Un mundo entre faros - Gregorio Gómez Pina - E-Book

Un mundo entre faros E-Book

Gregorio Gómez Pina

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Beschreibung

El relato se inicia en Cartagena, cuando los hermanos Juan y Ginés aprueban unas oposiciones a torrero y se separan para ocupar sus respectivas plazas: Ginés, el mayor de los hermanos, la del faro de Cabo de Palos, y Juan la del faro de Cádiz. Tras un breve tiempo, éste se establece como torrero principal en el faro de Chipiona. Los hijos de ambos continuarán la misma profesión en los mismos faros, que, aunque muy parecidos, están lejanos en el espacio. Uno de los primos, Juan, narrador de esta novela, no olvidará aquel verano de 1906 en Cabo de Palos, ni el extraordinario acontecimiento que allí ocurrió; tampoco a sus gentes y, sobre todo, a su primer amor. En esta novela, Cádiz, Cartagena y Chipiona se mezclan a través de sus faros, conformando una narración impregnada de nostalgias y de historia, en donde el tiempo es manejado por el autor para que afloren los recuerdos de su querido Cabo de Palos.

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Un mundo entre faros
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Primera edición: julio, 2014
Segunda edición: marzo, 2017
Un mundo entre faros
© Gregorio Gómez Pina
© éride ediciones, 2017
Collado Bajo, 13
28053 Madrid
éride ediciones
ISBN libro impreso: 978-84-16085-72-9
ISBN libro digital: 978-84-17659-21-9
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. 
Gregorio Gómez Pina
Un mundo entre faros
Prólogo
Un mundo entre faros
He descubierto en esta novela una brillante recreación autobiográfica y literaria de Gregorio Gómez Pina, ingeniero de caminos, canales y puertos, que se nos presenta en una nueva faceta de su personalidad, o sea, como un hábil fabulador y un señalado recreador de nostalgias y de ambientes marineros.
Tamizada por el recuerdo de la niñez del autor, la añoranza y la evocación están presentes en estos cientos de páginas, porque en esa recuperación de su identidad, Gregorio incorpora sucesos personales del pasado, que otorgan una veraz verosimilitud a lo ficticio. El autor nos propone desde el inicio cierto mestizaje narrativo y literario, que revolotea entre la novela de aventuras, la de autor y la de viajes, proporcionándole a su libro un carácter de novela lograda y estimulante. Ejerce de narrador omnisciente en este complejo equilibrio de géneros con notable maestría, virtud que lo define como un escritor culto, veraz y lúcido.
Gregorio nos presenta en «Un mundo entre faros», un universo hermoso cercano al alma del hombre, unos lugares fascinantes a descubrir por el gran público, que él describe como si fuera el mapa que tatuó en su edad de la inocencia, entre Cabo de Palos, Chipiona y Cádiz. Y aunque sus evocaciones se van desvaneciendo conforme asciende la escalera de su edad, él no las ha olvidado, y nos lo desnuda con detalles y hechos inolvidables espléndidamente narrados.
El propio autor, en sí mismo, es el hilo conductor de la novela, el confidente de Juan y Ginés y de sus descendientes, un correorillas imaginativo que plasma sus experiencias con un realismo vital de aquellos momentos felices y a veces trágicos, en los que buscaba una luz metafórica de su interior en los faros de las costas andaluzas y levantinas.
Y por encima de lo anecdótico, Gregorio Gómez Pina, apuesta desde la primera línea por la calidad literaria, y coloca a sus personajes en situaciones admirables, como la presencia de Juan el primer farero en el hundimiento del trasatlántico italiano Sirio, destapándonos unos escenarios vívidos, estimulantes y luminosos.
Esta pirueta literaria que ha creado en el tiempo transcurrido entre 1885–1955, Gregorio G. Pina nos muestra además la excelencia de su imaginación, tan sensible y tan precisa, que vuelo narrativo nos prende desde el principio. Sus recreaciones de las costas del sur, de Cartagena, su tierra, y de Cádiz, se asemejan a acuarelas de cromático colorido, que expone al lector con cuidada meticulosidad y detalle.
El autor ama a los fareros, resulta ineludible, esos guardianes aéreos de unos parajes prodigiosos, que sirven de aviso y de santo y seña para los osados hombres que buscan su sustento en el mar. Gregorio nos destapa su vida en sus atalayas miradores, tan blancos como las alas de las gaviotas que les disputan el cielo. Sus alientos son diferentes a los de los demás mortales, y sus soledad marinera, querida y deseada por ellos, salva vidas, anuncia un abrigo amigo, salva del pérfido naufragio. Y su pluma navega con indudable soltura literaria por ellos.
La sombra del pasado de Gregorio se remueve inalterable en este admirable y cuidado libro, «Un mundo entre faros», y también las imágenes de sus emociones y las angustias que dejaron los avatares de lo acontecido en su alma, que hoy son huellas precisas en su ágil escritura.
Con esta novela, Gregorio G. Pina, que ya nos ha regalado como columnista un repertorio de artículos sobre el mar y los faros, alcanza la plenitud narrativa, y lo hace sumergiéndonos en un paisaje distinto al que estamos acostumbrados, que bien parece el paradigma de su existencia.
«Un mundo entre faros», me ha parecido una carta de navegación con singladura hacia el placer literario, una estrella polar «farera» donde se mezclan los episodios y lances de su niñez con acertado estilo y peculiar mirada.
 La acción es narrada vigorosamente por Gregorio, quien nos conduce en la nao de su imaginación por las curvas sinuosas de la costa del Levante y del Sur, y nos exhibe con pulcritud sus playas glaucas, los acantilados arenosos, las aguas mansas azul magenta y los girones grises del invierno. Pero sobre todo, el autor mira a través de los ojos de los fareros de su sangre, siempre atentos a las mareas, a las tormentas en las madrugas cerradas, a las olas traicioneras, a los ruidosos cormoranes, o las barquichuelas de pesca, luciérnagas diminutas cuando el sol se oculta en el horizonte de los Atlantes.
Todo este microcosmos retratado por Gregorio, con una prosa atractiva y rica, ayuda a disfrutar de ese impagable placer de vivir otros mundos, otras experiencias, un viaje de inabarcable variedad de ambientes geográficos, dibujados por un narrador imaginativo, que se ha propuesto en este libro llegar hasta el corazón de sus personajes a partir de la contradicción de los sentimientos, y lo ha conseguido con brillantez.
Quizá Gregorio haya elegido este mundo de los faros y los fareros de su estirpe para narrar sus ficciones, historias, desengaños y vivencias, porque él sabe muy bien que la verdadera libertad suele venir encrestada en las olas de todos los mares y océanos del mundo.
Jesús Maeso de la Torre
Escritor e historiador
A mi hija Blanquita, para que mantenga siempre encendidas —como en los faros de esta novela— las luces de nuestra familia.
Primera Parte
Recordando desde el faro de Chipiona
(a primeros de agosto de 1955)
1
Desde la torre del faro de Chipiona
(a primeros de agosto de 1955)
Después del encendido de la linterna solía salir a la torre del faro y, apoyándome en la barandilla, procedía al ritual de encender mi pipa, con los mismos gestos, repetidos una tarde tras otra, en aquella inmensa soledad, mirando al islote de Salmedina.
El tabaco me lo había traído mi amigo Bosch, de su último viaje a Sevilla, y me lo entregó el práctico de Bonanza hacía tan solo unos días. ¡Sabía a gloria! Era primero de agosto, y mi carácter, como solía suceder al comenzar ese mes, se volvía melancólico, envolviéndome un halo de alegría y tristeza, difíciles de separar y que solo yo entendía.
