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Un genocidio ha tomado las calles, motivo por el cual Manibha decide ocultarse en el pantano del pueblo, con el lodo hasta la cintura, junto con sus cinco hermanos pequeños. Permanecer allí, a la espera de que este finalice, es una clara sentencia de muerte, al igual que intentar huir para esconderse en algún otro sitio. Esta novela bélica, protagonizada por Manibha Ghatak, una joven de 23 años cuyo pueblo, Lagdemesla, es víctima de una masacre, nos ofrece un thriller trepidante y de una altísima tensión en un contexto crucial e infausto. Todo acto es perpetuo, primera novela de Gastón Guiguez, nos transporta a la construcción de una heroína trágica, cuyo carácter se forja a partir del fuego y de la sangre.
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Seitenzahl: 648
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Correcciones gramaticales y de estilo: Adriana Mazitelli
Diseño de tapa: Yamuna Duarte y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Guiguez, Gastón
Todo acto es perpetuo / Gastón Guiguez. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
466 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-027-5
1. Novelas. 2. Novelas Políticas. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Guiguez, Gastón
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Dedicado a Marila, Eliseo y Segundo
TODO ACTO ES PERPETUO
Gastón Guiguez
PARTE 1
1
Dicotomía
El cielo era confuso, el suelo aterrador. Manibha Ghatak, agazapada, con el cuerpo sobre el lodo se desplazaba de manera sigilosa, impulsada por sus piernas y codos bajo un agotamiento extremo. En el ambiente reinaba una oscuridad casi absoluta y solo la luz de la luna se reflejaba en el agua estancada del pantano. La vegetación había absorbido muchos de los cadáveres que flotaban en estado de putrefacción apropiándoselos como parte de su estremecedor paisaje y a su vez, en cada sector de esa especie de río verde, la vida y la muerte se desafiaban cohabitando un mismo espacio, como si la subsistencia y la extinción fueran ambas caras de una misma moneda. La atmósfera tronó varias veces hasta confesar una llovizna y las tenebrosas nubes amorfas que se movían con lentitud sospechosa eran portadoras de un color gris ceniza que rozaba lo inquietante. La noche en su conjunto parecía enmascarar un terrible plan macabro en donde todo se reducía a un contexto escalofriante: un cielo perverso sobre un suelo caótico, o viceversa. La frente de Manibha sudaba, las palpitaciones podían oírse a casi un metro de distancia y el zumbido de los insectos junto con el croar de las ranas se reproducía de manera ininterrumpida.
Ella pudo percibir que sus cinco hermanos pequeños y su amigo Epimaque Habineza permanecían detrás, también agazapados, deslizándose lentamente por el fango y aterrorizados. Los cadáveres estaban por todas partes y la hediondez inundaba cada rincón del pueblo de Lagdemesla con el fuerte olor metálico de la sangre. Manibha escuchó con claridad voces lejanas que parecían comunicarse entre sí mediante gritos inentendibles y que daban la impresión de ser órdenes: una voz gruesa comandaba y varias débiles parecían solo obedecer y asentir; allí su respiración aumentó hasta jadear y solo atinó a silenciar a los suyos mediante un leve aleteo de la mano entre la oscuridad ordenando que se detuvieran inmediatamente en el lugar donde permanecían agazapados. Todos quedaron en absoluto mutismo mientras el cielo continuaba su rugido. Durante los próximos tres segundos pudo escuchar sus órganos internos temblar y sintió un mareo fruto del extremo nerviosismo; la inmovilidad le tensaba sus músculos y su rostro estaba presionado contra el fango con los ojos fuertemente cerrados. Temía por un posible impacto de bala proveniente desde cualquier sitio. El ambiente estaba completamente revolucionado y la intensa violencia se sentía en el aire generando un estupor que se asemejaba a la desesperación.
Con su frente sellada contra el lodo intentó regular la respiración, pero de pronto una mínima sensación de calor rozó su hombro, luego sus ojos cerrados percibieron un brillo y al abrirlos se sintió consumida por la intensidad de la luz de una linterna de gran alcance que desde lejos comenzó a apuntar hacia la zona en donde permanecían ocultos: al notar que las voces lejanas ahora se acercaban a paso moderado un miedo indescriptible recorrió su sistema nervioso temiendo por la vida de sus cinco hermanos y de Epimaque. La atmósfera tronó nuevamente y de inmediato se desató un diluvio que se precipitó sobre sus cabezas, percibía su cuerpo tan debilitado por el esfuerzo que había realizado durante el ocultamiento de dos días en el pantano que ya no deseaba seguir peleando por su libertad, pero sentía la obligación de hacerlo por sus padres y por sus hermanos. Giró apenas su cabeza en medio del silencio y pudo notar que los pequeños la miraban esperando su próximo movimiento lo cual le dio cierta fortaleza.
Con cautela, estiró ambos brazos hacia los costados y sintió tranquilidad al rozar con sus manos los dedos de la pequeña Bintou y de Betserai, sus dos hermanos menores. Conmovida, expresó con caricias lo que su boca no podía decir e intentó calmarlos, darles placidez y hacerles sentir que todo estaría bien, y una paz aún más absoluta se apoderó de ella cuando estos dos la tomaron de sus manos: Manibha deseó que ese momento fuese eterno por lo que optó por mantenerse en esa posición e intentó reducir sus pulsaciones mediante respiraciones profundas con el objetivo de calmar a los pequeños quienes se aferraban a ella como si esperasen que los rescate del infierno.
Dos minutos lentos transcurrieron bajo un manto de misteriosa quietud y, como si un ser divino maniobrase la atmósfera a su merced, el cielo amainó. La voz gruesa del comandante ordenó continuar al mismo tiempo que golpeó su afilado machete contra una roca del suelo y las voces débiles de sus súbditos infringieron gritos de festejo en señal de fidelidad al líder del grupo. Las voces, que antes fueron amenazantes, pronto comenzaron a acallarse. Por tal motivo sus cuerpos, que aún permanecían sobre el lodo, comenzaron poco a poco a tranquilizarse y ella decidió que emprenderían la tan ansiada huida hacia la iglesia del pueblo en donde con seguridad estarían a resguardo. Manibha, esperanzada con el evidente desenlace de la persecución, apretó con fuerza las pequeñas manos de sus hermanos como si hubiesen logrado una victoria.
Los siete avanzaron por entre la niebla pantanosa movilizándose por el agua hacia la desembocadura, ubicada en una pequeña colina rocosa bastante empinada que conectaba con la calle, símbolo del camino hacia la iglesia. Al llegar allí, en voz muy baja, les dio la orden a sus hermanos para que lentamente salieran de a uno: Epimaque se posicionó delante de ellos para guiarlos y desde arriba los tomaba de ambas manos atrayéndolos hacia lo alto, por su parte Manibha se ubicó detrás no solo por si alguno se desvanecía como consecuencia de la debilidad de sus cuerpos, sino para impulsarlos tomándolos de la cintura. En el momento en que llegaban a la cúspide caían de rodillas en señal de abatimiento. Una vez que sus cinco hermanos lograron arribar a lo alto de la colina fue momento de que ella ascendiera para pronto encontrarse los siete en el camino de tierra que los conduciría a la iglesia. Entre Manibha y Epimaque comenzaron a sacudir a los pequeños hasta espabilarlos, los niños Akanni y Sirhan y la dulce Kesia, sus tres hermanos más grandes, se levantaron a duras penas mientras que los dos más pequeños, Betserai y Bintou fueron cargados en brazos. Así fue que dieron comienzo a una huida silenciosa en la oscuridad de aquella misteriosa y sombría noche.
