Todo eso que nos une - Ana Campoy - E-Book

Todo eso que nos une E-Book

Ana Campoy

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Beschreibung

Cumplir los sueños no siempre es fácil. Sobre todo si te llamas Anne Rottenmeier, tu meta es ser violonchelista y tienes que mudarte a Fráncfort para conseguirlo. Como la vida se le complica, Anne acepta un empleo de "au pair" para cuidar a una niña enferma. Sin embargo, se topa con Clara Sesemann, una adolescente que no se atreve a rebelarse contra la vida que han diseñado para ella. Para Anne, todo son señales y la vida está sembrada de ellas. Así se lo explica a Chicocafé, el único amigo que hace en la ciudad y que pronto se convertirá en algo más. Anne no se achanta a la hora de conseguir sus objetivos. Está convencida de poder lograr sus sueños sin tener que renunciar a nada. Y se propone que Clara también lo aprenda. Lo que jamás podrá sospechar es que sus destinos estarán unidos para siempre .

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Para Amanda,porque esta es nuestra historia

Capítulo 1

De: Anne Rottenmeier

Para: Charlotte Rottenmeier

Asunto: Mi nuevo trabajo

No, querida. No me he vuelto loca. Es la única salida que he encontrado para mi precaria situación. Sé que no me crees, pero te aseguro que es cierto: encontrar alojamiento en Frankfurt está siendo más complicado de lo que pensaba. Decías que te daba miedo aquella idea de irnos a ver gorilas africanos, la fauna salvaje. Pues bien, ESTA es la fauna salvaje. Cuando tenga tiempo, te relataré mis aventuras por la ciudad en busca de un hueco cochambroso al que llamar apartamento. Ya verás como entiendes mi postura y mi decisión desesperada.

En serio. Esto tampoco está mal. Ser au pair de una niña bien educada unas horas al día tampoco es nada del otro mundo. El padre apenas para en casa, así que podré expandirme a mis anchas y colonizar el piso (¡y qué pisazo!). Alucinarías de lo limpio y lo caro que es todo. Sin duda, esta gente tiene muuucha pasta.

Bueno, hasta aquí por hoy. Tengo que deshacer la maleta y establecerme en mi nuevo hogar. Sé que me envidias, lo sé de buena tinta. Conozco tus miraditas. Seguro que estás poniendo ahora mismo el ceño de papá. ¿Me equivoco? Anda, alégrate por mí aunque sea un poquito. Sé que esta decisión es el comienzo de mi nueva gran etapa. Estoy convencida.

Te escribo en cuanto me instale.

¡Mua!

Anne

De: Charlotte Rottenmeier

Para: Anne Rottenmeier

Asunto: Re: Mi nuevo trabajo

Anne:

Precisamente no son ellos los que me preocupan, ¡sino tú! ¿Les hablaste de tu mal carácter en la entrevista? Jamás habría creído que te harías cargo de nadie que tuviera menos de cuatro patas.

Venga, vale. No voy a ser cruel contigo. Solo te daré unos cuantos consejos:

1. Por lo que me has contado, veo que esa niña no tiene madre. Si quieres conservar el techo bajo el que vives, procura ser AGRADABLE con ella. Tiene doce años, está al borde de la adolescencia. Es una edad complicada, ¿recuerdas?

2. ¿En qué consisten exactamente los «desórdenes» de la niña? ¿Les has explicado que no eres enfermera precisamente? El curso de primeros auxilios de la Cruz Roja no sirve. Te metiste en él para ligarte a Friedrich. Seguro que no atendiste demasiado.

3. Procura disfrutar de Frankfurt y de tu nueva vida. Ya sé que no es igual que la comodidad de casa y de la Universidad de Berlín, pero ¡tú has elegido este camino! Has ido allí a cumplir tu sueño, así que no te desanimes si tienes un mal día. Y, sobre todo, ¡no lo pagues con la niña!

Besos,

Charlotte

Tras leer el último correo de mi hermana, me di cuenta de que, como suele ser habitual, Charlotte llevaba razón. El berenjenal en el que me había metido era espinoso, aunque ya era demasiado tarde para echarme atrás.

No había modo de encontrar un maldito apartamento decente en Frankfurt. Al menos, uno con un precio asequible. El dinero que tenía ahorrado no daba para mucho. La cantidad había ascendido a base de esfuerzo y aportaciones familiares desinteresadas, y no podía permitirme malgastarla. Quería llevar adelante mis propósitos y no regresar a Berlín con el rabo entre las piernas, por eso me había lanzado a la búsqueda de una solución original que me salvara el pellejo.

