Tamquan - Joaquin Kürten - E-Book

Tamquan E-Book

Joaquin Kürten

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Beschreibung

Todo se ha terminado; la avaricia de poder y mi falta de personalidad para detener esta barbarie han hecho de este tranquilo pueblo un ejemplo de todo lo que está mal. La moneda ha dado muchas vueltas en el aire. Siento que ha sido tirada al cielo al azar demasiadas veces y, por esas extrañas razones, siempre ha caído de canto contra el suelo. ¿Ha tocado cara o cruz? Creo que la respuesta es obvia: fue ambas, fue ninguna. ¿Puede una pequeña mentira crecer hasta límites inimaginables, imposible de detener? ¿Puede un pueblo levantar la bandera de un ídolo sin siquiera saber con certeza su existencia? La respuesta es simple: sí puede.

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Seitenzahl: 95

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ilustraciones de interior: Rodrigo Carchano.

Kürten, Joaquín

Tamquan : las dos caras de un héroe / Joaquín Kürten. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

100 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-042-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Políticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Kürten, Joaquín

© 2022. Tinta Libre Ediciones

TAMQUAN

PRoLOGO

Me encuentro ante la tarea de escribir un prólogo. Por primera vez debo hacerlo. Esta circunstancia me llena de alegría y de temor al mismo tiempo. Alegría por el pedido del autor y por tratarse del primer relato que le será publicado. Y temor de no ser capaz de presentar su historia como se debe.

Para esquivar ese miedo me digo entre otras cosas, que los lectores no suelen detenerse en el prólogo, que irán al grano, que harán su propia apreciación, que muchos conocen a Joaquín Kürten y ansían leer su primera obra. Es casi seguro que así sucederá.

Creo que su historia es de una engañosa simplicidad, porque plantea situaciones personales y sociales que profundizan en relaciones tan humanas y reales como las que muchos seres humanos en cualquier época y lugar hemos vivido. Se encuentra uno reflejado en esos personajes tan sencillos, tan lineales en sus pensamientos y a la vez, tan complejos y retorcidos.

Nos produce un temor recóndito, una extrañeza, una sensación de duda respecto de nuestra propia conducta que puede expresarse de manera tan impensada como incomprensible.

En un tiempo y un lugar imprecisos, reconocemos actores y situaciones que mueven nuestra memoria y nos parece estar viéndolos y reviviendo hechos y circunstancias. Como en un sueño, como en un mal sueño…

¿Y si todo fuera en verdad un sueño? ¿Un sueño que se repite, que se reedita, con variaciones infinitas, burlando el espacio y el tiempo? ¿Cómo saberlo?

¿Y si otros hechos “históricos” fueran también una ficción?

La narración atrapa y nos lleva a profundizar sobre conductas humanas reiterativas, de las que no aprendemos.

Ciertamente esta metáfora resulta muy estremecedora para mí. Estoy segura que lo será también para los lectores.

Con los mejores augurios para Joaquín.

María Cristina GuerreroSan Juan, febrero de 2022

I

La tarde iba muriéndose lentamente y creía con firmeza que nos llevaría con ella. El sol se escondía por detrás del único cerro que nos quedaba por cruzar, la única sombra que veíamos en horas.

—Estúpidas montañas —pensaba en voz alta. Venía repitiendo esta corta frase desde que comenzó el día.

Caminamos rumbo a Tamquan luego de presenciar la ofensiva contra los aliados; y digo bien, solo presenciar. Fuimos testigos de una fugaz batalla entre los nuestros y los aliados del norte: cientos de hombres vestidos de rojo de un lado contra otros cientos de azules del otro. El escenario había sido un llano de media hectárea, a unos 30 kilómetros, donde nadie esperaba a nadie. Fue la contienda más corta que alguna vez hubiera ocurrido por estos pagos, tan sangrienta y pareja que no hubo vencedores ni vencidos. Más de quinientos muertos, banderas azules y rojas manchadas de sangre desparramadas por doquier y solo dos sobrevivientes.

Frené mi cansino andar.

—Acá me quedo, no pienso volver al pueblo.

