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Sara es una joven de veinticinco años, dedicada a su trabajo y estudios. Cuando era niña, perdió a la mayoría de los miembros de su familia en un accidente, por lo cual, se convirtió en una joven solitaria. Una noche, decide salir de su rutina diaria para acudir a un evento muy importante de su mejor amiga; en dicho evento conocerá a Alexander Ruedas. Con Álex siente una conexión inmediata y al poco tiempo se convierten en pareja. Álex le presenta una noche a sus padres, y es entonces cuando Sara conoce a su suegra, Ana, una mujer muy atractiva de cuarenta y dos años, maestra de arte y que está casada con su mejor amigo de la infancia. En el pasado, Ana fue víctima, durante su niñez, de maltrato físico y psicológicos por parte de su papá, un extremista religioso que desapareció de la vida de Ana, después de un trágico acontecimiento familiar. Ana crece con miedos, reprimiendo su sexualidad y sus sentimientos; escondida con su madre y con su amigo Demian, sin imaginar que la tragedia del pasado pronto volverá a aparecer en su vida; al mismo tiempo, surge el reencuentro con el amor, que se presenta con la persona menos esperada.
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Seitenzahl: 364
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Mimi L. Soberano
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-902-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Si me preguntas cómo es… Su inteligencia es extraordinariamente sexy… Sus ojos son extremadamente tiernos… Su mirada es increíblemente provocadora… Su voz… su voz me hace pensar que tal vez existan los ángeles… como el hermoso, perfecto y rebelde Luzbel. Es la encarnación de Afrodita, y tiene la mezcla perfecta y equilibrada de lo apolíneo y lo dionisíaco.
ANA
AGRADECIMIENTOS
A mí sobrino Víctor Sebastián, por haber confiado en mí antes de que yo misma lo hiciera. Por revisar mi texto con tanto cariño, aconsejarme a no seguirlo leyendo, porque bien sabías que yo nunca estaría satisfecha; por ayudarme a corregirlo y alentarme a publicarlo.
A Jessica, por ser mi primera lectora y enamorarse de mis personajes, así como me enamoré yo cuando los fui conociendo; por tener esas largas platicas acerca de mi texto, en el que hablábamos de los personajes, como si fuesen reales y nos volvíamos a reír o emocionar recordando algún fragmento.
A mis padres, Ramón y Eli, por haberme regalado esta vida llena de felicidad, de libertad, de amor incondicional; por nunca dejarme sola y aceptarme tal cual soy.
A todos mis sobrinos, hermanos y amigos, por hacer más bella mi vida con su presencia y por ser la fuerza que me inspira a continuar luchando.
I
Había pensado cometer ese homicidio mucho tiempo atrás. Ella sabía que se presentaría la oportunidad en algún momento, y simplemente lo haría llegado el momento.
Una noche, cenando en una reunión en casa de unos amigos, se enteró durante la conversación de que habían comprado un arma por aquello del asalto en la casa de los vecinos. «La situación está muy peligrosa», comentaban. Era una pistola moderna, ella no prestaba atención a los detalles, solo observaba cómo la presumían con mucha emoción. «Es un artefacto increíble», decían, y se concentró en poner atención a dos detalles, en dónde guardaban el arma y al hecho de que era un arma moderna muy silenciosa. Pretendía no mostrar el interés que demostraban los demás invitados, ella cenaba tranquila, aparentando no interesarse por el tema.
Algunos días después, ella volvió a casa de su amiga… estaba de visita casual. Se disculpó en un momento, se levantó para ir al baño y entonces lo hizo. Fue directamente a buscar el arma, con cuidado la tomó del cajón utilizando su pañuelo, la guardó en su bolso, fue al baño solo a lavarse las manos y regresó tranquila a la sala para continuar tomando su segunda taza de té mientras continuaban con su conversación banal acerca del viaje reciente de unos conocidos en común.
Una semana después, sin tener novedad acerca de la desaparición del arma de la casa de sus amigos, que al parecer no se habían percatado del robo, ya que afortunadamente no habían tenido la necesidad de utilizarla, se dispuso a completar su plan unos días más tarde.
Ella, varios meses antes, había comenzado el hábito, adelantándose a este acto, de salir por las noches a caminar, correr o trotar un rato por la ciudad. Pasaba por alguna tienda antes de irse a su casa y regresaba a darse un baño relajante y a descansar.
Una noche salió a la hora acostumbrada, se despidió de su pareja, le dio un beso en la frente y le preguntó si quería algo de la tienda. Tomó el rumbo ya planeado muchos meses antes. Sabía que él estaría en su departamento, solo, como siempre, y se dirigió para allá.
Tranquila, como habitualmente estaba, no mostraba una sola emoción, ni prisa, ni ansiedad… nada.
Tocó a la puerta, el hombre abrió, la vio y no le pareció extraña la visita… eran amigos. La recibió con una sonrisa, la invitó a pasar, cerraron la puerta, le ofreció una copa que ella aceptó con una sonrisa y, en cuanto él se volteó, ella le disparó en la espalda e, inmediatamente, otro tiro directamente a la cabeza. Los disparos fueron certeros, limpios, sin ningún sonido estridente. Ella se quedó un momento junto a él, asegurándose de que no se moviera… No lo tocó. Observó durante un rato cómo la sangre recorría el suelo de la sala. Se retiró de ahí después de algunos minutos, tal vez fueron cinco, diez… no los contó. Salió tranquila, abrió la puerta con su pañuelo, se aseguró de que nadie la viera al entrar ni salir, y se fue a continuar con su caminata «habitual».
