Último día de un condenado a muerte - Victor Hugo - E-Book
Beschreibung

Víctor Hugo escribió "Último día de un condenado a muerte" no solo para exponer sus ideas en contra de la pena de muerte, sino también para que la población de Francia tomara conciencia de la brutalidad y el macabro espectáculo que representaba la guillotina en sí misma. Por eso, en esta historia conoceremos a un condenado que no tiene nombre ni rostro, casi una hoja en blanco con la cual cada uno de nosotros puede sentirse identificado. Este personaje anónimo narrará sus últimos días antes de que su cabeza sea cercenada en una plaza llena de gente mirando el infame espectáculo. Sus días en prisión, desde la confirmación de su condena hasta su último día, no es lo único que tendremos en este escrito, también nos meteremos un poco en la vida del condenado –A través de sus recuerdos y pensamientos-  así, veremos el lado humano del criminal y que, por más que sepa que ha cometido un crimen y que merece pagar por lo que hizo, nadie tiene derecho a arrebatar su vida, ni a él ni a su familia.

Novela de análisis o drama íntimo, como la definió su propio autor, se adelanta a su tiempo en el uso del monólogo interior, que tanto desarrollo tendrá en la narrativa del siglo XX.

Esta novela corta es uno de los mayores alegatos contra la pena de muerte que existen en el mundo de las letras. Hugo comenzó a escribir esta obra a finales del año 1828, después de haber presenciado a un verdugo ensayando con la guillotina el ajusticiamiento del día siguiente. Esta imagen causó tal impacto en el escritor que quiso plasmar una historia que reflejara las penurias por las que pasa la mente humana al verse expuesta a la sombra de la muerte.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl:171

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi ohne Limit+” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS

Victor Hugo

Tabla de contenidos

ÚLTIMO DÍA DE UN CONDENADO A MUERTE

Prefacio a la primera edición

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

XL

XLI

XLII

XLIII

XLIV

XLV

XLVI

XLVII

XLVIII

XLIX

Una comedia a propósito de una tragedia

Prefacio de 1832

Notas

ÚLTIMO DÍA DE UN CONDENADO A MUERTE

Victor Hugo

Prefacio a la primera edición

1829

Hay dos maneras de explicar la existencia de este libro. O hubo, en efecto, un fajo de hojas amarillas de tamaño desigual en las que se encontraban, registrados uno por uno, los últimos pensamientos de algún desventurado; o existió un hombre, un soñador, que se dedicó a observar la naturaleza en provecho del arte, un filósofo, un poeta, qué sé yo, cuya fantasía fue la presente idea, y que lo atrapó o, más bien, se dejó atrapar por ella, y que sólo pudo desembarazarse de ésta vertiéndola en un libro. De estas dos explicaciones, que el lector elija la que quiera.

I

Bicêtre[1]

¡Condenado a muerte!

Hace cinco semanas que vivo con este pensamiento, siempre a solas con él, paralizado siempre por su presencia, encorvado siempre bajo su peso.

En otra época, pues me parece que han pasado años más que semanas, yo era un hombre como cualquier otro hombre. Cada día, cada hora, cada minuto tenía su propio sentido. Mi mente, joven y rica, estaba llena de fantasías. Se entretenía presentándomelas unas tras otras, sin orden ni objetivo, bordando con arabescos inextinguibles el tejido tosco y ligero de la vida. Muchachas, espléndidas capas de obispo, batallas ganadas, teatros llenos de ruido y de luz, y luego muchachas de nuevo y caminatas oscuras en la noche bajo los largos brazos de los castaños. Mi imaginación siempre estaba de fiesta. Yo podía pensar en lo que quisiera, yo era libre.

Ahora estoy preso. Mi cuerpo está encadenado dentro de un calabozo, mi mente está en prisión dentro de una idea. ¡Una idea horrible, sangrienta, implacable! No tengo más que un pensamiento, una convicción, una certidumbre: ¡condenado a muerte!

