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Tres historias de terror. Tres caminos hacia la pesadilla. En "El Hecatónquiro" nos encontramos en un perturbador viaje hacia lo onírico. Oscuros sueños invocan a una entidad hereditaria. Una puerta hacia horrores indescriptibles, la distorsión de la cordura y una enfermedad sobrenatural que se propaga sin remedio. "La máquina que cayó del cielo" nos lleva a un país olvidado por el tiempo, donde una tragedia ha condenado a generaciones enteras. La maldición de la inmortalidad. Finalmente, "Así profetizó Eliseo" presenta las transcripciones de un psicólogo obsesionado con las visiones apocalípticas de su paciente. Profecías que comienzan a cumplirse, fracturando la realidad. Cruza el umbral del miedo. Deja que las sombras se apoderen de tu alma.
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Seitenzahl: 173
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Sello:
Primera edición digital:
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Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada:
Corrección de textos:
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6420-02-6
ISBN digital: 978-956-6420-45-3
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Hace tiempo atrás escuché una terrible historia. Y sus secuelas han bañado mis ojos con lágrimas incontables veces, algo que en la actualidad se encuentra prohibido, un hecho que ha sido falsamente vendido a las nuevas generaciones como una mera historia mal contada, un mito, un secreto que muchas voces trataron de recordar y han sido enmudecidas constantemente por nuestras autoridades. Muchas personas cayeron en la desesperación de hallarse entre la cruel espada del enmudecimiento público y la desesperante muralla inamovible de la atroz verdad. Con algo tan colosal y peligroso, han decidido callarse y callarnos por igual, aun a costa de sacrificarnos si es necesario. Pero creo que ya no me importa ese tipo de censura, quiero contar, hablar de lo que nos han obligado a omitir de nuestra historia.
Fuimos una nación poco valorada en la Tierra, aunque próspera, por años fuimos considerados simple mano de obra, nunca como iguales para el resto de las potencias, hasta el día que los ojos del mundo clavaron sus pupilas en nosotros con una mirada profunda e incrédula, y entonces el mundo nos observó atento y obligó a nuestros mandatarios a callarse y hacernos callar a como diera lugar. Pero nuestras generaciones han establecido un pacto silencioso, hemos desarrollado una norma general en la que acordamos que, ninguna ni ninguno de nosotros, ha de olvidar jamás lo que ha pasado, puesto que nuestros cuerpos aún lo resienten, la carne se acongoja, nuestras generaciones lo sufren y la triste tierra aún muestra cual cadáver al sol las heridas de aquel temible día.
Al igual que muchas, he de desaparecer inevitablemente, ya que he sido aprisionada por la enfermedad maldita: mi pierna derecha se partió en tres partes por mi descuido y ahora es cuestión de tiempo para que vengan a buscarme y me reduzcan a cenizas; los informantes están por todas partes en nuestro país. Y como yo es muy probable inclusive que toda nuestra nación inevitablemente perezca a raíz de ella, pero si de alguna forma este escrito llega a los ojos correctos, habré cumplido. Mi historia no es relevante, pero sí la que te voy a contar y que narra un hecho acallado por muchos y enterrado por millares, mientras que solo unas pocas tenemos el valor de desenterrarlo y ahora siento que solo yo podré exponerlo.
Nuestras familias cuentan que el año 1960 sucedieron dos grandes tragedias que asolaron nuestras tierras: una de ellas fue el terremoto más intenso jamás registrado, suceso que es citado por medios de información como una de las hecatombes más devastadoras en la historia de la humanidad, pero siempre omiten el primero, aquel que antecedió o mejor dicho gatilló el temible retumbar de la tierra. Muchas ancianas cuentan la historia como si fuese un cuento o una historia fantasiosa, pero mi abuela me contó lo que vio con sus propios ojos. Nuestra familia fue de las pocas acomodadas que por aquella época tenía acceso a la televisión y posterior al gran terremoto las entrevistas a víctimas y damnificados no se hicieron esperar, todos los días reportaban las historias desdichadas.
