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En Madrid, Nuria acaba de perder a su madre cuando recibe una llamada desde un hospital de Bilbao. Su padre, supuestamente fallecido en las inundaciones que asolaron la ciudad en 1983, se encuentra en coma tras ser rescatado de la ría. Llevada por la doble necesidad de huir de su presente y de descubrir la verdad sobre su pasado, se traslada al lugar de origen de sus padres para desenmarañar las innumerables mentiras tejidas a su alrededor.
Paralelamente, en esa ciudad, Dámaso —el vecino de su padre— reza para que este no despierte del coma y revele lo ocurrido la noche que se precipitó a la ría.
Una historia que comenzó con una relación clandestina llena de renuncias que quedó marcada por las terribles inundaciones de 1983.
Amor, secretos familiares y decisiones irrevocables en el marco de un Bilbao sumergido en el agosto de dos épocas.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Si el agua nos lleva
Elena Peña Bilbao
Si el aguanos lleva
© 2022, Elena Peña Bilbao
© 2022, Viento Norte Editorial
Calle Celso Emilio Ferreiro, 13. 36600, Vilagarcía de Arousa
www.vientonorteeditorial.com
Diseño de la cubierta: © Viento Norte Editorial
Fotografía de la cubierta: © Elena Peña Bilbao
Editores: Kenia Quintáns Portas, Christian Alonso Gallego
Primera edición digital: octubre de 2022
ISBN digital: 978-84-125983-1-5
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A los que se atreven
«Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra más inmortal: aquella fiesta brava del vivir y el morir. Lo demás sobra».
Blas de Otero, Digo vivir
«Hay ocasiones en las que quererse no basta».
Frase de una amiga una noche de muchas lágrimas
«Felices o desgraciados, los acontecimientos extraordinarios no cambian el alma de un hombre, sino que la precisan, como un golpe de viento que se lleva las hojas muertas y deja al desnudo la forma de un árbol…».
Irene Némirovsky, Suite Francesa
«Amor mío, amor mío.Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de salir. Acabamos de oír cerrarse la puerta.Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz se queja en la garganta.Amor mío…».
Vicente Aleixandre, El último amor
Capítulo 1
Madrid, agosto de 2018
—Te acompaño en el sentimiento.
Nuria no está segura de quién acaba de pronunciar esas palabras, ni siquiera sabría decir cuántas personas se han dirigido a ella en esa especie de besamanos improvisado tras el funeral de su madre en la iglesia de San Cristóbal y San Rafael, en el barrio de Chamberí. La escalinata de entrada le da la ventaja de observar desde lo alto la plaza salpicada de pequeños grupos vestidos de oscuro. No ha acudido mucha gente, su madre no tenía una extensa vida social y las pocas personas que conocía le han dado el pésame con rapidez. Únicamente Leo Larreta, amiga de su abuela Cuca, ha venido desde Bilbao para despedirse. Nuria no tiene mucha confianza con ella, pero se ha emocionado con la sinceridad de su tristeza al acercarse a saludarla. Pero incluso Leo se ha marchado enseguida.
Que sea mediados de agosto y las seis de la tarde significa que en Madrid luce un sol de justicia. Hay días que debería llover, se dice a sí misma, y, sin embargo, agradece llevar sus gafas oscuras para ocultarse de todos. Son un refugio, un resquicio de paz en esa exaltación de comunidad que intenta ser un sepelio. Rafa, su pareja, a su lado, parece cómodo. Pronuncia las palabras que ella no es capaz y estrecha las manos recordando los nombres de quienes hacen cola para verlos. Él siempre tiene la palabra justa, el saludo preciso para cada ocasión. En estos diez años que llevan juntos no cree haberlo visto fuera de lugar en ninguna circunstancia. Desde el primer momento admiró su destreza para despejarle el camino. Ella se ha limitado a seguirlo, guiada de su mano: por su trabajo, su sueldo suficiente para los dos, sus sueños de una casa más grande, un coche más grande, una sonrisa más grande… Ojalá estuvieran solos y se pudiera acurrucar en el sofá, bajo la manta, en el regazo de ese hombre tan serio, tan formal, tan seguro.
Se deja llevar hasta otro grupo de gente. Cree que son compañeros de la oficina de él. Saluda y acepta pésames mientras sonríe vagamente a desconocidos. Si al menos estuviera allí la abuela Cuca, habría una mano cálida y conocida, menos institucional, que la acompañaría. Pero hace mucho que la enfermedad la convirtió en poco más que un cuerpo olvidado en una silla de ruedas, rodeado de mantas.
Echa de menos a su madre. Un infarto repentino, sin antecedentes, a los setenta y cinco años, más habitual en hombres y más letal en mujeres según las estadísticas. Ella, Rita Andueza, se ha convertido en un dato más que lo refrenda. El mundo sigue girando. Acaba de quedarse sola. Sin familia.
Su padre, Benito Uriarte, murió en 1983 en Bilbao. Rita se instaló en Madrid estando embarazada y no volvieron allí. En realidad, Nuria no sabe casi nada de aquella época. Su madre nunca le dio muchos detalles, pero, cuando lo hacía, el matiz de incomodidad en su voz las distanciaba.
Una ligera brisa mueve levemente los árboles que pueblan la plaza. Lejos de sentir alivio, y a pesar del calor, se le eriza la piel. Nuria estrecha la mano de Rafa. Su pareja se la aprieta un segundo, de pasada, pero la suelta cuando otra persona se acerca tendiéndole la suya para darle el pésame —el pésame que debería ser para ella, no para él—. Nuria se queda perdida en medio de toda esa gente, abrazada solo por el vértigo de la soledad.