Haga lo que haga, este pensamiento infernal permanece ahí, a mi lado, como un espectro de plomo, solitario y celoso, expulsando toda distracción, enfrentándome cara a cara con el miserable que soy, sacudiéndome con sus manos de hielo cuando quiero mirar hacia otro lado o cerrar los ojos. Se desliza bajo todas las formas que mi mente busca para huir, se mezcla como un horrible estribillo en cuantas palabras me dirigen, se agarra conmigo a las rejas espantosas de mi calabozo; me obsesiona durante la vigilia, espía mi dormitar convulsivo, y reaparece en mis sueños con la forma de un cuchillo.

Acabo de despertarme entre sobresaltos, perseguido por él y diciendo: «¡Ah! ¡Sólo es un sueño!». Pues bien, antes incluso de que mis ojos pesados hayan tenido tiempo de entreabrirse lo suficiente para ver este pensamiento fatal escrito en la horrible realidad que me rodea, sobre las losas húmedas y rezumantes de mi celda, en los pálidos rayos de mi lámpara de noche, en la trama grosera de la tela de mi ropa, bajo la sombría figura del soldado de guardia cuya cartuchera brilla a través de la reja del calabozo, me ha parecido como si una voz me hubiera murmurado al oído: «¡Condenado a muerte!».

II

Era una bella mañana de agosto. Hacía tres días que se había entablado mi proceso, hacía tres días que mi nombre y mi crimen convocaban, todas las mañanas, a una bandada de espectadores que venían a tumbarse sobre los bancos de la sala de Audiencias como cuervos alrededor de un cadáver, hacía tres días que toda aquella fantasmagoría de jueces, testigos, abogados, procuradores del rey, pasaba y volvía a pasar frente a mí, a veces grotesca, a veces sangrienta, siempre sombría y fatal. Las dos primeras noches la inquietud y el terror me impidieron dormir; la tercera, me dormí de aburrimiento y de cansancio. A medianoche había dejado al jurado deliberando. Me habían vuelto a traer a la paja de mi calabozo, y caí de inmediato en un sueño profundo, un sueño de olvido. Eran las primeras horas de reposo después de muchos días.

Todavía me encontraba en lo más profundo de este profundo sueño cuando vinieron a despertarme. Esta vez no bastó con el paso metálico de los zapatos con herrajes del carcelero, ni con el tintineo de su llavero, ni con el ronco chirrido de las cerraduras; para sacarme de mi letargo; hizo falta su bronca voz en mi oreja y su mano bronca sobre mi brazo.

—¡Levántese!

Abrí los ojos y me incorporé, asustado. En ese instante, a través de la ventana alta y estrecha de mi celda, vi, en el techo del corredor vecino —único cielo que me estaba permitido entrever— ese reflejo amarillo en el cual los ojos acostumbrados a las tinieblas saben reconocer el brillo del sol. Me gusta el sol.

—Hace un buen día —le dije al carcelero.

Permaneció un instante sin responderme, como si no estuviera seguro de que valiera la pena gastar una sola palabra; al fin murmuró bruscamente, y sin esfuerzo alguno:

—Puede ser.

Permanecí inmóvil, la mente medio dormida, la boca sonriente, los ojos fijos en aquella dulce reverberación dorada que jaspeaba el techo.

—Qué día más bello —repetí.

—Sí —contestó el hombre—. Le están esperando.

Estas breves palabras, como el hilo que rompe el vuelo del insecto, me devolvieron violentamente a la realidad. De nuevo vi, como en la luz de un relámpago, la sala sombría del tribunal, la hilera de los jueces cargados de harapos ensangrentados, los tres rangos de testigos con sus expresiones estúpidas, los dos gendarmes en los dos extremos de mi banco, y vi las túnicas negras agitarse, y las cabezas de la multitud hormiguear entre las sombras del fondo, y cómo se detenía sobre mí la mirada fija de esos doce miembros del jurado que habían permanecido despiertos mientras yo dormía.