Había dicho esa frase varias veces durante la trayectoria, pero esta vez finalmente cumplí la amenaza. Me detuve en seco y miré a mi compañero, como esperando una respuesta que nunca llegó.

—Buche, escuchame, dame bola, por favor. No podemos volver a Tamquan.

Quien me acompañaba era mi amigo de toda la vida, Nérido Garrincha, apodado el Buche desde pequeño, sabe Dios por qué.

Buche era una persona terca y perseverante, de esas que uno debe tener siempre al lado para contrarrestar los desganos del día a día. Me había convencido de unirnos al pelotón de combate de nuestro pueblo, organizado casi improvisadamente para frenar la ofensiva de los de arriba.

—¿Y por qué no? —me preguntó.

—Porque somos unos maricas. Todos los nuestros murieron de una manera inútil, pero al menos lo hicieron en forma patriótica; se desangraron heroicamente por la liberación del Sur. ¿Y nosotros que hicimos? ¡Nada! Nos escondimos al primer disparo, ¿te das cuenta?

Los nervios comenzaban a ganar mi pulso y el de mi voz.

La batalla había comenzado ese lunes cerca del mediodía. Nosotros, los rojos, esperábamos a los azules por el este, pero en un descuido estos atacaron por el oeste. Lo más probable es que ninguno esperara encontrarse tan pronto con el otro, pero las vueltas del destino y la imprevisibilidad de los cerros lo quisieron así.

Nuestra banda roja, liderada por el experimentadísimo militar Enriqueto Salsieri, contaba con poco más de trescientos soldados, muchos de ellos —entre los que nos encontrábamos Buche y yo— con pocos meses de entrenamiento militar debido a la rapidez con que se había anunciado el fin de la tregua con los eternos enemigos. El Sur nunca se caracterizó por contar con un regimiento permanente, sino más bien con soldados forjados sobre la marcha. En cambio, el norte, con el tridente de los hermanos Keningston al frente, sí portaba entre sus filas a bravos combatientes con años de experiencia.

Pero los azules se veían con una debilidad: no sabían actuar ante lo imprevisible y menos aún en estas tierras desoladas donde solo existen cerros despintados y tristes. Y, siendo sincero, lo que sucedió ese medio día fue realmente impensado. La batalla duró un suspiro: media hora de pólvora y polvo en el aire, insultos y gritos de excitación y agonía que iban amainando a medida que las vidas se apagaban. Todos combatieron, cada cual tuvo su par para luchar con las armas o cuerpo a cuerpo. Todos menos nosotros.

—Somos cobardes, debimos morir en batalla como el resto. No podemos simplemente aparecer por el pueblo sin un solo rasguño y decir que la guerra terminó y ni siquiera fuimos capaces de disparar una bala.

—Por supuesto que no vamos a hacer eso, Juan, no tendría sentido —contestó muy tranquilo mi amigo.

—¿Y entonces qué vamos a hacer? Yo por mi parte prefiero no volver a casa; la vergüenza me carcome por dentro.

—Tranquilo, Juanito, ya lo estuve pensando.

Nérido “el Buche” Garrincha sonreía por primera vez desde que había partido la expedición en busca de la victoria contra los invasores del norte. Se lo veía fuerte y con la confianza de un campeón. Adelantó unos pasos, paró su marcha y apoyó sus manos sobre su cintura.

—¿Estás seguro de que nadie sobrevivió hoy? —me preguntó. Sin esperar respuesta, continuó—: Nadie, cero, ni un solo azul ni un solo rojo, todos muertos. Los únicos testigos de esta hermosa masacre somos nosotros, vos y yo y nadie más en esta puta tierra.

—¿Y de qué sirve eso? Si no hicimos un carajo para ayudar a los nuestros —seguía sin razonar el punto de mi amigo.

Ahora me sonreía irónicamente.

—Vos no me estás entendiendo. La guerra de la independencia en la que lucharon nuestros bisabuelos… ¿Cómo sabemos que fueron ellos los que quemaron el fuerte enemigo? ¿Cómo sabemos que “el Chino” Marona liberó a los prisioneros y reconquistó el Sur en solo una noche? ¿Cómo llegaron estas historias a nuestros oídos y forman parte hoy de nuestra cultura heroica? Fácil. Porque la contaron ellos, los ganadores.

