Verlag: Slice Publishing Kategorie: Krimi Sprache: Spanisch Ausgabejahr: 2017

Teoría Del Juego : Un Thriller De Suspense Y Misterio De Katerina Carter, Detective Privada E-Book

Colleen Cross  

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E-Book-Beschreibung Teoría Del Juego : Un Thriller De Suspense Y Misterio De Katerina Carter, Detective Privada - Colleen Cross

Lo que el dinero no puede comprar, lo consigue el asesinato.Alguien está desviando fondos desde el fondo de cobertura de divisas del billonario Zachary Barron. Empeñado en procesar al ladrón con todo el peso de la ley, contrata a Katerina “Kat” Carter, la mejor contable forense en su especialidad, para seguir el rastro del dinero. Ambos se ven sorprendidos cuando lleva al padre de Zachary: Nathan.Y él solo es la punta del iceberg.Nathan pertenece a una oscura organización con ramificaciones globales y recursos inimaginables. Ellos ya controlan la industria banquera y la prensa, pero su objetivo definitivo–el colapso del mercado de divisas global y un nuevo orden mundial–pronto estará a su alcance.Kat podría ser todo lo que se interpone en su camino. ¿Pero por cuánto tiempo?La organización sabe de su implicación y envía un aviso. Ella sabe que será el último: quienes han intentado frustrar sus planes han encontrado muertes violentas.Si Kat se aleja y mantiene la boca cerrada, ella estará atemorizada el resto de su vida en un mundo que apenas reconocerá. Ignorar la amenaza la convierte a ella y a todos sus seres queridos en objetivos… o potenciales traidores.Aún así, como Kat Carter sabe demasiado bien… cuanto mayor es el riesgo, mayor es la recompensa.Y no se puede dividir la apuesta. Es todo o nada.¿Quién da más?Colleen Cross escribe misterios amables y thrillers que harán que sigas pasando las páginas. Suscríbete para recibir su email, el cual envía dos veces al año para informar de nuevos libros, en www.colleencross.com¡Recibe más lecturas excitantes!“Si te encantan los thrillers, ¡no te pierdas esta aventura internacional cargada de acción!”“Un thriller legal cargado de acción al estilo de Michael Connolly y John Grisham…"

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E-Book-Leseprobe Teoría Del Juego : Un Thriller De Suspense Y Misterio De Katerina Carter, Detective Privada - Colleen Cross

TEORÍA DEL JUEGO

––––––––

Un thriller de suspense y misterio de Katerina Carter, detective privada

Tabla de Contenidos

Página de Titulo

Teoría del Juego : Un thriller de suspense y misterio de Katerina Carter, detective privada (Series thriller de suspenses y misterios de Katerina Carter, detective privada)

Epígrafe

Elogios para TEORÍA DEL JUEGO

Otros libros de Colleen Cross

TEORÍA DEL JUEGO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 39

Capítulo 38

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Nota de la Autora

Otros libros de Colleen Cross

Colleen Cross

Traducido del original por

Cinta García de la Rosa

Copyright

TEORÍA DEL JUEGO

Un thriller de suspense y misterio de Katerina Carter, detective privada

Colleen Tompkins escribiendo como Colleen Cross

Copyright © 2017 por Colleen Cross, Colleen Tompkins

Traducido del original por Cinta García de la Rosa: http://cintagarcia.com

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación, ni ser transmitida en ninguna forma ni por ningún medio –electrónico, mecánico, de grabación, ni de ningún otro modo– sin el previo consentimiento por escrito del propietario de los derechos de autor y la editorial. El escaneo, carga y distribución de este libro por internet o por cualquier otro medio sin permiso de la editorial es ilegal y está castigado por la ley.

Por favor, compre solo ediciones electrónicas autorizadas y no participe ni aliente la piratería informática de material sujeto a copyright. Si está leyendo este eBook y no lo ha comprado, o si no fue comprado solo para su uso, entonces por favor devuélvalo a la fuente donde lo descargó y compre su propia compra. Agradecemos su apoyo a los derechos de la autora.

Esto es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares e incidentes, o son producto de la imaginación de la autora o se han usado de modo ficticio, y cualquier parecido con personas actuales, vivas o muertas, establecimientos públicos, acontecimientos o locales es pura coincidencia.

Para más información, vea: http://ColleenCross.com

ISBN ebook : 978-1988272-37-5

ISBN Paperback : 978-1988272-38-2

UN MORTAL JUEGO DE CORRUPCIÓN 

––––––––

Un Thriller Legal de Katerina Carter 

––––––––

La investigadora privada Katerina Carter se está esforzando por lidiar con la demencia de su tío cuando consigue el mayor caso de su carrera. Pero todo tiene un precio... 

Cuando el billonario Zachary Barron contrata a Kat para investigar una posible malversación de su fondo de cobertura de divisas, ella descubre una conexión con el secreto y poderoso World Institute, una compañía global que totalmente decidida a controlar los gobiernos e incluso los mercados financieros del mundo. Y cuanto más profundamente investiga sus sospechosas prácticas de negocios, más envuelta se ve en el abrupto borde de una oscura traición, corrupción sin escrúpulos, y violencia sin piedad. 

Con las vidas de sus seres queridos en peligro y su carrera en precario equilibrio, Kat debe tomar la decisión más dura de su vida: protegerse a ella misma y a aquellos que le importa por encima de todo. Porque el siniestro World Institute no se detendrá ante nada para evitar que sus secretos se vean expuestos. 

Ahora Kat está jugando a un juego mortal contra un enemigo que nunca pierde, que no hace prisioneros, y que amenaza su propia vida... 

Epígrafe

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Las leyes son como las telas de araña, a través de las cuales pasan las moscas grandes y quedan enredadas las pequeñas.

Honoré de Balzac (1799-1850)

Elogios para TEORÍA DEL JUEGO

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“Si te gusta una buena teoría de la conspiración, te ENCANTARÁ el thriller financiero de Colleen Cross, Teoría del Juego. La investigadora de fraudes financieros, Kat Carter, se enfrenta a la muy real posibilidad de una conspiración de orden mundial en este inteligente y absorbente libro, que se relaciona de un modo inolvidable con los actuales climas políticos y económicos globales. ¿Fue creada la crisis económica? ¿Están diseñadas las noticias con las que nos alimentan para moldear nuestras opiniones y acciones? ¿Somos simplemente peones en el juego de otra persona? Empezarás a preguntártelo después de leer Teoría del Juego. ¡Te hará pensar y es maravillosamente entretenido!”

—Karen Cantwell, autora

“Otro fascinante libro apasionante de Colleen Cross. Cargado de suspense para proporcionar un giro inesperado tras otro, este creíble cuento de fraude global y dominación monetaria te absorbe y no te deja ir nunca. ¡Una lectura inteligente y excitante!”

—Sandra Nikolai, autora

Otros libros de Colleen Cross

Katerina Carter: Misterios del Color del Dinero

Fraude en Rojo - Relato

Cuando la contable forense e investigadora de fraudes Katerina Carter y su novio periodista Jace Burton aceptan una improvisada invitación a una fiesta, un delito es lo último en sus mentes. Entonces una ganadora inversión en vinos deja un gusto amargo en la boca de Kat y desvela las pistas de un fraude vinícola de millones de dólares, ¡y todo antes de la cena! 

Luna Azul – Novela corta

Los planes de Kat y su novio Jace para ir a una cena elegante se tuercen cuando ella descubre que su anciana vecina Fiona ha acogido a un ex presidiario en su casa. El trabajo de voluntariado en jardinería de Fiona en la prisión local ha cambiado vidas, pero extender su generosidad más allá simplemente podría poner su vida en peligro.

