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Cada año, los chicos de quinto grado viajan desde Rosario hasta El Durazno, en las sierras de Córdoba. El lugar donde acampan es hermoso pero hay una casa a la que está prohibido acercarse. Los chicos que fueron antes cuentan muchas leyendas sobre el misterioso ser que la habita y que jamás se deja ver. Pero este año, Benito oye algo extraño: una voz. ¿Quién vivirá realmente allí? ¿Será un monstruo? ¿Un extraterrestre? ¿Un loco asesino? ¿Un fantasma? Sin imaginarlo y casi sin quererlo, él y sus dos amigos: Mariángeles y Elvis develarán el secreto que guarda esa casa. Una voz en la casa prohibida es mucho más que una novela de misterio y aventura: es una denuncia sobre los prejuicios y un testimonio del valor de las diferencias.
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Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Letra Impresa Grupo Editor, 2020
Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Teléfono: +54-11-7501-1267 Whatsapp +54-911-3056-9533
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Dedé, Maria Laura Una voz en la casa prohibida / Maria Laura Dedé ; ilustrado por Rodrigo Folgueira. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2016. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-1565-83-2 1. Novela. 2. Novelas de Misterio. 3. Literatura Infantil Argentina. I. Folgueira, Rodrigo, ilus. II. Título. CDD A863
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial. Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
–¡Ya se fue el micro, mami!
–¿Cómo que ya se fue, hijo?
–¡Mirá, no está en la puerta de la escuela!
Si no fuera porque llegaban tarde, la escena era divertida: Benito, con su mochila a cuestas, parecía un caracol gigantesco huyendo de algún depredador mutante. Y a su mamá, la mochila de mano, el aislante y la bolsa de dormir se le enredaban con la correa de la cartera.
Efectivamente, el micro no se veía por ningún lado.
–Se fueron, mami. ¡¡¡Me perdí el campamentooo!!!
Mientras corrían, Benito tenía sentimientos encontrados: si se lo perdía, genial, porque últimamente Leo y sus amigos lo trataban peor que nunca. Pero también qué mal, porque era el primer campamento de verdad desde que había empezado la primaria. En primer grado no salieron a ninguna parte. En segundo, fueron a pasar el día a una quinta en San Lorenzo. En tercero, a las islas Iguanas, y en cuarto, durmieron una noche en unas cabañas de Victoria. Este, en cambio, era el campamento, el que según les decían desde jardín, iba a darles “un contacto cuerpo a cuerpo con la madre naturaleza”.
Ya más cerca, Benito y su mamá vieron que en la puerta de la escuela había gente.
–¡Mirá, ma, hay algunos papás!
Eran los padres de quinto, su grado.
–… Y recuerden que no nos hacemos responsables si los celulares se rompen o se pierden –les decía el director–. De todas formas, como ya avisamos, en El Durazno no hay señal ni wi-fi así que, a lo sumo, el celular les servirá como cámara de fotos.
–¿Dónde están los chicos, mami? –le susurró Benito a su mamá.
–¡Shh! –chistó un padre.
El director los miró.
–¡Benito! ¿Qué hacés acá? ¡Andá al micro con tus compañeros, urgente!
Benito se puso rojo. La buena noticia: Los chicos todavía no habían salido. La mala: ¡¿Dónde estaban?!
–El micro está acá a la vuelta –le dijo el director, que pareció leerle el pensamiento–. ¡Vaya ya mismo, hombre!
La mamá lo tomó de la mano y caminaron a paso rápido. Giraron en la esquina y se encontraron frente a un micro de dos pisos con el baúl todavía abierto. Pablo, uno de los maestros, guardaba las últimas cosas en él. Ella le dio la bolsa y el aislante, mientras se disculpaba por la tardanza. Después se inclinó hacia Benito y le repitió sus consejos:
–Abrigate bien, mi amor. Comé y, si llueve, no te olvides del paraguas.
–Sí, mami –dijo Benito. Se dieron un beso y subió.
Iba a ir directo al piso de arriba, pero se acordó de que su mamá le había pedido que se quedara abajo porque arriba podía marearse. Y además, había arreglado con Martín que se sentarían ahí.
Martín era fácil de encontrar (por eso algunos le decían “el Gordo”), pero abajo solo estaban la doctora que el colegio contrataba todos los años para los campamentos (le decían “Doc”), Cecilia, Chelo y Pablo (los maestros de Educación Física) y nadie más: ni los chicos, ni Martín.
