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Silencio oportuno, ¿cuándo hablar? Y… ¿cuándo no? ¿Cómo darte cuenta de que ya llegaste al borde de tus límites? Este libro acompaña a los personajes, justamente en la búsqueda de la respuesta a estas simples, y a la vez, complejas preguntas. El dolor ciega el alma, da comandos confusos al corazón; y la mente juega con los sueños y la realidad… pero… ¿Se puede escapar?
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Seitenzahl: 326
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Seeck, Camila Eugenia
Silencio oportuno : el misterio del tercer piso / Camila Eugenia Seeck. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
306 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-852-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Misterio. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Seeck, Camila Eugenia
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A Tuti, porque sos la alegría que me motiva todos los días.
Y a mi familia, por siempre estar.
AGRADECIMIENTOS
Me he imaginado escribiendo los agradecimientos un centenar de veces… cómo hacer para agradecer en una sola página a tantas personas, y es que les debo mi gratitud a todos ellos, ya que de una u otra forma me inspiraron o llevaron por el sendero tumultuoso que fue todo este recorrido: desde el 3er año de secundario hasta todos mis profesores y mis compañeros.
Está de más decir que esta historia es muy importante para mí, que los personajes son todos muy especiales, que fue un honor crearlos y darles una voz.
El primer agradecimiento, claro está, es para mi familia. Mi mamá, María Eugenia, porque sos la razón de que yo hoy sea todo lo que soy, sos un ejemplo a seguir y cualquier persona sería afortunada si te llegara apenas a tus talones, porque sos un ser de luz que ilumina a todos por cada salón en el que entrás. A mi abuela, mi Tuti, que, como mi mamá, tiene esa única y especial cualidad de sonreír y contagiar esa alegría que llena cada rincón del corazón. A mi papá, Christoph, compañero de charlas sin fin, quien alimenta mi amor propio y mi inspiración, y que lo amo con todo mi ser. Erika, gracias por cada risa que con vos vale el doble, por ser el ejemplo de fuerza que hay que seguir. Jackie, que me inspira cada día a querer tener el tamaño de su corazón y sus habilidades para hacer todo. Mis queridos hermanos, por aguantarme en mis malos humores cuando a Tadeo le pasaba algo muy malo… o sea… muchas veces. Anna, mi querida Anna, mi catalana favorita. Anja, Mayka y Gena, familia del corazón. Otto, mi Schnauzer miniatura que no le hago ni el mínimo honor que debería en este libro, porque, como para el personaje, fue para mí el soporte y el abrazo más esperado de todos los días, y no podía dejar de inmortalizarlo para que viva en el corazón de todos.
A Pili Montamat, la mejor amiga que una persona puede pedir, no solo por tus maravillosos consejos y apoyo, sino también por tu fiel compañía y cada momento único que vivimos. “Xdlv ajs yi hewwm tr ypirzj”.
Nico Rigoni, porque siempre nos alentaste a escribir, a leer, a ser mejores personas y fuiste el causante del primer borrador y la idea de esta historia.
Gabriela Ferrero, por tu sinceridad de fierro, tu aguante y tu apoyo, te quiero, amiga.
Emilio Sánchez, que inspiró mi personaje.
MENCIONES ESPECIALES: Felicitas Brusa. Dani Brian. Carito. Gaby Quignard. Andrea Ruano. Mi tía Ulrike. Mis primos: Paula, Julia, Sofía, Corina, Mora, Maxi, Marco y Fernando. Flor Pérez. Mica Roldan. Sofi Boncio. Iván Sicardis. Lu Lanata. Mili Fernández. Belu Porto. Sol Kuhn. Santi Oberti. Pipi. Jere.
Y, por último, un gigante GRACIAS a todos los que apostaron por esta historia, espero hacerlos sentir, que es lo más importante.
PRÓLOGO
Me meto, me entrometo en tu mundo, en tu proyecto, con permiso… porque a veces uno no sabe qué hacer con tanto orgullo que se escapa por todas las costuras…
Recuerdo a mi pequeña cuando era hora de irse a la cama y agarrábamos un cuentito, no sabías leer, mezclabas varios idiomas al hablar y, de esa manera, creabas historias irrepetibles y maravillosas, algunas de las cuales tuvimos la suerte de filmar tu papá y yo.
Probablemente así empezaste a dar tus primeros pasos en el universo de las palabras, que hoy culmina en esta historia que nos regalás. Solo para iniciar otro camino que te lleve a otro relato lleno de vos.
Ya se reventaron las costuras, ya se inundó todo de orgullo y satisfacción y vuelvo a pedir permiso para poder decirte que te felicito por la iniciativa, el valor, la perseverancia, la dedicación, y que te amo con todo el corazón.
Mamá
PRÓLOGO
Si puedes conservar tu cabeza cuando a tu alrededortodos la pierden y te cubren de reproches;si puedes tener fe en ti mismo cuando duden de tilos demás hombres y ser igualmente indulgente para su duda;si puedes esperar y no sentirte cansado con la espera;si puedes, siendo blanco de falsedades, no caer en la mentira,y, si eres odiado, no devolver el odio sin que te creaspor eso ni demasiado bueno, ni demasiado cuerdo.
