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¿Hasta qué punto conoces a las personas que más quieres? ¿Hasta qué punto conoces a tu propia familia? La mujer: Eve desea con todas sus fuerzas que su vida sea perfecta. Vivir en una casa preciosa, con unas vistas increíbles al campo, es todo lo que siempre ha soñado. Y está dispuesta a hacer lo que haga falta para no perder ese sueño de vida ideal. El hijo: Joe es el hijo perfecto, un estudiante ejemplar que nunca se mete en líos. Sabe que su madre no permitiría otra cosa. Pero la noche después de haber celebrado su decimosexto cumpleaños, todo se tuerce de forma dramática. Con las luces de la policía y la ambulancia iluminando el exterior de la casa, de repente todas las miradas se centran en su familia. El marido: Noah no siempre es sincero con su mujer. Sabe lo exigente que puede llegar a ser. Pero las mentiras que ha ido acumulando empiezan a descontrolarse. Y cuando un accidente impactante sacude su propio hogar… ¿podrá mantener unida a su familia o está a punto de perderlo todo? --- «Un drama familiar trepidante con un ritmo excelente y giros inesperados: es muy difícil saber en quién confiar. Una trama fascinante y una gran variedad de personajes interesantes, aunque no necesariamente simpáticos». Lyndas Bookreviews ⭐⭐⭐⭐⭐ «Empiezo a creer que A. J. McDine no es capaz de escribir un libro que no me guste». My Book Review Freedom ⭐⭐⭐⭐⭐ «La historia me enganchó desde el primer momento… Los giros inesperados me tuvieron mordiéndome las uñas… ¡A. J. McDine nunca decepciona con sus novelas de suspense doméstico!». Books by the Bottle ⭐⭐⭐⭐⭐ «Una historia absorbente y llena de sorpresas, y todos los personajes esconden más de lo que parece… ¡Me leí el libro en menos de un día, con muchas ganas de descubrir la verdad y ver cómo terminaba todo!». Locky Loves Books ⭐⭐⭐⭐⭐ «Una de mis autoras favoritas de thrillers psicológicos. ¡Este libro despertará emociones que no sabías que tenías o que habías olvidado!… ¡Uno de mis favoritos de 2024!». Life, Love and Books ⭐⭐⭐⭐⭐
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2025
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A.J. McDine
Todos tenemos secretos
Título original: Everyone Has Secrets
Copyright © A.J. McDine, 2024. Reservados todos los derechos.
© 2025 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.
Traducción: Alba M. Vila, © Traducción, Jentas A/S. Reservados todos los derechos.
ePub: Jentas A/S
ISBN 978-87-428-1418-5
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.
Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.
First published in the English language in 2024 by Storyfire Ltd, trading as Bookouture.
Para Adrian, por todo
Una llamada de teléfono. Eso fue lo único que hizo falta para que mi vida se viniera abajo. Como una tormenta que arrasa una calle tranquila, la llamada lo cambió todo y solo dejó caos a su paso.
No me faltaba nada: tenía un hogar acogedor, un marido cariñoso y un hijo guapísimo que era el centro de nuestro mundo. Éramos felices. Al menos, eso creía.
Mientras me desplomaba en el sofá con el teléfono en la mano, supe que mi vida perfecta no había sido más que una ilusión. Había bajado la guardia y, de repente, cuanto me importaba me fue arrebatado delante de mis narices. Estúpida. Estúpida.
La voz al otro lado de la línea aún resonaba en mis oídos mientras me ponía en pie y salía a trompicones de casa. No tardé en cruzar la calle, con imágenes de mi hijo en mi mente. Su cara roja y arrugada el día que nació. Dormido en su cochecito, con el pulgar en la boca. En el columpio del parque, mientras yo lo empujaba cada vez más alto. Cogiéndome de la mano el primer día de colegio. Tantos recuerdos, cada uno de ellos mancillados, ahora que sé la verdad.
Llegué al otro lado de la carretera y me detuve para recuperar el aliento. La entrada principal se encontraba entreabierta. Más allá, el pasillo estaba a oscuras. Empujé la puerta y entré temblando con mi delgada camiseta de algodón. El silencio era asfixiante.
Me tambaleé por la casa, aún conmocionada. ¿Cómo podía parecer todo igual cuando ya nada volvería a ser como antes?
—Perfecto. —Me echo hacia atrás para admirar mi obra. Del techo de la cocina cuelgan serpentinas y panales de abeja, y las paredes están adornadas con banderines y globos. Una enorme bola de discoteca brilla como un diamante al reflejar los rayos del sol de la tarde—. A Joe le va a encantar.
Noah, mi marido, entra mientras coloco los platos de papel en la encimera de granito. Sonrío y señalo con el brazo la decoración.
—¡Tachán!
Arruga la nariz.
—Es un poco exagerado, ¿no?
La sonrisa se me borra del rostro.
—¿Crees que es demasiado?
—Joe tiene dieciséis años, no seis.
Tiro mecánicamente el envoltorio de plástico de un paquete de vasos de papel que pedí en una tienda de artículos para fiestas por Internet. Me alegré muchísimo cuando encontré platos y vasos a juego con la combinación de colores azul y plata que había elegido para la fiesta de cumpleaños de nuestro hijo. Las palabras de Noah han sido como un jarro de agua fría.
—¿Crees que debería quitarlos?
Sacude la cabeza. Sus ojos verde grisáceo están enmarcados por ojeras y lleva la camisa arrugada.
—No lo sé, Eve. Pregúntale al cumpleañero. Es su fiesta.
—Tiene un partido, acuérdate. —De todos modos, cojo el teléfono y le dejo un mensaje a Joe pidiéndole que llame. Luego echo un vistazo a la habitación. Quizá la decoración sea un poco exagerada. Arrastro una silla bajo uno de los panales y me subo. Al llegar al techo, la silla se tambalea de forma precaria y, por un momento, temo que se caiga al suelo y me arrastre con ella. Alargo un brazo, me agarro al armario de la cocina más cercano y exhalo despacio.
—¿Qué haces? —pregunta Noah.
—Voy a simplificarla un poco. Creo que tienes razón. No quiero avergonzarlo delante de sus amigos —Despego el adhesivo que fija el panal al techo, me bajo y muevo la silla hasta el siguiente—. Pero la bola de discoteca me ha costado veinte libras. Se queda.
Al principio me mostré reacia cuando Joe me preguntó si podía invitar a algunos amigos a celebrar su decimosexto cumpleaños. La última vez que habíamos celebrado una fiesta para él en casa fue cuando cumplió cinco. Una horda de entusiastas chicos del pueblo había arrasado la casa, destruyendo todo a su paso como torbellinos con exceso de azúcar. Semanas después, aún encontraba manchas imposibles de identificar en nuestras baldosas del suelo.