Las sospechas de Kat aumentan cuando sepa de la existencia de una reciente póliza de seguro de vida. Y pagan el doble por una muerte accidental. 

Verde Salvaje - Novela

La contable forense Katerina Carter y su novio Jace Burton se embarcan en una escapada de fin de semana en un lujoso refugio de montaña justo antes de navidad. Mientras él escribe la biografía de un ecologista billonario, ella explora la naturaleza nevada. Entonces dos manifestantes locales mueren bajo misteriosas circunstancias, y Kat y Jace corren contra el reloj para salvarse de un desastre incluso más mortífero.

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Serie de thrillers de suspense y misterio de Katerina Carter

Maniobra de Evasión

La investigación de fraude de la contable forense Katerina Carter revela un enorme plan para lavar diamantes de sangre en las minas de diamantes Liberty, justo cuando dos infiltrados clave en Liberty son asesinados. Kat podría ser la siguiente... a menos que permita que los auténticos criminales queden en libertad. 

Teoría del Juego

La investigación de fraude de la contable forense Katerina Carter descubre una enorme estafa piramidal conectada con el sospechoso World Institute, un comité de expertos global con unas escalofriantes intenciones ocultas. Kat está atrapada en una conspiración política de alto riesgo, donde los jugadores no se detendrán ante nada para conseguir lo que quieren, en un juego que ella no se puede permitir perder. 

Blowout

La contable forense Katerina Carter y su novio Jace Burton investigan una misteriosa secta de los años 30 en una isla escasamente poblada en la costa oeste de Canadá. Otro misterio se revela a bordo del yate de su billonario anfitrión; un misterio con consecuencias mortales para todos.

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Westwick Witches Cozy Mystery Series

Witch You Well

Rags to Witches

Witch & Famous

No Ficción:

Anatomy of a Ponzi: Scams Past and Present

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TEORÍA DEL JUEGO

––––––––

Un thriller de suspense y misterio de Katerina Carter, detective privada

Colleen Cross

Traducido del original por

Cinta García de la Rosa

Capítulo 1

No parecía un hombre a punto de morir. Nunca lo tenían. Parte de la excitación era decidir sus destinos. Simplemente requería un poco de planificación.

–Retrocede. Solo un poco–. Ella le enfocó con su objetivo. Él le doblaba fácilmente la edad, pero estaba sorprendentemente en forma para tener sesenta años. La había seguido sin problemas mientras esquiaban, y luego cuando subieron con raquetas de nieve la empinada Senda de la Cima. La quería en su cama, igual que cualquier otro hombre. Ella había decidido hacía mucho usar eso en provecho propio.

Él dio un paso hacia atrás, acercándose más al bloque de nieve que hacía de cornisa y sobresalía sin apoyo del acantilado. Había tenido cuidado de tomar el acceso oriental para que él no se diera cuenta del peligroso saliente. Su pulso se acelereó cuando anticipó lo que estaba por llegar. Arrendajos grises pasaron volando en reconocimiento, los pequeños pájaros grises volando en círculos mientras se lanzaban para recoger las migas de magdalenas de la mano extendida del hombre.

Era un miércoles por la mañana y el campo estaba desierto. Otro hombre con raquetas de nieve les había pasado en dirección contraria hacía más de una hora. Estaban solos.

–Sonríe–. Ella acercó la imagen, pulsó el obturador, y sintió una oleada de excitación. La suya sería la última cara que viera, la última voz que escuchara.

Él sonrió mientras cambiaba el peso de su cuerpo y se desabrochaba la chaqueta Gore-Tex. El sol brillaba a través de las nubes bajas, creando extrañas sombras sobre la nieve.

Un segundo más tarde su rostro se contorsionó, confianza sustituida por visible temor. Su boca se abrió mientras sus ojos se demacraban de terror. Era su parte favorita: el cazador era ahora la presa, y su víctima sabía que ella tenía algo que ver con ello.

La comprensión se congeló en su rostro cuando el suelo bajo sus pies se rompió en pedazos, incapaz de soportar su peso. El saliente de nieve se despegó del acantilado, haciéndole precipitarse al valle que estaba doscientos metros más abajo.

Sus gritos resonaron cañón abajo. Luego silencio, excepto por los arrendajos dando vueltas durante unos segundos.

Ella sonrió. Casi demasiado fácil. Ella lanzó la cámara por el borde. Ni balas, ni caos. Ni rastro, a menos que alguien viniera a mirar antes de la siguiente nevada, prevista para que empezara en unas horas. Aún cuando le encontraran antes del deshielo primaveral, parecería un accidente: un turista poco familiarizado con las condiciones de nieve del campo. Lanzó el resto de la magdalena a los pájaros. Se picoteaban entre ellos, luchando por lo que quedaba de las migas.

Igual que ella hizo una vez. Ya no más. Ella conseguiría su parte justa, incluso si tenía que matar por ello.

Capítulo 2

Katerina Carter se removió en la dura silla de plástico y metió las manos debajo de sus muslos. Tenía los dedos de ambas manos cruzados, nudillos machacados contra el implacable asiento. Desafiaba la lógica, pero lo hizo de todos modos. ¿Qué tenía que perder?

El tío Harry encorvado hacia delante junto a ella, codos sobre sus rodillas, preparándose para la siguiente pregunta del doctor McAdam. Su primer mini examen de salud mental había sido hacía seis meses, justo después del accidente. El diagnóstico de la primera fase del Alzheimer significó la pérdida de su carnet de conducir y la independencia que iba con él. Había estado deprimido desde entonces, su memoria empeorando dramáticamente.

La diminuta consulta apenas contenía a los tres. Desde el diagnóstico, el doctor había insistido en que un miembro de la familia le acompañara. Esa era Kat, dado el ataque al corazón de la tía Elsie y su repentina muerte hacía un año.

–¿En qué ciudad estamos, Harry?– El doctor McAdam rodó hacia atrás sobre su taburete mientras esperaba una respuesta.

–Vancouver–. Su tío sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la frente. Una fina película de sudor cubría su frente.

–Bien. ¿Cuál es la dirección de tu casa?

–Fácil... 418 Maple–. Harry estaba radiante.

–Muy bien. ¿Qué año es?

–1989.

–Hmm. ¿Qué mes?

–Junio.

–¿Qué día de la semana?

–Sábado.

Cinco de diciembre, 2012, miércoles. El canal del tiempo finalmente acertó hoy. Aguanieve, con posibilidad de lluvia congelada esta noche.

Kat comprobó su reloj. La mayor parte de la tarde perdida con todo un día de trabajo esperándola en la oficina. Como la mayoría de los días últimamente: planes arruinados, días y semanas completas evaporadas en un instante. Mantener a Harry a salvo, alimentado, y calmado era prácticamente un trabajo a tiempo completo.

–Más vale que se compre un calendario, doctor. ¿Ahora me ayudará a recuperar mi carnet de conducir?

–Tratemos esto primero, Harry–. El doctor McAdam señaló un dibujo. –¿Qué ves en este dibujo?

Harry lanzó una mirada furtiva hacia Kat. –Un reloj.

–¿Y esto? –el doctor McAdam le sonrió.

–Un bolígrafo. ¿Ve? Chupado.

–Ahora algo de aritmética. Empezando desde cien, cuenta hacia atrás restando siete cada vez.

Harry se retorció las manos. –¿Cómo va a hacer esto que recupere mi carnet?

–Simplemente ten paciencia conmigo, Harry–. El doctor McAdam pasó la mirada hacia Kat.

–Tío Harry, relájate. Tómate tu tiempo–. La madre de Kat había fallado un examen similar hacía veinte años, cuando le diagnosticaron Alzheimer por primera vez. Los cambios de humor y la pérdida de memoria eran inconfundibles, incluso para una niña de catorce años.