Si puedes soñar sin que los sueños imperiosamente te dominen;si puedes pensar sin que los pensamientos sean tu objeto único;si puedes encararte con el triunfo y el desastre y tratarde la misma manera a esos dos impostores;si puedes aguantar que a la verdad por ti expuestala veas retorcida por los pícarospara convertirla en lazo de los tontoso contemplar que las cosas a que diste tu vida se han deshechoy agacharte y construirlas de nuevo,¡aunque sea con gastados instrumentos!
Si eres capaz de juntar, en un solo haz, todos tus triunfosy arriesgarlos a cara o cruz en una sola vuelta.Y, si perdieras, empezar otra vez como cuando empezaste¡y nunca más exhalar una palabra sobre la pérdida sufrida!Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nerviosa que te obedezcan aun después de haber desfallecidoy que así se mantengan hasta que en ti no haya otra cosaque la voluntad gritando: ¡persistid es la orden!
Si puedes hablar con multitudes y conservar tu virtudo alternar con reyes y no perder tus comunes rasgos;si nadie, ni enemigos ni amantes amigospueden causarte daño;si todos los hombres pueden contar contigo,pero ninguno demasiado;si eres capaz de llenar el inexorable minutocon el valor de los sesenta segundos de la distancia final,
tuya será la tierra y cuanto ella contenga.Y —lo que vale más— ¡serás un hombre! ¡Hijo mío!
Rudyard Kipling
Capítulo 1
Se podría decir que vivía cerca de la gente… cerca de la sociedad, demasiado cerca tal vez. Es que justamente lo que menos me gustaba era todo lo que tenía que ver con otras personas: todo era chismerío, ignorancia y, a la más mínima diferencia, discriminación e insultos. Lo sé bien porque vivo en el edificio más grande de mi ciudad; tiene 165 pisos, yo vivo en el pent-house, en la famosa torre Barcelona. Mi papá y mi mamá tienen mucha plata, demasiada; para mi gusto, de sobra. Muchas personas idolatran a mis padres, por lo que vivir en mi edificio es insufrible. Y yo, bueno; yo soy el hijo de… odio esa expresión.
Soy hijo único; bueno, tengo un perro, yo lo considero como mi hermano… Otto es un Schnauzer miniatura color negro con las patas y el bigote color blanco. Él es el único que se salva y me salva de este asqueroso mundo, me lo regalaron cuando cumplí los 9 años y me acompaña desde entonces.
Todos los días bajo por la parte trasera de mi edificio y voy caminando a la escuela; las calles de mi ciudad son largas y anchas. Las estructuras mayoritariamente son edificios, más chicos que el mío, obvio. No es muy común ver una casa, las derrumbaron y construyeron hoteles y departamentos producto del aumento significativo de la población a lo largo de los años. Las cuadras son gigantescas, por lo que a toda hora pasan infinidad de autos y de gente. Cada día, mientras camino, miro los rostros y trato de imaginarme la vida de cada uno; tal vez añoro esa normalidad, pensando que es la vida que necesitaría yo.
Mi colegio es el más prodigioso de toda la ciudad, o, por lo menos, es lo que aparenta ser. Supuestamente, todos los hijos de las “personas importantes” asisten a él, por lo que todos se creen mejores que todos, y es una discusión sin fin.
Para ser el hijo de los empresarios más grandes e importantes de toda la ciudad, soy diferente. No soy el típico chico engreído y agrandado por toda la plata y la fama de sus padres, como mis compañeros. Todos ellos crecieron para ser como sus padres, para ponerse ropa formal y seguir el negocio familiar; yo no me veo así, nunca voy poder ser como mis padres y tampoco me interesa serlo.
Se me hace difícil comunicarme con los otros chicos, prestar atención en clase, vivo en una burbuja que nadie puede pinchar; por lo tanto, nunca hablo con nadie, soy yo y solamente yo, pero insisto, para mí no es algo malo, yo soy relativamente feliz.
Todo empezó a los 10 años, cuando por primera vez un chico de mi clase se me acercó y me preguntó por qué “era siempre tan raro”. La única respuesta que le di fue una mirada de confusión; yo no lograba entender por qué ellos me consideraban “raro”. Las palabras no salieron de mi boca y, mientras yo me decía «hablale, decile que vos no sos raro», el otro chico esperaba mi respuesta. Después de unos minutos sin poder decir ni una sola palabra, todo mi cuerpo empezó a transpirar y comencé a tartamudear. Las palabras salían como tropezándose en mi boca y la cara de mi compañero se transformó en una risa burlona. Pocos segundos más tarde, se dio media vuelta y se fue. Las voces se propagaron y en el recreo siguiente, mientras me iba a mi esquina donde sabía que podía estar solo tranquilamente, todos, al pasar, se reían y me señalaban.
