Tras la puerta oculta - Germán Rodriguez - E-Book

Tras la puerta oculta E-Book

Germán Rodriguez

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Beschreibung

Tomás Melllizo, periodista del misterio, está acostumbrado a las historias dudosas. Pero esta supera a todas.A sus oídos llega una historia sobre unos viejos documentos secretos del Vaticano que hablan del Proyecto Cronovisor: una máquina para ver el pasado y obtener imágenes de Jesús. Pero en este proyecto algo fue mal y fue cancelado de repente y sus responsables muertos en circunstancias extrañas.Una historia descabellada, de no ser por una fotografía que acompaña a los documentos. Tan borrosa como perturbadora, la imagen retrata a Jesús en la cruz Tomás inicia la investigación uniéndose a la doctora Esther Weiss y se ponen tras la pista de lo ocurrido. ¿Existió realmente el Cronovisor? ¿Tuvo éxito? ¿Qué vieron y por qué el Vaticano canceló el proyecto? Pero Tomás y Esther no tardarán en comprender que personajes muy poderosos están dispuestos a todo con tal de que la historia del Cronovisor no salga a la luz

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TRAS LA PUERTA OCULTA. EL MISTERIO DEL CRONOVISOR- Germán Rodríguez

© Germán Rodríguez

© 2020, Ediciones Corona Borealis

 

Avda. Gregorio Prieto, 19 A

29010 Málaga

Tlf. 0034-951336282

www.coronaborealis.es

 

Maquetación editorial: Georgia Delena

Diseño de cubierta: Sara García

 

ISBN: 978-84-122508-6-2

Primera edición: enero 2021

 

Distribuidores: http://www.coronaborealis.es/?url=librerias.php

 

Todos los derechos reservados. No está permitida la reimpresión de parte alguna de este libro, ni tampoco su reproducción, ni utilización, en cualquier forma o por cualquier medio, bien sea electrónico, mecánico, químico de otro tipo, tanto conocido como los que puedan inventarse, incluyendo el fotocopiado o grabación, ni se permite su almacenamiento en un sistema de información y recuperación, sin el permiso anticipado y por escrito del editor.

Índice
PORTADA
TÍTULO
CRÉDITOS
I. TURÍN
II. EL OJO IZQUIERDO DE DIOS
III. CRIATURAS DE LA NOCHE
IV. COSAS ESCONDIDAS DESDE TIEMPOS ANTIGUOS
V. LA OBRA DE ARTE TOTAL
VI. ESTHER
VII. TEMPUS FUGIT
VIII. ROSTROS EN LA OSCURIDAD
IX. LA CEREMONIA
X. LA VERDAD
XI. ESCENAS DEL PASADO
XII. PAPARAZZIS DE DIOS
XIII. EL APICULTOR PACIENTE
XIV. UNA CONFESIÓN
XV. SANGRE EN LAS PAREDES, TRASTOS EN EL DESVÁN
XVI. TRAS LA PISTA
XVII. UNA NOCHE EN EL CALVARIO
XVIII. AL DÍA SIGUIENTE
XIX. HURTO CON ATENUANTE
XX. ZYGOPHYLLUM DUMOSUM
XXI. UNA CONVERSACIÓN CASUAL
XXII. CAPÍTULO 1
XXIII. EN EL HUERTO DE LOS GRANADOS
XXIV. EL CAÑÓN
XXV. LA ANCIANA SABIA
XXVI. UN PERSONAJE PASADO POR ALTO
XXVII. TRAS LA PUERTA OCULTA
XXVIII. NOCHE DE PASIÓN
XXIX. UNA LLAMADA DE AUXILIO DESESPERADA
XXX. SEIS DEDOS
XXXI. EL FINAL DE TODO
XXXII. HUÍDA A NINGUNA PARTE
XXXIII. LO QUE ESTHER QUERÍA

I. TURÍN

El hombre, o lo que de él quedaba, yacía entre las flores. La imagen de su cuerpo desnudo mostraba las señales de una tortura cruel y despiadada. Bajo los golpes del flagelo, la piel se había roto en múltiples heridas —más de cien—, convirtiéndose en un mural de llagas y de sangre pintarrajeada. Las rodillas, desgarradas hasta el hueso, habían sufrido los impactos de sucesivas caídas sobre el terreno pedregoso, y el peso del madero había ido lentamente excoriando sus hombros. Impedido para servirse de las manos, no había podido evitar golpearse la cabeza contra el suelo, de modo que el yelmo de espinas que llevaba encasquetado había acabado por clavársele profundamente hasta alcanzar el cráneo. De su terrible final en la cruz hablaban los orificios de sus muñecas y pies, causados por gruesos clavos de hierro de quince centímetros de largo, y la lanzada en el costado derecho, que había atravesado la caja torácica hasta abrirle el corazón.

El más inhumano de los castigos. Mas ahora estaba a salvo.

Protegida en su relicario tras un cristal laminado a prueba de balas, su figura era claramente visible en el lienzo de lino sobre el cual la huella de sus rasgos había quedado impresa de manera milagrosa. Y ahora que al caer la noche la marea de peregrinos que cada día abarrotaba la catedral de Turín durante la ostensión de la Sábana Santa había desalojado el templo, parecía dormir finalmente en paz, con los párpados cerrados y el rostro sereno.

El relicario, rodeado de terciopelo púrpura y de exuberantes ramos de flores, ocupaba el lugar de honor en el altar barroco de la capilla del Santo Sudario. Sus medidas permitían contemplar la Sábana desplegada en toda su extensión de 4,36 por 1,11 metros, de manera que la silueta del Salvador se veía por delante y por detrás. A lo largo del marco, en letras doradas, podía leerse la plegaria «TUAM SINDONEM VENERAMUR, DOMINE, ET TUAM RECOLIMUS PASSIONEM», o sea, «Veneramos tu Sábana, Señor, y meditamos tu Pasión».

El cardenal Del Val observó la Sábana detenidamente. Como arzobispo de Turín y custodio pontificio de la Síndone, conocía bien cada centímetro cuadrado de aquella tela de lino blanco. Y aun así, como siempre, no pudo evitar un estremecimiento. No de fe, ni de exaltación ante la presencia de Dios, sino de zozobra. Inquietud, incertidumbre, temor. Un escalofrío que le recorría la espina dorsal como una serpiente.

La imagen de la Sábana era una presencia viva a la que solo le faltaba respirar. Por un momento, tuvo la sensación de que aquel hombre estaba a punto de alzar los párpados y mirarlo. Apartó la vista y se arrodilló. Luego entrelazó con fuerza sus manos vigorosas y rezó. Como la muchedumbre que desfilaba cada día ante la imagen de la Sábana, él también había buscado en el Sudario la prueba que alimentase su fe. Prudentemente, se había mantenido a una distancia equitativa tanto de las pruebas científicas que parecían acumularse en favor de su autenticidad como de las evidencias en contra que iban surgiendo como respuesta a aquellas. Siempre con paciencia, a la espera de una confirmación. Y cuando por fin esta llegó, no pudo haber sido más desconcertante.

Recordando el sentimiento de haber sido víctima de una trampa insidiosa, apretó las manos todavía más, hasta que le dolieron. Aun así, no pudo evitar que un fuego incontrolable comenzase a arderle por el pecho y despertase en él deseos de agarrar a Dios por las solapas y pedirle explicaciones.

Elevó la vista hacia la suntuosa cúpula en busca de la luz diáfana que tantas veces había contemplado derramarse por ella; pero la noche ya había caído. Pensó entonces en Guarini el arquitecto, quien, de rodillas como él ahora, había proyectado esa bóveda, ese círculo perfecto, en verdad un misterio geométrico que desafiaba a la mente. Poco a poco dejó que su vista cayese en la trampa caleidoscópica de arcos enervados, de círculos, triángulos y hexágonos que distorsionaban el espacio y que proyectaban la cúpula a más altura de la que en realidad alcanzaba. Ilusiones ópticas jugando con el espectador. Si un hombre había sido capaz de concebir algo así, ¿qué no podría hacer el Supremo Arquitecto?

