Un viaje sin brújula - María Gallego - E-Book
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Un viaje sin brújula E-Book

María Gallego

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Beschreibung

¿Qué harías si tuvieras que cruzar los límites de tu moralidad? Samantha es una mujer marcada por las decisiones de su pasado. Obligada a comenzar de nuevo, consigue apartarse de todo lo que le hizo bajar hasta los infiernos. Un día recibe la llamada de un abogado que le ofrece una proposición tentadora e inquietante: vivir una vida de lujo al mando de una empresa en un sector que desconoce e incluso desprecia. Aceptar el reto supone la única oportunidad de salir del agujero donde se encuentra… y comprobar hasta dónde es capaz de llegar por ambición. Lo que Samantha desconoce es que en cuestiones del corazón el destino tiene sus propios planes. Deberá embarcarse en un viaje sin brújula donde conocerá a un hombre que derribará todos los muros que había construido para sobrevivir. Junto a él descubrirá que el amor es siempre la respuesta correcta ante todas las preguntas importantes de la vida. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 225

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2019 María Gallego

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un viaje sin brújula, n.º 232 - junio 2019

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-904-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Recalculando ruta

El bar de Antonio

La llamada

¿Perdona?

Hasta siempre, querido

Descubriendo realidades

Personas que son casa

Nuevo trabajo, nueva vida

Cerrando puertas, abriendo horizontes

Revelaciones

Alianzas

Descubriendo realidades

Cazando bastardos

Reorganizando

Finalizar etapas

Agradecimientos

Sobre la autora

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Para toda mi gente bonita.los míos.

Gracias por hacerme mejor.

 

 

 

 

 

Para vivir hace falta vivir…

Creo que no deberíamos olvidarlo.

 

Brújulas que buscan sonrisas perdidas. Albert Espinosa

 

 

 

 

 

—He creído conveniente situar el comienzo de la historia así; en este punto no admito cambios. Tú transcribirás todo lo que te vaya contando. Por favor, sé fiel a mis palabras, salvo las florituras que hagas para que quede bonito; para eso te pago, pero cíñete a la historia. ¿Entendido?

—Entendido.

—¿Vas a usar grabadora?

—Sí.

—Pues dale a grabar…

Recalculando ruta

 

 

 

 

 

Mayo, 2006

 

Dormía envuelta por la tranquilidad que otorga la ignorancia, como el huevo que reposa en el nido esperando para eclosionar. Intuyes que ese estado es pasajero, algo va a suceder. No quieres llamar al mal tiempo. ¿Quién querría sufrir de manera consciente? Pero, aunque no queramos, la tormenta llega, el huevo se abre y la ignorancia te explota en la cara. El saber sí ocupa un lugar y, en mi caso, me llevó directa al infierno.

 

 

Un sonido, que tardé en reconocer, me despertó. Era el timbre del teléfono de casa. Salvo las llamadas de tipo comercial, poca gente usaba el teléfono fijo. Miré la hora que parpadeaba en el despertador con un color rojo alarmante, y supe que algo malo había pasado. Eran las cinco de la madrugada. A esa hora no suelen llegar buenas noticias.

Descolgué con la mano temblorosa.

—¿Sí? —susurré.

Al otro lado del auricular se hizo el silencio.

—¿Sí? —volví a preguntar—. Te escucho respirar.

Tras unos segundos, alguien preguntó:

—¿Quién eres? —Era una voz femenina.

—¿Cómo que quién soy? ¡Eres tú quien llama! —exclamé. Tenía la voz dulce, parecía muy joven.

—¿Puedo hablar con Fran? ¿Eres su hermana?

En serio, ¿su hermana?

—Soy su mujer, ¿en serio me has preguntado si soy su hermana?

—Me dijo que vivía con su hermana, he averiguado sus datos por la matrícula del taxi. El teléfono sale en la guía.

Chica lista.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —pregunté sin rodeos.

—Tres meses… Perdóname —gimoteó—, pero tengo que encontrarle. Hace cuatro días que no sé nada de él. No me coge el móvil, ni me contesta los mensajes. Por favor, sé que esto no está bien, pero tengo que encontrarle. No me puede dejar tirada, ahora no. No sé qué hacer, no sé qué voy a contarle a mis padres.