El padre de Kat había acompañado a su madre a la cita. Poco después las abandonó a las dos para siempre. Fue entonces cuando ella se mudó con los Denton. El Alzheimer era una cruel sentencia de muerte.

Al menos Harry consiguió veinte años más de cordura que su hermana. Alzheimer temprano como el de su madre corría supuestamente en la familia. ¿Había heredado ella el gen? Prefería no saberlo.

–Cien.

Silencio.

–Noventa y tres –Harry arrugó el ceño.

Kat se apretó los dedos cuando su estómago rugió. Los planes para almorzar de Kat habían sido destruidos por un retraso de dos horas para convencer a Harry de que saliera de la casa. Harry ahora tomaba todas sus comidas con Kat y Jace, en parte porque siempre se olvidaba de comer.

–Veintitrés.

Ella liberó una de sus manos y miró de reojo a Harry. No tenía tanta hambre después de todo. De hecho, sentía un poco de náuseas. Harry también se había quejado de calambres en el estómago los últimos días. Debía de ser la gripe que andaba por ahí.

Harry contó hacia atrás hasta tres y se giró para mirar la puerta. Murmuró por lo bajo.

–¿Harry?

–¿Doctor? ¿Hemos terminado ya?

–Todavía no–. El doctor McAdam suspiró y le tendió un lápiz con un portapapeles. –Quiero que dibujes la esfera de un reloj. Luego dibuja las manecillas del reloj marcando las dos menos diez.

Suficientemente fácil. Harry ya no leía ni hacía su crucigrama matinal, pero aún sabía qué hora era. Siempre le reñía a Kat por llegar tarde.

Harry dio golpecitos contra el labio con el lápiz y miró fijamente la página blanca sobre el portapapeles. Despacio, bajó el brazo y empezó a dibujar.

Un tembloroso círculo alargado, pero era un círculo.

Kat exhaló.

Harry dejó caer el lápiz sobre el portapapeles y se llevó la mano a la cara. Pasó su dedo índice adelante y atrás contra su labio. Finalmente volvió a coger el lápiz y presionó la punta contra el papel. Una línea. Luego una segunda.

Al revés, marcando las 6:35.

–¿Puedo ahora recuperar mi carnet?

–Harry... ¿te acuerdas de tu accidente de coche? –el doctor McAdam sacó un bolígrafo de su bolsillo. –No puedes recuperar tu permiso de conducir a menos que vuelvas a hacer y apruebes el examen de la autoescuela.

Harry había estrellado su preciado Lincoln de los años 70 contra el escaparate de Carlucci’s Pasta House, después de confundir el pedal del acelerador por el del freno. Por suerte el accidente sucedió justo después de que el gentío de la hora del almuerzo se hubiera dispersado. Nadie resultó herido, pero el daño estaba hecho.

Su vida había caído en picado desde entonces. Se había perdido numerosas citas médicas, había acusado a su vecino de robarle, y más recientemente había incendiado su cocina después de que se le olvidara apagar el fogón. Por suerte, Kat había llegado a tiempo de sofocarlo, limitando el daño a una pared ennegrecida. Ella se estremeció al pensar en lo que podría haber pasado.

Harry devolvió el portapapeles a las manos del médico. –¡Un accidente en casi sesenta años! ¿Me retiran el carnet por eso? No es justo. Tengo los reflejos de un treintañero–. Harry hizo un movimiento hacia Kat. –Díselo, Kat.

Kat fingió buscar su móvil en el bolso.

–¿Kat?

–Menos de lo que preocuparse, tío Harry. Yo puedo llevarte a tus citas.

–No quiero que me lleves a los sitios. Soy perfectamente capaz de conducir yo mismo.

–No, no lo eres. Te pierdes y...– Las palabras se derramaron de su boca antes de que pudiera detenerlas. –Solo creo que sería más fácil para ti, eso es todo.

–¿Entonces vosotros dos estáis juntos en esto? Puede que esté jubilado, pero no estoy muerto. Ni soy estúpido–. Se puso rojo y se giró hacia el doctor McAdam. –Dejadme que haga de nuevo el examen práctico.

El doctor McAdam frunció los labios. –No estoy seguro de que sea una buena idea.

–No estás seguro ahí fuera, tío Harry. ¿Y si vuelve a pasar?

–No pasará. Si no me vas a ayudar, bien. Hillary lo hará.

Kat abrió la boca, luego se recompuso antes de responder.

El doctor McAdam frunció el ceño. –¿Hillary?

–La hija de Harry–. Ella se estremeció al pensar en Hillary. Su prima se había desvanecido hacía diez años, poco después de incumplir un préstamo de seis cifras de Harry y Elsie. Ellos se habían negado a adelantarle más dinero. No es que hubieran podido hacerlo, ya que les había limpiado todos los ahorros y les había llevado años recuperarse. Harry claro que hablaba mucho de ella últimamente. El Alzheimer le había desprovisto de los recuerdos recientes y regeneraba los antiguos, como cantos de río erosionados bajo el agua.

El doctor McAdam se puso de pie y pasó las palmas de sus manos sobre su blanca bata de laboratorio. –Tus problemas son mucho mayores que conducir, Harry. Te sugiero que dejes tus asuntos en orden, y pronto. El Alzheimer puede progresar muy rápido.

–¿Alzheimer? Eso es ridículo. Yo no tengo Alzheimer–. Harry saltó de su silla y pasó junto al doctor McAdam. Se giró en la puerta. –Idos al diablo. ¡Los dos!

Abrió la puerta y cerró de un portazo tras él.

El Harry que ella conocía nunca habría hecho eso. Kat contuvo las lágrimas mientras se levantaba. Se sujetó al respaldo de la silla, dominada por el mareo cuando puntos negros oscurecieron su visión.

El doctor McAdam levantó la mano, ignorante de su condición. –Espera... se calmará en la sala de espera. De todos modos deberíamos hablar. ¿Qué más has notado?

La visión de Kat se aclaró y se le pasó el temblor. –Tiene delirios. Habla sobre la tía Elsie como si aún estuviera viva. Cree que unos ocupas se han instalado en su casa y están intentando matarle.

–Típico–. El doctor McAdam escribió algo en su libreta de recetas y se la tendió a Kat. –Haz que se tome estas. Podrían ayudar con las alucinaciones y podrían retrasar el progreso de la enfermedad. También necesitas empezar a explorar ahora opciones para cuidarle, porque la enfermedad requiere gran cantidad de atención y cuidados expertos. Los mejores lugares tienen lista de espera, en las cuales necesitarás apuntarte. Llama a mi consulta mañana y lo arreglaremos para que Harry vea a otro médico.

–¿Un especialista?

Se quedó en la puerta y se miró los zapatos. –No podré continuar viendo a Harry. Con su Alzheimer y todo eso...

–¿Le abandonas como paciente? ¿Justo cuando te necesita más? –Kat tragó el duro nudo en su garganta.

–Es complicado. De todos modos estará mejor con un geriatra.

–Pero ha sido tu paciente durante casi cuarenta años. ¿Cómo va a ser mejor para él ver a un médico al que no conoce?

–No va a importar mucho. Pero recomendaré a alguien... simplemente llámame mañana–. Comprobó su reloj. –Voy un poco retrasado ahora mismo, así que, si me perdonas...

–Pero...

–Buena suerte–. El doctor McAdam cerró la puerta tras él.

Después de cuarenta años, no era el mejor adiós.

Capítulo 3

La húmeda nieve de la tarde se había convertido en lluvia helada con la caída de la noche. Pinchaba el expuesto rostro y las manos de Kat, y la empapaba a través de sus suelas de cuero. Marcó el número del móvil de Jace, pero le saltó el buzón de voz por enésima vez. ¿Dónde estaba?