No queda nadie. La última en irse es Silvia, la compañera de trabajo de Rafa, que se acerca a ellos y la abraza con cariño.
—Lo siento mucho, de verdad —le vuelve a decir antes de besar también a su pareja. Frunce los labios con una mueca de pena que a Nuria se le antoja exagerada, teniendo en cuenta que ni siquiera conocía a Rita y que ellas solo se han visto un par de veces. La ve alejarse y suspira aliviada. Por fin se han quedado solos.
—¿Quieres que traiga el coche hasta aquí? —pregunta él, solícito.
—Prefiero caminar un poco.
—De acuerdo, no he aparcado lejos.
Necesita algo de aire antes de meterse entre las cuatro paredes de su casa. Le aterra el momento en el que se cierren las puertas y ya esté todo hecho, cuando su madre se convierta en recuerdo. Caminan en silencio. Rafa le pasa la mano por los hombros con un gesto protector que agradece, a pesar del calor, incluso a esta hora de la tarde, al anochecer. Su metro noventa de estatura y sus anchas espaldas son un refugio para la fragilidad de Nuria, que se esconde en él. El verano en Madrid es asfixiante. Muchos huyen de la ciudad en cuanto pueden, pero ellos nunca la han abandonado en agosto. Rafa trabaja en verano, así que son de los pocos que disfrutan de las ventajas de una urbe menos congestionada.
Suspira con fuerza, y al hacerlo, le falta el aire. La ausencia de su madre parece algo físico. Puede imaginarla caminando a su lado con su pelo canoso y sus silencios, tan enigmática siempre, tan callada.
—Al final ha podido venir hasta el director, es un gran gesto —comenta Rafa.
No contesta. No le importa y no le gusta que sea en eso en lo que él está pensando mientras ella sufre la pérdida de Rita. Incluso se separa físicamente de Rafa fingiendo recolocarse el bolso en el hombro. Sin embargo, Rafa ni se da cuenta del verdadero motivo de ese gesto.
Apenas le da tiempo para respirar cuando llegan al coche. No se ha fijado hasta que su pareja ha levantado el mando a distancia para abrir las puertas. Quisiera seguir caminando, pero él ya se ha metido dentro del vehículo y la espera. Nuria simplemente entra y se sienta a su lado.
—¿Quieres que pidamos algo para cenar? —pregunta mientras se suman a la corriente de coches que fluye por las calles de Madrid.
—No tengo hambre.
Se acomoda en su asiento asida al cinturón de seguridad mientras se concentra en la ventana. Mira los cielos despejados, sintiéndose pequeña entre los edificios. Rafa ha puesto la radio sin consultarle. Le molesta tanto ruido, gente discutiendo sobre algo que, en ese momento, ni le va ni le viene.
—¿Te importaría quitarla?
—Es que están hablando sobre el acceso al centro y…
—Da igual, déjalo —contesta con una mueca de disgusto.
—No, tienes razón, perdona.
Apaga la radio inmediatamente y el silencio crea un vacío tan grande entre ellos que Nuria cierra los ojos y se ve obligada a justificarse.
—Es que tengo dolor de cabeza.
—Sí, no pasa nada.
Empieza a sentirse culpable. Es un tema que a él le interesa y tampoco le vendrá mal un poco de realidad, aunque le resulte tan ajena.
—Puedes ponerlo bajito.
Rafa no lo piensa ni un segundo. Enciende la radio y baja el volumen. A Nuria le hubiera gustado que la dejara apagada.
Se recuesta en la ventanilla y mira de nuevo al cielo. En lo alto aún queda un poco de luz, pero en la ciudad ya es de noche. Inclina la cabeza y disimula las lágrimas girándose hacia el cristal. Piensa en la llegada a casa, cuando tantas otras tardes cogía el teléfono con desgana y llamaba a su madre para tener una conversación banal sobre cualquier cosa: una receta, una cita con el médico, el último programa de televisión que habían visto… Millones de veces se quejó por esa llamada diaria que no siempre le apetecía. Lo que daría en este momento por poder hacerla.
En poco más de quince minutos entran en el garaje de su casa, un chalet adosado a las afueras de Madrid.
—¿Vas a ir mañana a por las cenizas? —pregunta Rafa.
—¿No puedes encargarte tú, o por lo menos acompañarme? —se queja Nuria mientras sale del coche y da un portazo.
—Imposible. Tengo una reunión importante, no puedo faltar, y hay que ir a primera hora al tanatorio.
Rafa ni siquiera se gira antes de abrir la puerta que comunica con la casa para ver el rostro de enfado de Nuria.
—Ya lo haré yo sola —contesta con rabia mal disimulada e inútil.
Se dirige al dormitorio encerrada en el silencio y deseando que su pareja venga tras ella, la abrace y le diga que la quiere. Pero él se ha marchado a la cocina para prepararse algo de cena; puede escuchar la televisión encendida a lo lejos. Se siente completamente desvalida, sola, cuando se desploma en la cama, dispuesta a inundarse de emociones.
—No te preocupes, todo será rápido, enseguida volveremos a la rutina y estaremos más tranquilos —la sorprende él, asomado a la puerta.
Y Rita se habrá acabado, piensa Nuria. Cuando termine todo, como dice Rafa, su madre ya no estará definitivamente. Habrá muerto, aún más de lo que ya lo ha hecho.