Al avanzar Manibha observó cadáveres por todas partes, a muchos de ellos se los veía en profundo estado de descomposición, con las ropas ultrajadas como si hubieran luchado por no ser asesinados. A otros, con un impacto de bala en sus cabezas. Pero lo que resultaba aún más horroroso era ver los cuerpos decapitados. Mientras corrían ella intentó comprender la gravedad de la situación a pesar de lo complejo que esto resultase: era la crueldad y el ensañamiento en su máxima expresión. Su razón se invadió de preguntas sin respuestas: ¿cómo esto podía ser posible? ¿Qué o quién había desencadenado semejante atrocidad? ¿Quiénes eran los responsables de esta brutalidad? Manibha y Epimaque intentaron evitar que los pequeños mirasen estas escenas catastróficas.
Al notar que el odio se registraba en cada minúscula partícula de aire, a Manibha se le entumecieron las piernas. Todo indicaba que la sed por la matanza era extremadamente fuerte, la tensión del ambiente apretaba el cuello de la libertad sin piedad, la tierra ya no era fértil como antes y las paredes de concreto de las casas exhibían disparos de todo calibre. Tras tomar dimensión de lo que allí sucedía se estremeció: no había respiro que alcanzara para subsistir al genocidio de Lagdemesla, una cacería humana contemporánea sin precedentes.
Entre tropiezos y caídas avanzaron desesperadamente sin tener demasiado en claro la dirección correcta y un inquietante miedo por un posible ataque a sus espaldas la aterrorizaba; al llegar a una esquina, completamente desorientados, se detuvieron y permanecieron inmóviles en un sitio que les resultaba una verdadera encrucijada, un gran enigma donde tenían que decidir sin vacilaciones hacia qué dirección continuar, ya que el tiempo apremiaba y eran conscientes de que debían apresurarse. Manibha le indicó a Epimaque de manera azarosa y según una intuición no demasiado clara el camino a seguir y por allí arremetieron. La oscuridad no permitía divisar a lo lejos el campanario, pero ella pudo notar una especie de contorno lejano de color gris que se asemejaba y hacia allí continuaron. Un momento después lograron localizar la iglesia y los siete se recluyeron tras unos prominentes arbustos rodeados de pastizales de gran altura. Desde allí Manibha observó algo que la alertó: un sujeto en cuya cabeza se amarraba una remera roja portaba un rifle de asalto en sus manos y un afilado machete en su cintura. Este caminaba por fuera de la puerta principal mientras encendía un cigarrillo con la tranquilidad de la noche. Permanecieron ocultos a la espera de que aquel sujeto estuviera de espaldas para continuar con la fuga hacia otro sitio seguro, esperaron diez segundos, avanzaron, retrocedieron y tras otros diez segundos Manibha agitó su mano derecha de manera cautelosa indicando seguir con la marcha. Corrieron en puntas de pie uno por uno hasta perderlo de vista para reagruparse un tramo después, específicamente cien metros adelante, y todos pudieron percatarse del pánico que corría por sus venas: cada rostro evidenciaba el horror expresando la tragedia en esas pequeñas almas expuestas a la desgracia del infortunio. Al reencontrarse, los siete se abrazaron. Las lágrimas caían por sus mejillas; era una manera de despedirse sin saber bien de qué y el llanto general se oía como un sollozo murmurante mientras intentaban silenciarse unos a otros. Había pasado solo un momento cuando, en el absoluto silencio, se oyó el crepitar de pasos que los apartó de aquel mundo de contención en el que estaban inmersos. En un acto rápido e instintivo Manibha se abalanzó delante de sus hermanos dejándolos por detrás de su cuerpo y abriendo sus brazos en señal de protección.
Estos pasos humanos quebraron las ramas tendidas en el suelo cuyo crujido la ensordeció y las lágrimas atinaron a brotar prediciendo un final indeseable, pero una sorpresa la detuvo dejándola inmóvil, petrificada: detrás de un viejo árbol apareció el padre Essien, sacerdote de la iglesia de Lagdemesla, con el cual la familia de Manibha guardaba una vieja relación. Esto provocó que el pasaje del pánico al alivio fuese inmediato. Se estrecharon en un fuerte abrazo mientras Epimaque sostenía a los cinco pequeños a su lado. El cuerpo de Manibha albergó la sensación de que, a pesar de permanecer en el mismo lugar, el peligro se alejaba, lo que daba cierta creencia de salvación. Luego el padre Essien estrechó cálidamente la mano de Epimaque mientras Manibha atendía a sus hermanos. Apoyaba la palma de su fría mano en la frente a cada uno de ellos y les limpiaba un poco el rostro, verificaba que no se desvanezcan y les prometía esperanza a cambio de no rendirse.
Tras conversar con él, Manibha llamó a Epimaque para que escuchara lo que le había dicho. El eclesiástico, conociendo el trágico suceso que tenía capturado a Lagdemesla, les ofrecía una solución. Desde el comienzo de la masacre él había transformado de forma encubierta a la iglesia en un refugio para los damnificados por el genocidio, donde mantenía a salvo a quienes habían sido despojados de sus pertenencias y de su hogar, y milagrosamente habían sobrevivido. En ella disponía de un gran depósito con comida enlatada y abundante agua como para subsistir hasta que la matanza terminara. Fue contundente con el relato. La parsimonia que contenía cada palabra enunciada por el padre era un sitio de tranquilidad en medio de tamaña matanza, cada letra parecía poder escaparse de las fauces del terror aportando serenidad y se mostraba cauteloso con el lenguaje; esto se sumaba a la solemnidad de su rostro, los movimientos lentos, pausados y la fragilidad con la que utilizaba los términos. De manera impaciente, Manibha le preguntó si sus padres estaban allí refugiados, ya que los había perdido de vista cuarenta y ocho horas antes, al huir de su hogar; pero la negativa fue inmediata. El padre Essien propuso que todos se dirigieran a la iglesia para permanecer a salvo, pero Manibha sabía muy bien que todavía debía realizar la búsqueda más importante y por tal motivo consideró que era una buena opción delegarle el cuidado de sus hermanos mientras ella intentaría localizar el paradero de sus progenitores. A pesar de enfrentarse a la dicotomía entre permanecer todos juntos a salvo o dejar a sus hermanos al cuidado del padre Essien en el refugio oculto en la iglesia, Manibha optó por la segunda opción casi sin vacilar, determinada por la creencia de que no existían más alternativas que concentrarse principalmente en la supervivencia de los menores. Epimaque estuvo de acuerdo y decidió acompañarla. Entre lágrimas se despidió del padre y le dijo que una vez terminado el calvario y con todos a salvo, volvería para agradecerle, pero inmediatamente un rostro de confusión se apoderó de él lo cual suscitó la atención de Manibha quien le interrogó si le sucedía algo. El padre respondió que creía que ella y Epimaque también debían ir a refugiarse a la iglesia alertando que, si seguían escondiéndose en las calles del pueblo, tarde o temprano los encontrarían y no les tendrían piedad.
—Les cortarán la cabeza en menos de una hora —dijo el padre Essien gesticulando horizontalmente con su mano derecha sobre la línea recta de su cuello. La frase resonó entre los pensamientos de Manibha.
—Con todo respeto y lo menos que pretendo es ofenderle, pero le pido que se encargue particularmente del cuidado de mis pequeños hermanos. Nosotros, se lo aseguro, estaremos bien. Debo encontrar a mis padres —le dijo ella con voz agitada. El padre se mantuvo en silencio durante dos segundos con la mirada fija en los grandes y bellos ojos de Manibha. Ante la incomodidad, ella prosiguió—: Espero no haber causado malestar en su persona, padre —le dijo como disculpándose, incluso sintiéndose causante de su mutismo.
—No me corresponde cuestionar su voluntad —respondió aquel con voz amable. Se santiguó una y otra vez para luego reunir a los pequeños y pedirles que lo siguieran sigilosamente.