Sabía que Charlotte no se había tragado el Disneylandia que le había relatado en mis correos. Ha ocurrido lo mismo desde que las dos tenemos uso de razón: yo intento edulcorar las situaciones poniendo mil excusas a favor, mientras ella me mira con una ceja levantada evaluando hasta dónde tragarse. Y, en esta ocasión, nada era diferente. Clara, la niña de la que tenía que hacerme cargo, poseía un historial médico diez veces más extenso que un señor de la tercera edad. Sufría un problema de riñón (algo que la obligaba a someterse a diálisis tres veces por semana) y mi misión consistía en hacerle la vida agradable.

Soy muy consciente de mi mal carácter. Creo sinceramente que en las situaciones engorrosas es mejor ser directa. Lo que pasa es que el resto del mundo interpreta mi actitud como cruel y despiadada. Hace años que asumí que mi visión de las cosas suele ser demasiado borde para la humanidad que me rodea. El único problema es que no soporto que nadie me lo diga.

De: Anne Rottenmeier

Para: Charlotte Rottenmeier

Asunto: Re: Re: Mi nuevo trabajo

Te equivocas. De cabo a rabo. En todas las cosas.

Esa niña va a besar su caro suelo de madera por donde yo lo pise, pues dispongo del comodín del piano (¡Ja! ¡No te lo esperabas!). Su padre me ha contratado precisamente por eso. Clara pasa mucho tiempo sola en casa y necesito distraerla, así que prefiere contratar a una cuidadora-música que le dé clases en lugar de a una cuidadora-enfermera.

Tu segunda equivocación es acerca de Friedrich y la Cruz Roja. He de decir que desde la primera clase sospeché que era una relación imposible. Pero ya sabes lo masoca que soy. No vi inconveniente en lanzarme a la desesperada: el boca a boca. Aunque mis esfuerzos no obtuvieron resultados en aquella ocasión (si llego a saber cómo acabó todo después, me habría apuntado a tejer punto), lo bueno fue que aprendí la respiración artificial como nadie. La mejor de la clase.

De todas maneras (y volviendo a Clara), según me explicó el señor Sesemann, es decir, su padre, el problema de salud está bastante regulado. Le conté que mis nociones de enfermería eran básicas (digo yo que algo habré aprendido en el curso de la Cruz Roja) y pareció conforme.

De todas maneras, si veo que el trabajo no me convence o me impide ir a mis clases, siempre puedo dejarlo. Al menos tendré un lugar para vivir mientras busco otra cosa.

Así que no te preocupes más.

Besos,

Anne

Más me valía que no fuera así. La peregrinación en busca de un cuarto habitable me había costado una semana de gastar dinero en noches de albergue y en valeriana. Había sido una travesía salpicada de caseros estrafalarios que casi me había hecho arrojarme al río Main.

La primera de todas había sido Loca de los Gatos Número 1. Por el anuncio que había puesto en Internet, la casa tenía muy buen aspecto. Aseguraba ser diseñadora de interiores y se había preocupado por que las fotos fueran decentes y sofisticadas (vamos, que se había molestado en pasarles un filtrito de Instagram). Debí de sospechar que, al igual que ocurre en las fotos de personas, los filtros suelen ser el mejor recurso para tapar imperfecciones. La casa era tan vieja que nada más traspasar el umbral comprendí por qué el brillo de las fotos estaba tan aumentado. Tras mostrarme el cuarto infecto en el que pensaba emparedarme (aún me sigo preguntando qué filtro utilizó para retocar aquella foto), me dirigió hacia la cocina, donde me preparó un té y comenzó a acariciar a su gato bola de pelo.

La conversación derivó casi instantáneamente hacia su divorcio, su estado de nervios y la medicación que tomaba para superarlo (una charla verdaderamente adecuada para alguien de dieciocho años que pretende alquilarte una habitación). Me tomé tan rápido el té que casi me abraso la garganta. Estaba claro que corría peligro si me quedaba allí un minuto más.

Mi segundo encuentro fue con Budista Rencoroso. No se había molestado en poner filtros a las fotos, pero el anuncio me pareció tan surrealista que decidí ir a conocerlo (¿Quién sabe? A veces, las apariencias engañan). Me encontraba a mitad de semana y la página de anuncios empezaba a resultar un páramo desasosegante. Este era el único en el que las fotos eran decentes:

Hola, futuro compañero (¡o compañera!). Vivo en un piso de tres habitaciones y me gustaría compartir mi casa con personas felices y que tengan pasión por la vida. Soy una persona a la que le encanta sonreír por lo menos cincuenta veces al día. Me dedico a dar clases de yoga, ajedrez y español. Por mi casa también se deja caer mi novia Theresa (bueno, nuestra relación no está muy clara en este momento) y mi gata Navidad, con las que podrás cruzarte por las mañanas. Los tres respetamos cualquier creencia, aunque practicamos el budismo y el veganismo. Si quieres vivir en un ambiente relajado y con olor a jazmín,mándame un mensaje y vienes a visitarnos.