La besa en la frente y se marcha de nuevo. Quizás tenga razón. Igual sumida en lo cotidiano todo se hará más fácil.
Se quita la blusa y el sujetador y se pone la camiseta del pijama. Lo mismo hace con el pantalón negro y los zapatos. Sabe que, posiblemente, no usará esa ropa nunca más, porque en su armario se habrá convertido en la «ropa del funeral de su madre». Quedará escondida en un rincón intentando ser olvidada, pero sin desaparecer del todo. Sin desmaquillarse se mete en la cama y se tapa con la sábana. Cierra los ojos y, en apenas unos segundos, se queda dormida.
Bilbao, agosto de 1983
Dámaso observó las escaleras por la mirilla de su puerta del tercer piso del número diez de la calle Bidebarrieta. Eran las cuatro de la mañana y también su momento favorito del día. Rita, su vecina, estaba a punto de llegar con la bata gastada, el pelo recogido y cara de sueño después de haber limpiado la pastelería. El cansancio y la cotidianidad la hacían aún más deseable a sus ojos porque así podía sentirse en casa, sin artificios y sin adornos. Pasaría frente a su puerta y llamaría. Fingirían normalidad, dos vecinos que se echan una mano. Él la dejaría pasar y entre los dos sacarían de la cama a Iñaki, aún medio dormido, y lo acompañarían a la casa de ella, donde seguiría durmiendo hasta la hora de ir al colegio. Así Dámaso podía ir a trabajar a la pastelería de su propiedad, el lugar del que ella venía. Rita no solo le ayudaba en su negocio, sino que también le echaba una mano cuidando de su hijo. Su trabajo en el obrador le robaba las noches y parte del día y, cuando se ofreció a ayudarlo con Iñaki, en realidad lo salvó. No sabía qué hubiera hecho sin ella. Desde la muerte de Carmen, su mujer, tres años atrás, su vecina se volcó en él, primero como amiga, después como amante. Ella y su hijo se habían convertido en su motor de vida, solo a ellos se debía que no hubiera acabado en cualquier bar borracho todas las noches: Iñaki, Rita y la Confitería.
Su negocio estaba situado a dos manzanas de su casa. Una pastelería heredada de varias generaciones atrás donde pasaba la mayor parte de su tiempo. En pleno Casco Viejo, haciendo esquina entre la calle Jardines y Bidebarrieta, la «Confitería», como la llamaban todos, veía pasar las décadas ofreciendo las especialidades típicas de Bilbao.
Dámaso volvió a acercarse a la mirilla de la puerta de su piso. La escalera estaba a oscuras y en silencio. Ni un solo ruido esa madrugada cuando en su interior podía desatarse una fiesta solo con la posibilidad de tener a Rita delante. Sentía los nervios instalados en su estómago, empezaba a sudarle la mano agarrada al pomo de la puerta. Y todo por verla, por esperarla allí durante más tiempo del que hubiese querido confesar. Sabía que llegaba a las cuatro, pero él no podía dormir. Cada momento furtivo entre los dos era un regalo que no siempre podía darse y lo esperaba con ansiedad.
El sonido del timbre lo sacó de su ensoñación. Miró para cerciorarse de que era ella y sonrió al ver su pelo revuelto y las ojeras disimuladas por una gran sonrisa.
—Anda, abre —susurró Rita sabiéndose observada.
Obedeció sin rechistar. Apenas le dejó tiempo para explicarle que Montxo, su ayudante en la cocina, le había dicho que fuera rápido, que estaba teniendo problemas con el levado de los bollos de mantequilla, ni de contarle que necesitaba que encargara un poco más de lejía, ni de reiterarle lo muy agradecida que estaba por haberle dado el trabajo ahora que Benito se había quedado en paro a los cuarenta y cinco años. No tuvo tiempo porque la abrazó y la besó apoyándola contra la puerta, ansioso después de tantas horas sin verla.
—Tu hijo está en esa habitación —dijo ella señalando el final del pasillo—, puede despertarse en cualquier momento. Además, Montxo quiere que vayas enseguida —pero no podía oírla, solo la acariciaba sin entender cómo había sido capaz de respirar sin sus besos.
Se separó de ella. La miró intentando captar cada gesto de su rostro, cada marca.
—Estás guapísima.
Rita se echó a reír.
—Uy, sí, huelo a lejía y necesito una ducha.
—Lo estás —reiteró él, volviéndola a besar.
Se dejaron llevar mientras Dámaso deslizaba la mano entre los botones de la bata. Un pensamiento cruzó la mente de Rita y él se dio cuenta. Fue un segundo, pero podía verlo dibujarse en sus ojos. Vivía en la puerta de enfrente y su marido la estaba esperando. Leyó su mirada pero la ignoró, necesitaba agarrarse a ese último contacto, porque tardaría horas en volver a tenerla tan cerca.
—No puedo —susurró apartándose de él.
—Rita… —intentó quejarse.
Antes de que pudiera decir o hacer nada, ella ya se había deshecho de su abrazo y entraba en la habitación de su hijo de siete años. La mujer que le robaba el sueño se agachó hasta el rostro del niño y le susurró que era hora de irse. El pequeño abrió los ojos tan levemente que ni siquiera se despertó. Se dejó coger por Rita para ir a su casa como todas las mañanas.