—Nunca más —le dije a Noah mientras sacaba con cuidado un palito de zanahoria mohoso del respaldo del sofá. Después de eso, las fiestas de Joe habían tenido lugar en parques de trampolines y boleras, centros de láser tag y piscinas, donde no importaba si los niños rociaban kétchup por todas partes o machacaban las patatas fritas en la moqueta con las zapatillas de deporte, porque alguien lo limpiaba. Era caro, pero merecía la pena.
A los doce años, Joe aseguró que las fiestas de cumpleaños eran más que patéticas, y yo exhalé un silencioso suspiro de alivio al pensar que sus días de fiesta habían terminado.
Al parecer, me había equivocado.
Me encontró en el jardín tendiendo la colada la semana pasada. Por la forma en que cambiaba el peso de un pie a otro, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de chándal Nike negros, me di cuenta de que quería algo.
—¿Puedo invitar a unos amigos a mi cumpleaños?
—¿Qué?, ¿una fiesta en casa?
—No es una fiesta, mamá —Se agachó para coger una toalla del cesto de la ropa sucia y me la dio—. Solo vendrán unos amigos a jugar a la Xbox y pasar el rato.
—Tendré que consultarlo con papá.
—Ya le he preguntado yo. Dice que le parece bien.
—Ah, claro. —Me dolió que Joe no hubiera acudido a mí primero, pero forcé una sonrisa—. ¿A quién pensabas invitar?
—A los de siempre. Connor y Josh, y tal vez a un par de amigos del colegio.
—¿Y Annie? —pregunté, porque no habría estado bien no invitar a mi ahijada de quince años. Joe y ella se conocen de toda la vida. Su madre, Lisa, es mi mejor amiga. Lo hacemos todo juntas.
Se encogió de hombros.
—Si ella quiere...
—Déjame pensarlo, ¿vale?
Por un segundo, me pareció ver un destello de ira en sus ojos, pero luego sonrió, se inclinó sobre el cesto de la colada para darme un beso en la mejilla y dijo: «Gracias, mamá» antes de volver corriendo a casa.
—¿Cuándo ibas a mencionar la fiesta de Joe? —le pregunté a Noah mientras nos preparábamos para acostarnos aquella noche—. Porque me habría gustado que me consultaras antes de decirle que sí.
—Eve, son solo unos amigos para tomar unas cervezas y jugar al FIFA.
—Hasta que lo anuncie en las redes sociales y cientos de adolescentes no deseados aparezcan y nos destrocen la casa.
—No va a anunciarlo en las redes sociales. No es estúpido. —La mandíbula de Noah se tensó, dos profundas líneas de expresión marcaron su frente. Hubo un tiempo en que habría suavizado sus palabras con una sonrisa. Pero ya no. De un tiempo a esta parte no se molestaba en ocultar su exasperación, y eso me dolía mucho. ¿No veía por qué estaba tan preocupada?
—Sé que no es estúpido —dije—. Pero sigo sin estar segura de que sea una buena idea.
Noah colocó las gafas en la mesilla de noche y se masajeó el puente de la nariz.
—Deja que el pobre chico se divierta.
—Supongo que si estamos aquí...
—No, Eve. —Fue casi un gruñido—. Déjalos en paz. Tienes que empezar a darle espacio. —Era la misma cantinela que repite desde que Joe llegó a la adolescencia.
”Da un paso atrás. Deja de asfixiarlo. Déjalo cometer sus propios errores».
Para Noah es fácil decirlo. Ya tiene un hijo, Billy, con Jenny, su primera mujer, mientras que Joe es mi único hijo y me he pasado los últimos dieciséis años tratándolo entre algodones. No puedo dejarlo ir sin más.
—¿Adónde iremos?
—A casa de Lisa. —Noah apartó el edredón y se metió en la cama con un gruñido de gratitud, luego me miró—: De todas formas, te pasas media vida en su casa. Y si no estás allí, ella está aquí. —Se estiró para apagar la lámpara de la mesilla—. Y si Lisa está trabajando, iremos al pub.
—Pero ¿y si pasa algo? —Ya me imaginaba quemaduras de cigarrillo en el sofá, botellas rotas esparcidas por la alfombra y montones de vómito en las macetas.
—No pasará nada. —Se giró a un lado, de espaldas a mí—. Y si pasa, estaremos al otro lado del parque.
No tenía fuerzas para discutir, pero ahora que faltan pocas horas para la fiesta ojalá me hubiera plantado. No puedo evitar la sensación de que algo terrible va a suceder.
***
Noah desaparece en su estudio murmurando algo sobre la contabilidad de fin de año mientras yo descuelgo un par de hileras de banderines y saco la compra. Además de suficientes aperitivos para alimentar a una docena de adolescentes hambrientos, he comprado alcohol, en contra de mi buen juicio. No mucho: solo una caja de cervezas y media docena de botellas de sidra. Había metido unas botellas de vodka en el carrito, pero luego he cambiado de opinión y las he vuelto a dejar en la estantería. Sé que los niños de la edad de Joe beben, no soy ingenua. Pero no quiero que se emborrachen bajo mi techo.
De igual manera, sé que no tiene sentido prohibir la bebida, sobre todo con Connor Moody y Josh Duffy en la lista de invitados. Es mejor ofrecer una pequeña cantidad de cerveza y sidra que arriesgarse a que traigan bebidas alcohólicas fuertes o saqueen nuestro mueble bar.
Pongo la cerveza y la sidra en la nevera y busco cuencos para los cacahuetes y las patatas fritas. Subo a darme una ducha cuando se abre la puerta principal y aparece Joe. Lleva el uniforme de rugby lleno de barro y tiene las mejillas enrojecidas.
—Hola, cariño. ¿Qué tal el partido? —pregunto, aunque hace media hora que he visto el resultado en las redes sociales de la escuela.
—Hemos perdido, dieciséis a catorce. —Se quita las zapatillas y tira la bolsa y la mochila al suelo del pasillo.
—Cerca, sin embargo. ¿Alguna anotación?
—No, hoy no.
—He comprado algo para esta noche. —Sigo a Joe por el pasillo y casi choco con él cuando se detiene en seco para echar un vistazo a la cocina.
—Cielos, mamá, no tenías por qué.
—Ah, no ha sido ninguna molestia —le indico con una sonrisa—. Me preocupaba haberme pasado un poco, pero solo se tienen dieciséis años una vez.
Joe busca en la nevera una lata de Pepsi Max.
—Ni siquiera cumplo años hasta el lunes —murmura, tirando de la anilla.
—Lo sé, pero he pensado que sería divertido.
Él da un largo trago y vuelve a mirar en la nevera.