Faltaba poco para que llegara la fecha del cuatro de agosto, en donde procedería con otra de las costumbres adquiridas desde que volví de mi primer verano de Cabo de Palos, en 1906, cuando apenas tenía catorce años: la de anudar minuciosamente a uno de los cables de la torreta del faro un pañuelo de seda rojo, recién sacado de un pequeño cofre de madera de cedro que guardaba cuidadosamente en una de las alacenas de la torreta y que permanecería ondeando durante todo ese día.
El paisaje que se divisaba desde la torre era cambiante diariamente, dependiendo de la marea, de la posición del sol y del oleaje. Con el sonido sucedía lo mismo. La bajamar era grande y el islote de Salmedina se divisaba nítidamente, así como los barcos fondeados en espera de reunir las condiciones para poder pasar la temida barra del Guadalquivir.
Los corrales de pesca parecían dibujos trazados con toda perfección sobre la superficie azulada del mar, compartimentando la costa en balsas, que aparecían y desaparecían cada seis horas con el cambio de la marea, algo habitual para nosotros, pero asombroso para los de afuera. Soplaba una leve brisa de poniente y varios buques mercantes que estaban aguardando el cambio de marea iniciaron su travesía hacia Bonanza. La Punta del Malandar marcaba el inicio de la costa al otro lado del río Guadalquivir, en el lado de Huelva, distinguiéndose la inmensidad del Coto de Doñana desde la perspectiva que proporcionaba la torreta del faro.
Para nosotros, los torreros, la visión del mar y de la costa adquiere una magnitud y color diferentes a la que pueden tener el resto de las personas, por la altura a la que estamos y también por la hora a la que finalizamos nuestro trabajo más importante, el encendido del faro.
La mar avanzaba suave hacia la desembocadura y solo se distinguían pequeños rizos al romper las olas en la lejanía sobre la roca de Salmedina y, ya más cerca, en la Restinga del Perro. Dentro de los corrales se apreciaba el movimiento de algunas personas, los cataores, que aprovechando la bajamar se disponían a iniciar sus faenas de pesca, como hacían cada día, en horarios cambiantes, dependiendo de la marea.
Afuera se adivinaban pequeños grupos que aguardaban a que el cataor, responsable del corral, les permitiese también faenar allí, en una costumbre mantenida, según me contó mi padre, desde época inmemorial.
Un pequeño ruido del cable de la antena, por el cambio de brisa, me desvió la atención hacia el sur, apareciendo entre las dunas y los campos de chumberas el Monasterio de Regla. Su imagen siempre me impuso desde la primera vez que mi padre me subió a la torre del faro. Aparecía al fondo, como un testigo mudo de todo lo que había sucedido en esa costa, siempre igual, sin que su imagen dependiera de lo que estaba sucediendo en el mar.
Me encontraba ensimismado observando el vuelo de un grupo de gaviotas y disfrutando de la soledad mágica del atardecer, cuando de repente escuché el timbre que tenía conectado con la planta baja.
—¡Juan, tu amigo el Bosch ha venido! —era la voz de mi mujer—. Dice que esta vez no va a subir los trescientos sesenta y cuatro escalones. Anda, baja, que nos ha traído mojama y michirones de Cabo de Palos.
2
La llegada del Bosch
Mi amigo el Bosch, cuando su barco hacía escala en Sevilla, venía a veces a visitarme. Era capitán de la Marina Mercante y había navegado por medio mundo. Su mujer, una guapa gallega, lo había asentado desde que se casó y ya no vivía en Cartagena, aunque todos los veranos aparecía por Cabo de Palos. Él era la persona que me traía noticias de allí. Esta vez su barco estaba reparándose y había aprovechado para hacernos una visita al faro.
—¡Buen tiempo! —dijo quitándose un zapato y dándome un abrazo, un ritual que siempre hacía cuando se encontraba con alguno de sus amigos de Cartagena, y también conmigo—. ¡Juan, Picha-quillo, qué alegría volver a verte! ¡Cómo vivís los torreros! ¡Esto es vida y no la que llevamos los marinos mercantes!
—Dichoso aquél que tiene su casa a flote, y en medio de los mares su camarote… con olor a tigre, recitabas tú en las noches de luna llena —le dije, devolviéndole el abrazo.
—Eso decía antes, cuando era más joven —contestó con cierto aire de añoranza el Bosch—. Ahora estoy deseando estar en mi casa; hasta se me ha pegado el acento gallego. Te he traído los michirones y la mojama de Cabo de Palos que tu primo Ginés me dio para ti.
El Bosch era uno de los mejores amigos de mi primo. Al verlo de nuevo, volvieron mis recuerdos y lo imaginé, de crío, metido en el agua de la Charca, cuando llegué por primera vez a Cabo de Palos, aquel mes de julio de 1906. Muy pronto fue también uno de mis mejores amigos.
La llegada del Bosch al faro de Chipiona traía siempre una explosión de alegría, por su gran sentido del humor y su fuerte personalidad. El Bosch era de constitución fuerte, alto y algo entrado en kilos. Siempre había llevado perilla y su pelo rubio y rizado apuntaba ya abundantes canas. Su primer apellido, Martínez, se borró de forma espontánea, conociéndosele en Cartagena por su segundo apellido, Bosch, de origen catalán. El habla cartagenera lo simplificó al máximo, transformándolo en el Bó.
Fumaba en pipa desde el día en que decidió ser marino mercante, tras abandonar el primer año la carrera de aparejador en Madrid, según él, con todo aprobado; algo que nunca pudo comprobarse, pues más bien se pensaba lo contrario. Su versión particular era la de que el cartero había extraviado las notas. Contaba que éstas llegaron tardíamente, cuando ya él había decidido, bajo el influjo de la luna llena y los efectos del vino, emprender una carrera más romántica, la de marino mercante, como ya habían hecho otros amigos de familias conocidas de Cartagena.
Su paso por la vida universitaria de Madrid le permitió salir del ambiente cerrado de la sociedad cartagenera. Vivía el Bosch en la Residencia Universitaria Montserrat, de los frailes Capuchinos, en Princesa. Un lugar parecido al colegio de los Hermanos Maristas en donde estudió y en donde ya destacó por su carácter extrovertido, convirtiéndose en todo un personaje conforme pasaban los cursos.
El Bosch disfrutaba con sus extravagancias y siempre encontraba salidas ingeniosas que le brotaban espontáneamente, sin poder contenerlas, y que en ocasiones lo colocaban en situaciones comprometidas. Nunca podré olvidar una de ellas, que no me cansaba de escuchar, y que dio lugar al famoso saludo de ¡Buen tiempo! para con sus amigos más íntimos, que conocían la historia.
Iba a comenzar el concierto de Navidad que daba la coral de los capuchinos, en un acto muy formal, dirigido por el abad y al que asistían, en primera fila, conocidas autoridades y familiares de los estudiantes. Los residentes universitarios estaban todos en la última fila, y habían sido previamente aleccionados por el director de la Residencia sobre cómo comportarse en tan formal acto.
De pronto se descorrieron las cortinas, apareciendo en el estrado la coral con el abad en el centro, que avanzando solemnemente, inició un saludo inclinando la cabeza y la batuta hacia el público, con la capucha descubierta. En décimas de segundo, y sin saber por qué, el Bosch, como un resorte, se puso en pie y sacando toda su genialidad cartagenera gritó: ¡Buen tiempo! No pudo evitar recordar el barómetro tan clásico que había en su casa, con el fraile y la batuta que se movía y marcaba la predicción del tiempo, y que nunca fallaba; al lado del fraile había un azulejo, con los versos siguientes:
El fraile te lo dirá.
Su varita atentamente
cada día observarás.
Si a lo alto se encamina,
tiempo seco encontrarás.
Si hacia abajo se dirige,
lluvia segura tendrás.
Y mira bien su capucha,
no te vayas a mojar.