Cuando se hizo la hora de irnos, salí corriendo a mi casa. Al llegar, sentí que el aire me faltaba y tenía un nudo en la garganta. Me encerré en mi pieza, me senté en un rincón y el retenido y profundo llanto salió como una bala. Abracé mis rodillas y cerré los ojos, las caras de desagrado de todos los chicos no se borraban de mi mente. Otto lentamente se me acercó y con delicadeza apoyó su mojado hocico en mi brazo, su silencio me hizo sentir acompañado, y, sin saber cómo, sentí que no me hacía falta nada más.
Después de ese día ya no recuerdo cuantas burlas, chistes y miradas con mala cara recibí. Llegué a la conclusión de que, si nadie me entiende como soy, es mejor estar solo. Por supuesto que cuando fui entrando en la adolescencia, en el poco tiempo que pasaba con mis padres, ellos tampoco me entendían; en cierta forma, están tan ocupados pensando en un futuro mejor para todos que se olvidan de lo más esencial. Extraño tanto los viejos tiempos… Ellos no logran ver que yo no estoy solo únicamente por ser distinto, sino simplemente porque no veo el mundo como lo ven los demás chicos de mi edad, pero, claro, al no ser como los demás, para ellos es como si fuera el fin del mundo.
Era un sufrimiento hablar o leer algo en frente de toda la clase; tanto era así, que la mayoría de las veces ni siquiera me tomaba el trabajo de intentarlo y simplemente me quedaba callado en mi lugar mirando hacia abajo, lo que provocaba el enojo de mis profesores y derivaba en una charla extensa con el director y el profesor en cuestión. “Es una provocación”, “pretende desafiarme en frente de sus compañeros”, “su silencio es irrespetuoso” eran algunas de las frases que repetían continuamente durante toda la conversación, mientras que el director con los dedos entrelazados en su barriga solo asentía callado escuchando atento las quejas, y, cuando el profesor se retiraba, se paraba, agarraba el teléfono y llamaba a mis padres. Las primeras veces pensé que iban a hacerme todo un escándalo, pero, para mi sorpresa, nunca lo fue. Cuando llegaba a mi casa, mis padres no estaban. Y para la hora de la cena ya era un tema lejano para mi papá, comparado con sus temas laborales, y mi mamá…, creo que nunca supo bien qué decirme.
Inconscientemente y sin saber que era posible, me fui cerrando y resguardando dentro de mí cada vez más. Nunca tuve una explicación lógica de lo que me pasaba cuando alguien se me acercaba o me hablaba. Mis padres tampoco; es más, nunca abordaban el tema, era como si no les importara o, más bien, se avergonzaban de mí. Las discusiones eran casi siempre por dinero y eventualmente se hablaba sobre mi incapacidad de comunicarrme.
Un día, durante la merienda, mis padres me dieron la horrible noticia de que harían una fiesta e invitarían a todos sus amigos y sus respectivos hijos para celebrar un nuevo negocio. Empezaría a las 21:00 h. Papá pasó media hora hablándome de la importancia de esta jornada y que tenía que mostrar el mayor respeto hacia los presentes. Cuando se acercó la hora, mi mamá entró a mi pieza con una percha que sujetaba un esmoquin negro.
—Fue el primero de tu papá, te va a quedar hermoso —me dijo con una voz de orgullo.
Lo agarré y esperé a que mi mamá salga de la habitación para ponérmelo; me miré al espejo y susurré.
—Esto tenés que ser para que te quieran.
Cuando fui hacia el living, mis padres me examinaron de arriba abajo.
—Hoy, hijo, vas a conocer a mucha gente que en un futuro cercano estarán a tus ordenes —dijo mi papá suspirando, con su mano en mi hombro.
“Futuro cercano”, no podía creer lo que había escuchado, iba a ser una noche larga, muy larga.
De un minuto a otro, mi casa se llenó de gente. La mayoría de los adultos, cuando me veían, me estrechaban la mano y me decían: “Sr. Parlow”. Yo contestaba el saludo con una muda sonrisa, pero realmente me ponía muy incómodo toda esa situación, luciendo el esmoquin de mi papá y que me llamaran como lo llaman a él. Para mí todos los señores eran iguales, menos uno, que extrañamente sentí como si me hubiera estado vigilando toda la noche. Cada vez que lo veía, desviaba la mirada.
Mis compañeros estaban ahí también, como si no fuera poco aguantar las burlas en la escuela, ahora las tenía que aguantar en mi casa. Pasaban y me empujaban con el hombro. Otto se volvía loco y les ladraba, entonces se iban para no llamar la atención y que pareciera que mi perro era tan raro como su dueño.
En un momento pasé por al lado de mis padres, que estaban hablando con unos señores y escuché lo que decían.
—Parlow, ¿qué le pasa a tu hijo? No lo escuché decir una sola palabra en todo lo que llevamos de la noche —comentó uno de ellos riéndose.
—¿No le enseñaste a hablar cuando era chico? ¿O es porque no aguanta tanta presión? —preguntó el otro.