—¿Hay algo de comer? Me muero de hambre.
—Te he comprado una pizza. Solo tardará diez minutos.
—¿A qué hora vais papá y tú a casa de Lisa?
—Seis y media. Volveremos sobre las once.
—¿Puede ser mejor a medianoche?
Le levanto la mano y le alboroto el pelo. Huele a barro, hierba y sudor. Ha sido una semana de locura y estoy destrozada. Si pudiera, me metería en la cama con las luces apagadas a las diez.
—Ya que me lo has pedido con tanta amabilidad, a medianoche.
—Gracias, mamá. —Me muestra una sonrisa.
De pronto me invade una repentina sensación de inquietud. ¿Y si pasa algo? Antes de que mi imaginación se dispare, me doy una severa charla. Noah tiene razón, tengo que darle espacio a Joe. Es un buen chico y confío en él.
Saco la pizza de la nevera. Mientras enciendo el horno y corto el envoltorio con un cuchillo de cocina, mi voz interior me aguijonea.
Puedo confiar en Joe, pero ¿puedo confiar en sus amigos?
—¿Crees que deberíamos haber establecido algunas normas básicas? —le pregunto a Noah mientras cruzamos el parque del pueblo hacia casa de Lisa.
—Desde luego que no. Ya sabes lo que dicen de las normas: están hechas para romperlas. De todos modos, Annie estará allí. Se asegurará de que los chicos se comporten.
Él lleva una botella de vino en cada mano, una de tinto y otra de blanco, y yo una tarta de chocolate y una tarrina de nata. Las luces brillan en todas las ventanas de la pequeña casa de Lisa y da la impresión de que está en llamas. Miro hacia la nuestra.
—Espero que los niños no enciendan la chimenea.
—Déjalo ya, Eve —dice Noah con el ceño fruncido mientras mantiene abierta la verja de Lisa. Paso y camino por el sendero hasta la puerta principal. Antes de levantar la mano para golpear la aldaba, la puerta se abre y Annie sale disparada. Se me acelera el corazón, como siempre que veo a mi ahijada. Delgada, con el pelo rubio hasta la cintura y una amplia sonrisa, Annie es la viva imagen de su madre. Al igual que Lisa, es alegre y vivaz, un marcado contraste con Joe, que puede ser monosilábico y temperamental. Ella es el positivo frente a lo negativo de él. La hija que nunca tuve. Cuando era pequeña, nos unimos gracias a Barrio Sésamo y Peppa Pig. Ahora nuestras familias siguen igual de unidas. Annie y yo compartimos el amor por Eurovisión y las comedias románticas cursis. Su compañía siempre me hace sonreír y siento que mis preocupaciones desaparecen si estoy con ella.
—Hola, cariño. —Le entrego el pudin a Noah para darle un abrazo a mi ahijada—. Estás preciosa. Bonito vestido. ¿Lo has hecho tú?
Annie retrocede y da una vuelta, cohibida.
—¿Te gusta? No estaba segura del escote.
—Se ve increíble. Estás increíble. —Un poco de delineador de ojos, una pincelada de rímel y un poco de brillo de labios es todo lo que necesitas a los quince años, pienso con tristeza. Annie ha combinado su minivestido de terciopelo verde bosque con medias opacas, unas botas Doc Martens y el pelo recogido en una trenza. Siempre ha tenido un sentido innato del estilo, ya de pequeña rebuscaba en la caja de disfraces de Lisa.
—Que pases una buena noche —dice Noah.
—Ya sabes dónde encontrarnos si necesitas algo —añado.
Annie sonríe y se aleja por el jardín. La luz de seguridad se enciende cuando sube por el camino de entrada y llama al timbre. Un momento después, la puerta escarlata se abre y ella entra en casa, tan fugaz como un chaparrón de verano, y se me eriza el vello de la nuca de desasosiego, aunque no sé por qué.
***
La puerta de Lisa da directa al salón, que se encuentra en su siempre caótico estado. Todas las superficies están cubiertas de conchas y trozos de madera, facturas sin pagar, tazas de café abandonadas y libros de la biblioteca olvidados. El radiador está adornado con un par de bragas negras de encaje y un sujetador a juego; hay acuarelas envueltas en papel de estraza apiladas contra la pared, junto a la puerta de entrada, y el Jack Russell de Lisa, Vincent, llamado así por Vincent van Gogh, dormita en la alfombra frente al fuego.
Mezclado con el olor a humo de leña se percibe el aroma a coco y especias y me ruge el estómago. Estaba tan ocupada decorando la casa para la fiesta de Joe que he olvidado comerme un bocadillo.
—Somos nosotros —digo mientras atravesamos el pequeño comedor y entramos en la cocina, en la parte trasera de la casa. Lisa está cortando cilantro de una planta del alféizar, pero deja caer las hierbas sobre la encimera cuando nos ve.
—Estoy haciendo mi propia versión del curri rojo tailandés —nos dice después de darnos un abrazo—. ¿Sabías que hay gente que piensa que el cilantro sabe a jabón? Incluso hay un Día Internacional del Odio al Cilantro. ¿Quién lo iba a decir?
—Tiene que ver con variantes genéticas en los receptores olfativos. —Noah deja las botellas de vino sobre la mesa—. Las personas con la variante detectan un olor jabonoso en el cilantro.
—Muy bien, listillo. —Lisa le pasa un sacacorchos—. Ábrelo. Necesito ahogar mis penas.
—¿Qué pasa? —Meto la tarta y la nata en la nevera. Conozco la cocina de Lisa casi tan bien como la mía.
—El casero acaba de anunciar que me sube el alquiler doscientas libras.
—¡No puede hacer eso! —exclamo.
—Me temo que sí. —Lisa se encoge de hombros—. La hipoteca que tiene en esta casa ya no tiene un tipo fijo y sus cuotas se han disparado. No puedo culparlo. —Toma el vaso que Noah le ofrece y cierra los ojos un segundo mientras da un sorbo.
—Pero ¿de dónde vas a sacar el dinero extra? —pregunto. Lisa ya tiene problemas. Se gana la vida a duras penas con la venta de acuarelas y dando clases de pintura en los centros cívicos de los pueblos. ¿Cómo va a conseguir doscientas libras más al mes?
—Hay un trabajo en la gasolinera de la circunvalación. Turnos de noche, así que puedo compaginarlo con mis clases. Es el salario mínimo, pero a caballo regalado no le mires los dientes.
No puedo imaginar nada peor, pero me muerdo la lengua. Desde que la conozco, Lisa ha aceptado empleos temporales, desde tareas de limpieza y jardinería hasta trabajar detrás de la barra del pub del pueblo, The Swan. Ha desplumado pavos y recogido manzanas, ha atendido bodas y limpiado el suelo en una caballeriza local para llegar a fin de mes. Mi trabajo como directora de Matemáticas en el instituto femenino local es estresante, pero Lisa trabaja más duro que nadie que conozca y, aun así, le cuesta mantenerse a flote. Ahora esto. No es justo.