—Pero esta vez no hubo vencedores, Buche, ni perdedores tampoco. Solo quedamos nosotros.

—Y con eso basta, Juan. Vos y yo vamos a escribir la historia. ¿Qué te parece? Nérido Garrincha y Juan Sebastián Almirón, héroes de la Guerra por la Liberación.

Buche me abrazó con su diestra sobre mis hombros y con su mano libre señaló el camino recorrido.

—Todo lo que queda detrás de nuestras huellas es nuestro, vos y yo lo hicimos. Luchamos palmo a palmo contra los asquerosos azules, vimos muchos de los nuestros padecer la muerte, fuimos heridos, nada pudimos hacer para detener la masacre que se avecinaba, pero logramos levantarnos y con nuestras últimas fuerzas matamos a los hermanos Keningston que cobardemente se retiraban por la retaguardia. Unas ráfagas de balas derribaron sus cuerpos y así —sí, solo así— nos dimos cuenta de lo que había sucedido: los únicos en pie éramos nosotros, solos ante ese cuadro de horror y espanto. Y ahora volvemos al pueblo, no como ratas cobardes, sino como héroes. Grabate eso, mi querido amigo.

—¿Y nuestras heridas? —pregunté en tono irónico, palpándome el cuerpo.

—Tenés razón —me respondió Buche e inmediatamente me asestó un golpe de puño directo a la cara. Los siguientes segundos fueron borrados de mi mente como si una granada explotara ante mis narices y me dejara ciego y sordo.

—¡Hijo de puta! ¿Estás loco? —alcancé a gritar apenas recobré la conciencia y mientras un hilo de sangre brotaba entre mis dientes.

—Es tu turno, dame tu mejor golpe. —El Buche abrió los brazos como esperándolo. Se lo veía divertido y con los ojos más abiertos que nunca.

—Estás en pedo vos, no te voy a… —y no alcancé a terminar la oración que ya sentía un golpe de rodilla en mi estómago. Luego de esto, reaccioné, más por la bronca de la situación que por la iniciativa de este loco que se dice amigo. Nos golpeamos y giramos sobre la tierra durante unos minutos hasta quedar sin fuerzas, tendidos en el suelo.

Buche reía boca arriba con la cara llena de sangre y los ojos hinchados.

—Ahora sí tenemos heridas de guerra. ¡Preparate para hacer historia!

II

La idea estaba plasmada. Nérido no había parado de hablar por una hora y repetía una y otra vez cómo habían hecho para sobrevivir a la batalla:

—Primero de todo, no fue un choque de improviso, nada de eso: los azules estaban perfectamente ubicados por ambos bandos de la llanura, sobre los pequeños cerros que rodean la zona. Al grito de “Muerte a los mierdas rojos” se había lanzado la primera descarga de balas. Fue una estrategia perfecta que dejó a los del sur con menos de la mitad de sus hombres en pie. El primero en caer gravemente herido fue el coronel Enriqueto Salsieri. Allí fue que Juan, quien había sido un desconocido hasta entonces, fue a socorrerlo: lo levantó y lo llevó a un lugar seguro. “No dejes que estos norteños nos ganen, y menos de esta forma tan cobarde. Confío en vos, soldado” fueron sus últimas palabras antes de cerrar sus ojos para siempre. El Buche reapareció en el frente de batalla y tomó la voz de mando, dirigió a los suyos en forma extraordinaria y logró emparejar la contienda. Sin embargo, no fue suficiente y todo terminó en la tragedia que hoy conocemos.

—Te lo repito, no me convence —le dije en tono cortante—. Cualquiera que nos conozca sabe que somos incapaces de tremenda proeza. Es imposible que se crean ese verso.

Buche tomó aire, caminó a paso lento y, luego de varios minutos meditando, aclaró la voz:

—Sabía que no te convencería. ¿Preparado para el plan B?

Y continuó: