Viva mi Dueño - Ramón María del Valle-Inclán - E-Book

Viva mi Dueño E-Book

Ramón María Del Valle-inclán

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Beschreibung

"Viva mi Dueño" es una de las obras más destacadas del dramaturgo y novelista español Ramón María del Valle-Inclán, publicada en 1920. Este libro, que se inscribe en el modernismo y el esperpento, destaca por su intrincada estructura narrativa y su aguda crítica social. A través de un estilo visceral y poético, Valle-Inclán retrata la decadencia moral y social de su tiempo, utilizando un lenguaje cargado de simbolismo y metáforas que invitan a reflexionar sobre la naturaleza humana y las relaciones de poder. La obra, situada en un contexto de cambios políticos y culturales en España, revela las tensiones entre el pasado y el presente, evocando un ambiente donde la lucha de clases y las pasiones individuales se entrelazan de manera trágica. Ramón María del Valle-Inclán, uno de los más importantes exponentes de la literatura española del siglo XX, fue un autor polifacético que manifestó desde temprano su rechazo hacia la realidad social de la España de su época. Su experiencia personal, marcada por su compromiso político y su visión estética innovadora, le llevaron a explorar en "Viva mi Dueño" el conflicto entre el individuo y la sociedad. Valle-Inclán, con su sentido crítico y su dominio del lenguaje, abre un espacio para la ironía y la tragedia, creando personajes que reflejan tanto la grandeza como la miseria humana. Recomiendo encarecidamente "Viva mi Dueño" a aquellos interesados en la literatura española avanzada, así como a quienes buscan obras que desafían las convenciones del teatro y la narrativa. La profundidad de su contenido y la maestría con que Valle-Inclán elaboró sus personajes y escenarios invitan a una relectura que revelará nuevas interpretaciones en cada encuentro. Esta obra es esencial no solo para los estudiosos de la literatura, sino también para cualquier lector que desee adentrarse en las complejidades del alma humana y la crítica social. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ramón María del Valle-Inclán

Viva mi Dueño

Edición enriquecida. Amor y ambición en la literatura española del siglo XX
Introducción, estudios y comentarios de Celia Serrano
Editado y publicado por Good Press, 2023
EAN 08596547828525

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Viva mi Dueño
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

En el teatro convulso del poder, donde la obediencia se disfraza de virtud y la adulación levanta tronos efímeros, Viva mi Dueño de Ramón María del Valle-Inclán convierte la historia en un espejo deformante que, lejos de consolar, desenmascara la coreografía del servilismo, muestra el cordón umbilical entre la ambición y la miseria moral, y hace del grito de lealtad una contraseña de vasallaje que atraviesa salones, cuarteles y callejas, invitando al lector a reconocer en la retórica del entusiasmo la gramática de la subordinación, y en el ruido de la fiesta política el zumbido persistente de la corrupción.

Viva mi Dueño es una novela satírica que forma parte de El Ruedo Ibérico, el gran ciclo narrativo de Valle-Inclán sobre la España del siglo XIX. Ambientada en la época isabelina, despliega una geografía moral que va de la corte a las calles, con Madrid como eje simbólico. Su publicación se sitúa a finales de la década de 1920, cuando el autor, en plena madurez, radicaliza la estética del esperpento en prosa narrativa. El libro participa de la crónica histórica y del retrato de costumbres, pero se afirma, ante todo, como una farsa trágica del poder y sus liturgias.

La premisa se construye como un amplio fresco coral: en un país gobernado por la lógica del favor y el gesto teatral, la vida pública se ordena alrededor de camarillas, ascensos repentinos y caídas estruendosas. El lector entra a un repertorio de figuras representativas —ministros de ocasión, cortesanos, militares, periodistas, comediantes— que se mueven por la ciudad y sus márgenes, mientras la maquinaria del Estado exhibe sus costuras. No hay héroe único; hay un mosaico de trayectorias que se cruzan y se contradicen, de cuyo roce emerge una visión crítica sin necesidad de revelar destinos concretos.

La experiencia de lectura se sostiene en una voz narrativa de ironía implacable y en un tejido verbal exuberante. Valle-Inclán combina registros populares y cultos, injerta arcaísmos con giros coloquiales y afila la frase hasta convertirla en gesto teatral. La estructura alterna escenas breves, casi de montaje, con panorámicas de gran vuelo, potenciando una cadencia rítmica que atrapa sin apresurar. El humor negro y la hipérbole conviven con destellos líricos, mientras la deformación deliberada de la realidad ilumina su verdad moral. El resultado es una prosa que se oye en la cabeza y se ve como un escenario.

Entre sus temas destacan la servidumbre voluntaria, el clientelismo como sistema de gobierno, la representación del poder como espectáculo y la fragilidad de la memoria pública. La consigna del título resume una obediencia interesada que contamina todos los estratos sociales, a la vez que denuncia el precio íntimo del arribismo. El lenguaje, convertido en arma, fabrica prestigios y encubre derrotas; el rumor y la ceremonia suplen a la deliberación. También recorre la obra una reflexión sobre la máscara: cada personaje, al desempeñar su papel, delata un vacío que el propio relato explora con sátira y compasión medida.

Leída hoy, la novela interpela prácticas reconocibles: la naturalización del favor, la espectacularización de la política, el poder del relato partidista y la circulación de medias verdades en un espacio público saturado. Su diagnóstico del entusiasmo como técnica de mando y del elogio como moneda de cambio dialoga con fenómenos contemporáneos de personalización y marketing político. Al mismo tiempo, revela cómo las estructuras de desigualdad sostienen el teatro institucional. No ofrece recetas, pero invita a una vigilancia crítica: preguntar quién habla, a quién sirve cada gesto y qué se oculta tras la escenografía de la grandeza.

Acercarse a Viva mi Dueño es entrar en una máquina verbal que, con ingenio y ferocidad, desvela los resortes íntimos de la vida pública. El libro puede leerse de forma autónoma y, a la vez, en diálogo con el conjunto de El Ruedo Ibérico, cuya ambición panorámica enriquece su alcance. Su vigencia no solo reside en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta: la combinación de sátira, musicalidad y conciencia histórica ofrece un placer estético que ilumina. Para el lector actual, supone la oportunidad de calibrar, sin adelantar desenlaces, el precio humano de la obediencia.

Sinopsis

Índice

Viva mi Dueño, publicada en 1928 por Ramón María del Valle-Inclán, es la segunda entrega del ciclo novelesco El Ruedo Ibérico. Ambientada en la España del reinado de Isabel II, despliega un fresco histórico-satírico que mezcla personajes reales y ficticios para retratar el engranaje del poder, el clientelismo y la inestabilidad política. Valle-Inclán monta un escenario coral donde la crónica y la fábula se entrelazan, y la deformación caricaturesca modela una realidad reconocible. La novela no persigue un héroe único, sino una circulación de figuras y voces que, al cruzarse, componen la respiración de una época marcada por camarillas, pronunciamientos y boatos.

El arranque sitúa al lector en los salones y antesalas donde se negocian gracias, ascensos y contratos. La consigna de obediencia, que da título al libro, colorea gestos y decisiones, y expone la cadena de dependencias que articula a cortesanos, políticos y financieros. Valle-Inclán hace visible la mecánica de las recomendaciones, el reparto de prebendas y la circulación de favores, mientras deja a la vista el contraste entre etiqueta y cálculo. Sin necesidad de emitir sentencia, la narración sugiere cómo la lealtad personal suplanta al mérito y cómo la retórica patriótica se confunde con la preservación de intereses particulares.

En paralelo, el pulso entre moderados y progresistas, con generales y ministros en permanente tanteo, estructura la intriga política. La novela alterna gabinetes, cuarteles y redacciones para mostrar cómo se preparan alianzas, se tantea el pronunciamiento y se busca el favor de la Corona. El movimiento es continuo: ceses y nombramientos reordenan el tablero, y cada avance conlleva un ajuste de cuentas. Sin detenerse en la explicación doctrinal, el relato señala la fragilidad institucional de un sistema que delega en espadones y notables, y la facilidad con que la opinión pública es convocada o acallada según convenga.

El Madrid popular comparece como contraplano de la pompa oficial. Cafés, mentideros, corrales y calles aportan un rumor que deforma y a la vez ilumina la escena cortesana. La multitud funciona como coro burlón, capaz de consagrar y de ridiculizar, y el humor negro impulsa un tono entre festivo y acerado. El simbolismo taurino del ruedo organiza el espacio: la arena del poder, los burladeros de la intriga y la gradería del público que observa, comenta y juzga. Esa teatralidad permite que lo grotesco revele lo significativo, y que el comentario social emerja del contraste entre máscara y gesto.

Un hilo narrativo recorre el ascenso de favoritos y su exposición al desgaste. La súbita fortuna de determinados personajes depende de la habilidad para medrar en salones, para controlar expedientes o para controlar un periódico, pero también de la volubilidad de una red de apoyos que puede romperse por un rumor. Los capítulos siguen la elaboración de un escándalo y su utilización como herramienta de desplazamiento político. Sin detallar desenlaces, la novela muestra la precisión con que la infamia se fabrica, el precio que pagan los intermediarios y la forma en que las reputaciones se vuelven moneda de cambio.

El recorrido se amplía hacia provincias y templos, donde el poder local reproduce en escala los hábitos de la capital. Caciques, clérigos y funcionarios participan de la cadena de fidelidades, y el control de las ceremonias públicas se vuelve decisivo para legitimar el mando. La narración acumula preparativos: viajes, pactos discretos, listas y proclamas que anuncian un movimiento inminente. Sin cerrar la tensión, el libro deja a sus personajes en un umbral cargado de posibilidades, con equilibrios precarios y alianzas revisadas. Ese final abierto dentro del ciclo refuerza su condición de capítulo central en una historia en curso.

Como pieza de El Ruedo Ibérico, Viva mi Dueño condensa la mirada crítica de Valle-Inclán sobre la España isabelina y experimenta con una prosa barroca, polifónica y llena de imágenes que desnudan el ritual del poder. Su vigencia reside en la exploración del servilismo, la propaganda y la economía del favor, fenómenos que siguen interpelando a lectores contemporáneos. Al evitar la reconstrucción lineal y apostar por un mosaico de escenas, la obra propone preguntas sobre responsabilidad colectiva, memoria histórica y representación. La sátira no cancela la compasión por sus criaturas; la amplifica al situarlas en un sistema que las supera.

Contexto Histórico

Índice

Viva mi dueño (1928), de Ramón María del Valle-Inclán, es la segunda entrega del ciclo novelístico El Ruedo Ibérico, una reconstrucción satírica de la España isabelina. La acción se sitúa en el Madrid cortesano y en espacios de poder de mediados del siglo XIX, donde confluyen la monarquía, las Cortes, el Ejército y una burocracia en expansión. La obra utiliza episodios y personajes inspirados en figuras reales para retratar las redes de favoritismo que sostienen el trono de Isabel II. Este marco histórico, con su mezcla de boato palaciego y conflictividad política, estructura el trasfondo de intrigas, lealtades cambiantes y propaganda oficial.

El punto de partida histórico es la crisis dinástica abierta tras la muerte de Fernando VII en 1833. La Pragmática Sanción permitió la sucesión de Isabel II y desencadenó la Primera Guerra Carlista (1833–1840), enfrentamiento entre absolutistas y liberales por el control del Estado. La regente María Cristina gobernó en nombre de su hija, apoyándose en generales liberales y en camarillas palaciegas. El conflicto militar, las levas y las contribuciones extraordinarias tensaron la hacienda y las provincias. La pacificación parcial no significó estabilidad: la politización del Ejército y el hábito de los pronunciamientos quedaron como mecanismo recurrente de cambio de gobierno.

Tras la abdicación política de María Cristina en 1840, el general Baldomero Espartero asumió la regencia (1840–1843), apoyado por los progresistas. Su gobierno, marcado por medidas centralizadoras y por el bombardeo de Barcelona en 1842 para sofocar un levantamiento, despertó una fuerte oposición social y militar. En 1843, una coalición de generales moderados y progresistas organizó un pronunciamiento que forzó el exilio de Espartero y proclamó la mayoría de edad de Isabel II con solo trece años. Esta alternancia por la fuerza consolidó el papel de los “espadones” en la política y preparó el ascenso del Partido Moderado.

