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Raptada por piratas mahuritanos y vendida en el mercado de esclavos de Éfeso, Claudia se convertirá en la mejor gladiatrix de todo el Imperio romano. Un solo objetivo tiene en mente: sobrevivir para vengarse del traidor que más había amado en su vida. Quinto Aurelius, nuevo procónsul de la ciudad hispana de Tarraco, intentará recuperar a la mujer que ha estado buscando durante años. Sin embargo, tendrá que enfrentarse a dos graves problemas: casado con otra, Claudia parece considerarle su mayor enemigo. Todo se vuelve en su contra para que puedan estar nuevamente juntos, pero donde hubo fuego... ¿Será suficiente la pasión que ambos sienten para superar todos los obstáculos que les separan? Atrévete a leer la segunda novela épica de la saga Ciudades Romanas que te hará vibrar hasta el último minuto de su lectura.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Maribel Díaz González
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-18398-86-5
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IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
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Este libro está dedicado a la memoria de dos grandes mujeres que lucharon hasta el último día de sus vidas por superar esa terrible enfermedad llamada cáncer. Esperanza González Martínez y Rosa María Espino Soria, dos valientes guerreras que permanecerán por siempre en mi corazón y en mi recuerdo.
PERSONAJES
PATRICIOS:—Quinto Aurelius (Protagonista): Nuevo procónsul de Tarraco.
—Flavia Domitila: Esposa de Quinto Aurelius.
—Flavio Josefo: Historiador judío fariseo, diplomático y favorito del emperador Vespasiano. Es el padre de Flavia Domitila.
—Julia Vinicius: Esposa de Marco Vinicius.
—Marco Vinicius: General de la IX Legión Hispana. Comandante en Baelo Claudia (Gades, Hispania).
—Máximus Vinicius: Jefe de las tropas y de la flota de Carthago Nova. Hermano de Marco Vinicius.
—Plinio el Viejo: Escritor y militar, se encuentra al servicio del emperador Vespasiano. Es el procurador romano de Tarraco.
—Tito Flavio Sabino: Sobrino del emperador Vespasiano y senador. Antiguo gobernador de las minas de oro de las Médulas.
—Tito Flavio Vespasiano: Emperador del Imperio Romano.
LIBERTOS:—Aemilius: Legionario de la Décima Legión Fretensis.
—Cosus: Mercenario a servicio de Spículus.
—Gaius Vesto: Organizador de los juegos (Editor spectaculorum).
—Graco: Cómplice de Spículus.
—Helena: Liberta que trabaja en la Casa de Livio (Baelo Claudia). Hija de Horacio y Prisca.
—Horacio: Liberto que trabaja en la Casa de Livio (Baelo Claudia).
—Paulo: Legionario. Hijo de Horacio y Prisca.
—Prisca: Liberta que trabaja en la Casa de Livio (Baelo Claudia). Esposa de Horacio.
—Spículus: Pirata mahuritano.
—Valeria: Viuda de Tiberio Aurelius. Dueña de un prostíbulo en Tarraco.
GLADIADORES (LUDUS):—Amazonia: Gladiatrix.
—Aquilis: Gladiatrix.
—Claudia (Protagonista): Esclava, gladiatrix.
—Paulina: Gladiatrix (compañera de Claudia).
—Prisco: Lanista (Entrenador de los gladiadores).
—Rufus: Bestiarii.
—Vero: Lanista (Entrenador de las gladiadoras).
PRÓLOGO
«Cuanto más felices son los tiempos, más pronto pasan».
Plinio el Joven.
Año 63 D.C., en algún lugar del Mar Mediterráneo
¿Dónde se había quedado su apacible y tranquila vida? ¿Por qué el destino había tenido que dar ese giro tan inesperado y arrebatarle la única posibilidad de ser feliz que tenía?
Claudia había llegado a la ciudad de Baelo Claudia cuando fue comprada por su amo con tan solo diez primaveras. Como esclava había trabajado duro y se había ganado un lugar en la Casa de Livio. Ayudaba en la culina y era la encargada de realizar las labores domésticas de la domus junto con su inseparable amiga Julia.
Tito Livio había sido un buen amo, compasivo y justo; de hecho, a su muerte había otorgado a todos sus sirvientes la libertad. Su vida, que había transcurrido entre la esclavitud y el deseo de ser algo en la vida, estuvo rodeada siempre de sus amigos, que se habían convertido en su única familia. Cuando obtuvo la libertad decidió seguir trabajando como liberta y no separarse jamás de su amiga Julia, que se había convertido en la nueva dueña de la Casa de Livio.
Con pesar, recordó lo que supuso la llegada a la ciudad de la Novena Legión romana para organizar y dirigir el asentamiento militar. Su amiga Julia había terminado casándose con el general Marco Vinicius, y ella, sin darse cuenta, acabó enamorándose de uno de sus legionarios, el tribuno Quinto Aurelius.
Pero todo se había roto en aquella oscura y fatídica noche de la boda de Julia, ¿quién iba a imaginar que unos acontecimientos tan maravillosos y felices iban a terminar de manera tan trágica? Unos mercenarios comandados por el pirata mahuritano Spículus habían aprovechado los festejos para asaltar la ciudad. Después de que todo el mundo se hubiese acostado, Quinto y ella aprovecharon la noche para alargar un poco más su felicidad y, de camino a la playa, fueron asaltados. Su enamorado quedó tendido en el suelo, moribundo, herido de muerte, mientras la sangre y la vida se le escurría por la callejuela en aquella noche lúgubre y oscura en la que ella se habían convertido de nuevo en prisionera sin que pudiera evitarlo.
Ahora, a bordo del Fortuna, el barco pirata de Spículus, se encontraba amordazada y maniatada. En cuanto la bajaron a la bodega, uno de aquellos perros la había emprendido a golpes con ella dándole una paliza para que le sirviera de escarmiento. Y aunque intentó hacerse un ovillo en el suelo, su espalda fue la que recibió más patadas de aquel engendro. No había costilla que no le doliese y piel que no estuviese morada, pero sobreviviría. Como fuese intentaría sobrevivir hasta que Quinto la rescatara. Porque contemplar otra posibilidad, era como barajar la opción de estar muerta en vida. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de su amado legionario abandonado en el suelo aparecía en su mente.
CAPÍTULO 1
«Ni aun permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino».
Esquilo de Eleusis (525 A.C. – 456 A.C.). Poeta trágico.
Desde el caos del día anterior, nadie había procurado bajarle agua o algo de comida. Desde el banquete de la boda de Julia, ningún alimento se había depositado en su estómago, que rugía de vez en cuando. Y a pesar de la rabia que la consumía, la pena por la muerte de su amiga le impedía comer la más mínima vianda. Sin embargo, necesitaba beber, no podría aguantar mucho sin agua.
Había dormido a intervalos desde que la habían obligado a bajar a la bodega del navío, después de presenciar el trágico espectáculo de la muerte de Julia. El desgraciado de Graco había dado la orden de que la tirasen por la borda después de apuñalarla. Algún día acabaría con el sucio bastardo, se lo debía a la memoria de la que había sido como una hermana para ella.
El vaivén de las agitadas olas hacía que el barco se moviera de un lado a otro, y desde lo más hondo de aquella oscura tortura se escuchaba cómo el cielo rugía y tronaba amenazando una horrible tormenta. No sabía a dónde la llevaban pero sabía que ningún buque romano ni nadie acudiría en su auxilio ¿Quién en su pleno raciocinio se adentraría en aquella tempestad? Solo un loco. No se explicaba por qué el barco que los perseguía en la ensenada de Bolonia había dejado de hacerlo. Si por lo menos hubiese intentando darles alcance, habría tenido alguna posibilidad de salir de aquella pesadilla.