El efecto de nuestro moscatel de Chipiona, acompañado de los michirones y la mojama de Cabo de Palos, en un improvisado e insólito menú, hizo que en mi pensamiento volvieran a aparecer los recuerdos de aquel verano en Cabo de Palos, su costa, su mar y sus gentes, a veces tan diferentes y otras tan iguales, como sus dos faros.
Los efluvios del vino hicieron mella en el Bosch, que fue desgranando una anécdota tras otra, a cuál más graciosa, durante la improvisada cena que tuvimos en el faro, y a la que se habían unido el otro torrero y su familia, que ya le conocían de anteriores ocasiones. Al llegar a los postres, y tras servirse el café, se levantó y tomó la palabra, imitando a un cartagenero clásico, que según contaban, solía decir, cuando la ocasión así lo requería, la siguiente frase en los convites de boda: Como no soy buen orador, solo tengo dos palabras: ¿hay puro?
Tras las carcajadas y comentarios que desató la forma tan original que tenía ese cartagenero de pedir que sacaran de una vez para siempre los puros, prosiguió con su anecdotario particular.
—Ustedes los gaditanos tienen fama de comerse las consonantes hablando, ¿verdad? Pues en Cartagena tenemos una frase sin ninguna consonante, que utilizamos a menudo —se dirigió el Bosch al grupo allí reunido, diciendo en voz alta—: ¡O A OIO E!
Y todos empezaron a reírse a carcajadas, cuando les acabó explicando que lo que quería decir, en cartagenero, era: ¡NOS HA OÍDO, JODER!
Después de este conjunto de historias cartageneras, el Bosch sacó su vena erudita y poética, mejorada durante sus años de estudios universitarios en Madrid, y que ya utilizaba de adolescente, no con demasiado éxito, cuando, en las entrañables cenas de luna llena en Cabo de Palos, intentaba impresionar a alguna de las chicas de la pandilla.
Tras escuchar con atención los relatos del otro torrero referentes al mar y a la vida aquí en Chipiona, se levantó, como lo hizo en aquella ocasión en la residencia de estudiantes, y comenzó a recitar algunos de los versos aprendidos durante las largas noches de guardia en sus viajes de mercante, ante la atónita mirada del torrero y mi disimulada sonrisa, pues ya sabía la que se avecinaba. Comenzó recitando a Manuel Machado:
Qué flamenco y qué cabal
el faro de Chipiona:
moviendo solo los brazos
baila al compás de las olas.
Y continuó en su soliloquio, recordando a Góngora, su preferido, junto a Quevedo y Cervantes:
Vencida al fin la cumbre
del mar siempre sonante,
de la muda campaña
árbitro igual e inexpugnable muro,
con pie ya más seguro
declina al vacilante
breve esplendor de mal distante lumbre,
farol de una cabaña
que sobre el ferro está, en aquel incierto
golfo de sombras anunciando el puerto.
El moscatel ingerido le hizo retornar a sus años románticos, quizás pensando en aquella niña rubia que vivía en Madrid y de la que todos andábamos enamorados ese verano, nieta de un conocido comerciante catalán llegado a Cartagena. Sus versos, ya por mí conocidos, retumbaban en la hermosa sala rectangular de la entrada del faro.
Un día yo partiré,
mas mi recuerdo aquí quedará,
por los mares navegaré.
Mas no temáis:
el Bosch volverá.
Al finalizar la estrofa, repetida varias veces, con voz ya pastosa, el Bosch cayó, como en otras ocasiones, sobre el sofá de la entrada, quedándose plácidamente dormido.
Poco a poco nos fuimos retirando y el silencio penetró en el faro. Una breve sacudida de las antenas anunciaba la entrada de una suave brisa de poniente por las ventanas que habíamos dejado abiertas en esta calurosa noche de verano. Era el cambio de la marea. Me asomé a la ventana y vi las aspas de luz de mi faro que giraban en la oscuridad, reflejándose en el inmenso mar del Atlántico. Tal como lo había descrito el bueno del Bosch en los versos de Manuel Machado.
3
Nostalgias cartageneras
Al día siguiente, con la despedida del Bosch, el faro había quedado impregnado de una cierta nostalgia cartagenera. Cuando me encontraba especialmente sensible, aunque no supiera el motivo, tenía la misma costumbre que mi padre, que era la de subir a la torre y permanecer simplemente en silencio, mirando al horizonte.
Unas veces la mirada se iba ella sola hacia el islote de Salmedina, donde la historia decía que estuvo el primer faro de Chipiona, una obra maravillosa, que casi se equiparaba con el mítico faro de Alejandría. Nuestro faro lo mandó construir el procónsul romano Quinto Servilio Caepión, con el fin de evitar que los navegantes que pretendieran subir por el río encallaran en el bajo de Salmedina: de ahí el nombre de CaepionisTurris, derivando el nombre de Caepionis a Chipiona, con el paso del tiempo. Justo en esa dirección, se ponía el sol, lentamente, hasta que en un instante desaparecía en la lejanía, dejando la superficie del mar brillando con un color rojizo, que acababa diluyéndose poco a poco.
La baliza de señalización de la piedra de Salmedina, llamada por los marineros el Puro, estaba siempre inclinada. Me gustaba fijarme en ella por los recuerdos que me traía, como aquella ocasión en que un buque, al enfilarla, comenzó de repente a hacer sonar su sirena, sin motivo aparente, pues hacía un día soleado. Cuando cogimos los prismáticos y observamos detenidamente a la tripulación, apareció ante mi vista un grupo de cartageneros que habían acabado recientemente la carrera de marino mercante y estaban haciendo las prácticas en el barco de un conocido armador. Entre ellos se encontraba el Bosch, que era el más novato, acompañado de otros oficiales más antiguos y a los que también conocía de los veranos que pasaba en Cabo de Palos: Juanito León, Salva Sánchez, Rafa Muñoz y Manolico Hernández. Con el humor típico de aquella tierra, habían desplegado una pancarta que decía: «¡Picha-quillo, viva Cabo Palos!». Mi padre, que añoraba ese humor provocador de su tierra, diferente al andaluz, sonrió cuando vio el escándalo que estaban organizando y no pudo evitar el decir:
—¡Con esa tripulación, si no se va a pique el barco antes de pasar Bonanza, será un milagro!
En otras ocasiones, mi visión se perdía hacia el santuario de Regla, referente de la historia de la villa de Chipiona desde que fue levantado por la Orden de los Agustinos en el siglo XIV sobre la antigua fortaleza de los Ponce de León y que posteriormente, fue acondicionado por la comunidad de franciscanos misioneros, levantándolo de sus ruinas con el patronazgo de los duques de Montpensier.
Desde la perspectiva que daba la altura de la torre podía distinguirse la Punta del Camarón, los corrales de pesca de la Cuba, y al fondo, el chalé de Marielo, apreciándose cómo ya toda la línea de costa iba poblándose de este tipo de edificaciones bajas, de color blanco, separadas del borde de la playa por un paseo sin asfaltar, muy concurrido durante el verano. Durante esa época se situaban a lo largo de toda la playa y pegadas al muro del paseo, las casetas de madera, con sus franjas rojas y blancas, tan tradicionales en esta zona, pertenecientes en gran parte a familias sevillanas y a otras conocidas de Chipiona. Detrás de los primeros chalés y hoteles, aún se conservaban los arenales poblados de retamas.
Habían transcurrido cincuenta años desde que mi primo Ginés viniera por primera vez, desde Cabo de Palos, a pasar el verano con nosotros, aquel mes de agosto de 1905. Entonces, el cordón dunar era muy grande entre el santuario y el faro, así como alrededor de éste. La muralla de contención del paseo todavía no estaba en construcción. El ayuntamiento, para promocionar la playa de Regla, concedió gratuitamente los terrenos colindantes a la playa, formados por grandes arenales, a personalidades relevantes de la sociedad, como artistas, militares, grandes comerciantes e incluso a algunas figuras conocidas del toreo, con el fin de que éstas construyesen allí sus viviendas, en un intento de emular a Sanlúcar.
