Un instante en el tiempo - Shari Low - E-Book

Un instante en el tiempo E-Book

Shari Low

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Beschreibung

A veces, las mejores sorpresas esconden los secretos más inesperados. Después de tres décadas de matrimonio, Brenda Jones ha tomado una decisión: dejar a su marido. Lo hará en cuanto regresen de un misterioso viaje organizado por sus hijas, Zara y Millie. Sin embargo, Brenda ignora que el viaje los llevará a Las Vegas para revivir el día de su boda. Para completar la sorpresa, Zara intenta localizar a unos antiguos amigos que aparecen junto a sus padres en una fotografía de 1993, una búsqueda que la conduce hasta Aiden Gregg, el hijo de la pareja, un hombre con el corazón roto que no imagina que aceptar esa invitación cambiará su vida para siempre. Porque lo que ocurrió hace treinta años no fue solo una boda. Fue un instante que lo cambió todo. De la autora superventas número 1 de novelas feel-good y con más de un millón de ejemplares vendidos.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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Shari Low
Un instante en el tiempo
¿Y si un solo error lo cambiara todo?
Traducción de Isabel Fuentes

A Jan Johnston y Lyndsay MacAlister, por Las Vegas,los cócteles, un millón de cafés y años de risas…Y a mi amor, John, y a nuestra familia, que lo son todo,siempre.

Prólogo

Las Vegas, 19 de mayo de 1993

Elvis extendió los brazos a ambos lados, haciendo que las borlas que colgaban de su chaqueta de cuero blanco temblaran. La capilla ElvisLoves Me Tender de Las Vegas era su escenario de paredes blancas adornado con flores de plástico, y las cuatro personas que tenía delante eran su público.

—¿Acepta usted, BrendaDorisFulton —cantó, con una voz algo menos impresionante que la del hombre que había sido ElvisAaronPresley—, a este hombre, ColinJones… —aquello desató un estrépito de panderetas entre las tres coristas vestidas de rosa que se encontraban a la izquierda de Elvis y que, según el cartel publicitario, se llamaban las Chapelettes— para ser su hunkahunkaburninglove y su esposo hasta su último día en la Tierra?

—Sí, acepto —susurró Brenda, con lágrimas en los ojos, y no solo porque los tubos fluorescentes que brillaban sobre ellos le estaban provocando una jaqueca.

Su respuesta puso otra vez en movimiento las panderetas, y exclamaciones de «¡Alabado sea!» resonaron entre las Chapelettes.

—¿Y acepta usted, ColinJones, a esta mujer, BrendaDorisFulton, como su esposa, y promete amarla tender hasta el día en que muera?

Colin la miró a los ojos, y Brenda pudo ver muchas cosas en ellos. Amor. Miedo. Inseguridad. Incomodidad, porque en la capilla no había aire acondicionado y, ya fuera por el calor, o por la ocasión, él estaba sudando como un corredor de maratón. Bajo el sol del mediodía. Y con un jersey de lana.

—Sí, acepto.

—Entonces, por los poderes que me han sido concedidos por Viva Las Vegas, Nevada y el Señor, How Great Thou Art, yo os declaro marido y mujer. Que nunca os sintáis solos por la noche ni tengáis suspicious minds. Amén.

Los primeros compases de «The Wonder of You» surgieron de un estéreo con luces en la esquina, y Elvis y sus Chapelettes cantaron dos estrofas y el estribillo mientras Colin y Brenda volvían a recorrer el pasillo.

Ya habían firmado todos los formularios y pagado la ceremonia antes de que comenzara —presumiblemente por si cambiaban de opinión y Elvis se quedaba sin su pasta—, así que simplemente empujaron la pesada puerta de madera y salieron tambaleándose a la noche húmeda y pegajosa de Las Vegas.

Y fue entonces cuando cayeron en la cuenta.

Brenda, con un vestido blanco de verano, fue la primera en hablar.

—Colin… —susurró, cruzando la mirada con él y sintiendo una timidez poco habitual. Llevaba tres años con aquel hombre y, sin embargo, ahora se sentían como extraños—. ¿Qué hemos hecho?

Si buscaba algo de consuelo o una sugerencia inspiradora, estaba buscando en el lugar equivocado.

—Ni puñetera idea, Brenda. Y no tengo ni idea de qué vamos a hacer ahora.

Capítulo 1

Zara

Marzo de 2023

—¿Qué tal va por ahí, inspector Gadget? ¿Ya lo has localizado? —preguntó Millie, que entró desde la tienda delantera como si flotara, con tres cubos de hortensias blancas para los centros de mesa de la boda de los Miller de esa noche. Era una boda a las seis en uno de los hoteles más pijos de la ciudad, así que tenían que quedar perfectos.

Al alzar la vista del portátil en la esquina del taller, Zara se recreó en la visión de su hermana pequeña, siempre tan impecable. Incluso a las nueve de la mañana, con su atuendo deportivo de rutina (irónico, porque habría que sobornarla con dinero y vino para que se acercara a un gimnasio), Millie rezumaba elegancia y guapura, con sus rizos oscuros en tirabuzón, su culo tonificado y los hoyuelos de CherylTweedy. Zara, en cambio, con el pelo rubio recogido en un moño deshecho sujeto por un lápiz, las raíces de tres meses, su peto vaquero y sus Doc Martens, puntuaba algo bajo en la escala de la moda. O, como Millie lo clasificaba a menudo, un estilo de carpintera chic.

—Sigo buscando, pero creo que he encontrado un candidato —dijo Zara, sacándose el lápiz del pelo, y sus ondas bajaron chirriando hasta los hombros, luchando con desgana contra el medio bote de champú seco con que las había acribillado esa mañana. Por lo general, solo los lunes tocaba madrugón a las cinco para ir al mercado de flores de Glasgow y abastecerse para la semana en BloomingSisters, su floristería en el West End de la ciudad. Pero aquella mañana había sido necesaria una visita de viernes antes de amanecer para recoger las flores extra de los eventos del fin de semana, así que la melena con volumen estaba al final de la lista de prioridades. Especialmente porque había tenido que ir sola, ya que Millie no había vuelto de donde fuera que había pasado la noche.