Tendría que tener paciencia y no perder la esperanza, estaba segura de que Quinto iría en su búsqueda en cuanto se recuperara, era su única esperanza de salir de aquel infierno. Antes de morir, Julia le había confirmado que su amado no había muerto pero que en su encuentro con los mercenarios había resultado gravemente malherido como para acudir en su auxilio en ese momento. Tardase lo que tardase en recuperarse, Quinto iría a por ella, ambos se amaban demasiado como para que la olvidara. Pero Spículus le sacaría para entonces demasiada ventaja y, si la buscaba, sería una empresa demasiado difícil y ardua dar con ella. Rogaba a los dioses que le proporcionasen la fuerza suficiente para sobrellevar aquel destino.
En la bodega donde estaba prisionera todo estaba oscuro, se podía percibir el olor a salitre y enrarecido del lugar. Tanteando por el suelo comprobó que había toneles y sacos de lo que debían de ser víveres y provisiones. Y aunque había intentado buscar algo con lo que poder comer, no encontraba nada porque los barriles no los podía abrir con sus propias manos.
En medio de aquel silencio aterrador se escucharon unos pasos que bajaban hacia la bodega. Tensa y completamente helada, esperó a que desde el otro lado alguien decidiera sacarla de allí. Un ruido de una llave procedente del otro lado se escuchó. La puerta se abrió con bastante dificultad, puesto que la madera, hinchada debido a la humedad, impedía su apertura. No obstante, su salvador consiguió abrirla dejando pasar un poco de aire y de luz procedente de la parte superior. La voz gruesa y ronca de uno de aquellos piratas se escuchó dirigiéndose a ella.
—Si quieres comer algo ya puedes salir y ganarte tu sustento. Pero date prisa, el capitán me ha ordenado que me encargue de ti y maldita la gracia que me hace. ¡Ah! Y un consejo te doy: si quieres sobrevivir, no se te ocurra salir de la cocina, los hombres que hay ahí arriba, llevan demasiado tiempo sin una mujer y tú eres demasiada bonita para que pases desapercibida.
—¿A dónde me llevan? —preguntó Claudia mirándolo con interés.
El pirata se volvió y, observándola por primera vez, le dijo seriamente:
—Mejor no preguntes; no te gustará la respuesta. Tienes suerte si consigues salir de aquí con vida. Vamos, se nos hace tarde y todavía hay que preparar la cena de todos esos energúmenos.
Claudia siguió al hombre escaleras arriba y no había subido más de dos o tres escalones cuando la luz le cegó por un momento los ojos y tuvo que ponerse la mano en ellos para poder ver por dónde andaba. Había pasado demasiadas horas a oscuras. En ese momento, su mente le recordó que debía beber.
Cuando logró enfocar la mirada y pudo comprobar que la bodega daba directamente a la cocina, sus fosas nasales detectaron un olor demasiado nauseabundo que salía de ella. De repente unas enormes náuseas amenazaron su delicado estómago.
—¡Como se te ocurra mancharme la cocina te juro que te vas a comer tus propios vómitos! Yo de ti me lo pensaría mejor —la amenazó el cocinero con el cuchillo en la mano.
Claudia se llevó la mano a la boca y contuvo las ganas de vomitar lo poco que tuviese en el estómago. El hombre le había dejado bien claro lo que podía pasar.
—¿Qué sabes hacer? —preguntó el cocinero.
—De todo, puedo cocinar cualquier cosa y limpiar, soy muy trabajadora —dijo Claudia en su afán de agradar.
—¿Sabes preparar pan?
—Sí, puedo hacerlo. ¡El mejor pan que se haya comido!
—Bien, al último que lo intentó lo echaron por la borda. Se olvidó de que la harina tenía gusanos y a los hombres no les gustó lo que comieron. Ahí tienes el saco, ponte en esa esquina y procura no molestarme. Todo esto que ves es mi sitio y ese —dijo el cocinero señalando el minúsculo espacio— es el tuyo. Si terminas antes de que vengan, podrás comer algo.
El estómago de Claudia volvió a rugir, pero antes de dirigirse hacia donde tenía que trabajar, le rogó que le proporcionara un poco de agua.
Varias horas después, se había acostumbrado al dolor de su cuerpo y al olor de aquel lugar, por lo menos el pan disimulaba la nauseabunda pestilencia de la suciedad que allí dentro había.
—¡Has tenido suerte! Hoy podrás comer, mañana ya veremos... Coge una hogaza de pan y métete en la bodega otra vez antes de que alguno de los muchachos te vea. No quiero complicaciones.
Claudia obedeció inmediatamente las órdenes y, en cuanto cogió el pan y bebió un poco más de agua, bajó las escalerillas apresuradamente hacia la bodega.
—¿Podrías darme algo de luz? —preguntó Claudia cautelosamente.
—¿Es que no escuchaste? No tientes la suerte mujer, no quieras llamar la atención sobre tu persona.
Barco de guerra de Máximus Vinicius, Jefe de las tropas de Carthago Nova.
Una semana después.
Quinto viajaba a bordo de la quinquerreme romana del prefectus Máximus Vinicius, hermano de su general Marco Vinicius. La nave tenía una longitud de unos cuarenta metros de largo por unos seis metros de anchura; era el buque de guerra romano más grande que existía. Podía alcanzar una velocidad máxima de seis nudos, con una tripulación de trescientos hombres. Los soldados manejaban los treinta remos por cada lado con gran maestría, eso sin contar los cincuenta marineros destinados en las velas.
Pero aunque aquella nave avanzaba con gran rapidez surcando aquellas bravas y heladas aguas, el tribuno permanecía con la mirada perdida hacia el vasto y gigantesco mar, sintiéndose demasiado impotente y desesperado por encontrar a Claudia en medio de aquella inmensidad. Por más que el barco avanzara, el mar siempre parecía infinito y nunca parecía tener fin.
Él era un militar, un hombre curtido en leyes y en números, pero nunca a lo largo de su vida había puesto un pie en algo que no fuera tierra. En aquel medio tan inhóspito se sentía perdido. Para colmo echaba de menos a esa chiquilla y no podía dejar de preocuparse por ella. Esperaba que Spículus no le hubiera hecho nada grave, porque se podía considerar hombre muerto si osaba a tocarle uno solo de sus cabellos.
Sintiendo un movimiento a su lado y, sin mirar, supo instintivamente que era Máximus.
—¿Cómo te encuentras? ¿Te sigue doliendo la herida?
—Cada día menos. Ya va cicatrizando gracias a los cuidados de tu cuñada. Pero me siento completamente inútil sin poder ayudarte en nada.
—No te preocupes, tendremos tiempo para todo, pero debes reponerte en el menor tiempo posible. Es muy probable que pronto demos alcance a ese pirata. Esos buques mercantes son más lentos que la nave en la que navegamos, pero son demasiado escurridizos y pueden ocultarse en cualquier pequeña cala o puerto sin que logremos verlo.
—¿Crees que llegaremos a tiempo de encontrarla? —preguntó Quinto.
—Nos lleva varios días de ventaja y encima no sabemos qué rumbo ha podido tomar. He decidido continuar por esta ruta. Si han decidido atracar en el puerto que me imagino, conseguiremos recuperar pronto a esa novia tuya.
—Todavía no es mía, pero lo será en cuanto la recuperemos. Pienso casarme con ella en cuanto pongamos el primer pie en tierra y convertirla en mi mujer. No volveré a perderla de vista.
—¿Quién hubiera imaginado que el más serio y callado de los hombres de mi hermano se nos enamoraría de esa manera? Debe de ser el aire de aquellas tierras lo que os ha hecho perder la cabeza a mi hermano y a ti. Menos mal que he salido inmune y he podido escapar a tiempo.
Quinto sonrió ante la ocurrencia de Máximus pero su pensamiento seguía estando en Claudia.
—Cada día que pasa es un día que me separo más de ella. No puedes imaginarte la agonía que se siente cuando la persona que amas desaparece sin dejar rastro.
