Tenebroso - David Méndez - E-Book

Tenebroso E-Book

David Méndez

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Beschreibung

Te invito a sumergirte en un mundo siniestro y oscuro, un lugar donde podrás encontrar los más impactantes relatos de terror. Visitarás recónditas gasolineras, casas aisladas, solitarias estaciones y carreteras perdidas. Te llevaré de la mano a través de terroríficas noches sin fin. Nunca has leído nada igual. 36 relatos de horror que no te dejarán indiferente. Si este año solo vas a leer un libro de terror, ¡que sea este! Contiene las siguientes narraciones: La estación, Turno de noche, El fin del mundo, Te invito a mi fiesta, Ecos, La carretera del infierno, Sus ojos, Mi hijo Luis, El Visitante nocturno, Los moradores, La vigilante nocturna, La iglesia, Frío, Papi hay alguien en mi cama, Relámpagos, Sábado por la noche, El elfo, Smile.dog, Clic, El rostro en la pared, No cierres los ojos, El payaso, El escritor de terror, El teléfono móvil, Tren nocturno, Solo en casa, Alguien está llamando a la puerta, La anciana de la habitación 333, No te salvas de un muerto, El taxista, El gran espectáculo, Un giro del destino, Mami ¿puedo dormir contigo esta noche?, Todos odiamos ir al dentista, La gasolinera y La Promesa. ¡Atrévete!

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Seitenzahl: 184

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Ähnliche


DAVID MÉNDEZ

TENEBROSO

36 RELATOS DE HORROR

La estación

Sara entró en la estación de metro mientras el pitido de su reloj digital marcaba las dos de la madrugada. No se veía a nadie y el silencio era tan total que abrumaba. Que distintas eran las cosas a las tres de la tarde cuando ella cogía el suburbano para ir a trabajar. La lluvia caía con fuerza en el exterior y el viento aullaba por las desiertas calles barriéndolas como si estas le pertenecieran.

Validó su billete y bajó al andén para descubrir que en toda la maldita estación no había un alma. Ni un guardia de seguridad. Ni un empleado. Absolutamente nadie. Un escalofrío recorrió su espalda mientras forzaba una sonrisa. ¡Maldita sea! ¿Acaso se estaba poniendo nerviosa? ¡Por Dios! No había nada que temer. Simplemente la noche era tan desagradable y aquella estación estaba tan apartada que le hacían sentir temerosa.

Mejor sería dejarse de bobadas y pensar en los días maravillosos que había pasado en la casa rural con sus amigas. Aisladas del mundo, relajadas, sin problemas y en contacto con la naturaleza. ¡Pero que pronto se había acabado! Luego el regreso al trabajo y el rollo del inventario de la boutique. Se le había hecho tardísimo y aun así decidió dar una vuelta para relajarse y estirar las piernas. La maldita lluvia, su carrera por las calles y allí estaba ahora como la única habitante de la solitaria estación.

Miró el panel de horarios para descubrir que solo faltaban veinte minutos para la llegada del tren lo que hizo que se sintiera mucho mejor. "Ojalá llegara alguien", pensó. En una papelera próxima a ella y llena a rebosar asomaba un periódico. Se acercó para cogerlo y comprobar que era de aquel mismo día. Al menos había tenido suerte. ¿Qué pasaría por el mundo? Había estado tan desconectada de todo con lo del viaje y los dos días de duro trabajo que no estaba enterada de nada. No había tenido tiempo ni de ver televisión ni de escuchar la radio. Ojeó distraídamente la portada del diario y sus ojos se abrieron como platos cuando leyó el titular principal: "Cuarta víctima del asesino de la gabardina", escupían las grandes letras.

Leyó rápidamente el artículo enterándose de que un peligroso maníaco acechaba en la ciudad habiéndose cobrado ya cuatro víctimas. En concreto cuatro mujeres jóvenes. La policía apenas tenía pistas y la alarma había cundido entre la población. Una mujer consiguió huir del psicópata y contó a los agentes que la persona que la había acosado llevaba una gabardina negra con una gran capucha que impedía verle la cara. La muchacha logró salvarse al conseguir llegar a un taxi y huir. Sara dejó de leer y sintió cómo las piernas le temblaban. Un sudor frío le empezó a recorrer la frente mientras su cabeza analizaba velozmente su situación. Sola en aquella apartada estación con un asesino en serie suelto por ahí y diez minutos aún para la llegada del próximo metro que la llevaría a su reconfortante apartamento del centro. De pronto, escuchó un ruido. Las escaleras mecánicas se habían puesto en funcionamiento. Alguien estaba bajando...