Una de mis vistas preferidas era la de la entrada del Guadalquivir, con la peligrosa barra de arena, que el río había ido depositando durante siglos a ambos lados de su desembocadura. Desde la torre se seguían los barcos mercantes que, aprovechando la pleamar, iniciaban su viaje por el canal delimitado por balizas verdes y rojas, hacia el puerto de Sevilla. Entonces, mi vista se perdía hacia la inmensidad del Coto de Doñana, en donde se mezclaban el color verde de sus pinos y alcornoques con el color de la arena de sus playas y de sus dunas, que avanzaban implacablemente, de forma muy distinta a como lo hacían en la costa de Chipiona y Rota. Solo se parecían, en mayor escala, a las dunas de Valdevaqueros y Bolonia, en Tarifa, que invadían los pinares cuando el fuerte viento de levante soplaba con intensidad.
La altura permitía distinguir, en su lejanía, las playas de Sanlúcar de Barrameda, el pueblo vecino, de donde procedía mi madre y que visitábamos muy a menudo. Durante el verano, especialmente, se convertía en el centro de veraneo de la burguesía sevillana, atraído por la vida social que giraba alrededor del Palacio de los Orleáns-Borbón, en un ambiente mucho más sofisticado que el de Chipiona. Nunca se me olvidará la cara que puso mi primo Ginés, recién llegado de Cabo de Palos, cuando fue a ver las carreras de caballos en la playa, una tradición que se inició allá por el año 1845 y adonde acudía, en los palcos especiales, lo más elegante de la sociedad sevillana, nobleza y artistas, y cómo con su marcado acento cartagenero exclamó:
—¡Leche, si paresen figurines! ¡Cuando se lo cuente al Nandi, no se lo va a creer!
Segunda Parte
En el faro de Cádiz (1885-1888)
4
Primer día en el Faro de Cádiz
Mi padre siempre estuvo muy unido a su único hermano, un par de años mayor que él, por el que sentía una especial admiración. Mi tío Ginés estaba particularmente dotado para la mecánica y comenzó estudiando en la Escuela de Peritos de Minas de Cartagena, estudios que, con gran disgusto de sus padres, dejó en su segundo año, al decidir preparase para el ingreso en la Escuela de Torreros de Faros. Nunca nos contaron a qué fue debido ese cambio, pero lo cierto es que mi padre decidió hacer lo mismo que su hermano y prepararse en una academia especializada.
Ayudado en los estudios por su hermano, mi padre aprobó por los pelos, como torrero auxiliar, y mi tío Ginés, por su mayor formación, sacó la máxima calificación de torrero principal. Como en aquella época las prácticas ya no se realizaban en la Escuela de Torreros, ubicada en el faro de Machichaco, sino en los faros principales, mi tío eligió el faro de Cabo de Palos, pues tenía novia y quería quedarse en Cartagena. Mi padre, con peor calificación, no pudo elegir un faro del Mediterráneo, más cerca de su casa, y tuvo que escoger una vacante que había en el faro de Cádiz, llamado faro de San Sebastián.
Aunque Cádiz era una de las mejores plazas, por la importancia de la ciudad, el destino hizo que los aspirantes a torreros en aquel año se decantasen por otros lugares, guiados quizás por la cercanía de sus tierras. Lo que empezó un poco como un juego, por seguir a su hermano mayor, se convertiría muy pronto en una dura realidad, una vez aprobados los exámenes a torrero, lo que ocurrió en febrero de 1885. Al poco tiempo recibió la orden de que debía incorporarse, justo después de Semana Santa, la fiesta más importante de los cartageneros. Ese año la vivió con mucha más intensidad y, casi sin darse cuenta, pasó de estar viviendo sus procesiones tan queridas, con su familia, a encontrarse solo, en una tierra tan diferente y lejana, y sin la protección de su hermano, al que tanto admiraba y quería.
Mi padre me contaba cómo se encontró de pronto en una ciudad que desconocía y, sobre todo, en un faro muy singular, en un entorno muy diferente al del faro en que, por razones del destino, iría destinado su hermano Ginés. Mi padre siempre estuvo muy agradecido a don Carlos Oses y a su señora, doña Lala, que le acogieron como a un hijo desde el momento en que llegó al faro, y, sobre todo, cuando se dieron cuenta de lo desorientado que se sentía. En aquellos momentos, lo que no podía olvidar era lo lejos que estaba de su familia, y de su tierra, Cartagena. A don Carlos le quedaban unos siete años para jubilarse y sus dos hijos y su única hija, que por aquel entonces ya estaban casados, vivían fuera de Andalucía y solo venían a visitarlos de vez en cuando.
El faro, en donde mi padre pasaría sus primeros años lejos de su familia, se encontraba en la Punta de San Sebastián, que era un conjunto de dos isletas rocosas, separadas de tierra y a donde se podía acceder por un malecón, que era su única conexión con esa parte de la ciudad. Allí se hallaba la playa de la Caleta, la playa de la ciudad de Cádiz. Su primera sorpresa fue darse cuenta de que el faro se encontraba dentro del conjunto de un castillo militar, el Castillo de San Sebastián.
El castillo propiamente dicho se levantó ocupando prácticamente la superficie total de la isleta más cercana a tierra, formando sus muros un polígono de nueve lados. La torre, sin embargo, se ubicaba en la parte más exterior de la segunda isleta, sobre la que se construyó, posteriormente, la Avanzada de Isabel II, estando separadas ambas partes por un foso recortado en la roca. Entre el Castillo y la Avanzada se pasaba por un puente levadizo. La Avanzada tenía una espaciosa plaza de armas con capacidad para maniobrar unos dos mil soldados, y era donde se localizaban los pabellones del gobernador y otra serie de dependencias militares, así como un aljibe con muy buen agua.
Esta singular localización del faro requería atravesar el malecón, que estaba cimentado sobre el arrecife, y pasar una serie de pequeños puentes en los tramos de mayor profundidad. Lo que más le llamó la atención a mi padre, mientras recorría el malecón, fue la marea, tan habitual para los gaditanos, pero desconocida para los cartageneros.
—¡Pijo, si parese que se ha ido el agua! —exclamó con asombro a su llegada, que coincidió con una bajamar importante, y en donde pudo apreciar las lajas rocosas de la playa de la Caleta y a la gente del Barrio de la Viña mariscando alrededor.
Luego, por la tarde, su expresión fue la misma, ante la sonrisa de don Carlos Oses, pero queriendo decir lo contrario:
—¡Joé, si la mar ha vuelto otra vez! —acababa de descubrir que entre las pleamares y las bajamares transcurrían unas seis horas, algo nuevo para un cartagenero, y que ya nunca olvidaría.
La baja coronación del malecón era lo que hacía que con las pleamares, y cuando soplaban ponientes medianos, el roción de las olas te dejase empapado, algo que le sucedió a mi padre al segundo o tercer día de vivir allí. Desde que se entraba por la Puerta de la Caleta hasta que se llegaba a la vivienda, se tardaban unos quince minutos. Sin embargo, había ocasiones en que tenía que esperar a la bajamar para poder recorrer el malecón. A fuerza de esas situaciones, mi padre se familiarizó con las mareas, prácticamente inexistentes en la costa de Cartagena, lo que le llevaría de vez en cuando a consultar las tablas de mareas, que estaban colgadas a la entrada de la casa.
