Un peligro muy atractivo - Susan Meier - E-Book

Un peligro muy atractivo E-Book

Susan Meier

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Beschreibung

Ningún hombre podría fingir la emoción que se oía en su voz... Cuando contrataron a Rick Capriotti para dirigir el rancho de la familia, Ashley Meljac se sintió traicionada, porque Rick era el típico chico malo que acababa de volver a Calhoun Corners. Pero el enfado de Ashley desapareció cuando descubrió que Rick era un padre dedicado que luchaba por criar a su bebé. Y mientras lo observaba con la pequeña, Ashley deseaba creer que había cambiado… y que en su corazón habría un lugar para ella.

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Seitenzahl: 180

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2006 Linda Susan Meier

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un peligro muy atractivo, n.º 2119 - marzo 2018

Título original: One Man and a Baby

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-177-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

SI DESEAS hacerte cargo de la administración de Seven Hills, el puesto es tuyo.

Desde el umbral de la puerta del despacho, Ashley Meljac dejó escapar una exclamación ahogada al oír que su padre ofrecía su puesto a un hombre alto, de constitución atlética, vestido con una camiseta negra y unos vaqueros ajustados que realzaban un trasero bien formado. Hacía cuatro años que Ashley le había pedido ese trabajo, pero el padre se había negado porque su hija acababa de volver a casa tras haber perdido la mitad de sus fondos de fideicomiso por culpa del oportunista con el que se había casado. Pese a ello, Gene Meljac le había prometido que algún día el puesto sería suyo. Desde entonces, había demostrado sobradamente haber aprendido de los errores cometidos en su matrimonio y no iba a permitir que su padre no cumpliera su promesa.

–¿Qué haces aquí, princesa? –preguntó Gene Meljac, con los ojos agrandados por la sorpresa, al tiempo que se levantaba de su sillón tras la mesa de caoba–. Creí que no estabas en casa.

–Como puedes ver, estoy aquí –respondió cruzando la alfombra oriental de color mostaza que se extendía bajo el sofá de piel y la silla frente al escritorio de su padre.

–Ashley, éste es Rick Capriotti –dijo Gene apresuradamente–. Rick, mi hija Ashley.

Con el sombrero en la mano, Rick Capriotti le dirigió una mirada cortés. Llevaba el pelo más bien largo y un mechón le caía descuidadamente sobre la frente. Tenía unos hermosos ojos azules, casi femeninos, en un rostro de pómulos cincelados y una nariz ligeramente torcida. Los intensos ojos azules atraparon la mirada de la joven.

–Su hija y yo nos conocemos.

Ashley respiró a fondo intentando ignorar el brillo sensual de aquellos hermosos ojos.

Ella no había formado parte de la legión de chicas del instituto mixto de Calhoun Corners que durante toda la enseñanza secundaria habían perseguido a los hermanos Capriotti, idolatrados hijos del alcalde. Dos chicos malos. Se había relacionado con él sólo porque la habían asignado tutora de Rick para ayudarlo a preparar el examen de Literatura Americana del último curso de bachillerato. Capriotti pensaba que también caería rendida a sus pies y que le haría los deberes, pero ella había insistido en enseñarle y obligarle a estudiar. Rick pidió que le cambiaran la tutora y, a partir de ese día, se había dedicado a hostigarla y gastarle bromas a la menor oportunidad que se le presentaba.

Así que para ella el encuentro no era agradable, especialmente porque quería conseguir el empleo que Gene Meljac acababa de ofrecer a Rick Capriotti.

Ashley se volvió a su padre.

–¿Por qué le das mi trabajo?

–No se lo doy –repuso al tiempo que se acercaba a ella y le tomaba las manos–. Sencillamente quiero contratar a Rick para que se encargue de la granja durante mi ausencia. ¿Recuerdas que te dije que durante mis vacaciones volvería a tomar lecciones de navegación a vela? Es un curso más avanzado que requiere dedicación y tiempo, así que volveré a casa en febrero.

–Comprendo –se limitó a decir.