Dámaso los acompañó hasta la puerta y se quedó observando desde el umbral. El recuerdo de su mujer le vino a la mente al ver a Rita comportándose como lo habría hecho ella. No solo era deseo. La quería por muchas cosas, pero una de las más importantes era por cómo trataba a Iñaki. Mil veces se imaginaba a los tres juntos formando una familia y mil veces más tenía que borrar esa imagen de su mente por culpa de Benito, el marido de Rita. Tan cercana, en la puerta de enfrente, y tan lejana al mismo tiempo. Estaba sumida en un matrimonio triste, con grandes discusiones y muy poco amor.
—Pasaré a buscarlo esta tarde al salir —dijo Dámaso, tras darle al niño un beso en la frente.
—Cuando quieras —susurró ella.
No la dejó marchar sin acariciarle la mano y mirarla a los ojos. Rita le sonrió. Después, cerró la puerta de su casa y el golpe lo devolvió al mundo real. Dámaso cogió su chaqueta y se fue a trabajar.
Capítulo 2
Nuria se ha levantado con la determinación de acabar cuanto antes con todos los trámites pendientes por el fallecimiento de Rita; como dijo Rafa la noche anterior, así le dolerá menos. Se ha vestido sin apenas mirarse al espejo y se ha ido al tanatorio. Ahora está esperando en un diminuto despacho a que una mujer con mirada condescendiente le traiga lo que queda de su madre: una urna ecológica en una bolsa de tela.
—¿Quiere conservar alguna de las flores del funeral? —le pregunta la empleada.
Por unos segundos valora la opción de recoger las rosas que compró ella misma para el altar. Los de la funeraria se encargaron de colocarlo todo y en la ceremonia se dio cuenta de que su ramo había quedado aparcado en una esquina frente a las enormes coronas que enviaron del trabajo de Rafa. Contesta que no, no quiere acabar guardando en un jarrón lleno de polvo unas flores marchitas que le recuerden un día que, sin duda, prefiere olvidar.
—Aquí tiene —le dice, tendiéndole las cenizas.
Nuria creía que sentiría aprensión, un vuelco en el estómago al saber que a eso ha quedado reducida su madre. Pero no es así como las ve; las observa como si fueran un recuerdo de Rita, algo que le perteneció y que ella ahora hereda. Firma los papeles que le piden y se marcha.
Al llegar al coche no sabe dónde colocar la urna. En el maletero le resulta demasiado frío; además, no quiere ni pensar en la imagen del recipiente dando vueltas en el espacio vacío. Las coloca a su lado, junto a su bolso, y se dirige a casa de su madre. La funeraria está a las afueras de la ciudad, pero unos diez minutos en coche le han bastado para llegar de nuevo al barrio de Chamberí donde ha transcurrido toda su infancia. Ha vivido siempre de alquiler y está segura de que los dueños, aunque le han repetido muchas veces que no tienen prisa, prefieren disponer del piso cuanto antes.
Nada más llegar a la puerta, el olor le eriza la piel. Su casa siempre estará ligada a un aroma dulce, a horno encendido. Hace tres días del fallecimiento de Rita y, sin embargo, aún permanece. Le tiembla la mano cuando inserta la llave en la cerradura. Abre, pero no se siente capaz de mirar sus cosas. Como un autómata camina con la vista en el suelo hasta sentarse en el mismo sofá que ha utilizado desde niña. Se queda inmóvil, sin saber por dónde empezar y sin fuerzas para hacerlo. Toda su iniciativa se ha desvanecido al verse rodeada de la presencia de su infancia y de su madre. Por fin, se arma de valor y se pone de pie para, al menos, colocar la urna con las cenizas de Rita en el armario situado frente a ella. Mira a su alrededor con lágrimas en los ojos: la mesa del salón con el cerco dejado hace años por una taza demasiado caliente, sin posavasos, y el recuerdo de la consiguiente regañina de su madre; las fotos de su primer día de colegio; sus trofeos de natación; aquel cuaderno de recetas que su madre nunca dejaba de mirar… ¡Tantas cosas acumuladas! Una vida envuelta en objetos llenos de ternura que observa ya con el filtro del pasado. La butaca donde se sentaba su madre, demasiado ajada para conservarla. Pero cómo la va a tirar. Está dando carpetazo a una vida, no a algo material. El revistero, eso sí puede dárselo a alguien. La mesa no, la llevará a casa. Seguro que Rafa cree que no encaja con los muebles del salón y acabará en el garaje, pero, al menos, la tendrá con ella.
Los últimos dos días han sido una pesadilla. Que su madre no le contestara al teléfono durante toda la tarde era algo muy extraño. Al principio no quiso alarmarse, pero, después de varios intentos, decidió pasar por su casa. Según se acercaba en el coche, se repetía que era una exagerada, una alarmista, que Rita tenía derecho a no estar localizable durante unas horas y que eso no significaba nada. Hasta se le pasó por la cabeza que quizás se había echado un novio. Nunca le había conocido ninguno y no quería verla tan sola. En aquel momento sonrió pensando en lo descabellada que era esa idea tratándose de Rita, tan seria; pero ahora, al recordarlo, le invade la culpabilidad. Ella elucubrando y su madre en el suelo, sufriendo un ataque al corazón fulminante.