Subió al otro piso despacio, escalón por escalón, y vio que había varios asientos vacíos. Pensó que estaban libres porque, como decía su mamá, arriba mareaba. Aunque después se dio cuenta de que los ocupaban chicos que ahora, amontonados, saludaban a sus padres desde las últimas ventanillas. Seguramente su mamá también estaba esperando que él se asomara, pero Benito no quería que lo viera en el piso de arriba, así que siguió buscando a Martín. Caminó por el pasillo hasta el fondo, mirando hacia ambos lados.
–¿Buscás al Gordo? –le preguntó Mariángeles. Había adivinado, porque Benito y Martín eran inseparables desde salita amarilla.
–Sí. ¿Lo viste?
–No, pero los maestros nos contaron que llamó su mamá.
–¿Y qué dijo?
–Que no viene.
–¿Martín no viene?
A Benito se le cayó el mundo.
–No, parece que está con fiebre.
Su mamá tenía razón: estar arriba mareaba. Eso sí: Mariángeles no debía darse cuenta de su mareo. Por eso se agarró de los asientos, fuerte, con las dos manos, y le sonrió como pudo.
Es que Mariángeles le gustaba. Le gustaba desde segundo, desde el día en que la vio por primera vez. Desde que la señorita Flavia la acompañó al aula y, apoyando una mano en su hombro, dijo: “Chicos, les presento a Mariángeles, una compañera nueva que viene de Buenos Aires. Espero que sean buenos con ella”. Y él fue muy bueno, claro. Siempre le prestó la goma, la regla y el sacapuntas. Siempre le convidó las cosas ricas que su mamá le mandaba para el recreo. Le gustaba tanto su pelo largo y dorado como la arena… Le gustaban tanto sus cejas rectas como gusanitos, sus ojos y… ¡ay! esa manera en que se enrollaba el pelo en un nudo que nunca se le caía… Además, tenía los brackets más brillantes del universo.
De tan mareado que estaba, le pareció que el micro se movía de verdad… ¡Y se movía de verdad! ¡Ya se estaban yendo y él no se había asomado para saludar a la mamá!
Corrió al piso de abajo y abrió la primera ventanilla que encontró. Ahí estaba ella, flaquita como él, un poco mareada como él, miedosa como él, tímida como él. Sonriendo. Se tiraron besos hasta que el micro dobló en la esquina y no pudo verla más.
Benito se sentó ahí mismo, se ajustó el cinturón, se puso los auriculares y se acomodó para escuchar música. Armaba sus propios compilados. Eso nadie lo sabía. Ni siquiera su mamá.
Se quedó un rato escuchando y pensando en Martín. ¿Qué iba a hacer seis días sin él? No entendía cómo le había subido la fiebre justo antes del campamento. Si además, en el partido del día anterior había metido tres goles (bueno, uno en contra, ¡pero igual!). ¿Cómo podía tener fiebre? ¿Cómo…? Hasta que una idea le empezó a dar vueltas en la cabeza. Y cuanto más fuerte escuchaba la música, más clara era: Martín no tenía fiebre y no había querido ir al campamento por las famosas bromas de Leo. (Es que a Martín, Leo y sus amigos lo cargaban bastante, también).
Estaba pensando en eso cuando sintió que el micro se detenía. Miró hacia afuera y vio que habían llegado a la otra escuela, la Sarah Bianchi, y un montón de chicos esperaban en la vereda. Compartirían con ellos el micro desde Rosario hasta Santa Rosa de Calamuchita.
Se abrió la puerta y subió el malón. Eran de séptimo e iban de viaje de egresados. Todos corrieron al piso de arriba. “¿Nadie se marea en este colegio?”, pensó Benito. Solo los profesores que los acompañaban se instalaron abajo.
–¿No querés subir? –le preguntó Chelo–. Creo que te vas a divertir más. Acá estamos solo los maestros.
Aunque quería, a Benito le daba miedo marearse y, además, ahora que no estaba Martín, no sabía con quién sentarse. Pero qué iba a hacer… Decidió no comer lo que le había mandado la mamá, para no vomitar si se mareaba. Tragó saliva y subió.