Con Isabel II en el trono efectivo, la Década Moderada (1844–1854) estuvo dominada por el general Ramón María Narváez. Su proyecto restauró el orden mediante instrumentos duraderos: creación de la Guardia Civil (1844) para el control del campo, Constitución de 1845 con sufragio muy restringido, reforma tributaria de Mon y Santillán (1845) y una legislación de prensa limitativa. La firma del Concordato de 1851 recompuso las relaciones con la Santa Sede, fortaleciendo a la Iglesia en la enseñanza y el culto. Este andamiaje institucional fijó un Estado centralizado y clientelar, dependiente del Ejército y de las lealtades cortesanas.

El entorno palaciego de Isabel II fue célebre por las camarillas y por la intervención de favoritos y validos en decisiones de Estado. La llamada cuestión de los matrimonios (1846) enfrentó a Francia y Gran Bretaña por las alianzas dinásticas españolas y culminó con la boda de la reina con Francisco de Asís, episodio de alto impacto político. En paralelo, la Segunda Guerra Carlista o guerra dels Matiners (1846–1849) reavivó el conflicto legitimista en Cataluña y el Maestrazgo. Estas tensiones, sumadas a la oposición liberal, alimentaron rumores, sátiras y un clima de sospecha que la literatura de la época recogió abundantemente.

En lo social y económico, la década de 1840 combinó modernización y persistencias tradicionales. La implantación de la Guardia Civil buscó frenar el bandolerismo y asegurar la recaudación en un medio rural empobrecido. La reforma fiscal de 1845 unificó contribuciones, mientras se expandían las obras públicas y las primeras líneas férreas, como Barcelona–Mataró (1848). Madrid y otras capitales crecieron con nuevos funcionarios, militares y proveedores del Estado. Este tejido favoreció el clientelismo, los contratos amañados y la venta de influencias, prácticas documentadas en la prensa de la época. Tales mecanismos nutren el trasfondo de privilegios y dependencias que la novela observa críticamente.

El clima cultural transitaba del Romanticismo político al realismo crítico y al costumbrismo urbano. La prensa de opinión, los periódicos satíricos y los folletos circulaban con rapidez pese a las trabas censorias, creando un espacio público polémico. En los teatros y cafés se consolidaron tipos sociales, chascarrillos y jergas que alimentan el retrato literario de la corte y del pueblo. El título general El Ruedo Ibérico alude a una España-espectáculo, vista como plaza donde se exhiben poder y miseria. Valle-Inclán recoge esta tradición y la reescribe con un léxico arcaizante y un sesgo caricaturesco, heredero de su estética del esperpento.

Publicada en 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera, la novela utiliza la distancia histórica para iluminar continuidades del poder en España: militarismo, cortesanía, corrupción administrativa y connivencias entre trono, altar y negocios. Al ceñirse a episodios verificables del reinado de Isabel II y a figuras reconocibles —generales, ministros, damas de palacio—, la sátira adquiere alcance documental sin renunciar a la hipérbole artística. El resultado es una crítica a las estructuras que favorecen el servilismo y sofocan la representación política. Así, Viva mi dueño funciona como espejo deformante de su época retratada y como comentario velado sobre la contemporaneidad del autor.

Viva mi Dueño

Tabla de Contenidos Principal
Libro primero. Almanaque revolucionario
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
Libro segundo. Espejos de Madrid
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
Libro tercero. El yerno de Gálvez
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
Libro cuarto. Las Reales antecámaras
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
Libro quinto. Cartel de ferias
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
Libro sexto. Barato de espadas
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
Libro séptimo. El Vicario de los Verdes
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
Libro octavo. Capítulo de esponsales
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
Libro noveno. Periquito, Gacetillero
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII

Libro primero. Almanaque revolucionario

Índice

I

Índice

Chismosos anuncios difundían el mensaje revolucionario por la redondez del Ruedo Ibérico. Y en las ciudades viejas, bajo los porches de la plaza y en los atrios solaneros de los villorrios, y en el colmado andaluz, y en la tasca madrileña, y en el chigre y en el frontón, entre grises mares y prados verdes, el periquito gacetillero abre los días con el anuncio de que viene la Niña. ¡Y la Niña, todas las noches quedándose a dormir por las afueras!…

II

Índice

¡Alea jacta est!

Así terminaba su homilía beatona en un Consejo de Ministros el Ministro de Gracia y Justicia, Señor Coronado. Echada la suerte, sobrevino, como en tiempo de romanos, juramentarse para la guerra sin cuartel a las huestes púnicas de los revolucionarios. Don Carlos Marfori, Ministro de Ultramar, para celebrarlo encendió un veguero de la Vuelta de Abajo: Su jácara matona propuso que saliesen en cuerda aquella noche los conspicuos de la conjura progresista que aún andaban emigrados. La cuadrilla ministerial, con elocuentes murmullos, loaba el cante del Señor Marfori:

—¡A Chafarinas con todos y un barreno en el barco que los lleve!

III

Índice

Los Ministros del Real Despacho, en aquellos amenes isabelinos, eran siete fantoches de cortas luces, como por tradición suelen serlo los Consejeros de la Corona en España. El presidente, Don Luis González Bravo, zorro viejo en el corral político, había procurado encaminarles por caminos de avenencia con los espadones revolucionarios, pero alguno de los consejeros, traspasado de escrúpulo beato, hubo de contárselo en el torno a la monja de las llagas, y la seráfica, afligida con el horror de aquella contaminación, se lo sopló en la oreja a la Reina Nuestra Señora. El Majo del Guirigay —nunca las momias apostólicas le perdonaron el remoquete— tañó el primer barrunto por los hipos de paloma buchona con que le habló en un Consejo Su Majestad Católica. Tomó de allí cautela y puso en entredicho al Señor Coronado, Ministro de Gracia y Justicia. El Presidente del Real Consejo, fallidos los volubles ánimos de liberalizarse, gobernó en aquellos amenes isabelinos, supeditado a las camarillas chascarrilleras y rezadoras de las palaciegas antecámaras.