Y en ese punto de inicio es donde el origen del cuento prohibido tomó lugar, en sí mismo fue un acontecimiento documentado y validado inclusive por las transmisiones de la época, y aún guardo el recuerdo de las ruinas de la ciudad olvidada…
Desde que salí de aquel gueto y vi la realidad fuera de la zona de cuarentena me propuse a no olvidar aquella historia y con lo que he recordado de ella en mi vejez me he dedicado a buscar cualquier atisbo de su existencia en este lugar seguro; fuentes hay por miles, reales por cientos y pruebas físicas solo he hallado unas cuantas, pero la información que he reunido me ha permitido amalgamar una investigación lo suficientemente sostenible para deducir que todo lo relatado en secreto… es verdad. Mi abuela me relató hacía muchos años con lujo de detalles cómo había sido la entrevista que le habían hecho a aquel niño junto a su madre y ahora compartiré estos detalles contigo.
El programa televisivo era conocido como El hombre ante el cosmos y, en consecuencia de los estragos que el gran terremoto había causado a millares de familias, prestaban su espacio para dar a conocer la realidad de algunas personas, en caso de que se quisiera ayudar o aportar con alguna de sus necesidades, hasta que todo cambió, cuando aquel niño apareció.
El 22 de junio de ese año, a las 19 horas de la tarde, el programa iniciaba sus transmisiones presentado por Sebastián Godoy, quien entregaba de forma habitual el recuento de víctimas fatales para continuar con la presentación de los entrevistados de esa noche:
—Queridos televidentes, en esta tarde de día miércoles y con la finalidad de dar a conocer las historias de los sobrevivientes del cataclismo vamos a presentar y posteriormente entrevistar a la familia Wekufe, que se han visto asolados por la reciente tragedia acontecida en la gran ciudad portuaria. Por motivos personales, los Wekufe han decidido contarnos su historia.
Cuando el presentador dejó de hablar no hubo aplausos ni pronunciamientos de ningún tipo, en su lugar el camarógrafo enfocó hacia un costado, donde Godoy se sentaba en un sillón al lado izquierdo de la pantalla mientras una luz iluminaba progresivamente a la pareja de entrevistados en el lado derecho. Una vez la escena estuvo completa, se pudo ver por primera vez a los integrantes de dicha familia. Era una señora aparentemente de edad mediana, llevaba una falda larga y sus calcetas parecían estar empapadas; sus manos, aunque rugosas y secas se dejaban ver por lo corto que le quedaba su abrigo, que, aunque pequeño, cubría todo su torso. Con dificultad sostenía la mano de su hijo, mientras intentaba con una toalla cubrir su cabeza, teniendo una aparente obsesión por sostenerla y no dejarla caer.
A su lado, el pobre pequeño tenía un pantalón que había sido parchado a las prisas y un chaleco amarillo grueso; su piel tenía un aspecto extraño, como si estuviera infectada por algo muy sutil, una especie de tiña u hongo que hacía que en ciertos sectores se agrietase, levantando cachos de piel muerta. A medida que el pequeño rascaba su rostro, su piel se descamaba y caía en trozos sobre sus pantalones, pero lo que más llamaba la atención era que sus ojos estaban tapados con parches y vendas humedecidas.
Godoy, al ver a ambos, quedó extrañado, ya que al parecer no los había visto hasta el momento de leer la presentación. Y, disimulando un poco su sensación, continuó agradeciendo de antemano la participación de ambos en el programa de aquella tarde, mientras un tramoyista entregaba a la madre del niño un micrófono para poder hablar. Sebastián Godoy comenzó la entrevista:
—Querida señora y Chiquitín Wekufe, nos gustaría que pudiera contarnos cómo fue su experiencia con el gran terremoto y qué fue lo que perdieron, el impacto que generó o ha tenido para ustedes…
A mitad del discurso del presentador, la señora alzó su mano y le señaló que se detuviera, picó a su hijo con el codo para darle una señal y el pequeño, entendiendo las intenciones de su madre, pronunció una breve frase que fue captada con dificultad por el micrófono:
—Démelo a mí, mamita…
La señora extendió su brazo para pasar el aparato mientras que el niño buscando ciegamente dio con su mano y, con un ligero cariño en el pulgar de su madre, tomó el micrófono y pronunció nervioso:
—Yo voy a hablar por mi mami, es que ella no puede como está.