Colgó sin dejar otro mensaje. Había sido imprecisa a propósito en su mensaje original, pidiéndole solo que se reuniera con ella delante del edificio médico.

Harry había estado solo en la sala de espera menos de cinco minutos. Ahora estaba desaparecido, y era completamente culpa de ella.

–Kat.

Ella se sobresaltó al oír la voz, apenas audible por encima de la lluvia torrencial.

Jace la saludó con la mano desde media manzana de distancia mientras corría hacia ella. Incluso con su abultada chaqueta de esquí se veía alto y atlético. –Lo siento... estaba fuera atendiendo un aviso. He venido aquí tan pronto como he podido.

La abrazó y la besó. –Esquiador en zona prohibida. Pierna rota. Tiene suerte de que le encontráramos antes de que empezara la tormenta de nieve. No hubiera sobrevivido nunca a la noche–. Como socorrista voluntario en las montañas North Shore, Jace a menudo recibía avisos para buscar a esquiadores y senderistas perdidos.

Ese mismo sistema climático en la ciudad significaba interminable lluvia torrencial. La lluvia en Vancouver te asfixiaba con sigilo, con una llave que duraba semanas y meses. Lento pero implacable, el clima de la costa oeste te golpea hasta someterte antes de que te des cuenta. Por esa razón había más suicidios aquí.

La lluvia se agitaba diagonalmente como una sábana, mientras el viento se colaba por el túnel creado por las grandes alturas del centro. Kat no podía acordarse... ¿llevaba puesto su tío Harry su gabardina o su chaqueta ligera que no protegía del agua?

Él se echó hacia atrás para mirarla. –¿Qué pasa? ¿Dónde está Harry?

Ella evitó su mirada. –Ido.

–¿Ido? ¿Qué quieres decir con ido?

Ella se soltó de su abrazo y señaló al rascacielos de cemento detrás de ella, el cual albergaba la consulta médica. –Estábamos en su médico. Desapareció de la sala de espera.

Jace no sabía nada del diagnóstico de Alzheimer de Harry hacía seis meses. Acababan de reavivar su romance solo unos meses antes de eso, y ella estaba esperando el momento oportuno para contárselo. Solo que nunca había parecido ser el momento oportuno, y había sido demasiado fácil ocultar la profundidad del problema de Harry: simplemente se espera que los ancianos se vuelvan confusos.

–¿Sigue enfermo? La gripe ya debería habérsele pasado...

Ella cambió de tema. –Lleva desaparecido cuatro horas. No sé me ocurre donde podría estar–. Kat explicó cómo había peinado repetidamente el edificio y las calles circundantes. Había buscado por todas partes. Pero Harry no estaba.

Cuatro horas más tarde no tenía nada que mostrar de su exhaustiva búsqueda por cuadrículas. Estaba completamente empapada, exhausta, y perdida en cuanto a qué hacer a continuación.

Se puso tensa cuando sintió un retortijón en el estómago. Debía haber pillado la gripe de Harry.

–¿Por qué no mencionaste a Harry en tu mensaje? Podría haber llegado aquí antes. Cuatro horas es mucho tiempo. Podría estar en cualquier parte ahora.

Kat le alejó de un empujón. –¿Crees que tú lo puedes hacer mejor?

Los labios de Jace se fruncieron. –No... solo digo que dos cabezas son mejor que una. Solo implícame antes de que las cosas estén fuera de control.

Ella dio un paso atrás y cruzó los brazos. –Las cosas no están fuera de control. Puedo manejarlo–. Cuanto más tiempo mantuviera a Jace fuera de ello, mejor. Los hombres se marchaban cuando las cosas se volvían incómodas. Como hizo su padre después del diagnóstico de Alzheimer de su madre.

–No, no lo estás manejando en absoluto. Estás hecha un desastre –la tocó en la mejilla. –¿Por qué no me dejas que te ayude?

Jace ya hacía las reparaciones en la casa de Harry, y hacía la compra, y mucho más. ¿Sobreviviría su relación, o la carga de su cuidado la arruinaría hasta no poder repararla?

Se encogió de hombros, no sabiendo qué decir. Jace tenía razón. Simplemente ella nunca había esperado que Harry estuviera fuera de su vista. Especialmente puesto que la cita con el médico había sido la única razón para el viaje. Ahora estaba desaparecido, un error que no podía deshacer.

Él suavizó su voz. –¿Le contaste al médico lo de que está olvidando cosas?

Kat asintió. Jace simplemente pensaba que Harry era olvidadizo.

El interminable manejo de las crisis de los últimos meses la habían agotado, y estaba exhausta por la falta de sueño. Cuidar de Harry y dirigir a tiempo completo su despacho de investigación de fraudes era imposible. Le preocupaba cometer graves errores en su trabajo. No podía permitirse perder clientes, ni su reputación. Lo que era más importante, no podía perder a Harry.

Kat se metió un mechón de pelo detrás de su oreja mientras se esforzaba por oír a Jace por encima del viento. Silbaba entre las torres rascacielos, las ráfagas aumentando con cada hora que pasaba. Se preocupó cada vez más por Harry. ¿Estaría a salvo?

Kat estudió a Jace. Su calma interna la acogió y la abrazó como un aura. Su firme mirada descansaba en ella como si nadie más existiera. Era lo que más amaba de él. Solo que ahora su rostro estaba teñido de preocupación, a pesar de sus esfuerzos por no demostrarlo.

El doctor McAdam quería que Harry entrara en una residencia de ancianos. Kat se puso furiosa ante la idea. Harry había cuidado de ella; ahora ella necesitaba hacer lo mismo por él. Ella quería aferrarse a él tanto como pudiera. Kat bajó la mirada de los claros ojos azules de Jace y siguió los riachuelos de agua viajando por la parte delantera de su chaqueta impermeable.

–No quise molestarte. Además, estabas trabajando en el plazo de tu historia–. Ella tuvo que elevar la voz para ser oída por encima del viento.

–¿Molestarme? ¿No soy lo suficientemente importante en tu vida como para ser incluido?

–No lo he dicho con ese sentido, Jace. Es solo que yo... yo no sabía qué hacer.

–Aún así deberías haberme llamado–. Jace la abrazó más fuerte. Incluso a través de su chaqueta, sintió la fuerza de su abrazo. La punta de sus dedos recorrieron la curva de su bíceps mientras sus fuertes brazos la rodeaban.

Una cosa más y ella se derrumbaría y se rompería en pequeños trozos. Pedazos demasiado pequeños como para ser recompuestos de nuevo. Rompió el abrazo de Jace. –Lo haré. Pero no podemos desperdiciar más tiempo.

¿A dónde iría ella si la demencia nublara su mente? A casa. Pero el tío Harry no recordaría el camino, y estaba demasiado lejos como para ir andando desde el centro de Vancouver. No es que eso fuera a detenerle. Él no era muy lógico.

–No te enfades conmigo–. Jace dio un paso atrás y se giró. –Solo estoy intentando ayudar.

Ahora ella se sentía incluso peor.

Las farolas arrojaban una fría luz amarilla sobre Jace cuando la miró con los brazos cruzados.

Gore-tex y Timberlands, preparado para cualquier cosa, siempre bajo control. Ella sintió una punzada de resentimiento, aunque estaba agradecida. Nadie más lo dejaba todo cuando ella necesitaba ayuda.

–Lo siento –dijo ella. –Estoy agotada. Mañana es la vista Barron y no estoy preparada–. El futuro patrimonio neto de Zachary Barron recaía enteramente sobre ella.

