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Al permitirnos conectar con más gente que nunca, las redes sociales prometían una suerte de antídoto a la soledad. En efecto, hoy tenemos cientos de amigos en Facebook y miles de seguidores en Instagram. Pero ¿por qué nos sentimos cada vez más solos? ¿Por qué nos sentimos aislados y encerrados en un cerco de pantallas y likes? Para José Ramón Ubieto, la conexión digital es incapaz de llenar los vacíos de nuestra soledad, que es una facultad estructural del ser humano con la que todos debemos aprender a lidiar. Los vínculos, en cambio, entendidos como aquellas relaciones orgánicas que nos permiten construir puentes emocionales con las personas y los entornos que habitamos, nos ofrecen una plenitud que está ausente en los entornos virtuales. Partiendo de su amplia experiencia como psicólogo clínico y psicoanalista, Ubieto analiza algunas de las principales comunidades digitales de nuestro tiempo —los incels o los chatbots románticos, habitadas por gente joven—, y pone la primera piedra para tratar de construir una sociedad donde el encuentro presencial vuelva a ser el pilar de nuestra experiencia colectiva.
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Seitenzahl: 160
Veröffentlichungsjahr: 2026
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José Ramón Ubieto
soledades digitales
cuando la conexión sustituye al vínculo
© José Ramón Ubieto, 2026
Imagen del autor cedida por Eloi Orobig
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Ned ediciones, 2026
Primera edición: marzo, 2026
Preimpresión: Moelmo SCPwww.moelmo.com
eISBN: 979-13-87967-10-9
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Ned Edicioneswww.nedediciones.com
A mis próximos que, con su compañía y cariño, me ayudan a habitar mi propia soledad
Índice
Prefacio
Remotamente conectados, débilmente vinculados
1. ¿Más solos que nunca?
El mito de la isla desierta
Un individualismo de masas
2. Vidas hiperactivadas, sujetos hiperconectados
Híper: del frenesí al vértigo
Niños que piensan en el futuro
Lo Trans y las masculinidades
Solos en la machosfera
Influencers y fachatubers
3. Las paradojas de la soledad
Nadie está solo
¿Estar solo o estar a solas?
Soledad no es aislamiento
4. «Soluciones» digitales: del vínculo a la conexión
La virtualidad
Aplicaciones de citas
Redes sociales: la ilusión del compartir
El «manual» del porno online
Refugios misóginos digitales
Gamers
Chatbots y compañía virtual
Robots de compañía
5. Encerrados en su burbuja
La generación de «Se Acabó La Fiesta»
Los hikikomori españoles
Las burbujas de odio
6. Construir una nueva soledad
Construir con otros la soledad
Una comunidad de soledades
Epílogo: Escribir la soledad
Anexo: Islas, pantallas y burbujas: o cómo la literatura narra la soledad
Bibliografía
Obras literarias citadas
Agradecimientos
Prefacio
Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad.
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad
La soledad me ha acompañado toda la vida, como imagino que a muchos otros. En la infancia tenía el color del desamparo: el que dejaban una pelea en el colegio, la bronca de un profesor o el rechazo de algún compañero. Más tarde, ya adolescente, adoptó otras formas: a veces era el sentimiento de abandono durante el internado escolar y la ausencia familiar; otras, el temor a fracasar en mis primeros proyectos; y, hacia el final, el desconcierto del encuentro con la sexualidad, siempre traumático porque es inevitable abordarlo en soledad. Observábamos a los más atrevidos del grupo, los que ya tenían novia, y en sus experiencias buscábamos pistas y esperanzas. Pero cada uno sabía que ese pasaje habría de recorrerlo solo.
En todo ese tiempo tuve siempre un aliado fiel, la lectura. Gracias a ella pude habitar la soledad imaginando mundos diversos y fantaseando con un futuro rodeado de pareja y amigos. A veces me quedaba mirando por la ventana de mi habitación, con el presentimiento firme de que un día saldría de aquel pequeño universo, cerrado y un tanto asfixiante, para encontrar un lugar donde sentirme menos solo.