Sentí ganas de matarlo.

—¿Cuántos años tienes? —conseguí preguntar.

—Diecinueve.

—¡Maldito cabrón! —gemí como un animal herido, suspiré, tratando de concentrar toda mi energía para formular la siguiente pregunta—: ¿De cuánto estás?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó sorprendida.

—No hay que ser muy lista. Contesta.

—De seis semanas, creo. Eso ha salido en la prueba que he comprado en la farmacia. Por favor, estoy muy asustada. Empiezo dentro de poco los exámenes y no puedo concentrarme para estudiar.

Aquello fue demasiado, no podía consolar a la amante adolescente embarazada de mi marido. Estaba más que acostumbrada a las putadas que me había ido haciendo con los años, había aprendido a gestionar los desastres mejor de lo que me hubiera gustado.

—Te voy a dar la dirección de nuestra casa, Fran está trabajando, llegará a las nueve de la mañana. Vienes y le esperas en la puerta. Os las arregláis entre vosotros. Si puedes estar antes de las nueve, mejor. —Le di la dirección y colgué.

La frialdad con la que salieron las últimas palabras no evitó la furia posterior. Miré a mi alrededor, la casa estaba sumergida en la penumbra, tan solo entraban pequeños vestigios de luz de las farolas de la calle. Leves por la altura del piso, suficientes para intuir las sombras de los muebles, que me tentaban, como si fueran boxeadores con los puños en posición de combate. Lo hubiera destrozado todo, habría hecho añicos cada maldito objeto que tuviera algún valor para él.

Cerré los ojos y contuve la respiración, con dificultad, conseguí dominar el impulso, no eran horas para formar un escándalo de esa magnitud. Poco a poco la rabia dejó de correr a través del torrente sanguíneo como veneno. Mi mente desechó la imagen de mis arterias pudriéndose, cambiando del rojo al negro. Concentré cada uno de mis pensamientos en un único objetivo: salir de allí, sin dejar rastro y haciendo el mayor daño posible.

 

 

Poco podría sacar de la empresa, estaba a nombre de mi «querido» suegro, como socio mayoritario al comprar la licencia del taxi. También avaló la compra del piso y puso la mayor parte del dinero de la señal. La hipoteca se iba pagando con los beneficios que obteníamos del trabajo de ambos; yo conducía de día y él de noche. El piso estaba a nombre de la empresa y nosotros habíamos firmado separación de bienes, requisito obligatorio del padre para asociarse con el hijo. Salvo la indemnización por despido, poco más me correspondería. Litigar era costoso y no contaba con recursos económicos.

Fran no me firmaría el despido, jamás. Me señalaría la puerta con ironía, como había hecho otras veces.

«Eres libre de irte cuando quieras, pero no sé de qué ibas a vivir».

A base de repeticiones te lo acabas creyendo. Las veces que conseguía cruzar la puerta, venían los ruegos, los lamentos, los supuestos porqués. Terminaba perdonándole.

Esta vez no tenía perdón.

No podía tenerlo.

Metí un par de vaqueros, algo de ropa interior, el móvil y la cartera en una mochila que encontré tirada en un armario. La huida implicaba ligereza de equipaje, ¿qué iba a hacer arrastrando una maleta por Madrid? Tenía bastante con arrastrarme a mí misma.

Era el mismo Madrid que me había acogido años atrás. El mismo que recorría día tras día llevando personas a sus destinos. Compartiendo el mismo espacio tiempo tan solo los minutos que duraba el trayecto. Seguramente, se sentaron personas a punto de casarse, otros en pleno proceso de separación. Quizá a alguno le hubieran diagnosticado una enfermedad terminal. Otro habría conseguido el trabajo de sus sueños. Miles de vidas que pasaban por la mía sin que afectara lo más mínimo a mi existencia. Salvo aquella chica y su llamada, que habían conseguido derrumbar todos mis cimientos. Abandonaba todo lo que hasta ese momento había sido mi zona de confort. Mi casa, mi trabajo y la persona que más había amado.

