Venganza por amor - Anne Mather - E-Book

Venganza por amor E-Book

Anne Mather

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Beschreibung

Julia 1001 Olivia no sabía si aceptar o no el encargo de viajar a Los Ángeles para escribir la historia de la vida de Diane Haran, una estrella de cine que había salido de la pobreza para alcanzar la fama. Al fin y al cabo, era la mujer que había seducido a su marido. ¿Qué ocurriría si le diera la vuelta a la tortilla y tratara de arrebatarle a su amante? Olivia sabía que no podía competir con la belleza deslumbrante de Diane, pero Joe Castellano sí parecía sentirse atraído por ella. El único problema era que cuanto más lo conocía, más lo quería para ella sola...

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Anne Mather

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Venganza por amor, JULIA 1001 - junio 2023

Título original: PACIFIC HEAT

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411419079

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

DIANE Haran!

Olivia estaba atónita. Nunca hubiera esperado que le ofrecieran un encargo así. Escribir la extraordinaria historia de la vida de Diane Haran, desde la pobreza hasta la fama. La historia de la diva de la pantalla, la modelo, la superestrella… la mujer que cinco años atrás le había robado a su marido.

—Sí, Diane Haran —repitió Kay Goldsmith impaciente—. Supongo que habrás oído hablar de ella, ¿no? Es famosa en el mundo entero. Lo que sí que es sorprendente es que Diane haya oído hablar de ti.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Olivia respirando hondo y mirando a su agente. ¿Diane Haran ha oído hablar de mí?

—Bueno, fue a ella a quien se le ocurrió que tú escribieras su biografía. Ha leído tu libro sobre Eileen Cusak, creo, y según parece está impresionada con tu trabajo.

—¿En serio?

Olivia sabía que ese comentario había sido un tanto cínico, pero no podía evitarlo. La idea de que a Diane Haran se le hubiera ocurrido que ella escribiera su biografía era ridícula. Eileen Cusak había sido una verdadera heroína, había luchado contra la enfermedad mientras escribía los versos líricos más bellos de la historia de la poesía, y había muerto pocas semanas antes de la publicación de su biografía. Olivia nunca olvidaría su valentía ni su dulzura.

Pero Diane Haran no era ni valiente ni dulce. Era una mujer egoísta, manipuladora y codiciosa. Había conocido a Richard Haig en una fiesta y, a pesar de saber que estaba casado y conocer a Olivia, presente esa misma noche, no había dudado en seducirlo.

—¿Liv? —la llamó Kay curiosa.

Olivia volvió al presente, dándose cuenta entonces de que se había quedado absorta. La idea de escribir la biografía de Diane Haran era absurda, y así debía explicárselo a Kay, pensó.

—No puedo hacerlo —afirmó provocando la incredulidad de Kay y levantándose para mirar por la ventana.

En la calle, la vida seguía. Era alentador comprobarlo, se dijo. Por un momento había creído que el tiempo se había detenido.

—¿Qué quieres decir con eso de que no puedes hacerlo? —preguntó Kay poniéndose en pie y acercándose a ella—. ¿Te das cuenta de lo que te están ofreciendo? Las ganancias pueden ser fantásticas, tendrás un porcentaje en las ventas, y además podrás pasar unos cuantos meses al sol.

—¿Unos cuantos meses al sol? —repitió Olivia.

—Sí —explicó Kay—. Diane Haran quiere que vayas a California. Está a punto de terminar una película y, según su agente, no comenzará a rodar la siguiente hasta septiembre, así que ahora dispone de tiempo.

—¿Su agente?

—Sí, Phoebe Isaacs, de la agencia Isaacs and Stone. Supongo que no habrás oído hablar de ella, pero es una de las más importantes en el mundo del cine. Según dicen, Phoebe Isaacs es toda una experta.

—¿Quieres decir que ha sido esa tal Phoebe Isaacs la que se ha puesto en contacto contigo? —parpadeó Olivia.

—Exacto —contestó Kay notando que Olivia palidecía—, pero no te confundas, fue Diane Haran en persona quien escogió esta agencia sabiendo que tú eras una de mis clientes.