Mi papá miró a mi mamá con un gesto de vergüenza. Sentí un vacío en el pecho, me fui con un paso tranquilo y con la cabeza baja hacia mi cuarto. Aflojé el nudo del corbatín y salí a la terraza a tomar aire. Mi respiración era agitada, fue la primera vez que el ruido de los autos pasando y las luces que se apagaban y se prendían de los otros edificios me tranquilizaron un poco. Sentía decepción de mis padres; en vez de defenderme, alimentaron la burla al bajar la mirada.
A la mañana siguiente, me asomé a la cocina y allí estaban mis padres conversando en voz baja, muy serios hablaban sobre llevarme a un psicólogo. Esto claramente no funcionó, en cada sesión de terapia me descomponía, terminaba empapado por la transpiración y siempre terminaban dejándome ir antes. El psicólogo les aconsejaba que me dejaran seguir jugando al golf, recomendaba esto y aquello. Mis padres lo siguieron intentando, sin grandes logros, hasta que se rindieron y me consideraron un caso perdido.
Capítulo 2
Para lo único que me sirvieron las sesiones con el psicólogo fue para de vez en cuando ir de vuelta al campo de golf, ya que hacía mucho que no iba. Mis padres me lo habían prohibido, dado que era un deporte muy solitario y preferían el fútbol, en cambio. A la semana abandoné y me metieron en básquet, duré dos semanas y también terminé dejando.
Pasé por hockey, handball y muchos otros deportes de equipo que ni me imaginaba que existían. Y no es que no me gustaran los deportes, es que, como dije, me agobia la gente… Una mañana encontré uno de mis viejos cuadernos de cuando me gustaba escribir y dibujar lo que me apetecía, era una buena costumbre y me dieron ganas de retomar.
Un día, que era como cualquier otro, llegué del colegio y mis padres me estaban esperando en la sala principal; mi papá hizo un gesto con su mano invitándome a que me siente, me acerqué lentamente al sillón y lo hice, preguntándome qué querrían ahora de mí.
—Tadeo, hoy nos llamó el director y nos dijo que no saben el porqué, pero cada día estás actuando más irrespetuoso y más raro, así que acá con tu papá decidimos intervenir y hablarte —dijo mamá.
—Sí, Tadeo, nos gustaría saber cuál es el problema —añadió papá sin mucho interés, poniendo su mano en su oreja para contestar una llamada—. Disculpen, es importante —dijo levantándose.
Comencé a escuchar la palabra “raro” repetidas veces en mi cabeza; cada vez que la escuchaba, el volumen aumentaba. Lo disimulé lo más que pude hasta que llegó a un volumen insoportable. Miré para abajo un poco mareado, cerré los ojos y me agarré la cabeza con las dos manos. Mi papá volvió y se sentó nuevamente.
—Bueno, ¿en dónde estábamos? —preguntó.
Desesperado por causa del disturbio en mi cabeza, me paré y salí corriendo. Llegué a la calle aturdido y empecé a caminar sin rumbo. Me detuve frente a una vidriera unas cuadras más adelante por la misma avenida de mi casa y un libro ganó mi atención; parecía como si me hablara, quería que lo viera, que lo tomara. Entré al lugar, me acerqué al vendedor y pregunté por el libro. El chico, sin decir mucho más que “buenas tardes, ¿en qué te puedo ayudar?”, se levantó de su asiento, se puso enfrente a una enorme estantería y con un dedo en la boca, cara de concentrado y con el otro dedo moviéndolo hacia la izquierda y derecha en cada escalón de la estantería, lo sacó y lo puso en mis manos. Me quedé mirándolo atónito por unos segundos, nunca antes me había llamado tanto la atención un libro, lo primero que hice fue darlo vuelta y leer la contratapa, decía así…
“Esta historia es distinta, no hay un drama común, amoríos y engaños típicos, no, este no va a ser uno más del montón, o eso espero. Acompáñame en esta aventura en la que, con todo mi esfuerzo, puse mi alma en estas páginas. Espero que a lo largo de la lectura sientas lo que yo sentí al escribirla: piel de gallina, felicidad, tristeza, escalofríos y un sentimiento en particular que no todos logran sentir y no todos logran ponerlo en práctica… Sin decir más y esperando haberlos dejado con un poquito de intriga, nos veremos pronto.
Atentamente, su futura amiga, la autora”.
Sorprendido por lo que había leído, abrí el libro por el medio y leí un pequeño párrafo que citaba lo siguiente:
“Te voy a preguntar algo, ¿no es mucho mejor vivir una vida propia, ficticia o no, que la vida normal, en la que compartimos las mismas basuras, personas hipócritas y algunas no tan hipócritas? Escribir era eso para mí; me corrijo, es eso para mí. Tratá de hacer el intento, agarrá una hoja cualquiera y un lápiz o una lapicera que tengas a mano, ponete enfrente a la hoja blanca, cerrá los ojos y pensá en escribir, escribir sin darte vuelta con miedo, sin pensar que alguien te va a leer, sin preocuparte de que alguien te va a leer. Es tu historia, ya sea cómic, novela, cuento corto, relato, poema, da igual. Ahora, abrí los ojos, ¿te diste cuenta? Tu hoja ya no es más una hoja, es un molde blando en el que podés hacer lo que quieras en ella. ¿No se siente bien? Poder ser vos por un segundo. ¿Y si te dijera que eso no tiene que ser solo un segundo, que pude ser cuándo, dónde y cómo vos quieras? La hoja eres tú, y la puedes moldear a tu antojo”.