No sabía dónde ir. Mi círculo de amistades se había reducido a la nada, salvo los amigos de Fran y sus parejas. Ni yo me esforzaba por cultivar amistades, ni era compañía grata para los demás.

Eché un último vistazo a la casa, me despedí de todas las cosas que había ido acumulando con los años. Apreté los dientes y me despedí también de todas las lágrimas derramadas dentro de esas cuatro paredes. Visualicé por última vez la cara de Fran, la misma que conseguía nublarme todos los sentidos. Metí la llave en la cerradura por dentro y salí tirando de la puerta. El muy cabrón iba a tener que llamar a un cerrajero de urgencia. Que se jodiera, que se jodiera, pero bien. Palpé el bulto dentro del bolsillo del pantalón, cuatro mil euros en billetes de cien en concepto de indemnización anticipada por daños y perjuicios. Según iba caminando pesaban como piedras.

Barata le salía la jugada. Me moría de gusto al imaginar la cara de Fran al abrir el bote de arroz y comprobar que dentro solo quedaba el arroz.

Corrí a la boca de metro, debían de ser las siete de la mañana. A esas horas el metro se iba llenando de personas con caras de sueño. Algunos tenían las miradas perdidas entre sus pensamientos, otros iban sumergidos en sus lecturas, o con los ojos cerrados y los auriculares puestos, la mayoría evadía mis miradas y yo no podía evitar observarlos y sentir mucha envidia. Todos con destino a los centros de trabajo, rodeados de rutina, horarios, reuniones, tareas repetidas. A pesar de las caras de poco entusiasmo tenían un sitio al que ir, tendrían personas a las que saludar, disfrutarían del cariño ajeno. Un padre, una hija, un compañero de trabajo. Una conversación agradable.

Yo no tenía nada de eso, estaba completamente sola y, a pesar de ello, no sentía tristeza. El instinto de supervivencia no te da tregua. Ya tendría tiempo de llorar después. En ese momento debía encontrar un lugar donde dormir, el resto era secundario.

Me bajé en la glorieta de Atocha y caminé hacia el paseo de Santa María de la Cabeza; buscaba un hostal que no fuera muy cutre y, sobre todo, que fuera barato. Madrid me resultaba hostil. Llevaba encima una sensación de fracaso letal. Acababa de perder mi brújula, el hombre que había dirigido mis pasos la mayor parte de mi vida, y me sentía perdida. Él marcaba los pasos y yo me dejaba guiar. Tan solo debía enviarle a mi cerebro la orden de mover mis pies tras los suyos. No tomé ni una decisión durante los años que estuve a su lado, y ahora me tocaba valerme por mí misma. Apreté los puños y me propuse salir adelante. Lo primero era buscar un sitio para pasar la noche. La tarea no fue todo lo sencilla que había supuesto. Los hostales que tenían cierta categoría eran impagables en mi situación. Al final me vi obligada a rebajar el nivel de exigencia en cuanto a la cutrez y entré en uno cerca del paseo de la Chopera.

El toldo que colgaba encima de la puerta estaba raído. Roñoso más bien. Se notaba que no habían invertido en el negocio en años. Al cartel luminoso le faltaban varias letras. Se suponía que debía poner El paraíso, pero realmente ponía: «El p ra so». No me dio buena impresión, pero estaba desesperada.

—Buenos días, quería una habitación para esta noche. —El tipo de la recepción me miró de arriba abajo deteniéndose con esmero en la zona de las tetas. Puso un gesto raro, como si la mercancía no le convenciera del todo.

—¿La noche completa? —preguntó—, no pareces de las que trabajan la noche completa.

—Sí, la noche completa. —Sentí mucho asco—. Si la habitación no huele a váter podrido, como el resto del hostal, necesitaría quedarme alguna noche más.

—Vaya, una listilla. Si quieres subimos y te enseño a fondo una de las habitaciones. Seguro que se te quitan esos remilgos. Lo haría encantado —dijo mientras se relamía, consiguiendo que la colilla apestosa que sujetaba en la comisura de los labios no se le cayera. La escena me provocó una nausea.

—No gracias, buscaré otro.

—Ya me parecía.