Una de las mejores cosas de su tienda era que también eran dueñas del piso de dos habitaciones de arriba. El piso había sido un gran plus cuando buscaron el local. Para empezar, les venía de perlas para las noches largas y las madrugadas en el trabajo y, además, así no pagaban una hipoteca o un alquiler aparte para vivir.

Trabajar juntas y vivir juntas podría ser un problema para algunas hermanas, pero la realidad era que fuera del horario laboral rara vez coincidían. El novio de Zara, Kev, acudía allí y los dos se apoltronaban delante de la tele. Millie, en el extremo opuesto de la piscina genética, tenía una vida social trepidante. Si había jarana en algún punto de la ciudad, su hermana acabaría allí y, para colmo, regresaba al alba, se daba una ducha rápida, café, y bajaba las escaleras con pinta de haber vuelto de una semana rejuvenecedora en la playa. Si Zara no quisiera tanto a su hermana, su autoestima la habría obligado a desheredarla hace años.

—A ver, a ver —canturreó Millie, dejando con cuidado las flores sobre la enorme mesa de acero que presidía la trastienda, junto a las cajas de lirios que Zara había descargado dos horas antes, al volver del mercado.

El taller-oficina tenía suelos de hormigón, paredes blancas y estanterías del suelo al techo repletas de herramientas, enrejados, malla gallinera, jarrones y flores. La larga mesa central de acero la habían comprado de segunda mano en una subasta del equipamiento de un almacén de preparación de comida. La estancia era un contraste caótico con la belleza vintage de la tiendecita frontal, amueblada en un estilo shabby-chic y con sofás de terciopelo. Tilly, una de sus empleadas a tiempo parcial, estaba al frente, lo cual era de agradecer porque iban a necesitar las próximas cinco horas para preparar los arreglos de una entrega a las tres en el hotel. Se les venía un día largo.

Como siempre, Millie no podía acercarse al escritorio del rincón sin comentar el modelito de su hermana.

—Interesante elección de moda. ¿Casa Petos?

Zara la ignoró, echándose hacia atrás para que su hermana viera bien la pantalla. Una página de Facebook les devolvía la mirada.

—GaryGregg. ¿Sabes cuántos GaryGreggs hay? En realidad, no tantos, pero ninguno de los de Reino Unido tenía la edad correcta. Probé con Canadá, Australia y Nueva Zelanda, porque allí es donde siempre encuentra a la gente NickyCampbell en Long Lost Family. Pero ni flores. Ni siquiera una posible coincidencia. Este, sin embargo, tiene papeletas, aunque vive en Carolina del Sur.

—¿Has estado bebiendo? —preguntó Millie—. El colega de papá era de Paisley. ¿Qué iba a hacer en Carolina del Sur?

Zara siguió bajando con el cursor.

—Ni idea, pero este tipo tiene más o menos la edad de papá, y mira…

Señaló la pantalla con toda la convicción y el triunfo de quien acaba de cazar a un asesino en serie. Solo había dos publicaciones en su perfil. En una salía un cincuentón de mandíbula cuadrada, trajeado y guapo, sonriendo a la cámara; en la otra, el mismo tipo con una camiseta, sentado en un jardín.

Millie frunció el ceño.

—¿Qué? ¿Que tiene un cortacésped? No son patrimonio exclusivo de los escoceses. Tiene su punto atractivo, eso te lo concedo. Se nota que conoce el press de banca.

—No sé para qué me molesto. Mira el brazo.

Zara usó el lápiz para señalar la pantalla y vio en Millie la misma reacción que había tenido ella. Mirada fija. Caer en la cuenta. Sonrisa.

A simple vista apenas se percibía, pero estaba ahí: el rectángulo diminuto, con líneas diagonales entintadas en su interior.

—Una cruz de San Andrés —dijo Millie, con la emoción creciente mientras examinaba la bandera escocesa tatuada en el bíceps del caballero. No era grande y se veía desvaída, como si se la hubiera hecho de joven—. Qué buena eres. Muy bien, hermana. Si la floristería se va al garete, quizá tengas futuro como investigadora privada.

Zara hizo una reverencia triunfal y luego sostuvo una foto de hace treinta y pico años junto a la pantalla: una Polaroid algo granulada con cuatro veinteañeros, dos mujeres y dos hombres, bajo el icónico cartel de «Welcome to Las Vegas». En la franja blanca de abajo figuraban cuatro nombres: ColinJones, BrendaFulton, GaryGregg, EileenSmith. Y el comentario: «¡Mejores amigos de gira, Las Vegas, 1993!».

—Sigo sin superar lo jóvenes que están en esta foto. Qué raro que se casaran siendo más jóvenes que nosotras ahora. ¿Qué tendrían? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco?

Millie asintió.

—Sí. Y nosotras apenas somos capaces de comprometernos con una suscripción de Netflix.

Zara soltó una risita, porque, como siempre, su hermana no iba desencaminada.

—Con EileenSmith me he rendido, porque hay a patadas en las redes y he pensado que no merece la pena: seguramente esté casada y use otro apellido. Pero este tío… Es él, ¿verdad?

Ambas clavaron los ojos en el hombre del extremo derecho de la foto, hombro con hombro con su padre, y luego los llevaron a la imagen de la pantalla.

—Es él —proclamó Zara, respondiéndose sola—. Estoy segura. Segurísima. Al cien por cien. Vale, al setenta y cinco, pero tiro para delante si a ti te parece.

Millie frunció sus labios perfectos, realzados con un poquito de relleno, pero aún naturales.

—Yo diría que al cincuenta, pero merece la pena intentarlo.

—Vale, allá voy.

El arranque de decisión de Zara fue tan brusco que casi volcó el café a medias que tenía a la izquierda del portátil y soltó un gritito al atraparlo.

—¡Mierda! Por poco. Perder un portátil por un capuchino fue un descuido; dos ya sería…

—Totalmente acorde con tu torpeza general —le remató la frase Millie.

Zara la ignoró. En gran parte porque tenía razón. A veces trabajar con alguien que te conoce de toda la vida tiene sus contras. El hecho de que su hermana pequeña hubiera presenciado casi todos los percances de, como mínimo, veintisiete de los veintiocho años de Zara, y no solo los recordara, sino que además supiera envolverlos en una historia desternillante para todo el mundo excepto para Zara era la cruz de su existencia. No, la señora Bassett, que se pasaba cada dos viernes a por una docena de claveles, no necesitaba saber que Zara, con diez años, se había caído de morros en un recital de ballet, se había fracturado la muñeca y desde entonces la llamaban Cisne Roto. Ni que, siendo menor, en su primera salida por los bares del centro, con diecisiete años y un carnet de identidad falso, había acabado la noche cayéndose de sus zapatos de plataforma y estampándose de cara en un kebab. Ni —ay, los ojillos vidriosos— que su primer intento de perder la virginidad unas semanas después se había abortado porque, de algún modo, consiguió pillarle el pene a su novio con la cremallera de sus vaqueros. A los tres segundos pasó a ser su exnovio. Sobra decir que Millie no presenció aquello en directo, pero Zara se lo soltó al día siguiente en pleno ataque de vergüenza y Millie respondió con su muy particular versión de la sororidad: se desternilló, rio hasta que le saltaron las lágrimas y luego sugirió que, en lo sucesivo, Zara se ciñera a chicos con bragueta de botones.

Apartando lejos la taza de café, Zara estiró los dedos y activó el paso uno de la operación Reencuentro en Las Vegas. Le dio a «Solicitar amistad» en el Facebook de GaryGregg y luego al botón de «Mensaje».

Estimado Gary:

Perdone que contacte con usted, pero espero que pueda ayudarme con una investigación que estoy haciendo para mi familia. Soy ZaraJones y confío en que reconozca los nombres de mis padres: Colin y BrendaJones.

Estoy intentando localizar al que fue el mejor amigo de mi padre en los ochenta y principios de los noventa, y que estuvo con ellos en su boda en Las Vegas en 1993. Esperamos que esa persona sea usted. También intentamos dar con la amiga de mi madre, Eileen, que también estuvo en Las Vegas con ellos.

El motivo de mi búsqueda es que mis padres celebrarán su trigésimo aniversario de boda el 19 de mayo y mi hermana Millie y yo…

A la espalda de Zara, Millie alzó el puño.

—¡Bieeen! He conseguido mención en Guerra y paz.

Zara pasó de la pulla y siguió tecleando con sus uñas cortas y sin esmalte.

… estamos planeando sorprenderles llevándolos de vuelta a Las Vegas para que renueven sus votos el día de su aniversario, en el mismo lugar donde se casaron.

Nos encantaría sorprender aún más a mamá y papá reuniéndolos con sus viejos amigos cuando lleguemos a Las Vegas. ¿Podría ponerse en contacto conmigo para charlar y confirmar si usted es la persona que buscamos? Mi número de teléfono es +44 141 093 2020.

Espero tener noticias suyas pronto.

Pulsó enviar, cruzó los dedos y lanzó una mirada al cielo. Estaba desesperada por que aquello saliera bien.

—Venga, hadas del romance, haced lo vuestro.

Zara vio que Millie ponía esa cara, la que avisaba de que estaba a punto de soltar un comentario de listilla. Y no se equivocaba.

—Sé de buena fuente —empezó Millie— que las hadas del romance solo escuchan a quien cree en cosas de índole romántica, así que quizá necesites un plan B.

—Sí creo en el romance —replicó Zara, fingiendo indignación—. Kev y yo llevamos nuestros buenos ocho años de cosas románticas.

Incluso mientras lo decía tuvo que contener la risa. A menos que darse atracones de la última serie de Netflix sobre asesinos en serie contara como pasatiempo del amor juvenil, ella y Kev probablemente no habían sido románticos desde… las navidades de 2016. Y porque él compró a la desesperada bombones de corazón en Tesco.

La mirada láser de Millie se posó en las partes bajas de Zara cubiertas en tela vaquera.

—¿Cuándo fue tu última depilación de ingles? Dímelo en años.

Zara puso los ojos en blanco. Vale, tenía razón. Pero apostaría su última maquinilla a que a Kev le daba lo mismo que hubiera ahí abajo tanta maleza como para requerir un cortacésped Flymo. No, no estaban locos de amor, pero eran mejores amigos. Eso era lo importante. Él era su persona favorita con quien caer redondos al final del día y no iba a aceptar lecciones sentimentales de una mujer cuya idea de compromiso a largo plazo era una segunda cita.

—Más o menos cuando tú estuviste por última vez en una relación monógama.

—Au, qué dolor —Millie se puso teatrera, llevándose la mano al pecho durante dos segundos, antes de que sus prioridades tomaran el mando—. Venga, vamos, que como no acabemos estos arreglos no salimos de aquí esta noche y estoy en la lista VIP de ese club nuevo que abre en George Street. Ya sabes, una discoteca, un sitio donde la gente va a bailar, beber y tomar decisiones irresponsables.

—Eso lo puedes hacer sin salir de nuestra cocina —bromeó Zara, mientras se levantaba de la silla y apretaba los glúteos en un intento de devolver la vida a sus nalgas entumecidas. Ya tocaba comprar una silla de oficina de verdad en vez de la vieja silla de madera que su abuela les donó cuando abrieron la tienda.

BloomingSisters era su empresa, su orgullo y su alegría, y la razón por la que se levantaban a horas indecentes. Zara adoraba cada ladrillo y cada aroma del lugar. En la moderna zona de Hyndland, en Glasgow, tenía un buen goteo de clientes, pero la especialidad de las hermanas y su mayor fuente de ingresos eran las flores para eventos: bodas, funerales, gender reveals, bailes de empresa, fiestas navideñas, programas de televisión… en resumen, cualquier sitio que necesitara carretas de flores primorosamente arregladas.