Ashley guardó silencio pensando que su padre pasaría las Navidades lejos de ella. Aunque comprendía que la navegación a vela era su pasión, le entristecía pensar que no había vacilado en romper el pacto que un día habían hecho. Siempre pasarían juntos las vacaciones. Cuando Gene le había hablado de esas vacaciones, Ashley le recordó su promesa y él repuso que no había olvidado el día de la muerte de su madre y de su hermano. Ese día había nevado y estuvieron velándolos toda la noche, sumidos en su dolor. Entonces fue cuando le prometió que nunca estaría sola. Sin embargo, quedaba claro que su padre consideraba que los días de duelo habían pasado y que ambos debían continuar con sus vidas. Ashley no insistió para no presionarlo y le dijo que hacía bien en pasar las vacaciones navegando, que no se preocupara por ella porque tenía muchas cosas que hacer, aunque no era cierto. No le cabía duda de que no estaba incluida en los planes de su padre y se sintió muy herida. Sin embargo, se consoló pensando que un día administraría Seven Hills y que el trabajo y el contacto con sus empleados le harían sentirse en su verdadero hogar. Pero, al parecer, su padre también rompía esa promesa.

–Por otra parte, el señor Capriotti no busca un empleo permanente, hija. Sólo serán unos cuantos meses mientras considera otras opciones.

Cuando Gene volvía a la mesa de trabajo, Ashley lanzó una mirada al hombre en cuestión y contuvo un bufido de incredulidad. Rick Capriotti no era digno de crédito. No había sido un chico que sólo destrozaba los buzones y desfloraba a las chicas vírgenes, como su hermano Jericho. Rick era un embaucador, un tipo que se las ingeniaba para conseguir todo lo que quería y cuando lo quería. Aunque la familia no era acaudalada cuando los hermanos Capriotti iban al instituto, a Rick jamás le faltaba el dinero. Pensándolo bien, era el equivalente en Calhoun Corners a su astuto ex marido, se dijo Ashley. Y eso significaba que no quería verlo merodear cerca de la fortuna de su familia.

Ashley aferró el brazo de su padre cuando pasó por su lado.

–Me dijiste que yo iba a administrar la granja.

–Dije que algún día podrías hacerlo. Pero no por ahora. No estás preparada, princesa.

–¿Cómo lo sabes? Nunca me has dado una oportunidad para demostrarlo.

–¿Eres contable? –preguntó el hombre que ella intentaba ignorar.

–Esto no es asunto tuyo.

–Lo siento –replicó Rick con tanta cortesía que ella quiso sacudirlo–. Sí que es asunto mío. Muchas personas que viven en granjas como ésta no se dan cuenta del trabajo que hay que hacer en un despacho para conseguir su pleno rendimiento.

Ella le dirigió una mirada furiosa.

–Estudié la carrera de Comercio en la universidad.

–Pero nunca has puesto en práctica tus conocimientos –le recordó su padre, con suavidad–. Rick tiene razón. No conoces el trabajo. Tú sabes montar, te ocupas de tu caballo, incluso hablas del negocio con Toby, pero ignoras las complejidades que conlleva el éxito de una granja.

–Porque no me has enseñado.

–Bueno, tengo que marcharme –concluyó Gene, con una mano en el hombro de Rick–. Ahora iremos a dar una vuelta por la granja, te presentaré al personal y mañana puedes empezar.

–¡Mañana! –exclamó Ashley.

–Sí, me marcho esta noche.

–Creí que te irías la próxima semana. ¿Por qué no me contaste que habías cambiado tus planes?

–Tesoro, sencillamente porque los cambié ayer.

Ashley sintió una opresión en el pecho. Pudo habérselo dicho la noche anterior o esa misma mañana, a la hora del desayuno. Pero no lo hizo. Desde su última visita a las Bahamas, no hacía más que pensar en hacer vela. Acababa de dejar la administración de la granja en otras manos, no le importaba ausentarse durante las vacaciones y había olvidado informarle sobre su cambio de planes. Ashley tuvo que reconocer que su padre ya se había marchado. No, no cejaría en su empeño de dirigir esa propiedad que también era suya, pensó con resolución. Si no tenía nada que hacer en la vida, al menos la granja la mantendría ocupada y le daría la sensación de estar en su hogar.

–Lo siento, papá. Comprendo tus ansias de volver a navegar. Por esa misma razón debes enseñarme a dirigir Seven Hills.

–¿De veras quieres aprender?

–Sí.