En su camino iba sin rumbo, disfrutando lo que había ocurrido, pensando que por fin todo había terminado, y que simplemente tenía que deshacerse del arma, así que, mientras tanto, solo caminaba observando el ir y venir de las personas. Entró en una tienda, compró una caja de wafles que últimamente se habían vuelto el desayuno favorito en casa, y la cajetilla de cigarros que le encargaron antes de salir. Mientras pagaba, recordó que cerca de donde estaba había un mirador. Tenía cerca el mar, y pensó que podría ser un buen lugar para desaparecer el arma, por lo menos por un tiempo, hasta que el agua decidiera regresarla, si es que lo hacía. Salió de la tienda y se dirigió al mirador esperando que se encontrara libre de turistas esa noche.
Era algo tarde, pero al llegar se encontró con una familia. Era una madre y sus hijos, contó tres niños y dos niñas, estaban recolectando basura. Los observó un buen rato y se dio cuenta de que no podía hacer nada mientras ellos estuvieran ahí. La familia notó su presencia, así que amablemente los saludó. Los chicos notaron la caja que llevaba en la bolsa de plástico transparente y le preguntaron qué llevaba ahí… tenían hambre. Les respondió: «Es una caja de wafles. ¿Los conocen? ¿Quieren un poco?». Animados dijeron que sí, la mamá se acercó a disculparse por el atrevimiento de sus hijos. La mujer le dijo que no se preocupara, que con mucho gusto podía compartirlos con ellos, y preguntó si vivían muy lejos, a lo que la mamá respondió señalando con el dedo: «Vivimos ahí arriba», e invitó a la desconocida a tomar un café.
Subieron todos, los niños iban felices, la mamá les indicó que se lavaran bien las manos, ya que tenían horas recogiendo latas de la playa y revisando botes de basura. Todos se apresuraron a obedecer, mientras las dos mujeres entraban a la cocina. La desconocida de la playa comentó: «La caja trae muy pocos wafles, no van a ser suficientes, en lo que usted prepara los que ya tenemos, voy a la tienda a comprar otra caja». La mamá de los pequeños asintió muy apenada, pues tenían días con hambre, y le dio las gracias a esa dama tan amable.
Cuando la mujer se disponía a salir de la casa, llevaba la intención de dirigirse de nuevo al mirador, tirar el arma, ir a la tienda y regresar, dejarle la cena a esa familia e irse. Pensaba regresar a su casa y contarle a su pareja la aventura que había tenido con sus nuevos amigos.
Antes de abrir la puerta para salir, alguien tocó, ella abrió, era un hombre de mal rostro, muy serio, no saludó. La mujer le dio las buenas noches, y él, sin responder, entró a la casa y se dirigió a la recámara. La desconocida se quedó observando un momento. La madre de los niños salió de la cocina, y le dijo que le había parecido escuchar que llamaran a la puerta, la mujer asintió, le dijo: «Supongo que es su marido, ha entrado a la recámara». La madre de los pequeños le respondió muy asustada: «No tengo marido, mi esposo falleció hace años, vivimos solos».
Las dos mujeres contuvieron la respiración, quedaron inmóviles, voltearon hacia la recámara, entonces lo vieron pasar, caminaba desesperado, como buscando algo o simplemente perdido. La mujer que iba de salida buscó algo en su mochila, lo sacó y se dirigió a la recámara…
II
Sara
Mi nombre es Sara, tengo veintitrés años, y no importa en dónde estamos, ni qué año es, porque estas historias de amor, de odio, de muerte, de vida, de miedos… pueden ocurrir y han ocurrido en cualquier sitio y en distintas épocas. La historia que aquí se contará no es solo mía, porque no somos una sola historia. Soy, y somos, la de todos los que han estado en ella, y somos mucho más que pequeños fragmentos de vivencias o de decisiones. Yo soy muchas cosas y, a la vez, no soy nada. Vivo intentando conocerme, analizándome, debatiéndome, cuestionándome, y, cuando por fin llego a un acuerdo conmigo misma, mi ser ha cambiado. Esa constante evolución no me permite alcanzarme para saber realmente quién soy, para entenderme por completo. No soy solo los miedos, los sufrimientos, las alegrías, los esfuerzos, los deseos, los amores, los triunfos, los fracasos, ni los supuestos errores o aciertos que he cometido. Soy mucho más que eso, tanto que no acabaríamos jamás de escabullirnos a desentrañar cada partícula de lo que soy y de lo que seré. A veces ni yo misma me he podido descifrar, a veces ni yo misma sé lo que busco, ni lo que quiero, ni lo que hago aquí. Soy más que oscuridad y luz, soy más que mis sueños y mis luchas, que mis creencias, mis años y mis dudas. Soy mucho más que mi sexo y mis placeres, mucho más que mis ideas y mis pensamientos, porque ellos han ido variando y evolucionando conmigo a lo largo del tiempo. Llevo dentro de mí lo que algunos consideran virtudes y otros califican como defectos, porque además de todo, también soy otro planeta a través de los ojos de los demás, y desconozco lo que ellos ven. Somos seres que se contradicen, incluso en el mismo instante. Inventamos palabras para describir nuestras acciones, para calificarnos, para nombrarnos o valorarnos a nosotros mismos, porque nos aferramos a querer encasillarnos en un concepto simple, burdo, cuando somos todo un universo cambiante. Somos cosas que ni siquiera conocemos, tal vez aún no inventamos las suficientes palabras que puedan describirnos en una totalidad. No soy buena ni mala, no podría ni describir realmente el significado de cada uno de esos calificativos. Soy todo, y, a estas alturas, he dejado de juzgarme.