La vida adulta también me deparó momentos de soledad, algunos muy productivos y otros tristes y difíciles. La muerte súbita de mi compañera y madre de mis hijos me dejó un sentimiento profundo y doloroso de soledad que tardé tiempo en calmar. No era solo un afecto, sino un agujero real en mi vida, un desgarro en una realidad íntima que llevó tiempo recoser para seguir viviendo con esa cicatriz.
Siempre tuve la suerte y el deseo de acompañarme con seres queridos, mis hijos, mi pareja actual, mi familia y mis amigos. También los libros y el trabajo han sido una compañía. Si tengo un gusto por la escritura es porque, como decía Lacan, no nos queda otra que tratar de escribir algo que dé forma a la soledad.
Sin embargo, la experiencia de Manu, joven de 18 años que fue adoptado siendo bebé, es distinta, más propia de la era virtual. Su primera y segunda infancia estuvieron marcadas por la soledad de quien se siente diferente. Algunas dificultades escolares reforzaron esa sensación de segregación y, aunque contó siempre con el apoyo firme de su familia, él no lograba sentirse parte de ese mundo en el que, no obstante, vivía. Un cambio de centro escolar y el acompañamiento familiar y terapéutico le permitieron, por primera vez, sentirse menos solo.
La adolescencia llegó con una pasión voraz por las pantallas. Manu intentaba vivir allí el mayor tiempo posible, en ese mundo donde no se sentía excluido. Hablaba de sus colegas virtuales como si fueran amigos reales: gente que «veía» cada día, aunque no hubiese presencia física alguna. Allí era uno más; incluso podía sentirse popular —o al menos fantasear con la idea— cuando ganaba alguna partida, aunque para ello recurriera a veces a pequeñas trampas. También descubrió a alguna chica con la que hablar y quedar; encuentros fallidos, pero ilusionantes durante un tiempo. Pero todas esas conexiones eran insuficientes para él, siempre le dejaban el regusto de una ausencia.
Hoy, Manu tiene un trabajo estable en un entorno que le gusta. Eso atenúa su sentimiento de «ser diferente» y lo deja menos solo en relación al grupo. Pero lo más interesante es que ha encontrado una vía creativa propia: la fotografía. Gracias a ella, se aleja por momentos de las pantallas y puede mostrar sus producciones, en redes y en presencia, algunas de una gran belleza. Ese acto de creación le devuelve una imagen más amable de sí mismo. Lo digital sigue ocupando un lugar relevante en su vida, pero ya no es la única forma de habitar su soledad. Sus fotografías son suyas, nacen de su mirada y trazan paisajes íntimos que lo liberan —aunque sea por instantes— de la necesidad de vivir pendiente de las vidas ajenas.
Han Nefkens, holandés de 71 años, se presenta como filántropo y coleccionista de videoarte. Nació sin la mano izquierda y con la derecha parcialmente desarrollada. A los 33 años contrajo SIDA, cuando apenas existían tratamientos, y en 2002 sufrió una infección cerebral que casi le costó la vida. Su experiencia con la soledad fue precoz e intensa, y encontró en el apoyo constante de su pareja y en su pasión por el arte un modo de transformarla: «El motor que me inspira es conectar a los artistas con los museos del mundo, y a los artistas y a los museos entre ellos y con el público; así palié mi soledad».
Estas tres historias son solo una pincelada de la relevancia inédita que ha tomado el tema de la soledad en los últimos años. En 2023, el Cirujano General de Estados Unidos1 alertó de que la soledad constituye una amenaza para la salud pública comparable al tabaquismo. Antes, el Reino Unido (2018) y Japón (2021) habían creado ministerios específicos para combatirla. En España, la Fundación ONCE impulsó en 2022 el Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada (SoledadES), cuyo último barómetro ofrece un dato inquietante: dos de cada tres personas conocen a alguien que se siente solo sin quererlo.2 El estudio además calcula que la soledad involuntaria tiene un elevado coste y que la mitad de los adultos con discapacidad que viven en España se sienten solos en este momento.
Hoy todo el mundo habla de su soledad. La mencionan quienes viven solos, quienes tienen pareja, quienes comparten amistad, casa o trabajo con otros. Algunos la describen de manera directa; otros la expresan a través de pesadillas en las que se ven solos o temen ser abandonados. Para la mayoría, la soledad aparece como una amenaza vital, una fuente constante de angustia, y es sin duda uno de los principales retos que enfrentamos en nuestra época.
