Un bello amor - Susan Meier - E-Book
SONDERANGEBOT

Un bello amor E-Book

Susan Meier

0,0
3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¡Ayuda! Se necesita niñera… A Matt Patterson, empresario de éxito, no lo llamaban el Hombre de hielo por nada. Había levantado su empresa multimillonaria a base de frías tomas de decisiones y de su reputación de despiadado. Pero ahora se enfrentaba a un nuevo reto: ¡la paternidad! Con la custodia de la preciosa Bella, Matt se sentía más cómodo en una sala de juntas que cambiando pañales. Por suerte, la trabajadora social Claire Kincaid accedió a ejercer de mamá de manera provisional. Las familias felices nunca habían entrado en los planes de Matt, pero Claire y la pequeña Bella estaban abriéndole los ojos a una vida que el dinero jamás podría comprar…

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 217

Veröffentlichungsjahr: 2013

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.

UN BELLO AMOR, N.º 89 - Agosto 2013

Título original: The Billionaire’s Baby SOS

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. con permiso de Harlequin persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3482-8

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

Todas las ornamentadas puertas paneladas frente a las que había estado Matt Patterson en su vida no le habían resultado tan intimidatorias como la simple puerta de madera marrón que tenía delante.

Agencia de Adopción Dysart.

Se le encogió el pecho, las manos le empezaron a sudar y se le secó la boca.

Aun así, él jamás eludía ninguna responsabilidad, y por eso abrió la puerta y entró.

Paredes forradas de madera, un mostrador de recepción vacío y un aroma a talco lo recibieron, como también lo hizo el sonido de las risas de un bebé. Agudos y llenos de alegría, las risitas y los gritos de felicidad de la pequeña recorrían el pasillo.

Se apostaba lo que fuera a que se trataba de su bebé.

Su bebé.

¡Eso sí que iba a coartar su vida amorosa!

Y sus viajes.

Y a sus empleados.

¡Dios mío! Al ama de llaves, la señora McHenry, le daría un ataque cuando se enterara de que iban a tener que añadir una habitación para la bebé y una cuidadora a su, ya de por sí, ajetreada casa.

Siguió el sonido de las risas hasta un despacho al final del corto pasillo. De espaldas a él, una mujer delgada sostenía al bebé en su brazo. Su brillante pelo castaño estaba recogido en un pulcro y profesional moño y su vestido rojo recorría sus curvas como un deportivo italiano tomaba las curvas en Le Mans.

–No sé por qué, pero siempre me había imaginado a las mujeres que trabajan en agencias de adopción como señoras mayores con el pelo gris y blusas blancas horteras.

El bebé dejó de reírse y la mujer que había junto a la ventana se giró.

Por primera vez desde que podía recordar, Matt se quedó sin habla.

Unos enormes ojos marrones dominaban ese rostro y unos pómulos altos servían de escaparte para una bonita nariz respingona y unos carnosos labios.

–¿Puedo ayudarle?

Él entró lentamente y con interés renovado. Era exactamente la clase de mujer con la que se tomaba una copa de vino y cenaba, a la que seducía y después dejaba regalándole una pulsera de diamantes. Pero antes de poder abrir la boca para flirtear, el bebé chilló. Bella. La hija de Oswald y Ginny. Ahora suya, porque había accedido a ser el padre de la bebé de su exmujer.

Lo invadió la tristeza. Ese mismo día, pero una semana antes, Ginny le había llamado para quedar para cenar cuando él volviera a Boston, pero ahora Oswald y ella habían muerto. Jamás volvería a ver la bonita sonrisa de Ginny ni a oír la simpática risa de Oswald. Había perdido a su exmujer, a quien quería, y a su nuevo marido, de quien se había hecho gran amigo.

Bella volvió a chillar. La mujer la miró y, de pronto, lo miró a él sorprendida.

–Soy Claire Kincaid, la trabajadora social de Bella. ¿Es usted Matt Patterson?

Metiéndose las manos en los bolsillos de su traje hecho a mano, entró en la sala.

–Sí.

–Dios mío, en cuatro días Bella apenas ha reaccionado ante nadie. Ni siquiera llora. Come y duerme y se ríe cuando le hago cosquillas, pero usted es la primera persona a la que habla.

–¿Habla? Pues a mí me ha parecido un grito.

La mujer se rio.

–Gritando es como hablan los bebés.

Sus preciosos ojos marrones resplandecieron de diversión y él sintió un cosquilleo en el estómago. Era increíblemente bella.