Los contables forenses como Kat se especializaban en detección de fraudes y en descubrir bienes ocultos. O, en casos de divorcio de alto patrimonio neto como el suyo, en proporcionar evaluaciones y testimonio experto. Una desagradable batalla por el divorcio, un magnate de fondos de cobertura con la mecha corta, imposibles expectativas, y millones en juego no dejaban lugar para errores.

–Estarás bien.

–No lo sé... aún me quedan horas de trabajo que hacer–. Si las cosas iban mal, Zachary Barron podía arruinar su reputación con una llamada telefónica. Si, por otro lado, ganase... la publicidad no tendría precio.

–Saldrá bien.

Siempre era así para Jace. Su mente se deslizó de vuelta a la consulta del médico. ¿Y si Harry estaba herido en alguna parte? ¿O peor? Ella le contaría a Jace lo del Alzheimer... una vez que Harry estuviera sano y salvo. Ella hizo una mueca cuando otro retortijón se apoderó de su estómago.

–¿Kat?

–¿Ajá?

–He dicho que sí... vamos a la casa. Pero deberíamos llamar a la policía primero. Ellos serán mucho más efectivos que nosotros dos a pie. Sé que no quieres...

Harry había estado llamando a la policía al menos dos veces a la semana últimamente por imaginarios ladrones y allanamientos de morada. No todos los policías eran compasivos cuando llamaba por lo que inevitablemente resultaba ser las ilusiones de un anciano, una falsa alarma. Harry quería seguir viviendo en su casa, y siempre y cuando Kat le echara un ojo, se imaginó que estaría a salvo. Hasta ahora. Las cosas estaban resultando mucho peor, más rápido de lo que se imaginó nunca.

–No... está bien. Llámales.

Jace marcó los números en su teléfono móvil mientras andábamos a zancadas hacia el garaje subterráneo.

Kat volvió a comprobar su reloj mientras bajaban la rampa. La vista era en menos de once horas.

Cuando giraron la esquina hacia el primer nivel del aparcamiento, el fulgor de las brillantes luces fluorescentes proyectaron sombras sobre las paredes de cemento gris.

Luego le vio. En la esquina más alejada, una figura acurrucada en posición fetal. Les miró, su espalda acunada contra la esquina donde dos paredes se encontraban. Su torso estaba parcialmente cubierto por un trozo de cartón. No podía estar segura, pero parecía que llevaba puesta una chaqueta gris.

–¿Tío Harry?– Ella echó a correr.

El hombre se incorporó y retiró el cartón. Él sonrió.

Era Harry.

Kat alargó la mano hacia él y le ayudó a levantarse.

–¿Podemos irnos a casa ahora? –dijo Harry sin perder un minuto.

Capítulo 4

El juez bostezó mientras Kat terminaba su testimonio. Mala señal. El análisis financiero era a menudo la diferencia entre dinero caído del cielo y la completa ruina financiera en divorcios notorios. Como contable forense, ella sabía que siempre era un juego de números. Altos riesgos se decidían con el rasgar del bolígrafo de un juez. En este caso, un juez aburrido.

No importaba lo a menudo que Kat proporcionara testimonio experto, ella siempre se ponía nerviosa. Y se sentía personalmente responsable si las cosas se torcían para sus clientes. El caso de Zachary Barron no era diferente. Ella se maldijo por su falta de preparación. Ella no estaba en forma. Si perdiera un caso tan importante, ella arruinaría su reputación y quizás incluso su negocio. Era lo último que podía permitirse. Ella necesitaba dinero más que nunca para el cuidado de Harry, y ella no podía estropearlo por falta de sueño.

Los ojos de Zachary Barron se clavaron en los de ella. ¿Por qué la estaba mirando su cliente así? ¿Se había perdido algo? ¿Había dicho algo mal? No. Tenía que dejar de dudar de si misma.

Finalmente Zachary desvió la mirada.

Ella exhaló. Relájate.

En el juzgado solo diez minutos y las cosas ya estaban fuera de control.

–Parece que se ha olvidado varios ceros en su calculadora, señorita Carter.

Kat casi esperaba que Connor Whitehall le guiñara el ojo como si ella acabara de realizar un truco barato; un abogado canoso castigando a una testigo experto mucho más joven. Su aspecto de envejecido presentador de noticias, trajes caros, y los más de treinta años que le llevaba a ella creaban una impresión poderosa. Una impresión que él usaba para desacreditarla.

–No se me ha olvidado nada–. Kat intentó no sonar a la defensiva. Juntó sus manos mientras estaba allí sentada en el estrado. La sala del juzgado estaba vacía, salvo por los contendientes esposos Barron y sus abogados. Victoria y Zachary Barron se sentaban en lados opuestos del juzgado, estudiosamente evitando el contacto ocular.

Whitehall sacudió la cabeza. Mudó su mirada hacia el juez y se dirigió hacia él. La cabeza del juez se levantó con una sacudida de lo que fuera que estuviera leyendo cuando el sonido de las pisadas de Whitehall llenaron el silencioso juzgado.

Kat pensaba que les había visto intercambiar una mirada. El juez probablemente también pensaba que ella era estúpida. Quizás era por eso por lo que no estaba escuchando.

¿Y si ella había cometido ese error? Con menos de tres horas de sueño y sin tiempo para un ensayo esta mañana, ella apenas estaba en plena forma. Había vuelto a llevarse a tío Harry con ella al juzgado, habiéndose quedado sin opciones. Dejarse solo en casa era demasiado arriesgado. Estaba convencido de que unos ocupas en su casa estaban intentando matarle. Esta vez ella le había aparcado en la cafetería del vestíbulo y sobornó a la camarera para que le vigilara. Se sentía culpable por ello, pero ella había agotado todas las demás alternativas.

Ella no había olvidado nada, se aseguró. Whitehall simplemente estaba usando trucos de abogado viejo para hacer que se derrumbara. Ella era la única contable forense en el tribunal, y la única experta en fraudes cualificada. Aún así, rastrear los bienes de un magnate nunca estaba claro.

–¡Se le han olvidado cientos de millones de dólares!– Whitehall se giró en redondo mientras las comisuras de su boca se elevaban para formar una sonrisa burlona. –¿Y usted se llama contable forense?

Whitehall hizo una pausa antes de volver hacia donde Kat estaba sentada en el estrado. Se inclinó hacia delante, exhalando aliento a café en su espacio personal. Kat contuvo el aliento. ¿Por qué se sentía como si fuera a quien estaban juzgando?

–¡Protesto!– El abogado de Zachary Barron saltó a la acción. Por fin. Kat se sentía como si la hubieran abandonado ante los lobos, o peor, ante un abogado depredador.

–Se acepta–. La voz del juez estaba desprovista de emoción mientras comprobaba su reloj. Contando los minutos hasta la hora del almuerzo.

Los divorcios sacaban lo peor de la gente, más que el fraude criminal, los delitos de guante blanco, o cualquier otra cosa. Pero estas pequeñas guerras eran el sustento de su consulta de contabilidad forense, proporcionando un constante flujo de dinero.

Por una vez estaba del lado del cliente con dinero. Él pagaría su factura a tiempo y por completo. En sus semanas de trabajo de campo, ella había identificado todos los bienes, verificado las tasaciones, las valoraciones, y los títulos legales, e incluso había desvelado varias sorpresas. Simplemente tenía que seguir y todo habría terminado en veinte minutos.

Kat echó un vistazo a su cliente. Zachary Barron estaba sentado con la cabeza baja mientras escribía con el pulgar un mensaje en su teléfono. Estaba en la treintena, como ella, pero con más dinero del que ella vería en toda una vida. Potencialmente podía perder la mayor parte de su dinero en los próximos diez minutos si Whitehall se salía con la suya. Había mucho en juego, y aún así trataba la vista como una distracción. Ella, por otro lado, estaba empezando a sudar, y ni siquiera era su dinero.