Máximus se tensó en ese momento cuando a la memoria le vinieron unos recuerdos que prefería olvidar pero sin decir nada de su vida a Quinto, tan solo le aconsejó:
—No sigas pensando en eso, los encontraremos y entonces acabaré con el hombre que por poco termina con la vida de mi cuñada y de mi futuro sobrino… —respondió Máximus.
—Ese honor tendrás que dejármelo a mí. Se ha llevado a Claudia y por poco no acaba conmigo. No pude hacer frente a los hombres que me atacaron, eran demasiados y se me echaron encima de golpe. Fui un iluso. Pero les pido a los dioses que llegue el día en que me lo encuentre cara a cara.
—No le des más vueltas. Sígueme abajo. Se avecina una tormenta y no te conviene esta bruma tan helada.
Spículus sabía que su última incursión había sido prácticamente un desastre. Por culpa de Tiberio había perdido el anonimato que le permitía navegar y poder comerciar por los distintos puertos sin que nadie se percatase de sus verdaderas actividades. Bajo la fachada de un próspero comerciante pasaba desapercibido su negocio más lucrativo: el comercio de esclavos.
Había tenido demasiada suerte escapando del buque de guerra romano. Su barco mercante era demasiado lento como para poder salir victorioso de la persecución de la quinquerre, pero los dioses le habían sonreído y le eran favorables. En unos días más, alcanzaría la costa de la segunda ciudad romana más importante después de Roma, la ciudad de Éfeso.
Lo único que lamentaría era tener que deshacerse del Fortuna. Había pasado largas temporadas a bordo de ese barco y le tenía demasiado aprecio. Sin embargo, muchos testigos podían reconocerlo desde su última incursión en el puerto de Baelo Claudia y eso no se lo podía permitir. En ese mundo en el que se movía, los sentimentalismos podían costarle la vida. Intentaría obtener un buen precio por el buque y conseguiría otro más veloz. La venta de la esclava le ayudaría a costear el pago.
Cuando estuviese cargado el nuevo buque de las provisiones que necesitaba, continuaría con su negocio más lucrativo. Aunque tendría que desaparecer por una temporada, por supuesto. Sin embargo, antes tendría que desprenderse del pequeño botín de guerra que se hallaba en ese momento en la bodega. Una mujer a bordo solo podría acarrear problemas entre los hombres y no estaba dispuesto a sublevaciones.
Spículus vio desde lejos cómo se acercaba Netón, el cocinero del barco. Cuando llegó a su altura le preguntó:
—¿Está dando problemas la prisionera?
—No, señor, se ha adaptado perfectamente a las órdenes y a la rutina. Es una joven lista. Hoy ha salido por primera vez y me ha ayudado en la cocina. Los hombres podrán comer pan pero, no me fio de ellos. Ya sabe lo que supone tener una mujer a bordo… Problemas —contestó el cocinero.
—Lo sé. Estaba pensando en eso ahora mismo. Tú vigílala bien. Solo necesitamos que llegue sana y salva a Éfeso. Allí podré venderla y, con lo que saquemos, podremos comprar el resto de provisiones que nos falten y comprar el nuevo barco.
—Está bien, señor. Pero ya sabe que la presencia de una mujer me pone nervioso… —dijo Netón alejándose de su capitán mientras meneaba la cabeza en señal de disconformidad—. Avisaré a los hombres que la comida ya está preparada.
—Ahora empezarán a bajar, no te preocupes. Ve tranquilo —contestó Spículus en voz alta mientras le veía desaparecer por donde había venido.
Una hora después los mercenarios empezaban a acudir a la sala que había adyacente a la culina atraídos por el olor a pan recién hecho. Los hombres, sentándose, intentaban tener algo más de espacio en la estrecha mesa a base de codazos y, cuando Netón comprobó que empezaban a pelearse entre ellos, comenzó a servirles en las pequeñas cazuelas sin mirarlos siquiera.
—Netón, hoy te has superado. Este pan no solo huele delicioso, sino que también se puede comer y sabe a hembra —dijo uno de los mercenarios.
—¿No nos quieres enseñar tu última adquisición? —preguntó otro de los mercenarios llamado Cosus.
Cuando Cosus comprobó que Netón no le contestaba, continuó provocándolo.
—Muchachos, se conoce que Netón quiere la mujer para él solo.
—¡No me busques que me encuentras, Cosus! Si quieres seguir comiendo aquí, hazlo, o si no, vete —señaló Netón al mercenario con el cuchillo en la mano.
—¡Uuuuuhhhh! Estás muy sensible, cocinero. Tienes la piel demasiado fina y delicada como la mujer que escondes ahí adentro. No se te puede decir nada. Ja, ja, ja…
Los demás hombres empezaron a reírse mientras devoraban la comida entretenidos con la diatriba de los otros dos.
—El capitán ha dado órdenes de que no se puede tocar a la mujer. Así que no me busques problemas que ya tengo bastante con llenar esa estúpida y gorda barriga que tienes —contestó el cocinero.
—¿Y quién ha dicho que no podemos divertirnos y comer a la vez? Además, si tú no le dices nada al capitán, no se enterará… —señaló el pirata mirando a los demás hombres intentando que lo apoyaran en su intento.
—¡Eso, Netón! Déjanos probar el dulce de ahí abajo… —dijo otro de los mercenarios.
—Quien se atreva a bajar a la bodega tendrá que vérselas conmigo y con el jefe, es lo único que os advierto. Si alguno quiere probar los puños del capitán, que se atreva.
Los hombres lo miraron seriamente. Sabían que el cocinero no estaba tirándose un farol. Netón era un protegido del capitán y sabían que no amenazaba en balde. Si decía que se las verían con el capitán, seguro que llevaba razón. Sin pronunciar palabra, continuaron comiendo y, cuando terminaron, fueron saliendo uno a uno a continuar con sus tareas, dejando sitio para que los siguientes mercenarios entraran a comer también.
Claudia pudo escuchar las voces y los comentarios groseros de aquellos piratas que pretendían entrar en la bodega. Si antes no había temido por su vida, ahora sí que estaba realmente asustada. Había tenido suerte de que el cocinero la defendiera de esos indeseables. Si se atrevían a violarla, ella no viviría para contarlo. Eran demasiados hombres para poder luchar contra todos ellos. Era imprescindible pasar desapercibida y no buscar problemas. Aguantaría y resistiría, no le quedaba otra opción. Pero no podía evitar sentirse preocupada ¡Qué podía hacer una mujer contra aquellos salvajes!
Al día siguiente, Claudia volvió a salir de su encierro y ayudó al cocinero a preparar la comida. El hombre era demasiado serio y prácticamente no hablaba, pero por señas le decía lo que quería, y eso era de agradecer.
La muchacha observó la pequeña cocina. Podría asegurar que aunque los víveres eran escasos, el hombre conseguía que la escasa comida durara para toda la travesía. Después de hacer el pan de ese día, Claudia le volvió a preguntar en qué más le podía ayudar. El cocinero la observó entre asombrado y perplejo.
—¿Ya has terminado de hacer el pan? No es posible.
—Sí que lo es. En la domus donde trabajaba estaba acostumbrada a trabajar deprisa. Como me ha sobrado tiempo a lo mejor prefieres que haga algo más antes de que tenga que volver a bajar. Ahí dentro me aburro demasiado y prefiero estar aquí arriba trabajando, por lo menos puedo distraerme antes de que venga nadie, si tú lo permites, claro.
—Está bien, ¿Ves ese lienzo? —preguntó el cocinero señalando una tela bastante sucia— A la cocina no le vendría mal una buena limpieza. Yo nunca tengo tiempo para esos menesteres; son cosas de mujeres. Puedes empezar por ahí… —señaló el cocinero como de mala gana hacia uno de los sucios rincones.
—De acuerdo —contestó Claudia resignada poniéndose manos a la faena.
El cocinero continuó preparando la comida, centrado en sus quehaceres, y la joven empezó a limpiar y a organizar todo aquel desorden. Era verdad que se aburría pero su objetivo era hacerse amiga del hombre, tener algún aliado entre aquellos salvajes podría resultarle beneficioso. Y al fin y al cabo, la había defendido de esos indeseables.