—A pesar de todo no puedo hacerlo —contestó Olivia respirando hondo mientras reflexionaba sobre las palabras de Kay.

—¿Por qué no? —insistió Kay.

Según sus noticias, Richard era el agente de Diane. Ése había sido el anzuelo que Diane había usado para pescarlo años atrás, en aquella fiesta. Como si su sola belleza no hubiera sido suficiente, pensó Olivia. Kay estaba irritada, y tenía toda la razón. Después de todo, la oportunidad que se le brindaba era la mejor de todas las que le hubieran ofrecido nunca, aunque sólo llevara tres años trabajando con Kay. Ella no sabía las razones por las que Olivia se había divorciado de su marido, ni siquiera sabía su nombre. No era algo sobre lo que Olivia tuviera costumbre de hablar, y por otro lado aún trabajaba para aquella revista femenina cuando Richard la abandonó.

—Sencillamente porque no —insistió Olivia ligeramente intimidada ante el enojo de Kay—. Tú no lo comprendes —añadió volviendo hacia el sillón—. Yo… yo conozco a Diane Haran. La conocí hace años, y no me gusta.

—¡No hace ninguna falta que te guste! —protestó Kay volviendo a sentarse tras la mesa—. Además es evidente que ella no te recuerda, o al menos que no tiene nada contra ti. Quiere que seas tú quien escriba la historia de cómo alcanzó el éxito. No se trata de un compromiso para toda la vida, es sólo cuestión de unas semanas.

Olivia se humedeció los labios. La idea de volar a California para ver a Diane Haran le resultaba desagradable. Diane no sólo no le gustaba, además la odiaba, la despreciaba. La culpaba de la ruptura de su matrimonio. Richard y ella habían sido felices hasta ese momento, la pareja ideal. Se habían conocido en el colegio y, con el tiempo, Richard le había pedido que se casaran. Olivia entonces se sintió feliz.

Sí, feliz, recapacitó mientras recordaba la envidia de sus compañeras. Richard Haig era el chico más atractivo de todos, y uno de los pocos de clase más alto que ella. Siempre había considerado que su metro setenta de estatura era un inconveniente, pero Richard le había asegurado que le encantaban las mujeres esbeltas. El hecho de que no fuera ni muy guapa ni muy inteligente tampoco parecía haberle importado. Por alguna razón se había enamorado de ella, y Olivia siempre había estado convencida de que serían muy felices.

—No puedo hacerlo —repitió consciente de que Kay la observaba—. Lo siento, me siento halagada, pero no puedo.

—Pero todavía no me has dado ninguna razón de peso —replicó Kay dejándose caer sobre la silla—. ¡Maldita sea, Liv, es la oportunidad de tu vida! No puedes echarla a perder.

—Está bien —contestó Olivia tras unos segundos de vacilación—. Supongo que te debo una explicación. No puedo hacerlo porque… conozco al hombre con el que está casada, y…

—¿Conoces a Richard Haig? —preguntó Kay pronunciando el nombre de su ex-marido sin darle importancia. Olivia reprimió su sorpresa—. Bueno, no tienes de qué preocuparte. Según he oído ese matrimonio se ha ido al garete.

—¿Que se ha ido al garete? —repitió Olivia tragando.

—Así es —asintió Kay—. Creo que tienen problemas desde hace tiempo. Según parece, él bebe, ya sabes. Al menos eso es lo que se cuenta. Me temo que ella le ha echado el ojo a otro.

—No puedo creerlo.

—¿Y por qué no? Al fin y al cabo éste es su tercer marido, y le está durando más que los otros dos. ¿Quién fue el primero, te acuerdas? ¡Ah, sí!, Gordon Rogers.

—Creía que… creía que sólo se había casado dos veces —murmuró Olivia a punto de desfallecer.

—No —sacudió la cabeza—, ¿no te acuerdas de ese actor… Christian de Hanna?

—Entonces… ¿ahora con quién está? —preguntó Olivia tratando de no mostrar excesivo interés.