–¿Señorita Carter? –preguntó Whitehall.

–¿Me está haciendo una pregunta?

–Sí, le estoy haciendo una pregunta. Estoy disputando la tasación que usted ha asignado a los bienes matrimoniales.

–Eso no suena a pregunta– Kat le devolvió la mirada a Whitehall con su mejor expresión de asombro y consternación. Descarada, quizás, pero dos pueden jugar al mismo juego.

–¡Señorita Carter! Esto no es un juego. Ha valorado los bienes matrimoniales en treinta millones. ¿Por qué ha excluido el negocio familiar?– Golpeó su bolígrafo contra su prueba, un poco más fuerte de lo necesario para marcar sus palabras.

Bien. Finalmente había conseguido enfurecer a Whitehall.

Incluso Zachary levantó la mirada del informe que estaba leyendo y sonrió. De una cosa estaba segura: si ella tuviera millones en juego, estaba totalmente segura de que no estaría poniéndose al día con papeleos de oficina.

Victoria Barron, la ex mujer de Zachary, ex directora financiera a tiempo parcial, y anuncio viviente de cirugía plástica, estaba sentada en la mesa opuesta, cruzando y descruzando las piernas. Su expresión permanecía impasible, excepto por una ligera sonrisa siempre presente. Kat concluyó que era una consecuencia de demasiada cirugía plástica.

–¿Puedo? –preguntó Kat.

Se levantó de su asiento y caminó hacia el caballete que sostenía su prueba de los bienes de Barron. Kat enfocó su puntero láser sobre el lado de Zachary de la gráfica de organización financiera.

Sobre Inversiones Edgewater.

Era complicado. Compañías operadora, holdings empresariales, y cuentas en paraísos fiscales. Zachary había tenido cuidado de mantener muy pocas cosas a su nombre. Ella se pasó los siguientes diez minutos explicando la compleja red de acuerdos y relaciones entre las entidades.

Whitehall elevó las cejas, luego se alejó y se dejó caer en la silla junto a Victoria Barron. Él se cruzó de brazos y le dedicó a Kat una mirada de desdén.

Ella le devolvió la sonrisa. –¿Puedo continuar?

Él la miró con rabia.

Victoria Barron, la casi ex mujer florero de Zachary, estaba apuntando, no solo a la mitad de los bienes matrimoniales, sino también a la mitad del negocio de Zachary. Cien millones cabalgaban sobre la interpretación de Kat de lo que estaba o no estaba incluido en bienes matrimoniales. Pero Zachary tenía un acuerdo pre-matrimonial.

–Inversiones Edgewater es el negocio del señor Barron. Ciertamente no es una propiedad comunitaria, así que lo he excluido de los bienes matrimoniales a repartir–. Ella recorrió con el puntero por encima del recuadro de Edgewater, hasta otros dos recuadros, ambos conteniendo compañías. Una era propiedad de Zachary Barron, la otra pertenecía a su padre, Nathan Barron.

–No es cierto. Mi cliente tiene derecho a la mitad de eso.

–Si ese fuera el caso, deberíamos aplicarle la misma lógica al negocio de la señora Barron.

–Eso es hipotético –dijo burlón. –Ella no tiene un negocio.

En realidad, ella se dedicaba al negocio de casarse. Y el matrimonio número tres estaba a punto de acabar. –¿Está seguro de eso? –preguntó Kat.

–¡Por supuesto que estoy seguro!– Whitehall se levantó de un salto de su asiento y marchó hacia ella. –Y soy yo quien hace las preguntas, no usted.

–En realidad debería hablar con su cliente. Según mis registros, ella tiene considerables inversiones, así como unos saludables ingresos. ¿No le ha contado nada de ello?

Whitehall retrocedió, obviamente sorprendido. Le lanzó una mirada furiosa a Victoria Barron. Sus ojos se abrieron mucho y su boca se abrió formando una perfectamente redonda O de Botox.

Kat pasó a un segundo gráfico y explicó los detalles del ganador vino de Victoria Barron y sus inversiones inmobiliarias, tratos de promociones del reality show de cirugía plástica, y un reciente trato para una fragancia con una compañía cosmética. Ella lo había escondido bien, con los beneficios canalizados hacia compañías en un paraíso fiscal de las islas Caimán. Pero una hoja de cálculo era un arma mortal en manos de una buena contable forense.

–Eso no son inversiones –se burló Whitehall. –Son propiedades personales.

Kat miró a Victoria. Sus hombros perfectamente esculpidos caídos y sus ojos cerrados momentáneamente. –Unas cuantas botellas de vino, quizás. Pero ella consiguió unos beneficios de doscientos mil dólares el año pasado, solo con sus inversiones vinícolas. Y su cartera de valores inmobiliarios tiene ocho cifras. Pues vaya afición–. Su análisis había disipado el mito de la esposa dependiente; ahora dependía de la decisión del juez.

–Apenas puede compararse a cien millones–. El tono de Whitehall era plano y derrotado.

–¿Qué más no nos está contando ella?– Kat se giró para sonreírle al juez, pero su cabeza estaba gacha, leyendo el periódico que Kat había visto antes. Él lo había escondido debajo de un fichero a un lado de su escritorio.

Whitehall se ruborizó mientras volvía a su asiento sin decir nada. Improvisando, probablemente suponiendo que nunca sería cuestionado. Desprevenido. Ella le tenía y él lo sabía.

–Eso es solo una de las docenas de ventas que ha tenido durante el último año. ¿O no se lo contó?

Su cara enrojeció hasta adquirir un profundo tono escarlata. Incluso a diez metros de distancia, Kat vio sus nudillos ponerse blancos mientras los clavaba en la desgastada mesa de roble.

Silencio.

–¿Por qué no se lo pregunta a ella usted mismo? –Kat señaló con su bolígrafo. –Como puede ver aquí, en realidad ella le debe dinero al señor Barron, en vez de al revés.

No hubo respuesta.

Zachary se removió.

Kat sintió su rostro ruborizarse. ¿Había llevado las cosas demasiado lejos?

–De ninguna manera, señorita Carter. Sus números son falsos.

Kat respiró hondo y pasó a su gráfico final. Estaba a punto de explicar por qué Whitehall se equivocaba cuando las puertas de la sala del tribunal se abrieron de par en par con un portazo. Ella levantó la mirada, asombrada.

–¡Kat!

Tío Harry estaba en la puerta y sacudía sus llaves.

–¡Tienes que ayudarme! He perdido el Lincoln.

Tío Harry... de nuevo olvidando el accidente.

Kat hizo gestos para que Harry se sentara. Los jueces eran impredecibles. Esto era exactamente el tipo de cosa que podría voltear las cartas contra su cliente.

Tío Harry lanzó sus manos al aire con un ademán exagerado, pero luego se derrumbó en un asiento de la segunda fila. Ella esperaba que pudiera permanecer en silencio durante los siguientes minutos.

–¿Un amigo suyo? –Whitehall levantó las cejas.

Kat le ignoró.

La voz de Harry volvió a elevarse, un resultado desafortunado de la acústica de la sala.

–¡Malditas grúas! ¿Por qué no pueden dejar una nota o un número de teléfono o algo?

El juez hizo un gesto al alguacil de pie en el fondo de la sala.

–Señoría, lo siento. Deme un minuto, por favor–. Si ella no lo había jorobado ya, seguramente lo había hecho ahora. Fue a zancadas hacia Harry lo más rápido posible sin echar a correr.