Estudié una licenciatura en Psicología, estoy cursando una maestría en una de las mejores universidades de esta pequeña ciudad. Maestría la cual puedo costearme con las pocas ganancias que obtengo en la clínica en la que trabajo medio tiempo, con los ahorros que tengo de la herencia de mis padres, y ayuda bastante el tener una beca del ochenta y cinco por ciento, que logré gracias a mis excelentes calificaciones durante toda mi carrera universitaria, el haber tenido el segundo lugar en el examen de ingreso, y, no vamos a ocultarlo, ayudó también el hecho de que mi jefe haya hecho una llamada especial al decano de la facultad solicitándole un apoyo extra para mí, ya que, en sus propias palabras, «Yo soy una chica muy talentosa y responsable», ya saben, todo eso que se dice. «No, no te arrepentirás, ya la conocerás», dijo durante la llamada, mientras yo lo escuchaba nerviosa sentada del otro lado de su escritorio.
Le agradezco a mi jefe esa llamada, aunque, en el fondo, tengo claro por qué lo hizo. Todos sospechan que está enamorado de mí, él nunca me lo ha dicho de su propia boca, pero bueno, no les mentiré, es evidente, las mujeres nos damos cuenta de esas cosas. El problema es que no es recíproco. Mi jefe, Roberto Lizarra, es un hombre muy atractivo de treinta y nueve años. Tiene un enorme carisma, pero bueno, también tiene una hermosa y adorable esposa y dos hermosas hijas gemelas. Y yo, yo tengo otros planes para mi vida que no dan cabida a romances absurdos con hombres casados… romance que no llegará a nada y que solo me desviaría de mi propósito. Bueno, sin rodeos, además de todo eso, mi jefe, aunque guapo, no me atrae en lo más mínimo, estoy enfocada en otros temas y un romance disparatado sin futuro, con un hombre casado, no se encuentra en mi lista de errores a cometer… no por ahora.
Podrán preguntarse que, si lo sé, por qué permito que me ayude de esa manera. «¿No te estás comprometiendo?». «¿No le estás dando esperanzas?». Tal vez vaya en contra de su «virtuosa moral», pero la vida no está para que perdamos oportunidades por estar pensando en esas trivialidades. Yo no le he mentido a él, él no me ha dicho nada a mí y necesito esa ayuda que él me ofreció desinteresadamente, porque me ha dejado claro que no espera nada a cambio… obviamente tenía que aceptar… vamos, es que ni siquiera le estoy haciendo daño, y eso sería lo único que me detendría en el momento de tomar una decisión importante.
No fue fácil llegar hasta aquí, no soy del tipo de chica que la gente esperaría que llegara tan lejos, después de todo lo que ha acontecido en mi vida. ¿Trágico? No lo sé, simplemente sucedió y fue hace muchos años, cuando yo era muy pequeña, así que no me afectó en lo más mínimo… bueno, al menos es lo que yo creo o lo que quiero creer.
Tenía apenas seis años, con mucho trabajo lo recuerdo, parece un sueño, de hecho, a veces pienso que lo fue… Pero no, porque están las fotos, las notas del periódico, algunos familiares que antes venían a verme y que lo recordaban en cada reunión familiar, como si el tema fuera obligatorio o no tuvieran nada más de qué hablar. Después, siempre se quedaban callados, pensativos, con sus copas o tazas de café en la mano, viéndolas fijamente. «Es estúpido» yo pensaba siempre. «Es que ni siquiera eran cercanos a nosotros, es que ni siquiera estuvieron ahí, ¡yo sí!», gritaba por dentro. Me asqueaba ver esa escena patética de cada año. Como si realmente les importara.
A la única que me gustaba escuchar era a mi abuela Mica. Las historias que me contaba mi abuela eran distintas, más que el morbo que yo notaba en las otras personas, siempre las percibí como su manera de mantener vivo en mí el recuerdo de quienes fueron mi familia, y que me amaron inmensamente.
Mica me hablaba de esa familia que yo creía un sueño, con los ojos iluminados, con una enorme sonrisa, a veces se le llenaban los ojos de lágrimas. Pero ella jamás hablaba del accidente. Mi dulce abuelita simplemente se acordaba de los momentos felices y no se cansaba de contármelos, ni yo de escucharlos una y otra vez, porque, más que la emoción de saber que había tenido una familia tan amorosa, yo era feliz viéndola feliz a ella, contándome sus hermosos recuerdos.
Me platicaba, siempre que podía, que yo nací dentro de una familia muy unida. A veces sueño con mi papá, no sé por qué es al único que me parece recordar, tal vez solo lo imagino, aunque mi abuela me cuenta que él y yo estábamos muy unidos, que me quería mucho, que eligió mi nombre por una cantante a la que admiraba desde muy joven. Mi mamá en un inicio se negó, ella insistía en que yo debía llevar el nombre de mis abuelas o el de su hermana fallecida hace algunos años. Pero mi nombre se decidió con un juego de azar, un volado, «Cara, Sara, cruz… tú eliges». Sí, así es, mi nombre lo decidió una moneda al aire.
Dicen que todo es cuestión de un destino escrito en algún «libro mágico». ¿Entonces mi nombre lo «eligió» el destino? ¿Estaba escrito en algún libro que yo me llamara así? Según mi abuela, cada uno elige su propio camino, nada está escrito, somos libres, y yo estoy de acuerdo con eso. Mi papá lo sabía, y hasta que mi abuela falleció hace tres años, nunca dejó de contar la historia de cómo mi papá hizo «trampa» al tirar esa moneda… Tal vez no debió ser mi nombre «Sara», tal vez debería llamarme Micaela, como mi abuela paterna, o Sofia, como mi abuela materna… o no, mi nombre es el resultado de una decisión tomada por mi papá, a la buena o a la mala, él ganó, y se cumplió su deseo, mi nombre sería Sara.