Remotamente conectados, débilmente vinculados
Rut tiene 34 años y desde hace un tiempo padece insomnio. En una sesión relata un sueño en el que vaga por una casa extraña, irreconocible. Se asoma a la ventana y no hay nadie, solo un paraje inhóspito que le recuerda la escena de una película que vio el día anterior, una distopía en la que apenas unos pocos lograban sobrevivir. Al explicar el sueño, la angustia la atenaza y no puede evitar llorar. Intenta reconstruir algún otro detalle, pero las imágenes se diluyen en su memoria.
Consulta porque, según dice, la invade «un sentimiento profundo de soledad». Aclara rápidamente que no está sola: tiene compañeros de trabajo divertidos y un grupo de amigos con quienes sale de vez en cuando. Sin embargo, la sensación persiste. Cuando llega a casa, esa soledad se transforma en angustia. A veces incluso siente que le falta el aire, que algo la oprime por dentro.
Creció sola tras la separación de sus padres, ocurrida poco antes de su nacimiento. Quedó al cuidado de una madre exigida por un trabajo absorbente y por la crianza. Rut siempre creyó —aunque entienda que es una idea absurda— que había sido la culpable de la ruptura. Por eso nunca se atrevió a quejarse de su soledad ni a pedirle más tiempo a su madre.
De su relato del sueño destaco la palabra «superviviente». Es el término con el que suele describirse. Sobrevivió a la separación de los padres, a los constantes cambios de domicilio por el trabajo materno, a un primer novio que la maltrató. «No puedo quitarme de encima la soledad», me cuenta. «Es como si ella y yo estuviésemos condenadas a ser una pareja».
La historia de Rut nos enseña que la soledad es una condición humana estructural, que tiene diferentes registros, máscaras que varían según la persona y la circunstancia. Hay soledades: el aislamiento social, el sentimiento subjetivo de estar solo, la dificultad de estar a solas, el deseo de estar solo... En sociedades más comunitarias y tribales, la soledad se vivía de otra manera. Hoy, en cambio, en esta «era del Yo», muchos se conciben como seres únicos y originales, sin raíces ni copias, y la soledad se convierte en el síntoma de un malestar más amplio.
Ella trabaja en una multinacional como consultora y, aunque mantiene una relación cordial con sus colegas, apenas se ven fuera de la oficina ni conocen detalles de sus respectivas vidas. Esto confirma que la camaradería está desapareciendo de los lugares de trabajo; hoy, «amigos del trabajo» es una categoría en recesión. Rut está sorprendida por el hecho de que, en su oficina, muchas reuniones entre los miembros de su equipo se hacen en remoto pese a que los participantes están presentes en el mismo edificio: cada uno se conecta desde su despacho o su mesa, protegidos por cascos con cancelación de ruido. De hecho, en lo que toca a la soledad laboral, hay poca diferencia entre quienes trabajan en la oficina a tiempo completo y quienes lo hacen de forma híbrida, con parte de la jornada en remoto.3 Rut lo explica muy bien: «están tan conectados que cuesta hablar con ellos, tardé meses en descubrir que uno era vecino mío, dudaba si era español porque siempre nos conectamos en inglés».
A las formas tradicionales de pertenencia —familia, iglesia, asociaciones deportivas, culturales o políticas— se suman ahora las comunidades digitales. Construir una identidad exige algún tipo de pertenencia, física o virtual, y esta cada vez adopta formas más híbridas. Pero esas redes de compañía no sustituyen la tarea de aprender a estar a solos con uno mismo: esa experiencia íntima, necesaria para pensar, que nos permite conectar con los propios deseos y con aquello desconocido que habita en nosotros.
Lo digital pone de manifiesto que una conexión —como analizaremos en detalle a lo largo del libro— no es equivalente a un vínculo. Las conexiones son efímeras, muchas veces unilaterales (como cuando navegamos por un servidor o hablamos con un chatbot); no requieren poner en juego nuestro cuerpo (basta con la imagen o la voz) y diluyen el compromiso. Un vínculo implica tiempo y la presencia del cuerpo: dos variables que configuran otro tipo de lazo más sólido y más interesante.