—Si quieres, puedo hablar con la directora de Arte de la escuela —le digo—. Puede que tenga algo.
Lisa remueve el curri por última vez y esparce el cilantro picado por encima.
—Eres muy amable, Eve, pero no te preocupes. Todo saldrá bien.
Y esa es la diferencia entre nosotras, reflexiono, mientras Lisa saca cuencos calientes del horno y los pone sobre la mesa. Yo soy una persona de vaso medio lleno, pero el vaso de Lisa siempre está rebosante. Al instante, miro el teléfono, pero no hay mensajes nuevos.
—Voy a pasarme por casa para asegurarme de que los niños están bien mientras tú sirves —digo sacando las llaves del bolsillo de mi abrigo.
Noah golpea su vaso contra la encimera con tanta violencia que Lisa y yo nos sobresaltamos.
—Por el amor de Dios, Eve, ¿quieres dejar de preocuparte? —brama—. Lo último que quieren es que metas las narices. Están perfectamente bien.
A regañadientes, vuelvo a guardar las llaves y le dirijo una mirada.
—Por tu bien, espero que tengas razón.
Noah arranca un trozo de pan naan y lo moja en el curri.
—Esto está buenísimo, Lisa. ¿Es citronela?
Ella asiente.
—La he cocido en la leche de coco.
El curri huele de maravilla, el arroz de jazmín está delicioso. Como con avidez, sin importarme que la cintura de mis vaqueros se me clave con saña en los pliegues blandos de mi estómago.
—Cuesta creer que nuestros bebés tengan casi dieciséis años —comento con la botella de Sauvignon para rellenar los vasos.
Noah echa más arroz en el plato.
—Un minuto estás cambiando pañales, y al siguiente estás mirando universidades. No parece real.
—¿Annie sigue decidida por el London College of Fashion? —le pregunto a Lisa.
—Si saca las notas.
—Londres será caro —observa Noah.
—Ya ha convencido a Matt para que le dé trabajo como lavaplatos en el pub tres noches a la semana y así empezar a ahorrar.
—Ojalá Joe moviera el culo y se buscara un trabajo —refunfuña Noah, y yo suspiro para mis adentros porque ya se ha calentado con el tema—. El chico cree que el mundo le debe una vida. No tiene ni idea.
—¿No os he dicho siempre que deberíais haberlo mandado al instituto público? —Lisa nos hace un gesto con el dedo—. Se pasa el día rodeado con hijos de papá. No me extraña que piense que el dinero crece en los árboles.
—Fue decisión de Eve llevarlo al privado, no mía —le recuerda Noah—. Solo lo mejor para nuestro hijo.
Su voz es burlona, y me sonrojo. Es un argumento trillado. Noah odia que su hijo menor suene más elegante que él. También envidia cada centavo de las exorbitantes cuotas que Elmwood Manor cobra por el privilegio de asistir a la escuela más elitista del condado. Treinta de los grandes al año, que no incluye los extras como las clases de guitarra, los viajes de esquí y los programas de intercambio. Joe ha puesto sus miras en un viaje a China el próximo verano que nos costará otras cuatro mil libras. Aún no me he atrevido a mencionárselo a Noah.
No tengo nada en contra de la educación pública, pero cuando Joe suspendió el examen de acceso a la secundaria, sus opciones eran muy limitadas: ir al instituto local, que acababa de implantar los programas de medidas especiales, o ir a uno privado. Cuando Joe y yo fuimos a la jornada de puertas abiertas de Elmwood y vimos los campos de deportes para todo tipo de clima y la piscina cubierta, el centro de artes escénicas de última generación y la biblioteca, que parecía sacada de Hogwarts, tomé la decisión de pagar las tasas, incluso si eso significaba que tenía que volver a dar clases a jornada completa. Era un precio que estaba dispuesta a pagar.
Después de devorar un trozo de tarta de chocolate cada uno, ayudo a Lisa a fregar los platos y nos retiramos al salón con la segunda botella de vino. Me acerco a la ventana y miro a través del jardín. La luz del porche está encendida, tal como la habíamos dejado, pero, por lo demás, todo está a oscuras. ¿Y por qué no iba a estarlo? La cocina está en la parte trasera. Aun así, no puedo disipar la ansiedad que me revuelve el estómago.
—¿Va bien? —Lisa se quita las zapatillas y se acomoda en el sofá. Vincent salta de la alfombra, da un par de vueltas y se hace un ovillo a su lado.
—Va bien —confirmo.
—¿Por qué estás tan preocupada? —dice, rascándole la oreja de Vincent—. Son buenos chicos.
—Lo sé, pero lees esas historias de terror sobre fiestas que se descontrolan. Ya sabes, cuando la anuncian en las redes sociales y cientos de personas acuden y destrozan la casa. Quemaduras de cigarrillos en el sofá, vómitos en la alfombra y botellas de cerveza rotas por todas partes.
Noah se ríe.
—Suena inofensivo comparado con las fiestas en casa a las que iba a su edad.
Me uno a Lisa en el sofá. Tiene razón. Son buenos chicos y me estoy preocupando sin necesidad. Vale, las notas de Joe en el colegio han bajado este trimestre, pero, aun así, las que ha sacado en los exámenes de este verano son bastante decentes. Nunca será un estudiante de sobresaliente como Annie, pero eso no importa. Quiere ir a Loughborough a estudiar Ciencias del Deporte. En secreto, espero que decida hacer un postgrado en Educación cuando termine la carrera. Siempre he pensado que sería un brillante profesor de Educación Física.
A las diez, Lisa encuentra una baraja de cartas y jugamos al blackjack frente al fuego, y nos pasamos al licor de endrino casero de Lisa tras terminarnos el tinto. El alcohol actúa como un anestésico y adormece mi ansiedad con la misma eficacia que la aguja de un dentista adormece una muela. La voz de Noah es cada vez más fuerte, como siempre que ha bebido demasiado. El rostro pálido de Lisa se sonroja. Me doy cuenta de cuánto he bebido cuando me levanto para ir al baño y la habitación empieza a dar vueltas.
—¿Alguien quiere agua? —pregunto en dirección a la cocina. Nadie contesta, pero sirvo tres vasos y los llevo al salón.
Mientras los coloco con cuidado en la mesita, suena un móvil. Tardo unos segundos en darme cuenta de que es el mío. Tropiezo con mi bolso, que he dejado junto a la puerta principal, y me tropiezo con la esquina de la silla de Noah. He bebido demasiado. Por la mañana me va a doler la cabeza.