–Me conoce –se detuvo–. Un poco.

–¿Porque es usted amigo de sus padres?

Matt asintió y dio un discreto paso hacia la mujer y hacia la niña que, con su pelo oscuro y sus ojos azules, se inclinó hacia él animándolo a tomarla en sus brazos.

Sorprendido, retrocedió, y la sonrisa de Claire Kincaid se desvaneció.

–Quiere ir con usted.

–Sí. Y tengo la intención de cuidar de ella, pero yo...

Se detuvo y respiró hondo. Su instinto insistía en que tenía que flirtear con esa bella mujer. Su cerebro, sin embargo, le recordaba que no se trataba de un viaje de placer y que sería mejor que su cabeza estuviera al mando. De cualquier forma terminaría con un bebé y no tenía ni la más mínima idea de qué hacer con ella.

–No puedo tenerla en brazos.

–¿Cómo dice?

Él se sacó las manos de los bolsillos y las levantó en un gesto de absoluta impotencia.

–No sé cómo hacerlo.

La mujer dio un paso hacia él.

–Es muy sencillo.

Su dulce y educada voz encajaban a la perfección con su perfecto rostro e hicieron que lo recorriera un cálido cosquilleo. Pero cuando avanzó un poco más, ofreciéndole a la pequeña, él retrocedió de nuevo.

–Es su bebé.

–Y me ocuparé de ella. La semana que viene –sacudió la cabeza–. No. Tampoco me viene bien. Tengo que ir a Texas para asistir a una reunión familiar...

La mujer lo detuvo sacudiendo la mano.

–No me importa si es el rey del mundo y tiene que recibir a la corte. Bella ahora es suya –acarició la espalda de la niña–. Además, no hay nada que temer. Es tan rica que cuidar de ella le saldrá de manera natural –le ofreció a la niña que, de nuevo, le echó los brazos.

Se puso de los nervios. Cuatro días antes se había enterado de que su exmujer había muerto y de que ahora era el tutor de la niña y entonces no le había entrado el pánico. Lo había asumido del mismo modo que lo asumía todo en la vida. Paso a paso. Pero con el bebé delante, de pronto todo le pareció muy real. Durante los próximos dieciocho años ese bebé sería suyo. Tendría que criarla y pasar por su infancia, por su época de preescolar, por la de la escuela elemental, la del instituto... por la adolescencia.

–Yo...

Quería tomarla en brazos, de verdad que sí, pero era el bebé de Ginny y Oswald. Un bebé que merecía que la quisieran y la mimaran. Y él no había querido ni mimado a nadie en... Bueno... ¡nunca! Por eso había perdido a Ginny. Él no era hombre de vino y rosas, de largos paseos por la playa y charlas por la noche. Y lo peor de todo era que las únicas personas que podían ayudarlo ahora mismo, sus empleados, no estaban en la ciudad.

–De verdad, ahora no puedo llevármela. He estado en Londres tres semanas. Al enterarme de lo de Bella he vuelto antes de tiempo, pero le había dado vacaciones a los empleados de mi casa durante las seis semanas que se suponía que estaría fuera y ahora mismo están en sitios como Aruba tomándose un más que merecido descanso. Aunque los llamara, no podrían volver antes del viernes –dijo con la mano en el pecho–, y no tengo ni la más remota idea de cómo cuidar a un bebé.

–¿No tiene sobrinos?

Él hizo una mueca de disgusto.

–No, y aunque los tuviera, digamos que no soy un hombre muy familiar.

Aunque Claire se puso recta como si estuviera a punto de arrojarle todo los fuegos del infierno, pasó una mano sobre la espalda de la niña con actitud protectora, como reconfortándola.

–¿Y ha accedido a ser padre de una niña sin tener la más mínima idea de cómo hacerlo?

–Accedí a ser un padrino. No sabía que eso implicaba ser el tutor del bebé si les sucedía algo a sus padres.

–¿Y cómo no iba a saberlo?

–En algunos círculos, eso del «padrino» es un término puramente honorario.

El bonito rostro de la mujer se suavizó.

–Pues, al parecer, sus amigos se lo tomaron muy en serio, porque en sus testamentos usted aparece como tutor de Bella.

–Sí, pero eso nunca me lo dijeron y no estoy preparado para esto.

–Aun así, tiene que quedársela.