Me levanté; me castañeteaban los dientes, las manos me temblaban y no sabían encontrar mi ropa, mis piernas se sentían débiles. Al primer paso tropecé como un mozo de cuerda demasiado cargado. Sin embargo, seguí al carcelero.

Los dos gendarmes me esperaban tras el umbral de la celda. Volvieron a ponerme las esposas. Tenían una pequeña cerradura complicada que los gendarmes cerraron con cuidado. Les dejé hacer: aquello era una máquina puesta sobre una máquina.

Cruzamos un patio interior. El aire fresco de la mañana me reanimó. Miré hacia arriba. El cielo era azul, y los rayos cálidos del sol, cortados por las largas chimeneas, trazaban grandes ángulos de luz sobre los remates de los muros altos y sombríos de la prisión. En efecto, hacía un buen día.

Subimos por una escalera de caracol; atravesamos un corredor, después otro, después un tercero; a continuación una puerta baja se abrió. Un aire caliente mezclado con ruido me golpeó el rostro; era el soplo de la multitud en la sala de Audiencias. Entré.

En el momento de mi aparición hubo un rumor de armas y de voces. Los bancos se desplazaron ruidosamente. Los tabiques crujieron; y, mientras recorría la larga sala entre dos masas de gente emparedadas entre soldados, me pareció ser el eje al cual se ataban los hilos que movían todas aquellas caras inanimadas y torcidas.

En este instante me percaté de que ya no llevaba esposas; pero no pude recordar dónde ni cuándo me las habían quitado.

Entonces se hizo un gran silencio. Había llegado a mi lugar en la sala. Cuando el tumulto cesó en la multitud, cesó también en mis ideas. Comprendí de golpe y con claridad lo que hasta entonces sólo había entrevisto confusamente: que el momento decisivo había llegado, y que me encontraba allí para escuchar mi sentencia.

Que lo explique quien pueda: esta idea, de la forma en que me vino, no me causó terror alguno. Las ventanas estaban abiertas; el aire y el ruido de la ciudad llegaban libremente del exterior; la sala estaba iluminada como para una boda; los alegres rayos de sol trazaban aquí y allá la figura luminosa de las ventanas, a veces alargada sobre el suelo, a veces extendida sobre las mesas, a veces rota en la esquina de las paredes, y desde los rombos luminosos de las ventanas cada rayo dibujaba en el aire un gran prisma de polvo dorado.

Los jueces, al fondo de la sala, tenían un aire satisfecho, probablemente debido a la satisfacción de estar cerca de terminar. El rostro del presidente, dulcemente iluminado por el reflejo de un vidrio, tenía algo de calmado y bueno, y un joven asesor charlaba casi alegremente, arrugándose la golilla, con una bella dama con sombrero rosa, sentada por suerte detrás de él.

Sólo los miembros del jurado [2] se veían pálidos y abatidos, pero al parecer eso se debía al cansancio de haber pasado la noche en vela. Algunos de ellos bostezaban. Nada en su aspecto revelaba a unos hombres que acaban de pronunciar una sentencia de muerte; en las facciones de estos buenos señores yo no adivinaba más que unas vehementes ganas de dormir.

Frente a mí, una ventana estaba abierta de par en par. Podía oír risas que venían del muelle de las Flores; y, al borde de la ventana, una bella plantita amarilla, iluminada por un rayo de sol, jugaba con el viento en una hendidura de la piedra.

¿Cómo hubiera podido brotar una idea siniestra entre tantas sensaciones agradables? Inundado como estaba de aire y de sol, me resultó imposible pensar en algo distinto a la libertad; la esperanza vino a reverberar en mí como el día a mi alrededor; y, confiado, esperé mi sentencia como se esperan la liberación y la vida.

Mientras tanto, mi abogado entró en la sala. Lo esperaban. Acababa de desayunar copiosamente y con buen apetito. Cuando llegó a su puesto, se inclinó hacia mí con una sonrisa.

—Tengo esperanzas —me dijo.