IV

Índice

Proclamada la Ley Marcial por hacer inexorable el castigo de los conspiradores, aquellos más comprometidos se apañaron escondite a las esperas de ocasión y disfraz para fugarse de España. El Coronel Lagunero, con patillas de boca de jacha, catite y zorongo, salió tocando la guitarra por el Puente de Segovia. Fernández Vallín abandonó el halago de una prójima para hacer el gato en los desvanes de las Madres Trinitarias de Córdoba. Doña Juanita Albuerne, señora de piso en aquella clausura, era tía del travieso cubano. Don Luís Alcalá Zamora, clérigo privado de licencias, hubo con tales alarmas de cambiarse en melero alcarreño. El Coronel Cembrano, sin bigotes ni perillona, tomó para sí el balandrán y la teja: Luego se propaló que, revestido con los andularios del clérigo progresista y echando bendiciones, había repasado la muga de Francia por Dancharinea. El Licenciado Santa Marta, medroso y heroico, ocultó en el sótano de su botica a dos patriotas de la Plaza de Antón Martín. Por la Tertulia Progresista y la Logia de la Escalerilla corrían barruntos de alarma, con el santo de vecinas trifulcas.—Batallones pronunciados en Zaragoza y Cádiz.—A los gacetilleros de la opinión liberal se les atragantaba el café con media de abajo, y el faisán con trufas al angélico Marqués de Miraflores. Llegó hasta las tabernas el cauteloso hablar en voz baja:

—¡Vamos a bailar con la Niña!

—¡Dígalo usted, que estuvieron más verdes!

—¡Sonsoniche!

—¡A mí, plim!

—¡Que viajas por cuenta del Gobierno!

No faltaron en aquella ocasión, como puede presumirse, las clásicas cuerdas de deportados a los presidios de África, el Colchonero, Pepe el Carambolista, Julepe el Tato, Serafín el Pinturas, Paco el Pestaña y el Ñaque fueron al destierro ceutí con otros patriotas famosos entre Antón Martín y las Peñuelas. Pero no pasó de pocos días el tiempo que logró amordazar las lenguas el temeroso bando del Capitán General de Castilla la Nueva, Excelentísimo Señor Don Juan de la Pezuela, Conde de Cheste.

V

Índice

¡Las cuerdas de Leganés! El Capitán Romero García, que logró fugarse, se aprieta la bufanda frente al viento duro en el muelle de Hendaya. Para ganarse la vida sale al mar con los pescadores vasco-franceses y cumple la obligación marinera como ellos:

¡Ay, Marión! ¡Ay, Marión!

Cantan los pescadores al salir de la taberna. Brillan los chaquetones de agua. ¡A embarcar! Tiene una luz anaranjada el muelle, luz vasca, que sube por los prados a refugiarse en el atrio de las iglesias, que huye de la marina, y todos los azules pinta de verde. ¡A embarcar! Lluvia y viento recio. Zaloma y grita: ¡Arriba la vela! En la puerta de la taberna, abierto el compás, barulla un profeta con cuatro copas, ojos y barbas de genio marino:

—¡El Raúl capea todo cuanto se sirva mandar el Napoleón de los Truenos!

Por sotavento viene muy cerrado, y otra no queda que arriar la vela. Con espumante tumbo arbola el mar por la proa. Achican, entre bandazos, los marineros. Cortas palabras, prontas resoluciones. El Raúl embarca más agua que pueden achicar los baldes. ¡Muy negra ha cerrado la noche! Sólo las luces alternas de los faros por la proa. El Raúl corre el temporal a palo seco. Entre el salitre de las olas y el racheo del viento, voces y zaloma alarmada. ¡Hombre al agua! Un remo detrás para que aguante a flote. ¿Por dónde asoma? ¿Pudo o no pudo alcanzar el remo? El Raúl marina como una gaviota. Para verle entrar de arriada se ladean el quepis, a la puerta de sus garitas, los bigotes aduaneros del Imperio Francés.

—¡Bravo!

—¡Un remojazo! Y algo que escribir para la Comandancia… Y menos mal no tener que vestirse de luto ninguna de nuestras familias.

—¿Pues qué ha sido?

—¡El Emigrado!

—¡Menos mal, como usted ha dicho, patrón! ¿No aceptaría usted una copa de vitriolo? ¡Me simpatizan los bravos lobos de la marinería francesa!

VI

Índice

El Emigrado, sostenido en el remo, llena de sal la boca, volvía a verse en la cuerda de Leganés. ¡Trigos y sol manchegos en la noche negra del naufragio, doblado sobre el remo! Súbito triángulo de agria y desconcertada luz amarilla. Casernas y pabellones. Soldados que hacen ejercicio. Paralelas. Reductos. Baterías. Pelotones en traje de maniobra. Una corneta. Se desbarata la luminosa y triangulada geometría. En el repliegue de notas se incrusta la luz árida de un polígono militar. Patulea de soldados. Todo cerca y lejos, nítido, cristalino, diminuto, como encerrado en la lentejilla de un anteojo mágico. De pronto, un vértigo dinámico, pero los pelotones que hacen el ejercicio, sin embargo, están inmóviles. Se ha borrado la sucesión de los movimientos, todos se realizan a un tiempo, con un milagro táctico: Todo se desbarata y transporta con rafagueo de cornetas. Azules horizontes. Encendidos trigales. Carretera de Leganés. Sudor y polvo. Fuentecilla de hierro, donde un soldado, con el ros en la cuneta, se lava la sangre de los morros que le hinchó el cabo. ¡La cuerda! ¡La cuerda! Chunga y bullanga. Sobre un ribazo, grandullones y mozuelas, comadres de pueblo, un clérigo con bonete y sotana. Rompe a cantar el zapatero remendón que va en la cuerda:

—¡Tanto cura, tanto cura! ¡Tanto relajado fraile! ¡Tanta monja sin convento! ¡Tanto chiquillo sin padre!

El Teniente de la fuerza ordena silencio. El soldado que tiene la cara llena de sangre enrojece el hilillo de la fuente. Una taberna con frisos azules: La cortinilla levantada sobre la puerta: Enjambre de moscas: El ramo de laurel seco, cayéndose: Húmeda oscuridad, frescuras mosteñas promete el zaguán. Caminar y caminar, la sombra al costado. Fatigosos brillos de micas. Yermos terrones. Yuntas de mulas. Toros caretos que se incorporan bramando. Moscas y tábanos. Remotos piños de ovejas. Polvareda con piaras. Y sobre los términos de la marcha, la torre de la iglesia y el cigüeño en las nubes remontado. Promesas de un corral donde dormir con centinelas. Las baquetas de cabos y sargentos mosquean las espaldas y avivan el paso de los aspeados. En la plaza del pueblo, la murga municipal. Un globo hecho con gacetas se quema sobre los tejados. Tumulto de campanas. ¡Están ardiendo las eras! Se hace todo relampagueo el recuerdo. Abierta la iglesia. Un clérigo deja su confesonario. ¡Aquí! El náufrago escupe la sal que le llena la boca y cobra conciencia de la pértiga que le sostiene entre mar y cielo. ¡Las luces de un barco!