Incredulidad y rabia ante semejante injusticia ardían en su interior. Ginny estaba muerta. Bella ahora era suya. Nada tenía sentido. Sobre todo porque no estaba cualificado para ello. No sabía tenerla en brazos, así que mucho menos cambiarle un pañal. Y era la última persona a la que deberían encargarle que la quisiera.

Bella comenzó a mostrarse inquieta y Claire Kincaid le acarició la mejilla para calmarla.

De pronto, la inspiración cayó sobre él, como una banda de ángeles cantando el Aleluya.

–A usted se le dan genial los niños. ¿Qué hace esta noche, señorita Kincaid?

–Llámeme Claire –apartó la mirada de él para estirar el cuello de la pequeña camisa rosa de Bella–. Y estoy ocupada.

Él entornó los ojos. ¿Ocupada? Era suficientemente guapa como para tener una cita un lunes por la noche. Si hubiera sido capaz de sostenerle la mirada, se lo habría creído.

–¿Así que estás diciendo que no quieres ayudarnos?

–Somos una agencia de adopción, no un servicio de niñeras –fue hacia su escritorio y sacó unas tarjetas de visita–. Pero aquí tienes nombres y direcciones de algunas agencias muy respetadas. En cualquiera de ellas podrías encontrar a una niñera fantástica.

Mientras Claire le ofrecía las tarjetas, Bella parpadeó lentamente. Sus largas y negras pestañas rozaron sus mejillas y volvieron a alzarse. Tenía sus preciosos ojos azules llenos de lágrimas, como si entendiera que estaban abandonándola de nuevo.

A Matt se le encogió el corazón. Siendo muy pequeño, con solo unos tres años, había sentido que Cedric Patterson, su padre, y él no encajaban, como si en su subconsciente siempre hubiera sabido que no era el auténtico hijo de Cedric y que no pertenecía a la familia Patterson. Aunque Bella era mucho más pequeña, estaba seguro de que en alguna parte de su subconsciente todo eso estaba quedando grabado. Podía ver en sus ojos que, a pesar de no comprender lo que estaba pasando, sentía miedo. Hacía una semana que no veía a sus padres y estaba sola. Asustada.

Y aunque no tenía sentido desde un punto de vista práctico, su bienestar emocional de pronto pasó a significar para él mucho más que la preocupación por un montón de pañales sucios.

Volvió a meterse las manos en los bolsillos.

–No quiero una niñera. Al menos, aún no. No quiero dejarla con una extraña.

Y ahora mismo Claire Kincaid era la única persona del mundo que no era una extraña para ella.

La miró fijamente y le dio la única solución factible.

–Te pagaré lo que quieras si pasas conmigo la próxima semana.

Claire sabía que la oferta era a cambio de sus servicios como niñera, pero su rostro se encendió y el estómago se le encogió. Matt Patterson tal vez no sabía cómo cuidar un bebé, pero no había duda de que era un tipo muy guapo. No era mucho más alto que ella, pero sí lo suficiente para que, incluso con tacones, tuviera que alzar la mirada. Su pelo era de un brillante castaño claro, corto, con un aspecto muy profesional, serio. Sus pícaros ojos verdes sonreían cuando sonreía él, y se volvían fríos y tempestuosos cuando no conseguía lo que quería. Pero alegres o tormentosos, siempre parecían estar calculando. Como si todo lo que ella dijera o hiciera fuera de vital importancia. Y cada vez que la miraba, un relámpago de atracción la recorría.

No había reaccionado ante ningún hombre en años y ¿ahora su cuerpo se había despertado? ¿Y ante ese tipo? ¿Un hombre que había dejado a su bebé con una agencia de adopción durante cuatro días? ¿Un hombre que no parecía querer llevarse a Bella todavía? ¿Estaba loca?

–Lo siento, pero como he dicho antes, somos una agencia de adopción, no un servicio de niñeras.

Él dio un paso al frente, lentamente, acelerándole el pulso. El modo en que la miraba, todo lo que hacía, resultaba muy masculino.

–Pero se te da muy bien cuidarla.

Ella dio un paso atrás.

–Sí, bueno, me encantan los niños.

–Eres más que alguien a quien le encantan los niños –mirándola a la cara añadió frunciendo el ceño–: Apuesto a que entraste en este trabajo porque en algún momento fuiste niñera –la miró con más intensidad todavía–. Probablemente cuando estabas en la facultad, lo cual no sería hace mucho tiempo.

