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Thomas Mann Cuentos Escogidos E-Book

Thomas Mann

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Beschreibung

Cuentos Escogidos Thomas Mann reúne algunas de las narraciones más representativas de Thomas Mann — Gladius Dei, El pequeño señor Friedeman, TobíasMindernickel,  Luisita y otros cuentos — ofreciendo una excelente introducción a los temas centrales de su obra. Estos relatos exploran el conflicto entre la sensibilidad artística y la vida burguesa, mostrando personajes que se sienten aislados del mundo común debido a su refinamiento espiritual o a sus tensiones interiores. En El pequeño señor Friedemann, Mann presenta la vida solitaria de un hombre físicamente frágil y emocionalmente sensible que intenta protegerse del sufrimiento alejándose de los demás. Su existencia tranquila se ve alterada por una atracción apasionada que revela su profunda vulnerabilidad. El relato constituye un penetrante estudio psicológico sobre el orgullo, la humillación y la soledad. Gladius Dei ofrece un retrato irónico del fanatismo estético en una ciudad moderna. El protagonista, defensor de un ideal rígido de belleza, condena lo que considera la decadencia del arte contemporáneo. A través de esta figura, Mann reflexiona sobre el conflicto entre tradición y modernidad artística. En La sangre de los Walsungos, el autor describe el mundo refinado y decadente de dos hermanos gemelos pertenecientes a una familia aristocrática en decadencia. Su sensibilidad estética y su fascinación por el mito y la música revelan una existencia separada de la realidad cotidiana, mostrando tanto la atracción como el peligro de un exceso de vida artística. La colección culmina con Tonio Kröger, una de las obras más célebres de Mann, que narra el conflicto interior de un escritor dividido entre el mundo ordenado de la burguesía y la inquietud propia del artista. A través de este personaje, Mann expresa la idea de que el artista ama la vida común, pero permanece inevitablemente a cierta distancia de ella. Además de estos relatos principales, el volumen incluirá otros cuentos del autor, ofreciendo al lector una visión más amplia de la riqueza literaria y psicológica de Thomas Mann.

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Seitenzahl: 375

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Thomas Mann

THOMAS MANN CUENTOS ESCOGIDOS

Sumario

PRESENTACIÓN

THOMAS MANN CUENTOS ESCOGIDOS

Tobías Mindernickel

El pequeño señor Friedeman

Sangre de Welsungos

Gladius Dei

El payaso

Luisita

La voluntad de ser feliz

El camino al cementerio

El armario

Horas penosas

Un instante de felicidad

PRESENTACIÓN

Thomas Mann

1875 – 1955

Thomas Mann fue un escritor y ensayista alemán, considerado uno de los mayores autores de la literatura del siglo XX. En 1929 recibió el Premio Nobel de Literatura. Su obra se caracteriza por un profundo análisis psicológico, una fuerte dimensión filosófica y la reflexión sobre los conflictos entre el arte, la sociedad y el individuo.

Infancia y formación

Thomas Mann nació en Lübeck, Alemania, en el seno de una familia burguesa acomodada. Tras la muerte de su padre, se trasladó con su familia a Múnich, donde comenzó a dedicarse a la escritura y al periodismo. Desde joven mostró interés por la literatura, la música y la filosofía, elementos que marcarían toda su producción.

Obra y temas

Entre sus obras más famosas figuran “Los Buddenbrook”, novela que le dio fama internacional, “La montaña mágica”, “Muerte en Venecia” y “Doctor Faustus”. En sus libros Mann explora temas como la decadencia de la burguesía, el conflicto entre el espíritu y la vida práctica, la relación entre el arte y la enfermedad, y la crisis moral del hombre moderno.

Su escritura combina rigor intelectual y profundidad psicológica, con un estilo elegante y a menudo simbólico. Sus personajes están frecuentemente divididos entre disciplina y pasión, racionalidad e impulso creativo.

Influencia y legado

Thomas Mann ejerció una enorme influencia en la literatura europea del siglo XX. Sus obras son estudiadas por su complejidad temática y por su capacidad para representar las tensiones culturales y políticas de su tiempo. Durante el régimen nazi vivió en el exilio y se convirtió en una importante voz contra el totalitarismo.

Thomas Mann murió en Zúrich en 1955.

Su obra sigue siendo un punto de referencia fundamental de la novela moderna y una de las expresiones más altas de la narrativa europea del siglo XX.

Sobre la obra

Cuentos Escogidos Thomas Mann reúne algunas de las narraciones más representativas de Thomas Mann — Gladius Dei, Little Herr Friedemann, The Blood of the Walsungs,  Tonio Kröger y otros cuentos — ofreciendo una excelente introducción a los temas centrales de su obra. Estos relatos exploran el conflicto entre la sensibilidad artística y la vida burguesa, mostrando personajes que se sienten aislados del mundo común debido a su refinamiento espiritual o a sus tensiones interiores.

En El pequeño señor Friedemann, Mann presenta la vida solitaria de un hombre físicamente frágil y emocionalmente sensible que intenta protegerse del sufrimiento alejándose de los demás. Su existencia tranquila se ve alterada por una atracción apasionada que revela su profunda vulnerabilidad. El relato constituye un penetrante estudio psicológico sobre el orgullo, la humillación y la soledad.

Gladius Dei ofrece un retrato irónico del fanatismo estético en una ciudad moderna. El protagonista, defensor de un ideal rígido de belleza, condena lo que considera la decadencia del arte contemporáneo. A través de esta figura, Mann reflexiona sobre el conflicto entre tradición y modernidad artística.

En La sangre de los Walsungos, el autor describe el mundo refinado y decadente de dos hermanos gemelos pertenecientes a una familia aristocrática en decadencia. Su sensibilidad estética y su fascinación por el mito y la música revelan una existencia separada de la realidad cotidiana, mostrando tanto la atracción como el peligro de un exceso de vida artística.

La colección culmina con Tonio Kröger, una de las obras más célebres de Mann, que narra el conflicto interior de un escritor dividido entre el mundo ordenado de la burguesía y la inquietud propia del artista. A través de este personaje, Mann expresa la idea de que el artista ama la vida común, pero permanece inevitablemente a cierta distancia de ella.