—¿De veras? —respondí, ligero y también sonriente.

—Sí —continuó—. Todavía no sé nada de su veredicto, pero sin duda habrán descartado la premeditación, y entonces será cosa de trabajos forzados a perpetuidad, nada más.

—Pero ¿qué dice, señor? —repliqué indignado—. ¡Prefiero cien veces la muerte!

¡Sí, la muerte! «Y además —repetía no sé qué voz en mi interior—, ¿qué riesgo corro al decirlo? ¿Acaso una sentencia de muerte no se ha pronunciado siempre a medianoche, bajo la luz de las antorchas, en una sala sombría y negra, en noches frías de lluvia y de invierno? Pero durante el mes de agosto, a las ocho de la mañana, en un día tan bello, con unos jurados tan buenos… ¡Imposible!». Y mis ojos volvían a fijarse en la bella flor amarilla iluminada por el sol.

De súbito, el presidente, que sólo esperaba al abogado, me invitó a levantarme. La tropa presentó las armas; como empujada por un movimiento eléctrico, toda la asamblea se puso en pie al mismo tiempo. Una figura insignificante y nula, situada en una mesa debajo del tribunal —el escribano, creo que era—, tomó la palabra y leyó el veredicto que los jurados habían pronunciado en mi ausencia. Un sudor frío brotó de todos mis miembros; me apoyé contra la pared para no caer.

—Abogado, ¿tiene usted algo que decir sobre la aplicación de la pena? —preguntó el presidente.

Yo habría tenido mucho que decir, pero nada me vino a la boca. La lengua se me quedó pegada al paladar.

El defensor se levantó.

Comprendí que intentaba atenuar el veredicto del jurado y sustituirlo por la otra pena, esa que tanto me había molestado oírle pronunciar hacía unos momentos.

La indignación habría tenido que ser muy fuerte para abrirse camino a través de las mil emociones que se disputaban mi pensamiento. Quise repetir en voz alta lo que ya le había dicho: «¡Prefiero cien veces la muerte!». Pero me faltó el aliento, y no pude más que tomarlo bruscamente del brazo, gritando con una fuerza convulsiva: «¡No!».

El procurador general combatió los argumentos del abogado, y yo lo escuché con una satisfacción estúpida. Después los jueces salieron, luego volvieron a entrar, y el presidente leyó la sentencia.

—¡Condenado a muerte! —dijo la multitud; y, mientras me sacaban de allí, toda esa gente se precipitó sobre mí con el estruendo de un edificio al ser demolido. Yo seguía caminando, ebrio y estupefacto. Una revolución acaba de producirse dentro de mí. Hasta el decreto de muerte, me había sentido respirar, palpitar, vivir en el mismo mundo que los otros hombres; ahora distinguía claramente una valla entre ese mundo y yo. Nada se me aparecía con el mismo aspecto de antes. Esas amplias ventanas luminosas, ese bello sol, ese cielo puro, esa hermosa flor, todo era blanco y pálido, del color de una mortaja. A esos hombres, esas mujeres, esos niños que se apiñaban a mi paso, les atribuía aspecto de fantasmas.

En lo bajo de la escalera, un carruaje con rejas [3], negro y sucio, me esperaba. En el momento de subir, eché una mirada, al azar, sobre la plaza.

—¡Un condenado a muerte! —gritaban los transeúntes, corriendo hacia el carruaje.

A través de la nube que sentía interpuesta entre las cosas y yo, distinguí a dos jovencitas que me seguían con ojos ávidos.

—Bueno —dijo la más joven—, ¡será dentro de seis semanas!

III

¡Condenado a muerte!

Pues bien, ¿por qué no? «Los hombres —recuerdo haber leído en no sé qué libro carente por lo demás de interés—, los hombres son todos condenados a muerte con sentencias suspendidas indefinidamente» [4]. Así pues, ¿qué es lo que tanto ha cambiado en mi situación?

