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El nacimiento y la muerte; la juventud y la vejez; el enamoramiento y el desengaño; lo cotidiano y lo extraordinario. Con estos relatos, Ricardo Gómez nos habla de las grandezas y miserias del ser humano, y de cómo la vida va y viene ante los ojos de aquel que mira tras el cristal.
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Seitenzahl: 146
Veröffentlichungsjahr: 2013
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TRAS EL CRISTAL
RICARDO GÓMEZ
NO PUDE ESTUDIAR, así que trabajo en una tienda. Habrá quien piense que esto es una advertencia; que con ello quiero decir que si no estudias caerá sobre ti la maldición de trabajar en una tienda, pero no es eso. La mía es una tienda de ropa y lo que pretendía decir es que no se necesita haber estudiado para hacer bien mi tarea. Y lo digo además para que se sepa pronto que soy un don nadie. Aunque no estoy insatisfecho con mi profesión. Me gusta.
Hay lugares peores en los que uno tiene que ganarse la vida, incluso habiendo estudiado. Conozco a gente que dedicó miles de horas a los libros, que sacrificó al saber fines de semana y vacaciones y que acaba sometida a horarios crueles, a la disciplina de un jefe botarate, inclinada sobre una mesa o sufriendo penalidades. Yo he tenido suerte. Se me ocurren decenas de oficios más desagradables que el mío, con estudios o sin ellos.
Cualquiera que haya entrado en una tienda, que es casi todo el mundo, puede imaginar que lo más duro son los calendarios y los horarios. Dejando aparte los periodos en que los dueños echan el cierre, que no son muchos, todo el año tienes que andar bregando, incluyendo los sábados y los días que preceden a las fiestas, que es cuando más se vende. Los horarios también son implacables, de la mañana a la noche.
Pero quitando eso, la tarea es cómoda. Se está a resguardo de la lluvia y del frío de la calle y en los días más calurosos se disfruta de aire acondicionado. Antes no era así, pero ahora las tiendas suelen ser refugios confortables. ¿Quién entraría aquí si este fuese un sitio hostil? La temperatura es estable, hay música relajante de fondo, el entorno es limpio, la decoración se cambia cada poco y el trato es, por lo general, amable. Además, los ratos en que no hay clientes se tiene mucho tiempo para pensar.
Visto desde el escaparate de una tienda, el mundo resulta fascinante. Habrá quien diga que un viaje a China también lo es, pero yo no le veo la gracia a recorrer miles de kilómetros en pocos días. ¿Quién, a esas velocidades, puede apreciar los pequeños detalles que hacen de la vida lo que es, la suma de delicadas pinceladas que componen un cuadro? Aquí el horizonte es estrecho, el limitado por los extremos de la cristalera, pero si uno se acostumbra a observar a la gente con el paso de los días descubre hábitos, vicios, ritos, costumbres y manías. Y en un instante, el menos pensado, se rompe la rutina, brota la sorpresa y, entonces, los acontecimientos se precipitan.
También en esto me considero afortunado, quizá porque nunca me gustaron los libros. Hay empleados que distraen las horas muertas hojeando revistas o novelas, pero a mí ni se me ocurre. No digo que leer sea malo, cada cual es dueño de ocupar los ratos de descanso en lo que quiere. A mí lo que me apasiona es observar a través del cristal, mirar, imaginar... Alguien se burlará si digo que a veces echo de menos trabajar domingos y días de fiesta, porque sospecho que el comportamiento de la gente que pasa por aquí debe de ser muy distinto los laborables que los festivos. Pero de lunes a sábado compongo mis teorías acerca de lo que son las existencias ajenas.
Aunque esta tienda lleva abierta más de cuarenta años, trabajo en ella desde hace quince. Sé que es mucho, teniendo en cuenta que hoy todo el mundo cambia de trabajo cada dos por tres. Tal vez, como no he estudiado, no pueda aspirar a otra cosa distinta de la que hago, pero ya he dicho que esto me gusta. En estos quince años he visto cómo bebés que hace nada iban en cochecito se transformaban en adolescentes, cómo algunos ancianos desaparecían, cómo vienen y van familias enteras, gente que cambia de barrio, otros que llegan. Yo soy un mudo testigo de estos cambios. Nadie entra en una tienda para avisarme: «Compramos un piso nuevo, más grande», «Mi padre murió la semana pasada», «Mi marido y yo nos separamos hace un mes», «Tuvimos una niña, a la que llamamos Iris»…
Sin embargo, yo me entero de todo. Incluso diría que quienes pasan por aquí me ignoran, pero no me importa. Dejando aparte el que me gane la vida en la tienda, me gusta estar aquí por el placer (insano, lo reconozco) de tener a la vista las vidas ajenas. Conozco muchos detalles de clientes que vienen por aquí, pero también sé cosas de gente que nunca ha pisado esta tienda y que jamás lo hará. Es la posición privilegiada de quien no tiene más aspiraciones en la vida, de quien dispone de todo el tiempo del mundo para observar.