–¡Magnífico! –exclamó al tiempo que miraba a Rick con una sonrisa–. Señor Capriotti, tendré que asignarte otra tarea. Como ves, mi hija quiere aprender los gajes del oficio, así que tendrás que enseñarle durante mi ausencia.

–¿Qué? –Ashley exclamó, sofocada.

–¿Qué? –preguntó Rick, confundido.

–¡Un plan perfecto! Es cierto que Ashley estudió comercio y contabilidad con el propósito de dirigir la granja en el futuro. Un curso de tres meses contigo para que aprenda el aspecto técnico del oficio y luego otros tres meses de prácticas conmigo, la dejará en disposición de hacerse cargo de Seven Hills el próximo verano. Entonces podré dar la vuelta al mundo en una embarcación a vela.

Ashley tragó saliva.

–¿Alrededor del mundo?

–Sí. Todavía no he hecho planes concretos, aunque siempre ha sido mi último objetivo. Y ahora que he dejado todo en orden aquí, puedo dedicarme a ultimar los detalles –dijo al tiempo que se dirigía a la puerta–. Subiré a buscar mi teléfono móvil y luego te enseñaré la granja, Rick. Volveré en un minuto.

Ashley estaba tan perpleja que no pudo articular palabra.

–Enhorabuena, señorita tutora de Literatura Americana, parece que oficialmente se nos han vuelto las tornas.

 

 

A las siete de la tarde, cansado y furioso, Rick estacionó la camioneta ante la casa de su hermana Bel. Había sido un día frenético. Gene le había mostrado la granja, le había presentado a los trabajadores y cada treinta segundos le recordaba las cosas que tendría que enseñar a Ashley. Al final de la jornada se sentía destrozado.

No le gustaba la idea de enseñar lo que había que hacer a una mujer que recordaba como una niña acaudalada, demasiado mimada y presumida. Y menos le gustaba reconocer que se había convertido en una mujer muy atractiva. No había dejado de observar sus cabellos rubios que brillaban al sol, ni en el fuego de sus ojos verdes cada vez que lo miraba con una rabia contenida, ni los vaqueros que se había puesto para acompañarlos en el paseo por la granja, que la hacían más alta y sexy. Todo el tiempo se había dedicado a observarla en lugar de memorizar el nombre de los empleados y recordar los detalles que le explicaban. Y lo peor era que esa mujer no le era simpática. Demonios, no quería que le gustara.

Frustrado, se pasó las manos por la cara. Necesitaba con urgencia una ducha y una cerveza que tendrían que esperar por lo menos un par de horas más.

Tras bajar del vehículo, Rick contempló la hermosa casa de estilo colonial francés que se alzaba ante él. Su hermana Bel y su marido Drew, que había sido vecino de la familia Capriotti durante más de diez años, esperaban su primer hijo, así que la mayor parte del tiempo ella trabajaba en casa como asesora de publicidad. Sabiendo que estaba muy ocupada, Rick odiaba la idea de imponerle el cuidado de su hija de seis meses, aunque ella misma se ofreció a cuidar de la niña la tarde en que trataron el asunto en compañía de la madre.

Rick subió corriendo los escalones que conducían al porche y antes de llamar, Bel abrió la puerta con Ruthie en los brazos. Le había puesto un pijama color verde lima y un pequeño lazo blanco en el pelo casi negro. Rick se estremeció de culpa al notar aquel toque femenino y los chispeantes ojos azules de la pequeña. No sabía cuidar a un bebé. Su pobre hija había sacado el número perdedor en la lotería de los padres.

–No sé cómo agradecerte que la hayas cuidado el día entero, Bel –dijo al tiempo que tomaba a Ruthie en sus brazos.

Su hermana, que también tenía los cabellos oscuros y los ojos azules, se echó a reír.

–Rick, para mí es un placer. No sólo porque Ruthie es la niña más adorable que jamás he visto, sino porque necesito practicar –dijo llevándose la mano al vientre, todavía muy plano según Rick, aunque no lo dijo porque sabía que su hermana quería presumir de su futura maternidad–. Además, cuidarla aquí en la granja, lejos de los fisgones del pueblo, es la mejor manera de mantenerla en secreto hasta que decidas lo que vas a hacer –añadió mientras Rick la seguía hasta la cocina pintada de beige, gris y amarillo. Bel empezó a meter los juguetes y sonajeros en el bolso del bebé.