Era estrafalario, desde luego. Pero la casa parecía luminosa, tranquila y, lo que es más importante: limpia. Daba la impresión de que con el budista podía irme bien.

Por desgracia, no había contado con la entrevista:

—¿Y por qué has decidido mudarte a Frankfurt? —quiso saber el budista cuando ambos nos sentamos a tomar un té.

—Para cumplir mi sueño —respondí—. He estado esperando a acabar el instituto para intentarlo. Me gustaría tocar algún día en la Filarmónica de Berlín. En Frankfurt hay una de las mejores escuelas y querría ingresar el año que viene. Conozco a un profesor que puede prepararme.

Creía que un tipo como aquel entendería el significado de la palabra «esperanza». Sin embargo, su reacción no fue la que yo esperaba. Nada más pronunciar «Filarmónica», su rostro se ensombreció.

—Así que eres música —murmuró, vacilante—. ¿De qué instrumento?

—Violonchelo.

—Oh, Dios…

El budista se pasó una mano por la cara, tal y como si yo le hubiera anunciado la muerte de un ser querido. La gata Navidad fue a cobijarse sobre su regazo.

—Perdona las molestias —añadió, incorporándose—. Pero no viviré con nadie que toque un instrumento de cuerda.

—Pero ¿por qué? —pregunté—. No tocaré en casa si eso es lo que te preocupa.

Sabía que ese ofrecimiento a la desesperada era injusto para mis intereses. Pero aquella casa me encantaba. ¡Me gustaba de veras! Siempre podría encontrar algún lugar en el que practicar fuera.

—No. No se trata de eso —aclaró él—. Es por culpa de Theresa.

El budista se giró hacia una pared en la que había pinchadas multitud de fotos de una rubia tocando una viola; la responsable de la relación complicada del anuncio, sin duda.

—Theresa y yo rompimos definitivamente hace dos días —confirmó el budista—. Y ha sido una relación tan tormentosa que he decidido no vivir con ningún músico más. Al menos ningún otro que tenga un instrumento de cuerda. Me daría muy malas vibraciones…

No podía creerlo. Ahora resultaba que sufría discriminación por instrumento. Que la cosa no hubiera importado de haber tocado la trompeta. Me pareció lo más injusto que me había pasado desde la indiferencia de Friedrich.

—Perdona que me entrometa en esto —le dije, bastante contrariada—. Pero, si sufriste tanto por esa relación, ¿por qué tienes fotos de ella por todas partes?

—Me ayudarán a superar mi rencor —respondió él—. Confío en que llegará un momento en el que me acostumbre a verla en cualquier sitio. Ahora mismo solo me apetece coger la viola de Theresa, cortarle todas las cuerdas y prenderle fuego en esa estufa de ahí. Pero me contengo por la pobre Navidad. Theresa ha sido su mamá y no está bien que yo cobije estos sentimientos tan dañinos hacia ella.

A pesar de que cualquiera hubiera salido corriendo dejando la conversación sin terminar, opté por quedarme un rato a acompañar al budista. Estaba deprimido y no me pareció bien abandonarlo así. Bueno, la verdad es que aún albergaba la esperanza de que me viera como alguien a quien contarle sus penas, se apiadara de mí y me dejara alquilarle el cuarto. ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Premenstrual? ¿De loca demente? Quién sabe… Estaba tan desesperada por dejar el albergue que no me importaba arrastrarme un poco más. Cuando una se cambia de ciudad e inicia una nueva vida, jamás piensa en las locuras que va a cometer con tal de obtener refugio y comida. Deberían ponerle un nombre clínico. Algo así como «Síndrome de tragarte tus palabras (además de tus principios) con tal de no sucumbir en la cuneta». Aunque, en mi caso, y haciendo honor a mi ciudad de destino, tal vez sea mejor resumirlo como «Síndrome de Frankfurt».

Mi síndrome de Frankfurt se manifestó de bruces con Loca de los Gatos Número 2. (A pesar de que Budista Rencoroso podría haber sido catalogado como un loco de los gatos, me pareció más memorable todo lo demás, por no hablar de que la pobre Navidad era lo más normal de aquel piso).

Loca de los Gatos Número 2 me recibió con una camiseta larga bajo la que se vislumbraba su ropa interior. No estoy en contra de que los caseros habiten sus casas como les plazca. Pero, francamente, si alguna vez recibo visitas, no suelo abrirles la puerta en camiseta y bragas. Procuré catalogar el detalle como un inconveniente menor (minúsculo a esas alturas de desesperación) y me adentré en el cuarto que se había atrevido a anunciar como casa.