Resulta apasionante ver a la gente moverse de acá para allá y, cuando la puerta está abierta, captar retazos de conversaciones. Es como pasar todo el día viendo una larguísima película, con momentos de suspense que te dejan boquiabierto, y en la que es necesario prestar atención a los detalles para encontrar una explicación que tarde o temprano acaba por llegar.
El miércoles de la semana pasada, por ejemplo, una ambulancia se detuvo a la entrada del portal, a pocos metros de aquí. De ella descendió primero doña Marta, que vive en el 3º C. Luego, un camillero ayudó a bajar a su hija en silla de ruedas. De pronto encajaron pequeñas escenas que hasta ese momento carecían de significado: la madre, dos días antes, salió de casa cargada con una bolsa y subió a un taxi; y el padre, que suele regresar hacia las siete de la tarde, esos días volvió más temprano. ¿Qué había ocurrido con su hija? ¿Una operación de apendicitis? ¿Una fractura de cadera? ¡Nada de eso! La chica sufrió un navajazo el sábado anterior, y ya han detenido al culpable, según los vecinos. Alguno de estos, por lo visto, lo conocía. ¿Fue un atraco, un asalto sexual? ¿Dónde y por qué la hirieron? Pobre chica, espero que no haya sido grave… Hace nada entró aquí a comprar una cazadora. Tendré que esperar a los próximos días para conocer más detalles. Casi todo se acaba sabiendo.
Claro que estos sucesos son excepcionales. Este es un barrio tranquilo. Lo que sucede alrededor no merece un par de líneas en un periódico y, sin embargo, la acción es continua y los pequeños misterios están a la orden del día. Ningún guionista podría anticipar qué va a ocurrir una semana más tarde. Esto es la vida misma.
Como en las series de televisión, personajes que durante meses han sido secundarios, un día se tornan protagonistas. Gente que siempre he visto pasar lejos del escaparate, de pronto se detiene, mira con interés, entra y desembolsa una buena cantidad de dinero para lucir ropa nueva. ¿Qué ocurrió en el pequeño mundo de la mujer madura que pasea su perrita, hasta ahora desaliñada y vestida con astrosos chándales, para que de pronto decida cuidarse y cambiar de aspecto? ¿Qué le llevó a pensar que su vida no está acabada? ¿Sueña con un novio o lo encontró ya? ¿O solo le tocó la lotería? En los próximos episodios…
La vida me ha enseñado lo que sé. Y sé que no hay existencia trivial. Isidro, por ejemplo, es conductor de autobuses. Un día entró a última hora de la tarde buscando un regalo urgente para su mujer. Debía de ser su aniversario de bodas, quizá el cumpleaños de ella. Tras rebuscar y solicitar precios de casi todo, se llevó un pañuelo, que debía de ser lo único que podía permitirse. Desde entonces, y hace ya más de tres meses, su mujer lo lleva siempre puesto. ¿Cuál es la historia de amor de esta pareja madura que pasea siempre de la mano? Los sábados van a la compra al mercado cercano y él no consiente que ella vaya cargada: él tira del carrito y de algunas bolsas, la trata como si fuera su princesa. Y sus hijos… ¿En qué escuela aprendieron estos padres a criarlos tan bien? Tampoco estudiaron Isidro y Carmen, a la vista está, pero es casi seguro que sus hijos llegarán a ser sabios. No hay más que verlos.
Quienes entran en una tienda dan más información de lo que sospechan. Están la forma de vestir, si saludan o no, la manera de hablar, cómo sacan los billetes o la tarjeta… Y luego, cómo se comportan al seleccionar una prenda o entrar en el probador. Con el tiempo se aprende a distinguir las personas resolutivas de las indecisas, y en ocasiones hago apuestas conmigo mismo acerca de si comprarán o no, y gano casi siempre.