–¿Dónde, tío Harry? ¿En la acera? –susurró Kat mientras le daba palmaditas en el brazo. –Diez minutos más. Entonces buscaremos tu coche–. El Lincoln estaba aparcado a salvo en el garaje de Harry. Ella había desconectado el pulsador de la puerta del garaje como precaución añadida, ya que él se negaba a apartarse de sus llaves del coche.

–Al menos podrían llamarme–. Hizo un puchero y se cruzó de brazos.

Whitehall se giró para encarar al juez. –Señoría, ¿de verdad necesitamos oír más?

–No, consejero, no creo que haga falta.

Whitehall se regodeó.

Kat regresó al estrado. Le echó un vistazo a Victoria Barron, quien estaba sonriéndole a un espejo de mano, comprobando su maquillaje.

La sonrisa de Victoria se desvaneció cuando el juez habló.

–Juzgamos que los tres millones en bienes matrimoniales sean divididos en partes iguales. Caso cerrado.

Zachary Barron cerró su archivo de un golpe y se enderezó, de repente prestando toda su atención. Como si alguien hubiera encendido un interruptor.

Kat debería haberse sentido bien, pero los casos de divorcio siempre la desanimaban. ¿Cómo podían enamorarse dos personas, y luego odiarse al cabo de tres años? El dinero sacaba lo peor de las personas. Morirían por él, mentirían por él, e incluso matarían por él. Ella lo había visto innumerables veces en su línea de trabajo.

Era por eso por lo que nunca se casaría. Ni siquiera con Jace, a pesar de su proposición. Ellos habían discutido acaloradamente sobre ello, e incluso rompieron por ello hacía dos años. Habían estado tanteando el terreno como pareja de nuevo durante el último año, y ella no iba a estropearlo casándose.

Metió sus papeles en su maletín y se dirigió directamente hacia Harry.

–Vamos fuera–. Enlazó su brazo con el de su tío y le dirigió hacia el vestíbulo. Era la segunda vez hoy que Harry pensaba que había perdido su Lincoln. –Tío Harry... quizás es hora de que tú...

Harry levantó el brazo en protesta.

–¿Quieres parar, Kat? Conducir es mi derecho divino. Conduzco mejor que todos esos otros paletos en la carretera. Ellos son los que crean problemas.

–Conducir es un privilegio y una comodidad. Pero cuando nos hacemos mayores, a veces es mejor ser...

–¡No uses ese tono de “nosotros” conmigo, jovencita! ¡Puede que sea viejo, pero no seré tratado con condescendencia!

El tono elevado de Harry resonó en el cavernoso vestíbulo de mármol. Grupos de abogados, alguaciles, y otros se giraron y miraron fijamente, la mayoría dedicándoles miradas sospechosas.

–No te enfades, tío Harry. Solo estoy preocupada por ti.

–Lo sé –su voz se rompió. –Pero es frustrante. ¿Qué me está pasando, Kat?

Harry se pasó una mano por su calva cabeza.

–Está bien, tío Harry–. Kat le tocó el brazo. –Solo has estado ocupado. Todos nos olvidamos algunas veces.

El inesperado ataque al corazón de la tía Elsie justo después del caso de las minas de diamantes Liberty había golpeado a Harry con dureza. El doctor McAdam se imaginaba que el estrés aceleró el declive de su salud mental. Ahora Kat era su única familia. Lo que pudiera venir a continuación en el viaje de la demencia también la asustaba.

–Es más fácil coger el autobús. Así no hay que preocuparse del coche o las multas de aparcamiento–. Kat le apretó la mano. –Yo puedo llevarte a donde quiera que necesites ir.

–¿Después de que lanzaras tu coche al río Fraser el año pasado? –Harry retiró su mano. –No, gracias.

Su memoria a largo plazo aún seguía estando notablemente intacta.

–Kat... espera.

Kat se giró en redondo. Zachary Barron emergió de la multitud y marchó hacia ella. La gente se apartaba a cada lado, abriendo un camino para él como si fuera de la realeza. Un hombre pulcro con un traje Ermenegildo Zegna susurraba éxito y poder. El viaje de Kat cogida del brazo de Harry hacía un minuto había sido más una batalla, mientras daba codazos y zigzagueaba entre la multitud.

Era imposible que Zachary estuviera enfadado por el acuerdo. ¿O podía estarlo? Ahórrale a un cliente cien millones y aún encontrarán algo de lo que quejarse. Y él todavía no había visto su factura.

–¿Kat? Necesitamos hablar.

–Claro. ¿Te das cuenta de que has conseguido un muy buen resultado? Es difícil...

–No se trata del divorcio–. Miró alrededor para ver quién podría oírles, luego se inclinó más cerca. –Tú investigas fraudes, ¿verdad?

–Sí, por supuesto–. Fraude corporativo y divorcios eran dos grandes áreas de su consulta de contabilidad forense. Pero Harry estaba agitado; tenía que calmarle y distraerle de su Lincoln.

Harry. Kat se giró en redondo, pero se había desvanecido. La multitud de la hora de comer se había tragado el camino de Harry. Sus ojos buscaron entre la muchedumbre, un puzle a tamaño real de “¿Dónde está Wally?” Nada. Una oleada de pánico la embargó. ¿Cómo podría encontrar a un octogenario bajito y calvo en el mar de personas?

Le vio por el rabillo del ojo. Un destello de pelo gris, una gabardina beige. Harry –o al menos alguien que se parecía a Harry– desapareció al volver la esquina.

–Zachary... ¿puedo llamarte más tarde esta tarde? Me acaba de surgir algo.

Ella pulsó la llamada rápida de su móvil, intentando llamar al tío Harry y hacerle volver. Aún cuando tuviera su teléfono, probablemente no contestaría, pero merecía la pena intentarlo.

–Es urgente –dijo Zachary. –Iré a tu despacho esta tarde. A las dos en punto.

Era más una orden que una pregunta. Kat levantó la vista de su teléfono móvil para protestar, pero Zachary Barron se había marchado.

Capítulo 5

Kat y Harry picotearon de los restos de la comida china que ella había pedido después de encontrar a Harry en los escalones del juzgado dos horas antes. La comida pareció asentarle el estómago, y sentaba bien estar finalmente de vuelta en Carter & Asociados después del drama en el juzgado esta mañana. Las paredes centenarias de ladrillos de su despacho no soportarían un fuerte terremoto, pero hoy les parecía una fortaleza. El sospechoso vecindario y los muebles rústicos les parecían cómodos, especialmente con su tío finalmente sano y salvo.

–Ella ha vuelto, Kat. Es como si nunca se hubiera ido–. Los ojos de Harry brillaban mientras hablaba.

El regreso de Hillary era uno de los desvaríos de Harry que Kat no podía soportar.

Se estremeció mientras recordaba su primera semana viviendo con los Denton. Ella había llegado a casa desde el colegio para encontrar a Hillary junto a la chimenea, sonriendo. Se quedó delante del rugiente fuego, las fotografías de Kat en una mano mientras animaba a Kat a acercarse con la otra. Luego las dejó caer en las llamas, una a una. Las fotos de su madre desaparecidas para siempre. Todo lo que le quedaban eran recuerdos, y esos se desvanecían más con cada año que pasaba.

–¿De verdad? –le siguió la corriente Kat. A pesar de sus sentimientos, recordarle a Harry que no era cierto solo causaría angustia mental. Nadie quería saber que estaban perdiendo la cabeza.

–Sí. Genial, ¿verdad?

Kat alargó la mano para coger un segundo rollito de primavera. –¿Cuándo volvió?

–Hace un rato. Se está mudando de vuelta a casa. Ojalá Elsie estuviera aquí para verla. Ella estaría muy orgullosa.