Cuando abrieron, Zara temió de verdad que en seis meses perderían el crédito, los ahorros y el dinero que sus padres les habían prestado. Por suerte, se equivocó. Ahora, cinco años después, las horas seguían siendo largas, la tienda pedía a gritos una caldera nueva y Zara no se había sacudido del todo ese pellizco de miedo a que todo se fuera a pique en cualquier momento, pero obtenían un beneficio saludable y —lo más importante— en el tercer año devolvieron la suma que mamá y papá les habían prestado.

Sus padres, sin embargo, se negaron a aceptar intereses, y ese fue el origen de la idea de Las Vegas. ¿Cómo agradecer a unos padres tan constantes, tan cariñosos, tan solventes, tan absolutamente decentes y dispuestos? Zara no sabía si fue ella o Millie quien dijo primero lo de Las Vegas, pero en cuanto flotó la idea, ambas se subieron al carro, sobre todo cuando la pequeña herencia de su queridísima abuela el año anterior lo hizo más viable. Estaban a punto de fundirse hasta el último céntimo en ese viaje, pero a las dos les parecía lo correcto. La mayor parte del tiempo. A veces, tras unos gin-tonics,Millie proclamaba que lo correcto era gastarlo en la entrada de un Mercedes y cargar el resto de pagos —que no podía costear— en una tarjeta de crédito, pero siempre cambiaba de idea al despertar.

Aquellos, pensaba Zara, iban a ser los días más especiales de sus vidas, y de eso se trataba. Forjar recuerdos para toda la vida. Demostrar a la familia cuánto la quieres. Esforzarte para crear momentos maravillosos para quienes más se lo merecen. Y ganarte de por vida las cenas de Navidad gratis de una madre que, después de esto, sin duda las eximiría de cocinar.

Durante la siguiente media hora canturrearon al unísono mientras trabajaban la playlist de Beyoncé que tenía Millie, hasta que Zara remató el primer centro: un magnífico cubo de cristal del que brotaba una nube de flores blancas. Era deslumbrante. Justo lo que la novia había elegido, después de unas cuarenta y siete conversaciones, una docena de cambios de opinión y al menos un ataque de histeria.

—Es preciosísimo —dijo con anhelo, dando un paso atrás y rodeando la mesa para verlo desde todos los ángulos.

Se oyó un sorbido por parte de Millie y Zara giró la cabeza, sorprendida. Su hermana no solía ser de lágrimas ni de efusiones sentimentales.

—¿Te has emocionado?

—Qué va, acabo de morder este pincho de satay picante y se me saltan las lágrimas —replicó Millie entre risas, levantando la brocheta—. Pero es precioso. Si te vas a encadenar a un hombre para el resto de tu vida, supongo que querrás marcar el gran día con un centro bonito.

—Recuérdame que no te deje redactar nuestra próxima campaña —suspiró Zara—. ¿Qué nos pasa? Dos mujeres: tú sin un solo hueso romántico en el cuerpo y yo sin la menor inclinación romántica en la cabeza. ¿Crees que es algún fallo genético?

Millie ya se había cansado de trabajar y se tomó un respiro para revisar las notificaciones del Insta, pero en modo multitarea sin dejar la conversación.

—Creo que mamá y papá se reservaron todo el romanticismo para ellos. Treinta años. ¿Cómo es siquiera posible? Sobre todo después de una boda espontánea en Las Vegas. Les va a dejar de piedra este viaje. Lo sé. Y, si logramos que estén allí sus antiguos colegas, será aún más perfecto. Aunque… ¿les has preguntado a mamá y papá por qué no siguieron en contacto con sus amigos de entonces? En la foto parecen todos uña y carne y, sin embargo, nosotras nunca los hemos conocido. ¿Y si hubo un enfado monumental o algo?

Zara se detuvo, con los dedos enredados en los tallos de dos lirios.

—¿Mamá y papá? No se han peleado con nadie en su vida. Y no, no les pregunté, porque encontré la foto en la caja de fotos de la abuela cuando ordené sus cosas tras su fallecimiento y no me pareció el momento. Luego decidimos organizar esta sorpresa y no iba a chafarla. De todos modos, ahora está claro… Debió ser porque los otros dos se fueron a otra parte. GaryGregg decidió vivir en América y EileenSmith debió mudarse también. No había internet entonces. La gente perdía el contacto continuamente.

—¿Tú crees?

Zara captó la ceja alzada del escepticismo de Millie. Lo cual no ocurría muy a menudo, dada la afición de su hermana al bótox.

—Dios, se te ha movido la frente. No me asustes.

Millie se pasó los dedos por el entrecejo.

—He notado algo raro. De todas formas, seguramente tengas razón. Ya sabes que no comparto siempre tu visión de la vida color de rosa. El optimismo permanente me provoca jaqueca. Seguro que todo va a salir bien.

Zara acalló cualquier punzada de duda.

—Saldrá. Lo sé. En cualquier momento, GaryGregg contestará a mi mensaje y dirá que es lo mejor que le ha pasado en años.

Capítulo 2

Brenda

Abril de 2023

Brenda observó cómo la cara de su amiga Bernadette resplandecía. Resplandecía mucho.

—Creo que vamos a tener que dejar de ser amigas hasta que encuentres la forma de borrarte esa sonrisa de la cara —le dijo, mientras dejaba dos tazas de té sobre la mesa de la sala de personal de Urgencias del Hospital Central de Glasgow.

Pero, claro, no lo decía en serio. La alegría de Bernadette era un regalo para la vista. Había tardado en llegar. El felices para siempre. Y todos los demás tópicos que cualquiera pudiera lanzar sobre el amor a la segunda, en la madurez.

Bernadette cogió su taza humeante.

—No te culpo. Si yo me conociera ahora, pensaría que soy insufrible —dijo Bernadette.

Su tono suave emanaba la calidez que la había convertido en una de las mejores amigas de Brenda. Llevaban veinticinco años trabajando juntas en las salas del Central y Brenda atesoraba cada uno de ellos.

—A ver, cuéntamelo todo. Con pelos y señales. No te dejes nada —exigió Brenda—. Aunque solo tengo media hora de descanso, así que quizá mejor en viñetas.