Aquel día, Nuria entró en casa con su propia llave y llamó a Rita con voz cantarina. Se quedó helada al verla yacer en la alfombra del salón. La muerte no es como aparece en las películas. Su rostro no parecía plácidamente dormido. Nunca olvidará esa imagen: los ojos abiertos, igual que la boca, en un rictus de angustia, y la mandíbula crispada con gesto de dolor. Corrió hacia ella, la cogió de la mano y no se la soltó mientras llamaba a la ambulancia y a Rafa. Solo cuando él la abrazó y los de la funeraria se llevaron su cuerpo, se alejó de su madre.
Nuria siente que las lágrimas vuelven a recorrer su rostro. Ahora ya sin angustia, lentas. Coge aire y se las limpia con la manga de su jersey.
De repente, el sonido de su teléfono móvil la sobresalta.
—Buenos días, ¿podría hablar con Nuria Uriarte?
—Sí, soy yo.
—Le llamo desde el hospital de Basurto. Tengo que comunicarle que su padre está ingresado. Convendría que, en cuanto le fuera posible, se acercara hasta aquí, los médicos quieren hablar con usted.
—Pero… —susurra desconcertada.
—Si desea que hablemos con otra persona…
—Pero eso es imposible —intenta decir con apenas un hilo de voz.
—Me ha dicho usted que es Nuria Uriarte, hija de Benito Uriarte, ¿verdad?
—Sí…
—Don Benito Uriarte ingresó ayer por la noche —dice la mujer, molesta por el inconveniente de una llamada que creía rutinaria—. Llevaba encima su documentación y entre sus cosas guardaba una fotografía con un número de teléfono con su nombre y apellido y su dirección. Hemos supuesto que era usted su hija. Si quiere más detalles, seguro que la agente Arrúe, la ertzaina que lo sacó de la ría, podrá dárselos. Pásese cuanto antes por el hospital.
La mujer cuelga y Nuria se queda boquiabierta con el teléfono en la mano. Primero, apunta en una nota del propio aparato el nombre del hospital y de la agente; después, repasa mentalmente la conversación. Su padre lleva muerto treinta y cinco años, los mismos que tiene ella. Nunca llegó a conocerlo; de hecho, su madre estaba embarazada cuando falleció. La mujer ha mencionado el hospital de Basurto. Nuria mira en el buscador de su teléfono y enseguida aparece situado en un barrio de Bilbao. Su padre, Benito Uriarte, murió allí. O eso creía.
Piensa inmediatamente en Rafa. No se lo va a creer cuando se lo cuente. De nuevo en el móvil pulsa sobre el nombre de su pareja.
—En este momento no puedo atenderle, deje su mensaje después de oír la señal…
Pone los ojos en blanco, frustrada por no poder contactar con él. Cuando escucha el pitido, habla con la voz un poco entrecortada.
—Me han llamado desde un hospital de Bilbao para decirme que han encontrado a mi padre. Que está muy mal. Rafa, pero si lleva muerto toda mi vida… Pretenden que vaya… No sé qué está pasando. Debía tener mi contacto entre sus cosas, en una foto creo que ha dicho. Llámame, por favor.
Después de colgar, Nuria mira a su alrededor, paralizada. Está en casa de su madre, que acaba de morir, y ahora resulta que resucita un padre que creía muerto. Una ola de angustia le recorre desde la espalda, impulsándola a empezar a abrir cajones y armarios, a revisar libros, bolsillos… Cada recoveco que se le ocurre es inspeccionado con pericia. Nada. Más allá de algunas monedas perdidas, un par de lápices gastados, tarjetas de tiendas olvidadas o entradas antiguas de cine, no encuentra una sola cosa que le llame la atención. El problema es que no sabe lo que busca.
Finalmente, va al dormitorio de Rita. Con solo entrar en él, los recuerdos de su madre la golpean. Cierra la puerta del armario que se dejó abierta cuando buscaba un vestido para el velatorio. Todo huele a ella. Aún siente su presencia, pero no puede evitar que un velo de desconcierto la llene, como si una capa de misterio cubriera los muebles.
Se sienta en la cama y ve el joyero sobre la mesilla. Es una caja antigua de latón que antaño fue de pastas y que ahora alberga un lío de baratijas de poco oro y poca plata. Nunca fue Rita de muchas joyas, ni siquiera llevaba puesto su anillo de casada. Busca la alianza de su madre. Se la probaba siendo niña, soñando con esa imagen de padre ideal que siempre tenía en mente. Rita nunca hablaba de él. No tenía fotos suyas. Decía que todos los recuerdos se habían perdido en las inundaciones de Bilbao. Nunca se opuso a que su hija se probara su anillo, pero una mueca de desaprobación gobernaba su rostro cuando la veía hacerlo. Ahora mira su dedo con la alianza puesta. Le encaja mejor que cuando era niña.
Ojalá pudiera hablar con su madre. Llegó a Madrid para olvidar y crear una vida nueva después de morir Benito. Eso le dijo siempre. Estaba sola y embarazada. Si no hubiese sido por la que se convertiría en su abuela… Nuria recuerda esas palabras de su madre como si las pronunciara en ese preciso momento.
—Cuca… —susurra.
Sabe dónde tiene que ir e inmediatamente siente una punzada en el estómago, como cada vez que la visita en la residencia.