VII

Índice

¡Verdes escampadas de lluvia y ventisca, luces de tarde, paseo y melancolía de los emigrados españoles por la orilla húmeda de la carretera entre Irún y Hendaya! En la frontera vasco-francesa, los emigrados engañaban sus atribuladas privaciones con las bengalas de los manifiestos revolucionarios. Aquellos ilusos patriotas del credo progresista soportaban honestamente en sus tabucos muchas gazuzas de pan y tabaco: Formaban un bolo de famélicos iluminados: Alguno profesaba la guitarra por cifra y solfeo, otros se habían puesto a rapabarbas, sin que faltase el carambolista de cartel ni el maestro de baile y castellano: Ejercían sus vagos y amenos oficios con un aire distraído de poetas en busca de consonante: Conspiraban en el humo de los cafés y botillerías con verdes billares. Las tardes de la primavera vasca, cuando hacía claro, salían a pasear por las mojadas carreteras, y la revolución con bufanda, paraguas, chanclos de goma, se asomaba sobre la frontera de España. Por las noches, los que podían dispensar algunos cobres se juntaban a jugar el tute en la botillería de Madame Collette. Entre los ronquidos de la vieja francesa y el remangue de los arrastres se leía el inflamado programa de La Discusión. Fuera, la lluvia azotaba los cristales. Y en el sereno de estrellas, cuando volvían a sus tabucos aprovechando la escampada, se transmitían órdenes secretas llegadas de los círculos revolucionarios, los acuerdos entre los grandes emigrados de Londres, de Bruselas, de París: Se contaban los apuros para bandearse, se hacían pequeños empréstitos de cobres y tabacos, cambiaban noticias sobre el zapatero remendón y el sastre taumaturgo, que volvía la juventud a los gabanes: Murmuraban de la hospitalidad francesa, de la petulancia de los hombres, del poco recato de las casadas, y, con resquemor patriótico, discutían que se hablase en gringo a un paso de la frontera, sólo por hacer de menos al fuero del castellano. Entonces se conmovían y renovaba su juramento Pancho López, Teniente de Cazadores:

—¡Eso es un corte de mangas a mi madre! ¡Señores, aludo a la enseña roja y gualda! ¡Pancho López se juramenta para no hablar más que la lengua patria!

VIII

Índice

El Soldado de África, como escribían los retóricos del progresismo, conspiraba emigrado en Londres. Don Juan Prim y Prats, Teniente General, Marqués de los Castillejos, Conde de Reus y Vizconde del Bruch, era el más señalado caudillo de la revolución liberal, que prometía convertir a la patria española en feliz Arcadia. El Soldado de África, enfermo del hígado, amarillo de bilis regicidas, aborrascaba el horizonte político con los metafóricos relámpagos de su matona, aquella que en los albores isabelinos habían feriado las camarillas apostólicas, revolucionadas frente a la Regencia Baldomera. Al General Prim las ratas palaciegas se lo figuraban siempre a caballo. A Caballo, cubierto de polvo, con batallones pronunciados, así le vio por primera vez la augusta niña desde un balcón de su Real Cámara.—La Condesa de Espoz y Mina, Aya y Camarera Mayor, hace recuerdo en sus Memorias.—El General Prim tenía puesto sitio a Palacio. Caracoleando recorría las filas de sus batallones. Arengaba con un brazo en alto: Intimaba la rendición de la guardia. Y sonando espuelas, cubierto de lodo, pisó la Regia Cámara. El General Narváez, también sublevado, se lo presentó a la Reina:

—¡Señora, la más invicta espada de Vuestro Ejército!

La más invicta espada, siempre díscola, ahora esgrime su jaque floreo entre las nieblas del Támesis. Con el torvo y escarmentado despecho de los fracasos anteriores, ya no excusa pacto ni compromiso para sacar a puja la Corona de Castillos y Leones. ¡Lástima que no hubiese sido el despecho agudeza política, porque nada ayudó tanto al descrédito isabelino como aquel sonsoniche con que los revolucionarios corrían las Cortes de Europa!:

—¡Me compra usted un Trono!

El General Prim sostenía secretas negociaciones con los tibios unionistas y los apasionados radicales que escribían La Discusión. Y como aún no convenían todos en el fin antidinástico, chupaban, alternativamente, una vieja tagarnina de Don Baldomero:

—¡Cúmplase la voluntad Nacional!

Pero ninguno daba tantos humazos en aquella colilla miliciana como el Soldado de África.

IX

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¡Naranjales de San Telmo! Corte de Infantes. Los Serenísimos Duques de Montpensier conspiran contra su augusta hermana, y las matonas del unionismo tramitan la conjura con sus Altezas Reales. El Infante de Orleáns tiene abiertas sus gavetas para la puja de la Corona de España. Rompiendo cortinas, con fru-frú de sedas, aparece la Señora Infanta: —moño de batería, pañoleta de encajes, falda de volantillos, miriñaque de mucha rueda.—Trae en la mano una carta, se engalla y la muestra con un baile en los largos pendientes de calabaza: Brillantes y turquesas.

—¡De mi hermana! Nos invita a las bodas de su hija. ¿Qué hacemos?

El Duque inclina su enorme nariz con taimada condescendencia.

—¡No faltar! Es un deber de familia… Un desaire sería significarnos demasiado… Tu hermana, en esta ocasión, ha estado muy diplomática.

—¡Pues no lo celebro!

El Duque se vuelve sobre la gaveta y repasa el correo, listas de conjurados y avisos misteriosos, con llantinas y tientos a la bolsa de Su Alteza. Al Serenísimo Infante se le resbalan los lentes sobre aquellos papeles. Las revoluciones no se hacen sin dinero, y tiene comprometida la oferta de tres millones para la compra de generales y sargentos. Negociadores van y vienen. La Unión Liberal, escondiéndose, alarga la mano, pero los viejos del progresismo rehúsan todo pacto y hacen la cruz a los dineros de San Telmo. El Infante de Orleáns, zamacuco y burgués, con la pluma en la oreja, repasa sus libros comerciales y suspira el tango cañí del Adiós mi Dinero.