Los ojos de Noah y Lisa se clavan en mí mientras miro fijamente la pantalla.
—Es Joe. —Los miro con preocupación—. ¿Qué puede querer?
—Las llaves de mi guarida para beberse mi cerveza, lo más seguro —dice Noah. Se palmea el bolsillo y sonríe—. Por suerte las he traído conmigo. ¿Vas a contestar o no?
Acepto la llamada y me acerco el teléfono a la oreja.
—¿Mamá? —grita Joe—. Tienes que venir a casa.
—¿Ahora? —Frunzo el ceño—. Creía que no querías que volviéramos hasta medianoche.
—Por favor, mamá. Solo ven. Yo... no sé qué hacer.
Su voz suena entrecortada, presa del pánico. El miedo me encoge el estómago.
—Joe, me estás asustando. ¿Qué ha pasado?
—Es Annie, mamá. Algo le ha pasado a Annie.
Miro a Lisa, con el miedo retorciéndose en mis entrañas.
Se le congela la cara.
—¿Qué pasa? ¿Ha pasado algo?
—Joe dice que algo le ha pasado a Annie.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? —grita. Cuando nuestras miradas se cruzan, se le va el color de la cara.
—No lo sé. No me lo ha dicho.
Noah ya está en pie y se dirige a la puerta principal. Me calzo las botas y lo sigo, sin molestarme en ponerme la chaqueta, y me digo a mí misma que todo irá bien, que Annie se habrá quemado la mano en el horno calentando el pan de ajo que envolví en papel de aluminio y dejé en la encimera, o se habrá cortado barriendo una botella de cerveza rota. Entonces recuerdo el pánico en la voz de Joe y el miedo se intensifica. Joe suele ser tan sensato como su padre. Yo soy la que más se preocupa de la familia.
Salimos corriendo y cruzamos el prado hasta nuestra casa. Golpeo la puerta de entrada mientras Noah busca las llaves. Maldice en voz baja cuando se le caen en el umbral.
Me agacho y las recojo, pero, antes de que pueda meter la llave en la cerradura, la puerta se abre de golpe. Un chico al que reconozco vagamente como Ethan Curtis, el hijo de nuestro médico de cabecera, está de pie en el pasillo, con la cara blanca como el papel y las pupilas dilatadas por el miedo.
—Están en la cocina —murmura, y se aparta para dejarnos pasar.
Siento a Lisa detrás de mí mientras corro por la casa gritando el nombre de Joe. Irrumpimos en la cocina. Annie está tumbada en posición de seguridad en la alfombra frente al sofá, Joe agachado sobre ella. Apenas veo a los otros tres adolescentes, que observan con recelo acurrucados en un rincón.
—¡Annie! —Lisa cae de rodillas y acaricia la cara de su hija.
Me pongo en cuclillas a su lado y cojo la mano de Annie. Espero que tenga el brazo flácido, pero está rígido y su piel está caliente al tacto. Le presiono la muñeca con las puntas de los dedos índice y corazón. No siento nada. No puede ser. Cierro los ojos y aprieto con más fuerza. Por fin lo noto: un pulso, débil pero presente.
—¡Llama a una ambulancia! —le grito a Noah. Él asiente, con el móvil ya en la mano, y sale al pasillo para hacer la llamada.
Me vuelvo hacia Annie. Lisa le acaricia la frente húmeda y le alisa el pelo sudoroso. Annie tiene la mandíbula desencajada y una fina línea de saliva le resbala por la barbilla. Resisto el impulso de estirar la mano y limpiársela.
—¿Qué ha pasado, Joe? —dice Lisa—. ¿Ha tomado algo?
Al principio, no estoy segura de lo que Lisa quiere decir. ¿Tomar el qué? Y entonces me doy cuenta. Lisa le está preguntando a Joe si Annie ha tomado alguna droga. Siento un suspiro de terror cuando Joe se rodea el pecho con los brazos e inclina la cabeza.
—¡Joe! —repite ella—. ¿Se ha metido algo?
—Creo que alguien le ha dado éxtasis —masculla.
—Dios mío. —Lisa acuna la cabeza de Annie en su regazo.
Se me revuelve el estómago. ¿Éxtasis? ¿Quién le ha dado éxtasis a Annie, aquí, en nuestra casa? Me pongo en pie de un salto y me vuelvo hacia la pandilla de adolescentes que merodeaban junto a las puertas abiertas del patio cuando hemos llegado, pero se han fundido con la noche.
Noah vuelve a la cocina.
—Han desviado una ambulancia de otra llamada. Tardarán quince minutos. ¿Respira? —Asiento con rapidez—. Vale. —Se pasa una mano por el pelo—. En ese caso, han dicho que tenemos que asegurarnos de que sus vías respiratorias no se obstruyan.
Empujo a Joe para coger un paño de cocina del cajón y lo pongo bajo el grifo frío. Me tiemblan las manos mientras lo escurro y se lo doy a Lisa, que lo presiona contra la frente de Annie. Cojo otra y la uso para limpiar un charco de agua que hay junto a la cabeza de Annie. Debe haberse derramado del vaso de cerveza volcado en el suelo, junto a mis pies.
—¿Quieres apagar esa puta música? —le ladra Noah a Joe. Parpadeo. Ni siquiera me había dado cuenta del bajo que sonaba de fondo, como un tambor lejano. Joe juguetea con su móvil y la música se detiene con brusquedad—. Voy fuera a esperar a la ambulancia —dice—. Llama si me necesitas.
Asiento con la cabeza y lo veo desaparecer por la puerta. Aprieto la mano de Lisa.
—Se pondrá bien —murmuro, porque la alternativa es demasiado horrible para contemplarla. Como Lisa no responde, me pongo en pie, me apoyo en la isla de la cocina y miro el segundero del reloj de la cocina. Son poco más de las once y media. ¿Cuánto hace que Noah ha llamado a una ambulancia? ¿Cinco minutos? ¿Diez?
El tiempo se ha ralentizado, pero mi mente va a toda velocidad. Joe ha dicho que Annie había tomado éxtasis, pero no tiene sentido. Annie es la chica más sensata que conozco. Está en el consejo escolar; es capitana de los equipos de hockey y netball sub-16. Es responsable y todo el mundo la quiere. Una de esas chicas de oro destinadas a grandes cosas, no del tipo de las que se meten éxtasis en la fiesta de un amigo.
Echo un vistazo a Joe. Está encorvado en un rincón de la habitación, la mirada fija en el suelo y el rostro marcado por la tristeza. Es comprensible: Annie y él están más unidos que la mayoría de los hermanos. Me invade la compasión, me acerco a él y le paso el brazo por los hombros.
—Se pondrá bien —le repito.