El corazón de Claire se estremeció. Estaba tan cerca que solo tenía que levantar la mano para tocarlo, y por alguna extraña razón, ansiaba hacerlo y sentir su piel. Con toda la atención de ese hombre centrada en ella, su cuerpo repiqueteó.

¡Estúpidas hormonas!¿Por qué les había dado ahora por despertar?

Tragó saliva y dio un paso atrás.

–Durante mis primeros tres años en la universidad me mantuve trabajando como niñera. Mi pasado no tiene ningún oscuro y profundo secreto.

Él sonrió. Sus carnosos labios se alzaron hacia arriba y sus ojos verdes se iluminaron.

–Qué pena. Una mujer tan preciosa como tú debería tener un secreto. Te hace misteriosa e... –su sonrisa aumentó– interesante.

Ella se ruborizó y una intensa atracción en forma de cosquilleo le recorrió la espalda. Maldita fuera, ¡era guapísimo! Y encantador. Pero no olvidaba lo que había sucedido la última vez que había tenido una relación con un hombre encantador. La relación había terminado mal, le había roto el corazón y le había hecho pasarse cinco largos años huyendo de los hombres.

Le puso en la mano las tarjetas de los servicios de niñeras.

–El abogado de los padres de Bella contrató a la Agencia de Adopción Dysart para que la cuidáramos hasta que tú llegaras. Y ya has llegado. Nuestra responsabilidad termina aquí.

Él cerró los ojos con fuerza.

–Bien.

Negándose a doblegarse ante la impotencia que captó en su voz, adoptó una actitud de lo más profesional.

–¿Tienes silla para el coche?

–Mi chófer ha comprado una y la ha instalado.

Sin soltar a Bella, ella se agachó y agarró la bolsa que había sobre el escritorio.

–Genial –se la dio–. Estas son todas las cosas que ha necesitado durante los cuatro días que la he tenido en mi apartamento. Imagino que habrá más cosas en la casa de sus padres.

–¿Cosas?

–Una cuna, una trona, una hamaca, las cosas que necesita para su vida diaria –con energía y decisión, salió del despacho y recorrió el pasillo esperando que él la siguiera–. Os acompañaré al coche y te ayudaré a ponerla en la silla.

Cuando llegó a la puerta de la oficina, él la abrió y la siguió hasta afuera, pero sin decir ni una palabra. Tampoco dijo nada en el ascensor, donde sus hombros se rozaron contra los de toda la gente que había dentro. La recorrió una sensación, como una corriente eléctrica.

Con toda la discreción posible, lo miró y vio esos angulosos pómulos, esos atractivos ojos verdes. ¡Qué guapo era! Pero ya había conocido a otros hombres guapos y nunca se había sentido así. Tenía poder, aunque a ella nunca la había atraído el poder especialmente. Aun así, tenía algo que la atraía mientras que él parecía no inmutarse por ella. Sí, había flirteado un poco, pero eso había sido solo porque quería que lo ayudara. Estaba claro que la atracción no era mutua.

Respiró hondo, contenta de ver que se alejaría de él. En dos minutos ese hombre se marcharía y ya no tendría que preocuparse por decir o cometer alguna estupidez solo porque sus hormonas insistieran en que Matt Patterson y ella deberían... deberían... Bueno, ya sabía lo que querían sus hormonas.

Y eso estaba mal. ¡Apenas había salido con nadie desde aquel gran error que cometió el último año de universidad al enamorarse de uno de sus profesores! Habían tenido una aventura secreta que había empezado de maravilla y había terminado cuando él la humilló presentándole a su esposa en la graduación. Ahora, mirando atrás, comprendía que debía haber visto que estaba casado ya que la había apartado de sus amigos, había insistido en que se vieran en su casa a pesar de que se burlaba de su pequeño apartamento y nunca la había llevado a ningún sitio público. Pero la soledad tras la muerte de su padre la había dejado vulnerable, necesitada y no se había percatado de esas señales.

Razón por la que, durante los últimos cinco años, había sido una mujer en constante control de sus emociones. Jamás sería tan tonta de enamorarse tan rápida y locamente como para dejar que un hombre la pisoteara. Sentirse tan abrumadoramente atraída por un hombre al que no conocía era tan impropio de ella que la asustaba.

Sonó la campana del ascensor y, cuando cruzaron el vestíbulo del edificio, él empujó la puerta indicándole que saliera a la fresca tarde de finales de Septiembre. Salió tras ella a la abarrotada calle de Boston y se detuvo delante de la limusina negra aparcada ahí. Un hombre uniformado corrió hacia la puerta trasera y la abrió.