X

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En París de Francia, Don Salustiano Olózaga bate el organillo progresista con la tocata de la Unión Ibérica. Esta música daba prestigio histórico y colmaba de compases elocuentes la tramoya de los emigrados contra la Dinastía Borbónica. El Embajador de Portugal en París sostenía frecuentes y reservadas conversaciones con Don Salustiano. Se intrigaba para que aceptase la Corona de España Don Fernando de Coburgo, desconsolado viudo de Su Majestad Fidelísima. Don Salustiano, por este tiempo, era un hermoso viejo de patilla blanca, epicúreo, sanguíneo, verboso, que aún conservaba joven la mirada y fuegos endrinos de ingenio y travesura en los párpados inflados: Muy ameno conversador, se complacía evocando lances de la mocedad, amores y fortunas, cárceles y destierros: Hacía frecuente memoria de los días en que anduvo enamorado de Rafaelita Quiroga. ¡Aquella Rafaelita que cantaba en las tertulias el Triste Chatas! Don Salustiano, bajo el palio de recuerdos, tenía una sonrisa de epigrama latino: ¡La angelical hermosura de rosas y natas que le había merecido tantos cocos era, por Gracia del Espíritu Santo, la Seráfica Madre Patrocinio! ¡Qué lejos todo y cuántas mudanzas! ¡Aquella Rafaelita Quiroga acaso ya tenía luces sobrenaturales cuando esgrimía su agudeza en los juegos de prendas, cargando navíos de La Habana! Don Salustiano ironizaba, como cualquier mundano Marco Aurelio. Las fantasías de la Unión Ibérica daban luz a las horas de su destierro en la niebla y los reumas del Sena. Pero no le faltaban aprensiones de viejo, y pensaba que pudiera ser su destino irse a la sepultura con el fruto en la era.

XI

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¡Unión Ibérica! Sueños que al mar llevan los númenes del río que el pecho saca fuera para hablar a los reyes.—¡Tajo y Texo, cuna de latinas gramáticas que se vierte en el mar de América! ¡Cima de linajes y espadas, arsenal de naves, verbo Ispaniense!— ¡Graves vacilaciones llevó aquel alocado pensamiento al viudo consorte de la Reina Fidelísima!: Don Fernando se finchaba con el cumplimiento portugués:

—¡Muito obrigado!

Don Fernando de Coburgo andaba remiso para comprometerse y las razones que alegaba, muy para tenidas en cuenta: Aducía ejemplos, como en las buenas lecturas piadosas, y recordaba el caso de un judío, joyero en Amsterdam: Se llamaba Fritz. A este judío se llegaron unos burlones. —Fritz, ¿en cuánto tasas la corona de Napoleón? Fritz se puso a reír con una mueca muy fea: —Para calibrar las piedras y tocar el oro con el agua fuerte hay que desmontársela de la cabezota.

Don Fernando de Coburgo celebraba con cuca soflama de príncipe la roma ironía tudesca, y no explicaba nada. Tenía el veguero apagado: Con amable deferencia pedía yesca a un ayudante:

—¡Muito obrigado!

Bajo los miradores reales se desliza, coro de líquidas voces, la verde fábula del Tajo. El emisario de los descontentos españoles, flaco, tuerto, la levita llena de manchas, el chisterín gentilmente apoyado en una cadera, pantalón de franja y trabrillas, las botas fuelles, desbetunadas, tiene un lírico apasionamiento: Explica con vocablo de gacetero los elocuentes telones históricos de Don Salustiano: Y metafóricamente agobiado con el peso de aquel glorioso destino, oye la parrafada el desconsolado consorte de la difunta Reina Fidelísima. Al Don Fernando de Coburgo, obeso elefante tudesco, no dejaban de encandilarle las mirillas, los abalorios de la Corona de España. Pero el destino histórico con que enfáticamente le brindaban, dábale pesadumbre. Don Fernando, muy cuerdamente, temía los enojos ingleses, y, con aquel veto, perder la ocasión de coronarse: Don Fernando miraba el reloj: Era la hora del tapadillo y la cena con una bailarina de la Ópera. Cortó la audiencia:

—¡Oh! ¡La Unión Ibérica! ¡Hermoso sueño! ¡Irrealizable sin el beneplácito de Inglaterra y Francia! ¡Aún nos veremos!

Volvió tarde, se metió en la cama, se puso el gorro y se durmió cansado. Soñó con la Signorina Grimaldi. Bajo los miradores reales, el río sacaba fuera mucho más del pecho y sólo por escrúpulo de la luna no descubría las vergüenzas.

XII

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Don Juan Prim aquella noche, en el conciliábulo de emigrados que le hacían tertulia, daba cuenta de un cable llegado de Lisboa. Iba el papel de mano en mano. Don Juan lo reclama, lo dobla y con un palmetazo lo fija en la mesa. Musita una voz:

—¡Algo enigmático!

Y otra de vejete:

—¡Perfectamente claro!

El General, cortando los murmullos, toma el papel y lo desdobla. Lee recalcando:

—Mala feria. Sousa.

Explica a su vecino el vejete:

—Sousa es Carlos Rubio.

Toma la palabra el General:

—Han, sin duda, surgido dificultades por parte de Don Fernando de Coburgo. Mala feria es la frase convenida. Sin embargo, tengo motivos para sospechar que es cosa nada más que aplazada la aceptación. Y si falta esta candidatura, otra habrá con menos inconvenientes.

El vejete cuchicheaba con el vecino:

—El General está en desacuerdo con Olózaga. Alude, claramente, a los tratos de Cascajares con Don Carlos.

—Pues creía que no los aprobase.

—Don Carlos juraría la Constitución.

—No hizo menos Fernando VII.

Proseguía el General:

—El Duque de la Victoria tiene el mejor concepto de lo que debe hacerse, y suya es la frase que lo expresa: —Cúmplase la voluntad Nacional.— Ésa debe ser nuestra enseña. Las Cortes Soberanas elegirán la forma del futuro Gobierno. A nosotros sólo nos cumple, ahora, unirnos para lavar el oprobio que supone el cetro en las manos de IsabelII. Don Salustiano Olózaga, gloria del progresismo, nos abrió el horizonte de una elocuente promesa. Todos los mitos son bellos, y a mi corazón de soldado, ninguno como la Unión Ibérica. Pero yo pregunto: Ese hermoso mito, ¿puede conciliarse con las realidades? La revolución debe alejarse de toda política de aventuras. ¡No soñemos! ¡No soñemos! ¡No soñemos!