Además de estos relatos principales, el volumen incluirá otros cuentos del autor, ofreciendo al lector una visión más amplia de la riqueza literaria y psicológica de Thomas Mann.

THOMAS MANN CUENTOS ESCOGIDOS

Tobías Mindernickel

1

Una de las calles que llevan desde la Quaigasse, con una pendiente bastante empinada, a la parte media de la ciudad, se llama el Camino Gris. Hacia la mitad de esa calle y a mano derecha según se llega del río, está la casa número 47, un edificio estrecho y de color turbio, que no se distingue en nada de sus vecinos. En los bajos hay una mercería, donde puede comprarse lo mismo chanclos de goma que aceite de ricino. Si se entra en el portal, después de ver un patio en el que vagabundean los gatos, se encuentra una escalera de madera estrecha y desgastada (en la que se respira un olor indescriptible a humedad y pobreza) que conduce a los pisos. En el primero a la izquierda vive un carpintero, a la derecha una comadrona. En el segundo a la izquierda vive un zapatero remendón, a la derecha una señora que se pone a cantar en voz alta en cuanto oye pasos en la escalera. En el tercero izquierda el piso está vacío, y a la derecha vive un hombre llamado Mindernickel, cuyo nombre, para colmo, es Tobías. Sobre este hombre hay una historia que debe ser contada, pues es misteriosa y vergonzosa en demasía. El aspecto exterior de Mindernickel es llamativo, extraño y ridículo. Si se le ve, por ejemplo, cuando sale a dar un paseo, subiendo con su delgada figura por la calle, apoyándose en un bastón, nos daremos cuenta de que va vestido de negro de pies a cabeza. Lleva un sombrero de copa pasado de moda, campanudo y afieltrado, un gabán estrecho y rozado por el uso y pantalones igualmente miserables, desflecados por abajo y tan cortos que se ve el forro de goma de los botines. Por lo demás, debe decirse que esta indumentaria está cepillada con el mayor cuidado. Su cuello esquelético parece mucho más largo, por cuanto emerge de un cuello bajo y vuelto de la ropa. El canoso cabello es liso y está peinado sobre las sienes; la ancha ala del sombrero de copa sombrea un rostro afeitado y pálido de mejillas hundidas, ojos irritados que raras veces se alzan del suelo, y dos profundas arrugas que descienden desde la nariz hasta ambas comisuras de la boca, amargamente dirigidas hacia abajo.

Mindernickel sale muy pocas veces de casa, y tiene sus motivos, porque en seguida que aparece en la calle se reúnen muchos niños, lo persiguen durante un buen trecho y ríen, se burlan y cantan: ¡Jo, jo, Tobías!, le tiran del gabán, y la gente sale a la puerta y se divierte. Mas él camina sin defenderse y mirando temerosamente a su alrededor, con los hombros encogidos y la cabeza gacha, como una persona que camina bajo un aguacero sin paraguas; y aunque se le ríen en la cara, de vez en cuando saluda con una humilde cortesía a algunas de las personas que están a la puerta de sus casas. Más tarde, cuando los mitos quedan atrás y nadie más lo conoce, y son pocos los que se vuelven a mirarlo, sigue sin modificar esencialmente su conducta: continúa mirando temerosamente y caminando encogido, como si sintiera sobre sí mil miradas irónicas. Y cuando alza la vista del suelo, vacilante y apocado, puede observarse el hecho extraño de que es incapaz de mirar con fijeza a persona o cosa alguna. Parece, aunque suene raro, que le falte aquella superioridad natural de la contemplación con que todo ser individual mira las cosas del mundo; parece que se siente inferior a todas esas cosas, y sus ojos inestables han de arrastrarse por el suelo frente a cualquier persona o cosa…

¿Qué ocurre con este hombre, que siempre está solo y parece ser desgraciado en un grado extraordinario? Su indumentaria que quiere ser burguesa, así como un cierto movimiento cuidadoso al pasarse la mano por la barbilla, parecen indicar que no pertenece en modo alguno a la clase social en cuyo seno vive. Dios sabe qué habrán hecho con él. Su rostro tiene un aspecto, como si la vida, con una risotada de desprecio, lo hubiera golpeado en él con el puño cerrado… Por otra parte, es muy posible que, sin haber recibido duros golpes del destino, no haya sido capaz de enfrentarse a la existencia; y la enfermiza inferioridad y estupidez de su aspecto produce la penosa impresión de que la naturaleza le hubiera negado la medida de equilibrio, fuerza y aguante necesarios para existir con la cabeza erguida.

Cuando, apoyado en su negro bastón, ha dado una vuelta por la ciudad, vuelve — recibido en el Camino Gris por los aullidos de los niños — a su vivienda; sube por la maloliente escalera a su habitación, que es pobre y está desprovista de adornos. Sólo la cómoda, un sólido mueble estilo Imperio con pesadas asas de metal, tiene belleza y valor. Ante su ventana, cuya vista está irremediablemente tapada por la gris pared posterior de la casa vecina, hay una maceta llena de tierra, en la que no crece nada; aun así, Tobías Mindernickel se acerca a veces a ella, contempla la maceta y huele la tierra.

Junto a esta habitación hay una pequeña alcoba.

Cuando entra, Tobías coloca el sombrero y el bastón sobre la mesa, se sienta sobre el sofá tapizado de verde, que huele a polvo, apoya la barbilla en la mano y contempla el suelo ante sí, con las cejas alzadas. Parece que no tenga otra cosa que hacer en el mundo.

Por lo que se refiere al carácter de Mindernickel, es muy difícil emitir una opinión; el siguiente incidente parece hablar en su favor. Cuando aquel hombre extraño salió cierto día de su casa y, como siempre, se reunió una pandilla de niños que lo perseguía con exclamaciones de burla y risas, un niño de unos diez años tropezó con el pie de un compañero y se cayó al suelo con tanta violencia, que le brotó la sangre de la nariz y de la frente y se quedó caído, llorando. Entonces Tobías se volvió, corrió hacia el niño caído, e inclinándose sobre él empezó a compadecerle con voz suave y temblorosa.