Lo compré de inmediato. Ya totalmente ajeno a lo que había pasado, volví a mi edificio con un paso lento y sin levantar la vista del libro. Por suerte no quedaba nadie en la sala, supuse que una vez más se habían rendido. Me fui a mi cuarto con mi nuevo amigo. No tardé muchos días en acabarlo, dos o tres para ser exacto. Pero después de terminarlo sentía esa necesidad de seguir, por lo que busqué otros libros para leer y mi vida tuvo otro rumbo, otros objetivos e intereses, me sentía bien rodeado de libros.
El mejor de todos los momentos del día pasó a ser ese. A las seis de la tarde, cuando vuelvo del cole y llego a mi casa, estoy solo porque a esa hora papá trabaja y mamá no sale de su oficina. Entonces me voy a mi habitación con Otto, a admirar mi nueva biblioteca que hice instalar repleta de libros, me siento en el piso o en la cama y Otto se acuesta a mi lado. Me relaja mucho leer, también ayuda ese color azul tirando a celeste de mis paredes que me encanta. Nunca leo un género constante, voy variando de libro en libro. Me encanta imaginarme como los personajes de las historias que leo, me hace sentir importante; es hermoso pensar que puedo ser lo que quiero, irme de una época a otra, pasar de ser un caballero luchando contra un dragón a ser la doncella en peligro en la torre. No interesa nada, yo soy el protagonista y no hay nadie más, es lo que me enseñó mi primer libro.
Amo vivir así, nadie me molesta, o, si lo hacen, no me afecta. Es más, me hace pensar que cada vez falta menos para llegar y dejar fluir mi imaginación, pero, obvio; si hubiese sido ese día un día igual a todos los anteriores, no estaría contado esta historia…
Capítulo 3
Iba caminando por la calle principal, la única forma de llegar a mi casa, hasta que vi un auto particular que me llamó la atención, una camioneta gigante plateada que se estacionó a mi lado, era mi mamá.
—Hola, amor, saqué turno para ir al médico, así que hoy no vas a casa, subite —me dijo por la ventana, sacando el seguro del auto.
Me subí sin decir nada, normalmente el viaje al médico es eterno, me aburría tanto viajar en auto que lo único que me entretenía era mirar por la ventana el camino, trataba de teletransportarme, por decirlo de alguna forma, a uno de mis libros, que cuenta que el personaje, a medida que hace sus viajes, admira el color verde de la naturaleza, cosa que en donde yo vivo no existe. Muchas veces me paso viendo documentales en mi computadora sobre selvas, bosques, sabanas, desiertos, y todas esas especies hermosas que existen y que el ser humano destruye.
De tanto pensar no me di cuenta de que ya habíamos llegado. Nos bajamos del auto, entramos y nos sentamos en unas sillas grises, ese molesto tiempo muerto en esos incómodos asientos de las salas de espera me matan.
Luego de una breve espera, nos llaman para entrar al consultorio.
La puerta era color madera, era como entrar a la sala de bebés, el estampado de las paredes tenía ovejas. Y el médico era el típico hombre de edad media, barbudo, con un guardapolvo blanco con olor a remedio.
—Buenos días, señora —saludó el médico amablemente.
—Buenos días, traje a mi hijo lo antes posible por el asunto del que hablamos. Mi marido no pudo estar hoy por cuestiones del trabajo —contestó mi mamá con un tono de preocupación.
¿Asunto?, ¿qué significaba eso?… No entendía nada, no me había sentido mal los últimos días. No tenía fiebre ni dolores, y la ficha médica ya la habíamos terminado. ¿Por qué estábamos ahí? ¿De qué se trataba todo esto? El doctor me pidió que me recostara sobre la camilla y, mientras yo miraba el techo, ellos pasaron unos cuantos minutos susurrando algo que no pude escuchar.
Al cabo de unos minutos, el doctor se acercó, me miró y me dijo.
—Esto no va a ser fácil, pero vas a ver que pase lo que pase vamos a salir de esto todos juntos: vos, tu familia y todo el grupo médico.
«¿Todo el grupo médico? ¿Por qué nadie me explicaba lo que estaba pasando?», pensé.
Me asusté, ¿qué significaba eso? Mientras miraba a mi mamá y le estiraba la mano en forma de auxilio, llegaron otros dos médicos y me trasladaron en la camilla hasta una sala que tenía las luces apagadas y solo se escuchaban ruidos de máquinas trabajando. Me dejaron ahí un buen rato, por lo que cerré los ojos para contener la incertidumbre y el temor que me invadió.