El faro, cuando llegó mi padre, había sufrido una serie de transformaciones. Los orígenes del fuerte —según comenzó explicándole Oses— databan de 1457, fecha en que llegó a las costas de la ciudad un bajel veneciano que tuvo que refugiarse en la isla a consecuencia de un brote de peste. Como medida preventiva se decidió aislar a la tripulación en el islote de San Sebastián hasta su recuperación. En prueba de su agradecimiento, al permitir el refugio de la nave, esos italianos reconstruyeron la torre musulmana  que allí existía y levantaron una ermita consagrada a San Sebastián, relataba don Carlos Oses con entusiasmo, notándose su agradecimiento hacia esos marinos de buena ley.
—La torre pasó entonces a tener también una función religiosa, además de defensiva y de señalización. Algunos años después la torre se arruinó por falta de cimentación, construyendo el Ayuntamiento una excelente atalaya, hasta que un temporal la destruyó de nuevo en 1587. Aunque se volvió a levantar la torre, no muy adecuadamente, por cierto —prosiguió narrando la historia—, no pudo sin embargo utilizarse como medio de defensa ante el saqueo inglés del conde de Essex, en 1596, sin duda el acontecimiento más triste en la larga historia de esta acogedora y noble ciudad —explicó indignado Osses, a quien la simple mención del conde inglés le sacaba de quicio.
—¿Qué es lo que pasó con el conde ése? —preguntó perplejo mi padre, al notar cómo se acaloraba don Carlos.
—Pues que fue un malnacido, digno del más grande de los desprecios por el pueblo gaditano. Tras el saqueo, que duró quince días, dio orden de incendiar, robar y destruir edificios, iglesias, obras de arte, documentos... ¡Hay que hablar de un Cádiz antes y después del saqueo del conde de Essex!
—El conde ése fue sin duda un verdadero hijo de puta, no un hijoputica, como decimos en mi tierra —mi padre también se irritó por lo que acababa de escuchar—. Y entonces, don Carlos, ¿no hubo forma de defenderse de ese ataque? —mi padre se interesaba más y más por esa historia.
—La escuadra anglo-holandesa desembarcó y tomó Cádiz, sin apenas oposición, pues la ciudad no tenía defensas ni ejército propio. No era tampoco la primera vez, pues anteriormente ya habían entrado los piratas Barbarroja y Drake, que estaban al servicio de Su Majestad británica —contestó Oses excitado.
De esa forma conoció el nuevo torrero la historia del saqueo de Cádiz y cómo, tras quedar la ciudad arrasada y sembrada de cadáveres, se llevaron como rehenes a cuarenta personas, nobles y gente relevante de la ciudad, al no poderse reunir el rescate pedido por los ingleses, unos ciento veinte mil ducados. Esas personas, que ofrecieron sus vidas para poder garantizar la puesta en libertad de los diez mil habitantes de Cádiz que estaban en poder de los ingleses, al principio fueron tratados bien por el conde; pero dado que Felipe II no hizo nada por reunir ese dinero, fueron enviados finalmente a las mazmorras de la Torre de Londres, de donde se sabía que pocos saldrían con vida. Solo unos veinte regresaron a Cádiz, siete años después, tras lograr reunir sus familiares sumas importantes de dinero y haber accedido al trono Jacobo I como rey de Inglaterra.
Ya puesto a contar historias de los ingleses, Oses comenzó a narrar los saqueos anteriores, del temido pirata Barbarroja y sobre todo el del corsario preferido de la reina Isabel, Sir Francis Drake, dejando atónito al nuevo visitante con tales historias.
—Lo único bueno del saqueo del pirata Drake, que duró solo tres días, fue que lograron hacer famoso el vino de Jerez en Inglaterra. Los muy borrachos se llevaron cerca de tres mil botas, dándolo a probar a la reina Isabel y a la corte inglesa, y desde entonces no han parado de beber ese vino, bautizándolo con el nombre de sherry, que es como esos herejes pronunciaban el nombre de Jerez —acabó riéndose socarronamente don Carlos.
—¡Qué de cosas sabe usted, don Carlos! ¡Parece un libro abierto!
—¡Qué va, hijo! En esta profesión tiene uno, si quiere, tranquilidad para leer muchas cosas. Además, ya conocerás a algunos de los personajes que vienen a menudo por el faro, y que te contarán muchas historias de por aquí —replicó don Carlos, provocando en mí una padre cierta sensación de curiosidad—. Tras el expolio —continuó Oses—, Felipe II le encargó a Cristóbal de Rojas, el más importante ingeniero militar de la época, la fortificación de Cádiz. Entre otras cosas, transformó el lugar donde estaba ubicada la torre en un castillo militar, hasta que en 1860, la defensa se hizo ya más fuerte con la colocación de las casamatas, construyéndose también un malecón que permitía el acceso por mar, en marea alta —finalizó don Carlos, que se sabía la historia y todas las fechas con sumo detalle.
Mi padre no pudo apartar la mirada del faro de Cádiz, que iba a ser su casa durante algunos años. El faro era circular y estaba blanqueado con sumo cuidado para que se distinguiese desde bien lejos. La torre era redonda, de unos dieciocho metros de diámetro y muy consistente, con unos muros muy anchos. Su interior medía más de treinta metros de altura, en dos pisos abovedados; se notaba que había sido edificada aprovechando la antigua torre artillada. Esta torre tenía una gran linterna o fanal, cuya cúpula alcanzaba los cuarenta y cinco metros.
Ése era el lugar sagrado de don Carlos, como inmediatamente entendió mi padre cuando accedió allí por primera vez. Para llegar al fanal, había que subir primeramente por una escalera de caracol, alumbrada por cuatro ojos de buey, que llegaba hasta la azotea de la torre, en donde había una pequeña cúpula que remataba la escalera, así como una bonita balaustrada donde se apreciaban las gárgolas primitivas de la torre atalaya, en forma de cañón, que fueron reutilizadas y colocadas en el nuevo cuerpo diseñado con exquisito gusto por el brigadier e ingeniero militar don Antonio Gaver, según narraba Oses con admiración.
Desde allí, apoyándose en la balaustrada, mi padre se deleitó con su primera visión de esa parte de la ciudad de Cádiz y del mar que les rodeaba. Un paisaje cambiante según las mareas, como poco a poco fue constatando. Esa primera tarde que subió a la torre había una gran bajamar y soplaba un ponientito muy suave. Desde allí percibió, con estupor, que se encontraba rodeado de mar y de rocas, dentro de un castillo militar. Entonces, un intenso frío le invadió el cuerpo, y don Carlos, que no le quitaba el ojo de encima, percatándose de su soledad, le echó el brazo por encima, diciéndole:
—Anda, Juanito, vamos a encender el faro. Ya verás qué bien vas a estar aquí y lo que vas a aprender. Después doña Lala nos tiene preparada una buena cena, pues debes de estar hambriento.
A la linterna, también circular y de mucho menor diámetro, se accedía por una estrecha escalera metálica de caracol. La linterna era de bronce, diáfana y vidriada casi en su totalidad para esparcir la luz en toda su circunferencia y con la máxima intensidad. Allí dentro le dio don Carlos Oses su primera clase a mi padre, con la sabiduría y humildad de los viejos torreros, algo que nunca olvidaría.
—Mira, hijo, este faro en el que vas a trabajar ha tenido un gran prestigio internacional, incluso ha sido un modelo para otros puertos en el otro lado del Atlántico, como el de la Farola del Castillo del Morro en La Habana. Así que puedes sentirte orgulloso de estar aquí.
Luego prosiguió, explicándole, cómo lo había diseñado el ingeniero Gaver, allá por el año 1766, para que en su fanal se pudieran colocar de cuarenta a cincuenta lámparas, si bien al final se construyó con un conjunto de catorce reverberos giratorios que funcionaban por medio de una máquina móvil. Hasta en el exterior se mostraban la hora y el día, finalizó con la detallada explicación don Carlos, que empezaba a emocionarse en cuanto hablaba de su oficio, que tan bien conocía.