— Pobre niño — decía —, ¿te has hecho daño? ¡Estás sangrando! ¡Miren, le corre sangre por la frente! Sí, sí, has tenido una caída muy mala. Claro, duele tanto, y por eso llora, pobre niño. ¡Cuánta compasión te tengo! Ha sido culpa tuya, pero te voy a vendar la frente con mi pañuelo… así. Bueno, ahora tranquilízate; voy a levantarte…

Y con estas palabras, después de haber vendado efectivamente al pequeño con su propio pañuelo, lo puso en pie con cuidado y se alejó. Mas su actitud y su rostro mostraban en este instante una expresión muy distinta de la corriente. Caminaba con firmeza y erguido, y su pecho respiraba con fuerza bajo el estrecho gabán; sus ojos parecían haberse hecho más grandes, tenían brillo y se fijaban con firmeza en las personas y las cosas, mientras que en su boca había un gesto de dolorosa felicidad…

Este incidente tuvo como consecuencia que disminuyeran las burlas de la gente del Camino Gris durante unos días. Al cabo de algún tiempo, sin embargo, se había olvidado su sorprendente conducta, y una multitud de gargantas sanas, alegres y crueles volvió a cantar detrás del hombre encogido y abúlico: ¡Jo, jo, Tobías!

2

Una mañana soleada, a las once, Tobías abandonó la casa y cruzó toda la ciudad hasta el Lerchenberg, aquella colina alargada que durante las horas de la tarde constituía el paseo más distinguido de la ciudad, pero que, dada la excelente primavera que reinaba, también a aquella hora estaba concurrida por algunos coches y peatones. Bajo un árbol de la gran avenida principal había un hombre con un perro de caza de poca edad, sujeto por una correa, que aquél mostraba a los paseantes con la evidente intención de venderlo; era un animal pequeño y musculoso, de pelo amarillo, tendría unos cuatro meses, con un anillo negro en un ojo y una oreja negra.

Cuando Tobías observó esto, a una distancia de unos diez pasos, se detuvo, se pasó la mano varias veces por la barbilla y contempló pensativamente al vendedor y al pequeño can, que movía el rabo, alerta. Luego siguió caminando; dio tres vueltas al árbol, apretándose la boca con el puño del bastón, y finalmente se acercó al hombre y le dijo, mientras contemplaba fijamente al animal.

— ¿Cuánto vale este perro?

— Son diez marcos — respondió el hombre.

Tobías permaneció silencioso durante un momento y dijo luego, indeciso:

— ¿Diez marcos?

— Sí — dijo el hombre.

Entonces Tobías sacó una bolsa de cuero negro del bolsillo, extrajo de la misma un billete de cinco marcos, una moneda de tres y una de dos, entregó rápidamente este dinero al vendedor, cogió la correa y tiró de ella rápidamente, encogido y mirando con temor a su alrededor, ya que algunas personas habían observado la compra y se reían, llevándose al animal, que chillaba y se resistía. Se resistió durante todo el camino, apoyando las patas delanteras en el suelo y contemplando con una temerosa interrogación a su nuevo dueño; pero éste siguió tirando con energía y en silencio, y cruzó con fortuna la ciudad.

Entre la juventud callejera del Camino Gris se produjo un enorme tumulto cuando apareció Tobías con el perro; pero él lo cogió en brazos, se inclinó sobre él y se apresuró a ganar las escaleras y su habitación, perseguido por los gritos burlones y las risotadas. Al llegar puso al perro, que lloriqueaba sin parar, en el suelo, lo acarició satisfecho y dijo luego, condescendiente:

— Bueno, bueno; ya ves que no tienes por qué tenerme miedo, perro.

A continuación sacó de un estante de la cómoda un plato con carne cocida y patatas, y lanzó al animal una parte, con lo que éste cesó en sus quejas y devoró la comida entre señales de satisfacción.

— Te llamarás Esaú — dijo Tobías —. ¿Me entiendes? Esaú. Te será fácil recordar un sonido tan sencillo…

Y, señalando el suelo a sus pies, exclamó en tono imperioso:

— ¡Esaú!

El perro, esperando quizá recibir algo más de comida, se acercó y Tobías le palmeó el costado, satisfecho, mientras comentaba:

— Así es, amigo mío. Te estás portando bien.

Luego retrocedió unos pasos, señaló el suelo y repitió de nuevo:

— ¡Esaú!

Y el animal, que se había animado, se acercó de un salto y lamió las botas de su amo.

Con la satisfacción de dar órdenes y verlas realizadas, Tobías repitió este ejercicio incansablemente, hasta doce o catorce veces; finalmente el perro pareció cansarse y tener ganas de descansar y hacer la digestión, y se echó en el suelo en la pose graciosa e inteligente de los perros de caza, estirando ante sí las dos patas delanteras, largas y de fina nerviación.

— ¡Otra vez! — dijo Tobías —. ¡Esaú!

Pero Esaú volvió la cabeza a un lado y continuó en su lugar.

— ¡Esaú! — exclamó Tobías con la voz alzada imperiosamente —. ¡Debes venir aunque estés cansado!

Pero Esaú apoyó la cabeza sobre sus patas, sin pensar siquiera en levantarse.

— Oye — dijo Tobías, y su voz estaba cargada de una sorda y terrible amenaza —  ¡obedece o sabrás que no es bueno provocarme!

El animal se limitó a mover un poco el rabo.

Ahora se apoderó de Tobías una rabia infinita, injustificada y loca. Cogió su bastón negro, levantó a Esaú por la piel de la nuca y comenzó a apalear al animal sin hacer caso de sus aullidos, mientras repetía una y otra vez, fuera de sí y con voz terriblemente silbante:

— ¿Cómo? ¿No obedeces? ¿Te atreves a desobedecerme?

