy bien en la carrera y que sería muy bueno en todo lo que se propusiera.

—No quiero —dijo suavemente Clara, miró su reloj, cinco y cuarenta de la tarde, su clase era a las seis.

—No seas vaga, falta poco. —Sonrió.

—No es de vaga, te extraño mucho –replicó, se apoyó en su pecho y ligeramente lo miró—. No vayamos.

—¡No! Yo tengo clases y pronto vienen los finales.

—No.

Clara, hoy como nunca no quería dejarlo ir. La invadía una sensación de nostalgia mezclada con miedo, como si ese momento fuese el último. Él se apartó tomándola de la mano y comenzaron a caminar, al llegar dentro del edificio le dio otro beso.

—Te amo siempre. –Tomó su rostro con sus manos y la miro fijo a los ojos.

Clara lo sintió como una despedida y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Amor, ¿qué pasa? –Se preocupó Tomás—. Nos vemos a las nueve y vamos a tu casa si querés.

—Bueno, te amo.

Clara se quedó mirándolo un instante como se marchaba por el pasillo, el corazón se le oprimía, «ay que niña más tonta, ya lo verás más tarde» se dijo, giró sobre su eje y se marchó a clase.

Se dirigió al aula que le tocaba aquel día, caminaba lento por el pasillo, aún le costaba recuperarse de aquella sensación que la invadió sin explicación. Parada frente a la puerta suspiró y puso su mejor cara, al abrir, el profesor no había llegado, buscaba un rostro conocido. Por el medio del aula se levantó una mano que la saludaba, Clara sonrió y se acercó.

—Hola, Clarita, te guardé un asiento. —Señaló el lugar que estaba a su lado.

—¡Ay gracias Mariano! ¡Pensé que no venías hoy! —Se sentó.

—¡Últimos esfuerzos! Aunque es un aburrimiento tres horas de clases y con este profesor.

—Es verdad. —Sonrió mientras buscaba entre sus cosas una lapicera.

Mariano era un gran amigo, se conocieron en la primaria, cuando Clara se cambió de escuela en la secundaria perdieron contacto, hasta el primer día de clases en la universidad. Lo vio sentado en primera fila y su rostro le parecía familiar. Era un joven con pelo negro oscuro y ojos azules que resaltaban, al sonreír logró comprender que aquel joven era el mismo niño con el que había crecido, aunque ahora tenía barba y una voz gruesa que a pesar de intentar susurrar se escuchaba en todo el lugar.

El profesor ingresó al salón y comenzó a dar su clase. Aquellas tres horas se hacían eternas, no podía concentrarse y Mariano lo notó, con disimulo le escribió en su cuaderno.

—¿Estás bien? —Ella solo lo miró y sonrió asintiendo con la cabeza—. ¿Cansada? —Volvió a asentir.

Aunque eran buenos amigos, Clara era bastante reservada con las cosas que le sucedían, tenía que llegar al punto donde las palabras se les escaparan para contar sus problemas. Tenía muy pocos amigos y no solía ser sociable, se sentía incómoda en grupos grandes, además era bastante diferente a la mayoría de las personas de su edad. No le gustaba salir a bailar o ir a bares. Ella prefería estar en su casa, leer algún libro o ver series, especialmente en inglés, de esto muchas veces debía desistir con Tomás, ya que se quejaba de que no llegaba a comprender lo que sucedía en su totalidad.

Clara estudiaba inglés desde niña y siempre trabajó muy duro para mejorar cada día más. No tenía buenos recuerdos del colegio, siempre fue introvertida y tímida. Era muy buena alumna y esto se repetía en la universidad, sus notas no bajaban de ocho, aun así no le daba mucha importancia, sabía que eso era simplemente un número.

Los últimos minutos de aquella clase se estiraban más de lo normal, algunas preguntas la aburrían y más cuando se trataban de los exámenes finales. Mariano escribió en su cuaderno una vez más.

—Hoy me voy un rato antes, me espera Joaquín en casa. —Ella solo respondió con un corazón.

Al igual que su amigo, también le gustaría levantase e irse, su personalidad tan estricta no la dejaba, si se retiraba antes sentiría culpa, vergüenza y se torturaría, pensando que le faltó el respeto al profesor. En cambio Mariano sin vueltas se paró y se marchó. Clara sentía el impulso, pero prefería mirar su reloj esperando que mágicamente sean las nueve de la noche.

Terminó la clase, observó su celular, no había mensajes. «¿Dónde estará?» pensó. Tomás siempre le mandaba mensajes diciendo dónde la esperaría. Clara salió del salón y se dirigió al pasillo, se paró al lado de unos ventanales donde se podía ver parte del campus de la universidad. Miraba su celular, nueve y diez de la noche. Seguía sin recibir mensajes, ella le escribió.

Clara: Amor ¿dónde nos vemos?

No respondía. Comenzó a caminar de una punta a otra del pasillo, con la mirada pegada a la pantalla del celular. Nueve y media, aún sin respuestas.

Tomás, ¿me voy?

Estaba preocupada y un poco molesta, jamás se retrasaba en contestar y si no podía responder solía enviarle un emoticón. A la caminata nerviosa, se le sumaban movimientos de fastidio y preocupación, miraba por el gran ventanal esperando verlo. Observaba su celular una y otra vez, no sabía qué hacer. Hacía dos años que estaban de novios y jamás había pasado algo así, si él se iba antes por alguna razón, siempre le avisaba, aun así eran pocas veces. La casa de ella quedaba de pasada a la de él y tenía auto, por lo cual prefería esperarla y llevarla. De esta manera se quedaba tranquilo, de que iba a estar bien y no se exponía a andar tan tarde sola. Algunas veces cenaban juntos y si Tomás no tenía que ir a su casa, dormían juntos.

Nueve y cuarenta, un mensaje nuevo de un número desconocido.

Desconocido: Perdón amor, estoy en la entrada lateral de la facultad, te explico ahí qué pasó. El número es de un compañero.

Se apresuró, bajo por las escaleras lo más rápido que pudo, pensando en qué había ocurrido.

Al salir del edificio, sintió el frío de aquella noche que impactó en su cara inmediatamente. Su respiración cálida se volvía vapor y se visualizaba con los focos de luz tenue del camino. Tomás siempre la esperaba en la puerta del edificio, para luego ir juntos a esa salida lateral de la universidad, esta era más oscura a comparación de la entrada principal donde se habían visto aquella tarde, pero esa salida alternativa desembocaba donde estaba estacionado el auto de él. Desde el edificio hasta aquella salida había unos cinco minutos y muy pocos optaban salir por allí, ese camino estaba señalizado por piedras de color terracota.