Pero el engaño y la simulación, pensó, no eran propios del Gran Hacedor, sino de su imitador contumaz. ¿Quién sino él, parodia del Ser Supremo, administraba los espejismos y trampantojos? ¿No era él, acaso, el disimulado patrón de la ciencia, creadora de todos los sueños de la antigua magia? ¿No había visto Del Val, con sus propios ojos, cómo se realizaban algunos de esos sueños para devenir pesadillas a continuación?

Sin embargo, se dijo, no debía cometer el error de culpar a Satanás. Era el hombre, en su soberbia, quien se perdía por los grandes inventos y prodigios, por los milagros de su intelecto. El enemigo solo se aprovechaba para sacar su lucro, mientras dejaba que aquel, asombrado y envanecido por sus propios logros, se hundiese más y más en la jactancia hasta creerse capaz de cualquier cosa. Como los físicos ensoberbecidos que, ensalzando la materia, se dispusieron a explicar el universo y acabaron por tener que aceptar los límites difusos de la realidad, pues se toparon de bruces con un mundo de partículas huidizas que, como estrellas fugaces, jugaban a aparecer y desaparecer en la noche.

Sí, yo he sido testigo de vuestra magia engañosa. Decidme, sacerdotes de la ciencia, ¿qué es lo soñado y qué es lo real?

Su mirada se perdió suspendida en el pasado, que a sus setenta y dos años, se lamentó, debería quedar ya lejano y que, sin embargo, se hacía presente cada día como una enfermedad crónica. Las arrugas que surcaban su rostro parecieron hacerse más profundas. Por un momento, el cardenal altivo, fuerte, de gesto enérgico y acostumbrado a encarnar el poder de la Iglesia dio paso a un anciano atribulado por los remordimientos.

Un zumbido penetrante lo sacó de sus reflexiones. Era un niño haciendo volar un helicóptero de juguete entre los lirios y azucenas que adornaban el relicario. La encargada de retirar las flores que serían sustituidas por otras más frescas a la mañana siguiente había tenido la mala idea de llevar a su hijo con ella. Al cardenal le molestó la escena, no solo porque la casa de Dios no era lugar para juegos, sino sobre todo por aquel zumbido de abeja del helicóptero, un zumbido que, sin que supiera el motivo, le sonaba a amenaza. ¿Qué había en él para que lo inquietase así? Al percibir el malestar de Del Val, la mujer alzó la voz para amonestar a su hijo, y al instante la mirada del chiquillo se encontró con la del cardenal. La notó tan áspera, tan adusta, que de repente comprendió qué quería decir aquello de que Dios iba a castigarlo si se portaba mal. E inmediatamente su helicóptero paró en seco y se posó en el bolsillo de su anorak.

c a

Las luces se habían ido apagando. Aquí y allá, solo pequeñas velas moribundas mantenían ahora a duras penas una penumbra temblorosa y amarilla. Mientras escuchaba sus pasos resonando entre las paredes de piedra, Del Val no pudo evitar el pensamiento de que la catedral entera parecía una sala de tanatorio gigantesca para la presencia adorada en la Sábana. Frunciendo el entrecejo con obstinación, procuró alejar esas reflexiones de su mente y se concentró en las tareas que lo aguardaban. Se había hecho tarde; el informe diario de su hombre destacado en Madrid estaría ya listo.

Se apresuraba por la nave lateral hacia sus aposentos cuando desde un rincón oscuro llegó hasta sus oídos el sonido de una respiración pesada. Extrañado, se detuvo a buscar su origen. Entonces entornó los ojos y adivinó la figura de un hombre alto arrodillado en un confesionario. Su rostro, una mancha negra, se mantenía pegado a la celosía. Durante unos instantes permanecieron en silencio, cada uno consciente del otro. Del Val empezó a experimentar una desconocida sensación de incomodidad, pero al fin el hombre rompió el silencio con un acento extranjero que le resultó familiar.

—Deseo confesarme —le dijo.

—La catedral ha cerrado; ¿no lo ve? No puede estar aquí.

La figura oscura no se movió. Y se hizo otro silencio. La sensación de incomodidad no abandonaba a Del Val: era como si se hubiese topado con un perro sin collar y no supiese cómo iba a reaccionar. Desde luego, aquello era de lo más inoportuno y alguien del servicio de seguridad tendría que rendirle cuentas.

—Vuelva mañana. —Su voz sonó rotunda y masculina.

—¿Le niega confesión a un pecador? —replicó el hombre. Luego cambió el tono de voz—: Se lo suplico.

El cardenal tendió la vista alrededor en busca de ayuda, pero se encontraba completamente a solas con el desconocido. Resignado, suspiró y se dirigió al confesionario.

c a

Ya no solía confesar a nadie, aunque hubo una época en que había recibido valiosas informaciones por aquel procedimiento. Le gustaba el diseño del confesionario, que bajo la apariencia de proteger la identidad del penitente la descubría por completo sin dejar nada oculto. Y es que la voz era la clave. Mientras pudieses escuchar, los rasgos de la cara resultaban prescindibles, una cubierta exterior fácil de moldear y por lo tanto engañosa. Eran los tonos e inflexiones de la voz, que salía de dentro, los que trasparentaban todo, como bien sabían los ciegos o los oyentes de la radio. Si el rostro era una fotografía, la voz era una radiografía, y tras una cierta práctica uno podía desnudar a su interlocutor sin necesidad de verlo.

Del Val agudizó el oído. El extraño había despertado su curiosidad. Desde luego, no parecía ningún vagabundo ni ningún loco. Se expresaba con corrección. Y, sin embargo, en el momento de intercambiar las fórmulas rituales el olor a ginebra había invadido el confesionario. Además, estaba ya seguro de algo: el origen de la inquietud que lo rondaba estaba precisamente en su voz. No acababa de entenderlo; el hombre estaba allí mismo, al otro lado de la celosía, y en cambio su voz parecía venir de algún lugar lejano. Pensó entonces, sin siquiera saber por qué, en los sonidos amortiguados que se oían debajo del agua.

Los segundos pasaban lentos y él seguía inquieto. Se imaginó el confesionario como una cámara de aislamiento sensorial; respiró profundamente, llenando bien de aire el ancho tórax, y procuró relajarse.

—He ofendido a Dios —declaró finalmente el penitente.

—¿Qué le has hecho?

—Lo que hice, lo hice de buena fe. Solo obedecía; hacía lo que creía justo.

—Y… ¿qué fue?

—Ahora ya da igual. Aunque yo me crea inocente, Él me ha declarado culpable.

Sin cambiar la postura de su cara y aunque no pudiera ver al hombre, el cardenal levantó los ojos hacia él.

—¿Cómo puede ser? Dígamelo —siguió hablándole este—. ¿Cómo puede ser que Él no distinga al justo del culpable, que pierda a ambos por igual?

Por lo visto, iba a ser una confesión complicada además de intempestiva. Del Val procuró armarse de paciencia.

—Sus designios son inescrutables —se limitó a decir.

—¡Y tanto que lo son! ¿Me crearon sus manos y ahora solo desea destruirme?

—¿Por qué iba a desear Nuestro Señor tu destrucción?

—Porque he despertado su ira... Es el Dios de la Venganza de Job y yo lo he convocado... Lo he convocado...

En ese momento, el cardenal percibió un estremecimiento al otro lado.

Al final va a ser un loco.

—Le he suplicado perdón; pero no me escucha. Nada que yo haga para redimir mi culpa es suficiente. ¡Me persigue! —Su voz mostraba una creciente ansiedad—. ¡El Señor me persigue por lo que hice! ¡Sin descanso! ¡Sin tregua! Desea aplastarme. Me tiene en el punto de mira y no hay donde esconderse porque Él lo ve todo...

La angustia, que agitaba cada vez más sus palabras, comenzaba a filtrarse por la celosía como un gas venenoso. El cardenal sintió la necesidad de abrir el confesionario para ventilarlo, pero se contuvo.