Platicaba mi abuela que a mi papá le encantaba presumir que llevaba el nombre de esa mujer con la voz prodigiosa que tanto admiraba y de la que yo aún no sé nada. Pero también decía mi abuela que más que del nombre, se sentía orgulloso de mí, al igual que mi mamá. Contaba siempre cómo ambos me consentían, al igual que a mi hermano Ricardo, dos años mayor que yo, quien llegaba a veces a ponerse celoso del exceso de mimos a su hermanita, pero que, aun así, siempre jugaba conmigo y me cuidaba, como lo hace un hermano mayor. A Ricardo casi no lo recuerdo, no era consciente a esa edad de que fuera a propósito… ahora sé que es una defensa de mi propio cerebro. Solo los veo en fotos, y, efectivamente, como contaba mi abuela linda, veo una familia feliz, que a veces creo recordar, pero que tal vez tengo miedo de hacerlo.
«Viajábamos siempre en familia», contaba mi abuela Mica. A mi papá le encantaba llevarnos a todos a distintos sitios cada verano y, a veces, hasta en invierno, si había podido ahorrar lo bastante en ese año. Su ilusión era llevarnos a conocer el mundo… pero, por lo pronto, sus ahorros alcanzaban únicamente para ir a algún poblado cercano, de preferencia si tenía playa, lago o río, ya que a mí me fascinaba entrar en sus brazos al agua, y en cuanto aprendí a nadar, nadie podía detenerme.
Era un hombre muy divertido, juguetón y cariñoso, que nos cantaba con su armoniosa voz, tocando la guitarra, sus adorados boleros. Amaba la vida, amaba conocer distintos lugares, pero sobre todas las cosas, amaba a su familia. Mi papá nunca había viajado de niño, no sabía lo que era la alegría de disfrutar a su familia y no quería lo mismo para nosotros. Así que cada vez que tenía la oportunidad, nos íbamos todos en la camioneta de la familia… mamá, papá, Ricky, mis dos abuelitas y yo, a aventurarnos en algún mágico lugar.
Y una madrugada, regresando a casa después de un largo y maravilloso viaje, ocurrió eso que ya se imaginarán, la carretera, el cansancio, la neblina… los trágicos accidentes. Los ridículos accidentes que, como una sombría burla, se llevan tu felicidad en un abrir y cerrar de ojos. Qué absurdo, ¿no? Así de pronto acaba todo, y ya, no sucede más, no vuelven a despertar, ya no los volverás a ver ni a escuchar, nunca, nunca más. No sé qué es más incomprensible, si la vida o la muerte… o ambas, unidas una a la otra como un romance perpetuo. Aquí estamos viviendo de prisa una vida que nos llevará… a la nada. La vida que se va, o que le cambia en cuestiones de segundos a los que nos quedamos atrapados en ella.
Obviamente no recuerdo exactamente qué ocurrió, solo sé lo que dicen los periódicos de esa época y que mi abuela tenía escondidos en una caja, la cual ella pensaba que yo no sabía que existía. ¿Para qué guardará estos recuerdos tan tristes? Siempre me lo pregunté, pero nunca se lo pregunté a ella.
«En el trágico accidente fallecieron lamentablemente cuatro personas, entre ellas, un menor de 8 años. Hubo dos sobrevivientes, una niña de 6 años y una mujer de más de 50, que al parecer es la abuela de la menor y que viajaba con ella en la última fila de asientos de la camioneta. Fueron encontradas atrapadas y abrazadas, la abuela protegiendo a la nieta», decían los diarios. La noticia sonó solo durante dos días, mi familia nunca fue muy sociable, y vivíamos bien, pero no éramos ricos, ni mucho menos, porque entonces sí que hubiese sido un escándalo. Éramos una familia normal, tranquila, dichosa y de bajo perfil… y hasta la fecha, yo lo sigo siendo.
No importan los detalles del accidente, solo recuerdo escuchar muchas noches a mi abuela llorando en su recámara. Yo nunca lo hice, según decía ella, yo no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es escuchar un día la voz de una mujer aconsejándole que me enviara a un internado, y a mi abuela negándose rotundamente. Y así los recuerdos aumentan con los años. Recuerdo, a mis dieciocho años, a mi abuela explicándome que todo este tiempo no había usado un peso de la herencia dejada por mis padres, no eran millones, pero era suficiente para apoyarme en mis estudios cuando ella ya no estuviera, además estaba la casa que ellos me habían dejado y la casa que ella me dejaría. Me molestaba que hablara de esos temas, no quería pensar en mi abuela yéndose también, parecía que se estaba preparando, pero bueno, es que ya vimos que uno nunca sabe en qué momento ya no podrás dejar las cosas «en orden», ya no podrás despedirte. La pensión que le había dejado mi abuelo había sido suficiente para mantenernos a ambas todos esos años, además de que yo me había impuesto el reto de siempre mantener las mejores calificaciones de mi clase, porque eso me aseguraba una beca del cien por cien.
Mica jamás me lo pidió, siempre fue la tierna abuelita que en los cuentos aparecen, diciéndome: «Mi niña, no es necesario que te esfuerces tanto, tienes que descansar, salir con amigos, conocer a un chico, vivir… un día yo no estaré más y entonces…», siempre la detenía ahí, yo no podía imaginarme una vida sin Mica. Y le contaba todo lo que haríamos cuando yo finalizara mi carrera y tuviera un empleo. «Nos irá bien, abue, y ahora yo te llevaré a pasear, como me platicas que nos llevaban mis papás, y haremos todo lo que hacíamos en esas historias que me cuentas con tanta alegría… yo te llevaré a viajar por el mundo». Ella me sonreía tiernamente mientras me escuchaba.