La determinación del niño enmudeció tanto a Godoy como a la audiencia, el silencio reinó por medio minuto y entonces el presentador dijo:
—Bueno, por favor cuéntenos qué fue lo que les sucedió con el terremoto…
—No, no fue con el terremoto, nosotros sufrimos cosas terribles minutos antes de que empezara el terremoto, yo quedé así por eso…
Tanto el presentador como la audiencia de nuevo quedaron perplejos al no comprender bien lo que el niño expresaba. Todos los participantes que anteriormente habían ocupado los sillones donde estaba ahora la familia Wekufe, siempre habían descrito las desdichas acaecidas por el terremoto, pero ellos hablaban de un suceso anterior a eso. El niño continuó:
—Quizás me cueste un poco contarlo, porque mucha de nuestra gente se enferma y no pueden…
Por culpa del desasosiego, el niño con un claro nudo en la garganta no pudo continuar. El presentador, con una expresión de extrañeza, miró a la madre y le pidió a la dirección del programa que le trajeran agua al pequeño para calmarlo. Tras tomar unos breves instantes para que el pequeño diera un sorbo al vaso de agua, le preguntó si podía continuar con su historia, y el joven entonces continuó:
—Vinimos con mi mamita, porque según lo que ella me ha contado no hemos aparecido en las noticias como el resto de los poblados que se cayeron por culpa del terremoto, hemos sido los que más sufrimos con lo que pasó antes de él y nadie ha hablado sobre eso… ni de la máquina…
—¿Qué máquina? —preguntó Godoy.
—Esa que apareció de la nada y trajo miseria sobre todos nosotros y la tierra, la que nos miró sin tener ojos. —La voz del pequeño se quebrantó y entremezclada con el llanto, preguntó impotente—. ¿Cómo es que no les pasó nada a ustedes?
El ambiente adquirió un sentido lúgubre por la incógnita que el pequeño generaba. El mutismo era absoluto, todos quienes se encontraban ahí podían escuchar el latir del corazón de la persona que tenían a su lado. Godoy, en parte sin dar crédito ni terminar de entender, le consultó al pequeño:
—Disculpa, entiendo que lo que haya sucedido de verdad te afectó mucho. ¿Tu madre no nos puede ayudar con su historia?
—Es que ella ya casi no puede hablar.
—Entonces hagamos algo, porque ante todo queremos ayudar —dijo Godoy con una intención sumamente neutral—. Cuéntame exactamente qué pasó desde el inicio de todo ese día hasta el final…
El pequeño se acomodó en el sillón e irguió su espalda en un intento de darse ánimos, comenzó entonces a relatar los hechos de ese día.
—Fue un día extraño desde la mañana, cuando mi mamá me levantó para ir a la escuela el ambiente se sentía raro, todos guardaban mucho silencio, incluso parecía que las personas que veíamos por la calle mientras mi papá nos llevaba tomados de la mano con mi hermana susurraban con cuidado. Mi papá también nos hacía callar cuando le preguntamos por qué la gente se comportaba así. “En el colegio no tuvimos clases, estábamos quietos, sintiendo que algo estaba pasando, y mi profesor no dejaba de mirar por la ventana. Cuando salimos del colegio no sonó ninguna campana, los profesores entraron a la sala y, con una seña, nos hicieron guardar las cosas y retirarnos. Ninguno de nuestros apoderados llegó para buscarnos, muchos se quedaron esperando en silencio, pero yo decidí irme.
“Cuando me faltaba poco para llegar, me percaté de que todas las personas con las que me había encontrado por el camino actuaban raro, estaban muy calladas mirando al cielo, como que devolvían la mirada cada cierto tiempo hacia arriba, y los perros corrían muy acelerados, tratando de arrancar de algo, y no solo ellos, todas las mascotas de mi cuadra se escaparon de las casas a los cerros, al campo…”.
La descripción del niño coincidía con testimonios que las autoridades habían obtenido de los residentes de poblados cercanos al epicentro del terremoto, que indicaban que todos los animales —tanto domésticos cómo de granja— habían entrado en un aparente pánico corriendo desorientados adonde sea que pudiesen hacerlo, perdiéndose en los bosques e incluso ahogándose en los ríos, donde pudieran huir. Parecía que la muerte era mejor destino que aguardar en las praderas de aquellos lugares. El pequeño culminó brevemente diciendo:
—Vi cómo los perros, gatos e incluso ratones abandonaron el pasaje donde estaba mi casa, era una estampida, y yo ya tenía miedo y comencé a caminar rápido. Me faltaba poco cuando me di cuenta de que todos mis vecinos estaban afuera de sus casas mirando atentamente el cielo… Yo también me puse a mirar y me percaté junto con los vecinos de lo que estaba ocurriendo. Aunque ya no veo casi nada —dijo con la voz resquebrajada por la impotencia de su discapacidad) en ese momento—, logramos ver muy claro lo que había en el cielo. Era algo muy muy raro…
—¿Crees que puedas describirlo? —preguntó Godoy, seducido por el misterio.