Por fin arrojó el bastón a un lado, puso en el suelo al perro, que temblaba, y comenzó a pasearse arriba y abajo ante él, con las manos a la espalda y respirando hondamente, mientras que de vez en cuando dirigía al perro una mirada iracunda y orgullosa. Después de haberse paseado así durante algún tiempo, se detuvo junto al animal, que se volvió de espaldas al suelo y movía las patas implorante, cruzó las manos sobre el pecho y habló con la mirada terriblemente dura y fría y el tono con que Napoleón se dirigía a la compañía que perdía su bandera en la batalla:

— ¿Cómo te has portado, si puede saberse?

El perro, agradecido sólo por esta aproximación, se acercó aún más a rastras, se apretó contra la pierna de su dueño y miró hacia arriba con sus ojos humildes. Durante un buen rato, Tobías contempló al humillado ser desde su altura y en silencio; mas luego, cuando sintió aquel calor conmovedor en su pierna, recogió a Esaú y lo levantó.

— Está bien, voy a tener compasión de ti — dijo, pero cuando el buen animal comenzó a lamerle la cara, su estado de ánimo se transformó en emoción y melancolía. Oprimió al perro contra sí con doloroso cariño, sus ojos se llenaron de lágrimas, y sin articular bien las frases comenzó a repetir con voz ahogada:

— Mira, eres mi único… mi único…

Luego acostó a Esaú con todo cuidado en el sofá, se sentó junto a él, apoyó la barbilla en la mano y lo contempló con gran dulzura y recogimiento.

3

Desde entonces Tobías Mindernickel abandonaba su casa aún menos que antes, pues no se sentía inclinado a mostrarse en público con Esaú. Dedicó toda su atención al perro; más aún, de la mañana a la noche no se ocupaba en otra cosa sino darle de comer, limpiarle los ojos, darle órdenes, reñirle y hablar con él como si de un ser humano se tratase. La cosa era que no siempre Esaú se portaba a su gusto. Cuando se echaba en el sofá, soñoliento por falta de aire y de libertad, y lo miraba con ojos melancólicos, Tobías se sentía lleno de contento; se sentaba en actitud recogida y satisfecha y acariciaba compasivamente el pelo de Esaú, diciéndole:

— ¿Me miras dolorosamente, amigo mío? Sí, sí; la vida es triste, y así has de verlo, aunque seas tan joven…

Pero cuando el animal, enloquecido por el instinto de la caza y del juego, corría por la habitación, se peleaba con una zapatilla, saltaba a las sillas y daba vueltas de campana en su exceso de vitalidad, Tobías seguía sus movimientos de lejos, con una mirada de desorientación, disgusto e inseguridad, y una sonrisa desagradable y rabiosa, hasta que lo llamaba en tono iracundo, gritándole:

— Deja de hacer el loco. No hay motivo para danzar por ahí.

Una vez ocurrió incluso que Esaú se escapó de la habitación y bajó la escalera hasta la calle, donde empezó en seguida a perseguir un gato, devorar excrementos de caballo, a pelearse y jugar con los niños, ebrio de felicidad. Cuando apareció Tobías, entre el aplauso y las risas de toda la calle, con el rostro dolorosamente desencajado, ocurrió lo triste: que el perro huyó de su dueño a grandes saltos… Este día Tobías le pegó durante largo rato y con encarnizamiento.

Cierto día — el perro le pertenecía desde hacía algunas semanas — Tobías sacó un pan de la cómoda para dar de comer a Esaú, y comenzó a cortarlo en pequeños trozos — que dejaba caer al suelo —, por medio de un cuchillo de gran tamaño, con mango de hueso, que solía utilizar para este fin. El animal, loco de apetito y ganas de jugar, saltó hacia él a ciegas, clavándose el cuchillo torpemente manejado en la paletilla, y cayó al suelo, retorciéndose y sangrando.

Asustado, Tobías dejó todo de lado y se inclinó sobre el herido; pero de repente se transformó la expresión de su rostro, y es cierto que hubo en él un reflejo de alivio y alegría. Cuidadosamente llevó al perro a su sofá, y nadie podría imaginar con qué entrega comenzó a cuidar al enfermo. Durante el día no se separaba de él; por la noche lo dejaba dormir en su propia cama, lo lavaba y vendaba, y lo acariciaba, consolaba y compadecía con incansable afán y cuidado.

— ¿Duele mucho? — decía —. Sí, sí; sufres amargamente, pobre animal. Pero calla, hemos de soportarlo.

Su rostro se veía sereno, melancólico y feliz al pronunciar tales palabras.

Mas en el mismo grado que Esaú fue recuperando fuerzas, volviéndose más alegre y curándose, el comportamiento de Tobías fue haciéndose inquieto y descontento. Ahora no consideraba necesario ocuparse de la herida, sino que se limitaba a expresar su compasión mediante palabras y caricias. Sólo que la curación fue progresando; Esaú tenía una buena naturaleza, y ya comenzaba a moverse por la habitación; cierto día, después de haber vaciado un plato de leche y gachas, saltó del sofá sintiéndose completamente sano y se puso a correr con alegres ladridos y el antiguo entusiasmo por las dos habitaciones, comenzando a tirar de las mantas, a cazar zapatillas y a dar alegres vueltas de campana.

Tobías estaba de pie ante la ventana, junto a la maceta, y mientras una de sus manos, que salía de las deshilachadas mangas larga y delgada, torcía un mechón del cabello peinado sobre las sienes, su figura se destacaba negra y extraña del muro gris de la casa vecina. Su rostro estaba pálido y desfigurado por la amargura, y seguía con la mirada rabiosa, confusa y llena de envidia y maldad las piruetas de Esaú. De súbito se dio un impulso, caminó hacia él y lo detuvo, tornándolo lentamente en sus brazos.