Bernadette se echó a reír y Brenda volvió a pensar lo fantástico que era ver a su amiga desbordar felicidad por cada poro.

—Vale, en viñetas. John y yo pasamos el fin de semana en Dublín. Uno de sus hijos, Tadgh…

—¿El que canta?

Bernie asintió.

—Sí, pero no el de la banda. El solista.

Brenda lo sabía todo sobre la familia del «noviejo» de Bernadette desde hacía unos meses, desde que Bernadette conoció a John en unas vacaciones el verano pasado. El término «novio» había quedado descartado porque, según Bernadette, no cuadraba con dos personas que «se acuerdan de las letras de las canciones de los setenta».

—Bueno, pues tenía un bolo en una sala de conciertos del centro y, después, volvíamos caminando a casa —¿te dije que venían conmigo mi Nina y Gerry, y mi Stuart y su novio, Callum?

—Me lo dijiste —confirmó Brenda, llena de expectación. La hija de Bernadette, Nina, y su hijo, Stuart, eran las luces de su vida.

—Bien, pues ahí íbamos todos: John y yo, Tadgh y su novia, Hayley, mi troupe… y estábamos cruzando uno de los puentes sobre el Liffey cuando, de repente, John se para. Al principio pensé que le había dado un vahído…

—Riesgo laboral —apuntó Brenda, riéndose.

—Exacto. Pero entonces se volvió hacia mí y me dijo: «Bernadette, no soy de grandes gestos, pero me da que toda esta gente no va a volver a juntarse en un tiempo y quiero que estén aquí para compartir esto. Mi amor, nunca pensé que tendría otra oportunidad de sentir el tipo de amor que siento por ti. Este último año contigo…, bueno, ha hecho a un vejestorio como yo más feliz de lo que jamás merecí ser y no quiero que esto se acabe nunca. Bernie, cariño, ¿te casarías conmigo?».

Brenda no solía ser de lágrimas, pero notó que se le humedecían los ojos.

—Ay, Bernadette, es precioso. ¿Y tú dijiste…?

—Pues al principio no dije nada, porque me quedé pasmada, me faltaba el aire y no me salían las palabras, pero, cuando tragué el puñetero nudo en la garganta, le dije: «Claro que sí, tonto, porque yo también te quiero, guapetón». Y entonces me cogió en brazos y me hizo dar vueltas y, de verdad, Brenda, nos sentimos como dos chavales otra vez. Hasta que le dio un tirón en la espalda y tuvo que bajarme.

Un par de los nuevos médicos internos de la planta entraron, vieron a dos mujeres claramente emocionadas en la mesa y se retiraron despacito, decidiendo, a todas luces, que sus hamburguesas de microondas y sus latas de Red Bull podían esperar.

—A la mañana siguiente casi no podía enderezarse, pero mereció la pena. Al día siguiente salimos y elegimos este anillo… —Mostró una preciosa alianza de oro con tres diamantes pequeños pero perfectos—. Y ya está. Prometidos. A punto de pasar por el aro. Aún no me creo que esto me esté pasando. No tenemos todos los detalles, pero estamos pensando en una boda en septiembre en Irlanda. Prométeme que vendréis tú, Colin y las chicas.

A Bernadette casi no le cabía la sonrisa en las mejillas y Brenda se echó a reír con un deleite y una alegría por su amiga incontenibles.

Al menos eso pensaba hasta que se oyó decir:

—Sí, claro, nos encantaría…

La mente se le quedó en blanco, sintió que perdía la sonrisa, y Bernadette la miraba ahora con una expresión muy evidente de preocupación.

—Brenda, cariño, ¿estás bien? Yo solo…

Las palabras de Bernadette se disiparon y fue entonces cuando Brenda se dio cuenta de que tenía la cara mojada y que su risa se había transformado en sollozos. Sollozos gordos y contundentes, de esos que asaltan el cerebro, se apoderan del cuerpo y te hacen tiritar y jadear con su dolor.

—Ay, madre mía, Brenda —susurró Bernadette, y se lanzó al lado de su amiga.

Brenda notó los brazos rodeándola, los dedos acariciándole el pelo, pero aun así no podía parar.

—¿Qué te pasa? ¿Qué ha ocurrido? Brenda, lo siento si te he molestado, pero…

—¡No! —consiguió soltar Brenda, antes de recomponerse lo justo para forzar—: No, no has sido tú, y lo siento muchísimo. —Más sollozos—. Te he fastidiado el momento, Bernadette. —Otro sollozo y un enorme sorbido—. Estoy tan feliz por ti, de verdad.

Bernadette la sostuvo ahora por los hombros, apartándole los mechones sueltos que se habían escapado del moño y le caían por la cara.

—Ay, cariño, ¿entonces qué es?

Brenda sintió un chisporroteo desatándose en el pecho, como una bengala giratoria, soltando chispas por todas partes hasta que ya no pudo contenerlo.

—Quiero…, quiero dejar a Colin.

Era la primera vez que lo decía en voz alta y Brenda no sabía si la hacía sentirse mejor o peor. Mentira. Nada podía hacerla sentir mejor ahora mismo.

El sonido de la puerta de la sala abriéndose apenas se oyó hasta que Bernadette gritó «¡Fuera!» para espantar cualquier posible interrupción. Dos jóvenes en pijamas sanitarios recularon y la puerta se cerró de inmediato. Brenda sabía que luego tendría que buscar a las enfermeras y disculparse, pero ahora inspiró, expiró, intentó recomponerse. Aquello no era propio de ella. Los estallidos emocionales y los dramas no iban con ella. Normalmente era la que consolaba a los demás y buscaba la manera de arreglar las cosas. Pero esto no tenía arreglo ni consuelo. Ya lo sabía. Por eso era todo tan devastador.

Un montón de pañuelos aterrizó en sus manos y se sonó, mientras Bernadette se sentaba de nuevo, con una mano aún frotándole el brazo.