–No me gusta la idea de tener que ocultarle a papá la existencia de la niña –comentó Rick.

–No puede ser de otra manera. Papá está nervioso porque es la primera vez en más de una década que se presenta otro candidato para alcalde. Si le hablamos de Ruthie, precisamente por ser nieta del senador Paul Martin no podrá decir nada sin que Mark Fegan se entere de que algo marcha mal –dijo refiriéndose al editor del Calhoun Corners Chronicle que apoyaba al candidato opositor, Auggie Malloy–. Tu vuelta a casa es la gran novedad en la vida de papá, así que se sentirá más nervioso. Se me ocurre que Mark enviará a su hija Rayne a investigar y, dada su experiencia en el periódico de Baltimore, no tardará en descubrir que, aunque no de modo permanente, pasaste cuatro años con la hija del senador Martin. Y cuando Rayne descubra a Jen Martin, también descubrirá la existencia de Ruthie.

Rick negó con la cabeza.

–No lo creo. Durante su embarazo y el parto, Jen vivía con su madre en Europa. Y la prensa lo ignora.

–Puede que sea así. Pero, ¿y si Rayne se entera? ¿Qué crees tú que hará si descubre que mientras el senador Paul Martin, destacado miembro del Consejo de Administración de la Asociación de Americanos en Defensa de la Moralidad, hablaba de las virtudes de la familia en su última campaña, su hija dejaba a su bebé en manos de un tipo famoso por ser un vagabundo sin empleo fijo que pasaba la vida en los rodeos?

Rick no se sintió ofendido: Bel decía la verdad. Y supo exactamente lo que Rayne Fegan haría. Con toda seguridad, esa periodista sin escrúpulos vendería la historia a un periódico o a una revista de tirada nacional. Y entonces sí que tendría un grave problema. Para un hombre que había basado toda su carrera en la defensa incondicional de la unión familiar, había una sola manera de contrarrestar el error de su hija. Sencillamente pediría la custodia de su nieta para rescatarla de unos padres de conducta licenciosa.

Rick besó la mejilla de Ruthie. Por ningún motivo iba a permitir que eso sucediera. No sólo porque amaba a su hija, sino porque un día Jen le había contado un par de cosas acerca del senador Martin después de haberlo visto en la televisión mientras pronunciaba un discurso. La más reveladora era que cuando se divorciaron, había obligado a su madre a firmar un acuerdo en el que nunca saldría a la luz el hecho de haberla maltratado, igual que a su hija. Jen no tenía ningún motivo para mentir, y Rick no podía imaginar alguna otra razón para exigir un pacto de silencio, a menos que el senador hubiera cometido abusos en su matrimonio que por ningún motivo podían salir a la luz pública. Eso también explicaba por qué la madre de Jen creyó necesario poner un océano de distancia entre ellos. Simplemente porque le temía. No era la primera vez que un político llevaba una doble vida. Y, a decir verdad, a Rick le tenía sin cuidado mientras el senador no intentara conseguir la custodia de su hija.

–Entonces nunca le contaré a nadie quién es la madre de Ruthie.

Bel se encogió de hombros.

–Tendrás que ocultarlo, aunque sólo por el momento. Puede que nunca tengas que revelar el nombre de la madre. Pero algún día tendrás que decírselo a Ruthie.

–No sé, estaba considerando la idea de decirle que su madre había muerto.

Bel hizo una mueca mientras recogía otras cosas del bebé.

–No lo sé, Rick. Quizá sería contraproducente. Algún día Jen podría cambiar de opinión y desear ver a Ruthie. Entonces tú quedarías como el padre mentiroso y Jen como la madre que intentó desesperadamente comunicarse con su hija –observó. Era verdad y Rick guardó silencio.

No tienes que tomar decisiones en este momento, Rick. Todavía quedan dos largas semanas antes de las elecciones.

–Quieres decir dos semanas para ocultar a la niña.

–Sí, tu secreto quedará a salvo tras las elecciones. Al margen de que papá sea reelegido o no, ya no será noticia para Rayne y por tanto no tendrá motivos para indagar sobre tu vida. Y hasta que las cosas se resuelvan, mamá y yo siempre podremos hacer de canguro mientras estés trabajando. Como ves, en realidad no estamos ocultando a Ruthie, simplemente hemos decidido no proclamar su existencia. A propósito, he encontrado un buen pediatra y he preparado unos biberones –dijo al tiempo que los sacaba del refrigerador y luego los metía en el bolso de los pañales.