Claire miró dentro. Había una barra y una televisión frente a un asiento blanco curvado de piel sobre el que había instalada una sillita de bebé.

Rápidamente le pasó la niña a Matt Patterson; tan rápidamente que él no tuvo tiempo de protestar y sus dedos ni se rozaron.

–Me voy a meter dentro y después me pasas a Bella. La sentaré en la silla y así podréis marcharos.

Entró y él le pasó a Bella. Claire la sentó en la silla y le abrochó los seguros. Al salir, miró el precioso rostro del bebé. Ojos azules. Nariz respingona. Boquita en forma de corazón.

Se le encogió el corazón. Había pasado con esa niña cuatro días, las veinticuatro horas completas, cuidándola, jugando con ella para ayudarla a aceptar su nueva situación. Se había pasado noches paseándose por su apartamento, acunándola mientras lloraba porque echaba de menos a sus papás.

La primera noche había llorado tanto que Claire había llorado con ella. Un bebé no podía aceptar o entender la muerte. Lo único que la pequeña sabía era que echaba de menos a su mamá y por eso había buscado desesperadamente consuelo en sus brazos.

Tragó saliva. Ese pobre bebé jamás volvería a ver a su madre, al igual que Claire no había visto a la suya después de que muriera.

Se llevó la mano a la boca. ¿Cómo podía dejar a esa ricura con un hombre que no sabía cuidarla?

No podía.

Salió de la limusina y, aún temblando de miedo, miró a Matt Patterson a la cara y extendió la mano.

–¿Tienes una tarjeta de visita?

–Sí –respondió él frunciendo el ceño.

–¿Lleva la dirección de tu casa?

–¿Es que piensas hacer alguna especie de inspección por sorpresa?

–Voy a cerrar la oficina y después me reuniré con vosotros en tu casa.

Él sonrió y esos preciosos ojos verdes se iluminaron con tanto placer que ella sintió un cosquilleo en el estómago.

–¿Vas a ayudarme?

¡Que Dios la ayudara a ella!

–Esta noche, sí, para que te adaptes. Después te quedas solo.

Capítulo 2

El movimiento del coche meció a Bella hasta dormirla y así estuvo durante todo el camino a casa. Pero cuando Jimmy, el chófer de Matt, detuvo la limusina para introducir el código que abría el enorme portón de hierro de acceso a su propiedad, la bebé se despertó y miró a su alrededor adormilada. Hizo un puchero, arrugó la nariz y soltó un alarido que recorrió a Matt como si fuera un gélido viento.

Haciendo como si no se hubiera percatado, Jimmy condujo por el camino de baldosas marrones mientras los gritos de la pequeña llenaban la parte trasera de la limusina. La niña no pudo ver que los jardines estaban cuidados a la perfección, o que las hojas de los árboles habían empezado a cambiar de color y que unos tonos rojizos, amarillos y naranjas los guiaron hasta la puerta de la mansión de piedra.

Y tampoco le importó que Matt dijera:

–Shh, shh, por favor, deja de llorar.

Porque ella, simplemente, siguió llorando.

Jimmy apareció en la puerta trasera y la abrió con una mueca de espanto.

–¡Vaya par de pulmones!

–Y tanto –respondió Matt sonriendo con tristeza–. ¿Tú no sabrías cómo...? –se detuvo–. ¿Hacerla callar?

Jimmy dio un paso atrás.

–No, señor. Soy un soltero redomado. Estoy felizmente soltero y no tengo madera de papá.

Recordando lo que Claire le había preguntado, le preguntó:

–¿No tienes sobrinos?

–Varios, pero no me relaciono con ellos hasta que son lo suficientemente mayores como para ir al baño solos y entrar en los casinos de Atlantic City.

Él suspiró.

–Un plan excelente –su plan. Hasta que las circunstancias habían cambiado.

Los sollozos de Bella iban en aumento y tuvo que alzar la voz para poder hablar por encima de su llanto.

–¿Y cómo la metemos en casa?

Jimmy dio otro paso atrás.

–Lo siento, eso no entra en mi trabajo. Es más, creo que iré a asegurarme de que hay sitio en el garaje para la limusina.

Salió corriendo y Matt puso mala cara. ¿Que iba a ver si había sitio en el garaje para la limusina? ¡Menuda excusa!