Hay una mujer alemana, por ejemplo, ya mayor, de quien solo sé que se llama Mónika. Debe de trabajar en un laboratorio de investigación o algo parecido, porque un día la oí hablar por teléfono de asuntos técnicos y exigía que se repitieran unos análisis y se calibrara bien una máquina. Es un ejemplo de mujer resolutiva, acostumbrada a tomar decisiones. Sabe siempre lo que busca: toma un par de prendas, generalmente trajes de chaqueta, entra al probador y compra uno de ellos. Pasaría desapercibida de no ser por un detalle en apariencia insignificante. Siempre abre su cartera sobre el mostrador dejando a la vista una fotografía antigua, de un hombre vestido con chaqué y pajarita. Mantiene visible esa foto desde que pregunta el precio hasta que acaba los trámites con la tarjeta, y en los tiempos de espera baja repetidamente la mirada hacia la imagen de ese hombre de aspecto distinguido y acaricia la fotografía a través del plástico. Ha ocurrido tantas veces que tengo la certeza de que son padre e hija, aunque quizá él haya muerto ya, a juzgar por lo avejentado del papel. Puedo suponer que la foto se tomó cuando él era joven y Mónika una niña, o tal vez ella ni siquiera hubiera nacido. ¿Qué vínculo misterioso ata a esas dos personas? ¿Qué la enorgullece tanto de ese hombre como para mostrarlo tan abiertamente? ¿Cuántas veces al día, al abrir su cartera, contempla esa foto, y no la de su marido o de sus hijos, si es que los tiene? Sospecho que si le preguntara por ello, su voz y su seguridad germánica se quebrarían e hilvanaría entre lágrimas algún emotivo relato.
Muy diferente de esa otra mujer, que ha entrado al menos una docena de veces y jamás ha comprado nada. ¡Ni unas medias! Entra, observa, rebusca, se prueba, no solicita opinión, apila prendas sobre el mostrador y, al final, pide disculpas y dice que se lo pensará, que volverá otro día. Lo asombroso es que, en efecto, vuelve otro día para repetir casi con exactitud maniática sus mismos gestos.
La experiencia me ha enseñado que estos casos son los más apasionantes. Esta mujer, con sus hábitos machacones y su indecisión, puede ser una fuente de grandes sorpresas. De un personaje aventurero se espera cualquier cosa, pero ¿de qué será capaz esta mujer el día que rompa sus manías? Hay algo que resulta misterioso en ella, y son sus silencios. Abre y cierra la puerta con sigilo, anda como si levitara sobre el suelo, habla con una voz que parece un susurro y me he fijado que rasca con sus uñas las prendas que se prueba, y las frota acercándoselas al oído. Utiliza un criterio extraño cuando selecciona la ropa, lo mismo una casaca que una falda, unos pantalones que un gorro, de colores variados y estilos antitéticos. ¿Qué busca esta mujer, en realidad? A través del cristal la he observado entrar en otras tiendas y sospecho que reproduce las mismas maniobras, porque jamás la he visto cargada con una bolsa.
Detalles. Oí una vez que uno puede ser casualidad, que dos es confirmación, pero que tres es ley. Hay comportamientos incomprensibles, pero que deben de tener su explicación. Un hombre viene de vez en cuando por aquí a comprar pequeños complementos: calcetines, alguna camisa o ropa interior. Antes de salir, quita las etiquetas de todas las prendas, pidiendo unas tijeras incluso, y comprueba con maniática obsesión que lo que se lleva, ¡sin bolsa, entre las manos!, esté libre del más pequeño adminículo. Todo lo que se lleva es blanco y en ocasiones ha desechado alguna prenda por tener una mínima raya de color o un discreto bordado. Se diría que esa obcecación por la limpieza es síndrome de alguna manía sexual, pero a saber…
Me gusta la calle. ¡Es hermosa! A veces el sol luce generoso, pero otras, incluso en días despejados, parece enfadado y decidido a escarmentarnos. Si llueve, el cemento de las aceras despide un aroma agradable y los árboles parecen recién pintados. Esta tarde hace un calor de plomo, la calle está desierta y el aire vibra en los bordes de las cosas. No hay nadie que entre a la tienda a estas horas, aunque estamos en época de rebajas, y por eso tengo tiempo de charlar con ustedes. No será mucho más, porque en un par de horas hombres, mujeres y niños saldrán a pasear, como si el cielo les hubiese perdonado y ya pudieran salir de casa. De nuevo la calle se convertirá en un espectáculo.