La virtualidad, no obstante, forma ya parte de nuestra realidad híbrida y ofrece también sus propias soluciones, a veces ocupando el lugar de aquellas lecturas apasionadas que teníamos en la adolescencia. No se trata de contraponerlas como si fueran incompatibles, sino de aprender a usarlas sin renunciar a la presencia y al vínculo con los otros.
Surgen entonces preguntas inevitables: ¿cómo explicar esta «epidemia de soledad» en plena era digital, caracterizada precisamente por sus conexiones múltiples y sin descanso? ¿Estamos realmente más solos que nunca o simplemente nos «sentimos» más solos? ¿La soledad depende de la presencia de otros o de la dificultad de cada uno para estar a solas consigo mismo? ¿Será que nuestra pasión narcisista nos vuelve cada vez más individualistas? ¿Es posible que los jóvenes, más hiperconectados que otros grupos de edad, experimenten también un aislamiento inédito? ¿Esas conexiones tienen la capacidad de generar vínculos o solo son capaces de ofrecernos lazos efímeros?
Como parte de mi práctica como psicoanalista, orientado por la enseñanza de Jacques Lacan, llevo más de cuarenta años escuchando las angustias y temores de pacientes jóvenes, adolescentes y adultos. En todo ese tiempo, he sido testigo de todo tipo de soledades. Algunas de esas historias se escuchan en este libro, que aborda la soledad desde una perspectiva psicológica, sin detenerse en los aspectos sociales ya explorados por la sociología en numerosos informes. Al final del libro, el lector encontrará algunas referencias literarias, que comento con el objetivo de mostrar la forma en que el arte colabora también en esa indagación de la soledad y es capaz de transformar la experiencia solitaria en creación.
Este libro habla de las soledades en la era digital, de las claves subjetivas presentes en historias diversas, cada una con su particularidad. Analiza cómo se vive la soledad, qué lugar ocupa lo digital en ella, qué soluciones ofrece y cuáles son sus límites. Quizás tú, lector o lectora, encuentres en ellas algún eco de tu propia experiencia. Y si es así, espero que su lectura te ayude a construir tu propia soledad.
1. Equivalente al Director General de Salud Pública.
2. SoledadES (2024). Barómetro de la soledad no deseada en España 2024, Madrid. [Disponible en línea: https://www.soledades.es/estudios/barometro-soledad-no-deseada-espana-2024].
3. Rius, M. (2025). «Los “amigos del trabajo” están en recesión», en La Vanguardia, 22 de septiembre [Disponible en línea: https://www.lavanguardia.com/vivo/ 20250922/11052910/amigos-trabajo-recesion-bueno-empresas.html].
1. ¿Más solos que nunca?
Si la era moderna tiene un sentido, es debido a ciertos franqueamientos, entre ellos el mito de la isla desierta.
Jacques Lacan, De un Otro al otro
Conocí a Giulia en plena pandemia. Tenía casi ochenta años y acababa de perder a su marido, que murió solo en la UCI. Como parte de mi trabajo en un dispositivo público de atención psicológica, me correspondió acompañar a varias mujeres en sus duelos. Hablábamos por teléfono cada semana y, en aquellas circunstancias, no era sencillo afrontar la muerte del compañero: solas, sin poder despedirse y con la fragilidad propia de la edad. Giulia, abrumada por la tristeza, guardaba sin embargo una historia de vida luminosa: tres hijas y varios nietos que siempre lograba reunir alrededor de la mesa.
Cocinera de profesión, tenía siempre un plato especial para cada encuentro familiar. El azar quiso que le llamara a la hora del mediodía y así fue como me confesó: «Cocinar me hace vivir». Nos aferramos a esa frase como a un hilo vital, y le propuse —aprovechando su gusto por la escritura— que empezara a anotar las recetas tan celebradas por los suyos. Le sugerí añadir, al final de cada una, una breve coda que evocara algún episodio de su vida ligado a ese plato. Ese gesto, que convirtió en un pequeño ritual, resultó ser su mejor ingrediente para elaborar el duelo: los recuerdos que escribía daban sentido a la ausencia y le permitían tejer, de nuevo, las piezas dispersas de su historia —la familia, los amigos, la juventud— alrededor de esa metáfora culinaria.