Salí asqueada y rabiosa a la calle, me paré en la puerta, apreté los puños y conté hasta diez. No merecía la pena. Me dolían los pies y las entrañas, solo quería encontrar algún sitio para pasar la noche. Miré el reloj, faltaban quince minutos para las nueve. Seguramente la chica ya estaría lloriqueando en la puerta del portal de nuestra casa. Bueno, de su casa. Traté de borrar la escena de mi mente.

Seguí caminando y entré en un bar.

—Buenos días, un café con leche, por favor —pedí con tono de voz de derrota.

—Ahora mismo, preciosa. Tienes cara de llevar un día de mierda —dijo la mujer que me sonreía detrás de la barra. Era muy alta, tenía una melena roja y rizada que sujetaba con una pinza. Unos ojos almendrados color marrón miel y un cuerpo digno de portada de revista. Tenía una belleza arrebatadora. Comparada conmigo, que apenas superaba el metro y medio, el pelo liso y negro. Sin apenas curvas. Siempre me habían dicho que se me había quedado el cuerpo aniñado. No me consideraba fea, pero no tenía nada destacable. Un rostro anodino y perfectamente olvidable.

—Buena intuición. Aunque son varios meses de mierda, hoy tan solo estoy viviendo el espectáculo final. Busco alojamiento barato, no sabrás de algún hostal por aquí que esté bien —imploré.

—Alguno hay, pero ni se te ocurra entrar en el hostal Paraíso, que de paraíso no tiene nada.

—Tarde, vengo de allí.

—Valiente capullo. Solo acepta clientes por horas. Mira, hay uno según sales a la calle, hacia la izquierda. Tienes que ir dirección al paseo de Delicias. No recuerdo el nombre, pero no tiene pérdida. El rótulo es amarillo. Dile al hombre de la entrada que vas de mi parte, que te manda Celeste, del bar La rueda. Te tratará bien, me debe algún favor.

—Celeste, qué nombre tan bonito.

—¡Gracias! No pude escoger otro mejor —dijo guiñándome un ojo.

Sonreí, pero en ese momento no entendí el guiño. No podía dejar de mirar el reloj. Las nueve y dos minutos, Fran ya habría llegado a casa y se habría encontrado el regalito. Jódete cabrón.

Terminé el café y bajé las escaleras hacia el baño. Saqué la tarjeta Sim del teléfono móvil y la tiré en una de las papeleras. Debía comprar una de prepago. No podía permitirme llamadas de disculpa, ni escenas de llanto. Si Fran me pedía perdón, si se acercaba, si me tocaba… terminaría perdonándolo.

Saqué el dinero del pantalón y deshice el paquete que había preparado Fran, envolviendo los billetes en papel transparente. Separé seiscientos euros y el resto lo guardé dentro del bolsillo de uno de los vaqueros que llevaba en la mochila.

Me despedí de Celeste, no sin antes prometerle que desayunaría allí al día siguiente, y me encaminé a la calle en busca del hostal.

Lo encontré siguiendo las indicaciones que ella me había dado, y al entrar me recibió en la recepción un hombre con el pelo cano, tratando de leer el periódico mientras daba cabezadas.

—Buenos días —saludé.

—Buenos días, señorita, ¿qué puedo hacer por usted? No me interesa comprar nada.

—No vengo a venderle nada, me ha dado su dirección Celeste, del bar La rueda.

El hombre dio un respingo y se puso de pie. Se atusó el pelo y se limpió unas migas de algo que podían ser restos de galleta del pecho.

—¿Y qué quiere?

—Una habitación.

—¿Celeste?

—No, Celeste, no. Yo.

—¿Usted quiere una habitación?

—Sí.

—Entonces, ¿qué tiene que ver Celeste?

—Nada, ella me ha recomendado su hostal, y me ha dicho que le diga que vengo de su parte.

—¡Ah! ¿Le ha dicho algo más? —preguntó mientras se le ruborizaban las mejillas. Me entraron ganas de reír.

—Pues no, no me ha dicho nada más. ¿Podría decirme cuánto cuesta la noche?

—Son treinta y cinco euros. La habitación tiene baño dentro. A las doce tendrá que dejarla libre.

—¿Puedo ver una de ellas?

