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Un artista del hambre es un relato corto publicado por Franz Kafka en 1922 en la revista literaria Die neue Rundschau. Su protagonista es una arquetípica creación de Kafka, un individuo marginado y victimizado por la sociedad. La historia detalla la decadencia y muerte de un artista ayunador profesional de un circo que se muere de hambre en una jaula ignorado sistemáticamente por el público.
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Seitenzahl: 27
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Franz Kafka
Un artista del hambre
Ilustraciones de
En las últimas décadas ha disminuido mucho el interés por los artistas del hambre. Mientras que antaño merecía la pena organizar por cuenta propia grandes exhibiciones de este tipo, hoy resulta completamente imposible. Eran otros tiempos. Entonces la ciudad entera se entretenía con los artistas del hambre: con cada día de ayuno aumentaba el interés, todos querían ver al artista del hambre al menos una vez al día; las últimas jornadas había abonados que se pasaban horas enteras sentados delante de la pequeña jaula, incluso se hacían visitas por la noche para aumentar el efecto a la luz de las antorchas. Los días que hacía bueno sacaban la jaula al aire libre y entonces al artista del hambre se exhibía especialmente para los niños; mientras que para los adultos a menudo no era más que una diversión en la que participaban porque estaba de moda, los niños, asombrados y boquiabiertos, agarrándose de la mano unos a otros por seguridad, veían cómo el artista, sentado en la paja esparcida por el suelo, despreciando incluso una silla, pálido, con su maillot negro y las costillas muy marcadas, respondía a las preguntas con una sonrisa forzada, asintiendo a veces cortésmente con la cabeza, incluso sacando el brazo por entre los barrotes para que pudieran percibir su delgadez; pero luego volvía a sumirse en sus pensamientos, sin preocuparse de nadie, ni siquiera de las campanadas, tan importantes para él, del que era el único mueble de su jaula, el reloj, sin dejar de mirar al frente con los ojos casi cerrados y, de vez en cuando, beber un sorbito de un diminuto vaso de agua para humedecerse los labios.
Además de los espectadores que iban y venían había también unos vigilantes permanentes, elegidos por el público, por lo general curiosamente carniceros que, siempre de tres en tres, tenían como cometido observar día y noche al artista del hambre para que no tomara algo de alimento en secreto. Pero esto no era más que una formalidad, introducida para tranquilizar a las masas, pues los que estaban al corriente sabían de sobra que el artista del hambre nunca, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera bajo presión, habría comido lo más mínimo durante el ayuno: el honor de su arte lo prohibía. Claro que no todos los vigilantes eran capaces de comprenderlo, de vez en cuando había grupos de vigías nocturnos que llevaban a cabo su guardia de manera muy laxa, sentándose todos juntos intencionadamente en un rincón lejano y sumiéndose allí en su juego de cartas, con la evidente intención de conceder al artista del hambre un pequeño tentempié que, en su opinión, sacaría