—Es cruel —continuó el penitente—. Es infinitamente cruel. ¡Es sádico! No se conforma con el simple dolor; el suplicio al que te somete va más allá de toda medida y cuanto más suplicas, más aprieta; cuanto más te arrastras, más disfruta... —Gimió—. Es lo que dice el libro de Job. Así está escrito: «Pues dictas contra mí amargos fallos y me imputas la falta de mi mocedad; metes mis pies en cepos, vigilas todos mis caminos y escrutas todas las huellas de mis pasos, mientras yo me deshago como un leño carcomido, como un vestido apolillado». ¿Qué puedo hacer? Él es el Dios de la Venganza y yo solo un hombre...

Del Val empezaba a tener claro que debía sacarse de encima a aquel chiflado cuanto antes.

—El Señor entiende tus padecimientos, sean los que sean —comentó sin demasiada convicción—. Él se hizo hombre para sufrir en su carne como nosotros sufrimos.

—Será por eso que sabe tan bien dónde nos duele.

—No hables así, hijo. Dios aprieta pero no ahoga.

—¡Pues claro que no ahoga! Cualquier torturador conoce la regla de que hay que mantener al prisionero con vida. —Hizo una pausa y suspiró—. Yo he llegado a odiar la vida.

—¿Por qué crees que el Señor desea castigarte?

—¿Que por qué lo creo? ¿Sabe lo que es despertarse después de una noche de pesadillas y saber que Él ya está ahí, acechando? ¡Cada mañana! ¡Desde el amanecer! ¡Sin falta! ¡A cada instante! ¡Siempre, cada día y cada noche! No deja de vigilarme ni de ponerme a prueba. ¡Ni siquiera me permite tragar saliva! ¡Viene a por mí! ¡Lo sé! —Su voz se ahogó en un sollozo—. Le he rezado todos estos años, sin descanso... Pero no encuentro perdón; solo castigo, solo tortura...

Del Val no era un hombre capaz de sentir empatía; aun así, un escalofrío le recorrió la piel. Realmente, aquel desgraciado albergaba el horror en las entrañas.

—Él siempre perdona. —Intentó sonar convincente.

El hombre contuvo una risa. Su repentino cambio de actitud sorprendió al cardenal.

—¿Ah, sí? —Elevó el tono—: ¡Usted no sabe nada! ¡Usted no se ha enfrentado con Él cara a cara, ni ha visto la rabia en su mirada! ¿Perdonar? ¡Él es el fiscal de la acusación, el juez y el verdugo! ¡Ya ve: tres personas en una!

El cardenal adivinó la mueca de sarcasmo que sin duda se había dibujado en el rostro del extraño.

—Cuídate de las blasfemias. Dime: ¿cuál fue tu pecado?

—Un pecado mortal —dijo con una risa helada—. Maté a un hombre.

Del Val tardó unos segundos en asimilar la respuesta.

¡Dios mío! ¿Es un asesino?

Notó que se le retraían los testículos.

—¿Por qué lo hiciste? —acertó a preguntar.

El hombre pegó el rostro a la celosía hasta que el cardenal pudo ver el brillo de sus ojos al otro lado.

—A eso he venido, eminencia. —Su voz había recuperado de pronto la calma y se había vuelto insinuante—. A buscar respuestas.

¿Qué ha querido decir?

De súbito, se le reveló qué tenía aquella voz de especial. Fue en una fracción de segundo. Comprender y perder el equilibrio. Se sintió caer a plomo, como en un lago de aguas tranquilas que, al zambullirse en ellas, se agitaban hasta levantar todo el fango depositado en el fondo a lo largo del tiempo. Un fango pegajoso de imágenes y palabras que amenazaban con tragárselo en un remolino turbulento. Imágenes y palabras del pasado. Y entre ellas, una voz.

Es su voz. Ha cambiado, pero es su voz.

Salió precipitadamente del confesionario y se situó ante el bulto del intruso. Aunque este se confundía con las sombras, pudo notar que lo miraba de hito en hito sin abandonar su posición arrodillada. Tras unos segundos, con parsimonia, su negra silueta comenzó a incorporarse. Dio unos pasos al frente que revelaron una leve cojera y, pasando de la oscuridad a la penumbra, se plantó ante su confesor. A la luz gastada de unas velas, Del Val lo examinó con detenimiento.

Vestía una gabardina sobre un traje oscuro. Era un hombre delgado y alto, aunque ligeramente encorvado por el peso de sus sesenta y tantos años mal llevados. La cabellera, gris y descuidada, empezaba a necesitar un corte, al igual que la barba, que llevaba varios días sin afeitarse. Y su rostro anguloso adquiría dramatismo en unos ojos grises que habían sido de ave rapaz pero que ahora, enrojecidos y cansados sobre unas bolsas prominentes, hablaban de fiebre y de derrota.

—Weiss —pronunció el cardenal lentamente y con la precaución de quien invoca a un fantasma.

Los ojos de Weiss se volvieron penetrantes. Parecía disfrutar con la confusión de su interlocutor.

—Su eminencia ha tardado en reconocerme. Supongo que han sido demasiados años. Más de treinta, de hecho. Y muy largos. Sobre todo para mí.

Del Val frunció el ceño.

—¿Qué quieres? ¿A qué has venido ahora?

—Ya se lo he dicho.

—Sabes muy bien que no puedes estar aquí. Perfectamente podría hacer que te arrestasen. Por esta vez pasaré por alto tu intrusión; pero te lo advierto: vete y no vuelvas.

—He venido a por respuestas y no pienso irme sin ellas.

El cardenal irguió su mandíbula de boxeador y sacó un teléfono móvil.

—Pues haré que te echen. Avisaré a seguridad y estarás en la calle en menos de un minuto.

—No lo hará.

—¿Ah, no? Déjame que te recuerde algo: tú y yo estamos retirados, pero existe una diferencia entre los dos, y es que yo aún tengo poder para conseguir que no vuelvas a molestarme nunca más. Así que vete en paz y da gracias a Dios por haber podido vivir tu vida todos estos años.

Weiss rio en silencio.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Pensar que su eminencia bendijo esta pistola.

El cardenal, sorprendido, se dio cuenta de que Weiss sostenía una pistola y lo apuntaba directamente al estómago.

c a

No era habitual que su eminencia llegase acompañado y menos a esas horas, cuando solía encerrarse en su despacho a preparar los asuntos del día siguiente. De ahí que sor Virtudes, su asistenta personal, se extrañase cuando lo vio aparecer por el pasillo junto a un hombre alto de aspecto demacrado.

A sus cincuenta y ocho años, sor Virtudes llevaba más de quince al servicio del arzobispo, por lo que nadie conocía sus costumbres mejor que ella. El propio Del Val había insistido en llevársela consigo cuando se trasladó a Turín, aunque la monjita solía bromear diciendo que la única razón de ello habían sido sus sesos de cordero salteados en aceite de oliva y ajo y entreverados con ramitos de coliflor y perejil, con los que su eminencia se chupaba siempre los dedos. La bandeja que portaba sor Virtudes aquella noche, sin embargo, no contenía tan exquisitas viandas, sino un austero vaso de agua y las medicinas para los distintos achaques sin demasiada importancia que, producto de la edad, afligían al cardenal.

Del Val era de por sí un hombre serio, distante y de semblante hosco, pero ese día la monja percibió enseguida que su rostro parecía aún más contraído de lo normal. Mientras, por algún motivo, se tragaba las pastillas allí mismo, en pleno pasillo, sor Virtudes aprovechó para lanzar una ojeada a su acompañante; muy rápida, eso sí, pues no quería ser tildada de curiosa. El desconocido tenía aspecto de haberse acostado con el traje puesto y de no haber pegado ojo en toda la noche. La barba y el cabello descuidados la sorprendieron también, pues no eran habituales en los visitantes del despacho cardenalicio. Sin embargo, bajo aquel desaliño sobrevivía algo; en la forma de caminar, en la mandíbula apretada, en la manera de mirar al frente, reconoció los restos de una disciplina que a ella le resultaba muy familiar tras todos los años pasados en el Vaticano sirviendo a Del Val.