Con el objetivo de agilizar el éxodo este intentó alzar a Bintou, de seis años, quien era la más pequeña de todos los hermanos, pero la niña se negó efusivamente alegando que quería permanecer al lado de Kesia, su hermana de diez años con la cual conservaba un afectuoso apego. La sorpresa del padre Essien fue notoria. Al guardarle un profundo respeto, Manibha se sintió algo avergonzada por la actitud de su pequeña hermana y consideró necesario justificar su conducta alegando que la niña era muy apegada a Kesia y que probablemente no quería separarse de ella. Sin mediar palabra, el padre se encaminó hacia la iglesia y los cinco pequeños partieron con él.
Escondidos detrás de un muro destrozado, Manibha y Epimaque observaron la huida y esperaron hasta perderlos de vista. Sabían que a los pocos minutos los pequeños estarían resguardados en la iglesia, serían alimentados debidamente y recuperarían las energías perdidas. Eso la tranquilizó. Manibha respiró con profundidad y una lágrima se deslizó por su mejilla. Miró a los ojos a Epimaque, inspiró una gran bocanada de aire fresco y lo soltó en el doble de tiempo con la respiración entrecortada, la angustia permanecía y otra lágrima se expresó bordeando el pómulo derecho de su juvenil e inocente rostro. Su corazón continuaba revolucionado, eran palpitaciones rápidas que resonaban como un tambor y ella lo sentía con claridad. Tomó con suavidad la mano derecha de Epimaque y la posó sobre su pecho, justo arriba de su corazón, apoyando su propia mano izquierda por encima de la de él: allí pudo sentir cada línea de su mano, cada plegamiento rozando su piel mientras se deslizaba de manera ascendente hasta llegar al cuello y luego, con una suavidad cautivadora, Epimaque acarició el contorno del maxilar de Manibha hasta que el dedo pulgar se posó firme sobre su lágrima y, dispersándola por su mejilla toda, se le acercó al oído y le dijo con voz apacible:
—Manibha, debemos continuar. Te prometo que todo estará bien.
Eran las palabras justas que necesitaba oír en el momento indicado. De alguna manera, esa promesa le valió a Manibha como un juramento, como un manifiesto, una especie de compromiso que Epimaque ofrecía y ella aceptaba provocando serenidad en su alma, templando el funcionamiento de su caótica mente. Miró nuevamente los ojos de Epimaque, pero esta vez con mayor profundidad y notó en ellos cierta calma. Inspiró una gran bocanada de aire fresco y lo soltó enseguida. Su respiración se apaciguó. Su corazón por fin encontró un instante de paz, el necesario para continuar. Se secó ambas mejillas y, con voz más calma, ella respondió:
—Lo sé, debemos seguir. Ahora necesito encontrar a mis padres.
Manibha apoyó su frente sobre la frente de él, las palmas de sus manos lo tomaron de la nuca y sus pulgares acariciaban tranquilamente sus mejillas; ambos comprobaron que estaban extenuados. El horror por esa cacería humana era tal que sabían con claridad que necesitaban rápidamente hallar un sitio donde pudiesen ocultarse e ir a buscar a sus padres para luego volver por sus hermanos. Ese era el plan y por el momento allí permanecían demasiado expuestos: ambos lo sabían y debían actuar en consecuencia. Tenían que moverse, y de inmediato.
La noche había transformado a Manibha y a Epimaque en la leyenda de dos guerreros en busca de refugio. Se experimentan vulnerables, con el escudo despedazado por los embates, con sus espadas tiradas sobre la tierra y portando una mochila demasiado cargada por lo injustamente acontecido. Sentían que su presente había sido pisoteado con la fuerza del Caballo de Troya y mientras se lamentaban fundidos en aquel afectuoso acercamiento, Manibha cerró sus ojos con fuerza.
Oscuro paisaje con destellos de luz dentro de una mente conmovida.
Y aquí comienza esta historia.
Ya no hay sonido ni movimiento, ya no existe el mundo con sus asombrosas pasarelas. Por el momento lamento informar que ha muerto la fe en la humanidad, han sido levantadas barricadas de desconsuelo, hemos presenciado la creación obligada de nuevos seres humanos devenidos en héroes por enfrentar el dolor proveniente de hechos no deseados. La joven mujer de veintitrés años, Manibha Ghatak, que crecía sin detenerse bajo un sol incansable y una pasión ígnea, hoy yace a un costado de sus esperanzas, quizás sucumbida. O quizás no.
Las historias perfectas, por ahora, solo existen en la mente.
2
Un ayer que ya no existe
Los grandes y hermosos ojos verde agua de Manibha permanecían fuertemente cerrados y por primera vez en mucho tiempo su cuerpo conservaba un cómodo calor que consideraba digno de perpetuar. Un cruento genocidio la estaba poniendo a prueba, midiendo su fortaleza, intentando corromper su resistencia, contemplando hasta qué punto la entereza de un ser humano no se resquebraja y deviene en ceniza; el salvajismo allí presente sobrepasaba incluso el límite de lo inhumano, de la incomprensión, bordeando la invisible línea que separa la vida de la muerte por el filo de un machete.
Eran horas de la madrugada y no faltaba mucho para que nuevamente el sol comenzara a desplegar sus virtudes.
Manibha y Epimaque se sentían a la deriva y un ambiente amenazante los presionaba de tal manera que postergar durante más tiempo el regreso a su hogar en búsqueda de sus padres significaría una clara sentencia de muerte. Decidieron comenzar el rastreo de inmediato y sin demasiadas vacilaciones. Todavía ocultos detrás del muro destrozado, ella observó diligentemente hacia ambos lados intentando discernir en qué dirección se hallaba su casa y, a sabiendas de que llegar no sería tarea fácil, planificó el recorrido por entre los pastizales lindantes a la iglesia hasta las calles paralelas a su hogar. De esa manera bordearían el pantano para evitar las barricadas que habían sido montadas por miembros de la tribu mirmabi en muchas de las esquinas de Lagdemesla. Contuvieron el aire y expulsaron un gran soplido que dio inicio al retorno. Corrían agachados y tomados de la mano, esquivando grandes árboles y guiados solo por la claridad de la luna mientras utilizaban el cielo como mapa; pronto llegaron a una bifurcación y observaron con cautela hacia todas las direcciones.
Arribaron a un sitio que en su límite se dividía extendiendo dos nuevas ramificaciones: la calle de la izquierda era la principal vía hacia su hogar y ofrecía en su recorrido dos nuevos ramales que debían atravesar silenciosamente, ya que en ambas, en mitad de calle, permanecían durante toda la noche puestos de control mirmabis. Aguardaron a que ningún miliciano estuviera observando y cruzaron rápidamente la primera calle, a los cien metros la segunda y se resguardaron en el patio trasero de una construcción para asegurarse de que nadie los hubiera visto, allí permanecieron en completo mutismo durante unos pocos minutos hasta que decidieron continuar mientras la luz de la luna les permitía apreciar que su hogar se encontraba a poca distancia. Decididos, aceleraron el paso hasta lograr situarse en el terreno lindero, saltaron la medianera e ingresaron a su vivienda por la parte trasera abriendo fácilmente la puerta de chapa oxidada que su padre tiempo atrás tenía intenciones de pintar.
Su amado hogar, donde tantos momentos de alegría habían ocurrido y marcado su infancia, hoy era un sitio abandonado con todas las pertenencias de su familia arrojadas por cualquier parte, lo cual hizo que una clara sensación de vacío se apoderase de ella. Se experimentó vulnerada y comprendió que a lo mínimo que estaban expuestos era a una fragilidad extrema de su privacidad. Por lo visto los milicianos mirmabis habían ingresado ferozmente saqueando lo que encontraban a su paso, pretendiendo obtener quizás pertenencias que consideraran de algún valor. Manibha observaba estupefacta aquel escenario totalmente corrompido, en su pecho un desagradable calor se hizo presente y los pequeños pelos de sus brazos se erizaron desplegándose esta sensación a lo largo de su cuerpo. Al verla en ese estado de ausencia, Epimaque se asomó por detrás, la tomó con suavidad de la cintura y besó su hombro derecho percibiendo una piel fría. Para contrarrestar esto él permaneció con sus cálidos labios adheridos a aquella gélida zona: ansiaba que la piel de Manibha volviese a estar cálida, suave, satisfecha y lejana al dolor, por lo que pronto le respiró sobre su pelo y ella despertó de aquel profundo letargo.