En ese momento, uno de aquellos piratas entró en la cocina y Claudia se tensó en cuanto lo reconoció. Graco se quedó observando a la joven desde la puerta y, mirándola de manera desafiante e insolente, le preguntó al cocinero:
—El capitán me ha mandado preguntar qué falta para la comida.
—En una hora pueden bajar los hombres… —respondió Netón mirándolo de malos modos.
—Está bien —dijo sin dejar de observar a Claudia.
Inesperadamente, antes de que abandonara la cocina, Graco se volvió y le preguntó a la joven:
—¿No echas de menos a tu amiga?
Claudia siguió mirando hacia adelante pero sin ver la tarea que tenía en esos momentos entre manos, un sudor frío le resbalaba por la frente y su mente se había quedado totalmente paralizada por la rabia. Si hubiese tenido un cuchillo en condiciones, se lo hubiese clavado sin pestañear entre las costillas a aquel desgraciado. Algún día ajustaría cuentas con ese malnacido pero por el momento no podía hacer nada, tenía todas las de perder. Era mejor no meterse en problemas y no entrar en la provocación.
Cuando Graco comprobó que Claudia no iba a seguirle el juego, se marchó sin siquiera mirar hacia atrás, pero dejando tras de sí un rastro de carcajadas.
Netón la observó sin decir nada.
Una hora después, el cocinero se volvió hacia la joven y le ordenó que se bajara antes de que llegaran los demás.
—¡Muchacha, deja eso y metete en la bodega! Están a punto de llegar.
Con mucho disimulo y sin que se diera cuenta Netón, Claudia agarró el pequeño cuchillo que esa mañana el hombre había dejado olvidado encima de uno de los sacos de harina. En un despiste del cocinero, la joven había espolvoreado un poco de harina por encima del puñal enterrándolo en el saco sin que se percatara de nada. Con el mango del cuchillo fuertemente agarrado y escondido en el interior de su túnica, Claudia disimuló coger un poco de la comida que habían preparado y bajó apresurada hacia la escalerilla. Segundos después una joven silenciosa y ensimismada en sus pensamientos se acostaba en el frío suelo de madera, pero con el arma escondida en el interior de su túnica. No sabía cuándo le podría hacer falta.
Los días fueron pasando y la joven se fue adaptando a la pequeña rutina del barco: dormir, trabajar y comer. Netón empezaba a mantener pequeñas conversaciones con ella, pero la joven no se atrevía todavía a ir más allá. Sin duda tenían previsto algún fin para ella, si no ya habrían acabado con su vida días antes.
Esa mañana había terminado la faena antes de lo previsto y el cocinero estaba bastante contento de que esa mujer estuviera ayudándolo en la cocina. Ágil, trabajadora y silenciosa, no había tenido que volver a repetir lo que tenía que hacer. Sin duda era una joven inteligente, era una pena que no pudiera seguir a bordo por más tiempo. La cocina nunca había olido tan bien, ni los hombres habían comido mejor. Gracias a eso, nadie se había atrevido a preguntar por la mujer y Netón agradecía que las cosas estuviesen calmadas. Hasta el capitán había agradecido el cambio de comida.
—Claudia, tengo que subir arriba para hablar con el capitán, no te muevas de aquí. En cuanto esté la carne preparada, puedes servirla y bajarte a la bodega. Yo regresaré antes de que los hombres vengan —advirtió Netón a la joven.
—Está bien, no te preocupes. En cuanto acabe lo que estoy haciendo vuelvo a bajar, ¿a dónde podría ir?
El cocinero la miró y, asintiendo, salió en busca de su capitán pero sin darse cuenta de que desde el otro lado del barco unos ojos esperaban la menor oportunidad para ver salir al cocinero y poder entrar en la cocina sin que nadie se diera cuenta.
Cosus llevaba mucho tiempo sin una mujer y tenía intención de darse un buen revolcón con esa perra. Entró con sigilo a la cocina sin que Claudia se percatara de su entrada y cerró detrás de él. Todavía faltaba tiempo para que los hombres bajaran a comer y le daba tiempo de sobra para realizar lo que tenía en mente. La joven estaba tan distraída en sus quehaceres que solo se volvió cuando sintió que la puerta de la cocina se cerraba detrás de ella.
Lo que Claudia descubrió al darse la vuelta hizo que se le borrara la sonrisa de su rostro y se le erizara todo el vello de su cuerpo. El pánico hizo presencia en ella y sintió deseos de llorar. Uno de los mercenarios había atrancado la puerta y seguramente con no muy buenas intenciones.
—Por fin te tengo donde quería, ese maldito cocinero no te dejaba en ningún momento a solas, pero tú y yo nos vamos a divertir durante un rato antes de que venga nadie… —dijo Cosus con una sonrisa ladeada en el rostro.
Claudia se sintió perdida.
CAPÍTULO 2
«Mostrarse asustado sin motivo aparente es dar a conocer que se tiene razón de temer».
Seneca (2 A.C. – 65 D.C.). Filósofo latino.
El mercenario no llevaba la túnica romana, sino unos ropajes que eran típicos de las tribus del norte. De piel aceitunada, el hombre era todo músculo, no había ni un solo ápice de grasa en su cuerpo. Pero su olor era tan pestilente que echaba para atrás. Con solo una mirada podía hacerse a la idea del peligroso hombre. Nunca una persona le pareció tan salvaje como aquel que tenía frente a ella en ese momento. Claudia optó por no mostrar su miedo, ni decir algo que pudiera provocar a aquel engendro.
—Tú y yo vamos a divertirnos un rato, preciosa —dijo el pirata mirando la puerta y acercándose a ella sigilosamente—. ¿No dices nada? Mejor, prefiero que utilices tu boca en otros menesteres. Acércate, preciosa —sugirió el mercenario con un gesto de la mano indicando que se aproximara hacia él.
Claudia continuó sin pronunciar palabra pero movió la cabeza negativamente.
—Esto va a resultar más entretenido de lo que me esperaba. Me gustan las mujeres que se resisten, son las más fogosas… —dijo avanzando un poco más—. Cuando acabe contigo nadie podrá reconocerte.
La joven se mantuvo firme y, metiendo su mano en la túnica, se aseguró de que el pequeño cuchillo que llevaba en su interior continuaba ahí. Dando un paso hacia atrás, se colocó detrás de la mesa de trabajo utilizándola como barrera.
—Netón no tardará en venir. Yo de ti me marcharía si no quieres buscarte problemas con tu capitán… —acertó a decir Claudia intentando que el pirata desistiera de sus intenciones.
—Ese maldito cocinero no va a impedir que haga lo que he venido a hacer. Además, a las perras como tú les termina gustando lo que les hago. No sé por qué te quejas —dijo el mercenario avanzando lentamente hacia delante, ganando terreno en el pequeño espacio de la cocina.
Claudia era consciente del peligro que se avecinaba. Si gritaba, seguramente alguien podría escucharla y advertir al cocinero, pero si no llegaba a tiempo tendría que luchar por salvar su propia vida.
Sin previo aviso, el hombre saltó sobre la mesa y cogió el borde de la túnica de Claudia. La muchacha intentó correr para soltarse del agarre del pirata, que era mucho más rápido y fuerte; pero este, dando un último impulso, se abalanzó sobre ella haciendo que ambos cayeran sobre el suelo.
La muchacha sintió todo el peso de la fuerza del hombre sobre su propio cuerpo, mientras se quedaba sin aire en sus pulmones. Intentando escabullirse de debajo, empezó a forcejear, a la vez que intentaba arrastrarse en medio de aquella locura. Pero el mercenario la tenía firmemente agarrada de uno de sus tobillos. En un giro inesperado de la joven, pudo darle una patada en la cara consiguiendo romperle la nariz. El hombre, furioso porque había empezado a sangrar, terminó amenazándola de muerte:
—¡Te tengo que matar, maldita zorra! ¡Me has roto la nariz!