—¡Y a mí qué me cuentas! Esa respuesta vale un millón de dólares, pero puedes estar segura de que el hombre en cuestión tiene algo que no tiene tu amigo.

—¿Mi amigo? —repitió Olivia confusa.

—Richard Haig, el marido. Si lo quieres, es tuyo.

Olivia abrió la boca atónita. ¿Acaso había dejado que Kay adivinara sus sentimientos?, se preguntó a punto de desmayarse.

—No, gracias —declaró con poca convicción.

Lo cierto era que sí lo quería, pensó. Siempre lo había querido.

—Bueno, eso es cosa tuya, pero te advierto que no debes rechazar la oferta. Creo que no te das cuenta del impacto que ese libro tendría, tanto sobre el público como en tu carrera. Dios sabe que te permitiría escoger en el futuro los trabajos que te interesaran.

Olivia bajó la mirada. No podía aceptar la oferta, se dijo decidida, por muy atractivo que Kay se lo pusiera. No podía trabajar con Diane después de lo que le había hecho a Richard. Si él la necesitaba, sabría dónde encontrarla, reflexionó. No podía tomar la iniciativa de ir a buscarlo.

Pero, ¿y si él se sentía humillado?, preguntó una voz en su interior. ¿Qué ocurriría si él se arrepintiera de haberla abandonado, pero al mismo tiempo se sintiera demasiado avergonzado de su comportamiento como para dar el primer paso? Richard tenía su orgullo, y el divorcio había sido muy amargo. Aunque lo cierto era que él había hecho todo lo posible para hacerle pagar el pato. Olivia se había sentido herida y maltratada.

Y esa era otra razón más para no aceptar la oferta. ¿Es que acaso estaba dispuesta a exponerse de nuevo a ese tipo de abusos sentimentales?, se preguntó. Además, no iba a trabajar para Richard, sino para Diane. Ni siquiera estaba segura de que fuera a verlo si la información de Kay era correcta. Por muy tentador que resultara imaginar una reconciliación con Richard, tenía que pensar con la cabeza, no con el corazón.

Miró a Kay. Estaba esperando a que dijera algo, así que preguntó lo primero que se le vino a la cabeza.

—¿Por qué a California? ¿Es que ya no vive en Inglaterra?

—Según creo tiene casa en Inglaterra y en los Estados Unidos —contestó Kay de inmediato—. Ah, y también tiene una villa en el sur de Francia, pero como las películas se ruedan en América supongo que le resulta más conveniente vivir allí.

No podía creerlo. Era difícil imaginar que se pudiera ser tan rico. Y para Diane, seguramente, también sería difícil. Al menos al principio, pensó. Ella había vivido los primeros quince años de su vida en un piso de protección oficial de East End de Londres.

—Tendrás que investigar aquí primero —comentó Kay como si Olivia hubiera aceptado la propuesta—. Su familia se ha marchado de Bermondsey, por supuesto. Diane fue muy generosa con ellos, pero espero que aún quede alguien allí que la conozca. Amigas de colegio, vecinos, etc.

—No sé cómo investigar sus antecedentes —recalcó Olivia esperando que Kay olvidara el asunto o, mejor aún, soñando con que Diane nunca hubiera hecho aquella propuesta, con que nunca hubiera encendido la chispa del ardiente deseo de volver a ver a Richard.

Kay la observaba detenidamente, y Olivia sintió que el calor de la excitación de sus propios pensamientos invadía sus mejillas.

—¿Significa eso que vas a aceptar el encargo? —preguntó inclinándose sobre el asiento.

—No… no tengo ningún deseo de trabajar con Diane Haran —insistió tensa.

Sin embargo ambas sabían que no había rechazado la oferta.

 

 

Olivia volvió tarde a casa aquella noche. El apartamento, en el último piso de un viejo edificio victoriano, era su hogar y su refugio, su santuario desde el divorcio de Richard. Con él había vivido en una bonita casa en Chiswick, pero después no había podido mantenerla, y menos aún soportar sus tristes recuerdos. Por esa razón se había mudado a Kensington y, con el correr de los años, había transformado su escaso espacio en un lugar luminoso y bello.