¿Qué podía haber pasado? En este último tiempo no tuve problemas con nadie y mis padres ya ni hablaban sobre cómo soy. Que me llevaran a un psicólogo o que me obligaran a hacer deporte para integrarme a la sociedad era una cosa, pero querer que me vea todo un grupo médico me parecía exagerado.
—¿Por qué no pueden aceptar mi forma de ser y ya?
Me di cuenta de que lo había dicho en voz alta, lo que para mí era como haberlo gritado.
«¿Me habrán escuchado?», pensé.
Traté de concentrarme en otra cosa, pensé en mis libros, en mi cuarto, en Otto. Realmente no sé cuánto tiempo pasé con los ojos cerrados… pero creo que hubiese tenido tiempo suficiente para escribir todo un libro. En un momento, entró alguien, prendió las luces y, sin levantar la mirada de un cuaderno, me pidió que me sentara.
«Yo conozco a este señor», recordé. Es el mismo que me vigiló ese día en la fiesta.
—Tadeo… ahora vas a tener unos 15 minutos para despedirte de tu mamá y después te vamos a trasladar —dijo el hombre.
Entró mi mamá con una cara como si hubiese estado llorando por horas, se me acercó, me acarició el rostro y me dijo:
—Tengo fe en que te vas a recuperar, mi amor. Todo va a estar bien y dentro de poco vas a volver a estar en casa.
¿De qué me estaba hablando? No podía creer que iban a terminar de abandonarme. Bajé la mirada y una lágrima cayó en mi mano.
—El tiempo terminó, señora, se tiene que retirar —intervino el doctor que me atendió la primera vez mientras se acercaba hacia mí—. Por cierto, soy el doctor Morales, vamos a pasar mucho tiempo juntos…
Percibí algo de insensibilidad en su comentario. Me acostó y me aseguró con correas en mis pies y en mi pecho. Me trasladaron así hasta una camioneta, me subieron en la parte de atrás y arrancaron el viaje. Creo que una parte de mi quedó en esa habitación oscura.
Capítulo 4
Lo único que recuerdo de las últimas cuatro semanas son diferentes hospitales, laboratorios, pruebas, análisis, batas blancas, y lo peor de todo es que sigo sin saber qué es lo que buscan en mí, y lentamente me está pareciendo que ellos tampoco.
Me hacían pensar que, aunque no tenía nada, ellos querían que lo tuviese, porque no dejaban de buscar y todo resultaba en vano. Cada vez que llegaban esos sobres enormes, que eran más grandes que mi cabeza, los empezaban a leer con entusiasmo, pero terminaban con una cara de decepción que en cierta forma me tranquilizaba.
El lugar en el que “vivo” ahora es como una casa enorme de tres pisos, el St. Susan Belky lo llaman.
Ni bien entrás, hay un pasillo; en la primera puerta a la derecha está el comedor, un lugar del tamaño de diez habitaciones unidas, todo monótono, con mesas largas y vacías, aburridas como todo el lugar. Tres simpáticas trillizas, cada una de ellas con un oficio distinto: una es la cocinera, la otra se encarga de lavar los platos y de mantener cuidado el comedor, por último, la tercera de ellas limpia las habitaciones. Nunca las reconozco del todo, llevan una placa con el apellido Elsner, pero, bueno, no es un problema. A la única que veo es a la que limpia mi dormitorio, siempre suelen traerme la comida al cuarto, por lo que no voy al comedor.
En la segunda puerta del lado izquierdo están los baños; en la primera puerta están las habitaciones del personal y al final, las escaleras.
En el segundo piso están todas las piezas, son sencillas, nada de otro mundo: una cama, un escritorio, algunas con ventanas y otras sin. La mía es distinta, es más grande, tiene un ventanal enorme que siempre está con las persianas bajas porque no me dejan abrirlas. Una cama, un escritorio y poco más. Mi papá vino a verme solo dos veces en todo lo que llevo acá encerrado, según él, porque no tiene mucho tiempo, como siempre dice. Mamá viene un poco más seguido. Cada vez que me ve, se le ponen los ojos llorosos y le agarra un nudo en la garganta, debe pensar que realmente estoy muy enfermo.
El tercer piso es un misterio, nunca me había dado tanta curiosidad un lugar como me lo da este. Las escaleras para subir son anchas abajo y empiezan a angostarse a medida que van subiendo, y en mi opinión es la parte más cuidada de todas, aunque sea difícil de pensar. Es de un mármol pulido, blanco como lirios. Cada vez que paso por ahí, quiero subir, pero no puedo porque hay un guardia vigilando a toda hora, un tipo grandote sentado a un lado de la escalera, en una silla negra con rueditas, y del otro lado una caja de donas todas pegajosas que te quitan el apetito. Pero lo más interesante y extraño es que, cada vez que paso por ahí, siento una sensación de peligro en el cuerpo.