Miró nerviosamente hacia las canceladoras. Ansiaba ver quien llegaba. Quien iba a compartir con ella aquel lugar tan alejado del mundo en aquellos momentos. La silueta de la persona vestida con gabardina negra se reflejó en la pared bajo las potentes luces del techo. La enorme capucha no dejaba vislumbrar si se trataba de un hombre o de una mujer, aunque eso, en aquellos aterradores segundos, a Sara le daba igual.La sombra encapuchada se dirigió al mismo andén en el que se encontraba la aterrorizada muchacha. Avanzaba despacio, calmadamente, sin hacer ruido. Fuera la tormenta descargaba impresionantes ráfagas de lluvia mientras Sara avanzaba nerviosamente hacia el otro extremo del andén en el que se encontraba el ascensor. Sentía la ominosa presencia a sus espaldas, muy cerca, a punto de cogerla. No quería mirar atrás, su única oportunidad era huir de allí, de aquel escenario de pesadilla, de aquel cuento macabro.

Pulsó el botón del ascensor y éste empezó a bajar muy lentamente. Sara empezó a rezar en voz baja mientras las lágrimas anegaban sus ojos y todo su cuerpo temblaba como unahoja al viento. Pero era tarde ya, él ya estaba demasiado cerca. Casi podía sentir su respiración. No quería darse la vuelta, no era capaz de hacerlo. Gritó angustiosamente cuando notó la mano en su hombro.

—Perdona —escuchó una voz femenina —no quería asustarte...

Sara se giró en el justo momento en que la chica se quitaba la capucha de la gabardina negra y dejaba ver una preciosa melena rubia

—Pues lo has hecho —respondió secamente Sara.

—Yo no te voy a atracar ni nada de eso, es que he visto que te ibas pitando, tía.

—Si. Yo… bueno… no importa...

Apenas quedaban ya siete minutos para la llegada del tren y Sara no pudo reprimir una risa nerviosa. Se había comportado como una idiota, como una niña asustadiza. La recién llegada la miraba sin entender.

—Me parece que tú te has metido algo, ¿no?

—Para nada. Es que me has asustado, nada más.

—Pues no sé qué es lo que te ha dado miedo. Tú me has asustado a mí con tu actitud, pensé que te pasaba algo —dijo la muchacha.

—Ha sido por tu gabardina.

—¿Mi qué…? ¡Está lloviendo a mares ahí fuera! ¡No querrás que vaya en camiseta!

En ese justo momento, los ojos de la desconocida brillaron de un modo especial dejando entrever que estaba comenzando a entender.

—¡Claro! ¡Mi gabardina! No habrás creído que yo era el asesino, ¿no?

—Justamente.

La chica comenzó a reírse a grandes carcajadas. Casi exageradamente. Sara se sintió molesta.

—Estaba leyendo la noticia en el periódico cuando has aparecido con la puta capucha puesta y aquí no hay ni un alma, ¿no te habrías asustado tú?

—¿Yo? ¡No! ¿Por qué?

—¡Pues qué valiente, hija!

—Me llamo Estefanía. ¿Te has enterado hoy de lo de los asesinatos?

—Sí, he estado de viaje y luego dos días muy ocupada y...

—Entonces... ¿no conoces los detalles?

—No. —cortó Sara. —Ni quiero.

Sara miró a la chica y notó cierta frialdad en su mirada, incluso parecía decepcionada. No tendría más de veinte años y desde luego había algo en su mirada que no le gustaba en absoluto. Empezó a sentirse incómoda y no sabía la razón. ¿Acaso su mente intentaba avisarla de algún peligro?

—A esas cuatro tías las abrieron en canal ¿sabes? las destriparon como a cerdos —dijo de pronto Estefanía —había sangre por todos lados...

Sara permaneció en silencio mientras la otra pronunciaba aquellas horribles palabras.