Henry salió a recibirla al abrir la puerta. Se restregó contra sus piernas y le demostró cuánto la había echado de menos. Pero no consiguió engañar a Olivia. Tenía hambre, y con aquel gesto sólo pretendía recordarle que era la hora de la cena. Por primera vez desde que abandonó el despacho de Kay Olivia sonrió.

—Vale, vale, no me he olvidado de ti —dijo cerrando la puerta cargada con las bolsas del supermercado—. ¿Qué te parecería un plato de salmón y gambas? —Henry ronroneó lleno de satisfacción—. Ya sé, ya sé, enseguida estará la cena.

La cocina olía a la fragancia de las plantas que Olivia se entretenía cultivando. Dejó las bolsas y miró los narcisos de colores de la ventana. El cielo estaba nublado, pero la casa permanecía inmutable a los vientos helados de marzo.

Después de servirle la comida a Henry llenó el hervidor de agua y lo puso a calentar. Cenaría más tarde, pero se merecía un buen té, pensó. Mientras guardaba la compra trató de no pensar en la propuesta de Diane. Aquél era su hogar, y no quería aguarlo con tristes recuerdos sobre su ex-marido. En casa se sentía segura, a salvo, lejos de la desgracia y de la miseria que le había causado su amor por Richard.

Una vez hecho el té respiró hondo y se encaminó hacia el despacho. Entre sus paredes, cubiertas de libros, estaba la mesa, desordenada y llena de papeles, y el ordenador. Aquel era un lugar reconfortantemente familiar.

Dio un sorbo de té y se apoyó sobre el viejo sillón con resignación. Había pensado revisar la correspondencia, pero aún tenía papeles dispersos con notas sobre el último manuscrito. Esa era la razón por la que había ido a ver a Kay, para conocer su opinión sobre el manuscrito de la biografía de Suzanne Howard, una navegante que a sus setenta y tres años había dado la vuelta al mundo en solitario.

Pero el entusiasmo de Kay había quedado eclipsado por la conversación sobre Diane. Olivia se preguntaba si Richard sabría a qué se dedicaba. Cuando la abandonó aún trabajaba en la revista, y no tenía muchas perspectivas de mejorar. Quizá, si no se hubiera marchado, no habría tenido agallas para escribir un libro, pensó. Richard siempre se había burlado de los artículos de cotilleo que escribía para la prensa.

El timbre del teléfono fue una buena excusa para dejar de pensar. Se apartó el cabello castaño de la cara y descolgó el auricular.

—¿Sí?

—¡Liv, por fin! Llevo toda la tarde llamándote —era su padre que, al ver que Olivia no daba explicaciones, añadió—. ¿Estás bien? ¿Tienes problemas con tu nuevo libro?

—No —contestó Olivia dejando escapar el aire contenido y tratando de parecer alegre—. No, Kay está muy satisfecha con él.

Tanto su padre como su madrastra la habían apoyado durante el proceso de divorcio y, con toda seguridad, se sentirían inquietos al conocer el nuevo proyecto que le rondaba la cabeza.

—Bueno, tu madre y yo nos preguntábamos si podrías venir a cenar —contestó Matthew Pyatt aliviado. Siempre se refería a la madrastra de Olivia de aquella forma. Al fin y al cabo la había cuidado desde los cinco años—. Hay algo que queremos discutir contigo y, como no te hemos visto desde hace un par de semanas, hemos pensado que sería una buena idea. ¿Qué te parece?

—Está bien, iré a cenar. Dame tiempo para que me duche y me cambie de ropa. ¿Te parece bien a las ocho en punto?

 

 

—Liv, querida —la saludó Alice Pyatt dándole un beso en la mejilla—. Tu padre acaba de marcharse a comprar una botella de vino, seguro que le molesta no haber estado aquí para recibirte. Ha estado esperándote media hora.

—¿Es que llego tarde? —preguntó Olivia quitándose el abrigo y entrando en el salón para acercarse a la chimenea encendida.