—Claro. Verá, las mejores están en la última planta. Déjeme que cierro la puerta y le enseño una de las de arriba. Las de la primera planta tienen algo más de trasiego — dijo sonriendo.

Subimos tres tramos de escalera y llegamos a un pasillo donde conté ocho puertas. La pintura del pasillo estaba impecable. Todo de un blanco impoluto que le daba al lugar un aspecto aséptico. Abrió una de las puertas. La habitación tenía el mismo aspecto pulcro del pasillo. Un armario de dos puertas, una cama individual y un baño antiguo, pero limpio. Olía a limón y a pino, no a cañería podrida como en el otro.

—Disculpe…

—Eduardo —dijo mientras extendía la mano.

—Eduardo, encantada. Yo me llamo Samantha.

—Qué exótico.

—Me gustaría alquilarle la habitación por un mes.

Eduardo me miró fijamente, tratando de imaginar por qué querría hacer tal cosa.

—No tengo aval para alquilar un piso, ahora mismo no tengo trabajo, y no se me da bien la gente para compartir una vivienda. Le daré el dinero por adelantado. No me dedico a la prostitución y prometo ser una inquilina discreta. Le pagaría seiscientos euros ahora mismo por el mes completo.

Puse la cara más honrada que me salió en ese momento y Eduardo debió de apiadarse de mí o quizá no tenía las habitaciones repletas de huéspedes, fuera por lo que fuera, aceptó y yo respiré tranquila. No tendría que dormir en un parque.

 

 

Una vez formalizado el pago y entregada la llave, tuve libertad para entrar y salir del hostal a mi antojo. Eduardo comenzó a tutearme y yo a frecuentar el bar donde trabajaba Celeste para desayunar, comer y cenar. Ella se convirtió en mi mayor apoyo durante mi estancia en el barrio.

—No ha conseguido localizarte —dijo un día.

—Quizá no ha tenido interés en hacerlo.

—Me extraña. Debe de estar buscándote desesperado. Aunque solo sea por la pasta.

—Triste, pero cierto. Cada vez que veo un taxi de la misma marca que el suyo me pongo en guardia.

—Así no puedes vivir. Llámale un día, habláis y cerráis como se deben cerrar las cosas. —Hizo una pausa, para después añadir—: Follando.

No pude evitar la carcajada, ni la tristeza posterior por la veracidad de tal afirmación.

—Ese es el principal motivo por el que no quiero volver a verle. Fran es peor que la heroína, igual de venenosa, pero más adictiva.

—¡Ay, nena! Me dan ganas de pedirte su teléfono. —Celeste sonreía, escondida tras sus bromas. Tenía unos ojos preciosos, que ocultaban años de daños. Ahorraba cada céntimo que podía del sueldo para poder operarse y borrar los últimos rastros de un cuerpo que no le correspondía.

Nos abrazábamos mucho en aquella época. Cada vez que yo recibía una negativa de trabajo. Cada vez que las lágrimas se acumulaban en los ojos y las gargantas se cerraban impidiendo tragar.

—Estoy deseando echar a alguna de las compañeras del piso para que puedas venir y dejar el hostal —me decía.

—No estoy tan mal. Eduardo me trata bien. Algunas noches tengo que subir el volumen de los auriculares y ya está. El otro día le dieron una paliza a una de las chicas. La policía estuvo preguntando.

—Lo sé, me lo contó Eduardo a la hora del café.

—¡Ay! Eduardo se pone colorao cada vez que estás delante —dije.

—Eduardo es un caballero que no me pone nada.

—Qué pena.

—Pues sí, chica, pero eso no se puede forzar. O hay química o no la hay.

—O hay de más.

—Eso también. Venga, ¡arriba ese ánimo! ¿Cómo va la búsqueda de trabajo?

—Mal. No tengo dirección que poner en el currículum. Estoy desesperada, no sale nada. Estoy pensando en hacer una llamada. Sé que me va a traer consecuencias, pero no tengo otra salida.

—¿A quién?

—A mi madre.

—¡Ay, chica! Pero ¡¿tú tienes padres?! ¿Por qué nos les has llamado antes de terminar en este agujero?

—Porque es como si no los tuviera.