—¿Cenará a la hora de siempre? —preguntó una vez que el cardenal hubo terminado con las pastillas.

—No lo sé.

Fue una respuesta seca, en tono de impaciencia. Sor Virtudes se marchó, pero antes de desaparecer al final del pasillo se giró y vio al cardenal abrir la puerta del despacho con la única llave existente, que custodiaba él mismo, y entrar seguido por el misterioso hombre, que no había sacado la mano del bolsillo de la gabardina en todo el tiempo.

c a

Weiss examinó el amplio despacho de Del Val. Los grandes ventanales, que de día bañarían de luz la estancia, aparecían enmarcados por pesados cortinajes de terciopelo que caían como cascadas rojo escarlata. Colgados a lo largo de las paredes, los retratos de sus antecesores en el cargo, miembros de una fraternidad secreta acostumbrada a discutir sus asuntos a puerta cerrada, intercambiaban miradas de inteligencia. Generaciones de intrigas. Sin duda, Del Val había sido admitido de buen grado en sus conciliábulos.

A regañadientes, el cardenal le indicó la mesa al fondo del despacho. Weiss avanzó despacio, como si temiera estropear aquel entarimado reluciente. El recorrido se le hizo largo y el sonido de sus propios pasos extrañamente distante.

Buscó algo que le recordase al antiguo despacho de Del Val en el Vaticano, que conocía bien por haberlo visitado con asiduidad. Una biblia se encontraba abierta sobre la mesa, como en los viejos tiempos; pero no su vieja biblia manoseada, sino un ejemplar de lujo, encuadernado en piel con incrustaciones de metal y esmalte. El atril sobre el que reposaba era una pieza de anticuario. A su lado, junto a una vela sin estrenar, reconoció un gran crucifijo de piedra negra sobre el cual un Cristo metálico y flaco exhibía sus heridas como una rana diseccionada. Apartó la vista.

Los valiosos muebles de madera, recién encerados, brillaban como si acabase de pasar la brigada de limpieza del reino de los cielos. Se fijó en el entarimado, donde las vetas de la madera parecían dibujar el rostro sufriente de un hombre alrededor de un par de nudos. Al lado vio su propio rostro no menos sufriente reflejándose en el barniz, como un alma condenada a morar en otra dimensión, prisionera para siempre en el inframundo del despacho por culpa de Del Val. Se preguntó cuántas almas condenadas como la suya morarían bajo aquel parqué gracias al cardenal.

En verdad, apenas había nada que le recordase a la vieja guarida de Del Val, aquella austera oficina sin ventanas cuyos desconchados muebles metálicos, sepultados bajo montañas de papeles en desorden, se oxidaban lentamente por la humedad. Si su antiguo despacho parecía el nido, tejido en un oscuro rincón, de una araña, este se asemejaba al de un águila allá en lo alto de un pico, en las inmediaciones del sol. Era evidente que Del Val estaba ahora más cerca de Dios. Sin embargo, pensó, uno nunca se retiraba del todo de ‘aquello’. Si bien era cierto que había abandonado su oscura madriguera, ocupada ahora por alguien más, también era cierto que solo él sabía cuánta suciedad había dejado bajo la alfombra; y a la hora de pasar la aspiradora no habría más remedio que recurrir a su persona. Sin duda, aquel viejo zorro era todavía uno de los hombres más poderosos del Vaticano.

Pero ahora era él, Weiss, quien sostenía una pistola. La había vuelto a sacar del bolsillo de su gabardina y volvía a apuntar con ella al cardenal.

—Ezequiel... —leyó mirando la biblia abierta sobre la mesa. La página estaba marcada con un curioso colgante: una cruz sobre una media luna acostada y con los brazos y el madero vertical rematados por sendas medias lunas más pequeñas. Lo tomó y le pareció pesado, de plomo. Lo devolvió a su sitio—. ¿Una lectura provechosa? —le preguntó a Del Val.

El cardenal se acercó a la mesa, cerró el libro y se sentó.

—Tienes un problema y me gustaría ayudarte, Weiss.

—Aún no sabe cuál es mi problema.

—Por tu aliento, yo diría que es la ginebra. ¿O no?

El desconcierto y la humillación se hicieron patentes en el rostro de Weiss. Parecía ser que, incluso sin pistola, aquel maldito dominaba la situación. El cardenal se recostó en la silla y centró sobre el pecho la cruz de Caravaca dorada que le colgaba del cuello, haciéndola tintinear como una campanilla contra su anillo de zafiro. Parecía sentirse cómodo en la tensa convivencia que el arma había creado entre ambos.

—Siéntate —lo invitó, en tono paternal.

Weiss sintió la tentación de aceptar, de obedecer. Qué fácil sería encomendarse a aquel hombre. Confiar, depositar una fe ciega en él y en lo que representaba. No hacerse más preguntas. Acogerse a su protección, dejar que él juzgase y aceptar su sabio veredicto. Abrazar sus órdenes, como había hecho siempre. Pero la misma desesperación que lo había llevado hasta allí lo hizo agarrar con más fuerza la pistola.

—Prefiero estar de pie.

Del Val sopesó la situación.

—Bien. ¿Qué quieres?

—Saber por qué.

—Por qué, ¿qué?

—Hace casi cuarenta años, pero debería acordarse. ¿Por qué me dio aquella orden? ¡¿Por qué tuve que hacerlo?! —De nuevo, su voz había adquirido un tono lleno de desespero.

—No es asunto de tu incumbencia —le recriminó el cardenal con firmeza—. Ni entonces, ni ahora.

Weiss murmuró algo entre dientes en su idioma, como si serrase las palabras, y de repente se abalanzó sobre la mesa y la hizo temblar de un puñetazo; amartilló la pistola y apuntó directamente a la cara del cardenal. Del Val sintió una oleada de miedo por el vientre, pero evitó retroceder; sostuvo la mirada de aquellos ojos inyectados en sangre y percibió su debilidad.

—Hiciste lo que se te ordenó por el bien de la Iglesia. A cambio, recibiste la recompensa que tanto anhelabas. Con eso debería bastarte. Lo que ocurrió era la voluntad de Dios.

—La recompensa que tanto anhelaba… —Ahogó una risa amarga—. Una recompensa que Él acabó convirtiendo en otro castigo... Si lo que ocurrió era su voluntad, ¿por qué me lo reprocha? ¿Por qué no deja de perseguirme?

—¿Es Dios o la ginebra, Weiss?

Del Val le clavó una mirada acusadora que lo penetró hasta el fondo. Weiss vaciló. Llevaba muy dentro la culpa y la vergüenza, pero no debía permitir que él las utilizase para manipularlo. No debía dejarse confundir. Si prolongaba demasiado el diálogo con él, corría el riesgo de que lo convenciera.

—Ya basta. La caja fuerte. Ábrala.

Con gesto resignado, el cardenal levantó su recio cuerpo de la silla y se dispuso a apartar uno de los cuadros que decoraban la estancia. Weiss lo interrumpió.

—Esa, no.

Del Val se quedó quieto mientras Weiss se le acercaba, alargaba la mano y le arrancaba de un tirón la cruz de Caravaca. Con el rostro crispado, lo vio cojear cuidadosamente por el entarimado hasta que llegó a un punto muy concreto. Allí se detuvo y se agachó.

Weiss examinó más de cerca el rostro humano que parecían dibujar las vetas de la madera. Palpó el nudo que recordaba a un ojo e insertó en él un brazo de la cruz de Caravaca. La giró como una llave. De inmediato, tres tablones del entarimado se soltaron, descubriendo una caja fuerte oculta. Hizo un gesto a Del Val y, a regañadientes, este apoyó la yema del dedo índice en un lector de huellas dactilares.