—¿Y esto es todo? —pregunté al ver que la estancia no superaba los treinta metros cuadrados.

—No, bueno. También está el baño. —Loca de los Gatos Número 2 empujó una puertecita tras la que atisbé un retrete pegado a una lavadora y una caja de arena.

De inmediato, busqué al gato. Me pareció increíble no haberlo encontrado aún en tan poco espacio. Supongo que estaba más sorprendida por la situación.

—Perdona, pero… ¿dónde se supone que voy a dormir yo?

—Pues, ahí, en el sofá cama —aclaró ella con el mismo tono que empleaba mi profesora cada vez que yo le preguntaba una tontería.

Al parecer, aquella mujer veía lo más normal del mundo alquilarme su salón. Y, cuando creí estar cayendo por la madriguera de Alicia, localicé al gato. Dormía plácidamente sobre uno de los cojines que estaban destinados a ser mi almohada.

Ahí es cuando fui consciente de que debía impedir que el virus del síndrome de Frankfurt acabara por aniquilarme. Puede que Loca de los Gatos Número 2 viera ideal el reparto de vivienda de la era soviética, pero yo no iba a permitir que mi cama estuviera a la vista de cualquier visita, y mucho menos mi ropa interior.

Saqué mi móvil y fingí que lo consultaba; un recurso infalible para las maniobras de evasión.

—Huy, lo siento —me disculpé—. Tengo que irme.

—¿Tan pronto? —preguntó ella, sorprendida ante mi escasez de explicaciones—. Aún no has visto el balcón.

—No te preocupes. Seguro que las vistas son sorprendentes. De veras, tengo que marcharme.

Huí bajando los escalones de dos en dos y maldiciéndome por haber dado el paseo en balde. Había malgastado toda una tarde en llegar hasta aquel lugar apartado del centro y seguía sin resultados.

Estaba más que claro: a esas alturas de año, la página de anuncios era un catálogo de pirados. Solo quedaban los pisos de los dementes, los deprimidos o ambas cosas a la vez. Me sentía como en el patio del colegio cada vez que se repartían los equipos para jugar. Yo siempre me quedaba la última, sobre todo cuando había una pelota de por medio.

Me dije que tal vez debiera considerar una estrategia diferente. Hacer frente al síndrome de Frankfurt conservando la dignidad. Puede que la competencia se redujera considerablemente. Y entonces pensé en la opción de trabajar como au pair. Significaba ganar un dinero extra además del alojamiento. A una de mis vecinas no le había ido mal hacía dos veranos, y yo necesitaba con urgencia un lugar cálido en el que cobijarme durante el invierno.

Como ya estábamos a sábado, me vi a mí misma buscando anuncios de niñeras sentada en una cafetería. Tras descartar un par de ofertas de bebés (estoy loca, pero no llego a tanto), encontré un anuncio muy escueto que reclamaba a alguien para cuidar a una única niña de doce años. Así que llamé.

Cuando caminaba hacia las señas que me habían dado por teléfono, procuré no emocionarme demasiado. Es lo que sucede cuando tus esperanzas no hacen más que frustrarse: que, a pesar de la euforia, te mueves con el freno de mano puesto. Sucede lo mismo con las relaciones: por mucho que el cerebro trate de enfriarse, el corazón se acelera de esperanza.

Desde mi sillita en el vestíbulo, oteé las paredes cubiertas de antigüedades mientras aguardaba mi turno. Cerré los ojos y procuré controlar la respiración. A esas alturas, mi corazón daba tumbos como en un rodeo, pues presagiaba la suerte palpitando en las sienes. El barrio, el apartamento eran simplemente… perfectos. El trabajo no tenía pinta de ser muy duro, aunque sí metódico y responsable. De hecho esa fue la palabra que más oí decir al señor Sesemann durante los diez minutos que duró la entrevista: «Responsable». «Gran responsabilidad». «Sumamente responsable».

Mientras él hablaba agitando sus brazos de arquitecto mandamás, yo me preguntaba qué estilo de vida obligaba a aquel hombre a dejar a su única hija enferma en manos de una extraña. No había pasado conmigo más de cinco minutos y ya estaba dispuesto a pasarme la patata caliente en cuanto yo accediera a sus elegantes condiciones:

—Cuatrocientos euros a la semana con alojamiento y comida incluidos. La limpieza corre de mi bolsillo así como el gasto de tu transporte y el de Clara. Siempre hay dinero en la despensa para emergencias. ¿Crees que será suficiente?