—Bien, cariño, cuando puedas, cuéntame qué sientes e intentamos ver si hablarlo ayuda. Dios, me siento tonta. No tenía ni idea de que tuvierais problemas. Vosotros siempre parecía que estabais… bien.

Brenda volvió a sonarse. Ahí estaba. Justo ahí.

—Lo sé, Bernadette, pero eso lo dice todo, ¿no? «Bien». Siempre hemos estado bien. Pero yo…, por favor, no me juzgues, ya no quiero estar «bien», Bernadette. Colin y yo… En fin, la verdad es que siempre hemos sido grandes amigos, pero nos casamos tan jóvenes y…

Brenda se detuvo ahí. No tenía sentido remover historias lacrimógenas de hace mil años. Lo que pasó en Las Vegas cuando se casaron…, pues sí, por tópico que fuera, se quedó en Las Vegas. Eran jóvenes. Cometieron errores. En aquel momento creyeron que hacían lo correcto. Y a veces sentía que los últimos treinta años habían sido un ejercicio continuo de sacar lo mejor de la situación.

—La conclusión es que me he dado cuenta de que, si sigo con Colin, esto es lo máximo que voy a tener. Viviré toda mi vida sin saber qué se siente al estar enamorada hasta las trancas. Sin sentir eso tan especial que he leído en los libros. Sin tener esa sonrisa radiante que tú llevas un año luciendo.

A Bernadette se le agrandaron los ojos.

—Lo siento si te he hecho sentir…

—No, no —la cortó Brenda—. Por favor, no te disculpes. Bernadette, estoy feliz por ti, de verdad. Has pasado por tanto y te mereces cada segundo de esta felicidad y más. Pero la cuestión es que yo también quiero saber qué se siente… ¿Es patético? ¿O egoísta?

—No —Bernadette negó con la cabeza—, claro que no. Pero… ¿crees que podrías hablar con Colin? Hacerle ver cómo te sientes. Mejorar lo que tenéis. Quiero decir, treinta años son muchos para tirarlos por la borda. Seguro que si se lo dices…

—Se lo he dicho cien veces —admitió Brenda, tragándose un nudo de tristeza—. Pero el problema es que eso no va con su carácter. Nunca ha ido. Él es feliz con su vida, con su trabajo. Se coge la jubilación anticipada en unos meses y ya está hablando de lo que quiere hacer en el jardín. De los paseos que quiere dar. De los libros que quiere leer. Y le quiero por su forma tranquila de tomarse la vida, Dios sabe que eso lo ha convertido en una roca de sensatez durante todos estos años, pero yo no quiero nada de eso, Bernadette. Quiero viajar. Conocer gente nueva. Tener un poco de emoción. Quiero vivir antes de quedarme sin vida que vivir. ¿Cuánta gente hemos perdido últimamente…?

Bernadette asintió y Brenda supo que entendería lo que estaba diciendo. Otro riesgo laboral. En Urgencias, ambas veían demasiada muerte, demasiada gente que se iba demasiado pronto. Y no solo desconocidos. El primer marido de Bernadette, cardiólogo y un cabrón de tomo y lomo, se cayó muerto de un infarto hace un par de años. Uno de sus médicos favoritos, Noah Clark, perdió a su mejor amigo en un brutal accidente de tráfico el mes pasado. A principios de año, otra de las enfermeras de la planta, Rosina, amiga queridísima de ambas, falleció de cáncer. Era cinco años más joven que Brenda y quizá ahí empezó todo. El comienzo de las cavilaciones, del miedo a lo que se había perdido en la vida.

—Demasiada —concedió Bernadette, y volvió a quedarse callada. Así era Bernadette. Como Brenda, prefería escuchar, dejar hablar, antes que colar sus propias opiniones.

Brenda cogió la taza y dio un trago, esperando que el líquido caliente aflojara la tensión con la que las emociones le atenazaban la garganta.

—A eso me refiero. Sin ponerme cursi ni lúgubre, ninguno sabemos lo que tenemos por delante, ni cuánto nos queda, y hay tantas cosas que no he hecho, que no he sentido… Mientras criábamos a las niñas, estaba bien. Ni me di cuenta. Bueno, ya sabes cómo es: eres tan feliz con tu familia, con ser madre, que disfrutas cada minuto, pero las niñas ya son mayores, viven su vida. Y por mucho que se me revuelva el estómago cada vez que pienso en contarles cómo me siento y decirles que quiero dejar a su padre, también quiero vivir mi propia vida.

Bernadette le apretó la mano y el flequillo rojo le bailoteó al asentir con la cabeza.

—Brenda, en todos estos años nunca te he visto tomar una mala decisión, ni dar un paso en falso, ni actuar sin pensar, así que, si esto es lo que crees que es mejor para ti, haré todo lo posible por ayudarte y apoyarte. ¿Y ahora qué? ¿Vas a hablar con Colin?

Brenda asintió, empapándose de las palabras de Bernadette y sintiéndose reconfortada por ellas. Tener esa confirmación de que no estaba perdiendo la cabeza, de que no estaba haciendo una locura; que alguien le dijera que confiara en sus sentimientos le ayudaba a armarse de valor para llevarlo a cabo.

—Lo haré. Como te digo, ya lo he intentado, pero él no lo pilla. Solo me señala lo felices que hemos sido todos estos años. Y no se equivoca. Eso es lo que hace tan difícil explicarlo. Es un buen hombre. Nunca me ha tratado mal.

Le tocó a Brenda apretarle la mano a Bernadette, en reconocimiento del infierno que ella pasó con su exmarido controlador, narcisista y maltratador. Cuando encontró el valor para dejarlo, Bernadette juró que no quería saber nada de hombres en su vida; ya le bastaba con haber salido viva. Pero luego conoció a John y ahora estaba más feliz que nunca y prometida con alguien que la hacía sentir mariposas. A Brenda aquello le daba esperanza.

El té estaba surtiendo efecto y las palabras fluían ya.

—De verdad que no quiero hacerle daño. Cualquier pasión que tuviéramos se fue hace mucho, pero aún le quiero como amigo. Solo que ahora quiero más que eso. Quiero algo más que lo mismo de siempre, día tras día. Necesito sentarlo y hacer que entienda…

—Sí —asintió Bernadette.