Weiss abrió la caja y examinó el contenido. Dinero en efectivo, talonarios de cheques, medallas de oro y plata, cruces pectorales con piedras preciosas. Lo apartó todo sin contemplaciones y revolvió el fondo hasta encontrar una vieja carpeta de documentos de color azul, manoseada y desgastada por el tiempo. Echó un rápido vistazo al contenido: papeles amarillentos escritos a máquina y viejas fotos. Las respuestas que buscaba. Cerró la carpeta y se la quedó.

El rostro pétreo de Del Val parecía a punto de resquebrajarse por la furia contenida. Weiss no fue capaz de sostenerle la mirada. Con timidez, se justificó como ante un padre autoritario.

—Necesito saber por qué.

Se adelantó con la intención de besarle el anillo, pero Del Val le retiró la mano sin decir palabra. Weiss tomó aire, apretó con fuerza la pistola y lo golpeó con ella en la cabeza.

c a

Salió del despacho con la carpeta oculta bajo la gabardina. Nada más cerrar la puerta, oyó unos pasos que se acercaban tras la esquina del pasillo, a su izquierda. Sor Virtudes apareció ante él. Notó claramente que la monja lo estaba examinando; se fijaba sobre todo en su cara.

Sin duda, estoy alterado y se me nota. Creo que estoy sudando. Unas perlas de sudor microscópicas pueden brillar mucho a la luz de las lámparas. En la frente, en la cara. Tranquilo. Que mis gestos no me delaten.

—Buenas noches —dijo, y se alejó cojeando por el pasillo.

En cuanto Weiss dobló la esquina, sor Virtudes llamó suavemente a la puerta del despacho. Al no haber respuesta, insistió un poco más fuerte. Nada.

—¿Eminencia?

Silencio al otro lado. ¿Por qué no contestaba? Había notado algo raro cuando lo vio llegar acompañado y extrañamente se había tomado las pastillas en el pasillo, y ahora la actitud del visitante al abandonar el despacho le acababa de confirmar esta impresión. Se lo pensó y finalmente decidió abrir la puerta.

El cardenal yacía en el suelo con un hilo de sangre corriendo por su sien. Vio la caja fuerte abierta y la cruz de Caravaca insertada en la cerradura y comprendió que aquella noche los sesos de cordero iban a ser la menor de sus preocupaciones.

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La borrasca sobre el Mediterráneo azotaba el Airbus A319 en vuelo nocturno al aeropuerto de Madrid-Barajas, pero ni el viento racheado que balanceaba el avión ni los relámpagos que rasgaban la oscuridad consiguieron que Weiss despegase la vista de aquellos documentos.

Nada más ocupar su asiento había abierto la carpeta azul y se había abalanzado sobre ellos. Por suerte, ningún pasajero viajaba a su lado. Sus ojos ávidos habían gozado de libertad para examinarlos uno a uno, a veces casi sin poder seguir el ritmo que imponían sus manos al sacarlos febrilmente de la carpeta. Allí, entre aquellos papeles amarillentos, se habían escondido durante más de treinta años todas las respuestas que anhelaba. Y ahora, al desenterrarlas y sacarlas a la luz después de tanto tiempo, todas sus expectativas se habían visto desbordadas. Ni en treinta años más, ni en treinta mil, hubiese podido imaginar algo tan increíble. De repente, la pantalla sobre la que se proyectaba la realidad se estaba rasgando ante sus ojos como el velo del templo de Jerusalén.

la ciudad santa había permanecido asignado durante varios meses en su juventud. Aunque su puesto no le daba acceso a ninguna información reservada, desde el principio supo que aquel proyecto en Israel se salía de lo común. Las medidas de seguridad, la máxima discreción, solo se justificaban por un asunto de extrema importancia. La confirmación de sus sospechas llegó con la visita, precipitada e imprevista, de lo que podía considerarse como la plana mayor. ¿Qué hacían todos allí? ¿Por qué se habían desplazado a Israel en absoluto secreto para marcharse poco después con igual sigilo? ¿Por qué todo había acabado tan de golpe? ¿Por qué la fatídica orden que tuvo que obedecer con fe ciega sin sospechar las consecuencias que acarrearía para él? Pero ahora, por fin, la desconcertante respuesta a estas preguntas palpitaba en sus manos, en los viejos documentos rescatados del pasado.

Continuó leyéndolos uno a uno, en la extraña intimidad que proporcionaba un vuelo nocturno a treinta y seis mil pies de altura. Como un ladrón de cadáveres uniendo las piezas, recomponiendo el cuerpo del pasado para hacerlo revivir bajo las descargas de la tormenta.

Tras una hora de vuelo e intensa lectura solo había alcanzado a descifrar una pequeña parte, aunque lo suficiente para sumirlo en la perplejidad. Aquellos documentos testimoniaban una historia asombrosa, el relato de un proyecto sin precedentes. ¿Habrían tenido éxito? Y, si lo habían conseguido, ¿seguiría abierta aquella caja de Pandora? Devorando papeles, llegó hasta un sobre beige de tamaño grande. Como los demás documentos, mostraba las indicaciones «SUB SIGILO» y «SECRETUM OMEGA» estampadas en tinta roja. Sus manos, ahora precavidas, lo abrieron con cuidado, casi con temor, y extrajeron lentamente su contenido: una copia fotográfica de treinta por veinticuatro centímetros.

Lo que vio lo dejó sobrecogido. El pelo se le erizó. Y mientras su campo visual parecía contraerse sobre la foto y un zumbido le ensordecía los oídos, se sintió estremecer de arriba abajo. Era una clara sensación de caída, como si el avión hubiese iniciado un picado vertiginoso. Todo en un segundo.

Casi hipnotizado, se quedó mirando la fotografía hasta que el resplandor de un relámpago lo sacó del hechizo. Después, y con manos temblorosas, la guardó en el sobre y cerró la carpeta; ya no era capaz de seguir leyendo.

II. EL OJO IZQUIERDO DE DIOS

La lluvia en el parabrisas rompía las luces rojas del tráfico en mil pedazos escarlata, como salpicaduras de sangre. Weiss le pidió al taxista que parase en cualquier sitio. Aguardó por el último céntimo del cambio y se apeó bajo el aguacero que barría las calles del centro. Estaba desorientado, pero le daba igual. Protegió la carpeta azul bajo la gabardina y se echó a andar sin importarle que la lluvia lo empapara.

Tras un breve trayecto reconoció las inmediaciones de la puerta del Sol. Eran las 00:00 justas y exactas. Continuó caminando en dirección a la plaza Mayor, pero antes de llegar tomó un desvío, luego otro y, sin saber muy bien qué hacía allí, acabó resguardándose del agua bajo el precario cobijo de un balcón. Sus pasos lo habían llevado hasta una estrecha calle con coquetos edificios del siglo XIX, de tres o cuatro alturas y de fachadas revocadas en colores terrosos. Al otro lado de la calzada, un perro atado a un bolardo llamaba a su dueño sin parar, hasta que por fin se cansó y, con las orejas gachas, se resignó a esperar bajo la lluvia.

Recorrió con la vista los balcones de artísticas barandillas de forja y las ventanas enmarcadas por molduras de yeso. Algunas luces permanecían encendidas. No pudo evitar imaginar el calor de aquellos hogares y al momento se sintió invadido por la nostalgia. Hacía quince años que él no tenía uno.

En el edificio color siena que había frente a él, la silueta de una mujer joven se recortaba tras las cortinas. Algo en sus movimientos de ademanes armoniosos le recordó a su esposa. Luego reparó en que cultivaba plantas medicinales en la terraza y se preguntó cómo sería charlar y compartir con ella una infusión al final del día. Estaba inmerso en este pensamiento cuando, de pronto, la silueta apareció en la ventana y detectó su presencia. Sorprendido en pleno espionaje, sintió una vergüenza absurda. Le pareció que ella le observaba por unos segundos; después, con un gesto que tenía algo de inapelable, la joven cerró los fraileros de madera y desapareció de su vista.