Harry se encargaba de la recepción mientras Kat se sentaba con las piernas cruzadas en el sofá, sintiéndose más relajada después de una rápida carrera. Ella había llevado una cinta de correr al despacho vacío para poder seguir encajando algo de ejercicio a su rutina a pesar de tener vigilado a su tío.

–¿Orgullosa?– ¿Orgullosa de que su hija tuviera la caradura de aparecer después de lo que hizo?

–Tiene un nuevo trabajo.

–¿Haciendo qué?– Hillary nunca había trabajado ni un solo día en su vida. A menos que contaras engañar y manipular a la gente para sacarle el dinero como una carrera. Ella había convencido a Harry y a Elsie para que le prestaran todos sus ahorros para la jubilación, prometiendo devolvérselo. Nunca volvieron a saber nada de ella. Algunas cosas era mejor olvidarlas.

–No me acuerdo. Pero es algo realmente importante.

–Estoy segura de que es así –dijo Kat. Si no lo fuera, Hillary se daría prisa en embellecerlo o, más probablemente, en inventarse todo el asunto.

–Y está deseando volver a estar en contacto contigo.

Kat sintió una puñalada de temor. Nada con respecto a Hillary venía sin un precio. Pero eso era una idiotez; Hillary ahora solo existía en la imaginación de Harry.

–¿Almuerzo de trabajo?

Kat se puso alerta ante la voz del hombre. Ella no esperaba a nadie hasta dentro de otra hora.

Zachary Barron estaba en la puerta, mirándola fijamente. Ella se sintió consciente de repente del aspecto que tenía: ralo cabello caoba, sudor seco sobre su rostro por la carrera. Si se acercaba más, él olería su húmeda y apestosa ropa de correr. Masticó un bocado de Chow Mein tan rápido como pudo, y entonces Harry la rescató.

Harry salió de detrás del mostrador de recepción, sorprendentemente rápido para un octogenario.

–Creo que no nos conocemos. Soy Harry Denton, el socio de Kat.

Harry alargó su mano. Zachary se la estrechó y tuvo la gracia de no mencionar su anterior encuentro ese mismo día.

La placa sobre la puerta de la oficina leía Carter & Asociados, pero en realidad Kat había estado sin socios desde que abriera el despacho hacía dos años. De todos modos, tío Harry siempre había buscado excusas para venir, así que Kat lo había hecho oficial.

Al menos su presencia en la oficina le permitía tenerle vigilado, algo que era importante desde que él hubiera perdido el interés por todo y por todos. Sus compañeros en la pista de curling barrían el hielo sin él ahora, y mala hierba era todo lo que crecía en su otrora bien cuidado jardín.

Mientras su tiempo juntos aumentaba, ella se volvió completamente consciente de su decadente estado mental. Sin importar qué, ella disfrutaba teniéndole en la oficina y se imaginó que el contacto con la gente era bueno para él.

–Mmm, lo siento–. Kat tragó un bocado de fideos. Se puso de pie y se limpió las manos en sus pantalones cortos. –Normalmente no...

–No hay necesidad de explicaciones. Esto será rápido.

Riquezas rápidas, matrimonios rápidos, divorcios rápidos. ¿Había algún otro modo con Zachary Barron?

–¿No dijiste a las dos en punto?

–En realidad no acudo a citas. ¿Podemos hablar o no? –preguntó Zachary.

Capítulo 6

Zachary Barron se sentó en el borde del sillón de cuero al otro lado del escritorio de Kat, su traje de diseño y corbata en contraste con la desgastada decoración chic de su despacho. Él pareció ignorante a los muebles y a la vista del millón de dólares del exterior.

Las ventanas del despacho de Kat enmarcaban una vista del puerto de Vancouver, espectacular incluso bajo la lluvia. Los muelles estaban desiertos, sin embargo. Los gigantescos barcos de cruceros que surcaban el Alaska Inside Passage se habían marchado para la temporada. Las únicas actividades marinas hoy eran una docena de gordas gaviotas buscando comida.

Zachary se inclinó hacia delante, sus codos sobre el escritorio de Kat. –Quiero que investigues a mi socio.

–¿Tu socio? Pero, ¿no es tu...?

La boca de Zachary se endureció al fruncirla. –Nathan Barron. Sí, es mi padre. Eso no le convierte en menos capaz de cometer fraude.

–Él fundó Edgewater–. Kat conocía la enredada red de compañías interrelacionadas de padre e hijo por los procedimientos del divorcio de Zachary.

–Hace veinte años. Pero la compañía que empezó no es nada a lo que Edgewater es hoy. Por aquel entonces solo eran pequeñas transacciones, principalmente sobras que sus compañeros de universidad le lanzaron. Y el negocio se estaba secando.

–¿Qué cambió?

–Hace diez años me uní a la compañía. Convertí Edgewater en lo que es hoy.

Modesto no era. –¿Y cómo?

Zachary se reclinó hacia atrás y enderezó su corbata. –Mi patentado modelo de comercio convirtió Edgewater en el segundo mayor fondo de cobertura mundial. Los resultados económicos señalan a nuestro éxito, pero ¿dónde está el dinero? Tuve problemas para cerrar una transacción la semana pasada. El banco dijo que no teníamos suficiente dinero. ¿Cómo puede ser?

–¿Quizás es un tema de tiempo?

–De ninguna manera. Para un fondo de cobertura multibillonario, nuestro negocio es muy sencillo. Compramos y vendemos divisa usando mi modelo patentado. Las transacciones se cierran unos días más tarde, y las tasas de correduría se pagan como parte del trato de comercio. Aparte del alquiler de la oficina, los salarios, y los gastos, no hay nada más en lo que gastar dinero–. Zachary le tendió a Kat el más reciente informe anual de Edgewater.

–Nathan siempre ha manejado la parte administrativa, y yo he hecho las transacciones comerciales. Nunca he prestado atención al lado administrativo hasta la semana pasada, cuando el banco dijo que andábamos cortos de dinero. ¿A dónde está yendo el dinero?

Kat conocía los resultados preliminares de final de año: habían formado parte de los procedimientos del divorcio Barron. Abrió el informe por la página de los ingresos. Se quedó boquiabierta. Ella no había visto los resultados auditados y finales hasta ahora. –¿Edgewater ganó dos billones de dólares después de los impuestos? Es mucho más alto de lo que había pensado.

¿Había retrasado Zachary la divulgación del informe anual para favorecer su procedimiento del divorcio? Tanto si era así como si no, ciertamente había resultado ser así.

–A eso me refiero. ¿A dónde ha ido el dinero? Dos billones en ganancias, y solo unos millones en el banco. Edgewater ha extendido completamente nuestra línea de crédito. ¿Por qué hay tan poco dinero cuando la mayoría de nuestras transacciones comerciales son de cientos de millones de dólares?

–Eso no significa fraude necesariamente, Zachary. Podría ser mala gestión–. Kat se dio cuenta de repente de que tío Harry estaba pululando justo fuera del despacho. Daba vueltas atrás y adelante, su frente arrugada.

–¿Se supone que eso tiene que hacerme sentir mejor?

–No, pero necesitamos considerar todas las posibilidades. En cualquier caso, lo comprobaré. ¿Cuándo lo necesitas?– Kat esperaba estirar la fecha límite. Ella miró al pasillo. Necesitaba una distracción para Harry pronto.

–Ayer. Sin acceso al dinero, Edgewater no puede operar por más que unos días.

–¿Has hablado con Nathan sobre esto?– Kat sabía que las cosas estaban tensas entre padre e hijo por el divorcio de Zachary. Su tasación de Inversiones Edgewater asumía una sociedad igualitaria. Sin embargo, Nathan no estaba de acuerdo y estaba incluso contemplando emprender medidas legales contra su hijo.