Procuré no abrir los ojos más de la cuenta. Aparte de las clases de chelo del profesor Mölck, mi estancia en Frankfurt no pretendía ser muy estrafalaria. Aunque, con aquel sueldo, sin duda podría subvencionarme más de una juerga.

—Sí, por supuesto —carraspeé—. No está mal para empezar.

Era bueno dejar una puerta abierta para el ascenso. Que no se me notara muy entusiasmada. Por si acaso el señor Sesemann se daba cuenta de que aquel trabajo estaba tan incomprensiblemente bien pagado que su pregunta incitaba a la carcajada.

—Entonces, por mí de acuerdo —asintió él—. Solo hace falta saber qué opina Clara.

Clara Sesemann pestañeó. Había permanecido callada durante toda la entrevista escaneándome de arriba abajo. A pesar de que había tenido tiempo de sobra para reparar en cualquiera de mis imperfecciones (en la vida real no hay filtros de Instagram), se quedó mirándome un par de segundos más, lo suficiente como para meditar su intervención.

—¿Sabes tocar canciones de los Beatles? —espetó.

Me sorprendió aquella pregunta. Jamás habría pensado que en la escala de preferencias de aquella niña, aparentemente perfecta, hubiera hueco para una petición tan sobada. Aunque tal vez era lo más moderno que habría escuchado en su vida.

—Por supuesto —respondí—. Podemos tocar lo que tú quieras, desde Mozart hasta los Rolling.

—¿Y también los Beatles?

—Sí, los Beatles también. Pero si quieres puedo enseñarte cosas más de nuestro tiempo. ¿Te gusta Lady Gaga?

Clara levantó una ceja y miró de inmediato a su padre. El señor Sesemann nos observó desconcertado. Era evidente que mi propuesta le sonaba a música tribal.

—No importa —zanjé sin opción a réplica—. Ya nos iremos entendiendo.

Por fin, Clara ejecutó algo que podía interpretarse como una sonrisa. Miró a su padre y asintió con un leve movimiento de cabeza. Estaba contratada. Fraülein Rottenmeier desembarcaba en Frankfurt dispuesta a comerse el mundo. Y a mí me asaltó un escalofrío tan extraño que por poco me detiene el pulso. Una desazón inesperada que no supe cómo interpretar.

Capítulo 2

De: Anne Rottenmeier

Para: Emily Rottenmeier

Asunto: Re: ¿¿¿Que te has hecho au pair???

Hola, Emily:

Sí, Charlotte tiene razón. Estoy en casa de una niña rica que no sabe quién es Taylor Swift. Pero ya sabes que, como decía la abuela, a mí no se me oscurece nada. Me he propuesto demostrarle que hay vida más allá del Let it be.

El primer día con ella ha sido bastante agradable. Hemos hecho unas escalas y luego se ha enchufado a la diálisis. Antes no tenía más remedio que trasladarse tres veces por semana al hospital, pero, como el padre está forrado, ha conseguido el cacharro para que Clara reciba el tratamiento en casa. Así que mi misión es que su rutina diaria se altere lo menos posible.

Sin duda esta ha sido la mejor opción, te lo aseguro. Vi un piso que era como mudarse a un microapartamento de Japón. Me veía tendiendo la ropa encima del lavabo. Un asco. Y, del resto, no te voy ni a contar. Por eso te digo que esto es un palacio comparado con todo lo anterior.

Por cierto, dile a Charlotte que no sea tan chismosa. Quería contarte todo yo y no me ha dado lugar. Estaba esperando a quedarme sola y llamarte por teléfono (¡si es que lo coges!). Tranquila, no te sientas culpable por tener un hijo y poco tiempo para lo demás (por mucho que lo demás sea tu hermana pequeña al borde de la terapia). No, no es reproche. Lo digo en serio: da un beso a mi sobrino y dile que su tía favorita lo adora.

Besos,

Anne

Sabía que la vida atareada de mi hermana era una buena excusa para no haber llamado en todos esos días. Pero es que me resistía a hacerlo sin tener una residencia fija. Es el maldito orgullo, que te obliga a remolonear en las comunicaciones familiares por esa necesidad de presentar a tus seres queridos un mundo en bandeja de plata. No quería explicar a mi hermana mayor las penalidades de mi existencia.

Con Charlotte es otra cosa. Nuestra relación es más íntima (supongo que por la escasa diferencia de edad) y me sentía libre de desahogar mis penas.

De todas maneras, no comprendía cómo podía tener unas hermanas tan alarmistas. ¿Mi buena suerte era tan difícil de creer?