Claudia consiguió levantarse del suelo con rapidez y, casi había conseguido abrir la puerta para poder salir, cuando los rápidos reflejos del hombre impidieron de nuevo que consiguiera alcanzar su objetivo. El mercenario volvió a cogerla otra vez del pie e hizo que cayera nuevamente al suelo, con la mala fortuna de golpearse el costado con una caja de madera que había en un lado. El dolor era insoportable y la vista se le nubló de repente, momento que aprovechó el sujeto para echarse sobre ella y sujetarla con su pesado cuerpo. Unos segundos después recuperó la vista y la respiración, pero ya era demasiado tarde. A pesar de que Claudia luchaba para escapar de su agresor, el hombre golpeaba su cara con tanta fuerza y saña que no tuvo la más mínima oportunidad de poder defenderse. Casi a punto de perder el conocimiento solo fue consciente de que tendría una sola oportunidad.
La sangre del mercenario goteaba en su propia cara, cayendo sobre sus ojos. El ruido de la túnica al desgarrarse la alarmó y notó la nauseabunda sensación de la tosca mano subiendo a lo largo de su muslo femenino y haciéndole daño por donde iba pasando. Mientras se producía el forcejeo, a Claudia solo le dio aliento a liberar con muchísimo esfuerzo uno de sus brazos y cuando consiguió sacar el pequeño cuchillo escondido, tan solo unos segundos bastaron para clavárselo en el corazón.
El mercenario sintió la puñalada mortal y, estupefacto, intentó quitarse el cuchillo, pero el intento fue vano. Con ojos de asombro e incertidumbre, cayó de bruces sobre ella. En ese mismo momento el cocinero, alertado por el ruido, abrió la puerta y pudo comprobar con horror cómo Cosus caía inerte sobre el cuerpo de aquella joven.
Una hora después toda la tripulación del Fortuna se hallaba formada en la cubierta del barco. Desgreñados y con gestos hoscos, los piratas miraban seriamente a la mujer que estaba atada al mástil con la espalda vuelta hacia ellos mientras escuchaban las enfurecidas palabras del capitán.
—Cuando doy una orden espero que se cumpla y que todo el mundo obedezca. Cosus desoyó la prohibición de tocar a esta esclava pero os puedo asegurar que si no estuviera muerto, yo mismo habría acabado con su miserable vida. Todo aquel que se atreva a desafiarme y que incumpla las reglas, acabará como él, muerto..., pero no por la mano de una mujer sino por la mía. ¿Ha quedado claro? —preguntó retando a sus hombres.
Los hombres asintieron con la cabeza sin atreverse a mirar a los ojos de su capitán, sabían que desobedecer a Spículus era acabar muerto en el fondo del mar. Nadie se atrevió a contestar.
—Echadlo por la borda, que sea pasto de los tiburones.
En ese momento, volviéndose hacia Claudia, la miró y le dijo fríamente:
—Y tú, que sepas que nadie mata a uno de mis hombres sin salir impune. ¡Abridle la túnica! Recibirá, treinta latigazos por matar a uno de mis hombres.
Uno de aquellos mercenarios se aproximó a ella y, terminando de rasgarle la túnica por detrás, le dejó toda la espalda al descubierto. El mismo Spículus sacó de su cintura el látigo de cuero trenzado y, sin mediar palabra, empezó a fustigar la delicada espalda de la joven.
Claudia intentó soportar el castigo sin derrumbarse. No quería romperse delante de todos esos perros, pero después de varios latigazos no pudo evitar gritar del dolor que le producían los golpes sobre las heridas abiertas mientras su sangre salpicaba la cubierta. Cuando la agonía se volvió insoportable la joven perdió el conocimiento.
El cocinero Netón miraba aquel castigo sin inmutarse pero se culpaba de lo sucedido a la mujer. Si por él hubiese sido, en ningún momento hubiese ordenado los latigazos que estaba recibiendo. No tenía que haberla dejado sola, ese malnacido de Cosus había aprovechado un descuido para intentar abusar de la joven. Y el único delito que había cometido ella era trabajar y obedecer sus órdenes a parte de intentar defenderse. El hombre no pudo dejar de sentir los latigazos como si los recibiese en su propia carne. Cuando el capitán terminó de propinarle el castigo volvió la mirada hacia el cocinero y le ordenó:
—Llevadla abajo. Mañana llegaremos a Éfeso y la venderemos en el mercado de esclavos. Que no vuelva a salir de la bodega.
Netón cogió a la desmayada joven de las axilas y con la ayuda de otro de los mercenarios, la depositó en la bodega cumpliendo la orden del capitán. Cuando se aseguró de que se había quedado solo, aprovechó el momento y sacó el ungüento que tenía guardado para aquel tipo de heridas. La joven estaba inconsciente y no se enteraría. Intentaría aplacarle el dolor. Sus lacerantes heridas le cubrían toda la espalda e intentar curarla estando lúcida, hubiera sido una tarea prácticamente imposible. De todos modos, seguro que acabarían infectándosele, y moriría a consecuencia de ello. Cuando despertara sentiría tal tormento que sería como estar con Hades en el mismo infierno. El capitán se había ensañado con la muchacha y la piel de la joven era demasiado delicada para recibir aquel duro castigo. Ensimismado, intentó primero limpiar la sangre y, cuando terminó, con extremada delicadeza untó el ungüento en la destrozada espalda.
Ciudad de Éfeso, Asia Menor.
El Fortunaacababa de llegar al puerto romano de Éfeso. Esta ciudad era un importante centro comercial, donde las distintas culturas y religiones confluían y la convertían en la segunda urbe más importante del Imperio Romano. Era la principal vía que se abría a Oriente. La ciudad construida cerca del río Caístro desembocaba en el Mar Mediterráneo y convertía el puerto en un gran muelle. Sus habitantes se vanagloriaban de ser el puerto marino más significativo del Mediterráneo para el comercio de productos que provenían de Roma y Grecia. La ciudad albergaba a más de doscientas cincuenta mil personas, convirtiéndola en una de las más grandes y abarrotadas urbes en aquellos tiempos.
Spículus desembarcó con la mayoría de sus hombres en el muelle, dejando tan solo a unos pocos vigilando el barco. Desde donde estaba podía verse cómo una gran avenida de pinos daba la bienvenida al viajero protegiéndolo del fuerte sol de la mañana. Después de andar varios minutos pudieron ver al fondo un gran gimnasio, unas pistas deportivas y, cómo no, un gigantesco anfiteatro. Los mercenarios siguieron caminando hasta llegar a la Calle del Puerto, conocida también como Vía Arcadia, que era la principal vía de conexión con el puerto. En esta calle comercial se situaban decenas de tiendas y comercios. Grandes losas de mármol pavimentaban el suelo y a ambos lados de la calle, una sucesión de pedestales sobre enormes estatuas y columnas proporcionaban al lugar una majestuosidad asombrosa y colosal. Allí podría comprar lo que necesitaba puesto que los puestos del macellum eran increíblemente baratos y sus productos eran de muy buena calidad. Aparte de la diversidad de gente y de mercancías que se encontraban a lo largo del macellum, lo más llamativo era el peculiar y atrayente aroma a ricas especias traídas de lejanas tierras de Oriente que impregnaban el lugar, permitiendo al visitante vislumbrar las diversas culturas y tierras lejanas que a través de aquellos vendedores allí confluían.