Deambuló de nuevo entonces bajo la lluvia, entre prostitutas y vagabundos dormidos bajo cartones, y acabó robándole a uno su botella de ginebra.

Ya soy como los bichos asquerosos que por la noche, cuando todo el mundo duerme, se pasean por las casas…

Al doblar una esquina, se tropezó con un predicador sudamericano que recitaba la Biblia mientras una mujer de rasgos indios lo cubría con un paraguas.

—«¿Quieres asustar a una hoja estremecida, o perseguir a una paja seca? Pues dictas contra mí amargos fallos y me imputas la falta de mi mocedad».

Al instante reconoció el pasaje. Era uno de tantos fragmentos del libro de Job que llevaba grabado a fuego en la memoria, quizá el que más.

—«Metes mis pies en cepos, vigilas todos mis caminos y escrutas todas las huellas de mis pasos, mientras yo me deshago como un leño carcomido, como un vestido apolillado». —El predicador hizo una pausa y lo miró directamente a los ojos—. ¿Buscas ayuda, hermano? —le preguntó—. ¡Jesús te salvará!

Weiss no contestó. Se marchó, acelerando y forzando su cojera hasta sentir punzadas de dolor en la pierna.

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Había perdido la cuenta de las horas. Estaba empapado y el frío lo hacía tiritar. Pensó en buscar una cama, pero la lluvia le pareció más llevadera que las pesadillas. Quizá el agua incesante lo fuera poco a poco disolviendo hasta convertirlo en un fantasma sin memoria. Quizá lo transformaría en ese alguien errante e invisible que tanto deseaba ser. Siguió caminando con esta absurda fe, pero no fue así. Cada vez que se sentía desaparecer, el choque de su cuerpo a la deriva con el de algún transeúnte lo devolvía a la realidad.

Se preguntó si se atrevería a abrir de nuevo la carpeta azul. Seguía protegiéndola de la lluvia bajo su gabardina y no acababa de comprender la razón. ¿No sería mejor arrojarla a una papelera y alejarse sin mirar atrás? Desenroscó con ansiedad el tapón de la botella, se la llevó a la boca y descubrió con estupor que estaba vacía.

Miró alrededor. Se encontraba en una plazoleta con algunos árboles raquíticos atrapados en sus alcorques y dispuestos entre bancos de madera cubiertos de pintadas. Un contenedor rebosante de basura había sido volcado en una esquina. Solo la luz intensa de una tienda 24 horas, al fondo de la plaza, se le antojó hospitalaria. Allí tendrían lo que necesitaba.

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Notó que el joven tras el mostrador le observaba de reojo, y supuso por esto que debía de tener un aspecto horrible. Después encontró la botella de ginebra que buscaba y se acercó a pagar.

—Son doce euros.

Pero Weiss no reaccionó. Con la atención centrada en el expositor que había al lado del mostrador, su mirada permanecía fija en la portada de una novela. En ella, un Jesús crucificado en la oscuridad, de rostro extrañamente torvo y con un único ojo abierto, miraba hacia el lector con una intensidad amenazante. El título, El ojo izquierdo de Dios, destacaba en letras rojas.

El dependiente, un joven vestido de negro y cubierto de cruces, tatuajes y maquillaje al estilo gótico, se percató rápidamente del magnetismo que el ojo de Cristo tenía sobre Weiss, que no dejaba de contemplarlo con horror. Se sonrió al pensar que, si en ese momento entrase una abuelita por la puerta, se asustaría más de ver a ese hombre de traje y gabardina empalidecido como la muerte que de verlo a él, ni siquiera con toda su oscura fachada.

—¿Le interesa la novela? —le preguntó, de nuevo sin obtener respuesta.

En la tienda había otro cliente, uno de los habituales, un hombre que en ese momento se acercó al mostrador con un pack de cervezas y se puso a la cola. De inmediato, el dependiente lo miró y con un leve golpe de cabeza en dirección a Weiss lo hizo cómplice de la situación.

—Una cubierta curiosa, ¿verdad? —se aventuró entonces a decir el hombre esperando ser de ayuda y girando su rostro hacia Weiss.

Y fue efectivo. Weiss salió del hechizo y con su semblante demudado le clavó una mirada vacía de respuestas. Después de un corto silencio, y sintiendo que la voz le salía de algún rincón muy profundo de la garganta, habló por fin.

—¿Qué libro es este? —le preguntó—. ¿De qué puede tratar un libro así?

El hombre se lo pensó antes de contestar.

—Bueno, creo que la cubierta da una idea de por dónde van los tiros.

El dependiente, que los observaba a ambos, asintió en silencio. Weiss tragó saliva con ansiedad.

—Un Dios siniestro —musitó, asintiendo nerviosamente—. Un Dios que no perdona. Vengativo. —Sus ojos buscaron de nuevo la cubierta casi en contra de su voluntad, como atraídos por una fuerza magnética. Nada más encontrarse con los del Crucificado, se desviaron de inmediato llenos de temor, como si aquel dibujo fuese un ser real capaz de lanzarle una maldición desde el papel—. ¿La ha leído? —preguntó luego, en voz baja.

—Por desgracia, sí. —El cliente rio—. No recuerdo los detalles, salvo que Dios es un monstruo que se empeña en joderle la vida al protagonista. La cuestión es que algunas deudas con Él son impagables, así que siempre volverá a por más. No tengas familia, no tengas amigos, porque te va a golpear donde más duele. —Hizo una pausa y sonrió con ironía—. No sé quién habrá escrito algo así, pero no me lo llevaría a una fiesta.

—¡Quien lo haya escrito ha visto de verdad a Dios! —exclamó Weiss dirigiéndose al expositor. Luego, ante la mirada estupefacta de los dos hombres, cogió la novela y empezó a blandirla con el pulso agitado—. ¡Lo ha visto, como yo! ¡Y ha visto su ojo acusador al acecho, este mismo ojo! ¡Sabe que está condenado!

—Ya —dijo el cliente, observando con disimulo la botella de ginebra de su interlocutor. El aire desgarrado de Weiss casi había conseguido impresionarlo, pero resultaba imposible no percibir el fuerte olor a alcohol que emitía. Dejó el dinero de las cervezas en el mostrador y se despidió antes de salir—. En fin, buenas noches.

Weiss no contestó. Como si se arrepintiese de haberla tocado, devolvió la novela al expositor. Sin embargo, continuó mirando el ojo de Dios en la cubierta con una angustia que al dependiente se le hizo ya insoportable. El joven deseó que aquel borracho, tarado, o lo que fuera, se marchase de una vez por todas de su tienda.

—Si le interesa la novela, son veinte euros. —Esperó la respuesta de Weiss, pero solo le llegó la tremenda sensación opresiva que este emanaba—. Mire, ¿sabe qué? Se la regalo. En serio. Se la dejo gratis. Total, lleva meses ahí sin que nadie la compre. Le van a salir telarañas.

Weiss vaciló: giró un segundo su rostro hacia al dependiente; luego volvió a mirar con aprensión aquella portada extrañamente ominosa.

—No se la cobro. En serio, cójala.

Tomando aliento, el torturado hombre alargó la mano muy despacio hasta rozar el libro con la punta de los dedos.

Si estás ahí dentro, acechando entre esas páginas, ¿qué quieres ahora de mí?

Ya no era una decisión suya. Simplemente, dejó que su mano tomase la novela y, sin dar las gracias al dependiente, se marchó.

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Refugiado de la lluvia bajo el saliente de la entrada, aplacó la sed con un largo trago de ginebra. En ese momento, un grupo de jóvenes ruidosos pasó por su lado y entró en la tienda. El último chocó adrede con él haciendo que la novela se le escurriese de la mano y acabase cayendo en un charco. Weiss, que no deseaba tener que hacerle daño al chico, dejó que se marchara con sus amigos entre bromas y risotadas a su costa. Suspiró y, al agacharse para recoger el libro con intención de secarlo con la manga, vio que había quedado abierto y que mostraba la solapa con los datos del autor. En realidad, no se le había ocurrido preguntarse quién sería, pero ahora recogió el libro y leyó el texto con interés: «Tomás Mellizo (Madrid, 1975). Periodista de investigación del diario La Verdad, sus colaboraciones ocasionales con la revista Al Otro Lado muestran su inclinación por el mundo del misterio y de lo oculto, que aborda también en esta su primera novela».