Sus manos se apoyaron en las de Epimaque, las cuales aún permanecían dormidas en su cintura, y giró lentamente su cabeza para comentarle casi susurrando que debían encontrar a sus padres. Ella comenzaría a buscar por el cuarto principal. Debió hacer lugar a su paso corriendo objetos con sus pies y saltando muebles derribados. Aunque difícil de creer, no sintió ni la mínima pena por hacerlo; al llegar al cuarto principal encendió la luz y quedó detenida justo debajo del blanco marco de la puerta. Desde allí examinó la atmósfera: el ventanal que ofrecía vista al patio trasero de la casa estaba estallado en pedazos, la ropa esparcida por el suelo, los cajones abiertos y despedazados, y el colchón con una herida de machete sobre el centro con el algodón asomado. Ingresó al cuarto con movimientos pausados. Entre el desorden, Manibha advirtió que debajo de su pie derecho algo se resquebrajaba y al observarlo comprobó que era el marco de un portarretrato. Al levantar su pie y darlo vuelta sus ojos se humedecieron como un acto reflejo. En la fotografía, que era bastante reciente, aparecía toda la familia unida en el patio trasero, sobre el costado de la huerta en un día soleado; en el centro de la imagen posaban los padres de Manibha y al lado de estos estaban el pequeño e inteligente Akanni, de trece años; el sagaz e impulsivo Sirhan, de once años, y el amistoso y simpático Betserai, de nueve. Debajo estaban sentadas sobre el suelo la pequeña y soñadora Bintou con sus seis años, la cual amaba y siempre permanecía al lado de Kesia, de diez años, la sensible y dulce de la familia, la cual tenía como máximo referente a su hermana mayor Manibha. Ella y Epimaque aparecían justo detrás de los padres, abrazándolos. Era el recuerdo de un tiempo perfecto, de un ayer que ya no existía. Sabía que en momentos de dolor esa fotografía podría impulsarla a no sucumbir ante la rendición, motivo por el cual la guardó en el bolsillo superior de su camisa.
Salió de aquel sitio dirigiéndose hacia el cuarto contiguo, en donde anteriormente dormían sus hermanos varones, y al llegar a la puerta observó un ambiente desolado y caótico, pero menos revuelto que el cuarto principal. Tal vez los milicianos sabían que en un cuarto de niños no hallarían nada de valor. Manibha ingresó, se acercó hacia una de las camas y sintió la necesidad de tocar la almohada, olerla y acariciarla suavemente como quien extraña. Creyó con firmeza que sus padres quizás podrían estar escondidos debajo de las camas individuales, por lo que se agachó lentamente con la esperanza de encontrarse con dos miradas amedrentadas, con ojos abiertos de miedo o con manos temblorosas reclamando ayuda. Sin embargo, nada de eso apareció, solo el vacío y el silencio. Decidió ir por Epimaque para continuar la búsqueda por fuera del hogar, ya que a pesar de que todavía restaba revisar su habitación y la de sus hermanas, su intuición le dijo que no habría nadie. Se dirigió hacia la cocina aun sabiendo que allí no había forma de esconderse.
Ambos permanecieron en la puerta de entrada durante unos minutos pensando posibles opciones, pero la realidad era que ella no podía pensar demasiado en profundidad, le costaba concentrarse y sostener la atención. Epimaque le insistió en que hiciera un esfuerzo para decidir en qué sitio seguir buscando. El tiempo no era un aliado y, en ese contexto de acecho, solo el movimiento era sinónimo de supervivencia. El intento de concentración resultó inservible, ya que ninguna idea concreta apareció por su mente, por lo que decidieron salir en dirección a las casas cercanas, a unos treinta metros de distancia.
La mano de Manibha se entrecruzó con la de Epimaque y comenzaron a caminar a paso rápido en aquella lúgubre noche. En este sector las luminarias no funcionaban salvo unas pocas que titilaban asiduamente. Alertas a cualquier movimiento sospechoso observaban con cautela cada rincón, ya que incluso la lejanía parecía amenazante. Estaba implícito que ante cualquier mínima advertencia correrían nuevamente hacia el pantano debido a que este parecía ser el único resguardo en todo el pueblo al que los milicianos mirmabis no accederían. Ambos avanzaron con desconfianza sobre las calles. Como si de la búsqueda de un tesoro se tratase, cada paso que daban aumentaba el ritmo cardíaco de Manibha y su respiración se agitaba hasta sentir que su garganta se cerraba, una fuerte opresión en el pecho le provocaba palpitaciones tan intensas que casi podía ver su piel moverse. El reencuentro con sus padres, definitivamente, sería un verdadero tesoro; un encuentro que redimiría a Manibha del dolor eximiéndola así del sufrimiento que conllevaría cualquier otro desenlace.
La atención puesta en las calles era extrema, miraba hacia ambos lados con desesperación deseando en su imaginario encontrarlos detrás de un enorme ombú o agazapados tras un fastuoso pastizal que los ocultara de los milicianos. Ella vería a su padre reclinado, observándola con asombro y sonriendo con mueca de miedo para luego ensayar un movimiento lento, tan lento como el movimiento de traslación de la tierra, apenas tocando con cautela a su esposa para indicarle que Manibha los había encontrado, que el acierto se había producido y que, para huir juntos hacia la iglesia, solo debían acercarse unos pocos pasos y correr juntos.
Avanzaron unos metros más y en el preciso instante en que el campanario de la iglesia sonó, Manibha se detuvo abruptamente con su mirada puesta sobre el suelo. En su pestaña derecha pudo ver una gota de sudor colgando que observó caer con pesadez impactando sobre la calle de tierra. En ese momento, en ese preciso momento, el mundo se convirtió en polvo y el cielo soltó un estruendo que pareció sacudir las paredes de las casas de concreto. Todo se enlenteció, incluso el movimiento de las copas de los árboles. Manibha observaba hacia abajo y pronto sus músculos se rindieron dejando caer su cuerpo con todo su peso hasta quedar arrodillada frente a la cruel imagen.
El hallazgo de sus padres se había producido bajo las peores condiciones existentes: sobre una cuneta al costado de la calle, el cuerpo del padre de Manibha estaba desprolijamente desparramado y, a su lado, su madre asesinada con un disparo en el pecho parecía querer abrazar a su esposo. Sus ropas parecían ultrajadas y presentaban signos de resistencia. El alma de Manibha sentía la tortura y a pesar de estar en shock, comprendió enseguida lo que estaba sucediendo, ya que los dos días refugiados en el pantano le habían permitido comprender y asimilar que el genocidio era real, que seres humanos mataban salvajemente a seres humanos y que no existía ningún tipo de piedad que pudiese detenerlos. En ese momento ella se acercó hasta donde pudo y al tomar a su madre de la mano, advirtió que el cuerpo desprendía vapores fétidos. Atinó a mirar fijamente a esos ojos que permanecían abiertos y, posando con desconsuelo sus dedos índice y medio sobre los párpados de su madre, se los cerró mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla hasta caer justo al lado del orificio del disparo en su pecho. Manibha se arrodilló frente a ellos y permaneció unos cuantos segundos observándolos. A juzgar por el sitio de las heridas de su madre y la forma en que su cuerpo fue impulsado, todo indicaba que la habían obligado a arrodillarse y rematado con un disparo a corta distancia. Una ejecución de lo más cobarde que evidenciaba la vulnerabilidad a la que habían sido sometidos.