Calló el General, y en pie, vuelto el rostro a los oyentes, refrendó con un puñetazo en la mesa el ukase que prohibía los sueños. Finalizó la reunión con alguna colecta. Y en la calle, entre el tapabocas y la niebla, murmuraba el vejete descontento:

—¡Este hombre no hará nada!

Y responde el confidente:

—Sacarnos los cuartos.

—¡La Historia se hace con sueños!

—¡Y con ambición!

—No hay honrada ambición sin demencia.

—Don Juan se pasa de cuerdo.

—Eso le pierde. ¡No hará nada!

—Derribará el Trono. Yo tengo confianza en su acción.

—Le faltan las alas. ¡No sueña!

—¿Quería usted un poeta para hacer la revolución?

—Si a usted le da lo mismo, un Profeta. Mañana me embarco para Pasajes. La inteligencia con los republicanos es indispensable.

—¿Qué dice Don Juan?

—¡Acepta!

XIII

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El Capitán Romero García acaba de aparecer con aquel chaquetón de contramaestre que le dieron a bordo del patache holandés. —Buena ginebra, buena peluquilla, no vale olvidarlo.— Brindaba con la petaca. Ha perdido todo nombre anterior y se llama el náufrago. Los jugadores de malilla barajan más lentos. En la taberna, mientras pone velas a un barco de juguete, el náufrago relata su naufragio:

—Completa y redonda como una moneda, mi vida se me volcó en un recuerdo. Me vi todo chico, quebrándole la cabeza a mi abuela. Me vi como era en la Academia. Y frente a Sebastopol. Señores, yo soy un oficial con estudios y he asistido a la guerra de Crimea.

Queda callado poniendo drizas al navío. La malilla revive disputas y remangues del naipe. La tabernera trae una escudilla con vapores de ragout y pimienta. El náufrago, entonces, se encarama y cuelga su navío de tres puentes en un clavo del techo. Salta al suelo. Cojea el banquillo. Un jugador de malilla:

—¡Bien huele eso!

La hija de la tabernera toma un taburete y cabalga la pierna: Bata de percal, lazos azules, un aro de lacre en el pelo, pupilas de mar, labios pintados, rizos en la frente, mejillas inmóviles, con rigidez de albayalde. Melania es su nombre y estudia solfeo.

—Me ha hecho gracia que, en vez de considerar el peligro, se ha visto usted quebrándole la cabeza a su mamá.

—¡Y, sin embargo, es así!

—¡Pues será usted el primero!

Uno que corta la baraja:

—¡Poco tiene de novedad el caso!

La mozuela ríe toda pintada y vieja. La madre, que anota la cuenta, mira por encima de sus anteojos:

—Niña, ¡no seas bachillera!

Otro jugador de malilla:

—Son fenómenos magnéticos.

La tabernera, con un gesto complacido:

—Usted habrá leído el folletín de El collar de la Reina.

—Hay un mundo sobrenatural.

El náufrago contempla el barco de juguete, que navega quieto, colgado de la viga.

—Si no estuviese en desacuerdo con mis ideas se lo ofrecería a la Patrona de los Marineros.

XIV

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—¡Mon papa! ¡Mon papa!

Melania corría la casa y mudaba la lechuga al canario con el estribillo de Offenbach. A los vecinos les parecía aquella letra poco respetuosa para Monsieur Trebouchet. La tabernera tenía marido: Quepis azul, galones colorados. Un aduanero de la cáscara republicana, gran lector de las gacetas liberales, muy dicharachero y petulante. Con este tiempo de lluvias y ventiscas no era extraño que volviese apimplado de las guardias en la marina. Madame Collette, mujer inteligente, se lo explicaba con un arrebujo, escondiendo las manos bajo su pelerina de estambre:

—¡Mucho mal tiempo!… ¡A los hombres no les pida usted milagros!

Monsieur Trebouchet elogiaba los encantos y opulencias de su compañera: Nunca, con luces en el campanario, decía mi mujer, porque era un curda romántico. Madame Collette, únicamente sacaba las uñas los domingos, cuando leía los folletines de la semana y faltaba alguno de la serie. El domingo, la niña, sin colegio ni solfeo, se cuidaba del mostrador. Madame Collette, en la sala del piano, devoraba folletines: Tenía un estante con Los Tres Mosqueteros, Las Aventuras de Rocambole, El judío Errante, Las veladas de la Granja. Madame Collette, fofa, mantecosa, rosada, leía en las tardes domingueras con los visillos del balcón levantados. La sala tenía un balcón azul, con crestas de espuma sobre la lontananza de la playa. Melania, abajo, en el mostrador, cantaba:

—¡Mon papa! ¡Mon papa! ¡On ne le connais pas!

Don Tomás, el maestro de solfeo, no podía soportar aquellos compases. Estimaba al matrimonio Trebouchet. Por otra parte, un matrimonio muy respetable. Quería a su discípula, y el precoz descaro de la mozuela le alarmaba: Don Tomás era un emigrado español, músico de charanga, hombre tímido y terco, muy devoto del Soldado de África: Don Tomás leía los folletines que le prestaba Madame Collette: Eran pocas las lecciones y se aburría en su desván de emigrado. Los domingos, anocheciendo, solía aparecer por la sala del piano: Algunas veces se volvía sin entrar, tanto le irritaba el sonsonete:

—¡Mon papa! ¡Mon papa!

XV

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Don Tomás otras veces toca aires tristes en la bandurria. Melania canta la letra española engordando las erres. El aduanero se ladea el quepis:

—¡Horas inolvidables!

Melania se asegura el aro lacre del pelo. En unas fiebres se lo habían cortado y lo llevaba en melena. Sobre el canto sale a bailar de la mano de Monsieur Trebouchet: Frente al marido de su madre arquea las cejas. Enigmas crueles la boca pintada en corazón, las azules ojeras, el rígido estuco de la máscara. Inicia una pirueta de cancán y escapa, mofándose:

—¡Mon papa! ¡Mon papa!

Monsieur Trebouchet, con su guiño de franchute petulante, martiriza al profesor de solfeo:

—¡No tienen ustedes los españoles un Offenbach!

Replica Don Tomás:

—¡Tenemos un Eslava!

Se llena de suficiencia el aduanero:

—¡Yo lo ignoro!