Dos años después falleció Mica, yo tenía veinte años, resultaba que mi abuelita llevaba tres años batallando en silencio con un terrible cáncer, nunca me lo dijo, no quería preocuparme, ella estaba totalmente segura de que lo vencería, me comentaron los médicos en esa última noche en la que luchó por su vida en ese hospital. Y ahora… ahora yo estaba totalmente sola. No tenía amigos, ni en el trabajo, ni en la escuela, y mis familiares de pronto habían desaparecido por completo. Volví a cerrar mis sentimientos, volví a negarme al dolor. Mi abuelita estaba sufriendo y yo no había estado con ella, yo estaba mirando hacia otro lado. Otra vez la desgraciada muerte que te quita todo mientras tú estás ocupada intentado sobrevivir. ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué la dejé sola? Le dediqué tanto tiempo a mis estudios para poder llevarla a pasear algún día, ¿y ahora?, ahora ya no la llevaría a ningún lado, ella ya no estaría nunca, su vida ya se había ido, ¿es una burla? Y todo lo que comencé a hacer desde ese instante, nuevamente, fue dedicar mi vida al trabajo y al estudio, para no pensar más, para no recordar, para no sentirme sola llené mis días de actividades interminables, de ocupaciones absurdas, de negación de la realidad que no podía observar porque no tenía tiempo para hacerlo.
Después, después yo viajaría, por mis padres, por Ricky, por mi abuelita Sofí y por mi linda viejita, por mi Mica.
Seguía postergando todo. ¿Es que no aprendemos nada?
III
Ana María Solomon
Ana María tiene cuarenta años, es maestra de arte, especializada en arte erótico, en su propia academia, casada y con un hijo. Se llama así porque sus padres, católicos hasta el tuétano —bueno, sobre todo el padre—, habían elegido el famosísimo nombre de la madre del dios judeocristiano. Ella, como era de esperarse, había estudiado en uno de los colegios católicos más caros de su comunidad, del cual su familia son miembros fundadores desde varias generaciones atrás.
Durante toda su juventud, todos los lunes sin falta, antes de comenzar las clases, acudían a misa todos los grupos de su generación, en una pequeña parroquia que formaba parte de su centro de estudios, y, por si no fuera suficiente, también un día antes, es decir, cada domingo, había tenido ya la misma tortura acompañada de su familia, en la iglesia de su colonia, a donde iba toda esa gente que se encontraba de jueves a sábado en el club al que acudía con sus papás.
María, como ya dijimos, es hija de padre y madre provenientes de familias ultraconservadoras, así como «ultraadineradas». Tenía una educación basada en el adoctrinamiento de ideologías católicas muy arraigadas en casi todos sus familiares, excepto en su rebelde tío Alexander, un biólogo ya reconocido y galardonado en muchas partes del país, profesor en dos universidades, divulgador científico con cuatro libros publicados acerca de biología evolutiva y uno más en camino. Ateo, soltero, alto, de cabello abundante ondulado, castaño claro y siempre algo alborotado, hermano de la mamá de María.
Álex se había interesado desde muy joven por la lectura e investigación de diversas ciencias, y al final se había decidido por la biología y la bioquímica, irónicamente, esto gracias a una lectura que muy joven le llamó la atención, ya que el autor era tocayo suyo, Alexander Oparin. Su enorme curiosidad le había salvado de las creencias religiosas, por lo tanto, y como era de esperarse, era rechazado por la mayoría de sus familiares y detestado por su cuñado y padre de su única sobrina. No así por su hermana «Caro», como él le llamaba, que, a pesar de no coincidir con él en temas de índole religiosos, le tenía un enorme amor, admiración y respeto a su hermano, que siempre la había protegido y con quien le gustaba pasar mucho tiempo.
Carolina lo admiraba «por ser tan valiente» y enfrentarse siempre sin miedo a la familia, y a la sociedad entera en muchas ocasiones. «A la gente parece molestarle los nuevos descubrimientos», le decía siempre a su hermana. Además, ella sabía que él adoraba a su pequeña María, y a Caro le gustaba que su hija tuviera una figura positiva e inteligente que le alentara a dudar y a conocer otros modos de pensamiento, que, tal vez, para ella, eran muy difíciles de asimilar, pero que no quería negarle a su pequeña.
María tenía un cariño especial por ese tío tan particular, interesante y divertido, que la quería como si su hija fuera y, siempre que se lo permitían, la llevaba al teatro a ver el ballet, que tanto adoraba su sobrina, y, por supuesto, al cine, ya que él era un amante del séptimo arte, casi tanto como de la lectura y de los autos deportivos.
Cada vez que Mary —como le decía su familia— visitaba con su mamá la casa de su tío Álex, se escabullía a curiosear su enorme biblioteca, en la que varios de los títulos llamaban su atención, y que iba pidiendo prestados desde que había aprendido a leer, y ya desde antes, porque le llamaban la atención los dibujos o las fotografías, si el libro incluía, y pretendía que sabía leerlos a partir de esas imágenes. Se los tenía que llevar a escondidas, y leer únicamente cuando su padre dormía o cuando estaba en uno de sus viajes. A los catorce años, la niña ya había acabado con la biblioteca de su tío, que, para desgracia de su papá, eran solo libros de ciencia y filosofía existencialista. Con el tiempo, leía más rápido, interesándose cada vez en más y más temas, lo que provocó que todos los regalos que pedía para navidades y cumpleaños fueran libros y más libros, que en secreto le regalaban su mamá y el tío Álex.