Está rígido, impasible.
—Voy a esperar con papá —murmura, separándose de mí.
Desesperada por tener algo que hacer, empapo otro paño de cocina y se lo doy a Lisa.
—Mi pobre bebé —canturrea Lisa—. Mi niña querida. —Las lágrimas le ruedan por la cara, pero no se las limpia y salpican la piel enrojecida de Annie—. ¿Quién te ha hecho esto, ángel? —susurra—. ¿Quién te ha hecho esto?
Por fin el silencio se ve interrumpido por el débil ulular de una sirena. El alivio me debilita. Pronto llegarán los paramédicos, se harán cargo de Annie y la curarán. Todo se arreglará.
—Está aquí. —La voz de Noah llega desde el pasillo. Aparece, seguido de dos paramédicos, un hombre y una mujer.
La mujer se agacha junto a Lisa.
—¿Eres su madre? —pregunta. Ella asiente—. ¿Sabes qué se ha tomado?
Lisa mira a Joe.
—Éxtasis.
Mientras el paramédico sujeta un oxímetro en el dedo corazón de Annie, su cuerpo empieza a temblar y sus músculos a sufrir espasmos.
—Está teniendo un ataque de epilepsia —le dice ella a su colega—. Tenemos que llevarla al hospital ya.
—Traeré la camilla. —Grita algo por la radio y desaparece de la habitación. Vuelve unos segundos después, y ambos suben a Annie a una camilla y la envuelven en una manta de emergencia.
—¿Vienes en la ambulancia? —le pregunta la paramédico a Lisa.
—Por favor.
—Yo también iré —digo mirando a Noah, que asiente—. ¿La vais a llevar a Nesborough?
Es el hospital más cercano con servicio de urgencias, a quince kilómetros de aquí.
—Sí. —La expresión del paramédico es sombría mientras mueve la cabeza hacia la puerta principal, haciéndome señas para que lo siga, pero Lisa me cierra el paso.
—No —dice ella.
—¿Qué?
—No quiero que vengas.
Parpadeo.
—Pero puedo esperar contigo, hacerte compañía mientras tratan a Annie.
Su expresión se endurece.
—No quiero que vengas —repite.
—Lisa, por favor. —Extiendo una mano apaciguadora—. Estás disgustada. Lo entiendo. Pero puedo ayudarte. Hablar con los médicos por ti, tomar notas, ese tipo de cosas.
—¿Quién viene? —pregunta con urgencia la paramédico.
—Solo yo —dice Lisa. Tiene la mandíbula apretada, como si estuviera imitando a su hija—. Esto es culpa tuya —gruñe, y su mirada se desvía de mí a Joe, que está al pie de la escalera, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros holgados—. Y nunca te perdonaré si Annie..., si ella... —Un sollozo desgarrador le roba el resto de la frase. Cuando por fin consigue controlar su voz, suena tan fría como el hielo—. Aléjate de Annie y de mí.
***
Dormir es imposible y, después de mandar a Joe a la cama, Noah y yo nos sentamos en el sofá de la esquina de la cocina a esperar noticias. No creo que Lisa nos diga cómo está Annie. Aún me duele la hostilidad que había en su voz.
—Deberíamos haberle preguntado a Joe por las drogas —digo con un cojín en mi pecho. Me cuesta creer que hace apenas un par de horas estuviera felizmente achispada, disfrutando de una partida de cartas con mi marido y mi mejor amiga. En un abrir y cerrar de ojos, mi pequeño, seguro y predecible mundo ha girado sobre su eje.
—Espera hasta mañana —dice Noah.
—Prepararé una taza de té. —Me levanto de un salto, feliz de tener algo en lo que ocuparme, aunque solo sea un minuto o dos. Dejo las dos tazas en la mesita y vuelvo a sentarme en el sofá—. Llamaré al hospital para preguntar cómo está.
—No te lo dirán. No somos familia.
—Somos lo más parecido que tienen a una familia —replico.
Enarca una ceja, pero no le hago caso, porque es verdad. Estaba embarazada de cuatro meses de Joe cuando nos mudamos del norte de Londres a The Old Vicarage, en South Langley, hace dieciséis años. Durante los primeros meses pensé que habíamos cometido un terrible error. Aunque era impresionante, nuestra nueva casa, tres veces más grande que nuestra acogedora y moderna casa adosada de Highgate, era húmeda y tenía corrientes de aire. La vida en el campo constituía un choque cultural: el pésimo wifi, la falta de transporte público, el trayecto de quince kilómetros hasta el supermercado más cercano. Los amigos que ya se habían mudado de Londres nunca habían mencionado el hedor a estiércol en otoño, el cacareo del gallo local a las cuatro de la mañana, las miradas sospechosas de los clientes habituales si te atrevías a entrar en tu nuevo local.
Por primera vez en nuestras vidas, éramos los forasteros, con la nariz pegada a la ventana, esperando que alguien nos viera de pie en el frío y nos invitara a entrar.
Todo cambió cuando conocimos a Lisa y a su marido Craig en una clase prenatal en el centro social del pueblo. Lisa, cuyo bebé nacería poco después del nuestro, era de South Langley; Craig se había criado en Nesborough, el pueblo más cercano. Congeniamos al instante y nos acogieron en su grupo de amigos con los brazos abiertos. Pronto, Noah se convirtió en un habitual del concurso semanal del pub, y yo empecé a trabajar como voluntaria de lectura en la escuela primaria local. Cuando Joe y Annie nacieron con dos semanas de diferencia, nuestra amistad se estrechó mientras atravesábamos juntos los altibajos de la maternidad. Me llevaba bien con las otras madres del pueblo, pero siempre eran muy competitivas. Con Lisa no necesitaba fingir que era otra persona. A ella no le importaba que fuera casi incoherente por el cansancio o que tuviera manchas de vómito en la camiseta. Era más que una amiga; era la hermana que nunca había tenido. No pasó mucho tiempo antes de que The Old Vicarage empezara a parecerme un hogar, y Lisa, Craig y Annie parte de nuestra familia.
Me quedé desolada cuando a Craig le diagnosticaron un tipo agresivo de cáncer testicular dos años después de mudarnos a South Langley. Luchó contra la enfermedad con el humor y la valentía que lo caracterizaban, pero ni siquiera las cada vez más brutales sesiones de quimioterapia pudieron evitar que el cáncer se extendiera a los huesos. Murió en nuestro hospital local, con Lisa, Annie, de tres años, y sus padres a su lado, un año después.
—No somos familia a los ojos del hospital. —Noah me devuelve al presente.
—¿Cómo, si no, voy a saber cómo está Annie si Lisa no responde a mis mensajes? —Miro el móvil por enésima vez. La media docena de mensajes que he enviado en la última hora aparecen como entregados, pero no leídos.