Madame Collette, con mucho tacto y dulzura, intervenía para no herir el patriotismo del emigrado:

—Tú, querido, lo ignoras porque no puedes conocerlo todo. Estás hablando con un profesional, y la música no es tu fuerte. Le debes una satisfacción a Don Tomás. En la España hay músicos muy eminentes que no dejan mal a sus modelos franceses. El Señor Eslava, posiblemente, será uno de los primeros.

Suspira Don Tomás desconsolado:

—¡Un maestro universal! ¡La niña estudia por su Método!…

La niña saca la lengua:

—¡Muy aburrido!

Don Tomás, suave y dulzón, dobla la cabeza sobre un hombro:

—¡El estudio siempre es árido! Natural de su joven edad preferir Terpsícore a Orfeo.

Melania, con la flecha clavada en los aceros del corsé, salta en los medios, con una cabriola de escenario:

—¡Mon papa! ¡Mon papa!

—¡Cállate, Melania! ¡A Don Tomás no le gusta que cantes esas desvergüenzas!

—¡Ya lo sé!

—¿Pues entonces?

Don Tomás se resigna:

—Se complace en mortificarme… ¡Por nada del mundo quisiera ser el novio de usted, Señorita Melania!

—¡En todo caso, de mi mamá! ¡Más iguales!

Don Tomás se ruboriza. Madame Collette coquetea, y el aduanero celebra el desgaire de la muñeca:

—¡Lo que ella sabe!

Don Tomás se despide. Con la guitarra al brazo, ejecuta una cortesía tímida, sobre el alfombrín del piano, entre la vasca marina del balcón y la Vista de Versalles.

XVI

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En aquellos días isabelinos, los emigrados españoles llevaban por el mundo la negra leyenda de cárceles y destierros: Sobrados de fantasía, cuanto escasos de miramiento, contaban y no acababan, licencias y desafueros de las Personas Reales: Nombraban a la Señora con muy feas expresiones, y daban el remoquete de Paquita al Rey Consorte; de Puigmoltejo, al Augusto Heredero del Trono. Reverdecía por el Ruedo Ibérico la rufa tonada de Juanilla la Beltraneja. ¡Aleluyas antiguas de tan buen compás para los Católicos Reyes Isabel y Fernando! Como siempre, en la sombra, intrigaba el Gran Camarillón del Augusto Consorte. Recibía correos misteriosos y despachaba emisarios a la Corte Romana. Ante los avances demagógicos del liberalismo, aconsejaba la abdicación con todos sus derechos y privilegios en el hijo de la Archiduquesa Beatriz. —Nombrándole con este artificio, se daba advertencia de un cierto interés por parte de Austria. —Renovábase la conjura que años atrás había traído los fusilamientos de la Rápita: El Gran Camarillón del Rey Consorte intrigaba como antaño, y no parece dudoso que, de donde salieron las primeras murmuraciones beltranillas, fue de aquel cabildo. Las cornejas palaciegas, de mucho antes que los emigrados, ya tenían en el pico la castañeta del Puigmoltejo. Pero ello no excusa a los corrillos progresistas que cantaban aquellas boleras por el mundo. Aquellas boleras y el mal ejemplo de una monja que últimamente había parido en Barbastro:

—¿De quién?

—¡Pueden ustedes figurárselo! ¡Del Papa!

XVII

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El Gobierno se había reunido en Consejo:

—¡Confirmado, plenamente confirmado el abrazo de Unión y Progreso!

Se burlaba el Señor Presidente:

—¡No es un abrazo! ¡Es una gruesa! Abrazo de Don Juan y Don Baldomero. De Don Juan y Don Salus. Don Salus y Espartero. Espartero y Serrano. Serrano y Don Juan. Don Juan y el Duque de Montpensier. El Duque y la Duquesa. ¡Valiente fandango!

Pero no lo llevaba en paciencia el docto Señor Coronado, Ministro de Gracia y Justicia. Sus ricillos de maniquí se sublevan al humor chancero del Señor Presidente:

—¡Es preciso que la ley, en todo su rigor, sirva una vez de ejemplar escarmiento!

Apoyó el Señor Marfori, que fumaba los mejores vegueros de la Vuelta de Abajo:

—¡La tranca! ¡La tranca! ¡La tranca!

Corrigió pulcramente el Señor Coronado:

—¡La Ley! ¡Déjeme usted a mí con la Ley! ¡No necesito más!

Esclareció con celo ejemplar el Señor Ministro de la Guerra:

—¡La Ley Marcial!

El Señor Coronado era un vejete atrabiliario, sabihondo y tontaina, muy escrupuloso en las devociones de oír misa diaria y comulgar los viernes. Hablaba escuchándose, pero con un aire pulcro, modestamente, porque tenía una voz fatua de ético catedrático:

—Señores, mi sentir es que deben desarchivarse todos los procesos políticos. Tras este pequeño expediente, enviar a la cárcel a muchos ilustres personajes de las logias liberales, que ya debieran dormir en ella para tranquilidad de estos Reinos.

El Señor Ministro de Gracia y Justicia hablaba alambicado, con formas un poco anticuadas, pero, sin duda, muy doctamente. El Señor González Bravo se lucía haciendo pajaritas de papel y las colocaba en las carteras de sus compañeros. Tomó la palabra, doblando el pico a la pajarita número siete:

—El Gobierno tiene noticia de haber recorrido algunas capillas de los barrios bajos Don Nicolás María Rivero.

—¡Muy cierto!

—¡Probado!

—¡Y también Becerra!

—¡Lo sé por mi cochero!

Continuó el Señor González Bravo:

—El Gobierno no debe precipitarse con riesgo de darle al suceso más importancia de la que en sí tiene. Don Nicolás María Rivero pudo haber concurrido a esos lugares de la alegría popular, por expansionarse, sin ánimos de zaragata política… ¡Mera y generosa pasión báquica, como el cochero de mi querido colega Don Martín Belda!

El Presidente del Consejo puso una nueva pajarita sobre la cartera del Señor Coronado. Se le saltaba al docto vejete la dentadura postiza, pareciéndole que el obsequio no venía sin ánimo de picarle. El Señor Coronado era muy comedido, y se contuvo de dar un papirotazo en la cartera y meter todas las pajaritas en vuelo. Pero aquella broma le sulfuraba: Así era su lamento en el locutorio de las Madres de Jesús:

—¡Juzgaba hombre de más seriedad al Señor González Bravo!