—¿Y ha tenido muchas modificaciones desde entonces?
—En la linterna, sí —continuó Oses, con su voz aguda y nerviosa—. El aparato de reverberos traído de Londres se sustituyó en 1855 por otro del sistema Fresnel que era una maravilla. En una noche despejada, el alcance puede estar comprendido entre veintiuna y veinticuatro millas, siendo la altura del foco luminoso sobre el nivel del mar de unos cuarenta y tres metros, y se iluminó por primera vez el primero de junio de 1855 —acabó su lección sin poder contener su emoción, dejando a mi padre anonadado por sus conocimientos y su forma tan precisa de expresarse.
Don Carlos tenía una estantería repleta de libros y manuales, todos ellos relacionados con las señales marítimas, unos más viejos que otros, pues los había de la época de su padre en las Islas Chafarinas. Mi padre los repasó con una rápida mirada, fijándose en uno de ellos que tenía un larguísimo título, editado en 1851, y que era conocido en el Cuerpo como la Cartilla de Antelo. Se trataba del primer y único texto oficial para la enseñanza de los aspirantes a torreros, y que ya conocía, pero en forma de apuntes, de la academia que le preparó, a él y a su hermano para el examen de ingreso en el Cuerpo de Torreros. También se fijó en una separata de la Revista de Obras Públicas, del Ingeniero Antonio Mayo, de 1860, que se titulaba Observaciones sobre el alcance y altura de losfaros.
El tercer libro que le llamó la atención y que empezó a ojear, ante la mirada complaciente de Oses, fue la Guía del Torrero, de la Revista de Faros, editada por el Servicio de Señales Marítimas del Ministerio de Obras Públicas, al que pertenecíamos. En él venía el Reglamento del Cuerpo de Torreros de Faros, en cuyo Capítulo IV —recordaba perfectamente— se especificaban las estrictas Obligaciones y Servicio de los Torreros, algo que en la práctica mi padre fue aprendiendo de la mano de don Carlos.
—Ahora, Juanito, te voy a hacer entrega del Libro Personal del Torrero, en donde deberás reflejar, obligatoriamente, cualquier incidencia relevante detectada durante tu turno de vela. Has de saber que vas a estar durante un mes realizando las prácticas en este faro como Técnico Mecánico de Señales Marítimas en expectación de ingreso en el Cuerpo. Yo seré el Técnico Mecánico encargado, y espero y deseo poder certificar, cuando termine ese periodo, que has adquirido los conocimientos de orden práctico que te capacitan para prestar servicio en este faro y en otros similares —finalizó Oses, entregándole un libro marrón, encuadernado con tapas duras, de cincuenta folios numerados, que pasó ya a formar parte de su rutina diaria.
Después de realizar la primera anotación de la mano de don Carlos, lo depositó en una estantería junto al resto de los libros, perfectamente ordenados cronológicamente, que reflejaban la vida del faro, día a día, y turno a turno. Tras ojear algunos, mi padre se dio cuenta de la minuciosidad de don Carlos y del resto de los torreros que allí habían ejercido su profesión, sin que hubiera habido prácticamente ninguna interrupción en su servicio.
—Venga, vamos abajo, que ya está bien por hoy. Ahora toca cenar y pronto a dormir, que debes de estar agotado. ¡Ah, se me olvidaba! Estos libros que ahora voy a prestarte van a ser tus libros de cabecera durante tu primer mes de pruebas, y conviene que te familiarices con ellos y los estudies con cariño. Los han escrito gente muy sabia y con gran amor por nuestra profesión —y como si siguiera un ritual, se los entregó para que bajara a su cuarto con ellos.
La casa del torrero era sencilla, de dos plantas circulares. La vivienda tenía una puerta en el centro y dos ventanas con molduras a los lados en el piso inferior y tres en el superior, en una de cuyas habitaciones se alojó mi padre.
Su primera cena discurrió en un ambiente familiar y agradable, gracias a la cercanía y generosidad del matrimonio, que estuvo pendiente de que el recién llegado no tuviera tiempo de pensar en el cambio tan drástico que había dado a su vida y en las responsabilidades tan grandes que acababa de adquirir con esta profesión a tan temprana edad.
La cena que preparó doña Lala, como ya le anunció don Carlos, fue exquisita y abundante, algo que agradeció por el hambre que sentía debido a todas las sensaciones nuevas que llevaba acumuladas desde que salió de Cartagena. Además, el sabor de la comida le resultó diferente, sin saber explicar por qué. Allí probó por primera vez las papas aliñás, los ostiones y un frito variado delicioso que doña Lala había preparado con el pescado que había cogido su marido esa mañana.
—Además de convertirte en un buen torrero, Juanito, te voy a enseñar a pescar; que en eso, poca gente me gana. Hasta el caletero Antonio Pérez, que ya conocerás, viene por aquí a que le enseñe alguno de mis ingenios en el arte de la pesca —se dirigió a mi padre don Carlos Oses, mientras le explicaba cómo los había cogido y el nombre de cada uno de ellos, nuevos para él, bajo la sonriente mirada de doña Lala, que andaba atenta a que no faltase nada en la mesa.
Mi padre recuerda que cayó rendido en la cama, aunque le costó dormirse por la cantidad de imágenes que fugazmente acudían a su mente, fruto del cansancio y la excitación. Todo ello, mezclado con el sonido rítmico del giro de la linterna, imperceptible para los que vivieran en la ciudad, pero inseparable de por vida para cualquier torrero y al que tendría que acostumbrarse.
Tuvo un sueño muy profundo en el que aparecieron sus padres, a los que tanto echaba de menos, y su hermano Ginés, que ahora estaría igualmente durmiendo en el faro de Cabo de Palos. Me contó que su último recuerdo, antes de caer en un dulce sueño, fue ver la cara de la Virgen de la Caridad sonriéndole fijamente, mientras se cantaba a bonico la Salve cartagenera, en medio de una respetuosa multitud. Se acordó de la petición que le había hecho antes de partir: que no le dejase solo cuando saliera de Cartagena. Entonces se dio cuenta de que se había cumplido su petición, pues aparecieron las imágenes de don Carlos y doña Lala charlando animadamente con él durante su primera cena en Cádiz.
5
Relatos desde el faro de Cádiz
A la mañana siguiente, mi padre se despertó sobresaltado por los golpes que alguien estaba dando en la puerta de la vivienda. Don Carlos estaba trabajando en la linterna del faro y su señora había salido un momento a por agua, por lo que tuvo que bajar a toda prisa, medio dormido y desconcertado, pues todavía no era consciente de dónde se encontraba y de lo que estaba sucediendo.
—¿Hay algún cuervo dentro? ¿Da vuesencia permiso para que esta alma pecadora y liberal entre en su servil casa? —hablaba en voz alta un señor mayor, bien vestido, con bastón, sombrero y una gran barba, mientras golpeaba la puerta con fuerza. En su mano llevaba enrollada una carta marina, antigua, y un libro encuadernado con tapas de color rojizo.
—Deje de dar gritos, don Hipólito, y compórtese, que está dentro de un castillo militar y en terrenos de la Junta de Obras del Puerto, del que, le guste o no, soy la máxima autoridad. Además, ha despertado a Juanito, el nuevo torrero, que llegó ayer muy cansado de Cartagena. Ande, pase dentro a tomar un café, antes de que algún centinela lo encierre, cosa que no le vendría mal, dicho sea de paso —se oyó la voz de don Carlos, que bajaba apresuradamente de la torre.