María pasaba largas horas platicando con su tío acerca de los libros que leían y de las películas que habían ido a ver. Era el único con el que podía tocar «ciertos» temas, ya que en su casa ni siquiera podía mencionar qué nuevo libro estaba leyendo y mucho menos en la escuela, en donde sus compañeros —al menos eso parecía o eso tenían que hacer creer— eran fervientes creyentes de las enseñanzas de las cuales no podían dudar siquiera, ya que era «infierno» seguro o, vaya, al menos un disgusto para el dios que los vigilaba a todas horas, y al cual no le agradaría nada que dudaran de su existencia, y menos, claro, de su enorme bondad, ni con el pensamiento, al cual también podía entrar a fisgonear de vez en cuando.
María, entonces, guardaba muchos secretos, y realmente nunca se abrió totalmente, a pesar de llegar a entender que eran secretos que le provocaban un temor incongruente, provocado por las creencias irracionales de las que estaba bombardeada a diario. La chica se reprimía con dolor, sentimientos, dudas, curiosidades o angustias que no se atrevía a expresar en voz alta, por miedo. Ni siquiera con el tío, con el que, a pesar de tenerle tanta confianza, era, al fin y al cabo, el hermano de su mamá, y ella, al fin y al cabo, escuchaba, aunque le costara creerlo y entenderlo, que ser «diferente» a los demás, como si no todos lo fuéramos, era una de esas tantas razones raras para alcanzar el castigo eterno de su dios misericordioso.
Esa idea danzaba constantemente por su mente, porque no podemos olvidar que, cuando una idea se nos ha inculcado a muy temprana edad, un miedo o una amenaza infernal como tortura psicológica, y nos lo han hecho quienes más nos aman, por más absurda e ilógica que parezca, también es difícil erradicarla por completo de lo más profundo de nuestros temores, sobre todo, si sabes que puedes lastimar a quienes más amas al dudar de ellas. «Y en todo caso, ¿por qué quienes más me aman me mentirían de esa manera? Algo debe de ser real…», pensaba a veces la joven María y prefería sufrir en silencio, hasta que, afortunadamente, pasaron los años, y esos miedos acerca de su personalidad dejaron de existir, gracias al regalo maravilloso que le habían dado su madre y su tío: el conocimiento.
Ya solo quedaba el miedo al castigo, pero no a uno divino, sino al social, al rechazo de su propia familia y, sobre todo, el terror que le tenía a su propio padre.
María, que para su fortuna tenía dos nombres y pedía ser llamada por el primero, «Ana», porque «María» lo escuchaba todos los días en casa y en la escuela, y no, no cuando la llamaban a ella. De ser una niña inquieta, de ojos verdes-grisáceos, alegres, curiosos, de cabellos rubios, lacios, creció con la belleza y el talento para el baile, heredados de su madre y de su abuela, lo que le permitía mantener un cuerpo sano, como una escultura de porcelana, y tenía además una facilidad para la pintura, actividad que tanto amaba.
Los pretendientes le sobraban desde que cumplió los doce años, y, conforme fue pasando el tiempo, el número aumentaba sin parar, pero nadie lograba llamar su atención. Tenían una competencia enorme en lo que se trataba del prototipo de hombre con el que Ana, al menos, lo intentaría, únicamente de ser estrictamente necesario. Pero nadie, ninguno de los jóvenes que el papá quería insistentemente que Ana le aceptara al menos una cita, se parecían ni un poquito, a su querido, guapo, divertido e inteligente tío Álex.
Todos le aburrían, todos, hasta que apareció Demian, quien se convirtió en su mejor amigo. Demian entró a la escuela en la que estudiaba Ana cuando ambos tenían trece o catorce años, y con él surgió una química increíble. Demian logró que su amiga, tan solitaria, fuera poco a poco abriéndose con él, ambos, confesándose que no había lógica alguna en lo que se les enseñaba día a día. Era un alivio por fin tener un amigo más con quien poder hablar libremente y quejarse de los absurdos que escuchaban en clase.
Demian Ruedas, un afortunado joven feliz, venía de una familia diferente, con unos encantadores padres, la madre agnóstica y el padre budista, que lo educaban de una manera más liberal, y fomentaban ellos mismos la curiosidad en su hijo único, a quien también le encantaba leer, y a temprana edad ya leía los grandes clásicos de la filosofía, ese era el tema que más le apasionaba, junto a la antropología, oficio de sus padres. Pero no solo la lectura, además de ser un fanático de todos los deportes, a Demian le fascinaba la música, tocaba el piano, la guitarra, y le encantaba el rock.
Pero Demian Ruedas, conforme fue creciendo y convirtiéndose en un chico encantador, bastante guapo, con su cabello negro, sus ojos oscuros y su sonrisa galante, comenzó a tener novias desde sus catorce años, sino es que antes, como ya lo veían venir sus papás. El chico era un coqueto, un conquistador caballeroso, con un poco entendido humor negro inteligente.
El joven Demian también guardaba secretos. Él fue sintiendo en silencio más que admiración y cariño por Ana María, y, por más novias que él tuviera, no lograban ayudarle a dejar de pensar cada noche en su amiga. Secreto y no, porque ella lo intuía, pero no quería pensar en eso, ya que temía que hablarlo lo hiciera realidad y arruinara tan bonita amistad. Así que actuaba como si nada pasara, y con sutiles comentarios procuraba dejar siempre claro cuánto quería a su amigo —solo amigo —, casi como a un hermano.