—Los padres lo perdonan todo.

—¿Los tuyos también?

—No vayas por ahí. Yo vengo de un pueblo pequeño.

—Yo también.

—Los míos no pudieron entender.

—Los míos tampoco.

—Comprendo. Llama, seguro que ella está deseando oírte. —Cuando Celeste se ponía tierna, me invadía la melancolía.

El dinero disminuía a una velocidad de vértigo. Celeste clavaba sus ojos en los míos, esperando una reacción. Yo estaba paralizada buscando alguna alternativa que se me hubiera pasado. Llevaba mucho tiempo pateando Madrid y no había salido nada. Si esperaba y me quedaba sin dinero, la única salida sería pagar el hostal amortizando la habitación. Llenando la cama de intercambios sexuales, consentidos y remunerados. Visualicé los hombres que acompañaban a las prostitutas con las que me cruzaba por el pasillo y apreté los dientes. Celeste seguía clavando sus ojos, como si pudiera adivinar mis pensamientos. Como si supiera con exactitud lo que significaba llevar esa vida.

—Llama —insistió.

Había llegado el momento. El bar La rueda estaba vacío, salvo un señor que miraba el televisor al final de la barra. Caminé hacia la mesa más alejada de la puerta y busqué en los contactos del teléfono el número de la casa de mis padres. Un número que no había marcado en muchos años. «Pasado». Ese era el nombre de contacto con el que aparecía en la lista. Pulsé el botón verde de llamada como si me hubiese dado una descarga eléctrica. Sonaron los tonos y mi corazón se aceleró. Escuché la voz de mi padre.

—¿Dígame?

—Hola. —Él no contestó—. Soy yo.

Mi padre tiró el teléfono en algún sitio, porque sonó un golpe fuerte. Al cabo de unos segundos escuché la voz de mi madre.

—¿Samantha? —preguntó con la voz quebrada.

—Sí, soy yo.

Mi madre comenzó a llorar y yo esperé. Me hubiera gustado llorar con ella y decirle muchas cosas, pero no fui capaz.

—¿Cómo estás? —consiguió preguntar entre sollozos.

—Estoy bien. No tengo mucho tiempo, pero me gustaría pedirte un favor.

—¿Necesitas dinero, hija?

—No, mamá, no necesito dinero.

—Ese cabrón te ha dejado tirada, ¿verdad? Lo sabíamos desde que te arrancó de nuestro lado.

—Él no me arrancó de ningún sitio, mamá. Me fui yo de manera voluntaria.

—Eso es lo que él quiere que pienses, pero no fue así.

—Vale, mamá, no quiero discutir. Necesito que hables con Antonio y le preguntes si tendría un hueco para mí en su bar, o me dieras su teléfono para poder llamarle yo. —Antonio regentaba un bar en el barrio de Carabanchel. Era primo hermano de mi madre, por parte de su madre, a su vez, o sea, de mi abuela. Buena parte de la rama familiar de mi madre era originaria de un pueblo pequeño de Extremadura, en la zona sur de la provincia de Badajoz; y hasta aquí puedo contar, que las cosas de los pueblos trascienden más allá de las lindes que los enmarcan.

—¿Antonio? —repitió sorprendida—, hace mucho que no sabemos nada de él, desde el entierro de Josefa, su madre. ¡Josefa era tan divertida!, de todas las hermanas, ella y tu abuela eran las más guapas y las más divertidas. Siempre lo he dicho, que tú eras clavadita a Josefa. ¡Cómo echo de menos esos tiempos, Samantha! Tú eras chiquitita, y siempre estábamos en casa de la abuela. Josefa se quedó viuda muy joven y se fue a vivir con la abuela, ¿te acuerdas? No quería quedarse sola, los hijos se habían ido todos. Antonio mandaba dinero, pero el dinero no puede competir con el cariño.

—Sí, mamá, me acuerdo, me sé la historia de memoria, por favor, necesito el teléfono de Antonio.

—No, hija, no puedes llamarle tú. Deja que hable con él y te llamo. ¿Por qué necesitas trabajo? ¿No trabajabas con ese? —preguntó mi madre con el tono más hiriente que le salió. Yo había sido tan estúpida de pensar que podía tener esa conversación sin la necesidad de dar detalles.