Giulia, como tantas otras personas, padeció la llamada soledad no deseada, un fenómeno social de tal magnitud que ya inspira estudios, planes de acción e incluso ministerios dedicados a combatirla.4 Algunos de esos casos revelan su expresión más extrema, como el de Antonio Famoso, un jubilado hallado quince años después de su muerte en su piso de Valencia, sin que nadie hubiera reparado en su ausencia. La invisibilidad, al fin y al cabo, es una de las mayores obsesiones del solitario involuntario.5
Hasta ahora, la soledad afectaba fundamentalmente a los mayores y a las personas vulnerables. Pero, hoy, un tercio de los jóvenes españoles de 18 a 24 años dicen sentir soledad no deseada, apareciendo más en la transición entre etapas (fines de estudios, entrada al mercado laboral, rupturas sexoafectivas) como un momento de especial vulnerabilidad. Son ya el grupo más solitario en España6 y, si tomamos, por ejemplo, las personas jóvenes que se autoidentifican con alguna de las siglas LGTBIQ+, casi la mitad de ellas se sienten solas.7
De entrada, estos datos ya nos plantean diversos interrogantes: ¿qué entendemos por soledad: un sentimiento o un hecho objetivo?, ¿la soledad implica, por ella misma, una patología?, ¿el aislamiento podría ser una estrategia para evitar la soledad?, ¿hay una relación de causalidad entre la hiperconexión y la soledad? Y, sobre todo, ¿por qué este tema parece más urgente en nuestra época que en generaciones anteriores?
El sociólogo Robert Putnam ya exploró este fenómeno en su conocido libro Bowling Alone (Solo en la bolera). Allí exponía que, desde la década de 1960, la vida comunitaria en Estados Unidos ha experimentado un declive constante: menos asociaciones, menos participación cívica, menos vínculos políticos. Dicho de otro modo, cada vez jugamos más a los bolos en solitario. En declaraciones posteriores al New York Times confirmó esta tendencia.8
Putnam distingue entre dos tipos de capital social: el capital vínculo —los lazos con quienes se parecen a nosotros en edad, religión o cultura— y el capital puente, que conecta a personas distintas entre sí —vecinos de otras culturas, hinchas de otro equipo, compañeros de distintas generaciones—. Cuando ambos se combinan, se refuerzan mutuamente. Pero cuando el capital vínculo se debilita, también lo hace el capital puente, abriendo la puerta a tensiones étnicas, religiosas y sociales.
Aunque su análisis recibió críticas por no considerar la irrupción de los vínculos digitales, la realidad es que sus advertencias sobre la polarización social se han confirmado con creces en el siglo xxi. Otro sociólogo, Eric Klinenberg, en sus investigaciones más recientes insiste en que la clave de las democracias no está solo en compartir valores, sino en compartir espacios: bibliotecas, guarderías, parques o iglesias donde se generan conexiones fundamentales. Para Giulia, los encuentros semanales en el casal d’avis (centro para la tercera edad) eran imperdibles. Juegos de mesa, bailes, excursiones y conversaciones que generaban vínculos de apoyo. A esa red de lugares comunes, Klinenberg la llama infraestructura social, y muestra cómo su ausencia desemboca en aislamiento, soledad y polarización.
Décadas antes, el psicoanalista Jacques Lacan resumía la situación con una frase tan provocadora como certera: «Solo hay un síntoma social: cada individuo es realmente un proletario, es decir, no tiene ningún discurso con que hacer lazo social». Lacan señala así que el individuo moderno, creyéndose libre y amo de sí mismo, termina convertido en mercancía: un objeto más en el catálogo infinito del capitalismo (gadgets, tóxicos, comida...), cada vez más separado del lazo social y más vulnerable al desecho. Esa condición de «ser consumible», un resto a evacuar, explica en parte el sentimiento de vacío y soledad que encontramos tanto en consultas psicológicas como en relatos mediáticos.