El aire que circulaba en la madrugada de Lagdemesla era una mezcla de calor húmedo con ciertas ráfagas de inmundicia que se desprendían de la incontable cantidad de cadáveres y, cada tanto, una brisa de aire fresco atravesaba el ambiente. Mientras Manibha observaba con nostalgia la camisa roja a cuadros grises que llevaba puesta su padre, aspiró ese impecable aire que se sentía realmente limpio. De repente se levantó una nube de polvo. Manibha y Epimaque taparon sus ojos para evitar ser alcanzados, pero en el en el instante en el que la ventisca alcanzó su mayor impulso, ella escondió sus ojos tras la palma de su mano inclinada horizontalmente obligándola así a mirar hacia abajo, justo donde permanecían sus padres. El resguardo del polvo fue eficaz, pero se percató de un detalle mínimo que llamó poderosamente su atención: la fuerte brisa dejó notar que a la altura del hombro derecho de la camisa de su padre un pequeño corte se exhibía, era un tajo que parecía ínfimo y el viento lo rozó levantando el insignificante trozo de camisa como si fuesen las branquias de un pez al respirar. Tras cesar la polvareda, Manibha no sintió a sus pulmones purificados, sino que por el contrario su garganta pareció cerrarse y sus músculos tensarse. Utilizando su dedo índice y pulgar como si fuera una pinza, levantó el trozo de camisa que continuaba moviéndose y al hacerlo, pudo ver un corte aún mayor en el brazo empapado de sangre seca en donde el rojo furia parecía abarcar toda la zona; ella respiró de manera brusca, tomó el pequeño fragmento de tela con una mano y con la otra tiró fuertemente hasta rasgarla dejando así el brazo y el torso de su padre al descubierto. Lo que vio la impresionó de tal manera que, como una propulsión involuntaria, intentó alejarse rápidamente caminando hacia atrás impulsada con sus manos y piernas, como si fuese un cangrejo escapando de su presa. Quedó a un metro de distancia del cuerpo de su padre y se tapó el rostro. Inmediatamente Epimaque la abrazó e intentó no mirar lo que el salvajismo había dejado como evidencia, lo cual era una clara secuela del horror: al padre de Manibha, Mbaye, le habían hecho un profundo corte con un elemento afilado, con certeza un machete, que lo había dejado con el brazo casi colgando del hombro. Al parecer el corte le había seccionado parte de las articulaciones y los nervios, destrozando las venas y arterias que irrigan el brazo, lo cual le provocó una enorme pérdida de sangre.
El dolor de Manibha, que podría haber sido mínimamente mitigado con la idea de que la muerte de su padre habría sucedió rápido y sin agonía, ahora abría una nueva herida al comprender de su padre había estado expuesto a un sufrimiento extremo. Y evidentemente eso era lo que hacía la tribu mirmabi con la tribu costak: al disponer de armamentos y de superioridad numérica exponían a las víctimas a un lento y amargo sufrimiento proporcionando cuotas de dolor innecesarias que solo satisfacían sus propios deseos de ensañamiento, crueldad y barbarie humana.
Todavía sentada sobre la calle y envuelta en llanto, un abrazo de Epimaque intentó contenerla. Ella comenzó a hiperventilarse respirando odio, ese odio que no tiene vuelta atrás y que solo se sacia con la represalia. Sintió cómo los músculos de su cara se volvieron rígidos, sus puños se cerraron y los vasos sanguíneos de sus ojos se inyectaron con sangre de venganza, una venganza que, mientras ella siguiera viva, tarde o temprano, debía llegar. Gritó tan fuerte como pudo hasta que Epimaque tapó su boca con ambas manos. La mente de Manibha, definitivamente, estaba bloqueada; selló fuertemente sus ojos como si con ese acto se borrara todo lo malicioso y al abrirlos la realidad ideal se restableciera, pero lo intentó dos veces y nada sucedió. Los cuerpos de sus padres continuaban en el mismo sitio bajo la mirada de Epimaque que, a su lado, hacía un gran esfuerzo por no derramar lágrimas. En esta circunstancia, él creyó que debía ser fuerte para que ella se permitiera lo que jamás se permitía: ser débil, llorar, sentirse víctima de un tormento y demostrar tristeza. Los padres de Manibha habían criado a Epimaque como a un hijo más desde que este era muy pequeño y ahora él los veía allí, arrojados a un costado de la calle como si fuesen parásitos.
3
El color de los huesos
No hay dudas de que ser partícipe de este mundo implica dejar trozos de uno mismo esparcidos por el camino. Manibha tuvo la sensación de que gran parte de su alma se quedaba allí, estancada, destrozada y vacía justo al lado de ellos. El silencio de la noche la aturdió. Hizo un esfuerzo por recordar la voz de su padre, pero no logró capturarla con claridad. ¿Cómo continuar después de aquella cruda imagen? A pesar de sentir su cuerpo fragmentado, tuvo la intención de trasladar a sus padres a otro sitio, tal vez a su hogar. Cruzó por su cabeza la idea de llevarlos hasta allí y dejarlos recostados sobre la cama matrimonial. En todo caso, ¿qué más podría hacer?
Se paró detrás del cuerpo de su madre, la tomó de ambos brazos e intentó arrastrarla. Lo miró a Epimaque y no fue necesario utilizar el recurso de la palabra, instantáneamente él se percató de que Manibha necesitaba su ayuda a pesar de que le parecía una pésima idea. Eran las cinco de la mañana; dentro de pocas horas los milicianos mirmabis comenzarían a deambular por el pueblo y a organizar redadas, por lo que era un un riesgo demasiado grande detenerse por más de treinta segundos en un mismo lugar. No la consideraba una buena decisión, pero a Epimaque también le resultaba inhumano dejarlos allí. Le sugirió mediante señas y en voz baja que tomara de un brazo a su madre mientras él la tomaría del otro. Manibha se levantó, se ubicó justo detrás de su madre y sujetaron ambos brazos con fuerza. Les era bastante arduo moverla no solo porque el peso muerto era un escollo difícil de sortear, sino que esto se sumaba a que sus fuerzas estaban disminuidas a causa de la falta de alimentación y el cansancio acumulado. Ambos sabían que para llegar a su hogar debían desplazarlos bastantes metros, por lo que se miraron con desazón y no hizo falta verbalizar para darse cuenta de que sería una tarea realmente extenuante. Resignada, se arrodilló al lado de su padre y lo acarició, con su otra mano intentó hacer lo mismo con su madre, pero antes de poder tocarla se oyeron unos gritos lejanos y un motor que rugía como un león hambriento encerrado en una jaula.
No tuvo tiempo de despedirse de sus padres. Al alzar su cabeza vislumbró dos luces de un vehículo que avanzaba a gran velocidad por las calles empedradas a una distancia de quince cuadras aproximadamente; allí comprendieron no solo que la persecución no había cesado, sino que ahora evidentemente los habían visto a la distancia y eran un blanco fácil. Epimaque levantó bruscamente a Manibha por los hombros y comenzaron a correr a toda prisa. Al mirar hacia atrás por última vez, automáticamente se desvaneció el dolor que llevaba dentro de su alma y se hizo presente el miedo, la adrenalina y una desconcertante sensación de angustia.
Trastabillaron varias veces hasta estabilizarse. Llegar al pantano era sinónimo de supervivencia. Allí podrían permanecer hasta hallar un nuevo sitio donde ocultarse o, en todo caso, aguardar el tiempo necesario hasta que el genocidio llegara a su fin a pesar de las consecuencias que eso podría conllevar. Manibha y Epimaque tomaron un atajo por entre las casas de hormigón y perdieron de vista el jeep de los mirmabis. Al llegar al pantano, a las cinco y media de la mañana, saltaron sin dudarlo hacia las verdosas aguas y comenzaron a desplazarse hasta llegar allí, donde los milicianos jamás los hallarían. Caminaron varios metros con el lodo hasta el pecho mientras oían algunos murmullos y sus cuerpos, que casi habían recobrado algo de energía, ahora volvían a un estado de cansancio desesperante. Decidieron permanecer ocultos, en silencio y sumergidos, hasta que las voces de los milicianos dejaran de oírse definitivamente.