—La verdad es que esas guarras se lo merecían –siguió—. No eran más que mujerzuelas que vagabundeaban por la noche. Mujeres asquerosas que tuvieron su castigo.

—¡No está bien que hables así! –gimió Sara temblándole todo su ser.

—¿Sabes una cosa? Mi madre era como ellas, una golfa, una perdida. Nunca me atendió. Nunca me quiso. Por eso la hice pagar...

Sara intentó moverse, pero el miedo la atenazaba tan fuerte que sentía sus piernas tan pesadas como enormes piedras. Recordaba lo leído hace apenas unos minutos. La policía no tenía ninguna pista y ni siquiera sabía si el asesino era un hombre o una mujer.

—A una de esas putas casi la decapitaron, ¿lo sabías?

Sara avanzó unos pasos al frente mientras Estefanía seguía diciendo cosas horribles. Tenía que salir de allí. Llegar a la calle. ¡Huir!

—¡Te estoy hablando! ¡¿Dónde demonios crees que vas?!

Agarró a la muchacha de un brazo tan fuertemente que Sara se quedó totalmente petrificada. Su corazón bombeaba tan rápido que parecía que iba a explotar. Intentó soltarse, pero la otra no aflojó atenazándola.

—Su... suéltame... –rogó casi sollozando.

—Tú eres como ellas, eres una mala mujer como ellas –rugió Estefanía con el rostro lleno de ira. —Tú también tienes que morir...

El ruido del metro llegando a la estación llenó los oídos de Sara. El miedo dejó paso a la rabia, a la determinación de defenderse, al deseo de vivir. De un fuerte tirón se soltó de la tenaza de Estefanía y la golpeó con fuerza en la cara sorprendiendo a la muchacha que trastabilló, resbaló y, por último, cayó al suelo. El tren ya estaba a punto de entrar en el andén cuando Estefanía intentó levantarse mientras una expresión de sorpresa llenaba su rostro. Sara la derribó de nuevo de un tremendo puntapié que la hizo rodar y caer sobre la vía. Con un gesto de horror, Estefanía intentó subir de nuevo al andén mientras el metro ya se encontraba a escasos metros de su frágil cuerpo.

—¡Dame la mano! –suplicó con voz angustiada.

Sara ni siquiera se movió. No podía hacerlo.

—¡Por el amor de Dios! Sólo te estaba tomando el pelo... Te lo juro... ¡Dios mío! ¡Ayúdame!

El terror se borró de los ojos de Estefanía cuando el primer vagón la arrolló arrastrándola y destrozándola. La sangre salpicó a Sara que chilló desesperadamente ante aquel horror. Pronto el metro se paró, los gritos cesaron y Estefanía desapareció bajo la mole de metal.

Ahora todo había acabado. Sara intentó coger aire mientras sus pulmones se rebelaban y casi la ahogaban mientras la angustia le revolvía el estómago. Nadie bajó del metro. Todo seguía silencioso y vacío. Horriblemente solitario. La chica entró en el suburbano y se dirigió casi arrastrándose hacia la puerta de la cabina del conductor. Allí tenía que haber alguien.

—¡Socorro! –casi gimió con lágrimas en los ojos y sangre en sus ropas.

Ya casi había llegado a la puerta cuando ésta se abrió de pronto revelando un pequeño habitáculo oscuro del que emergió una siniestra figura vestida de negro. Una gabardina negra.

—¡Dios... Dios mío...! –sollozó Sara a punto de perder la razón.

Avanzó hacia ella con el largo cuchillo de cocina brillando intensamente, aunque con manchas rojas secas y frescas.

—No... No... No puede ser...

Intentó darse la vuelta y escapar. Lo intentó con las pocas fuerzas que aún le quedaban. Pero la agarró por el pelo y la lanzó salvajemente contra una de las ventanas del vagón rompiéndole la nariz. Mientras la sangre manaba de su rostro y el afilado cuchillo se hundía en su espalda tuvo un último pensamiento. Estefanía decía la verdad, sólo estaba bromeando.