Demian recibía a golpes el duro mensaje, también sabía que era mejor no decirlo, ya que el chico, que era extremadamente inteligente y respetuoso, captaba claramente en las palabras que ella estratégicamente usaba, que Ana le enviaba un mensaje contundente, y él tenía claro que ella no quería nada romántico, al menos no con él, y que, si quería conservar su amistad, era mejor no tocar el tema para no incomodarla. Por lo menos no sufría viéndola con novios, se divertía con cada situación en la que Ana, con su carácter altivo y cínico, rechazaba a cada chico que se atrevía a acercarse a ella. Al menos, con Demian lo hacía cariñosamente.
Además, Demian, aunque su amiga no le dijera nada concreto, sospechaba que ese amor con el que él fantaseaba era imposible, ya que presentía que no había manera de que Ana se interesara en él, ni en ningún otro chico.
«Ya se me pasará», pensaba esto a diario el joven enamorado, y así lo pensó durante muchos años.
IV
Dos años después
Sara estaba intentando poner orden en su habitación, se había despertado muy temprano ese domingo, algo que generalmente no sucedía, los domingos eran los únicos días que podía descansar, y eso lo aprovechaba al máximo.
Este sería un domingo diferente, tenía una cita especial en la noche, y estaba totalmente ansiosa. Nunca había estado tan nerviosa en su vida, ni siquiera cuando la entrevistaron para ofrecerle aquel nuevo puesto con el que tanto soñaba… ¡jamás!
Trabajaba en las tardes de lunes a sábado, y estudiaba su maestría durante las mañanas, así que los domingos ya estaba exhausta. No podía hacerlo de otra forma, tenía que esforzarse un poco más que los demás, estaba a un año de terminar con honores, y eso le daba fuerzas para seguir adelante.
Sara, que había tenido una vida algo complicada, había luchado sola en contra de algunos tropiezos, y había salido triunfante con cada meta que se había propuesto. Ayudada primero por su adorada abuela, después apoyada e impulsada por su jefe, y ahora por fin había logrado hacer amigos durante su postgrado, además de conocer a varios pretendientes a los que por primera vez se había decidido a darles y darse una oportunidad, pero con los cuales no duraba más de tres, a lo mucho cuatro meses, porque no se sentía muy cómoda, además de que no tenía el tiempo suficiente que ellos le demandaban. Ahora tenía una cita con un chico que realmente le interesaba, con el que ya llevaba casi cinco meses saliendo y la tenía fascinada.
Álex había estudiado en la misma facultad en la que continuaba estudiando ella, ahora una maestría. Él había tenido una suerte totalmente opuesta a la de Sara. Era un joven de familia de la «alta sociedad». Su padre, un hombre de cuarenta y tres años, un excéntrico antropólogo forense, que daba clases en la universidad en la que había estudiado su hijo, y apoyaba a varios bufetes de abogados cuando requerían de sus servicios en una investigación criminal especial. Un tipo muy querido y conocido por su simpatía y amabilidad. Elegante y cordial señor, que había empezado a viajar últimamente, por invitación de un colega, dando conferencias por algunos países, portando una barba larga y cabellera grisácea que lo hacía ver mucho mayor de lo que realmente era.
La madre de Álex, una mujer hermosa de cuarenta y dos años, de cuerpo esbelto, atlético, ya que lo había cuidado desde siempre, enseñada por su madre y su abuela, aunque tampoco tenía que esforzarse tanto para mantenerlo así. Cabello rubio abundante, y de ojos penetrantes, a veces grises, a veces verdes, dependiendo de la luz que los iluminara. Bailarina en su juventud, que había tenido que dejar el baile profesional por un accidente a sus diecisiete años, pero que seguía practicándolo como deporte y dando algunas clases a hijas de excompañeras que la admiraban. Profesora de arte, especializada en arte erótico, en una academia fundada por ella y dos colegas, a la que acudían infinidad de chicas y chicos de todas las clases sociales de la comunidad. Reconocida en su medio, famosa por sus obras de arte y adorada por sus alumnos. Su marido no entendía cómo tenía tanto éxito con el arte erótico que ella impartía, en una comunidad de gente «tan mojigata», como él les llamaba en secreto. Aunque eso lo hacía sentir orgulloso, y sospechaba que precisamente esa era la clave del éxito de su esposa. Les daba a esos jóvenes, y hasta a varias de sus madres, eso que se les negaba en casa, en la escuela, en la vida. Les enseñaba a aprender y a admirar el arte del erotismo, del placer, tan necesario para la vida humana, tan negado, tan satanizado, tan atacado y tan bello. Esa academia era un escape para esos pobres chicos y chicas, para esas madres de familia, y hasta para uno que otro caballero que iniciaba tomando clases de cualquier otra cosa, y después, un día, ya era alumno de Ana. «Hay que probar cosas nuevas», decían. A ellos les costaba todavía más trabajo y Ana sabía que no eran los culpables.
Álex había heredado lo mejor de ambos padres. La belleza, la inteligencia y la amabilidad de los dos progenitores, a los que amaba y respetaba enormemente. Ellos hacían de Álex un chico altamente atractivo, porque era un joven feliz, muy especial y divertido, de ojos de una tonalidad gris. Su cabellera abundante ondulada y castaña clara.
Un joven muy seguro de sí mismo, debido a la seguridad proporcionada por el amor con el que había crecido. Alegre, amante de la lectura, del cine, del fútbol americano y del tenis, deportes que practicaba en la escuela y con sus papás, cuando iban al club o en la casa de su abuela. Pero, sobre todo, un ser generoso y noble. Alexander era lo más cercano a uno de esos príncipes de los cuentos modernos que se pudiera encontrar en aquella pequeña comunidad de noches bohemias, que tanto les encantaban a Álex y a sus padres.