Parecía que sí. Me había trasladado aquella misma mañana a la residencia de los Sesemann y mi habitación era tan amplia como el Estadio Olímpico de Berlín. De hecho, cuando Tinette, la empleada doméstica, abrió la puerta del cuarto, me mantuve alerta. Dejé la bolsa encima de la cama y esperé un rato antes de deshacerla. Temía que en cualquier momento Tinette regresara para decirme que había habido un error y que aquel no era mi cuarto. Así que merodeé un rato por la estancia en busca de imperfecciones.

La decoración era espartana pero nada rancia. El sol se colaba por la ventana y cubría los muebles de un ocre inusual. Pasé un dedo por la superficie de la cómoda. Ni rastro de polvo. Impoluto. Supe que tras un par de retoques el cuarto quedaría muy acogedor.

Con la ropa ya colocada en el armario y tras cotillear un poco las estancias desde el pasillo, me dirigí al salón principal. Allí encontré a Clara con la espalda completamente recta a la espera del almuerzo. Al verme asomar la cabeza por la puerta, sonrió con su dentadura cuadriculada y me invitó a sentarme.

Tinette nos sirvió la comida. Yo tuve miedo en cuatro ocasiones de manchar el mantel. Mi pupila, sin embargo, parecía moverse al compás de una coreografía. Levantaba el vaso y pinchaba el tenedor como si siguiera un diapasón. Mientras la observaba pensé en el estrés que me iba a suponer sentarme a aquella mesa tres veces al día, donde, a buen seguro, mis modales desentonarían frente al menú.

Si Clara percibió mis gestos bruscos sobre la mesa, lo disimuló muy bien. Cuando terminamos, las dos acudimos a la sala del piano, donde se comportó como una alumna obediente. Su nivel era muy bueno para su edad. De hecho, completó sus escalas de manera impecable. No hubo ni una protesta.

Eché de menos un poco de hartazgo por su parte. Algún gesto que me confirmara que estaba ante una niña y no frente a un cíborg de aspecto adorable. El aparato de diálisis que nos aguardaba en el cuarto de al lado no ayudaba mucho. Con tanto cable y tanta tecla presagiaba que Clara no pertenecía al mundo de seres que sienten y padecen.

—¿Te duele? —pregunté al ver cómo ella misma introducía la aguja en la fístula de su brazo.

Mi alumna negó con la cabeza y se recostó en la butaca.

—Ya estoy acostumbrada.

Clara debía de llevar bastante tiempo siguiendo su tratamiento. Y, por primera vez desde que la conocía, reparé en su problema de salud. Me sentí un poco culpable. Hasta entonces solo me había preocupado de mi propio bienestar, sin interesarme lo más mínimo por el suyo.

El señor Sesemann no me había explicado mucho acerca de la evolución de la enfermedad y de repente quise saber un poco más.

—¿Desde cuándo estás en… tratamiento? —Una nunca sabe cómo mencionar estas cosas y termina haciéndolo de la peor manera.

—Casi cuatro años —respondió ella inmediatamente.

Clara no había vacilado en la respuesta. Era evidente que llevaba muy al día el avance del calendario.

—Comencé con los problemas de riñón cuando acababa de cumplir los ocho —continuó— y, seis meses después, los dos dejaron de funcionarme.

—¿Y llevas así desde entonces?

—Bueno..., antes fue peor. Me encontraba tan mal que los médicos no vieron otra que derivarme a la diálisis. Gracias a este aparato soy un poco más independiente que antes.

Me acordé de mi tío abuelo Georg, un pariente de mi madre. Cuando yo era pequeña, le falló el riñón y tuvo que pasar por diálisis antes de que le hicieran un trasplante. Ignoraba si Clara estaría en la misma situación.

—En el mismo momento en el que te sometes a diálisis entras en la lista de espera —me explicó ella—. Pero recibir un órgano es como una lotería. Depende de tantos factores… Llevo esperando estos cuatro años uno que sea compatible. No es fácil. Espero tener suerte.

Me sorprendía que Clara hablase de esa manera tan redicha. Parecía que se hubiera aprendido todas esas frases técnicas de memoria. Supuse que sería por culpa de estar rodeada de médicos a todas horas. Era evidente que comprendía muy bien cada uno de los significados.

Observé el robotito de la diálisis, casi tan alto como ella. Si no fuera porque en realidad le estaba chupando la sangre, habría pasado por un androide de protocolo consagrado a su protección. Aquel lugar tan sobrio empezaba a ponerme de los nervios. El cuarto solo albergaba la butaca, el aparato y un cuadro amarillento con una antepasada de Clara. Nada más para distraerse. Ningún objeto para desviar la atención.

—Si quieres, la próxima vez llevamos al vampiro al salón y vemos una peli mientras hace su trabajo —sugerí.

Clara me miró sorprendida.

—Nunca veo películas.