—Trate de imaginarse en el cielo una especie de nube pero que al mismo tiempo no lo es, flota como una, pero no se comporta de la misma forma, como si tratase de parecerse a algo que ya conocemos, pero no le resulta por más que se esfuerce… Se movía como si la fuerza del viento la llevara de un lado para otro, como un manto o una tela al aire, daba miedo, solo verla hacía que todos nos quedásemos atentos, como si sintiéramos que algo podía hacer en cualquier momento, parecido a cuando te mira un perro grande en la calle de noche, sabes que puede hacer algo y te quedas quieto por precaución, incluso si no ladra… —¿Y qué pasó con esa nube?
—Recuerdo que era de un color como café… No, espere… era más anaranjado, uno muy extraño casi brillante y se expandía mucho, como si se fuera a quebrar y luego volvía a hacerse pequeña como una nube. Mientras mirábamos nos dimos cuenta de que la nube se acercaba con el mismo vaivén, pero hacia la ciudad, casi que encima de nosotros y la gente se metía a sus casas por miedo. Lo único que recuerdo después es que mi mamá me tomó del brazo y me llevó corriendo para la casa…
A continuación, y para complementar lo que el pequeño había descrito adjuntaré en la siguiente hoja un extracto de un informe que pude conseguir de las manos de contrabandista de nuestro país.
Informe de las Fuerzas Navales de Chile.
Redactado el día 20 de junio de 1960.
Identificación del cargo: Sargento 2°
Alexis Escanilla
de la segunda flota.
Secretario de registros Don Camilo Candia recibe durante el presente día un informe donde se detalla que Alexis Escanilla, Sargento 2° de la segunda flota naval, alerta directamente a su Suboficial Mayor Licinio González sobre la aparición de una anomalía en el cielo que trazó una trayectoria irregular, pasando sobre territorio nacional desde el océano a la costa, y que se posicionó sobre la ciudad de Valdivia, para retirarse y dirigirse hacia el este. A continuación, se detalla la bitácora del Sargento 2° revisada y validada por su Suboficial Mayor:
“Aproximadamente a las 12:00 p. m., ya transcurridas cuatro horas desde el primer avistamiento, el objeto aéreo no identificado inició una peregrinación hacia el este con un curso irregular a la ciudad portuaria. Mientras se trasladaba, el objeto pasó aproximadamente a doscientos sesenta pies de altura sobre nuestra embarcación, lo que indujo en los grumetes un estado de pánico que los hizo resguardarse en el tercer puente bajo la cubierta. Únicamente los marinos de alto rango nos quedamos atentos, con fusil en mano, observando el descomunal tamaño del objeto. Por sus proporciones y peculiaridades, era imposible describirlo como un objeto totalmente sólido. “El objeto más bien parecía una extraña nube compuesta por arenisca o gravilla que tras su paso ondulaba al son de su propio viento y se movía de manera irregular, dejando una estela fina que caía como una ligera lluvia de polvo sobre la cubierta de nuestra nave. Se sintió un calor intenso mientras el objeto cruzaba sobre nuestra embarcación; a su posterior paso hacia la costa dejó en todos quienes nos quedamos a observar un intenso sofocamiento y dificultades respiratorias que, con el pasar de las horas, disminuyeron en intensidad, mientras que las piedrecillas que caían del extraño objeto emitían un calor agradable y extrañamente potente para su pequeño tamaño”.
Nota del secretario adjunta:
“Las descripciones del Sargento 2° aseguraban que la anomalía había sido percibida por varios de los marineros y grumetes que se encontraban en la proa y popa de la embarcación; según los testimonios, se llegó a una sucesión de características que se repetían en todos ellos en cuanto a la sintomatología, presentando un enrojecimiento agudo de la piel, náuseas, pérdida parcial del cabello, entre otros. De forma anexa, es válido decir que la anomalía se ampliaba y abultaba, llegando a parecer translúcida cuando se expandía. En segundo lugar, su espesura mostraba ser tan maciza cuando se abultaba que, según relatos de dos grumetes en particular, el objeto exhibía una clara solidez que se cubría con la espesura de esta nube...