Cuando ya perdí la cuenta de los días que llevaba encerrado, empecé a preocuparme y comencé a preguntarles qué pasaba porque ya estaba un poco cansado de todo el misterio, pero la información que recibía era nula. Después de un tiempo, me di cuenta de que no me iban a responder nada, pero… ¿en ningún momento se les ocurrió que yo necesitaba despejarme?, ¿que imploraba por poder ver a mi perro?, ¿que quería leer o, como mínimo, quería salir de ese cuartucho en el que me tenían recluido, como un animal salvaje en una prisión de alta seguridad?
Me encantaría contar que el suspenso y la intriga se acabó después de tenerme encerrado unas cuantas semanas más, pero no, por más que diera lucha para que me digan qué padecía, permanecían sin contestarme.
Todo era muy confuso, todos esos controles que me hacían… Se cegaban tanto en buscar algo científico que solo máquinas pudieran descifrar y no se daban cuenta de que, tal vez, el único motivo por el cual nunca había hablado era porque nadie me entendió.
Era extraño que mi mamá no haya protestado sobre mi horario, ya que es extremadamente estricto y monótono. Digo esto porque en el poco tiempo que pasábamos juntos, se quejaba de que la vida era un ciclo aburrido, y yo, que tenía tiempo siempre, debía buscar cosas nuevas para hacer.
Todas las mañanas bien temprano me llevan a un laboratorio, que se sitúa al lado de la casa en donde vivo, el lugar es parecido a un psiquiátrico viejo, de color blanco y ventanas con rejas verdes, o esa es mi impresión.
Sentía como si me estuviese volviendo loco, siempre estuve solo y nunca tuve problemas con eso, lo disfrutaba, pero ahora realmente sentía que la soledad y el aislamiento me estaban pisando los talones.
Poco después llegó ese pesado pensamiento de que todo esto era una cruel lección que me estaban dando mis padres por ser así. Me enojaba mucho porque no era algo que yo controlaba, simplemente me salía de esa forma. Los dolores de pecho y las descomposturas empezaron a ser más frecuentes; cada vez que comía algo, lo terminaba vomitando… En consecuencia, comía realmente muy poco y me sentía todo el tiempo cansado, pero los estudios siguieron, las obligaciones se hicieron más y más estrictas.
Después de un mes entero de peleas contra mi cuerpo y contra todo lo que tenía alrededor, el doctor Morales fue a mi habitación con una bandeja de comida y me dio “una charla motivacional”.
—Tadeo, me dijeron que no estás cuidando tu salud… no quiero que te enfermes de algo más grave, ¿no te parece? Así que, estuve pensando y quiero que hagamos un trato, nosotros bajamos la exigencia y la intensidad únicamente si vos te encargas de tu parte; o sea, dormir bien, comer, hidratarte, estar saludable. ¿Trato?
—Quiero ver a mi perro —dije en un lento tartamudeo mientras bajaba la mirada.
—Trato —prometió el doctor mientras se iba.
Me senté en mi escritorio y, obligando a mi garganta a tragar, comí lo que había en el plato. Terminé transpirado, no comía una ración completa desde hacía tiempo. Me levanté, me tiré en mi cama y me dormí.
Capítulo 5
Estos últimos meses fueron estudios tras estudios, resultados tras resultados, no pararon, y, como toda persona, en un momento me cansé de todas las mentiras que me decían y el trato incumplido de Morales. Mi cuerpo y mi mente no dieron más, y esta vez no era por no comer. Imploraba por hacer algo más interesante que estar echado en esa cama todo el día, porque, aunque buscaban algo en mí, lo que realmente me estaba enfermando era estar ahí encerrado. Así que me acerqué a mi mamá, la cual estaba reunida con todo el grupo médico para hablar del famoso asunto, y les pedí que, por lo menos, me llevaran a dar una vuelta para que pueda ver luz del día.
Realmente me sorprendió ver cómo todos se compadecieron y me dieron una respuesta afirmativa que sentía que hace años no escuchaba. Me puse feliz, sentí que volvía a ser humano, sentí como si volviese a conocer otra vez el mundo que había perdido, pero, para mi desgracia, cuando vi cómo se encontraba, hubiese deseado nunca haber salido. Me llevaron a un patio detrás de la casa que ni sabía que existía, era todo gris y seco, como en las típicas películas de apocalipsis zombis en las cuales las ciudades y pueblos están completamente destruidos.
Era una pesadilla, me corrijo, era la peor pesadilla de todas. Asustaba pensar que me convenía quedarme adentro de ese lugar horrible. Y la ciudad, la torre Barcelona, la escuela de “perfectos” y el ruido insoportable, por primera vez extrañaba todo eso.
Salí corriendo y me encerré en mi cuarto, totalmente paralizado y asustado me apoyé en la pared.
¿Cuánto tiempo había estado ausente? ¿Qué es lo que había pasado? Solo habían pasado tres meses como máximo, ¿era posible que haya pasado más tiempo del que sentía que había pasado? Muchas preguntas que rondaban en mi cabeza, ahora más sedientas de respuestas que nunca. Por primera vez sentí la necesidad de comunicarme con otra persona, fue muy raro porque nunca lo había experimentado antes, no sabía qué hacer ni por donde comenzar, ya que ni siquiera sabía si, llegado el momento, las palabras iban a salir de mi boca.