Desde la hora en que se pronunció mi sentencia, ¡cuántos han muerto habiendo hecho planes para una larga vida! ¡Cuántos se me han adelantado, jóvenes, libres y sanos que contaban con ir tal día a la plaza de la Grève [5] para ver mi decapitación! De aquí a ese momento, ¡cuántos que caminan y respiran despreocupadamente, y entran y salen como les place, se me adelantarán también!

Además, ¿qué tiene esta vida para que su pérdida sea tan dolorosa para mí? En verdad, el día oscuro y el pan negro del calabozo, la ración escasa de caldo bebida de la cubeta de los presidiarios, esos maltratos con que me atormentan, a mí, que he recibido una educación refinada, la brutalidad de los carceleros y los cabos de vara, ese no poder contemplar a un solo ser humano que quiera dirigirme unas palabras y a quien yo pueda responderle, ese estremecerme sin cesar por lo que he hecho y por lo que me harán: he aquí, más o menos, los únicos bienes que podrá quitarme el verdugo.

¡Ah, pero qué importa, esto es horrible!

IV

El carruaje negro me transportó aquí, a este Bicêtre espantoso.

Visto de lejos, este edificio tiene cierta majestad. Se despliega sobre el horizonte, al frente de una colina, y guarda a distancia algo de su antiguo esplendor, un aire de castillo real. Pero a medida que uno se acerca, el palacio se transforma en una casa en ruinas. Los aguilones degradados hieren la mirada. Un no sé qué de vergonzoso y de empobrecido ensucia estas fachadas reales, es como si los muros sufrieran de lepra. Nada de vidrieras, nada de cristales en las ventanas, tan sólo macizas barras de hierro entrecruzadas a las cuales se adhiere aquí y allá la pálida figura de un carcelero o de un loco.

Así es la vida vista de cerca.

V

Apenas llegué, unas manos de hierro se apoderaron de mí. Las precauciones se multiplicaron; nada de cuchillos, nada de tenedores para mis comidas; la camisa de fuerza, una especie de saco de lona, aprisionó mis brazos; aquí respondían por mi vida. Yo había recurrido en casación. Este oneroso asunto podía tardar seis o siete semanas, y era importante conservarme sano y salvo para la plaza de la Grève.

Los primeros días me trataron con una suavidad que me parecía horrible. Las atenciones de un carcelero huelen a cadalso. Felizmente, a los pocos días la costumbre se impuso; me confundieron con los otros prisioneros en una brutalidad común, y prescindieron de esos inusuales gestos de amabilidad que me hacían pensar una y otra vez en el verdugo. No fue ésta la única mejora. Mi juventud, mi docilidad, los cuidados del capellán de la prisión, y, sobre todo, algunas palabras en latín [6] que le dirigí al conserje, que no las comprendió, me dieron derecho a pasear una vez por semana con los otros detenidos, e hicieron desaparecer la camisa que me tenía paralizado. También, después de mucho dudar, me dieron tinta y papel, plumas y una lámpara de noche.

Todos los domingos, después de la misa, a la hora del recreo, me sueltan en el patio. Allí charlo con los detenidos: es necesario que lo haga. Son buena gente, esos miserables. Me relatan sus hazañas; es para horrorizarse, pero sé que se vanaglorian de ellas. Me enseñan a hablar el argot, a «rajar del mazo», como dicen. Es toda una lengua injertada en la lengua general como una especie de excrecencia espantosa, como una verruga. A veces tiene una energía singular, un pintoresquismo pavoroso: hay arrope sobre la carretera (sangre sobre el camino), casarse con la viuda (morir ahorcado), como si la cuerda de la horca fuera la viuda de todos los ahorcados. La cabeza de un ladrón tiene dos nombres: la sorbona, cuando medita, razona y aconseja el crimen; el tronco, cuando la corta el verdugo. A veces, esa lengua adquiere un espíritu de vodevil: una cachemira de mimbre (un cuévano de trapero), la mentirosa (la lengua); así, por todas partes, a cada momento, palabras curiosas, misteriosas, feas y sórdidas, venidas de no se sabe dónde: el chirona (el verdugo), la veleta (la muerte), la encartelada (la plaza de ejecuciones). Sapos y arañas, se podría decir. Cuando uno oye hablar esta lengua, siente el efecto de algo sucio y podrido, como si le hubieran lanzado al rostro un rebujo de harapos malolientes.