—Y tengo que decírselo a las chicas también. Creo que es lo que más temo. Se van a desmoronar. Adoran a su padre y siempre hemos estado muy unidos, los cuatro…

—Pero ellas también te quieren a ti, Brenda. Aunque al principio sea un shock, se lo tomarán bien cuando entiendan que lo haces por tu felicidad.

—¿Pero a costa de la de ellas y de la de Colin? —replicó Brenda, dando voz al mismo argumento que rabiaba en su cabeza desde que se planteó por primera vez separarse.

—Sí, incluso así. Son chicas estupendas y con la cabeza bien amueblada. Odiarían verte atrapada en una situación infeliz solo por ellas. No me cabe duda de que se preocuparán por cómo se sentirá su padre, pero si remáis todos a una, ojalá podáis ayudaros en lo duro.

Brenda dio otro trago de té.

—Eso espero. Bernadette, gracias; es un alivio poder hablar.

—Ojalá me lo hubieras dicho antes. Preferiblemente antes de que yo me pusiera a lanzar campanas al vuelo sobre mi nueva vida feliz.

Brenda negó con la cabeza.

—¡No! Precisamente eso es lo que quiero oír. Finales felices. Me da esperanza de que yo también pueda tener uno. No digo encontrar a otro hombre. Digo una vida en la que sienta cosas, tenga un propósito, donde haya emoción y sorpresas e incluso momentos que me den un miedo atroz. Supongo que contárselo a las chicas será un buen entrenamiento para eso.

—¿Y cuándo vas a hacerlo? —preguntó Bernadette, con una aprensión que le marcó arruguillas en la frente—. Es para pedirme el día libre y traer vino para después.

Brenda ya lo había pensado.

—Aún no. Ya sabes que en unas semanas es nuestro trigésimo aniversario de boda y las niñas han planeado una especie de viaje familiar para celebrarlo. No me veo capaz de decírselo antes porque ya está todo organizado. Ni idea de adónde vamos. Probablemente una semana en el Distrito de los Lagos; siempre llevábamos allí a las niñas de pequeñas y nos encantaba. En fin, que Zara me dijo hace meses que haríamos algo, porque sabía que tendría que pedirme los días, así que sé que está todo arreglado. Esperaré a después. Y cuando estemos fuera, pondré buena cara y disfrutaré cada segundo de nuestro último viaje los cuatro juntos.

—¿Estás segura de que podrás fingir que eres feliz?

Había un punto de duda en la voz de Bernadette que Brenda entendía, pero asintió con firmeza.

—Llevo años haciéndolo, Bernadette, así que puedo aguantar un poco más. Cuando volvamos del viaje, empezaré a buscar dónde vivir, con un pisito pequeño en una zona agradable me vale. Luego se lo diré a todos e intentaré que sea lo menos doloroso posible. Me da terror, pero no hay otra. Quiero tener un futuro que me apetezca vivir, pero, antes, por doloroso que sea, tengo que cerrar el capítulo de mi vida con Colin. Nunca se sabe, quizá cuando estemos fuera, él también se dé cuenta de que quiere algo más que esto.

Incluso mientras lo decía, Brenda sabía que se hacía falsas ilusiones. Le tocaría a ella poner fin a ese matrimonio. Solo tenía que esperar al lugar y al momento adecuados para hacerlo.

Capítulo 3

AidenGregg

Abril de 2023

El sol de Carolina del Sur se reflejaba en el océano, y bañaba las olas que lamían la arena de Hilton Head Island. Hijo único de padres escoceses, Gary y EileenGregg, Aiden se había criado en Charleston, a unas dos horas en coche, pero había pasado todos los veranos y vacaciones en HiltonHead, de modo que las arenas de detrás del chalet de playa de sus padres habían sido su primera y única elección para casarse con Layla. O, mejor dicho, el chalet de playa de su padre. Su padre se había quedado con la casa en el reparto del divorcio y tuvo que pagarle a su madre la mitad del valor. Estaría despotricando por eso hasta el fin de los tiempos. Que, probablemente, sería más o menos cuando llegara Layla. La puntualidad nunca había sido su fuerte. Habría sido buena idea decirle que la ceremonia era una hora antes de la hora real, porque ya llevaba media hora de retraso y Aiden veía que su madre empezaba a mustiarse bajo el calor del mediodía. O quizá se debía más a la proximidad de su exmarido.

Llevaban divorciados cerca de una década, pero Aiden sabía que cualquier encuentro con su padre seguía siendo difícil para ella. Especialmente cuando, como hoy, su padre se plantaba con una bailarina de club nocturno de veintinueve años llamada Mitzy, que iba por su tercer espresso martini y ya amenazaba con demostrar que podía hacer un spagat con tacones. En ese momento, el señor Gregg padre y Mitzy estaban junto a la barra, bebiendo chupitos de tequila con Trevon, su padrino de boda. Trevon era su amigo más cercano, excompañero de piso, empresario, próspero dueño de una cadena de gimnasios y el hombre al que Aiden quería como a un hermano; aun así, pensaba desheredarlo si se emborrachaba y perdía los anillos.

El cuarteto de cuerda al otro lado del pasillo de arena estaba con su tercera interpretación —o era la cuarta— de la pieza que había elegido Layla. Su familia había puesto el lugar y él había pagado la luna de miel. A la madre de Layla no le había hecho ninguna gracia el aire discreto del gran día de su hija, así que se había empeñado en contratar el cuarteto de cuerda, un maestro de ceremonias sobreactuado y un bufé que ahora mismo se preparaba en la casa. Y, por supuesto, el vestido, del que Layla había insinuado que le había costado más que su coche.

No le sorprendía. En los meses que llevaban juntos, su futura esposa no había ocultado que, aunque podía pasar el rato en la playa y apuntarse a un partido, también disfrutaba de cosas más elegantes.