—Soy el doctor Hipólito Istúriz de la Varga —se presentó, quitándose cortésmente el sombrero—. Y usted, joven, debe ser el nuevo torrero, de Cartagena, según me ha informado don Carlos.
»¡Ah, Cartagena, ciudad cantonal e independiente! ¡Qué sueño que no pudo alcanzarse por culpa de todos esos carcamales centralistas! El Cantón de Cartagena fue sin duda la aventura más revolucionaria y romántica de este siglo en España. ¡Qué gran héroe ese Antonete Gálvez! Seis meses resistiendo el asedio de las tropas centralistas. Hasta emitieron su propia moneda cantonal. Lástima que el Cantón de Cádiz, liderado por nuestro alcalde republicano Fermín Salvoechea, solo durara un mes. ¡Vivan Antonete Gálvez y Fermín Salvoechea! ¡Salud y República federal! ¡Abajo la Monarquía! —acabó su proclama don Hipólito, ante la cara de asombro de mi padre—. Espero que usted, joven —continuó en un tono ya más reposado—, traiga savia nueva e ideas liberales a este faro, que alumbren los pensamientos de este valetudinario funcionario del gobierno central, que aunque buena gente, hiede a pata del Cid por todos lados.
—¡Alto, don Hipólito! Le prohíbo que hable así en mi casa y que intente transmitir sus ideas masónicas a un funcionario en prácticas, recién llegado a este faro, y de cuya formación técnica y moral soy responsable. Y menos, a una persona tan joven, que ya tendrá tiempo de decidir sobre si sigue los ideales de un señorito liberal como usted, que vive en una casa-palacio, con servicio, o los de un decadente y servil funcionario, hijo de torrero de las Islas Chafarinas, educado en los valores de la España tradicional, católica y monárquica —exclamó el torrero Oses, acercándose desde arriba y escapándosele un par de gallos, fruto de su nerviosismo.
Mi padre no entendía nada de lo que estaban hablando y menos, quién era don Hipólito. Mientras daba buena cuenta del desayuno que le había preparado doña Lala, don Hipólito continuó hablando, sin parar, pero de una forma suave, no de política, sino de historia, arte y cultura, relacionada con Cádiz. El doctor Istúriz era una persona muy erudita y amena, que dejó muy impresionado a mi padre en esa su primera visita al faro. Aunque mostraba unas maneras muy educadas, irradiaba cercanía en su trato. Se notaba que le gustaba provocar a don Carlos, algo que por otro lado conseguía con suma facilidad; si bien se distinguía el aprecio mutuo que ambos se profesaban. Después de estar conversando en la torre un buen rato, en un tono muy amigable, y de entrar y salir varias veces al exterior de la linterna señalando no sé que piedras, bajaron uno detrás del otro.
—Encantado de conocerle y bienvenido a esta tierra acogedora, tan sabia y milenaria como la suya. Me verá por aquí muchos días, aunque solo sea para sacar de quicio a su atávico tutor. Por cierto, le invitaré a ver las pruebas finales que tiene programadas su paisano, el sabio Isaac Peral, en la Carraca, en cuanto se sepan las fechas. Me huele que en las altas esferas de la Marina le tienen mucha envidia, y ya veremos si su proyecto sigue adelante. ¡Salud y República! —se despidió don Hipólito.
—Vaya con Dios, doctor Istúriz, y ya pensaré sobre sus teorías de la destrucción del templo de Melkar y la desaparición de la ciudad de Bolonia por los diferentes maremotos que por aquí ocurrieron. Por cierto, no le vendría mal darse una vuelta por el Barrio de la Viña y visitar al párroco de la iglesia de la Virgen de la Palma, para que le cuente con detalle lo del milagro del maremoto. Y de paso, oír una misa, o rezar un rosario, que daño no le hará a su descarriada alma —se escuchaban las risas de don Carlos, que esta vez andaba provocando a don Hipólito.
—Será difícil que por allí me vean, salvo si el destino hiciera que usted se fuere de este mundo antes que yo, algo que no desearé nunca. Entonces le prometo que pondré el pie dentro de la iglesia, rezaré por usted y me santiguaré… ¡Pero con la mano izquierda! —acabó su proclama Istúriz, ante la risita bonachona de don Carlos.
Éste le explicó a mi padre que don Hipólito Istúriz de la Varga era uno de sus mejores amigos, y que venía de visita por el faro casi todos los días desde que enviudó. Fue un reconocido catedrático de Medicina, siguiendo la tradición de su padre, tan de izquierdas como él.
Su amistad venía de cuando el doctor Istúriz le salvó la vida a la hija de don Carlos, que estaba prácticamente desahuciada, a raíz de unas fiebres mal tratadas. Don Hipólito estuvo luchando día y noche hasta que consiguió curarla con un diagnóstico adecuado. Al doctor Istúriz, al igual que a su padre, lo quería mucho la gente más desfavorecida de Cádiz, a los que nunca cobraba.
Los Istúriz pertenecían a una rica familia vasca de comerciantes, que se asentó en Cádiz en el siglo XVIII, uno de cuyos miembros más conocidos fue don Tomás de Istúriz, diputado por Cádiz en las Cortes Ordinarias que contribuyó a la llegada del liberalismo en España. Don Hipólito no tuvo hijos y vivía con su hermana en una casa palacio en la calle Ancha. Su mansión se encontraba repleta de libros y obras de arte de gran valor, heredadas de su padre, y era un estudioso de la historia de Cádiz. Ahora andaba investigando la desaparición de alguno de los grandes monumentos y ciudades que existieron en la antigüedad a causa de los maremotos que a lo largo de la historia arrasaron esta costa.
—¿Qué es eso de los maremotos, don Carlos? —preguntó Juanito preocupado.
—Son dos o tres olas que viajan por el mar, después de un terremoto, y que al acercarse a la costa se hacen enormes y destruyen todo lo que encuentran.
—¿Y eso pasó hace mucho?
—Pues el último, el Día de Todos los Santos, los Tosantos le dicen aquí, el 4 de noviembre de 1755, no hace tampoco tanto, y entró por toda la Caleta, arrasando casi todo el Barrio de la Viña. Primero se retiró el mar unos quinientos metros, durante unos veinte minutos, y aunque era pleamar, según cuentan, las rocas se llenaron de peces vivos. Entonces llegó una gran ola que penetró por la calle hacia la iglesia de la Virgen de la Palma, que estaba en ese momento repleta de gente oyendo la misa, y fray Bernardo, el párroco, al escuchar el estruendo tan grande que había fuera y ver que el agua estaba subiendo, sacó el estandarte de la Virgen de la Palma, y plantándose dijo la célebre frase: «¡Hasta aquí y no más, Madre!», y la ola se detuvo. Por eso, el día de Tosantos la gente del Barrio de la Viña sale en procesión con el trono de la Virgen, para celebrar el milagro, y cantan una Salve Marinera en la Caleta, coincidiendo con la puesta de sol más bonita que podrás ver en tu vida. Nosotros vamos siempre, pues somos muy amigos del párroco, que viene de vez en cuando por aquí. Una vez coincidió con don Hipólito y se enzarzaron en una discusión sobre Dios. A partir de entonces, el doctor Istúriz siempre pregunta en voz alta, antes de entrar, si hay algún cuervo, que es como él llama a los curas con sotana, como ya le habrás escuchado.
—¡Coñe, don Carlos, qué cosas tan raras pasan aquí en Cádiz; me está asustando! Eso de los maremotos no sucede en Cartagena.
—No te preocupes, Juanito, que si alguien está a salvo aquí, somos nosotros, en la torre del faro. Mira, aquí entra don Lorenzo Fages, el ayudante de Obras Públicas de la Junta de Obras del Puerto, y encargado de las señales marítimas, que viene de inspección al faro. De paso quiere conocerte y traerte unos papeles que tienes que rellenar.