—No, no llegas tarde, pero tu padre está nervioso. ¿Qué te traigo para beber? ¿Un jerez, quizá, o una ginebra con tónica?

—¿Es que me va a hacer falta? —preguntó a su vez Olivia dejándose caer sobre el sofá—. Tienes buen aspecto.

—En cambio tú tienes un aspecto enfermizo. Te ocurre algo.

—No estoy enferma, es sólo que estoy un poco… nerviosa, eso es todo. Me… me han ofrecido un proyecto nuevo —confesó Olivia al fin decidiendo que sería más fácil discutir el tema primero con su madrastra—. No estoy segura de si aceptarlo, tendría que irme a los Estados Unidos durante un par de meses.

—¡A los Estados Unidos! —exclamó Alice impresionada mientras Matthew Pyatt entraba a grandes zancadas en el salón.

—¿Estados Unidos…? —repitió él inclinándose para besar a su hija—. ¿Qué ocurre con los Estados Unidos? No te irás a vivir a Nueva York, ¿verdad?

—Por supuesto que no —respondió Olivia tratando de parecer tranquila—. Es sólo que me han ofrecido un proyecto en Los Ángeles, y aún no he decidido si aceptarlo o no.

—Debo decir que no me hace mucha gracia, no es el lugar más adecuado para una mujer joven y sola —dijo Matthew sentándose sobre el brazo del sillón en el que estaba Alice.

—No soy una niña, papá, y además el problema no es que me vaya allí.

—Ah, entonces es que estás preocupada por nosotros, ¿no? Bueno —añadió rodeando con un brazo a su mujer—, de eso precisamente era de lo que queríamos hablarte. Ya sabes que la hermana de Alice vive en Nueva Zelanda, ¿verdad? El caso es que nos ha invitado a pasar un par de meses con ella. Nos preocupaba dejarte aquí sola, pero si tú no vas a estar…

—Comprendo —contestó Olivia tragando.

—No te importa, ¿verdad, Liv? —preguntó Alice inclinándose hacia ella con ansiedad.

Olivia sabía qué era lo que debía hacer: asegurarles que podían marcharse tranquilos. Sin embargo sentía cierta aprensión. Era como si todo se hubiera confabulado en su contra.

—Pues… por supuesto que no —respondió observando el alivio inmediato de su madrastra.

—Perfecto —sonrió Alice—. Hace casi diez años que no veo a Bárbara. Es una ventaja estar jubilado, se puede ir a cualquier parte.

—Y entonces, ¿de quién tienes que escribir ahora la biografía? —preguntó Matt mientras su mujer se dirigía a la cocina a echar un vistazo a la cena.

—De Diane Haran —contestó Olivia al fin—, pero aún no he decidido si voy a hacerlo o no —se apresuró a añadir al ver el rostro de su padre—. No me mires así, papá, es una oportunidad sensacional y… y ella y Richard están a punto de divorciarse.

—¡No puedes estar hablando en serio!

Matthew se había puesto en pie. Para él Richard no merecía sino una paliza por la forma en que había tratado a su hija.

—Ya te he dicho que todavía no he decidido nada —aseguró Olivia recogiéndose el pelo tras la oreja.

—Pero estás pensándolo, por eso me lo cuentas.

—Sí, estoy pensándolo —contestó Olivia lamentándose de haberlo mencionado—. Te haré saber mi decisión. Espero que sea antes de que te marches a Nueva Zelanda.

—Ya no estoy muy seguro de que quiera ir a Nueva Zelanda —suspiró—. Liv, ¿no te das cuenta de que esa mujer quiere utilizarte para librarse de ese gañán?

Olivia había pensado en ello, pero no estaba dispuesta a admitirlo ante su padre.

—Dejemos este tema —rogó Olivia—. Ya te contaré lo que decida.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

A PESAR de haber tomado ya una decisión, durante el vuelo de Londres a Los Ángeles Olivia estuvo enumerando las razones por las que no hubiera debido de aceptar aquel encargo. Sabía que su comportamiento estaba expuesto a cualquier interpretación, pero prefería no examinar sus propias motivaciones demasiado detenidamente. Tenía miedo.