El campanario de la iglesia de Lagdemesla contaba con tres campanas conectadas entre sí y desde el centro de estas colgaba una gruesa soga. Antes del genocidio, cada mañana, exactamente a las siete y media, el padre Essien tomaba la cuerda con ambas manos y con movimientos fuertes las hacía sonar para convocar a los feligreses al servicio religioso; entonces, se realizaba una pequeña oración de no más de diez minutos y cada cual regresaba a su hogar para comenzar el día. La iglesia se ubicaba sobre un valorado terreno de Lagdemesla que el gobierno de la Isla de Metplanza le había adjudicado para su construcción; a su vez, la isla estaba compuesta por dos municipios: Lagdemesla y Borna, su capital. El gobernador era Rob Ashford, quien tenía un fuerte lazo de amistad con el padre Essien desde hacía muchos años. El primer encuentro entre ambos había sido en oportunidad de la ceremonia realizada por el padre Essien a los padres de Ashford, recientemente fallecidos en un desafortunado accidente aéreo mientras sobrevolaban Lagdemesla. Aunque todavía no era gobernador, tenía un alto puesto político. Luego, con el tiempo, el electo gobernador Ashford eligió al padre para confesarse por sus pecados, tal como lo exigía la ley para quien comenzaba un mandato, motivo por el cual este se desplazó hasta Lagdemesla y en la pequeña capilla en ruinas donde trabajaba el padre Essien, prácticamente inhabitable, realizó su confesión.
A los dos días Rob Ashford regresó a la capilla de Lagdemesla para comentarle que había conseguido la adjudicación de un gran terreno. Le propuso construir en ese sitio una deslumbrante y suntuosa iglesia, con una enorme cruz de madera en la fachada. A decir verdad, el padre Essien era un hombre correcto, de comportamiento inmaculado, sumamente querido en Lagdemesla debido a su conducta intachable. La propuesta del gobernador Ashford le pareció desinteresada y altruista. Considerando que la actual capilla no resistiría otro invierno, creyó correcto aceptar la proposición. Al mes siguiente, una gran iglesia con vigas de pino y una enorme cruz de madera había sido construida sobre aquel terreno y en un acto en donde se reunió gran parte de la población de Lagdemesla, el gobernador Rob Ashford le entregó las llaves.
Actualmente, el padre Essien la estaba utilizando como refugio para las víctimas del genocidio. En el interior de la iglesia el ambiente era lamentable, los adultos permanecían sentados en el suelo con rostros ensangrentados, se oían los llantos silenciosos de su desconsuelo al observar a sus hijos mientras jugaban con rostros sucios y ropas deshechas. Este contaba con dos colaboradores armados que repartían mantas y alimentos enlatados que se conservaban en un depósito de gran tamaño, una especie de búnker subterráneo, de acceso restringido, que el gobierno había construido bajo la iglesia.
Allí dentro, Akanni, el intelectual de los hermanos de Manibha de trece años iba de un lado a otro y todo el tiempo pensaba en la forma de huir de aquel sitio al que cada vez llegaba más y más gente. Sirhan, de once años, era un niño sagaz, veloz e impulsivo; seguía constantemente a su hermano mayor y entre ambos consideraban la opción de escaparse de la iglesia, para regresar con más comida y agua para abastecer al resto; luego le seguía Kesia, una dulce y sensible niña de diez años quien, si hablamos desde una dinámica familiar, era el corazón, el puente entre los seis, el que buscaba mantener la unión entre todos. En la iglesia intentaba constantemente mediar con sus hermanos mayores para que no se escapen, ya que temía quedarse sola con Betserai y Bintou. A su vez, Betserai, de nueve años, era el más sociable, siempre generaba nuevas amistades y la pureza de su sonrisa convencía a cualquiera: él sabía eso y lo utilizaba a su favor. Por último, estaba Bintou, la más pequeña, de seis años. Ella era una soñadora: unos grandes ojos marrones portaban un brillo incandescente. Los cinco pequeños, con sus formas individuales de ser, se complementaban y tenían una comunicación fluida entre ellos, como si cada uno supiese el rol que ocupaba dentro del sistema familiar. De alguna forma, sus padres habían potenciado sus cualidades particulares. Todos ellos deseaban reencontrarse con Manibha, pero sabían que ella se había ido a buscar a sus padres y ahora estaría haciendo todo lo posible por volver a verlos.
Eran las siete y media de la mañana y el sol con su incandescencia se jactaba de iniciar su recorrido para pronto estar iluminando todos los sectores de Lagdemesla. Luego de dos horas dentro del pantano finalmente se silenciaron las voces de los milicianos. Manibha y Epimaque decidieron salir de allí para volver a las calles con la idea de ir a la iglesia y, cubiertos de barro, se dirigieron sin dudarlo en esa dirección. Apuraron el paso tomados de la mano y avanzaron lo más rápido posible a pesar del debilitamiento, pero repentinamente Manibha experimentó un profundo mareo y sus piernas se ablandaron para pronto desvanecerse y caer pesadamente contra el suelo.
Treinta segundos después de descompensarse apenas pudo abrir un ojo. Su rostro estaba un poco lastimado y su mejilla derecha cubierta de tierra. El golpe de la caída la había dejado perdida en tiempo y espacio. Epimaque la levantó de forma brusca del brazo izquierdo; cuando pudo reanimarla la enganchó en su nuca y la tomó fuertemente de la cintura, mientras sus piernas apenas colaboraban con el avance. Los puestos de control mirmabis estaban por todos lados y Epimaque tenía la certeza de que no muy lejos se encontrarían con uno de ellos. Con Manibha a cuestas avanzaron lentamente por las calles en dirección a la iglesia, desde allí podían ver a lo lejos cómo la gran cruz de madera se alzaba en lo alto.
La llegada era inminente, solo restaban trescientos metros y la esperanza de subsistencia en el refugio iba creciendo a medida la distancia se reducía. Los tobillos de Manibha llevaban consigo algunas heridas y su cuerpo casi no le respondía, así avanzaron cincuenta metros hasta llegar a un cruce de calles y allí Epimaque apuró el paso mientras le susurraba al oído que necesitaba que se mantuviese despierta. El calor de la mañana se tornó sofocante, sus organismos habían perdido mucha agua, que no había sido repuesta en ningún momento, y él pensó inmediatamente que deberían haber consumido algún líquido cuando llegaron al hogar de Manibha, pero el pensamiento se evaporó al instante cuando su mente lo asoció con el horroroso desenlace en el que derivó aquella búsqueda. Atravesaron el cruce de calles a paso moderado y Epimaque notó que su cuerpo también comenzaba a ofrecer pocas respuestas, sentía cómo sus hombros se desvanecían hasta que percibió en su pierna un leve hormigueo y su brazo derecho, de músculos tensos por la fuerza continua, se endureció de golpe como una roca. Ya no se creyó con la fortaleza necesaria como para llegar y deseó terminar con el sufrimiento a pesar de que esto implicara sucumbir, derrotarse, derrumbarse y, por lo tanto, verla derrumbada también a Manibha.
La propia inercia los trasladó unos pocos metros hasta terminar de atravesar el cruce, pero a lo lejos, a unas quince cuadras, un puesto de control mirmabi los avistó y comenzó a disparar hacia el cielo, a gritar y a festejar tal como lo hace una tribu salvaje que hambrienta observa un jabalí a la distancia y necesita asesinarlo a punta de lanza para alimentarse de él. De inmediato cuatro milicianos se subieron al jeep y a toda velocidad comenzaron a perseguirlos; Manibha, apenas despierta, al sentir que su cuerpo no le ofrecía respuestas experimentó un miedo que recorrió sus venas. En Epimaque, la persecución derivó en inyección de adrenalina, que le proveyó fuerzas de desconocido origen permitiéndole avanzar tan solo unos metros más. De reojo la miró a ella y notó que tenía una palidez especial. Al dar la vuelta a la esquina perdieron de vista a los milicianos, no obstante, a juzgar por el ruido, era evidente que los mirmabis continuaban avanzando por la misma calle con ligereza y que en no más de treinta segundos los alcanzarían y no dudarían en ejecutarlos sin mediar palabra. Las opciones eran sumamente escasas: en ese lapso estarían inmediatamente muertos y aún los separaban doscientos metros de la iglesia.