Spículus y sus hombres siguieron caminando por la entrada principal de la ciudad, hasta llegar a la Puerta de Magnesia, desde la cual se podían contemplar unas increíbles vistas. Sin duda aquella ciudad podía constituir un hermoso retiro cuando llegase el momento oportuno. Un hermoso cuadro se abría ante él: calles pavimentadas de veteado mármol conducían a templos impresionantes, fuentes que emanaban agua y una impresionante biblioteca. Los mercenarios contemplaron la imponente fachada del edificio que en ese momento estaba ante ellos, nunca habían visto nada igual. Unos segundos después el capitán les señaló con la cabeza una puerta monumental situada a la derecha de la fachada de la biblioteca que daba acceso al mercado de la ciudad y al Ágora comercial. Encima de la puerta había una inscripción que decía que dos esclavos llamados Mazeo y Mitrídates habían construido la puerta en el año cuarenta en honor del emperador Augusto por haberles concedido la libertad. Pero como los mercenarios no entendían lo que allí estaba inscrito, Spículus ni se molestó en leérselo.
Siguiendo más adelante llegaron a otra gran avenida empedrada con unos mosaicos de colores. Sabía que girando a mano izquierda encontrarían los baños públicos, y no muy lejos de allí hallarían los burdeles. Después de tantos días en alta mar sus hombres y él necesitaban quitarse el sudor y la mugre, y no cabía duda de que agradecerían pasar la noche con algunas de las mujeres que vendían su cuerpo por tan solo unas monedas.
Una vez que llegaron a los baños, los hombres empezaron a perderse y desperdigarse por aquel laberinto. Algunos se fueron directamente en busca de las prostitutas y otros pocos, junto con su capitán, prefirieron asearse primero. Spículus estaba sentado en la piscina de agua caliente de uno de los baños públicos llamada el tepidario. Era demasiado gratificante disfrutar y relajarse en aquellas aguas. Por unas pocas monedas más, varios esclavos te podían dar un masaje y dejarte como nuevo. El pirata intentó relajarse pero su pensamiento no pudo evitar acordarse de la mujer que permanecía en la bodega del Fortuna. Era sorprendente que una simple mujer hubiese sorprendido a uno de sus mejores hombres y este acabara muerto. Al día siguiente necesitaría vender a la furcia, estaba deseando desprenderse de aquel estorbo. Pero lo primero era lo primero y tenían todo el día por delante para disfrutar de los beneficios que proporcionaba la civilización.
Al día siguiente el cocinero intentó despertar a la joven, que todavía dormitaba en la bodega. El capitán no tardaría en regresar y seguramente se la llevaría para venderla en aquella ciudad.
—¡Muchacha, tienes que levantarte! —intentó el cocinero despertar a voces a Claudia.
Evitó no zarandearla ni tocarla en la zona que tenía dolorida, pero procurando que su compasión no fuera demasiado evidente, volvió a intentar despertarla. Si había algo que aquella mujer necesitaría sería valor y fuerza para superar lo que le esperaba. Netón no debía mostrar ningún signo de flaqueza o empatía hacia ella que pudiera debilitar su fuerza. Debía comprender que estaba sola en aquel lugar y que solo dependería de ella misma para superar el difícil camino que le esperaba.
Claudia sintió que una voz la llamaba, pero estaba sumida en un sueño tan profundo y tenía un dolor tan sumamente insoportable que no era capaz ni de abrir los ojos. Entre las tinieblas y el sopor del tormento, percibió que Netón, el cocinero, intentaba despertarla.
—Netón, no puedo moverme de aquí, no puedo soportar esta agonía —dijo Claudia en voz baja mientras enormes lágrimas se derramaban por sus ojos.
—Lo sé, muchacha, pero necesito ponerte el ungüento antes de que vengan a por ti. Si no lo hago, corres el riesgo de que se te infecten esas heridas. Además agradecerás comer algo antes de que te vayas. No sé cuándo será la próxima vez que puedas echarte algo a la boca.
—Está bien. Haz lo que tengas que hacer e intentaré levantarme poco a poco, pero tendrás que ayudarme, yo sola no puedo.
El cocinero asintió mientras se dirigía hacia el bote que contenía el ungüento, cogiendo una generosa cantidad, intentó aplicarlo con extremo cuidado sobre la espalda de la mujer, pero no pudo evitar que se estremeciera del dolor al contacto con la fría mezcla.
—Muerde esto, evitará que te sientan gritar. No quiero que nadie sepa que te estoy ayudando, podrían azotarme a mí también y correría tu misma suerte.
Claudia obedeció y, como pudo, apretó con los dientes el trozo de cuero que el hombre le había puesto entre los labios. Los minutos que el cocinero tardó en extender por su espalda la cataplasma se hicieron eternos. Varias veces estuvo a punto de desmayarse, y de perder el conocimiento. Sabía que aquel hombre solo trataba de ayudarla y que tenía que comer algo antes de que apareciera alguien. Pensar en sus amigos y en Quinto ayudaba a separar el dolor de su mente. Sobrevivir, sobrevivir, sobrevivir… Eso era en lo que tenía que centrarse.
Cuando terminó, Netón ayudó a Claudia a incorporarse para que pudiera comer algo. No se atrevió a sacarla de la bodega por temor a su capitán. Sus órdenes habían sido demasiado claras.
—Toma. Apresúrate a comer. No puedo darte nada más de comida porque seguramente te despojarán de la túnica cuando te lleven al mercado. Ya sabes cómo funciona esto.
Claudia comprendió asustada su destino, pero no dejó de entrever sus sentimientos ante aquel hombre. Siempre había intentado mantener una actitud segura y confiada, pero conocer que te iban a vender en un mercado de esclavos, como si fueses un trozo de carne, era una noticia que la superaba.
—Intenta no hablar y no mantengas una actitud altiva. Si te vuelven a azotar, no vivirás para contarlo. Y sobre todo, no mires a nadie a los ojos. La mirada, al suelo.
Claudia asintió con la cabeza mientras intentaba registrar en su mente aquellas palabras. Siguió comiéndose con desgana el pan y el pescado seco que le había entregado Netón. Apenas podía tragar, la garganta se le cerraba por momentos, pero el hombre tenía razón, había que reponer las fuerzas como fuese.
Después de pasar la noche en los burdeles, los piratas regresaron al barco acompañados por su capitán. Spículus ordenó a sus hombres que fueran en busca de la mujer. Tenía prisa por llegar al mercado de esclavos y despachar los asuntos que tenía pendientes.
En ese momento aparecieron dos hombres subiendo a la esclava. Era demasiado evidente que no podía caminar pero ella se lo había buscado. Dos piratas la sujetaban por los brazos mientras la mujer arrastraba prácticamente los pies.
—Bajadla al muelle ahora mismo —ordenó Spículus mientras observaba.
Desde la proa, Graco observaba cómo se llevaban a la esclava que había sido amiga de Julia. Si por él hubiera sido, la hubiera tirado por la borda junto con la otra furcia, pero Spículus había pensado sacar alguna ganancia por ella. Los muchachos la mantenían firmemente cogida y, aunque apenas podía caminar, ella se las apañó para que no tuvieran que bajarla a empujones, sin duda debían dolerle bastante los latigazos. Se alegraba de que por lo menos se marchara con un pequeño recuerdo de su travesía. Girando sobre sí y con una sonrisa en la cara, el hombre volvió a centrarse en las tareas que le quedaban pendientes.
Claudia no era muy consciente por dónde la llevaban, pero sabía que su destino era el mercado de esclavos de aquella ciudad. Mantenía la cabeza cabizbaja para que el cuello no tirara mucho de su espalda, el dolor era inaguantable. Podía dar gracias al cocinero de que por lo menos le hubiese untado aquel mejunje para que no se le infectaran las heridas. Los hombres de Spículus que iban por delante de ella, se detuvieron provocando que su cabeza chocara con la espalda de uno de ellos.
—Hemos llegado señor —dijo uno de los esbirros.
Claudia comprobó que habían llegado al mercado. Varios hombres y mujeres desnudos estaban subidos a una plataforma para que los compradores pudieran observarlos mejor. Casi todos llevaban colgado al cuello un letrero donde se describía el carácter de la persona. Otros llevaban unos collares de bronce donde se indicaba a quién pertenecían. En el collar de uno de los esclavos, un hombre de piel oscura, su letrero decía: «Retenme para que no escape y devuélveme a mi dueño, Adriano, en la zona de los baños de Nuncia».