—Ya no trabajamos juntos.

—¿Por qué?

El orgullo invadió mi garganta dejándome muda.

—¿Por qué, Samantha? —repitió mi madre.

Levanté la mirada que había permanecido estática en un agujero pequeño de la mesa de madera y me encontré de nuevo con los ojos de Celeste que me observaban con preocupación desde la barra. Asentía despacio, como si fuera ella la que tuviera el móvil en la oreja.

Reuní el valor.

—Porque ya no estamos juntos.

—¡Ja! ¡Maldito bastardo! ¿Habéis tenido hijos?

—No, mamá.

—¿Te ha abandonado por otra?

Suspiré.

—No, mamá. —Era verdad.

—Samantha, si me mientes, no voy a ayudarte. Lo siento. Tú padre no me lo perdonaría.

—Me he ido yo porque ya no soportaba más sus engaños.

—¡Lo sabía! Decidiste irte con él, a pesar de que te dijimos lo que iba a hacerte. Dame tu teléfono para dárselo al primo Antonio. Solo voy a hacer una llamada y espero que pueda ayudarte, pero tu padre no te quiere aquí. No puedes volver. Nos costó mucho salir adelante después de todo lo que pasó.

—No iba a volver, tranquila.

Le di el número de teléfono y colgué. Se abrió la puerta y entraron un grupo de personas. Celeste apartó la mirada de la mía para atenderlos y yo volví al agujero en la madera. Trataba de arrancar una astilla que sobresalía del pequeño orificio. Rascaba con la uña hasta que me la clavé. El dolor del pinchazo distrajo el dolor del pecho. Levanté los ojos de nuevo para buscar los de Celeste, pero se cruzaron por el camino con un hombre que me observaba desde la barra. Había entrado con el grupo. Debía de tener treinta y muchos, vestía traje de chaqueta, y por cómo se relacionaba con los demás deduje que se trataba de asuntos de tipo laboral. Me daba lo mismo. Tenía esa forma de comportarse sabiéndose ganador, encandilando a los de alrededor con sonrisas y comentarios graciosos. Siempre oportunos. Un triunfador. Yo continuaba mirándole y él me devolvía la mirada desplegando todas sus artes de seducción. «Imbécil», pensé.

Retiré la mirada y volví a poner toda mi atención en la astilla que se había alojado en mi piel y se resistía a abandonarme. Traté de quitarla con los dientes y el individuo en cuestión debió de pensar que esa era la señal que estaba esperando.

—Hola.

«Mierda».

Levanté los ojos y me encontré con los suyos. Moreno, sonrisa perfecta. Sonreía, sujetando un vaso de cerveza en cada mano, desvié la mirada hacia la barra y pude comprobar dos cosas: el grupo ya no estaba y Celeste me levantaba los hombros, desentendiéndose de la escena.

—Hola —dije al fin.

—Puedo pedirte otra cosa, si te apetece, pero he creído intuir que una cerveza te sentaría bien.

—¿Por qué?

—Pareces jodida.

Directo, seductor, empático y guapo, sobre todo esto último.

—Eso a ti no debería importarte, ¿no?

—Bueno, no me gusta que la gente esté jodida.

—Ya, ¿vas invitando a cerveza a todas las personas tristes con las que te cruzas? —pregunté con ironía.

Levantó una ceja.

—No, claro que no, pero en tu caso me gustaría hacerte pasar un rato agradable. Quizá pueda distraer tus pensamientos de eso que te tiene tan jodida. Si no te apetece, me levanto, vuelvo a mi oficina y aquí no ha pasado nada.

Miré sus manos y no vi anillo. Fran y yo tampoco los llevábamos. ¿Así era como lo hacía él? ¿Así abordaba a las mujeres que se subían al taxi?

—No me apetece. —Claro que me apetecía. Me apetecía echar un buen polvo de esos que te hacen olvidar. Con un desconocido, sin miramientos, sin emociones, tan solo follar y correrse, pero mi orgullo impedía que el galán se llevara la medalla—. Pero gracias por el intento.

Sacó un bolígrafo