No es su abuela biológica, a quien nunca llegó a conocer, pero Cuca siempre lo fue para ella. Una mujer de ochenta y cinco años, con cabellos grises, rizados y cada vez más escasos. Tenía solo diez años más que su madre, pero desde el principio la vio como su abuela. Recuerda su rostro dulce, su forma de despertarla cuando la llevaba al colegio, llenándola de besos y ternura. La esperaba a la salida de clase con el bocadillo en la mano y la espalda cada vez más encorvada. Adoraba sentir la rugosidad de su piel acariciándole el pelo o las risas al sentarse junto a ella mientras veían cualquier programa en la televisión. Quiere desechar de su mente su aspecto actual, con la mirada dura y perdida la mayor parte del tiempo. No es sencillo ir a verla. Lleva dos años en una residencia de ancianos donde está bien atendida, pero, cada vez que Nuria traspasa la puerta de entrada, la culpabilidad se instala sobre sus hombros. Cuando la demencia empezó a ser más palpable, su madre la trajo a su casa y la cuidó por un tiempo. Pero hasta ella se vio superada a medida que la enfermedad fue avanzando.
—Habéis hecho todo lo posible —les repetía Rafa una y otra vez cuando por fin tomaron la decisión de internarla. Ellas callaban, conscientes de que tenía razón, pero también de que eso no disipaba la culpa.
Nuria recoge las pocas cosas que ha revuelto y recoloca la urna con las cenizas de su madre en la librería del salón, junto a sus libros y sus recetas de cocina. No se le ocurre un lugar mejor.
Cierra de nuevo la casa de su infancia y se dirige al coche. Piensa que tendrá que volver muchos días para vaciar el apartamento. Mira el móvil esperando alguna señal de Rafa, sin éxito. Sube al vehículo y se pone en marcha, dispuesta a esclarecer aquel malentendido. Es muy probable que no consiga nada. Su abuela Cuca casi nunca vuelve de ese mundo de recuerdos en el que se ha instalado. Solo de vez en cuando tiene un día donde aún la llama «peque». Suspira deseando que hoy sea uno de esos días.
Sale a las calles de Madrid en otro día espléndido de verano. Últimamente, Rafa ha decidido no llevar el coche al trabajo. Está muy concienciado con el cambio climático y prefiere compartir trayecto con otros compañeros que viven cerca y así ahorrarle a la atmósfera un poco de polución. Hasta la convenció de que encargara una urna ecológica para las cenizas de su madre.
Se detiene en un semáforo, conecta el aire acondicionado y cierra un segundo los ojos, disfrutando del frescor. No hay un trayecto largo hasta la residencia, pero caminar por la ciudad en el mes de agosto habría sido como atravesar un desierto de asfalto ardiendo. No quiere llegar sofocada y sentirse incómoda por oler a sudor. Nuria esboza una sonrisa mientras piensa en sus justificaciones, que no son más que un reflejo de su mala conciencia. Todo es culpa de Rafa y de sus ataques de ecologismo.
El semáforo se pone en verde. Nuria retoma el camino. Ya puede ver a lo lejos el edificio de la residencia de la Inmaculada, una casa de principios de siglo XX tan majestuosa por fuera como por dentro. El aparcamiento es pequeño y está justo en la parte delantera, a un lado de la escalinata que da acceso al interior. Apaga el motor y sale para acercarse al edificio, ya con un nudo en el estómago. Una vez arriba, empuja la puerta de hierro y cristal, tan grande que apenas puede con ella.
—Vengo a ver a la señora María Luisa Amézaga —le dice a la mujer de la recepción.
—¿Quién quiere visitarla? —pregunta, seca.
—Nuria Uriarte.
—Un momento, por favor.
La recepcionista se aleja del mostrador con el teléfono en la mano. Escucha preguntar por la paciente de la habitación 105.
Cuando su madre llegó a Madrid, Cuca la acogió en su casa. Durante los primeros años de su infancia estuvieron viviendo con ella, por eso la tiene ligada en su memoria al colegio, los deberes y la rutina infantil. Finalmente, su madre consiguió trabajo como limpiadora y, con el tiempo y la ayuda de la abuela, pudieron acceder a un pequeño piso de apenas cincuenta metros cuadrados, austero y funcional. El mismo que ahora espera a ser vaciado. Un lugar sin propósito de un día para otro, huérfano como ella. Nuria intenta contener la emoción. Coge aire disimuladamente y se templa.
—Puede pasar, pero recuerde que queda media hora para que termine el horario de visitas.
Da las gracias haciendo un gesto con la cabeza y sigue a la recepcionista por un largo pasillo iluminado por el sol. El calor que siente en los brazos la reconforta. Sin embargo, a medida que avanza, los nervios la hacen temblar.
—Conozco el camino, puedo ir sola —le dice a la recepcionista con el tono más amable del que es capaz.
—Es el protocolo.
Cada vez que visita a Cuca es lo mismo. Sabe que siempre hacen así las cosas, pero le parecen ridículas. Giran un par de veces a la izquierda para acabar llegando a una puerta al final del largo pasillo, únicamente decorado por una planta de interior. Le parece de plástico, aunque ha comprobado muchas veces que no lo es.
—Si necesita algo, puede utilizar el teléfono de la habitación marcando el…
—Cero. Sí, lo sé. Gracias —interrumpe para agilizar la conversación.
La recepcionista fuerza una sonrisa y ni siquiera se despide. Nuria llama a la puerta y gira el pomo, dispuesta a entrar.
—Abuela —susurra cerrando tras de sí.
Cuca está sentada en una silla de ruedas mirando por la ventana, absorta en sus pensamientos. Nuria se coloca frente a ella y la besa con cariño.
—El desayuno está en la mesa —dice la anciana al verla, recordando cuando se lo preparaba de niña.