Los datos eran sucintos y no encontró en ellos nada llamativo. Se centró en la fotografía, que mostraba a un hombre delgado, nervudo, de rostro alargado, rasgos finos y un aspecto juvenil acentuado por una melena castaña que caía hasta cubrirle las orejas. Solo las primeras canas, que empezaban a salpicarle la barba pelirroja muy corta, delataban que se iba aproximando a los cuarenta. De hecho, fue la mirada lo que más captó su interés. El ceño fruncido formaba una arruga clavada como un puñal en el entrecejo. Supo enseguida que aquel pliegue profundo no era producto de la hosquedad sino más bien de la obsesión. Y reconoció la intensidad malherida de unos ojos que parecían saber de un enemigo invisible, de alguna sombra que amenazaba con aparecerse y llevárselo todo. La misma sombra esquiva que, cada mañana, se deslizaba en el espejo por detrás de su propio rostro.

Entonces, de repente, se dio cuenta: el hombre de la foto era el cliente con el que acababa de hablar en la tienda.

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Forzando su cojera, se asomó a cada una de las calles que desembocaban en la plazoleta. Demasiado tarde. El extraño se había esfumado.

Desalentado, tomó asiento en uno de los bancos y hundió la cabeza entre las manos. ¿A qué retorcido giro del destino había obedecido aquel encuentro? Se sintió atrapado por una maquinaria implacable, como si su cuerpo girase entre los engranajes de un reloj que amenazaban con triturarle los miembros. ¿Cuándo acabaría aquello? Apretó los dientes y se tiró del pelo hasta causarse dolor.

De pronto, unas palabras resonaron en su cabeza. Potentes e imparables, se hicieron dueñas y ocuparon cada rincón de su mente.

Si he pecado, ¿qué te he hecho con ello, oh, guardián de los hombres? ¿Por qué me has hecho blanco tuyo? ¿Por qué te sirvo de inquietud?

Creyó reconocer en ellas su propia voz, pero una voz sobre la que no tenía ningún control. ¿Se habría vuelto definitivamente loco? Si así era, ¡qué decepcionante resultaba la locura! Y es que nada decían aquellas palabras y aquella voz que él no hubiese pensado ya cuando estaba cuerdo. Escuchó mejor y notó algo que no encajaba, como cuando en sueños un personaje de repente era otro. Entonces vio al predicador sudamericano. Se había mudado hasta una esquina de la plazoleta y desde allí continuaba lanzando su letanía a los cuatro vientos. A él pertenecía, estaba claro ahora, la voz que reverberaba en su mente. De nuevo, el libro de Job.

—«¿Por qué mi ofensa no toleras, y no dejas pasar mi iniquidad? Pues bien, pronto yaceré en el polvo; me buscarás y ya no existiré».

Me buscarás y ya no existiré.

Weiss pareció despertar de repente, como si el hombre que tropezaba en la oscuridad unos segundos antes hubiese visto la luz. Algo lo impulsó a mirar hacia arriba. Frente a él, un letrero en el segundo piso de un viejo edificio brillaba con un gastado resplandor esmeralda: «Al Otro Lado».

Sintió un asombro liberador. Ahora, por fin, sabía lo que debía hacer.

III. CRIATURAS DE LA NOCHE

Un golpeteo en la ventana lo sobresaltó. ¿Quién llamaba a esas horas?

¿A la puta ventana del dormitorio?¿En un ático?

Se giró en la cama y entonces lo vio: era el hombre de la tienda, el tarado aquel con la botella de ginebra. Su cara de muerto en vida le dio miedo. ¿Cómo lo había encontrado? Se quedó mirando sin saber qué hacer mientras el hombre seguía golpeando el cristal con los nudillos, cada vez más fuerte, amenazando con romperlo.

Una parte de sí mismo se obligó a despertar. ¿O seguía dormido? El hombre ya no estaba, pero ahora un fantasma blanco le observaba desde la ventana con un ojo redondo y brillante, casi transparente. Un extraño parpadeo y un segundo ojo apareció como por arte de magia al lado del primero. Aún aturdido, comprendió por fin que se trataba de un gran búho albino posado en el alféizar, con los ojos clavados en él. Un ave de mal agüero, según le contaba su abuela de niño. En un reflejo supersticioso, Tomás agarró el vaso que tenía en la mesilla y lo arrojó contra la ventana. Entre un estrépito de cristales rotos, el fantasma huyó y desapareció en la noche.

Se asomó furtivamente a la calle, como un niño asustado por su propia travesura. La acera aparecía sembrada de pedacitos de cristal. Sintió un estremecimiento y lo achacó al frío que entraba por la ventana, pero en el fondo sabía que no era eso. Era el extraño encuentro en la tienda. ¿Quién era aquel tipo? ¿De dónde había salido?

Los dígitos rojos del despertador digital marcaban las 03:44. Cogió la botella de la mesilla y bebió un buen trago de ginebra.

Volver a la cama sería inútil. Como tantas otras noches, se encaminó a su escritorio, entre un desorden de libros y papeles apilados por el suelo, y encendió el ordenador. A la suave luz de un flexo no tardó en encontrar la concentración. Escribió, hasta que un doble zumbido lo avisó de que tenía correo.

«¿Estás despierto? Tengo ALGO para ti».

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Tomás detuvo la moto de un frenazo, convirtiendo el charco en el que se reflejaba el letrero luminoso de «Al Otro Lado» en un borrón esmeralda. Subió de dos en dos los viejos escalones de madera y antes de que pulsase el timbre oyó unos tacones que se acercaban a la puerta.

En el umbral apareció Eulalia. Con su rostro aguileño enmarcado por un pelo blanco y espeso y su elegancia de siempre, lo miró de arriba abajo mientras lo alumbraba con una vela.

—Bienvenida, criatura de la noche —le dijo con voz de terciopelo.

Tomás se fijó en su colgante, una media luna entre dos círculos concéntricos de turquesa, y esbozó una sonrisa traviesa.

—¿Es nuevo? —preguntó, señalándolo—. Va con tus ojos y realza tu belleza nefertítica, si es que se dice así.

Eulalia se mostró escéptica ante el piropo.

—Ten cuidado; aún estoy a tiempo de darte con la puerta en las narices.

—Venga ya —replicó Tomás con sorna mientras cruzaba el umbral—. ¿Me llamas a las cuatro de la madrugada toda emperifollada y me vienes con esas?

Como siempre que visitaba la redacción a esas horas, con las luces apagadas, Tomás pensó con satisfacción que si existiese el equivalente a una protectora de animales para fantasmas y monstruos abandonados se parecería mucho a aquel gran departamento de altos techos, paredes desconchadas y raídas molduras art decó. A decir verdad, allí se hospedaban ya decenas de seres desconocidos, seres acechantes entre las sombras pero sujetos ahora por frágiles pedazos de cinta adhesiva que a duras penas les impedían atacar. Pósteres y fotografías de alienígenas, espectros, momias e ídolos de látex de la serie B se desplegaban por los cubículos de los redactores; pero también laberínticos mandalas, bucólicos delfines, escarpadas cumbres tibetanas o el colorido elenco divino de la mitología hindú.

Como si no quisieran despertar a los viejos ordenadores que dormían ahora un merecido sueño, Eulalia y Tomás caminaron en silencio hacia la débil y temblorosa claridad que salía del despacho de la directora.