Los pies de Manibha, que antes colaboraban tibiamente con el desplazamiento, ahora comenzaron a arrastrarse como si su cuerpo ya no diese abasto y el brazo izquierdo, que colgaba por la espalda de Epimaque, finalmente perdió firmeza mientras él, que la transportaba con el último suspiro de fuerza, se desvanecía lentamente. Manibha sintió un extraño vacío en su estómago al mismo tiempo que se aceleraron sus palpitaciones y su frente comenzó a sudar exageradamente, intentó hablarle a Epimaque, pero su boca balbuceaba, no podía expresar palabra alguna y de allí solo salió una mínima bocanada de aire caliente, su taquicardia se atenuó y en el interior del cuerpo de Manibha se produjo una brusca dilatación de sus vasos sanguíneos que le provocaron la caída repentina de su tensión arterial. Su corazón se frenó y comenzó a latir con una frecuencia inferior a la necesaria. Su cerebro ya no recibía la circulación de sangre suficiente por lo que dejó de funcionar con normalidad y perdió el conocimiento. Ante el desmayo sufrido, su cabeza comenzó a tambalear; Epimaque lo notó de inmediato, al mirarla sus ojos estaban inertes y al tomarle el pulso notó que el volumen de sangre empujado desde el corazón era débil y lento. Al tratar de recomponerla, comprobó que el cuerpo de ella estaba en peso muerto por lo que comenzó a sentir en su brazo derecho un ardor inexplicable lo cual le imposibilitó seguir sosteniéndola. Tras perder la resistencia, Manibha se derrumbó sobre la calle y esa imagen terminó por aniquilarlo, física y psicológicamente. Ella, inconsciente en el suelo, podría sentirse merecedora de un descanso eterno que la libere de tanto sufrimiento: en primer lugar, se había separado de sus hermanos, luego su padre había sufrido un profundo corte en su brazo dejando en evidencia sangre y articulaciones que exponían el color de los huesos, y por último, su madre había sido rematada con un disparo en el corazón. Epimaque tambaleó queriendo mantenerse en pie como quien niega verse derrotado, pero inmediatamente se desplomó.
Con su frente cercana a la de Manibha, brotó desde su interior un recuerdo que él interpretó como un obsequio por haberse atrevido a luchar hasta las últimas consecuencias: esta evocación era el día en que la conoció. A pesar de que eran amigos desde muy pequeños, Epimaque siempre se había sentido atraído por su forma de ser, pero jamás se lo había dicho; recordó que, de aquel día, lo que más le impactó de ella fueron sus ojos, eran extraños y radiantes, pero su iris, justamente su iris, fue el que dio vuelta su mundo por completo. Recordó con claridad que fueron sus sofisticadas facciones las que generaron en él un impacto inmediato. Le resultaba difícil identificar si los destellos de luz que desprendía su rostro provenían de la curvatura de sus pómulos al sonreír o de la forma en que sus dientes trazaban una simetría imperfecta; o quizás de las galaxias levemente marrones casi imperceptibles a ambos costados de su nariz que solo florecían cuando la claridad las rozaba; o si simplemente el placer de mirarla estaba en sus parpadeos lentos e inocentes. Recordó con claridad que sus ojos parecían coloreados por un artista excelso cuya única obra a lo largo de su carrera sería esa, donde todas sus energías habían sido puestas en aquella sublime creación; eran de un color celeste marino que, al aproximarse a la pupila, se difuminaba en un elegante verde agua. Con solo siete años, Epimaque sintió en su corazón que ella era la niña con la que quería disfrutar de su infancia y sería la mujer con quien querría pasar su vida entera.
La satisfacción de aquel recuerdo hizo que Epimaque, aún desplomado sobre la calle, soltara un gesto de sonrisa y algunas fibras de su sistema nervioso sintieran un calor gratificante. Al mismo tiempo una sensación de arrepentimiento lo envolvió al ser consciente de que jamás le había declarado su amor ni tampoco le había ofrecido indicio alguno. Ahora Manibha permanecía desmayada e inconsciente a su lado y, a pesar de que estaban tendidos en la calle, posó su mano izquierda sobre la mejilla de ella y le dijo en voz muy baja que la amaba. Que siempre la había amado. Aunque ella ahora no lo escuchase.
La complejidad de la situación había llegado a un extremo impensado, con mínimas posibilidades de subsistencia, dentro de un entorno que continuamente comprometía más y más su integridad física. Epimaque, aun echado, corrió su vista del rostro de Manibha para revisar por última vez el entorno. Al observar hacia arriba, experimentó un desvarío, una imagen borrosa, como si estuviese sumergido en una niebla espesa en donde su consciencia solo parecía concentrarse en los detalles. Él parpadeó lentamente. Su visión se tornó cada vez más difusa hasta finalmente comprender que las opciones estaban agotadas y que el tiempo, a pesar de su deseo, no se detendría: en ese instante se rindió por completo. Posó su mano derecha sobre la izquierda de Manibha y, con su otra mano todavía apoyada sobre la mejilla de ella, dejó caer un suspiro. Pudo sentir como si su alma se esfumase, se elevase, quedando tan solo su cuerpo.
La respiración de Epimaque, que hasta hacía unos minutos estaba entrecortada por la desesperación, ahora encontró algo de complacencia en aquel recuerdo, sumiéndose así en un abandono que ya no le era tan doloroso. El entendimiento, que un momento atrás veía como una nube repugnante que cubría cualquier intento de comprensión, ahora lo sentía mitigarse y la condena ya no le parecía tan desgarradora. La esperanza, que hasta hacía poco consideraba encenderse como una vela en la oscuridad quizás alumbrando una posible subsistencia cuya vida podría ser reconstruida, ahora se limitaba a iluminar solo ese momento y se entregaba por completo a un presente que, si pudiese inmiscuirse nuevamente en aquel recuerdo con Manibha, no sería ni triste ni desolador ni desértico, sino pacífico y, por qué no, tal vez pudiera largarse de esta prematura e injusta existencia con una mueca de sonrisa en su rostro.
4
Réquiem
Cuando era una niña, Manibha encontró un pequeño gorrión herido bajo un gran árbol en el parque de su casa. Había estado jugando sola, corriendo de un lado a otro, agitando sus brazos como si fueran alas. Siempre había deseado volar. Encontraba en ese acto cierta libertad que la cautivaba, haciéndole creer que podía llegar adonde quisiese solo con disponer de dos grandes alas. Se imaginaba elevándose sobre las casas con aleteos lentos y consistentes, observando desde allá arriba la espesura de la arboleda de los bosques, el sosiego de los lagos y la furia de los mares; con la capacidad de levantar vuelo para luego disfrutar de la caída en picada sintiendo el viento en su rostro. Al jugar a volar, se imaginaba planeando en línea recta rozando la superficie del mar, un mar a veces calmo y silencioso, en un atardecer anaranjado mientras el sol se escondía lentamente. Creía que esta era la única manera de conocer todos los amaneceres y las puestas de sol del mundo. Y estaba en lo cierto.