Lamenta que no tenga un día de lucidez, pero aun así le sonríe. Se gira buscando la única silla que hay en la habitación y la acerca para sentarse junto a ella. Le coge la mano con paciencia. Quizás debería contarle que su madre ha fallecido, pero no tiene fuerzas para decirlo en voz alta. Además, no cree que deba hacerle daño; sobre todo, porque quizás no recuerde de quién le habla.
—Es ya por la tarde, abuela, no toca desayunar ahora.
—No te olvides de terminarte el zumo antes de ir al colegio, que si tardas mucho se evaporan las vitaminas —ignora las palabras de la joven.
Suspira con tristeza. Nunca sabe si lo que debe hacer es intentar sacarla de su mundo o meterse con ella dentro de él.
—Abuela, vengo a preguntarte algo.
—Claro, peque, dime.
Nuria sonríe al escucharla. Siente una pequeña esperanza de poder mantener una conversación. Echa tanto de menos a su abuela y ahora a su madre… Se seca una lágrima furtiva que le cae hacia la comisura de los labios y sonríe para disimular.
—He recibido una llamada muy extraña, abuela. Me han llamado desde Bilbao.
Cuca se suelta bruscamente de su mano y la mira.
—¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no vuelvas a mencionar esa ciudad?! ¡Es peligroso volver allí, Rita, él no te conviene! ¡Esta es tu vida ahora! ¡Olvida aquello! ¡No te arriesgues!
Nuria no sabe cómo reaccionar. A pesar de ver muy alterada a la anciana, decide seguir.
—¿Quién es peligroso, abuela?
—¡Tienes que proteger a Nuria, por el amor de Dios! —se indigna Cuca, intentando levantarse de su silla de ruedas. Si no llega a ser por su rápida intervención cogiéndola del brazo y volviéndola a sentar, habría caído desplomada en el suelo. Ya hace un año que no es capaz de andar.
—Hemos oído ruidos, ¿está todo bien? —aparece la recepcionista, con cierto tono de reproche.
—Sí, todo bien —se limita a contestar Nuria.
—El horario de visitas ha terminado —le recuerda la mujer.
Abraza a Cuca con ternura y la besa en la frente antes de salir.
—Volveré pronto, ¿de acuerdo?
Durante todo el trayecto hasta la salida, Nuria está tan sumida en sus pensamientos que ni se despide de la recepcionista. Coge el coche y enfila la carretera de camino a su casa, hasta que un semáforo en rojo la detiene. Tamborilea con sus dedos en el volante sin poder olvidar la escena vivida con su abuela. En su cabeza no están ni la carretera ni el semáforo, su mente se ha quedado en la habitación de la residencia. «¡Prométeme que no volverás allí!». Nunca imaginó que detrás de aquella aparente normalidad que veía en su infancia hubiera algo oculto. Ahora no está tan segura. Lamenta no haber prestado más atención cuando aún tenía la oportunidad.
Un molesto sonido la saca de su ensimismamiento. La bocina en manos de un hombre a su espalda le recuerda que el semáforo se ha puesto en verde. Nuria acelera, pero inesperadamente gira hacia la izquierda, dejando a este mismo conductor gritando por la ventanilla. Ha decidido que no puede esperar a la noche para contarle todo a Rafa. Tiene que decírselo en ese momento y saber qué opina. Quizás debería ir a Bilbao. Pero es una locura. Si él pudiera cogerse unas vacaciones, quizás… Así no iría sola.
Entra en el garaje del edificio de oficinas donde trabaja su pareja. Tiene que identificarse ante el guardia de seguridad, pero en cuanto pronuncia su nombre le abren la barrera; al fin y al cabo, todos conocen a Rafael Mesa, director ejecutivo de la sección de compras de unos grandes almacenes. Aparca el coche en una de las plazas destinadas a las visitas.
Cuando está saliendo del vehículo, un fuerte ruido a su espalda le llama la atención. El golpe proviene de la puerta de acceso al edificio. Alguien ha entrado en el garaje. Se escuchan risas y Nuria cree reconocer una de ellas, la del hombre. Se pone de puntillas y mira con más atención por encima del resto de los coches aparcados. Es Rafa, con una compañera de trabajo, Silvia, la misma que en el funeral parecía excesivamente apenada. Nuria hace una mueca de disgusto. Tiene demasiadas cosas en la cabeza como para esforzarse con las relaciones sociales. Pero no va a tener más remedio, porque la chica ha abierto uno de los coches con el mando y los dos se dirigen hacia allí. Si no se da prisa, se marcharán. Cuando está a punto de llamarlo, Rafa empuja a Silvia contra el vehículo y la besa apasionadamente.
Nuria se queda sin palabras. Se esconde, intentando recuperarse del temblor que recorre todo su cuerpo. Su respiración se vuelve entrecortada y siente que está a punto de ahogarse. Necesita volver a mirar. Ha tenido que malinterpretar lo que ha visto, se dice a sí misma. Es imposible que Rafa haya besado a esa mujer. Aún tiene la caricia del beso que esta mañana le ha dado en el desayuno antes de salir. Lo conoce muy bien, no le mentiría; él no haría algo así. Ya casi convencida de que todo ha sido una equivocación, se asoma despacio por encima del capó para verlos mejor. Pero no hay error. La pareja, de la que por primera vez ella no forma parte, vuelve a besarse, con las manos ya ocultas en la ropa y el cuerpo del otro.