—¡A la paz de Dios! ¿Da usted su permiso para entrar en esta su sacrosanta casa? —se dirigió don Lorenzo, en tono muy amable y de gran confianza, hacia don Carlos, notándose que se conocían desde hacía mucho tiempo—. Ese joven brazo de mar cartagenero debe ser el nuevo torrero en prácticas —dijo, presentándose él y las otras dos personas que le acompañaban, Antonio Pérez e Higinio Villegas.
—Don Lorenzo Fages siempre será bienvenido aquí, pues si no fuera por usted, no nos arreglarían las cosas que con el tiempo se estropean en este histórico faro, que en su día fue modelo en todo el mundo. Ande, entre, que tengo que mostrarle una grieta que se me ha abierto en la cúpula, no sé si por el viento o por las pruebas que están haciendo los militares con esos cañones que acaban de instalar. Deben pensar que van a volver los ingleses otra vez a saquear y destruir la ciudad.
Cuando don Lorenzo acabó de inspeccionar el faro y se despidió, mi padre me contó que permaneció con los dos vigilantes del Ministerio, que quedaron en acompañarlo a las oficinas de la Junta de Obras del Puerto, para que llevase su documentación debidamente cumplimentada.
—Ahora enseñadle los alrededores del faro y cómo llegar a nuestras oficinas, para que se vaya familiarizando con la ciudad —se dirigió don Carlos a los tres—. Antonio Pérez, que es caletero y muy buen pescador, casi tan bueno como yo, te enseñará la Caleta y el Barrio de la Viña. Higinio Villegas seguro que te contará historias del Carnaval de Cádiz, la fiesta principal de aquí, y especialmente en esta zona.
Se notaba que Antonio e Higinio tenían una gran curiosidad por saber cosas del nuevo torrero y comenzaron, casi al unísono, a hacerle preguntas.
—¿Qué, Juan, siendo de Cartagena, te gustará la pesca, no? ¿Entra mucho pescao con la pleamar? ¿Qué tipo de carná utilisáis? ¿Tenéis sitios como la Caleta?... —Antonio Pérez empezó con una retahíla de preguntas, casi imposible de contestar por la velocidad con que las hacía.
—Pues… no sé nada de pesca y nunca había conocido un sitio como éste. Cartagena tiene un puerto de mar muy famoso, rodeado de montañas y con muchos barcos de la marina, pero no tiene playas. En verano me llevaron mis padres a bañarme alguna vez a los Nietos, en el Mar Menor; allí está el agua muy caliente. En el muelle de Cartagena solo se bañan los socios del Real Club Náutico, algunos de los cuales salen a remo y a vela latina a darse un baño en Cala Cortina y en el Muelle de la Curra. ¡Ah, se me olvidaba, nunca había visto la marea hasta que llegué aquí!
—No te preocupes, Juan. Ya te enseñaremos cómo se pesca en esta zona y cómo se utiliza la marea pa muchas cosas. Toma, te regalo una tabla de mareas de la Marina, y otro día te explico lo de los coeficientes y muchas más cosas —y allí, en el Castillo de San Sebastián, recibió mi padre su primer regalo de un caletero, del Barrio de la Viña. Un ejemplar que conservó como oro en paño a lo largo de su vida.
—¿Cómo es el carnaval en Cartagena? ¿Conoces el de Cádiz, que es el mejor del mundo? —ahora le tocaba el turno a Higinio Villegas.
—Carnaval, carnaval, como el vuestro, no tenemos. Mi hermano Ginés, que está en el faro de Cabo de Palos, y que sabe de todo, me dijo que el vuestro era el mejor del mundo. Ya me lo enseñarás —acabó, ante la cara de satisfacción de Higinio.
Antonio Pérez no le dio opción a Higinio a que le hablara del Carnaval de Cádiz y comenzó explicándole a mi padre los secretos de la Caleta.
—Mira, en la Caleta cada piedra tiene su nombre y los que somos de aquí sabemos cómo pescar, dependiendo de la marea, los vientos, los oleajes y las corrientes.
Y como si estuviese esperando ese momento, comenzó dándole una lección a mi padre sobre los tesos, explicándole que eran toda la superficie rocosa que quedaba al descubierto en bajamar, señalándole el Teso del Norte o Teso de la Punta de la Nao, y el de la Punta del Sur. También le nombró, señalándolas y de un tirón, los nombres de las diferentes piedras o marcas de la Caleta. Las que tenían nombre de animal: la Tortuguita, los Cochinos, el Delfín, las Puercas, el Camello… Las que respondían a la abundancia de especies concretas: los Erizos, los Bujeles, el Pez Rey, el Ojo Buey, la Borriquera…. Las que respondían a algún objeto: el Tornillo, la Sortija, la Palangana, el Ancla, la Piedra del Ahogao, el Ataúd o Caja Muerto… Por su forma: la Media Luna, la Piedra Redonda, la Olla, las Pozuelas, la Poco Agua…
—Ésa es la Piedra del Tiburón o la Piedra Rota, por su forma de aleta que incluso sobresale del agua en la pleamar. Aquélla que está en la Punta de la Nao se conoce como el Lingote y es una de las piedras más misteriosas porque tiene forma de muro trapezoidal. A aquel grupo de piedras altas se le conoce como la Piedra del Diablo, y dicen que en tiempos de los fenicios había un faro con una escalerilla sobre una de ellas —continuó, ante el asombro de mi padre y también de Higinio, que no era precisamente un conocedor de todo aquello.
—¿Y esos puentes y canales? —se atrevió mi padre a preguntarle, respondiéndole inmediatamente Antonio Pérez:
—El camino es la única vía de acceso al castillo de San Sebastián en marea alta y se inicia en la Puerta de la Caleta. El camino está cortado por varios puentes. Los que están delante de la misma Puerta de la Caleta son los Tres Puentes, después vienen el Puente de Hierro y el Puente Canal, que es el más amplio. Desde él, cuando la marea está alta, se tiran al agua los chiquillos de esta zona. Delante del castillo está el Puente del Socorro. El Puente de la Arena es el que une el Castillo de San Sebastián con la Avanzada, que como verás, tiene mucha arena acumulada a su alrededor —finalizó Antonio Pérez con los puentes, y comenzó entonces con los canales. Se le veía muy satisfecho por poder explicarle todas esas cosas que tan bien conocía—. Hay muchos canales y canalillos interiores —continuó—, pero el más conocido es el Canalizo o la Canal, al que hay que dragar cada cierto tiempo para que pasen nuestras embarcaciones. Hay que ser muy experto, como nosotros, para entrar en empopada, con un buen levante, a toda velocidad, por debajo del puente. Por ahí se escapaban nuestros barcos, de poco calado, las muchas veces que Cádiz fue asediado por las flotas extranjeras. Si no eres caletero, no puedes navegar por aquí dentro. Hay muchos restos de barcos que han naufragado en cuanto han intentado refugiarse en este rincón. Ése es el único muelle que tiene el castillo, el Muelle del Socorro, y al que solo se puede acceder, y con cuidado, en pleamar.
—¿Y qué se pesca en la Caleta? —nuevamente preguntó mi padre, sin ser consciente de la retahíla de especies que le iba a soltar Antonio Pérez.
—Pues mucho —no dudó en enumerarlas ni un segundo—. El cangrejo moro, las mojarritas, los erizos de mar, las caballas caleteras. También doradas, herreras, pulpos, sargos, raspallones, cangrejo zapatero, cangrejo mariquita, carajo de mar, coñeta, chocho vieja, jurela, alfajor, lisa mojonera, ortiguilla, urta, ostión, puntillita, róbalo, baila, dorá, chova, palometa, cazón…
—¡Quillo, para ya! ¡No seas jartible