De haber estudiado, a mí me gustaría haber hecho Psicología. Creo que poseo un don innato para detectar emociones que a otros les pasan desapercibidas. Si dentro de un rato quisieran salir conmigo les mostraría: aquella chica, ese muchacho, la mujer de allá, el hombre que viene por la acera… viven un gran amor. Pero no hay que fiarse de las apariencias. Hay jóvenes que pasean cogidos de la cintura cuyos rostros delatan un enorme aburrimiento, y parejas que miman a sus criaturas y en cuyas miradas no aparece la menor huella de su antigua pasión. Y eso es triste.
Igual que uno contempla cómo los niños crecen y cómo los adultos caminan hacia la vejez, también se ve cómo ciertos amores declinan y acaban por esfumarse. Uno de los casos más dramáticos es el de Adriana, que no hace muchos años llegó aquí con su reciente marido. ¡Ella se lo comía a besos por la calle, como comiéndose el mundo! Hoy los dos se ignoran, apenas se hablan. Mantienen las convenciones y él acompaña a su mujer a veces a la tienda, pero yo sé que cuando ella escoge una ropa no se viste para él. Se ve en la forma en que se prueba los vestidos, mirando a su marido como si fuese una nube de gas. Apostaría algo a que tiene una aventura, que la mantiene viva cuando el marido no está.
Hace tiempo yo también estuve enamorado. Era bastante más joven que ahora, cuando empezaba a ganarme la vida en esto. Me enamoré de una compañera de trabajo, una muchacha bonita y joven. Reconozco que fue ella quien me enseñó los primeros trucos de este oficio: me aconsejaba sobre la ropa que debía ponerme, cuál era la mejor manera de presentarme ante los clientes, e incluso en ocasiones se brindaba a abrillantar mis zapatos o a eliminar de mis hombreras alguna partícula de polvo o de caspa. Pero dejando aparte estos cuidados que tenían que ver con el trabajo, el resto del día me ignoraba como si yo no existiera, gélida y silenciosa como una muñeca de hielo. Al comienzo pensé que su indiferencia era fingida, que trataba de darse importancia, pero pronto vi que la nuestra era una historia de amor imposible. Todavía la recuerdo, aunque hace tiempo que ella se fue de aquí. Aquello me hizo sufrir mucho y causó un duro golpe a mi autoestima, así que me propuse no enamorarme nunca más.
Confieso que tardé mucho en recuperarme. Durante años no quise saber nada de compañías o novias, por no exponerme al riesgo de sufrir, pero el tiempo pasa y uno echa de menos ciertas cosas. No se lo digan a nadie: desde hace algunas semanas, cuando se echa el cierre de la tienda, salgo por las noches sin rumbo fijo. A buscar. A veces, hasta la madrugada.
Todavía no he encontrado lo que busco, pero no desespero. Incluso alguien como yo, que no ha estudiado, que es de alguna manera singular y que no tiene más remedio que trabajar en una tienda de ropa (¡aunque mi tarea me apasiona, repito!), debe mantener la esperanza de encontrar el amor de su vida.
Todos los días cruza por delante del escaparate una persona ciega, poco antes de echar el cierre a las dos, por lo que deduzco que sale de casa antes de que yo comience a trabajar. Le veo transitar por el reducido espacio de la cristalera describiendo un arco con su bastón a pocos decímetros de sus pies. En contra de lo que se suele decir de los invidentes, sus pasos no son vacilantes, sino los de un hombre decidido, aunque su lentitud se explique porque quizá tarda un poco más en interpretar los sonidos u olores que le llegan; es de suponer que la visión permite unas respuestas más rápidas. Por las mañanas viaja siempre solo, con una cartera de plástico negro cruzada en bandolera sobre su pecho. Por las tardes pasea con una mujer algo más joven que él, con quien charla y ríe animadamente. Es su esposa. Le envidio. En realidad, aunque me guste observar, aunque llene mis horas muertas mirando a través del cristal, también a mí me gustaría salir a pasear con alguien colgado de mi brazo. A estas alturas de mi vida, daría los ojos por ello.
Algún día me haré mayor para trabajar en una tienda y acabaré tirado en cualquier sitio. ¿Cuáles serán mis pensamientos cuando el dueño prescinda de mí? En algún momento de la vida uno se da cuenta de lo importante, y si no, peor para él. Para mí, estudiar no ha sido vital. Tampoco lo ha sido estar siempre elegante, ni saber que muchas personas al día te observan y que gracias a ti se ha vendido poco o mucho.