Alexander, al contrario que sus padres, había estudiado en colegios laicos, alejado, por decisión de ellos, lo más posible de las religiones, al menos como culto. Aunque sus padres se empeñaban, de una manera a veces obsesiva, en enseñarle acerca de la historia de cada una de ellas, de cómo habían ido surgiendo, de los orígenes, y de cómo se habían ido inventando las creencias en deidades, cuando no había otras explicaciones para fenómenos naturales que aún no entendía la humanidad. Y le regalaban libros de todas las mitologías, para complementar la información. Estaban aferrados de una manera muy insistente a que el chico, expuesto por todas partes a mensajes religiosos, tuviera la información necesaria para no caer en las redes de las mentiras, en las que uno no se zambulle cuando se está bien informado. Así que Álex no lo haría, pero los padres nunca pensaron que estaba de más prepararlo para el mundo al cual se enfrentaría y que, probablemente, lo rechazaría por negar al dios de amor que la enorme mayoría hasta ahora adoraba.
A sus quince años, decidió estudiar cinematografía, un mundo que le fascinaba, y del cual se había enamorado gracias a su madre, ya que le platicaba mucho de su querido tío Álex y de cómo le había enseñado a amar la belleza y la magia del séptimo arte.
Cinéfilos de toda la vida, madre e hijo iban cada fin de semana al cine del club, en el que veían sin cansarse una y otra vez los grandes clásicos del cine. Alexander ya vivía solo en su departamento, pero pasaba prácticamente todo su tiempo libre en la casa de sus papás, pues los adoraba, y las vacaciones las pasaba con ellos en la hermosa finca de su abuela.
V
Primer encuentro
Sara y Álex venían de dos mundos muy distintos, pero, una noche, un festejo los había encontrado. Aunque a Sara no le gustaban las fiestas, la vida nocturna en general no era vida para ella, tal vez por el hecho de que, cuando terminaba su jornada del día, estaba totalmente agotada, no tenía tiempo ni cabeza para pensar en fiestas o reuniones, no podía siquiera darse ese lujo, tenía que esforzarse más que el resto. Y amigos tenía pocos, pero muy buenos. En una universidad con estudiantes tan adinerados, se había topado con el absurdo de la todavía existente sociedad elitista, la cual no la veía con buenos ojos, porque para ellos, Sara «no pertenecía a ese mundo».
A pesar de que muchos la rechazaban, también tenía muchos admiradores en su centro de estudios. Sara no era como el común de esa sociedad que había sido invadida por ideas parecidas a las de los Sampere, quienes tenían un concepto muy cerrado al describir el «atractivo físico», ya que es un concepto tan subjetivo y dependiente del contexto social y la época en la que se vive. Ella tenía un carácter «duro», o al menos eso pretendía aparentar, era muy inteligente, cosa que le daba su enorme atractivo para quien supiera apreciar esa belleza más real. Se podría describir más como una joven sensual con un carácter seguro y apasionado, y lo peor, o lo mejor, es que no lo sabía. Era tan natural y fresca, inmersa en sus propósitos de vida, que no tenía tiempo de pensar en eso.
Pero tenía tres excelentes amigos, Eduardo y Sebastián, hermanos Mancinni. Sebastián había estudiado Psicología con ella, y se habían apuntado a la misma maestría, en donde habían podido conocerse más a fondo y ya más relajados. Se unió a ellos Vane, o Vanessa Castillo, novia de Sebastián, y que había estudiado cine con Álex, quienes tenían una fiesta en la facultad, por haber ganado a nivel nacional el premio a mejor cortometraje para principiantes, en el cual Vanessa y Álex habían sido partícipes del proyecto, apoyados por su exuniversidad, proyecto que los había unido más que como compañeros, como amigos.
Sería un evento muy importante, el premio no era para menos, podía abrirles las puertas a grandes casas cinematográficas, además de que había sido en un festival muy reconocido, por lo cual al evento irían varios miembros de la prensa de la comunidad. Y esa noche, Vane había invitado a su novio, su cuñado y a su mejor amiga, Sara, para que la acompañaran. Sara no pudo negarse, quería mucho a Vanessa, y con mucha alegría y orgullo acudió esa noche, sin saber las sorpresas que le deparaba la asistencia a ese festejo.
Esa noche, Álex se topó con la belleza de Sara Quintal, de timidez escondida bajo la actitud de enmascarada «soberbia» que había adoptado como manera de protección. Sara llegó al evento sin saber cómo encontrar a sus amigos. Entró al salón con un hermoso vestido rojo que se había comprado para tan importante ocasión, y no se parecía a ninguna de las otras chicas que desfilaban por el lugar.
Al bajar las escaleras del enorme salón, vio pasar una mujer rubia, vestida con un palazzo negro. La mujer la volteó a ver, tenía una mirada seria y penetrante, pero Sara logró admirar los ojos hermosos que portaban esa mirada que, aunque fría, era seductora. La mujer caminaba apurada y con dos copas de vino blanco en las manos, y durante todo ese recorrido, las miradas no se esquivaron. Fue un instante, pero, por alguna razón, esa imagen se le quedó impregnada en la memoria.
Perdida entre la multitud, comenzó la búsqueda de la mesa de sus amigos. Sara tenía una enorme belleza que desconocía entonces, la portaba con una naturalidad que quitaba el aliento a cualquiera, no se esforzaba, así que la lucía de una manera muy especial, con una ternura y sensualidad que pocas veces podía encontrarse semejante contraste de combinación.