Pasaron días en los que solo pensaba cómo hacerme un amigo humano. ¿Iba a ser capaz de poder tener un amigo? Eran bastantes solitarias todas las personas que vivían acá; en realidad, no lo sé, nunca le había prestado atención, ni siquiera a los chicos que vivían en las habitaciones que estaban al lado de la mía.
Un día me levanté de buen humor y me dije «este es el día». Después de todos los estudios, fui a mi cuarto y me cambié.
Bajé a merendar, me quedé en la puerta unos minutos y, cuando por fin decidí que ese era mi momento, entré a la sala, respiré profundo y miré a mi alrededor; estaba tan nervioso e inseguro que pegué media vuelta y me choqué con alguien. Los dos caímos al piso, todos los objetos que la persona llevaba se esparcieron por el suelo, y yo, dominado por los nervios, los empecé a juntar.
—Uh, disculpame, no te vi. —Sentí cómo mi corazón palpitaba a mil por hora. La temperatura subía y mi cara se ponía roja como un tomate por la humillación que sentía. Pero, sin darme cuenta, debió haber sido por los nervios, pude hablar.
Al levantarme con todas sus cosas en la mano y alzar la mirada, vi a una chica con una sonrisa de oreja a oreja, era de estatura mediana, un pelo ondulado color castaño, unos ojos azules como el mar y en su cuello llevaba un collar con cuatro figuras humanas. La primera era una mujer grande, le seguían dos varones y después una nena. Llevaba con ella un cuaderno color violeta con muchos marcadores de todos los colores, tres lápices de colores, dos lapiceras, y lo que más me llamó la atención fue una brillante llave. Ni bien la vi, bajé automáticamente la mirada.
—No hay problema, tranquilo —respondió recibiéndome los objetos—. Me llamo Lila, hola—añadió seguidamente poniendo la llave en su bolsillo e intentando captar mi mirada.
Mis manos empezaron a sudar y mi corazón se aceleraba cada vez más.
«Por favor, ahora no… dale, yo, yo puedo», pensé.
—El mío… e-es Tadeo —dije con esa inevitable costumbre de arrastrar las silabas.
—Qué lindo nombre, ¿te gustaría merendar conmigo? —contestó sin parecer haber notado lo que todos suelen notar.
Asentí con la cabeza, fuimos a buscar una bandeja de comida para cada uno y tomamos asiento en el primer lugar libre que vimos. Nos sentamos enfrentados, parecía que me habían mojado con una manguera. Ni bien me senté, mis piernas empezaron a temblar, puse mis manos arriba para frenarlas, pero, apenas las levantaba, seguían temblando.
«Por favor, tengo que hacer esto, necesito hacer esto», me supliqué.
—Y vos… —dije dejando unos minutos de silencio.
— ¿Y yo? —preguntó.
Tragué saliva.
—Y vos, ¿por qué estás a-a-acá? —dije, al fin.
— ¿Yo? Bueno, yo… —Empezó, pero se calló cuando sus ojos se quedaron fijos y perdidos hacia adelante.
Percibí que mi pregunta hizo que su mente y mirada se fueran a otra parte.
Capítulo 6
LILA
Desde muy chica siempre me dicen que me paso la vida sonriendo, que siempre estoy feliz y llena de energía. Es cierto, me considero una persona muy alegre e inquieta, y eso me encanta.
Mi mamá me contó innumerables veces que, cuando era bebé, no sabían cómo llamarme, y que al final decidió ponerme Lila porque era colorido y adecuado para mí.
Gran parte de mi felicidad se la debo a mis hermanos, Fernando es el más grande. Marco y yo somos mellizos, somos los del medio, y la más chiquita y dulce es Clara. Junto con mi mamá somos muy unidos, hacemos la mayoría de las cosas juntos, vivimos juntos como podemos, y eso, creo yo, es lo que cualquier persona desea tener. Mi papá se fue cuando Clara tenía 4 años, pero, por lo menos, le dejó a mi mamá sus negocios y la casa, que mucho no es, pero es algo.
Vivo en un hermoso pueblo un poco alejado de la ciudad. Todas las casas son de madera. Acá existe una regla en la que una casa solamente puede ser tuya si la construís vos... la mía la construyó mi papá junto con Fer. Es hermosa, en la puerta principal tiene un buzón creado por mi mamá, pero este buzón no es para poner la correspondencia, sino que es un lugar en donde yo y toda mi familia ponemos nuestros deseos. Cada vez que anhelamos algo, lo escribimos en una hoja y lo depositamos ahí, y, como por arte de magia, algunos se cumplen. Alrededor de mi casa, en el piso y colgando, tenemos todo tipo de plantas. Ni bien entrás, está el comedor que tiene muchos ventanales, después la cocina y las habitaciones, yo comparto mi pieza con Clara; Marco y Fernando comparten la suya. Y mi mamá comparte habitación con nuestro gato, Les.