Se giró hacia la niña.

–Bueno, ¿qué? ¿Quieres comida? ¿Un biberón? ¿Un poco de whisky?

Sabía que eso último no lo querría, pero el terror que le recorría la sangre en ese momento hacía que se sintiera mareado y confundido. A él sí que le apetecería un whisky, aunque sabía que no lo tomaría y que, tal vez, no volvería a hacerlo hasta que esa niña cumpliera los dieciocho.

Con Bella llorando a su lado, vio que tenía dos opciones: quedarse sentado en esa limusina hasta que llegara la mujer de la agencia de adopción, o sacar a Bella del coche y meterla en casa.

Un frío viento soplaba contra el coche y se coló por la puerta abierta. Unas cuantas gotas comenzaron a salpicar el techo de la limusina y, al instante, la lluvia cayó con fuerza.

–¡Mierda!

Cerró la puerta de golpe. Los sollozos de Bella resonaban a su alrededor.

De pronto Jimmy apareció.

–¡Vamos a meter esto en el garaje!

–Buena idea.

El sonido del llanto de Bella competía con el tamborileo de la lluvia sobre el techo creando un horrendo estruendo. Matt cerró los ojos con fuerza, los abrió de golpe y miró a Bella.

–Vamos, pequeña. Me has reconocido en el despacho de la agencia –se llevó la mano al pecho–. Soy amigo de mamá.

El llanto de la niña no hizo más que aumentar cuando entraron en el garaje y estar en el interior pareció hacer que el sonido retumbara por las paredes y resonara en su interior.

La miró a la cara. Unos pequeños ojos azules empapados en lágrimas y tristes. La nariz roja. Los labios temblorosos.

Se frotó la boca. No podía quedarse ahí sin más, ¡tenía que hacer algo!

Al ver que Jimmy se había esfumado en cuanto había aparcado la limusina, agarró el cinturón de la sillita. Cuando la sacara del coche, la metería en casa y tal vez el movimiento al caminar la calmaría, ¿no?

Sin embargo, al quitarle todas las sujeciones, Bella se fue hacia delante y, al caer contra su pecho, la pequeña apoyó su húmedo rostro en su traje de seda.

Matt refunfuñó.

La niña se aferró a él y, sirviéndose de las solapas de su traje, se alzó hasta acurrucarse contra su cuello.

A él se le hizo un nudo en el pecho ante semejantes emociones encontradas. El miedo y la tristeza batallaban entre sí. No sabía qué hacer con esa niña, no tenía la más mínima idea de cómo meterla en casa. Pero la compasión pudo más que el miedo. Estaba sola. Perdida. Y él sabía lo que era estar solo y perdido, aunque en su caso también podría añadir lo que era sentirse rechazado.

La mañana siguiente a su legendaria pelea, Cedric tal vez habría retirado su amenaza de echar a Matt de casa, pero se habían dicho demasiadas palabras, y muy duras todas ellas. Hasta el momento, Matt había llamado «papá» a Cedric, había creído que eran de la misma sangre, pero en aquella terrible pelea, Cedric había soltado el gran secreto familiar.

Matt y su hermana melliza no eran sus hijos. Su madre ya había estado casada antes. Había dejado a su primer marido sin saber que estaba embarazada y, tras enterarse, Cedric lo había aceptado y había criado a los niños como si fueran suyos.

Eso explicaba por qué Matt siempre había sentido una distancia existente entre Cedric y él, siempre había sentido que no tenía un hogar, que no ocupaba un lugar pleno en la familia...

Miró a Bella. Huérfana. Sola y con un tipo que ni siquiera sabía cómo hacer que dejara de llorar y que, mucho menos, sabría cómo darle de comer. Seguro que la pequeña había oído la conversación que había tenido con Jimmy sobre no querer hijos y, aunque sabía que en un sentido lógico la niña no podía haber entendido ni una palabra, en un sentido emocional seguro que lo había grabado todo.

¿Se sentiría rechazada?

Apretó los labios y cerró los ojos. Se le encogió el pecho de arrepentimiento y los abrió de nuevo, agarró a Bella por debajo de los brazos y la alzó hasta que quedó a la altura de su cara.

–Siento todo lo que te ha pasado en los últimos días –cerró los ojos de nuevo y su propio dolor por la pérdida de Ginny y Oswald lo abrumó–. Lo siento mucho. Yo también voy a echar de menos a tu mamá, pero ahora eres mía y eso significa algo.