Rick asintió con una sonrisa, aunque en el fondo se sentía triste. Cuando Jen volvió a casa con Ruthie, él creyó que lo hacía porque lo amaba. Había sido tan estúpido como para pensar que la maternidad le había hecho reconsiderar su decisión. Imaginó que tal vez su regreso a casa se debía a la convicción de que podrían funcionar bien como pareja y fundar una familia. Rick recordó cuán feliz se había sentido. La había amado con toda su alma y cuando lo abandonó el año anterior, sintió que se moría. Así que cuando repentinamente había aparecido esa noche, no sintió más que gratitud hacia la vida por darle una segunda oportunidad.

Tras dejar a Ruthie durmiendo, habían hecho el amor y fue el hombre más feliz de la Tierra. En ningún momento pensó que Jen lo hacía para que no sospechara que intentaba escapar en plena noche, cuando él dormía. Su sorpresa fue mayúscula cuando despertó al día siguiente y descubrió que lo había dejado solo con el bebé y una nota en que lo amenazaba con un pleito si alguna vez revelaba que ella era la madre de Ruthie. Había actuado de una manera tan calculadora que todo lo que sentía por ella murió instantáneamente.

En aquel momento, lo único que quería era criar a su hija en paz. En tanto Jen y Rick mantuvieran a la niña en secreto no había motivos para pensar que el senador Martin pudiera descubrirla. Y eso era exactamente lo que Rick deseaba. Privacidad.

–Bueno, ya está –dijo Bel al tiempo que le colgaba la bolsa de los pañales en el hombro–. Entonces nos veremos en la madrugada, sobre las cuatro.

–No sabes cuánto lamento tener que molestarte.

–¡Eh!, no es ningún problema. Drew se levanta a la misma hora que tú, y yo también. Por lo demás, necesito practicar, como ya te he dicho.

Rick sonrió agradecido y se encaminó a la camioneta. Diez minutos más tarde, estacionó ante la casa de huéspedes de la granja Seven Hills. Ruthie empezó a golpear el sonajero en el asiento del coche.

–¿No te dijo papaíto que no tenías que hacer ruido?

Al ver que le respondía con un gorjeo, Rick movió la cabeza de un lado a otro.

Con la bolsa colgando de un hombro y la pequeña en sus brazos, Rick subió los escalones que conducían al porche y se detuvo a echar una mirada a la pequeña casa pensando que era perfecta para ambos. Había dos habitaciones muy cercanas en la segunda planta, de modo que podría oírla si lloraba por la noche. Por la mañana, Gene le había enseñado la acogedora cocina pintada de verde, completamente equipada; una sala amueblada con un cómodo sofá y sillas, y un estudio donde podría trabajar en el ordenador y llevar los libros de la propiedad. Lo mejor de todo era que estaba lo suficientemente lejos de la casa de la granja, de modo que nadie podría oír ni ver lo que él hacía en la suya. Como se accedía por un camino lateral, ni siquiera tendría que pasar por la residencia de los Meljac en su camino a casa. Por tanto, no había peligro de que Ashley Meljac descubriera a Ruthie.

Durante el encuentro de esa mañana, le había quedado claro que Ashley no deseaba otra cosa más que deshacerse de él. Gene Meljac no había dicho exactamente que se jubilaría, pero era evidente que deseaba hacerlo. En un mes más, cuando se comunicara con él, Rick le pondría al corriente de la buena marcha de la granja y, al comprobar que su presencia no era necesaria allí, seguro que pensaría que no hacía falta dirigirla personalmente. Entonces el empleo y la casa serían suyos. Un lugar perfecto para guardar un secreto.

No iba a permitir que una princesa nacida para ir de tiendas como Ashley le quitara el trabajo, sobre todo porque estaba seguro de que una vez que se diera cuenta de lo que realmente significaba llevar una granja, la señorita presuntuosa se marcharía a toda prisa al centro comercial más cercano pensando que después de todo no deseaba hacerse cargo de las pesadas tareas de su administración.