—Llamará cuando pueda. —Noah apura el último sorbo de té—. Deberías intentar dormir un poco.
Probablemente tenga razón. Tengo los ojos irritados por el cansancio y las piernas de plomo. Subo las escaleras y me detengo en el rellano de la habitación de Joe. La puerta está cerrada y ha colgado en el pomo el cartel de «No molestar» que rescató de un hotel español cuando tenía doce años. Por norma, lo respeto. Esta noche no. Esta noche llamo a la puerta y la abro de un empujón sin esperar respuesta.
Sigue despierto, la luz de su mesilla de noche proyecta un resplandor amarillo mantequilla sobre su cama.
—¿Estás bien? —pregunto.
—¿Tú qué crees?
—Lo siento, qué pregunta más tonta.
La habitación huele a zapatillas deportivas sudadas y a desodorante Adidas. Atrás ha quedado el pijama de Thomas the Tank que tanto le gustaba a Joe. Ahora duerme en calzoncillos. Sus hombros son anchos y sus pectorales están definidos, pero sigue siendo un niño. Mi niño. Por costumbre, me agacho para recoger una camiseta sucia del suelo. Es la que Joe ha llevado a la fiesta. Se la he planchado esta mañana. Parece que ha pasado toda una vida. Otro mundo.
—¿Sabes algo de Lisa? —pregunta. Tiene una palidez en la cara que me recuerda a la vez que cogió el norovirus en un viaje con el colegio a New Forest. Estuvo enfermo una semana.
—Todavía no. Seguro que llamará en cuanto pueda. —Doblo la camiseta por la mitad, mis dedos se preocupan por una pequeña marca de grasa en el dobladillo. Le echaré un poco de Fairy antes de meterla en la lavadora. Debería salir. Me siento en el extremo de la cama y lo miro. Noah me ha dicho que esperara hasta mañana, pero tengo que saberlo ahora—. ¿Sabías que alguien iba a traer drogas a la fiesta?
—No.
—¿Has tomado algo?
Se encabrita.
—¡Por supuesto que no!
Su negación es tan vehemente que me siento culpable de inmediato.
—Lo siento, cariño. Tenía que preguntarlo.
Gruñe y nos quedamos un momento en silencio. En su mesilla de noche se enciende una notificación.
—¿Quién te manda mensajes a estas horas?
Mira la pantalla.
—Billy.
—¿Billy?
—Le he contado lo que le ha pasado a Annie. Está preocupado por ella.
La única persona que suele preocuparle a mi hijastro Billy es él mismo, pero oculto mi sorpresa. Joe adora a su hermanastro.
—Por supuesto. Pero aún tienes que dormir. —Le tiendo la mano para coger su móvil—. Te lo cargo en el rellano.
—¡Mamá! No tengo diez años. Silenciaré las notificaciones.
—Más te vale.
Juguetea con el teléfono durante un minuto y luego lo coloca boca abajo en la mesilla de noche.
—¿Me avisas cuando llame Lisa? —pregunta.
—Por supuesto. —Le doy un beso en la frente y salgo de la habitación. Cierro la puerta tras de mí con el corazón encogido.
De alguna manera sé que Lisa no va a llamar. Todo lo que puedo hacer es aferrarme a la esperanza de que Annie esté bien.
Duermo inquieta y me despierto sobresaltada, con el corazón martilleándome en el pecho. Estiro un brazo en busca del cuerpo tranquilizador de Noah, pero su lado del colchón está vacío, sus almohadas perfectamente mullidas. No ha venido a la cama. Entonces recuerdo la llamada de pánico de Joe de anoche. Nuestra carrera a casa para encontrar a Annie inconsciente en el suelo de la cocina. Los paramédicos llevándosela en una camilla.
Saco las piernas de la cama y cojo el móvil de la mesilla; espero de todo corazón ver un mensaje de Lisa. «Ya ha pasado todo. Annie está bien. Nos vemos luego en rugby. Besos».
No hay nada.
Cruzo el dormitorio hasta el baño y me meto en la ducha. Me duele la cabeza y tengo la boca como papel de lija. Regulo la temperatura hasta que el agua hierve y la piel se me pone roja, pero eso me recuerda a la piel enrojecida de Annie, así que la bajo hasta que está tan fría que me cuesta respirar.
De vuelta al dormitorio, con el pelo envuelto en una toalla, intento llamar a Lisa. Suena una vez y salta el buzón de voz.
—Lisa, soy Eve. Solo llamo para ver cómo está Annie. Llámame, por favor, cuando tengas un momento. Estamos todos muy preocupados.
Por impulso, busco el número del hospital de Nesborough y llamo antes de que pueda arrepentirme. Una voz grabada me pide que marque un número de extensión si lo conozco, o que espere para más opciones. Me froto la cara. Siento la piel seca y tirante. Vuelve la voz.
—Por favor, indique claramente la habitación, la persona o el departamento que necesita. Si necesita ayuda, diga «Operadora».
Me aclaro la garganta.
—Operadora.
La espera parece interminable. Por fin, una mujer con voz monótona dice:
—Hospital de Nesborough. ¿En qué puedo ayudarle?
—Llamo para ver cómo está una paciente.
—¿Qué sala?
—Yo..., no lo sé. Es mi, hum, sobrina. Ingresó anoche. Bueno, esta madrugada.
—¿Cómo se llama? —pregunta aburrida la telefonista.
—Annie Bradstock.
—¿Y usted es su tía?
—Así es.
—¿Cuál es su fecha de nacimiento, por favor?
—Veintiséis de febrero de 2007. —Digo la fecha sin pensar. Conozco el cumpleaños de Annie tan bien como el de Joe.
—Le paso con la UCI —dice la mujer, y yo agarro el teléfono con más fuerza. ¿Cuidados intensivos? ¿Cómo de enferma está? El teléfono hace clic y contesta un hombre con acento de Bristol.
—Oh, hola —le digo—. Solo llamo para ver cómo está Annie Bradstock esta mañana.
—¿Annie Bradstock? —¿Me lo estoy imaginando, o hay un deje de sospecha en su voz?—. ¿Quién es?
—Su, eeeh, tía.
—Bien. —Se produce una conversación murmurada y entonces el hombre vuelve—. Lo siento, pero los familiares directos de Annie han pedido que no se divulgue información por teléfono. Siento no poder ser de más ayuda.
Me siento en la cama y me pregunto qué significa esto. Seguro que Lisa no me dejaría de lado así. Sabe que no soy una amiga de conveniencia. He estado a su lado en las buenas y en las malas durante los últimos dieciséis años. He sido su confidente, su defensora y su hombro sobre el que llorar.