Saber que probablemente vería a Richard le producía sentimientos contradictorios. Le causaba cierta aprensión, pero también curiosidad. Quería saber qué ocurría en su vida, si los rumores sobre él y Diane eran ciertos. Pero ante todo quería saber hasta qué punto él le importaba, si sus razones para aceptar aquella propuesta eran puramente económicas.

Había estado investigando sobre la infancia de Diane en Londres durante un mes desde aquella primera conversación con Kay, y le había sorprendido el buen concepto que la gente de allí tenía de ella. En contra de su propia opinión, sus vecinos y compañeros de escuela la consideraban una persona generosa y de buen corazón, siempre dispuesta a ayudar, y le habían contado docenas de anécdotas sobre ella.

La historia de su vida era fascinante, eso tenía que admitirlo. Fascinante, sorprendente, y angustiosa, pero siempre interesante. Era la mayor de una familia de siete hermanos, muchos de los cuales no tenían el mismo padre, y su infancia se había visto arruinada por la pobreza y los abusos. Su madre, una mujer ignorante pero trabajadora, apenas había tenido tiempo para sus hijos, y Diane había tenido que cuidar de sus hermanos.

Su increíble belleza le había causado problemas desde la más tierna infancia. Había sido consciente de su propia sexualidad a una edad muy temprana. No obstante, lo irónico del caso era que había sido precisamente la atracción que había provocado en un hombre mayor a los quince años lo que la había catapultado a la fama. Aquel hombre rico la había llevado a cenar a un restaurante, y allí enseguida le echó el ojo un fotógrafo. Estaba buscando una cara nueva, la top model de los ochenta. El resto, como se solía decir, era historia.

Tenía que escribir la biografía de Diane Haran con objetividad, y estaba contenta de que las investigaciones realizadas le hubieran hecho cambiar de opinión con respecto a ella. No comprendía las razones por las cuales Diane quería que escribiera la historia de su vida, pero quizá fuera cierto que le había gustado su trabajo sobre Eileen Cusak.

Sin embargo esa razón no resultaba muy convincente, dijo una voz queda en su interior mientras el avión se acercaba al aeropuerto de Los Ángeles. La cuidad se extendía a sus pies, ya no había marcha atrás. Se había comprometido a llevar a cabo el encargo, y lo único que tenía que hacer era olvidarse de Richard y concentrarse en el trabajo.

La secretaria de Diane le había mandado un fax comunicándole que iría a buscarla al aeropuerto. Esperaba que cumpliera su palabra, aunque también era cierto que podía tomar un taxi. Conocía la dirección de Diane, y no era un inútil. Además sabía que no tenía nada que temer. Era una mujer fuerte, aunque fuera esbelta, y ella lo sabía.

A menos que el que la atacara fuera como el hombre que la estaba observando, se dijo aliviada de ver que por fin él perdía el interés. Aquel hombre miraba la cinta esperando las maletas. Era grande, moreno y de aspecto vigoroso, pero en nada parecido a los héroes de Hollywood. Resultaba agradable mirarlo, pero su atractivo radicaba más en la dureza de sus facciones que en sus proporciones. De ojos profundos bajo cejas oscuras, pómulos estrechos y una fina línea por boca, si alguna línea recorría su rostro eran líneas dibujadas por la experiencia.

¿Quién sería?, se preguntó. Desde luego no una estrella de cine, aunque tuviera guardaespaldas. Si es que el hombre que rondaba cerca de él lo era, se dijo dudando. Fuera quien fuera, no parecía seguir interesado en ella.

El carrusel comenzó a girar y las maletas aparecieron como por arte de magia. Salió entonces un neceser negro y el hombre que acompañaba al que Olivia había estado mirando lo recogió. Llevaba colgado a la espalda un carrito portaequipajes. Dejó el neceser sobre él y ambos se dirigieron a la salida. Más valía que estuviera atenta a su maleta, pensó. Justo en aquel momento creyó verla salir.