Spículus se dirigió a hablar con el tratante que llevaba a cabo la subasta. Cuando se acercó y le contó su propósito, el comerciante miró por un momento a Claudia con cara de pocos amigos pero al final aceptó con la cabeza el trato que el pirata le proponía. Spículus se volvió hacia ella y sin más contemplaciones le ordenó que se subiera a la plataforma. Claudia obedeció silenciosamente la orden, sobre todo porque necesitaba que nadie le tocara. Cuando empezó a subir unos escalones de piedra que daban acceso a la plataforma, el tratante de esclavos le dio unas monedas al pirata y este se quedó mirando a la joven mientras subía junto con los demás.
—Aquí te quedas, esclava, espero que estés entretenida y que disfrutes de lo que te queda de día —dijo Spículus sonriendo mientras se burlaba de ella.
En un momento de rabia Claudia reunió las pocas fuerzas que tenía y, dando un pequeño paso hacia delante, le escupió en la cara mientras con voz baja pero firme terminó de decirle, como si de un vaticinio fuera:
—Algún día te mataré, a ti y al desgraciado de Graco.
Spículus, enfadado, la miró a su vez con odio y, limpiándose la cara lentamente con la manga de su camisa, se dispuso a subir los pocos escalones que lo separaban de ella. Iba a matarla por el atrevimiento, pero el tratante lo paró en seco con su brazo y le advirtió en voz alta delante del resto del público:
—Ella ya no es asunto tuyo, amigo… Márchate de aquí, ya no hay nada que te retenga. —Y, dirigiéndose hacia el resto de personas que allí se congregaban, les dijo sonriendo—: Bueno, como habrán podido comprobar, nuestra última incorporación tiene genio y es brava. Seguramente quien la compre no se aburrirá con ella. ¿Quién quiere domesticar a esta fiera? —preguntó el hombre socarronamente.
El público que allí asistía comprobó cómo el tratante se volvía hacia la joven y, rompiéndole la túnica por delante, la dejaba completamente expuesta delante de todo el mundo. Lágrimas silenciosas caían por la cara de Claudia, mientras el que pasaba y se encontraba en el lugar, podía contemplar su blanco cuerpo desnudo. Con la espalda maltrecha, el orgullo malherido y sabedora de que un destino horrible e incierto pendía sobre su cabeza, la joven supo que no tenía la fuerza necesaria para enfrentarse a toda aquella multitud si quería sobrevivir.
Desde debajo de unos arcos un par de hombres habían observado la escena. Dos lanistas habían visto llegar a la mujer rodeada de aquellos mercenarios. La joven había demostrado tener coraje suficiente para escupir a aquel tipo en la cara y amenazarlo delante de todo el mundo. Había que reconocer que tenía agallas para haberse atrevido a hablar a aquel sujeto de aquel modo. Ni un solo hombre de los allí presentes habría intentado mirar a la cara al mercenario, como para encima atreverse a escupirle y amenazarlo. Sin duda había demostrado valor, eso había que concedérselo.
—¿Crees que nos podría valer? —preguntó uno de los lanistas a su compañero.
—Podemos intentarlo, tú saca un buen precio por ella.
—Está bien. Espérame aquí.
El lanista se acercó a la plataforma donde exponían a la esclava mientras esquivaba a la gente y, dirigiéndose al tratante, le preguntó:
—¿Qué pides por ella?
—Como puedes observar, la mujer es joven y tiene carácter, podría vendértela por mil denarios —dijo el tratante.
El vendedor fue a coger a Claudia para que aquel comprador la observara más de cerca. Pero Claudia, adivinando sus intenciones, se volvió por iniciativa propia mostrando su espalda a toda la multitud presente. Estos observaron atónitos y horrorizados la brutal paliza que le habían dado a aquella mujer.
—¿Por qué te azotaron? —preguntó el lanista.
Claudia optó por no contestar pero de pronto el tratante levantó una vara que tenía en la mano y le dijo:
—O se lo dices o te lo saco yo a golpes.
—Maté a un hombre —contestó Claudia.
—Eres el peor negocio que he podido hacer hoy. ¿Quién va a querer a una esclava tan peligrosa como tú? —preguntó el tratante de esclavos enfadado.
—La esclava es demasiado peligrosa para mi gusto, tendré que tenerla siempre encadenada y no tengo ganas de tratar con un esclavo así. O le bajas el precio o no me la llevo… —afirmó el lanista.
El tratante se quedó pensativo valorando qué hacer con aquella esclava. Sin duda, ese día no había hecho buena compra adquiriendo a aquella estúpida.
—Está bien…, llévatela por la mitad. Hoy no voy a hacer negocio contigo. Ojalá tu nuevo dueño te meta en vereda —dijo el tratante señalándola con la vara y agarrándola firmemente del brazo para bajarla de la plataforma.
El lanista se acercó a ellos y, entregándole el dinero al vendedor, le dijo a la mujer:
—¡Sígueme!
Claudia obedeció a aquel hombre de aspecto fuerte y serio, y caminando detrás de él, llegaron a la altura de otro individuo que esperaba debajo de unos arcos.
—Te felicito, yo no lo hubiera hecho mejor. Ya tenemos la última gladiatrix… —dijo Prisco sonriendo a Vero.
Cuando la joven escuchó estupefacta las palabras que marcaban su destino, no pudo evitar desmayarse por la fuerte impresión.
CAPÍTULO 3
«El infortunio pone a prueba a los amigos y descubre a los enemigos».
Epicteto de Frigia (55-135). Filósofo grecolatino.
Prisco y Vero habían sido dos afamados gladiadores que durante sus años jóvenes se habían enfrentado en los anfiteatros de todo el Imperio a los mejores luchadores que habían existido e incluso a exóticas fieras salvajes traídas desde los más recónditos confines del mundo. Ambos habían luchado en el mismo ludus, así que cuando consiguieron su soñada libertad, decidieron continuar juntos y formar su propia escuela de gladiadores.
Ahora contemplaban la dura vida de esos hombres desde el otro lado de la arena. Eran dueños del más célebre ludus de Roma. Y con el fin de dar el espectáculo más extraordinario a un público sediento de sangre y muerte, los dos lanistas intentaban tener siempre a los mejores gladiadores. Los continuos triunfos de esos hombres y mujeres les había proporcionado la vida de lujo que los dos habían soñado, era incluso mejor que la de muchos espectadores que iban a verlos. Pero aun así, mantener esa fama les costaba un arduo trabajo que no estaban dispuestos a abandonar, puesto que no sabían hacer otra cosa.
La vida de esos gladiadores era una vida llena de riesgos y vicisitudes. Se trabajaba duro para conseguir la ansiada libertad pero los débiles la perdían por el camino. En el ludus, la mayor parte de los gladiadores eran esclavos o criminales pero también había algún que otro hombre libre que elegía ganarse la vida de ese modo y como tal, ambos socios habían decidido tratarlos con la consideración que requerían. La satisfacción de un luchador siempre repercutía de forma directa en el esfuerzo que realizaba para permanecer con ellos y su ahínco personal por mejorar.
Su escuela estaba situada al lado del anfiteatro más grande del mundo. Sin embargo, en ese momento, ellos estaban demasiado lejos, habían viajado hasta la ciudad de Éfeso tras la búsqueda de nuevos gladiadores. Partieron de Roma con el propósito de comprar nuevos hombres que proporcionaran una nueva imagen al ludus. En los últimos tiempos el público demandaba, especialmente, luchas entre mujeres y, aunque ambos no eran muy partidarios de incluirlas en los espectáculos, habían terminado por admitir que una bolsa llena de monedas tenía más peso que una vacía. Así que habían dejado a un lado sus conciencias y habían partido en busca de esas mujeres que fuesen realmente especiales y que llamasen la atención del público.