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Aunque no era necesario por encontrarse solos, Eulalia cerró la puerta tras de sí. A la luz de las velas, las antigüedades egipcias y del Oriente Próximo de las que se había ido rodeando a lo largo de su vida, modestas pero auténticas, le daban al despacho un aire de sanctasanctórum preparado para alguna ceremonia misteriosa. Tomás se acercó a contemplar la nueva adquisición que, tras la mesa, ocupaba la pared. Una granada, dos tigres, una mujer desnuda, una abeja. No era el original, por supuesto.

—¿Ahora te da por Dalí?

—Un toque de surrealismo para compensar la falta de sueños propios. Tengo la melatonina por los suelos.

—¿Ya estás haciéndote la vieja?

Se fijó en el cenicero, rebosante de colillas que parecían muy recientes. Demasiada nicotina, incluso para ella. Sobre la mesa reposaba una vieja carpeta azul y decenas de páginas amarillentas esparcidas en montones caóticos.

—Deberías poner un sofá cama. ¿No piensas irte a dormir?

—Lo iba a hacer…; hace dos horas. Pero al salir me he encontrado con esto en el felpudo. —Le indicó los documentos esparcidos sobre la mesa—. Alguien los ha dejado en la carpeta azul, con esta nota.

Le alargó una misiva manuscrita con caligrafía nerviosa y con la tinta corrida por haberse mojado el papel.

«A la atención del señor Tomás Mellizo».

—¿Desde cuándo eres yo? —se quejó este con resignación observando el manoseo que Eulalia había dado a la documentación.

—Digamos que les he echado un vistazo para asegurarme de que te interesarían.

Se sonrieron con complicidad. Ambos sabían que de no separarlos más de un cuarto de siglo hubiesen acabado juntos. O algo parecido.

—¿Te brillan los ojitos?

Eulalia no respondió. Encendió en la llama de una de las velas el cigarrillo que tenía preparado. Le dio una larga calada y sus intensos ojos verdes parecieron relucir al mismo tiempo que la colilla.

Tomás, intrigado, examinó el contenido de la carpeta: una lata de película con fecha 11 de abril de 1976, algunos sobres con fotografías y, ya en la mesa, viejos papeles escritos a máquina en italiano, con las indicaciones «SUB SIGILO» y «SECRETUM OMEGA» estampadas en rojo. Escogió uno de los papeles, sin ningún membrete identificador salvo un sello con la silueta de un árbol.

—¿Qué es este árbol?

—Puede que un enebro —dijo Eulalia.

—¿En qué lo distingues?

—En nada. Pero, según ciertos rumores, el Enebro sería el nombre con el que se conoce a una especie de agencia secreta del Vaticano. ¿Te suena el cardenal Del Val?

—No. ¿Es español?

—Italiano de padre español. Actualmente es el custodio de la Sábana Santa de Turín; pero se dice que dirigió el Enebro en los setenta y los ochenta. Mira abajo.

Tomás miró al pie del documento y localizó la firma de Del Val, perfectamente legible.

—Y… ¿de qué va todo esto?

Eulalia le pasó un fajo de páginas unidas por un clip a una fotografía tomada en los años setenta. El retrato mostraba a un hombre de unos cuarenta años, pulcro, vestido con hábito, con el pelo negro engominado y raya en el medio y con unos rasgos fuertes, unas espesas cejas y una boca que sonreía con confianza a la cámara. Otra fotografía suelta mostraba al mismo hombre, esta vez en pantalón corto, posando junto a una tienda de campaña en un paraje desértico con otros tres hombres y una mujer.

—¿Es Del Val? —le preguntó Tomás.

—No. Según los papeles, se llamaba Nicolás Late. Español; jesuita, físico y otras cosas, y vinculado al Observatorio del Vaticano. Las fotos vienen acompañadas por una carta que le hizo llegar al papa en 1973. Está en italiano; no te costará entenderla.

—¿Y si me lo cuentas tú y ahorramos tiempo?

Eulalia dio una larga y profunda calada al cigarrillo, hasta casi agotarlo.

—Es una propuesta para desarrollar un proyecto científico —siguió entonces—. Un proyecto nada normal. —Pero inmediatamente se detuvo, como si quisiera jugar a las adivinanzas. Tomás esperó sin éxito a que continuase.

—Dices que el tal Late era del Observatorio del Vaticano, ¿no? —insistió él—. ¿Contacto con civilizaciones extraterrestres? ¿Misioneros a Ganímedes?

—Una máquina para ver el pasado —contestó ella con cautela ignorando su broma.

Tomás, perplejo, tardó en reaccionar.

—¿Una máquina del tiempo? —Arqueó sus cejas en una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—No para viajar al pasado; solo para verlo.

—Venga ya. ¿Cómo iban a hacer algo así?

—Según Late, era posible sintonizar la información del pasado y convertirla en imágenes; o eso he creído entender. —Le indicó la carta de Late con un gesto que la eximía de responsabilidad. Tomás echó un vistazo al texto en italiano y resopló.

—Me fiaré de ti —dijo al fin—. Pero solo dime: si Late quería ver el pasado, ¿por qué escribió al papa?

—Porque no quería ver cualquier cosa.

—¿Qué quería ver?

La mujer dio su cigarrillo por terminado; encendió otro con la llama de la vela, aspiró el humo y lo exhaló mientras se recostaba en la silla.

—Quería ver a Jesús.

En ese momento, Tomás sintió una ola de sangre en el cerebro. De repente, todo el despacho parecía mecerse como un barco a la oscilante luz de las velas.

—No jodas.

Eulalia se encogió de hombros.

—Suena a ciencia ficción —admitió—; pero es lo que pone ahí. Lo llamaron Proyecto Cronovisor. Del Val, como jefe del Enebro, fue el encargado de supervisarlo, y de mantenerlo en secreto.

—Proyecto Cronovisor… —repitió, musitando, Tomás. La pregunta más obvia se abrió paso entre otras mil—. Y… ¿qué ocurrió?

—Solo he podido echar una ojeada. Por lo visto, se fueron a Israel y allí pusieron todo en marcha; pero no acabó bien. —Escogió un documento y se lo pasó a Tomás—. Una carta de Del Val a Late, anunciándole que los trabajos se suspenden. Es de abril del 76. —Escogió otro—. Y este es un informe del mes de agosto del mismo año, de Del Val al papa, confirmando la muerte de Late en Jerusalén. Suicidio, según la policía israelí.

—Entonces..., ¿el proyecto fracasó?

En silencio, Eulalia le alargó un sobre beige que había mantenido apartado del resto de documentos. Tomás intuyó que su contenido iba a sorprenderlo; lo sopesó y lo abrió despacio. Contenía una fotografía que extrajo lentamente, centímetro a centímetro, como horas antes había hecho Weiss en el avión.

Era una fotografía oscura y borrosa, con tanto grano que recordaba al pixelado de una pantalla. Según salía del sobre, fue revelando un inquietante primer plano lateral de un hombre agonizando en la cruz. En medio de la oscuridad, su figura reflejaba una débil luz mortecina, de tono anaranjado. Las huellas de dolor habían quedado impresas sobre aquel rostro tumefacto; el párpado derecho, inflamado a golpes, se había cerrado; la boca, retorcida en una mueca horrible, parecía lanzar una última maldición al mundo; pero por encima de todo destacaba el ojo izquierdo, tan desorbitado y rebosante de furia que desde el papel hizo presa en Tomás, que sintió un escalofrío recorriendo su columna vertebral.

Y esta vez no era un dibujo en la portada de una novela. Esta vez, ese Dios que juraba venganza era real.

IV. COSAS ESCONDIDAS DESDE TIEMPOS ANTIGUOS

Jesús, con los brazos abiertos en cruz al límite de la dislocación, elevó la vista al cielo y exclamó:

—¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

Enlazó el final de la frase con un tremendo bostezo y mantuvo los brazos estirados por unos segundos, desperezando y contorsionando todo el cuerpo hasta que su prominente barriga asomó bajo su camiseta de Big Fish, de Tim Burton. Luego husmeó y con sus ojos de rana entornados detrás de las gafitas dirigió una mirada de desagrado a las velas, apagadas ya desde que había amanecido.