Turno de noche

La noche era ciertamente desapacible. El frío calaba hasta los huesos y el viento dificultaba caminar con normalidad. Aun así, Susana no tenía otro remedio que intentar llegar a su trabajo. Su coche la había dejado tirada aquella misma mañana y, a aquella hora, ya no había transporte público. Le resultaba odioso el turno de doce a ocho de la mañana, pero no le quedaba otro remedio que aceptar los trabajos que buenamente conseguía. Aunque realmente el sueldo no era para tirar cohetes, al menos podía pagar el alquiler y seguir viviendo sola sin recurrir a la ayuda de sus padres. Además, el trabajo de teleoperadora de horario nocturno era bastante tranquilo. Poca gente llamaba a horas tan intempestivas para solicitar información o ayuda del servicio telefónico. Por lo que todo era bastante sosegado e incluso aburrido.

Tenía que andar casi seiscientos metros para llegar al edificio y apenas había recorrido cincuenta cuando ya estaba helada. ¡Qué triste y desagradable era el invierno!, pensó. Y no pudo evitar recordar el último verano y sus escapaditas a la playa para tumbarse al sol y disfrutar con la maravillosa brisa veraniega. Brisa que había dado paso a un auténtico vendaval. Las nubes cubrían el cielo ocultando las estrellas y presagiando la inminente lluvia. Se sobresaltó cuando escuchó los pasos precipitados a su espalda. Alguien llegaba corriendo. Se acercaba. ¿La estaba siguiendo? ¿Acaso alguien la estaba acechando en aquella oscura noche en la que la ciudad parecía desierta? Aceleró el paso, pero no consiguió dejar de oír los pasos cada vez más cerca. Incluso escuchó una respiración agitada. Se paró en seco y se giró.

—¡Cris! —casi gritó—. Me has dado un susto de muerte...

—Lo siento. Discúlpame. Te vi de lejos y...

—No pasa nada. ¿Tú también vas andando esta noche?

—Pues sí —respondió Cris —, mi novio me ha dejado tirada, no podía llevarme hoy. No sabes el palo que me ha dado tener que ir andando.

—Te aseguro que te entiendo, será mejor que nos movamos o nos quedaremos congeladas aquí mismo.

—Y encima llegaremos tarde. Habría cogido un taxi, pero con lo que ganamos como que no.

Siguieron caminando a buen paso dispuestas a llegar lo antes posible. Empezó a llover con fuerza. Llegaron al gran edificio en el mismo momento en que un relámpago iluminaba el cielo. El potente trueno casi hizo saltar a Susana. Eran exactamente las doce de la noche cuando le vio. Al otro lado de la calle. Una siniestra figura vestida con ropa oscura y con una larga y horrible melena negra que le tapaba el rostro. Juraría que la estaba mirando a través de la cortina de agua que descargaba el cielo.

—Cris —casi susurró.

Su compañera la miró y siguió su mirada a lo largo de la desierta calle.

—¿Qué pasa, Susana? ¿Qué miras?

—Allí... ¿Le ves? Ese hombre...

—¿Quién...?

Ya no había nadie. Ningún extraño observándolas. Sólo un pequeño gato negro huyendo de la tormenta bajo un coche.

—Me ha parecido ver a alguien. ¡Bah! No me hagas caso.