Al menos, estos hombres me compadecen, y son los únicos. Los carceleros, los guardianes, los llaveros —no se lo reprocho— conversan y ríen, y hablan de mí, delante de mí, como de una cosa.

VI

Me dije:

«Puesto que tengo los medios para escribir, ¿por qué no habría de hacerlo?». Pero ¿qué escribir? Preso entre cuatro murallas de piedra desnuda y fría, sin libertad para mis pasos, sin horizonte para mis ojos, ocupado durante el día entero, como única distracción, en seguir la lenta marcha de ese cuadrado blancuzco que la mirilla de mi puerta dibuja sobre la oscura pared de enfrente, y, como decía hace un momento, totalmente solo con una idea, una idea de crimen y castigo, de asesinato y de muerte. ¿Puedo tener algo que decir, yo que ya nada tengo que hacer en este mundo? Y ¿qué encontraré en este cerebro marchito y vacío que valga la pena de ser escrito?

¿Por qué no? Si bien a mi alrededor todo es monótono y descolorido, ¿no hay en mí una tempestad, una lucha, una tragedia? Esta idea fija que me posee, ¿no se me presenta a cada hora, a cada instante, bajo una forma nueva, cada vez más horrible y más sangrienta a medida que se acerca el día? ¿Por qué no habría de intentar decirme a mí mismo todo lo que encuentro de violento y de desconocido en la situación abandonada en que me hallo? En verdad, la materia es rica; y, aunque mi vida haya sido abreviada, aún habrá en las angustias, en los terrores, en las torturas que la llenarán hasta la última hora, con qué gastar esta pluma y secar este tintero. Además, la única manera de sufrir menos estas angustias es observarlas, y describirlas me distraerá.

Por otra parte, tal vez lo que pretendo escribir no sea inútil. Este diario de mis sufrimientos, hora tras hora, minuto tras minuto, suplicio tras suplicio, si encuentro las fuerzas para llevarlo hasta el instante en que me sea físicamente imposible continuar, esta historia de mis sensaciones, necesariamente inacabada pero tan completa como sea posible, ¿no llevará consigo una enseñanza grande y profunda? ¿No habrá, en el atestado de mi pensamiento agonizante, en esta progresión de dolores siempre creciente, en esta especie de autopsia intelectual de un condenado, más de una lección para los que condenan? ¿Podrá quizá esta lectura volver menos ligera la mano cuando de nuevo se trate de hacer rodar una cabeza que piensa, una cabeza de hombre, en eso que llaman la balanza de la justicia? ¿Será posible que estos infelices no hayan reflexionado nunca acerca de la lenta sucesión de torturas que encierra la expeditiva fórmula de una sentencia de muerte? ¿Acaso se han detenido jamás en esta poderosa idea: que hay en el hombre que suprimen una inteligencia, una inteligencia que había contado con la vida, un alma que no se había dispuesto para la muerte? No. No ven ellos en todo esto más que la caída vertical de una cuchilla triangular, y piensan sin duda que para el condenado no hay nada antes, nada después.

Estas páginas los desengañarán. Si un día son publicadas, harán que su mente se detenga algunos instantes sobre los sufrimientos del espíritu; pues son éstos los que ellos no llegan a sospechar. Se sienten triunfantes de poder matar casi sin que el cuerpo sufra. ¡Porque es de eso de lo que se trata! ¡Qué cosa es el dolor físico junto al dolor moral! ¡Horror y piedad, leyes hechas así! El día vendrá, y quizá estas memorias, los últimos confidentes de un miserable, habrán contribuido a ello…