La mañana en que se produjo el hallazgo del gorrión, la pequeña Manibha llevaba un pantalón recortado color azul desgastado, los pies descalzos y una remera blanca de algodón manchada con tierra, que usaba únicamente para jugar, con un león en el medio que parecía rugir con fuerza; también tenía puesta una gorra de algún equipo de béisbol norteamericano. El pasto siempre estaba corto y reseco por las temperaturas de la región, los paredones que delimitaban el terreno eran de un metro y medio de altura y en el centro del parque se alzaba un gran árbol que impactaba por su prominente tamaño y por el verde de sus hojas. Manibha corría revoloteando sus brazos, casi rozando los paredones cuya pintura roja se había desgastado con el tiempo, exponiendo grietas donde algunas malezas crecían y las cuales Manibha, con su sensibilidad, no solo se negaba a arrancar, sino que incluso se lo prohibía a sus padres. Pasaba a su lado y las observaba crecer. Era la naturaleza misma brotando y haciéndose lugar con el afán de perpetuarse.
Estaba admirando esas pequeñas plantas cuando de pronto, un ruido corto y abrupto la sacó de un tirón de aquella actividad que la transportaba hacia los confines de su imaginación. Fue un sonido seco, como si un libro de bolsillo impactase sobre un colchón de papeles. Apenas lo oyó, Manibha detuvo de inmediato su aleteo y con el asombro de una niña observó, algo impactada, en dirección hacia el gran árbol; sus pies descalzos intentaban ser cautos y hacer el menor ruido posible al avanzar lentamente en puntas de pie. Era una mañana soleada, había dos o tres nubes a la vista. Se acercó un poco más y nada aparecía, solo hojas de otoño nacidas a principio de la primavera que se desprendían con facilidad. Decidió arrimarse hasta quedar justo al lado del gran árbol, pero nada apareció. Posó ambas manos sobre el tronco sintiendo la gruesa textura de su corteza, miró hacia arriba y solo vio ramas superpuestas y hojas que daban la impresión de ser un gran oleaje verde, miró hacia abajo y solo sobresalía la raíz, pero de pronto escuchó el breve piar de un gorrión proveniente del otro lado del majestuoso ejemplar.
La pequeña movió su cabeza y, como espiando detrás del árbol, vio a un diminuto gorrión que se hallaba tirado sobre un fragmento de hojas verdes y parecía reclamar ayuda. Manibha recuerda haber sentido, en ese momento, varias emociones entremezcladas que se asemejaban a un cóctel, cuyo producto final era una alegría desmedida. La envolvía un estado de euforia propia de la niñez en donde los nervios y la impulsividad le ganaban a la lógica y a la razón. En un primer momento no supo qué hacer, su felicidad era tal que hubiese optado por levantarlo y continuar corriendo, tomándolo de sus alas heridas emulando que el pequeño gorrión reanudaba su vuelo, pero al instante se dio cuenta de que eso sería cruel. Pero pronto experimentó cómo se aplacaba su impulsividad, al comprender que, si deseaba ayudar al gorrión herido, no podía jugar con él; debía tomar decisiones para que en un futuro cercano pudiera volver a levantar vuelo por sus propios medios. Fue algo así como un golpe de madurez: rápidamente se quitó la gorra y la volteó; la apoyó sobre el pasto para luego llenarla de hojas hasta asemejarla a un nido confortable. Con ambas manos en forma de cuenco tomó al pequeño gorrión con cuidado y lo depositó sobre el nido artificial, caminó despacio hasta el interior de su casa y un miedo repentino la sacudió al creer que sus padres la reprenderían. Siempre le advertían que algunos animales traían consigo enfermedades y para ella, un gorrión no estaba exento de esa clasificación. Al ingresar y para su sorpresa, ambos padres la ayudaron a armar un nido aún más confortable en una vieja caja de zapatos, lo alimentaron y cuidaron de él hasta que, al cabo de poco tiempo y con una notable mejoría, lo liberaron en el parque en donde finalmente tomó vuelo con movimientos lentos y consistentes, perdiéndose de vista casi de inmediato.
Algunas nubes se fueron reuniendo en el cielo hasta opacar la claridad del sol. Ellos continuaban desplomados en la calle. El motor del jeep que trasladaba a los milicianos se volvía más y más cercano. Epimaque, quien yacía abatido ya se había entregado al oscuro porvenir cerrando los ojos, dispuesto a esperar un impacto. El dedo pulgar de Epimaque acarició lentamente la mano de Manibha con movimientos zigzagueantes y algo sucedió: los dedos de ella comenzaron a moverse lenta pero eléctricamente, como si algún vestigio de corriente quedara fluctuando dentro de su cuerpo y en sus dedos encontrase una vía de escape. Los ojos de Epimaque, que hasta ese instante habían renunciado a cualquier ilusión de subsistencia, se abrieron arrastrando consigo una respiración aligerada. Se deslizó con los codos tan cerca como pudo hasta sentirla y, en un gesto desesperado, tomó con ambas manos su cabeza mientras decenas de nubes oscuras cubrieron el cielo.
— ¡Manibha, Manibha! ¡Despierta! ¡Debemos ponernos de pie! —exclamó él en voz muy baja.
No hubo respuesta. Intentó abrirle los ojos esperando que reaccione, pero nada sucedió. Su desesperación se acrecentaba mientras el rugido del motor del jeep mirmabi continuaba galopando a toda velocidad, dejando a su paso grandes nubes de polvo. Gritos indescifrables y vítores parecían estar a no más de diez cuadras de distancia y en Epimaque el miedo creció hasta convertirse en terror y pronto el terror devino en angustia. El cielo tronó tantas veces que se asemejaba a la carcajada del mismísimo diablo.
La lluvia comenzó a caer y las primeras gotas le trajeron a Epimaque un efímero recuerdo, como una especie de asociación inconsciente que duró apenas unos microsegundos. ¿Un escorpión? ¿Por qué pasaría por su mente la imagen de un escorpión? Fue una especie de regresión hacia épocas de su infancia a la velocidad de la luz: en la escena estaba él, de niño, tirado sobre un césped verde mientras un escorpión se le acercaba a paso lento. No tenía miedo, sino curiosidad, ya que se sentía hipnotizado por el movimiento de sus pinzas. A unos centímetros de distancia el escorpión se detuvo y le apuntó con su aguijón. La glándula del veneno se veía húmeda y estuvo tan cerca de su rostro que una simple picadura probablemente lo hubiera matado, pero el niño Epimaque no sentía miedo, como si quisiera observar al peligro de cerca. Actualmente, esas gotas de lluvia le recordaban a aquel escorpión apuntándolo con el veneno escapando del aguijón.
Con frecuencia se veían escorpiones en aquella región y él, de pequeño, había llegado a reconocerlos fácilmente por el brillo fluorescente que desarrollaba su cuerpo al completar el estado de madurez. Sabía con certeza que, a pesar de tener muchos ojos, no poseían buena visión. Sin embargo, contaban con una gran capacidad para ocultarse y entremezclarse con el entorno. Se preguntaba cómo lograban moverse con éxito a pesar de su mala visión, hasta que supo que lo hacían utilizando sus sentidos, lo que les permitía percibir y conocer todo lo que se encontraba a su alrededor. Esta información pasó por la mente de Epimaque en un fragmento de segundo, como si la psiquis en situación de urgencia buscase en su base de archivos datos que propicien la supervivencia, sin que el sujeto siquiera se percate.
Un instinto natural de conservación hizo que Epimaque afinara sus sentidos tal como lo hacía el escorpión con el que estuvo cara a cara en su infancia; entornó apenas sus ojos y, como última estrategia antes de ser alcanzado por sus perseguidores, aguzó su vista. Observó con detenimiento su entorno esperando encontrar algún detalle que configure una ventaja por sobre la inminente captura, intentó comprender el abanico de opciones aun sabiendo que el tiempo se agotaba y que las opciones no estaban ni cerca de tener la amplitud de un abanico. El viento, que en este momento se había despertado del letargo, comenzó a soplar con la fuerza de un animal salvaje, moviendo de un lado a otro las enormes copas de los árboles, y el polvo de la calle de tierra comenzó a ponerse de pie al momento que las hojas de un antiguo y gigante ombú se balancearon de tal forma que, por un segundo, dejó al descubierto un vértice de acero oxidado que daba la impresión de ser una estructura abandonada.