Después, entre risas, se suben en el vehículo. Es el coche de Silvia, el que cada mañana viene a recogerlo para no contaminar. O eso es lo que siempre le dice Rafa. Nuria se queda sin voz y, por alguna extraña razón, se siente avergonzada.
Bilbao, agosto de 1983
Rita entró en su casa con Iñaki en brazos.
—¿Dónde estabas? Llegas tarde —preguntó su marido mientras la veía dirigirse a los dormitorios. Ella, antes de contestar, dejó al chico en la cama de la habitación de invitados. Lo besó en la frente y cerró la puerta con cuidado de no despertarlo.
Ese dormitorio habría sido para sus hijos. Pero Benito y ella nunca pudieron tenerlos a pesar de los años que pasaron intentándolo. Ahora sabía que la culpa no era de ella, que era él quien no podía tener descendencia. Se llevó la mano a su estómago. Últimamente las náuseas la paralizaban. Estaba embarazada pero aún no se lo había dicho a nadie, ni siquiera al futuro padre, y mucho menos a su marido. Imposible hacerlo.
—Te estoy diciendo que llegas tarde.
La voz de Benito le produjo un escalofrío de puro miedo. Disimuló y se volvió hacia él para templar los ánimos.
—Había mucho trabajo, perdona.
—¿Vas a echármelo en cara cada día? Ya sé que tú tienes trabajo, sin tener ni idea de hacer nada. Y yo, que llevo en esa fábrica toda mi vida, estoy aquí mano sobre mano —le gritó Benito, susceptible.
Hacía un año que estaba en paro, que se vestía con bata y zapatillas frente a la televisión y que únicamente salía para beber. No era fácil pasar por lo que él estaba pasando, se decía Rita. Tantos años en la fábrica, casi desde niño, para que —de un día para otro y a sus cuarenta y cinco años— se cerrara convirtiendo su vida en una sucesión de horas y días inútiles. Como bien se encargaba él de dejar claro.
—No te lo estoy restregando, solo te digo que por eso he llegado tarde, nada más. Es muy temprano, quédate en la cama un rato, yo voy a hacer la comida.
—Ya no tengo sueño —le contestó, dirigiéndose al sofá.
—Pues vístete y baja a la calle. Date una vuelta. Empiezan las fiestas; es temprano, pero seguro que, para cuando termines de prepararte, ya habrá algo.
—No me organices la vida —le contestó, desagradable, su marido.
Rita sabía que era mejor dejarlo ahí. Si insistía, las cosas podían ponerse mucho peor. Se dirigió a su pequeña cocina, su refugio, y empezó a hacer las alubias, a remojo desde la víspera. Las escurrió. Picó cebolla, zanahoria y pimiento. Puso un poco de aceite en una cazuela y lo rehogó todo. Después, añadió las alubias y agua. Espolvoreó sal por encima y un poco de pimentón dulce para dar la sensación de que estaban hechas con chorizo. Pero no había chorizo. Tenían que cuidar en qué gastaban el dinero y ese ingrediente era un lujo que Rita solo dejaba para ocasiones especiales. Ajustó el fuego y las dejó hacer lentamente; para mediodía estarían perfectas. Cocinar la reconfortaba, ya que podía centrarse en algo concreto sin tener que pensar.
Recogió lo que había utilizado y se puso a fregarlo, antes de pasar a limpiar la cocina. Limpiar fuera de casa y limpiar en casa, así era su vida. Y menos mal que tenían al menos su trabajo porque, si no, quizás estarían en la calle. Rita no quiso ni pensarlo mientras pasaba un paño por la mesa y recogía una botella de vino que había dejado tirada Benito. Él antes no era así. Se quedó prendada de un hombre trabajador, siempre dispuesto a hacer planes. Se casó enamorada, pero pasó el tiempo, no vinieron los hijos, el trabajo empezó a tambalearse y todo se volvió diferente. Ninguno de los dos era igual que el día de su boda. Él se había casado con una niña que lo adoraba y ahora vivía con una mujer que cada día fantaseaba con abandonarlo y marcharse con Dámaso donde fuera, muy lejos, para huir de esa vida que no se creía que fuera la suya. Limpiar en casa, limpiar fuera de casa.
Capítulo 3
Nuria no recuerda cómo ha llegado a casa. El beso de Rafa y Silvia la ha convertido en una sombra de sí misma. Ha hecho la cena sin pensar, concentrada en los tomates, la lechuga y en no quemarse al freír los lomos de merluza que tenía en la nevera. Después, ha limpiado toda la cocina. Ha quedado impoluta. Se ha esmerado más que nunca en tener la mesa preparada para la cena: el mantel, los cubiertos, los platos a juego… Y, finalmente, se ha sentado a esperar. En silencio. Ni siquiera ha encendido la televisión. Un día cualquiera. Pero todo es distinto. Ni llorar ni lamentarse. Un pequeño dolor de estómago es lo que se ha permitido.
Hasta que recibe el mensaje de Rafa.
«Lo siento. No voy a llegar a cenar. Se ha retrasado una reunión. Creo que tendré que quedarme hasta muy tarde. Te quiero».
Las imágenes de Rafa y Silvia juntos, las que ha visto en el garaje y las que no deja de imaginar, vuelven de golpe. Se ahoga, el aire escapa de sus pulmones, dejándola sin vida. Corre hasta el cuarto de baño y se agacha frente al váter. Las náuseas martillean su estómago, pero es incapaz de vomitar. En su lugar, el llanto llega como un océano que la deja tirada en el suelo, sollozando.