—¿Ah, no? —pregunté—. ¿Y qué haces por las tardes?

—Deberes.

—¿Y cuando acabas los deberes?

—No sé. Otras cosas.

—¿Como qué?

—Pues… Leer.

—Menuda fiesta.

Me parecía increíble que, durante las tres horas que el androide tardaba en limpiar la sangre de Clara, ella tuviera prohibido entretenerse.

Que quede claro que adoro los libros. He pasado grandes momentos con algunos títulos. Pero algo me decía que las lecturas de Clara serían tan anticuadas como su música.

Se me ocurrían otras mil opciones divertidas para mandar a la porra los deberes; desde un maratón de series hasta una partida a la consola. Era inaudito que su padre no le permitiera hacer ninguna de esas cosas. Pero, sin duda, lo más increíble era que Clara se conformara. Que no opusiera resistencia.

No me hicieron falta muchos días en aquel apartamento para saber que el señor Sesemann apenas aparecía por él. Se levantaba muy temprano, antes que nadie, y regresaba cuando su hija llevaba horas metida en la cama. Su vida era una incógnita. La única prueba de su existencia eran las camisas sucias en el lavadero y el olor a pipa que se escapaba por debajo de la puerta cuando me levantaba a hacer pis a medianoche. Era como vivir con un ser de las tinieblas, escondido en su ataúd.

Con ese panorama, Clara Sesemann también se convirtió en un enigma para mí. Parecía tan habituada a la ausencia de su padre que no daba la impresión de que eso le afectara lo más mínimo. Su núcleo familiar estaba formado por Tinette, el chófer que se encargaba de llevarla al instituto y yo. Me pregunté si se relacionaría bien con sus compañeros de clase. Si solo disponía de libros para entretenerse, tal vez su conversación no fuera muy variopinta: tendría un ochenta por ciento de posibilidades de ser el bicho raro de la clase. Sin duda, el tema de la diálisis subiría esa probabilidad al noventa y cinco por ciento (suelo reservar un cinco por ciento para imprevistos, porque la vida siempre sorprende), lo que nos acercaba peligrosamente al temido cien por cien.

En realidad, las reacciones de Clara no eran tan extrañas para tratarse de una niña de la alta burguesía de Frankfurt. Precisamente porque en Berlín me gané un buen dinero como profesora de piano, sé cómo manejarme con las excentricidades de los alumnos (más bien, con las de sus padres). Si algo he aprendido de este tipo de clientes es que los hijos no tienen la culpa de la fortuna de sus progenitores y que a veces hay salvación posible para ellos.

Pensé que debía pasar a la acción. Si la rebeldía de Clara aún estaba por florecer, ya era hora de darle un impulso. Sabía que había esperanza más allá de lo que su padre le permitía hacer.

—Bueno, basta ya —dije una tarde que irrumpí en su cuarto—. Vas a venir conmigo a hacer la compra.

—Pero ¿no se encarga de hacerlo Tinette? —me respondió ella—. Aún no he terminado las ecuaciones.

—Tinette tiene la tarde libre —dije mientras la levantaba de la silla—. Y deja de preocuparte por las ecuaciones. Sabes hacerlas, ¿no? Así que cállate y ponte el abrigo.

Clara se limitó a observarme mientras yo rebuscaba en su armario y sacaba el anorak más gordo que tenía. Me gustan las aventuras, pero tampoco estaba dispuesta a que mi alumna se enfriase. Las palabras de su padre aún resonaban en mi cabeza: «Responsable». «Gran responsabilidad». «Sumamente responsable». Le pondría a Clara tres capas de ropa antes de permitir que estornudara. Tiré de ella a lo largo del pasillo hasta desembocar en la cocina. Cuando llegamos, los ojos de Clara me miraron inmensos con su apariencia de astronauta.

—Estoy segura de que no has tomado nunca comida mexicana. ¿Me equivoco?

Clara negó con todo el cuerpo, pues con tanta ropa casi no podía girar la cabeza.

—Perfecto —afirmé—. Pues has de saber que México es el primer país de nuestra ruta gastronómica. Próxima parada: ¡Tijuanaaaa!

No me atrevía a llevar a Clara de juerga, pero eso no significaba que la juerga no pudiera trasladarse a casa. Tenía mono de mexicano y aquella era la solución perfecta; complacería mi apetito a la vez que hacía una buena obra. Así que fui a la despensa y cogí del tarro de gastos extra los euros que necesitaba para mi plan. Ni uno más ni uno menos.

Empujé a mi alumna fuera de casa y las dos bajamos al supermercado. Por fortuna, el establecimiento solo distaba dos calles. Compramos todo lo necesario para una buena cena mexicana; tacos, quesadillas, nachos... Un verdadero festín como traído del otro lado del Atlántico. Cuando regresamos al apartamento, organicé el banquete y le adjudiqué a Clara la tarea de abrir el bote de guacamole y servirlo en uno de los boles de porcelana.