— Mi pobre animal — comenzó con voz lastimera; pero Esaú, lleno de ánimos y poco inclinado a seguir permitiendo aquel trato, cogió la mano que quería acariciarlo, se escapó de los brazos, saltó al suelo haciendo una alegre finta y con un ladrido salió corriendo. Lo que ocurrió entonces es algo tan incomprensible e infame, que me niego a relatarlo con detalle. Tobías Mindernickel se quedó de pie, adelantando un poco los brazos colgantes a lo largo del cuerpo. Sus labios estaban apretados y los ojos se movían de un modo terrible en sus órbitas. Y luego, repentinamente, en una especie de ataque de locura, cogió al animal; en su mano brilló un gran objeto metálico, y con un corte que llegaba desde el hombro derecho hasta muy hondo en el pecho el perro cayó al suelo sin proferir sonido alguno. Quedó caído de lado, tembloroso y sangrando… En el mismo instante fue depositado sobre el sofá, y Tobías estuvo arrodillado ante él, oprimiendo una tela contra la herida y balbuciendo:

— ¡Mi pobre animal! ¡Mi pobre animal! ¡Qué triste es todo esto! ¡Qué tristes somos los dos! ¿Sufres? Sí, sí, sé que sufres… ¡qué lamentable estado el tuyo! Pero yo, yo estoy contigo. ¡Yo te consolaré! Mi mejor pañuelo…

Pero Esaú permanecía echado, con un estertor. Sus ojos, turbios e interrogantes, se volvían hacia su amo sin comprender, llenos de inocencia y de queja… y luego estiró un poco sus patas y murió.

Tobías permaneció inmóvil. Tenía la cabeza apoyada en el cuerpo de Esaú y lloraba amargamente.

FIN

El pequeño señor Friedeman

1

La nodriza tenía la culpa. ¿De qué había servido que, a la primera sospecha, la señora del cónsul Friedemann la instara muy seriamente a reprimir ese vicio? ¿De qué había servido que le diera cada día un vaso de vino tinto además de la nutritiva cerveza? De pronto salió a la luz que la muchacha estaba dispuesta incluso a beberse el alcohol de quemar que se empleaba para el hornillo de la cocina y, antes de que llegara su sustituta, antes de que hubieran podido echarla, sucedió la desgracia. Un día, cuando la madre y las tres hijas adolescentes regresaron de una salida, el pequeño Johannes, que apenas tenía un mes, yacía en el suelo gimiendo en un estremecedor hilo de voz tras haberse caído de la mesa de cambiar los pañales, junto a la alelada nodriza.

El médico, que examinó con precavida firmeza los miembros de la pequeña criatura deformada y temblorosa, puso una expresión seria, muy seria, mientras las tres hijas sollozaban en un rincón y la señora Friedemann rezaba en voz alta con el corazón aterrorizado.

Aquella pobre mujer había tenido que soportar que, incluso antes de nacer el pequeño, su esposo, cónsul de los Países Bajos, le fuera arrebatado por una enfermedad tan repentina como intensa y todavía estaba demasiado conmocionada como para albergar siquiera la esperanza de que le fuera dado conservar a su pequeño Johannes. No obstante, a los dos días el médico, con un alentador apretón de manos, le declaró que el niño estaba fuera de peligro por el momento y, sobre todo, que su leve afección cerebral estaba plenamente superada, algo apreciable ya en su mirada, que había dejado de mostrar la rígida expresión del principio… Ciertamente, había que permanecer a la espera de la evolución posterior del paciente y… esperar lo mejor. Lo dicho: esperar lo mejor.

2

La gran casa con frontón en la que creció Johannes Friedemann estaba situada en la entrada septentrional de aquella antigua ciudad comercial de tamaño medio. Por la puerta de la casa se accedía a un vestíbulo amplio y empedrado desde el que una escalera con barandillas de madera pintadas de blanco conducía hasta los pisos. El papel de las paredes de la sala del primero mostraba paisajes deslucidos y la pesada mesa de caoba cubierta con un mantel granate de felpa estaba rodeada por asientos de respaldo rígido.

Durante su infancia, Johannes pasó mucho tiempo en esta estancia, frente a la ventana que siempre tenía hermosas flores en el alféizar, sentado en un banquillo a los pies de su madre. A veces, mientras contemplaba su cabellera lisa y gris y su rostro bondadoso y dulce y aspiraba el leve aroma que emanaba de ella, escuchaba atentamente algún cuento maravilloso. Otras se hacía mostrar el retrato de su padre, un caballero de aspecto amable y patillas grises. Su madre le decía que estaba en el cielo, donde los estaría esperando a todos.

Detrás de la casa había un pequeño jardín en el que en verano solían pasar buena parte del día, a pesar del vaho dulzón que llegaba con frecuencia desde una cercana fábrica de azúcar. En él se erigía un viejo y nudoso nogal, a cuya sombra se sentaba el pequeño Johannes en un asiento bajo de madera para cascar nueces, mientras la señora Friedemann y las tres hermanas ya crecidas se acomodaban juntas bajo un toldo de lona gris. No obstante, la madre alzaba muchas veces la mirada de su labor para dirigirla al niño con una cordialidad no exenta de aflicción.

Desde luego, el pequeño Johannes no era nada hermoso, y verlo así, sentado sobre el banquillo con el pecho puntiagudo y elevado, la espalda profundamente encorvada y los brazos demasiado largos y flacos cascando nueces con ágil afán, constituía una visión singular en extremo. En cambio, sus manos y pies eran delgados y de formación delicada y tenía grandes ojos castaños de rebeco, la boca amplia y el cabello fino y rubio oscuro. A pesar de tenerlo tan lastimosamente encasquetado entre los hombros, casi podía decirse que su rostro era bello.

3

A los siete años de edad lo enviaron a la escuela. A partir de entonces los años transcurrieron de forma rápida y regular. Todos los días, con ese paso cómicamente solemne que caracteriza a veces a los contrahechos, Johannes caminaba entre las fachadas con frontones y las tiendas en dirección al viejo edificio de la escuela con sus bóvedas góticas. Una vez en casa, después de haber hecho los deberes, leía alguno de sus libros de bonitas cubiertas de colores o se distraía en el jardín mientras sus hermanas se ocupaban de la administración doméstica que la madre enfermiza apenas podía asumir. También hacían visitas de sociedad, pues los Friedemann eran una de las mejores familias de la ciudad. No obstante, por desgracia las hijas aún no habían podido casarse, pues su fortuna no era precisamente elevada y eran bastante feas.