Se disponían a entrar en el edificio cuando escucharon una risa. Una carcajada siniestra que parecía proceder del mismísimo infierno. Cris apenas pudo reaccionar cuando unas fuertes manos la agarraron arrastrándola. Un dolor muy intenso se apoderó de su estómago haciéndole casi vomitar. Tiró de ella bestialmente mientras seguía apuñalándola una y otra vez ante la mirada horrorizada de Susana paralizada por el miedo. Desaparecieron entre el vendaval y la lluvia. La noche se tragó al extraño, pero llevándose a su amiga con él. Un reguero de sangre brillaba en la mojada acera. No iba a tardar mucho en desaparecer. Susana se había quedado allí. Hundida hasta los huesos. Petrificada. Aterrada. Incapaz de hacer nada. Con su mirada perdida en un punto inconcreto. Se había orinado encima. Una voz lejana en su interior le pedía a gritos que reaccionara. Que se pusiera a salvo lejos de la tormenta, el viento y el extraño. Un nuevo trueno pareció sacarla del terrible shock y sus ojos enfocaron de nuevo. Entonces le vio. Avanzaba hacia ella. Un espectro en medio de la tempestad. Una sombra cerniéndose poco a poco sobre ella. Estaba cerca. Se acercaba. Iba a cogerla y la destrozaría como hizo con Cris. Algo se movió alrededor de las piernas de la muchacha. El pequeño felino negro la había rozado al pasar a su lado. Aquello definitivamente hizo saltar a Susana que se lanzó a entrar en el gran portal del edificio. La puerta siempre estaba abierta y ellas tenían que cerrarla al llegar al turno de noche. Lo hizo dando un portazo y se derrumbó. Las lágrimas anegaron su bello rostro mientras su cuerpo temblaba y su corazón palpitaba con fuerza. Se apoyó en la pared tratando de coger aliento, él la estaba observando a través de la puerta de cristal cerrada. A pesar de que el largo cabello le tapaba prácticamente la cara, Susana sabía que la estaba mirando. Y sonreía. Podía escuchar su macabra risa. ¿Podría entrar? ¿Sería capaz de romper la sólida puerta de cristal? Le dio la espalda y corrió hacia el ascensor. Sus otras compañeras debían de estar ya trabajando arriba. No tardó en llegar al quinto piso. El pasillo estaba a oscuras. Todo en silencio.

—Olga, Magda... —las llamó en la oscuridad.

Entró en la sala del turno de noche y allí estaban ellas. Olga yacía en el suelo en medio de un gran charco de sangre. Aunque no pudo reconocer el rostro desfigurado, Susana comprendió que el otro cadáver era el de Magda. Un teléfono comunicaba cerca de ellas. Tenía que pedir ayuda. Inspiró aire. Al menos estaba segura allí dentro. Él se había quedado fuera.

No podría entrar en el edificio.

Las puertas del ascensor se cerraron de pronto y éste comenzó a bajar. Llegó a la planta baja y segundos después empezó a subir de nuevo. ¿Quién lo había llamado? Estaba claro que había alguien más en el edificio. No estaba sola. Miró los números luminosos que iluminaban débilmente el pasillo.

Primer piso... segundo piso...

Se lanzó sobre el teléfono y marcó el número de emergencias. Una cálida voz al otro lado contestó.

—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?

—Socorro, por favor, ayúdeme...

—Trate de tranquilizarse, señorita, estoy aquí para ayudarle.

—Han... han asesinado a mis amigas...creo que viene a por mí...

—¿Dónde se encuentra usted...?

El ruido de las puertas del ascensor al abrirse llenó el opresivo silencio de la quinta planta. Susana soltó el teléfono y se ocultó bajo una mesa. La sala estaba bastante oscura y ella podría ver al intruso antes de que él la viera a ella. Una sombra se cernió sobre el pasillo. La silueta de alguien vestido de oscuro y de larga melena negra llenó totalmente la retina de la aterrada muchacha. Era él. Había conseguido entrar. Y ella estaba sola. Nadie iba a ayudarla. Ninguna otra empresa del edificio estaba abierta por la noche. Todas debían de estar cerradas a cal y canto. Muchas veces, habían bromeado sobre la posibilidad de que pudiera ocurrirles algo durante sus turnos de trabajo. Cuatro mujeres solas expuestas acualquier peligro. Las anteriores compañeras se iban a las once y ellas llegaban a las doce. La puerta permanecía abierta hasta que la última en llegar la cerraba. Cualquiera podía acceder al edificio. El portero se iba sobre las diez. Nadie decidió contratar vigilancia. Al fin y al cabo, nunca había pasado nada.

Hasta ahora.