Se habían conocido cuando ella se puso a correr en la cinta de al lado en uno de sus entrenamientos diarios a las cinco de la mañana en el gimnasio de Trevon, en el centro. Era lunes y Aiden le sonrió y le saludó con la cabeza. El martes dijo hola. El miércoles se presentó. El jueves charlaron mientras corrían y él consiguió hacerle la ficha. Layla. Veintinueve. Soltera. Trabajaba en marketing, sobre todo en los sectores de estilo de vida y viajes. Vivía en un piso a pocas manzanas del suyo. Le gustaba socializar, viajar y tomar café al amanecer.

Ese viernes la invitó a cenar. La cena se convirtió en desayuno al día siguiente, luego cena el sábado, después brunch el domingo, y estaban tan embriagados el uno del otro que tuvieron que obligarse a pausar su inmediato e intenso romance durante varios días, más que nada porque no creía que a los socios de su bufete les entusiasmara que su mejor abogado matrimonialista se presentara oliendo a la perturbadora Eau de Sin Dormir, con notas de salida de Lujuria y Jack Daniel’s.

Sí, pese a vivir en el terreno asolado que dejó la ruptura de sus padres, la ironía le había sacudido una patada en los huevos: era abogado de divorcios. Una elección sin duda inspirada por la disolución del matrimonio de sus padres cuando él estaba en la universidad. Intentaron que no le afectara, pero cada vez que veía a su madre y a su padre les leía el estrés en la cara, y un vistazo a la demanda de divorcio le decía que, aunque aparentaban cordialidad por su bien, había acusaciones de infidelidad contra su padre (casi seguro ciertas) y muchas exigencias y tensiones por el reparto de los bienes de veinte años. Llámalo mensaje subliminal, pero cuando se graduó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Carolina del Sur, se inclinó de inmediato por el derecho de familia.

En fin, volviendo a lo de encontrar el amor de su vida. Claro que lo físico fue lo primero que le atrajo: la larga melena de ondas oscuras a lo Camila Cabello, los ojos enormes y marrones y la sonrisa perfecta que —por tópico que fuera— lo conquistó desde el hola. Ella estaba recién divorciada, lo que, visto ahora, podría haber sido una bandera roja para algunos, pero él prefirió pasar de eso y considerarse un afortunado.

Layla era impresionante, inteligente y lo bastante loca como para haberse enamorado de Aiden con la misma fuerza y rapidez con la que él se había enamorado de ella. A las tres semanas se mudó con él, seis meses después estaban prometidos y ahora, cuando no había pasado ni un año desde que se conocieron, allí estaban, sobre la arena dorada, con filas de sillas de madera blanca bajo dos enormes lonas beis, un arco de flores blancas al final del pasillo, un oficiante y toda la gente a la que querían. O, más bien, allí estaba él. Layla llegaba tarde, como de costumbre. Era su único hábito que lo sacaba de quicio, pero había decidido pasarlo por alto y centrarse en lo impresionante e inteligente que era.

—Seguro que llega en cualquier momento —le dijo al maestro de ceremonias, un tipo corpulento que empezaba a sudar con el calor—. ¿Le acerco algo de beber? ¿Agua?

—Sí, por favor. Y una novia. Una novia sería perfecto.

Aiden tenía entendido que los maestros de ceremonias debían esparcir alegría, pero aquel hombre —amigo de la, francamente, aterradora madre de Layla— parecía no haberse enterado. Ni siquiera estaba allí su suegra para calmarlo. La hermana de Layla era su única dama de honor y tanto su padre como su madre la acompañarían por el pasillo. Esa elección le encantaba a Aiden. Estaba totalmente a favor de que las madres también tuvieran su cuota de protagonismo.

Camino de la barra improvisada al fondo de las sillas —una cosa informal con dos camareros sirviendo cerveza, vino y cócteles— se agachó junto a su madre, sentada en el extremo de la primera fila. Ella había traído acompañante masculino, Kurt, un tipo del que le había hablado por primera vez un par de meses atrás. Aiden no lo había conocido aún, pero, a juzgar por la estética, entendía por qué le gustaba a su madre.

—Parece uno de esos modelos del catálogo de Navidad de Macy’s —bromeó con su madre, señalando a Kurt, que charlaba con uno de los socios del bufete de Aiden al otro lado. Le regalaba así un minuto a solas con ella.

—Seguramente sea uno de los modelos del catálogo de Navidad de Macy’s —respondió su madre, azorada.

La sonrisa de Aiden fue instantánea.

—¡Vaya, vaya! ¿Un modelo?

Ella se sonrojó como un tomate y le clavó un codazo en las costillas.

—Es solo un amigo. Trabajamos en la misma oficina, así que es agente inmobiliario y modelo a tiempo parcial, además de ser, solo hoy, mi propio novio falso. No pienso permitir que tu padre crea que vengo sola aquí, en plan patética, sin poder encontrar a alguien que lo sustituya.

Aiden levantó las cejas.

—¿En serio? Pues muy bien hecho.

Quería a los dos, pero tenía una conexión especial con su madre y estaba encantado de guardar sus secretos.

—Me lo estoy pasando pipa —susurró ella—. Tu padre no ha soltado la barriga desde que ha visto a Kurt hace dos horas. Puede desmayarse como siga así.

—Vale, y, aparte del novio falso, ¿qué tal te va, maw? —preguntó, sabiendo que usar la jerga escocesa para «mamá» siempre la hacía sonreír. Él no había estado nunca en Escocia, pero su madre conservaba el acento suave y melódico de su tierra. El acento de su padre había mutado en algo más de la Costa Este, salvo cuando estaba cabreado, borracho o eufórico, que soltaba todos los tacos de Glasgow habidos y por haber. A juzgar por las carcajadas (de papá) y las risitas (de Mitzy) que venían de la barra, ahora mismo estaba en al menos uno de esos estados.

Su madre debía de estar oyéndolo también, pero, si le afectaba, no lo dejó ver. Incluso sin el chico-catálogo de Macy’s, así era su madre. Serena. Paciente. Guapísima. Su padre solía decir que su madre había tenido una vena salvaje de joven, pero Aiden