También Johannes recibía alguna que otra invitación de otros compañeros de su edad, pero el trato con ellos no le resultaba demasiado agradable. No podía participar en sus juegos y, como en su presencia los chicos siempre se mostraban inhibidos y reservados, nunca llegaba a producirse una auténtica camaradería.

Llegó la época en que Johannes les oyó hablar de ciertas experiencias en el patio de la escuela. Él escuchaba atentamente y con los ojos muy abiertos su pasión por tal o cual jovencita, pero nunca decía nada. Estas cosas que, al parecer, tanto llenaban a los demás  — se dijo —  formaban parte de todas esas experiencias para las que él no estaba capacitado, como la gimnasia y el juego de pelota. A veces esto lo ponía un poco triste. Pero de todos modos ya estaba acostumbrado desde siempre a vivir por su cuenta y a no compartir los intereses de los demás.

Aun así, Johannes debía de tener unos dieciséis años cuando sintió una repentina inclinación por una muchacha de su misma edad. Era la hermana de uno de sus compañeros de clase, una criatura rubia y desenvuelta a la que conoció a través de su hermano. Cuando estaba cerca de ella sentía un extraño embarazo, mientras que la manera inhibida y artificialmente amistosa en que también ella lo trataba lo sumía en una profunda tristeza.

Una tarde de verano, al pasear en solitario por las murallas de la ciudad, percibió un susurro tras un matojo de jazmines y espió cuidadosamente entre las ramas. En el banco que había en aquel lugar halló a la muchacha sentada junto a un joven alto y pelirrojo al que conocía muy bien. El joven le había pasado el brazo por los hombros y le estaba estampando un beso en los labios al que ella respondió entre risitas. Tras haber asistido a esta escena, Johannes Friedemann se dio la vuelta y se marchó en silencio.

Tenía la cabeza más encasquetada que nunca entre los hombros, las manos le temblaban y un dolor agudo y apremiante le subía del pecho a la garganta, pero hizo un esfuerzo por tragárselo y se incorporó con decisión, lo mejor que pudo. «Muy bien», se dijo a sí mismo, «se ha terminado. No quiero volver a preocuparme nunca más por este tipo de cosas. Puede que a los demás les procure felicidad y alegría, pero a mí no va a traerme sino aflicción y dolor. Se acabó. No voy a darle más vueltas. Nunca más».

La decisión le sentó bien. Había renunciado, renunciado para siempre. Se fue a casa y cogió un libro o tocó el violín, actividad que había aprendido a pesar de la deformación de su pecho.

4

A los diecisiete años dejó la escuela para hacerse comerciante, profesión que ejercía todo el mundo en su círculo, y entró como aprendiz en el gran comercio de maderas del señor Schlievogt, allá abajo, junto al río. Lo trataban con consideración mientras él, por su parte, era cordial y voluntarioso. Así fue pasando el tiempo, pacífico y ordenado. Sin embargo, al cumplir los veintiún años, murió su madre tras una larga agonía.

Eso causó un gran dolor a Johannes Friedemann, dolor que no dejó de sentir en mucho tiempo. Era un dolor del que disfrutaba, al que se entregaba como quien se somete a una gran felicidad, lo preservaba a base de miles de recuerdos de su infancia y lo explotaba como el primer acontecimiento intenso de su vida.

¿Acaso la vida no es un bien por sí mismo, aunque no se desarrolle precisamente de un modo que podamos considerar «feliz»? Johannes Friedemann lo sentía así y amaba la vida. Nadie es capaz de comprender con qué íntimo detalle precisamente él, que había renunciado a la máxima felicidad que la vida puede brindarnos, sabía disfrutar de los placeres que ésta ponía a su alcance. Un paseo en primavera por los parques de las afueras de la ciudad, el perfume de una flor, el canto de un pájaro… ¿No podía uno sentirse agradecido por tales cosas?

Y que para la voluptuosidad hacía falta cultura; es más, que la cultura era una forma de voluptuosidad por sí misma: también eso supo comprenderlo. Así que se cultivó. Amaba la música y acudía a todos los conciertos que se celebraran en la ciudad. Con el tiempo aprendió a tocar bastante bien el violín, aunque ofreciera un aspecto de lo más extraño con el instrumento en las manos, y disfrutaba de todos y cada uno de los tonos bellos y dulces que lograba emitir. Con el tiempo, a base de muchas lecturas, también logró desarrollar un buen gusto literario, aunque en aquella ciudad no pudiera compartirlo con nadie. Estaba informado de las últimas publicaciones tanto nacionales como extranjeras, sabía paladear el encanto rítmico de un poema, dejar que actuara sobre él la atmósfera íntima de un relato escrito con habilidad… ¡Oh, si casi se podía decir que era un epicúreo…!

Aprendió a comprender que todo era digno de ser disfrutado y que resultaba poco menos que estúpido distinguir entre experiencias felices e infelices. Absorbía con la mejor disposición todos los sentimientos y estados de ánimo y los cuidaba, tanto si eran tristes como alegres. También cultivaba los deseos incumplidos: la nostalgia. Amaba la nostalgia por sí misma y se decía que, una vez cumplido el deseo, lo mejor de ella habría pasado ya. ¿Acaso esa nostalgia y esa esperanza dulce, dolorosa y vaga de las tranquilas tardes de primavera no causaba mayor placer que todas las consumaciones que pudiera traer el verano? ¡Efectivamente, el pequeño señor Friedemann era un epicúreo!

Seguramente la gente que lo saludaba por la calle con aquella amabilidad compasiva a la que estaba acostumbrado desde siempre no lo supiera. No sabía que ese infeliz jorobado que se paseaba por la calle con su superioridad amanerada, su abrigo claro y su reluciente sombrero de copa (curiosamente, era un poco vanidoso) amaba tiernamente esa vida que transcurría dulcemente, sin grandes afectos, pero llena de una felicidad serena y delicada que él sabía procurarse a sí mismo.