La necesidad de estar a su lado está tan arraigada que casi vuelvo a llamar al hospital y le digo al hombre con acento de Bristol que debe estar equivocado, que ha confundido a nuestra Annie con otra persona de la UCI, porque es imposible que Lisa no quiera que yo sepa cómo está. Entonces recuerdo la cara de furia que puso Lisa anoche y tiro el móvil al edredón, desesperada. No puedo llamarla, por si lo he entendido todo mal y me está excluyendo porque me considera responsable de lo que le ha pasado a Annie.
Me siento enferma. Me recojo el pelo mojado y me pongo algo de ropa. Antes de bajar, abro la puerta de Joe y me asomo. Está enterrado bajo el edredón, su respiración es regular y profunda. Solo son las ocho y media y él nunca sale hasta por lo menos las diez los fines de semana. Lo dejo dormido.
Noah está sentado en la isla de la cocina, con las manos alrededor de una taza de café. El olor me hace la boca agua y me dirijo a la cafetera.
—No has venido a la cama —le digo.
—Me he acostado aquí. —Inclina la cabeza hacia el sofá—. No quería despertarte.
Los cojines están desparramados por todas partes y la manta roja que siempre coloco sobre un brazo del sofá está tirada en el suelo como un charco de sangre. Me estremezco.
—He llamado al hospital para ver cómo está Annie.
Noah aguza el oído.
—¿Y?
—Tenías razón, no me lo han dicho. Todo lo que sé es que está en cuidados intensivos.
Los hombros de Noah se desploman.
—He buscado en Google «sobredosis de éxtasis». Han muerto muchos chicos, Eve. Es una droga tan impredecible...; nunca sabes cómo va a reaccionar alguien, y no hay nada que los médicos puedan darles para revertir los efectos.
Por lo general, soy yo la que ve los riesgos en cada situación, sobre todo si se trata de Joe. Cuando era pequeño, me alarmaba por todo. El mundo es un lugar peligroso para un niño aventurero sin sentido del peligro. Me preocupaba que se ahogara en las charcas de mar que se formaban entre las rocas, que se golpeara la cabeza en el parque infantil o que saliera corriendo delante de un coche. Así que tomaba precauciones ante cualquier posible desastre: lo cogía de la mano mientras pescaba cangrejos, me ponía debajo de las estructuras de escalada para atraparlo si se resbalaba, lo mantenía cerca cuando caminábamos por la calle.
Noah es mi equilibrio. Siempre me dice que no envuelva a nuestro hijo entre algodones. «Tiene que cometer sus propios errores» es uno de sus mantras favoritos. «Nunca aprenderá a ser resiliente si estás encima de él para rescatarlo cada vez que parece que va a fracasar en algo».
Cuando Joe era pequeño, Noah lo dejaba trepar a los árboles y caminar solo hasta el colegio. Más tarde, en la adolescencia, fue Noah quien le dijo que podía quedar con sus amigos en la ciudad un sábado por la noche y quien dejó que Joe se llevara un pack de cuatro cervezas a la fiesta de un amigo.
Y ahora, justo cuando necesito que Noah me tranquilice, que me diga que Annie saldrá adelante y que todo irá bien, es él quien está siendo efectista.
Frunzo los labios, estoy a punto de decirle que se calme cuando llaman a la puerta. Nos miramos con incertidumbre.
—Puede que sea Lisa. —Noah coloca su taza sobre la encimera y baja del taburete de la barra—. Voy yo. Tú prepárale un café.
Asiento con la cabeza y saco otra taza del armario, la esperanza aflora en mi pecho. Si Lisa está aquí, significa que Annie se encuentra mejor, quizá incluso lo bastante bien como para que le den el alta. Con Annie en casa podremos dejar atrás todo este lamentable episodio.
Noah cruza la puerta con paso rígido. Espero ver a Lisa detrás de él y me quedo boquiabierta al ver que dos policías uniformados entran en la cocina.
La taza de café que sostengo se desliza entre mis dedos y se estrella contra el suelo de baldosas, el sonido como un disparo en la silenciosa habitación.
—¡Ten cuidado! —Noah está a mi lado en un santiamén, me agarra del codo y me aparta de los fragmentos de la taza destrozada—. Lleva a todo el mundo al salón. Limpiaré esto y terminaré en un segundo. ¿Les preparo algo de beber? —pregunta a los dos policías.
—Té estaría bien —dice el oficial de más edad, mirando a su colega, que asiente—. Para los dos; té blanco, sin azúcar.
Doy un paso alrededor de la taza rota y les sonrío sin ganas.
—Por aquí. —Me dirijo al pasillo. Con el calor de sus miradas en mi espalda, de repente me cuesta caminar, mis movimientos son espasmódicos, como si mis brazos y piernas pertenecieran a otra persona. Tengo la lengua pegada al paladar. Espero que Noah se acuerde de traerme un café recién hecho.
En el salón, hago un gesto a los agentes para que tomen asiento. Optan por el sofá azul marino de respaldo alto, y yo me hundo en uno de los sillones reclinados de enfrente, me siento de inmediato en desventaja.
—Soy el sargento Dan Harrington y este es el agente Marcus Anderson —dice el oficial de más edad—. Espero que sepa por qué estamos aquí.
Solo puede ser por lo que le ha pasado a Annie. El servicio de ambulancias debe alertar a la policía si llevan a un adolescente de urgencia al hospital por una sospecha de sobredosis.
—¿Annie? —digo, y Harrington asiente. Trago saliva—. ¿Cómo está?
Responde a mi pregunta con una propia.
—Creo que estaba inconsciente cuando la encontraron anoche.
—Así es. ¿Sigue...?
—Me temo que aún no ha recobrado el conocimiento —dice el sargento mientras busca en su bolsillo un pequeño cuaderno negro y un bolígrafo.
Espero a que dé más detalles y, como no lo hace, le pregunto:
—Pero se pondrá bien, ¿no?
Los dos agentes intercambian una mirada y el pequeño rayo de esperanza que hay en mi interior parpadea y se apaga.
—Está en una situación muy delicada —dice Harrington—. Por eso estamos aquí. Necesitamos averiguar exactamente qué pasó en esta casa anoche.
Miro hacia la puerta, espero que Noah se dé prisa. No quiero enfrentarme a este interrogatorio yo sola. Pero los dos agentes me miran expectantes, así que me paso la lengua por los labios y empiezo.
—Mañana mi hijo Joe cumple dieciséis años, así que anoche le dijimos que podía invitar a unos amigos para celebrarlo. Pasamos la noche en casa de Lisa...
—¿La señora Bradstock? —pregunta Harrington.
Asiento con la cabeza.
—Queríamos dar a los niños un poco de intimidad y a la vez estar cerca por si pasaba algo.