Cuando llegó, le pareció que todos los chicos de la Bianchi lo miraban. “Que encuentre un asiento libre, que encuentre un asiento libre”, se repetía, cada vez más colorado. Al final no encontró uno, sino dos. Justo atrás de Leo. Seguramente eran los que estaban reservados para él y Martín. Se zambulló lo más rápido que pudo y se hizo un ovillo al lado de la ventanilla.
Había empezado la guerra de canciones.
Los de séptimo gritaban:
Se siente, se siente,
¡la Bianchi está presente!
El Santa Faz cantaba:
Olé, olé, olé,
Olé, olé, olé, olá,
vamo’ el campamento,
es un sentimiento,
¡soy del Santa Faaaz!
Y los de la Sarah Bianchi respondían:
Se siente, se siente,
¡la Bianchi está presente!
(Se ve que no se les ocurría nada más).
Benito se asomó por arriba de su asiento y vio que todos los del Santa Faz estaban a la derecha del pasillo y los de la Bianchi, a la izquierda. Los que cantaban más fuerte eran Maxi, Leo y Elvis. Era divertido. Le causó gracia Elvis, arrodillado en el asiento y agitando la mano como en la cancha, con esos anteojos grandotes que tenía, torcidos de la emoción. Las chicas también gritaban cada vez más fuerte, pero Benito no las veía porque estaban en el fondo y no quería pararse… ¿Y si Mariángeles pensaba que la miraba a ella?
Cuando el volumen de las canciones llegó al máximo, Chelo, Pablo y un maestro de la Bianchi subieron a pedirles que no gritaran tanto y, de paso, controlaron que todos tuvieran puesto el cinturón de seguridad. Leo aprovechó para avisar que se le había caído un poco de Coca en el asiento. Pablo suspiró, buscó con la mirada uno libre y lo encontró justo atrás: el que estaba al lado de Benito.
Leo hizo una mueca de molestia pero se sentó. Benito se puso nervioso. Leo, que en cambio parecía de lo más tranquilo, empezó a hablar con Nacho, que seguía en el asiento de adelante, y a él ni lo miró. Benito habría querido preguntarle tantas cosas: si fue lindo ser novio de Mili una semana, campeón de pica pared y cómo era esa técnica para hacer jueguito con la pelota… Pero no se animaba, y querer sin animarse le ahuecaba el estómago. Por suerte la mamá le había dado muchas cosas para comer. Abrió la mochila y sacó uno de los paquetes.
–¿Me das? –le pidió Leo.
Benito le convidó una galletita, después torta de banana, papas fritas, nachos y un alfajor.
–¿Querés un nacho, Nacho? –le dijo Leo a Nacho, riéndose de su propio chiste, mientras le pasaba uno por el hueco que queda entre los asientos.
Nunca preguntó si podía convidarle, y eso a Benito lo puso de mal humor. Porque Leo sabía hacer muchas cosas, pero otras no, pensó.
Así, entre Leo y Nacho se terminaron el paquete, y Benito se conformó recordando que su mamá siempre quería que compartiera. Además, él no tenía hambre. Y si tenía, igual pronto iban a bajar a desayunar.
–Por lo menos, para la comida tenés buen gusto –festejó Leo.
Ahí Benito no supo qué decir. ¿Eso era un halago?
–Menos mal que no vino el Gordo ¿no? –siguió y, después, se rio–: ¡Ja, ja, ja! ¡Si venía, no nos dejaba nada!
Ahí Benito sí sabía qué había que decir, porque eso no era un halago. Quería decirle que el Gordo no era ningún angurriento, que comía pero convidaba, y que no le gustaba que hablara mal de él, porque era su amigo… Pero otra vez no se animó. Las palabras de Leo tenían algo que aplastaba las suyas, por eso prefirió ponerse los auriculares y hacerse el dormido, para no hablar ni escuchar.
Cuando Cecilia subió a contar que habían cambiado de provincia, abrió los ojos y se sacó un auricular. Algunos chicos miraron por la ventanilla y dijeron que cómo, si el paisaje era el mismo, si no había montañas ni nada. Entonces ella les explicó que el sur de Córdoba es llano, como Santa Fe, y que para llegar a las montañas todavía faltaban algunas horas.
–Lo extrañás al Gordo, ¿no? –insistió Leo.
Benito le dijo que sí con la cabeza.
–¡Nosotros para nada! Así es mucho más divertido, ¿no, Nacho? –se rio Leo.
Benito se puso serio.
–¡Era un chiiiiste, no te calentés! ¡Somos amigos! ¿O no?