5

Sin embargo, la afición principal del señor Friedemann, su pasión propiamente dicha, era el teatro. Poseía un sentido dramático inusualmente intenso y, frente a un imponente golpe de efecto escénico o frente a la catástrofe de una tragedia, todo su diminuto cuerpo podía ponerse a temblar. Tenía asignada una butaca en un palco del primer piso del teatro municipal que ocupaba regularmente, acompañado de vez en cuando por sus tres hermanas. Desde la muerte de la madre las tres llevaban solas toda la administración doméstica de la vieja casa, cuya propiedad compartían con su hermano.

Por desgracia seguían solteras, pero habían llegado a una edad en la que tenían que conformarse, pues Friederike, la mayor, le llevaba diecisiete años al señor Friedemann. Ella y su hermana Henriette eran demasiado altas y delgadas, mientras que Pfiffi, la más joven, parecía excesivamente bajita y entrada en carnes. Esta última, por cierto, tenía una graciosa manera de sacudirse a cada palabra, humedeciéndosele las comisuras de los labios.

El pequeño señor Friedemann no se preocupaba demasiado por las tres muchachas. Ellas, en cambio, estaban muy unidas y siempre defendían la misma opinión. Sobre todo cuando se producía un compromiso matrimonial en su círculo de amistades, afirmaban al unísono que se trataba de una noticia m-u-y satisfactoria.

Su hermano continuó viviendo con ellas incluso cuando dejó el comercio de madera del señor Schlievogt para independizarse haciéndose cargo de algún pequeño comercio, una agencia o algo similar que no diera demasiado trabajo. Ocupaba unas habitaciones de la planta baja de la casa para así no tener que subir las escaleras más que para ir a comer, ya que a veces padecía un poco de asma.

En su trigésimo cumpleaños, un día luminoso y cálido de junio, se acomodó después de comer bajo el toldo de lona gris del jardín con un nuevo reposacabezas cilíndrico que le había hecho Henriette, un buen puro en la boca y un buen libro en las manos. De vez en cuando lo dejaba a un lado para atender al alegre piar de los gorriones en el viejo nogal y contemplar el pulcro sendero de grava que conducía a la casa y el cuadrado de césped con parterres de colores.

El pequeño señor Friedemann no llevaba barba y su rostro prácticamente no había cambiado. Solo sus facciones se habían vuelto algo más pronunciadas. Su rubio y fino cabello era liso y se lo peinaba con la raya a un lado.

Una vez, después de dejar caer el libro sobre el regazo y de escudriñar el cielo azul y soleado, se dijo: «Ya han pasado treinta años. A partir de ahora quizá vengan diez más o incluso veinte. Solo Dios lo sabe. Llegarán tranquilamente y sin hacer ruido y pasarán como todos los que han transcurrido ya, mientras yo los espero con el alma en paz».

6

En julio de ese mismo año se produjo un cambio en la comandancia del distrito que conmocionó a todo el mundo. El caballero obeso y jovial que hacía muchos años que ocupaba aquel puesto había sido muy apreciado en los círculos sociales de la ciudad y todos lamentaron verlo partir. Solo Dios sabe en virtud de qué circunstancias fue precisamente al señor Von Rinnlingen a quien enviaron desde la capital.

Con todo, el cambio no parecía ser tan malo, pues el nuevo teniente coronel, casado, pero sin hijos, decidió alquilar un amplio palacete en un suburbio del sur, de lo que se dedujo que tenía la intención de celebrar recepciones. En cualquier caso, el rumor de que era un hombre muy adinerado también se vio confirmado por la circunstancia de que trajera consigo cuatro criados, cinco caballos de silla y de tiro, un landó y un pequeño coche de caza.

Poco después de su llegada los señores empezaron a hacer visitas a las familias más reputadas y su nombre estaba en boca de todos. No obstante, el verdadero foco de interés no era de ningún modo el señor Von Rinnlingen, sino su esposa. Los caballeros estaban estupefactos y, por de pronto, aún no habían tenido ocasión de formarse un juicio de valor. Las damas, en cambio, desaprobaban directamente el ser y la esencia de Gerda von Rinnlingen.

 — Que se le note el aire de la capital  — dijo al respecto la señora del abogado Hagenström en una charla que mantuvo con Henriette Friedemann — , pues bien, eso es de lo más natural. Fuma, monta a caballo… ¡De acuerdo! Pero su comportamiento no es solo liberal, sino campechano. Aunque ésta tampoco es la palabra adecuada… Mire usted, desde luego que no es fea, incluso se podría decir que es guapa: pero, aun así, prescinde de todo encanto femenino y a su mirada, a su manera de reír y a sus movimientos les falta todo lo que gusta a los hombres. No es coqueta, y Dios sabe que yo sería la última en encontrar reprochable que no lo sea. Pero ¿acaso una mujer tan joven, de veinticuatro años, debe… prescindir por completo de su capacidad natural de atracción? Querida, yo no soy muy hábil para expresarme, pero sé lo que quiero decir. De momento todavía tenemos a nuestros hombres desconcertados, pero ya verá como en un par de semanas apartarán la cabeza con asco cuando la vean pasar…

 — Pues tiene el riñón muy bien cubierto…  — dijo la señorita Friedemann.

 — ¡Ah sí, claro, su marido…!  — exclamó la señora Hagenstróm — . Pero ¿cómo lo trata? ¡Debería usted verlo! ¡Y lo verá! Soy la primera en defender que una mujer casada tiene que mostrarse hasta cierto punto reservada con el sexo opuesto, pero… ¿cómo se comporta con su propio marido? Lo mira con una frialdad y tiene una manera de llamarlo «mi querido amigo», como si se estuviera compadeciendo de él, que me tienen indignada. ¡Y eso que habría que verlo! ¡Cortés, firme, caballeroso, un hombre de cuarenta años perfectamente conservado, un oficial brillante! Cuatro años llevan de casados… ¡Querida…!