Entrenar a un gladiador era una empresa que requería demasiado tiempo, en concreto se tardaba casi dos años en ponerlos a punto para su primer combate. Por lo que no podían desperdiciar su tiempo ni su dinero en gente que acabara muerta en la arena a la primera oportunidad. El entrenamiento era duro, una media de nueve horas diarias, durante seis días a la semana. Los gladiadores vivían dentro de la escuela y no podían salir de ella excepto que fueran contratados por particulares para fiestas privadas o para algún acto más especial. Los gladiadores eran hombres muy solicitados entre ciertas matronas romanas y, últimamente, pasaba lo mismo con la presencia de gladiadoras.
Aquella mañana habían ido al mercado de esclavos de Éfeso esperanzados de encontrar alguna esclava que complementara el grupo que necesitaban. Normalmente hallaban campesinas que habían trabajado en labores del campo y que ya no les eran útiles a sus amos, por lo que la mayoría de ellos decidían desprenderse de ese tipo de esclavas. Algunas eran demasiado mayores para dedicarse a la lucha y otras no tenían el carácter y el espíritu necesarios para llegar a ser una buena gladiadora.
Cuando Vero observó cómo aquella pequeña y extraordinaria joven hacía frente a aquel mercenario, le escupía en la cara y le amenazaba sin ser consciente de que podía morir allí mismo; se dio cuenta de que su búsqueda había llegado a su fin. Aquella muchacha había demostrado más coraje que cinco de sus hombres juntos, así que no había dudado en comprarla. Y además contaba con el factor de la edad, a pesar de los años de entrenamiento duraría lo suficiente para que fuera rentable. Pero de momento tendrían que ocuparse de ella porque tenía la espalda hecha trizas por los latigazos recibidos. Si había sobrevivido a aquella paliza, aguantaría todo lo demás. Tuvo que ser un fuerte impacto el escuchar que se convertiría en gladiatrix, así que ese desmayo podía pasarlo por alto.
Vero llevaba un rato andando, sosteniendo a la esclava en brazos, cuando se dio cuenta de que sus brazos estaban empezando a humedecerse. Entrando en uno de los soportales, buscó un poco de sombra y se agachó para depositar a la mujer en el suelo.
—¿Qué haces, Vero? ¿Por qué te paras ahora? Estamos casi llegando… —indicó su socio.
Vero no contestó a su amigo pero con cuidado volvió a la mujer en las frías losas de piedra para examinarle la espalda. Los dos hombres se quedaron horrorizados por las marcas tan profundas y las heridas que se le habían vuelto a abrir. Había sido tan brutalmente azotada que los latigazos la dejarían marcada de por vida. No cabía duda de que aquella joven era una superviviente.
—Me parece que tendremos que esperar un poco que nuestra pequeña adquisición se mejore, así no podrá servirnos de nada. Le han puesto un ungüento en la espalda pero eso no es suficiente. No sé cómo ha podido soportar tanto rato de pie durante la puja, debe de ser más fuerte de lo que en un principio habíamos supuesto. ¡Vámonos! Tenemos mucho trabajo que hacer.
—No me extraña que amenazara a aquel individuo, seguramente tuvo que ser el autor de esos latigazos. De todos modos, ¿no crees que hay demasiada sangre?
—A ver qué nos dice el galeno cuando lleguemos al barco. Pero sí, llevas razón en lo de la sangre, se está empapando la parte baja de la túnica. ¡Vámonos, aquí ya no hacemos nada!
El hombre volvió a coger en brazos a la mujer pero intentó evitar presionar mucho las heridas. Pasándole el brazo por las piernas y por su maltrecha espalda, agarró suavemente a la desvanecida esclava encaminándose hacia el barco, donde todo estaba listo para zarpar.
Claudia empezó a recobrar la consciencia poco a poco. No sabía dónde se encontraba pero estaba boca abajo en un camastro. Alguien se hallaba en el lugar porque se había despertado del ruido que estaba ocasionando. Intentó darse la vuelta para levantarse y mirar dónde estaba. Cuando se incorporó, un movimiento de vaivén hizo que se mareara y le fuera imposible volverse, estaba otra vez en alta mar.
—¡No te muevas! El galeno ha recomendado que durante unos días permanezcas boca abajo y que solo te levantes para comer —dijo una suave voz de mujer.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —preguntó Claudia.
—Me llamo Paulina, soy esclava como tú y pertenezco a Prisco y Vero. Estamos en un barco rumbo a Roma. Nuestros amos te han comprado y me han ordenado que los llamara cuando despertaras.
—¿Nuestros amos? —preguntó Claudia, solo recordaba el hombre que la compró en el mercado.
—Voy a llamarlos, ellos te lo explicarán todo. ¿Cómo te llamas? —preguntó Paulina.
—Claudia, de Hispania.
—Muy bien. Voy a llamarlos. No te muevas o volverás a perder el conocimiento —dijo la mujer saliendo del camarote.
Unos minutos después, dos hombres muy bien ataviados entraban dentro de la pequeña habitación. Vestían ricas túnicas propias de gente adinerada y poseían una seguridad en sí mismos que no pasaba desapercibida en aquel estrecho camarote.
—Paulina nos ha dado el aviso de que te habías despertado —señaló uno de ellos.
La joven reconoció al hombre que la había comprado. Era el más alto de ellos.
—Él es Vero y yo soy Prisco, tus nuevos amos. Somos lanistas y tenemos un ludus en Roma. Hemos pensado que tienes buenas actitudes para convertirte en una gladiatrix. Si eres buena en ello, tendrás una buena vida, pero si nos defraudas ya sabes que no vivirás para contarlo.
Claudia permanecía callada mientras escuchaba al que decía llamarse Prisco. Sabía que aunque discrepara de aquellos sujetos, ahora eran sus nuevos amos y tenían derecho a decidir sobre su vida para lo que quisieran. Era obedecer o morir, y esto último no le apetecía nada. Tendría que darle tiempo a Quinto para que la encontrara.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó el que se llamaba Vero.
—Claudia, señor.
—Muy bien, Claudia ¿De dónde eres? —volvió a preguntar.
—De Hispania, señor; de la ciudad de Baelo Claudia, cerca de Gades. Durante bastantes años trabajé como esclava en la Casa de Livio pero cuando murió mi amo, nos otorgó a todos la libertad. Sin embargo, fui secuestrada y apresada por el pirata mahuritano que me vendió en Éfeso. Le aseguro, señor, que era una liberta.
—Lo que fuiste ya no tiene importancia, lo que cuenta es que vuelves a ser una esclava y que nosotros somos tus amos. De aquí en adelante olvidarás tu nombre, todo el mundo te conocerá como Hispana. Necesitas un nombre fuerte para convertirte en gladiatrix y ese será el tuyo. Espero que no nos defraudes. Yo seré el encargado de entrenarte personalmente. Durante el viaje descansa todo lo que puedas porque cuando lleguemos a nuestro destino tendrás que estar bastante fuerte y recuperada. Ahora te dejamos para que descanses, Paulina se encargará de atender tus necesidades. Seréis compañeras en la arena así que es mejor que os llevéis bien.
—¿Puedo preguntarle una cosa, señor? —preguntó Claudia insegura.
—¿Qué quieres saber?
—¿Por qué me encuentro tan débil? He intentado incorporarme y me he mareado… ¿Es por los latigazos?
—Cuando veníamos de regreso hacia el barco, empezaste a sangrar demasiado. En un principio pensamos que podría deberse a eso, pero el galeno nos confirmó que perdiste el niño que llevabas en tus entrañas. Has perdido demasiada sangre y por eso estás tan débil… —confirmó el lanista observando atentamente su reacción.
—¿Estaba embarazada? —preguntó Claudia tartamudeando intentando asimilar esas dolorosas palabras.
—Efectivamente. Pensé que lo sabías… —señaló Vero.
—No, señor, no lo sabía… —negó Claudia desviando la mirada de las dos personas que la observaban atentamente.
Claudia estaba tan impactada que se quedó silenciosa a partir de ese momen