Las descripciones tanto del Sargento 2° como del pequeño infante que asistió al programa mostraban claras similitudes. Lo interesante de todo esto es que el Informe Naval fue escondido del escrutinio público, se hicieron inmensos esfuerzos por borrar de los anales históricos lo sucedido, pero la clave que desenmarañó todo por primera y única vez, fue aquel infante.
El niño retomó su historia:
—Cuando entramos a la casa, mi papá y mi mamá estaban muy asustados e intentaban cerrar las cortinas. A mí me metieron en el único cuarto de la casa que ocupamos como bodega, yo lo único que escuchaba de lo que pasaba afuera era que corría un ventarrón que hacía que las ventanas temblaran… Y mi papá comenzó a gritarle a mi mamá: “¡¿Susana, la niña llegó?!”, y se pusieron a pelear porque mi hermana no había llegado y…Godoy entonces interrumpió al niño en un burdo intento por intervenir y retomar el control de la conversación con la altanería típica de un conductor televisivo acostumbrado a los reflectores.
—Bueno, imagino que no debió ser fácil para tus padres estar atentos a ustedes dos, sabiendo lo que estaba pasando; no obstante, tu papá sí debió asegurarse e ir a buscar a tu hermanit…
—¡Señor, mi hermana ya estaba muerta!
El niño, con la respiración cortada y con una mueca de angustia e impotencia, esperó una respuesta. Fueron tal vez tres minutos en donde el niño esperó, pero tanto el presentador del programa como el público presente en el set no se movían, motivados por un silencioso morbo esperaban atentos la continuación de la historia:—Por la ventana yo miraba hacia afuera y la calle comenzaba a llenarse de esa arena anaranjada. Mi mamá se dio vuelta angustiada y me tomó de los hombros para decirme que iba a ver a mi abuela que vivía más lejos de nuestra casa. Así que salió y me quedé solo… Creo que estuve así casi dos horas y todo ese tiempo estuve quieto sentado en la bodega, esperando a que mis papás volvieran. El viento silbaba con fuerza y fui a mirar por las ventanas en caso de que pudieran llegar y abrirles la puerta. Pero no podía ver nada, era como una tormenta de arena de las que salen en las películas. Entonces, por más que miraba, solo distinguía como una especie de sombras parecidas a personas vagando por el polvo, y otras veces veía figuras que no eran de seres humanos. Estuve mirando por la ventana más o menos por otra hora y ya me sentía angustiado. “La arenilla naranja ya no caía suave, sino que se estrellaba contra los vidrios como si los fuera a romper. Entonces escuché a mi papá gritar en el pasaje: ‘la puerta, la puerta’. Pero casi sin fuerzas como si estuviese muy cansado, no pensé más y abrí la puerta para recibirlo, pero el viento era tan fuerte que azotó la puerta contra la pared. Mi papito estaba mal…
—¿A qué te refieres con mal? —preguntó el presentador con la mano cubriendo completamente su boca.
—Estaba hinchado, por todos lados. —El niño comenzó a llorar mientras relataba—. Su piel estaba muy roja, los ojos y los labios los tenía azules… No se veía como mi papá, no pudo ni abrir la reja de la casa y se desplomó. Me demoré en darme cuenta de que venía arrastrando algo con la mano derecha. Era nada menos… que el cuerpo de mi hermanita, pero de ella ya casi no quedaba nada…
El pequeño guardó silencio porque un nudo en la garganta le impedía hablar sobre lo sucedido. El público del set de grabación se veía impotente y atento a la historia del niño, pero la mirada de todos se entremezclaba ineludiblemente con el miedo. El niño continuó:
—Salí corriendo hacia donde estaban para arrastrarlos como pudiese adentro de mi casa, pero en cuanto salí me comenzó a doler todo el cuerpo, la arenilla que caía era muy dolorosa. Sentía que millones de agujas se me clavaban en la piel y quemaban de adentro para afuera, me dolía tanto que no paraba de gritar mientras me arrastraba hacia mi papá. Sentí que iba a morir y pensé que, si me había llegado la hora, por último, iba a abrazar a mi papá y a mi hermanita. Mi papá trataba de decirme algo, pero no le entendía nada. Mientras más me acercaba a él, a mi hermana solo la reconocía por su pulsera, pero a través de la lluvia de arena veía que se movía como si aún en su estado siguiese con vida. Yo solo gritaba mientras abrazaba a mi papi, hasta que cerré con fuerza los ojos…