7

El lugar en que al pequeño señor Friedemann le fue dado ver a la señora Von Rinnlingen por primera vez fue la calle principal, ocupada prácticamente solo por comercios, y el encuentro se produjo al mediodía, justo cuando regresaba de la bolsa, en cuyas transacciones había intervenido un poco.

Iba paseando, diminuto y solemne, junto al mayorista Stephens, un hombre inusualmente alto y robusto de patillas de corte redondo y cejas terriblemente pobladas. Los dos llevaban sombrero de copa y el abrigo abierto porque hacía mucho calor. Hablaban de política mientras golpeaban rítmicamente la acera con sus bastones de paseo. Pero cuando más o menos hubieron llegado a media calle, el mayorista Stephens dijo de pronto:

 — ¡Que el diablo me lleve si esa que viene por ahí en coche no es la Rinnlingen!

 — Una ocasión estupenda  — dijo el señor Friedemann con su voz aguda y algo penetrante, mirando al frente con expectación — , pues aún no he tenido oportunidad de verla. Ahí tenemos su coche amarillo.

En efecto, era el coche amarillo de caza el que la señora Von Rinnlingen había decidido emplear hoy, y era ella misma quien llevaba las riendas de los dos esbeltos caballos, mientras el criado permanecía a sus espaldas con los brazos cruzados. Llevaba una chaqueta amplia y muy clara sobre una falda también de color claro. Bajo el pequeño y redondo sombrero de paja se le escapaba el cabello rubio cobrizo, peinado por encima de las orejas y recogido en un gran moño en la nuca. El cutis de su rostro ovalado era de un blanco mate y en las comisuras de sus ojos castaños, inusualmente juntos, podían percibirse sombras azuladas. Sobre su nariz corta, pero de fina silueta, había un pequeño arco de pecas que le sentaba muy bien. No se podía apreciar a ciencia cierta si su boca era hermosa, pues no cesaba de entresacar y meter el labio inferior, rozándolo con el superior.

El mayorista Stephens saludó con extraordinario respeto cuando el coche llegó hasta donde se encontraban y también el pequeño señor Friedemann se quitó el sombrero, mirando atentamente a la señora Von Rinnlingen con los ojos muy abiertos. Ella bajó la fusta, asintió levemente con la cabeza y continuó despacio su camino, contemplando las casas y los escaparates a izquierda y derecha.

Unos pasos después dijo el mayorista:

 — Ha salido a dar un paseo y ahora regresa a casa.

El pequeño señor Friedemann no respondió, sino que mantuvo la mirada fija en el pavimento. Un instante después miró de repente al mayorista y preguntó:

 — ¿Cómo dice?

Y el señor Stephens le repitió su aguda observación.

8

Tres días más tarde, a las doce del mediodía, Johannes Friedemann regresaba de su paseo diario. La comida era a las doce y media, por lo que ya se disponía a ir por media hora a su despacho, situado justo a la derecha de la puerta de entrada, cuando la doncella atravesó el vestíbulo y le dijo:

 — Ha venido una visita, señor Friedemann.

 — ¿A verme a mí?  — inquirió.

 — No, está arriba, con las damas.

 — Y ¿quién es?

 — El teniente coronel Von Rinnlingen y su esposa.

 — ¡Ah!  — dijo el señor Friedemann — , entonces debería…

Y subió las escaleras. Una vez en el piso de arriba atravesó el rellano; ya tenía en la mano el pomo de la puerta alta y blanca que conducía a la «sala de los paisajes» cuando se detuvo de pronto, retrocedió un paso, dio media vuelta y se volvió a ir despacio tal y como había venido. Y aunque estaba completamente solo, se dijo en voz muy alta a sí mismo:

 — No. Mejor no.

Bajó a su despacho, se sentó al escritorio y cogió el periódico. Sin embargo, un minuto después lo dejó caer sobre la mesa y miró a un lado, por la ventana. Permaneció así hasta que llegó la doncella y anunció que la comida estaba servida. Entonces subió al comedor, donde las hermanas ya lo estaban esperando, y tomó asiento en su silla, sobre la que había tres libros de partituras.

Henriette, que estaba sirviendo la sopa, dijo:

 — ¿Sabes quién ha venido, Johannes?

 — ¿Y bien?  — preguntó él.

 — El nuevo teniente coronel y su esposa.

 — ¿Ah, sí? Muy amable de su parte.

 — Sí  — dijo Pfiffí mientras se le humedecían las comisuras de los labios — , a mí me parece que los dos son de lo más agradable.

 — En cualquier caso  — dijo Friederike — , no deberíamos tardar mucho en devolverles la visita. Propongo que vayamos pasado mañana, el domingo.

 — El domingo  — repitieron Henriette y Pfiffí.

 — Vendrás con nosotras, ¿verdad, Johannes?  — preguntó Friederike.

 — ¡Naturalmente!  — dijo Pfiffi, estremeciéndose.

El señor Friedemann no se había percatado de la pregunta y siguió comiendo la sopa con expresión quieta y temerosa. Era como si estuviera a la escucha de algún ruido siniestro.

9

La noche siguiente se representaba el Lohengrin en el teatro municipal y todo el mundo culto se hallaba presente. El pequeño patio de butacas estaba repleto e invadido por murmullos, olor a gas y perfumes. No obstante, todos los anteojos, tanto en la platea como en los palcos, habían sido enfocados al palco trece, justo a la derecha del escenario, pues era la primera vez que aparecían en él el señor Von Rinnlingen y esposa, y por fin se tenía ocasión de examinar a fondo a la pareja.

Cuando el pequeño señor Friedemann, con impecable traje negro y reluciente pechera blanca que sobresalía en punta, entró en su palco  — el número trece — , se sobresaltó en el umbral, llevándose la mano a la frente y abriendo convulsivamente las aletas de la nariz. No obstante, tomó asiento en su butaca, a la izquierda de la señora Von Rinnlingen.

Ella se quedó mirándolo atentamente mientras se sentaba, sacando el labio inferior, y a continuación se volvió para intercambiar unas palabras con su esposo, que estaba sentado tras ella. Era un caballero alto y robusto de bigote acicalado y rostro moreno y bondadoso.