—No pongas esa cara —le espeté al cabo de un rato—. Está delicioso. Pruébalo.

Clara arrugó la nariz y olisqueó el nacho cargado de pasta verde que yo acababa de ponerle delante de la boca.

—Huele raro.

—Huele a guacamole. A selva y a océano. Hay vida más allá de las salchichas, ¿sabes?

Clara terminó por claudicar. Creo que más por el deber de obedecer que por el hecho de que mis argumentos la convencieran. Mordió el nacho y su paladar hizo el resto.

—¡Hum! ¡Está bueno!

—Te gusta, ¿eh? —Admiré mi gesta con una sonrisa de oreja a oreja—. Pues espera a probar todo lo demás.

Mientras yo daba los últimos retoques a la cena, Clara puso el mantel en la mesa de la tele. Cuando estuvimos instaladas, llevé mi portátil para ver una peli. Mi plan de mostrar a Clara un mundo de diversión empezaba a dar sus frutos. La dictadura del aburrimiento había acabado.

Además del guacamole, había preparado fajitas y un par de boles de salsa. Clara, sin embargo, no probó la de tomate.

—Está prohibida —me dijo—. No tomo plátanos ni salsa de tomate desde hace años.

—¿En serio? —pregunté—. Creo que yo no podría sobrevivir sin kétchup.

Y eché un buen chorro de mejunje sobre mi fajita.

Conecté el portátil mientras Clara limpiaba sus gafitas de latón. Cuando se aseguró de que los cristales estaban impolutos, las colocó ceremoniosamente sobre su nariz. Parecía una de esas abuelas de anticuario deseosas por ver algo de valor. Toda una anacronía.

Inicié la reproducción y esperé la reacción de Clara al ver el título en la pantalla. Ni se inmutó. Lejos de indignarme, me hizo gracia descubrir a alguien que no hubiera visto aún The sound of music.

Tras unos minutos, Clara apoyó la barbilla en la palma de la mano. Parecía muy interesada en los gorgoritos de fraülein María, que armada únicamente de su guitarra se enfrentaba a la caterva de niños salvajes de los que tenía que hacerse cargo.

—Hay fresas de postre —le dije mientras pausaba la peli—. ¿Quieres que te traiga?

—Te gusta comer, ¿verdad? —preguntó ella, dando por hecho la respuesta.

—¿Lo dices por mi peso?

—No. Qué va.

—Sí, lo dices por eso.

Clara apretó los labios. Creía haber metido la pata, así que me apresuré a sacarla de su error.

—Bah, no seas tonta —bromeé—. No me ofende. No soy delgada, ¿y qué? Mi complexión es grande y soy muy alta. Es de familia. No tendría sentido morirme de hambre por cambiar algo que nunca será de otro modo. ¿Has visto alguna vez el dibujo del rinoceronte en la cinta de correr?

—No.

—¿Sabes lo que es un rinoceronte?

—¿Te crees que soy tonta?

—No. Solo algo estirada.

Clara levantó una de sus cejas, sorprendida por mi calificativo. Tal vez era la primera vez que alguien se atrevía a decirle algo así.

—Es igual —zanjé—. En la ilustración que te digo aparece un rinoceronte machacándose sobre la cinta de correr. Mientras suda la gota gorda, admira el póster de un unicornio que hay en la pared. Anhela ser como él. ¿Entiendes lo absurdo que es?

—Perfectamente.

—¿Ah, sí?

—Sí. A mí me pasa lo mismo.

Me quedé sorprendida por aquella respuesta. Resultaba que dentro de esa cabecita había más engranajes de los que yo suponía.

—No puedo hacer muchas cosas por culpa de los riñones —se explicó—. Otros chicos sí pueden. Pero yo no puedo permitírmelo. Nunca seré como el resto.

—Bueno, al menos puedes amoldar las cosas a tus necesidades.

—No sería lo mismo. Si no puedo tomar salsa de tomate, pues no la pruebo y ya está.

Me sorprendió aquella perspicacia. Aquella niña rica hacía honor a su nombre: Clara, la clarividente. No hablaba en absoluto como alguien de doce años, sino como una persona mayor, de esas que a veces sí son responsables. Observé a Julie Andrews en la pantalla y pensé que, si hubiera contado con Clara Sesemann en la familia Von Trapp, tal vez no le hubiera costado tanto ganarse el cariño de aquellos niños. Era un activo valioso. Y reanudé la peli convencida de que mi pupila daría mucho de qué hablar.