Siguió agazapada. Tenía que escapar. Llegar a la calle. Correría como alma que lleva el diablo hasta encontrar ayuda. Necesitaba salir del edificio, llegar al ascensor o a las escaleras. Huir. Empezó a moverse lentamente bajo las mesas. Ya no podía ver al intruso. No sabía si estaba en la sala o seguía en el pasillo, pero debía arriesgarse. Despacio. Sin hacer ruido. La penumbra estaba de su parte, era su mejor aliada. Cuando, de pronto, alguien encendió la luz. Las potentes fluorescentes llenaron la gran sala bulliciosa durante el día, ahora desierta. Se puso en pie a tiempo de ver cómo el desconocido se lanzaba sobre ella con la agilidad de una pantera atacando a su presa. Susana le esquivó y se lanzó hacia la puerta resbalándose en el charco de sangre que cubría una parte del suelo. Cayó sobre el cuerpo torturado y mutilado de Olga empapándose del vital fluido rojo que aún estaba caliente. La agarró por un pie con tanta fuerza que le hizo gritar. Ella pataleó desesperadamente propinándole una patada en la cara que le hizo caer hacia atrás. Susana se giró enfrentándose al extraño. Éste había soltado la larga navaja que se encontraba a escasos centímetros. La chica agarró el afilado arma en el mismo momento en que el intruso la golpeaba en la boca destrozándola el labio. Ella reaccionó clavándole la navaja en pleno pecho, a la altura del corazón. Cayó hacia atrás con el fantasmal cabello cubriéndole el rostro. Se quedó quieto. Susana se levantó torpemente mientras su lengua se llenaba del sabor de su propia sangre. Avanzó con paso tembloroso hacia el pasillo y el ascensor. Pulsó el botón de llamada, las puertas comenzaron a abrirse. Trató de mantener la calma mientras bajaba, a pesar de que le temblaban las manos al tratar de contener la hemorragia de su labio con un pañuelo de papel. Llegó a la planta baja y se dirigió rápido, pero con cautela hacia la salida. Abrió el portal y casi saltó a la calle. La lluvia y el viento la azotaron con fuerza. Sonrió. Miró al cielo mientras las gotas corrían por su rostro haciéndole sentir viva de nuevo. De pronto unas manos fuertes la apresaron arrastrándola de nuevo hacia el interior.

Susana abrió los ojos y, a pesar de que todo estaba a oscuras, supo de inmediato que se encontraba en su habitación y en su cama. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo había llegado allí? Respiró profundamente y comprendió que todo había sido una maldita pesadilla. Horriblemente real, pero sólo un mal sueño. Se estiró poniendo su mente en orden. ¿Qué hora era? Recordaba haberse echado la siesta para ir después a su trabajo de teleoperadora en el turno de noche. El viento y la lluvia golpeaban las persianas así que fuera debía de hacer un día infernal. Se levantó y encendió la luz. ¿Dónde demonios estaba su reloj? Salió de la habitación y fue hacia el aseo cuando percibió un olor espantoso. ¿De dónde venía? Se miró en el espejo y se sorprendió al ver su labio superior amoratado. El olor dentro del baño era mucho más fuerte y parecía surgir de allí mismo. Sintió un pinchazo de dolor en su vientre y se palpó instintivamente con la mano. Estaba sangrando. Y aquel hedor terrible. Corrió las largas cortinas de plástico de la bañera y un grito surgió de lo más profundo de su garganta. Olga, Magda y Cris estaban allí. O al menos lo que quedaba de ellas. Percibió una respiración a su espalda y le vio reflejado en el espejo. Una horrible silueta de ropas oscuras y larga melena negra. La puerta del cuarto de baño se cerró tras él. Susana comprendió de pronto que la pesadilla no había acabado, sino que acababa de comenzar...

Lo había disfrutado. Había sido sublime. No dejaba de pensar en ellas y en sus calientes cuerpos mientras se duchaba. Y Susana. ¡Oh, Susana! Había gozado tanto de todo su ser mientras estaba drogada. La había poseído tantas veces. Había jugado con ella durante horas y en su propia casa. Pero ahora la diversión ya había acabado. Sus juguetes ya estaban rotos. Tendría que conseguir unos nuevos. Seguía lloviendo en el exterior mientras se vestía elegantemente de traje y corbata. Se consideraba un hombre atractivo, un triunfador. Un cazador. Guardó las viejas ropas oscuras, la peluca negra, los guantes y el largo cuchillo en la caja fuerte. Tenía que irse ya. Tenía mucho trabajo esa mañana. Una larga serie de entrevistas para seleccionar a nuevo personal. Al fin y al cabo, cuatro de las teleoperadoras de la empresa habían decidido irse ayer y había que sustituirlas. Tenía que elegir con cuidado ya que ser el responsable de recursos humanos de la empresa era una tarea ardua y complicada. Y había que cubrir cuanto antes el turno de noche. Eso era lo más importante.